De resultas de ellas tuvo que capitular Dunquerque, mas no antes de que muriese de sus heridas el valeroso marqués de Leyden; pasó á manos de los ingleses, según lo pactado, y Link, Dixmunda, Gravelinas, Furnes, Oudenarde, Ypré y otras plazas importantes abrieron luego sus puertas, sin hacer las más resistencia al enemigo. Estos fueron los últimos sucesos de aquella guerra en Flandes. D. Juan de Austria, aunque tan culpado en aquella derrota, fué llamado á España para mandar el ejército de Portugal, y en su lugar vino al Gobierno de Flandes el archiduque Sigismundo, con gente de refuerzo que enviaba el Emperador; mas no hubo ocasión de probar al nuevo capitán, terminada ya la guerra.

Una armada inglesa en tanto, compuesta de diez y siete bajeles de guerra y muchos de transporte, con buenas tropas, al mando del almirante Pen y del general Venables, se presentó delante de la isla de Santo Domingo. Hecho el desembarco, la gente inglesa se dirigió á la capital; mas en el camino fué detenida por los españoles que á toda prisa acudieron á la defensa; y cincuenta mosqueteros, apostados en un bosque, hicieron de modo que la pusieron en desorden, obligándola á retirarse á sus bajeles, con pérdida de seiscientos muertos, trescientos heridos y doscientos prisioneros. Pen y Venables, avergonzados y temerosos de volver á la presencia de Cromwel con el cuento de tan impensada desdicha, determinaron intentar nueva empresa, que fué harto más feliz para ellos. Llegaron delante de la Jamaica, que estaba completamente desguarnecida y sin armas, desembarcaron pacíficamente, y tomaron posesión de la isla. Amagaron luego los ingleses á Cuba y Tierra-firme, sin fruto alguno. Pero el almirante Blake, con una armada poderosa, vino á esperar delante de nuestras costas los galeones del Perú, ricamente cargados como siempre, mediado el otoño de 1656; y uno de sus segundos, Stayner, con siete bajeles que mandaba, hallándolos en número de cuatro con otras tres naves, á vista de la playa de Sanlúcar, que ya saludaban gozosos después de tan largo y peligroso viaje, embistió furiosamente con ellos, logrando tomar, después de una esforzada defensa, el que mandaba don Luis de Hoyos, perdiéndose además dos de las naves en el combate.

Habíase formado en Cádiz apresuradamente una armada á cargo de D. Pablo de Contreras para salir á buscar los galeones; pero se le dieron tales órdenes de excusar la batalla, que por no desobedecerlas no pudo evitar la pérdida. Fuera mejor para esto no disponer tal armada. Al año siguiente, en la bahía de Santa Cruz de Tenerife, acometieron Blake y Stayner otra vez á los galeones, y defendiéndose heroicamente sus tripulaciones, diéronlos al fuego antes que rendirlos, perdiéndose las riquezas y muchos hombres. No pudimos vengar estos daños de los ingleses, y la muerte de Cromwell terminó dichosamente tales hostilidades casi al propio tiempo que, abiertas de buena fe entre España y Francia las negociaciones para la paz, se ajustó ésta con el nombre de Paz de los Pirineos, acabándose aquella lucha tremenda y decisiva que había durado veinticinco años.

Ya la Francia la deseaba, si no tanto como España, bastante al menos para que corriendo el año de 1656 entablase en Madrid tratos que no llegaron á buen término por ciertas condiciones que parecieron inadmisibles. La principal era el matrimonio de la infanta María Teresa, hija mayor de Felipe y heredera de la Corona, con el joven rey Luis XIV, con lo cual se habrían juntado en una las Coronas de Francia y España. No quiso Felipe IV dar oídos á semejante pretensión; antes pretendía casarla con el archiduque Leopoldo de Hungría, que fué luego Emperador, imaginando acaso reunir de nuevo el Imperio con España. Verdaderamente el primer matrimonio era inadmisible. España no podía ni quería unirse con Francia, que mucho más poblada y más próspera no habría tardado en dominarla y convertirla en una de sus provincias; ni había apariencias de que la Europa, que á tan duras penas consintió luego en que un Príncipe francés viniese á ceñir esta Corona, tolerase unión semejante á ningún precio. Pero el intento de reconstituir la colosal herencia de Carlos V, juntando otra vez la Corona imperial con la católica, no era menos aventurado, y señalaba bien á las claras cuánto el espíritu de familia mantenido y avivado por el matrimonio de Mariana de Austria imperaba en Felipe. Ello fué que el no haber obtenido Luis XIV la Infanta por esposa prolongó dos años la guerra. Pero habiendo dado á luz la reina Doña Mariana á fines de 1658 un hijo, el cual tuvo por nombre D. Felipe y murió más tarde sin llegar á heredar la Corona y desvanecidos por lo pronto los temores de unión de las dos Coronas, volvieron á entablarse los tratos.

Acogiólos Francia con favor, porque su tesoro estaba de todo punto exhausto, y muerto Cromwell no podía contar con la alianza de Inglaterra, al paso que Holanda, los Príncipes alemanes y los potentados del Imperio comenzaban á mirar su grandeza con la misma envidia y recelo con que habían mirado la de España. Temió agotar sus fuerzas y exponerse á perder todo lo ganado, y se apresuró á ceder algo discretamente. Así se hubiera hecho en España cuando era tiempo de hacerlo. Ahora si Francia necesitaba de la paz, júzguese cuánto la necesitaríamos nosotros: estábamos ya sin aliento, sin vida; no quedaba sangre en nuestras venas, ni oro en nuestras arcas, semejante la nave del Estado á aquéllas desarboladas y sin timón, que sin poder moverse para esta ó la otra parte, ni mantenerse fijas en un punto, son en el Océano miserable juguete de los vientos y ludibrio de las olas. Tres meses duraron las negociaciones para la paz entre D. Luis de Haro, Marqués ya del Carpio por muerte de su padre, y conde-duque de Olivares por herencia del tío, y el cardenal Julio Mazzarino, que á tan justo título podía jactarse de haber dado cima á la obra de Richelieu. Fué el lugar de ellas una casilla de madera construída de por mitad en una isla del Bidasoa, llamada de los Faisanes, media legua de Irún, en la raya de España y Francia, y que se supuso que pertenecía á ambas Coronas. Concertáronse las negociaciones en ciento veinticuatro artículos que forman aquella paz famosa de los Pirineos, tan importante en la historia de España. Por ella cedimos á Francia, en el condado de Artoys, las ciudades de Arras, Hesdin, Bapaume, Bethune, Liliers, Lens, el condado de Saint Pol, Terouane, Pas y, en fin, toda la provincia menos Saint Omer y Ayre con sus dependencias: en Flandes á Gravelingas, con los fuertes de la Esclusa, de Felipe y de Tuttin, á Bourboug y Saint Venant; en el Haynaut á Landrecy y Quesnoy; en el Luxemburgo á Thionville, Montmedi, Dambilliers, Ivoy, Chavancy y Merville, y además Avennes, Filipeville y Mariembourg. Por la parte de España cedimos también los condados de Rosellón y Conflent ó Conflans, señalando por límites entre las dos naciones la cima de los montes Pirineos; de modo que todo lo del lado de acá quedase á España, y todo lo del lado de allá á Francia. Obligámonos á restituir á Rocroy, Chatelet y Limchamp, plazas conquistadas en Francia durante el último período de la guerra. Con estas pérdidas hay que juntar la de Dunquerque, que tenía cedida Luis XIV á los ingleses. Francia nos devolvió á cambio de estas cesiones el condado de Charolois y las plazas de Borgoña, en Flandes Oudenarde, Dixmunde, Fournes, Nerville sur la Lys, Menin, Commine, la Bassé, Bergues, Saint-Vinos y otros fuertes y lugares sin importancia; en Italia á Mortara y Valencia del Pó; en Cataluña á Rosas, Cadaqués, Urgel, la Bastida, Ripoll y el condado de Cerdania.

No es fácil suponer ahora qué mayores ventajas pudieran obtenerse del Tratado; quizá Francia persistiría en conservar las conquistas con que más podía perjudicarnos, negándose á devolver las plazas y territorios que más nos conviniesen. Pero hay harta ocasión á recelar que faltó acierto en las negociaciones. Jamás pudiendo debimos abandonar el Rosellón, y á cambio bien pudiera darse doble territorio en Flandes, con que la Francia ganara más y nosotros perderíamos menos. El interés de Francia, si la inclinaba á poner en el Pirineo su frontera meridional, tanto ó más pudiera inclinarla á extenderse hacia el Rhin, que es su natural frontera por la parte de Oriente y la más necesitada de defensa; porque si detrás del Pirineo está España, detrás del Rhin está todo el continente. Parece, pues, que si D. Luis de Haro hubiera sabido traer á su pensamiento tales ideas, con más ó menos costa se hubiera alcanzado algún concierto menos desfavorable. Ni fué el de ceder el Rosellón el único yerro que se cometió en el Tratado: de las mismas plazas de Flandes se cedieron también muchas de las más importantes, y se recuperaron otras que no lo eran tanto y que desde luego podían darse por perdidas. Acaso Mazzarino, hablando como vencedor al de Haro, le forzó á aceptar aquella repartición absurda de plazas que nos daba las del Franco Condado, aisladas é indefendibles de todo punto en la guerra, al propio tiempo que nos quitaba tantas otras enclavadas en nuestras provincias é indispensables para su mantenimiento.

Lo mismo este yerro que el anterior engendran naturalmente la sospecha de que tanto como la mala fortuna de la guerra, nos perjudicó en el Tratado la ineptitud de D. Luis de Haro. Tras de no tener este Ministro suficiente talento para comprender los grandes y verdaderos intereses políticos de España, era muy ignorante y de todo punto desconocía los territorios y localidades. Así todo se le volvía, según cuentan, dar largas á las negociaciones, poner estorbos, negar las cosas más sencillas y desconfiar de Mazzarino. Éste, por el contrario, con alta idea de las cosas de Estado y especial de los intereses y conveniencias presentes y futuras de Francia, poseía además perfecto y minucioso conocimiento de las plazas y territorios y de su importancia militar y política. Sagaz y diestro á maravilla, sabía afectar indiferencia por las cosas que más deseaba, y empeñarse en pequeñeces que el nuevo conde-duque de Olivares le disputaba tenacísimamente; cedía luego, y á la sombra de la aparente derrota, ganaba verdaderos y ricos triunfos. Tal retrato hacen las historias de la época de los dos negociadores, y cierto que confirma completamente nuestras sospechas: quizá perdió España, como arriba decimos, tanto como por las armas en las negociaciones del Tratado.

No salieron tampoco muy bien librados nuestros aliados el duque de Lorena y el príncipe de Condé. El primero, preso ya en España por desconfianza de su persona, y, por tanto, flojamente apoyado de nuestra Corte, tuvo que demoler sus fortalezas y ceder buena parte de sus Estados al Rey de Francia, quedando sujeto á más duro feudo que nunca: en cambio recobró la libertad. El de Condé, aunque hidalgamente defendido por D. Luis de Haro que quiso hasta hacerlo Príncipe soberano, dándole algunas plazas en los Países Bajos, fué combatido de tal manera por Mazzarino, su particular enemigo y émulo, que al fin tuvo que consentir en humillarse al Rey y al Cardenal, pidiendo perdón de sus últimos hechos. Y aun porque no perdiese sus dignidades y bienes hubimos de dar la plaza de Avennes y sacar la guarnición española de Julliers con otros partidos.

Más felices fueron naturalmente los aliados de Francia. Al duque de Saboya tuvimos que restituirle á Vercelli y el lugar de Cencho; el príncipe de Mónaco, Grimaldi, quedó libre del presidio español que oprimía sus Estados desde el tiempo de Carlos V, y obtuvo que se le devolviesen todos los bienes que en Nápoles y el Milanés se le habían confiscado; el duque de Módena obtuvo que saliese de Correggio la guarnición que allí solía haber de españoles. Sólo Portugal quedó en abandono de todos los aliados de Francia, y eso en los protocolos, que en la realidad fué luego otra cosa. Hizo Felipe IV este abandono, condición indispensable de la paz, no sin razón por cierto. En vano el francés propuso los más ventajosos partidos, llegando hasta á comprometerse á devolver á España todas las conquistas hechas en la guerra, con tal que el reino de Portugal fuese reconocido como independiente. Felipe y D. Luis de Haro fueron inflexibles en este punto, y Mazzarino tuvo que abandonar Portugal á su suerte en el Tratado, declarando que lo hacía por no perpetuar la guerra, pues era inevitable, de insistir en tal condición, el rompimiento de las negociaciones. Sólo pudo recabar Luis XIV una amnistía completa para todos los que hubiesen intervenido en los sucesos de Portugal, semejante á la que acababa de concederse á los catalanes, con tal que viniesen voluntariamente á la obediencia. Lástima que tal empeño en recuperar á Portugal no se hubiese puesto antes, y que luego no se hubiese llevado á cabo con más acierto y fortuna. Por último, se pactó en el Tratado el matrimonio de Luis XIV con la infanta Doña María Teresa, que era como la base y el sello de todo; ajustándose al propio tiempo un convenio particular para las bodas, en el cual la Infanta renunció completamente por sí y sus descendientes á la sucesión de la Corona de España: renuncia que no tuvo efecto en adelante, y convenio que sirvió para encender luego en España aquella larga y funesta guerra, que trajo á un nieto de Luis XIV al Trono español.

Firmada y ratificada la paz de los Pirineos, y hechos los truecos de plazas y satisfechas las más de las condiciones, se pensó en llevar adelante el matrimonio. Vino el duque de Grammont á Madrid á pedir á la Princesa; partió luego nuestro Rey con ella á la frontera francesa; hiciéronse los desposorios en San Sebastián, representando el marqués del Carpio y conde-duque de Olivares la persona de Luis XIV; entregóse la Princesa á su marido en la raya de Francia, y allí mismo conferenciaron privadamente Felipe y Ana de Austria. Solemne conferencia aquella de los dos hermanos separados por tantos años, y, por tantos aún, irreconciliables enemigos. Uno y otro tenían que referirse largos disgustos, causados los más por el vicio de la galantería, que fué en Ana de Austria como en Felipe muy poderoso. Amada por Richelieu, por Mazzarino y por muchos de los principales señores de la Corte de Francia, despreciando á unos, correspondiendo á otros, y engendrando con ésto y aquéllo despechos y envidias, puede decirse que en todas las turbulencias que afligieron á Francia durante su Regencia, tuvieron muy principal parte tales aventuras. Pero Ana tuvo bastante discreción para no entregar por afición el Poder sino á un hombre de alta capacidad como Mazzarino, y Felipe lo entregó á confidentes y terceros indignos de regir tan gran Nación como España. Así ésta perdió tanto con Felipe; y Francia ganó tanto con Ana de Austria. Harto diferente en costumbres de su padre y tía fué la infanta Doña María Teresa, que dió España á Luis XIV en garantía de la paz. Cuéntase que este Príncipe licencioso dijo al saber su temprana muerte: «es el primer pesar que me ha dado». Separáronse las dos Cortes del Bidasoa, dejando consumado un matrimonio que tan inmenso influjo había de tener en la suerte de España. Á D. Luis de Haro, por la parte principal que había tenido en todos aquellos sucesos, se le dió el título de la Paz, antes y después llevado por otros.

Mas entre tanto que se continuaba y traía á término la guerra con Francia, no estaba en abandono la de Portugal. Habíase puesto al fin, después de diez y ocho años de inercia, la merecida atención en las cosas de allá; pero fué tan tarde, que parecía todo inútil. Lo que había que hacer ya no era una guerra de recuperación, sino de conquista; porque al cabo de diez y ocho años el partido de España se había desvanecido del todo, los Grandes se habían acostumbrado á obedecer á la nueva dinastía, el pueblo la amaba ya y la miraba como suya, todas las fuerzas del Reino estaban reunidas en derredor del Trono y tenía este ya ejércitos de soldados viejos, armada y alianzas muy fructuosas con Holanda, Inglaterra y Francia. Estaban, pues, totalmente mudadas las cosas: y aun cuando el honor exigiese continuar la guerra y hacerla formalmente, bien podía recelarse la inutilidad del empeño.

Si nosotros hubiésemos gobernado bien aquellos pueblos; si hubieran estado unidos con nosotros por vínculos de amor ó de costumbres, como á pesar de todo lo estaban los de Cataluña; si aquéllos como éstos hubieran caído bajo una mano extranjera ó tiránica que los oprimiese más con menos derecho, habrían podido fundarse razonables esperanzas en el tiempo, esperando que la rebelión se confundiese á sí misma. Pero Portugal no dejó de considerarse apenas como extranjero: había sido, si no tan mal gobernado como el resto de la Monarquía, bastante al menos para el vulgo, ignorante de los altos intereses que conciliaba la unión, y los nobles, apasionados en sus agravios, pudieron desear ardientemente el restablecimiento de las antiguas cosas: había sido, finalmente, gobernado por el de Braganza, con dulzura y prudencia, ya que no con grande acierto. La misma guerra que habíamos hecho en la frontera, toda de saqueos, de robos y de exterminio, había acrecentado sobremanera el odio de aquella nación á la nuestra, inclinándola más y más al partido de la independencia.

Corría el año de 1658 cuando se imaginó hacer contra Portugal grandes esfuerzos, y ya á esta sazón el duque de Braganza, Juan IV, y su hijo Teodosio, eran muertos, sucediendo en el Trono D. Alonso, mozo de estragadísimas costumbres y flaco juicio. Quiso Dios que ni aún esta incapacidad del nuevo Rey viniese en provecho de España; y eso por causa de una española, que fué aquella funesta Doña Luisa de Guzmán, mujer del duque Juan de Braganza y madre de D. Alonso. Era aquella mujer entonces quien con más bríos llevaba el nombre glorioso de Guzmán: ella impulsó á su marido á levantarse en el Trono, y ahora sostuvo en él su hijo cuando parecía que iba á desplomarse. Así fué que aun el calor que tomó ahora la guerra, no partió tanto de España como de la altivez y atrevimiento con que osó aquella dama amenazar nuestro territorio. Juntando un ejército de hasta catorce mil infantes y tres mil caballos, con veinte cañones y dos morteros, al mando de Juan Méndez de Vasconcellos, uno de sus mayores privados y generales, emprendió el sitio de Badajoz. Pareció increíble en Madrid el propósito, y se dudó por muchos días, hasta que llegaron las nuevas de que las trincheras estaban abiertas y estrechado el cerco. Metióse dentro de la plaza á abastecerla don Francisco Tuttavilla, duque de San Germán, Capitán general de la frontera, con el Maestre de campo general D. Diego Caballero de Illescas; eran el General de la caballería D. Pedro Téllez Girón, ahora duque de Osuna, hijo del que llamaron el Grande, y el General de la artillería D. Gaspar de la Cueva, hermano del duque de Alburquerque. Comenzaron los portugueses por embestir el fuerte de San Cristóbal á cierta distancia de la ciudad, de donde fueron rechazados por el marqués de Lanzarote, D. Diego Paniagua y Zúñiga, que allí mandaba. El de San Germán, logrando meter en la plaza hasta cinco mil buenos infantes, se salió fuera á proporcionar el socorro, dejando por Gobernador al Maestre de campo Móxica. Acometieron furiosamente los portugueses; pero los de dentro rechazaron todos los ataques y les obligaron á convertir el sitio en bloqueo. Y en tanto en Madrid, cerciorada del caso nuestra Corte, avergonzada del atrevimiento de los portugueses, y viendo que si Badajoz caía en sus manos, podían penetrar sin estorbo hasta el corazón de Castilla, se determinó acudir pronta y poderosamente al reparo. Hubo un Consejo, en el cual no faltaron personas que opinasen porque el Rey saliese á campaña, entrando en Portugal con el ejército; opúsose á ello el marqués del Carpio, D. Luis de Haro, y más aún la propia indolencia del Rey; de suerte que se desechó aquello que, ahora como antes, era lo más acertado.

Era D. Luis de Haro, aunque no mal intencionado, como sabemos, celosísimo de su autoridad y receloso; recordaba que la salida del Rey al ejército de Cataluña, fué de las mayores causas que hubo para que su tío el Conde-Duque perdiera la privanza, y más que él tenía ya contra sí á la reina Doña Mariana, como aquel tuvo contra sí á la reina Doña Isabel. Tales motivos le hicieron opinar porque el Rey no fuese al ejército; y prevaleciendo su parecer, se ofreció él mismo á acudir á la empresa, aunque nunca hubiese andado en ejércitos ni entendiese de gobernarlos. Consintió el Rey en el propósito del Méndez de Haro, y éste comenzó á toda prisa á juntar fuerzas; y como no reparaba en los medios ni en la calidad de la gente, sacándola por fuerza de los cortijos de Castilla, sin darla ninguna orden ni enseñanza, pronto tuvo bajo sus órdenes hasta ocho mil infantes y cuatro mil caballos, con los cuales se juntaron luego dos mil caballos que sacó de la plaza el duque de San Germán para atender al socorro. Marchó este ejército la vuelta de Badajoz; mas se encontró al llegar con que el enemigo, no osando esperar, había alzado el cerco, hallándose tan disminuído que apenas contaba ya con once mil combatientes. Entonces el del Carpio y Olivares, achacando á propia gloria lo que era efecto de la buena defensa de la plaza y de los padecimientos de los sitiadores, cobró alientos para pasar la frontera y poner sitio á la plaza de Elvas.

Defendióla vigorosamente su gobernador Sancho Manuel durante mes y medio, y dió tiempo á que con mucho trabajo juntasen los portugueses nuevo ejército al mando del conde de Castañeda. Estaban las líneas de Elvas regularmente fortificadas en cuatro cuarteles y sostenidas por algunos reductos. Llegó á ellas el de Castañeda igual en infantería, menor en caballería; pues sólo contaba con dos mil y quinientos jinetes, y las embistió al alba de cierto día cuando los nuestros no esperaban que osase allí acometerlo, y disputaban sobre si convenía ó no salir á esperarlo. Estaba todo tan mal dispuesto, que mientras el grueso de la infantería campaba al costado izquierdo, al costado derecho por donde se dejó ver el enemigo no había más que veinte hombres en un gran fuerte y hasta ciento cincuenta más á tiro de mosquete; en cambio, ostentábanse numerosos los escuadrones de caballería. Al descubrir á los portugueses sobre las trincheras fué cuando se envió por infantería; pero aún ésta no se había puesto en movimiento, cuando ya los portugueses, arrollando fácilmente á los veinte hombres del fuerte, habían tomado posesión de él y de todas las trincheras de aquella parte. En vano el duque de San Germán, á quien tocaba el puesto, quiso defenderlo; no teniendo con quien, sólo logró que al primer encuentro lo hiriesen de un mosquetazo en la cabeza con que lo derribaron. Acudió también el de Osuna con la caballería; pero ésta era inútil para echar á los portugueses de nuestros mismos reductos y líneas donde estaban situados. Entonces todo fué confusión en nuestro campo; D. Luis Méndez de Haro, no bien oyó el estruendo de la artillería, con proceder indigno de su noble raza, tomó la fuga abandonándolo todo hasta los papeles del Ministerio; y aunque el duque de Osuna, la Cueva, Móxica y los demás capitanes rechazaron en el costado derecho á los portugueses y prolongaron por siete horas la pelea, no pudieron ya mantener firmes sus escuadrones desconcertados, sin plan ni aliento, y tuvieron que retirarse al fin con apariencias de fuga (1659), dejando en el campo la artillería, bagajes y banderas, cuatro mil muertos y hasta dos mil prisioneros. Debióse al valor del Maestre de campo D. Rodrigo Móxica que se pudiera salvar alguna gente en escuadrón formado. El y Osuna y otros cumplieron largamente con sus obligaciones.

Debió una rota de tal naturaleza hacer morir de vergüenza al Ministro y de cólera al Rey; mas ni uno ni otro hicieron demostración de cólera ó de vergüenza. El privado no cayó de la gracia del Rey; y tanto fué así, que inmediatamente le nombró para hacer aquellas paces de los Pirineos, donde anduvo, como dejamos dicho, no más acertado que en lo de Elvas. Menos desgraciada que por la parte de Extremadura fué por la parte de Galicia la campaña de 1659, y aun pudiera decirse que gloriosa. El marqués de Viana mandaba por aquella parte un pequeño ejército, que no llegaría á cinco mil hombres, teniendo por Maestre de campo general á D. Baltasar Pantoja y otros capitanes de cuenta á sus órdenes. Con estas fuerzas pasó el Miño, no lejos de Valencia, y plantó del lado allá sus cuarteles. Y habiéndole embestido el conde de Castel Melhor con fuerzas portuguesas, que serían á poco más ó menos como las suyas, peleó dos veces esforzadamente, principalmente la última, en que los contrarios fueron rotos y obligados á refugiarse en las montañas de Coura. Diéronnos estas ventajas el castillo de Lampella, situado en la misma ribera del Miño, que en pocos días capituló; luego la importante plaza de Monzao, defendida valerosamente por los portugueses durante cuatro meses de asedio, y, por último, Salvatierra y el fuerte de Portello, tomado por sorpresa. Hizo el de Viana estas conquistas contra la opinión de la Corte, que, asustada con el suceso de Elvas, le ordenaba la retirada. Pero no bien se supieron en Madrid, para darlas más importancias y hacer olvidar lo de Elvas, se restableció el antiguo Consejo de Portugal, suprimido ya por inútil, así como si de nuevo tuviese que gobernar aquel reino. ¡Ridícula jactancia! En tanto no se abrieron otras campañas, esperando á que llegase á España D. Juan de Austria, llamado de Flandes después de la derrota de las Dunas, y tomando el mando de un poderoso ejército nuevamente reunido, rematase de verdad la conquista. Vana esperanza la que se edificaba sobre tal caudillo, que tan pocas muestras había dado de ser el gran capitán que necesitaba la empresa; pero como había asistido á la recuperación de Nápoles y Cerdeña, se juzgó que en Portugal había de acompañarle la misma suerte. Y como anduviesen ya muy adelantadas las negociaciones de paz, se aguardó á terminarlas para disponer de todas las fuerzas.

Al fin en 1661 se resolvió hacer el esfuerzo final y supremo. Faltaba, como siempre dinero, y como tantas veces, se determinó buscarlo alterando el valor de la moneda, no escarmentados los Ministros con tantos desengaños. La alteración que ahora se imaginó fué la más extraña del mundo; porque consistía en repartir en cuatro cada pieza de cobre de dos maravedís, y darle valor de ocho á cada trozo, echándole la cuarta parte de plata. Hízose la mezcla, perdióse en ella cantidad de plata, falsificóse al punto mucha de aquella moneda, echándola en lugar de plata estaño, hubo la ordinaria confusión y carestía, perdióse mucho y no se ganó nada; de suerte que se prepararon las cosas de la guerra con la mayor escasez y penuria. Al mismo tiempo la mala suerte de nuestras armas en los últimos años hacía pensar á la sazón en la necesidad de reformar los ejércitos y mejorarlos antes de salir con ellos á campaña.

Así como en otros tiempos hervían los arbitristas financieros, proponiendo delirios y cosas que parecían de burlas, á no andar escritas en libros serios, sin poner en olvido la Hacienda, dedicábanse ahora los ingenios arbitristas á curar los males de la milicia española, pretendiendo cada cual con sus consejos hacerla invencible. Mas no adoptándose ninguno de los buenos pensamientos que por acaso se ocurrían, y afirmándose los errores que venían destruyendo de mucho tiempo antes nuestra milicia, vino á suceder que cada día tuviese España peores ejércitos.

El principal, destinado ahora contra Portugal, que había de entrar por Extremadura al mando de D. Juan de Austria, con D. Diego Caballero de Illescas por Maestre de campo general, D. Diego Correa por General de la caballería, y Luis Poderico, el napolitano, y otros capitanes de nombre, se componía de ocho mil novecientos infantes y cuatro mil novecientos caballos. Mucha parte de los soldados eran alemanes, walones é italianos, traídos de Flandes ó de Italia, ó levantados de nuevo en aquellas provincias y en Alemania. Sólo en la caballería se hallaba número considerable de españoles, porque en ella, contra el sentir de los antiguos capitanes y las antiguas experiencias, se cifraba el nombre escaso de nuestras armas, perdido del todo el de nuestra temible y famosa infantería. Era la causa de que hubiese ahora en el ejército muchos extranjeros, que D. Juan de Austria, incapaz de comprender las buenas y las malas cualidades del soldado español, y por lo tanto incapaz de remediar las malas, achacando á los españoles la pérdida de batallas que él con su torpeza había perdido, traía á éstos desacreditados en la Corte, sustentando que no había en sus pechos bastante aliento, ni bastante robustez en sus brazos para el ejercicio de las armas. Cosa increíble que tal hubiera quien pensase de la nación que fué durante siglo y medio el terror del mundo por solo el valor de sus armas; que hizo con sus almogávares temblar á Constantinopla, conquistando la Grecia, que redujo á Sicilia, Nápoles y Cerdeña por virtud del hierro y de la sangre de sus hijos, que contó entre sus soldados á los de Hernán Cortés y á los del Gran Capitán, cuya infantería no halló gente alemana que no devorase en Rávena, ni esguízaros que pudieran resistirla en Pavía, ni franceses en San Quintín, ni suecos en Nordlinghen que supieran disputarle el campo. Y que tal se dijera cuando apenas eran pasados veinticinco años de aquella última batalla tan gloriosa, y donde tan alto y tan superior al de todas las demás naciones se señaló el valor de España; cuando quedaba todavía alguno que otro soldado heroico de aquellos que vencieron en gloria á sus vencedores mismos en los campos de Rocroy. «Hijos espurios—exclama el marqués de Buscayolo, sabio escritor y valeroso capitán italiano—; hijos—dice—espurios y monstruosos de España, que miden los ánimos ajenos por su flaqueza, reprueban la suposición fundamental de mis proposiciones con acusar de viles é impropios para armas tan esforzadas sus nacionales. ¿Acaso estos últimos diez años han podido quitar las inmemoriales, ingénitas y siempre continuadas leyes de la generosidad española? No; que no obra tan precipitadamente la naturaleza. Son argumentos de la ferocidad y menosprecio de la muerte que persevera en los ánimos españoles las riñas y pendencias de las calles, pues ninguna nación las ejerce con mayores bríos, particularmente con espadas y rodelas. Es necesario referir las calamidades de la Monarquía á otras causas.»[21] Y tenía razón el ilustre italiano, y bien pudieron ocurrírsele al D. Juan de Austria las propias reflexiones al ver tanto valor mal gastado en este género de combates, y tan poco empleado en las fronteras; y al ver cuán deshechos andaban los antiguos tercios, cuán perdida la disciplina, cuán olvidado el buen concierto y arte de los ejércitos. Generales como él, sin otra prenda que el valor de un buen soldado y el ser hijo del Rey, capitanes elegidos, no en alguna escuela militar ó después de largos servicios, sino buscados al improviso entre los fanfarrones y acuchilladores de profesión de la corte, confundiendo el valor personal con el conjunto de dotes y calidades necesarias para el mando, ó acaso tomados entre los amigos y clientes de los cortesanos, sin tener para nada en cuenta su aptitud ó capacidad, soldados sin instrucción ni práctica, enganchados en la más vil chusma ó tumultuariamente recogidos en los campos de Castilla, no podían componer ejércitos que sostuviesen el honor de nuestro nombre. Hubiéranse restablecido las antiguas costumbres militares, la antigua honra, el antiguo estímulo, la antigua severidad en repartir los empleos y en distribuir las recompensas, y la infantería de España hubiera tornado á ser lo que fué, y en vez de avergonzar á D. Juan de Austria por su flaqueza, hubiera debido él avergonzarse de mandar con tan pocos títulos tan noble gente.

El segundo ejército de los destinados á recuperar á Portugal se puso á la parte de Castilla. Dióse el mando al duque de Osuna, D. Pedro Téllez Girón, con don Juan Salamanqués por Maestre de campo general. El número pasaría de cinco mil infantes y mil caballos, una sexta parte soldados, los otros paisanos de la comarca, quitados como se solía hacer, entre pastores y villanos. El tercer ejército, que era el de la parte de Galicia, quedó como estaba, á cargo del marqués de Viana, Capitán general de aquel reino, con la misma gente ó poco más ó menos que tuvo en las anteriores campañas. Debía el primer ejército emprender la conquista, mientras los otros hacían diversiones cada uno por su parte, sin meterse en grandes empeños. Juntóse además una pequeña armada con los pocos bajeles que quedaban, cuyo mando se dió al duque de Veraguas para que tomase la mar é impidiese los socorros, dando calor á la par á cualquier movimiento favorable que pudiera declararse por dentro del reino. Así dispuestas las cosas, se comenzó la campaña. Pero antes Doña Luisa de Guzmán, espantada de tales preparativos, juzgándose verdaderamente abandonada de las demás naciones por las paces de Munster y de los Pirineos, propuso á nuestra Corte partidos de avenencia y concierto. Dicen algunos que estos partidos no parecieron admisibles por muy soberbios; mas otros afirman, por el contrario, que hizo proposiciones verdaderamente humildísimas y demasiadas. Aveníase según éstos á reconocer al reino de Portugal como feudatario de Castilla, pagando cada año por feudo gruesas sumas, naves y gente de guerra. No siendo admitido, añádese que propuso otro más ventajoso, y fué ceder á Castilla todo el reino, quedándose solo con el rincón de Algarbe. Pero ni aun esto fué admitido; tanta se supone que era la confianza que había en la reconquista, contentándose nuestra Corte con ofrecer que devolvería á la casa de Braganza sus bienes y el Virreinato perpetuo de Portugal.

No parecen probables tales propuestas de parte de la esforzada Doña Luisa; y ello es que no tardó en renunciar á toda plática de paz. Estaban los ingleses ya aliados con ella, y no tardaron en estrechar más y más esta alianza por el matrimonio del nuevo rey Carlos II repuesto en el trono de su padre después de la muerte de Cromwel, con su hija Doña Catalina; y los franceses, deseosos de quitarnos la fuerza de la unidad sin acordarse de lo prometido en los tratados ni tener cuenta con los juramentos y compromisos tan cercanos, vinieron á asegurarla bajo mano que no la abandonarían nunca. Permitiéronla en seguida levantar regimientos enteros de sus naturales cada una de estas naciones, enviándole á porfía oficiales y dinero; Francia al mariscal de Schomberg, uno de sus mayores generales, para que tomase el mando de las armas, con hasta doscientos oficiales y sargentos veteranos que disciplinasen las tropas, cuatrocientos jinetes, y poco después seiscientas mil libras de socorro; Inglaterra tres mil infantes, mil jinetes veteranos y armas y bajeles. Bien que ésta última exigió en pago que se le entregase á Tánger, como lo hizo en efecto la de Braganza contra la voluntad de los vecinos; de suerte que tuvo que valerse de aleves medios, y entre otros el de hacer caer en una emboscada de moros á los más de aquellos que resistían la entrega.

Mal principio fué de las hostilidades el suceso de la armada del duque de Veraguas, que fué destruída por una tempestad en las costas de Andalucía antes de que pudiera hacer efecto alguno. D. Juan de Austria en tanto con el ejército español entró en Portugal, rindiendo y guarneciendo la pequeña plaza de Arronches. D. Diego Caballero recobró en la frontera de Castilla la de Alconchel, y asoló la comarca por la parte de Zafra; pero no se hizo más en aquella campaña por haberla comenzado muy tarde. En 1662 entró D. Juan á sangre y fuego por el mismo territorio. El ejército enemigo, inferior en fuerzas, no quiso venir á batalla, y se mantuvo fortificado á vista de Estremoz, y D. Juan entró por fuerza, y quemó á Villabom, tomó á Borba por asalto, y mandó ahorcar al Gobernador, y en seguida emprendió el sitio de Xermeña. Esta plaza, muy bien situada en una altura sobre el Guadiana, con buenas fortificaciones y guarnición, se defendió esforzadamente; pero al cabo de muchos días de sitio hubo de rendirse á partido sin que el conde de Marialva y Schomberg, que mandaban el ejército de los contrarios, osasen, aunque lo amagaron y publicaron, intentar el socorro.

Viéronse aún en este sitio algunas muestras del antiguo valor de los tercios de España. Dado un asalto general á la plaza, los italianos llegaron á las fortificaciones y supieron mantenerse valerosísimamente en ellas; pero los españoles no fueron tan afortunados, y rechazados por el enemigo, después de un sangriento combate, tuvieron que recogerse á sus cuarteles. Entonces, los Maestres de campo y capitanes de nuestros tercios y los soldados mismos, llenos de vergüenza al ver que los italianos hubiesen hecho más que ellos, rogaron á D. Juan que les dejase repetir el asalto, y no al amparo de la obscuridad como solía ejecutarse este género de empresas para aminorar el riesgo, sino á la luz del sol, donde pudiera ser más público su desagravio y más peligroso el trance. Accedió D. Juan á la súplica, y al rayar el sol en el mediodía, subieron nuestros tercios al asalto, y á costa de muchísimas vidas, con gran valor y constancia se alojaron en el mismo lugar que los italianos. Bizarría loable; pero lastimosa, porque se perdieron muchos valientes cuyas vidas hubieran protegido las sombras, de darse el asalto como correspondía. D. Diego Caballero asoló con su caballería, durante el sitio, muchos lugares de enemigos, les causó infinitos daños, y rompió algunos de sus escuadrones. Veyros, Fonteyra, Monforte y Azumar, cabeza del condado de D. Francisco de Melo, ya difunto, vinieron á nuestro poder sin resistencia: el Gobernador de Unguela, aunque hizo grandes alardes de fiereza, se dejó sorprender sin algún esfuerzo; el de Ocrato se defendió valerosamente, y de orden de D. Juan fué ahorcado como rebelde.

Dieron los frutos de esta campaña mayores ánimos para la siguiente, y D. Juan de Austria, con hasta doce mil infantes, seis mil caballos y veinticuatro cañones la comenzó por el sitio de la importante plaza de Evora. El enemigo, con once mil infantes y más de seis mil caballos, número poco más ó menos igual al nuestro, se acercó con el intento de hacer levantar el sitio; pero cuando llegó á avistar nuestras líneas halló ya la plaza rendida. Un trozo de españoles se apoderó casi al propio tiempo de Alcázar de la Sal, á poca distancia de Setubal. Espantóse Lisboa, fué grande el terror en todo el reino, y por un momento creyóse Portugal perdido, porque no había plaza que oponernos hasta la misma capital. Entonces la de Guzmán dió orden á sus generales de que nos diesen batalla á todo trance. Retirábase D. Juan á Badajoz dejando ya guarnecida á Evora, no osando con ejército al frente igual en fuerzas sitiar otra plaza, cuando orillas del río Degeba se encontró con los enemigos y hubo un choque sin importancia, después del cual los nuestros continuaron su retirada y los portugueses los siguieron ansiosos por venir á formal batalla. No pudiendo excusarla don Juan se empeñó al fin no lejos de Estremoz, junto al lugar de Ameyxial, una hora antes de ponerse el sol. Ocupaba nuestra infantería unas colinas por en medio de las cuales corría un canal ó valle angosto; allí puso D. Juan la caballería y detrás el bagaje, y al pie de las colinas de uno y otro lado del canal plantó sus cañones. Atacaron primero los contrarios, y de una y otra parte se comenzó á pelear ferozmente con notable ventaja de los enemigos, mas sin declararse del todo la victoria, hasta que la noche que andaba tan cerca separó á los combatientes. Pero al amanecer del siguiente día hallaron los portugueses por suyo el campo; el ejército español había desaparecido. «Portugal en Evora, dice un papel de aquel tiempo[22], destruyó la flor de España, lo mejor de Flandes, lo lucido de Milán, lo escogido de Nápoles y lo granado de Extremadura. Vergonzosamente se retiró S. A., dejando ocho millones que costó la empresa, ocho mil muertos, seis mil prisioneros, cuatro mil caballos, veinticuatro piezas de artillería; y lo más lastimoso fué, que de ciento veinte títulos y cabos no escaparon sino cinco. Germán y D. Diego Caballero ¿por qué huyeron dejando el estandarte de su Príncipe?» Huyeron como huyó allí todo el mundo, porque estaba contra nosotros la fortuna. D. Juan, aunque es cierto que no supo disponer las cosas como capitán, se mostró pródigo de su persona, entrando pica en mano por los enemigos á pie, porque ya le habían muerto dos caballos, y peleando largo rato sin acordarse que ya casi nadie quedaba á su lado. Entonces debió arrepentirse de haber fiado tanto de extranjeros, porque de ellos era, como dijimos, gran parte de aquel ejército que huía de los enemigos en tan breve tiempo de pelea favorecido de las tinieblas; y los que allí mejor pelearon, fueron los hidalgos y títulos de Castilla, muriendo ó sucumbiendo con honra.

Dió al enemigo la victoria el valor de la veterana infantería inglesa enviada en ayuda de Portugal, criada en los campos de batalla de la revolución y en los sitios de Flandes. Su pérdida llegó á cinco mil hombres, y recordando la poca duración de la batalla, espanta el gran número de muertos de una y otra parte.

Al punto se rindió Evora (1663), y luego otros lugares de los que poseían los nuestros, y á la siguiente campaña osaron los enemigos sitiarnos á Valencia de Alcántara. La plaza era flaca por sus fortificaciones, pero defendida por D. Juan de Ayala Mejía, capitán muy valeroso, con buena guarnición de españoles, el cual hizo tan heroica defensa, que mató en salidas y asaltos más de mil hombres á los enemigos, y se sostuvo hasta que, falto de municiones y sin ser socorrido, tuvo que rendirse á honrados partidos. Propúsose librar á esta plaza el General de la caballería D. Diego Correa, mas no pudo lograrlo. Y en seguida, casi todos los puestos pequeños que habíamos conquistado en Portugal, tuvimos que abandonarlos.

Mientras por la parte de Extremadura y el Alemtejo se peleaba con tan poca fortuna, ofrecíannos las demás fronteras, mezclados con tal cual ventaja, nuevos desengaños. El marqués de Viana entró por la parte de Galicia en la provincia de Entre Duero y Miño y sitió la plaza de Valencia del Miño; pero no pudo tomarla, porque el conde de Prado, que mandaba á los portugueses con igual número de fuerzas, no le perdió un momento de vista, apostándose en las inmediaciones de su campo; dióle una embestida en la cual logró desordenar nuestra caballería; pero fué rechazado con pérdida, y, sin embargo, al cabo de algunos días fué preciso levantar el cerco volviendo á Galicia. Sucedió en el mando de las tropas al marqués de Viana el Arzobispo de Santiago, D. Pedro de Acuña, y por su orden tomó el Maestre de campo, general Pantoja, á Castel-Lindoso, plaza bastante fortificada; bien que se perdió á poco tiempo, sin que por aquel lado ocurriese cosa notable. Mas activo el duque de Osuna, entró desde Ciudad-Rodrigo por la provincia de Beira, se apoderó del fuerte de Valdemula por asalto, rindió el castillo de Alberguería, y saqueó los pueblos del contorno, principalmente Soto, Nava, Cuadra de San Pedro, Lajuncia, Malpartida, Vervenosa, Almosala y Matadelobos, en la campaña de 1661. Vengóse el conde de Villaflor, D. Juan Manuel, que mandaba la provincia de Beira por los portugueses, haciendo en las tierras de Castilla mucho daño. Nada hizo el de Osuna en la campaña de 1662 sino tomar la villa de Escallón; pero en la siguiente no cesó de hacer diversiones al enemigo. Intentó sorprender á Almeida por Escalada; y aunque no pudo conseguirlo, como le embistiesen la retirada cerca de doce mil portugueses que habían acudido tanto de aquella provincia como de la de Alemtejo y Miño, no obstante que se hallaba con la mitad de fuerza, los rompió completamente con mucha gloria suya y pérdida de los contrarios. Dióle aliento esta victoria para emprender el sitio de Castel-Rodrigo. Llevó para la empresa tres mil quinientos infantes, setecientos caballos y nueve cañones, é iban en su compañía además de D. Juan Salamanqués, D. Antonio de Issassi, Teniente general de la caballería, y el marqués de Buscayolo, que servía con no menos valor que inteligencia. Salió de Almeida á estorbarles la marcha Jacobo de Magalhaes con un buen trozo de caballos y algunos infantes; pero D. Antonio de Issassi cerró con ellos de manera que los forzó á ampararse de nuevo en sus muros; con esto se emprendió ya sin obstáculo el sitio de Castel-Rodrigo, abrióse brecha, y se dispuso el asalto.

Entonces se vió un suceso digno, aunque tan vergonzoso de ser puntualmente recordado, porque explica cual andaban entonces nuestros ejércitos. Defendíanse muy flojamente los de la plaza, y tanto que con solo algunos disparos de artillería y el fuego de nuestros tiradores, desampararon la brecha dejándola libre y abierta. Comenzó á subir á ella el Maestre de campo D. Juan Flores con su tercio castellano; mas al coronarla el Maestre con sus oficiales, se encontraron con que así como por delante no veían enemigos, tampoco veían á sus soldados que habían hecho alto al pie sin atreverse á dar un paso. Llamáronlos á ellos los capitanes, pero fué en vano; no pudieron conseguir de aquella vil gente que entrase por la brecha; y algunos más determinados que comenzaron á subir para juntarse con sus oficiales, huyeron bien pronto al ver reventar por allí cerca ciertas granadas disparadas de nuestro mismo campo. Bramaban de vergüenza los oficiales, estimulaban á su gente por todos los medios posibles; ruegos, amenazas, todo lo emplearon, y al cabo de dos horas de inútil esfuerzo, tuvieron que ordenar la retirada sin poder dar valor á aquellos villanos traídos de repente á formar tercios desde sus rústicos y pacíficos ejercicios, ajenos al pundonor de las armas y temerosos de un género de peligro enteramente desconocido para ellos. No hubo tiempo para remediar aunque se pudiera tal vergüenza, porque el Gobernador de Almeida, Jacobo Magalhaes, llegó al día siguiente al socorro de la plaza con cuatro mil infantes y unos seiscientos caballos y fué preciso levantar el sitio.

Á campo abierto nos esperaba mayor vergüenza todavía. Provocónos el enemigo á batalla y fué preciso aceptarla. Formóse nuestro ejército en lo alto de unas colinas que hacían un llano, donde podía jugar cómodamente la caballería; el lado izquierdo apoyado en tres setos, y el derecho inaccesible; por el frente corría un arroyo con un desfiladero capaz solo de un hombre, y donde más de dos, para la subida. En esta conformidad no podía dudarse de la victoria al parecer, porque la posición de nuestro ejército era de las más fuertes. Embistió el enemigo nuestra izquierda con su caballería, donde estaba el marqués de Buscayolo con buena manga de mosqueteros al abrigo de los setos, y fué rechazado con gran rociada de balas. Entonces rompió el fuego con su mosquetería, mas desde tan lejos, que no pudo ofender á nuestros escuadrones. Sin embargo, no puede decirse que improviso temor ocupase á los infantes castellanos; no hay palabra con que explicarlo. Como si les hubiera dado orden de arrojar las armas y huir en oyendo la primera carga, así se pusieron en fuga repentinamente y sin ocasión, atropellando á los oficiales y cabos que quisieron detenerlos. La caballería, viéndose abandonada de la infantería, desapareció en un instante. Quedó el de Osuna y quedaron todos los capitanes tan confusos como quien despertando de un sueño profundo en que le parecía ver numeroso ejército, al abrir los ojos se hallase solo. Y en tanto la caballería portuguesa cargó á toda rienda para aprovecharse de aquella impensada victoria; quedó preso el Teniente general de la caballería, D. Antonio de Issassi, con otros muchos oficiales y hasta cuatrocientos soldados; los muertos y heridos no llegarían en todos á cien hombres (1663). Perdióse la artillería, el bagaje y todo, principalmente la honra, y dispersos y acobardados llegaron á Ciudad-Rodrigo los capitanes y el resto de la gente.

Esta derrota y la de Estremoz costaron los empleos á los dos Generales: á D. Juan de Austria se le admitió la renuncia que hizo del mando del ejército, ordenándole que se retirase á Consuegra, y el duque de Osuna fué también separado. Quejábase el primero de que no se le enviaba el dinero y los recursos que necesitaba para la guerra, por artes de la reina Doña Mariana, que mirando ya en él un enemigo para el día en que faltase su esposo, no quería que ganase la gloria de la recuperación de Portugal. Y fuese esto verdaderamente, ó fuese solo amor exagerado á su patria alemana, ello es que mientras el ejército de D. Juan carecía de todo en Portugal, se enviaron al Emperador grandes donativos de dinero para levantar tropas contra el turco que amenazaba, según decían, entrar en armas en el imperio; y aún se obligó nuestra Corte á enviarle diez y ocho mil hombres de socorro ó á dar bastante dinero para levantarlos y mantenerlos en Alemania. Obligación necia, reprensible y casi indigna de crédito, á no estar bien atestiguada. El duque de Osuna se quejaba de que se le hubiera entregado á tales juntas de villanos sin dinero tampoco ni recursos, comprometiendo el crédito de su valor y de su casa, y no tardaron sus quejas en ser castigadas condenándole á estar preso y á pagar cien mil ducados de multa por las contribuciones indebidas que para mantener su hambrienta gente había sacado de los pueblos; bien que fué absuelto. Lleno de noble pundonor el de Osuna, pidió al Rey que pues era tan desgraciado como General, le dejara servir con una pica entre soldados; mas no se le permitió tampoco. Soldado muy valiente y señor muy amante de su patria fué este duque de Osuna.

Llamóse de Flandes al marqués de Caracena, D. Luis de Benavides y Carrillo de Toledo, para mandar el nuevo ejército que había de formarse. Vinieron de Flandes é Italia los restos de los tercios viejos, dejando aquellas provincias sin defensa apenas. Juntáronse cuantos soldados había disponibles en la Península, y de todo se hizo un ejército de once mil infantes, ocho mil caballos y diez y seis piezas de artillería; último ejército temible que pudiese reunir por aquellos tiempos España. Por Maestre de campo general quedó D. Diego Caballero de Illescas; mandaba la caballería española D. Diego Correa, la extranjera el príncipe de Parma, Alejandro Farnesio, y un cierto D. Luis Ferrer la artillería. Era el marqués de Caracena hombre de gran valor como todos los capitanes que entonces hubiese en España, pero de más reputación que talentos militares; habíase conducido medianamente en Italia, y luego en Flandes se había opuesto á algunas de las disposiciones que nos habían sido tan funestas; esto y la amistad de D. Luis de Haro, que mientras vivió no dejó de loarlo en la Corte, fué causa de que se echase mano de él en tales circunstancias, mirándole como el salvador de la patria.

No justificó ciertamente el de Caracena tales esperanzas. Salió de Badajoz con su gente y fué á ponerse sobre Villaviciosa; tomóse la ciudad, pero no el castillo; y cuando se trataba de la expugnación, el marqués de Marialva y el conde de Schomberg que mandaban á los portugueses, aparecieron determinados á hacernos levantar el cerco. No hubieron de esforzarse mucho, porque Caracena, lleno de vanidad, deseaba tanto la batalla, que solía decir que antepondría siempre la incertidumbre de ella á la cierta conquista de Villaviciosa. Apenas avistó á los enemigos, contra el parecer de los más expertos capitanes que opinaban que los esperase en sus posiciones, que eran tales que no podían menos de proporcionarle la victoria, alzó el campo y fué á encontrarlos. Hallólos cerca de un lugar llamado Montes-claros, media legua de Villaviciosa, muy superiores en infantería, pues subía la suya á doce mil hombres, cuando la nuestra con la que había quedado al resguardo de las líneas, no pasaba allí de seis mil; inferiores en caballería. Pero tenían los enemigos tomado ya tal puesto, que no pudo obrar nada nuestra caballería y solo la infantería se arrojó al combate contra el número doble de los enemigos. No hubo más que una descarga, y en seguida se arrojaron unos y otros á pelear pica á pica. Componíase la infantería contraria de portugueses, franceses é ingleses; la nuestra de italianos, alemanes y españoles, y de una y otra parte se peleó con tanto furor, que los nuestros quitaron dos veces el puesto al enemigo, y éstos por otras dos veces lo recobraron, hasta que después de siete horas de pelea, viendo el de Caracena que iba consumiéndose sin fruto su gente, ordenó la retirada. Hízola en muy buen orden, sin que los enemigos, por miedo de su caballería, tan numerosa y casi intacta, osasen de perseguirle; pero tuvo que abandonar casi toda la artillería por no poder arrastrarla, y la mayor parte del bagaje. Dejamos cuatro mil hombres en el campo muertos y heridos, no siendo mucho menor el número en los enemigos, y hartos prisioneros, entre los cuales se contó el Capitán general de la caballería española D. Diego Correa. Caracena con el resto del ejército se retiró á Badajoz (1665), desde donde solicitó refuerzos, diciendo que el éxito de la batalla era tal, que de enviárselos nunca había sido más fácil aquella conquista. Arranque de vanidad ridículo, aunque fué verdad que los enemigos quedaron casi tan destrozados como nosotros en la batalla.

Por los propios días salieron de Cádiz algunos bajeles contra las costas portuguesas al mando del duque de Aveiro, uno de los Grandes más poderosos de Lisboa que acababa de venirse á nuestro partido, y no logró otro efecto que la conquista del islote de Berlinga, y la del fuerte de Baleyers, siendo rechazado delante de Sagres. Se había pretendido formar una armada respetable haciendo un tratado con cierto comerciante de Génova llamado Hipólito Centurione, que por subido precio debía facilitarnos á punto de guerra los bajeles; mas el Gobierno de aquella república no quiso consentir el armamento, previendo ya las desdichas que había de acarrearle su fidelidad á España.

Estos sucesos llenaron de profunda tristeza el corazón de Felipe IV. Aleccionado al fin por la experiencia, comprendió que en Estremoz y Villaviciosa había perdido definitivamente el trono de Portugal. Así fué que al recibir la nueva de esta última batalla, dijo con acento doloroso: «hágase la voluntad de Dios», y cayó acongojado. Ya su edad de sesenta años no le permitía desvanecer las inquietudes del ánimo; y asomaron en él de pronto los desempeños y remordimientos de la vida pasada, más poderosos que nunca. Si otras veces halló medio de olvidar las desdichas, si halló placeres y deleites con que perturbar sus sentidos, ya el cansancio de los años le ofrecía desnudo el dolor, al paso que le velaba el consuelo. En vano se amontonaban á sus ojos los placeres. Corriendo el año de 1657 le dió el marqués de Heliche una comedia en la Zarzuela que costó diez y seis mil ducados; hubo luego una comida de mil platos. «Para que el gusano de seda no se muera al encapotarse el cielo y echar bravatas así de los truenos como de los rayos que arroja, el remedio único es tocar guitarras, sonar adufes, repicar sonajas y usar de todos los instrumentos alegres que usan los hombres para entretenerse: esto acontece con el Rey.» Tal decía, con harta verdad y menosprecio de Felipe, el autor de los Avisos inéditos, D. Gerónimo de Barrionuevo. Ni ya tenía queridas, ni tenía siquiera amigos. D. Luis de Haro, en quien puso algo del grande amor que tuvo al Conde-Duque, depositando en él sus confianzas, había muerto en 1661, y ni D. Baltasar Moscoso, Arzobispo de Toledo, ni el duque de Medina de las Torres, ni el viejo conde del Castrillo, D. García de Avellaneda, que se repartieron el despacho de los negocios después de la muerte de Haro, llegaron tan adentro en su confianza que pudieran aliviarle como él en aquellas horas de remordimientos y de melancolía.

Acrecentóle esta no poco la conducta del hijo primogénito de su último amigo D. Luis de Haro, que era el marqués de Heliche, D. Gaspar de Haro y Guzmán, joven de harta más ambición que talento, de vida desordenada y licenciosa, dado á maneras y costumbres extranjeras, y despreciador de las nuestras, el cual, resentido malamente porque no hubiese recaído en su persona la privanza del padre, ofreció por aquellos años una prueba más de cuán puerilmente jactancioso fuera decir que la tierra de España no hubiese criado hasta nuestra edad regicidas. Propúsose matar al Rey con todos los de su séquito cuando asistiese en el teatro del Buen Retiro, del cual era ó había sido director hasta entonces; y al efecto compró á precio de oro ciertos asesinos que escondiesen debajo del pavimento un barril de pólvora para ponerle fuego durante el espectáculo. Logrado por los asesinos el poner á punto el barril, todo lo demás era de ejecución no ardua; de modo que sin duda hubiera llegado á término la trama, á no descubrirla uno de los iniciados en ella. Fueron al punto presos todos los culpables, y, averiguado el caso, pagaron con la vida su crimen algunos de ellos. Pero el Marqués, que era el más criminal de todos y el que mayor castigo debía tener, no padeció otra pena que la de estar detenido algunos meses, porque el Rey, más aquejado de dolor que de cólera, le perdonó en memoria de su padre (1663). El Marqués agradecido, y avergonzado, se fué al ejército, sentando plaza de soldado particular, donde con gloriosos servicios lavó algo la mengua que había hecho recaer sobre su persona el haber intentado tan gran crimen por tan liviano motivo[23]. Mas el Rey que había visto contra sí la sangre de su amigo y que en pocos años había mirado tramarse dos conjuraciones contra su vida en la nación más amante de sus Reyes que hubiese habido en el mundo, tuvo ocasión de contemplar claramente y de llorar con muy amargas lágrimas el triste estado á que habían traído los ánimos y voluntades de sus vasallos los desórdenes y liviandades de su tiempo, en que él, ó por lo que toleró ó por lo que hizo, había tenido harta parte.

Ofrecierónsele por los mismos días otras ocasiones de mirar que si él había perdido en el respeto y amor de los vasallos, no había perdido menos en el respeto y consideración del mundo; y de que si decaídas dejaba las virtudes dentro del reino, no dejaba menos decaída la fama por fuera. Era cuando heredó el trono todavía el primer príncipe de la tierra, y apenas podía ya contarse entre los segundos; mortificación para él, tan orgulloso, muy horrible. Hemos visto antes con qué artificios indignos logró Cromwell que el séquito de un Embajador francés pasase por delante del séquito del de España. Después de tal acaecimiento, los Embajadores españoles en Londres, no contando con la buena voluntad de aquella Corte, se abstuvieron de enviar coches y séquito á ninguna de tales ceremonias, y como se declarase poco después la guerra entre Inglaterra y España, no acabándose hasta 1660, en que muerto Cromwell, subió Carlos II al trono de sus mayores, tampoco hubo muchas ocasiones de que tal abstención se notara. Pero no bien restablecido Carlos II, hallándose en Londres por Embajador nuestro el barón de Batteville, ocurrió la entrada de otro Embajador. Había concertado, á lo que parece, Batteville con el conde de Soissons, primer Embajador francés, con quien concurrió en aquella Corte, que tendría la preferencia el primero que llegase á la ceremonia, retirándose el otro; mas el conde de Estrées que sucedió al de Soissons, no quiso pasar por tal concierto y anunció su propósito de tomar la delantera. Entonces Batteville, ofendido, y no queriendo ceder á la imperiosa pretensión del francés, envió su séquito á la recepción del Embajador sueco, preparado para cualquier accidente. Los tirantes de los coches dispuso que fuesen cadenas de hierro, y los cocheros y lacayos todos iban armados. Llegados así á la ceremonia, los cocheros del conde de Estrées movieron sus caballos á pasar por delante de los de Batteville; pero los cocheros y lacayos de éste se arrojaron sobre los franceses, hirieron y mataron á algunos, desjarretaron sus caballos, cortaron los tirantes de sus coches, y luego tomaron el puesto que les correspondía. No bien supo el suceso el joven Luis XIV, cuando lleno de ira mandó salir de París el conde de Fuensaldaña, nuestro Embajador, llamó al suyo en Madrid, prohibió el paso por el reino al marqués de Caracena que venía de Flandes, y exigió imperiosamente de nuestra Corte que reprobase la conducta de Batteville y declarase que los Embajadores de Francia debían tener la preferencia sobre los de España.

Ofendióse justamente de la demanda la soberbia española, y entonces se hubieran celebrado los funerales á la paz de Irún ó de los Pirineos, á no hallarnos tan desprovistos de todo para comenzar de nuevo la guerra; pero cabalmente por entonces la retirada funesta de Evora nos traía más miserables que nunca. Hubo que ceder, y cedió Felipe IV con lágrimas en los ojos, separando de Londres al barón de Batteville en castigo de su entereza, y enviando á D. Gaspar de Teves, marqués de la Fuente, á París, para que delante de toda la Corte y de los Ministros extranjeros declarase que España no disputaría la prioridad á Francia. Batieron los franceses una medalla representando aquella declaración para nosotros tan humillante[24] y en Londres para evitar nuevos choques se abolió la costumbre que dió origen á tales reencuentros. Poco antes de morir Felipe IV se estipuló también entre España y Holanda que cuando se encontrasen buques de las dos naciones en los mares, arriasen á un tiempo la bandera, y que todo fuese igual para ambas potencias, perdiéndose hasta aquella demostración y reconocimiento de superioridad, que era lo único que nos quedaba ya de nuestro antiguo señorío. Nueva humillación que tuvo que llorar Felipe y aún mayor que otras, por ser de gente que tanto había despreciado.

No tardaron en faltarle las fuerzas del cuerpo como las del alma; y el sentir la muerte tan vecina, y el contemplar el mal Gobierno que para colmo de todas las desdichas dejaba en la Monarquía, precipitaron todavía más sus pasos hacia el sepulcro. Muertos los príncipes D. Baltasar y D. Felipe Próspero, no le quedaba más heredero que el príncipe D. Carlos, el cual, sobre criarse muy enfermizo, no llegaba aún á los cuatro años de edad. Su joven esposa, Doña Mariana de Austria, que por su muerte había de entrar interinamente en el Gobierno del reino, dejaba ya entender harto á las claras las faltas que se le notaron más tarde. Mirábala ya entregada á su confesor, el padre jesuíta alemán Nithard, sin hacer otra cosa que lo que él le aconsejase; mirábala en pugna con D. Juan de Austria, hombre que, con ser pequeño como era, todavía podía considerarse como el más importante que hubiese en la Monarquía; sabía y temía la ambición y la soberbia de éste, y que no había de llevar á bien el Gobierno de la Reina madre. Si á ésta la dejaba con el Gobierno, preveía que España sería gobernada por un jesuíta extranjero, y si lo dejaba en D. Juan, no podía estar del todo seguro de su fidelidad al tierno Infante que encomendaba á su arbitrio. Por todas partes iguales peligros, por todas partes grandes daños. No pudo resistir Felipe á tantos y tan diversos pesares; el único servicio que ya podía hacer á la Monarquía era prolongar por algunos años su vida, ahorrándola una minoría desastrosa y el reinado de aquel fatal jesuíta; y esto no tuvo bastante aliento en el alma, ni fuerzas en el cuerpo para que pudiera suceder. El día 15 de Septiembre de 1665 rindió al Criador su espíritu, y terminó su infeliz reinado, que había durado cuarenta y cuatro años, con estas lastimeras palabras encaminadas á su hijo, que no podía comprenderlas todavía: «Dios os bendiga y haga más dichoso que yo.»

En su testamento nombró por heredero á aquel único, varón que le quedaba de matrimonio, llamando al Trono á falta de su descendencia, á la infanta Doña Margarita y á sus descendientes; en falta de éstos á los hijos y descendientes de la augusta Emperatriz Doña María, su hermana, con las mismas condiciones y precedencias dispuestas en la sucesión de sus hijos; en falta de éstos á los hijos y descendientes legítimos de la infanta Doña Catalina, su tía, duquesa de Saboya; y excluyó á los descendientes de la Reina de Francia Doña María Teresa, su hija, con estas palabras: «Queda excluída la infanta Doña María Teresa y todos sus hijos y descendientes varones y hembras, aunque puedan decir ó pretender que en su persona no corren ni pueden considerarse las razones de la causa pública, ni otras en que se pueda fundar esta exclusión; y si acaeciere enviudar la serenísima Infanta sin hijos de este matrimonio, en tal caso quede libre de la exclusión que queda dicha y capaz de los derechos de poder y suceder en todo.» ¿Quién había de decir entonces que de tantas personas y líneas llamadas á la sucesión del Trono solo había de venir á ocuparla aquélla tan terminantemente excluída por las antecedentes palabras?

Decidióse también el Rey á nombrar por tutora del Príncipe y Gobernadora del reino, durante la menor edad de éste, á su esposa Doña Mariana, asistida de una junta ó consejo de gobierno, el cual había de componerse del Presidente del Consejo de Castilla, que era á la sazón el conde de Castrillo, del Vicecanciller de Aragón, que lo era el jurisconsulto D. Cristóbal Crespí de Valdaura, del Arzobispo de Toledo, primado del reino, que lo era el cardenal Sandoval, del Inquisidor general, que lo era el cardenal D. Pascual de Aragón, ó los que sucediesen en tales puestos, y además, por la clase de Grandes, del marqués de Aytona, y por el Consejo de Estado, del conde de Peñaranda. Con esta junta se pretendía acaso evitar que la regencia de la Reina fuera tan fatal como se preveía; pero no bastó por cierto, como hemos de ver adelante.

Tales fueron los hechos de Felipe IV, á quien llamó el Grande la lisonja vil del conde-duque de Olivares; díjose de él con donaire, y no falta quien suponga que lo dijo él mismo en época de amargura y desengaño, que no fué grande sino á manera que lo son los agujeros de la tierra, que mientras más se arranca de ellos, mayores son.

Cuéntanse hasta cuarenta batallas perdidas por él, y sin duda fueron tantas ó más las que consumieron nuestra sangre sin gloria ni ventaja. Las pérdidas de territorio fueron inmensas, añadiéndose algunas en los últimos años á las que ya hubo en tiempo del Conde-Duque. El ejército lo dejó reducido en toda la Península á veinte mil soldados, y esos sin instrucción ni pundonor, cuadrillas de holgazanes y forajidos, más bien que no escuadrones y tercios. El nombre de la infantería española no se conservaba más que para designar con él, tan noble y respetado antes, á la vil turba que en los patios de los teatros se ejercitaba en silbar ó aplaudir comedias; y, al compás que se agotaban los soldados, desaparecían los Generales y capitanes. Durante todas las campañas de este reinado se oyeron sonar en los ejércitos y batallas los antiguos nombres favorecidos de la fortuna y de la gloria; pero no ciertamente para hallar nuevos favores ni acrecentarse en esplendor y grandeza. Ejército mandó un duque de Alba en Portugal, y fuera mejor para su nombre glorioso que no lo mandara, y más allí donde tan alto lo había dejado su grande abuelo; ejército mandó allí mismo un duque de Osuna, diferente también del que mereció el título de Grande; ni el D. Juan de Austria de ahora era el de los días de Felipe II; ni fué el Colona que se halló en Cataluña semejante á aquellos otros valerosos y experimentados compañeros del Gran Capitán; ni tuvo que ver el Alejandro Farnesio de Portugal con aquel ilustre de Flandes; ni los Dorias y el marqués de Santa Cruz eran marinos invencibles como sus padres. Guzmanes y Zúñigas primero, luego Toledos, Benavides, Ponces de León y Haros, al paso que perdían á la nación en el gabinete, la deshonraban en los campos de batalla, principalmente aquellos Guzmanes á quienes el mismo rey D. Felipe contaba por los enemigos más funestos que en aquel siglo hubiese tenido España, poco antes de su muerte. Guzmán, era el Conde-Duque; Guzmán la duquesa de Braganza; Guzmán el vil marqués de Ayamonte; Guzmán el de Medinasidonia; Guzmanes se hallan entre todos los que saquearon el tesoro y huyeron en las batallas y perdieron reinos. Sólo un Guzmán, el marqués de Leganés, á pesar de sus faltas, sirvió bien á la Monarquía.

Á la par que éstos, se hallaron en poder é influencia casi todos los nobles de otros tiempos, porque los favoritos han sido siempre nobles. Ya no los contenía la venganza de Fernando V, ni los oprimía el brazo de Felipe II; pero no por eso daban altas muestras de sí, á no ser en rarísimas personas, ni reconquistaban ninguno de sus antiguos derechos políticos. Si iban á los ejércitos, no era por deber ó gloria, sino por los sueldos y comodidades; por poseerlos y disfrutarlos se disputaban los destinos públicos, sin consultar si la capacidad propia basta ó no para desempeñarlos; ninguno entendía servir á la patria, sino servirse á sí propio. Veíanse también aparecer títulos nuevos; personas de humilde ó mediano nacimiento llegar á ser contados entre los Grandes; y los hábitos de las Ordenes militares sacados á pública subasta, y las ejecutorias de hidalguía vendidas á precio de pequeños servicios, acabaron de echar por tierra los cimientos de la verdadera aristocracia, al paso que se acrecentaba la vanidad general, tan pueril y tan funesta. Esta pasión de la vanidad todo lo invadía ya, de suerte que no había quien no se creyese apto para todo; unos mismos hombres gobernaban indistintamente los ejércitos y la hacienda, y fallaban litigios en los tribunales, y asistían á los consejos del Rey, y componían tal vez en los ratos de ocio entremeses y comedias. La codicia corría parejas con la vanidad. Cargábase en cada plaza y en cada ejército doble número de gente de la que había; abastecíanse á gran costa las fortalezas y armadas, y luego se hallaba que ó los bastimentos no llegaban á entrar nunca en ellas, ó se vendían á buen precio. «Por cuyo engaño, decía en aquel tiempo el buen Estebanillo González, se perdieron muchas victorias y se malograron muchas ocasiones; que de ello pudiera decir acerca de esto y de otros sucesos que han pasado y pasan de esta misma calidad, no sólo á patrones de galeras, sino á Gobernadores de villas y castellanos de fortalezas, y á municioneros y proveedores, en quien puede más la fuerza del interés, que el blasón de la lealtad.»

Vendíanse hasta las municiones de las plazas y de los bajeles; y los capitanes de las compañías buscaban algunos truanes en los lugares donde estaban, que el día de la revista asistiesen como soldados, para fingir gran número, y no llevar consigo más que la mitad del que cobraban. Así la Corte disponía que se acometiese una empresa fiando en que ya había fuerzas para ella; declarábanla por bastante los documentos y partes de los Generales, y luego se malograba porque en el trance de la batalla éramos siempre menos numerosos que los enemigos. Á la par desaparecía lastimosamente la antigua honra del nombre español; no se vió en tiempo de Carlos V ni de los dos primeros Felipes capitán ó soldado que vendiese su puesto al enemigo, y ahora comenzaron á verse de ellos ni más ni menos que en las otras naciones. En tanto la población del reino, disminuída constantemente, desde el tiempo de los Reyes Católicos, quedaba ya reducida á cinco millones y medio de almas, esparcidos por los anchos territorios de Aragón y Castilla. Y dependiendo solamente el comercio y la hacienda del caudal de las flotas de América, como no había marina que las escoltase, ó no llegaban, ó llegaban tarde á nuestros puertos, robadas y perseguidas siempre, ya por las escuadras de las potencias enemigas ya por piratas de todas las naciones, que alentados con la impunidad y el cebo de la ganancia segura, salían á buscarlas por todos los mares.

Con el nombre de hermanos de la costa ó filibusteros, llegaron los piratas á atacar brazo á brazo nuestras flotas haciendo desembarcos en Tierra Firme; y se apoderaron del islote de la Tortuga, al Norte de Santo Domingo, estorbándonos desde allí la navegación de aquellos mares. Señaláronse entre tales piratas el francés Pedro Legrand, el holandés Juan David, los ingleses Mansfeld y Scot, y un mestizo de Nueva España llamado Diego el Mulato, al cual propuso nuestra Corte con harta afrenta, hacerlo Almirante de España, con crecido sueldo y perdón de sus innumerables crímenes con tal que viniese á nuestro servicio. No dejaban los argelinos de recoger las naves que libraban bien de los Hermanos de la costa, apresándolas luego en nuestras mismas aguas; y en tanto se pedían naves de limosna á Génova, se alquilaban á los holandeses, y el conde de Castrillo, D. García de Avellaneda, siendo Presidente del Consejo de Hacienda, declaraba que era preciso renunciar á tener armada.