Title: Mis contemporaneos; 1 Vicente Blasco Ibáñez
Author: Eduardo Zamacois
Release date: March 18, 2014 [eBook #45171]
Most recently updated: October 24, 2024
Language: Spanish
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MIS CONTEMPORÁNEOS
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I
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
Eduardo Zamacois
colofón
MADRID
LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11
1910
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Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. |
Imprenta Artística Española, San Roque, 7.—Madrid
Biografía.—Sus viajes.—Cómo trabaja.—El teatro. Su concepto de la mujer y de la vida.
Vive el insigne novelista á la derecha del paseo de la Castellana, muy cerca del Hipódromo, en un pintoresco hotelito de planta baja, cuya fachada irregular se abre en ángulo al fondo de un pequeño jardín. Aquí y allá, á lo largo de los viejos muros y sobre el tronco de los árboles, la hierba y el musgo pintan manchas verdes, de un verde aterciopelado, jugoso y obscuro. En la alegre quietud mañanera, bajo el magnífico dombo añil del espacio, bañado en sol, la tierra, negra, recién removida por manos diligentes, huele á humedad. Triunfa el silencio. Aquel rincón, más que un jardinillo cortesano, parece un trozo de huerta, algo desaliñado y rústico, donde se echa de menos un perro, un montón de estiércol y unas cuantas gallinas.
Es mediodía.
Encuentro á Vicente Blasco Ibáñez escribiendo ante una amplia mesa cubierta de papeles, las carnosas mejillas un tanto congestionadas por la fiebre del esfuerzo mental, la enérgica cabeza nimbada por el humo de un cigarro habano. Al verme el maestro se levanta, y la expresión belicosa de sus manos cerradas y la prontitud elástica con que su recio cuerpo se retrepa y engalla sobre las piernas rígidas, dan una sensación rotunda de voluntad y de vigor físico.
Acaba de cumplir cuarenta y tres años. Es alto, ancho, macizo; su rostro, moreno y barbado, parece el de un árabe. Sobre la alta frente, llena de inquietudes y de ambición, los cabellos, que debieron de ser crespos y abundantes, resisten todavía á la calvicie; entre las cejas, la reflexión marcó hondamente su arruga imperiosa y vertical; grandes son los ojos y de mirar rectilíneo y franco; la nariz, aguileña, sombrea un bigote que cubre frondoso el misterio de una boca epicúrea y risueña, en cuyos gruesos labios sultanes tiembla la mueca de una sed insaciable.
Un momento el autor maravilloso de Cañas y barro permanece en pie delante de mí; me observa, y yo siento en mis pupilas la expresión de las suyas, registradoras y curiosas. Calza zapatillas de paño gris, y viste una tosca pelliza abrochada sobre el cuello hercúleo, corto y rollizo, desbordante de savias vitales. El apretón de manos con que me recibe es amable y simpático, pero rudo, como el que cambian los atletas en los circos antes de justar. Su voz es fuerte—voz de marino—; su hablar copioso, brusco y generosamente aderezado de interjecciones. Parece un artista... también parece un conquistador; uno de aquellos aventureros de leyenda que, necesitando servirse simultáneamente de la lanza y del broquel, sabían gobernar un caballo con sólo las rodillas, y que, aun siendo muy pocos, «bastaron á aclarar el cobre americano». Nacido en esta época, la blandura de nuestras costumbres desarmó sus manos, que tienden atávicas á cerrarse para herir ó para retener lo ganado; nacido á fines del siglo xv, hubiese vestido la cota y seguido la estrella roja de Pizarro ó de Cortés.
Vicente Blasco Ibáñez se instala cómodamente en un sillón, respira fuerte, cruza una pierna sobre otra... Yo le miro complacido: es uno de esos hombres excepcionales—hombres de presa—cuyo aspecto saludable, tranquilo y optimista, invita á vivir.
—Yo—dice—nací en Valencia y soy hijo de comerciantes; pero mis padres pertenecen á esa raza brava y rebelde oriunda del Bajo Aragón, cuyas generaciones, invariablemente, como obedeciendo á una tradición, dejan la aridez de sus montañas para marchar á la conquista de las hospitalarias ciudades levantinas, donde la existencia es fácil porque la abundancia de agua y el ardimiento prolífico del sol mantienen perenne en la tierra el espasmo sagrado de la fecundidad...
Si las leyes de la herencia son ciertas, á estos progenitores de origen celtíbero, tozudos y audaces, deben referirse las preexcelentes aptitudes físicas de luchador y las bizarrías increíbles de voluntad que distinguen al gran novelista. No de otro modo podrían explicarse las desusadas complejidades de su carácter; carácter extraño y movedizo que á veces parece el de un artista «puro», desligado de toda finalidad práctica, y á ratos vuelve á la realidad y sabe esclavizar la fortuna y mostrarse como un domador extraordinario de hombres.
Entre los ascendientes más notables de Blasco Ibáñez figura un clérigo aragonés, llamado Mosén Francisco, hermano de su abuela materna. Aquel tipo membrudo y violento, que peleó á las órdenes de Cabrera en la primera guerra civil, dejó en la memoria impresionable del futuro escritor emoción duradera. Blasco, niño entonces, no ha olvidado el porte belicoso de aquel gigante, á ratos sacerdote y guerrero á ratos, cobrizo como un marroquí, que tenía zarpas de oso y caminaba con ritmo marcial. Así, aunque disfrazado de modos diversos, en el transcurso de su obra el recuerdo de Mosén Francisco asoma varias veces. Yo sospecho su lejana influencia en la confección de aquel «pare Miquel», «con gorra de pelo y carabina», que en Cañas y barro arregla á culatazos las cuestiones de sus feligreses; y en aquel temible «don Sebastián», ambicioso y soberbio, que vive desenfadadamente con una hija suya en su palacio arzobispal de Toledo; y un poco, quizá, en «don Facundo», el cura bonachón y caballista de El intruso; y también en aquel «Priamo Febrer», caballero de Malta, mitad guerrero y mitad sacerdote, cuya sombra pasa con el ruido bélico de sus acicates por las páginas de Los muertos mandan. Sin duda el escritor, paladín ardoroso de la libertad, recuerda con simpatía al fanático Mosén Francisco. ¿Cómo? Acaso porque la intransigencia de aquel hombre, que tantas veces sacrificó su tranquilidad y expuso su vida por un ideal, guarda una belleza, merced á la cual, ¡oh indulgencia divina del arte!, el novelista comprende al guerrillero y le estrecha las manos.
La niñez de Blasco Ibáñez, como la de Octavio Mirbeau, fué tumultuosa: era un muchacho inteligente, pero más aficionado á los juegos de agilidad y de valor que á los libros; un indócil refractario á cuanto implicase método ó disciplina; había en su temperamento un exceso de vigor, un revertimiento ininterrumpido y descarrilado de actividad que le obligaba á vivir en rebeldía perpetua. Su abuela le mimaba mucho. Un día Vicentet se negó á comer; no tenía apetito, no le gustaba el almuerzo. Cansada de oirle su madre, que tenía el genio pronto y la mano dura, fuése á él y, asiéndole por los cabezones, le propinó una azotaina memorable. Aquel dolor físico, lejos de abatir al muchacho, le serenó, despertó su hambre y le permitió comer perfectamente. Yo veo compendiada en esta sencilla anécdota infantil toda la psicología del futuro artista: voluntad sin miedo, para quien el esfuerzo rudo y los vaivenes de la pelea habían de ser más tarde motivos de pasatiempo y regocijo.
A los diez y siete años Vicente Blasco Ibáñez desapareció de su casa, y en un modesto coche de tercera se trasladó á Madrid. Hablando de aquellos días de belleza y de miseria, los ojos del maestro brillan todavía con juvenil entusiasmo. Fué amanuense de Manuel Fernández y González, que, viejo, pobre y casi ciego, se acercaba á la muerte. El famoso autor de El cocinero de su majestad estaba deshecho, exhausto y apenas podía dictar. Muchas noches se quedaba dormido sobre un sillón, al terminar un párrafo. Blasco, inconscientemente, empujado por el interés de la fábula, continuaba escribiendo, y cuando Fernández y González despertaba, leíale lo escrito. A pesar de su proverbial orgullo, el anciano maestro se dignaba felicitarle: «aquello» no estaba mal; el muchacho prometía, tenía «madera» de artista. Así, los dos, compusieron varios libros, entre otros, El mocito de la Fuentecilla, novela de manolas y de toreros, apunte primoroso de costumbres, pintoresco y caliente como un cuadro de Goya.
Habitaba por aquella época Blasco Ibáñez en un cuartucho de la calle de Segovia, cerca del Viaducto. Estaba alegre, ganaba lo indispensable para comer mal; pero, á su edad, ¡se vive con tan poco!... Entretanto, iba conociendo á los prohombres de la literatura, se asomaba á las redacciones, visitaba los museos y el «paraíso» del teatro Real, se instruía; y por las noches, cuando regresaba á su domicilio, las pobres mujeres que exhiben su belleza en las aceras, admirando su juventud y sus cabellos ensortijados, le detenían sonriéndole con sonrisa prometedora, llena de desinterés. La política también le atraía. Cierta noche habló tempestuosamente en un meeting, ante un público ardoroso y rugiente, como mar encrespado, de carpinteros, zapateros y albañiles; su palabra triunfó y centenares de manos callosas le aplaudieron vehementes. Terminado el acto, dirigióse á su casa, rodeado por un nutrido grupo de admiradores. Blasco Ibáñez caminaba mecido por el humo de su victoria, orgulloso, como si llevase ceñida á sus sienes la clásica corona de roble y laurel que las vírgenes vestales adjudicaban en los Juegos Olímpicos. Al llegar á su domicilio, dos agentes le detuvieron.
—Dése usted preso.
La multitud iba á protestar; los más entusiastas cerraban ya los puños, dispuestos á defender á golpes la libertad de su héroe. Pero Blasco les contuvo. ¡Nadie se mueva! Estaba encantado; se veía camino de la cárcel; sin duda, era un conspirador temible cuando la autoridad se molestaba en detenerle. No fué el miedo lo que entonces estremeció su alma, sino la ambición de gloria, la alegría, la seguridad de que empezaba á ser hombre notable y de que muy pronto, acaso al día siguiente, la Prensa hablaría de él. Ahora la prisión, como antaño los azotes maternales, le producían un bienestar sedante, indecible. Verdaderamente, su carrera de hombre político no podía empezar mejor. Con este cortejo de ilusiones, se dejó llevar al Gobierno civil, donde se encontró con su madre. ¡Oh suprema decepción! No era al revolucionario temible, sino al muchacho travieso, fugado de su casa, á quien la policía había detenido. Blasco hubo de rendirse; ¿qué hacer? Era menor de edad. Fué aquella, tal vez, la única ocasión en que el futuro novelista tuvo vergüenza de su juventud.
Blasco Ibáñez me habla ligeramente, sin ilusión alguna, de sus primeras campañas políticas: por atacar las instituciones y también por su innata afición á bravear los peligros, estuvo desterrado varias veces, una de ellas en París, en 1890, viviendo todavía Ruiz Zorrilla: fué una temporada deliciosa de dos años, pasada en compañía de los militares emigrados y en pleno Barrio Latino. En otra ocasión vistió el traje del presidio algún tiempo. Otras campañas periodísticas le llevaron á la cárcel unas treinta veces, y el pueblo de Valencia le aclamó diputado en ocho elecciones seguidas. Pero su verdadero ideal, sin embargo, estaba en la literatura.
—Antes—dice—yo trabajaba en condiciones fatales. Allá en Valencia, en la redacción de El Pueblo, diario fundado por mí, después de redactar el artículo de fondo y de ajustar el periódico y de recibir á todos los representantes de los comités republicanos que iban á visitarme, me ponía á escribir novelas. Esto no ocurría nunca hasta pasadas las dos de la madrugada. Así compuse mis primeros libros: Arroz y tartana, Flor de Mayo, La barraca... Ahora laboro con más comodidad. En todo tiempo me levanto temprano, á las ocho, y me sirven el desayuno: ¡un verdadero almuerzo!... Porque yo, si no como mucho, no hago nada... Es más: los hombres que comen poco me parecen seres débiles; no me gustan...
Y al hablar así su ademán es imperioso, terminante, y sus pupilas refulgen con expresión glotona y triunfal.
—Inmediatamente—continúa—me siento á escribir y produzco sin descanso hasta las cuatro de la tarde. A esa hora vuelvo á comer bien. Después doy un paseo y en seguida reanudo mi trabajo. A las once ceno. Luego me acuesto, y en la cama leo hasta las dos ó las tres de la madrugada. Como ve usted, duermo muy poco.
El resultado obtenido por los primeros libros de Blasco Ibáñez fué insignificante. De Arroz y tartana, que apareció en 1894, y de Flor de Mayo, apenas vendió quinientos ejemplares; La barraca también pasó casi inadvertida, y fué preciso que años después el famoso hispanófilo G. Hérelle, que la compró casualmente en San Sebastián un día de toros, entusiasmado con su lectura la tradujese al francés, para que nuestra Prensa y nuestro público reconociesen el mérito de esta novela ejemplar. Pero su autor tenía el amor á su profesión y la ciega fe en sí mismo que caracterizan á «los que llegan», y persistió en su empeño. Seguro de que únicamente en «lo vivido» reside el estremecimiento mago, motivo de toda suprema belleza, de tal suerte que nada que previamente no haya sacudido el temperamento del artista, sea novelista, pintor ó músico, puede utilizarse como límpido origen ó sólido cimiento de ninguna obra de arte, aplicóse devotamente á pasar por cuanto luego había de servirle de molde á sus libros. Así, para escribir Flor de Mayo, fué á Tánger y volvió en una de esas barcas, llamadas laúdes, que se dedican al contrabando de tabaco; como para «sentir» uno de los capítulos más interesantes de La horda se expuso á recibir un balazo franqueando, en compañía de varios cazadores furtivos y de perros amaestrados—perros que no ladran cuando ven á la presa—, los muros que circundan los bosques del real sitio de El Pardo; como para componer Los muertos mandan anduvo recorriendo en un bote las costas de Ibiza, hasta que, sorprendido por un temporal, hubo de refugiarse en un islote, donde permaneció catorce horas sin comer y remojado por las olas hasta los huesos.
Estas aventuras del novelista, unidas á los extremados lances y desafíos del antiguo revolucionario y á su desmedida afición á los viajes—Blasco Ibáñez ha recorrido gran parte de la América del Sur, Francia, Inglaterra, los Países Bajos, las naciones de la Europa Central, Constantinopla y todas las ciudades maravillosas de Grecia y de Italia—, prestaron á su literatura una riqueza de color y una inquietud espiritual extraordinarias. Su obra multiforme, inspirada en los puntos de vista más heterogéneos, es imagen afortunada de su propio vivir, abigarrado y peregrino como una quimera folletinesca.
Vicente Blasco Ibáñez es un «productor» formidable. Para reunir los elementos que habían de informar su célebre novela Sangre y arena, le bastó ir á Sevilla en compañía del matador de toros Antonio Fuentes. Los datos que recogió en Bilbao para componer El intruso los ordenó en una semana; la mayor parte de sus libros los ha escrito en dos meses; en la redacción de algunos sólo invirtió cuarenta y cinco días. Dominado por la impaciencia, deja que sus originales vayan sin leer á la imprenta, y, como Balzac, únicamente los corrige cuando están en pruebas.
Le pregunto:
—¿Tiene usted la concepción fácil?
—Mucho—responde—; yo soy un impresionista y un intuitivo; por lo mismo, esa lucha terrible entre el pensamiento y la forma, de que tanto se lamentan otros autores, apenas existe para mí. Es cuestión de temperamento. Yo creo que las obras de arte se ven instantáneamente ó no se ven nunca: si lo primero, el asunto se agarra con tal fuerza á mi imaginación y me absorbe y posee tan en absoluto, que, para descansar, necesito llevarlo al papel de un tirón. El alboroto nervioso que me produce la redacción de los últimos capítulos, especialmente, constituye para mí una verdadera enfermedad: se me cansan la mano y el pecho, me duelen los ojos, el estómago, y, sin embargo, no puedo dejar de escribir; el desenlace tira de mí, me esclaviza, me golpea en la nuca, me enloquece; parezco sonámbulo; me hablan y no oigo; quiero salir á dar un paseo y no me atrevo; la mesa me atrae y vuelvo al trabajo. Muchas veces he escrito diez y seis y diez y ocho horas seguidas. En una ocasión llegué á escribir treinta horas sin descansar más que el tiempo indispensable para beberme alguna taza de caldo ó de café...
Este era el modo de producir que tenía Alfonso Daudet.
«Es—dice el autor de Safo—como un flujo de calor vital que nos sube al cerebro; nos sentimos dominados, invadidos por el asunto, y empezamos á escribir febrilmente. Nada nos detiene entonces: el tintero queda vacío, el lápiz se rompe; no importa; seguimos adelante. Nos irritamos contra la noche que llega y nos cegamos en la penumbra del crepúsculo esperando la lámpara que no traen. Le disputamos el tiempo á la comida y al sueño. Si es necesario marcharse, ir al campo, emprender un viaje, no podemos resolvernos á dejar el trabajo y continuamos escribiendo de pie, sobre una maleta...»
Como todos los grandes novelistas meridionales, Blasco Ibáñez posee una memoria extraordinaria para los paisajes, especialmente cuando hace mucho tiempo que los vió. En la distancia de lo pretérito, las viejas imágenes se precisan y acoplan con rara exactitud; es un torrente de armonías pasajeramente olvidadas, de perfumes, de colores que resurgen con toda su antigua calidez palpitante. Este influjo que los elementos plásticos de la realidad ejercen en su espíritu es tal, que con frecuencia se yuxtaponen á las sensaciones de otra índole: á las auditivas, verbigracia. Blasco Ibáñez es un melómano; la música le produce estremecimientos inefables; Beethoven y Wagner son sus ídolos; muchas de sus cuartillas las escribió cantando... Y, sin embargo, hay momentos en que las notas del pentagrama se ofrecen á su imaginación como algo extenso, palpable, sujeto á las leyes del color y de la línea.
«El cabrilleo de las temblonas aguas de las acequias heridas por la luz—escribe en Arroz y tartana—era el trino dulce y tímido de los violines melancólicos; los campos, de verde apagado, sonaban para el visionario joven como tiernos suspiros de los clarinetes, «las mujeres amadas», como les llamaba Berlioz; los inquietos cañares con su entonación amarillenta y los frescos campos de hortalizas, claros y brillantes como lagos de esmeralda líquida, resaltaban sobre el conjunto como apasionados quejidos de amor de la viola ó románticas frases del violoncello; y en el fondo, la inmensa faja de mar, con su tono azul esfumado, semejaba la nota prolongada del metal que, á la sordina, lanzaba un lamento interminable.»
Esta admirable concurrencia y fusión de emociones no es, en Blasco Ibáñez, un estado pasajero de conciencia. Muy al contrario, constituye una normalidad, y, por así decirlo, el fundamento ó redaño más firme y dichoso de su complexión artística. Nueve años después, en 1903, su modo de «ver la música» es el mismo.
«Hay pasajes musicales—afirma un personaje de La catedral—que me hacen ver el mar, azul, inmenso, con olas de plata (y eso que yo nunca he visto el mar); otras obras desarrollan ante mí bosques, castillos, grupos de pastores y rebaños blancos. Con Schubert veo siempre dúos de amantes suspirando al pie de un tilo, y ciertos músicos franceses hacen desfilar por mi imaginación hermosas señoras que pasean entre parterres de rosales, vestidas de color violeta, siempre violeta.»
La propensión inconsciente que el espíritu del insigne novelista tiene á simplificar sus sensaciones reduciéndolas todas á fenómenos de visión, es el secreto de su arte, rezumante de plasticidad y colorido: á él debe referirse la seguridad admirable y la frondosa abundancia de sus descripciones, la exactitud en su manera de adjetivar, el desusado vigor, sobrio y justo á la vez, que emplea en el trazado de sus figuras, el balzaciano entono y verismo de los caracteres, y aquella emotividad poderosa, semejante á un gran soplo vital, que infunde á las escenas.
El autor de La barraca no prepara los elementos de sus libros con la meticulosidad ahincada y paciente de que los novelistas franceses hablan en sus autobiografías; su temperamento, siervo tumultuoso y ardiente de la impresión, se lo impide. Blasco Ibáñez es «un desordenado». Las «frases» ó los «pensamientos» que se le puedan ocurrir yendo por la calle, nunca los apunta; las «notas» que han de formar sus novelas no las escribe, las lleva en la memoria como un bagaje secreto, medio olvidado; pero apenas se sienta á escribir, cuando todas despiertan, y cual si obedeciesen á una evocación bruja vuelven ágiles y lozanas á su espíritu. El procedimiento que emplea en la confección y desarrollo de sus libros es sencillísimo: al principio sólo tiene el argumento capital, el «bloque», y los nombres de las tres ó cuatro figuras principales; lo episódico, como los personajes secundarios, que podríamos llamar de «relleno», la división de los capítulos, etc., va surgiendo después, al volar calenturiento de la pluma. Escribe con asombrosa celeridad, y pone en el curso de la narración cuanto se le ocurre; así, cuando termina, cada libro es una especie de selva munífica y desbordante. Entonces viene «la poda»; el novelista exuberante se eclipsa y aparece el crítico hosco, que corta, raja y suprime sin piedad. Saturno devora á sus hijos. «Esto sobra y lo otro también; aquellos dos párrafos pueden reducirse á uno... etc.» El estilo es fácil, tranquilo, sin rebuscados atildamientos de concepto ó de frase.
—Cuanto más sencillo es un autor—dice Blasco—menos esfuerzo cuesta su lectura. Por lo mismo procuro siempre escribir sin oropeles retóricos, llanamente, con el propósito único de que el lector «se olvide» de que está leyendo, y al terminar la última página le parezca que sale de un sueño, ó que acaba de devanarse ante sus ojos una visión de cinematógrafo.
La farándula le aburre, le molesta; su temperamento de marino, enamorado del horizonte y de la inmensidad saludable de los paisajes, desdeña la vida angosta de los escenarios; por buena que sea una obra teatral, siempre ve su artificio; no comprende que pueda ocurrir nada bello ni interesante sobre un tablado rodeado por árboles de cartón ó paredes de trapo. Los dramas más espeluznantes suelen provocar su hilaridad, y asegura que la noche en que asistió siendo niño á una representación de En el seno de la muerte, tuvo que salir del teatro antes de que cayese el telón, porque pensó reventar de risa...
—¿Y de la mujer—pregunto—qué opina usted? ¿Cree usted en su complejidad, en su perfidia?...
Adivino su respuesta, pero quiero recibirla de sus labios. ¡Bah!... Vicente Blasco Ibáñez sonríe, se encoge de hombros y por su rostro pasa la expresión satisfecha, un poco petulante, del hombre que, en lances de amor, ha triunfado muchas veces.
—La mujer—exclama—no es toda la vida... ¡ni siquiera la mitad de la vida!... con ser, indudablemente, lo mejor que hay en ella. No es que yo la desprecie, como los orientales, pero tampoco sufrí jamás su imperio tiránico. Yo soy un macho, un gozador, no un sentimental. Yo opino que la mujer es una de las muchas cosas legítimamente codiciables y dignas de conquista que hay bajo el sol...
Después, nuestra conversación se remonta y llegamos á la región de las grandes síntesis.
—¿Cree usted en la gloria, como fin de la vida? ¿Ama usted el dinero?
El maestro no vacila al contestar.
—La gloria, como el dinero, como el amor—declara—, son «adornos» de la vida, y nada más; arrequives brillantes que la embellecen y nos la ofrecen bajo un disfraz amable. Pero el verdadero fin de la vida está, sencillamente, «en vivir». No debemos vivir para ser ricos, ni para ser célebres, ni para endiosar á una mujer, digan lo que quieran los falsos poetas: la vida goza de substantividad propia; se justifica á sí misma...
Y esta respuesta enérgica y breve compendia el alma, toda el alma, de este hombre excepcional, conquistador rezagado, mezcla feliz de artista y de aventurero, que, sin apoyo de nadie, supo vencer á la pobreza y darle á la Vida un zarpazo de león.
Novelas regionales: “Arroz y tartana”.—“Flor de Mayo”.—“La barraca”.—“Entre naranjos”.—“Sónnica la cortesana”.—“Cañas y barro”.
Son seis las novelas correspondientes á este primer período, y las denomino así por desarrollarse todas ellas en la región valenciana, con tipos y paisajes y hasta modismos de lenguaje arrancados á la gran hermosura bravía de la huerta; no por juzgarlas menos interesantes y comprensivas, ni tampoco inferiores á las que su autor desenvolvió más tarde en amplios escenarios: pues la emoción artística no reside en la magnitud decorativa del «marco», ni en la condición noble de las figuras, como enseñan todavía ridículamente vulgares textos de retórica, sino en esa eficacia descriptiva y en esa habilidad para trazar caracteres reales, que han de llevar al libro, al mármol ó al lienzo, el estremecimiento sagrado de la Vida.
En estas obras, Vicente Blasco Ibáñez, aunque incorrecto muchas veces, y á ratos, quizá, frondoso y plateresco en demasía, se muestra, sin embargo, como un artista fascinante y magnífico, evocador insuperable de horizontes. Toda la orquestal polifonía de la Naturaleza resuena á la vez en su cerebro y es recogida ordenadamente por su sensibilidad delicadísima: no sólo «ve» la realidad, sino que al mismo tiempo la huele, la oye y la siente, cual si la tuviese entre sus brazos: por lo mismo, ni un aroma, ni una nota, ni un color, ni un detalle, se escapan á su penetración vigilante. Guardan estos libros un fragor incesante de pasiones, un revertimiento constante de jugos vitales, una especie de convulsión pánica, que así agita las simientes echadas en el surco, como desborda los ríos y enardece las almas. Alternativamente, luciendo una facilidad elástica donde jamás se atisba el menor rastro de cansancio, Blasco Ibáñez tan pronto se refugia en los caracteres y los diseca y escudriña discreta y sutilmente, como vuelve al mundo objetivo, reconstituyéndolo de diversos modos; unas veces con labor mesurada y paciente de miniaturista, otras á largos trazos, con brochazos heroicos, cual si le tentase la majestad sencilla y enorme del cielo tendido sobre el mar.
Su complexión le lleva á sentir el amor á la Naturaleza con extraordinaria intensidad; aunque siempre escribió en prosa, es un verdadero y altísimo poeta de la vida, un enamorado fervoroso de la tierra, semejante á aquellos sacerdotes de los antiguos cultos que asistían de rodillas al orto del sol. Dueño de una paleta riquísima, los colores del iris le sirven dócilmente y le pertenecen como esclavos; su estilo esplendoroso, ardiente como un mantón filipino, le envuelve bajo el prestigio asiático, hecho de oro y de seda, de un manto real; y á su conjuro, los rincones de la huerta valenciana se rebullen y despiertan, y aparecen á nuestros ojos con toda su cegante luminosidad meridional. Sigamos al maestro en su éxodo desde el lago maravilloso de la Albufera á los bosques de Alcira, aljofarados de oro por las naranjas; desde las ruinas druídicas de Sagunto la heroica á las playas soleadas y rientes del Cabañal; y sentiremos cómo la poesía, simultáneamente enérgica y perezosa, de aquella tierra sultana, nos penetra y concluye enseñoreándose de nuestro ánimo: por todas partes triunfan el amarillo quemante del sol, el azul vigoroso del espacio, el verde esmeralda de la planicie cultivada, inmensa y prolífica; y aquí y allá, rompiendo la monotonía griega de este acorde magnífico, la belleza árabe de las palmeras litúrgicas, implorantes como sacerdotes en oración, abriendo desmayadamente sus ramas en un gesto de inconsolable dolor; y las barracas enjalbegadas de blanco, con sus techumbres puntiagudas defendidas por una cruz. Y, finalmente, las noches valencianas, noches diáfanas, en las que las olas empenachadas de espuma sonríen misteriosamente bajo la luna con sonrisa de plata, y en que el cielo, bañado en la serenidad lívida de la luz astral, parece más alto...
De todos los libros de esta época, Arroz y tartana es, indudablemente, el más flojo; y, sin embargo, tanto por el número y calidad de sus tipos, como por el raro «calor de humanidad» que hay en él, es una obra recia, de estirpe balzaciana.
Vivir con «arroz y tartana» significa vivir ostentosamente, aparentando poseer mucho más de lo que se tiene y sin cuidarse de la bancarrota, del crac final.
El argumento de esta novela es sencillo, y en él asoman frecuentemente ramalazos de la juventud de su autor.
Como á otros hijos de aragoneses, á don Eugenio García sus padres le abandonaron una mañana en la plaza del Mercado, ante la iglesia de San Juan. El muchacho, al principio, lloró mucho, luego fué consolándose; entró á servir como dependiente en un comercio del barrio, y á fuerza de perseverancia en el trabajo y de economías, pudo establecerse por su cuenta. Bien pronto su tienda, llamada Las tres rosas, fué popular.
Tenía don Eugenio á sus órdenes y como primer dependiente á un tal Melchor Peña, y cultivaba la sociedad de un íntimo y antiguo amigo suyo llamado Manuel Fora, á quien, por haber sido novicio en su juventud, apodaban el Fraile. De su matrimonio, Fora hubo dos hijos: Juan, especulador codicioso y avaro, como su padre, y Manuela, disipadora y pretenciosa.
Manuela y Melchor Peña se casaron y don Eugenio traspasó á su antiguo empleado el comercio, modesto aunque sólido, de Las tres rosas; él ya era viejo y había luchado mucho; debía descansar. Poco después el Fraile murió de apoplejía, legando á cada uno de sus hijos setenta mil duros. Juan, desconfiado y previsor, continuó trabajando y no se movió de la casa solariega; pero Manuela, sin considerar que su herencia no la redituaría lo suficiente para lanzarse á desusados lujos, quiso lucir, salirse de su esfera, humillar á sus amigas. Avergonzándose de su obscuro origen, no sosegó hasta conseguir que su marido se retirase del comercio. ¡Pobre Melchor! Obligado por la nueva existencia que su consorte le imponía á vestirse el frac todas las noches, «su buen humor había desaparecido junto con los colores de su cara; una obesidad grasosa y amarillenta hinchaba su cuerpo; y, al fin, un año después de abandonar la tienda, murió, sin que los médicos supieran con certeza su enfermedad».
De este primer matrimonio le quedó á doña Manuela un hijo, llamado Juan, á quien no amaba porque tenía, como su padre, las manos grandes y el tipo vulgar.
Al año siguiente casó doña Manuela con su primo Rafael Pajares, médico licencioso y gastador, del que hubo tres hijos. Aquel matrimonio fué breve; Pajares, roído y maltrecho por sus vicios, murió pronto, pero dejando notablemente quebrantada la fortuna de su mujer. Esta, sin embargo, no se intimidó; un implacable «delirio de grandezas» la poseía; su desbocada ambición soñaba casar á sus hijas con príncipes ó millonarios y esperaba de la Fortuna novelescas sonrisas. Firme en su propósito, hipotecó sus fincas, pidió dinero á rédito, amontonó deudas sobre deudas y al cabo llegó á la ruina total. Entonces, desesperada, sin amor, con la sordidez brutal de una ramera, abandonóse entre los brazos de su antiguo dependiente, Antonio Cuadros, dueño á la sazón de Las tres rosas. Hasta que, de súbito, la catástrofe que se cernía sobre todos los desdichados personajes de este gran drama, tan vulgar y, no obstante, tan intenso, explota horrísono y tableteante como trueno apocalíptico. La misma tarde en que Juan descubre los sucios amores de su madre, el famoso banquero don Ramón Morte, especie de dios penate con levita y sombrero de copa, que parecía velar por los intereses de infinidad de familias, quiebra fraudulentamente y huye de la ciudad; unos le suponen camino de América, otros le creen refugiado en Francia... En aquella quiebra Juan pierde todos sus ahorros, y Antonio Cuadros, que ve evaporarse con Morte la mayor parte de su fortuna, desaparece también. Juan muere de dolor; doña Manuela y sus hijas se ven desamparadas; ¿qué será de ellas?... Ni fuerzas tienen para llorar; la palabra «ruina», en la que nunca meditaron, las envuelve ahora, tejiendo á su alrededor una especie de noche inmensa.
El libro no concluiría bien si no hablase de don Eugenio, «el veterano del Mercado». ¿Qué hacía, en medio de tanto dolor, el fundador de Las tres rosas?... ¡Ah! Viéndose solo, miserable y sin la tienda donde enterró las savias todas de su juventud, ¿qué había de hacer, sino morir?... Y así fué: murió donde había vivido, en la plaza, frente á San Juan. «Primero se doblaron sus rodillas, quedando de hinojos en aquel lugar donde su padre le había abandonado setenta años antes; después cayó de bruces en la acera.»
Esta obra, en el curso de la cual intervienen catorce ó diez y seis figuras sobriamente trazadas, y en que el enérgico interés de la fábula permite al lector ir sin fatiga de uno á otro episodio, anunciaba en Vicente Blasco Ibáñez, muy joven entonces, un novelista de grandes recursos y de visión amplísima. La crítica reconoció que el provinciano y obscuro autor de Arroz y tartana, «prometía». Las ilusiones de los que así le juzgaron no resultaron fallidas: Blasco las satisfizo todas publicando un año después, en 1895, su lindísima novela Flor de Mayo.
¡Qué emoción tan fuerte, tan inolvidable, deja este libro!... Es pesimista, es trágico; sus últimas páginas, especialmente, tienen toda la amargura del mar, y por su arquitectura cae en absoluto dentro de aquellos moldes en que «el padre» melancólico y casto de la novela moderna, Emilio Zola, fabricaba los suyos. Y, sin embargo, ¡qué extraño raudal de luz, qué alegre vigor y qué intensas ráfagas de ruda poesía hay en él!...
Sirve de escenario á la obra la playa del Cabañal; todos los personajes son pescadores, gente brava y noble, que tiene torpe la palabra y el ademán pronto y vehemente.
Tona casó con el tío Pascualo, pescador temerario que, una noche de borrasca, pereció en el mar. Una ola devolvió su barca á la orilla, y allí le encontraron, «con la cabeza destrozada, sirviéndole de tumba el armazón de tablas, ilusión de toda su vida, que representaba treinta años de economías amasadas ochavo sobre ochavo». Varios meses la pobre viuda, acompañada de sus hijos Pascual y Tonet, pidió limosna de puerta en puerta. Sus ojos implorantes, arrasados en lágrimas, excitaban la compasión: al principio muchos la socorrían, éste con dinero, aquél con un puñado de pescado ó un trozo de pan; mas esta situación había de durar poco, pues en la ingrata condición humana la virtud de la caridad es la que más pronto se usa y fatiga. Tona lo comprendió así; era una mujer fuerte que sabía mirar cara á cara á la vida; su instinto de conservación venció y se impuso á su dolor.
«No la quedaba en el mundo otra fortuna que la barca rota donde murió su marido, y que puesta en seco se pudría sobre la arena, unas veces inundada su cala por las lluvias y otras resquebrajándose su madera con los ardores del sol, anidando en sus grietas voraces enjambres de mosquitos.
»Tona tenía un plan. Donde estaba la barca podía plantear su industria. La tumba del padre serviría de sustento para ella y los hijos.»
¡Qué bello símbolo! La vida alimentándose y surgiendo triunfal de la muerte; la desilusión suprema de la nada, sonando á risas y vistiéndose con las flores de una esperanza nueva...
«Un costado de la barca fué aserrado hasta el suelo, formando una puerta con pequeño mostrador. En el fondo de la barca colocáronse algunos tonelillos de aguardiente, ginebra y vino; la cubierta fué substituida por un tejado de tablones embreados que dejaba mayor espacio en el lóbrego tabuco: á proa y popa, con los tablones sobrantes, formáronse dos agujeros á modo de camarotes; el uno para la viuda y el otro para los niños, y sobre la puerta extendióse un tinglado de cañas, bajo el cual mostrábanse con cierta prosopopeya dos mesillas cojas y hasta media docena de taburetes de esparto.»
En aquel ambiente crecieron Pascual y Tonet. No parecían hermanos: Pascual, á quien luego llamaron el Retor, era, como su padre, de complexión recia y voluntarioso para el trabajo, económico, dócil, callado; todo lo contrario de Tonet, vagabundo y pinturero, tan aficionado al vino como á holgar con las mozas. El Retor se casa con Dolores, Tonet con Rosario; y más adelante Dolores y Tonet, que en otro tiempo fueron novios, vuelven á tener relaciones, pero esta vez más íntimas, más graves... La narración va devanándose rápidamente y con un interés dramático que crece según se aproxima el desenlace. Cuando el pobre Retor descubre la traición de su compañera y se convence de que Pascualet, el chiquillo que creía suyo, es hijo de su hermano, sus celos se desbocan y por sus brazos nervudos de remero corre un estremecimiento homicida. Quiere abalanzarse sobre Tonet, trabarle por la garganta, arrancarle aquella lengua infame que engañó á su Dolores y la precipitó al adulterio. Luego reflexiona; esto aún es poco; Tonet debe morir... pero ¿y él? ¿Podrá ser dichoso entre la mujer que le traicionó y aquel hijo que no es suyo? Por primera vez, su alma heroica, que hasta entonces peleó sin fatiga, siente el trabajo de vivir y la inútil melancolía del esfuerzo. ¡Sí, era preferible acabar! Y una madrugada, desoyendo los consejos de otros patronos que no comprendían la terquedad de Pascual, éste aparejó su barca y acompañado de Tonet y del muchacho, salió al encuentro de la tempestad que ya empezaba á rugir en el horizonte. Ninguno de los tres volvió...
Hay en esta novela tipos gallardamente dibujados, como el de la tía Picores, una especie de leona de la Pescadería, procaz y deslenguada, capaz de reñir á puñetazos con un hombre; el del tío Paella, padre de Dolores; el del «siñor Martínes», carabinero andaluz, perezoso y sentimental, que pasa como un soplo de poesía por la taberna de Tona; y el de su hija Roseta, aquella virgen rubia, con largos ojos azules y contemplativos, «que lo sabía todo». Y también merecen recordarse dos ó tres escenas de primer orden: tales como la del naufragio, la de la bendición de la barca, y la de aquella tarde en que Pascual y Tonet deciden ir á Argel por un cargamento de tabaco. En esta última descripción, especialmente, Blasco Ibáñez se excede y mejora á sí mismo; la blancura de la playa arenosa reverberante bajo el sol; la quietud de las barcas tendidas á lo largo de la costa con un abandono casi inteligente, cual si tuviesen conciencia de que descansan; la serenidad verde del mar emperezado por el calor de la siesta; el silencio, el enorme silencio, que llena el espacio azul; y, á ratos, en la lejanía luminosa del horizonte, una vela blanca, como una pechuga de gaviota... componen un lienzo pasmoso que Joaquín Sorolla hubiese firmado.
Los azares de la política apartaron momentáneamente á Vicente Blasco Ibáñez de la política. Por aquella época el encono de los partidos llegó á su apogeo; Valencia hervía; todas las semanas estallaba un motín y la sangre liberal enrojecía las calles; sobre la redacción de El Pueblo llovían denuncias. Blasco Ibáñez se vió encerrado durante ocho meses en la cárcel de San Gregorio, y al cabo tuvo la fortuna de que la pena de reclusión le fuese conmutada por la de destierro. Entonces emigró á Italia, donde escribió los capítulos de su libro En el país del arte, publicado en 1896.
Sin embargo, el público, el gran público indiferente de España, no conocía aún al escritor rebelde, mitad artista, mitad político, que batallaba en una capital de provincias. Ante su nombre, la crítica, tan servicial y diligente con los «consagrados» como desdeñosa con los «nuevos», callaba y se encogía de hombros perezosamente. Así Blasco Ibáñez no paladeó las mieles de una verdadera victoria hasta dos años más tarde, en 1898, con la publicación de La barraca.
¡Libro admirable! Su autor «lo vió» bien, de un golpe, y lo escribió con una vehemencia y una diafanidad de estilo inimitables. Toda «el alma» árabe, brava y sufrida de los hijos de la huerta, late allí: la lucha de los hombres con la tierra, el cariño dedicado por el labrador al caballo que trabaja con él sobre el surco y al perro que de noche vigila su hacienda; el respeto tradicional al «amo» que de hecho, ya que no de derecho, oprime todavía á sus colonos con el peso de una autoridad omnímoda y feudal; y también «el alma» del paisaje, con su cielo añilado, sus palmeras hieráticas eternamente tristes, su red de infinitos y pequeños canales, por donde el agua, semejante á un dios helénico, bordea los verdes bancales, distribuyendo en ellos, con su frescura murmurante, el regocijo de la vida. En La barraca nada falta, nada tampoco sobra; en la historia de la novela española contemporánea, este libro quedará como un modelo definitivo de nuestra literatura regional.
El tío Barret, como todos sus ascendientes, laboró durante muchos años las tierras del usurero don Salvador; ellas se llevaron lo mejor de su juventud. ¡Cuánto trabajó el infeliz y con cuán poco éxito! Hubo varios años malos, las cosechas fueron mezquinas y el producto de su venta apenas bastó á la manutención de la familia. ¿Cómo pagar á don Salvador los alquileres devengados?... Al verse despedido, el pobre tío Barret trató de conmover el duro corazón del amo. «El, que no había llorado nunca, gimoteó como un niño; toda su altivez, su gravedad moruna, desaparecieron de golpe, y arrodillóse ante el vejete pidiendo que no le abandonara...» Pero el amo se mostró inflexible; él también tenía compromisos y necesitaba dinero, «su dinero»... El tío Barret, humillado, pisoteado cruelmente en su dignidad, se marchó furioso, jurando defender á tiros su derecho á vivir. Transcurrieron varios días. Una tarde el tío Barret salió de su barraca llevando consigo lo mejor que había en ella; «la hoz de su abuelo, una joya que no la cambiaba ni por cincuenta hanegadas». La fatalidad le atravesó á don Salvador en su camino: trabáronse de palabras los dos hombres y el usurero cayó, segada la garganta. El matador fué condenado á cadena perpetua y en el penal de Ceuta finó su triste existencia; su mujer, inútil y vieja, murió en el hospital, y sus cuatro hijas se dispersaron, siguiendo á través de la inmensidad de la humana miseria rumbos distintos: unas se pusieron á servir, otras cayeron en la prostitución... y de este modo, la gran iniquidad legal quedó consumada. Pasó mucho tiempo; los herederos de don Salvador trataron de arrendar la barraca del tío Barret y las tierras á ella anejas, y no lo consiguieron; nadie las quería; diríase que la sombra vengativa del presidiario las defendía, las reclamaba aún; aquellos campos donde hogaño los hierbajos silvestres medraban lozanos, parecían malditos...
Hasta que por la huerta corrió la noticia de que la barraca fatal estaba habitada por una familia venida nadie sabía de dónde. El hecho era cierto. Batiste, un aventurero cansado de probar distintos oficios y de pelear brazo á brazo con la miseria, se había instalado allí acompañado de su mujer Teresa y de sus hijos Roseta, Batistet y Pascualet, á quien por su carita bonachona y rosada, sus padres llamaban «el Obispo». ¡Qué escándalo! El rumor «se transmitía á grito pelado de un campo á otro campo, y un estremecimiento de alarma, de extrañeza, de indignación, corría por toda la vega como si no hubieran transcurrido los siglos y circulara el aviso de que en la playa acababa de aparecer una galera argelina buscando cargamento de carne blanca». Instantáneamente, sin aviso previo, los vecinos organizan contra el intruso una especie de cruzada, á la cabeza de la cual, y como jefe, figura el valentón Pimentó. El forastero está asombrado; si él no hizo daño á nadie, si sólo aspira á vivir pacífica y honradamente, ¿á qué debe atribuir aquel odio?... Una tarde, al tramontar del sol, cierto pastor, anciano y ciego, se acerca al predio maldito y aconseja á Batiste irse de allí cuanto antes: en sus ojos blancos y sin luz, en la lentitud con que levanta al cielo sus brazos sarmentosos, hay algo paternal y cabalístico. Sus palabras resuenan agoreras en el silencio de la tarde; aquellas tierras, regadas con sangre, necesariamente han de ser funestas para quien las cultive. Concluye:
«Creume, fill meu: te portarán desgrasia».
Batiste se encogió de hombros; él á nada tenía miedo y estaba seguro de que sus manos, infatigables como su voluntad, eran capaces de realizar milagros. Y así fué. En poco tiempo aquel campo, que durante diez años había permanecido inculto, apareció limpio de malezas, roturado y dispuesto á producir opulentas cosechas; los muros de la barraca, enjalbegados pulcramente de blanco, relucían alegres bajo el sol; el pozo quedó limpio; ante la casita una parra frondosa tendía su sombra bienhechora sobre una minúscula plazoleta de ladrillos rojos. El sano regocijo que Batiste experimentaba con estas mejoras, duró poco; la experiencia le demostró que jamás se arrostraron impunemente los odios de un pueblo, y la conjuración, solapada al principio, revienta al fin, atacando simultáneamente á los forasteros por todos los caminos. La hostilidad que rodea á los padres trasciende implacable á sus hijos y les envuelve. A Roseta la maltratan las muchachas de su edad, y Batistet y Pascualet son golpeados al salir de la escuela por sus compañeros. La lucha se prolonga semanas y meses tenaz y sin cuartel. En una de aquellas trifulcas Pascualet, el más pequeño de los dos hermanos, cae en una zanja llena de agua, y la impresión de la cruel mojadura determina unas calenturas que acaban con la vida del muchacho. Su padre, acosado por unos y otros, se defiende á tiros y mata á Pimentó. Pero su heroísmo es baldío: una noche, hallándose todos acostados, la barraca empieza á arder; nadie acude en su auxilio; las barracas vecinas permanecen cerradas, y esta indiferencia es lo que mejor demuestra el aborrecimiento que inspiran los intrusos. ¿Qué rumbo seguir? ¿Cómo defenderse de aquel enemigo invisible y enorme? El heroico Batiste acaba por rendirse; no lucharía más: «Huirían de allí para comenzar otra vida, sintiendo el hambre tras ellos, pisándoles los talones; dejarían á sus espaldas la ruina de su trabajo y el cuerpecillo de uno de los suyos, del pobre albaet, que se pudría en las entrañas de aquella tierra, como víctima inocente de la loca batalla.»
Guarda este libro páginas soberbias, como las consagradas al entierro de Pascualet y al incendio de la barraca, y hasta media docena de tipos perfectamente trazados. Su autor lo escribió de un tirón y en un estado de hiperestesia que iba creciendo y agudizándose conforme se acercaba el desenlace. Los dos últimos capítulos, especialmente, llegaron á colocarle en un estado de verdadero desequilibrio mental. Sufrió alucinaciones. La noche en que terminó la novela trabajó hasta la madrugada; estaba solo; acababa de escribir la cuartilla final y levantó la cabeza: sentado delante de él vió á Pimentó. La impresión fué tan violenta, que Blasco tiró la pluma y retrocediendo, como para no ser acometido por la espalda, se retiró á su cuarto; la sombra trágica del huertano permaneció allí, de codos sobre la mesa, junto al quinqué, inmóvil en medio del silencio y la amplitud del salón obscuro.
El triunfo obtenido dos años más tarde por Entre naranjos, igualó y acaso sobrepujó, al de La barraca.
Hay en esta novela una parte autobiográfica muy interesante. Blasco Ibáñez había conocido en uno de sus viajes á cierta artista rusa, tiple de ópera, mujer extraordinaria, hermosa, fuerte y sádica como una walkyria, que recorría el mundo llevando consigo á una pobre muchacha á quien en sus frecuentes arrebatos de mal humor azotaba cruelmente. Fueron aquéllos unos amores de pesadilla, vehementes y rápidos; la artista, con su elevada estatura y sus biceps de hierro, era una verdadera amazona, celosa y agresiva, de la que sus amantes necesitaban defenderse á puñetazos; instintivamente su temperamento rebelde se negaba á rendirse, y cada posesión requería una escena ancestral de lucha y de doma, en la que luego los besos servían para restañar la sangre de los golpes.
La acción principal de la novela se desarrolla cerca de Valencia, en Alcira, pueblo lindísimo, pintoresco como un capricho de abanico, cuyo blanco caserío parece flotar sobre el océano verde de los inmensos naranjales que lo circundan.
Leonora, artista de ópera de reputación mundial, se ha refugiado allí guiada por esa necesidad de aislamiento que las almas aventureras sienten de cuando en cuando. Rafael Brull, á quien sus adeptos acaban de elegir diputado, se enamora de ella; Leonora quiere resistir, tiene miedo á las pasiones que desencadena su belleza... pero la soledad, que enardece las imaginaciones, suele ser mala consejera de la virtud, y al cabo resbala y se abandona entre los brazos de Rafael una noche de luna, bajo los naranjos cuajados de azahares. Esta aventura concita contra la artista los odios de todo el vecindario, pacato y católico. Leonora se encoge de hombros; ¿qué pueden importarla la enemistad ó las groserías de aquellas pobres gentes? Pero, al mismo tiempo, su voluntad errante siente el deseo, cada vez más exigente y punzador, de volver al mundo para correr tras el espejismo de los horizontes; es su sino... Brull quiere seguirla, y su intento fracasa: se lo impiden «su pasado», el recuerdo de su padre, el carácter de su madre, devota y austera, y hasta el amor de su prometida, muchacha modosita, insignificante, que aportará al matrimonio una herencia considerable... Leonora y Rafael se separan, y ni una sola carta vuelve á cruzarse entre ellos. Todo ha concluido. Rafael Brull se casa, tiene hijos y su nombre obscuro aparece alguna vez que otra en el Diario de Sesiones. Transcurren muchos años. Una tarde, al salir del Congreso, el diputado se encuentra con Leonora. Es la walkyria de siempre, fuerte y hermosa; acaba de llegar á Madrid y á la mañana siguiente piensa salir para Lisboa. Brull siente renacer en su alma los recuerdos de su antiguo amor: está triste, aburrido; sus ojos se llenan de lágrimas; aún pueden ser felices...
Ella le rechaza con estas palabras bellas y tristes:
«—No te esfuerces, Rafael—dice—, esto se acabó. El Amor que dejaste pasar está lejos, tan lejos, que aunque corriéramos mucho, nunca le daríamos alcance. ¿A qué cansarnos? Al verte ahora, siento la misma curiosidad que ante uno de esos vestidos viejos que en otro tiempo fueron nuestra alegría. Veo fríamente los defectos, las ridiculeces de la moda pasada...»
Leonora se despide de su antiguo amante fríamente, y Rafael Brull permanece solo en medio de la acera, ridículo, abatido, casi viejo, haciendo esfuerzos sobrehumanos para reprimir el deseo, un inmenso deseo que tiene, de echarse á llorar...
Así, suavemente, con la melancolía de un pañuelo mojado en lágrimas que desde lejos nos dijese «adiós», termina el libro; libro exquisito, aromado por la tragedia, la gran tragedia sin sangre, de las ilusiones perdidas.
Sónnica la cortesana constituye, en la técnica de Vicente Blasco Ibáñez, un «gesto» aparte; y si la incluyo entre sus «novelas regionales», es porque su autor, según confesión propia, más que un vano alarde arqueológico, trató de hacer con este libro «la novela valenciana antigua».
La acción se desenvuelve durante los últimos días de Sagunto, cuyo espíritu, costumbres y trajes fueron evocados y descritos con sorprendente precisión. Sónnica es una cortesana que, por no dejar á un amante, llevó á las costas levantinas de España un rayo del sol alegre de Grecia, la cuna excelsa de la filosofía y del arte, donde las mujeres, cual las diosas, tenían la bondad de aliviar el dolor de los hombres mostrándose desnudas: como era generosa, el pueblo la adoraba, y en su palacio suntuoso, hecho de mármoles, las luces que alumbraban los festines con que la hetera obsequiaba á sus invitados, no se apagaban nunca antes de salir el sol. Alrededor de Sónnica aparecen agrupadas la figura belicosa de Acteón, amigo de Anníbal; la del cínico parásito y filósofo Eufobias, la del afeminado Lácaro, la de los jóvenes amantes Ranto y Eroción, la del famoso arquero Mopso y otras, que, unidas todas, recomponen cabalmente el alma, orgullosa y democrática á la vez, de la época.
En el cuadro final, con el fiero asalto que dieron á las murallas saguntinas las tropas semi-bárbaras que acaudillaba el general cartaginés y el heroísmo con que los sitiados, cogidos de las manos, se precipitaban en la hoguera inmensa donde habían jurado perecer, el autor puso todo su aliento y supo darnos la emoción de aquella epopeya, asombro del mundo antigua y gloria todavía de nuestra raza.
A fines del año siguiente, ó sea en Noviembre de 1902, Vicente Blasco Ibáñez publicó su novela Cañas y barro, el mejor, á mi juicio, de todos sus libros. Luego supe que su autor lo tenía en igual estima, y no me extrañó; Cañas y barro es una obra maestra.
Explicar el argumento de esta novela es empresa difícil, porque más que un asunto puede afirmarse que hay en ella dos ó muchos, todos igualmente interesantes y desarrollados simultáneamente, lo que da á la narración una jugosidad excepcional, un «calor de humanidad» extraordinario: es el espejo donde van reflejándose las historias de varias familias que viven paralelamente, el tornavoz que recoge los gritos de dolor, las zozobras, las alegrías mezquinas, todas las palpitaciones, en suma, de un trozo del pintoresco enjambre humano. Cañas y barro es la vida en la célebre Albufera valenciana, húmeda, fangosa, calenturienta, con sus arrozales, que forman horizonte. ¿Tipos?... Los hay á puñados; podrían contarse por docenas: allí están el tío Paloma, el pescador más antiguo del lago, alma independiente, movediza como su propia barca, para quien el oficio de agricultor es una profesión de esclavos; su hijo Toni, voluntad de acero, trabajador infatigable, empeñado en rellenar con tierra traída de muy lejos una charca profunda que le cedió graciosamente cierta señora rica «que no sabía qué hacer de ella»; Tonet el Cubano, flor de vicio, tumbón y sensual, que aspira á vivir en la holganza merced á la protección de su querida Neleta, esposa del rico tabernero y antiguo contrabandista Cañamel; el borracho Sangonera, socarrón delicioso, especie de dios Baco, á quien los habitantes del lago solían encontrar dormido junto á las orillas, la cabeza ceñida de flores, y que al cabo murió de un atracón; el pare Miquel, la Borda, la Samaruca y otros... Todos estos seres, moviéndose en el mismo escenario y agitados por sentimientos afines, dan una sensación rotunda, magnífica, de humanidad en marcha.
La atención del lector, sin embargo, propende inconscientemente á olvidar la epopeya grandiosa de Toni para fijarse en los amores adulterinos de Neleta con Tonet el Cubano. Cañamel ha muerto, Neleta se halla encinta de su amante y es indispensable que el niño desaparezca, pues, de lo contrario, la viuda, por su proceder liviano, perdería su derecho á heredar al difunto, según éste lo determinó en su testamento. En aquella desalmada mujer la codicia es más fuerte que el instinto maternal, y el recién nacido es inmolado sin piedad; su mismo padre lo sacrifica: le llevaba en su lancha, y de pronto, asiéndole con ambas manos, le arrojó violentamente lejos de sí, «como si quisiera aligerar la embarcación de un lastre inmenso». Y más tarde, cuando el Cubano, horrorizado de su crimen, se suicida, Toni, su padre, enterado por el tío Paloma de lo ocurrido, le inhuma secretamente. ¿Dónde? En su charca. La Borda, su hija adoptiva, le ayudó en esta operación macabra. Amanecía y las primeras luces matutinas daban al lago la tonalidad gris de una lámina inmensa de acero. Cogieron entre los dos el cadáver y le descendieron á la fosa cuidadosamente, «como si fuese un enfermo que podía despertar». El sepelio concluyó. ¡Pobre Toni! «Su vida estaba terminada». ¿Cómo dar idea de su dolor lacerante, infinito?... «Hería con sus pies aquella tierra que guardaba la esencia de su vida. Primero la había dedicado su sudor, su fuerza, sus ilusiones; ahora, cuando había que abonarla, la entregaba sus propias entrañas, el hijo, el sucesor, la esperanza, dando por terminada su obra.»
La crítica creyó ver en este final prodigioso un «efectismo»; algo muy bello, sí, pero artificiosamente preparado desde el principio de la obra. No hay tal. Yo quiero hacer constar que ese desenlace fué una «improvisación». Blasco Ibáñez, apenas salió de la Albufera donde, para estudiarla de cerca, acababa de pasar ocho ó diez días pescando y durmiendo al raso en el fondo de una barca, empezó á escribir su novela sin saber aún cómo la concluiría. Comenzaba la estación otoñal. Muchas noches, desde un balcón de su finca de la Malvarrosa, Blasco miraba al mar tranquilo, susurrante, plateado por la luna, mientras tarareaba la «Marcha Fúnebre» de Sigfrido. Entretanto, meditaba el último capítulo de su libro. De pronto «lo vió»; fué una emoción tan eficaz que casi la sintió en los ojos; acababa de sugerírselo el recuerdo del cadáver del héroe wagneriano, tendido sobre su escudo y llevado por sus guerreros...
¿Y por qué no había de ser así, según el novelista lo explica?
No olvidemos que para Vicente Blasco Ibáñez, fácil más que ningún otro artista á las emboscadas de la impresión, «el arte es instinto».