CAPITULO SEPTIMO

Estudio histórico-crítico acerca de la civilización y estado de cultura en que se hallaban los indios de Centro-América, al ser descubierto el Nuevo Mundo por Cristóbal Colón

SUMARIO

Numerosas y grandes ciudades que hallaron los conquistadores en América.—Ocupaciones á que se entregaban los indios.—Cómo se encontraba la propiedad rural en los pueblos aborígenes.—Tierras realengas, comunes y del culto.—El Calpullec, que velaba por los intereses generales.—Los rebaños eran del rey.—En que consistía el tributo real.—Los indios estaban regidos militarmente.—Debían dar uno de sus hijos, por cada tres que tuvieran, para sacrificios ó como esclavos.—Población de Centro-América, antes de la venida de los españoles.—Opulencia del reino del Quiché.—Peste asoladora en el año 1520.—La sífilis en América y en Europa.—Industrias de los indios de Guatemala.—Las joyas, obras de oro y plata, tisúes finísimos y mosaicos de plumas.—La medicina entre los indios.—Remedios para curar diversas enfermedades.—Como curaban la enfermedad venérea.—Aplicación de la carne de lagartijas.—Memoria del Protomédico de Guatemala Dr. don José Flores, sobre ese remedio.—Empleo del achiote.—Reducción de lujaciones.—Sangrías.—Embalsamamiento de cadáveres.—Vestidos que usaban los indios de Guatemala.—Utensilios y costumbres domésticas.—Sacrificios y usos bárbaros.—Baile libidinoso llamado Oxtún.—Castigo impuesto á los indios de Alotenango, por haber pretendido bailarlo.—Los pipiles del Salvador.—Los chontales de Honduras.—Los talamancas, guaimíes y chorotegas de Costa-Rica.—Informe del Oidor de la Real Audiencia de Guatemala don Diego García del Palacio, al rey de España.—Eran independientes de Moctezuma los reinos del Quiché, Guatemala y Atitlán.—Célebres ciudades de esos reinos.—Cómo fueron subyugadas por los españoles.—Violación de la célebre princesa Xuchil.


Después de haber estudiado, con algún detenimiento, en los precedentes capítulos, el origen, manera de ser, desarrollo intelectual, creencias religiosas, instituciones políticas, leyes civiles y penales, usos y costumbres, diversiones, poesía, teatro, música y baile de los antiguos indios, y en particular de los de Guatemala; es oportuno exponer cómo se hallaban al tiempo de la conquista del Istmo Centro-Americano.

Sin el estudio que queda hecho anteriormente, no era posible resumir la condición social, política y económica de los poderosos reinos y numerosas tribus que habitaban nuestro suelo, á la sazón que el desdichado hechicero cakchiquel anunció al orgulloso rey quiché Vahxaki-Caam que pronto vendrían los hombres blancos, vestidos y armados de piés á cabeza á convertir los palacios y los templos en habitaciones de lechuzas y gatos de monte.[89]

Refiere el soldado historiador Bernal Díaz del Castillo[90] que los conquistadores encontraron en nuestro suelo "numerosísimas y grandes ciudades, al punto que hablando con don Pedro de Alvarado, decíanle alegres y satisfechos que no era el caso de echar de menos á México, con lo que acababan de descubrir."

Casi todos los indios eran agricultores, aunque no pocos se dedicaban al comercio y otros trabajaban muchas minas en varios puntos; pero la extracción de los metales no tenía por objeto ni la utilidad privada, ni la utilidad común, sino el lujo de los soberanos y el esplendor del culto religioso. Los terrenos eran de los reyes, quienes no solo tenían en su territorio el sumo imperio, sino que, en nombre y por autoridad de ellos, se señalaba á cada padre de familia una extensión de tierra, para sus sementeras. También la nobleza tenía sus tierras; la comunidad de las tribus las suyas, y, por último los templos ó sacerdotes eran dueños de otras. En la distribución que los régulos y los del calpul hacían á los particulares, tocaba mayor extensión al que tenía más hijos, y ellos distribuían las semillas y vijilaban los cultivos. Desde que comenzaba á tener el niño algunas fuerzas, ya no estaba ocioso; hasta el anciano trabajaba, salvo que se hallase inválido ó enfermo. La moralizadora ley del trabajo se imponía por la fuerza á los indios inclinados de suyo á la inacción y á la holganza; pero los pobres no eran dueños de las tierras, dado que ejerciendo los nobles y régulos un poder tiránico, disponían como querían de ellas. No eran propiamente los indios, más que colonos, trabajadores ó siervos de la gleba ó de sus amos.[91]

La propiedad particular del suelo, tan civilizadora, tan estimulante, tan necesaria para el desarrollo de los pueblos, cuando se ajusta á las prescripciones económico-políticas en cuanto á su distribución, no la conocieron los aborígenes, ni en Guatemala, ni en Méjico, ni el Perú, ni en ninguna parte del Continente. El sistema de la propiedad territorial de los indios se asemejaba mucho al de los señores y pecheros de la edad media en Europa[92]. Los feudos, las cartas pueblas, el derecho de pernada y otros bárbaros que tenían aquellos magnates de horca y cuchillo, los tuvieron también análogos, los indios del Anáhuac y del territorio de la América Central. Los mayores de una tribu formaban el calpul, que elegía un principal, llamado calpullec, para que velase por los intereses de la comunidad. Cada ciudad tenía tierras separadas, en los suburbios para llenar las necesidades del ejército en tiempo de guerra. Las aguas pertenecían también al monarca, el cual mandaba amojonar los límites de las tierras de las comunidades y pueblos por los güegües (ancianos).

Los rebaños de ganado lanar, como llamas, alpacas y vicuñas, eran también del rey, quien hacía distribuir las lanas, sin el menor desperdicio, ya que sabían cuanto necesitaban cada uno para los vestidos que no cambiaban ni de color, ni de clase, ni de tela, ni de forma.

El indio estaba obligado á trabajar una parte del tiempo para el soberano, dándole una porción de su cosecha, en forma de tributo, una vez que aquél, como padre de todo el pueblo, tenía trojes con granos reservados para el pobre, el desvalido, ó el de mala fortuna. Rara vez, el hambre era una plaga; porque la nación poseía sus depósitos de comunidad, reservados al tiempo de escasez. El oficio de hilar era de las mujeres, y el de tejer los lienzos y urdir las mantas, estaba reservado á los varones. La construcción de las casas, la hechura de las armas, la pesca, la labranza de la tierra y los demás oficios fuertes, eran de los hombres, mientras que las mujeres preparaban el alimento y cuidaban de la prole menuda. La alfarería, la hechura de los ídolos, el adorno de los palacios, la construcción de acequias y caminos, el laboreo de metales, estaban á cargo de compañías más ó menos numerosas de indios de todas las provincias, quienes se renovaban, según el tiempo que debía durar el trabajo de cada parcialidad.

Al indio no era dado viajar por su propia voluntad, ni salir fuera del pueblo, sin permiso del cacique, el cual podía hacerlo que mudase de domicilio y aún trasladarlo perpetuamente á otra provincia remota.

Fué tan severa é íntima la dependencia en que estaban los descendientes de Quicab y Tecum, de sus respectivos régulos, que divididos los indios en porciones de á diez individuos, los mandaba un decurión, y así sucesivamente tenían jefes de á cincuenta, ciento, mil y diez mil pobladores. El jefe inferior informaba al superior, hasta llegar á noticia del cacique ó monarca, la más insignificante circunstancia de su estado, regido se puede decir militarmente. Entre los indios, el individuo era inmolado á las exijencias ó necesidades del imperio. El salus populi suprema lex esto, de los romanos, constituía la más sabia máxima de política de los cakchiqueles, quichés y demás imperios del suelo americano. Era el principio reconocido en el mundo entero, antes de la revolución francesa, que rescató la personalidad humana de la absorción social en que había vivido.

Si se da crédito á Oviedo y Torquemada, debe estimarse el tributo que pagaban los indios en la tercera parte de sus productos, debiendo entregar además uno de sus hijos, por cada tres que tuviesen, para sacrificios ó como esclavos, pena de la vida, para el que no obedeciera ley tan bárbara como tiránica[93].

Si al régulo ó al monarca veníales en mientes apoderarse de la hija ó de la mujer de cualquiera de sus súbditos, se las entregaban, para que satisficiesen sus torpes apetitos.

Acerca del número de pobladores que tendrían los reinos que ocupaban estas comarcas centro-americanas, no es fácil encontrar un dato cierto[94]. Sábese, sin embargo, que sólo el del Quiché podía poner sobre las armas doscientos mil combatientes; de donde puede deducirse que acaso tendría más de dos millones de hombres, sin contar los cakchiqueles y tzutojiles, que eran también muy numerosos. Además había varias tribus y pueblos que aumentarían probablemente aquella cifra hasta cuatro millones de almas.

Torquemada afirma que la opulencia de los tultecas en el Quiché, podía competir con la de los incas del Cuzco y de los Moctezumas en México. El cronista Fuentes, que pasó en persona por el mismo reino del Quiché, confirma esas relaciones, que aunque se estimaran algún tanto hiperbólicas, ofrecerían siempre una base para formarse idea, siquiera aproximada, de aquella rica y populosa monarquía[95]. No obstante es preciso apuntar que tan opulentas y pobladas regiones, sufrieron en el año 1520, una peste asoladora de cólera morbus, acompañado de una terrible afección á la sangre, al extremo de que en pocas semanas desapareció buena parte de la población. Atacó más rudamente á los nobles que eran los que padecían, por lo común, del mal venéreo.

Ximénez asegura "que era una señal de grandeza el sufrir de esa dolencia, en razón de ser un signo inequívoco de más poder para la unión sexsual con muchas mujeres, de donde se suele contraer, cosa que la gente vulgar y ordinaria no podia conseguir, ya por falta de medios, ya por prohibirlo la legislación de estos países, que sólo permitía poseer lícitamente á las mujeres que cómodamente se podiera mantener." Ello sucedió que más de veinte reyezuelos murieron de aquella plaga, que comenzó primero en Ixinché (hoy Tecpán Guatemala) y después se propagó por otras partes.

Sabido es que en el siglo XV hizo la sífilis tales estragos en Europa, que desbastó á Roma y á muchas otras ciudades importantes, creyéndose después, por unos, que de allá había venido á América, y sosteniendo otros que de aquí se había llevado al Viejo Mundo. La verdad está hoy demostrada, en el sentido de que tan fatal azote es común al género humano, desde tiempos remotísimos[96]. La peste del año 1520 y las viruelas en 1521, acabaron con una parte de los indios de este suelo centro-americano, que sufrieron terriblemente en aquella época, cuatro años antes de la conquista española. Así y todo, estaban tales países cuando vino á ellos Alvarado, atravesando el Soconusco, muy ricos y bastante civilizados.

Es por extremo curioso contemplar el adelanto de los indios en algunos ramos. Esmaltaban admirablemente los metales y tallaban, con arte sin igual, las piedras preciosas. Eran magníficas las joyas que Hernán Cortés llevó de estas regiones á su segunda esposa, consistentes en esmeraldas, amatistes, carolinas, turquesas y ópalos. No conocían los aborígenes el hierro, y se servían de utensilios de piedra dura ó de una mezcla de cobre y estaño, que templaban tan bien, como hoy se templa el acero. Lucían en los palacios, sacrificatorios y edificios públicos, el jaspe, el mármol, el pórfido, el alabastro y la obisidiana. De esta última, hacían espejos pulidos, con marcos de oro, y fabricaban también cuchillos, semejantes en el filo á una navaja de barba[97]. Las obras de oro y plata que Carlos V recibió de Cortés llenaron de admiración á los artístas de España, Francia é Italia, que las declararon inimitables[98]. Fabricaban los indios quichés y cakchiqueles unos tisues finísimos. No conocían ni la lana, ni la seda ordinaria. Tejían con algodón y hacían preciosísimas telas de plumas y de pelo de liebre ó de conejo. Para los géneros fuertes usaban plantas textiles diversas[99]. Entre los trabajos en que sobresalían los indios, no deben olvidarse los mosaicos de plumas bellas y lucientes, que tanto ruido hicieron entre los monarcas de Europa, que se los disputaron. Pintaban grotescas figuras, con colores que extraían de las plantas, árboles, conchas, flores y minerales. Su arquitectura era sólida, pesada y baja casi siempre, como para contrarrestar los temblores de tierra.

Tenían los indios de Guatemala importantes remedios para muchas enfermedades que conocían y curaban. "El bálsamo (Myroxilon Sonnatense) impropiamente llamado del Perú, que se recoje entre Acajutla y río Comalapa (costa del Bálsamo) se usaba mucho por los aborígenes, quienes lo vendían á los españoles al precio de doscientos cuarenta reales una botija perulera." La raíz del mechoacán, que los farmacéuticos denominan con el nombre de jalapa, la empleaban los indios, y hoy se usa generalmente como purgante. El ruibarbo, específico contra la bilis, se conoció también desde remotos tiempos. "En 1535 se introdujo en la materia médica europea el uso de la zarzaparría (mecacpactli) de la que dice el inca Garcilaso de la Vega[100] "no tiene necesidad de que nadie la loe, pues basta para su loor las azañas que en el mundo viejo y nuevo ha hecho y hace contra las Bubas y otras graves enfermedades". Lo mismo asegura este autor de la coca, ó cura que empleaban en lociones par las úlceras venéreas.

Sahagun nos transmite[101] el modo que los antiguos mejicanos tenían para curar las Bubas, é indica los medios para combatirlas. Recomienda el uso interno de la yerba llamada por aquellos Tletlemoitl, de la Tletlequetzal, y las limaduras de cobre sobre las úlceras y pústulas venéreas.

En Guatemala usaban también remedios tan sencillos como eficaces para la curación de las Bubas, á las que, como se ha dicho, daban nombres particulares, según su estado y tamaño.

Desgraciadamente aquí, como en toda la América española,[102] y aún en Europa, por motivos particulares y altamente interesados, se propagó por los primitivos conquistadores y sus inmediatos descendientes, la absurda idea de que los indígenas eran poco más ó menos que unas bestias. En consecuencia se holló su raza, se despreció y aniquiló su primitiva civilización..... Se pisotearon, quemaron y echaron al viento las pabezas de sus secretos preciosos antes de darles una sola mirada. Los quichés y los cakchiqueles, los inmediatos descendientes de la ilustre raza tolteca[103] fundadora de la primitiva civilización mejicana, fueron vistos en Guatemala, en esta parte de la América, con el mayor desprecio, con la más alta altanería. Hasta estos últimos tiempos, por una inconsecuencia de que apenas el entendimiento puede darse razón, la clase que llamamos ilustrada, usa aún con misterio de aquellos medicamentos nagualísticos de los indios, que á los principios había desechado, dándoles después un valor supersticioso. También es cierto que en todo el mundo pasa esto mismo, y el vulgo siempre gusta de medicinas raras y caprichosas para las enfermedades que menos conoce, y en ésto está fundado el imperio del charlatanismo.

La América, después de su descubrimiento, suministró á la materia médica europea medicamentos preciosos, y con especialidad una multitud de drogas de que tanto necesitaban los conquistadores para la curación de la sífilis; que según se ha visto, era la enfermedad en su época.

Los indios de Méjico y de Guatemala[104] además del guayacán, de la zarzaparrilla, etc., tenían y aún tienen recursos secretos para la curación de aquella y otras muchas enfermedades. Es cierto que ellos son en general los que menos molestan á los médicos españoles por aquellas razones, y porque son generalmente más sanos, infinitamente más sufridos, de una sensibilidad más obtusa, de un carácter más concentrado, de un modo de vivir más simple y natural, y por consiguiente mucho menos propensos á las enfermedades. Si no se les hubiese perjudicado por tantos años consecutivos, si no se les hubiese tratado tan mal como se ha dicho, poseeríamos hoy sus secretos preciosos, los de su primitiva civilización, casi aniquilada, y las razas no hubieran menguado, tanto por el mal tratamiento, que es lo que más desmoraliza, y los vicios á que dá lugar, como por la incuria gubernativa. La embriaguez en que el despecho los sumergió[105] y después los vicios, hijos suyos, han puesto esta raza al borde de su ruina, ruina común para las otras castas europeas, que se lamentan extemporáneamente de la falta de población, que con nada puede aquí suplirse, para todas las empresas agrícolas é industriales.

Tomaban en otro tiempo los indios, según refieren sus antiguas tradiciones y manuscritos, píldoras hechas con la carne palpitante de las lagartijas, que ellos llaman Cuetzpalin (Lacerta terrestris), á las que reputaban como un específico para la curación del cáncer, la lepra y el mal venéreo,[106] así como en otras épocas lo hacían los europeos con las víboras, á las que reputaban también como un antivenéreo.[107]

El remedio de las lagartijas de los indios de Amatitlán, ensayado y acogido por el Doctor Flores, tuvo mucho crédito en Guatemala y en Méjico.[108] En Italia hizo tanto eco, que llegó á llamar la atención de la Europa[109] á fines del siglo pasado, en términos de consignarse en obras clásicas.[110]

Con el maíz, cuyos granos son de diferente consistencia, color y tamaño, preparaban distintas bebidas, y aún el día de hoy, usan nuestras gentes muchas de ellas y las tienen en gran estima. Tuestan los granos de maíz colorado, lo pulverizan después, y en seguida le mezclan agua y azúcar, y forman una bebida agradable á la que llaman Chilate, (Chilatl) muy recomendada para la gonorrea. La harina de maíz negro echada á fermentar en un cocimiento de zarzaparrilla, guacayán, etc., y después cocido para detener la fermentación, forma una especie de atole[111] que por ser una mezcla de otras cosas, ha recibido de los indios el nombre de Xoco-atulli.[112]

Con el mismo cocimiento de zarzaparrilla, guacayán, cebada y azúcar sin purificar (rapadura), hacen una cerveza agradable (chicha), que reputan como antisifilítico y tiene un uso común en el país. Así mismo confeccionan con aquellas sustancias distintos jarabes.

El agua de achiote (Bixa Orellana) tiene mucha reputación para la cura de la gonorrea. Es de creer que los antiguos indígenas considerando esta sustancia como un remedio apropiado para la sífilis, lo aplicarían á título de cosmético, para precaverse de ella con la mira de simularla, según el Doctor Esparragosa, ó con los dos fines á la vez. En Haití, los médicos á quienes llamaban Bohuitihú ó Bohuitis, antes de salir de su casa para ir á ver al enfermo, se ponen negra toda la cara con hollín y carbón. Las grasas unidas á otros cuerpos inertes como el achiote, algunas tierras, el polvo de carbón, etc., ponen una barrera entre la piel y lo que toca con ella; por este motivo ¿no reputarían aquellos arbitrios, además de los otros usos que les daban, como medios profilácticos contra la lepra, por cuya causa siempre se presentaban los indios untados de diferentes colores?[113]

Sabían bien nuestros indios reducir una lujación, sangrar con chayes (obsidiana), soldar un hueso roto, curar sus heridas con aguas y yerbas medicinales, extirpar tumores,[114] embalsamar los cadáveres etc. Los baños fríos, templados y calientes, eran muy usados para ciertas dolencias. El baño de temaxcal que es á manera de baño turco muy rudimentario, dentro de una especie de horno, lleno de vapor de agua, lo han usado los indígenas desde los tiempos primitivos.

Los vestidos, entre los indios, no obedecían, ni obedecen, al capricho inconstante de la moda. Siempre han sido los mismos, como entre los orientales, y sólo se diferencian de un pueblo á otro. Los nobles llevaban un vestuario de camisa y calzones blancos con flecos, y sobre ellos otros calzones labrados que les daban á la rodilla: traían las piernas desnudas y su calzado era una sandalia de cabulla, asegurada con unas correas sobre el tobillo y por el talón: las mangas de la camisa las arregazaban hasta el codo, con una cinta azul ó encarnada: traían el pelo largo y cogido hacia atrás, trenzado con un cordón de los referidos colores, que remataba en borla, insignia concedida á grandes capitanes: ceñíanse la cintura con una toalla de colores, que terminaba en una lazada por delante: sobre los hombros llevaban una tilma de hilo blanco, labrada con figuras de pájaros y leones, del mismo color, perfilada de torzales y flecos: traían taladradas las orejas y el labio inferior, y pendientes en una y otra parte unas estrellas de oro ó plata, y en la mano la insignia de su oficio ó dignidad. Los indios del día sólo se diferencian de los antiguos en que traen el pelo cortado, las mangas de la camisa sueltas y no usan pendientes ni en las orejas, ni en el labio.

Las indias visten con grande honestidad: cubren el medio cuerpo con unas enaguas, que les llegan hasta el tobillo y un güipil, que puesto sobre los hombros las cubre hasta las rodillas: éste era todo labrado de hilo de colores, y en el día lo bordan con seda. El cabello lo usan trenzado con cintas de hilo de varios colores; y también traían zarcillos en las orejas y en el labio inferior.

El traje de los indios mazeguales ó plebeyos era muy simple y pobre: no se les permitía el uso de mantas de algodón, sino de unas telas de pita; y éste se reducía á una camisa larga, cuya falda delantera la entraban por entre las piernas hacia atrás, y la de las espaldas la traían hacia adelante, ciñéndose con una tohallita y abrigando con otra la cabeza. Este traje lo usan todavía algunos indios de las costas; aunque lo más común es que los indios de tierras cálidas anden casi desnudos, sin más que el maztlate, que es un paño con que en parte se cubren.

Los indios bárbaros del reino de Guatemala, á distinción de los de Sinaloa, que andan enteramente desnudos, traían una tohalla larga en la cintura, que entrando por la horcajadura, les cubría siquiera algún tanto. Los nobles usaban esta tohalla de algodón muy blanco; mas los plebeyos la hacían de cierta corteza que puesta á la corriente del río por algunos días y después bien batanada, parecía una finísima gamuza de color anteado. Andaban siempre pintados de negro, lo cual no era sólo por gala, sino por preservarse de los mosquitos: ceñíanse las cabezas con una cinta de algodón blanca ó de otros colores, y en ella prendían algunas plumas rojas, que los capitanes ó señores las usaban verdes. Traían el pelo suelto hacia la espalda, y pinjantes en los labios y narices. Llevaban el arco y la flecha en la mano y el carcax colgado al hombro.[115]

Si el famoso Torquemada (2a parte, cap. 28) no exagera, hase de creer que los indios del reino de Guatemala ponían muy particular cuidado en la educación de sus hijos, pues había seminarios para niños y niñas nobles. Los mazeguales vivieron en ruda dependencia, y las infelices mujeres llevaron siempre á sus niños colgados á las espaldas y sostenidos por un paño, que todavía se atan sobre el pecho. Así trabajan y andan grandes jornadas. No los abrigan ni los mecen en cunas, sino que los echan al suelo ó los duermen en rústicas hamacas. Comen sin mantel ninguno, y duermen en toscos tapexcos, formados de cañas ó de troncos de árboles. Tuvieron en otro tiempo, los magnates y grandes muchas más comodidades y una cultura que hoy ya no se revela en ninguno de esos pueblos.

En medio de esa civilización relativa en que se encontraban los indios de Guatemala, al tiempo de la conquista, había sacrificios humanos y otras bárbaras costumbres, que reseñadas quedan en los capítulos anteriores. Nada extraño es que, así como en la culta Roma, iban las vestales mismas y las nobles doncellas á deleitarse al anfiteatro con escenas horribles, de sangre y de dolor, fuesen las indias americanas y los niños á presenciar, con unción, las impías farsas y cruentos holocaustos de sus idolátricos ritos.[116]

Eran muy dados nuestros indios, según se ha visto en el capítulo anterior, á los mitotes ó bailes de diversos géneros, siendo digno de mencionarse el que llamaban oxtum, y que lo hacían al són de los más ruidosos instrumentos de música, preparándose antes por algunos días, sin tocar mujeres, y tomando afrodisiacos. Durante el baile, érales lícito apoderarse de las hembras que les pluguiese escoger, para usos torpes y deshonestos.[117]

Los pipiles, en el Salvador, se contaban entre las naciones semicivilizadas, en el siglo XVI, cuando los españoles llegaron á estas tierras; pero nunca tuvieron rey, sino dos capitanes, electos por los sacerdotes, á quienes todos obedecían[118]. En realidad, esos pequeños jefes, dice Squier, más bien eran aliados, para fomentar y proteger los intereses generales[119].

Cuando los españoles llegaron á Nicaragua, se hallaba aquel territorio dividido en provincias, habitadas por tribus de distintas lenguas, acerca de las cuales habla Oviedo, refiriendo que eran gobernadas por ancianos electos por el pueblo.

Los chontales de Nicaragua eran muy incultos, y no les iban en zaga los talamancas, guaimies, chorotegas, y otros de la parte de Costa Rica, que casi han desaparecido.

Aunque ya se ha hablado detenidamente, en el capítulo III, de los sacerdotes, de los altares, y de los sacrificios que hacían á sus dioses, creo muy oportuno transcribir aquí lo que acerca de esos puntos, pudo observar el oidor de la Real Audiencia de Guatemala, D. Diego García del Palacio, á raíz de la conquista española, quien en su informe al rey, le dijo: "Allende del cacique y señor natural, tenían un Papa que llamaban Tecti, el cual se vestía de una ropa larga azul, y traía en la cabeza una diadema y á veces mitra, labrada de diferentes colores, y en los cabos de ella, un manojo de plumas muy buenas, de unos pájaros que hay en esta tierra, que llaman quetzales[120]; traía de ordinario un báculo en la mano, á manera de obispo, y á éste obedecían todos en lo que tocaba á las cosas espirituales. Después de éste, tenía el segundo lugar en el sacerdocio otro que llamaban el Tehua-Matlini, que era el mayor hechicero y letrado en sus libros y artes, y el que declaraba los agüeros y hacía sus pronósticos. Había, allende de estos, cuatro sacerdotes que llamaban Teupixqui, vestidos de diferentes colores y de ropas hasta los piés, y eran negros, colorados, verdes y amarillos, y éstos eran los del consejo de las cosas de sus ceremonias, y los que asistían á todas las supersticiones y boberías de su gentilidad. Había también un mayordomo, que tenía cuidado de guardar las joyas y preseas de sus sacrificios, y el que abría y sacaba los corazones á los sacrificados, y hacía las demás cosas personales que eran necesarias. Sin los dichos había otros, que tenían trompetas é instrumentos de su gentilidad, para conocer y llamar la gente á los sacrificios que habían de hacer."

No hubo, según afirma Bernal Díez del Castillo (cap. 172) al tiempo de la conquista, ningún camino de Méjico para estos pueblos de Centro América, sino estrechísimas veredas, que en muchos lugares se cerraban. Eran independientes de Moctezuma los poderosos monarcas del Quiché, Guatemala y Atitlán. La corte de los mames, ó sea Huehuetenango, hallóse desierta y asolada, á la sazón que Gonzalo de Alvarado llegó á conquistarlos y á batir la espléndida fortaleza de Socaleo, en la cual murieron mil ochocientos indios. Era aquella ciudad muy rica y populosa; pero la más grande, opulenta y digna de atención fué la historica Utatlán, que ha sido ya descrita en el capítulo II. Xelahú, que hoy es Quezaltenango, estaba gobernada por diez capitanes, y tenía más de trescientos mil habitantes. Además, era famosa la ciudad de Chemequeñá, que quiere decir sobre el agua caliente, y hoy es el pueblo de Totonicapam, perteneciente al señorío quiché, que pudo poner á disposición de Tecum-Umán noventa mil combatientes. La ciudad de Quiriguá es monumental, y de ella hizo una descripción muy notable Mr. Maudslay, viajero inglés, que visitó nuestro suelo[121]. Estando en Guatemala aquel anticuario, supo por mi amigo Don Eduardo Rockstroh, haber otra ciudad inexplorada, que muy á la ligera había visto en sus excursiones. Situada en un recodo del río Usumacinta, en un paraje en que los violentos raudales impiden la navegación y donde vienen á coincidir los límites de Tabasco, Chiapas, Petén, y Huehuetenango, pasada la Sierra Madre, se encuentra apartada de todo tránsito, aunque próxima al pueblo de Tenosique y á las ruinas de Palenque. Llamaban al referido lugar Manché, ó ciudad del Usumacinta, contándose maravillas de los monumentos.

Entre los cakchiqueles fueron célebres las ciudades de Patinamit ó Tecpán Guatemala, y Mixco, con fortificaciones excelentes y gran cultura y adelanto. En el señorío Zutujil se admira la famosa corte de Atitlán, entre riscos escarpados á la orilla del lago más pintoresco del mundo. Cuando los españoles lograron sojuzgar aquel belicoso pueblo, era muy crecido el número de habitantes, de espíritu altivo y genio indomable. Hernán Cortés en una de sus cartas al emperador Carlos V, refiere haber visto en Guatemala templos como los de Méjico. El sacrificatorio de Tohil, en Utatlán, era un grandioso edificio cónico, con una gradería al frente. En la cúspide tenía una planicie colosal, con una alta capilla de piedra tallada y techo de preciosas maderas. Las paredes eran de fino estuco, y sobre un trono de oro y piedras preciosas estaba colocada la imagen del dios[122]. De las ruinas de las grandes construcciones del Quiché se han sacado cimientos para casi todas las casas de la población actual y materiales para construir la iglesia que es grande y parte de los edificios públicos que hoy existen.

La poderosa monarquía de Utatlán se hallaba, á la venida de los españoles, en el colmo de su prosperidad y grandeza. Extensa de suyo, rica en tierras y cultura, señora ya de muchos pueblos circunvecinos, que habían sucumbido á la ambición de Kicab Tanub, quería subyugar, en guerra sangrienta, á los zutujiles y á los mames, para ser la dueña del más bello territorio que se extiende entre ambos mares y en el centro del mundo. Estaba la nación Quiché, en su mayor auge, como la Roma de los Césares en víspera de la caída del imperio, cuando vino á realizarse de súbito aquel vago presentimiento que aterraba á la raza indígena; aquella siniestra idea de que alguna vez sería sierva de valerosos conquistadores; y el fantasma sombrío, que mostró con aterida mano las oprobiosas cadenas, vino á turbar el sueño puro de las vírgenes cakchiqueles. En vano Kicab Tanub imploró auxilio del valeroso Sinacam, rey de Guatemala, quien se declaró amigo de los teules (españoles). El presuntuoso monarca zutujil contestó al requerimiento del quiché, que él solo y sin ayuda, se daría traza de defender sus dominios de menos hambrientos y más numerosos ejércitos que aquel de los extranjeros que marchaba contra Utatlán.

No bastaron á los valientes quichés ni sus numerosísimos ejércitos, que llegaron á doscientos treinta y dos mil infantes; ni sus ardides y celadas; ni su bélico ardor, al ver muerto á su rey en el campo de batalla; ni el recuerdo glorioso de las hazañas de sus progenitores; ni el haber dejado, con su sangre, teñido el rio Xequijel..... Tuvieron que sucumbir, como buenos, al rudo golpe del destino, y el sagrado quetzal dejó de serles propicio.

Entre las princesas reales del Quiché, era Xuchil la más bella y graciosa. A la llegada de los españoles, acababa de casarse con uno de los primeros dignatarios de la corona. La vió el jefe conquistador, y so pretexto de saber por ella algunos detalles del modo de ser de las cosas, la hizo llevar ante sí violentamente. Corrió sobresaltado y casi loco el marido de la princesa, se arrodilló ante el español, ofrecióle mucho oro y joyas por el rescate de aquella joven, con quien el amor y lazos sagrados lo unían; pero el bárbaro jefe, sin piedad y sin escrúpulos, arrojó de allí á las esclavas que llevaban los presentes; se quedó con ellos; aprisionó al importuno marido; y después de desfogar su torpe liviandad, conservó á la desdichada Xuchil entre sus concubinas[123].

En andas de oro y con valiosos presentes salió después el sencillo Sinacam, esmaltada su gloria con veintiocho coronas de sus nobles ascendientes, á ponerse á las órdenes del conquistador Dn. Pedro de Alvarado. El antiguo reino de Jiutemal paso así rendido á los monarcas de España. El águila cakchiquel plegó sus alas, y abandonó para siempre á los primitivos señores de nuestro suelo.

Ni pudo el Zutujil cumplir su palabra empeñada, de defender él solo sus dominios; ni fué dado á las otras tríbus contener el ímpetu invasor de los valientes iberos, que merced á la división de los indios, á sus implacables rivalidades, á la inferioridad de sus armas y á la enorme diferencia de cultura en que se hallaban, hicieron posible la conquista americana, en todo caso heroica; por más que históricamente fuera natural, y de antemano se hallase decretada por los designios inescrutables de la Providencia.


SEGUNDA PARTE

Los indios durante la dominación española en América


CAPITULO PRIMERO

Poderío español, régimen colonial, y suerte reservada á los indios por la Conquista

SUMARIO

Poderío de España en el siglo XVI.—No ha habido conquista sin atroces crímenes.—Despotismo, centralismo y errores económicos de la Península.—La ley cohibía la libertad, y el anatema religioso dominaba la razón.—A los indios se les trataba con dureza y crueldad.—Se popularizó la idea de que no eran hombres.—Los reyes de España, sin embargo, pusieron empeño en proteger á los indios.—La reina Dña. Isabel la Católica tuvo á mal á Colón que los hiciese esclavos.—Carlos V y Felipe II expidieron leyes favorables á los indios.—La Recopilación de las Leyes de Indias.—Obstáculos que á su cumplimiento se oponían.—Antes de los comienzos del siglo XVII ya había disminuído en más de la mitad la población indígena americana.


El descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, y las famosas victorias que en el antiguo Continente llevó á cabo Carlos V, hicieron de España la más poderosa de las naciones, en cuyos vastos dominios jamás se ponía el sol. Más de veinte veces mayor que el imperio romano, y con riquezas superiores á los delirantes sueños de la ambición, se extendía en el siglo XVI, por las principales partes del planeta, la monarquía española.

Los populosos y antiquísimos imperios de esta mitad del globo fueron á ley de conquista sometidos por los audaces aventureros, que hicieron flamear en el Continente nuevo el pendón de castillos, símbolo de la real majestad del trono de San Fernando. Desde Chiguagua hasta la Tierra del Fuego, se obedecieron los mandatos y se acataron las leyes de Felipe II y sus demás sucesores. Bajo el imperio del monarca ibero quedaron los valientes aztecas, los indómitos quichés, los orgullosos cakchiqueles, los sufridos zutujiles, los altivos incas, y las tribus todas que poblaban la parte más culta y rica de la América.

¿Cuál fué la suerte que cupo á los indios durante aquella conquista, y cómo se les trató y gobernó mientras fueron súbditos de España? Tal es la materia de esta segunda parte, que procuraré tratar sin prevenciones y odios, que hoy no tienen razón de ser, contra la Madre Patria, que nos dejó su lengua, su religión, sus costumbres y su cultura social; pero no por eso me será dable bosquejar el cuadro del gobierno de la colonia, sin sombras ni manchas; dado que no hubo en la historia conquista alguna sin violencias atroces, crímenes inauditos, dolores indecibles y torrentes de lágrimas y sangre. Procuraré, en todo caso, al dejar correr mi pluma, que sea como quería el orador romano que se escribiese la historia, sin odio y sin amor.

En cambio de la flexibilidad que los reyes españoles mostraron para aprovechar los elementos indígenas del Nuevo Mundo, rechazada por la raza anglosajona como colonizadora, tenía el gobierno de los virreyes y capitanes generales, muchas desventajas. "En efecto, España, que en política soportaba y profesaba el despotismo, que en administración practicaba el centralismo más completo, y que en economía política no dejó de aceptar un solo error, ni logró poner en práctica una sola verdad, no podía dar á sus colonias americanas más que lo que poseía: despotismo, centralismo, y en consecuencia miseria.

Según el sistema español, el rey era, legalmente al menos, y acaso de intención, el padre ó más bien dicho el tutor de sus fieles súbditos. Estos estaban, por lo tanto, bajo la real potestad y bajo la guarda de sus gobernantes. Punto de partida funestísimo que había de ser manantial de todo género de torpezas é iniquidades. Una vez admitido, en efecto, era preciso admitir que el rey era más competente que sus fieles súbditos, tomados uno á uno ó en conjunto, para saber lo que les podía aprovechar ó perjudicar, y que por lo tanto tenía facultad, y era el único que la tenía para arreglar según su leal saber y entender, la religión, la familia, la industria, el comercio, las costumbres y hasta los peinados y los trajes. Consecuencia funesta de un principio falso, pero consecuencia rigurosa.

En efecto, en materia de gobierno, ó se cree que los gobernantes, llámense como se llamen, tienen poderes delegados y limitados, ó se cree que pueden y deben tomar cuantas medidas estimen conducentes al progreso y bienestar de la comunidad. El primero es el régimen de los Estados Unidos; el segundo era el régimen de España."[124]

No había, ni nunca pudo haber expansión social, ni iniciativa particular, á influjo de aquel prurito de reglamentarlo todo. Cuando se estudia la antigua legislación de España, pásmase uno al ver que la voluntad del monarca intervenía hasta en las cosas más baladíes, en los asuntos más ridículos. Ni sólo en Madrid anduvieron á picos pardos muchas encopetadas señoras, cuando se publicó la pragmática para poner á raya á las concubinas de los clérigos, ni sólo allá se daban reglas, por el legislador, acerca del tamaño que por abajo y por arriba debían tener los vestidos de las mujeres, sobre las joyas que podían usar las nobles y las plebeyas. Fué asunto serio la forma del peinado y altura del copete de los oidores, el traje del presidente, las etiquetas del cabildo, el monopolio del pescado por los frailes, las fiestas en que hubiese asistencia á la iglesia mayor. La autoridad, á título de solicitud paternal, metía la mano en los más recónditos secretos de la vida doméstica. La ley en lo civil cohibía en aquella época la libertad, y el anatema religioso dominaba la razón.

En cuanto á los indios, tratóseles con dureza y hasta con crueldad; crueldad y dureza que inspiraron al filántropo P. Las Casas su obra famosa, que á la vez que revela su elevado y noble corazón, ostenta la aspereza é inhumanidad de los procedimientos de que fueron víctimas los dueños de este suelo. "Para tranquilizar sus conciencias, para acallar los remordimientos, que quizá experimentaban de cuando en cuando, los conquistadores inventaron la teoría de que los indios no eran hombres como los otros hombres; eran simplemente animales superiores al mono; eran siervos á natura, según la expresión técnica, escolástica, que se creó para formular la idea.

Estos indios, decían los conquistadores, son tan bárbaros, que no merecen el nombre de racionales.

"A título del barbarismo, silvestre y fiero natural, de las más naciones de estos indios, expone el jurisconsulto Solórzano, fueron muchos de parecer que se les podía hacer guerra justa, y aun cazarlos, cautivarlos y domarlos como á salvajes, movidos por la doctrina de Aristóteles y otros"[125].

Se ve, por esta cita, que aquella llegó á ser una opinión no vulgar, sino científica, por decirlo así, apoyada en las más excelsas y acatadas autoridades.

Y efectivamente, fué defendida con el mayor calor de palabra y por escrito; y en ciertas ocasiones solemnes delante del emperador Carlos V, que asistió desde su trono, y rodeado de sus altos dignatarios, á controversias sobre esta materia[126].

La doctrina de la condición inferior y servil de los indígenas americanos llegó á generalizarse tanto, y á ser tan aceptada, que el Papa Paulo III se creyó obligado á condenarla, como lo hizo por dos breves expedidos en Roma, á 10 de Junio de 1537, en los cuales decidió "que es malicioso y procedido de codicia infernal y diabólica el pretexto que se ha querido tomar para molestar y despojar los indios, y hacerlos esclavos, diciendo que son como animales brutos é incapaces de reducirse al gremio y fe de la iglesia católica; y que él, por autoridad apostólica, despues de haber sido bien informado, dice y declara lo contrario, y que manda que así á los descubiertos como los que adelante se descubrieren sean tenidos por verdaderos hombres, capaces de la fe y religión cristiana, y que por buenos y blandos medios sean atraídos á ella, sin que se les hagan molestias, agravios ni vejaciones, ni sean puestos en servidumbre, ni privados del libre y lícito uso de sus bienes y haciendas, con pena de excomunión, lata sententia ipso facto incurrenda, y reservada la absolución á la Santa Sede Apostólica, á los que lo contrario hicieren, y que esa aún no se les pueda dar sino en el artículo de la muerte, y precediendo bastante satisfacción"[127].

Ni es sólo el historiador chileno el que pinta con vivos colores la malhadada suerte de los indios. El notable literato González Suárez, dice "que los indios llegaron á comprender el ansia que los españoles tenían de oro, y en venganza y represalia de los malos tratamientos que de ellos recibían, ocultaron todas las riquezas que en la ciudad y en otros pueblos había, y tan bien las escondieron, que hasta ahora, no se ha logrado descubrirlas, y tal vez no se hallarán jamás. Empero, los conquistadores, viéndose burlados en sus más lisonjeras esperanzas, descargaron toda su cólera contra los indios, y principalmente contra los caciques ó régulos de los pueblos, á quienes tomaban presos y atormentaban para que declararan donde estaban escondidos los tesoros de Atahualpa. A unos quemaban á fuego lento, á otros les cortaban las orejas, ó les mutilaban cruelmente, cortándoles no sólo las orejas, sino las narices, las manos y los piés. Amarraron á muchos de dos en dos por las espaldas, y así amarrados los ahogaron en el Machángara, precipitándolos desde las peñas, por donde se complacían en verlos bajar, dando botes, rodando hasta el agua. Por dos ocasiones, encerraron á muchos en casas y les pegaron fuego, haciéndoles morir dentro abrasados. Otro género de crueldad usaron, que destruyó á millares á los indios, y fué la siguiente: para los viajes, para las expediciones que emprendían, reclutaban centenares de indios, y los empleaban en hacerles llevar á cuestas el fardaje: los pobres indios, con mezquino y nada sustancioso alimento, durmiendo á la intemperie, rendidos de cansancio, abrumados de fatiga, quedaban muertos en los caminos, de tal manera, que de los muchos que eran llevados á esas expediciones, apenas volvían á sus hogares unos pocos. En esas expediciones no se respetaban ni los más sagrados vínculos de la naturaleza, ni los más tiernos afectos del corazón: el español tenía en más su rocín que un indio!!... Las familias se veían desoladas, porque los padres, los esposos, los hermanos, eran llevados por el conquistador lejos de sus hogares á climas mortíferos, de donde les sería casi imposible volver; así es que el viaje con los extranjeros era la despedida para el sepulcro. Y muchas veces no era el clima insalubre, ni la falta de alimento, ni el cansancio, lo que hacía perecer á los desventurados indios: los españoles, para hacerse temer, incendiaban de propósito los pueblos y los reducían á cenizas, ó hacían despedazar á los desnudos indígenas con jaurías de perros, que mandaban llevar con ese objeto; ni era menos frecuente el ver las mujeres oprobiadas por el sensual conquistador, quien, para cohonestar sus vicios, calumnió á la raza americana, diciendo que era incapaz de los delicados afectos de familia"[128].

No soy yo, por cierto, de los que creen que si nuestras miradas no divisaran á Colón y á las Casas, no se vería en medio de las escenas abominables que han ensangrentado la América, nada que pudiese consolar la humanidad. Con raras excepciones sin embargo, los aventureros que venían á estas tierras, en lo que menos pensaban era en el bien y provecho de los miserables indios, sino en hacer riquezas, á cambio de exponer momento á momento la existencia. Así es que no puede parecer extraño que explotasen y maltratasen á los primitivos pobladores de los países conquistados. Ni la época era de extremada cultura, ni el móvil que los traía fué de civilización, ni las ideas de entonces, ni el ambiente social en que se encontraron, daban lugar á otros trámites y procederes que aquellos de los españoles; y en medio de todo eso, es innegable que los reyes de España, desde el punto del descubrimiento, pusieron mucho empeño en amparar y proteger á los naturales de América. La magnánima doña Isabel, cuyo corazón era fuente inagotable de amor hacia sus súbditos, dió órdenes muy estrictas para el buen tratamiento de los indios, y hasta enfadóse con Colón porque osaba convertir en esclavos á sus vasallos[129]. En el testamento de la excelsa reina, recomendó muy encarecidamente que se amparase á los aborígenes. El emperador Carlos V y el sombrío y cruel Felipe II expidieron leyes paternales en pro de los indígenas. La Recopilación de Indias es un elocuente monumento de la regia solicitud con que, en todas ocasiones, los monarcas españoles se preocuparon por la felicidad de los aborígenes; pero ya se verá por qué aquellas filantrópicas disposiciones se quedaban casi siempre escritas en el papel, sin dar el resultado que hubiera sido apetecible.

Con la conquista, quedaron los vencidos en verdadera esclavitud, de hecho[130], hasta el punto de que, pasados los horrores de la guerra, tenían los hijos de los reyes de este suelo que demandar por limosna el pan á sus señores los españoles, como les sucedió á los descendientes de Atahualpa. Con todo, no fué tan absoluta la abyección en que cayeron los aborígenes, que no dejasen de hacer alguna vez esfuerzos heroicos por su libertad, sin lograr más que promover el derrame á torrentes de más sangre y provocar la ira horrenda de sus dominadores, que acabaron por disminuir en más de la mitad la población americana, antes de que alboreara el siglo XVII, según lo demostraré en uno de los capítulos siguientes.

La conquista de América fué, en suma, la epopeya apocalíptica de heroicos hechos, proezas increíbles, vicios horrendos, actos salvajes, virtudes filantrópicas, creaciones nuevas, destrucciones impías y ayes de dolor de una raza entera. Necesaria evolución, acaecida cuando el mundo antiguo, en medio de estruendoso clamoreo, se hallaba viejo y estrecho para el Renacimiento de la humanidad.


CAPITULO SEGUNDO

Las leyes de Indias

SUMARIO

Carácter y tendencias de las Leyes de Indias.—Noble conducta de Felipe IV para con los indios.—Pragmática de don Carlos II.—Privilegios en favor de los indios.—Conducta de los conquistadores.—El interés pudo más en América que la elevada actitud de los monarcas españoles.—Informe del arzobispo don Cayetano Francos y Monroy acerca de la condición de los aborígenes.—Cómo se desvirtuaban las filantrópicas miras de los reyes españoles.—Motivos principales que se oponían al buen gobierno de las Indias.


Todo lo relativo al gobierno de América estaba tan prolija y menudamente reglamentado en las Leyes de Indias, que parece no hubieran querido los monarcas españoles dejar nada fuera del alcance de los preceptos legales. Ni hay en el mundo otro código que haya previsto tanto caso, ni consultado con más solicitud las ocurrencias todas que podían acaecer en este Continente. Si la tendencia de esta legislación era la de alargar lo más posible el poderío español en las colonias, también es preciso reconocer que tales leyes reflejan un espíritu de justicia y de protección hacia los aborígenes, de que ningún otro pueblo conquistador, más que España, puede envanecerse.

Si se consulta la época en que las Leyes de Indias se expidieron y el estado en que la América se encontraba después de la conquista, se comprenderá por qué no era dable que se hiciera más de loque se hizo, en esa famosa compilación, que si respira á las veces espíritu restrictivo, propio de aquellos tiempos, ostenta á vueltas de los defectos de que resiente, intención elevada y deseo de amparar á los infelices aborígenes.[131]

En 1628, llegaron á noticia de Felipe IV los malos tratamientos de que eran víctimas los naturales de estos países, y no sólo recomendó la más estricta observancia de todas las anteriores pragmáticas y cédulas en pro de los indios, sino que, inspirado por un celo noble y en extremo laudable, escribió de su puño lo siguiente: "Quiero que me déis satisfacción á mí y al mundo del modo de tratar esos mis vasallos, y de no hacerlo con que en respuesta de esta carta vea yo ejecutados ejemplares castigos en los que hubieran excedido en esta parte, me daré por deservido; y aseguráos que aunque no lo remediéis, lo tengo de remediar, y mandaros hacer gran cargo de las más leves omisiones en esto, por ser contra Dios y contra mí, y en total ruina y destrucción de esos reinos, cuyos naturales estimo y quiero que sean tratados como lo merecen vasallos que tanto sirven á la monarquía, y tanto la han engrandecido é ilustrado."

Carlos II hizo insertar este mandato de su padre en la ley 23, título X, libro VI de la Recopilación de Indias, declarando que "su voluntad era que los indios fuesen tratados con toda suavidad, blandura y caricia, y de ninguna persona eclesiástica ó secular ofendidos; y mandando á los virreyes, presidentes, audiencias y justicias que visto y considerado lo que el rey don Felipe IV había sido servido de mandar, y todo cuanto se contenía en las leyes dadas en favor de los indios, lo guardasen y cumpliesen con tan especial cuidado que no diesen motivo á su indignación, y para todos fuese cargo de residencia."

Aquellos soberanos, dice D. Miguel Luis Amunátegui, no se limitaron á reconocer una y mil veces, y de la manera más solemne, que los indígenas americanos eran iguales á sus vasallos españoles, y tan libres como ellos, y por lo tanto dueños de sus personas y de sus bienes.

Hicieron más todavía.

Decretaron en su favor todos los privilegios que el derecho ha inventado para amparar contra los abusos del fraude y de la violencia á las personas ignorantes ó desvalidas.[132]

Entre otros, son muy notables los que siguen:

Los virreyes, audiencias y demás magistrados de las Indias debían poner particular cuidado en que los indios comprasen sus bastimentos por precios equitativos, "tasándolos con justicia y moderación"; y "en que los hallasen más baratos que la otra gente, en atención á su pobreza y trabajo," debiendo castigar los excesos con demostración."[133]

Eran declaradas nulas las compras que se hicieran á los indígenas, á menos que se efectuaran en almoneda pública, debiendo pregonarse por el término de treinta días si se trataba de bienes raíces, y por el de nueve si se trataba de muebles que valiesen más de treinta pesos de oro común. Los objetos de menos valor no podían ser enajenados sin permiso é intervención de la justicia.[134]

Las tropelías y vejaciones perpetradas contra los infelices naturales causaban tanto disgusto, tanta repugnancia, tal vez tanto sonrojo en la corte, que los reyes ordenaron que en las capitulaciones para nuevos descubrimientos "se excusara la palabra conquista, y en su lugar se usara de las de pacificación y población, pues habiéndose de hacer con toda paz y caridad, era su voluntad que aun este nombre interpretado contra la real intención no ocasionase ni diese color á lo capitulado, para que se pudiese hacer fuerza ni agravio á los indios".[135]

Por desgracia, la supresión del nombre no importaba la supresión de la cosa.

De los hechos que acabo de mencionar muy en resumen, aparece que había acerca de la condición y tratamiento de los indígenas americanos dos doctrinas diametralmente opuestas, sostenida la una por los reyes y practicada la otra por los conquistadores.

La opinión real era defendida en América, comunmente por los eclesiásticos y los legistas.

Según los conquistadores, los indios eran siervos á natura, incapaces de comprender y malos por instinto; especie de bestias, que no podían tener otro fin que el de ejecutar oficios de tales. Al observar la manera como se trata á los indios, escribía el rey á la audiencia de Quito en 19 de Octubre de 1591, "parecen haber nacido sólo para el servicio de los españoles"; y en efecto era lo que creían los conquistadores.

Según los reyes, los indios eran hombres como todos los otros, aunque más desgraciados y miserables, á quienes los monarcas de España, por disposición de Dios y del papa, debían instruir en la verdadera fe, para que en la tierra sirviesen á las dos Majestades, y pudieran de este modo ser bienaventurados en el cielo.

El destino del desdichado indio, era para los conquistadores el provecho personal de su amo; y para los reyes, su conversión al catolicismo.

Cualquiera habría imaginado que la doctrina sostenida con tanto empeño y constancia, de abuelos á hijos, por los omnipotentes reyes de España hubiera sido la que había de prevalecer.

En abstracto, prescindiendo de las circunstancias especiales, esto habría sido lo lógico, lo natural; pero la fuerza de la situación pudo más que la voluntad soberana de una larga serie de monarcas absolutos y venerados.

En vano dijeron: esto es lo que queremos y lo que ordenamos; y en vano se llevaron repitiéndolo de año en año, por espacio de tres siglos.

Su generoso y ardiente anhelo de hacer á los indígenas dichosos en este mundo y en el otro, tuvo que quebrantarse delante de una situación que no pudieron dominar completamente, que no pudieron amoldar á sus benéficos planes.

El genio de Colón había dado á los reyes de España la magnífica presea de un vasto mundo, ignorado hasta entonces en medio de las aguas del océano.

Pero una vez descubierto el nuevo Continente, había que tomar posesión de él; había que conquistarlo, como se dice en la lengua vulgar; había que pacificarlo y que poblarlo, como dice la ley de Indias.

La empresa era por demás ardua y dificultosa.

Para ello, había que imponer la ley á una población desprovista de medios de ataque y defensa comparables á los de los europeos, pero en compensación sumamente numerosa; y sobre todo, había que vencer una naturaleza exuberante é imponente; los ríos, las selvas, las ciénegas, las cordilleras; y había que soportar todo linaje de privaciones y de penalidades, desde el hambre hasta la fiebre.

Habría sido bello, admirable, sublime, el espectáculo de una nación que se hubiera encargado de convertir á la civilización aquellas poblaciones bárbaras ó semibárbaras, con todo desinterés, sin otro estímulo que el de servir á un principio santo, que el de cumplir un gran deber, que el de realizar una obra que se presumía ser sumamente grata á Dios.

Las cruzadas de esta especie á la América, en el siglo XVI, para libertar á los indígenas de los vicios de la barbarie, habrían sido harto superiores á las que en el siglo XI se dirigieron al Asia para libertar de la dominación musulmana el santo sepulcro.

No pretendo negar que entre las turbas de aventureros que vinieron al Nuevo Mundo, al tiempo del descubrimiento, ó en las épocas posteriores, hubiera algunos varones insignes y preclaros á quienes animaban los afectos más generosos, el anhelo de la gloria, el deseo del engrandecimiento de la patria, el propósito de ser útiles á sus semejantes y á su religión.

Pero por desgracia esas fueron excepciones.

La gran mayoría de los conquistadores y colonizadores españoles miraban más por la granjería de sus haciendas, que por la salvación de las almas infieles.

Aquello que buscaban con empeño desmedido era, no tanto méritos para la bienaventuranza celestial, como recursos para la prosperidad terrena.

Inmediatamente que llegaban á una comarca, preguntaban á los indios por el oro y la plata que en ella había, hasta el extremo de que algunos de los interrogados se persuadieron que estos metales eran el dios que aquellos extranjeros adoraban.

Ahora bien, no podían obtener el codiciado atesoramiento de riquezas sin la cooperación forzada de los indígenas.

Los conquistadores españoles eran relativamente muy pocos: algunos millares de individuos esparcidos en un vastísimo Continente.

Aún cuando hubieran tenido voluntad de trabajar, y tiempo de hacerlo, no habrían bastado por sí solos, particularmente en medio de tantas y tan variadas atenciones, para enriquecerse, y sobre todo para enriquecerse pronto y muy pronto, como lo pretendían.

La metrópoli, á lo que se ocurre, no podía disponer más que de dos arbitrios para tomar posesión del Nuevo Mundo: ó formar cuerpos pagados de conquistadores, ó dejar la empresa á la actividad individual de sus súbditos.

Lo primero era materialmente imposible. La monarquía española, de erario siempre escueto, no tenía que gastar. Para equipar las tres miserables carabelas de la expedición de Colón, la reina Isabel tuvo que empeñar sus joyas. ¿Cómo habría podido la metrópoli levantar ejércitos asalariados para enviarlos á América y en seguida proveerlos y mantenerlos en ella?

No quedaba más que el segundo arbitrio, que fué el que se adoptó.

Pero habría sido insensato imaginarse que tantos aventureros desalmados hubieran venido á arrostrar todo linaje de fatigas y penalidades, sin el atractivo de una ganancia pronta y muy cuantiosa.

Y ésta, dadas las circunstancias, no podía conseguirse sin la explotación de los pobres indígenas"[136].

Por eso no bastó el plausible anhelo de los monarcas iberos para hacer felices á los indios. El interés, que es la gran palanca que mueve al mundo, pudo más en América que la noble actitud de los reyes españoles, desde el otro lado del océano; el interés de los que aquí venían en busca de oro, les hizo considerar á los indios como siervos á natura, á pesar de las opiniones de los legistas y de los eclesiásticos, que propalaban por lo común, los derechos de los pobres naturales de estas tierras, como antes se ha dicho.

El Ilmo. Don Cayetano Francos y Monrroy, Arzobispo de Guatemala, en un informe que expidió el 13 de Agosto de 1784, decía: "Es opinión entre algunos que al indio hasta quitarle el dinero y el pellejo. Lo peor no es que se diga, sino que se ejecute........ He aquí porqué dice el Señor Palafox que el juicio de los indios ha de ser terrible y temible. Sin embargo, no extrañaré que haya quién diga que es preciso tratarlos de esta suerte para sujetarlos y que no se subleven. Tampoco me hará fuerza que se asegure que el indio es por naturaleza incapaz, idiota y poco menos qu irracional. Lo primero, á más de ser por decirlo así, una herejía política, es un error enorme, y ésto sólo se puede decir por quien no los ha tratado, oído ni visitado, como padre y como pastor, que como dice el Pr. Palafox, es donde únicamente se les conoce. Lo que á mí me ha enseñado la experiencia sobre este punto, es á la verdad todo lo contrario; y por lo mismo, afirmaré que por lo común se vive muy equivocado, pues el indio es por naturaleza humilde, agradecido, garboso, fiel y capaz para cualquier oficio y aun también para el estudio, pues no ha faltado algún otro, aunque muy raro, que habiéndose dedicado á las letras se ha graduado en la universidad de Salamanca, y ascendiendo á las sagradas órdenes, ha desempeñado con acierto el oficio de párroco en el pueblo de Ocosocoutla del obispado de Chiapa"[137].

Es innegable, pues, que á la sombra de las benéficas leyes de Indias se habían introducido en América, innumerables abusos, y que, por medios ingeniosos y atrevidos se burlaban las más de las veces las providencias reales. A mediados del último siglo, emitieron dos célebres matemáticos, D. Antonio de Ulloa y D. Jorge Juan un informe secreto á Fernando VI, que fué impreso en Londres el año 1826, en la tipografía de R. Taylor. En esa importante obra, escrita por dichos sabios, se narra la crueldad y extorsiones de que fueron víctimas los indios; las causas de su origen y los motivos de su continuación, durante tres centurias.

Ni era hacedero humanamente que, hace trescientos años, á raíz de la conquista del Nuevo Mundo, en medio de las preocupaciones y errores de aquellos tiempos, dejasen de cometerse abusos, desvirtuándose las filantrópicas leyes de los monarcas iberos, que no podían ver lo que pasaba aquende el océano. Era tardía la administración y dispendiosos los trámites. Para reparar una falta necesitábase mucho tiempo y sobra de dilatorias. La precisa intervención de los tribunales de las Audiencias en todos los negocios gubernativos era constantemente la causa del entorpecimiento de las disposiciones del Consejo de Indias, de las resoluciones de los virreyes, y del curso de los procesos, por más serios é importantes que fuesen. Los virreyes pasaban casi todos los asuntos á las Audiencias para evitarse cargos en las residencias, y tenían que contemporizar con los oidores, que en último caso serían sus jueces. Las Audiencias desplegaban gran fuerza subyugadora en sus respectivos distritos, y absorbían con su influencia todos los elementos gubernativos. Eran los territorios muy extensos, las comunicaciones harto lentas, y la vida administrativa pausada y soporosa. El aparato y el trámite prevalecían sobre la justicia práctica. Los procesos y los pleitos ahogaban el derecho, mientras languidecían los intereses y se llevaba una existencia monótonamente triste.