Dadme, Señora, dadme una hoja
Del áureo libro donde se ven
El blanco lirio, la dalia roja,
Que á vuestro paso galán arroja
Pródigo el hijo de Borinquén.
Dejad, os ruego, dejad que en ella
Mi tosca mano grabe también
Una amapola, que inculta y bella
Sobre los campos carmín destella
Y adorna el suelo de Borinquén.
Á la lisonja mi humor esquivo,
No brinda flores que aroma den:
Yo en mis jardines no las cultivo;
Que soy, Señora, franco y altivo,
Como buen hijo de Borinquén.
Yo al ofreceros la flor silvestre,
Que el prado alegra con otras cien,
Quiero que ufana su gala muestre,
Quiero que brille la flor campestre
Junto á esas otras de Borinquén.
Quizá os aleje de estos lugares
De la fortuna feliz vaivén:
Quizá mañana crucéis los mares,
Llevando en ramos á otros hogares
Las cultas flores de Borinquén.
Por eso quiero que si algún día
Os hablan ellas de nuestro Edén,
Si allá os lo pinta su lozanía,
Miréis entonces esta flor mía,
Imagen pura de Borinquén.
Si en su corola no véis primores,
Si su ancho seno no aroma bien,
Podrá deciros con sus colores
Cómo, Señora, cómo da flores
El fértil campo de Borinquén.
No por agreste, por inodora
Sufra la pobre vuestro desdén:
Muestra expresiva de inculta flora,
Tomadla, os ruego, tomad, Señora,
La flor silvestre de Borinquén.

EL MAESTRO RAFAEL.

Pobre y humilde artesano
De oscuro y modesto nombre,
Hubo en Borinquen un hombre
Caritativo y cristiano:
Con la dádiva en la mano
Y en el corazón la calma,
Ciñó por única palma
La pura y dulce alegría
Con que sus dones hacía
Para provecho del alma.
Es una historia de ayer,
Que está viva en la memoria;
Aun recuerdan esa historia
Los que nos dieron el ser:
Ellos que pudieron ver
Que el modesto menestral,
En combate desigual
Con el tiempo y la ignorancia,
Á la pobre y tierna infancia
Daba el pan intelectual.
Sacerdote de la idea,
De la ilustración obrero,
Tuvo el noble tabaquero
La fe que redime y crea:
En la fecunda tarea
Á que dió su vida fiel,
Conquistó como laurel
De la tumba que lo abriga,
Que hoy el nombre se bendiga
Del maestro Rafael.
Y cuando el naciente sol,
Que á iluminarnos empieza.
Brille en toda su grandeza
En el cenit español,
Á su candente arrebol
Otra edad verá lucir
Con letras de oro y zafir
Grabado en el mármol duro,
Ese nombre, ayer oscuro,
Glorioso en el porvenir.

JULIAN E. BLANCO.

Nació en San Juan, el día 14 de Agosto de 1830. Pasó su infancia en Vega Baja, á donde fué su padre á ejercer la profesión de maestro de escuela. Allí recibió la instrucción primaria, y—como tenía buena letra y era listo—obtuvo pronto colocación, aunque modesta, en la oficina de un procurador judicial, de San Juan.

Allí se reveló tan notablemente su vocación, que á los pocos años no había en toda la ciudad un muchacho que igualase á "Juliancito Blanco" en la tarea especial de ordenar papeles para la curia, enterar de ellos á los abogados, llevar los expedientes al tribunal ó á las escribanías de actuaciones, llevar al dedillo la cuenta de los emplazamientos y los términos, y todo cuanto en el antiguo sistema judicial se designaba con el nombre de papeleo.

Bien pronto llegó á saber de estas cosas de la curia más que los mismos procuradores, y entonces fué un excelente auxiliar en las oficinas de los abogados. Trabajó primero en la del Dr. Vázquez, letrado de fama, que ejercía su profesión en San Juan á mediados del siglo XIX, y algunos años después fué compañero, más bien que auxiliar, del inteligente abogado portorriqueño don Gabriel Jiménez.

Nunca las bibliotecas particulares de los letrados de San Juan, ni la del Colegio de Abogados establecida en la casa de la Audiencia, tuvieron más asiduo lector que don Julián Blanco, desde los primeros años de su juventud, y lo que no lograba encontrar en los libros de Derecho lo encontraba en las mil combinaciones ingeniosas de la esgrima del papel sellado. Llegó á ser verdaderamente famoso en estas materias, y no pocas veces respetado y hasta temido por los mismo abogados de larga práctica.

Al iniciarse la lucha política en Puerto Rico tomó puesto en las filas más avanzadas del partido reformista, y fué el más activo y enérgico de los redactores de El Progreso, que dirigía el patriarca liberal don José Julián Acosta, y sufrió persecuciones y destierros por causa de sus ideas políticas.

En 1871 fué electo diputado á Cortes por el distrito de Caguas, y dejó recuerdos importantes de su elocuencia y energía en aquellas sesiones borrascosas que precedieron á la abdicación del rey Amadeo.

Después colaboró en periódicos importantes del país, fué varias veces diputado provincial, y en el breve gobierno autonómico fué Secretario de la Presidencia del Consejo, y Secretario de Hacienda. Poseía conocimientos generales de administración y de ciencia económica, y fué fundador y consejero del Banco Territorial y Agrícola de Puerto Rico.

Su oratoria era vehemente, pero sujeta siempre á la disciplina del pensamiento; razonaba con método, exponía con claridad y peroraba con energía, pero conservando siempre el dominio de su palabra. Fué en su tiempo uno de los mejores oradores políticos de Puerto Rico.

Como escritor, su estilo no era literario ni elegante. Se cuidaba mucho más de convencer, de herir ó de defender que de agradar. Sus hábitos de curial influían en la forma de sus escritos, casi siempre vigorosos, enérgicos, y con frecuencia apasionados. Propendía especialmente á la polémica y la contradicción.

Recopiló algunos de sus trabajos periodísticos en un libro titulado Veinte y Cinco años antes. Á él pertenece el artículo que insertamos á continuación, publicado en El Progreso hace 35 años.

LA LEY DEL EMBUDO.

Desde que El Progreso vino al estadio de la prensa, no ha cesado de hacer cuantos esfuerzos le ha permitido la pequeñez de sus medios para difundir las ideas y los principios que forman el credo del partido liberal reformista, creyendo, como cree firmemente que sólo la práctica de esos principios y la realización de esas ideas pueden labrar la felicidad de esta Isla, manteniendo en ella el orden y la paz, factores indispensables del bienestar y la prosperidad de los pueblos, y asegurando con vínculo fortísimo su unión estrecha y perdurable bajo el glorioso pabellón de España, á las demás provincias de la Madre Patria.

Sin pecar de inmodestia, cree El Progreso haber contribuído no poco, en unión de sus colegas reformistas y de los ilustrados escritores que se han dignado prestarle su valiosa colaboración, á la organización y la fuerza que hoy tiene el partido radical de esta provincia, al que pertenece la inmensa mayoría de sus habitantes, como lo ha demostrado cuantas veces ha tenido posibilidad de hacerlo. Y sin embargo, por más que le duela confesarlo, tiene que reconocer que, aun cuando más hubiesen hecho en pró de la santa causa de las reformas, con tanta solemnidad y repetición prometidas y con tanta justicia y necesidad deseadas, ni El Progreso ni sus demás compañeros de la prensa liberal de esta Antilla habrán hecho nunca tanto en favor de dicha causa, como los órganos reaccionarios de esa minoría refractaria á toda idea de progreso y de justicia, que aquí se disfraza como el grajo de la fábula con los variados y pomposos nombres de "los leales,, "los españoles sin condiciones," y "el partido liberal conservador."

Sus exageraciones, sus intemperancias, sus amenazas, sus inconsecuencias y sus contradicciones, han abierto los ojos á los hombres honrados y sencillos que inconscientemente les seguían, más que todos los artículos de la prensa reformista; y si aún hay algunos que por hábito, por temor ó por la espesa venda que tres siglos y medio de régimen colonial han puesto sobre su inteligencia, forman todavía á retaguardia de esa agrupación, esos pocos rezagados no tardarán en desertar de su odiosa bandera y venir á engrosar las filas del partido radical, dejando solos á los que, según se deduce de sus mismas disolventes predicaciones, no tienen otro principio que el de su conveniencia particular, á la que están dispuestos á sacrificarlo todo.

Ni ¿cómo pudiera ser de otro modo? ¿qué hombre sensato y que de honrado se precie puede hacer coro con ellos en el discordante concierto de insultos y calumnias que uno y otro día arrojan á la faz de un país, modelo de mansedumbre y de cordura, no sólo entre todos los pueblos de la Nación sino entre todos los pueblos del mundo? ¿Qué hombre de juicio y de conciencia querrá hacerse solidario de los energúmenos que, no contentos con amenazar á sus adversarios con el cañón Krupp y el fusil de aguja, y olvidando en su delirio la diversidad de tiempos y de circunstancias, todavía nos recuerdan para aterrorizarnos el veneno de Lucrecia Borgia y las matanzas de la noche de San Bartolomé? ¿Quién que tenga un corazón noble y levantado puede hacer causa común con los que no tienen otro principio ni otro lazo de unión que su interés mezquino y egoísta?

Porque ésta es la verdad, y hay que decirla virilmente, sin ambages ni rodeos. La fórmula de nuestros biliosos adversarios, "España somos nosotros, y fuera de nosotros no hay más que separatistas," es sólo una parodia ridícula de la de Luis XIV: "El Estado soy yo." En el fondo de una y otra, sin embargo, hay el mismo pensamiento de negro y refinado egoísmo. Todo para nosotros, para vosotros nada; para nosotros lo ancho, la plenitud de los derechos, el privilegio de la explotación;—porque

"nosotros solos somos los buenos,
nosotros solos, ni más ni menos:"

para vosotros la pena de ser perseguidos y explotados hasta la consumación de los siglos, porque no sois españoles, sino filibusteros, mambises y separatistas.

Esa es la síntesis de todos los discursos y argumentaciones de los flamantes liberales conservadores de esta Isla. Ese el pensamiento profundo de sus modernos Maquiavellos, que al través de cuanto gritan para ocultarlo, se descubre en todos sus escritos.

Vedlos si no, discurriendo sobre las omnímodas,[2] al sentirse heridos por esa espada de Damócles, suspendida siempre sobre los habitantes de esta Isla. Rugen de rabia más que de dolor; pero no piden que la espada se rompa; no se unen á nosotros para pedir que cesen las omnímodas, que en una provincia de la España democrática no tienen ya razón de ser; por el contrario, aun sostienen la conveniencia de conservarlas, porque según dicen tienen su lado bueno y su lado malo; son buenas cuando son ellos los que las aplican en beneficio propio y daño de sus adversarios, por más que éstos no dieran ni den pretexto alguno para su ejercicio; son malas cuando recaen sobre ellos, por más que hayan hecho y hagan todo lo posible para justificarlas ó excusarlas.

¿Se trata del principio de autoridad? Oidlos: "la Autoridad es sagrada: la Autoridad es impecable," cuando son ellos los que la ejercen, aun cuando abusen de sus facultades; la mera queja, por respetuosa que sea, la censura más moderada y justa de sus actos son un crimen gravísimo é imperdonable; pero si la Autoridad justa é imparcial no se presta á servir sus intereses ni á ser ciego instrumento de sus planes, entonces la escarnecen y arrastran por los suelos, por alta y respetable que sea, y su audacia se llama valor cívico, y lo que es un crimen se convierte en virtud.

¿Se trata de la prensa liberal? "No conviene, dicen, la libertad de imprenta; ella es incompatible con el sostenimiento del orden público," por más que la templanza y la mesura con que esa prensa trata todas las cuestiones de que le es lícito y permitido ocuparse, ofrezca ejemplos dignos de imitar á sus injustos adversarios y detractores. Para el periodismo liberal la previa censura, la recogida y los procesos; y mientras tanto ellos usan y abusan de esa misma libertad, y aspiran á gozar del privilegio de la impunidad aun cuando sus escritos incendiarios lleven la alarma y el terror al seno de las familias, la perturbación del orden á la sociedad, y la desconfianza y descrédito al exterior.

¿Se trata del derecho de reunión? Pues ay de los liberales que lo ejerciten en los períodos electorales en que únicamente es permitido aquí: "si se reunen es para conspirar, aunque sus juntas se celebren á la luz del día, con el permiso de la Autoridad y todos los requisitos establecidos por la Ley, y aunque sus actos y sus acuerdos extrictamente ajustados á ella tengan la mayor publicidad; ese derecho en manos de los liberales es un arma peligrosísima que debe arrebatárseles"; pero entre tanto ellos, los sedicentes conservadores, monopolizan ese derecho en todas las épocas, abusando de él para todos los fines que su conveniencia les sugiera, y que las más veces permanecen ocultos, y ese monopolio, lo mismo que otros, es lo que aspiran á conservar indefinidamente.

¿Se trata del Gobierno constituido, y de la sumisión y obediencia que los pueblos le deben? Nadie más celoso defensor de ese principio que los periódicos reaccionarios de esta isla, cuando son sus patrones los que gobiernan, cuando son sus doctrinas las que privan, y sus aspiraciones las atendidas en las altas regiones del poder. El mero hecho de no pensar entonces de acuerdo con los que mandan es un crimen de alta traición, y ¡ay de aquel contra quien recaiga la simple sospecha de haber incurrido en ese desacuerdo, porque no se necesitan más pruebas para condenarle sin apelación! Pero si el Gobierno no secunda sus planes interesados y egoístas; si se opone con mano fuerte á sus abusos y desafueros, entonces se rebelan contra el Gobierno, le hacen cruda guerra por cuantos medios están á su alcance, sin reparar en ellos, y esa conducta es santa y es patriótica, porque éllos se llaman los leales, y su rebelión se apellida "La rebelión de la Lealtad."

Pero ¿á qué multiplicar los ejemplos, si en todos los artículos de la prensa reaccionaria están de manifiesto? En todo y por todo quieren siempre lo ancho para ellos, que son una insignificante minoría; lo estrecho para los demás, que son la inmensa generalidad del país. Puerto Rico los conoce ya y no puede seguirlos, porque quiere la igualdad para todos sus moradores, porque tiene hambre y sed de justicia, que no puede existir sin aquella igualdad; porque tiene ya la conciencia de su dignidad y de sus derechos, y no puede consentir que se le arrebaten por más tiempo en beneficio exclusivo de unos pocos privilegiados.

No: la ley del embudo, que es la única ley á que rinden culto nuestros adversarios, no ejercerá más su imperio en esta Isla; y en vano se mecen en la dulce ilusión de que volverán los días aciagos para ésta, en que ellos la dominaban por completo. El tiempo pasado no vuelve, y el mundo marcha adelante, como dice Pelletán. Las conquistas hechas para España por la gloriosa revolución de Septiembre, no hay poder humano que pueda destruirlas, y aquí participaremos de ellas indudablemente, pese á quien pesare, porque somos España también.

Cuantos esfuerzos hagan para impedirlo nuestros adversarios son inútiles; y si momentáneamente logran oscurecer el cielo de la Patria, poco importaría. Los eclipses de la libertad son pasajeros, como ha dicho Martos, mientras que las leyes inmutables y constantes del progreso tienen que cumplirse fatalmente. El astro que con sus débiles y temblorosos rayos animaba el moribundo régimen colonial, está ya en su ocaso, y pronto se hundirá en los abismos del pasado para no volver á levantarse jamás.

ALEJANDRINA BENÍTEZ.

Entre las mujeres portorriqueñas de la pasada generación que se han distinguido en el cultivo de las letras, merece un sitio especial en esta Antología doña Alejandrina Benítez, no sólo porque fué la de inspiración más elevada entre las de su época, sino también por haber sido la madre natural y poética de José Gautier Benítez, uno de los poetas de más bella expresión, de más rica fantasía y de más delicado sentimiento que ha producido este país. Élla, con sus amorosos instintos de madre, y con las delicadezas exquisitas de su temperamento poético, cultivó y perfeccionó aquellas cualidades que todos admiramos en el dulce y apasionado cantor de Puerto Rico.

Nació Alejandrina Benítez, en Mayagüez, el día 26 de Febrero de 1819; quedó huérfana en la infancia, y la crió y educó esmeradamente una tía suya, doña Bibiana Benítez, aficionada también á la literatura y dotada de buenas disposiciones para el cultivo de la poesía.

Floreció Alejandrina cuando se hallaba en su mayor apogeo el romanticismo en la literatura castellana, y á la influencia de éste debemos atribuir algunos resabios de exaltación lírica que se advierten en sus obras.

Dedicada desde muy joven á los cuidados del hogar y de la familia, componía sus versos con poca frecuencia; pero no por eso dejó de influir notablemente en el movimiento literario de Puerto Rico.

Sus poesías más celebradas son; Buscando á Dios, La Cabaña, El cable submarino, y el canto Á Cuba, que va inserto á continuación.

Á CUBA.
ante una estatua de colón.

La virgen tierra de radiente cielo,
La de flores y aromas orientales,
La que atesora en su fecundo suelo
Cuanto Dios concediera á los mortales;
La reina de los mares de Occidente,
Del almo Sol la hermosa desposada,
La de atmósfera azul, clara y riente,
Y túnica de perlas esmaltada;
La región sin igual, que pura y bella
Del Gólgota ignoró la triste historia,
La que sus pactos con el cielo sella
Sin la mancha deicida en la memoria;
¡América! la tierra portentosa
En que todo es hermoso, y rico, y grande.
La que impulsa una fuerza misteriosa
Á que el destino en el futuro mande;
Radiente de entusiasmo y de ventura
Aparece á mis ojos noble y fiera,
De plumas adornada la cintura
Y flotante la negra cabellera.
El rayo de su límpida mirada
El aire llena de esplendor divino,
Mostrándome la estatua levantada
Al inspirado, al inmortal marino.
Al genio poderoso, que á la ciencia
Arrebató su arcano tremebundo,
Y copiando á la suma omnipotencia
Surgir hizo del mar un nuevo mundo.
Grande es el hombre, si de Dios hechura
Superior á los ángeles se muestra,
Cuando en las sombras de su suerte oscura
Hace milagros con su débil diestra.
Cuando en sublime impulso arrebatado
Se lanza á la región del firmamento,
Roba á la nube el aire condensado
Y al rayo le señala pavimento.
Cuando encierra al vapor que rebramando
La altiva nave entre las ondas lanza;
Y en contra al viento, al huracán burlando
En su carrera imperturbable avanza.
Cuando en alambre eléctrico conduce
De un polo al otro la impalpable idea,
Y en un instante raudo reproduce
Cuanto la voz mortal ordena y crea.
Cuando mide la esfera soberana
Y al tiempo el curso por minutos cuenta,
Cuando hace eterna la palabra humana
Con la invención divina de la imprenta.
Entonces se renueva la alianza
Que une al Creador su hechura esclarecida;
Entonces es que un himno de esperanza
Levanta la creación estremecida.
¡Entonces crea el Hacedor divino
Los genios que luchando se engrandecen:
La primera Isabel y el gran marino
Entonces en la tierra se aparecen!
Les sigue en pos el mágico sistema
De esos seres de paz, poder, y gloria,
Á los que el mundo impone su anatema
Y abre sus fastos la inmortal Historia.
Allí están de laureles coronados
Bebiendo la ambrosía en áurea copa,
Washington y Bolívar, enlazados
Á los héroes triunfantes de la Europa.
Que de los siglos en la eterna orilla
Crece egregia una palma, altiva y sola,
Y el sol de la justicia excelso brilla
Á los grandes ciñendo su aureöla.
En esa palma el ínclito marino
Grabó su nombre al descubrir un mundo,
Y con diamantes escribió el Destino:
"Fué Colón el primero, y no hay segundo."
********
Los años á los años se enlazaron,
Los hombres á los hombres se siguieron
La tierra de Colón la destrozaron,
¡Todos al semidios ingratos fueron!
Luis catorce, Cromwell, y Carlos quinto,
Y el héroe de Austerlitz, Arcola y Jena,
Más amarga su gloria que el Absynto
Al pueblo que arrastraba la cadena,
Obtuvieron honores inmortales
En que servil adulación ardía,
Mientras que en sus desiertos virginales
América tu nombre repetía,
Y apenas su crisálida rasgando
Bebió del sol el fúlgido destello,
Por tu nombre su nombre fué olvidando
En bautizo de gloria heróico y bello.
Y hoy la reina del golfo americano,
La sultana gentil de nuestros mares,
Revocando del tiempo el fallo insano
Alza tu estatua á proteger sus lares.
La cubre con la cruz y noble enseña
Que tremolaste en su preciosa orilla,
Y tu sombra sagrada más la empeña
Al egregio estandarte de Castilla.
¡Salve Cuba! tú rindes ovaciones
Al audaz argonauta, reverentes,
Y con ellas condenas las naciones
Ante tanta grandeza indiferentes.
Tú, la perla del mar de las Antillas,
Le levantas durable monumento,
Y en noble gratitud insigne brillas
Como brillas en glorias y en talento.
¡Salve mil veces, tierra fortunada
Que enamoras del sol la luz ardiente;
Es tu timbre esa estatua levantada
Al gran marino, genio prepotente,
Que arrancara del mar á la onda fiera
Un mundo de tesoros y hermosura:
Tú has sido en acatarlo la primera....
¡Salve Cuba la bella, y rica, y pura!
¡Pueda cruzando los inmensos mares
Cual los cruza la brisa perfumada,
Llegar á tí la voz de mis cantares
Y el amor de mi patria idolatrada!

JULIO L. DE VIZCARRONDO.

Nació en la ciudad de San Juan, el 9 de Diciembre de 1830. Procedía de una familia distinguida y bien acomodada, y obtuvo desde joven la más esmerada educación que podía darse aquí en aquel tiempo.

Se hizo notar bien pronto el joven Vizcarrondo por la generosidad de sus sentimientos humanitarios: emprendió una campaña vigorosa contra los malos tratos que solían recibir los negros esclavos en algunas haciendas de la isla, y concluyó por hacer pública manifestación de sus ideas abolicionistas. Por este motivo fué desterrado del país en 1850, cuando apenas había cumplido veinte años de edad.

Vivió cuatro años en los Estados Unidos, y se saturó allí su espíritu de las ideas liberales que se agitaban en aquel gran pueblo, mientras se preparaba la famosa epopeya de la redención de los esclavos. Contrajo entonces matrimonio con una joven americana de cultura exquisita y de excelentes condiciones de carácter. Regresó Vizcarrondo á Puerto Rico en 1854; dió libertad á sus esclavos, para apoyar con hechos la eficacia de su propaganda abolicionista; fundó el Asilo de San Ildefonso, para la educación de niñas pobres, y escribió algunos libros para las escuelas de instrucción primaria. Fundó más tarde un periódico titulado "El Mercurio", y en él se dió á conocer como escritor ingenioso y ameno, y como propagador de ideas políticas y sociales incompatibles con la estrechez de miras del régimen colonial.

Por ellas volvió á molestarle el gobierno con advertencias y persecuciones, y entonces Vizcarrondo buscó en la misma capital de España un campo más espacioso y propicio para desarrollar sus ideas y poner en práctica sus nobles propósitos.

Allí se dedicó á trabajos de política y de beneficencia con actividad, inteligencia y eficacia verdaderamente admirables. Fué Secretario General del Comité revolucionario que preparó en Madrid la Revolución del 68; fundó la Sociedad Abolicionista Española, de glorioso recuerdo; fundó La Sociedad Protectora de Niños y el Hospital del Niño Jesús, y echó las bases del Hospital de Niños incurables, con la cooperación de las duquesas de Santoña y Pastrana. Durante la invasión del cólera en Madrid (1865) hizo verdaderas heroicidades, auxiliando á los pobres atacados de aquel terrible mal. En medio de la consternación pública fundó la sociedad de Amigos de los Pobres, que inició sus trabajos dando abrigos, alimentos y asistencia á los coléricos indigentes.

Como publicista fundó en Madrid la Revista Hispano Americana, que tuvo gran importancia en su tiempo; fué redactor de los diarios matritenses El Bien Público, La Discusión y La Democracia; fué corresponsal de varios periódicos importantes de Londres, Nueva York y Lisboa, y escribió correspondencias celebradísimas para El Agente, El Clamor del País, La Democracia y otros periódicos de Puerto Rico, haciendo popular con ellas el pseudónimo de "César de Bazán".

Fué diputado á Cortes por el distrito de Ponce, prestó servicios de gran importancia á Puerto Rico durante su vida, y figuró siempre entre los directores del partido republicano de España.

Su estilo como escritor era sencillo, claro y discretamente sazonado con ingenio y gracia. El artículo suyo que va á continuación contiene rasgos pintorescos de la vida social portorriqueña de mediados del siglo anterior, y describe un tipo muy curioso, del que aún quedan recuerdos en algunas comarcas del país.

EL HOMBRE VELORIO.

Hubo en Puerto Rico una época en que verdaderamente se ataban los perros con longanizas. Nos referimos á aquel buen tiempo en que era una verdad decir que donde comían cuatro, comían cinco; y no podía ser de otro modo, porque había mucho que comer, tal vez no tan de fantasía como lo que hoy conocemos con los nombres de pancée, souflée, troufée, etc., etc., pero de cierto que había comidas muy sabrosas, que saben confeccionar algunos rebeldes á los efectos de esa civilización que se entromete hasta en el lugar más sagrado de una casa, la cocina. Nos referimos al haragán mofongo, la persuasiva sopa de casabe, la melindrosa carne frita, etc., etc., que aún conservan sus prosélitos, por supuesto, deponiendo el título de gente de buen tono. La época de que hacemos mención, es aquella en que las calles estaban á oscuras, y cada una de ellas tenía más tropiezos que una mujer tropezona de nuestros tiempos; cuando las Miseña Josefa, y todas las otras Miseña engordaban su puerquito, y todas comían chicharrones (hoy se dice: «el que no mata puerco, no come chicharrón») y se hacían pasteles, hayacas y butifarras, y se repartía todo entre todos en un santiamén, y de postre se mandaban sendas fuentes de manjar blanco, ojaldres y suaves buñuelos, y se veían las criadas cruzarse, llevando los repartimientos de una á otra casa. Hoy la cosa se maneja de otro modo, por efecto de la civilización; el que mata un puerquito tiene buen cuidado de apretarle el hocico, no sea que chille y le oiga el vecino, y averigüe que hay puerco muerto en la vecindad, y mande por el rabo. Pero volvamos á la edad de oro. Otro de los rasgos característicos de aquella fecha, era el pedirse prestado los morteros unos á otros, y un poquito de culantro, y un dientecito de ajo, etc.; para resumir, entonces todo se daba, hoy no se da nada, y hacemos bien, entre paréntesis.

En la época á que nos referimos, se hacía patrullas por los paisanos, que es otra peculiaridad de aquel buen tiempo. Estas patrullas se reducían á reunirse una media docena de amigos y salir de parranda por la ciudad; uno llevaba pasteles, el otro pan, el criado de otro le andaba detrás en sus rondas con la cazuela de escabeche, y el del otro con la escandalosa y perfumada olla de mofongo, y la patrulla concluía por ir al atrio de la iglesia ó á la plazuela de Santiago, sentarse sobre el fresco suelo y tragarse el santo y seña bajo la forma dicha. Al siguiente día los que pasaban por aquel lugar decían, sin más antecedentes que las lustrosas envolturas de los pasteles: «aquí hizo alto la patrulla de anoche».

Los jóvenes de aquella época se paseaban de noche llevando en vez de varitas ó bastones, grandes espadones toledanos de siete cuartas, de esos que pelean solos, y que eran los compañeros inseparables de la juventud, después de las siete de la noche. Era golpe de gran hombre llegar á casa de la novia con el chafarote bajo el brazo, y tirarlo con desdén sobre una mesa.

En esa época, raro era el baile que no se acababa con algunos sablazos, pues los bailes justamente eran las galleras de la juventud. Para hacerse una pelea era suficiente motivo que D. Pepito, aprendiz de bailarín, no pudiendo seguir la estratégica trama de una contradanza, que el veterano D. Ramón ponía, con el nombre del Pabellón francés, ó el Canasto de flores, ó los Molinos, en cuyas figuras había que sudar á mares, y bracearse media hora, y pasar los hombres por debajo de los brazos de las mujeres, y las mujeres por encima de los hombres, y en que no faltaba un viejo experto que diese la voz de alarma: «ahora, doña, para entrar á tiempo». Si como dejo dicho, el neófito don Pepito no podía seguir el berengenal que plantaba don Ramón, y dejaba pasar una figura entera ó media cadena, D. Ramón se consideraba, altamente ofendido en lo más delicado de su honra, y era necesario que corriese la sangre para lavar tanta afrenta.

Del mismo modo se consideraba un motivo de desafiar el colocarse un hombre distraídamente en un puesto más arriba de lo que la rigorosa ordenanza danzante le permitía, y también tenía uno que romperse el juicio con un cualquiera, por sacar á bailar una joven que estaba comprometida á acompañar en aquella misma contradanza á otro, sin que sirviese de excusa el alegar que él ignoraba tal compromiso, y que la culpa era de la dama: no había más remedio: V. hacía de hablativo ó instrumento con que se hacía la cosa, y no cabía otro arreglo que, al salir del baile, irse á la bajada del cementerio, y recibir una tanda de planazos con el mismo compás de dos por cuatro, con que inocentemente bailó V. su retozona contradanza. De ese tiempo es que dicen los viejos, suspirando al recordarlo: «¡Ah, tiempo bueno!»

En aquella época la Isla aparecía como una sola familia compacta y unida. Las riquezas, convenientemente distribuídas, ofrecían el bienestar y la satisfacción, que se retrataba así en el rostro del rico hacendado, como en el del honrado proletario. El lujo no se había abierto camino en nuestra Isla, y alternaban gustosos en las modestas reuniones junto con el opulento comerciante ó propietario, sus dependientes ó servidores.

Pero vamos á nuestro hombre velorio, originario de la época á que acabamos de referimos, y en la que se concurría á un velorio como á una fiesta cualquiera; aquel hombre se diferencia muy poco del tipo de nuestros días, diferencia que no ha podido menos de establecer la civilización.

La primera diligencia del hombre velorio, al oscurecer, era informarse de la salud de los enfermos en la población, fuesen ó no amigos suyos, porque para el hombre velorio importaba poco el grado de intimidad que le uniese con el paciente: con llegar por la casa así como por casualidad, de una manera que él sabía y que nosotros no podemos explicar, ya tenía bastante. En tratándose de velorio, nuestro tipo no tenía jurisdicción marcada. Una vez al corriente del estado de los enfermos, iba á su casa y se ponía su traje de velorio, que consistía, por lo regular, en camisa y pantalón «de andar de noche»; un redingot de irlanda cruda, un par de chinelas, un sombrero de panamá en el cuarto grado de consunción; y en vez del chafarote de marras, un bastoncito de naranjo, cieniguillo ó Juan caliente; completando su ajuar un pañuelo de bolsillo de grandes dimensiones y grandes flores.

Nuestro hombre llegaba al velorio y ponía la cara de conformidad con el estado de gravedad del enfermo, ó cambiando en un todo el escenario de la fisonomía, si era velorio de muerto grande, y presentando otra decoración distinta, si era de muerto pequeño, que en este caso se llamaba técnicamente velorio de angelito.

El hombre velorio llegaba en puntillas de pie, haciendo señas con la mano para que nadie se moviese. Colocaba el sombrero en un rincón, y antes de hacerse cargo de la silla sobre que había de pasar la noche, miraba á su rededor para reconocer el campo de sus operaciones. Su primer diligencia era indagar si había comestibles, y á qué clase pertenecían, y no se sentaba hasta que no lo averiguaba, para lo cual daba dos ó tres paseos, siempre dirigiendo disimuladamente la vista por todas partes, y no se acomodaba hasta saber el estado de las provisiones, porque para poder velar bien, consideraba necesario que hubiese algo que comer; á lo contrario se le llamaba profesionalmente velorio á palo seco, y nuestro hombre no entraba por esa clase de velorios: si descubría que había que correr el temporal á palo seco, viraba de bordo y seguía otro rumbo. Una vez satisfecho de que había algo, procuraba informarse de quiénes eran los compañeros de velorio, porque había también mujer velorio y tenía su reputación formada de buena compañera de velorio, que era frase que oíamos á menudo.

Enterado ya de cuanto necesitaba saber, colocaba su silla en un lugar conveniente, es decir, entre las mujeres, y al lado de la mujer velorio, y ya estaba nuestro hombre en su elemento.

Antes de todo, y pocos momentos después de haberse sentado, vuelve á levantarse y se dirige al depósito de los pasatiempos, mete la mano en la bandeja de tabacos, y se apodera de más de los que necesita por el momento, echa un traguito, come algunos bizcochos y vuelve á ocupar su lugar. Ya está el tabaco prendido y puede darse principio á los chascarrillos; el hombre velorio es un manantial de anécdotas, y sabe decirlas con graciosa seriedad y una voz propia de velorio, lanzando por la boca una nube de humo á cada «pues señor». Mientras que el hombre velorio cuenta sus chascarrillos, las mujeres apoyan la barba sobre la mano abierta, y fijos en él sus ojos mascan el cigarro que tienen en la boca, haciendo creer que se limpian los dientes, y las viejas los prenden y fuman como murciélagos, diciendo cada vez que el cuentecillo se enrojece, al echar una nube de humo por la boca: "Jesús con Vd., don José." Y don José aumenta el colorido del cuento, las muchachas se miran unas á las otras, y algunas de ellas, de risibles propensiones, por no romper la carcajada se tapan la boca con el pañuelo y se hacen mil contorsiones en la silla. Es de rigor que haya un pollo en el velorio, y que sea pollo enamorado, que va detrás de alguna hija de Eva en los primeros albores de la juventud.

El hombre velorio es el protector de esos amores por aquella noche, aconseja y anima al pollo y le hace lugar, diciéndole de vez en cuando: «ahora es tiempo, no seas tonto, aprovecha la ocasión». Así se pasa la noche entera, la cual se ameniza muy á menudo con copitas de vino, bizcochos, azucarillos y cigarros, de los cuales hace una provisión para muchos días. Desde las tres de la mañana ya empieza nuestro tipo á indicar que es hora de estar listo el pan caliente; se ofrece—por vía de estirar las piernas—á ver si aquél está ya cocido, y él mismo va á informarse á la próxima panadería.

Á las cuatro de la mañana ya las viejas están apestosas á cabos de tabacos, y las muchachas de mal talante y peor color, y unas y otras con el indispensable pañuelito atado á la cabeza.

Los muebles están en desorden, y allá y acullá por los rincones se ven algunos de los veladores dormidos sobre una silla, haciendo la figura más triste, pues sus compañeros más fuertes, como uno de los recursos de la diversión en el velorio, les han tiznado la cara con un corcho carbonizado. Ya á esta hora han desaparecido todos los comestibles de la noche, y el hombre velorio anda por la cocina activando el café, y disponiendo que se haga cargadito.

Ya vienen las tazas y se oye el ruido de las cucharas al caer en los platillos: el caliente pan se anuncia con su peculiar olor al dividir en dos la tostada libra que tiene el hombre velorio, quien al echar de menos la mantequilla, dice como pudiera decir un químico al ver que en lo más preciso de una operación le faltase el más indispensable ingrediente: «¿Y la mantequilla, por Dios? ¿Y la mantequilla? ¿Quién tiene la mantequilla? ¡Lo menos se han olvidado de la mantequilla! ¡Corran, por Dios, por esa mantequilla, ó se pierde todo esto!» Y vuelve á cerrar el pan antes que se enfríe. Viene la mantequilla, vuelve á abrir la olorosa libra de pan, se le unta la apetecible grasa, y el cuchillo empieza su tarea de dividirla en rebanadas. Cada cual se acerca, toma su taza de café y su apéndice de pan, y se retira á un lado.

El hombre velorio es el único que se queda al pie de la mesa, porque primeramente le ha quedado el café muy dulce, y lo ha venido á notar después de haberse bebido la mitad de la taza, la cual llena nuevamente para que le dé sazón á su gusto. Luego le falta pan para concluír el café que le queda en la taza, y toma otra rebanada, y como es natural le sobra después el pan, y tiene que echar más café para concluír con él, á fin de que ambos concluyan á un tiempo. De un fresco jarro lleno de agua serenada, que está en una jarrera en el patio, toma agua, se lava las manos y los relumbrosos labios, que limpia con su pañuelo de color. Prende otro cigarro, no de los que han estado depositados en el bolsillo toda la noche, sino del abastecedor azafate; se levanta el cuello del redingot, y se lo abotona hasta el último botón, para no refriarse; se cala el sombrero, y sale en puntillas de pie, diciendo al taparse la boca con el pañuelo: «¡Hasta mañana!» Y de seguro que volverá mañana y pasado, y todas las noches en que haya velorio.

FEDERICO ASENJO.

Así como hay hombres de inteligencia brillante, inquieta, bulliciosa y expansiva, que se imponen poderosamente á la atención pública, y tienen más viso y repercusión exterior que capacidad interna, los hay también de inteligencia concentrada, de carácter apacible, asiduos en el estudio y en el trabajo; de más talento que apariencia, modestos y enemigos de ostentación. Á estos últimos pertenecía don Federico Asenjo.

Nació en Mayagüez, el día 26 de Abril de 1831. Su padre era un militar español, natural de Castilla la Vieja, y su madre una dama venezolana, descendiente también de una noble familia de castellanos. El servicio de las armas obligó al Sr. Asenjo padre á trasladarse á San Juan cuando Federico era todavía niño, y aquí adquirió éste la instrucción primaria, y fué más tarde alumno distinguido del Seminario Conciliar.

Aprendió con perfección la lengua latina y la francesa, y gracias á ellas y á su constante afán de estudiar, logró extender considerablemente el círculo de sus conocimientos, ilustrar su mente y llegar á ser uno de los portorriqueños más instruídos de su tiempo.

Rindió culto en su juventud á la literatura amena, colaborando en un periódico que se publicaba en San Juan, con el título de El Ramillete, y antes de los 22 años escribía notables artículos de economía política y de ciencia administrativa en el Boletín Mercantil y en El Mercurio, compartiendo en este último las tareas de Redacción con don Julio Vizcarrondo.

En 1863 fundó El Fomento de Puerto Rico, revista quincenal de ciencias, que se transformó más tarde en diario, y que ejerció notable influencia en el país.

La modestia de Asenjo llegaba hasta el punto de no poner su nombre en muchos de los trabajos que publicaba, y así hay en nuestros archivos muchos estudios, Memorias, reseñas de Exposiciones y de solemnidades públicas, Informes oficiales y proyectos de instituciones, debidos á su docta pluma, y sin ninguna indicación expresa de quién los escribió.

Después que la revolución española de 1868 desarrolló en Puerto Rico la vida Municipal, Asenjo fundó y dirigió una revista titulada El Municipio, y dedicada á propagar la teoría y la práctica de la administración del pueblo por el pueblo.

En 1875 adquirió la propiedad de El Agente, periódico en el que hizo esfuerzos meritísimos para propagar aquí la ciencia económica y social. Por último fundó la Revista de Agricultura, Industria y Comercio, en la que propagó, por espacio de nueve años, excelentes ideas y un gran caudal de ciencia favorable al fomento de esas fuentes principales de la riqueza de los pueblos.

Entre los libros y folletos publicados que llevan su nombre merecen especial mención los titulados Elementos de orden social, Nociones de agricultura, Páginas para los jornaleros de Puerto Rico, Un pequeño libro de actualidad (estudios económicos) y El Catastro de Puerto Rico. Con el pseudónimo de Claro Oscuro, publicó también un curioso libro suyo de crítica humorística, titulado Viaje al rededor de la plaza principal.

Prestó importantes servicios á su país en la Junta Superior de Instrucción Pública; organizó la Escuela Profesional fundada en San Juan en 1883, y fué proveedor de su material científico, y apenas se halla un proyecto beneficioso para Puerto Rico en la segunda mitad del siglo XIX, al cual no haya llevado Asenjo el concurso de su inteligencia y de su actividad.

Por encargo de la Sociedad Económica de Amigos del País, se dedicó Asenjo en sus últimos años á recopilar datos para la Historia general de Puerto Rico, y dejó 31 volúmenes de estos apuntes en el archivo de aquella memorable institución. Su vida fué una constante serie de trabajos fecundos en provecho de la prosperidad y la cultura de su país, por lo cual uno de sus biógrafos le califica muy acertadamente de "ciudadano modelo."

Y todo esto lo hacía sin ningún alarde, sin ostentación alguna, callada y modestamente, como quien encuentra en su misma conciencia los estímulos y las recompensas de sus buenas obras. Rara vez se le veía en público, á menos que no fuera para realizar algún acto obligatorio. Para verle y hablar con él había que buscarle casi siempre en su oficina, en su gabinete de estudio y de trabajo.

Su estilo como escritor guardaba gran analogía con su carácter: era natural, llano, sin adornos ni rodeos retóricos, como de quien sólo deseaba propagar verdades y nociones útiles, y ser comprendido con toda claridad.

Tuvo varios hijos de su segundo matrimonio con doña María Luisa del Valle, descendiente de una noble familia española, y de esta unión nació la dama que es actualmente esposa del Hon. H. A. Reed, general del Ejército Americano.

Falleció Asenjo en 30 de Agosto de 1893.

LA FAMILIA.

La institución de la familia es común al estado de aislamiento y al estado social, porque se funda en el instinto de la conservación de la especie, del que gozan hasta los animales irracionales; pero en el aislamiento, la naturaleza y la duración de las relaciones que constituyen la familia dependen enteramente de la duración y de la intensidad de los afectos que la han fundado; mientras que en el estado social, estas relaciones se convierten en deberes, los cuales son obligatorios durante un término fijado de antemano para cada miembro de la familia.

No he de tratar aquí de la influencia de esta institución en el desarrollo moral de los individuos, porque la consideraré únicamente como institución social, que puede obrar y obra en efecto en el desarrollo material de la sociedad, formando una parte integrante de ese orden social que me he propuesto hacer conocer.

En la palabra responsabilidad se resume todo lo que las leyes y las costumbres del estado social añaden á la familia natural. El padre de familia es responsable ante la opinión pública, y á veces ante los tribunales, de la suerte y de la conducta de su esposa y de sus hijos; y esta responsabilidad dura, con respecto á los últimos, por lo menos hasta que llegan á la mayor edad; y en cuanto á la primera, en tanto que no se disuelve el matrimonio.

De aquí es que brota propiamente el germen de todo lo que la familia llega á ser bajo el régimen de la civilización. Esa responsabilidad es la que hace tan vivos y duraderos los afectos domésticos, la que mantiene aun después de la primera edad la autoridad de los padres y la sumisión de los hijos; pero sobre todo, y ese es el punto de vista capital que debe hacerse resaltar aquí, por esa responsabilidad es que, encontrándose las necesidades del padre de familia aumentadas con las de todos los miembros de ella, crece en la misma proporción la fuerza de estímulo de esas necesidades.

El primer trabajador que sintió sobre sí el peso de semejante responsabilidad, el primero al cual dijo la sociedad; «tú serás el único encargado y por largo tiempo de proveer á las necesidades de tus hijos, cualquiera que sea su número, y á las de tu esposa, cualesquiera que sean los sentimientos que le profeses,» ése inventó ciertamente algún nuevo medio de hacer productivo su trabajo, porque indudablemente debió poner en tortura su inteligencia y su actividad por ese aumento de necesidades, por esa fusión íntima de sus intereses comunes con los de otros seres á los que se hallaba unido por un instinto benévolo.

Y cuando llega la edad del desarrollo intelectual, cuando el padre siente un noble orgullo al pensar que dejará una posteridad que le honrará después de su muerte y que elevará su nombre por encima de los demás, ¡qué aumento tan prodigioso encuentran sus facultades productoras! Ya no se trata solamente para él de satisfacer las necesidades físicas de sus hijos, sino que es necesario darles los alimentos del espíritu, proveer al desarrollo de su inteligencia, cultivar su razón y su sentido moral. ¿Quién es capaz de decir las riquezas y los progresos de todo género que las sociedades deben á la acción poderosa de esos móviles, que sólo pueden impulsar el espíritu de la familia y el sentimiento de la responsabilidad?

Sin la institución de la familia la de la propiedad hubiera sido casi estéril, y apenas hubiera bastado para hacer atravesar á las sociedades humanas esa primera etapa de la civilización, ese estado social tan imperfecto, que se asemeja tanto á la barbarie, y en el que vegetan todavía los pueblos del Oriente, en los que la poligamia no ha permitido que desarrolle y ejerza la acción que le es propia el espíritu de familia.

En la época presente han aparecido algunos soñadores que, en sus planes quiméricos de organización social, han hecho abstracción de la familia, como otros habían hecho antes abstracción de la propiedad: y los hay como los discípulos de Fourier, los falansterianos, que libertando al padre de toda responsabilidad por lo que toca á su esposa y á sus hijos, y á éstos de toda dependencia de aquél, pretenden hacer á la sociedad la única responsable de lo que hiciera y llegara á ser cada uno de sus miembros desde el momento de nacer hasta la hora de su muerte.

Pretenden según dicen, si no estoy errado, no destruir la familia sino desembarazarla de las obligaciones onerosas que tiene, conservándola todas sus ventajas. En su falansterio, creen ellos que el libre impulso de las pasiones naturales bastará para hacer nacer esas relaciones mutuas de protección y dependencia, que han establecido las leyes y las costumbres de las sociedades civilizadas; pero puede asegurarse que con la realización de esta monstruosa utopia se destruiría más radicalmente la familia, que pasando bruscamente á un completo estado de aislamiento.

Entre los salvajes, en efecto, como no existe la sociedad como ser colectivo, y no puede por tanto encargarse de proveer á las necesidades de las esposas y de los hijos, ni protegerlos de ningún modo, su debilidad relativa los somete necesariamente á la dominación del padre de familia, al mismo tiempo que los afectos instintivos de éste les aseguran, por todo el tiempo que les es preciso, su asistencia y su protección, tanto en las necesidades á que están sujetos, cuanto en los peligros á que se hallan expuestos; por lo cual puede decirse que la familia existe en el estado de aislamiento, si bien de una manera imperfecta y precaria, pero con sus caracteres esenciales y aun con cierta especie de responsabilidad, de hecho si no de derecho, para el que es jefe de ella.

En el falansterio nada de esto existe. La sociedad ó la falange, sustituyendo bajo todos los puntos de vista al padre de familia, no dejaría nacer esas simpatías y esos hábitos que tiende á producir la vida común, y que en el salvaje sustituyen al sentimiento del deber. No sólo se vería de este modo alterada la familia en lo que constituye su esencia, sino que sería imposible, y la humanidad descendería más abajo de la línea en que se encuentran las razas que permanecen todavía extrañas á la civilización.

RAMÓN MARÍN.

Nació en Arecibo, en el año 1832, y fué educado en el Colegio de San Felipe, que en dicha villa dirigía el Padre Mariano Vidal.

Desde muy joven se dedicó Marín á dar lecciones de instrucción primaria á domicilio, y á los 18 años de edad era director de una Escuela en Cabo Rojo. Seis años después se graduó de Maestro de primera clase, y fué solicitado por los padres de familia de Yabucoa, para que fundase allí un Colegio.

En él se dió á conocer Marín como educador excelente; pero á medida que ganaba crédito entre sus compatriotas y discípulos, iba inspirando sospechas de hombre peligroso á los gobernantes de aquel tiempo, hasta el punto de que uno de ellos, el general Messina, le desterró de Yabucoa. Más tarde otro gobernador le repuso en la dirección de aquel Colegio.

Estudió Marín con empeño durante su destierro; una vez repuesto en sus funciones se graduó de Profesor Superior, y poco después ejercía brillantemente su profesión en un Colegio de Ponce, titulado Museo de la Juventud.

Ya por aquella época se iba ensanchando en Puerto Rico el horizonte de la vida política, y Marín decidió dedicarse al periodismo, después de 25 años de magisterio escolar.

En 1874 publicó en Ponce El Avisador, y sucesivamente fundó y dirigió en aquella misma ciudad La Crónica, El Pueblo, El Popular, y El Cronista, periódicos que alcanzaron crédito y estimación en el país.

Publicó también un notable estudio acerca del desarrollo social y económico de Ponce; dió á la escena algunos ensayos del género dramático, y se ejercitó de vez en cuando en el cultivo de la poesía lírica.

Era de carácter franco y expansivo, muy amante de su patria y muy entusiasta agitador de las nobles ideas de redención por medio de la Escuela, y de progreso por medio de la libertad y el trabajo. Fué gran amigo de Don Román Baldorioty de Castro, compañero suyo en las luchas del periodismo, y también su compañero de prisión, en 1887.

Fué nombrado Director del Asilo de Beneficencia, de San Juan, en 1897, y en este cargo importante permaneció hasta algunos meses después de la ocupación americana.

Falleció en el año 1902.

EN LA PORTADA.
de la corona poética en honor de corchado.