SUMARIO
España durante el reinado de Carlos III.—En 1795 se funda la Sociedad Económica de Amigos de Guatemala.—En 1797 se abre un concurso para premiar la mejor obra que demostrara la utilidad y ventaja de que los indios se calzaran y vistieran á la española.—Diez memorias fueron presentadas y discutidas.—Obtuvo el premio la de Fr. Matías Córdova y el accessit la del P. Fr. Antonio de San José Muro.—Juicio de dichas memorias.—En 1799 la Sociedad Económica abrió otro concurso en favor de la instrucción de los indios.—Fueron muy mal recibidos en España los esfuerzos que se hacían por los sabios de Guatemala para regenerar á los aborígenes.—Real Cédula de disolución de la Sociedad Económica.—Nota que el señor Villa Urrutia dirigió al Gobernador y Capitán General, Domás y Valle.—Escuelas de Artes y Oficios que para los indios se establecieron.—Memoria escrita por el Dr. García Redondo.—No pudieron dar benéficos resultados los esfuerzos en pro de los indios, á causa de las circunstancias de la época.—Decreto de 31 de Octubre de 1851, en favor de los indígenas.—Las leyes de reforma relativas á tierras, censos, ejidos, bienes de comunidad y cofradías, con respicencia á los aborígenes de Guatemala.
Sabido es que en España, durante el liberal reinado del ilustre Carlos III, no sólo se promovió el progreso de la Península, haciéndose esfuerzos para levantarla de la postración en que yacía, sino que en favor de las colonias se dictaron benéficas disposiciones. Se comenzaba á comprender cuánto influye el bienestar y la riqueza de los pueblos en la grandeza de las naciones; y se fundaban Sociedades Económicas, encargadas de alentar el desarrollo de los elementos materiales y de resolver las cuestiones prácticas de la administración pública.
En 1795 se creó para el reino de Guatemala una de esas instituciones, que fomentó siempre patrióticamente los intereses generales. El problema de mejorar la manera de ser de los indios, no pasó inadvertido á la Sociedad Económica de Amigos del País, que abrió un concurso publico, en Septiembre de 1797, ofreciendo una medalla de oro y el diploma de Socio de Mérito, al que escribiera la mejor memoria sobre el tema siguiente: "Demostrar con solidez y claridad las ventajas que resultarán al Estado de que todos los indios y ladinos de este reino se calcen y vistan á la española, y las utilidades físicas, morales y políticas, que experimentarán ellos mismos; proponiendo los medios más suaves, sencillos y practicables para reducirlos al uso de estas cosas, sin violencia, coacción ni mandato. Será preferido el que, en igualdad de circunstancias, manifieste mejor, por vía de ampliación, las mutuas ventajas que traerá al Estado y á los indios y ladinos el que se haga general el uso de cama y otros muebles domésticos de necesidad y comodidad y la mejora de habitaciones.
He aquí á la Sociedad Económica planteando, 96 años hace, bajo una forma nada pretensiosa, uno de los más importantes problemas sociales, en cuya resolución podían ocuparse entonces, y al que debieran consagrar hoy sus meditaciones los hombres pensadores del país. Tratábase, como se ve, nada menos que de proponer los medios de hacer entrar en la vida civil y participar de sus beneficios á la clase aborigen, y otra porción numerosa de la clase menos acomodada de la sociedad. Teníase en mira, seguramente, la asimilación de las razas heterogéneas que pueblan este país, y se buscaba la manera de impulsar el comercio, la industria y las artes, haciendo que contribuyese á este fin la inmensa mayoría de la población, que entonces como ahora bastándose á sí misma, llenaba con muy poco, las imitadas necesidades de una existencia miserable. Tan ilustrados y prudentes como patriotas, los autores de aquel proyecto comprendieron que la violencia y la presión producirían, aun en aquellos tiempos, resultados perjudiciales; tratándose de los indios, clase tan apegada á sus antiguos hábitos; y por eso exigieron que el plan para civilizarlos, hubiese de excluir precisamente toda idea de coacción y hasta de mandato. Buscábanse los medios morales é indirectos, como los más adecuados al fin que la Sociedad se proponía.
Los hombres inteligentes no vieron con indiferencia el llamamiento que este ilustre cuerpo hacía al celo patriótico de los guatemaltecos. Diez memorias se presentaron al concurso, y fueron examinadas y discutidas por una comisión compuesta de los sujetos más competentes é imparciales. Una que estaba señalada con el número 7 y se distinguía por el siguiente epígrafe, tomado de una Oda de Horacio: "Odi profamum Vulgus, et arceo," fué calificada como la más digna del premio; y abierto el pliego cerrado, que contenía el nombre del autor, se encontró ser el del P. Fr. Matías Córdova. Obtuvo el "accessit" la del P. Fr. Antonio de San José Muro, Asistente general del Orden Bethlemítico, que la envió desde Méjico, donde residía. El Dr. Córdova recibió el día 12 de Diciembre de 1797, en un acto público y solemne, á que concurrieron las personas más distinguidas de la ciudad, y sobre ochenta maestros artesanos, el título de Socio de Mérito y la medalla de oro de tres onzas de peso, con el busto del monarca reinante, las armas reales, inscripciones y símbolos alusivos al asunto. En aquella época habían recibido el título de Socios de Mérito dos sujetos solamente: el hábil ingeniero don Antonio Porta y el sabio naturalista don José Longinos Martínez, bajo cuya dirección se formó el primer gabinete de historia natural que hubo en Guatemala. Esa circunstancia hace más valiosa la honra concedida al P. Córdova.
La Memoria premiada está escrita con sencillez, claridad y buena lógica, y propone los medios más adecuados para ir logrando, poco á poco, destruir las preocupaciones que, á juicio del autor, son, más aún que la falta de medios, las que se oponen á que las clases india y ladina entren de lleno á participar de todos los beneficios de la vida civil, y contribuyan al fomento del comercio, industria y artes. Contiene algunos pensamientos que me parecen dignos de recordarse. Hablando de la influencia que el traje ejerce en la opinión, dice: "No acabamos de creer que el vestido forma la opinión, por una fuerza con que atrae á los hombres la exterioridad. Todavía no basta la experiencia para hacernos conocer que los medios directos no son los más eficaces, y que es preciso valerse de algunas flaquezas del corazón, para fortalecerlo en la virtud." Aludiendo á la funesta propensión de la clase indígena al vicio de la embriaguez, el elocuente religioso se expresa en estos términos, que no sé si podrían considerarse hoy como harto previsores: "Si no se emprende mantener el equilibrio de las necesidades, cada día hará más progresos la embriaguez."[187]
En el Archivo antiguo de la extinguida Sociedad Económica de Guatemala, que se conserva en la Biblioteca Nacional, se registra el legajo que lleva el número 2, y en él se encuentra un expediente compuesto de sesenta y nueve fojas, que revela con claridad el sistema político del reinado de Carlos IV de España, con respecto á las colonias de América, en contraposición al del ilustre Carlos III. En dicho expediente aparece que en el año 1799, aquella patriótica asociación abrió otros concursos, no sólo en materias artísticas é industriales, sino también en asuntos económicos de harta trascendencia, ofreciendo premios para el que desarrollase tesis ó proposiciones, como esta: "A la que demuestre más fundadamente la utilidad del establecimiento general de escuelas de primeras letras en los pueblos de indios; obstáculos que hasta aquí lo han impedido, y arbitrios para que removidas éstas, puedan lograr los naturales la conveniente instrucción recomendada por diferentes reales cédulas (alude á las de Carlos III).
Hombres como Villa Urrutia, Goicoechea, el Dr. Flores, el Dr. Rayón, Mociño, Longinos y otros sabios, pretendieron regenerar el país; pero ¿cuál sería su asombro y su dolor cuando después de enviar á España algunos de los trabajos presentados á los concursos, se recibió por toda respuesta la Real Cédula, que existe auténtica en el expediente, y que dice así: "Habiendo dado cuenta al rey de la memoria impresa, que acompañó V. S. á su carta de 3 de Junio último, escrita por el socio de mérito Fr. Antonio Muro del orden Bethlemítico, en la que intenta persuadir la utilidad y medios de que los indios y ladinos vistan y calcen á la española: ha resuelto S. M. por justas causas y consideraciones, que esa Sociedad Económica, de que V. S. es Director, cese enteramente en sus juntas, actos y ejercicios. Lo que de Real orden aviso á V. S., para que haciendo saber esta real resolución á los individuos que la componen, tenga cumplido efecto, avisando V. S. las resultas.—Dios guarde á V. S. muchos años. San Lorenzo, 23 de Noviembre de 1799.—Joseph Antonio de Caballero." El señor Villa Urrutia, que era el Director de la Sociedad Económica, sintió en el alma esta resolución, como lo expresa en una elocuente nota que dirigió al Capitán General y Gobernador, don José Domás y Valle. Así quedó disuelta la Sociedad Económica de Amigos del País, el 16 de Julio de 1800, y no volvió á restablecerse hasta 1811.
En cinco fojas útiles existe en el mismo Archivo que queda citado, una certificación del Juez Preventivo de San Agustín Acasaguastlán, del año 1798, en la que testifica que el Cura y Vicario don Tomás Calderón, tenía fundadas en dicho pueblo cinco escuelas de artes y oficios para varones, á saber: sastres, zapateros, herreros, pintores y canteros, á las que concurrían gustosos los indios; y pronto, dice, establecería una de mujeres. Además, certifica: que el mismo cura, con el objeto de estimular á los indios, había hecho grandes plantaciones de trigo y lino, en las montañas hacia el norte del pueblo.
Por ese tiempo se tomaba empeño en acrecentar la civilización de los indios, como puede notarse también por una memoria escrita por el Socio de la Económica, Dr. don Antonio García Redondo, sobre el fomento del cacao, el bienestar de los naturales y varios ramos agrícolas. Es de citarse igualmente, á tal respecto, la comunicación que dirigió Fr. José Muñoz, Guardián de Totonicapán, en la que da cuenta á la Sociedad Económica de hallarse vestidos á la española varios indígenas, traje que hasta hoy conservan muchos de ese pueblo.
Pero, ni los esfuerzos de aquella patriótica institución, ni las sugestiones del Real Consulado de Comercio del reino de Guatemala á las Cortes Españolas, de las cuales hablé largamente en el capítulo V de la segunda parte, pudieron dar resultados en pro de los indios; porque las turbulencias en la misma España, los vaivenes políticos y la entronización posterior del absolutismo, no dejaban lugar para promover la cultura de América. La feroz reacción que en un rapto de venganza, sumió á la heroica patria del Cid en hondo abismo; los destellos de la alborada de la independencia de Hispano-América en 1810, y los odios que se extremaban entre españoles peninsulares y americanos, no constituían por cierto propicias circunstancias para promover entonces la indiana civilización.
Por lo demás, la Sociedad Económica de Amigos de Guatemala, no sólo se interesó por la riqueza del país, fomentando la agricultura, la industria y las artes útiles, sino que más de una vez apuntó muchos de los errores tradicionales que en Guatemala subsistían. El sistema romano de la propiedad rural; las leyes que cohibían el dominio; el antiguo régimen hipotecario, las trabas impuestas á las enajenaciones; los censos; los bienes en común; las vinculaciones; y tantas otras rémoras al desarrollo agrícola, fueron censuradas muchas veces en las publicaciones de aquella asociación, á la cual tánto debe la República. Desde principios del siglo, se clamaba contra el pésimo sistema, heredado de España, de tener la tierra repartida en ejidos, sin que los indios contasen con propiedad particular, y poseyendo los pocos hacendados españoles áreas inmensas de centenares de caballerías sin cultivo. Lo que hace la división de labores en las artes—decía un periódico del año 1823—obra también en la agricultura la división de las tierras. Cuando los visigodos ocuparon á España, refiere Jovellanos, se adjudicaron los conquistadores los dos tercios de la tierra; y lo mismo parece haberse verificado en el continente americano por sus pacificadores. En los principios, se asignaron términos comunes á los concejos y lugares, y tierras en propiedad á los vecinos primígenas y colonos para sus sementeras y crianzas. Pero ya el Sr. Carlos V, en cédula de 1o de Noviembre de 1591, comunicada á este reino, advierte que los segundos habían ocupado la mejor y la mayor parte de toda la tierra, sin que los concejos é indios tengan lo que necesariamente han menester. "El Amigo de la Patria" en el número de 15 de Mayo de 1821, forma un estado comparativo de las tierras que poseían unos y otros, y deduce de él, que las tierras de los indios son un tercio de las tierras de los españoles y ladinos.[188]
Pero en realidad, la desamortización de la tierra, no se realizó sino hasta que se expidieron las leyes de redención de censos[189], de reducción á propiedad particular de los terrenos ejidales y supresión de cofradías y servicios parroquiales. Esas leyes afectaron naturalmente á los indios, sin ponerlos en aptitud de adquirir terrenos de propiedad particular, porque fueron los ladinos los que más compraron tierras y denunciaron ejidos.
La propiedad territorial en común, siempre fué sistema primitivo, que representa épocas de atraso y de pobreza, y que redundaba en mal de los mismos indígenas, en cuyo favor se debieron haber establecido facilidades para que adquirieran tierras, y no que después que ellos redimieron muchos terrenos, se los volvieron á quitar, con la mayor injusticia.
En el capítulo V de la 2.a parte de la presente obra, se hizo un estado prolijo y estadístico de los muchos gravámenes que, á raíz de la centuria actual, pesaban sobre los indios, y se apuntaron los innumerables abusos de que eran víctimas, y que se vinieron á cortar por las disposiciones económicas de que se acaba de hacer mérito.
Harto falta por decretar en pro de los aborígenes, es verdad; pero no hay duda tampoco de que al desamortizarse el capital y la tierra, se dió un gran paso en favor de otro de los elementos de producción, que son los brazos.
Aún existen muchos pueblos numerosos de indígenas que viven primitivamente, con sus sementeras, bosques y prados en común, sin tener propiedad particular, ni darle importancia al individuo, sino solamente á la colectividad. Refractarios al roce con las demás clases sociales; aferrados á sus usos y costumbres; hablando solamente lenguas antiquísimas y aborígenes; se conservan, á uzanza asiática, separados de la civilización, si no por murallas materiales, sí por barreras de otro linaje, más difíciles de destruir por cierto, que las ciclópeas construcciones de los habitantes del celeste imperio.
No bastó, como se hizo por el decreto del gobierno de 31 de Octubre de 1851, recomendar á las autoridades subalternas que no vejasen á los indios, y que los consideraran como personas miserables, según las leyes de Indias, que por ese mismo decreto se mandaron observar en Guatemala. En vez de revivir el sistema español, que jamás dió personalidad á los aborígenes, ni trató de sacarlos de la tutoría ominosa en que vivieron, se hace preciso considerarlos como seres capaces de derechos y obligaciones civiles, que deben entrar á tomar parte en la gestión de la cosa pública. Hay que sacarlos de ese estado de parias, para que se conviertan en ciudadanos. Hay que atacar la propiedad en común, la sujeción abyecta de los indios á sus caciques; hay que enseñarles el español y las primeras letras; mejorar su agricultura por métodos y máquinas usuales; hay que crearles necesidades, y hacer que paguen un impuesto moderado, para que sean elementos productivos al país. Pero de todo eso me debo ocupar en capítulo aparte, que vendrá á ser como corolario de las premisas que en las diversas secciones de esta obra he ido consignando. Una vez conocidos los vicios, fácil es poner remedio á ellos: hecho el diagnóstico de la enfermedad, no es difícil aplicar la medicina.[190]
SUMARIO
Inconvenientes que se atribuyen á la civilización.—Necesidad de que no se pierda en costumbres lo que se gana en adelanto material.—El progreso es ley del individuo y de las sociedades.—La civilización no debe desentenderse del elemento físico, moral é intelectual.—Divergencia de opiniones acerca de las causas que originan el progreso.—Teorías de Buckle, Darwin, Bahehot, Guizot, Balmes y Severo Catalina.—Carácter de la civilización antigua del continente americano.—La organización política de los virreinatos y capitanías generales de la América española, era un trasunto de la preexistente manera de ser de los indios.—Los indios son susceptibles de desenvolver su cultura y progreso.—Reseña de las principales poblaciones de indios de Guatemala, su número de habitantes, su agricultura, industria, comercio y demás cosas notables.—Los trabajos públicos en algunas poblaciones de la Verapaz y de los Altos han hecho emigrar á muchos indios.—Medios de evitar que se ahuyenten de los pueblos.—Cómo Napoleón III civilizó los pueblos de la Sologne y de los Landes, que estaban tan atrasados como los indios guatemaltecos.—Causas que se han opuesto al desarrollo de la cultura de éstos.—Falta de estímulos que han tenido y la abyección en que han estado.—Remedios contra ese obstáculo, y modos de removerlo.—Concursos regionales.—Los idiomas primitivos de los indios no los dejan progresar.—Opinión sobre ese punto del sabio don José Cecilio del Valle.—Lo que acerca de tales lenguas, pensaba Solórzano y Pereira.—Medios que pueden emplearse á fin de que todos los indios hablen castellano.—La tercera causa del estancamiento de los indios es que no tienen necesidades que los impulsen al trabajo y al mejoramiento de su condición.—La ignorancia en que vegetan obsta á su civilización.—El mundo antiguo se civilizó por castas privilegiadas, mientras que el mundo moderno se civilizó por la instrucción primaria, gratuita, obligatoria y práctica.—Cuál ha de ser el sistema de escuelas para los indios, que concilíe el instinto que ellos tienen de acostumbrar, desde niños, á sus hijos al trabajo.—Escuela Normal de indios.—Escuelas rurales.—Escuelas de Agricultura.—La embriaguez entre los indios.—Lo que de ellos dicen Acosta, Herrera y Garcilaso.—El Concilio Limense II y las cédulas reales que la reprimían.—Auto acordado de la Audiencia de Guatemala de 26 de Junio de 1793, sobre la ebriedad de los indios.—El pueblo de Santa Catarina Ixtahuacán y el de Nahualá no permiten licores embriagantes dentro de su demarcación territorial.—Lejos de fomentar la embriaguez debe reprimirse.—Bando célebre del año 1804, del Capitán General Mollinedo y Saravia contra las borracheras de los indios.—Medidas que á ese respecto deben tomarse.—La sexta causa de estacionamiento de los indios es la propiedad de tierras comunales.—Cómo debe fomentarse su agricultura.—Medidas que deben dictarse en orden á las industrias indígenas.—Opinión del ilustre D. Melchor Gaspar de Jovellanos, en cuanto á terrenos en común.—Lo que debe hacer el Gobierno á ese respecto.—Malos tratamientos dados á los indios y desprecio con que se les mira.—Sociedades protectoras de indios, que deben fundarse.—Los mandamientos deben suprimirse.—Debe crearse Jueces de Agricultura.—La 9a causa del poco progreso de los indios es su pereza é indolencia.—Causas que las han producido y medios de combatirlas.—Las colectividades concentradas de los pueblos indianos que viven aislados del resto de la sociedad, se oponen al avance de su civilización.—Esas masas humanas en América, al fin del siglo XIX, son anacronismos vivientes.—Hay que hacer por que entren en roce con los ladinos.—Lo que pasó en Chile y la Argentina respecto de esas agrupaciones precolombinas.—Leyes que deben dictarse.—Un Código Rural.—Lo que dice la escritora peruana Sra. Matto de Turner respecto á los aborígenes del Nuevo Mundo.—Las sombras de Colón y Las Casas demandan que se les redima, ampare y civilice.
Decía Chateaubriand que se pierde en costumbres lo que se gana en luces, y que éstas parecen de tal suerte colocadas por la naturaleza, que las unas se corrompen siempre en favor del engrandecimiento de las otras, cual si la balanza estuviese destinada á hacer imposible la perfección entre los hombres. Los griegos al civilizarse, perdieron la pureza de costumbres. ¡Felices si no hubieran trocado las virtudes que los salvaron de Jerjes, por los vicios que los pusieron en manos de Filipo!
Y muchos, entre nosotros, aun sin saber esa cita histórica, sostienen que los indios hoy, en su rudeza, están mejor que si se les saca de ella; porque, al civilizarse, tendrán todos los defectos del ladino y las malas condiciones del aborigen, con los achaques consiguientes á las nuevas necesidades que se les producen. La civilización, dicen, á la par que fomenta las artes y la industria; que perfecciona, propaga y generaliza los objetos de comodidad y lujo, dando brillo y esplendor á la sociedad; desarrolla el deseo de adquirir, hace que la pasión del lujo se encienda, y que todo se sujete al cálculo frío y á la ley del oro. Si los indios se civilizan serán menos morigerados y menos dichosos, exclaman aquellos que cifran la moral en lo primitivo de la vida, y la dicha suprema en acercarse más al bruto.
Sin negar que la refinada civilización de los pueblos modernos, de Europa sobre todo, produce ciertas excrecencias, si se puede decir así, es evidente que las costumbres, el carácter y la ventura de las naciones y de los individuos, ganan con la civilización. Lo que se hace preciso, y no debe olvidarse en cuanto á los indios, es que, al procurar civilizarlos, ha de tratarse de moralizarlos, de que no pierdan en costumbres lo que ganen en adelanto material.
Los que cifran la civilización sólo en el goce propio, y dicen como el célebre orador revolucionario, que la sociedad humana no es más que una guerra de astucia, en la que la fortuna es la regla de lo justo, la probidad un negocio de placer ó de decoro, y el mundo el patrimonio de los bribones más diestros; los que, cual Hobbes, proclaman el egoísmo, como regla de conducta, no comprenden que la base de la civilización es la moral sublime que predica la caridad y el desprendimiento. Sin el altruismo no puede subsistir la sociedad. El progreso es ley del individuo y de los pueblos; pero no cabe progreso verdadero y que produzca bienestar social, si no se forman costumbres puras. En cada sér viviente hay fuerza misteriosa de crecimiento; en todas las agregaciones de seres animados, existe un elemento de contínuo desarrollo, bajo condiciones favorables, en lo físico y en lo moral. Todo nuestro progreso, al sentir de Emerson, consiste en el desenvolvimiento ordenado, que se asemeja al paulatino crecer del botón, que se vuelve flor, para dar fruto.
En lo material, el hombre se halla sujeto á leyes físicas; en lo mental á preceptos que rigen el entendimiento; en lo moral á reglas que estatuyen lo que es bueno. La civilización no debe desentenderse de ninguno de esos tres elementos esenciales. La sociología los estudia y toma en cuenta.
Empero, no estan de acuerdo los pensadores acerca de las causas que originan el fenómeno del progreso.[191] Los unos buscan en lo intelectual el germen del desarrollo externo; los otros cifran en el elemento del alma, el vital principio del progreso, y atribuyen á la religión todos los beneficios del esparcimiento de las luces; éste, hace consistir el fundamento de su teoría en la moral innata; el otro, en las fuerzas de la naturaleza y en el destino del hombre. Autores hay que profesan el principio de que las causas morales producen las físicas; al paso que no faltan filósofos que piensan que las causas físicas engendran las morales.
Así, Mr. Buckle procura demostrar que el desarrollo del hombre es del todo proveniente de los elementos físicos que lo rodean. Darwin establece la evolución, por transmutarse el sistema nervioso de padres á hijos. Bahehot contempla esa fuerza natural que, de edad en edad, va creando la civilización, como una cinta de colores, que cada vez recibe más obscuros tintes, por la agregación sucesiva de fuerzas. Guizot y Didón atribuyen al cristianismo la actual moderna cultura. Balmes y Severo Catalina quieren que el Pontificado Romano sea el centro de las fuerzas morales, que han hecho crecer á los pueblos.[192]
Cuestiones son éstas, que se ven al trasluz de las ideas y preocupaciones de cada cual; pero que demuestran en todo caso que la fórmula del progreso es complicada, y que, al tratarse de la civilización de una colectividad, se han de aprovechar todos los elementos, en el orden material, intelectual y moral.
Viniendo ya al punto del mayor avance de la civilización de nuestros indios, cabe observar que la cultura aborigen se perdió por completo. Los quichés y cackchiqueles revelan su pasada grandeza; pero no dan muestra hoy de ella,[193] porque la más leve chispa de desenvolvimiento de esa raza alarmaba á los conquistadores. Que hay gérmenes de perfectibilidad en esos pueblos, lo prueba su misma historia. Lo que se necesita es que se desarrollen y fecunden. Los abona la tradición de lo que fueron; les son favorables los elementos físicos del suelo en que viven; pero hay que poner los medios para que dejen ese sistema de comunidad; ese traje común é invariable; ese alimento bárbaro de totopoxte y chile; esas lenguas antediluvianas; ese rancho agreste, mansión primitiva y rústica; en una palabra, hay que sacar á los indios de la manera de ser que tienen, estancada y oriental.
La organización de los virreinatos y de las capitanías generales de la América española, se basó en la preexistente manera de gobernarse que los mismos indios tenían. Ora formaron comunismos teocráticos, no ya en favor del régulo, sino en pro del fraile ó del encomendero; ora el socialismo gubernativo de las tribus se explotaba por medio de los mismos señores principales indios, en favor del conquistador ó del cura; ora la plebe indiana, cual rebaño de carneros, era dominada, primero por sus caciques, luego por los gobernadores, en seguida por los magistrados de las Audiencias y Presidentes ó Virreyes, mientras allá en España, dictaban leyes los monarcas iberos, con todo el aparato del Consejo de las Indias. Así nunca hubieran los aborígenes podido mejorar de condición; no obstante los más filantrópicos deseos de Doña Isabel la Católica y todos sus sucesores regios.
Después de la independencia de los Estados hispano americanos, puede asegurarse que los indios siguieron casi lo mismo que antes, ya de instrumentos de algún jefe militar afortunado; ya sirviendo de acémilas para conducir mercaderías ó bagaje de guerra; ya explotados por algún sátrapa de la canalla, de esos que el viento revolucionario ha solido convertir en mandarines de facciones y promovedores de bochinches;—bien que con el roce que han tenido los aborígenes con los ladinos, muchos de aquellos han salido de su antigua condición, en Méjico, Centro América, el Ecuador, Venezuela, Colombia, Perú, Paraguay y Bolivia, en donde una parte de la población civilizada es de raza indiana, más ó menos pura.
No puede, pues, revocarse á duda que son los indios muy susceptibles de desenvolver su civilización y acrecentar su progreso. No será la generación presente de los aborígenes, la que pueda entrar de lleno en el estado de cultura que se apetece; pero las generaciones nuevas, tiernas y flexibles, se acomodarán á las exigencias del siglo y á las nobles aspiraciones de los que filantrópicamente se empeñan por el bien de los aborígenes y el engrandecimiento de Guatemala. Véase, si nó, cómo pueblos extensos de indios ya se confundieron con el resto de la gente ladina. No hace muchos años que en Jocotenango, existía una numerosa población de aborígenes, vestidos á usanza indiana, hablando su primitiva lengua, y formando una villa con sus justicias, su templo, su cementerio y su cárcel. Hoy los hijos de esos jocotecos son casi todos albañiles, y ya salieron de su condición de indios, volviéndose ladinos, olvidando su lengua y vistiéndose como las gentes del pueblo. Cuando uno va á pasear por ese barrio de la capital, con dirección al Hipódromo, apenas recuerda que cerca de la altísima ceiba que está junto á la antigua fuente, hubo una iglesia y un camposanto, de un pueblo numeroso de indios puros.
El hombre es como el diamante, que se pulimenta con el roce. Inmediatos á esta capital, los jocotecos acabaron por amalgamarse con el pueblo ladino; y así, de esa suerte, viene sucediendo con casi todos los pueblos cercanos á los centros de riqueza. La civilización es contagiosa y se expande é infiltra á las gentes que se hallan más próximas á los focos de cultura y comercio.
El pueblo de Mixco, de donde vienen nodrizas á servir á las casas acomodadas de esta capital, ya está bastante civilizado, y acabará por tener los usos y costumbres de la gente ladina.
Si se fija la vista en los indios de la Verapaz, de esa zona tan rica de la república, que en sus nueve décimas partes está poblada por aborígenes, se notará que tienen buena índole, y que si en algunos puntos reinan preocupaciones de castas, debe atribuirse á ciertos ladinos que se han establecido en medio de ellos, dándoles malos ejemplos. "Los naturales de San Juan Chamelco, el pueblo más antiguo de la Alta Verapaz, hacen el comercio de loza inglesa, que van á comprar á Izabal, y que llevan á la capital, al Salvador y á otros puntos remotos, trayendo á su regreso efectos de aquellos lugares. Los de Rabinal vienen á la capital y á Chiquimulilla, donde se abastecen de sal: los de Cahabón traen algodón y cacao, que van expendiendo hasta Guatemala: los sampedranos viajan por la costa E. de Verapaz, donde tienen sus milperías y sus crianzas de cerdos, cosechan cacao y zarzaparrilla: van á las salinas de los Nueve Cerros, al Petén, etc. Los tactiqueños, generalmente cargadores, trafican desde Telemán y Panzós hasta Guatemala y los Altos: los indios de San Cristóbal y Santa Cruz, venden en toda la república lazos, redes, suyacales, huevos, etc. En fin, los de Cobán son algo más sedentarios; con todo, algunos de esos indios son nómades, y muchos de esos pueblos proveen de brazos á las doscientas fincas de café, que cuentan con tres millones y medio de árboles.
"Poco tiempo después de su establecimiento en la Verapaz, los domínicos, con el doble objeto de completar la educación religiosa de los indios y de reunirlos en las ciudades recién formadas, instituyeron varias cofradías, y he aquí el origen del gran número de estas asociaciones religiosas.
"Ocioso me parece entrar en pormenores acerca de los gastos y varios otros compromisos á que están sujetos todos los individuos de una cofradía; y son muchos los indígenas que, para evitar se les nombre mayordomos, prefieren abandonar sus casas é internarse en las montañas. Es mayor del que se piensa el número de los que se han desterrado voluntariamente[194]. Hay también que advertir, que algunos mayordomos de cofradía, que no son muy buenos administradores, por lo menos, tienen á veces que vender sus animales y hasta su casa, cuando se trata de celebrar la festividad de algún santo.
"He dicho que algunos indios son nómades, y esto es tan exacto, que durante la mayor parte del año, no se encuentra en el pueblo de San Pedro Carchá (el más numeroso de la Alta Verapaz, que hoy tiene 4,500 habitantes), sino la décima parte de ellos. Casi todos viven en sus milperías, las cuales distan hasta treinta leguas de San Pedro. Es bien sabido que los indios de ese pueblo en la Alta Verapaz y los de Santa Catarina Ixtahuacán en los Altos, no cesan de pedir tierras, y tratan de invadir constantemente terrenos ajenos. En la fiesta titular de Carchá (29 de junio) se puede juzgar del número de los sampedranos, porque entonces van á celebrar la fiesta del Patrón, consumiendo en menos de seis días, cerca de dos mil quinientas arrobas de aguardiente flojo, de mal gusto, entregándose á los regocijos semirreligiosos, que se resienten de antiguas costumbres, á zarabandas, bailes, etc. Escogen estos días para traer de la montaña á los niños, á fin de hacerlos bautizar: el número de bautizmos asciende á veces á más de ciento en un sólo día; y también traen á los moribundos para que el padre les administre los últimos sacramentos. La disminución de un pueblo que tuvo más de veinte mil almas, y el haberse dispersado en las montañas, es sin duda un mal grave, que debiera remediarse por medio de la predicación, de la persuasión, de la instrucción pública, del establecimiento de un hospital, y de un asilo para los huérfanos y los impedidos. De esta diseminación resulta evidentemente el relajamiento de las buenas costumbres, la falta total de instrucción en los niños, y esa timidez casi salvaje que se nota entre muchos indios, pues en los caminos reales se ve frecuentemente á las mujeres huir de la vista de un pasajero, esconder sus niños y ocultarse en el monte, hasta que ha desaparecido el español.
"Estos pormenores tienen su significación, y por eso los refiero aquí sin exagerar nada, y con el verdadero pesar que producen á todo aquel que abriga simpatías por la desgraciada raza indígena.
"Los trabajos públicos emprendidos en una grande escala, de algunos años acá, en los pueblos de la Verapaz, han ahuyentado á muchos indígenas, porque no se les da salario ninguno. De ahí resulta que cuesta trabajo conseguir peones para el servicio de las fincas, que muchas veces los mozos pagados anticipadamente, según la costumbre, por los empresarios de cafetales, están ocupados por la municipalidad del lugar, que no concede á las empresas toda la importancia que tienen, y no preve que el engrandecimiento de esos pueblos está fundado en la protección que dé á la agricultura. Es, pues, necesario tratar de hacer cesar dichos inconvenientes, nombrando ad hoc Jueces de Agricultura, encargados de sistemar el trabajo de los mozos, conciliando á la vez los intereses del pueblo y los de los agricultores, que gastan cuantiosas sumas para dar al país un importantísimo ramo de importación. Muchos son hoy día los empresarios que, alhagados por el número de brazos, la feracidad del suelo, la proximidad de la Alta Verapaz á los puertos del Atlántico, y por el decidido empeño del supremo gobierno en el cultivo del café, expresan los mismos deseos. Los Jueces de Agricultura, bien organizados, debían existir en toda la república.
"Uno de los medios que debe contribuir, con el tiempo, á impedir la inmigración de los indios á las montañas, consistirá en el cultivo del trigo, que se da en las partes frías próximas á los pueblos. Este cultivo dará á los terrenos un valor más grande, proporcionará á los cultivadores un punto de venta seguro y lucrativo, y mejorando la alimentación de estos pueblos, introducirá el bienestar poco á poco entre ellos. Al lado del trigo, se podrán cultivar las papas, que se dan durante todo el año en la Alta Verapaz, y suministran un alimento sano y nutritivo. El cacahuete, manilla ó cacao de la tierra, es otro cultivo importante, del cual pocas personas se forman una idea exacta. El cacahuete necesita muy pocos trabajos, y produce más que cualquiera otra clase de plantas; las matas secas arrancadas en tiempo de la cosecha, forman el mejor pasto que se pueda dar á los ganados; la almendra subterránea que se saca del suelo como las papas, es un verdadero frijol aceitoso, es decir, un alimento de primer orden: da un 40 p.% de un aceite exquisito, tanto para comer, como para quemar, hacer jabón etc. El residuo de la preparación, harto fácil, de este aceite, es el mejor alimento que se pueda dar á los cerdos y á las aves domésticas. En fin, el cacahuete da su cosecha á los seis meses, crece en los terrenos más arenosos, en tierra caliente, templada y fría. En Cobán esta planta prospera de un modo extraordinario.
"En lugar de un cafetal de comunidad, como el que hubo en Cobán, sería preferible una Escuela Municipal de Agricultura: que en un terreno adecuado, la municipalidad enseñara á los indios el cultivo del trigo, de las papas, de la manilla, del lino, de las abejas, y que distribuyera al fin del año á los más inteligentes, semillas para su reproducción, útiles nuevos de labranza, instrumentos de música europeos, premiando cada año en una junta solemne, los esfuerzos de los colonos, y distribuyendo también recompensas á los servidores constantes y probos que se le designasen en todas las fincas. Acaso los empresarios de cafetales contribuirían con gusto á los gastos que demandase semejante institución.
"Por medios análogos se ha mejorado de un modo incontestable la situación moral y física de algunos pueblos de Francia, los cuales no vacilo en decirlo, eran tan atrasados como los de la Verapaz, y acaso más miserables. Napoleón III, realizó semejantes proyectos, reputados poco antes de él como sueños, utopías, ideas comunistas. Así es que la memoria de este monarca, á pesar de sus errores, vivirá eternamente grabada en el corazón de los pueblos de la Sologne y de los Landes."[195]
Los indios de los Altos, de esa parte tan rica de Guatemala, son trabajadores, industriosos y pacíficos. Hay poblaciones como San Pedro Sacatepéquez, con cinco mil indígenas, en una ventajosa posición topográfica, á una milla de San Marcos, con buenos edificios públicos, con muchas fuentes de uso común, con calles rectas y con floreciente agricultura. Sus pobladores cultivan los cereales y fabrican bellos cortes de enaguas, huepiles y fajas de hilo y seda. No faltan carpinteros, sastres, herreros y ladrilleros. Santo Tomás Chichicastenango, á cinco leguas de Santa Cruz Quiché, tiene veinte mil habitantes indígenas, que cultivan maíz, trigo y papas, hacen buenos tejidos de algodón, crían ganados y llevan una vida sobria y laboriosa. En esta ciudad se contemplan ruinas rodeadas de grandes fosos. Joyabaj con cinco mil pobladores, que pastorean ganados y siembran granos y frutas. Sacapulas, fundada por Fray Bartolomé de las Casas, cuenta con cinco mil habitantes, que elaboran sal, fabrican telas y siembran caña de azúcar, cacahuate (manillas), yuca, frijol y maíz. Nevaj, de cinco mil vecinos, que pasan la vida fabricando canastas de caña, objetos de jarcia, y sembrando cereales. San Miguel Uspantán, que tendrá tres mil habitantes, cuya industria principal consiste en fabricar sombreros de palma, esteras (petates), paraguas (suyacales) y escobas. Totonicapam, cabecera del departamento de este nombre, y ciudad de veintiséis mil habitantes, casi todos indios, se encuentra al pié de una elevada montaña, con clima benigno. Allí están todavía los descendientes de los tlascaltecas que trajo D. Pedro de Alvarado, y que tienen buenas fábricas de tejidos y alfarería. Es población industriosa y rica, á ocho mil setecientos piés sobre el nivel del mar, con casas buenas, provistas de agua potable. Momostenango, á unas siete leguas de dicha cabecera, es pueblo importante de agricultores, que emplean variados cultivos por la diversidad de climas. Los indios momostecos tienen particular veneración á un retrato de Diego Vicente, aborigen que construyó por su cuenta la iglesia parroquial. Santa María Chiquimula, con tres mil indígenas, que son comerciantes y peones agrícolas. San Cristóbal, compuesto de seis mil almas, con una antiquísima iglesia. Los indios de allí son tejedores, herreros, carpinteros, talabarteros, fabricantes de trastos de barro, marimbas y cohetes. Siembran trigo, maíz, habas, frijoles, arbejas, duraznos, manzanas, nueces y ciruelas. Panajachel, á orillas del pintoresco lago de ese nombre, produce arenas de plata, caparrosa, ocre y tiza. Se cultiva el frijol, el maíz y ricas legumbres. Esos indios son dados á la pesca y al tejido de telas de algodón. Tendrá ese precioso pueblo dos mil almas. Santiago Atitlán, con siete mil habitantes, que siembran cacao, café, maíz, frijol, chile y hortalizas. La industria se reduce á cuidar ganados y á pescar.—Santa Lucía Utatlán, en donde se hacen jabones, y se cultiva el trigo, el maíz, la linaza, la cebada y la avena. Nahualá, con veinte mil indígenas, en clima frío, que crían ganado lanar y siembran maíz y trigo. Los terrenos son quebrados, y la industria consiste en fabricar ropa de lana y curtir cueros. Santa Catarina Ixtahuacán, á ocho leguas de Sololá, con veinticinco mil habitantes, todos de raza primitiva americana, se dedican á criar obejas y carneros, á tejer sus ropas y á cultivar maíz, frijol, trigo y frutas. No admiten ladinos en su pueblo; no consienten estanquillos de aguardiente ni chicha; son bravos y crueles cuando se sublevan, pero respetuosos para con las autoridades y sumisos cuando los tratan con justicia. Es uno de los pueblos en que mejor se pueden estudiar las costumbres aborígenes.
Todavía hay en los Altos muchas otras poblaciones indígenas, aunque de menor importancia, que guardan reliquias de los tiempos precolombinos. Sería prolijo el enumerarlas todas.
En los departamentos del centro, existen también pueblos de indios, como Chinautla, con mil ochocientos habitantes, que se ocupan en alfarería y siembras de maíz; San Antonio La Paz, con mil, que siembran café y caña de azúcar; San Pedro las Huertas, á orillas de la capital de Guatemala, tiene unos quinientos habitantes aladinados, que cortan leña y siembran café, pasturas y hortalizas; San Juan Sacatepéquez, con quince mil pobladores, que labran madera, fabrican trastos de loza, siembran maíz y frijol, cuidan ganados y tejen jarcia; San José Nacahuil, con quinientos habitantes, de los cuales las mujeres tejen y los hombres cultivan la tierra; Mixco, á tres leguas y media de la capital, con ocho mil indios, que son agricultores por lo general, y fabrican utensilios y juguetes de barro. Las mujeres muelen maíz y hacen tortillas, ocupándose también de nodrizas en las casas de las personas acomodadas de la capital. San Raymundo, es otro pueblo de indios que está en el departamento de Guatemala, y tiene unos mil quinientos habitantes, que son agricultores, comerciantes, y algunos de ellos beneficiadores de cerdos; Palín, del departamento de Amatitlán, tiene como cuatro mil indios que cultivan frijol y frutas, y siembran caña de azúcar; San Vicente Pacaya, que tendrá mil habitantes que trabajan en siembras de café. Allí se encuentra una grandísima piedra tradicional llamada Doña María; flores grandes de madera muy curiosas y carbón mineral que arde perfectamente; Dueñas, en el departamento de Sacatepéquez, fué erigido por Alvarado, en el sitio en que había él dispuesto sembrar una milpa (maizal) para las viudas de los conquistadores. Está muy cerca de la Antigua ese bonito pueblo, al cual le asignan mil cuatrocientos indígenas. Los terrenos producen maíz, frijol, café y cochinilla. Alotenango, con mil quinientos habitantes, da buenas maderas, zarzaparrilla, granos y legumbres. Santa María, en las faldas del volcán, cuenta unos dos mil quinientos naturales, que se ocupan en faenas agrícolas, en tejer sus vestidos y en elaborar carbón. San Juan del Obispo, fundado por un virtuoso diocesano, apenas tiene ochocientos pobladores, y produce cochinilla, café, maíz y frijol. San Antonio, da maíz, café, frijol y garbanzos, y tiene unos mil indios, que no sólo trabajan la tierra sino que fabrican petates (esteras) y hacen ceñidores, fajas y huepiles. Santa Catarina, que fué fundado por Ignacio Bobadilla, y que hoy cuenta como mil habitantes, cuya industria principal consiste en tejer cotones y ceñidores. San Andrés, San Lorenzo, Santiago, Magdalena, Santo Tomás, San Miguelito, San Mateo, San Lucas, Sumpango, San Bartolomé, Xenacó, Jocotenango, Pastores, son otros tantos pueblos que rodean la antigua capital del histórico reino de Guatemala, y que á fuerza del contacto con gente civilizada, se van aladinando poco á poco. En Chimaltenango está Tecpán Guatemala, que tendrá fuera de los ladinos, unos cinco mil indios, que fabrican telas y crían ganados; Patzún, con buenas minas y plantaciones de café, produce también trigo, maíz y frijol; Comalapa, de unos tres mil pobladores, da también trigo y cereales, siendo su industria de tejidos de huepiles y zutes (paños).
En el oriente de la república de Guatemala hay uno que otro pueblo de indios; pero ya hoy están casi todos aladinados.
En el Petén cuéntanse varias poblaciones indígenas y existen los lacandones, que no tienen por cierto la ferocidad que se les atribuye. Son unos doscientos aborígenes, en la parte del territorio de Guatemala, que se conservan independientes sobre las márgenes del Usumacinta. Los indios de Izabal se encuentran por Cahabón, Chajal y otros puntos.
Con vista de esta breve reseña, se comprende que existen aún muchas poblaciones de indígenas; pero se hace preciso advertir que entre ellas las hay de pura raza, como Santa Catarina Ixtahuacán; mientras que otras se hallan mezcladas de ladinos é indios. En unas, soló se hablan las antiguas lenguas quiché, cackchiquel, zutujil etc.; en otras, prevalece el español adulterado.
De todos modos, para poder establecer cuáles sean los medios más eficaces á fin de lograr el mayor avance en la civilización de los indios, se hace necesario inquirir qué causas son las que se han opuesto á que se desarrollen y progresen. De la misma historia de esa desgraciada raza, resultan las siguientes.
La falta de estímulos que han tenido y la abyección en que de antaño han estado. Desde el primer día de la conquista, fueron reputados, ora por irracionales; ora por hombres nacidos como siervos á natura; ora por instrumentos de hacer riquezas; ora por personas miserables, en tutela perpetua; ora por seres inferiores, en todo y por todo, al español. El indio, á su vez, al cabo de tres siglos de opresión y abusos, volvióse suspicaz, taciturno y triste. Hoy mismo, decirle á uno ¡indio! es una injuria ó expresión despectiva, que significa rudo, montaraz, bestia de carga.
El indio carece del estímulo de mejorar su propia condición, estímulo que impele á otras razas á emprender obras que requieren atención y fuerza de voluntad: habituado durante siglos á no ejercitar su inteligencia, ni á concentrar su atención, los trabajos en que se emplea consisten en cargar grandes pesos, andar largas distancias, abrir zanjas en la tierra, ó cultivarla de una manera primitiva; alguna vez se dedica á alguna industria tosca, pero sin cambiar la forma, el gusto ó el material de los artefactos, continuando la rutina que siguieron sus antepasados; así fabrica tinajas, redes, petates, instrumentos músicos, exactamente iguales á los que fabricarían los antiguos aztecas, quichés y cackchiqueles. No parece que en su trabajo tomara parte la inteligencia, sino que obrara impelido por un mecanismo ó instinto semejante al pájaro, que contruye su nido igual á los nidos que millares de años antes formaron los pájaros de su especie. Convendría, pues, tratar de mejorar sus industrias, proporcionándoles modelos, elementos, utensilios etc. y premiando sus esfuerzos, en Concursos Regionales.
La separación de la gente de otra raza mantiene al indio en los hábitos que heredara de sus mayores: no conoce de la civilización sino sus defectos y sus vicios, y las violencias é injusticias que se le hacen sufrir, y por esto se reconcentra en sí mismo y se asocia únicamente con sus compañeros. Sacarlo, pues, de este aislamiento es un punto esencial para ponerlo en el camino de la mejora de sus hábitos: que tenga á la vista otras costumbres y otra manera de vivir más fácil y cómoda: que éntre en contacto con personas de miras más elevadas que las suyas, para que la imitación, que es natural en la especie humana, opere insensiblemente un cambio en su existencia. Mas por desgracia las personas que hoy tratan á los indios lo hacen con tal dureza y desprecio, que los alejan de sí y mantienen en ellos la desconfianza y el temor que concibieran por los conquistadores; si queremos pues, reformar á los indios, debemos comenzar por reformar nuestra conducta hacia ellos; nada importa que en la Constitución se les declare iguales á los demás guatemaltecos, si en la práctica se les considera poco menos que brutos.[196] Debe, por lo tanto, emitirse una Ley Protectora de Aborígenes.
El Gobierno, además, por medio de sus subordinados, debe emprender la cruzada de hacer que se trate bien á los indios, que se les estimule y levante. El periodismo, que es palanca poderosa, puede también popularizar las ideas redentoras de esa raza; y en los clubs y en la tribuna y en el púlpito, es dable hacer que la opinión se enderece en pro de los aborígenes, estableciéndose además Sociedades para su protección y fomento.[197]
La segunda causa que ha opuesto una barrera á la cultura indiana, son los idiomas primitivos, que mantienen á gran parte de los indios como sordo mudos respecto á la porción civilizada de la sociedad. Esas lenguas de los aborígenes impiden el contacto de la gente ladina con aquellas masas inertes y estacionarias, que se concentran en pueblos orientales; que ven con miedo y odio á los de otras razas que tantos males les han hecho. Sin hablar castellano los indios, no comprenden los beneficios de la civilización, y sí miran recelosos á los que consideran sus enemigos natos. El sabio Valle decía que esas lenguas aborígenes son el mayor obstáculo para que entren los indios á formar parte de la república. Desde el tiempo de la colonia, creyeron muchos que los idiomas primitivos debían sustituirse por el castellano, á efecto de que no permanecieran los pobladores de este suelo aislados de los españoles que venían del otro hemisferio. En el Supremo Consejo de las Indias, se discutió si sería mejor obligar á los aborígenes á hablar sólo castellano, de tal suerte que olvidasen sus lenguas, ó por el contrario, si debían los misioneros y catequistas aprenderlas, para hacerse entender de ellos. El Concilio Limense III, mandó que se les enseñasen las oraciones en sus idiomas y dialectos, sin obligarlos á aprender el castellano. Algunas cédulas é instrucciones recopiladas[198] dispusieron lo mismo, de acuerdo con la opinión de Acosta y Garcilaso. El célebre autor de la Política Indiana, Don Juan Solórzano y Pereira, distinguido catedrático de Salamanca, profundo legista, experto en letras sagradas y profanas, que había estado dieziocho años en Lima, de cuya Audiencia fué Oidor, y después miembro del Consejo de Indias; ese famoso doctor en leyes y cánones, dijo siempre la última palabra en la dirección de los asuntos coloniales, y opinaba que desde un principio se debió haber enseñado el español á los indios. He aquí las palabras del famoso autor de la obra "De Indiarum Jure, sive de Juxta Indiarum Occidentalium Inquisitione, Acquisitione et Retentione": "Pero, sin embargo de lo referido, dice, yo siempre me he inclinado más á la opinión contraria, y tengo para mí, que en los principios de las poblaciones de estas provincias de Indias, hubiera sido fácil y conveniente, haber obligado á todos los indios, que iban entrando en la Corona de España, á que aprendieran la lengua de ella, y que hoy aún será esto mucho más fácil y conveniente; porque, cuando en los viejos se diera alguna dificultad, no dejarán de aprender lo que bastara para entendernos: y en los muchachos y en los que después fuesen naciendo, no podía haber alguna, pues toman y aprenden con tanta facilidad, cuantas les quisieran enseñar, como lo dice Erasmo[199].
"Y así, en breve tiempo, estuviera corriente y entablado nuestro idioma ó lenguaje, y se olvidara de suerte el suyo, que ya no supiéramos cuál había sido; como lo experimentamos hoy en los indios que han quedado en la isla Española y sus adyacentes, aun sin haberse puesto cuidado en ello por nuestra parte, como lo advierte Bernardo de Aldrete[200].
"Añadiendo luego el ejemplo de nosotros los españoles, que en siendo juzgados y gobernados por los romanos, comenzamos, ya voluntaria, ya forzosamente á hablar su lengua, de suerte que dejamos y olvidamos la propia, y antigua nuestra, en tanto grado, que no ha habido quien con certeza pueda averiguar ni decir cuál era la que teníamos, aunque han trabajado mucho en inquirirlo doctos varones[201]"
¿Qué sería de los indios, en la época presente, si desde el principio de la conquista, ó por el tiempo en que escribía Solórzano Pereira, en el año 1629, se les hubiera enseñado á hablar español? Fácil es comprender que actualmente se hallarían confundidos con el resto del pueblo, vestidos del mismo modo, y no formando esas agrupaciones como galvanizadas, y hoy tan incultas como hace trescientos años.
Cumple, pues, poner todo empeño, y emplear cuantos medios sean posibles, para hacer que los indios hablen español y se rocen con los ladinos.[202] Oblíguese á los indios á asistir á las escuelas en donde se les enseñe el español, y establézcase que los municipales y todos los que ejerzan cargos deban saber el castellano, exonerándose á los que lo hablen y vistan como ladinos, del tributo moderado que deben pagar, para invertirse en su propia educación y mejora.
La tercera causa del estancamiento en que se encuentran los indios es que no tienen necesidades que los impulsen á progresar, ni á salir de esa vida de atonía, semiprimitiva y semibárbara. Con un pobre rancho, sin tener ni cama, ni mueblaje, sino una hamaca ó un tapexco, y una piedra de moler, vive el aborigen una vida improductiva y monótona, que no puede entrar en el carril del movimiento progresivo. La idea de la Sociedad Económica, expuesta y demostrada por Fr. Matías Córdoba y el P. Muro, de procurar que los indios calcen y vistan como los ladinos contribuiría á crearles necesidades, que son aguijón para el trabajo, y que acrecentarían la riqueza nacional.[203] Dice Buffon que se deben considerar los vestidos como parte de nuestro sér, y que hasta los trajes influyen en las costumbres de los hombres. Se hace preciso también que los indios paguen una contribución equitativa para los gastos que, en pro de ellos mismos, hará el Estado. En vez de tanta exacción en cofradías, servicios parroquiales y otros tequios, bien pudiera hacerse que de un modo prudente contribuyeran en algo los indios, salvo los que comprobasen que trabajan como colonos ó jornaleros contratados en las fincas, para estimular á la vez la agricultura.
La ignorancia en que perpetuamente ha estado sumida la pobre raza indiana, es la cuarta causa de ese estado de salvajez en que vegeta. Si la civilización significa adelanto, luz, progreso; ¿qué progreso, ni qué luz, ni qué adelanto, caben en esos pueblos estacionarios, que nada comprenden de su pasado, ni se preocupan por su porvenir? El hombre que no lee, ni escribe, no puede ponerse en contacto con el mundo culto. Nace y muere en breves años, sin ver más que lo que abarcan sus ojos, sin otro horizonte que el de una existencia material y tosca, sin otra aspiración que la de vegetar, sin ningún ideal generoso y expansivo.
Si en Europa y Estados Unidos el pueblo es civilizado, débelo á las escuelas primarias, que bajo métodos propios esparcen y siembran los conocimientos necesarios para que la inteligencia se desarrolle y el espíritu se cultive. Las escuelas, son la base de la prosperidad y de la república en Norte América. Si en pocos años han conseguido en la patria de Wáshington el estado de grandeza y libertad, que al mundo asombra, es á causa del sistema de pública enseñanza, gratuita, obligatoria y esencialmente práctica.
El mundo antiguo se civilizó por medio de castas privilegiadas. El mundo moderno se ha civilizado, merced á la instrucción popular, que funde en un solo pensamiento á la colectividad, esparciendo á la vez el bienestar general. La difusión de los medios de desenvolver las aptitudes particulares, hace que una colectividad pueda aprovecharse de los recursos acumulados de la civilización. Leibnitz decía: refórmese la educación y se reformará el mundo.
Digámoslo de una vez. Instrucción primaria, práctica y educativa, es la que se necesita para esas masas de indios rezagados, que constituyen una verdadera rémora para el adelanto del país. Sí se han hecho esfuerzos en favor de la instrucción, entre nosotros, pero no se ha hecho lo bastante. Antes de ahora, multiplicábanse las escuelas, sin verdaderos maestros y sin elementos. Un pobre hombre que ganaba veinte pesos mensuales, como preceptor, teniendo familia, y á quien se solía adeudar seis meses de sueldo ¿qué podía hacer?
Que haya escuelas para los indios, á las cuales se les atraiga, y se verá cuán presto se siembran las semillas de la cultura y del adelanto entre ellos. Las generaciones venideras recogerán el fruto de lo que se plante, por una mano liberal y benéfica, en ese sentido.
Los asilos de maternidad, en los que al propio tiempo que se establezcan enseñanzas adecuadas para párvulos, se alivie á las madres, siquiera durante las horas del trabajo material, del cuidado de sus hijos; los hospitales para enfermos desvalidos, regentados por Hermanas de la Caridad, no sólo mitigarían en esos pueblos de aborígenes incultos, las necesidades impuestas por la desgracia y la pobreza, sino que á la vez serían medios eficaces de suavizar las costumbres y morigerar á aquellos desgraciados.
¡Hágase un esfuerzo en pro de los indios, y se mejorará su condición. Querer es poder!
La instrucción primaria debe ser obligatoria entre los indios; pero cuidando de que no pasen de tres las horas de escuela, á fin de que no impidan á los indizuelos dedicarse á ayudar á sus padres en el campo ó en las faenas de la casa. No hay que contrariar al indio, que quiere que sus hijos se acostumbren desde niños al trabajo material, para que después no se les haga insoportable, ni deben sobrecargarse los ramos de enseñanza, sino limitarse á lo más necesario.
Se puede obligar á los indios á mandar á sus hijos á las escuelas, imponiendo penas á los que no lo hagan, y exonerando además, de la contribución, al que compruebe que va durante dos horas á la escuela nocturna de primeras letras, ó tiene dos hijos por lo menos en las escuelas diurnas. Las nocturnas serán para adultos.
Es indispensable crear una Escuela Normal para maestros indígenas, en donde aprendan bien castellano y los ramos de la enseñanza que deben impartir á los de su raza. Con elementos asimilables es como mejor se hace cundir la civilización. Sería muy conveniente establecer Escuelas Rurales de primeras letras en los caseríos aislados, y Escuelas de Agricultura en los principales departamentos.
El vicio más dominante entre la raza indígena es el de la embriaguez. Este vicio embrutecedor es la quinta causa que influye muy particularmente en el abandono y estulticia en que se hallan los descendientes de los primitivos pobladores del suelo americano. Basta visitar, por modo rápido, algunos pueblos de indios para persuadirse de que la chicha y el aguardiente son elementos de destrucción, de pobreza y abatimiento para los desgraciados aborígenes. Desde el tiempo en que el famoso Solórzano y Pereira escribió la Política Indiana[204] notábase que la borrachera érales á los indios tan dañosa, que podía asegurarse que más habían muerto del abuso de los licores que de las guerras y las pestes. Acosta, Herrera y Garcilaso refieren las clases de bebidas que usaban, y explican también lo propensos que son los indios á embriagarse.[205] El Concilio Limense II y muchas cédulas reales, prescribieron que cuidasen las autoridades de impedir las borracheras de los indios, dejando que, durante los días de fiesta se recreasen en diversiones honestas; pero todo eso se quedaba escrito, porque lo mismo entonces que después, esos infelices han consumido el fruto de su trabajo y sus enervadas fuerzas en la chicha y el aguardiente.[206].
Los propios indios comprenden cuan perjudicial es para ellos semejante vicio, y ha habido pueblos, como el de Nahualá y el de Santa Catarina, que solicitaron, mucho tiempo hace, pagar una cuota á la hacienda pública, con tal de que no hubiera ningún estanquillo dentro de su población. El indio que llegaba ebrio, sufría veinticinco azotes, en cuanto le pasaba la beodez.
El mal depende de que siendo la renta de licores una de las más pingües del erario nacional, están interesadas las mismas autoridades en que haya mucho consumo de licores, y no persiguen tanto como debieran la embriaguez. Mientras más cunda el vicio, más crece la renta, y más aumenta la desmoralización y la vagancia, y más enfermedades resultan, y más se deterioran las razas, y más disminuye la población, y más se amengua la riqueza pública. Esta es una verdad palmaria. Si no se pone remedio á semejante plaga, las consecuencias serán funestísimas.
Estúdiese la estadística criminal, y se verá que un setenta y cinco por ciento delinque en estado de embriaguez, y que es muy raro que los indios cometan un crimen, á no ser impulsados por el licor.[207] Están, pues, interesadas la moral, la economía política y la higiene pública, en perseguir semejante vicio. No cabe civilización, ni progreso, ni nada, en donde el pobre campesino y el fatigado industrial consumen sus ahorros en acrecentar la renta de licores embriagantes. El termómetro más exacto del mal estado de un pueblo, es el rápido y crecido desarrollo de esa renta, amasada con lágrimas y crímenes, consecuencia ineludible del aumento de la embriaguez. A cada paso, en la aldea más miserable, en el cortijo más remoto, se encuentra la chichería y el estanquillo, en donde debiera estar la escuela pública, la granja modelo, la caja de ahorros, el hospital, la casa de huérfanos, el asilo maternal, y tántos otros establecimientos que civilizan, y mitigan los odios y celos de las clases proletarias contra las acomodadas y ricas. Si la Caridad y la Filantropía se ostentaran ahí, en vez de Baco y Venus, cuán diferente fuera la suerte de nuestros pueblos.[208]
Es visto, por lo dicho larga y prolijamente en los capítulos anteriores, que la propiedad en común de las tierras que los indios han tenido, constituye una rémora grandísima á su riqueza, desarrollo y cultura. Desde que el sabio don Melchor Gaspar de Jovellanos emitió su célebre informe sobre la Ley Agraria, demostrando cuán funesto era el sistema de baldíos, tierras de comunidad, estancamiento de grandes terrenos en pocas manos privilegiadas, mayorazgos y otras instituciones tradicionales, nadie puede poner en duda que las leyes españolas, que reglamentaban la agricultura y el dominio rural, eran de todo punto antieconómicas y nocivas.
Esas leyes, que constituían un sistema por demás absurdo, rigieron en las colonias; y á ellas se debe, en gran modo, el atraso en que se hallaban. Verdad es que la mayor parte han desaparecido en Guatemala, á impulsos de la reforma; pero no es menos cierto que todavía trabajan los indios en comunidad, y que ellos no han adquirido terrenos individual sino colectivamente.
La ley de redención de censos y la de denuncias de bienes ejidales, son, como ya se dijo, leyes muy beneficiosas al país; pero por lo que hace á los indios, en vez de haberles facilitado la adquisición de terrenos, no se ha hecho más que, á la sombra de ellas, extorsionarlos con exacciones ilegales y tributos extraordinarios, para dejarles, como por favor, algunos de sus terrenos. Cuántas veces, en tiempos pasados, ordenaba un jefe á un pueblo de indios que, si no pagaban unos cuantos miles de pesos, se procedería á despojarlos de sus tierras............
Los terrenos de Pamaxán y otros muchos, propios para café, han sido arrebatados á los indios, y en vez de dárselos á ellos mismos, en lotes particulares, que constituyesen su propiedad privada, se los han repartido unos cuantos que, á título de políticos de encrucijada ó estadistas de baratillo, se han hecho unos Cresos en pocos años.
El sistema ha sido quitar á los indios sus terrenos; obligarlos á trabajar como esclavos por medio de mandamientos; no pagarles por su rudo trabajo, en las fincas de ciertos potentados, más que un cuartillo de real diario; venderles á rodo chicha y aguardiente; mantenerlos en la más crasa estupidez; en una palabra, tratarlos peor que los tratara el férreo conquistador del siglo XVI ó el bárbaro encomendero de horca y cuchillo.
Hoy que el Gobierno trata de que se civilicen y mejoren de condición, preciso se hace remover de raíz los estorbos morales y materiales que á ello se oponen. Es menester procurar que los indios (si no todos, por lo menos los acomodados) tengan propiedades rústicas particulares, y que dejen de trabajar para el común, y de vivir como han vivido, á estilo oriental de tribus primitivas. Por medio de una ley, que al efecto se dictara, y con la cooperación de las autoridades departamentales, se lograría realizar ese objetivo, que es de la mayor importancia. Se podría distribuir por lotes algunos terrenos entre varios de los pueblos de indios, extendiéndose á cada indio agraciado el título de propiedad de su lote respectivo, que debería ser inscrito en el Registro, sin que pudiera enajenarlo ni gravarlo durante diez años, á fin de que no hubiese riesgo de que se lo arrebatase el ladino. El sistema de propiedad particular del suelo, dice Guizot, es eminentemente civilizador. Ya es tiempo de amparar los derechos de las dos terceras partes de la población de Guatemala, de la raza indígena, que ha vivido vilipendiada, arrojada de sus hogares y tierras, y sumida en oprobiosa servidumbre. "En esta parte, los principios de justicia van de acuerdo con los de la economía civil, y están confirmados por la experiencia. El aprecio de la propiedad es siempre la medida de su cuidado. El hombre la ama como una prenda de su subsistencia, porque vive de ella; como un objeto de su ambición, porque manda en ella; como un seguro de su duración, y si puede decirse así, como un anuncio de su inmortalidad, porque labra sobre ella la suerte de su descendencia. Por eso este amor es mirado como la fuente de toda buena industria, y á él se deben los prodigiosos adelantamientos que el ingenio y el trabajo han hecho en el arte de cultivar la tierra. De ahí es, que las leyes que protegen el aprovechamiento exclusivo de la propiedad, fortifican este amor; las que le comunican le amenguan y debilitan; aquéllas aguijan el interés individual, y éstas le entorpecen: las primeras son favorables, las segundas injustas y funestas al progreso de la agricultura."[209]
Los malos tratamientos dados á los indios por los ladinos, que se han creído superiores á ellos desde los primeros tiempos de la conquista; el haberlos considerado como bestias de carga; el haberlos visto con desprecio y crueldad, como si no fuesen hombres; el no haber hallado esos parias ningún amparo en las autoridades; el haberlos obligado á trabajar, como si fueran siervos, llevándolos á remotas distancias, cuando acaso su mujer ó sus hijos quedaban moribundos en el infeliz rancho; todo ello ha contribuído á apagar en esa raza digna de mejor suerte, hasta la esperanza de levantarse al nivel de la dignidad y de la civilización. Hay que trabajar con energía para que salga de la postración en que yace.[210]