Diciendo esto se retiró un poco hacia atrás hasta colocarse donde no pudiera oirnos, y allí tomó asiento en el tronco de uno de los abetos cortados y comenzó á silbar, girando en torno de su asiento una y otra con el objeto de vigilar tanto á mí y al Doctor, como á sus insubordinados secuaces de allá arriba que se ocupaban en ir de aquí para allá en la arena arreglando el fuego y yendo y viniendo á la cabaña de la cual sacaban tocino y pan para confeccionar su almuerzo.
—Conque sí, amiguito, díjome el Doctor en un tono triste, por fin ya estás aquí, ¿eh? Lo que has sembrado eso es lo que cosechas, muchacho. Bien sabe Dios que no me siento con la energía necesaria para reñirte en regla, pero no omitiré decirte esto, ya sea que te parezca suave ó duro: cuando el Capitán Smollet estaba bueno y sano jamás te atreviste á salirte, pero en cuanto que lo viste herido y que nada podía impedírtelo ¡por San Jorge! entonces te aprovechaste al punto. ¡Mira tú si conducta semejante no era ruin y cobarde!
Debo confesar que al oir esto me eché á llorar sin poderme contener. En cuanto pude hablar, dije:
—Doctor, Vd. puede disculparme; demasiados reproches me he hecho yo mismo; pero, como quiera que sea, mi vida está perdida, y ya hubiera yo muerto á la hora de esta á no ser porque Silver ha estado de mi parte, y—créame Vd. Doctor—yo puedo muy bien morir y aun me atrevo á decir que lo merezco, pero, francamente, la idea de ser torturado me aterroriza. Si, pues, llega el caso de que me den tormento...
—Jim, me interrumpió el Doctor, en una voz bastante cambiada ya; Jim, no puedo consentir en semejante idea. ¡Salta al punto este cercado y correremos hasta ponernos en salvo!
—Doctor, le dije, tengo empeñada mi palabra.
—Ya lo sé, ya lo sé, me replicó. No podemos evitar el faltar á ella, Jim. Yo asumo la responsabilidad del acto; toda sobre mí, hijo mío. Vergüenza ó castigo, yo me comprometo á sufrir lo que venga. Pero es imposible dejarte aquí. ¡Vamos! date prisa... ¡brinca! de un solo salto ya estarás al otro lado y te aseguro que correremos como antílopes.
—¡No!, le contesté. Vd. comprende bien que Vd. mismo sería incapaz de hacer lo que me aconseja; y como Vd., no lo harían ni el Caballero, ni el Capitán... Pues ni yo tampoco. Silver ha confiado en mí. Me ha dejado sin más lazo que la garantía de mi palabra... tengo, pues, que volver y volveré. Pero Vd. no me ha dejado terminar: si se llega el caso de que me den tormento, decía yo, podría suceder que se me escapara alguna confesión acerca del punto donde la goleta está ahora, puesto que yo he logrado capturarla, en parte por mi buena suerte y en parte arriesgándome un poco. La Española, Doctor, está en estos momentos en la Bahía Norte, hacia su playa meridional, precisamente abajo de la marca de la pleamar. Á media marea debe encontrársela alta y en seco.
—¡La goleta!, exclamó asombrado el Doctor.
Brevemente le referí mis aventuras de mar que él escuchó en silencio.
—Hay en esto una especie de hado misterioso, díjome cuando hube concluido. Á cada paso eres tú el destinado á salvar nuestras vidas. ¿Y puedes suponer, por tanto, que vamos á dejarte aquí á una perdición segura? Sería eso una gratitud de muy mala calidad, amigo Jim. Tú descubriste la conspiración; tú encontraste á Ben Gunn, hazaña la más notable que en tu vida has hecho y que harás aun cuando vivas más que Matusalém. ¡Oh! ¡por el cielo! y hablando de Ben Gunn, este es el daño personificado. ¡Silver!, gritó; ¡Silver!...
Y cuando el cocinero estuvo bastante cerca para poder oirlo, prosiguió.
—No tengan Vds. ninguna prisa respecto de este tesoro: es consejo que me permito dar á Vd.
—Puede Vd. creer, señor, contestó John, que hago todo cuanto está en mi mano para hacer tiempo. Pero tenga Vd. entendido que de emprender la descubierta del tal tesoro dependen mi vida y la de este muchacho; no hay que olvidarlo.
—En hora buena, Silver, replicó el Doctor. Si ello es así, daré todavía un paso más en mis advertencias: cuidado con un chubasco posible, cuando se encuentre.
—Doctor, dijo Silver, como de hombre á hombre debo decir á Vd. que sus palabras ó me dicen demasiado, ó bien poco. ¿Qué es lo que Vds. persiguen; por qué dejaron este reducto; por qué me dieron la carta; todo eso lo ignoro, ¿no es verdad? Y sin embargo, ya ve Vd. que sigo sus instrucciones á ojos cerrados sin haber recibido ni una sola palabra de esperanza. Pues bien, esto último es ya demasiado. Si no quiere Vd. decirme claramente qué es lo que Vd. quiere darme á entender, decláremelo así sin rodeos y le ofrezco á Vd. que al punto suelto el timón.
—No, contestó el Doctor. No tengo derecho de decir nada más: no es un secreto mío, Silver; que si lo fuera, le empeño á Vd. mi palabra de que lo diría. Sin embargo, me avanzo, en bien suyo, hasta donde creo que puedo atreverme, y un paso más todavía; porque me parece que el Capitán va á ajustarme la peluca si no me equivoco. Pero no importa: por primera vez, Silver, le doy á Vd. alguna esperanza; si ambos salimos vivos de esta lobera, le ofrezco á Vd. que, menos perjurar, haré cuanto esté en mi mano por salvarle.
La fisonomía de Silver radió con una expresión brillante.
—Si fuera Vd. mi madre, exclamó aquel hombre, no podría Vd. decir nada que me consolara más; estoy seguro.
—¡Bien!, esa es mi primera concesión, añadió el Doctor. La segunda es algo como un nuevo consejo: guarde Vd. á este muchacho muy cerca de sí, y si necesitare Vd. ayuda, no haga más que gritar. Yo voy á asegurársela á Vd., y eso mismo le probará que yo no hablo á la ventura. Adiós, Jim.
Diciendo esto, el Doctor Livesey me apretó la mano, al través de los mal unidos postes, hizo una inclinación á Silver y se alejó á paso vigoroso perdiéndose luego entre la arboleda.
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—JIM, díjome Silver en cuanto que estuvimos solos: si yo salvé tu vida, tú has salvado también la mía y te ofrezco no olvidarlo. Ya noté al Doctor urgiéndote para que te fugases; lo he visto de reojo, sí señor, y he visto que tú no has querido; lo he visto tan claro como si lo hubiera oído. Jim, esto debo abonártelo en cuenta. Desde que el primer ataque falló, este es el primer rayo de esperanza que me llega, y ese lo debo á tí. Ahora, bien, es ya tiempo de que nos pongamos en marcha en busca de ese tesoro, llevando pliegos cerrados, como quien dice; lo cual no es de mi gusto; pero sea como fuere, tú y yo debemos mantenernos siempre juntos, casi espalda con espalda, y yo te aseguro que salvaremos nuestros pescuezos, á despecho del hado y de la fortuna.
En aquel mismo instante un hombre nos dió voces desde arriba gritando que el almuerzo estaba listo; por lo cual, sin más deliberaciones, llegamos cerca de la hoguera y nos sentamos todos aquí y allá, sobre la arena, haciendo los honores al bizcocho y al tocino frito.
Habían encendido los piratas una hoguera capaz de asar un buey entero y verdadero; y esa hoguera se había puesto tan ardiente que no era posible acercársele, sino por el lado que soplaba el viento, y eso con bastantes precauciones. Con el mismo espíritu de desperdicio, á lo que supongo, habían cocinado una cantidad de carne, por lo menos, tres veces mayor de la que necesitábamos y podíamos comer, por lo cual uno de ellos, con una estúpida risotada arrojó á la hoguera todo cuanto quedó sobrante, atizándose en gran manera el fuego con este nuevo pábulo. Nunca en mi vida he visto hombres más descuidados del mañana; “mano á la boca” es lo único que puede describir su manera de ser y obrar. Con desperdicio de víveres y centinelas que se dormían, podían aquellos hombres estar buenos, quizás, para una escaramuza de momento y salir con bien en ella, pero era evidente que no servían en manera alguna para algo que se pareciese á una campaña prolongada.
El mismo Silver corriendo con su Capitán Flint posado en su hombro, no tenía una sola palabra de reproche para su falta de previsión y de cuidado. Y esto me sorprendió tanto más cuanto que me parecía que aquel hombre jamás se había mostrado tan astuto y marrullero como aquel día.
—¡Ah!, camarada, dijo: deben Vds. tenerse por muy felices con tener por Capitán á este Barbacoa para que piense en vez de Vds. con esta cabeza que Dios le ha dado. Ya he dado con lo que quería, prosiguió. Esas gentes tienen el buque ¿en dónde? aún no lo descubro; pero una vez que demos con la hucha, ya sabremos descubrirlo. Además, muchachos, nosotros tenemos los botes, es decir, les llevamos la ventaja.
Sobre este tema continuó disertando, sin esperar á que su boca estuviese libre de los tremendos bocados de tocino que se llevaba á ella. Esto sirvió para restablecer la esperanza y la fe de los piratas; pero yo en cambio tornándome desconfiado, sentí rebajarse mucho las que había cobrado, poco rato hacía.
—En cuanto á nuestro huésped, continuó, me parece que no volverá á tener otra conversación con aquellos á quienes tanto quiere. Ya he recibido mis pocas de noticias y gracias le sean dadas por ello; pero eso ya está hecho y pasado. Por ahora me lo llevo entre filas mientras dura nuestra busca del tesoro, pues creo que el guardarlo con nosotros es tanto como guardar oro molido, por “lo que pudiera suceder” ¿no es verdad? Pero una vez que tengamos el dinero y el navío—las dos cosas—y nos demos á la mar como buenos camaradas, entonces ¡qué! nos despediremos del Sr. Hawkins, sí señor, y le daremos su parte, sin que quepa la menor duda, agradeciéndole todos sus servicios y amabilidades para con sus amigos.
No era de sorprender que aquellos hombres estuvieran de buen humor; mas por lo que hace á mí me sentía terriblemente descorazonado. Me parecía que en el caso de que el proyecto que acababa de bosquejar pareciese factible; Silver, doblemente traidor, no vacilaría ciertamente en adoptarlo. En aquellos momentos tenía todavía un pie en cada campamento, pero no era de dudarse que preferiría la riqueza y la libertad, con los piratas, á la débil probabilidad de escapar al verdugo, lo cual era lo más que le esperaba de nuestro lado.
Pero aun suponiendo que los sucesos se presentaran de tal manera que aquel hombre se viese constreñido á guardar la fe del pacto con el Doctor Livesey; aun suponiendo esto, ¡qué peligro tan terrible no teníamos en frente! ¡qué momento tan crítico aquel en que las sospechas de sus secuaces y cómplices se trocaran en perfecta realidad! ¡qué lucha tan á muerte y tan desigual, la de cinco marineros vigorosos, ágiles y decididos, contra un viejo inválido y un débil niño!
Añádase á esta doble preocupación el misterio que aun envolvería, á mis ojos, la conducta de mis compañeros; su inexplicable abandono de la estacada; su no menos extraña cesión del mapa de Flint, ó, lo que todavía era para mí más incomprensible, aquella última prevención del Doctor á Silver: “Cuidado con un chubasco posible cuando se encuentre.” Añádase todo esto y se comprenderá sin dificultad qué poco sabor pude tomar á mi almuerzo y con qué poca tranquilidad me puse en marcha detrás de mis capturadores, en busca del dichoso tesoro.
Nuestro aspecto era bien curioso y hubiera divertido á cualquiera que hubiese podido vernos: todos con trajes de marino perfectamente sucios, y todos, excepto yo, armados hasta los dientes. Silver llevaba dos fusiles colgados, uno sobre el pecho y el otro á la espalda, ambos en bandolera; al cinto llevaba ceñida su gran cuchilla y en cada bolsa de su saco una pistola. Para completar esta extraña figura Capitán Flint iba posado sobre su hombro chapurreando toda clase de tonteras y frases incoherentes de charlas marinas. Yo marchaba atado á la cintura por una cuerda cuyo extremo llevaba el cocinero á ratos con su mano desocupada, á ratos sujeta con su poderosa dentadura; no me quedaba más recurso que seguirle humildemente, pero lo cierto es que parecía yo un oso de feria.
EN BUSCA DEL TESORO. “... todos, excepto yo, armados hasta los dientes.”
EN BUSCA DEL TESORO.
“... todos, excepto yo, armados hasta los dientes.”
Los restantes iban diversamente cargados: unos, con picos, palas y azadones, que habían cuidado de sacar de La Española desde el primer momento; y otros con víveres para la comida de medio día. Todas las provisiones eran las mismas nuestras; lo que probó que Silver había dicho la verdad la noche anterior. Si el Doctor y él no hubiesen concluído un verdadero convenio, tanto él como sus secuaces se verían precisados á subsistir con agua clara y con el producto de sus cacerías. El agua habría sido bien poca cosa para su paladar y, por lo que hace á la caza, un marinero no es precisamente lo que se llama un buen tirador; á lo cual hay que añadir que es muy probable que si andaban escasos de provisiones no debían estar más bien provistos de pólvora y municiones.
Ahora bien; así dispuestos y equipados nos pusimos en camino, sin exceptuar ni el sujeto de la cabeza rota, el cual, por lo visto, debería haber quedádose á la sombra. Uno tras de otro fuimos hasta la playa en que los botes estaban amarrados. En ellos notábanse también las huellas de las brutales borracheras de los piratas; uno tenía un travesaño roto y ambos estaban positivamente asquerosos con lodo y toda clase de inmundicias. Por vía de precaución se tomaron ambos esquifes, dividiéndose la banda en ellos, y ya embarcados en esa disposición nos pusimos en movimiento hacia el centro del ancladero.
Al ponernos en movimiento no dejó de suscitarse alguna discusión acerca del mapa. Por de contado la cruz roja era demasiado grande para que por sí sola pudiera servirnos de guía, y los términos en que estaba concebida la nota á espaldas del pergamino no dejaban de contener alguna ambigüedad. Como se recordará, decían así:
“Árbol elevado en el declive del ‘Vigía’ en dirección de Norte á Nor-Nordeste.
“Islote del Esqueleto, Este Sudeste, cuarta al Este.
“Diez pies.”
Un árbol elevado era la seña principal. Ahora bien; precisamente frente á nosotros, el ancladero estaba ceñido por una meseta de dos á trescientos pies de elevación, juntándose hacia el Norte con la pendiente Sur de “El Vigía” y alejándose otra vez, en dirección Sur, hacia la eminencia abrupta y rocallosa designada con el nombre de Cerro de Mesana. Toda la cima del declive estaba espesamente arbolada con pinos de diversas alturas. Aquí y allá, alguno, de especie diferente, se alzaba cuarenta ó cincuenta pies sobre las cumbres de los que lo rodeaban... ¿cuál de estos era, entonces, el que estaba especialmente designado por el Capitán Flint con el nombre de “árbol elevado?” Esto no podía decidirse sino sobre el sitio mismo con las indicaciones precisas de la brújula.
Pero aunque esto último era palmario, cada uno de los que tripulaban los botes eligió su árbol favorito, antes de que estuviéramos á medio camino, y sólo John Silver permanecía encogiéndose de hombros y diciendo á sus gentes que se esperasen hasta estar en tierra.
Remamos sin hacer grandes esfuerzos, conforme á las instrucciones de Silver, para no cansarnos prematuramente, y después de una travesía, no muy corta por cierto, desembarcamos cerca de la boca del segundo riachuelo, el que corre, tierra abajo, por una de las más arboladas cuencas del “Vigía.” Una vez desembarcados, volvimos nuestros pasos sobre la izquierda y comenzamos á ascender el declive del terreno hacia la meseta superior.
Al principio, un terreno pesado y cenagoso y una tupida vegetación de marjal demoraron en gran manera nuestra marcha; pero poco á poco la loma se iba escarpando un poco, ofreciéndonos ya camino un tanto pedregoso, al par que la vegetación aparecía con otro carácter muy diverso, presentando sus árboles en una disposición más abierta y ordenada. Positivamente la parte de la isla en que íbamos entrando era la más grata de toda ella. Finas retamas de un aroma delicioso y arbustillos vestidos de flores habían ocupado casi enteramente el lugar del césped. Pequeños boscajes de verdegueantes mimosas se apretaban aquí y allá entre las erguidas columnas de los pinaletes y bajo su sombra protectora, mezclando todos aquellos vegetales y flores sus esencias y sus perfumes en un solo perfume que embriagaba los sentidos. La brisa, además, era fresca y regeneradora, lo cual, bajo los destellos clarísimos del sol, refrigeraba y tonificaba asombrosamente todos nuestros sentidos.
Los expedicionarios se desparramaron en forma de abanico, gritando y saltando como chicuelos. Hacia el centro y bastante atrás del cuerpo de expedicionarios, seguíamos Silver y yo; él tropezando á cada paso en las resbaladizas piedras, y yo, tras él, tirado por la cuerda á que me he referido. Empero, de cuando en cuando me veía precisado á sostenerle, porque, de lo contrario, hubiera perdido el pie y caído de espaldas, loma abajo. De esta manera habíamos avanzado como por una media milla y ya casi tocábamos al borde de la meseta cuando el hombre que caminaba más alejado hacia nuestra izquierda comenzó á gritar con todas sus fuerzas, con un marcado acento de terror. Una vez y otra y otra llamaba á sus compañeros; ya éstos comenzaban á correr hacia él.
—Se me figura que no ha de haber encontrado la hucha, dijo el viejo Morgan pasando del lado derecho junto á nosotros en dirección del que gritaba. Esta es una cumbre muy pelada para haber hecho tal descubrimiento.
Y en verdad que, cuando Silver y yo llegamos al sitio aquel, nos encontramos con que era algo totalmente distinto. Al pie de un pino bastante alto y medio envuelto en las espirales de una verde trepadora, estaba un esqueleto humano, y á su lado, en el suelo, uno que otro andrajo de vestido. La exuberancia de la enredadera había ya cubierto algunos de los miembros de aquella osamenta. Me parece que un calofrío involuntario se apoderó de todos nosotros, llegándonos hasta el corazón en aquel momento.
—Este era un marinero, dijo Jorge Merry que más atrevido que los otros se había acercado y examinaba los andrajos esparcidos por el suelo. Por lo menos, esto no es más que un buen paño marino.
—¡Por vida mía!, dijo Silver, ¡me gusta el descubrimiento! ¿Acaso podríamos esperar encontrarnos aquí el cuerpo de un arzobispo? Pero ¿qué especie de postura es esa para un cadáver? Me parece muy poco ó nada natural, ¿no creen Vds.?
Y ciertamente una segunda ojeada nos convenció de la inverosimilitud de aquella postura extraordinaria. Por quién sabe qué causas, tal vez por la obra de los pájaros que habían comido sus carnes, tal vez por la acción de crecimiento de la enredadera, el hecho es que el hombre aquel yacía perfectamente recto con sus pies apuntando en una dirección, y sus manos tendidos paralelamente sobre su cabeza, señalando rígidamente en dirección opuesta.
—Me acaba de entrar una idea en la vieja calavera, dijo Silver chocarreramente. Aquí está la brújula; allí se ve la cima principal del Islote del Esqueleto sobresaliendo como un gran colmillo: sigan Vds. la dirección marcada por los huesos y tomen una visual hacia aquella punta.
Hízose como lo ordenó Silver. Las manos del esqueleto apuntaban directamente hacia el Islote y la brújula marcó, con toda claridad: Este Sudeste, cuarta al Este.
—Bien me lo figuré, exclamó el cocinero; este sujeto es un directorio. Pues allí derecho tenemos la línea que nos guía hacia la estrella polar y las benditas talegas. Pero lléveme el diablo si no me da calofrío el pensar en el amigo Flint. Esta es una de las bromas que él usaba, no cabe duda. Él y sus seis marineros vinieron solos hasta aquí: los seis murieron á sus manos, sabe el demonio de qué manera, y á este le cupo en suerte ser colocado aquí, de apuntador, con todas las medidas náuticas muy bien tomadas, ¡voto al infierno! Esos huesos son muy largos y el cabello parece haber sido amarillo. De seguro que este era Allan... ¿te acuerdas de Allan, Tom Morgan?
—¡Vaya si me acuerdo!, contestó Morgan. Por cierto que me debía algunas guineas que le presté, sí señor; y, además, se trajo consigo mi cuchilla cuando bajó á tierra.
—Y á propósito de cuchilla, dijo otro, ¿por qué no encontramos la de Allan, por aquí cerca de él, ni su dinero? El Capitán Flint no era hombre que se entretuviera en recoger la bolsa de un marinero, y en cuanto á los pájaros no me parece que excitara su codicia semejante hallazgo.
—¡Por mi patrón Satanás!, exclamó Silver. Eso me parece muy racional.
—Pues no hay por todo esto ni trazas de cosa alguna, dijo Merry, que registraba todavía en todo el derredor de la osamenta; ni un pobre penique de cobre, ni nada parecido. Pues esto sí que no es natural.
—¡No, por vida mía!, agregó Silver; ni natural ni tranquilizador, ni agradable en manera alguna. ¡Mil carronadas!, compañeros... la verdad es que si Flint estuviera aún vivo, ya tendríamos aquí cuentas largas que entregar. Seis eran los que le acompañaron; seis somos nosotros, y de aquéllos, ya lo hemos visto, no quedan más que las osamentas.
—Yo lo ví muerto con estos ojos que se ha de comer la tierra, dijo Morgan. Billy Bones me llevó á verlo. Tendido estaba allí con un penique de cobre sobre cada ojo.
—¡Muerto, sí!, ya lo creo, y sepultado en los infiernos, dijo el herido de la cabeza. Pero yo creo, de veras, que si alguna vez hubo ánima en pena, ¡esa ha de ser el alma condenada de Flint! ¡Cáspita! ¡pues vaya si tuvo una mala y horrible muerte aquel hombre!
—En cuanto á eso, ni quien lo dude, observó un tercero. En su agonía, ya blasfemaba como un condenado, ya deliraba con el rom, ya prorrumpía con una voz hueca como si saliera de la sepultura, en su canción eterna:
Dijérase que no sabía otra canción más que esa y, la verdad, camaradas, desde entonces no es mucho lo que me divierte esa canturria. Hacía un calor horrible; la ventana del agonizante estaba abierta y yo podía oir clara, cada vez más clara, la lúgubre tonada que el hombre dejaba escapar, interrumpida por el hipo de la muerte, y ya con las sombras del cadáver sobre el rostro...
¡Vamos, vamos!, dijo Silver, ¿quieres dejar semejante conversación? Muerto está el hombre, muy bien muerto, y los que se mueren no vuelven, que yo sepa; ó si vuelven no pasean de día; á lo menos, estemos seguros. Se acabó el cuento: “¡entro por un caño dorado y salgo por otro, y basta!” ¡Adelante! ¡adelante que la hucha nos espera!
Diciendo y haciendo, partimos otra vez. Pero á despecho del ardiente sol y de la deslumbradora claridad, los piratas ya no marcharon separados, corriendo y gritando por la espesura, sino todos juntos, apretados unos contra otros y hablando con la respiración agitada. El terror del filibustero difunto había caído como una sombra densa sobre sus espíritus.
EN parte por la influencia aterrorizadora de aquella alarma y en parte para que descansaran Silver y sus compañeros enfermos, todos los expedicionarios tomaron asiento en cuanto que hubimos ganado definitivamente el borde superior de la meseta. Estando ésta un poco empinada hacia el Oeste, el lugar en que nos habíamos detenido nos descubría un ancho panorama á un lado y otro. Frente á nosotros, sobre las cumbres de los árboles mirábamos el Cabo de la Selva con su inmensa franja de espumantes ondas. Detrás no solamente dominábamos el ancladero y el Islote del Esqueleto, sino que podíamos divisar por sobre la punta arenosa en que está la Peña blanca, y por encima de las tierras bajas, una gran extensión de mar abierto hacia el Oriente. Por cima de nosotros se destacaba el “Vigía,” ya matizado á trechos por pinos aislados, ya negreando con profundos barrancos y desfiladeros. Ningún ruido llegaba hasta allí, á no ser el monótono golpear de las rompientes lejanas subiendo en oleadas de rumor incesante hasta nuestros oídos, y el zumbido de insectos incontables bullendo en la espesura. Ni un hombre, ni una vela en el océano: lo inmenso de aquel vasto panorama parecía aumentar su triste soledad.
En cuanto que Silver se hubo sentado hizo ciertos cálculos con la brújula.
—Hay tres “árboles elevados” dijo, hacia la dirección de la línea marcada rectamente del Islote del Esqueleto. “La vertiente del Vigía,” ya lo entiendo; esto significa aquel punto en declive hacia allá. Pues ahora es ya un juego de niños el encontrar la hucha. Me parece, sin embargo, que haríamos bien en comer primeramente.
—No me siento muy filoso, murmuró Morgan. Este pensamiento de Flint me ha quitado el apetito. ¡Ah! si Flint estuviera vivo, yo podría darme ya por muerto.
—Ah, vamos, hijo mío, dijo Silver; dale gracias á tu buena suerte. Flint no tiene nada que hacer ya en este mundo.
—Era un diablo bien horroroso el tal Flint, exclamó el tercer pirata. ¡Con aquella eterna cara de murria!
—Fué el rom el que le produjo aquel tinte azulado y aquella expresión de esplín; aunque “murria” como tú dices, me supongo que es una mejor palabra.
Desde que habíamos descubierto el esqueleto de Allan y dado margen con él á esta clase de pensamientos, la voz de los piratas había ido bajando, bajando, hasta que, en aquel punto, ya no era casi más que un ligero murmullo cuyo sonido escasamente podría decirse que interrumpiese el silencio misterioso de la selva.
De repente, como del medio de los árboles que había frente á nosotros, una voz aguda, penetrante, temblorosa, prorrumpió en la lúgubre y conocida cantilena:
Jamás he visto ni espero volver á ver hombres más horriblemente asustados que los piratas. Como por arte de encantamiento sus caras se quedaron, de súbito, lívidas como la cera: algunos se pusieron de pie; algunos se asieron trémulos y trastornados al brazo ó á la ropa del más cercano; Morgan murmuró, sin levantarse, palabras sin sentido.
—¡Ese es Flint, por el infierno!, exclamó Merry.
La canción aquella había cesado de una manera tan súbita como empezó; cortada, podía decirse, como si alguien hubiera cubierto bruscamente con su mano la boca del cantor. Viniendo de la distancia á que venía á través de la atmósfera clara y luminosa y de entre las cumbres de los árboles, me pareció á mí que la voz aquella había sonado dulce y airosa, y lo que había que extrañar era el efecto producido sobre mis compañeros.
—¡Vamos!, dijo Silver pugnando con sus labios cenicientos por hacer salir las palabras, ¡Esa no pega! Á otro perro con ese hueso. Ese es alguno que comienza á ponerse la mona y se va por allí haciéndonos la calandria; es alguno que tiene su carne y huesos, no lo duden Vds.
Conforme hablaba le iba volviendo más y más el alma al cuerpo y con ella el color al rostro. Los otros ya comenzaban también á dar oídos á su envalentonamiento, y ya iban recobrándose poco á poco, cuando el mismo acento prorrumpió de nuevo, esta vez ya no cantando, sino con un voceo lejano que los ecos de las cuencas en el “Vigía” repetían muy débilmente:
—¡Darby Grow!, gimió aquel acento, ¡Darby Grow! ¡Darby Grow!, y seguía repitiendo aquel nombre; y luego en un diapasón un poco más alto y no sin acompañar un horrible juramento, concluyó así: ¡Corre á traerme rom; pronto Darby!
—Eso ya no deja duda, murmuró uno. ¡Vámonos!
—Esas fueron las últimas palabras de Flint, murmuró Morgan; sus últimas palabras á bordo de este mundo.
Dick había sacado un Biblia y rezaba mecánicamente, como un maniaco. Este pobre muchacho había recibido una mediana educación antes de venir á la marina con tan malas compañías.
Sin embargo, Silver aún permanecía luchando. Sus dientes casi castañeteaban de cuando en cuando, pero él no se rendía al terror ni mucho menos.
—Nadie ha podido oir hablar en esta isla acerca de Darby, clamó; nadie más que los que aquí estamos.
Pero luego, como para contrapesar esas palabras, prosiguió haciéndose un esfuerzo:
—Camaradas: yo he venido aquí para encontrar esa hucha y ni alma en pena ni hombre de carne y hueso podrán impedírmelo. Jamás, durante su vida, tuve miedo al viejo Flint y ¡por Satanás mi patrón! yo le haré frente hasta á su misma alma condenada. Á menos de un cuarto de milla de aquí están setecientas mil libras en oro... ¿Cuándo se ha visto que un caballero de la fortuna haya volteado la popa á una hucha de ese tamaño nada más que por miedo á la memoria de un viejo borracho, con su cubilete de rom, y ya muerto y enterrado?
Los piratas no daban señal alguna de reanimarse con este discurso; antes bien pareció que la notoria irreverencia de aquellas palabras aumentaba su terror.
¡Cuidado, cuidado, John!, dijo Merry. ¡No es bueno enojar á los espritus!
En cuanto á los otros estaban sobrado aterrorizados para que pudiesen contestar. Varios de ellos habrían emprendido una retirada á carrera abierta si se hubieran encontrado con valor, siquiera para esto; pero el miedo los hacía querer estarse juntos en torno de John, como si encontraran ayuda en el valor de éste. Silver, por su parte, había ya logrado sobreponerse bastante á su debilidad.
—¿Spritu?, dijo. ¡Bueno! Podría ser. Pero noto una cosa que no me parece muy clara, y es que la voz del tal espritu ha tenido un eco. Ahora bien, yo digo que ningún hombre ha visto que las almas hagan sombra. ¿Cómo podía entonces su voz hacer un eco? Quisiera averiguar esto. Á mí, por lo pronto, no me parece natural.
Aquel argumento me pareció á mí bastante débil. Pero es imposible decir qué cosas afectarán á la superstición; así es que, con no poca sorpresa de mi parte, ví que Jorge Merry se mostraba muy consolado.
—¡Vaya! ¡pues de veras!, exclamó. John, Vd. lleva una verdadera cabeza sobre sus hombros, no hay duda en eso. Á propósito, camaradas: esta tripulación lleva su vela sobre una mala amura. Decíamos que esa voz se parece á la de Flint; un poco, digo yo; pero á esa distancia tan larga no era fácil juzgar tan bien del parecido. Puede ser muy bien la voz de otro...
—¡Por el infierno!, gritó Silver; ¡ese fué Ben Gunn!
—Ben Gunn ha sido, le ha acertado Vd., dijo Morgan incorporándose hasta ponerse de rodillas. ¡Ben Gunn y muy Ben Gunn!
—Pues ahora no tiene ya mucho de extraordinario, dijo Dick. Ben Gunn no anda con nosotros, es verdad, pero supongo que tampoco andará con Flint.
Los de más edad en la compañía recibieron la sosa observación de Dick con el más marcado desprecio.
—¡Y qué nos importa Ben Gunn!, exclamó Merry. Vivo ó muerto, aquí nadie le tiene miedo á Ben Gunn.
Era cosa sorprendente el ver hasta qué punto había vuelto el ánimo á sus corazones y el color natural á sus caras, poco antes lívidas. Poco rato después ya estaban charlando unos con otros, si bien todavía de cuando en cuando prestaban oído atentamente; más como no percibiesen ya sonido alguno, concluyeron por echarse á cuestas todos sus aperos y la caravana entera se puso de nuevo en marcha. Merry iba á la vanguardia llevando consigo la brújula de Silver á fin de seguir, sin desviarse, la línea recta tirada del Islote del Esqueleto. Jorge había dicho la verdad; vivo ó muerto, nadie allí tenía miedo de Ben Gunn.
Dick, sin embargo, todavía conservaba su Biblia en la mano, como un amuleto, y echaba en torno ojeadas llenas de temor; pero su cobardía no encontró ya prosélitos, y Silver no le hizo poca burla á causa de sus precauciones.
—Ya te lo había yo dicho, Dick, exclamaba el cocinero; ya te había yo dicho que tu Biblia estaba profanada, y si tal como está ya no sirve ni para jurar por ella, ¿qué fuerza quieres tú que tenga para libertarte de un espritu? ¡Ninguna por cierto!
Pero Dick no estaba para oir razones: la verdad es que, según ya noté, el pobre muchacho se estaba poniendo muy enfermo; la fiebre que el Doctor le había anunciado en la mañana se apoderaba de él á toda prisa, espoleada por el susto, el calor y la fatiga.
Ya sobre la cima, el terreno era abierto, y nuestro camino descendía un poco, porque, como he dicho antes la meseta se inclinaba un tanto en dirección del Oeste. Los pinos, pequeños y grandes, crecían á buena distancia unos de otros, y aun entre los espesos lunarcillos de azaleas y mimosas, quedaban grandes claros al descubierto en que el sol reverberaba con insólita fuerza. Prosiguiendo como íbamos, en dirección Noroeste, al través de la isla, nos acercábamos cada vez más, por una parte, á los declives del “Vigía,” y por otra á aquella bahía occidental formada por el Cabo de la Selva en la cual había yo pasado tales angustias á bordo del llevado y traído coracle.
Llegamos al primero de los grandes árboles, pero tomada la dirección con la brújula resultó no ser aquél el que buscábamos. Lo mismo sucedió con el segundo. El tercero se alzaba como á unos doscientos pies sobre la cima de un boscaje de arbustos. Era este un verdadero gigante de los bosques con una columna recta y majestuosa como los pilares de una basílica y con una copa ancha y tupida bajo cuya sombra podría muy bien haber maniobrado una compañía de soldados. Tanto desde el Este como desde el Oeste podía distinguirse muy bien en el mar aquel coloso y pudiera habérsele marcado en el mapa, como una señal marítima.
Pero no era por cierto su corpulencia imponente lo que impresionaba á mis compañeros, sino la seguridad de que nada menos que setecientas mil libras en oro yacían sepultadas en un punto cualquiera bajo el círculo extenso de su sombra. La idea de las riquezas que les aguardaban concluyó por dar al traste con todos sus terrores precedentes en cuanto que se acercaban al sitio codiciado. Sus ojos lanzaban rayos; sus pies parecían más ligeros y expeditos; su alma entera estaba absorta en la expectativa de aquella riqueza fabulosa que había de asegurarles para toda la vida una no interrumpida serie de extravagancias y placeres sin límites, cuyas imágenes danzaban tumultuosamente en sus imaginaciones.
Silver gruñía, cojeando más que nunca, sobre su muleta; su nariz aparecía ancha y dilatada, estremeciéndose de cuando en cuando; si una mosca se paraba sobre cualquiera parte de su rostro, juraba y maldecía como un poseído; tiraba furiosamente de la cuerda con que me llevaba sujeto y de tiempo en tiempo echaba sobre mí ojeadas con que hubiera querido aniquilarme. La verdad es que no se tomaba ya el menor trabajo para disimular sus pensamientos, y á mí me era tan fácil leerlos como si los llevara escritos sobre la frente. Á la aproximación del oro, todo otro pensamiento se había borrado de su memoria; su promesa, las advertencias del Doctor, todo era para él como no existente, y no me cabía la menor duda de que su esperanza, en aquellos momentos, era apoderarse del tesoro, encontrar y fletar La Española á favor de la oscuridad de la noche, degollar sin compasión á cuantas gentes honradas había en la isla y hacerse á la mar, como lo había primeramente meditado, con su doble cargamento de crímenes y de oro.
Impresionado con pensamientos tan poco consoladores, era para mí cosa difícil el seguir el paso rápido y agitado de los buscadores de oro. De vez en cuando tropezaba y entonces era cuando Silver daba violentos tirones á la cuerda con que me conducía y me arrojaba, como dardos, sus miradas asesinas. Dick que se había quedado á nuestra espalda y que, á la sazón, formaba la retaguardia de la caravana, venía murmurando para sí, todo mezclado, oraciones y juramentos. Esto no hacía más que aumentar mi desazón y malestar y, para coronarlo todo, me acordé en aquellos momentos de la tragedia que se había desenlazado una vez en esa misma meseta, cuando aquel pirata sin Dios que murió en Savannah cantando y pidiendo rom, había asesinado allí á sus seis cómplices. Ese bosque, tan tranquilo y silencioso á la sazón, debió resonar entonces con los alaridos de terror y de agonía de las víctimas sacrificadas, alaridos que el terror hacía resonar á los oídos de mi imaginación.
Nos encontrábamos, en aquel momento, al borde del boscaje.
—¡Hurra, muchachos!, gritó Merry; ¡todos juntos!
Y al decir esto el hombre de vanguardia echó á correr.
Repentinamente, y antes de que hubiera avanzado diez yardas vimos al grupo detenerse. Un grito ahogado se escapó de cada pecho. Silver aceleró el paso, empujándose con el apoyo de la muleta á distancias inverosímiles, y un momento después tanto él como yo habíamos tenido que hacer alto como los demás.
Á nuestros pies se veía una gran excavación nada reciente, porque se veían los costados de la fosa desprendidos, y en el fondo había ya brotado el césped. Allí yacía, roto en dos pedazos, el mango de una azada, y las tablas de varias cajas de empaque se miraban esparcidas aquí y acullá. En una de esas tablas pude leer esta marca hecha con un hierro candente: “Walrus,” nombre del buque de Flint, como se recordará quizás.
Aquello era claro como la luz del día. El escondite había sido descubierto y explotado. ¡Las setecientas mil libras habían desaparecido!
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JAMÁS trastorno alguno en la vida ha sido más sentido que aquel. Se diría que un rayo había herido á todos aquellos hombres. Pero á Silver el golpe le pasó en un instante. Todas las facultades de su alma se habían concentrado por un rato en aquel tesoro, es verdad; pero el instinto le hizo recobrarse en un segundo: su cabeza se alzó firme, su valor apareció al instante y ya había formado todo su plan cuando los otros aún no acertaban á darse cuenta exacta del terrible chasco.
Y al punto, dándome una pistola de dos cañones, me dijo:
—Toma esto, Jim, y preparémonos para una querella.
Al mismo tiempo comenzó á trasladarse sin precipitación hacia el Norte, y á pocos pasos ya había puesto la excavación entre nosotros y los otros cinco. En seguida me dirigió una mirada y me hizo con el dedo una señal muy significativa como diciendo: “Aquí se juega el pellejo,” en lo cual estaba yo de acuerdo. Empero sus miradas eran ya de todo punto amistosas, y yo me sentí tan indignado con estos frecuentes cambios, que no pude menos que decirle:
—Por lo visto ya es Vd. de los nuestros otra vez.
No tuvo tiempo para contestarme. Los filibusteros, con gritos y maldiciones de todo género, comenzaban á brincar adentro del hoyo unos tras de otros, cavando rabiosamente con sus propias uñas y haciendo caer los bordes de la fosa al hacer esto. Morgan se encontró una pieza de oro. Alzóla en sus manos con una verdadera explosión de juramentos: era una moneda de valor de dos guineas y fué pasando de mano en mano durante unos quince segundos.
—¡Dos guineas!, rugió Merry enseñando aquella pieza á Silver y sacudiéndola en alto. ¿Son estas tus setecientas mil libras? ¡De veras que eres tú el hombre para hacer contratos! Tú eres el que aseguras que jamás empresa se ha echado á perder entre tus manos, viejo imbécil, haragán, ¡cabeza de alcornoque!
—¡Escarben, escarben, muchachos!, gritó Silver con la más fría insolencia; no me sorprenderá que todavía encuentren algunos cacahuates.
—¡Cacahuates!, repitió Merry en un grito salvaje. ¿Camaradas, lo han oído Vds.? Pues ahora tengo la seguridad de que ese infame lo sabía todo. No hay más que mirarle á la cara; allí le leo yo su traición.
—¡Hola, Merry!, le gritó Silver; ¿ya piensas proponerte de nuevo para capitán? ¡Eres un chico emprendedo, no cabe duda!
Pero lo que es por esta vez todos estaban decididamente del lado de Merry. Uno tras de otro, todos fueron echándose afuera de la excavación, arrojando miradas furiosas tras de sí. Una cosa observé en aquellos críticos momentos, que por cierto nos favorecía en gran manera, y es que todos saltaban del lado opuesto al que ocupábamos Silver y yo.
Por fin, estábamos allí frente á frente, dos de un lado y cinco del otro, con el socavón separando ambas facciones y sin que ninguna de ellas pareciera resuelta á dar el primer golpe. Silver permanecía inmóvil, observando simplemente al enemigo, erguido sobre su muleta y con una frialdad que parecía inverosímil. Aquel bandido era valiente, no cabe duda.
Merry, al cabo, creyó que un discurso aceleraría la conclusión de la escena.
—Camaradas, dijo, allí están dos individuos solos de los cuales el uno es el viejo derrengado, á quien trague el infierno, que se ha burlado de nosotros trayéndonos á sufrir una decepción inmerecida. El otro no es más que ese cachorro del diablo á quien pienso arrancarle por esta vez hasta las entrañas. No hay temor, ¡á ellos, camaradas!...
Al decir esto alzó la voz y el brazo como para guiar al ataque; pero en aquel mismo instante... ¡crac! ¡crac! ¡crac!, tres detonaciones de mosquete sonaron casi simultáneamente y tres relámpagos se vieron brillar en la espesura más cercana. Merry se desplomó de cabeza dentro de la excavación; el hombre de la cara vendada dió vueltas girando como una peonza que espira y cayó de lado cuan largo era, completamente muerto, por más que todavía hiciera algunos movimientos, inconscientes ya, después de caído. En cuanto á los tres restantes no esperaron nuevas razones, sino que en el acto volvieron la espalda y se pusieron en precipitada fuga, corriendo como ciervos espantados.
En un abrir y cerrar de ojos Silver había disparado los dos cañones de una doble pistola sobre el agonizante Merry, y como este desdichado levantase hasta él los ojos en sus últimas convulsiones, le gritó el implacable cocinero:
—Me parece, Jorge, que te he ajustado las cuentas.
En el mismo instante, el Doctor, Gray y Ben Gunn salían, á reunírsenos, de un bosquecillo de mimosas, trayendo entre las manos sus mosquetes humeando todavía.
—¡Adelante, muchachos!, gritó el Doctor. No hay que perder un instante, para impedirles que se apoderen de los botes: ¡adelante! ¡adelante!
Con esta excitativa tan apremiante partimos á paso veloz, sumergiéndonos, algunas veces, hasta el pecho, en las espesuras de retamas y matorrales de toda clase de yerbas.
Silver, en aquellas circunstancias, demostraba el mayor empeño por no separarse de nosotros. Y lo que aquel viejo inválido hizo, abriéndose paso por donde nosotros íbamos, saltando frenéticamente sobre su muleta hasta hacer casi que se destrozaran los músculos de su pecho, todo eso no lo habría podido hacer con más energía y resolución un hombre sano. El Doctor fué de la misma opinión que yo en este particular. Con todo y eso, cuando llegamos á la ceja de la mesa en vía de descender, el hombre aquel venía á unas treinta yardas tras de nosotros y su fatiga era tal que parecía á punto de ahogarse.
—Doctor, gritó: mire Vd. allá; ya no hay prisa ninguna.
En efecto, no la había. Por un claro bastante grande de la meseta podíamos divisar á los tres fugitivos, corriendo todavía en la misma dirección en que partieron, esto es, en derechura hacia el Cerro de Mesana. Nosotros estábamos ya, á aquella hora, entre ellos y los botes, por lo cual todos cuatro nos sentamos para tomar aliento, en tanto que John Silver, enjugándose el rostro, llegaba, ya lentamente, hasta nosotros.
—Doy á Vd. las más rendidas gracias, Doctor, dijo. Ha llegado Vd. en el momento crítico, á lo que creo, para Hawkins y para mí. ¡Hola!, con que Ben Gunn está también por aquí, ¿eh? ¡Bien! ¡bien! Tú eres un buen chico, á no dudarlo.
—¡Ben Gunn, y muy Ben Gunn!, replicó el hombre de la isla, meneándose como una anguila con un embarazo bastante visible.
Y luego, después de una pausa, añadió aquel mísero aislado:
—¿Y qué tal está Vd., Sr. Silver? Muy bien, dirá Vd., no es esto; ¡pues tanto que me alegro!
—¡Ah! ¡Ben, Ben!, murmuró Silver. ¡Y pensar en la que nos has jugado!
El Doctor envió á Gray á que recogiera uno de los picos abandonados por los piratas en su precipitada fuga, y en seguida fuimos ya bajando, con todo despacio, hacia el punto en que los botes yacían amarrados, en cuyo tiempo el mismo Doctor nos refirió, en pocas palabras, lo que había pasado. Pero su narración interesó profundísimamente á Silver; sobre todo al ver que, desde el principio hasta el fin, era el único héroe de ella aquel Ben Gunn, el semi-idiota abandonado hacía tres años en la isla.
Ben, en sus solitarias y vagabundas excursiones por la isla, había encontrado el esqueleto de Allan y lo había despojado de sus armas y dinero. Después había encontrado el tesoro; había hecho la excavación, dejando en ella, por último, su azada rota y ya inútil; había cargado sobre sus hombros todo el oro, en incontables viajes penosísimos, desde el pie del gigantesco pino, hasta una gruta que él tenía en la loma de las dos puntas, en el ángulo Nordeste de la isla y allí, por último, lo tenía todo almacenado, dos meses hacía, perfectamente á salvo.
Cuando el Doctor se hubo hecho dueño de este secreto, en la tarde del día del ataque, y al ver á la mañana siguiente desierto el ancladero, no vaciló ya en ir á ver á Silver, darle el mapa que era ya perfectamente inútil, y cederle todas las provisiones, puesto que la gruta de Ben Gunn estaba abundantemente surtida con carne de cabras monteses y de venados, salada por él mismo; sin reservarse, en una palabra, cosa alguna, á fin de asegurarse la retirada del reducto hacia la colina de las dos puntas, en donde no había el menor peligro de malaria y se mantendría una vigilancia efectiva sobre el tesoro.
—En cuanto á tí, Jim, dijo, la cosa me podía mucho; pero yo hice lo que me pareció mejor para los que habían permanecido fieles á su deber, y si tú no estabas entre ellos, ¿de quién era la culpa?
Pero aquella mañana, comprendiendo que iba yo á verme envuelto en el horrible desengaño que había preparado para los rebeldes, había corrido hasta llegar á la gruta, y, dejando al Caballero para cuidar al Capitán, había traído consigo al hombre aislado y á Gray, y describiendo una diagonal á través de la isla, se preparaba para estar á la mano, cerca del gran pino. Pronto vió, sin embargo, que los sublevados le llevaban la ventaja, y por tanto Ben Gunn, que ya casi volaba en aquellos terrenos, como se recordará, fué despachado á vanguardia para que, solo de por sí, hiciera lo posible por detener el avance de los sublevados. En estas circunstancias fué cuando al hombre de la isla le ocurrió prevalerse de la superstición de los piratas, y tuvo tal éxito en su ensayo que el Doctor y Gray pudieron bien llegar al gran pino y emboscarse cerca de él antes de que se presentaran los buscadores del tesoro.
—¡Ah!, dijo Silver. Por lo visto ha sido para mí una gran fortuna el tener á Jim conmigo. Á no ser por él, hubieran Vds. dejado hacer picadillo al pobre viejo John, sin consagrarle un pensamiento siquiera, ¿no es verdad?
—¡Ni un pensamiento!, dijo el Doctor jovialmente.
Á este tiempo ya habíamos llegado á los botes. El Doctor, sirviéndose del pico destruyó uno de ellos, y luego todos nos pusimos á bordo en el restante y nos arreglamos para ir rodeando por mar hasta la Bahía del Norte.
Era aquel un viaje de unas ocho ó nueve millas. Silver, aunque casi muerto de fatiga, fué asignado á uno de los remos como todos nosotros, y muy pronto ya iba nuestro esquife deslizándose ligero sobre un mar terso y favorable. Antes de mucho ya habíamos pasado el estrecho, doblamos la punta Sudeste de la isla, en torno de la cual, cuatro días antes, habíamos remolcado tan penosamente La Española.
Cuando pasamos frente á la colina de los dos picos, pudimos ver la negra boca de la gruta de Ben Gunn y una figura humana, de pie, cerca de ella, recargándose sobre un fusil. Era el Caballero, á quien saludamos ondeando nuestros pañuelos y lanzando tres hurras en los cuales la voz de Silver se unió tan calurosamente como la de cualquiera de nosotros.
Tres millas más lejos y muy cerca de la entrada de la Bahía del Norte, ¿qué otra cosa habíamos de encontrar sino La Española navegando sola? La última creciente la había levantado de la posición en que la dejé, y si hubiera dado la casualidad de que soplase un viento fuerte, ó que la marea hubiese engendrado una corriente enérgica como sucedía en el ancladero Sur, es seguro que jamás la habríamos vuelto á ver ó la hubiéramos encontrado encallada en algún arrecife fuera de toda probabilidad de ponerla de nuevo á flote. Tal como se nos presentaba, había muy poco que reparar y componer, excepto el destrozo de la vela mayor. Alistóse una nueva ancla y la tiramos á braza y media de agua y en seguida todos volvimos al bote remando hacia la “Caleta del Rom,” que era el abrigo más próximo á la gruta del tesoro de Ben Gunn. Gray, sin nadie más que lo acompañara, fué despachado de nuevo en el esquife hasta La Española, á fin de que pasara en ella la noche en guardia.
Un ligero declive llevaba desde la playa de la caleta hasta la entrada de la cueva. En la parte más alta el Caballero salió á nuestro encuentro. Cordial y amable fué conmigo, omitiendo toda referencia á mi escapatoria, lo mismo para alabarla que para condenarla. Al recibir el saludo cortés de Silver, se puso encendido y dijo así:
—John Silver, es Vd. el más prodigioso villano é impostor que jamás vivió sobre la tierra... un impostor monstruoso, sí señor. Se me ha dicho que debo renunciar á perseguir á Vd. ante los tribunales. En hora buena: no lo haré. Pero eso no impedirá que todos esos hombres que han perecido pesen al cuello de Vd. como piedras de molino.
—Gracias de nuevo, gracias muy cordiales, señor, exclamó Silver saludando otra vez.
—Le desafío á Vd. á que vuelva á pronunciar esas palabras, dijo con vehemencia el Caballero. He allí una irrisión de mi deber. ¡Quédese Vd. detrás de todos!
Dicho esto entramos todos á la gruta. Era esta una gran estancia bien ventilada, con una fuentecilla y una represa pequeña de agua clara circundada de helechos. El piso estaba enarenado. Ante un grande y confortable fuego yacía el Capitán Smollet, y en un rincón más apartado, mal iluminado por los resplandores oblícuos de la hoguera, advertí un gran montón de monedas y un cuadrilátero formado con barras de oro. Aquel era el tesoro de Flint que desde tan lejos habíamos venido á buscar y que, á aquellas horas, había costado ya las vidas de diez y siete de los tripulantes de La Española. ¿Cuántas más habría costado el reunirlo, cuánta sangre vertida, cuántos amargos duelos ocasionados, cuántos buques arrojados al fondo inmenso del océano, cuantos hombres haciendo con los ojos vendados el horrible “paseo de la tabla,” cuantos cañonazos disparados, cuanta mentira, cuanto engaño, y cuantas crueldades?... He aquí una cosa imposible de inquirir. Y sin embargo, allí mismo, en aquella isla, andaban aún tres hombres que habían tenido su participación en aquellos crímenes: Silver, el viejo Morgan y Ben Gunn; y cada uno de ellos había esperado en vano tener su participación en la recompensa.
—Ven acá, Jim, díjome el Capitán. Tú eres un buen muchacho en tu clase; pero no creo que tú y yo volveremos juntos á la mar de nuevo. Eres demasiado lo que se llama un niño mimado para que pudieras ir bajo mis órdenes por mucho tiempo, ¿Es Vd., John Silver? ¿Qué vientos lo arrojan á Vd. por acá, amigo?
—Vuelvo á mis obligaciones, señor, contestó Silver.
—¡Ah!, dijo el Capitán, y no añadió una palabra más.
¡Dios mío! ¡y qué cena que tuve aquella noche, junto á todos mis amigos, con las carnes saladas por Ben Gunn y golosinas exquisitas traídas de La Española, con más una botella de magnífico vino! Estoy seguro de que jamás hubo sobre la tierra gentes más alegres y felices. Y con nosotros estaba allí Silver, sentado detrás de nuestro grupo, casi fuera del radio de luz de la hoguera, pero comiendo con gran apetito, listo para levantarse y servir algo que hiciera falta y hasta uniéndose á nuestras risas de una manera poco ruidosa; en una palabra, el mismo hombre obsequioso, comedido y agradable que salió con nosotros de Brístol.
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Á LOS primeros albores de la mañana siguiente ya todos estábamos en movimiento y á la obra, porque lo cierto es que no era trabajo tan sencillo el trasporte de toda aquella masa de oro por cerca de una milla, en tierra, y por tres millas, en el bote, hasta llegar á La Española, siendo como éramos tan escaso en número los operarios. Los tres rebeldes escapados la víspera y que forzosamente permanecían aún en la isla, no nos dieron ningún quehacer. Pusimos un centinela en el declive de la loma para evitarnos una sorpresa, y por lo demás, nos tranquilizaba la idea de que ya no deberían tener mucha gana de pelear después de los sucesos de cuatro días infructuosos para ellos.
Con esta creencia, la obra del trasporte fué activada vigorosamente. Gray y Ben Gunn iban y venían con el bote, mientras los restantes, durante sus ausencias apilaban oro en la playa. Dos de aquellas barras atadas con un cabo de cuerda hacían una carga suficiente para un hombre formal, y puede creérseme que todos se sentían contentos hasta no poder más de ir marchando lentamente con semejante carga. Por lo que hace á mí, como no les era muy útil para el acarreo, me ocuparon todo el día en la gruta en empacar las monedas en cajas y sacos que se habían traído exprofeso para el objeto en La Española.
Como en la talega de Billy Bones, había allí la más extraña colección de monedas, sólo que en cantidad infinitamente superior, por de contado, y en mucha mayor variedad, al grado de que no creo haber gozado más en mi vida que al separarlas y arreglarlas. Monedas francesas, inglesas, españolas, portuguesas, Jorges y Luises, doblones y dobles guineas, moidores y zequíes, con los retratos de todos los soberanos de Europa, lo menos por un siglo; y extrañas piezas orientales marcadas con lo que me parecía haces de cuerdas ó trocitos de telarañas, piezas circulares, y otras agujereadas como si se las hubiera destinado á llevarse al cuello á guisa de collar; casi todas las variedades de moneda conocida, en una palabra, tenían sus representantes en aquella colección. En cuanto al número, tengo por cierto que eran tan incontables como las hojas que el otoño esparce; de tal suerte que la espalda me dolía ya terriblemente de tanto estar inclinado y las uñas me punzaban con el trabajo de la separación.
Un día y otro día repetíamos el mismo trabajo y á la llegada de cada noche una verdadera fortuna se había llevado á bordo de La Española, en tanto que otra fortuna más quedaba aún esperando para el día siguiente. En cuanto á los tres rebeldes sobrevivientes, para nada nos molestaron.
Por último—y creo que esto fué la tercera noche—el Doctor y yo vagábamos por el declive de la loma en el punto en que pueden dominarse desde ella todas las partes bajas de la isla, cuando en medio de la oscuridad de la noche el viento trajo hasta nosotros un rumor entre ahullido y canto. Fué una mera ráfaga lo que llegó á nuestros oídos y luego se restableció de nuevo el silencio.
—Dios los tenga de su mano, dijo el Doctor; esos son los rebeldes.
—¡Borrachos, sí señor!, añadió la voz de Silver tras de nosotros.
Aquí es la oportunidad de decir que á Silver se le había dejado el pleno goce de su libertad y que, á pesar de que tuvo que sufrir diarios y constantes desaires, parecía él considerarse, una vez más, como un dependiente querido y privilegiado. Lo cierto es que era de admirar la prudencia con que sobrellevaba todas sus humillaciones y la invariable urbanidad con que trataba de congraciarse con todos. Sin embargo, tengo entendido que nadie lo trató mejor que si hubiese sido un perro; á no ser Ben Gunn, que continuaba sintiendo un terror pánico por su antiguo contramaestre, y yo que, en realidad, tenía algo que agradecerle, si bien es cierto que aun en esto podía yo haberme sentido tan predispuesto como otro cualquiera en contra suya, puesto que recordaba muy bien haberle visto meditando en la meseta una nueva traición en contra mía. En virtud de esto, no fué sino muy ásperamente que el Doctor le respondiera:
—Borrachos ó delirando, ¿qué sabe Vd.?
—Tiene Vd. razón que le sobra, replicó John. Pero lléveme el diablo si ni á mí ni á Vd. nos importa que sea lo uno ó lo otro.
—No creo que tenga Vd. muchas pretensiones á ser considerado un miembro real de la humanidad, dijo el Doctor, con una mirada de desprecio para su interlocutor; por lo mismo, Maese Silver, es muy probable que mis sentimientos le sorprendan á Vd.; pero si yo tuviera la certeza moral de que los tres están delirando, como la tengo de que uno, por lo menos, debe estar postrado por la fiebre, crea Vd. que dejaría al punto este campo y á riesgo de mi propio pellejo, iría á llevarles los auxilios de mi profesión.
—Vd. me perdonará mucho, señor, si le digo que ese sería un gran error, añadió Silver. Vd. perdería con toda certeza su preciosa vida y no le quepa á Vd. duda de ello. Yo estoy ahora en las filas de Vds., en cuerpo y alma, y no consentiría yo jamás en que se debilitara nuestra fuerza, dejando á Vd. ir solo, á Vd. á quien muy bien sé todo lo que debo. Además, aquellos hombres no sabrían nunca mantener su palabra, aun suponiendo que se lo propusieran, y—lo que es peor todavía—nunca podrían tener fe en la promesa de un hombre de honor como Vd.
—Es verdad, dijo el Doctor; pero, en cuanto á hombres que cumplen su palabra, allí está Vd. que se pinta solo para ello.
Ahora bien, aquellas fueron casi las últimas noticias que tuvimos de los tres piratas. Sólo una vez oímos un disparo lejano, y supusimos que andarían cazando. Celebramos, á propósito de ellos, consejo de guerra, y se les sentenció á ser abandonados en la isla, con indecible regocijo de Ben Gunn y con la más cordial aprobación de Gray. Les dejamos un abundante surtido de pólvora y balas, todas las provisiones de carne salada por Ben, algunas medicinas, ropa, una pequeña vela, algunas brazas de cuerda, aperos de labranza y otros muchos útiles y, por deseo expreso del Doctor, una buena cantidad de tabaco como el mejor regalo, según él.
Esto fué casi ya lo último que hicimos en la Isla del Tesoro. Antes de esto ya habíamos embarcado cuidadosamente todo el oro, lo mismo que agua en abundancia, y víveres de sobra para el caso de algún accidente, por lo cual, en una mañana, por cierto muy hermosa, levamos el ancla, que era todo lo que nos restaba que hacer; y levantando al tope de nuestro palo mayor la misma bandera que izara el Capitán en la empalizada y bajo la cual peleamos, salimos mansamente afuera de la Bahía del Norte.
Los tres rebeldes deben haber estado á la mira de nuestros movimientos más cerca de lo que nosotros creíamos. Comprobó este aserto el hecho de que, al cruzar el estrecho que da paso al mar abierto, tuvimos que ir casi costeando la punta Sur y allí los divisamos á todos tres en una pequeña eminencia de arena, arrodillados, y tendiéndonos los brazos con aire suplicante. Lo que hacíamos era muy en contra de nuestros sentimientos, dejándolos en aquella isla salvaje y abandonada; pero era imposible exponernos á los riesgos de un nuevo motín á bordo, y llevarlos á bordo para entregarlos al verdugo en Inglaterra hubiera sido una compasión de una especie enteramente cruel. El Doctor les dió voces avisándoles de las provisiones de todo género que les dejábamos y el punto en donde podrían encontrarlas. Empero ellos continuaban llamándonos á todos por nuestros nombres con unos gritos que partían el corazón, y pidiéndonos que por el amor de Dios no los condenáramos á morir en semejante paraje.
Por último, viendo que el buque seguía inflexiblemente su marcha y se iba ya poniendo fuera del alcance de la voz, uno de ellos, que bien sé cual fué, se puso en pie de un salto lanzando un grito ronco, apoyó el mosquete en su hombro, apuntó é hizo fuego, lanzando una bala que pasó casi rozando la cabeza de Silver y perforó la vela mayor.
Después de esto nos pusimos á cubierto tras la balaustrada de cubierta, y cuando, algún rato después, saqué la cabeza para verlos, habían ya desaparecido de sobre la eminencia de arena, y la eminencia misma se fué perdiendo poco á poco en la bruma de la distancia. Aquel fué, en realidad, el fin del drama representado en la Isla del Tesoro; y como á eso de mediodía, con indecible regocijo de mi ánima, la punta más elevada, la del “Vigía,” se sumergía, por fin, en la azul inmensidad del océano.
Nuestra tripulación era tan escasa que cada uno de nosotros tenía precisión de prestar su ayuda personal á la maniobra, excepto el Capitán que tendido á popa sobre un colchón, daba sus órdenes con toda propiedad, pues aunque ya muy mejorado de su grave herida, tenía aún que guardar una inmovilidad casi absoluta.
Hicimos proa á uno de los puertos más inmediatos de la América española, porque no nos era posible arriesgarnos á hacer todo el viaje sin tripulantes de refresco, pues aun en aquella corta travesía nos bastó tener uno ó dos días de malos vientos y unas dos fugadas recias para que casi todos quedáramos, como quien dice, fuera de combate.
Era precisamente la puesta del sol, cuando tiramos el ancla en un precioso golfo admirablemente protegido, y al punto nos vimos rodeados por lanchones de indígenas y negros y mestizos que vendían frutas y legumbres de toda especie y ofreciéndonos bucear, para divertirnos, por recompensas verdaderamente miserables. La vista de tantos rostros placenteros y amigables, especialmente los de los negros; el gustar las deliciosas frutas tropicales y, sobre todo, las luces que comenzaban á brillar en la población en calles, puertas y ventanas, me hacían sentir la inmensidad del contraste más grato con nuestra sangrienta estancia en la isla. El Doctor y el Caballero, llevándome consigo, bajaron á tierra con el ánimo de pasar en ella las primeras horas de la noche. Pero una vez allí encontraron al Capitán de un buque de guerra inglés anclado en la bahía, entraron en conversación con él, fueron á bordo de su navío y, en una palabra, se divirtieron tanto y tan bien que sería como el amanecer del día siguiente cuando volvimos á bordo de La Española.
Ben Gunn estaba solo sobre cubierta y, no bien hubimos entrado á bordo, cuando comenzó con las más estrambóticas contorsiones á hacernos una confesión. Silver se había marchado. El hombre de la isla había favorecido su escape en un lanchón costanero, hacía algunas horas, y ahora nos aseguraba que lo había hecho así con el solo ánimo de salvar nuestras vidas, que de seguro habrían corrido riesgo inmenso si aquel “marino de una sola pierna” hubiera seguido á bordo. Pero no era eso todo. El cocinero no se había marchado con las manos vacías. Había hecho un agujero disimuladamente y se había sacado uno de los sacos que contenían unas quinientas guineas, para ayudarse seguramente en sus correrías posteriores. Creo, de veras, que todos nos sentimos archisatisfechos de vernos libres de él á tan poca costa.
Ahora bien, para abreviar lo que aún queda por referir, diré que contratamos allí algunos nuevos y honrados marinos para completar nuestra tripulación; que hicimos una travesía feliz, y que La Española tiró el ancla en Brístol, precisamente en momentos en que ya el Sr. Blandy comenzaba á pensar en la precisión de enviar otro buque en busca nuestra. Sólo cinco de las personas que habían partido en la goleta volvían en ella,