CAPÍTULO VII
Juanito empieza á vengarse.

No habian trascurrido quince minutos, cuando se presentó Clotilde envuelta en una ancha bata, que si no permitia que se dibujasen muchas de sus bellísimas formas, en cambio dejaba que otras se viesen tal vez más de lo que convenia.

Acababa de salir del lecho, y su rubia cabellera estaba en desórden.

A pesar de esto, nunca habia parecido la jóven tan arrebatadora.

Saludó á Juanito como se saluda á las personas de confianza, y le dijo que se sentase, mientras ella hacia lo mismo.

No le faltaron á Clotilde pretextos para justificar su presencia allí, y con la habilidad de las mujeres del gran mundo, fué prolongando la conversacion y dándole el giro que le convenia.

Juanito estaba como fascinado y sin querer contemplaba aquellos hechizos, preguntándose más de una vez si Paquita merecia la pena de que ningun hombre sufriese por ella el más leve disgusto.

Pero estas reflexiones no podian hacerle cambiar de resolucion, sino que, por el contrario, más que nunca estuvo decidido á descargar el terrible golpe contra Alfredo, ocurriéndosele además que era posible que la hija del conde no perdonase jamás al que la habia engañado y que pensase en otro hombre.

¿Por qué Juanito no habia de conseguir algun dia interesar el corazon de Clotilde?

Así su venganza seria completa y le tocaria su vez de mirar desdeñosamente á Paquita.

Era jóven, creia que el cielo lo habia dotado de belleza personal, y le parecia que esto era suficiente para encender el corazon de una mujer.

Se equivocaba, porque no sabia que de lo que ménos se enamora la mujer es de la belleza física, y que sobre este punto sus aspiraciones y sentimientos están muy por encima de los del hombre. El talento, el valor, la gloria, la posicion social y otras circunstancias por el estilo, hacen que una mujer se enamore, más que de la juventud ó la hermosura, del cuerpo.

Su pobreza no le parecia un inconveniente á Juanito, pues sobre este punto discurria como la hija de Bonacha, recordando los ejemplos de matrimonios entre personas de fortuna muy desigual.

No hay que decir que ambos juzgaban por las apariencias, pues cuando habian visto casarse á una mujer pobre con un hombre rico, ó á una mujer rica con un pobre, no se habian tomado la molestia de examinar y buscar la verdadera causa, no habian tenido en cuenta las circunstancias de más valor.

Hacer un doble negocio, matar dos pájaros de un tiro, como suele decirse, es una cosa muy bella, y Juanito creyó que esto era lo que iba á conseguir.

Sin saber cómo, acabó Clotilde por hablar de Alfredo, y con la mayor indiferencia preguntó cómo este y Juanito se conocian.

El jóven vió el cielo abierto: la ocasion se le presentaba antes de que él la buscase, y quiso aprovecharla.

Principió por desplegar una sonrisa maliciosa, y luego respondió:

—Nos conocimos en cierta casa.

—¡Cierta casa!—replicó Clotilde.—¿Y qué quiere decir eso? ¿Usted no piensa que semejantes palabras pueden traducirse de una manera nada favorable para Alfredo y para usted?

—¡Señorita!...

—Dicen que es usted un hombre de muy buenas costumbres.

—No creo haber dado motivo para que se ponga en duda.

—Cierta casa, con el tono que usted lo ha dicho, significa el lugar donde la honra no es lo que más resplandece.

—Siento mucho haber cometido la torpeza de expresarme mal.

—Cuando uno se equivoca y rectifica, nada se ha perdido.

—Hace bastante tiempo que conozco á la familia de un empleado, cuya honradez raya en la exageracion, y en casa de esa familia es donde por primera vez ví á don Alfredo de Saavedra.

—¿Y quién es ese empleado?

—Un pobre que se llama don Pascual Bonacha, y que tenia seis mil reales de sueldo, aunque ahora tiene doce mil, gracias á la proteccion que don Alfredo le dispensa.

—Si esa familia es honrada, no ha podido emplear mejor su influencia nuestro amigo.

—Vivian con bastante estrechez.

—¿Tiene muchos hijos ese don Pascual?

—Una hija que ha cumplido veinte años, y de la que algunos dicen que es bastante bella.

Por un instante palideció el rostro de Clotilde; pero acostumbrada á disimular, desplegó una sonrisa, acercóse más á Juanito y le preguntó:

—¿Usted no opina lo mismo en cuanto á la belleza de esa jóven?

—Me parece graciosa, y nada más.

—¡Graciosa!...

—Pero es algo vanidosa.

Clotilde fijó una mirada profunda y fascinadora en el jóven, y dijo:

—¿Y cómo Alfredo ha hecho relaciones con esa familia?

—Lo ignoro, aunque, segun parece... En fin, estos asuntos son muy delicados, y no quiero mezclarme en ellos.

Otra vez palideció la hija del conde; pero hizo nuevos esfuerzos para dominarse.

—Comprendo,—murmuró.

—Si usted adivina, conste que yo nada he dicho.

—Ocupando la posicion que usted ocupa en esta casa, creo que me debe hablar con franqueza.

—Es que...

—Sin embargo, no quiero averiguar vidas ajenas. Ya veo que Saavedra sostiene amorosas relaciones con la hija de don Pascual Bonacha, y que protege al padre...

—Y ha hecho en favor de esa familia más de lo que debia esperarse: ¿Puedo ser más franco?—añadió Juanito como quien se decide á dar un paso peligroso.—Deseo para don Alfredo de Saavedra la tranquilidad y la dicha; pero ustedes son antes para mí, y quiero darles pruebas de lealtad.

Así llegó la conversacion á tomar el carácter que deseaba Juanito, lo mismo que Clotilde.

Esta ya no intentó disimular.

Las explicaciones fueron interesantísimas desde aquel momento.

Juanito dijo la verdad de todo lo que habia sucedido, sin olvidarse de la elocuente circunstancia de haber cedido Alfredo su casa de campo á la familia Bonacha para que pasase allí la fuerza del calor del estío.

Despues hizo algunos comentarios con la peor intencion del mundo.

Clotilde escuchó con tanta ansiedad como angustia.

Más de una vez se tornó lívido su rostro y sombría su mirada.

Prometió no decir á nadie quién le habia dado tan graves noticias, y atormentada por los celos y trastornada por la ira, salió del despacho.

En su semblante se revelaba la borrasca espantosa que agitaba su espíritu.

Juanito empezó á sentirse poseido de terror ante su propia obra; pero ya no podia retroceder. Habia dado el primer paso, y le seria forzoso dar el último.

Algunas horas despues se presentó Alfredo de Saavedra.

No tuvo necesidad de explicaciones, pues apenas miró á Clotilde comprendió que algo muy grave sucedia, y reflexionando le fué fácil adivinar la verdad.

¡Pobre Juanito!

Desde aquel momento debia contarse el hombre más desdichado del mundo.

Alfredo no se dejaba arrebatar fácilmente; estaba dotado de gran fuerza de voluntad, y sabia dominarse.

Buscar á Juanito para pedirle cuenta de su proceder, le pareció á Saavedra que era equivalente á olvidar su dignidad y á rebajarse hasta la pequeñez de su ruin enemigo; pero como tampoco queria castigarlo sólo con el desprecio, decidió á su vez vengarse cruelmente y de tal manera, que á Juanito no le quedase duda de la inmensa distancia que entre ambos habia.

Por su parte, Clotilde no pensaba tampoco entablar una lucha para disputar á Paquita el corazon de Alfredo, porque esto hubiese sido honrar demasiado á la hija de Bonacha.

No, no era posible que la hija del conde olvidase su orgullo de raza, porque antes preferia destrozarse ella misma el corazon y morir.

No habia dado á los amores de Alfredo con Paquita más importancia que la que se da á una locura de la juventud; pero que la mortificaba, porque heria su amor propio y porque podia tener muy graves consecuencias.

El conde, recostado en un sillon, ocupábase en leer un periódico, y Clotilde y Alfredo, en otro extremo de la habitacion, ojeaban distraidamente un álbum, y pudieron hablar con entero descuido.

—Nubes hay,—dijo Alfredo,—que empañan el cielo de tu alegaría, y sentiré que esas nubes entrañen contra mí una tormenta.

—Se equivoca usted, caballero,—replicó severamente Clotilde.

Saavedra hizo un gesto, como si quisiese decir:

—Mal principia la conversacion.

—De mujeres como yo,—añadió la hija del conde,—no deben temerse tormentas, porque cierta clase de arrebatos iracundos se los prohibe la dignidad á las señoras.

—¿Y qué me importa que te domines y aparentes calma, si el resultado, ha de ser para mí peor que si desahogases tu enojo con las palabras más duras?

—El resultado habia de ser el mismo siempre cuando se trata de un hombre que se olvida hasta de los deberes que le impone su distinguida clase.

—¡Clotilde!...

—He concluido.

—Necesito explicaciones.

—No las daré.

—Sin duda un error...

—El error es imposible cuando hay pruebas...

—Tal vez alguna calumnia...

—No.

—Y en último caso, creo que tengo el derecho de defenderme, y la defensa es imposible cuando ignoro de qué se me acusa.

—Yo tambien tengo el derecho de disponer de mi corazon.

—Ciertamente; pero cuando se han adquirido compromisos...

—Basta, caballero.

—Si no me das las explicaciones que necesito, acudiré á tu padre.

—Y mi buen padre le echará á usted en cara la fealdad de su proceder, y le preguntará si es un error ó una calumnia la desinteresada proteccion que usted dispensa á cierta familia que hoy ocupa su casa de recreo de las cercanías de Hortaleza.

Arrugóse el entrecejo del jóven.

Por un instante relumbraron sus ojos con fulgor siniestro.

—Está bien,—dijo con grave tono.

—¿Consiste en eso la defensa de usted?

—No me defiendo de lo que es absurdo, porque esto no lo hacen más que los estúpidos. Gente ruin ha querido herirme, suponiendo lo que no existe ni puede existir, porque para esa gente es inconcebible que se haga un beneficio sin otra mira que la satisfaccion de hacerlo.

Clotilde desplegó una sonrisa irónica.

—Yo soy el ofendido,—añadió Alfredo.

—Pues no espere usted de mí la reparacion.

—El tiempo lo pone todo en claro, y habrá que hacerme justicia.

—Pues bien; entre tanto...

—Habrá una víctima inocente.

—De seguro no será usted, caballero.

—Lo será esa honrada familia, porque me será preciso volverle la espalda para probar así la pureza de mis intenciones, y cuando de esta ya no quede duda, creo que tú misma serás la primera en proteger á esos desgraciados.

Creyó Clotilde que no debia continuar la conversacion, y fué á sentarse cerca de su padre.

Disimuló Alfredo como mejor pudo, y algunos momentos despues salió, fué á su casa, y mandó que para aquella noche se preparase su berlina, con objeto de ir á la casa de campo.

Cuando pasó el dia sin que nadie lo hubiese molestado, empezó á tranquilizarse Juanito, suponiendo que Alfredo no habia podido adivinar de dónde habia partido el golpe.

Ahora lector, si bien te parece, iremos á la casa de campo para conocer la verdadera situacion de la infeliz Paquita.


CAPÍTULO VIII
Cómo se llega al fondo del abismo.

La esposa y la hija de Bonacha habian estado tres ó cuatro dias como el que recibe un fuerte golpe en la cabeza.

Grandes esfuerzos tenian que hacer sus facultades intelectuales, para darse cuenta de su nueva situacion.

Se habian encontrado con tres ó cuatro sirvientes, que las agobiaban en fuerza de respeto y de toda clase de consideraciones, y en todo se vieron atendidas como no era posible que siquiera imaginasen.

Para el que no tiene la costumbre de mandar, los criados son un estorbo, una gran molestia.

La esposa de don Pascual hubiera preferido estar sola con su hija; pero ésta, mintiendo como siempre, aseguraba encontrarse muy bien.

No hay que decir que los criados conocieron bien pronto que aquellas dos mujeres no se habian visto nunca en situacion igual, pues no se atrevian á dar órdenes, como quien está acostumbrado á hacerlo así, y particularmente al comer cometian muchas torpezas.

Al dia siguiente se presentó Alfredo para saber si sus buenas amigas habian descansado, y los dias siguientes les hizo tambien una visita, ya por la mañana temprano ó al oscurecer.

Cuando Alfredo iba se paseaban por el jardin, y si la madre se cansaba y se sentaba á la sombra, los dos jóvenes iban y venian hablando de su amor, cruzando miradas de fuego y permitiéndose algunas sencillas libertades, que para Paquita no tenian ninguna importancia.

Algunos dias almorzó allí el calavera, y cuando pasó una semana le dijo á la jóven que era un martirio insoportable hablar siempre en presencia de un testigo.

¿Cómo podia remediarse esto?

Para Saavedra era muy fácil, puesto que á las diez ó las once, hora en que la madre dormia, la hija podia muy bien asomarse á la ventana de su dormitorio, que daba al jardin, y allí, aspirando el aire puro y fresco de la noche, contemplando el purísimo cielo y dejando que la imaginacion se remontase en alas de las más risueñas ilusiones, podian pasar dos ó tres horas de incomparable delicia.

Para entrar Alfredo en el jardin, no encontraria ningun inconveniente, puesto que aquella era su casa.

Paquita hizo alguna resistencia; pero se dejó vencer.

La ventana estaba á tres piés del suelo, y bajo la misma habia un banco de piedra, de manera que los dos amantes se encontrarian bien cerca el uno del otro.

Paquita, para acallar sus escrúpulos, se hizo el siguiente razonamiento:

—Si es peligroso hablar con el hombre á quien se ama, igual es el peligro estando á solas que con un testigo cualquiera. Cuando mi madre nos acompaña, no sabe lo que Alfredo me dice, y por consiguiente de nada sirve su presencia. Lo que Alfredo exige de mí nada tiene de particular, y mientras yo quiera guardarme, es inútil toda vigilancia, así como tambien lo seria si yo me propusiera olvidar mis deberes.

A las diez de la noche estaba Paquita puesta á la ventana, y Alfredo en el jardin, en pié y junto al asiento de piedra.

Una hora despues, que á la jóven le habia parecido un minuto, Alfredo se colocó sobre la piedra.

Así podian hablar más bajo y evitaban que algun curioso los escuchase.

¿Qué se decian?

Lo que se dicen siempre los enamorados.

Era más de la una de la madrugada cuando se separaron.

Saavedra dijo que pensaba volverse á Madrid; pero no se tomó semejante molestia, pues se quedó allí en su dormitorio, y á la mañana siguiente representó el papel de que acababa de llegar para hacer su visita de costumbre.

Tres noches despues, los dos enamorados pasaban sin sentir el tiempo, con las manos entrelazadas y cruzando frases de inmensa ternura.

Luego se quejó Alfredo del cansancio consiguiente á permanecer en pié y parado tres ó cuatro horas, mostrando deseos de sentarse y que hiciese lo mismo á su lado Paquita.

Estar sentados ó en pié le pareció á la jóven completamente igual, y se atrevió á salir de la casa, haciendo compañía en el jardin á su amante.

Llegó un dia en que se cansaban tambien de estar sentados, y paseaban cuando la luna esparcia sus nacarados resplandores.

Paso tras paso se llega sin sentir á la cumbre de la montaña que nos parece inaccesible, ó al fondo del abismo que habíamos mirado con horror.

Ninguna mujer se pierde en un solo dia, porque su perdicion es una obra lenta, de cuyos adelantos ella misma no se apercibe.

Si desde el primer momento se le dijese adónde paso á paso habia de llegar, retrocederia espantada; pero no se le exige más que un paso, uno solo, y cuando ha dada el primero se le ruega que dé el segundo, y así concluye insensiblemente por llegar adonde le parecia un imposible.

Cuando comprende su verdadera situacion se horroriza y quiere retroceder; pero ya es tarde.

La que no evita el primer paso, da el último.

¿Se comprende ahora la triste situacion de Paquita?

No habia llegado al último punto de su perdicion, pero llegaria.

En la casa de recreo debia dejarse todas sus ilusiones, todas sus esperanzas, y algo más, que más que las esperanzas valia.

Lo que sabemos ya que Juanito habia hecho para vengarse, acabó de decidir al desalmado Alfredo.

Si antes se habia detenido por algunos escrúpulos, estos desaparecieron, y exclamó:

—¡Bonito papel represento!... Guardar consideraciones á esta clase de gente, es una estupidez.

Y decidido á no reparar ya en nada, fué aquella noche á la casa de campo.

Paquita le salió al encuentro en el jardin.

No comprendia la desdichada que su reputacion estaba ya perdida en opinion de los criados; no comprendia que un hombre como Alfredo, si podia casarse con la que hubiera olvidado sus deberes, no se casaria jamás con la que olvidaba su decoro.

Dice el adagio, que no basta ser buenos, sino que es menester parecerlo tambien.

A la mujer se la perdona todo, ménos el escándalo.

Hay cierta clase de faltas que á la mujer le hacen más ó ménos mal, segun se cometen.

Una inconveniencia es á veces para una mujer mucho peor que la deshonra.

El mundo es muy celoso de su dignidad, y no perdona á quien se olvida de cierta clase de consideraciones.

De lo que aquella noche sucedió nada podemos decir, puesto que el resultado es lo que nos interesa, y hemos de verlo muy pronto.

Alfredo volvió á las cinco de la madrugada á su casa de Madrid, y se acostó.

Cuando Paquita salió aquella mañana de su dormitorio, estaba triste y preocupada.

Alfredo no fué aquel dia, ni tampoco al siguiente, sino á las once de la noche.

Una semana despues se habló del regreso á Madrid, porque el señor Bonacha decia que se encontraba muy mal sin los cuidados de su esposa.

La madre y la hija volvieron, pues, á la calle de San Lorenzo.

Su antigua habitacion les parecia horrible.

No hay nada peor que subir, si despues ha de descenderse.

Todo les parecia muy malo allí.

Determinaron tomar una criada, porque ya no comprendian que sin criados pudiera vivirse. Además, sus recursos habian triplicado, gracias á la proteccion de Alfredo y á los ahorros que hizo don Pascual mientras vivió solo.

Fueron á visitar á doña Robustiana; pero ya Paquita no parecia envanecerse con el amor de Saavedra.

La viuda preguntó cuándo se verificaba el matrimonio, y la esposa de don Pascual respondió:

—Veremos, porque ahora tiene Alfredo necesidad de hacer un viaje para arreglar asuntos de mucho interés, y no volverá hasta el mes de Octubre.

—Bien me parece eso,—repuso doña Robustiana,—muy bien, con tal que ese hombre cumpla sus promesas.

—Si usted lo conociese, no dudaria.

—Pues, hija, puedes decir que eres muy afortunada, si bien es verdad que tú mereces eso y mucho más.

—¿Y Adela?—preguntó la esposa de Bonacha.

—No tardará quince dias en casarse, pues ya están arreglando los papeles.

—¡Tan pronto!...

—Eduardo queria esperar para que sus intereses estuviesen en órden, porque ya saben ustedes que es el hombre más delicado del mundo; pero como ellas no miran el interés, porque el dinero les sobra, han querido que la boda se haga inmediatamente para emprender un largo viaje antes del otoño.

—Tampoco Adela puede quejarse de la fortuna.

—Eduardo la adora; pero no es tan rico como el señor de Saavedra, ni representa en la sociedad tan brillante papel.

—¿Y qué más puede pedir la hija de un cerrajero?—replicó Paquita.

—Si es honrada, puede pedir mucho.

La jóven palideció, y su madre se apresuró á decir:

—Mi hija tambien es honrada.

—Nadie lo ha puesto en duda.

—Y es señora desde que nació, y su padre es un caballero, y por consiguiente pertenece á otra clase. Buen papel haria la hija del cerrajero entre duques y marqueses, como estará mi hija cuando se case.

—Yo deseo la dicha para las dos, y estoy satisfecha, porque me parece que las dos han conseguido lo que deseaban.

Si la esposa de don Pascual hablaba de viajes de Alfredo, era porque este habia dicho que tenia necesidad absoluta de salir de Madrid.

Esto no era un verdadero motivo de alarma, y sin embargo, Paquita empezó á perder la tranquilidad.

Doña Robustiana, con la mejor intencion, le dijo á la jóven:

—Pues los aires del campo no te han sentado muy bien, porque estás más pálida y ojerosa, y me parece que has perdido algo de tu alegría.

Paquita hizo un gran esfuerzo para sonreir.

—Me siento muy bien,—dijo.

¿Y qué pensaba de todo esto don Pascual?

Aunque parezca inverosímil, su carácter habia cambiado durante la ausencia de su familia.

Ya no sonreia constantemente: se le veia con frecuencia muy preocupado, y algunas noches dejaba de leer La Correspondencia, lo cual sorprendió mucho á su esposa.

Tampoco dormia tantas horas como antes, y habia disminuido considerablemente su apetito.

Sin embargo, don Pascual no estaba enfermo, aunque si hemos de hablar con exactitud, diremos que su enfermedad era moral.

Así como el instinto le habia dicho á su esposa que Alfredo no era conveniente para su hija, el instinto tambien le hacia adivinar al honrado padre grandes desgracias.

No encontraba nada malo en lo que habia visto, y sin embargo, le desagradaba mucho.

Hizo algunas indicaciones; pero su esposa y su hija le contestaron con tantos razonamientos, que el infeliz se sintió aturdido, y tuvo que callar.

Alfredo habia dicho que trabajaba para conseguir un nuevo ascenso, y tanto ascender asustaba ya á don Pascual Bonacha.

Era este de esos hombres que creen que lo que no se justifica con claridad, es sospechoso; más aún, que no puede ser bueno.

Así daba una prueba de recto juicio, que nada tiene que ver con el talento.

Si á don Pascual le hubiese tocado el premio grande de la lotería, antes de cobrar hubiera enseñado el billete á todo el mundo para que nadie dudase de que era verdad, y para que de todos fuese conocida la procedencia de aquel dinero.

Lo mismo le sucedia en cuanto á los adelantos tan rápidos y repentinos hechos en su carrera.

¿Por qué le protegia tan decididamente un hombre á quien apenas conocia?

Esta pregunta debió hacérsela el mundo, y para explicarse el efecto intentaria buscar la causa.

Para que esta fuese adivinada no era menester más que una mediana sagacidad.

Cuando Paquita estrenaba un vestido, don Pascual sufria, y tenia buen cuidado de hacer público que su hija trabajaba y ganaba cosiendo, y que el producto de su trabajo lo invertia en comprarse ropa.

Así no daba lugar á que nadie preguntase de dónde salia el dinero que valian todos aquellos moños, volantes, pendientes y otros adornos por el estilo, pues era fácil que algun malicioso creyese que don Pascual explotaba á los que iban á rogarle que despachara pronto un expediente.

El honrado Bonacha era, pues, una víctima de los extravíos de su hija, así como esta debia ser al mismo tiempo víctima de Saavedra y de sus propias debilidades.

De todos los personajes que hemos presentado, ninguno es digno de respetuosa consideracion y lástima sino don Pascual, y aun á este debemos acusarlo, porque no tuvo valor para hacer cumplir sus deberes á su esposa y á su hija.

Muchos padres hemos conocido así, y sobre haber sufrido ellos mucho, han hecho muy desgraciados á sus hijos.

«Quien bien te quiera te hará llorar,» dice el adagio.

Bonacha no habia tenido valor para hacer llorar á su hija.

Muchas veces se hace un beneficio haciendo sufrir, y esto es lo que tal vez no habia comprendido don Pascual.

El hombre que no se considera con fuerzas para sobrellevar en todos sentidos la enorme carga de la familia, no debe creársela.

Juanito no se descuidó, y apenas supo que habian regresado la esposa y la hija de don Pascual, dispúsose á proseguir su obra, yendo á casa de doña Robustiana precisamente media hora despues que habian salido la madre y la hija.

A Juanito le faltaba el valor para arrostrar frente á frente la tormenta, y buscó un camino indirecto.


CAPÍTULO IX
Las primeras lágrimas.

Juanito estaba más flaco y más pálido que un mes antes, y esta alteracion no habia pasado desapercibida para la mirada investigadora de la mujer casamentera.

Como no era la hora de la tertulia, podian hablar con entera libertad. Además, Juanito era uno de los amigos más antiguos de la casa, y la viuda le profesaba gran estimacion.

—¿No está usted bien?—le dijo ella apenas lo vió.

Una sonrisa leve y amarga fué la respuesta de Juanito.

—Vamos á ver si nos entendemos,—añadió la viuda;—siéntese usted aquí, á mi lado... Véte, Morito.

El pobre gato tuvo que dejar la silla que ocupaba.

—Señora,—dijo Juanito,—aseguran que la fortuna me sonrie.

—Tenia usted cuatro mil reales de sueldo y dependia su suerte de la voluntad de un ministro, y ahora tiene doce mil, que puede conservar sin otras recomendaciones que las de su honradez.

—Ciertamente.

—Pero yo no puedo equivocarme como los demás.

—Doña Robustiana, usted me conoce demasiado bien...

—No quiero acusarlo porque no tomó mis consejos oportunamente.

—Harto me pesa,—respondió Juanito, suspirando tristemente.

—No tiene usted madre, y yo quise serlo...

—Tengo mucho que agradecerle á usted, y mucho de qué acusarme.

—Lo que ya se hizo no puede deshacerse; pero tampoco debe perderse la esperanza de que se remedie el mal.

—¡Remedio!... no lo hay.

—¿Y por qué?

—Paquita se ha deslumbrado y creo que se ha enamorado ciegamente, y aun cuando no fuese así, no seria posible que rechazase á un hombre como Saavedra para casarse con un hombre como yo, ni yo tampoco he de exigirle que por mi felicidad haga semejante sacrificio.

La viuda desplegó una sonrisa irónica, y preguntó:

—¿Cree usted que don Alfredo de Saavedra se casará con Paquita?

—Al ménos así parece que sucederá.

—Es usted muy jóven, y yo soy vieja; conozco el mundo, y usted no lo conoce, aunque se ha empeñado en hacernos creer que es un hombre muy corrido y casi cansado de la vida. Si yo no tuviese del corazon humano el conocimiento que tengo, no habrian salido de mi casa con marido muchas mujeres que entraron sin él y sin esperanzas de tenerlo. Y no vaya usted á decirme que algunos de esos matrimonios son desgraciados, porque yo nada tengo que ver con eso. Si una mujer necesita marido, se lo proporciono, y á ella le toca ver si le conviene, aunque si hemos de decir la verdad, tanta razon tendrian ellos para quejarse como ellas.

—¿Adónde va usted á parar, doña Robustiana?

—Quiero convencerlo á usted de que no me equivoco fácilmente en esta clase de asuntos.

—Estoy convencido.

—Paquita no se casará con Alfredo, porque yo sé muy bien lo que una mujer tiene que hacer para casarse, y ella está haciendo todo lo contrario.

—Tiene usted el don de adivinar.

—¿Lo cree usted así?

—Lo creo, porque conozco antecedentes de mucha importancia.

—Explíquese usted, porque hoy hemos de hablar con franqueza y hemos de combinar nuestro plan de campaña.

—Le confiaré á usted un secreto.

—Sepamos.

—Don Alfredo de Saavedra ama á otra mujer rica y de elevada clase.

—¿Lo ve usted?

—Y esa mujer le corresponde.

—Ya pareció aquello.

—Mis noticias son exactas, puesto que...

—Sí, esa mujer amada por Saavedra debe ser la hija del conde de Romeral.

—Exactamente.

—¿Y es posible que pierda usted la esperanza?... Recobre usted la tranquilidad, que más ó ménos tarde, Paquita se verá abandonada; comparará entonces el corazon de usted con el de Saavedra, y haciéndole justicia, le amará.

—¡Ah!—exclamó Juanito, empezando á reanimarse.

—Deje usted este asunto á mi cargo, que yo lo arreglaré.

—Pero el secreto que acabo de confiarle...

—Lo explotaré con habilidad...

—Piense usted...

—Es usted un niño.

—Doña Robustiana...

—Hemos terminado.

—Pues bien; queda en manos de usted mi porvenir, mi felicidad, mi vida.

—¿Ama usted de veras á Paca?

—Con frenesí.

—Pues será usted su marido.

En el colmo del entusiasmo besó con ternura filial Juanito las redondas manos de la viuda, y esta juró una y otra vez que cumpliria lo que habia prometido.

El cumplimiento de esta promesa debia ser una nueva desgracia para Juanito.

Separáronse, y al dia siguiente la viuda fué á visitar á la familia Bonacha.

La recibieron muy bien; pero con esa benevolencia que el superior dispensa al inferior.

Disimuló doña Robustiana y dijo para sí:

—Antes de cinco minutos me habreis pagado la ofensa.

Y luego añadió en vez alta:

—No pensaba venir hoy; pero he pasado por la esquina, y me parecia un crímen no subir.

—Mucho le agradecemos á usted sus demostraciones cariñosas,—respondió la esposa de don Pascual.

Doña Robustiana miró muy atentamente á Paquita, y despues de algunos minutos le preguntó:

—¿Conoces á la hija del conde de Romeral?

—No,—respondió la jóven.

—Pero la conocerá cuando se case,—se apresuró á decir la esposa de Bonacha,—porque entonces se visitará con toda esa gente.

—En cuanto á la hija del conde...

—¿Qué?

—Nada, nada,—respondió la viuda.

Sus reticencias, el tono con que hablaba y hasta sus gestos, daban mucho valor á lo que acababa de decir, por más que al parecer no hubiese dicho nada.

Estremecióse Paquita y densa palidez cubrió su rostro.

—¿Pero por qué,—dijo,—nombra usted ahora la hija del conde de Romeral?

—Por nada, absolutamente por nada... es que me ha ocurrido... En fin, hablemos de tu próxima felicidad.

—Doña Robustiana, las palabras de usted tienen mucha intencion, y se lo digo así, porque siempre hablo con mucha claridad.

—Pues bien; ya que te empeñas me explicaré, aunque no pensaba hacerlo, porque estos asuntos son muy delicados.

—¿Qué quiere usted decir?—preguntó la madre de Paquita, que empezaba á dejarse arrebatar por la cólera.

—Digo lo que es verdad, y cuando sucede una cosa, la culpa no es mia, sino de quien la hace. Y basta con esto, porque el buen entendedor no necesita muchas palabras. Estoy mortificándote, no se me oculta; pero todo esto prueba que me intereso mucho por tu suerte. Ahora averigua, reflexiona y determina lo que te parezca mejor; pero me tomaré la libertad de aconsejarte, que no dejes pasar mucho tiempo para hacer tu boda, pues me parece mejor sistema el de Adelita. Ya sabes aquel refran que dice, que pájaro en mano vale más que ciento volando.

No es posible que se comprenda el efecto que produjeron estas palabras.

La madre y la hija hablaban á la vez y le exigian á doña Robustiana terminantes explicaciones.

¿Qué más podia decir la viuda?

Sin embargo, tan apurada se vió, que acabó por exclamar:

—¡Hablaré, hablaré!

—Ya escuchamos.

—Don Alfredo de Saavedra está enamorado, ó por lo ménos es novio, de la hija del conde de Romeral, y ella lo ama, y el padre aprueba esos amores, y el casamiento es asunto tratado muy formalmente. Este compromiso no puede romperse sin producir un escándalo, y como las personas de cierta clase tienen al escándalo más miedo que á la muerte, debe suponerse que la hija del conde se casará con Saavedra aunque se odien.

La madre y la hija quedaron anonadadas.

La primera apenas podia respirar, y tal fué su trastorno, que tuvo que acudir á su remedio favorito de beber agua y vinagre.

Paquita tambien temblaba; pero no á impulsos de la ira, sino del terror.

Habia inclinado sobre el pecho la cabeza, y no se atrevia á arrostrar la mirada de la viuda.

¡Infeliz!

Algunos dias antes le hubiera sobrado valor para soportar el golpe.

¿Qué seria de ella, si Alfredo de Saavedra la abandonaba?

Nosotros, que conocemos el terrible secreto de su amor, podemos apreciar sus mortales angustias.

Doña Robustiana no creyó conveniente prolongar aquella visita, y se dispuso á salir.

La jóven, que pocos minutos antes se habia mostrado tan orgullosa, se acercó á la viuda, la cogió las manos, se las estrechó cariñosamente, y le dijo con humilde tono:

—Doña Robustiana, usted me quiere casi tanto como mi madre.

—Creo que sí.

—No puede usted desear que yo me vea en ridículo.

—Me parece que no tengo un alma tan depravada.

—Pues bien; yo le suplico...

—De lo que hemos hablado nada sabrá Adela ni ninguno de los amigos que me visitan.

—Gracias.

—Hago excepcion de Juanito, porque ya sabes que este...

—Sí, esta empleado en la misma casa del conde de Romeral, y supongo que por él habrá usted tenido esas noticias.

—¡Si lo vieses!... El pobre está que pueden ahogarlo con un cabello.

Paquita suspiró tristemente.

—Te ama como no puede amarte ningun hombre.

La esposa de don Pascual volvió á tomar parte en la conversacion, y dijo:

—Lo que tiene Juanito es rábia porque mi hija no lo ha querido, y para vengarse se ocupa en llevar y traer chismes y cuentos.

—Si es verdad que Saavedra y la hija del conde se aman, lo que á consecuencia de esto pueda suceder no es culpa de Juanito.

Despidióse y salió doña Robustiana, dejando en aquella casa el gérmen de profundos trastornos.

Cuando la madre y la hija quedaron solas, entregáronse á todos los trasportes de la desesperacion.

La madre amenazaba terriblemente.

La hija juraba que no cederia con facilidad, que disputaria palmo á palmo el terreno, y que antes consentiria morir que declararse vencida.

No habian trascurrido dos horas, cuando Alfredo se presentó.

Lo mismo que le habia sucedido algunos dias antes en casa del conde, le sucedió al entrar en la vivienda de Bonacha, es decir, que al primer golpe de vista comprendió que algo muy grave sucedia.

La esposa de don Pascual, con pretexto de atender á sus faenas, fué y vino, dejando á los dos enamorados en libertad completa para que hablasen.

No era posible que Paquita se encerrase en su dignidad y se mostrase reservada lo mismo que Clotilde.

Habia entre ambas grandísima diferencia, y sobre todo la hija de Bonacha habia perdido su fuerza moral, y su situacion la obligaba á colocarse en otro terreno y á seguir distinto sistema.

Fijó en Alfredo una mirada, que más que severa era dolorosa, y le dijo:

—¿Recuerdas todo lo que ha sucedido desde que tuve la debilidad de amarte ciegamente?

—No lo he olvidado,—respondió Saavedra con una frialdad espantosa.

—Pues bien; es preciso que yo sepa lo que debo esperar.

—Debes esperar que yo te ame siempre.

—Eso es muy vago.

—¿Pues qué más deseas?

—Lo que exige mi honor, que he sacrificado por tí.

—Paca, te aconsejo que dejes ese tono trágico, porque...

—Me engañas, Alfredo,—interrumpió la jóven sin poder contenerse.

—¡Que te engaño!...

—Amas á otra.

—No es verdad.

—Tengo pruebas.

—Todo lo adivino... ¡Oh!... ese mozalbete estúpido se ha empeñado en que yo me rebaje hasta el punto de darle una leccion durísima. No te pido explicaciones, porque no las necesito.

—No he visto á Gonzalez hace ya mucho tiempo.

—Pero él habrá hecho llegar hasta tí sus mentiras, porque está desesperado, y como el valor le falta para disputarme tu amor, hace lo posible para desunirnos. Ya se ha ocupado de tí en casa del conde de Romeral, y ciertamente no te favorece mucho lo que ha dicho. Lo he despreciado y lo he perdonado; pero ahora veo que mi generosidad lo alienta, y me será preciso adoptar otra resolucion.

—Todo el mundo dice que es convenido tu casamiento con la hija del conde.

—Todo el mundo puede decir lo que quiera; pero la verdad es que no pienso casarme.

—Pues dame una prueba de tu amor, una prueba de la rectitud de tus intenciones; una de esas pruebas que no dejan lugar á dudas y que me tranquilice para siempre.

—¿En qué puede consistir esa prueba?—dijo Alfredo mientras encendia un cigarro.

—Nuestros amores no pueden tener más que un término: unirnos con lazos indisolubles...

—Paca,—interrumpió Saavedra,—asuntos tan graves no pueden tratarse ligeramente.

—Ahora no tenemos que hacer otra cosa,—repuso Paquita.

—Te equivocas, porque esta misma noche debo partir.

—¡Te vas!...—exclamó Paquita con acento de terror.

—Pero volveré, descuida.

—¡Te vas!...—volvió á decir la jóven.

—He recibido una carta que me obliga á ponerme en camino inmediatamente.

—¿Y mi honra, Alfredo, y mi honra?—gritó desesperadamente la infeliz.

—De todo eso hablaremos oportunamente, pues debes pensar que irse de Madrid no es irse del mundo.

La calma de Alfredo atormentó á la desgraciada jóven como no puede imaginarse.

Sintió la infeliz que le faltaban las fuerzas.

Un raudal de lágrimas se escapó de sus ojos.

Saavedra hizo un gesto de disgusto, y se puso en pié, diciendo:

—Si así te dejas arrebatar, jamás nos entenderemos.

—¡Estoy perdida!...

—Te dejas dominar por la primera impresion; pero cuando reflexiones recobrarás la calma.

—¡Dios mio!...

—No he venido para oirte llorar.

—¡Oh!...

—Adios... Creo que dentro de pocos dias volveré; pero si mis asuntos me obligan á detenerme, no pierdas por eso la tranquilidad, puesto que ya comprendes que más ó ménos tarde he de venir.

La jóven quiso hablar, y no pudo.

Sentíase medio ahogada.

Acudió la madre á tomar parte en la conversacion, porque era imposible que permaneciese mucho tiempo callada.

—¿Pero qué es esto?—dijo.—Me parece, don Alfredo, que un hombre de la clase de usted...

—Señora, puede usted evitarse la molestia de darme lecciones que no estoy dispuesto á recibir; y en cuanto á lo demás, ya he dado explicaciones á su hija de usted, y todo quedará arreglado.

Quiso la madre replicar; pero Alfredo no escuchó, y salió sin dar tiempo á que le dirigiesen nuevas reconvenciones.

—Ya lo ves,—dijo la madre;—este hombre no me gustaba... Seria la primera vez que yo me hubiese equivocado.

Paquita guardaba silencio y lloraba.

Su madre no podia comprender todavía todo lo horrible de la situacion.

Bien puede decirse que la suerte de la jóven estaba decidida.

A quien más compadecemos es al honrado don Pascual.


CAPÍTULO X
Dos bribones que se entienden.

Tenemos que presenciar una escena que en nada se parece á las que ya hemos pintado, porque es preciso que el lector se convenga de que Eduardo era un mozo que valia mucho, y que, como decirse suele, servia lo mismo para un barrido que para un fregado.

No hemos tenido ocasion de verlo más que en la vivienda de doña Robustiana, ni de oirlo más que cuando hablaba sublimemente con la sensible Adela.

Era Eduardo uno de esos hombres que tienen habilidad para hablar á cada uno en su lenguaje y para dar á su rostro la expresion, ahora cándida, luego picaresca, ya triste como un entierro, ya alegre como una boda.

Por esta razon tenemos que reconocerle el mérito que se reconoce á un actor consumado.

Lástima era que un hombre dotado de tan clara inteligencia se hubiese extraviado hasta el punto de llegar á ser un miserable, tan digno de compasion como de castigo.

Eduardo no tenia corazon, y sin embargo era débil alguna vez; cuando se trataba del bello sexo, estaba sujeto á caprichos, y estos le habian producido ya más de un disgusto; pero cuando se trata de las pasiones, la criatura no escarmienta, ni es posible que se corrija, porque la causa está en su propia organizacion.

Se recordará que el futuro esposo de Adela se permitia ser demasiado galante con la criada de la viuda, y sobre este punto vamos á dar explicaciones.

Juana era bonita, bastante bonita para llamar la atencion de cualquier hombre, y bien podia suceder que alguno se enamorase de ella, si no ciegamente, con interés sobrado para cometer alguna locura.

En este caso se encontraba Eduardo, y como á Juana, contra su costumbre, le pareció bien mostrarse esquiva, avivóse más lo que no sabemos si llamar pasion del amante de Adela, quedando así probado que los inconvenientes y los obstáculos encienden el deseo, son combustible añadido á la hoguera.

Empeñóse el truhan en satisfacer su anhelo, y como Juana se empeñó en resistir, defendiéndose heróicamente en la antesala, los pasillos y la escalera, lo que primero fué un capricho sin importancia, llegó á ser una cuestion grave, hasta de amor propio.

No era posible que Eduardo se resignase á verse derrotado cuando se trataba de una fregona; pero no le ocurrió pensar que al empeñarse en aquella lucha iba á quedar preso en las redes que él mismo tendia.

Ablandóse al fin Juana, aunque poco, y permitió ciertas franquezas, que del caso no son, cuando bajaba á las doce de la noche para abrir la puerta de la calle al truhan, llevando en una mano la luz y en la otra la llave.

Tenia Juana su novio, como ya sabemos, que la queria con las mejores intenciones y la mejor buena fe; pero ella no queria privarse de divertirse cuanto pudiera, porque decia que la juventud dura poco, y es preciso aprovecharla.

Cuando era ya cosa convenida el casamiento de Eduardo, creyó este que podia arriesgar algunas promesas deslumbradoras, puesto que dinero habia de sobrarle para cumplirlas con el dinero de su mujer.

La sirviente necesitaba un dote, y para reunirlo no era bastante lo que ahorraba de su salario, resultando de todo esto que acabó por escuchar al tahur y le dió una cita para poder hablar despacio y tranquilamente.

Cada quince dias gozaba Juana de completa libertad por algunas horas, y esta libertad la aprovechó para el arreglo del asunto que nos ocupa.

Las ocho acababan de dar, y el café del Sur, situado en la Plaza del Progreso y esquina á la calle de Lavapiés, estaba ya ocupado hasta el último rincon.

En el café del Sur se representan comedias, se baila, se canta, se fuma mucho tabaco virginia, se bebe mucho aguardiente, se oye un lenguaje que puede ruborizar á un coracero y se respira una atmósfera pesada y nauseabunda, capaz de resentir los pulmones más firmes.

Esto no mengua en nada el crédito de que goza el café del Sur, pues precisamente se ha establecido para hacer comedias que diviertan á los concurrentes y para que allí se beba y se fume, sin que á nadie deba hacerse responsable de la mala calidad del tabaco, á nadie más que al gobierno, que no lo vende mejor.

Junto á una de las mesas encontrábase Eduardo.

Habia bebido ya una copa de ron, y empezaba á beber la segunda, en tanto que aspiraba con verdadera delicia el humo del tabaco que en su pipa se quemaba, pipa que se habia guardado muy bien de sacar en presencia de su futura.

Juana entró en el café.

Se habia puesto su mejor ropa, y aunque el vestido era de percal, tenia mucho que ver cómo arrastraba una larga cola, que producia un ruido bastante desagradable, en tanto que con la mano izquierda levantaba la falda para no pisarla y lucir sus botas de color azul celeste, y con la diestra abria, cerraba y agitaba el abanico.

Una lluvia de piropos cayó sobre la sirviente; pero ella, sin tomar en consideracion tales atrevimientos, atravesó el café y fué á sentarse frente á Eduardo.

—Ea,—dijo,—aquí me tiene usted, y ahora veremos si puede convencerme de lo que no se convenceria la más tonta. ¿Lo entiende usted?

—Ante todo, es preciso que digas lo que quieres tomar.

—Yo no soy cumplimentera, ni hago remilgos como ese talego con quien se va usted á casar, porque ha de saber usted que nací en el barrio de Maravillas y allí todo el mundo habla muy claro.

Interrumpióse Juana, porque el mozo se acercó, preguntando:

—¿Qué se ofrece?

—Café con media tostada de abajo,—dijo la sirviente.

Pocos momentos despues estaba complacida.

—Mira, Juana, á mí no me vengas con música celestial, porque yo te conozco demasiado bien. Tú necesitas hacer tu negocio; yo tengo necesidad de satisfacer mi capricho, y por consiguiente...

—Poco á poco.

—¿Te ofendes?

—No; pero...

—Hablemos con claridad, como dices que hablan los de tu barrio. En este pícaro mundo los que andan con escrúpulos de monjas.

—Entiendo.

—Todos van á su negocio, y el que no lo hace...

—Que no soy torpe.

—Voy á decir que te den una copita.

—Mire usted, me gusta; pero la señora tiene el olfato más fino que un perro.

—No quiero que te comprometas, aunque muy pronto has de dejar á doña Robustiana y cambiar de vida.

—La que paso no puede ser peor.

—No ignoras que voy á casarme.

—¡Y lo dice usted con tanto descaro!

—Sí, porque tengo la seguridad de que tú no crees que estoy enamorado de Adela.

—Me parece que ni usted ni nadie puede enamorarse de semejante mujer; pero así dormirá usted tranquilo.

—Me caso con Adela...

—Por el dinero, ¿no es verdad?

—Sí.

—¿Y con ese dinero?...

—Obsequiaré á otra que pueda satisfacer mi gusto.

—Y eso es una picardía.

—Puedes darle el nombre que mejor te parezca; pero es una cosa que me agrada, que me conviene. Una picardía parece tambien que tú busques de cierta manera el dote que necesitas para casarte con tu Manolo, y sin embargo, lo harás feliz y tú podrás ser tambien dichosa sin que la conciencia te atormente.

Juana siguió tomando el café, y aunque era muy habladora, guardó silencio.

Eduardo prosiguió así:

—Me casaré dentro de una semana, y aunque Adela quiere emprender viajes á lo gran señora, yo haré que desista de su propósito, porque la vida de Madrid me agrada mucho más que la que me espere por esos mundos de Dios. Apenas nos casemos me haré cargo de cuanto posee mi robusta suegra, y tú podrás inmediatamente dejar de servir.

—¿Y qué dirá Manolo?

—No soy adivino; pero tú eres sobradamente lista, y le harás ver que lo negro es blanco.

—Bien, eso corre de mi cuenta.

—Tendrás dinero abundante, aunque no me parece prudente que lo gastes en adornos, porque infundiria sospechas que no podrias desvanecer.

—¿Y si algun dia se descubre el negocio?

Eduardo se encogió de hombros con indiferencia, apuró el contenido de la copa, dejó escapar una bocanada de humo, y respondió:

—Mi esposa hará entonces lo que le parezca mejor, y tú te arreglarás con Manolo lo mejor que te parezca.

—Considere usted que si ya estoy comprometida...

—Jugarás el albur como yo lo juego, en la inteligencia de que no he de abandonarte, y si te decides por mí, nos reiremos de todo el mundo.

—En ese caso, lo mejor que puede hacer Manolo...

—Es arreglarse con mi mujer.

La sirviente soltó una carcajada, porque le parecia muy gracioso lo que acababa de decir Eduardo.

Este añadió:

—Los dos son tontos, y se entenderian perfectamente.

—Eso no puede suceder.

—Pero al ménos se contarán sus penas y se consolarán, mientras que nosotros pasaremos la vida lo mejor que nos sea posible. Ya sabes que á la fortuna la pintan calva, y si pierdes la ocasion...

—Es usted capaz de dar tentaciones á un santo.

—Como tú no tienes de ángel más que el rostro...

—Te veo,—replicó Juana, haciendo uno de esos mohines que caracterizan á la gente de su clase.

—¿Estamos conformes?

—Que sí.

—Me parece que ahora no te mostrarás tan esquiva, y por de pronto me tratarás con la franqueza que debe haber entre nosotros.

—Mientras estoy con doña Robustiana, es preciso que tengamos prudencia.

—Sí, mucha prudencia; pero...

—Déjame en paz.

—Siento que no te atrevas á tomar una copa.

—Ya lo haré cuando nadie tenga derecho á pedirme cuenta de mi conducta.

—¿Sabes lo que pienso?

—Lo sabré si me lo dices.

—Si Manolo no fuese un estúpido, me agradeceria lo que hago en su favor, puesto que de aquí á un año será rico.

—Para que veas lo que son las cosas. Yo hago un sacrificio para favorecer al pobre Manolo, y si él supiera la verdad, se pondria hecho una fúria.

—Ya te he dicho que es un estúpido.

Así continuaron hablando hasta despues de las nueve.

No habian fijado la atencion en la comedia que se representaba, ni siquiera se habian apercibido de que de vez en cuando resonaban aplausos estrepitosos, con los que el público demostraba su agrado por lo admirablemente bien que los actores trabajaban.

—Ya es muy tarde,—dijo la sirviente.

—Pues no te detengas, que pronto nos veremos otra vez.

—¿Irás esta noche?

—Sí.

—Tambien irá tu novia, y aunque sé que no la quieres...

—¿Tienes celos?

—No, pero...

—Juana mia, deja que ruede la bola, pues al final de la funcion hemos de ser felices, y nos reiremos de todos.

Llamó Eduardo y pagó, agotando todos sus recursos; pero esto no le hacia perder la tranquilidad, porque era uno de esos hombres que tienen un tesoro de esperanzas.

Salieron del café, y junto á la puerta se despidieron cariñosamente y se separaron, tomando en opuestas direcciones.

No habia dado tres pasos Juana, cuando fué detenida por un hombre, que parecia ser un artesano.

Era el llamado Manolo.

—¿Adónde vas por aquí?—preguntó, mientras su entrecejo se arrugaba.

—Pues ya lo ves, voy á mi casa,—respondió ella.

—¿Y de dónde vienes, paloma?—replicó Manolo irónicamente.

Juana, con el fin de tomarse algun tiempo para reflexionar, dijo:

—No vengo del sermón, ya puedes figurártelo.

—Sí, me lo figuro.

—Esta tarde he paseado por la Montaña del Príncipe Pio.

—Mientras yo te esperaba en Chamberí, segun lo convenido.

—Salí tarde, porque la señora me entretuvo, y creí que ya no te encontraria.

—Y despues de la Montaña...

—Viéndolo estás.

—Pero en alguna parte te habrás detenido.

—Detenerme... ¡Pues tiene la señora buen genio para hacerla esperar!

—Juana,—replicó Manolo con tono que algo tenia de amenazador,—tú has creido que puedes burlarte de mí; pero te equivocas.

—¿Y por qué dices eso?

—Demasiado bien lo sabes.

—Mira, si tienes mal humor, puedes romperte la cabeza contra una esquina, pues no es justo que yo lo pague.

—¡Juana!...

—No puedo detenerme.

—Ahora tienes prisa, y cuando estabas en el café...

—¿Y qué?—interrumpió la sirviente, convenciéndose de que ya era inútil negar.—Tú ves visiones.

—¿Con que no sales ahora del café?

—Sí.

—Pues entonces...

—Será menester decírtelo todo.

—No necesito que me digas que has estado en conversacion con ese silbante que va de visita á casa de tu señora.

—Me ofendes, Manolo.

—Yo no hago más que decir lo que ha sucedido.

—Pues bien; he venido á buscar á ese hombre, porque mi señora me lo ha mandado así, para decirle que no falte esta noche, pues no sé lo que sucede con doña Adela, y hay miedo de que el casamiento se desbarate. Ahora,—añadió Juana, como si en realidad fuese la ofendida,—quéjate cuanto quieras, acúsame; pero no vuelvas á mirarme en toda tu vida, porque yo no puedo querer á un hombre que desconfia de mí.

Interrumpióse como si no pudiese hablar, y llevó el pañuelo á los ojos para enjugar sus lágrimas ó aparentar que las enjugaba.

—Adios,—dijo con voz ahogada;—hasta el Valle de Josafat.

Y dió un paso para alejarse.

Manolo la detuvo, diciendo:

—Espera.

—Déjame.

—¿Por qué lloras?

—Por nada, puesto que no tengo motivos para llorar... Déjame, y busca otra que te quiera más que yo, otra que sea más honrada...

—No he puesto en duda tu cariño ni tu honradez...

—¡Despues de tanto tiempo y tantos sacrificios!...

—Que la gente nos mira.

—Pues déjame.

—No creo que he cometido ninguna gran falta; pero tú tienes un genio:...

—Si á tí te ofendiesen, veríamos.

—No hablemos más de este asunto: mis quejas son siempre de cariño... Se acabó... Te acompañaré, si es que mi compañía no te desagrada.

Se limpió Juana los ojos y envolvió á su amante en una mirada ardiente.

Siguieron por la calle de la Magdalena, y entraron en la del Ave-María.

Cuando llegaron á la vivienda de la viuda, estaban los dos amantes reconciliados y se hablaban más cariñosamente que nunca.