Graciosa recitaba esta lluvia de piropos calderoniana como si se estuviera enjuagando, de tal manera, que la hacía perfectamente odiosa; pero ella pensaba que no sólo sabía darle acentos admirables, sino que además su recitado era una lección para los jóvenes del pueblo, que eran incapaces de declararse a una mujer, llamándola sol, girasol, acero, norte, etc.
Algunos notaron que cuando terminó su tirada de versos Graciosa, el que aplaudió con más entusiasmo fué el capitán Herrera; pero otros afirmaban que al tiempo de aplaudir se veía una sonrisa mefistofélica en los labios del capitán andaluz.
A las muchachas jóvenes, amigas de Corito, Luisita Galilea, Cecilia Bengoa, Pilar Ribavellosa, Antoñita Piscina, todas las señoras y Graciosa las consideraban como niñas. Sin embargo, no era raro verlas mandar cartitas o recados a algún joven, que la mayoría de las veces era oficial de la guarnición.
Si la tertulia tradicionalista aristocrática era una e indivisible, como la República de Robespierre, las tertulias liberales, por el contrario, eran múltiples, cambiantes, de varios matices, representación de las nuevas ideas, por entonces mal conocidas y deslindadas, sin un credo completamente claro y definido.
La primera y más importante de estas reuniones era la del señor Salazar.
El señor Salazar, rico propietario, había sido jefe político con Zea Bermúdez, el ministro partidario del despotismo ilustrado, y aunque esto no abonaba mucho las ideas progresivas del señor Salazar, era liberal a su manera. Se encontraba, según decía, conforme con el moderantismo de Martínez de la Rosa, aunque no lo acompañaba en sus exageraciones sectarias, porque él era, sobre todo, monárquico y católico, y añadía que estaba tan lejos de los procedimientos odiosos de Calomarde como de los delirios insanos de los revolucionarios.
El señor Salazar creía que la sociedad es una máquina que debe marchar; pero consideraba necesario ponerle de cuando en cuando una piedra lo más grande posible, para que se detuviera y reflexionara. El señor Salazar quería que el mundo entero reflexionara, dictaminara y pesara sus actos.
Dictaminar, reflexionar y pesar. En estos verbos estaba reconcentrada toda su filosofía.
El señor Salazar era tan religioso o más que los contertulios de las Piscinas. Se hallaba colocado, con relación a su época, en el puesto más seguro y más fuerte; así que ejercía una gran influencia en Laguardia.
Los oficiales, de comandante para arriba, iban casi siempre de tertulia a su casa; las autoridades que llegaban al pueblo le dedicaban la primera visita.
Sabidos su preponderancia y su influjo, todo el mundo acudía a él en un caso apurado, y la misma gente de la tribu de las Piscinas solía presentarse al señor Salazar con el traje y la sonrisa de los días de fiesta, pidiendo protección cuando la necesitaba.
La tertulia de este hombre importante era trascendental para el pueblo; allí se resolvía lo que había que hacer en Laguardia; se daban destinos, se repartían cargos. El señor Salazar, como todos los políticos y caciques españoles antiguos y modernos, distribuía las mercedes con el dinero del Estado.
Salazar tenía más simpatía por los absolutistas que por los revolucionarios. Con aquéllos se sentía a sí mismo joven y ágil de espíritu; en cambio, con los liberales exaltados se mostraba hosco y displicente.
Menor en prestigio aristocrático, pero mayor en entusiasmo liberal, era la tertulia de Echaluce. Las de Echaluce, cuatro hermanas, una viuda y tres solteras, tenían en la plaza un pequeño bazar, en cuya trastienda se reunían varias personas en verano a tomar el fresco, y en invierno, alrededor de la mesa camilla, a calentarse y a charlar.
Las cuatro hermanas, inocentes como palomas, se creían muy liberales y muy emancipadas; su vida era ir de casa a la tienda, y de la tienda a casa; los domingos, a la iglesia, y cada quince días, a confesarse con el vicario.
Entre los contertulios de la casa de Echaluce había algunos audaces que encontraban bien las disposiciones de Mendizábal, lo que entonces era lo mismo que encontrar bien los designios del demonio.
A esta tertulia había trasladado su campamento el capitán Herrera desde que llegó a Laguardia una sobrina de las de Echaluce.
Esta chica, una riojana muy guapa y muy salada, escandalizaba a la gente laguardiense con sus trajes, que no tenían más motivo de escándalo que algún lazo verde o morado, colores ambos que se consideraban en esta época completamente subversivos y desorganizadores de la sociedad.
La plebe de Laguardia, que era toda carlista, miraba como una ofensa personal estos lazos y tiraba a la chica patatas, tomates y otras hortalizas.
Al principio lo hacían con impunidad; pero cuando apareció Herrerita con su sable, al lado de la muchacha, y vieron que el oficialito estaba dispuesto a andar a trastazos con cualquiera, la lluvia de hortalizas disminuyó, y sólo algún chico, desde un rincón inexpugnable, se atrevía a lanzar a la riojana uno de aquellos obsequios vegetales.
La tertulia de Echaluce, que notaba sobre su cabeza los manejos de la de Salazar, sentía bajo sus pies las tramas del café de Poli.
El café de Poli estaba en el primer piso de una casa de la calle Mayor. Era un sitio grande, destartalado, con dos balcones. Junto a uno de ellos se reunían, por las tardes y por las noches, algunos obreros de la ciudad y del campo que, sin saber a punto fijo por qué, simpatizaban con las nuevas ideas y se habían alistado como nacionales.
Haciendo la competencia a este café, y en el mismo plano social, o algo más abajo, estaba el figón del Calavera, punto de cita del elemento reaccionario rural, ignorante y bárbaro, el más abundante del pueblo.
Por encima del armazón visible de Laguardia, casi fuera del mundo de los fenómenos, que diría un filósofo, existía el centro del intelectualismo, del enciclopedismo, de la ilustración: la botica. Allí se discutía sin espíritu de partido; se examinaban los acontecimientos desde un punto de vista más amplio, como si hubiera vivido en Laguardia aún don Félix María Samaniego y sus amigos; allí se llegaba a defender la república como la forma de gobierno más barata, y algunos se arriesgaban a encontrar la religión católica arcaica y reñida con la razón natural.
Estos intelectuales de Laguardia tenían su masonería; hablaban fuera del cenáculo con gran reserva de sus discusiones; decían que no querían perder por alguna imprudencia la hermosa libertad que disfrutaban en la botica.
Todos estos diversos centros de Laguardia se espiaban, se entendían, conspiraban, y desde la alta y aristocrática tertulia de las Piscinas hasta el obscuro y sucio figón del Calavera, y desde la prepotente camarilla de Salazar hasta el tenebroso club del café de Poli, había una cadena de confidencias, de delaciones, de complicidades.
Había, además, de las tertulias, centros casi oficiales de la opinión, gente rebelde, indisciplinada, que guerreaba a su manera. Estos merodeadores sueltos eran los más intolerantes. Entre los carlistas se distinguían el Chato de Viñaspre, el Riojano y el Charrico, y entre los liberales, el Tirabeque y Teodosio el Nacional.
La intransigencia agresiva de los dos bandos no la representaban los hombres, sino las mujeres, dos viejas solteronas, que se odiaban a muerte: Dolores Payueta y Saturnina Treviño.
Las dos tenían apodo; a la Dolores la llamaban la Montaperras, y a la Saturnina, la Gitana.
Estas solteronas llevaban la voz cantante de la chismografía de carácter chabacano; propalaban noticias falsas, traían canciones, inventaban frases y apodos; Dolores, contra los carlistas, y la Satur, contra los liberales. Para ellas la cuestión no salía de Laguardia; el liberalismo o el tradicionalismo del resto de España las tenía casi sin cuidado.
Estas dos arpías representaban la parte turbia que hay en todas las sectas y en todos los partidos; en ellas, el odio al enemigo era lo principal; un odio frenético, sin cuartel. Cuando estas mujeres se encontraban juntas en la calle, se esforzaban en demostrarse su desprecio; volvían la cabeza, escupían al suelo. Se hubieran lanzado una contra otra como perros de presa a morderse, a desgarrarse, si hubieran tenido buena dentadura.
Dolores era de posición regular, y se trataba con la gente acomodada del pueblo. Era fea, antipática, marisabidilla, con una voz de falsete que parecía que tenía que salir por detrás de una careta; vestía con trajes claros y ridículos e iba con asiduidad a la tertulia de Echaluce. Cuando reñía, que solía ser con frecuencia, dejaba chiquita a una rabanera. Vivía con tres o cuatro perros, y de aquí debía proceder el apodo de Montaperras, adjudicado por su rival la Satur.
Dolores tenía una adoración especial por el Ejército; los militares le parecían una raza de hombres superiores. Este entusiasmo por la milicia le hacía sentir un odio grande por los carlistas, que se le figuraban no defensores del trono y del altar, sino canalla mal vestida, que intentaba interrumpir el orden y la armonía de una cosa tan bella como la tropa.
Satur la Gitana era más violenta, y quizá por esto menos grotesca.
Vestía siempre de negro; tenía una cara morena y enérgica, y el pelo de ébano, lleno de mechones blancos. La Satur era partidaria de la tradición. Tenía algo de iluminada; los enemigos decían que esto era debido al alcohol; pero no era cierto del todo.
Vivía esta mujer en una casa pequeña, sin criada, completamente sola. Los vecinos solían verla pasar con una cesta; pero en la cesta no se advertía más que el cuello de una botella.
La Satur andaba de noche de casa en casa y de taberna en taberna, propalando sus noticias e intrigando.
Era valiente, atrevida y fanática.
El Chato de Viñaspre, el Raposo, el Caracolero, el Riojano y otros carlistas la obedecían.
Si llegaba a Laguardia algún papel o alguna canción contra el Gobierno, contra María Cristina, o contra algún general liberal, ya se podía apostar que había pasado por las manos de la Satur.
Una vez la denunciaron, ante la autoridad militar, como carlista y propaladora de noticias falsas, y al acudir a presencia del coronel, la Satur no sólo no se turbó ni negó sus ideas, sino, por el contrario, dijo que era carlista a mucha honra, y que María Cristina era una piojosa, que estaba enredada con el hijo de un estanquero, y que los soldados liberales no valían nada.
El coronel, que era hombre inteligente, se rió, y la dejó suelta.
La Satur era una revolucionaria por temperamento: sentía la demagogia negra; creía que el pueblo, su pueblo, formado por pobrecitos aldeanos, todos buenos, infelices, hasta los que pegaban puñaladas, deseaban con ardor el rey absoluto, y que bastaba quitar la Constitución y el Gobierno liberal para que España fuera dichosa y se viviera bien.
En este ambiente de odio político y de enemistades personales, Pello Leguía y Corito Arteaga se dedicaban a mirarse, a hablar de mil cosas insignificantes, que para ellos eran trascendentales, y a escribirse cartas por cualquier motivo.
Seguramente, ninguno de los dos encontraba en la atmósfera de Laguardia los rayos del rencor y de la maldad que cruzaban el aire. Como en el mundo físico hay interferencias, las hay también en el mundo moral para los enamorados y para los que viven en el sueño y en la ilusión.
Corito traía, desde su llegada, trastornados a los jóvenes y a algunos viejos verdes de Laguardia.
Entre los oficiales de la guarnición tenía fervientes adoradores; pero ninguno llegaba a interesarle de verdad como Pello Leguía.
—¿Qué le encuentras a ese muchacho?—le decían sus amigas—. Es guapo, sí; pero tan serio, tan soso.
—Pues a mí me es muy simpático—contestaba ella.
Siempre que salían a pasear con varias personas, Corito y Leguía venían a reunirse y a marchar juntos hablando.
Corito le preguntaba muchas veces si era verdad que iba a casarse con su prima Anita, como decían en el pueblo.
—No. ¡Ca!—contestaba él.
—Pues es una chica bonita y rica.
—Sí; pero ya tiene su novio.
La gente decía que al padre de la muchacha, a Gateluzmendi el cosechero, no le disgustaría casar a su hija con su sobrino Pedro.
Corito coqueteaba con Pello; quería sacarle de su impasibilidad habitual, y lo conseguía; pero al mismo tiempo que él se iba enamorando, ella también se interesaba cada vez más.
Uno de los muchachos que se había hecho amigo de Pello, buscando su arrimo, era Antonio Estúñiga, el hijo de un rico hacendado de Viana.
Antonio Estúñiga era un mozo acostumbrado a imponer su voluntad, violento y cerril; hacía la corte a Luisita Galilea, pero con un amor un poco bárbaro y plebeyo.
Luisita era romántica; estaba bajo la influencia de Graciosa de San Mederi, y ésta le había convencido de que era indispensable someter a prueba al joven Estúñiga. Según Graciosa, para conseguir el amor de una señorita distinguida había que hacer grandes méritos, soportar fatigas, penalidades, y hablar del Norte, del imán, del girasol; no basta decir: «tengo tanto para vivir»; esto era una cosa grosera, vulgar, impropia de gente delicada.
Luisita Galilea estaba convencida de que Graciosa tenía muchísima razón, y, además, y esto era lo principal, le gustaba más uno de los oficiales de Laguardia que el joven Estúñiga, malhumorado y tosco.
—Pero, ¿tú crees que a lo bruto se consigue el cariño de una señorita como yo?—decía Luisita—. Pues estás equivocado.
Antonio tenía, con tal motivo, un malhumor constante. Los melindres de Luisita le indignaban.
Varias veces confesó a Leguía que iba a dejarlo todo y a marcharse al campo carlista.
Pello y Corito, mientras tanto, cantaban el eterno dúo de amor. Laguardia les parecía un lugar lleno de encantos.
Muchas veces Pello tenía que salir a los pueblos próximos para los negocios; había que pasar por entre las tropas y oir el silbar de las balas.
El peligro hacía que Corito se interesase más y más por su novio. Cuando desde las alturas de Laguardia, Pello indicaba por dónde había andado, Corito temblaba y se estrechaba contra él.
Una tarde de a principios de Junio, antes de anochecer, una silla de postas llegó a Laguardia, y se detuvo a la entrada del parador del Vizcaíno.
Pello Leguía y el capitán Herrera, que charlaban y paseaban por delante de la muralla, en el espacio comprendido entre el cuartelillo y la puerta de San Juan, abandonaron el raso que servía, y sirve, de paseo a los curas y desocupados del pueblo y avanzaron hasta el parador del Vizcaíno.
En esta época la llegada de una silla de postas a Laguardia era un acontecimiento que por sí solo servía de motivo de conversación para varios días, cuando no tenía ulteriores consecuencias. No era cosa de dejar pasar un suceso de esta clase sin sacarle algún jugo, y Leguía y Herrera se acercaron a la silla de postas. El mayoral comenzaba a desenganchar los caballos y el viajero acababa de saltar del coche.
Era éste un hombre más bien bajo que alto, vestido de negro, con sombrero de copa. Llevaba en la mano una maleta pequeña y una cartera, que acababa de sacar del coche, la capa doblada sobre el hombro, y andaba cojeando.
El viajero, después de dar sus disposiciones al mayoral, entró en el zaguán del parador y llamó varias veces desde allí, gritando y dando palmadas. Al cabo de un rato apareció la muchacha en la escalera.
—¿Es que sois sordas en esta casa?—gritó el viajero.
—No, señor; no somos sordas.
—Pues lo parece.
—¿Qué quiere usted?
—Un cuarto.
—No hay ninguno. Están todos ocupados.
—¡Bah!
—Sí, señor. No le engaño a usted; están todos ocupados. Tendrá usted que ir a la plaza, al parador de la Rosalía.
—No; no me marcho.
—Pues aquí no hay sitio.
—Mira; llámale al amo, que me conoce.
—Le dirá a usted lo mismo que yo.
—No importa; llámale.
La criada se retiró, y poco después salió el amo, un poco fosco, a la escalera.
—¿Qué es lo que quiere usted?—preguntó—. ¿No le dicen que no hay sitio?
El recién venido subió unos cuantos escalones, para acercarse al posadero, y mostró algo que Pello y Herrera no vieron.
El mesonero cambió de aspecto, y saludando respetuosamente al huésped tomó su maleta y la subió al piso principal.
—Le llevaré a usted a mi cuarto, que es el único que está vacío.
—Bueno.
La deferencia del posadero era bastante extraña, porque no estaba en su costumbre el ser cortés, y trataba a todo el mundo con malos modos.
Como Pello pensaba ir al día siguiente a casa de las Piscinas, y Herrera a la tertulia de Echaluce, ambos con el propósito de enterarse y de llevar una noticia interesante a los amigos, se acercaron al dueño del parador cuando éste bajó de nuevo al zaguán.
—Qué, ¿ha llegado algún viajero?—preguntó Herrera.
—Así parece.
—¿De dónde viene?
—No sé; el mayoral lo sabrá.
—¿No sabe usted quién es, o a qué viene?
—No.
—Pues él ha dicho que le conocía a usted—interrumpió Leguía.
—¿A mí?—preguntó algo sobresaltado el posadero.
—Sí; es cierto—afirmó Herrera.
—¡Ah!... Es verdad..., creo que ha estado aquí hace años.
El capitán se dió por satisfecho con la respuesta; pero comprendió, lo mismo que Leguía, que era un subterfugio del mesonero, pues su manera de recibir al nuevo huésped no era, ni mucho menos, la que acostumbraba a tener con una persona a medias conocida. Indudablemente, el viajero era persona de influencia o muy recomendada.
Volvieron Leguía y Herrera a dar otros paseos por el raso de la muralla, desde el cuartelillo a la puerta de San Juan, cuando al ir a meterse en el pueblo al capitán se le ocurrió acercarse de nuevo al parador a curiosear un poco. Lo hicieron así, y al llegar delante de la casa vieron que por el camino venía un hombre montado a caballo, envuelto en una bufanda.
—¿Quién será este ciudadano que llega a estas horas?—dijo el capitán Herrera—. Me parece un tipo un tanto sospechoso.
El hombre, que sin duda tenía motivos para no querer ser visto, se acercó al parador del Vizcaíno y estuvo mirando a derecha y a izquierda, hasta que entró.
—Vamos a ver quién es—dijo Herrera, decidiéndose rápidamente.
—Vamos.
Se acercaron de nuevo al parador. El hombre sospechoso había entrado en el zaguán, y, sin llamar a nadie, andaba de un lado a otro, como buscando algo.
—¡Eh, buen amigo!—le dijo el capitán—. ¿Va usted de viaje?
—Sí, señor.
—¿Tiene usted papeles?
—¿Se necesitan papeles para pasar por aquí?
—Sí, señor; porque hay mucho carlista disfrazado de persona por esta tierra—contesto el capitán.
El hombre hizo un movimiento brusco; desabotonó su zamarra de piel y, refunfuñando, sacó del bolsillo interior del pecho unos papeles, y eligió de entre ellos uno. Herrera lo tomó en la mano y se puso a leerlo a la luz del farol que alumbraba la entrada de la posada.
Leguía pudo contemplar al tipo sospechoso a su sabor. Era un hombre de unos cincuenta años, afeitado, bajito, con los ojos negros, el tipo sacristanesco. Tenía un aire de astucia y de hipocresía poco agradable.
Después de leer el papel. Herrera se lo devolvió al de la zamarra.
—Es posible que no tenga usted sitio aquí en el parador—le dijo.
—A mí me basta un rincón en la cuadra para dormir—contestó el hombre.
Leguía y Herrera se dirigieron al pueblo; las campanas comenzaban a tocar el Angelus.
—¿Qué clase de pájaro será éste?—preguntó Leguía.
—Algún sacristán carlista de uno de estos pueblos—contestó el capitán—; tiene la pedantería y la suficiencia de todos esos tipos que se creen los depositarios de la verdad.
El capitán Herrera y Pello Leguía entraron en el pueblo y fueron juntos a cenar a la casa de huéspedes. Después de cenar. Pello marchó al almacén de su tío y se dedicó a escribir y a hacer cuentas. Tenía que fijar una porción de asientos en los libros.
Se acordó varias veces de que Corito estaría charlando en la tertulia de las Piscinas; pero no había más remedio, era indispensable tenerlo todo al día.
Trabajó con ahinco sin levantar la cabeza, y concluyó más pronto de lo que esperaba. En las noches que tenía que velar, Pello dormía en casa de su tío.
Al verse libre, cogió la llave, cerró el almacén y se fué a dar una vuelta.
Al pasar por la calle Mayor, por delante de casa de las Piscinas, vió que abrían el postigo y salía a la calle el viajero de negro y de sombrero de copa que había llegado por la tarde, en coche.
El viajero recorrió la calle Mayor; cruzó la plaza; se reunió con un militar que le esperaba, en quien Pello reconoció al capitán Herrera, y juntos salieron del pueblo por la puerta de San Juan.
Al día siguiente era domingo, y Pello fué a misa mayor.
Al pasar por cerca de la iglesia vió que el viajero de luto, a quien la noche antes había visto salir de casa de las Piscinas, entraba en la de Salazar.
Pello se quedó asombrado. Este salto del tradicionalismo arcaico y piscinesco al liberalismo oportunista y salazariano, si alguno lo daba en Laguardia era después de graves vacilaciones, de maduras reflexiones y de mucho tiempo.
El viajero de negro no había necesitado para pasar este Rubicón más que unas pocas horas. Pello pensó en cómo el contagio de los prejuicios hace creer muchas veces en la dificultad de cosas que no tienen nada de difíciles.
Estaba Pello contemplando la casa de Salazar cuando vió al hombre de la zamarra, al que había llegado al parador al anochecer, que paseaba por delante de la casa, mirando al portal.
—Este le espía al otro—se dijo Pello—; ¿qué enredos se traerán entre los dos? No falta más que haya un tercero que le espíe al segundo.
El viajero de traje negro y sombrero de copa salió al poco rato de casa de Salazar y, dirigiéndose a la plaza, entró en la tienda de las de Echaluce. El hombre de la zamarra, haciéndose el distraído, se recostó en uno de los pilares de los arcos de la casa del Ayuntamiento.
De los Piscina a Salazar, de Salazar a los de Echaluce... eran demasiado Rubicones éstos para no llamar la atención de un hombre solo.
Pello se decidió a dejar la misa mayor y a ver qué lugar nuevo visitaba aquel hombre, y dónde y cómo terminaba el espionaje del otro.
Todavía el viajero, siempre seguido del hombre de la zamarra, estuvo una media hora en la botica y un momento en el café de Poli.
Después salió por el portal de San Juan, y el hombre de trazas de pordiosero le siguió con la mirada hasta que le vió llegar al parador del Vizcaíno.
Pello entró en su casa, y después de tomar café se fué inmediatamente a visitar a las Piscinas. Los domingos, la tertulia se celebraba por la tarde; después, al anochecer, se salía a tomar el fresco, generalmente, alrededor de la muralla.
—Ayer no vino usted—le dijo inmediatamente Corito al verle.
—No pude. Tuve que trabajar.
—Estaría usted hablando con la primita, ¿eh?
—No; estuve haciendo cuentas. ¿Cree usted que si hubiera podido venir no hubiera venido?
—Sí, sí; lo creo.
—Pues se engaña usted. Y ustedes, ¿tuvieron alguna visita?
—Sí; ha venido mi padrino.
—¿Su padrino de usted es un señor de negro, bajito, de sombrero de copa?
—Sí. ¿Cómo lo sabe usted?
—Porque le vi venir al pueblo ayer noche. ¿Va a estar algún tiempo aquí?
—No; mañana se va a marchar.
—¿Ha venido para algunos asuntos de familia?
—No sé para qué ha venido. Yo no le pregunto nunca nada.
—¿Viaja mucho?
—Sí; mucho.
Pronto Pello y Corito dejaron esta conversación y hablaron de otras cosas más interesantes para ellos. Al ponerse el sol, como era costumbre la tarde de los domingos, salieron todos a dar el paseo alrededor de la muralla. Corito iba al lado de Pello, muy animada y alegre; Luisita Galilea, coqueteando con un oficial, y sin hacer caso de Antonio Estúñiga, que cada vez estaba más desesperado; Cecilia Bengoa y Pilar Ribavellosa, del brazo.
Al anochecer volvió todo el grupo a los arcos del Ayuntamiento. En esto cruzó la plaza el padrino de Corito y se acercó a su ahijada y le dió un beso en la mejilla.
El viajero saludó a las señoras, y Corito le presentó a sus amigas y a los muchachos que les acompañaban.
—Este joven es un amigo nuestro, Pedro Leguía—dijo Corito, ruborizándose—; nos acompañó a Magdalena y a mí desde San Sebastián.
—¡Hombre, Leguía!—murmuró el viajero—. ¿No será usted de Vera, de Navarra?
—Sí; soy de Vera.
—Y ¿su padre se llamaba como usted, Pedro?
—Sí.
—Entonces le he conocido mucho a él y a su primo Fermín, el Chapelgorri. Pedro Mari Leguía fué muy amigo mío.
Corito iba a presentar a su padrino a Antonio Estúñiga; pero éste, naturalmente huraño y de mal humor, hizo un movimiento brusco y se ocultó detrás de una de las columnas del Ayuntamiento.
Fué una retirada un poco inesperada y cómica, que sorprendió a todos.
—¡Conéjuba!—dijo el viajero, en un vascuence castellanizado, dirigiéndose a Pello y señalando a Estúñiga con el dedo índice.
Corito y Leguía se echaron a reir. Estúñiga se marchó, incomodado.
—¿Sabe usted vascuence?—preguntó Pello al padrino de Corito.
—Poco.
—Ya veo que poco.
—Hombre, ¿por qué?
—Porque ha dicho usted «conéjuba» para decir conejo.
—Pues, ¿cómo se dice?
—«Unchía».
—¿De manera que tú sabes el vascuence bien?
—Sí, bastante bien.
—Tu padre también lo sabía muy bien. ¡Las veces que le habré oído cantar zortzicos en Bayona. ¡Ya hace tiempo! Se va uno haciendo viejo de verdad.
El viajero indicó que se marchaba al parador; estaba enfermo con dolores reumáticos y no le convenía el aire de la noche. Se despidió de Leguía, diciéndole que fuera a verle; dió un beso en la mejilla a Corito, y se marchó renqueando.
Al poco rato, como la sombra, apareció en la plaza el hombre de la zamarra; cruzó por los arcos del Ayuntamiento y entró en la puerta de San Juan.
Antes de despedirse oyó Pello que el señor de la Piscina y el de Ribavellosa hablaban del padrino de Corito.
—Debe ser hombre inteligente, ¿eh?—dijo él, mezclándose en la conversación.
—Mucho.
—¿Es del partido?
—Sí; ¡ya lo creo!—contestó el de la Piscina, con su gravedad acostumbrada—; trabaja infatigablemente por la buena causa.
Sin duda, el padrino de Corito era un carlista acérrimo.
Leguía se despidió de sus amigos; fué a la casa de huéspedes, y después de cenar estuvo charlando con el capitán Herrera. De pronto se acordó que el capitán había hablado con el padrino de Corito la noche anterior, y le preguntó:
—¿Averiguó usted quién era el viajero del otro día?
—Sí.
—¿Quién es?
—Un enviado del Gobierno.
—¿Entonces será liberal?
—Liberalísimo. Un revolucionario impenitente.
Pello no replicó. El padrino de Corito resultaba un tipo raro y ambiguo. Los unos le tenían por carlista entusiasta, los otros por un revolucionario.
No podía ser las dos cosas al mismo tiempo; más fácil era que no fuese ninguna de las dos, y que aparentase, según sus conveniencias, profesar tan pronto una opinión como otra.
Realmente, su actitud era un poco misteriosa. Había estado en casa de las Piscinas, había tenido una conferencia con Salazar y saludado a las de Echaluce. Para que nada faltara estuvo media hora en la botica y un momento en el café de Poli.
Aquel viajero audaz había pasado todos los Rubicones laguardienses como quien salta un charco.
—¿Quién era este hombre? ¿Qué buscaba?
Al día siguiente, por la tarde, trabajaba Pello en el escritorio cuando vió pasar varias veces a Antonio Estúñiga; Antonio se mostraba indeciso, sin atreverse a entrar; pero, al fin, se decidió y, cruzando el almacén, se plantó en el despacho.
—¿Qué hay?—le dijo Pello.
—¿No está tu tío?—preguntó Antonio.
—No.
—¿Te encuentras solo?
—Completamente solo.
—¿Sabes lo que pasa?
—No. ¿Qué pasa?
—Que ese hombre que nos presentaron ayer, el padrino de Corito...
—Sí... ¿qué?
—Que se ha descubierto que es un espía... un traidor que viene a engañarnos.
—¿Quién lo ha descubierto?
—Me lo han dicho.
—¿Quién?
—Un hombre que le va siguiendo los pasos.
—¿Uno con trazas de mendigo?
—Sí.
—¿Afeitado?
—Sí.
—¿Con una zamarra?
—Eso es.
—Le vi cuando llegó; venía tras él.
—Sí, viene persiguiéndole, vigilándole. Cuando salgas de aquí entra en el figón del Calavera y hablaremos con ese hombre de la zamarra.
—Cuando acabe iré.
Pello terminó su trabajo; saludó a su prima Anita, que estaba cosiendo a la luz de una lámpara, y se fué al figón del Calavera.
Era este figón un agujero obscuro y lóbrego, abierto en una callejuela. Tenía varias barricas en el portal y una rama de álamo a la entrada, como muestra. De día estaba alumbrado por una angosta ventana, y de noche por un candil que colgaba de la campana de la chimenea.
Varias mesas negras, con bancos de madera, ocupaban el interior. En un rincón, hablando con el hombre de la zamarra y con Estúñiga, estaban tres hombres. Uno de ellos era el Calavera, el dueño del figón, un Hércules rechoncho, con aire bestial, la cara ancha, la nariz chata y roja, como si acabaran de remachársela a fuego; el pecho y las manos, velludas. Los otros dos eran tipos maleantes: el Raposo y el Caracolero; los dos carlistas y asiduos contertulios de la casa.
El Raposo, realmente, parecía un zorro: tenía una viveza de rata; la cara afilada, y unos pelos amarillos en el bigote; el Caracolero era flaco, pálido, de aspecto enfermizo, con los ojos legañosos y rojizos; la barba gris, sin afeitar en quince días, y una voz de flauta completamente ridícula.
Pello se acercó a la mesa.
—Siéntate—le dijo Estúñiga.
—Le estábamos esperando a usted—agregó el Raposo.
—¿A mí?
—Este señor—añadió Estúñiga señalando al hombre de la zamarra—nos ha contado las maldades de ese hombre que vino anteayer por la noche a Laguardia.
—¿Tan malo es?—preguntó Leguía.
—Es un canalla, un traidor, un masón—contestó el hombre de la zamarra, con gran solemnidad.
—Y ¿qué es lo que ha hecho?—volvió a preguntar Leguía, a quien, sin duda, estas acusaciones vagas no le parecían gran cosa.
—Ha hecho horrores. Así, que la Policía le busca siempre por conspirador. El dirigió en Madrid la matanza de frailes el año 34; él ordenó la muerte de ciento treinta y tres prisioneros carlistas que estaban en la ciudadela de Barcelona. El sublevó el año pasado Málaga y Cádiz. Por donde va lleva el incendio, la matanza, la ruina, el sacrilegio...
—¡Pues es todo un tipo!—dijo Leguía, no sin cierta admiración.
—¡Sí lo es!—murmuró el Raposo.
—Y ¿cómo se llama ese hombre?—preguntó Leguía.
—Eugenio de Aviraneta.
—Tiene apellido vascongado.
—¡Vete a saber si se llamará así!—exclamó Estúñiga.
—Sí, así se llama—replicó el de la zamarra—. Su nombre es bastante conocido.
—Y ¿serán verdad todos sus crímenes?—preguntó Leguía.
—Lo son.
Y el hombre de la zamarra sacó del bolsillo cuatro o cinco recortes de periódicos en donde se hablaba del infame, del malvado Aviraneta.
El Raposo se puso unos anteojos de hierro grandes, y estuvo leyendo con atención los recortes.
—Y ¿qué intenciones tendrá este hombre al venir aquí?—preguntó el Caracolero.
—Yo creo—dijo el de la zamarra, y acercó su cabeza a la de los demás, como para dar más misterio a la confidencia—que lleva una misión de los masones de Madrid para desunir y sembrar la cizaña entre los partidarios de don Carlos.
—Pero, ¿aquí qué puede hacer?—preguntó Leguía.
—Aquí ha venido de paso; pero no ha debido desaprovechar el viaje. Se ha visto con Salazar y con el señor de la Piscina, de quien habrá sacado datos. En casa de la Piscina tiene confidentes; la vieja y la niña le deben contar lo que se dice en la tertulia.
Estúñiga miró a Leguía, como diciéndole: «Eso va para ti.» Pello, que experimentaba por el hombre de la zamarra una naciente antipatía, notó que este sentimiento se transformaba en odio, al pensar que aquel individuo podía producir algún disgusto a Corito.
—Aquí debíamos jugarle una buena pasada a ese granuja—murmuró Estúñiga, a quien desde la tarde del domingo se le había atragantado el padrino de Corito.
—¿Dónde está alojado ese señor?—preguntó el Raposo.
—En el parador del Vizcaíno—contestó Estúñiga—. Una noche nos quedamos fuera de puertas, al anochecer...
—¿Para qué?—preguntó brutalmente el Calavera.
—Toma, ¿para qué? Para salir del pueblo.
—¡Ja... ja... ja...!—rió el tabernero.
—¿De qué se ríe usted?—preguntó Estúñiga.
—¿Tú crees que nosotros necesitamos quedarnos fuera de puertas?
—Pues si no tendrán ustedes que salir por el portal de San Juan.
—Ni por el portal de San Juan, ni por ninguno. Pregúntale al Raposo.
—¡Silencio!—exclamó el Raposo—. Me parece que estás hablando demasiado, Calavera. Cuando se tiene la cabeza dura como la tienes tú, se espera a que hablen las personas de juicio.
El Calavera refunfuñó y se calló.
—Yo tengo pensado un plan—indicó el de la zamarra—; más tarde hablaremos de eso.
—Y usted, ¿hace mucho tiempo que conoce a Aviraneta?—preguntó Pello.
—Mucho tiempo, mucho. Si no les molesta, en un momento les contaré cómo le conocí. Por esta historia podrán ver los procedimientos que emplea ese bandido de Aviraneta.
—Cuente, cuente usted—dijo Estúñiga.
—Trae un poco de vino, tú—dijo el Raposo al Calavera.
Este se levantó pesadamente, mascullando; volvió con un porrón y lo dejó sobre la mesa.
El hombre de la zamarra bebió un sorbo, se limpió los labios con un pañuelo de hierbas y comenzó la historia.
Soy de bastante lejos de aquí—comenzó diciendo el hombre de la zamarra—, de un pueblo grande de la provincia de Albacete.
La casa de Vargas, la de mis amos, era allí la más fuerte de todos los contornos. «Más rico que un Vargas», se decía en mi lugar cuando se quería ponderar la riqueza de alguna persona acomodada.
La casa de Vargas, en mi tiempo, tenía treinta parejas de mulas, cortijos, olivares, viñedos y leña en el monte para quemar y vender.
Era la familia de mis amos modelo de honradez y de religiosidad: los Vargas varones son siempre caballeros, como las hembras de la familia, recatadas y honestas.
Don Fernando de Vargas, mi amo, era un hombre como va habiendo pocos: educaba a la familia con una severidad conveniente, y se mostraba adversario de las peligrosas novedades que quieren implantar en España los impíos.
Don Fernando sabía luchar en todos los terrenos contra los revolucionarios que intentan privarnos de Dios, de la religión y del rey.
—Este hombre, además de servil, es un pedante—se dijo Leguía a sí mismo.
—Don Fernando de Vargas—siguió diciendo el hombre de la zamarra—gastó su fortuna en la restauración gloriosa del año 23 y en los varios intentos posteriores de los realistas para restablecer la monarquía pura.
Su desinterés por el altar y por el trono; su entusiasmo por la buena causa hicieron que sus bienes mermaran de tal modo, que al morir dejó a su familia, formada por su esposa y tres hijos, dos varones y una hembra, en una lamentable situación.
Los usureros se lanzaron sobre las fincas, y se apoderaron de ellas; montes, tierras, viñedos, cortijos, olivares, todo fué a parar a sus manos.
Unicamente quedaron libres la casa, una viña y un molino. La señora de don Fernando y su hija se resignaron a vivir pobremente en el pueblo con los escasos restos de la fortuna, y don Fernando y don Luis, así se llamaban los dos hijos varones, salieron a ganarse la vida.
Yo, que había comido su pan, y que les veía en aquella situación mísera, me decidí a seguirlos.
Don Fernando consiguió un empleo en Aduanas, y con su ayuda, don Luis pudo entrar en el ejército y hacer los gastos necesarios para ingresar en un cuerpo distinguido como el de Artillería.
Por el año 29, don Luis fué enviado de guarnición a San Sebastián, y don Fernando, que tenía un gran cariño por su hermano, consiguió que a él también le trasladaran a la capital guipuzcoana. Los dos y yo nos instalamos en la calle del Campanario, en una casita pequeña, próxima al arco que pasa por encima de la calle del Puerto.
Vivíamos allí tranquilamente; mis señoritos hacían en la ciudad buen papel; eran arrogantes mozos, hombres finos y bien educados.
Yo les aconsejaba que buscaran alguna rica heredera para casarse con ella y poder volver a levantar la casa de Vargas.
Al poco tiempo de estar en San Sebastián, don Fernando y yo notamos que el hermano menor, don Luis, iba por mal camino. Frecuentaba mucho la tertulia de Arrillaga, un comerciante rico, tildado de liberal, e iba al anochecer a la platería de don Vicente Legarda.
Este platero era hombre de ideas revolucionarias, y su casa, un antro donde se reunían Beunza, Orbegozo, Zuaznavar, Baroja, don Lorenzo de Alzate y otros liberales exaltados de San Sebastián.
Al prevenirle don Fernando y yo de los peligros que corría en unión de aquella gente, don Luis nos confesó que estaba enamorado de la hija mayor de Arrillaga, Juanita, y que ella le correspondía.
El liberalismo de don Luis no tenía más causa que ésta: el amor.
Al oir aquella declaración vi que don Fernando quedaba lívido; después comprendí que él también estaba prendado de la muchacha.
Por esta época, en el otoño del año 30, se comenzó a hablar a todas horas de que en París había habido revolución, y después, de que los constitucionales españoles se agitaban más allá de la frontera.
Se decía que Mina con los dos Jáureguis, Chapalangarra, Méndez Vigo, Miláns del Bosch y otros militares desterrados desde el año 23, habían tenido una junta en Bayona, y decidido entrar en España por varios puntos, al frente de muchos miles de hombres.
A mediados de Octubre, una noche que estaba lloviendo a mares, antes de cenar, se presentó un hombre en nuestra casa preguntando por don Luis: era Aviraneta.
Don Fernando me dijo:
—Este tipo me parece sospechoso; vamos a ver qué quiere de mi hermano.
Don Luis había pasado a su visita a la sala. Entramos nosotros en la alcoba, que tenía una puerta excusada, y desde allí don Fernando y yo pudimos ver y oir a Aviraneta.
Aviraneta venía como emisario de Mina; pero al mismo tiempo tenía pensado, por su parte, un plan de conspiración infernal.
Me figuro estar viéndole, a la luz de un velón, hablando y mirando a don Luis, con sus ojos bizcos. Pretendía que inmediatamente que aparecieran las tropas constitucionales delante de San Sebastián se sublevara la guarnición, y algunos de los militares se encargaran de nombrar una Junta revolucionaria, entre cuyos individuos estuviera él, Aviraneta. El objeto de esta Junta era prender a las autoridades y a los realistas de más significación y fusilarlos inmediatamente.
Aviraneta llevaba una lista de las personas que consideraba necesario sacrificar, y entre ellas estaban los sacerdotes de la ciudad.
Don Luis no se prestaba a ayudarle en este crimen. Aviraneta quería convencerle; y cuando vió que era imposible, se caló el sombrero de copa y se marchó, murmurando con despecho:
—No se puede hacer nada. Aquí no hay liberales.
Quince días después, por la madrugada, la Policía llamaba en nuestra casa. Registraron los papeles de don Luis y le prendieron. Le habían encontrado una carta del general Mina dándole instrucciones para el movimiento, que ya había abortado, pues Mina y Jáuregui y los demás huían camino de la frontera, y Chapalangarra había muerto, a tiros, en Valcarlos.
Don Luis, entre bayonetas, fué llevado preso al castillo de la Mota, y sufrieron la misma suerte varios vecinos de San Sebastián, entre ellos dos empleados de Arrillaga. Los peces gordos se escabulleron: ni a Arrillaga, ni a Legarda, ni a Alzate se les encontró: todos habían escapado. Respecto a Aviraneta, la Policía ni le buscó siquiera, pues, a pesar de ser uno de los jefes de la trama, estaba, como siempre, en la sombra.
El pobre don Luis había caído en la red por su entusiasmo amoroso; nos confesó que Juanita Arrillaga, su novia, le había calentado los cascos y animado para que entrase en la conspiración constitucional.
Don Fernando y yo discutimos lo que había que hacer para salvar a don Luis.
La situación era grave. Por el hecho de tener correspondencia con cualquiera de los individuos que habían emigrado del reino, a causa de los crímenes del año 20 al 23, se imponía la pena de dos años de cárcel y doscientos ducados de multa, y si la correspondencia tenía tendencia directa a favorecer proyectos contra el Gobierno, como la encontrada a don Luis, se llegaba a castigar con la muerte.
Don Fernando escribió y fué a hablar a todos sus amigos, que tenía muchos e influyentes en la corte, entre los realistas, y consiguió que el consejo de guerra fuese benévolo con su hermano.
Le condenaron a ocho años de presidio en el Fijo de Ceuta.
Mientras don Fernando estuvo en Madrid trabajando a favor del preso, iba yo todos los días al castillo de la Mota, a la parte alta, que llaman el Macho, a llevar la comida y a hablar por entre las rejas con don Luis. Cuando volvió don Fernando, íbamos los dos.
Los demás presos eran liberales comprometidos en el movimiento. La mayoría creía haber hecho una buena obra conspirando y contribuyendo a la rebelión, y estos desgraciados se pavoneaban y se manifestaban contentos y alegres.
La gente del pueblo, entre la que abundaban los revolucionarios, visitaba y obsequiaba a los presos; en Carnaval hicieron correr los bueyes ensogados, delante del muelle y no en la plaza, para que los prisioneros pudieran verlos desde la terraza del castillo.
Aquellos infames negros nos tenían odio a don Fernando y a mí porque sabían que éramos realistas.
Don Luis escribió varias cartas a Juanita Arrillaga; pero ella no le contestó.
Llegó la época en que tenían que trasladar a Ceuta los prisioneros. Estaba mandado que fueran a pie hasta Cádiz, atravesando toda España, para embarcarse allí.
Preparamos el equipaje de don Luis, y don Fernando y yo decidimos acompañarle.
Don Luis se puso en camino en un estado lastimoso. No tuvimos que andar mucho tiempo; ocho días después de la marcha, al llegar a Lerma, ya no pudo más con el cansancio, y cayó agobiado, sin fuerzas.
Se le dejó en la cárcel del pueblo, donde se le declaró el tifus, y murió a las dos semanas.
Sobre el cadáver de su hermano don Fernando juró vengarse... y se vengó.
—¿Se vengó?—preguntó Estúñiga, con ansiedad.
—Sí, se vengó—contestó el viejo, solemnemente.
El hombre de la zamarra echó un trago del porrón, y continuó así su relato:
—Dos años después había un baile de máscaras en casa del jefe político de San Sebastián. En todas partes se hablaba con gran entusiasmo de la fiesta; estaban concertadas varias bodas que daban mucho que hablar al pueblo, entre ellas la del hijo del jefe político con Juanita Arrillaga, la antigua novia de don Luis de Vargas.
La casa de la Aduana, donde se celebraba el baile, brillaba, llena de luz; por las ventanas, iluminadas, se oía desde la calle el rumor de la orquesta.
Delante de la puerta se amontonaba la gente del pueblo, que veía entrar las máscaras con gran curiosidad. A cada instante se tenía que abrir el grupo de curiosos para dejar pasar a los enmascarados.
En esto, en el momento en que el baile estaba en su mayor animación y algazara, se oyó un grito desgarrador tan penetrante, que llegó hasta la calle. Una mujer cayó al suelo.
Fué todo el mundo a ver qué ocurría. Juanita Arrillaga, herida de una puñalada en el corazón, estaba muerta.
—¿Vargas era el asesino?—preguntó Leguía.
—Sí; era él el vengador—replicó el hombre de la zamarra, con voz sorda.
Don Fernando había entrado en el baile enmascarado con un dominó negro; después saltó por una ventana hacia la plaza con el dominó en la mano; me entregó el capuchón y se fué a la fonda. Yo me marché a una posada y escondí el disfraz. Al día siguiente, mi amo y yo estábamos en Francia.
El viejo calló. Leguía estaba irritado; la manera grave y solemne de hablar de aquel hombre, su pedantería y su servilismo le indignaban. Parecía una persona nacida única y exclusivamente para ser criado.
—Y más cosas podría contar donde ha intervenido ese bandido; ese Aviraneta que Dios confunda—dijo el hombre de la zamarra.
—Hay que acabar con él—exclamó Estúñiga, dando un puñetazo en la mesa.
Es lo que yo pretendo—repuso el hombre de la zamarra—. Voy siguiéndole los pasos, y ha de caer. Tarde o temprano ha de caer.
—Tú nos ayudarás, Leguía, ¿eh?—dijo Estúñiga.
—¿Yo? Yo, no. Yo no soy carlista. Allá vosotros.
Y Pello se levantó decidido de la mesa.
—Entonces, si no es de los nuestros, ¿para qué ha venido?—preguntó el hombre de la zamarra.
El Caracolero, que estaba al lado de Leguía, le agarró por el brazo. Pello intentó desasirse; pero como el otro le oprimía con fuerza, le cogió por el cuello, le zarandeó con furia y le tiró contra la pared.
Estúñiga y el Raposo se levantaron a impedirle la salida: el Raposo, armado de una navaja; Pello, que había visto que tras él había una puerta entreabierta, cogió el candil y lo tiró contra los que le atacaban, dejando el figón a obscuras.
Después retrocedió a ganar la puerta. Pasó por un corral estrecho, subió unas escaleras, luego bajó otras, y salió a un portal de la calle de Santa Engracia.
¡Qué tíos más brutos!—murmuró.
Como era la hora en que solía ir a buscar al capitán Herrera, para cenar juntos, se dirigió al portal de San Juan; pero Herrera aquel día había marchado a Logroño.
Pello marchó a cenar solo a su casa. Estaba preocupado; el padrino de su novia corría algún peligro. Quizá este peligro podía alcanzar a Corito.
Después de cenar, siempre con la misma preocupación, salió de casa a dar un paseo. Se le ocurrió acercarse al figón del Calavera. Por una rendija de la puerta vió que el grupo del hombre de la zamarra había aumentado, y que en el grupo estaban la Satur, el Chato de Viñaspre y el Riojano. Por las actitudes de aquella gente parecía que acababan de tomar alguna disposición definitiva.
—¡Qué habrán tramado estos bárbaros!—pensó Leguía.
Poco después la luz del figón se apagó, y los reunidos allí salieron a la calle; pero Leguía no vió ni al de la zamarra, ni a Estúñiga, ni al Raposo, ni al Caracolero.
Esto le dió que pensar. Aquéllos habían salido, indudablemente, por alguna otra parte.
Sin saber qué determinación tomar, pasó por delante de la casa de las Piscinas. La casa estaba cerrada.
Esperó a ver si por casualidad llamaba alguien y aparecía la criada; viendo que no llegaba nadie, cogió unas piedrecitas y las fué sucesivamente tirando a la ventana de la cocina. Se abrió la ventana, y una vieja, la señora Magdalena, se asomó y miró a derecha e izquierda con gana de reñir al que así se entretenía.
—Soy yo, Pedro Leguía—dijo Pello.
—¿Usted?
—Sí; dígale usted a la señorita Corito que le tengo que dar un recado de parte de su padrino.
Se retiró la vieja, y al poco rato salió Corito a la ventana.
—¿Qué me quiere usted, Pedro?—preguntó.
Leguía contó en pocas palabras lo que había oído en el figón del Calavera.
—¿Y qué ha dicho ese hombre de mi padrino?
—Horrores.
—Y ¿han pensado en hacer algo contra él?
—De eso estaban hablando.
—¿Y lo intentarán esta misma noche?
—Así lo han dado a entender.
—Entonces lo mejor es que vaya usted al parador y avise usted a mi padrino del peligro que corre. Lo hará usted, Pedro, ¿verdad?
—Ya lo creo. No tenga usted cuidado.
Pello se despidió de su novia; salió de la calle Mayor, y fué por la plaza a la puerta de San Juan. Entró en el cuarto de guardia y pidió al oficial que le abriera.
—Tenga usted cuidado—le dijo éste—. El cabo Sánchez ha dicho que hace un momento que anda por ahí fuera gente sospechosa.
Pello salió al raso de la muralla. La noche estaba obscura. Avanzó rápidamente. Un instante después se oyó un silbido. Se detuvo. Le pareció que entre los árboles andaba gente; quizá fuera una ilusión, provocada por las palabras del oficial; pero el caso fué que sintió miedo, y en vez de marchar en línea recta siguió deslizándose por la muralla hasta encontrarse cerca del parador. Entonces, abandonando el muro, cruzó de prisa y entró en el zaguán.
Subió las escaleras, y en la cocina preguntó a la criada:
—¿Está ese viajero de negro que vino anteayer?
—¿El caballero?
—Sí.
—En el comedor lo tiene usted.
—¿Hay más gente?
—Sí, dos más; ahora han acabado de cenar y están tomando café.
—Voy a verle.
Pello entró en el comedor, saludó a los tres comensales y se sentó a la mesa. Aviraneta, que estaba leyendo un periódico, le miró vagamente; pero no le reconoció.
Pello pudo contemplar despacio al hombre de quien tantos horrores acababan de contar en el figón del Calavera.
Era Aviraneta un tipo de más de cuarenta años, afeitado, la cara triangular, ancha en la frente y estrecha en la mandíbula; la mirada, profunda, con un ojo que se le desviaba y le dejaba completamente bizco; la nariz, larga, arqueada, huesuda; la boca, de labios pálidos y finos; el pelo, que empezaba a blanquear en las sienes. Tenía el perfil clásico del diplomático sagaz; parecía un hombre todo inteligencia, claridad y astucia. Vestía de negro, a la moda de la época, levitón entallado, de ancha solapa, corbatín de muchas vueltas y sombrero de copa grande, echado hacia la nuca, dejando ver la calva.
Estaba ensimismado, y mientras leía el periódico a través de una lente que tenía en la mano izquierda, agitaba de cuando en cuando con la mano derecha la cucharilla del café en la taza.
A Pello le pareció un pajarraco, una verdadera ave de rapiña.
Los otros dos comensales, que tenían aspecto de campesinos acomodados, se levantaron, dieron las buenas noches y salieron del comedor.
Leguía miró hacia el pasillo, por si se acercaba alguno, y viendo que no venía nadie, se levantó, y dijo:
—¡Señor Aviraneta!
—¡Eh!—exclamó el hombre, sorprendido—. ¿Quién es usted?
—Yo soy Pedro Leguía, y vengo de parte de Corito a decirle que aquí está usted en peligro.
—Pues, ¿qué pasa?
Leguía contó lo ocurrido en el figón del Calavera. Aviraneta escuchó sin dar señales de sorpresa.
—¿Y cómo es ese hombre de la zamarra?—dijo.
Pello dió sus señas.
—No; pues no recuerdo haber visto a ese tipo—murmuró Aviraneta—. Y ese Estúñiga, ¿quién es?
—Es un muchacho de aquí.
—¿Carlista?
—Muy carlista.
—Y ¿qué motivo de odio tiene ese joven contra mi?
—Que ayer, cuando iban a presentarle a usted, se escondió detrás de una columna, y usted se burló de él llamándole conejo.
—Es verdad. ¿Es rencoroso?
—Mucho.