CAPITULO TERCERO

Fr. Bartolomé de las Casas en Guatemala, y el tributo, los mandamientos y las encomiendas de los indios

SUMARIO

Conatos de rebelión de los indios.—Malos tratamientos de que eran víctimas.—Fr. Bartolomé de las Casas.—Su filantrópica misión.—Conquista pacífica de la Verapaz.—Tratado latino del P. Las Casas "De único vocationis modo"—Oposición de la Real Audiencia de Guatemala al obispo Las Casas.—Notas del Cabildo de la ciudad de Guatemala malquistando á Fr. Bartolomé de las Casas con el emperador Carlos V—Trabajos del protector de los indios para que se abolieran los mandamientos.—El servicio personal de los aborígenes en Guatemala.—Las encomiendas.—Opiniones de los jurisconsultos Albornoz, León, Matienzo y Herrera sobre las encomiendas.


Hacíanse las reducciones de los indios á sangre y fuego por los conquistadores, habiéndose aquellos sublevado más de una vez, al contemplar rotos sus ídolos, violadas sus mujeres, y en estado de esclavitud á sus hijos. Los incas se esforzaban heroicamente por recobrar su libertad; los araucanos se alzaron; los aztecas pusieron en conflicto á los españoles en la noche triste; los quichés se revelaron contra el yugo extranjero; los zendales tomaron otra vez las armas, creyendo que volverían á ser los señores de su tierra; y Quiruba, cacique de los jíbaros del Paute, mandó tocar el cuerno del combate contra los blancos, y redujo á cenizas la ciudad de Logroño, arrebatando para sus soldados á todas las mujeres jóvenes, hasta á las monjas de la Concepción, que después fueron, cual otras sabinas, las madres de los hijos de aquellos bárbaros.

Natural era que las naciones de las razas primogénitas de este hemisferio se empeñaran en resistir la servidumbre que les imponían los conquistadores, que cayeron sobre ellas como una terrible maldición, llevando el exterminio y el llanto hasta el pueblo más remoto y la choza más apartada.

En medio de este cuadro de sangre y de dolor, se alza, cual emblema de virtud, de humanidad y de consuelo, el meritísimo Fr. Bartolomé de las Casas, protector ferviente de los indios, que vino para abolir aquí los tributos de jóvenes y niñas, entregadas á la liviandad de los conquistadores; para poner término á la hoguera y á la horca; y para abogar contra la rudeza de los mandamientos y encomiendas[138]. Diríase que fué el angel bueno, que enjugaba las lágrimas de los infelices conquistados[139]. Fr. Bartolomé de las Casas es el modelo de la fe, la piedad y el espíritu verdaderamente cristiano, que contrasta con el fanatismo feroz de Luque, Dávila y Valverde[140].

Cuando se considera que la aberración y la codicia pusieron en duda hasta la racionalidad de los aborígenes, y que el orgullo de los conquistadores, en todas las épocas y en todas las naciones, ha visto con odio á los que han sucumbido á la fuerza del destino; se magnifica y se eleva el filantrópico misionero que abogaba por la raza vencida, á pesar del torrente de las ideas y de la oposición de los dominadores. Mientras que don Pedro de Alvarado había sometido á los indios, por medio del terror en las tierras vecinas al golfo de Honduras, el piadoso domínico se preparaba para la conquista pacífica de la región más rica que había entonces, por estas primitivas comarcas. Denominábase tierra de guerra, lo que después llamóse Vera Paz, nombre que revela la tranquilidad á que llegaron aquellos pueblos, por el convencimiento y no por la fuerza de las armas. El P. Las Casas había escrito un tratado latino, con el nombre de "Verdadero modo de convertir" (De único vocationis modo), por medio de la predicación. Hizo componer en lengua quiché sencillas canciones, en que estaban expuestas las doctrinas fundamentales de la religión cristiana, y dispuso que aprendiesen á cantarlas algunos de los naturales, que ya se habían sometido, y que después se presentaban como mercaderes para despertar la curiosidad de los pueblos que iban á reconocer. La novedad de las baratijas que vendían, y el canto y música que empleaban, dice Remesal, atrajo pronto á los curiosos de Tesulutlán, que en 1537, fueron visitados en persona por el mismo Fr. Bartolomé, pacífico redentor de los indios bravos de la Vera-Paz.[141]

Ni se limitaba el celo del piadoso misionero á reducir, por la razón, á los pueblos de aquella exuberante zona; que también el filantrópico discípulo de Cristo, clamó por que no se impusieran los onerosos tributos y las tequiosas encomiendas sobre aquellos á quienes llamaba hijos suyos. La Real Audiencia de Guatemala era contraria á los propósitos del protector de los aborígenes, quien con fe inquebrantable en sus propósitos y alentado por su corazón magnánimo, tuvo que hacer viaje á España para abogar por los indios y por la conquista pacífica de las tierras de la Corona. El Cabildo de la muy Noble y Leal Ciudad de los Caballeros de Guatemala, dirigió con fechas 20 de Abril de 1540 y 10 de Septiembre de 1543, oficios al emperador, tratando de malquistar á Fr. Bartolomé de las Casas,[142] á quien llamaron "frayle no letrado, non sancto ynvidioso, vanaglorioso, apasionado, ynquieto y no falto de cudicia." Tampoco se mostró amistoso hacia él, el obispo Marroquín, que también hizo malévolas apreciaciones de su conducta, ante el gobierno de España.[143] Casi todos se burlaban de las filantrópicas ideas del Vicario de los Domínicos, quien sostuvo siempre que sólo por la persuación era legítimo tornar al cristianismo á los indios. Hoy la historia le ha hecho justicia, y recuerda con admiración al varón humanitario que indujo al gobernador del reino de Guatemala, Alonso de Maldonado, á no establecer encomiendas en la Vera-Paz, y á que ningún español entrara allí por el término de cinco años.[144]

Los misioneros fueron hasta el centro de aquella región, y después de convertir al cacique Don Juan, que así decían al jefe de las tribus, juntáronlas en pueblos, que se hallaron ricos y felices, mientras no cayeron en manos de la codicia de los aventureros. Los choles, los manchés y otros fueron reducidos por los religiosos domínicos, quienes fundaron muchos pueblos; pero el año de 1678, sin que se sepa el motivo, volviéronse á internar á los montes.[145] Sería acaso porque comenzaron á sentir el duro yugo de los encomenderos, á pesar de los esfuerzos del virtuoso Padre Las Casas que tanto hizo porque se aboliera la mita; institución odiosa que hacía huir á los indios á esconderse en los bosques.[146] Para comprenderla, bastará decir que los infelices aborígenes eran vasallos inmediatos de la corona, ó dependientes directos de otro vasallo, al cual habían sido cedidos en encomienda, durante la vida del encomendero ó de sus hijos; pero en todo caso estaba sujeto cada indio al tributo, que era un impuesto que pagaban en maíz, mantas, aves de corral, cacao y otros productos. Por un salario fijo se les obligaba á trabajar en el cultivo de los campos, en el cuidado de los rebaños, en la conservación y construcción de caminos y edificios públicos. Debían concurrir al trabajo alternados y en cierto orden. Esto era lo que se llamaba mita, ó sean los mandamientos, que hasta el día, por desgracia se conocen. Verdad es que las leyes mandaban que no se sacase á los pobladores de una comarca, sino hasta cierto número de leguas de distancia, y que se les dejase tiempo para sus sementeras y que no se les obligara fuera de su turno, y que no se les exijiese mayor trabajo que aquel á que se hallaban obligados; pero no es menos cierto que la mita, como dice el historiador Barros Arana[147] llegó á ser un motivo de terror para los desgraciados indios. En vano se residenció á varios, entre otros á un Gobernador de Honduras, porque mandaron repetidas veces á los naturales de los pueblos muy lejos de su domicilio. El defecto estaba en la institución, y no era hacedero que el rey de España, desde el Escorial, pudiese evitar la serie de abusos infames que se cometían. En el año 1680 formó el oidor de Guatemala Chacón Abarca unas ordenanzas, reglamentando los mandamientos que siempre fueron manantial de tropelías contra los indios.

Pues bien; Fray Bartolomé de las Casas predicó y escribió mucho contra los mandamientos y contra el "tributo trimestral de doscientas cincuenta mantas, cuarenta y dos ziquipiles de cacao y lo de la sementera."[148] En aquellos tiempos de absolutismo, en que no se reconocían derechos individuales, en que las ideas económicas eran erroneas, á raiz de la misma conquista, consideraba el abogado de los indios que era una verdadera esclavitud eso de llevarlos á trabajar de un punto á otro, sacándolos de su domicilio y forzándolos á rudas faenas. Hoy, á fines del siglo XIX, que se oiga siquiera sea tardíamente, la voz de Fray Bartolomé de Las Casas, y que queden abolidos los mandamientos de indios. Antes de que se le erija la estatua que, con tanta justicia acordó el Gobierno levantarle, no debe haber ya mandamientos en Guatemala.

Empero, ya he de tratar ampliamente ese punto en el lugar que le corresponde. Cumple ahora apuntar solamente que, desde el principio del descubrimiento de América, se establecieron las encomiendas y los mandamientos de indios, contra los cuales trabajó después con ardor el fraile dominicano, sin que los españoles cedieran ante su celo y razones.[149] Por otra parte, los mismos eclesiásticos se enriquecían á expensas de los indios, ocupando un número crecidísimo en los curatos y cofradías, pues á la verdad que no todos estaban inspirados por el benéfico anhelo del memorable Las Casas.[150]

Solórzano[151] nota que, por el año 1568 en las provincias de Guatemala y en otras de Chile, Quito y Nueva España, no acababa de desarraigarse el servicio personal que muchos encomenderos exigían por vía de tributo, rehusando de todo punto su tasación. Herrera (5, 10 y 9,) hablando de mediados del siglo XVI, expone que al fin de mucho tiempo se ejecutaron las nuevas leyes en el Perú, Nicaragua y Guatemala, á costa de mucho caudal de la real hacienda, muchas muertes y destrucciones; y refiriéndose al mismo siglo XVI, añade: despues acá por remisión de algunos viso-reyes y lo mismo presidentes y gobernadores, y por otras razones, las reales provisiones hechas con muy buen acuerdo de su consejo para la conservación de los indios, se relajaron con gran daño de ellos. Agía, que escribió el año de 1603, supone vigente en su tiempo en las mismas provincias esta especie de esclavitud; y no parece haberse extinguido hasta haber sido sustituida por otra muy diferente en sus trámites, pero idéntica en la sustancia, y acaso más funesta en sus estragos.

Otra especie de servicio personal, que también se enderezaba á particulares comodidades y aprovechamientos, se introdujo antiguamente en todas las provincias de las Indias; y aún se conservó en muchas, con haber tantas leyes y ordenanzas que lo prohiben. Pidiendo los españoles, pobladores y habitantes de ellas, á las justicias, que para el servicio de sus personas y casas, y traerles agua y leña, ó cuidar de sus cocinas y caballerizas, les repartan algunos indios por semanas ó meses; que les sirvan, aunque no quieran, pagándoles un corto jornal, á los cuales en el Perú llaman mitayos de servicio, y violentándoles y oprimiéndoles con este color, á servicios graves y laboriosos. Estos repartimientos se llamaron en el país mandamientos, y prevalecieron después de la edad del célebre Casas.

Apenas por el año de 1552 se despachó carta á la Audiencia de Guatemala, encargando á los oidores de ella que saliesen á la visita de la tierra, tuviesen cuenta de hacer que los indios trabajasen en sus haciendas y heredades, y en las ajenas, y no se les permitiese la ociosidad, dando por razón, que se dice, son flojos y holgazanes, y si no se provee que trabajen para su provecho, no tendrán ningún género de policía, ni aprovechamiento, lo cual sería en daño suyo. Todavía en el propio año de 52, se prohibió, por cédula de 20 de Marzo, el dar los indios para labrar las casas de españoles, y se manda que no se les den, si no los que quisieren trabajar de su voluntad, y pagándoles muy bien sus jornales.

Pero ya en cabildo de 12 de Noviembre de 72 se recibe mal que el señor presidente reserve del servicio ordinario de la ciudad á los indios, y se acuerda pedir no los reserve, y no remediándolo, se apele de su proveído para la Real Audiencia, y se siga por todas instancias. En cédula de 74, ya se permiten estos servicios expresamente, y se ordena que se den repartimientos para edificar y reparar las casas de los españoles, y otras obras públicas, como sea con moderación, y buena paga en mano propia. Entre las obras públicas cuenta este escritor las fuentes, puentes, puertos, aperturas y reparos de caminos. Entre tanto, en cédula remitida á Méjico se nota que los pueblos de indios hacen las obras públicas, que son muchas y son compelidos á poner los materiales y el trabajo de sus personas, sin que por razón de esto, se les descuente en sus tributos: que sobre ello son muy molestados, y por otra parte pagan los tributos enteramente, y reciben notable daño.

No obstante, en carta de 75, se dice al virrey de Méjico, que siendo necesario, se apremie á los indios á trabajar en las minas, sacándolos por repartimiento de sus pueblos, como se hace para las obras públicas y sementeras. En cabildo de 18 de Febrero de 78 se trata sobre una cédula que tienen los indios del barrio de la Candelaria y los de las Milpas para no servir; y se acuerda seguir información secreta, con parecer de la Audiencia, sobre ser ganada con siniestra información, y ante un alcalde indio sin autoridad.

Los españoles y pobladores no se detenían en solicitar y obtener repartimientos de indígenas para todo género de trabajos, de modo que para propender á su alivio, se fué haciendo distinción de trabajos necesarios en la agricultura, como la sementera de granos y cuidado de los ganados, y otros menos necesarios, como los de viñas y olivares, y en ésta última clase se consideró el beneficio del jiquilite, en cédula del año de 79, despachada á la audiencia de Méjico, y carta del año 81 dirigida á esta de Guatemala."[152].

Los españoles se creyeron con derecho á repartirse á los indios desde que Colón descubrió la América, y así con mucha candidez enseña el célebre autor de la Política Indiana—que tánto he citado, y que es el que mejor describe el gobierno de estos países—"que les pareció preciso desde un principio á los conquistadores el aprovecharse, como era natural, del trabajo de los aborígenes, y dando los encomenderos, á su modo, varias salidas á las leyes y mandatos reales que se lo prohibían, y siempre desearon el alivio de los indios"[153]. Confiesa aquel célebre jurisconsulto que estos fueron tratados como bestias, y que á consecuencia de las quejas del obispo Las Casas, se expidieron varias provisiones á Diego Velázquez el año 1518 y á Fernando Cortés, en 1523, en las que, después de referir los daños y vejaciones, se agrega: "Que habiéndose mandado platicar sobre ello á los del Consejo y á Theólogos religiosos, y personas de muchas letras y de buena y santa vida, pareció que Nos (con buenas conciencias), pues Dios Nuestro Señor crió á los indios libres y no sujetos, no podíamos mandar encomendar ni hacer repartimiento de ellos á los Christianos; y así mandamos no se hagan, y se quiten los hechos."

Creeráse, desde luego, que con esa expansión, por decirlo así, de sentimiento honrado, con esa ley que abolía la servidumbre de los indios, quedaron libres; pero por desgracia no fué así. Ni los trabajos del P. Las Casas, ni los informes de las Audiencias, ni los votos de todos cuantos se condolían de la penosa situación de los primitivos pobladores del Nuevo Mundo, fueron bastantes á salvar de la esclavitud á los infelices conquistados[154]. Los cabildos y los gobernadores hicieron presente á S. M. que sin los repartimientos no se podían conservar las Indias, sino que habría que desampararlas, y ante esa alternativa, se revocó aquella humanitaria providencia. Si Las Casas escribió contra las encomiendas, muchos otros célebres juristas, como el Lic. Bartholomé de Albornoz, Antonio de León, Juan Matienzo y Antonio de Herrera, las defendían con ahinco. Sobre todo, las sostuvo el interés de los mismos encomenderos, y siguieron los indios siendo esclavos de hecho, no obstante el cúmulo de leyes que por su bienestar promulgaban los reyes de Castilla.[155].

Para poner fin á este capítulo, es conveniente transcribir lo que escribe Gage, acerca del tratamiento que se daba á los indios en Guatemala, allá por el año 1625. "Los españoles, dice, que viven en este país y particularmente los hacendados del valle de Mixco, Pinula, Petapa y Amatitlán y los de Sacatepéquez, han representado cómo todo su comercio y trabajo tendiendo al bien del Estado, y no habiendo bastantes españoles para hacer todas las obras necesarias en un país tan grande, y no teniendo todos los medios de comprar esclavos y negros, se encuentran en la necesidad de servirse de indios dándoles un salario razonable. Por esto se mandó que se distribuyese cierto número de trabajadores indios todos los lunes ó los domingos por la tarde, y que serían repartidos entre los españoles según la calidad de sus haciendas ó empleos; tanto para la cultura de sus tierras como para conducir sus mulas y ayudarles en lo que cada uno pudiese tener necesidad en sus ocupaciones.

De suerte que en cada distrito hay un oficial para esto, que llaman juez repartidor, el cual, según la lista que tiene de las casas y haciendas de los españoles, está obligado á darles cierto número de indios todas las semanas; cosa muy cómoda para el presidente de Guatemala y otros jueces, para poder hacer adelantar á sus criados dándoles ordinariamente estos destinos.

Ellos nombran el pueblo ó sitio, donde deben juntarse los domingos ó lunes, y allí se encuentran con todos los españoles de este distrito.

Los indios de los pueblos deben también por su parte tener dispuesto el número de trabajadores que están obligados á suministrar cada semana, por orden de la corte de Guatemala, que son conducidos á la asamblea general por un oficial indio de su misma ciudad. Cuando han llegado á este sitio, con todos los útiles necesarios para el trabajo, como azadones, palas, picos, hachas y víveres para alimentarse una semana, que regularmente son tortas secas de maíz, frijoles ó judías, un poco de chile ó pimiento largo, y algunos pedazos de carne fría, para uno ó dos días, con la cama sobre las espaldas, que no es otra cosa más que una manta de lana gorda con que ellos se embozan para acostarse sobre el suelo; los encierran en la casa de la ciudad, dándoles al uno algunos palos y á otros bofetones y puntapiés si no quieren entrar.

Cuando están todos unidos y la casa de la ciudad llena, el oficial ó juez repartidor llama á los españoles según el orden en que están en la lista, y al mismo tiempo tantos indios cuantos la corte le ha ordenado. Hay quienes deben tener tres ó cuatro, y otros quince ó veinte, según su necesidad y el trabajo que tienen que hacer. De esta manera se distribuyen á cada uno de los españoles los indios que debe tener, hasta que no quede uno.

Concluída esta distribución, los españoles quitan una manta ú otra alhaja á cada uno de sus indios, para que sirva de prenda, por temor de que no se vaya, y dan al oficial que ha hecho el reparto, por sus derechos, medio real de á cinco sueldos por cada indio, lo que les vale mucho al año; porque hay oficiales de éstos que tendrán tres ó cuatrocientos indios para distribuir cada semana.

Si un español se queja de que algún indio se le ha escapado, y no le ha servido la semana entera, se le hace buscar hasta que se encuentra, y después se le ata de los brazos á un poste en la plaza del mercado, donde se le azota públicamente sobre las espaldas.

Mas si un pobre indio se queja de que los españoles le han engañado y hurtado su pala, hacha, pica, su frazada ó sus salarios, no se hace ninguna justicia contra el español que ha robado, ó engañado al pobre indio; aunque es muy justo que se les haga justicia igual á los unos como á los otros.

De esta manera se venden los indios cada semana como esclavos por cinco sueldos seis dineros cada uno, sin permitirles por la noche ir á ver á sus mujeres, aunque el lugar en donde trabajen no diste más de mil pasos del pueblo de su residencia; mas hay otros que llevan á tres ó cuatro leguas más allá y no se atreven á volverse sino hasta el sábado en la noche, después de haber ejecutado cuanto á su amo se le antoja mandarles.

Es tal el salario que se les da, que apenas se pueden sustentar con él; porque no llega á cinco sueldos por día lo que les corresponde, no teniendo más que veinticinco sueldos por semana en todo.

Este orden se observa en la ciudad de Guatemala y en los pueblos de los españoles, donde se da á cada casa los indios que necesita para llevar agua ó leña y otras cosas necesarias, y con tal objeto están obligados los pueblos vecinos á suministrar indios como he dicho arriba.

No hay un verdadero cristiano que pueda creer el mal trato que se da á estos miserables, por ciertos españoles, en la semana que están á su servicio. Hay algunos que van á abusar de sus mujeres cuando los pobres maridos están ocupados en labrar la tierra de otros, que los azotan, porque les parecen demasiado perezosos, ó que les dan de cuchilladas ó rompen la cabeza por haberse querido disculpar de sus acusaciones, ó bien les roban sus instrumentes ó privan de una parte ó del total de sus salarios, diciéndolos que ellos pagan medio real por el servicio que deben hacer y que no habiéndolo hecho no están obligados al pago.

Yo he conocido algunos que tenían por costumbre, cuando ya habían sembrado su trigo y que casi no tenían en que ocupar á los indios, retener en su casa á todos los que les habían dado para la siembra, y sabiendo bien la afección que estas pobres gentes tienen de volver á su familia, después de haberles hecho cortar leña, el lunes y martes, el miércoles les preguntaban ¿cuánto querían darles por dejarlos ir? y de esta manera sacaban de unos un real y de otros dos y tres, de modo que no solamente se hacían surtir de leña para su casa, sino que sacaban también bastante dinero para comprar carne y chocolate para quince días, viviendo ociosamente á costa de estos pobres indios.

Hay otros también que se los alquilan á sus vecinos, que tienen que hacer por aquella semana, en un real cada uno, que ellos tienen buen cuidado de reducir de sus salarios.

También están sujetos á una servidumbre igual en todos los pueblos, porque los muchos viajeros que transitan por allí pueden pedir al más próximo, cuantos indios necesitan para conducir sus mulas y llevar sus equipajes, y al fin del viaje les arman una querella bajo cualquier pretexto, y las más veces les despachan con algunos golpes por toda recompensa.

Ellos hacen cargar á estos pobres miserables, por espacio de uno ó dos días, maletas que pesan cuatro arrobas, atándoselas á la cintura y pasándoles por la frente una ancha correa, atada á la misma maleta, que hace que todo el peso de este fardo caiga sobre la frente arriba de las cejas, cuya señal les queda de tal suerte que por ella se pueden distinguir fácilmente de los demás habitantes del pueblo, y porque al mismo tiempo esta correa les hace caer el pelo y los vuelve calvos de delante.

Así es como este pobre pueblo trata de ganar su vida entre los españoles; pero es con tanto dolor y agonía, que las más veces piden á Dios los ponga en libertad, y no tienen otro consuelo que el que les dan los sacerdotes, aconsejándoles que sufran todo por amor de Dios y por el bien del Estado.

Sus inflexibles capataces los hacen trabajar y caminar en todas las estaciones, haya calor ó frío en los llanos, en las montañas, en los malos y buenos caminos, sin embargo de que sus vestidos no sirven más que para cubrir su desnudez, y muchas veces están tan hechos pedazos que no les cubren ni la mitad del cuerpo."

No hay que olvidar, en todo caso, que los monarcas españoles, hasta el hechizado Carlos II, todos se inspiraron en el deseo de que se tratara bien á los indios; mientras que el interés de los conquistadores; la codicia de los emigrantes de España; el espíritu de enriquecerse, primero por aventuras y después por encomiendas; la distancia de la metrópoli; lo largo y dispendioso de los trámites—todo ahogaba en la América hispana el propósito laudable que doña Isabel la Católica y sus regios sucesores, en favor de los naturales del Nuevo Mundo tuvieron.


CAPITULO CUARTO

Vejaciones á los indios en Guatemala, y notable disminución de ellos en toda la América española

SUMARIO

Los indios eran tratados como esclavos.—Sistema que se adoptó en Guatemala, desde un principio, para la formación de poblaciones indígenas.—Pueblos que desaparecieron.—Relación que hace Remesal de cómo se despoblaban los asientos de los indios.—El P. Las Casas narra peculiaridades referentes á Guatemala, San Salvador, Honduras y Nicaragua.—A mediados del siglo XVI mudóse la naturaleza de las encomiendas en el reino de Guatemala.—Real Cédula de 27 de Mayo de 1582, dirigida al Presidente y Oidores de Guatemala, haciéndoles cargo de los malos tratamientos que sufrían los indios.—Informe estadístico del partido de Suchitepéquez de 20 de Mayo de 1814.—Queda diezmada la población indígena.—Resultado funesto de las Misiones.


Por más que, la atroz codicia y la inclemente saña de los conquistadores españoles hubiese sido crimen del tiempo y no de la metrópoli, como dice el poeta clásico, no se puede desconocer que á los desgraciados indios se les trató con suma crueldad, marcándolos á veces con hierros candentes, convirtiéndolos en esclavos, martirizándolos sin conmiseración y haciéndoles, en fin, odiosa la existencia.[156]

Por lo que á Guatemala concierne, el sistema que se adoptó desde un principio para la formación de las poblaciones indígenas, no pudo inducir otra cosa que el desamparo y desocupación de sus labores; porque, como escribe el arzobispo Peláez, reduciéndose á un pueblo, no los caseríos de las estancias, sino pueblos enteros, acumulándose para formar uno solo, y habiéndose de dar un solo egido á este último, todos los demás habían de perder su territorio y pertenencias comunes y particulares. Así es que cinco pueblos grandes y otros tantos pequeños, que formaron Chichicastenango, tenían cinco y diez egidos y entraron á tener uno solo: once pueblos principales y otros tantos accesorios que formaron el de Sacapulas, y disfrutaban veintidós egidos, no tuvieron en adelante más que uno. Nebah, que se compone de diez y seis pueblos mayores y otros tantos menores, y había de tener treinta y dos porciones de egidos, no tiene sino uno. Lo mismo Amatitlán, cuyos seis pueblos debieron poseer seis egidos, quedó reducido á uno, dentro los egidos de la capital; y por este tenor es de discurrir de los otros pueblos. Por lo cual no es de extrañar desapareciese entonces el pueblo de Ucubil, en que, según relación de Juarros, se acamparon las huestes castellanas y sacatepéquez, como tampoco parecieron más los pueblos de Samastepeque é Inestiquixa en el mismo valle, y en las inmediaciones de Escuintla los de Guacacapa, Chialchitán, Malacatepeque y Marma, que se mencionan en actas de los años de 41 y 42 Humboldt, en el Ens., lib. 2, cap. 6, lamentando lo deplorable que la conquista hizo el estado de los indígenas, escribe: toda propiedad india, fuese mueble ó raíz, era mirada como perteneciente al vencedor; y esta máxima atroz llegó á ser sancionada por una ley, la cual concede á los indígenas una pequeña porción de terreno al rededor de las iglesias nuevamente construídas.

Remesal, libro 8, cap. 25, expone: que asentados los pueblos en la forma referida, donde daban la vuelta los padres, eran desamparados de sus nuevos moradores, y era menester volverlos á juntar otra vez, acariciarlos, ponerlos en sus casas nuevas, derribarles las antiguas, deshacer los sitios de su anterior superstición, y para todo esto, estudiar el modo de hablarles, para que entendiesen que cuanto se hacía era por su bien. Lo mucho que los padres trabajaron, se echa de ver claramente por una cédula del rey don Felipe II, de 5 de Marzo de 1557, en que hace memoria de cierta relación que le hizo el P. Fr. Domingo de Alva, procurador de esta provincia: que los indios se comenzaban á salir de los pueblos en que vivían, y se volvían á los antiguos asientos que solían tener, y si se les consentía hacer esto, sería causa para que se perdiesen, y los pueblos quedarían deshechos, de que también resultaría disminuirse la hacienda real, y para quitar estos inconvenientes, manda S. M. á la Audiencia de Guatemala que no consienta que los indios se vuelvan á los sitios antiguos. Por este estilo debió suceder, que muchos indígenas propietarios abandonasen uno y otro sitio juntamente: el nuevo, porque no les acomodaba, y el antiguo, porque no se les permitía, y así verse en la necesidad de emigrar, y destituídos de propiedad. Otros adoptarían el nuevo domicilio llanamente, mas aunque se acomodasen en él, no podían recibir mucho contento sus antiguos moradores, llegándoles otros dueños y vecinos, con quienes habían de partir sus terrenos y formar comunidad, con lo que los indígenas eran mortificados en todos conceptos."[157]

El P. Las Casas narra peculiaridades que se refieren á Guatemala, San Salvador, Honduras y Nicaragua. La menos mala, dice, y menos fea causa que los españoles tuvieron para hacer á los indios esclavos, fué moviendo contra ellos injustas guerras, según fueron las otras llenas al menos de mayor nequicia y deformidad, porque todas las más han sido espantables y nunca vistas ni oídas tales novedades de maldad, para poner en admiración á todos los hombres. Aquí referiré de muchas, algunas pocas.

Unos, por engaños que hacían á los indios, que estuviesen con ellos, ó por miedos ó por halagos, los atraín á su poder, y después les hacían confesar delante de las justicias, que eran esclavos, sin saber ó entender los inocentes, que quería decir ser esclavos; y con esta confesión las inicuas justicias y gobernadores pasaban y mandábanles imprimir el hierro del rey en la cara, siendo sabedores ellos mismos de la maldad. Otros provocaban algunos indios malos con media arroba de vino, ó por una camisa ú otra cosa que les daban, á que hurtasen algunos muchachos huérfanos, ó los trajesen por engaños como para convidarles, y con una manada de ellos veníase a los españoles y haciéndoles del ojo que los tomasen: los cuales los ataban y los metían á los navíos, ó llevábanlos por tierra y sin hierro y vendíanlos por esclavos; y aquellos plagiarios primeros, ó los segundos que los compraban, iban delante del gobernador ó justicia, y decían que los habían comprado por esclavos, y luego sin más averiguar los herraban. Algunas veces los han herrado con hierro del rey en las caras, otras en los muslos.

Otras veces á muchos de los indios pusiéronles nombres naborías por fuerza, habiendo vergüenza de llamarlos esclavos, aunque como cosa muy segura y bien ganada, de unas manos á otras los venden y traspasan, y de esta manera y con esta justicia, orden y buena conciencia, han traído á las islas Española y Cuba, San Juan de la costa de la Perla, de Honduras y de Yucatán, en gran manera y en inmensa cantidad, y con detestables y tiránicas desvergüenzas, del infeliz reino de Venezuela y de Guatemala y Nicaragua, para llevar á vender á Panamá y al Perú. Ninguna vez traían en navío trescientas ó cuatrocientas personas, que no echasen en la mar cien ó ciento cincuenta muertas por no darles de comer y de beber: porque tantos cargaban que las vasijas que metían para agua, ni los bastimentos que llevaban bastaban, sino para muy poco más que para sustentarse los plagiarios que los salteaban, ó de los otros salteadores los compraban".[158]

A mediados del siglo XVI mudóse la naturaleza de las encomiendas, que se convirtieron en tributo. Por los empadronamientos que se hicieron, notóse bien que la población indígena disminuía de modo pasmoso, debido á los malos tratamientos de que era víctima, según puede verse por la Real Cédula de 27 de Mayo de 1582, que muestra el empeño real en extirpar abusos y exhibe al propio tiempo crueldades sumas. He ahí ese importante documento histórico que dice así: "Presidente y Oidores de nuestra Audiencia que reside en la ciudad de Santiago de la provincia de Guatemala: nos hemos informado que en esa provincia se van acabando los indios naturales de ella, por los malos tratamientos que sus encomenderos les hacen, y que habiéndose disminuído tanto los dichos indios, que en algunas tierras faltan más de la tercia parte, les llevan las tasas por entero, que es de tres partes las dos más de lo que son obligados á pagar, y los tratan peor que esclavos, y que como tales se hallan muchos vendidos y comprados de unos encomenderos á otros, y algunos muertos á azotes, y mujeres que mueren y revientan con las pesadas cargas, y á otras y á sus hijos los hacen servir en sus granjerías, y duermen en los campos y ahí paren y crían mordidos de sabandijas ponzoñosas, y muchas se ahorcan, y otras toman yerbas venenosas, y que hay madres que matan á sus hijos en pariéndolos, diciendo que lo hacen para librarlos de trabajos que ellas padecen".

Con anterioridad á esa real cédula, ya Carlos V y sus sucesores habían expedido muchas leyes favorables á los aborígenes; leyes que se llamaron nuevas y que fueron muy mal recibidas en Guatemala, provocando la cólera de los conquistadores y del Ayuntamiento contra el filántropo Las Casas, que como todo redentor fué calumniado y perseguido. No faltan escritores extranjeros, como Washington Irving, que califican de exageradas las descripciones del virtuoso defensor de los indios, cuando narra sus padecimientos y triste situación á que se les había sujetado; pero hay que considerar que un norteamericano nunca podía mostrarse muy compasivo hacia una pobre raza que la anglosajona destruyó del modo más inhumano y despiadado. Lo que sí llama la atención es que nuestro distinguido compratriota, Don José Milla, califique de exageradas y declamatorias las aseveraciones del célebre misionero, en su Brevísima Relación de la destrucción de las Indias Occidentales", una vez que, á pesar de las "Reflexiones imparciales sobre la humanidad de los españoles en las Indias", del abate Juan Nuix, publicadas en 1782, es bien sabido que en menos de trescientos años se redujo la población indígena de América à la décima parte, según queda demostrado en otro lugar de la presente obra. Enhorabuena que el espíritu de conquista, la sed de oro, el férreo carácter de los conquistadores, las ideas erróneas de aquellos tiempos, sirvan de excusa á la saña cruel de que fueron víctimas los infelices indios; pero que no por eso se deje de encomiar al Padre Las Casas, que ha merecido grandes elogios de Quintana y de otros muchos notables escritores españoles, ni se desconozca, como lo hace nuestro compatriota historiador[159], que la población de América, en las regiones que España conquistó, se redujo á fines del siglo último á la décima parte en cuanto á la raza aborigen. En el Perú había unos seis millones de indios, y según el censo hecho por orden del virrey Gil Gamos, en 1796, quedaban seiscientos ocho mil ochocientos noventa y nueve. En Méjico era quizá mayor la población que entre los ìncas, y se minoró en extremo, como lo demuestra el eruditísimo Larráinzar.[160] En el Ecuador y en todas las demás regiones sojuzgadas por soldados hispanos, si no acababan del todo con los indios, diezmaron su número y los redujeron á dura servidumbre[161]. En los populosos reinos de Guatemala había más de tres millones de pobladores, en un extenso territorio, antes del siglo XVI, y quedaban sólo seiscientos cuarenta y seis mil sesenta y seis, según el censo del año 1810, relativo á todo el istmo Centro-Americano, contando únicamente la población indígena de raza primitiva americana. En Cuba, Santo Domingo y Honduras, decía el mismo Carlos V, con datos ciertos, que se habían destruído más de dos millones y seiscientos mil indios.

En el informe estadístico del partido de Suchitepéquez, que emitió el alcalde mayor don Juan Antonio López, con fecha 26 de mayo de 1814, se lee lo siguiente: "Tenía en principios del siglo XVIII, veintiocho pueblos florescientes y bien poblados. En el día, apenas cuenta diezisiete, de los cuales sólo cinco están medianamente poblados, que son Santo Domingo, Mazatenango, Cuyutenango, San Sebastián, Quezaltenango y San Antonio Retalhuleu. Los once perdidos se aniquilaron en menos de setenta años, y de los demás ni vestigios se hallan en el día. Las causales de este deterioro las hizo ver, en un informe que dió á la Real Audiencia, el alcalde mayor que fué en este partido, Don José Rosi y Rubí".[162]

No hay, pues, hipérbole en decir que la población indígena de América quedó diezmada durante los tres siglos de régimen colonial.

En aquellos tiempos no se había comprendido que, como dice el publicista Alberdi, gobernar es poblar.

Después de la grande epopeya de la conquista, después de las hazañas homéricas y de los horrendos crímenes de Cortés, Pizarro y Alvarado, las posesiones españolas casi se quedan sin historia. Durante ese largo período los indios desaparecieron por tribus y por naciones; pero ni aun se oía su queja. Sin el oro del Perú, la plata de Méjico y los cortos productos que el monopolio dejaba penetrar en Europa, la América española habría llegado á ser un mito, habría podido ser sumergida en el mar, como otra Atlántida.[163]

El Gobierno español pensó que el establecimiento de las Misiones sería fecundo en grandes beneficios para América, dice un político observador: acaso creyó también que los misioneros serían la compensación de los encomenderos, y que, á falta de escuelas, colegios, buenos caminos, comercio y demás ventajas de la civilización rehusadas á los criollos, se alcanzaría á lo menos el gran bien de atraer el mayor número posible de indios salvajes á una semibarbarie reducida al bautismo y la vida común de los caseríos ó pueblos. Si el gobierno procedió de buena fe en este asunto, como lo creemos, su cálculo fué muy equivocado. Los hechos probaron que las Misiones nada hicieron ganar á la civilización, pues sólo sirvieron para dar opulencia á los jesuitas, opulencia que fué peligrosísima para el gobierno, funesta para la sociedad, y para mantener á los indígenas reducidos á la vida civil, en la más triste abyección. Las Misiones hicieron degenerar á las razas indígenas en dondequiera; y si la historia de esos establecimientos no estuviera probando la plena exactitud de nuestra aserción, los ejemplos que ofrece Colombia no dejarían lugar á duda alguna. De todos los pueblos de Hispano-Colombia el más hondamente atrasado—á pesar de sus excelentes elementos de prosperidad—es el Paraguay, que fué patrimonio de los jesuitas, dignamente representados más tarde por el doctor Francia. En Nueva Granada, como en Venezuela y Buenos Aires, los jesuitas tuvieron sus más valiosas haciendas ó Misiones en los llanos ó en las pampas. Allí poseyeron inmensos rebaños y crías y tierras superiores é ilimitadas, que les dieron opulencia. I bien, ¿cuáles fueron los resultados? Por una parte, las poblaciones más belicosas, ásperas y temibles de Colombia y de las repúblicas del Plata han surgido precisamente de esas Misiones; por otra, el llanero y el gaucho, semibárbaros en todo y crueles y devastadores en la guerra, no aprendieron sino á guardar resentimientos por la dura explotación que sufrieron; y el día en que se hizo general la lucha por la independencia, fué de los Llanos y las Pampas de donde salieron los más formidables enemigos de España.[164]


CAPITULO QUINTO

Situación de los indios en Guatemala á principios del presente siglo. Abusos de cofradías, sacristías y servicio parroquial. Medios propuestos á las Cortes Españolas para mejorar la condición de los aborígenes, el año de 1810.

SUMARIO

Estado de la América española, en los comienzos de la centuria actual.—Conmociones y movimientos en Chile, el Perú, Nueva Granada, Guatemala y Méjico.—Situación agrícola y económica del reino de Guatemala.—Su extensión territorial.—Su población.—Había un millón de habitantes, de los cuales eran indios seiscientos cuarenta y seis mil seiscientos sesenta y seis.—Cómo se hallaban gobernados.—Su industria y agricultura.—Trabajos que se les imponían.—Los pardos.—Los blancos.—El comercio de todo el reino de Guatemala.—La agricultura con respecto á los indios.—Junta protectora de los aborígenes.—Medios propuestos por el real Consulado de Comercio de Guatemala á fin de mejorar la condición de los indios.—Abusos en las cofradías.—Abuso en el servicio de sacristías.—Abuso en el servicio parroquial.—Sólo en la provincia de Suchitepéquez se empleaban doce mil setecientos setenta y cinco indios en las raciones para los curas.—Sólo los indios componían de balde los caminos, puentes y calzadas.—Se perdían más de cuatrocientos mil jornales en Suchitepéquez, por el sistema abusivo que prevalecía contra los indios.—Causas que influyeron en la pérdida de los cacaotales.—Hubo tiempo en que del reino de Guatemala salían doce mil cargas de cacao.—Jueces de provincia.—Cómo debieran haber sido.—Cuadro estadístico de las quince provincias que formaban el antiguo reino de Guatemala.—Tributo que se pagaba.—Renta de alcabalas.—Derechos de importación.—Renta del tabaco.—Derecho del Real Consulado.—Número de habitantes.—Población indígena.


Para concluir el presente libro, es oportuno examinar el estado en que se hallaban los aborígenes de Guatemala en los albores de la centuria actual, cuando comenzó á escucharse en Hispano-América el sordo rumor de la revolución de independencia, que se iba preparando, como se prepara la tempestad por el acrecentamiento paulatino de electricidades contrarias, que en un momento chocan, y despiden luz y hacen conmoverse los espacios etéreos. Turgot dijo que las colonias eran como las frutas que permanecen en el árbol hasta que maduran; y la época de la madurez estaba próxima para las colonias hispano-americanas.

Después de tres siglos de régimen absoluto; después de doce generaciones de indios que habían sufrido cruda servidumbre, se redujo su número á la décima parte de los que encontraron los conquistadores castellanos. Cuando los españoles, en vez de aprovecharse de la enseñanza que les daban los levantamientos del Perú, en tiempo del virrey Jáuregui; la revolución del Socorro en Nueva Granada, bajo el gobierno de don Manuel Antonio Flores; la prematura intentona de Chile; los movimientos de Méjico, la asonada de Belén en Guatemala, y los demás síntomas que se dejaban ver en el resto de la América española;—cuando los castellanos, digo, en vez de aprovecharse de la lección elocuente que los sucesos les suministraban, sólo fueron duros é inhumanos con los vencidos, fomentaban ellos mismos, con la represión violenta, los varios elementos de la guerra de independencia, prevista por el político conde de Aranda, que anunció la emancipación de las colonias americanas, y reconoció que sus grandes desórdenes eran tan añejos, arraigados y universales, que no podían evitarse ni en un siglo de buen gobierno; sin que por otra parte, la distancia permitiera jamás el remedio radical del sistema monstruoso que se había implantado.

Y así fué en realidad, pues poco ó nada se consiguió con los esfuerzos tardíos que, en los comienzos de este siglo, se hicieron en pro de la tranquilidad de las colonias y por el mejoramiento de la triste suerte de los indios.[165] Cuando á las Cortes extraordinarias del año de 1810, fué electo diputado el Sr. Dr. D. Antonio Larrazábal, la Junta de Gobierno del Real Consulado formó unos interesantes "Apuntamientos sobre la agricultura y comercio del Reyno de Guatemala," que dan á conocer perfectamente el malestar en que se hallaban los aborígenes y los abusos de que eran víctimas. Aunque bien pudiera hacer un extracto de ese documento histórico, me he decidido á transcribirlo íntegro, en lo que con los aborígenes se relaciona, tanto porque es en extremo raro y curioso, como porque así pintaré más fielmente la manera de ser de nuestros indios, en vísperas ya de la independencia de Centro-América.

"Desde luego—dicen aquellas apuntaciones—damos á la área de todo el reyno sesenta y cuatro mil leguas cuadradas, pues sobre poco más ó menos tiene de largo seiscientas leguas comunes de E. á O. y de N. S., en partes ciento cincuenta, en otras ciento, y en la más angosta como sesenta.

Esta extensión de tierra goza incesantemente y á un mismo tiempo, la influencia de las cuatro estaciones del año periódicas en Europa; porque lo que se denomina la costa, esto es, la tierra contigua á los dos mares del N. y S., y lo que también vulgarmente se llaman las provincias, experimentan rigurosamente el calor del estío. Las demás provincias conocidas por "los altos", el frío del invierno. Otras, los temperamentos del otoño y primavera, cuya variación es muy poco sensible en todas; y generalmente, disfrutan seis meses de copiosas lluvias, y otros seis de seca. Las cosechas de granos, frutas y demás productos de la naturaleza, que son en Europa resultados del tiempo favorable para su respectiva procreación, en este reyno provienen del terreno adecuado á la especie, de modo que los esquilmos europeos de otoño, invierno, primavera y verano, se producen en todos los meses del año en el reyno de Guatemala, los unos en las tierras frías, y los otros en las templadas y cálidas, formando la enunciada extensión un conjunto de montañas y volcanes asombrosos por sus elevaciones, y espesas selvas abundantes de todas maderas exquisitas: de barrancos profundísimos, no menos vestidos de cedros y útiles vegetales que las serranías; y de llanos inmensos ó sabanas de terreno feraz y adecuado para siembras y plantíos, con muchos y caudalosos ríos, que se descargan en los mares del N. y S.

Nuestra madre España tiene sobre poco más ó menos cuarenta y cuatro mil leguas cuadradas, y según los censos modernos de diez y medio á once millones de almas. En tiempo de los reyes D. Fernando y Doña Isabel, tenía veinte millones, y en el de Augusto de cuarenta á cincuenta, según atestiguan autores clásicos.

Esto quiere decir, que la área del reyno de Guatemala, que excede á la de España en veinte mil leguas cuadradas de terreno feraz, de temperamento frío, templado y caluroso en todo el discurso del año, podría ser ocupada holgadamente, á lo menos con igual población, y esto supuesto ¡qué reino tan pujante no sería! ¡Qué rico y que apetecible para las comodidades de la vida.!!

Pero hallándose tan inmenso espacio de país ocupado por un millón escaso de habitantes derramados en todo él, á distancias enormes interpoladas de desiertos y montañas, y en que no ha penetrado su centro la huella humana, y de costumbres diametralmente opuestas á todo lo que verdaderamente podría constituirlos felices en sus respectivas condiciones: ¡qué probabilidad ha de haber de que con estos datos, se eleve repentinamente á un grado de opulencia que compita con los mejores reinos del mundo! Ilustremos más la proposición, y digamos que el millón propuesto de habitantes se compone de....