Antula dutelaric
guizón fierrá
iñoiz ez du bildurric
joateco anciñá

(Contaban con Antula, hombre fuerte, que nunca tuvo miedo para ir adelante.)

Leguía citó a sus hombres en Oleta, y al día siguiente, al compás de un tambor destemplado, marcharon hacia España. Era una tropa de un aspecto y de una indumentaria poco común. Algunos vestían como ciudadanos, de negro y sombrero de copa; otros, de campesinos, con pantalón corto, abarcas y boína; no faltaban dos o tres con anguarinas pardas, y otros, con esa prenda céltica, especie de dalmática con capucha, que los pastores vascos llaman capusay.

Los expedicionarios, al llegar a la frontera, tomaron por la regata de Inzola, un arroyo que baja a Francia, cubierto de árboles espesos, cerca del cual había antes una vieja ferrería. De la regata de Inzola salieron a una abertura del monte, conocida en vascuence por Usateguieta, y en castellano por el Portillo de Napoleón. Esta abertura se encuentra entre dos altos, uno denominado Ardizaco y el otro Artziña o pico del Águila.

En el Portillo de Napoleón comienza una calzada de piedra, que parece que es una calzada romana, pero que, según tradición popular, fué hecha por los franceses durante la guerra de la Independencia para pasar los cañones de los ejércitos imperiales.

Por esta calzada bajaron Leguía y su gente hasta un arroyo que se llama Shantellerreca, y al divisar el caserío de Truquenecoborda, mientras los unos seguían el camino, los otros se desplegaron en guerrilla hacia Ezpondecoborda. En vista de que no había enemigos se reunieron todos delante de la primera casa de Alzate, un caserón antiguo, denominado Itzea, colocado a la izquierda del camino.

Leguía mandó formar a sus hombres en la plazoleta que hay delante de este caserón.

Era día de fiesta. Hacía un tiempo brumoso y obscuro; no se veía a cuatro pasos; por entre la bruma llegaban tristes las campanadas de la iglesia de Vera. Algunos hombres y mujeres, que volvían de misa, quedaron asombrados al ver aquella tropa formada.

Leguía mandó a veinte hombres que fueran por un maizal hasta la calle de Alzate, a ver si había gente apostada en el fortín. Los veinte hombres, pasando un puentecillo, se alejaron entre la bruma, metiéndose por en medio de los maíces secos.

Estaban los hombres de Leguía en la plazoleta de Itzea cuando la dueña de esta casa, doña Josefa Antonia de Sanjuanena abrió el portal y llamó a Fermín.

Doña Josefa Antonia era una viejecita soltera, que vivía sola en aquella antigua casa, y que se dedicaba por entretenimiento a enseñar labores a las muchachas de los caseríos.

—¿Qué haces, chico, con estos hombres?—le preguntó doña Pepita a Fermín, a quien conocía desde niño.

—Aquí estamos, a ver si de una vez establecemos la Constitución en España.

—Pero estáis locos. ¡Con tan poca gente! ¿Queréis algo? ¿Vino? ¿Queréis almorzar?

—Luego, luego. Ahora retírese usted, doña Pepita—dijo Fermín.

Poco después se vió a los hombres que habían ido hacia el puente que volvían perseguidos. Los carabineros del resguardo se acercaron a Itzea y dispararon algunos tiros, y Leguía, imprudentemente, mandó contestar a su tropa. Con esto desobedecía las órdenes de Mina, que esperaba atraer a los carabineros a su bando.

Leguía, por la tarde, entró en Vera, y desde allí esperó a que llegaran Mina y Jáuregui; pasaron los dos, con sus tropas, hacia Irún; el coronel Valdés y López Baños quedaron en Vera, donde se batieron heroicamente con los realistas. Al cuarto día se supo que la expedición había fracasado por completo; Fermín y sus amigos, viendo la empresa perdida, disolvieron sus huestes, y unos cuantos, entre ellos el padre de Pello, se escondieron en el caserío Urrola, sin entrar en Francia, porque las tropas del general Llauder habían avanzado hasta cerrar todos los pasos de la frontera.

LA CANCIÓN DE PITHIRI

Pello, a pesar de ser un chico, comprendía la inquietud de su madre en aquella época. Unos días después del choque entre liberales y realistas salieron de Vera dos compañías de cazadores al mando de un comandante. Pronto se susurró en el pueblo que iban a perseguir a Leguía y a los suyos.

—Mira, sígueles a los soldados a ver adónde van—le dijo la madre a Pello.

Las dos compañías cruzaron el pueblo, tomaron por la calle que une a Vera con Alzate, y al llegar a un puentecito que se llama Subi Mushua (el puente del Beso), el comandante llamó a un viejo medio loco, que estaba a la puerta de su casucha. Este viejo se llamaba por apodo Pithiri.

El comandante hizo que se acercara el viejo, y le preguntó:

—¿Usted sabe dónde está el caserío de Urrola?

—¿Urrola? Sí, señor.

—Llévenos usted allí, y cuidado con engañarnos. Si nos engaña usted, le pegamos cuatro tiros. Conque cuidado.

Pello vió de lejos cómo hablaba el comandante con Pithiri; pero no pudo enterarse de lo que decían.

Las dos compañías se dividieron en cuatro pelotones, con el objeto de rodear el caserío de Urrola.

Pello fué delante de la media compañía en que iba Pithiri con el oficial. Se adelantó ésta por el barrio de Illecueta. Al llegar a una taberna, el oficial pidió un vaso de agua con aguardiente, y luego preguntó al tabernero si aquél era el camino de Urrola. El tabernero dijo que sí.

Se habían parado los soldados a la puerta de la taberna, y Pithiri, que tenía fama de loco, comenzó a bailar pesadamente. Reían los soldados y campesinos, y uno de éstos dijo: «Canta, Pithiri.»

Pithiri entonó con voz cascada un zortzico, y después, dirigiéndose principalmente a los campesinos que le oían, y mirándoles con sus ojos grises, entonó esta copla:

Urrolara, Urrolara,
Urrolara, guacela.
Norbaitec ará
laster aguró
iguesi indezala,

(A Urrola, a Urrola, a Urrola vamos. A ver si alguno, lo más de prisa posible, puede escaparse.)

No hizo más que oir esto, y Pello echó a correr por la orilla de Lamiocingoerreca, hacia Urrola. Al llegar al caserío se encontró a Fermín Leguía y a sus amigos preparándose para huir.

Sabían que venían a su alcance los cazadores.

Fermín Leguía, poniéndole la mano en el hombro a Pello le dijo:

—Pello, cuando seas hombre, acuérdate de que tu padre y tu tío han sido perseguidos por defender la libertad.

Pello nada contestó.

—¿Por dónde vas tú?—dijo Fermín a su primo.

—Yo, por la regata de Sara—contestó Pedro Mari.

—Bueno, pues adiós. En Francia nos veremos.

Pello y su padre tornaron juntos hacia el caserío Miranda; luego, torciendo a la izquierda, cruzando por en medio de las heredades, llegaron a una cañada con árboles altos, que llaman Lizuñaga. Desde aquí se veía el camino que va a Francia, y en la caseta de Carabineros, colocada en la misma muga un pelotón de soldados de guardia.

Padre e hijo esperaron tendidos entre los helechos secos a que obscureciera, y ya de noche dejaron su escondrijo, pasaron la muga y entraron en la regata de Sara. La luna brillaba entre los árboles y se reflejaba en las aguas inquietas del río. Pedro Mari y Pello encontraron a unos carboneros franceses, cenaron con ellos y durmieron en su choza. Al día siguiente continuaron el camino. La mañana era hermosa, el cielo azul; en la falda de Atchuria brillaba Zugarramurdi, y poco después iban apareciendo los caseríos blancos de Sara.

Por la tarde, Pedro Mari envió a su hijo a Vera.

La expedición de Mina y, sobre todo, la entrada de Leguía, produjeron en Vera un efecto extraordinario.

En toda la región fué aquél el comienzo de la lucha del liberalismo contra el absolutismo; hasta entonces, casi nadie había oído hablar por allí de liberales ni de masones.

OTRAS CANCIONES

La mayoría de la gente era hostil a los constitucionales; un poeta y carpintero de Alzate hizo contra Leguía estos versos, en vascuence, que corrieron mucho:

Armada eder bat ecarridigu
Verara Fermín Leguiac
Yudu ta sastre protestantiac
Arc ere eztitu beriac
Galzaen neurriyac
Artu diyote español cazadoriac
Galzac bidian lisatu eta
Escuac trabac lotzecó
Guizon oriyec planta char dute
Madrid aldera joatecó
Adisquidiac galdu dituzte
Comisanyura goizecó.

(Un hermoso ejército nos ha traído a Vera Fermín Leguía, judíos y sastres protestantes, que tampoco son los suyos, porque la medida de los pantalones se la han tomado los cazadores españoles.

Alisándose los calzones en el camino, las manos para atarse las bragas, esos hombres tienen mal aspecto, para ir hacia el lado de Madrid. Han perdido sus amigos el día de todos los Santos.)

También corría por Vera otra canción contra los liberales, que decía así:

Mina eta Archaya bere odolez
Ucaturican dabilzá,
escu gaistotan paratu naicic
fede santuaren guiltzá,
eztute oriyec cambiatuco
gure Jaungoicaren itzá.

(Mina y el Pastor (don Gaspar de Jáuregui) andan negando su sangre, queriendo dejar en malas manos la llave de la Santa Fe. Tampoco esos podrán cambiar la palabra de Nuestro Señor.)

Todas esas canciones solía cantar la hermana de la madre de Pello, la tía Felicitas, furibunda realista; en cambio, la tía Micaela, que era hermana de Pedro Mari, sabía otras canciones liberales como ésta, que se refería a la expedición de Mina, y que comenzaba así:

Mina, eta Archaya,
Fermín veratarra,
Aurten etorridira
Españará,
Y cusi bear dute
Beren lurrá.

(Mina, el Pastor y Fermín el de Vera, este año vienen a España, porque dicen que quieren ver su tierra.)

Y la tía Micaela solía cantar también una canción en honor de los generales constitucionales, y, sobre todo, de Jáuregui, de quien decía:

Don Gaspar de Jáuregui,
Villarrealco semia
ondo gobernatzendu

(Don Gaspar de Jáuregui, hijo de Villarreal, dirige muy bien su gente.)

Y la canción tenía este estribillo:

¡Mina de mi vida,
Longa de mi amor;
Don Gaspar de Jáuregui
De mi corazón!

Todas las familias que tenían algún pariente en la expedición de Mina fueron mal mirados después por la mayoría del pueblo. Pedro Mari Leguía, el padre de Pello, era hombre inquieto, de poca paciencia; no quiso esperar la eventualidad posible de un indulto, y desde Bayona fué a Burdeos y se embarcó para Méjico, donde murió.

Entonces todos los parientes de la madre insistieron para que se casara la viuda, y lo consiguieron. El padrastro de Pello era un baztanés, un hombre áspero, fanático, tradicionalista. Pello, que oía en su casa constantemente el elogio de unas ideas contrarias a las de su padre, se iba haciendo, sin decírselo a nadie, un liberal entusiasta.

Al comenzar la guerra, todos los triunfos de los liberales los tenía como suyos. Cuando su padrastro se entristecía, él se alegraba, y al contrario.

Un día de a principios de Enero del año 1835, una compañía de chapelgorris, al mando de Zuaznavar, entraba en Vera y trababa combate con otra compañía de carlistas, matando a esta última diez y ocho hombres y dispersando a los demás.

Mientras Zuaznavar mandaba recoger los diez y ocho fusiles y cananas de los carlistas muertos y preparaba dos camillas para sus dos heridos, se le acercó el alcalde de Vera.

Le preguntó Zuaznavar por los amigos, y, entre ellos, por Pedro Mari Leguía, y el alcalde dijo cómo había muerto; y luego, señalando a Pello, que se encontraba en la plaza, indicó:

—Ese chico es su hijo.

Zuaznavar le llamó, y Pello estuvo charlando en el grupo de chapelgorris.

Al saberlo su padrastro no dijo nada; pero puso una cara furiosa.

La madre de Pello, que comprendía que esta hostilidad entre su marido y su hijo no podía traer nada bueno, envió a Pello a San Juan de Luz, donde tenían un pariente, y luego a San Sebastián, a una casa de comercio.

Pello siguió con ansiedad las luchas de Mina y Zumalacárregui en el Baztán, deseando que el caudillo navarro venciera al guipuzcoano, lo que no ocurría siempre.

Pello recordaba a su padre y a su tío Fermín, a quien no volvió a ver más.

Muchos años después, al ir a Vera, preguntó por Fermín Leguía.

Dos o tres le contaron que Fermín, al frente de los chapelgorris, había peleado contra los carlistas y vencido, en Zugarramurdi, al cabecilla Ibarrola, a quien había fusilado; se decía también que Fermín murió a manos de unos asesinos, y algunos carlistas furibundos añadían que, por sus pecados, por haber querido quemar varias veces la iglesia de Vera, el cadáver de Fermín Leguía había sido comido por un perro.

IV.
PELLO, ENAMORADO

Pello se había distinguido siempre por su actitud serena y filosófica ante los hechos y ante las personas.

Pello hablaba poco y se apuraba menos; hacía sus comentarios interiores acerca de la Naturaleza, que no le parecía tan respetable como dicen, y cuando veía que los juicios suyos divergían de los demás, no protestaba.

—Indudablemente, al final, alguien será el que tenga razón—pensaba.

Este razonamiento le inclinaba a suponer que el tiempo, en último resultado, lo arregla todo.

Convencido de esta verdad, Pello consideraba muy prudente esperar los acontecimientos.

Hasta los diez y ocho o diez y nueve años, el joven Leguía estuvo empleado en un almacén de San Sebastián, donde ganaba treinta duros al mes. Con este dinero vivía en una casa de huéspedes bastante buena; iba con frecuencia al teatro; llevaba pantalón de trabillas, botines lustrosos, gran corbatín y un magnífico sombrero de copa.

Como Pello era, naturalmente, elegante, tenía sus éxitos entre las chicas del pueblo.

LA NIÑA Y LA VIEJA

Un día, Pello, al salir del almacén donde trabajaba para ir a comer vió en la plaza de la Constitución una muchacha vestida de blanco, una niña todavía, acompañada de una vieja. Pello no las conocía. Indudablemente no eran de San Sebastián. Pello acababa de cobrar su sueldo, y pensaba en lo poco profundos que son los senos de la casualidad para el hombre que no tiene más lastre que treinta duros en el bolsillo.

Mientras rumiaba esta idea vió que la vieja y la niña salían de la plaza y entraban en la calle del Ángel, en el despacho de un consignatario de buques.

—Voy a ver de nuevo cómo es esta muchacha; a ver si es tan bonita como me ha parecido antes—se dijo el joven Leguía. Y esperó paseando arriba y abajo por la acera.

Salió la muchacha de la tienda y se cruzó con Pello. Este, a pesar de su filosofía, quedó extasiado. La chica era realmente bonita, morena, sonrosada, con unos ojos negros, brillantes.

Pello Leguía, asombrado del efecto que le causaba, y sin proponérselo, fué tras de la vieja y de la niña hasta que entraron ambas en el parador Real.

—Está de paso en la fonda—se dijo Leguía—y se va a alguna parte. La cuestión sería averiguar adónde va.

El joven Leguía tomó de nuevo hacia la calle del Ángel; iba pasando la hora de comer; media hora después debía encontrarse en su escritorio. Pello se detuvo en una esquina a pensar.

—La verdad es—se dijo a sí mismo—que estaría bien que yo hiciera una calaverada. Todos los que me conocen se dirían: «¡Parece mentira; Leguía, un muchacho tan serio!»

AL AZAR

Pello dió unos cuantos pasos y pensó si uno de los senos profundos de la casualidad se encontraría siguiendo a aquella muchacha tan bonita que tanta impresión le había causado.

De pronto se decidió, y sin vacilar entró en el despacho del consignatario.

—¿A qué hora sale el barco?—preguntó, con aire de indiferencia.

—¿Qué barco?—dijo uno que escribía detrás de la ventanilla, en tono brusco.

—El barco que han tomado esta señora y esta señorita.

—¿Va usted con ellas?

—Sí; soy de la familia.

—¿A Santander?

—Sí. A Santander.

—¿Un pasaje de primera?

—Eso es.

El de la oficina escribió algo en unos papeles; Leguía sacó el dinero que le pidieron, lo dejó en la ventanilla y se fué a la calle.

—Cualquiera diría que acabo de hacer un disparate—murmuró Pello—, y ¿quién sabe?; quizá sea lo único prudente que he hecho hasta ahora. Además, que lo mismo da vivir aquí que en otra parte.

Leguía fué a su casa; comió, escribió una carta al principal y comenzó a hacer su maleta.

—Realmente—se dijo—, todas estas cosas son inútiles. Dejemos la maleta, dejemos la carta y vamos a tomar el barco.

Pello se presentó en el muelle, entró en el vapor y se sentó a tomar café. Poco después llegaban las viajeras.

El vapor, de ruedas, empezó a echar bocanadas de humo por su alta chimenea; funcionaron las paletas y el barco salió del puerto y comenzó a dirigirse por entre las puntas.

Al dejar la bahía, como la mar estaba gruesa, algunos de los pasajeros, entre ellos la vieja que acompañaba a la niña, se marearon. Pello se mostró servicial e impasible. La muchachita se rió al ver a este joven alto, flemático y atento que la miraba sin pestañear. Creía haberle visto en San Sebastián; pero no estaba muy segura.

A las dos horas de estar en el barco cambiaron algunas palabras.

—¿Van ustedes a Santander?—les preguntó Leguía.

—Sí; de allí vamos a ir a Laguardia—contestó ella.

—¿A Laguardia de Alava?

—Sí.

—¡Cosa extraña!

—¿Por qué?

—Porque yo también voy allí.

—Nosotras vamos a quedarnos unos días en Vitoria.

—¿En Vitoria?

—Sí; ¿tiene usted algún pariente también en Vitoria?

—No; pero si a ustedes no les molesta, me quedaré unos días acompañándolas—contestó Pello, atrevidamente.

La muchacha se rió y no dijo nada. Pello recordó que tenía un tío segundo, cosechero, en Laguardia, a quien había escrito, por orden de su principal, desde San Sebastián, pidiéndole vinos, y mentalmente murmuró:

—Mi calaverada va a parecer el viaje de un comisionista. La verdad es que las personas serias como yo no pueden hacer disparates.

Llegaron a Santander. La niña y la vieja fueron a una de las mejores fondas del pueblo y Leguía hizo lo mismo.

A pesar de que se veían en la mesa, la muchacha decidió no hablar mientras estuviese en Santander con Pello. Este supo que la niña se llamaba Corito Arteaga, y, a pesar de la filosofía del joven enamorado, el descubrimiento le pareció importantísimo.

Al día siguiente, la vieja y la niña, y Pello de edecán, salieron en coche para Vitoria. Allí, Corito tenía algunas amigas; Pello ganó terreno, y la acompañó, con la vieja criada, por las calles y paseos de la ciudad alavesa.

Cuando decidió Corito ir a Laguardia, las personas conocidas le advirtieron que no intentara marchar por el camino recto, porque estaba ocupado por los carlistas; pero ella dijo que iba a casa de su pariente Ramírez de la Piscina, hombre de gran influencia en el partido de Don Carlos, y que no le asustaba pasar por en medio de las balas.

—¿Usted vendrá?—le preguntó Corito a Leguía.

—Naturalmente.

En el camino, Corito y Pello se hicieron muy amigos.

Corito contó que su padre había muerto en el mar, al volver de Méjico, y su madre en Francia; y dijo que no tenía más parientes que Ramírez de la Piscina, y un amigo íntimo de su padre, a quien ella llamaba su padrino, y que vivía en Madrid.

Pello dijo quién era y lo que hacía. Después hablaron de la gente de San Sebastián, de los teatros, de las personas que conocían uno y otro; luego, de los libros que habían leído, y Corito contó su vida en el colegio de Angulema. De pronto, Pello preguntó:

—¿Y va usted a estar mucho tiempo en Laguardia?

—Sí; creo que sí—contestó Corito—. ¿Y usted?

—Yo, probablemente, también.

En este momento fué cuando el coche se rompió, y tuvieron que quedarse los viajeros a pie, en Peñacerrada.

V.
EN DONDE LEGUÍA SOSPECHA SI TENDRÁ BUENA SUERTE

A la mañana siguiente, al levantarse, Leguía sondeó un bolsillo del chaleco, luego el otro, y notó, ciertamente, sin gran sorpresa, que no tenía un cuarto. Pensó en si valdría la pena de hacer la cuenta de lo gastado por él en los diferentes puntos del camino, desde su salida de San Sebastián; pero comprendió, sin mucho trabajo, la inutilidad manifiesta de este esfuerzo de memoria.

—¡Cuántas cosas se dejarían de hacer—exclamó Pello, mirando filosóficamente su sombrero de copa, puesto sobre la consola—, si uno tuviera el acierto de comprender con rapidez su inutilidad!

Dicho esto se vistió; se encasquetó el sombrero de copa y salió del parador. Hacía un día hermoso; el sol brillaba en un cielo sin nubes.

Pello paseó, arriba y abajo, por delante de la muralla; se cruzó con unos cuantos curas y vió una colección de viejos momias laguardienses, envueltos en largas capas, que tomaban el sol. Presenció también cómo entraban los soldados de la guardia exterior en el cuartelillo.

EL TÍO JOSÉ JUAN

Cuando se cansó de pasear pensó que era tiempo de tomar una determinación y se fué a comer. Concluyó de comer y preguntó a la patrona:

—¿Usted sabe dónde vive don José Juan Gaztelumendi?

—¿El cosechero de vinos?

—Sí.

—Ahí; cerca de la plaza tiene el almacén.

Pello entró en el pueblo por la puerta de San Juan y se dirigió a la plaza. Pronto dió con el almacén de su tío.

Abrió una puerta de cristales y pasó a un sitio largo y estrecho, con un mostrador, un armario lleno de botellas y una ventana en el fondo. Una muchacha, vestida de luto, se levantó al ver a Leguía.

—¿El señor Gaztelumendi?—preguntó Pello.

—Aquí es—contestó la muchacha—. ¿Quiere usted verle?

—Sí; si no está muy ocupado.

La muchacha recorrió el pasillo y llamó en una puerta:

—¿Qué hay?—dijeron de adentro.

—Un caballero que pregunta por ti.

—Que pase.

Pello entró en un despacho, con una ventana grande, donde escribía un hombre todavía joven.

—He tenido que pasar por Laguardia—dijo Pello—, y vengo a visitarle a usted de parte de su prima María, de Vera.

—¡Hombre! ¿Es usted de allá?

—Sí; yo soy el hijo mayor de María.

—¿Mi sobrino, entonces?

—Sí.

—¿Pello?

—Eso es; Pello.

—Me alegro de verte, chico. ¡Anita! ¡Anita!—exclamó el señor.

La muchacha de luto, que era una morena de ojos negros muy hermosos, entró en el despacho.

—Aquí tienes a tu primo Pedro de Vera. ¡Mírale, qué grande y qué guapo!

La Anita se acercó, sonriendo, algo ruborizada.

—¿Y cómo están tu madre y tus hermanos?—preguntó el tío de Pello.

—Bien. Muy bien. Ya hace tiempo que no les veo. He estado fuera de casa, en San Sebastián, en un comercio.

—¿Y qué piensas hacer?

—Tengo pensado ir a América.

—¿Estás muy decidido?

—No necesito estar muy decidido para ir.

—¿Sabes teneduría de libros?

—Sí.

—¿Y tienes práctica?

—También.

—¿Llevas dinero a América?

-No.

—¿Y no te convendría más hacer aquí unos cuartos antes de marcharte?

—Sí; pero esto me parece muy difícil.

—¿Tienes precisión de embarcar en seguida?

—¿Precisión? Ninguna.

—¿Te daría lo mismo marcharte dentro de unos meses o de un año?

—Igual.

—Pues mira, sobrino, si quieres quedarte aquí una temporada, te daré un buen sueldo y un tanto por ciento. Tengo la contrata de vinos para el ejército y necesito una persona de confianza que me ayude.

—¿Hay que estar en Laguardia?

—Sí, y andar al mismo tiempo por los pueblos de al lado entre las tropas. ¿Es que te da miedo la guerra?

—¿Miedo? Ninguno.

—Pues mira, piensa y decide; porque yo estoy haciendo gestiones para buscar un dependiente.

—Decido.

—¿Qué decides?

—Que me quedo por una temporada.

—¿Desde cuándo?

—Desde ahora mismo, si usted quiere.

—Bueno; pues quédate también a comer con nosotros, y a la tarde empezaremos a trabajar.

Pello encontró que la suerte le favorecía demasiado, dándole una ocupación tan pronto; pero si esto casi le parecía fastidioso, en cambio, la idea de que podía vivir largo tiempo en el mismo pueblo que Corito le encantaba.

PELLO EN LAGUARDIA

A pesar de que su tío le propuso ir a vivir con él, Pello no aceptó; deseaba desde el principio gozar de alguna independencia, y se fué de pupilo a una casa de huéspedes, donde solían alojarse varios oficiales de la guarnición.

El tío José Juan era una excelente persona; la prima Anita se manifestaba muy amable con Pello; pero éste se guardó muy bien en los días sucesivos de galantearla; sus pensamientos íntegros estaban dedicados a Corito.

Pello hizo efecto en Laguardia. Corito le presentó a las personas de más viso de la ciudad. Conocía, a poco de llegar, a toda la aristocracia laguardiense. Iba a la tertulia de las señoras de la Piscina, a casa de los Ribavellosa y Manso de Zúñiga. Era el dandy de la Laguardia.

Durante el día, Pello trabajaba, y por las tardes, al anochecer, tenía tiempo de pasear. Con mucha frecuencia daba la vuelta al pueblo, alrededor de las amarillentas murallas.

El contemplar aquella gran explanada desde el cerro donde se levanta la ciudad le producía a Pello una impresión de vida andariega y aventurera que le encantaba. Recorrer tierras y tierras a caballo, cambiar de paisajes constantemente, comer aquí, dormir allá, no volver nunca la mirada atrás, éste hubiera sido su ideal.

Muchas veces, abandonando el libro Mayor y tomando las riendas, en el cochecito de su tío iba a Logroño, a El Ciego, a La Bastida, a Viana, para los negocios de vinos de la casa, y con frecuencia tenía que verse con los jefes del ejército.

Los domingos, por la tarde, Pello acompañaba a Corito y a sus amigas a dar la vuelta al pueblo, alrededor de las murallas; paseo que no dejaba de tener sus inconvenientes, porque a veces disparaban los carlistas al bulto, desde lejos, y llegaba alguna bala perdida.

LIBRO SEGUNDO
LAS TERTULIAS DE LAGUARDIA

I.
LAGUARDIA, EL AÑO DE GRACIA DE 1837

Hoy se baja en una estación del ferrocarril de Miranda a Logroño, y en un coche, cruzando por El Ciego, se llega a Laguardia, pueblo de esos que hacen pensar al viajero que allí ha quedado una ciudad antigua, destinada a desaparecer olvidada por los trenes y los automóviles.

Laguardia tiene la silueta hidalguesca, arcaica y guerrera. Se destaca sobre un cerro, con sus murallas ruinosas y amarillentas, al pie de una cadena de montañas; pared obscura, gris, desnuda de árboles. Este muro pétreo, formado por la cordillera de Cantabria y la sierra de Toloño, ofrece en su cumbre una línea casi recta. Sólo hacia el lado de Navarra muestra un picacho abrupto, el pico de la Población.

Desde el tiempo de la primera guerra civil acá, la ciudad de Laguardia apenas ha cambiado; un hombre de entonces, bastante viejo para vivir hoy, la recordaría, como si sobre sus piedras no hubiera pasado la acción de los años. La única diferencia que podría encontrar sería ver la muralla agujereada por ventanas, balcones y miradores; aberturas éstas que en tiempo de la guerra civil primera no existían.

Laguardia, antes y ahora se ve pronto; encerrada en sus altos paredones, con sus dos iglesias góticas, no ha podido desarrollarse, ha quedada enquistada, oprimida entre sus viejas murallas de piedra.

Laguardia tiene la forma de barco con la proa hacia el Norte y la popa hacia el Sur. Cinco puertas abren sus muros al exterior; éstas son la de Santa Engracia, Carnicerías, Mercado, San Juan y Paganos.

Todas las calles de la ciudad alavesa se reducen a tres: la de Santa Engracia, la Mayor y la de Paganos, a la cual la gente del pueblo llama «páganos»; no se sabe si porque, en realidad, es ese su nombre, o por un vago temor a la paganía.

Las demás calles de Laguardia son pasadizos estrechos y húmedos; callejones sombríos, entre dos tapias, donde no penetra jamás el sol.

DURANTE LA GUERRA CIVIL

En la época de la primera guerra civil, Laguardia era uno de los puntos avanzados del ejército liberal, en la línea del Ebro.

Los carlistas, que dominaban la zona Norte de esta línea, hacían constantes apariciones por las alturas de la cordillera de Cantabria y la sierra de Toloño, y en todos aquellos pueblos y aldeas de la Ribera luchaban casi constantemente, con alternativas de éxito y de fracaso, las fuerzas enemigas.

El ejército, que consideraba a Laguardia como plaza fuerte de importancia, había mejorado las antiguas y ruinosas fortificaciones de la ciudad, construyendo reductos y baterías, reparando la muralla, emplazando algunos cañones modernos.

Habían habilitado también los ingenieros el torreón de Sancho Abarca; alto, de cinco pisos, al que llamaban en el pueblo el Castillo Grande; magnífica atalaya, desde donde se dominaba toda la llanura próxima. Este Castillo Grande se hallaba en el centro de una plaza de armas, circunscrita por la muralla, que trazaba a su alrededor un arco de herradura, avanzando hacia el Norte. Cerca del torreón del rey Sancho se erguía otra atalaya, la torre de Santa María, antiguo castillo Abacial.

Estas tres torres del pueblo, la de San Juan, la de Santa María y la de Sancho Abarca servían para el telégrafo de señales con que el ejército se comunicaba con Viana y con otros pueblos de alrededor.

El Castillo Grande daba, por la parte de atrás, a un cobertizo largo, dirigido de Este a Oeste, donde había almacenes y depósitos de municiones, llamados los Generales.

El cobertizo cerraba la plaza de Armas. En ésta, por las fiestas y en período de paz, solían correrse toros.

Al Oeste del pueblo, por el lado de Paganos, el muro trazaba hacia el exterior una línea convexa, comenzando en las paredes de la torre de Santa María y terminando en una barbacana, que aun se conserva. Esta línea convexa se hallaba interrumpida por una serie de cubos con almenas, denominados los Siete por su número.

En aquella época, fuera del casco no había en Laguardia más que dos edificios: uno, el parador, a pocos pasos de la muralla y cerca de la puerta de Santa Engracia; el otro, el cuartelillo, entre esta puerta y la de San Juan, donde se alojaban los soldados de la guardia de extramuros, y donde hacían el rancho.

LA GUARNICIÓN

Laguardia tenía por entonces un regimiento de guarnición, con sus respectivos oficiales, alojados en el Castillo Grande y en sus anejos. El regimiento estaba destinado únicamente a guardar la plaza y las cinco puertas del pueblo.

A pesar de que exteriormente parecía pequeño el recinto amurallado de la ciudad, no lo era tanto; y los soldados y los oficiales tenían bastante que hacer con vigilar las puertas, los baluartes y toda la línea fortificada de la plaza. Cuando había que operar en columnas por los terrenos próximos, llegaban más batallones, que se alojaban en las casas.

Alrededor de la ciudad, y encerrando el paseo de extramuros, un paredón recién construído continuaba la barbacana y rodeaba el cerro sobre el que se asienta Laguardia.

Los hermosos nogales, que antes daban sombra al paseo exterior, habían sido talados, para impedir una sorpresa del enemigo.

En aquella época, Laguardia estaba muy animado: de día, por las calles se veía mucha gente, sobre todo militar; por las tardes, al Angelus, se cerraban las puertas de la muralla, y al toque de retreta soldados y paisanos desaparecían de las calles.

Solamente las personas alojadas en el parador tenían, con alguna frecuencia, necesidad de entrar y salir. Cuando se creía posible un ataque, todos, los de dentro y los de fuera, se quedaban en el pueblo.

POR LA NOCHE

Al encenderse los faroles comenzaban las rondas; se ponía el retén e iban colocándose los centinelas. Pocos momentos después, el soldado que estaba de guardia en el baluarte de la puerta de San Juan, a la izquierda de la torre, comenzaba dando el grito: «¡Centinela, alerta!», y todos los de alrededor de la muralla iban contestando sucesivamente: «¡Alerta!» «¡alerta!». Subía el grito desde los adarves hasta los cubos, bajaba de nuevo, corría a lo alto de los torreones hasta que llegaba la vez al soldado de la derecha de la puerta de San Juan, que gritaba: «¡Alerta está!»; lo que indicaba que la línea se hallaba vigilada y los centinelas en su puesto.

Cada cuarto de hora, el primer soldado daba su grito de «¡Centinela alerta!». Si la serie de voces se interrumpía se llamaba al oficial de guardia para ver si alguno de los centinelas se había quedado dormido en su garita o si ocurría novedad.

A pesar de la estrecha vigilancia que se mantenía en la plaza, muchas veces los carlistas de fuera del pueblo hablaban con los del interior. El procedimiento que usaban era éste: Escogían noches obscuras y tempestuosas en que soplaba el cierzo, y solían ir varios. Uno se colocaba en un punto, fuera de la muralla, para preguntar, y la contestación, el de dentro de Laguardia se la daba a otro, aprovechando la dirección del viento. Generalmente tenían que esconderse detrás de una piedra o de un tronco de árbol, porque el centinela muchas veces disparaba al oir la voz.

También se aseguraba que había sitios por donde se podía entrar y salir de la ciudad sin ser visto. Algunos se reían de estos rumores; pero, realmente, no debía ser difícil comunicarse con el exterior.

Se habían hecho investigaciones sin resultado; pero los que afirmaban la existencia de las salidas secretas no se convencieron.

Varias veces que se inició un ataque de los carlistas se vió Laguardia preparándose para la defensa. Los soldados se fueron colocando en las trincheras escalonadas que había alrededor de las murallas; las puertas se cerraron; las baterías comenzaron el fuego, y los voluntarios, apostados en las almenas de los baluartes, se dispusieron a rechazar al enemigo.

Con los medios de entonces, Laguardia era casi inexpugnable; los que vivían en el pueblo experimentaban la impresión del peligro y, al mismo tiempo, de la seguridad.

UNA BROMA

Una vez, algunos burlones, probablemente carlistas, soltaron de noche dos perros con una lata vacía de petróleo atada a la cola; al estrépito, las cornetas tocaron alarma, y se alborotó la ciudad y la guarnición.

Se sospechó del criado de una taberna y de algunos amigos suyos; y como el coronel del regimiento había mandado a un capitán hacer indagaciones para averiguar a los autores de la broma, tres o cuatro mozos, sobre los cuales recaían sospechas, tuvieron a bien largarse.

En general, por la noche solamente quedaba habilitada para entrar y salir en la ciudad la puerta de San Juan. Como no había caseríos lejos ni gran seguridad en las afueras, pasada la hora de la queda nadie salía de Laguardia, y únicamente, en casos raros, era indispensable abrir la puerta a los paisanos.

LOS ALREDEDORES

Los campos de los alrededores estaban en aquella época en el mayor abandono, y pocas veces se veía trabajar en los viñedos y en las heredades.

En los pueblos que se divisaban desde lo alto del cerro de Laguardia se advertían con frecuencia llamas y enormes humaredas de los pajares incendiados, y se oía a veces el rumor de las descargas.

Los aldeanos de Paganos y del Villar, y de Viñaspre y de El Ciego, ya no pasaban con sus caballerías por los caminos llevando sacos de trigo, ni las mujeres de Cripan se acercaban al pueblo con sus machos cargados de leña; sólo los convoyes militares, formados por grandes galeras en fila, custodiadas por la tropa, se acercaban a Laguardia.

Durante el invierno, con las nevadas, la campiña quedaba aún más triste que de ordinario; la sierra aparecía como un paredón gris, veteado de blanco, y sobre la alba y solitaria extensión de las heredades y de los viñedos brillaba el resplandor de los incendios y resonaba el estampido del cañón.

Hacia el Sur de Laguardia, dos lagunas grandes, redondas, alimentadas con las nieves y con las aguas del invierno, parecían dos ojos claros que reflejasen el cielo.

II.
LA TERTULIA DE LAS PISCINAS

Un pueblo como Laguardia, en la línea de combate de las fuerzas liberales y carlistas, era, a pesar de la vigilancia del ejército, un foco de intrigas.

Estas intrigas, en general, no tenían gran importancia; eran como nubes de verano, se deshacían por sí solas; pero a veces se tramaban proyectos serios, de ventas, de traiciones, de los cuales se enteraba todo el mundo menos la autoridad.

Un pueblo de escaso número de habitantes como aquél, en donde constantemente estaban yendo y viniendo las tropas, en donde a cada paso corría una noticia importante, verdadera o falsa, necesitaba una serie de puntos de reunión, de pequeñas tertulias, para comentar los acontecimientos y calcular las probabilidades de éxito de los bandos.

La esperanza y el desaliento iban, alternativamente, de la derecha a la izquierda, y los dos partidos contaban su triunfo como seguro repetidas veces.

Entre las tertulias realistas de Laguardia, la más conocida, la más distinguida, la más aristocrática, la única que tenía opinión cotizada y valorada, era la de los Ramírez de la Piscina.

La tertulia de las Piscinas—se le daba el nombre de las damas, y no el de los varones de la casa—, no contaba en aquella época más que con un varón. Los otros dos, los más notables, estaban en la corte carlista.

La familia de los Piscinas que vivía en Laguardia estaba formada por un señor, casado con una Ribavellosa, y por dos solteronas viejas.

La casa de las Piscinas era una casa chapada a la antigua, gran mérito en Laguardia. Se rezaba el rosario en la tertulia; se tomaba chocolate por la tarde; se llamaba estrado al salón, y a los tres o cuatro criados, la servidumbre.

Todas las cuestiones de etiqueta se llevaban a punta de lanza; se vestía luto por la muerte del pariente más lejano, si era aristócrata, y se cubría con un paño negro el escudo de la casa.

Al viejo demandadero se le daban honores de mayordomo; a las pequeñas fincas que poseía la familia se las llamaba las posesiones, y a todo se intentaba prestar un aire de grandeza que no tenía.

LAS LUMBRERAS DE LA REUNIÓN

Don Juan de Galilea y don Hernando Martínez de Ribavellosa pontificaban en esta reunión. Eran allí estrellas de primera magnitud. Sus opiniones pasaban por dogmáticas. Unicamente, a su altura, estaba, tratándose de asuntos religiosos, el vicario de Santa María, don Diego de Salinillas.

Don Juan de Galilea, hombre grave, hablaba por apotegmas; creía que el desconocimiento de las humanidades y del latín era el que estaba perturbando la sociedad; don Hernando coincidía con él en hallar lastimoso el estado de su época; pero extraía sus argumentos casi exclusivamente de la Historia. El estado natural de la política del mundo, según el señor de Ribavellosa, era el de hacía doscientos años, por lo menos. Hablaba del reino de Castilla, del señorío de Vizcaya, del fuero de Sobrarbe, y siempre que nombraba a Laguardia tenía que decir Laguardia de Navarra.

De las damas de la tertulia, las más principales, después de las señoritas de la casa, eran las dos marquesas de Valpierre, la hermana de don Hernando, las de Manso de Zúñiga cuando estaban en el pueblo, y la señorita de San Mederi.

En esta reunión aristocrática cada cual tenía asignado su papel. Don Juan de Galilea y don Hernando resolvían las cuestiones políticas graves. Las señoras, a quienes no preocupaba gran cosa el sistema constitucional ni el rey absoluto, criticaban los acontecimientos y hablaban de las costumbres y de las modas.

Las marquesas de Valpierre eran en esto las más intransigentes. Estas dos viejas solteronas vestían siempre de negro; llevaban toca en la cabeza, y solían dedicarse a hacer media en la tertulia.

Estaban las dos constantemente escandalizadas con los abusos del siglo; para ellas, un lazo azul o verde socavaba los cimientos del orden social, y por ende, como hubiera dicho el señor de Galilea, los del universo.

Según las de Valpierre, el mundo estaba perdido; ya no se respetaban las clases, ni a las señoras; el desenfreno era horrible. Laguardia, para ellas, era una nueva Babilonia, llena de vicios y de impurezas.

Entre la gente de media edad que figuraba en casa de las Piscinas había dos o tres solterones que vivían con sus madres. Uno de ellos, don Luis de Galilea, el hermano de don Juan, se dedicaba a escandalizar a la tertulia con barbaridades y groserías que él consideraba concepciones atrevidas de orden filosófico.

Don Luis era pequeño, tostado por el sol, con los ojos ribeteados y desdeñosos y la nariz arqueada y roja.

LA SEÑORITA DE SAN MEDERI

El elemento más romántico de la reunión, sin que nadie pudiera disputarle esta preeminencia, era la señorita Graciosa de San Mederi.

Graciosa tenía sus cuarenta años; pero no le parecía decoroso reconocer más de veintinueve. Alta, caballuna, con la nariz larga y los dientes salientes y amarillos, no tenía la pobre señorita físico para producir grandes pasiones; pero si le faltaba físico, indudablemente, no le faltaba corazón.

Graciosa tenía un gran entusiasmo por el vizconde de Arlincourt y por sus novelas. Hubiera andado mejor por el osario del Morar que por el camino de El Ciego o de Logroño, y el monte Salvaje, lugar de románticos paseos del Ermitaño, del vizconde, era para ella más conocido que los alrededores de Laguardia.

Graciosa de San Mederi había leído también una novela de Ana Radcliff, que le produjo gran admiración, y desde entonces no pensaba más que en situaciones extraordinarias y espantosas, en bosques incultos y llenos de misterio, en castillos con subterráneos y almas en pena, en rocas malditas y, sobre todo, en lagos, en esos lagos sombríos y poéticos, en los que se puede navegar una noche de luna, sobre un ligero esquife, mientras se escucha, a lo lejos, el rumor de las locas serenatas.

Desgraciadamente para ella, vivía en un pueblo asentado en lo alto de una colina, en donde no había más lago que aquellas dos charcas que se llenaban con las lluvias del invierno, y en las que no se podía navegar más que en un cajón, y empujando con un palo en el fondo cenagoso, cosa horriblemente antipoética.

EL CAPITÁN HERRERA

La señorita de San Mederi había sido víctima de uno de los militares de la guarnición, del capitán Herrera.

Este capitán, joven andaluz, fué durante algún tiempo el niño mimado de la tertulia de las Piscinas. Se le llamaba Herrerita.

Herrerita cantaba al piano las últimas canciones; Herrerita inventaba juegos de prendas; Herrerita era chistoso, ocurrente, amable. Todo el mundo le consideraba como una alhaja, y Graciosa sentía una gran inclinación por él. Unicamente le reprochaba en el fondo de su corazón el no tener un aire siniestro. Con su bigotillo rubio y su ceceo andaluz, no encajaba en el marco de los héroes de Arlincourt ni de Ana Radcliff.

De pronto, y sin motivo, Herrerita dejó de aparecer en casa de las Piscinas; pasó un día y otro y se supo con gran escándalo que se había presentado en la tertulia liberal de las de Echaluce, donde era obsequiadísimo.

El asombro, la estupefacción de las Piscinas y de sus amigos fué enorme. ¿Qué idea tenía aquel hombre de las categorías sociales? ¿Qué concepto de la sociedad y del mundo?

Se comprendía que hubiera ido a casa de Salazar. ¡Pero a la tienda de Echaluce! ¡Qué vulgaridad la de aquel capitán!

Los contertulios de las Piscinas, en tácito y común acuerdo, decidieron no volver a saludar ya más al traidor, infligirle este severo castigo; pero vieron con asombro que a aquel inconsciente militar no le preocupaba gran cosa la falta de saludo, y que seguía en su inconsciencia tan alegre y tan sonriente.

EL LICEO

Era difícil en un pueblo tan pequeño como Laguardia, en donde todo el mundo se conocía y encontraba varias veces en la calle, hacerse el desentendido; sin embargo, la gente sabía fingir el desconocimiento perfectamente; llevaba sus divisiones a punta de lanza.

Había entonces en una casa grande y antigua un teatro que se llamaba el Liceo. Allí se representaban comedias en un acto, en las que tomaban parte las señoritas y caballeros más distinguidos de la localidad.

En aquel estrecho recinto las tertulias tenían sus grupos, y unos eran tan extraños a otros como los osos blancos del Polo Norte pueden serlo de los osos blancos del Polo Sur.

Para representar se elegían las obras más tontas e inocentes, porque había algunas damas, como las marquesas de Valpierre, que eran capaces de encontrar intenciones deshonestas en la culata de un fusil o en el extremo de una bayoneta.

Casi todas las muchachas habían recitado algún monólogo o tomado parte en algún sainete. Graciosa, no; decía que no sentía lo cómico, y no quería representar astracanadas groseras y vulgares. Graciosa sentía lo trágico, lo sublime; varias veces trató de convencer a los jóvenes para que declamaran con ella un trozo de un drama espeluznante; pero nadie quería figurar en la representación, hasta que pudo convencer a Luis Galilea.

La noche de la función hubo risa para mucho tiempo.

Graciosa, tan alta, tan desgarbada, al lado de Galilea, tan bajito, con los ojos redondos y desdeñosos, la nariz de loro, encarnada, y el ademán retador, hacía un efecto muy cómico.

Graciosa creyó que había conseguido un gran éxito, y para completarlo, después del diálogo espeluznante recitó aquel parlamento de Calderón que comienza diciendo: