Pero es que sucede precisamente lo contrario de lo que Rosas pretende, no solo en los tratados que cita, sino en otros que oculta. El artículo 8.° del de 4 de Enero de 1831, que es uno de los recordados por la Gaceta, dice:

"Los habitantes de las tres Provincias litorales gozarán recíprocamente la franqueza y seguridad de entrar y transitar con sus buques y cargas en todos los puertos, rios y territorios de cada una ejerciendo en ellas su industria con la misma libertad, justicia y proteccion que los naturales de la Provincia en que residan, bien sea permanente, ó accidentalmente."

Si algo se deduce de ese artículo, único en todo tratado, relativo á navegacion ó á comercio, es que las cuatro provincias litorales gozan perfecta igualdad de derechos para el comercio dentro de sus rios, y para transitar las unas, con su bandera, por las aguas de las otras.

Pero hay otro tratado, que la "Gaceta" no cita, celebrado entre esas cuatro provincias, y que encierra la única disposicion explícita que puede aplicarse á su comercio. Es el de 25 de enero de 1822 cuyo artículo 8.° es del tenor siguiente:

"Queda igualmente libre el comercio marítimo en todas sus direcciones y destinos en buques nacionales, sin poder ser obligados á mudarlos; abonar derechos, descargar para vender sus mercaderias ó frutos, por pretesto alguno, por los Gobiernos de las cuatro Provincias, cuyos puertos subsisten habilitados en los mismos términos, solo si, para obviar el perjudicial abuso del contrabando podrán ser reconocidos por los guarda costas respectivos, como sus licencias, guias y demas documentos con que deben navegar, siendo decomiso lo que venga fuera de ellos."

Ahí está clara y expresamente sancionada para las cuatro provincias la libertad del comercio marítimo sin restriccion ninguna, franco en todas direcciones y DESTINOS: ahí está tambien la habilitacion legal de sus puertos, para ese comercio. Muestre Rosas un pacto posterior que haya derogado esa estipulacion. No existe. Al contrario, el artículo 1.° del tratado de 4 de enero de 1831, ratifica y declara en su fuerza y vigor TODOS los tratados anteriores celebrados entre los mismos gobiernos: entre estos gobiernos se celebró el de 1822, y es, por lo tanto, fuera de duda que, léjos de hallarse rescindido, fué ratificado por el de 1831.

La otra razon que la Gaceta de Rosas se atreve á alegar para pretender que las Provincias Arjentinas no tienen derecho para comerciar directamente con el Estado Oriental, en tiempo de paz, es que la provincia de Buenos Aires es dueña exclusiva de la boca del Rio de la Plata, llave de la navegacion de las demas Provincias. Proposicion semejante no se combate con argumentos; basta enunciarla para que la razon universal la condene. Y de véras que no comprendemos que objeto puede llevar Rosas en asentar proposiciones de esa naturaleza. El simple hecho de existir en la márjen setentrional del Rio de la Plata, y sobre su embocadura, un Estado independiente, bastaria para abstenerse de enunciar pretension semejante, cuando ninguna otra objecion ofreciese ese señorío exclusivo de una provincia que ocupa una de las costas de un golfo de 40 leguas de ancho. Esa pretension, entretanto, dá á las Provincias Arjentinas, la medida de las que Rosas alimenta respecto de ellas: ahí vén claramente declarado lo que tienen que esperar del poder que ellas mismas han contribuido á robustecer, aun despues que la guerra no sirva de pretexto para las restricciones comerciales. Ahí tienen anunciado sin disfraz el pensamiento de Rosas, de que aun en tiempo de paz, no podrán comerciar directamente con Montevideo; ó que, si comercian, será por concesion voluntaria de Rosas, no por derecho que ellas tengan; y, por consiguiente, que él impedirá, cuando le convenga, ese comercio.

Estudien las Provincias esa leccion.

Octubre 8 de 1847.


XI.

La cuestion de la clausura de los puertos, y del comercio directo de las provincias arjentinas con Montevideo, ha dado oríjen á un hecho nuevo en la historia de la dictadura de Rosas; hecho al que damos no pequeña importancia, y que creemos conveniente dejar rejistrado y explicado. Rosas se habia servido hasta ahora de la imprenta para defender su sistema, para excusar ó justificar sus hechos, despues de ejecutados. Jamas ha discutido ante el público medida ninguna, antes de adoptarla. Despreciador altanero de la opinion de los pueblos, empezó siempre por hacer lo que convenia á sus miras, sin cuidarse de esplorar la opinion, de prepararla; solo despues de consumado el hecho, mandaba á sus escritores que le defendiesen ó lo excusasen. Hoy, por la primera vez, procede de otro modo: está discutiendo por la imprenta, no solo la conveniencia, sino hasta el derecho, de adoptar una medida que desea. Por la primera vez ha sentido el dictador que eso que se llama opinion pública es un freno capaz de contener, en ocasiones dudosas, aun el desbocamiento de los que revisten esa coraza de crímen y de impunidad, que en el diccionario de la degradacion civil tiene por nombre la suma del poder público.

Rosas desea ardientemente cerrar los puertos y cortar el comercio directo de las provincias Arjentinas con Montevideo; pero siente que su medida seria nugatoria, si ellas no hacen lo mismo por su parte. Ha querido como otras veces, lanzarse, á fuer de audaz, á exigir imperiosamente que esas provincias hagan lo que les ordena, pero ha visto que el negocio es de aquellos en que no se puede contar con la ignorancia, ni con la indiferencia de los pueblos, para engañarlos; ha visto que la cuestion presente afecta intereses que todos comprenden, porque son de todos, y de cada individuo en particular. El dictador ha tenido, desde entonces, que contenerse; ha tenido que doblar su altanera voluntad á consultar la opinion de los pueblos, á pedirles su consentimiento; y, para ver si se los arranca, se esfuerza por estraviar su juicio, desfigurando la cuestion en las columnas de su Gaceta. He ahí la explicacion de ese hecho nuevo y heterojéneo en la historia de las violencias y arbitrariedades administrativas de Rosas. Falta ahora que las Provincias Arjentinas comprendan toda su importancia, y sepan aprovecharse de él, para asegurarse el goce de sus derechos y de sus franquicias lejítimas. Los pueblos pierden sus libertades haciendo concesiones progresivas á las usurpaciones del poder absoluto: tolerando Hoy una, se inhabilitan para resistir la de mañana; lo que creian haber concedido como favor, se les exije luego como obligacion; hasta que la repeticion de esos actos concluye por despojarlos de todos sus derechos: una estaca quitada cada dia á la barrera que contenia á la arbitrariedad, acaba por remover enteramente esa barrera. Tal es, en resúmen, la historia de todas las usurpaciones, tanto del Poder Temporal como del Espiritual. Pero esa misma marcha, invertida, conduce muchas veces á recobrar las libertades que se perdieron. Desde que el poder absoluto cede, aun en cosas mínimas, á la voluntad ó al derecho de los pueblos, estos deben apoderarse de la concesion y mantenerse firmes en su derecho, para no volver á perderlo. Seria necedad suponer que Rosas, ni otro déspota ninguno, consultaria la voluntad de las Provincias, ó procuraria convencerlas de la necesidad de una medida que las perjudica, si tuviese medios de adoptarla, á pesar de la oposicion de aquellas. No: las consulta, las pide su consentimiento, para cortar el comercio que tanto las favorece, por que se reconoce impotente para mandarles que lo hagan, de buena ó mala voluntad. Si Rosas pudiese, ya habria forzado á las Provincias—al Entre Rios principalmente—á que cerrasen sus puertos: si los cierran despues, él y las provincias litorales, no será sino por que haya logrado arrancar el consentimiento de estas, por engaño, por intimidacion, ó por compensaciones pecuniarias ó de otra especie. Que las provincias no se dejen extraviar por Rosas en esta ocasion: que sepan aprovecharse de esa primera concesion, hecha forzadamente á sus derechos por el poder despótico que se los tiene usurpados; que se mantengan firmes, amparados por su buena causa, por su indisputable justicia; y Rosas empezará á aprender á respetar la opinion y la voluntad de unos pueblos, que jamas debieron consentir en que los despreciase del modo que acostumbra. No olviden las Provincias Arjentinas que ese descarado usurpador, aun ahora mismo que está pendiente del consentimiento de ellas, les anuncia, sin embozo, que ni en tiempo de paz las reconoce el derecho de comerciar directamente con Montevideo: no olviden que Rosas se declara árbitro supremo de la navegacion y del comercio de las provincias litorales, fundándose en la pretension insolente de ser dueño exclusivo de la embocadura del Rio de la Plata. De la actitud que tomen, en este caso, las Provincias interesadas en el comercio y en la navegacion del Paraná, de la resolucion que adopten en la cuestion que Hoy se debate, depende su porvenir mercantil, industrial y económico, no solo en tiempo de guerra, sino en épocas ordinarias de paz.

Mañana haremos patente la falsedad y las insidias de los argumentos con que el último artículo de Rosas en su Gaceta trata de extraviar el juicio de las Provincias.

Octubre 12 de 1847.


XII.

Cuanta mas destemplanza y mas enojo emplee el dictador de Buenos Aires en la discusion sobre los Puertos y el Comercio directo de las Provincias Arjentinas, mas mesura y reposo tenemos que poner de nuestra parte. Es una ventaja y un deber. Cuestion de industria, de comercio, de intereses materiales, no admite las exajeraciones, los gritos de alarma, la mentida exaltacion patriótica á que los caudillos recurren para arrancar á la sorpresa momentánea ó á la imajinacion de los pueblos, un triunfo que la razon y el juicio rehusarian á la personal ambicion de aquellos. Hechos comerciales, cuadros estadísticos, cálculos de las ventajas ó de las pérdidas, que produce el comercio hecho directamente por los rios, ó indirectamente por tierra; demostraciones sencillas, al alcance de todos cuantos se interesan en ese grave negocio; esos son los únicos medios de discusion apropiados á cuestiones de esta naturaleza. Hay que hablar á la razon, no á la fantasia; al interés individual, lejítimo y honesto; no á las quimeras que las facciones políticas abrazan como realidades, trabajando, sin saberlo, en provecho exclusivo del caudillo que las fomenta. Hablar con mesura, discutir con calma, y con sencillez, es, por consiguiente, procurarse la ventaja del mejor terreno.

A mas de la ventaja está el deber. Nuestro objeto en esta discusion es un objeto sério, trascendental, superior, en importancia y en duracion, á las exijencias accidentales de la guerra que Rosas mantiene hoy por fines puramente personales. Debemos, pues, emplear medios tan honestos, tan justos como los fines. Trabajamos por el triunfo de un principio permanente, por el triunfo de la libertad de la navegacion y del Comercio en las Provincias Arjentinas; por el establecimiento de un sistema contrario enteramente, en este punto, al que habia seguido el gobierno colonial, y al que continuaron despues de él todos los gobiernos patrios desde 1810. De ese sistema, continuado por tantos años, por tantos gobiernos, bajo tan diversas circunstancias, no han recojido, hasta ahora, las Provincias Arjentinas sino imperfeccion en su industria, atraso en su comercio, escasez en su poblacion, pobreza en todas las clases, enemistades y celos recíprocos, entre las provincias, guerra civil interminable y sangrienta. ¿Hay en esto una palabra que no sea cierta que sea exajerada siquiera? No: ahí están, para dolor y para vergüenza de los pueblos que abrieron la época de la independencia de Sud América, los anales políticos, comerciales, industriales, civiles y administrativos de esos pueblos. No hay mas que consultarlos para encontrar á cada paso esos resultados de ruina y de descrédito. Su larga duracion de 37 años muestra bien que no dependen de vicios accidentales ó pasajeros; que hay una causa fundamental, permanente, independiente de los varios sistemas de organizacion política ensayados en esos paises, y mas poderosa que esos sistemas. Esa causa no es otra que el réjimen estúpido y mezquino del aislamiento y de las restricciones comerciales en las Provincias Arjentinas. Tiempo es, pues, de ensayar uno nuevo; tiempo es de que esos pueblos, cuya prosperidad debe componerse de los mismos elementos que constituyen la de todos los demas, la busquen por los medios que han servido á otros para hallarla. La facilidad y seguridad de las comunicaciones, la remocion de las trabas al comercio y á la industria, la abolicion ó la rebaja de los derechos y tributos sobre uno y otra, son hoy los objetos por que luchan todos los pueblos del mundo, como que en todos están reconocidos como los medios mas seguros de prosperidad, de union y de paz permanente. Lo que otros pueblos desean y procuran tan ansiosamente para sí, deseamos nosotros para las Provincias Arjentinas, y quisiéramos que ellas lo procurasen. La presente discusion del comercio directo con Montevideo es un incidente de la gran cuestion jeneral, es, mas bien, la cuestion misma, solo que por ahora se circunscribe al tráfico con Montevideo, y á la época presente. Así es como nosotros la consideramos; así como procuramos tratarla; y, por consiguiente, es de nuestro deber—deber de que nada podrá separarnos—el no mezclar en esa discusion, las pasiones de partido, las miras personales del momento, los embustes frenéticos que el dictador Rosas emplea para sostener el principio retrógrado, estúpido y funesto que combatimos. Rosas quiere que las provincias no miren en este negocio sino intrigas unitarias. Nosotros procuramos que solo vean ventajas comerciales, progreso de su industria, aumento de su riqueza. Hablamos de Rosas, combatiéndole, porque él es quien representa y sostiene el principio de las restricciones, del aislamiento, de la dependencia comercial de las Provincias. Hablamos tambien de Urquiza, porque es el gefe de una de esas provincias, de aquella precisamente que, por su colocacion sobre los dos rios interiores, en la embocadura de uno y otro, está llamada á representar el primer papel en toda cuestion de navegacion y de comercio en esos rios; porque, siendo la que mas inmediatamente sufre los perjuicios del sistema de Rosas, es tambien la que, por causas que todos conocen, se encuentra hoy con mas medios de hacer respetar los derechos de que el dictador quiere privar á las provincias. Por eso hablamos de Rosas y de Urquiza: sus personas no nos ocupan, sino como símbolos de las cosas, de los sistemas.

Rosas nos acusa en su Gaceta de que tentamos la ambicion del gobernador Urquiza, de que le proponemos una criminosa disidencia, de que pretendemos que encabece la mas diforme, aleve y monstruosa conspiracion contra el órden público fundamental de la nacion—Palabras, palabras sin sentido práctico, en que nadie crée ménos que Rosas. Si la presente cuestion del comercio directo trajese el rompimiento que Rosas supone, él solo seria la causa, él solo le habria provocado. El es el único que ataca los derechos de las provincias: estas no harian mas que defenderse. Para su defensa basta el derecho: solo provocadas por la fuerza emplearian fuerza para resistirla. Ellas tienen, por los tratados, y por la posesion y la práctica,—es decir, por todos los títulos que pueden conferir derechos de esa clase—el de comerciar directamente con Montevideo: Rosas es quien les exije que renuncien al uso de ese derecho; si ellas se niegan, nada hacen sino usar de una facultad lejítima por nadie disputada antes de ahora. Hasta ahí, nada habria ménos que un rompimiento. Si Rosas quisiese emplear la fuerza para obligarlas, él se convertiria en agresor, él solo pondria las armas en manos de las provincias para una resistencia justa y provocada. El riesgo de un rompimiento, por esta cuestion, no puede venir de parte de los pueblos: solo debe esperarse de parte de Rosas, que, como el Aquiles de Horacio, niega que el derecho se haya inventado para él, y no reconoce otro medio que la fuerza para decidir todas las cuestiones.

Nosotros no queremos que Urquiza conspire contra el órden fundamental de la nacion. Todo lo contrario; deseamos—por desgracia no podemos sino desearlo—que él y los demas jefes de provincias mantengan ese mismo órden fundamental, no permitiendo que Rosas se arrogue, como ya lo hace, el carácter, el título y las funciones de Jefe Supremo de la República, que nadie le ha conferido jamas. El órden fundamental de la nacion está de hecho subvertido por Rosas La dictadura personal, extendida á todas las provincias; la usurpacion de facultades en cuya virtud fusiló Rosas á Cullen gobernador de Santa Fé, juzgó y fusiló á Reinafé, gobernador de Córdoba; depuso á Segura, gobernador de Mendoza, y ejerció otros actos semejantes; el desprecio mas descarado á los tratados existentes, que el mismo Rosas invoca; nada de eso constituye el órden fundamental de la nacion; al contrario, le mina y le trastorna completamente.

Tampoco pretendemos la desunion de las provincias. No: nuestra doctrina respecto del comercio y de la navegacion tiende precisamente á unirlas á todas, por un vínculo de interés comun. Nosotros deseamos que una provincia no goce exclusivamente ventajas de que no participen todas las otras, que tengan iguales medios naturales de gozarlas. Queremos, por ejemplo—y cuidado, que somos hijos de Buenos Aires, y amamos nuestra patria como el que mas—queremos que, teniendo Entre Rios, Corrientes y Santa Fé puertos y rios navegables, como los tiene Buenos Aires, no goce esta sola de las ventajas de la navegacion y del comercio directo. Queremos así mismo que las provincias interiores, que no tienen puertos, ni rios, tengan, al ménos, la libertad de vender sus frutos, y de comprar los jéneros que consumen, en aquellos puertos de las demas provincias donde les sea mas cómodo y mas barato; sin que Buenos Aires les imponga la obligacion de venir precisamente á surtirse en su plaza, y á exportar por su puerto los productos del interior. Que vengan si quieren, si hallan ventajas en venir: pero que no se les quite su natural libertad de elejir. Eso es lo que pretendemos; y en eso, tan léjos de promover la desunion y la guerra entre las provincias, promovemos la abolicion de odiosas é injustas diferencias, que enjendran rivalidades, celos, y desunion.

Ni queremos conseguir esos objetos á costa de la prosperidad de Buenos Aires. Eso seria incidir en la misma injusticia y mala política que combatimos. En otro artículo tocaremos especialmente este punto.

Octubre 15 de 1847.



Dijimos ayer que las franquicias de navegacion y de comercio por que estamos abogando, en favor de las provincias ribereñas é interiores de la familia arjentina, en nada perjudicarian á la prosperidad de la provincia de Buenos Aires. Ahora añadiremos que contribuirán poderosamente á aumentarla; que Buenos Aires tiene en esas franquicias un interés idéntico, comun, con todas las otras provincias; que sufre lo mismo que ellas, las ruinosas consecuencias del sistema que Rosas procura perpetuar.

No haremos aquí una exposicion de los principios, ó ideas jenerales de la ciencia económica para demostrar en abstracto que ningun Estado ó Provincia puede prosperar en su comercio, ninguna industria desarrollarse, cuando fian principalmente su prosperidad y su desarrollo á la falta de competencia causada por reglamentos prohibitivos. Todos comprenden, con solo indicarlo, que el pais que no teme la competencia de su vecino, sea en el comercio, sea en la industria, se entrega naturalmente al abandono y no piensa en estudiar métodos de perfeccionarse y de adelantar. Solo el temor de la competencia, de que otros hagan mejor y mas barato, y atraigan, por consiguiente, concurrencia mayor, es lo que estimula á los gobiernos, como á los particulares, á perfeccionar la lejislacion mercantil, y los métodos industriales; es lo que inicia y fomenta sin cesar el desarrollo de las facultades de cada pueblo, y de cada individuo. Eso, repetimos, se comprende con solo enunciarlo.—Hablemos ya especialmente de Buenos Aires.

De que las Provincias ribereñas tengan la libertad de hacer el comercio directo con el extranjero, de que las interiores gocen la facultad de vender sus frutos y comprar lo que necesitan en aquellos puertos de los rios donde mas cómodo y mas barato les parezca, no se sigue, de modo ninguno, que el comercio de Buenos Aires haya de decaer.—Alguna parte del jiro que hoy hace con aquellas provincias pasará, no hay duda, á otros puertos: pero lo que Buenos Aires pierda por ese lado lo ganará multiplicado por otros muchos. Es lo que sucede siempre en casos semejantes. La Inglaterra ha perdido en muy gran parte de diez años acá, el gran comercio de tejidos de toda clase que hácia con la Alemania, por el prodijioso adelanto de las fábricas en ese último pais. Pero ese mismo adelanto de las fábricas en Alemania ha creado una incesante demanda de máquinas, que se construyen jeneralmente en Inglaterra, á punto de que, ya en 1842, casi todo el dinero que ésta pagaba por los trigos que recibia del Báltico quedaba en la Inglaterra misma para comprar por cuenta de fabricantes del Continente máquinas ó ciertas piezas de ellas, cuya construccion en él, es mas cara ó mas imperfecta. Lo que la Inglaterra dejó de ganar vendiendo parte de sus tejidos lo gana vendiendo máquinas. Una parte de los hiladores y tejedores habrá visto disminuir cierta porcion de sus ganancias; pero otra parte de los fundidores é injenieros habrá aumentado en proporcion las suyas. Y, por supuesto, la riqueza y la prosperidad de la Inglaterra, como de otro pais cualquiera, no depende de que los hiladores y tejedores prosperen mas que los fundidores y los injenieros; depende de la suma total del progreso de todas las industrias y de todos los medios de produccion tomados en conjunto.

Ejemplos como el que citamos se repiten todos los dias, en todos los paises. Lo mismo sucederia tambien en Buenos Aires. Algunos comerciantes de algunas provincias no vendrian allí con sus frutos, ni allí comprarian los artículos de su retorno. Pero la mayor riqueza y prosperidad que las provincias adquiririan por la libertad de su comercio aumentaria considerablemente el número y la importancia de las especulaciones; habria mas comerciantes y mas ricos, y aunque no todos hiciesen su comercio con Buenos Aires, el número de los que le hicieran seria grande y progresivo. Eso sin embargo, es lo ménos importante. De otro órden son las ventajas que Buenos Aires reportaria.

Esa provincia, como todo otro pueblo de la tierra, jamas puede tener que ganar, y siempre tendrá mucho que perder, en la vecindad de otros pueblos atrasados y pobres. El comercio no es otra cosa que un continuo cambio de lo que sobra en un pueblo por lo que en él hace falta. Cuanto mas rico sea el pueblo vecino al nuestro, mas tendrá que vendernos lo que necesitamos; ó lo que es igual, tendrá mas con que comprarnos lo que él necesite. Si el pueblo vecino es pobre, si no produce nada, ó lo que produce no basta para llenar sus propias necesidades, no solo no tendrá con que comprarnos lo que le falta, sino que vendrá á tomarlo, robándolo ocultamente, ó empleando la fuerza. Recorra Buenos Aires su historia, y la de los pueblos Arjentinos. Santa Fé está colocada en la posicion mas ventajosa de todas las provincias arjentinas, si se esceptúa Buenos Aires: sin embargo, gracias al sistema dominante, no ha podido hasta ahora aprovecharse de ninguna de esas ventajas, y vive en un atraso y pobreza lamentables. ¿Qué ha sucedido á Buenos Aires, su vecina fronteriza? Que la campaña del Norte de esta última ha estado siempre expuesta á las correrias y depredaciones de la parte ociosa, indijente y vagabunda de la poblacion de la primera; que la guerra ha estallado frecuentemente entre las dos provincias, y que Buenos Aires ha tenido, en ocasiones, que comprar la seguridad de las propiedades de su frontera pagando á Santa Fé una cantidad anual en dinero. ¿Habria sucedido nada de eso si Santa Fé hubiese sido un pueblo rico, comerciante, próspero y ocupado?

Y examinando las relaciones mercantiles, ¿á cuanto monta anualmente el comercio de Buenos Aires con Santa Fé? ¿A cuanto el de Córdoba ó Tucuman con Santiago del Estero; el de Cuyo con la Rioja? A cantidades realmente insignificantes. ¿Porqué? Por que Santa Fé; Santiago y la Rioja son provincias despobladas, pobrísimas, que no producen, que consumen muy poco; y no tienen que mandar, respectivamente, á Buenos Aires, á Córdoba, á Tucuman ó á las provincias de Cuyo, ni con que comprar, por consiguiente, en esas provincias comparativamente mas ricas que ellas, los artículos que quisieran consumir. Auméntese la poblacion de Santa Fé, de Santiago, de la Rioja, auméntese su comercio; dése ocupacion y salario á sus clases trabajadoras, y la produccion de esas provincias crecerá, y se harán mas ricas, y consumirán mas, y comprarán y venderán cantidades mayores en las ciudades que ya están mas adelantadas que ellas. Buenos Aires que es la principal de esas ciudades, estenderá, pues, su comercio á medida que los que la rodean sean mas ricos de lo que hoy son: ganará inmensamente mas, tratando con jente rica y ocupada, que con jente pobre y ociosa.

Ni es solo su comercio el que padece con la pobreza y atraso comparativo de las provincias. El tesoro de Buenos Aires, formado, por supuesto, de las contribuciones que solo pagan sus habitantes, es el que en todas las épocas ha tenido que hacer frente á los gastos que demandan objetos de interés comun para todas las provincias. En la guerra de la independencia, en la que hizo contra el Brasil, los gastos pesaron exclusivamente sobre Buenos Aires: el establecimiento y conservacion de las líneas de correos hasta las fronteras de Bolivia, de Chile y del Paraguay, pesan tambien, sino exclusivamente, en su mayor parte sobre el tesoro de Buenos Aires. Esos hechos son de verdad intachable. El mismo Rosas acaba de reconocerlos en su Gaceta, para fundar en ellos el argumento de que las provincias deben cerrar sus puertos, y sacrificar su comercio, por que Buenos Aires se sacrifica por ellas, haciendo sola los gastos comunes. El argumento es falso. En vez de decirles eso, debia Rosas decir á las provincias: "os dejo entera libertad de navegacion y de comercio; os pongo en el mismo pié de franquicias que Buenos Aires; teneis los mismos medios que esta para prosperar y enriqueceros: justo es, por consiguiente, que contribuyais á los gastos que son de comun utilidad."

Entretanto, el hecho es que, hasta ahora y por causa del atraso de las provincias, los gastos que debieran repartirse proporcionalmente entre todas, pesan sobre la sola Buenos Aires. Preguntamos á esta última, si el libertarse de esas erogaciones enormes é indebidas no es una ventaja que aconsejaria, por si sola, el facilitar á las provincias los medios de enriquecerse, para que puedan pagar su parte.

Pues bien: las provincias no pueden enriquecerse, no pueden prosperar, de manera que respeten las fronteras y propiedades de sus vecinos, que vendan y compren mucho en Buenos Aires, y que paguen su parte en los gastos comunes, sin que se remuevan las trabas que hoy embarazan su comercio y su navegacion: Buenos Aires tiene, por consiguiente, en esa gran medida, el mismo interés permanente y jeneral que tienen todas las demas provincias: sus intereses evidentes le llaman á apoyar la causa de la emancipacion comercial é industrial de sus hermanas, porque es su propia causa,—la causa de la paz jeneral, de la union permanente, y del progreso comun de los pueblos que han de formar la Nacion Arjentina.

Octubre 16 de 1847.


ROSAS Y EL PRINCIPIO RELIJIOSO

RESPUESTA A LA CARTA DEL Sr. BRENT.

Siempre tuvimos al principio relijioso como uno de los primeros elementos en la vida social de los pueblos, como aquel de que esencialmente depende el carácter moral de cada uno; y miramos siempre las creencias, y las prácticas relijiosas como uno de los resortes mas eficaces, en manos de los gobiernos civiles, para morijerar las poblaciones, y habituarlas al freno de la ley, y al respeto de la autoridad lejítima. No ponemos, por supuesto, en la misma línea las creencias y las prácticas; pero pensamos que estas últimas merecen muy especial atencion de los gobiernos, como medios de formar, de dirijir y de arraigar las primeras. Enséñense al hombre prácticas racionales y sencillas, que pongan en relacion con su Creador la parte espiritual y pura de su ser; que eleven su razon al estudio contemplativo de las grandes máximas y verdades que dejó el fundador de nuestra relijion; y sus creencias llegarán á ser racionales é ilustradas. Pero habitúese, por el contrario, á los pueblos á prácticas fanáticas ó supersticiosas, y sus creencias serán mezcladas de terrores vagos y sombrios, ó de groseros y repugnantes absurdos. Hágase; en fin—peor que todo eso—que el pueblo sea testigo de prácticas de impiedad y sacrilejio, que mire á un hombre—sea cual fuere la majestad que revista—igualado en el culto exterior al Ser que no tiene igual; y ese pueblo perderá completamente toda idea relijiosa y moral, será bárbaro y feroz, siervo embrutecido del amo, á quien ha visto elevar á los altares.

Y este es el crímen de que Rosas se hizo culpable, pocos años hace, de un modo que se ha olvidado quizás entre tantos otros crímenes como despues ha cometido. A ningun tirano puede convenir un pueblo de creencias racionales y evanjélicas: ellas enseñan la igualdad civil, la libertad noble y elevada de la humana criatura; y no es el pueblo que eso aprende el que se humilla á la voluntad de un déspota. El fanatísmo, la supersticion, ó la impiedad, son los auxiliares fieles de la tirania. Bien lo sabe Rosas, y por eso nadie ha atropellado como él la santidad de la relijion, ni pervertido mas las conciencias. Sus insolentes profanaciones son proverbiales en Buenos Aires; y apénas se concibe que el descaro de un hombre pueda llegar hasta hacer el detestable papel de hipócrita, que el dictador representa en la respuesta que dió á la carta del demente Sr. Brent.

No hay en esa respuesta una palabra que no sea ó un embuste vergonzoso, ó una mofa infame, invocando para lo uno y lo otro el nombre de Dios y de la relijion.

"Por un reglamento y uso constante," dice Rosas, "en el tiempo de mi administracion, los ministros del altar en el santo sacrificio de la misa, y en sus oraciones, invocan siempre la proteccion del Altísimo en favor de la República." Era Rosas un administrador de estancia, cuando los primeros gobiernos patrios, despues de la revolucion contra la España, ordenaron que las preces que se hacian en la colecta de la misa, por el Rey, se hiciesen por la República y sus autoridades. Esa ha sido, desde aquella época, comparativamente remota, la práctica constante; y el atribuirse Rosas ese reglamento y esa práctica es un embuste, tan descarado como el de hacerse autor de las leyes que establecieron el crédito público, obra de los que él llama salvajes.

"En fuerza," dice despues el impío profanador, "de una gratitud sumisa y profunda á esos beneficios, es que he puesto á los pies de las aras del Altísimo, los trofeos recojidos en la espedicion de los años 1833 y 34, á los desiertos del Sud...."

A esa humildad y sumision hipócritas que, en este y otros muchos pasajes de su carta, aparenta el dictador, no podemos oponer mejor respuesta que copiar literalmente las relaciones, publicadas en su Gaceta misma, de las profanaciones jamas vistas, en que ese hombre, ébrio de ambicion y de orgullo, hizo que se le tributase culto igual al del Dios á quien hoy miente que se humilla; y elevando su propio retrato en el tabernáculo santo, colocó literalmente al tigre sobre el altar del Cordero.

Que sus aduladores y parásitos se atrevan á desmentirnos: copiamos sus propias publicaciones oficiales.—

"La cuadra de la Iglesia estaba toda adornada de olivo y lindas banderas, las cuales fueron tomadas por los vecinos y de golpe las rindieron al pasar el retrato hincando la rodilla, causando un espectáculo verdaderamente imponente el repique de las campanas, cohetes de todas clases y vivas del inmenso pueblo que habia allí reunido: al llegar al atrio tomaron el Juez de Paz y el Sr. Maestre el retrato y entraron con él á la Iglesia "en cuya puerta el Sr. Cura y seis sacerdotes de sobre-pelliz" acompañaron el retrato hasta que se colocó en el lugar destinado, y como se retirase la comitiva por no empezarse la funcion de Iglesia se dejaron dos Tenientes Alcaldes uno á cada lado del retrato haciéndole guardia......... hasta que concluida la funcion tomó asiento el acompañamiento esperando al Sr. Cura y demas sacerdotes, que de sobre-pelliz salieron á acompañar al retrato, que fué sacado por el Sr. Inspector y Juez de Paz hasta el atrio, donde lo recibió el Sr. Juez de 1.a Instancia D. Lucas Gonzalez Peña........"

(De la Gaceta Mercantil de Buenos Aires núm. 4834 de 10 de Agosto de 1839.)

"El retrato fué recibido en el atrio por el Sr. Cura con otros eclesiásticos, y colocado dentro del templo al lado del Evangelio. El templo estaba espléndidamente adornado; la magestad con que brillaba persuadia que era el tabernáculo del Santo de los Santos.

"La misa fué oficiada á grande orquesta; y la augusta solemnidad del coro no dejaba que desear Nuestro Ilustrísimo Sr. Obispo Diocesano, Dr. D. Mariano Medrano, asistió de medio Pontifical, y celebró nuestro digno Provisor, Canónigo Dignidad de presbítero D. Miguel Garcia—El Sr. Cura de la Catedral D. Felipe Elortondo y Palacios, desempeñó con la maestria que lo tiene acreditado, la dificil tarea de encomiar el mérito celestial del Arcangel San Miguel, mezclando oportunamente elocuentes trozos alusivos á la funcion cívica, en honor del héroe y en apolojía de la causa federal." [No. 4891 de la Gaceta Mercantil de Buenos Aires de 21 de Octubre de 1839.]

"Aunque nadie creerá jamas que escesos semejantes se practicasen sin el consentimiento—sin el mandato—de un gobierno como el de Rosas; y sobre todo, de un hombre tan humildemente sumiso y humillado ante el Altísimo, con todo damos en seguida otro documento que muestra que los empleados superiores de la administracion eran quienes dirijian esos atentados.

"Luego que el Sr. Inspector General dispuso la retirada del retrato empezó la marcha en el mismo órden siguiendo la columna por el espresado arco principal, y de este por la calle de la Reconquista hasta la casa de S. E.—Al salir de la Fortaleza el acompañamiento se empeñaron las Señoras en conducir el retrato de S. E. tirando del carro, que alternativamente habian tomado los Gerentes y Gefes de la Comitiva al conducirlo al Templo.—Las Señoras mostraron el mas delicado y vivo entusiasmo."—(Gaceta Mercantil de Buenos Aires N. 4,866 de 19 de Setiembre de 1839.)

Hechos como estos no necesitan comentario: pónganse esos documentos al lado de la carta al señor Brent; y pregúntese si habrá un hombre de bien que no rebose en indignacion al ver el insolente descaro del hipócrita que firmó ese último papel. Recomendamos, sobre todo, al señor Brent, la lectura de esos hechos rejistrados en los anales del gobierno á quien sostiene.

Marzo 6 de 1846.


AJENTES EXTRANJEROS EN BUENOS AIRES.
REGULARIZACION DE LA GUERRA.

El espíritu de la alianza paraguayo-correntina es lo mismo que sus fines, enteramente de civilizacion y de progreso. Los dos paises que la formaron miran la guerra como una fatalidad horrible, á que no tienen medio de substraerse, por que ningun otro camino deja la ambicion del enemigo comun, para conseguir lo que aquellos pueblos justísimamente demandan. Pero, ya que la guerra es inevitable, el deseo de regularizarla, de observar las prácticas mitigadoras introducidas por la civilizacion, aparece espresado por los gobiernos Correntino y Paraguayo en los manifiestos con que anunciaron al mundo su alianza. Ese mismo deseo hallamos ardientemente manifestado en los diarios Correntinos; y el Pacificador propone que se busquen, para conseguir fin tan santo, influencias que dén alguna esperanza de que Rosas no las resista.

"Segun nos enseña la esperiencia, (dice ese diario), seria inútil, cualquier invitacion á este respecto, enviada al tirano por nosotros; pero, quizá no sucederá lo mismo, si es invitado por los agentes extranjeros residentes en Buenos Aires, y nosotros nos tomamos la libertad de escitar su filantropia para que así lo hagan. ¿Qué paso mas honorable para los amigos del gobernador de Buenos Aires, para esos poderes que se conservan neutrales en la cuestion? Si nada se consigue, ellos habrán ganado mucho en la estimacion general, y todo el mundo acabará de persuadirse quien es el responsable de la sangre y de la miseria pública."

Esa misma idea del Pacificador fué públicamente propuesta por nosotros, mucho antes de que empezáramos la redaccion de nuestro diario; y Hoy reproducímos con gusto esas líneas del papel correntino, para que mas fácilmente lleguen á noticia de los ajentes extranjeros en Buenos Aires, á quienes son dirijidas. Nada, sin duda, les haria mas honor; ningun servicio mayor podrian hacer á ese pais en que residen, y en cuya suerte manifiestan interesarse.

Hay en la historia de las desgracias del Rio de la Plata, un vacio que hace sin duda alguna muy poco favor, á los diversos ajentes que han residido, durante ellas, al lado del dictador de Buenos Aires. Ni uno solo ha tenido jamas la santa idea de promover la regularizacion de la guerra—de esta guerra, cuyos horrores nadie mas que ellos han ponderado; marcando con el nombre de bárbaros á los pueblos donde se cometen.

Una interposicion desinteresada é imparcial, para mitigar los horrores de la guerra, es, sin embargo, lo único útil y favorable á los belijerantes, que pueden hacer los ajentes extranjeros, en casos de luchas como esta, en que deben permanecer neutrales. Muy léjos de eso, las desgracias del Rio de la Plata solo ofrecen el ejemplo de ajentes que han mirado con induljencia, cuando ménos, las mas inauditas atrocidades, de parte del dictador á cuyo lado han residido: y cuando sus gobiernos, ó la pública opinion les han pedido cuenta de esa deshonrosa induljencia, no han tenido á ménos declarar "que estos pueblos solo pueden manejarse por gobiernos fuertes;" dando este nombre á verdugos, armados, en nombre de la ley, con el poder mas despótico que se conoce. Pero, cuando quiera que los enemigos del dictador han ejercido contra él alguna represalia, esos mismos ajentes no han hallado espresiones con que clasificar hechos, que jamas llegaron á la centésima parte de los cometidos por Rosas, por que provocaron esas represalias. En una palabra, los ajentes que han residido al lado del dictador;—con algunas pocas escepciones que todos conocen—han sido parciales y fautores suyos; y no han pensado, por eso, en desempeñar la nobilísima mision de mitigar los males de la guerra. Y no se diga que no fueron para el lo solicitados, del modo mas ardiente y mas digno. En Enero de 1842, cuando la victoria de Caa-guasú, obtenida dos meses antes, habia aniquilado el poder de Rosas en Corrientes y Entre Rios, y puesto en manos de los vencedores multitud de prisioneros de todas clases y rangos; el jeneral Paz,—el mismo que dirije hoy de nuevo la guerra contra el dictador,—se dirijió al Sr. Mandeville, entonces plenipotenciario británico en Buenos Aires, por conducto del ajente que en esta capital tenia el gobierno correntino, para rogarle que promoviese con Rosas la regularizacion de la guerra.

Tenemos á la vista la nota que el Jeneral Paz dirijió entonces á ese Comisionado: y vemos en ella que aquel Jefe decia: que "á pesar de no tener un perfecto conocimiento del estado de las relaciones diplomáticas de los agentes extranjeros residentes en Buenos Aires con el gobierno de D. Juan Manuel Rosas, creia que ninguno era mas propio para llevar á cabo esa negociacion que el Caballero Juan H. Mandeville, indicado ya en el encabezamiento de esta nota. Los altos respetos de la Gran Bretaña," añadia el Jeneral, "la conocida filantropia del gobierno y de la nacion inglesa, el carácter y las recomendables calidades de su representante; y aun la especie de deferencia que D. Juan Manuel Rosas presta al Caballero Mandeville; todo me induce á creer que sea este Señor el mas indicado para llenar tan laudable objeto."

El Comisionado Correntino transmitió al Sr. Mandeville, ó copia íntegra de la nota del Sr. Jeneral, ó la substancia de ella, vaciada en otra del propio Comisionado. Pero aquel diplomático ni respuesta dió, siquiera por civilidad; con el pretesto, tal vez, de que el Comisionado Correntino no tenia, para él, carácter alguno público; como si esa circunstancia hiciese desatendible una comunicacion que á tan importante fin se dirijia.

En Montevideo, por el contrario, algunos ajentes extranjeros han procurado inducir al sitiador á regularizar la guerra; y, aunque todos recuerdan la insolente respuesta que Oribe dió al Comodoro Purvis, y el ningun resultado que semejantes tentativas han logrado siempre que se renovaron; eso no disminuye el mérito de los agentes que promovieron obra tan digna.

Ahora se invoca de nuevo la interposicion de los que residen al lado de Rosas, se invoca en los momentos en que nuevos ejércitos van á encontrarse sobre el campo de batalla, si es que no se han encontrado ya. ¿No habrá entre aquellos señores uno siquiera que oiga el llamamiento que se hace á su filantropia y á su humanidad? Esos ajentes, cuya amistad por Rosas los ha conducido á actos propiamente de partidarios, ¿no creen que podrán obtener de él, en recompensa de los servicios que le han hecho, la promesa de negociar con sus enemigos la regularizacion de la guerra? ¿No seria ese resultado mas aceptable á los ojos del que encerró la sangre del hombre en vasos tan escondidos, para que sus hermanos no se atreviesen á derramarla, que no los ayunos y rogativas propuestas por el Sr. Brent? ¡Oh! sí: que los Ajentes que Hoy residen al lado de Rosas, llenen ese vacio deshonroso, que existe en los anales de nuestras desgracias; que promuevan, con empeño y con firmeza, el canje de prisioneros y la regularizacion de la guerra; y habrán desempeñado un alto deber de humanidad, que quedará grabado en la memoria de estos pueblos.

Marzo 7 de 1846.


EL PEREGRINO.
CANTO DUODECIMO—POR JOSE MÁRMOL.

El éxito de un libro no depende muchas veces de su mérito, sino de que consiga hacerse leer, venciendo dificultades de oportunidad. La edicion francesa de los viajes de Azara en la América Meridional, está casi toda sin venderse en los estantes del librero Dentu, desde 1809, y es el mejor libro que existe sobre las rejiones que describe. Cervantes tuvo que publicar él mismo la crítica de D. Quijote, para conseguir que sus compatriotas leyesen el libro en que; por muchos años, estuvo compendiada toda la literatura española. ¿Tendrá Mármol que tentar algun arbitrio para que el breve volúmen que tenemos por delante se abra camino entre un pueblo cuya atencion absorben hoy las mas graves cuestiones políticas y sociales; para conseguir que espíritus ajitados profundamente, en presencia de realidades lúgubres ó espantosas, busquen solaz en lo que llamarán las aéreas creaciones de la fantasia?

Porque si el Peregrino consigue que le escuchen, seguros tiene el triunfo y la corona.

Y lo conseguirá, nos parece, con solo que se sepa quien es él, y cual es el pensamiento que representa. No es verdad que las producciones del poeta sean siempre aéreas y fantásticas; no lo es de manera alguna en el siglo en que vivimos; no lo es sobre todo en El Peregrino. Sus pájinas son copias animadísimas de esas mismas realidades que ajitan hoy á los espíritus; encontramos en ellas las mismas escenas por que diariamente atravesamos; con la diferencia sola de que, en vez de leerlas en el severo lenguaje oficial, ó en el estilo descarnado y mal pulido de la prensa diaria, las vemos en cuadros movedizos, ricos de colorido, de verdad, y de inspiracion. ¿Por qué apartaríamos de ellas la vista cuando ponemos tanta atencion en un periódico?

Daremos una breve idea de El Peregrino, y nuestro juicio acerca de su mérito.

Mármol recibió del que distribuye las dotes de la intelijencia todas las necesarias para elevarse, como poeta, á la contemplacion séria de las grandes escenas de la naturaleza y de la vida social; para comprender, á un solo golpe de vista, las grandes relaciones morales de todos los objetos entre sí, de tal manera que los mas remotos y aparentemente inconexos se reunan en un solo cuadro, con naturalidad y sin violencia; para escojer, en fin, en la inmensa paleta del mundo visible, los colores que dén á esos cuadros mas encanto, mas armonía y verdad. Esas son las dotes naturales del poeta: Mármol se sintió con ellas, y se aplica asiduamente á cultivarlas: sus progresos son evidentes: sus trabajos de hoy dejan atrás, á una distancia en que se pierden de vista, sus mas aplaudidos ensayos; y aunque estamos ciertos de que El Peregrino jamas perderá el puesto que ahora toma en la literatura nacional, tenemos fé en que su autor ha de colocar otras obras en puesto todavia mas aventajado.

Como las condiciones de espacio, á que tenemos necesariamente que sujetarnos, nos impiden entrar en consideraciones jenerales que deseariamos hacer, procuraremos reasumirlas todas diciendo: que para comprender y para juzgar los primeros ensayos de Mármol bastaba simplemente el gusto por la poesia, y el conocimiento de su mecanismo; mientras que para apreciar y hacer la crítica del Peregrino se necesita remontarse á la filosofia, á la historia, á la alta literatura, al conocimiento de la política, de los partidos civiles, y de todos los elementos de nuestra sociabilidad. Es por que todo eso comprende el poema de Mármol, de que nos dá una muestra el Canto que nos ocupa.

Desde los primeros ensayos de este jóven vimos con satisfaccion que desdeñaba la forma monotona y vulgar de la simple narracion, para adoptar en sus composiciones un movimiento casi dramático, una variacion incesante de situacion y de entono. Esto mismo advertimos, con éxito muy feliz, en el Peregrino. Su plan, ó idea jeneral, es evidentemente el del Childe Harold: pero quisiéramos que el autor hubiera dejado que cada uno lo adivinase, sin haberlo él indicado en una de sus estancias. Mármol, como el bardo ingles, ha ido trasladando á sus lienzos las sociedades que visitaba, con sus pasiones, su literatura, sus grandes hechos, sus miserias, su historia y su política; y donde no encontraba pueblos ni vida social que copiar, ha descripto las montañas, el mar, las nubes, los grandes fenómenos de la naturaleza visible; ó se ha concentrado en sí mismo, para sondear las altas verdades de la filosofia y de la moral. Escusado es decir que no ponemos en balanza á nuestro jóven amigo con el bardo ingles, ni a El Peregrino con Childe Harold. Mármol mismo no ha pensado que podria, ya el dia de hoy, igualar á su modelo; seria eso querer luchar con las leyes del progreso intelectual. Mármol no puede todavia alcanzar á esa libertad de movimientos y de jiros con que el poeta ingles expresa sus altísimas ideas; esa elegancia de formas y esa gala de colorido con que jamas deja de vestirlas; esa riqueza de substancia, si esto puede decirse, que se encuentra en los cuatro cantos de Childe Harold; y cuyo sabor no gozan los espíritus incultos ó vulgares. Depende esa diferencia de que nuestro jóven poeta no puede todavia tener, en el grado que Byron ni el dominio absoluto de la lengua, que permite expresar todo sin embarazarse jamas en la espresion ni en el ritmo; ni la experiencia del mundo, que revela los mas ocultos caracteres de la sociedad, ni el gran caudal de conocimientos adquiridos, que dán á la poesia esa solidez, esa substancia, que tanto la ennoblece. Pero si Mármol no ha llegado todavia á ese punto, no seremos nosotros quienes pondremos límites á sus progresos, cuando los años y el estudio le hayan dado lo que Byron no debia á la naturaleza.

El Peregrino viaja y se ajita por motivos muy diversos de Childe Harold. Proscripto casi en la cuna por una tirania innoble y retrógrada; comprimidos sus instintos de libertad; testigo del escarnio que los tiranos hacen de las pasadas glorias de la patria; asistiendo cada dia al espectáculo del infortunio de sus compatriotas proscriptos; natural es que los tonos de su instrumento expresen siempre la vanagloria consoladora, aunque estéril, de los dias que pasaron,