Despidiéronse y se separaron.
Ya empiezas á comprender, lector, hasta qué punto era afortunada la sensible Adela; pero su desgracia puede decirse que era obra de ella misma.
Quiso casarse á toda costa con un hombre de cierta clase, y aceptó el primero que se le habia presentado.
Ni la madre ni la hija se cuidaron de averiguar si aquel hombre era lo que parecia.
Era un marido, y con esto tenian bastante.
Todo esto será demasiado desagradable, tal vez horrible; pero desgraciadamente es verdad; pues no lo hemos inventado, sino que nos hemos concretado á referir lo que hemos visto más de una vez.
Las novelas más interesantes se encuentran en la vida real, y basta copiarlas para hacer un libro.
Volvamos á la familia Bonacha.
Con una ansiedad indescriptible aguardaba Paquita carta de Alfredo; pero habia trascurrido una semana, y la carta no llegó.
Durante este tiempo tuvo la jóven motivo para comprender en toda su extension su desgracia.
Esperó otros cuatro dias, y como la situacion era la misma, decidió escribir á su amante.
Hé aquí la carta de Paquita:
«Mi querido Alfredo: Cuento los dias, cuento los minutos.
»¿Por qué no me escribes?
»¿Te ha sobrevenido alguna desgracia?
»¿Te has olvidado de mí?
»No quiero creerlo, porque mi situacion es demasiado horrible.
»Mis presentimientos se han realizado, y bien pronto me será imposible ocultar mi deshonra.
»Respetables intereses deben haberte obligado á salir de Madrid, y esos mismos intereses te detendrán; pero hay algo que vale mucho más que todos esos intereses, más aún que toda tu fortuna, y ese algo es mi honor.
»Preciso es que de todo te desentiendas, de todo te olvides, para acudir á salvar mi honor, que debe ser el tuyo; para poner á cubierto nuestras debilidades y la suerte de una criatura inocente, y que algun dia puede pedirnos cuenta de nuestra conducta.
»No te hablo de mi amor, porque has visto ya que no he reparado en sacrificios, y que para satisfacer hasta tus más leves deseos, he olvidado todos mis deberes y mi propia conveniencia.
»Ha llegado tu vez, y ahora espero de tí las pruebas; ahora estás tú obligado á consumar todos los sacrificios sin vacilaciones.
»No te exijo que olvides el honor ni quiero que eches sobre tu conciencia la carga enorme de graves faltas; sino que, por el contrario, lo que quiero es que cumplas tus promesas, lo cual es honrarse, y que evites que tu conciencia te acuse algun dia.
»El dolor me trastorna.
»Desde que nos separamos, el sueño huye de mis ojos.
»Lloro noche y dia.
»¡Cuánto sufro, Alfredo, cuánto sufro!
»Si no cumples tu deber, ¿qué será de mí?
»Y cuando mi honrado padre conozca la deshonra de su hija, ¿qué le sucederá?
»No podrá el infeliz soportar golpe tan terrible.
»Con todo se ha resignado; lo mismo con la pobreza que con los infinitos sinsabores de la vida. Estaba tranquila su conciencia y esperaba en la eternidad los goces que en este mundo le negaba la fortuna; pero con lo que no se hubiera resignado, con lo que no se resignará, es con la deshonra.
»Somos pobres; pero, no lo dudes, tenemos el sentimiento del honor como los ricos, y quizá más aún, porque es lo único que tenemos.
»Si nos arrebatan el honor, ¿qué nos queda?
»Tú me has arrojado al fondo de un abismo, y tú eres la única persona que puede salvarme.
»Alfredo, salva mi honor y quítame despues la vida.
»No me importa morir; pero que mi padre no conozca la horrible desgracia.
»Toda su vida ha sido un mártir, y ya que no otra cosa, que pueda al ménos morir tranquilamente, que no me maldiga, porque sólo Dios sabe lo que la maldicion de mi padre produciria en mi alma.
»No eres, no puedes ser un miserable depravado: tienes sentimientos generosos, y si no por cariño, por compasion, Alfredo, siquiera por compasion, corre, ven, sálvame, y luego huye de mí, si es que mi presencia te enfada, que yo devoraré en silencio mi dolor y mis amarguras, y no turbaré tu dicha con la importunidad de mis quejas, sino que te dejaré en completa libertad para que goces y seas dichoso.
»No puedo más, Alfredo, no puedo más... Ven y salva á tu víctima infeliz, compadece á mi padre, piensa que tú tambien eres padre, y haz por tu hijo lo que por mí no harias.»
El sentimiento habia sublimado la inteligencia de Paca.
Nadie hubiera esperado semejante carta de la hija de don Pascual; pero el sentimiento, cuando llega á cierto grado, iguala todas las inteligencias.
No habia meditado Paca para escribir.
Las elocuentes frases de su carta se habian escapado de su alma sin que ella misma pudiera apreciar todo su mérito en ningun sentido.
¿Era posible que Alfredo leyese la carta con indiferencia?
¿Era posible que abandonase á la mujer que todo se lo habia sacrificado?
Sí era posible, por más que no lo parezca.
Alfredo tenia que cumplir otro compromiso, que aunque no tan sagrado, era para él de mucha importancia.
Además, parecíale horroroso casarse con Paquita, á quien él mismo, en presencia de sus amigos, habia hecho objeto de las más sangrientas burlas.
No, Saavedra no podia ser esposo de la hija de don Pascual, no podia serlo sin deshonrarse, segun él mismo creia.
Y entre su deshonra y la de aquella infeliz, no era dudosa la eleccion, tratándose de un hombre de sus circunstancias y carácter.
Alfredo debia luchar, debia sufrir; pero al fin triunfaria su vanidad, su amor propio, su orgullo desmedido y su perversion moral.
Debia pensar Alfredo que cuando se casase con Paquita, Clotilde lo miraria con profundo desden, y que en los círculos de lo que se llama gran mundo se aguzaria el ingenio para inventar epígramas.
Lo repetimos, el demonio de la vanidad debia decidir la cuestion.
Una vez escrita la carta, encontróse Paquita con que no sabia cómo dirigirla.
¿Qué hacer para salir de este apuro?
Consultó con su madre, y despues de discurrir largamente, resolvieron ir á la casa de Saavedra para preguntar á los criados del mismo.
Hiciéronlo así.
Nunca lo hubieran hecho, porque fueron recibidas con mucha frialdad, casi con desden, á pesar de que el mayordomo de Alfredo las conocia.
—Ahora,—dijo el criado, que debia estar bien instruido por su señor,—se encuentra el señor don Alfredo en Santander; pero no estará allí más que tres ó cuatro dias, porque asuntos de interés lo llaman á Francia.
Volvieron á su casa la madre y la hija, y aquel mismo dia quedó la carta en el correo.
Otra vez contaron los minutos con angustioso afan; pero el tiempo pasó sin que recibiesen ninguna carta.
Volvieron á ver al mayordomo de Alfredo.
El criado dijo:
—Cuando el señor de Saavedra sale de Madrid no nos escribe sino en caso de absoluta necesidad, porque no cree que está obligado á dar cuenta de sus acciones á su servidumbre.
—¿Pero dónde se encuentra?—preguntó Paquita.
—No lo sabemos con seguridad, aunque suponemos que debe estar en Paris ó en Lóndres.
—¿Y cuándo volverá?
—Tampoco el señor de Saavedra dice eso á sus criados.
Todas las preguntas, observaciones y razonamientos fueron completamente inútiles.
¿Habia recibido Alfredo la carta?
Debia suponerse que sí, pero esto no era más que una suposicion.
Despues de quince dias de mortal angustia, el mayordomo de Alfredo se presentó á las señoras de Bonacha, diciéndoles:
—El señor de Saavedra me escribe desde Lóndres, y me manda entregar esto á ustedes y advertirles que recibió su carta.
Y al mismo tiempo presentó el criado un pliego, que aunque no muy voluminoso, lo era más que una carta cualquiera.
La hija de don Pascual exhaló un grito de alegría.
Por fin Alfredo contestaba, y tal vez se justificaba y aun anunciaba su regreso.
El criado añadió:
—El mismo dia que el señor don Alfredo me escribió, debia salir de Lóndres para Francia y Alemania; de manera, que ignoro dónde se encuentra en estos momentos.
No bien hubo pronunciado estas palabras, salió.
Paquita daba entre sus manos vueltas al pliego, como si tuviese miedo de abrirlo.
Sus manos temblaban convulsivamente.
—Acaba,—le dijo su madre.
La jóven rompió al fin el sobre.
No era una carta lo que este contenia, sino cinco billetes de cuatro mil reales, es decir, mil duros.
La madre dejó escapar una exclamacion de sorpresa.
La hija exhaló un grito desgarrador, y perdió el conocimiento.
No se necesitaban explicaciones.
Alfredo habia tasado en mil duros el honor de la hija de don Pascual, y pagaba la deuda.
Esto no necesita comentarios.
La última esperanza se habia desvanecido.
¡Qué feliz era Adela!
El sacerdote acababa de bendecir la union de la jóven con Eduardo, con el hombre sensible, cariñoso y tierno, con el hombre sublime hasta el último grado de la sublimidad.
Eduardo habia conseguido que le prestasen algun dinero, y pudo presentarse con ropa nueva, llevando su audacia hasta el punto de poner en uno de los ojales de su frac una cruz de Isabel la Católica.
—¿Qué es eso?—le preguntó Adela.
—Una de las condecoraciones que tengo.
—Yo no sabia...
—Ya me conoces,—repuso el tahur,—y sabes que no soy vanidoso.
—Pero si tienes esas distinciones...
—Hago uso de ellas en ciertas solemnidades y nada más, y aun eso, más que para dar importancia á mi persona, para cumplir exigencias sociales, y sobre todo para que se vea que te has casado con un hombre que algo representa en el mundo.
Lo que sintió Adela no puede explicarse.
¡Casada con un hombre que tenia una cruz!
No sospechaba la infeliz que debia ser crucificada.
Se casaron al amanecer, descansaron hasta las once, y á esta hora fueron á almorzar á la fonda del Cisne.
Muchos de sus amigos habian sido convidados, y casi todo el dia se pasó alegremente.
Adela se sentia tan orgullosa, que no se hubiera cambiado por una reina.
La esposa y la hija de Bonacha, aunque invitadas tambien á la fiesta, no asistieron, porque no era posible que Paquita quisiera presenciar la dicha de Adela, ni mucho ménos exponerse á que le preguntáran cuándo se casaba ella.
Ocho dias antes habia recibido la infeliz los mil duros con que le pagaban su honor, y fácil es comprender el estado de su ánimo.
¿Habia aceptado el dinero?
No; pero tuvo que guardarlo, porque al dia siguiente fué á devolverlo al mayordomo, y se encontró con que este habia partido para ir á reunirse á su señor.
Conservó Paquita aquellos billetes para hacer de ellos el uso que exigia su dignidad; pero le era preciso esperar hasta que volviese Alfredo.
No más que una semana trascurrió, despues de haberse casado Adela con Eduardo, cuando una mañana tuvo Juana por conveniente maltratar á Morito.
—¿Qué significa esto?—dijo la viuda con acento colérico.
—Significa,—respondió la sirviente,—que yo estoy aquí para servirla á usted; pero no para aguantar las impertinencias de un gato.
—Pues si no quieres sufrirlas, tendrás que buscar nuevo acomodo.
—Ahora mismo, porque ni un minuto quiero estar en una casa de donde me echen.
—Puedes hacer lo que te parezca mejor.
—Pues déme usted la cuenta, y tal dia hará un año.
Cruzáronse algunas frases más, todas ágrias hasta el último grado de acritud.
Doña Robustiana pagó á su sirviente, y esta se fué.
Aunque ya sabemos lo que significaba su despedida, diremos que el dia anterior habia recibido mil reales de Eduardo y debia irse á vivir con una amiga suya.
El tahur habia satisfecho así todos sus deseos, y se consideraba el hombre más dichoso del mundo.
Empero no bien habian pasado otros cuatro dias cuando sentia la necesidad de nuevas emociones, y se acordó de su antigua vida, suspirando tristemente y pensando que era insoportable la monotonía de su nueva existencia.
Siempre Adela á su lado, siempre su suegra frente á él, y si conseguia dejarlas por espacio de una hora y con cualquiera pretexto, era para ver á Juana.
Juana y Adela debian, por consiguiente, constituir el martirio de Eduardo.
Un hombre como él, no podia vivir así.
Ya era dueño absoluto del dinero de aquellas dos infelices, dueño de una gran parte de la fortuna que poseian.
¿Por qué habia de seguir guardando consideraciones?
Creyó que representaba un mal papel.
Si encontraba á sus amigos, se le burlaban, llamándole esposo manso y otras cosas por el estilo.
Y Adela se mostraba cada dia más exigente para que le guardasen cierta clase de consideraciones, porque ella se habia casado para verse halagada en su amor propio, y no para otra cosa necesitaba un marido.
Por fin, una tarde, despues de haber comido, dijo Eduardo que tenia que hacer, y salió.
Su esposa pensaba haber ido á paseo, luego al café, y por último al teatro ó á la tertulia de doña Robustiana.
—¿Tardarás mucho en volver?—le habia preguntado Adela á su marido.
—No lo sé,—respondió él;—pero haré lo posible para venir pronto.
—Te aguardaré vestida.
—Como quieras.
—Si ya no es hora de ir á paseo, iremos desde luego al café ó al teatro.
Llegó la noche, y Eduardo no habia vuelto.
Adela y su madre se vistieron cubriéndose de adornos, y determinaron pasar la noche en el café.
Pero dieron las nueve y el infiel esposo no se presentaba.
—¡Dios mio!...—exclamó la jóven.—¿Le habrá sucedido alguna desgracia?
Doña Cecilia se contentó con hacer un gesto de disgusto.
A las nueve y media estaba la esposa profundamente abatida, y á las diez se quitó los guantes y las flores y los lazos que adornaban su cabeza.
La madre seguia callada; pero no por prudencia, sino porque queria reunir toda la cantidad de bilis posible, para dejarla escapar de una vez.
A las diez y media perdieron las esperanzas.
Adela cambió su lujoso vestido por una bata, dejóse caer en un sillon y empezó á llorar.
—No tengas cuidado,—le decia entonces su madre,—que ninguna desgracia le habrá sucedido. Luego lo verás entrar bueno y sano, y diciendo que sus negocios no le han permitido volver antes; pero si esto sucede otra vez, la culpa será tuya. Te he dado consejos que no has querido seguir. A los hombres es menester tenerlos muy sujetos, porque si se les deja en libertad abusan. La cabra tira siempre al monte, y tu marido será como todos. Si yo me hubiese descuidado, ¡pobre de mí! pero me mantuve siempre firme, y así conseguí que tu padre anduviese siempre derecho. Si te muestras indulgente, puedes considerarte perdida. Verdad es que aquí estoy yo, que no permitiré que tu marido se burle de tí.
—Tal vez...
—Si le hubiera sucedido una desgracia, ya lo sabríamos.
—Sus quehaceres...
—¿Y qué negocios tiene tu marido? Ningunos, porque no se ocupa más que en comer y en pasear, y la buena vida que lleva te la debe á tí, puesto que tuyo es todo cuanto hay en la casa. No digo que Eduardo no te quiera; pero la verdad es que ha hecho un gran negocio al casarse contigo.
—Piensa que no es ningun descamisado.
—¿Pues qué tiene? Las esperanzas de heredar á su tio, y si éste vive cien años y quiere dejar á otro su fortuna, ni aun eso tendrá. Luego has de pensar que lo del tio gallego es una cosa muy oscura, pues parece natural que se le hubiese dado parte de vuestro casamiento, y que él hubiera contestado poniéndose en relaciones contigo.
Adela suspiró tristemente.
Empezaba á comprender una verdad horrible.
—Tarde ó temprano todo se descubre,—prosiguió diciendo la madre,—y sabe Dios lo que al fin resultará.
Haciendo estos y otros comentarios, siguieron la conversacion.
Ya habian dado las once cuando sonó la campanilla y entró Eduardo, dejándose caer en una silla, limpiándose el sudor que corria por su frente, y diciendo:
—¿Cenamos ya?
Era de ver el semblante de las dos mujeres.
—Yo no quiero cenar,—dijo Adela.
—Yo tampoco,—añadió su madre.
Las dos esperaban explicaciones; pero Eduardo no tuvo por conveniente darlas.
Su silencio las mortificaba horriblemente.
—¿Estás mala?—preguntó el tahur á su esposa.
—Estoy buena.
—Yo tambien, á Dios gracias, muy buena,—dijo doña Cecilia con acento irónico.
—Me alegro.
No era posible que la madre se contuviese más.
Su cólera estalló.
—Ya se conoce,—dijo,—que debias tener mucho cuidado por nuestra salud.
—No habia motivos para abrigar ningun temor.
—Te vas, te paseas, te diviertes, y vuelves á tu casa á la hora de dormir. Y entre tanto, tu mujer se viste, espera, representa un triste papel llorando, porque cree que te ha sucedido alguna desgracia, y cuando vienes no te se ocurre más que pedir la cena.
—Si he venido tarde, ha sido...
—Porque te agradaba estar solo, porque ya te cansas de tu mujer.
Adela dejó escapar un raudal de lágrimas.
—Bien, muy bien,—dijo Eduardo,—no me faltaba más que una escena.
—Caballero,—gritó doña Cecilia con creciente arrebato,—no toleraré que trate usted así á mi hija; y si esto se repite, adoptaré una resolucion enérgica.
Pensó Eduardo que lo mejor era terminar de una vez aquella violenta situacion, y poniéndose en pié, replicó enérgicamente:
—Señora, usted no es mi mujer, usted no es nada para mí...
—¡Que no soy nada!...
—No tiene usted derecho á pedirme cuentas de mi conducta, porque sobre este punto me entenderé con mi esposa.
—Lo que usted quiere es abusar de su inocencia, de su candidez, de su bondad. Ha visto usted que á la pobrecita le falta el valor para hablar fuerte...
—Basta, señora.
—Ahora es preciso que todo quede en claro.
—Pues bien; se empeñan ustedes en ajustarme la cuenta del tiempo que estoy fuera de casa, y les probaré que no soy uno de esos hombres que se dejan dominar.
—¿Y es usted aquel que siempre estaba suspirando?...
—Yo soy bondadoso, pero no débil; estoy dispuesto á ser un marido cariñoso, pero no un Juan Lanas; y si era esto lo que ustedes querian, han podido buscar otro.
—Tenga usted entendido...
—Está usted hiriendo mi dignidad,—gritó Eduardo.
—Usted está pasando buena vida con nuestro dinero...
—El dinero de usted no lo necesito para nada, y puesto que se me trata así, puesto que las ofensas llegan á tal punto, ahora mismo saldré de esta casa para no volver, y ustedes se quedarán con su dinero y yo con mi decencia, que vale mucho más.
Adela se atrevió al fin á tomar parte en la conversacion, porque las amenazas de su marido eran demasiado terribles.
—¡Eduardo, Eduardo, mio!...—exclamó con acento de angustiosa súplica.
Y quiso acercarse á él para abrazarle y hacerle salir de la habitacion.
—Déjame,—replicó bruscamente el tahur.
La madre estaba ciega de ira, y era ya imposible que se contuviese.
—¡Que se irá con su decencia!—exclamó irónicamente.—¡Miren la decencia con el bolsillo vacío!...
—Tienen ustedes mucho dinero,—gritó Eduardo;—pero deben ustedes considerarse honradas á mi lado.
—¡Honradas!...
Y doña Cecilia, que no habia olvidado las costumbres de sus buenos tiempos, apoyó las manos en las caderas y gritó fuera de sí:
—Oiga usted, señor hambriento, es preciso que usted sepa...
—Señora, antes de hablar conmigo es menester que se lave usted para que se le quiten las manchas del carbon de la fragua...
—¡Silbante!...
—¡Cursi!—gritó Eduardo con toda la fuerza dé sus pulmones.
Esta palabra produjo un efecto inconcebible.
Rugió doña Cecilia, y quiso arrojarse sobre el tahur.
Gritó Adela pidiendo socorro, mientras intentaba contener á su madre.
Los criados acudieron, y sujetaron á Eduardo, que juraba y maldecia como si se encontrase en una taberna.
Agitábanse todos, y todos hablaban á la vez.
Cruzábanse los improperios y las palabras más groseras.
La infernal gritería puso en conmocion á todos los vecinos de la casa, y muchos acudieron y llamaron, los unos con el buen fin de prestar socorro, y los otros para averiguar lo que sucedia.
—¡Así se trata á un caballero como yo!—exclamaba Eduardo.
—¡Nos ha llamado cursis!—gritaba fuera de sí doña Cecilia.
—¡Qué escándalo, qué horror!—decia la pobre Adela.
Y los criados suplicaban, y resonaba sin cesar la campanilla, agitada por los vecinos.
Para poner término á tan violenta escena, no quedó más recurso que sacar medio arrastrando á la madre y encerrarla en otra habitacion; y Eduardo, queriendo tambien contribuir á la paz, tomó su sombrero y salió de la casa, jurando que no volveria si no le daban cumplida satisfaccion.
Desmayóse Adela.
Los vecinos invadieron todas las habitaciones.
Fueron en busca de un médico, y eran ya más de las dos de la madrugada cuando la calma se restableció completamente.
Todas las ilusiones de Adela se habian desvanecido.
Su situacion habia cambiado.
Eran las diez de la mañana, y Eduardo no habia vuelto.
Entonces se entabló la discusion entre doña Cecilia y Adela.
Esta lloraba, se desesperaba y acusaba á su madre de cuanto sucedia.
La madre empezaba tambien á arrepentirse de haberse dejado arrebatar por la cólera, porque temia que Eduardo cumpliese su propósito de no volver, en cuyo caso la jóven se quedaria mucho peor que antes de haberse casado.
Pero no queria doña Cecilia dar su brazo á torcer, como suele decirse, y replicó:
—Olvidas que nos ha llamado cursis, y sobre ser esto una ofensa, es una injusticia.
—Antes le llamaste tú hambriento y perdido, y no sé cuántas cosas más.
—Eso no es una razon.
—Tenia que defenderse.
—Y sobre todo, yo dije la verdad, porque hambriento es el que no cuenta con recursos para vivir, y antes de casarse no tenia Eduardo más que la noche y el dia. Acuérdate de la ropa que llevaba, mientras que ahora va vestido como un gran señor. Y entonces no se ocupaba más que en escribir versos para tí, y ahora...
—Pues con decir todo eso he ganado mucho,—dijo Adela.
—Déjalo, que ya volverá como vuelven los gorriones cuando se les corta el pico.
—Tú no conoces á Eduardo.
—Pero ya voy conociéndolo por mi desgracia.
Dieron las once.
Tampoco el marido parecia.
Trascurrieron las horas con horrible lentitud.
Era preciso adoptar una resolucion.
Adela quiso ir á buscar á su marido.
Doña Cecilia no se opuso, porque tenia ya por lo ménos tanto miedo como la hija.
Pero ¿dónde estaba Eduardo?
Hé ahí lo que no podian adivinar.
Despues de mucho discurrir, decidieron ir á pedir consejo á doña Robustiana, porque esta clase de gente, como desconoce la verdadera dignidad; hace público cuanto ha de ponerla en ridículo.
Vistiéronse, y ya iban á salir, cuando se presentó un criado, diciendo que acababa de llegar un hombre que queria verlas.
—No estamos para ver á nadie.
—Asegura que ha de tratar de un asunto de mucho interés, y segun se explica, trae noticias del señorito.
Estas palabras, verdaderamente mágicas entonces, produjeron su efecto.
El hombre en cuestion fué recibido.
Era Manolo.
Adela no sabia quién era aquel hombre; pero le preguntó:
—¿Tiene usted noticias de mi esposo?
El novio de Juana apretó los puños y respondió:
—Por desgracia, sí.
—¡Dios mio!...
—No se asusten ustedes, porque la única persona que pierde en este juego soy yo, y he venido por si les parece bien emplear su influencia y hacer de modo que el asunto se ponga en claro. No digo que haya nada de particular; pero, en fin, cuando á uno se le pone algo entre ceja y ceja... Yo conozco bien que pueden ustedes tener un disgusto; pero no me quedaban más que dos caminos, el de hacer esto ó el de tomar la justicia por mi mano, y han de saber ustedes que aunque soy un hombre muy pacífico, cuando se me sube la sangre á la cabeza cierro los ojos y hago una barbaridad con mucha frescura.
¿Qué queria decir Manolo?
Doña Cecilia y Adela le miraron sorprendidas.
—Si no se explica usted con más claridad...
—Me explicaré.
—¿Qué le ha sucedido á mi esposo?
—A quien le ha sucedido es á mí.
—¿Pero dónde está?
—Con ella.
—¡Con ella!—exclamó Adela, en tanto que su rostro se cubria de mortal palidez.
—¡Con ella!—gritó doña Cecilia, de cuyos ojos se escaparon dos centellas.
—Eso es.
—¿Y quién es ella?
—La Juanita.
—¡Juana!... No sabemos...
—¿Acaso no se acuerdan ustedes de una criada que tuvo doña Robustiana del Peral?
—¡Aquella relamida!
—¡Aquella desvergonzada!
—Poco á poco, señoras...
—¡Aquella bribona!...
—¡Aquella perdida!...
—¡Cuidado con lo que se dice!—interrumpió Manolo, como si amenazase.
—Concluya usted.
—Juana no es desvergonzada, ni bribona, y mucho ménos perdida.
—Eso ya lo veremos.
—Y tanto como se verá, porque han de saber ustedes que yo soy su novio.
—Pues más le valiera á usted haberse muerto,—dijo doña Cecilia.
—Mi desgracia es haberlas conocido á ustedes.
—Si piensa usted desvergonzarse...
—Lo que pienso es decir las cosas claras.
—No se olvide usted de que somos unas señoras.
—¿Y á mí qué?
—¿Dice usted que mi marido está con esa mujer?...
—Sí, pero yo tengo pruebas de la honradez de Juana.
—Nos alegramos mucho.
—Y no es que haya sucedido nada de particular; pero quiero evitar que suceda, porque al fin todos somos débiles en el mundo, y como Juana es bonita, mucho más bonita que todas esas señoras cursis que andan por ahí...
—No pronuncie usted palabras ofensivas.
—A nadie ofendo con decir que Juana es bonita; pero tambien es pobre, y el dinero es mala tentacion, y como hace más de un mes que está sin acomodo...
—Entiendo,—interrumpió doña Cecilia.
—He visto algunas cosas que no me han gustado; pero, en fin, no tenian nada de particular, y anoche sucedió que en la Plaza del Progreso ví á Juana hablando con su marido de usted.
—Esos serán los negocios que lo tenian fuera de casa,—dijo doña Cecilia.—Ya lo estás viendo, Adela; eres tonta, y todo esto sucede porque tú no tienes carácter.
—Mamá, pudo suceder que Eduardo se encontrase por casualidad con esa mujer, y si ella le habló, tuvo que escucharla.
—Así es como Juana se explica,—repuso Manolo,—pues asegura que al ver á don Eduardo le ocurrió encargarle que le proporcionase alguna casa donde servir.
—Ya lo ves, mamá.
—Sí,—dijo irónicamente doña Cecilia;—y luego habrá ido á darle la contestacion.
—Lo que me tiene con cuidado,—añadió Manolo,—es que don Eduardo, segun me ha dicho una vecina ha pasado toda la noche al lado de Juana, y todavía no se ha separado de ella. Fué á buscarla á las doce.
—No necesito más,—gritó fuera de sí doña Cecilia.—Ahora veremos cómo se defiende; ahora veremos si se atreve á llamarnos cursis... Vamos, Adela, vamos, si es que no ha de faltarte el valor.
Coger á Eduardo in fraganti delito, era para doña Cecilia una complacencia sin igual.
Con su encaso entendimiento, no comprendió que hacia un gran mal á su hija y que en beneficio de esta debió buscar razones para justificar la conducta del infiel esposo.
Adela, temblando convulsivamente, púsose en pié.
A toda costa queria salir de dudas, tener la prueba de lo que debia esperar de su esposo.
La infeliz, como todas las que se encuentran en su situacion, no comprendia que por mucho que atormenten las dudas, atormenta doblemente la realidad.
No hay nada tan amargo como los desengaños, y tras un desengaño corria la jóven.
Manolo, por el contrario, se empeñaba en hacerse ilusiones y en creer que Juana lo amaba y era la mujer más honrada del mundo.
¿Podria justificarse Eduardo?
Cuando se separó de su esposa y de su suegra, se fué en busca de Juana, y en la vivienda de esta pasó toda la noche, refiriéndole cuanto habia sucedido y poniéndose con ella de acuerdo para estar prevenidos por lo que pudiera suceder.
—Así me gusta,—dijo Manolo, disponiéndose á salir con las dos mujeres.—Don Eduardo se avergonzará, y con cuatro cosas que le digan ustedes, dejará tranquila á Juana, y yo tambien viviré tranquilo.
No hablaron entonces más.
Veinte minutos despues subian hasta el cuarto piso de una casa de la calle del Salitre.
Adela apenas podia sostenerse.
Doña Cecilia dió algunos golpes en una puerta indicada por Manolo.
—¿Quién es?—se oyó preguntar.
—Abra usted,—respondió la madre.
Y la puerta se abrió, apareciendo Juana.
Dejó esta escapar una exclamacion de sorpresa, y luego dijo:
—¡Ustedes por aquí!
—De seguro no nos esperaria usted, ¿no es verdad? Pues aquí estamos para hacerle á usted saber quiénes somos, y para anonadar al hombre que olvida sus deberes y hasta su decencia, dejando su casa para buscar refugio en este nido de gente perdida.
—¡Jesús!—exclamó Juana con esa entonacion especial de la gente de su clase.—Pues no vienen ustedes poco fuertes.
—Como podemos, ¿lo entiende usted?—replicó doña Cecilia.
Se entreabrieron algunas de las puertas que habia en el pasillo, dejándose ver los rostros de vecinas curiosas, que al oir las voces se asomaban para averiguar lo que sucedia.
Juana, que no se asustaba fácilmente, desplegó una sonrisa burlona, y dijo:
—Supongo que vienen ustedes á buscar á su hombre... Pues aquí está; no se ha perdido, ni le falta ningun pedazo, y por consiguiente pueden ustedes tranquilizarse.
—Desvergonzada.
—Mucho cuidado con lo que se dice, que aunque yo soy una pobre y no gasto seda, ni me pongo nada postizo, tengo muchísima alma para ponerle las peras á cuarto al mismísimo rey en persona, ¿está usted?
—Mamá, vámonos de aquí.
—No se asuste usted, señorita; que yo no me como los niños crudos, y ya que ha venido usted á buscar á su marido, debe usted cogerlo de una oreja y llevárselo, porque á mí no me sirve más que para estorbo; porque ha de saber usted que si yo quisiera más hombres que mi Manolo, los tendria, porque puedo y porque sí. Y no hay que tentarme mucho la ropa, pues si la sangre se me calienta... En fin, más vale callar.
—Sí,—replicó doña Cecilia;—mejor es que calle usted, pues si se olvida de que habla con unas señoras...
—¡Vaya un señorío!... Ustedes sí que se han olvidado de la fragua donde hicieron el dinero con que se dan tanto tono, y ahora...
—Que le arrancaré la lengua.
—¡A mí!... ¡Pues no faltaba más sino que yo dejara que me pusiesen las manos encima unas silbantonas cursis como ustedes!
Montó en cólera doña Cecilia, y como Manolo, en un rincon del pasillo, permanecia inmóvil y silencioso, Dios sabe lo que hubiera sucedido á no adoptar Eduardo la determinacion de presentarse.
Las vecinas salieron para divertirse con aquel espectáculo.
Adela se ponia alternativamente pálida y colorada.
Eduardo, grave y severamente, dijo á su esposa y á su suegra:
—A esto se exponen ustedes, y ahora pueden blasonar de señoras. Si estoy aquí, es porque en alguna parte habia de pasar la noche. Y aquí estaré el tiempo que necesite para buscar casa, puesto que ya les dije...
—¡Eduardo!—exclamó Adela con angustioso tono, cogiendo las manos del truhan.
—Aparta... Me habeis puesto en ridículo, y para un hombre de mi clase el ridículo es peor que la muerte. ¿Quién habia de creerlo de tí? Siempre tan delicada, tan sublime...
—No es mia la culpa; pero mamá...
—Eso es,—gritó fuera de sí doña Cecilia,—ahora yo tendré la culpa de todo, y vosotros hareis las paces y me mirareis como se mira á un enemigo... Bien, muy bien... He querido defenderte, hija mia, y el pago que me das...
—Ven, Eduardo mio, ven...
—No.
—Yo te juro no hacer caso de mamá.
—¿Qué estás diciendo, hija desnaturalizada?
—Reconozco,—añadió Adela,—que he cometido una falta y que he sido demasiado exigente; pero no volverá á suceder, te lo prometo, lo juro por nuestro amor.
Eduardo fingió que empezaba á sentirse conmovido.
Algunas lágrimas de Adela pusieron término á las aparentes vacilaciones del tahur.
—Por una sola vez, te perdono,—dijo.
Las explicaciones que habia dado le parecieron muy satisfactorias á la jóven.
Esta, su esposo y doña Cecilia salieron de la casa, con gran sentimiento de las vecinas, á quienes pareció poco animada la escena que acababa de tener lugar.
Manolo, turbado y confuso, pidió perdon á Juana, y esta lo reconvino con la mayor dureza, diciéndole que si no se curaba de aquellos celos estúpidos, le volveria la espalda para siempre.
Manolo prometió aprobar todo lo que hiciese Juana, y una y otra vez reconoció que merecia el más duro castigo.
Entre Adela y Eduardo quedó restablecida la paz; pero él supo sacar partido de la situacion, y desde aquel dia cambió de conducta, saliendo cuando bien le parecia, volviendo á su casa cuando se le antojaba, y faltando algunos dias á la hora de comer.
Todas las situaciones se aceptan cuando no hay otro remedio, y Adela aceptó la suya.
Ya no podia ser feliz.
Quedábase muchos dias sin ir á paseo, y concluyó por ir con su madre como antes de haberse casado.
Por la noche, si no iban al teatro, concurrian á la tertulia de doña Robustiana, y allí iba, aunque no siempre, á buscarlas Eduardo.
Cuando pasó un mes, empezó el marido á recogerse á la madrugada.
Adela no se atrevió á quejarse.
Debia ser madre muy pronto, y esta era una razon más para que la infeliz jóven guardase silencio.
Aun no podia conocer su desgracia en toda su horrible extension.
La mayor parte de la fortuna de las dos mujeres estaba representada por títulos de la deuda del Estado.
Tenian además una casa en Madrid, que les producia unos quince mil reales de renta.
Los títulos habian sido torpe y cándidamente entregados al tahur, para que este se cuidara de cobrar los intereses.
Si Adela hubiese sido más sagaz, habríase apercibido de que su esposo empezaba á estar muy preocupado, que comia poco, que se dejaba arrebatar por la cólera muy fácilmente y que con frecuencia se quejaba de dolor ó incomodidad en el estómago.
¿Qué significaba todo esto?
Significaba simple y sencillamente, que los títulos de la deuda iban pasando á otras manos, y su valor iba quedando sobre el tapete verde en los garitos.
Antes de un año no quedaria de aquella fortuna más que la casa, y esta se venderia tambien; es decir, que la miseria amenazaba á las dos infelices, y que cuando reconociesen sus errores, seria demasiado tarde para remediar la desgracia.
Eduardo nada habia perdido, pues ni aun su hijo le haria sufrir, porque hay que tener presente que en esta clase de hombres el vértigo de sus vicios ahoga todos los sentimientos delicados, hasta el sentimiento del amor paternal.
Dejaremos á esta familia, para ocuparnos otra vez de la de Bonacha.
Habia principiado el mes de Octubre, y Alfredo no volvia, ni nadie tenia noticias de su paradero.
Cada dia que pasaba era, por consiguiente, más crítica la situacion de la desgraciada hija de don Pascual.
Bien pronto le seria imposible ocultar su falta á los ojos del mundo, y mucho ménos á los de su padre, que por torpe que fuese era padre al fin, y debia penetrar con la mirada mucho más que el mundo.
Para la madre no era ya un secreto aquella espantosa desgracia, y por consiguiente habia empezado á expiar sus debilidades y á sufrir las consecuencias de sus necedades y extravíos.
La mayor parte de la responsabilidad debia caer sobre ella por no haber sabido evitar que su hija se perdiese, y aunque don Pascual era un hombre demasiado bueno, demasiado indulgente y tímido hasta la exageracion, su esposa temblaba.
Nunca le habia tenido miedo á su marido, y entonces se sentia poseida de terror.
Este cambio consistia en que su conciencia la acusaba, y cuando la conciencia no está tranquila, el más valeroso se vuelve cobarde, y tiembla y se aturde el que ha dado pruebas de más serenidad.
La madre y la hija pasaban el dia conferenciando y buscando medios para salir del apuro; pero cavilaban inútilmente.
Sin Alfredo nada podian hacer, y este no volvia, y ni siquiera se comprometia escribiendo una carta.
El miserable debia tener bien meditado su plan, y no podia dudarse en cuanto á sus intenciones desde el primer momento en que fijó la atencion en Paquita.
Ya lo hemos dicho: desgraciadamente referimos una historia que es algo más que verosímil, puesto que es verdad.
En los momentos de suprema angustia se trastorna la cabeza más firme, se cometen todas las torpezas, se hace todo lo que es inconveniente, resultando que la situacion se agrava.
Los que sienten demasiado no piensan como los que están en completa calma, ó lo que es igual, cuando el sentimiento se excita hasta cierto grado, cambian las ideas, porque todo se ve á través de un prisma que con frecuencia nos engaña.
La criatura es propensa á creer que todo el mundo ha de tomar en consideracion sus sufrimientos, ó que estos son de más importancia que los que agobian á los demás, y de aquí resulta muchas veces el desengaño ó el desencanto cuando se ve que el mundo escucha con fria indiferencia el relato de aquellos dolores.
La esposa y la hija de Bonacha debian extraviarse en este sentido, y debian sufrir nuevos y terribles golpes que acrecentasen su martirio.
Creyeron que ante todo debian averiguar á toda costa dónde se encontraba Alfredo, para escribirle amenazándole con el escándalo.
¿Quién podia darles la noticia que deseaban?
Nadie mejor que el conde de Romeral, y hé aquí cómo Juanito podia prestar un gran servicio á la familia Bonacha.
—Aunque Juanito lo sepa,—dijo la hija,—lo ocultará, porque como se ha empeñado en que yo me case con él, no le conviene que continúen mis relaciones con Alfredo.
—Todo puede arreglarse.
—Esto no.
—Me ocurre una buena idea.
—¿En qué consiste?
—Acudiremos á doña Robustiana, y ella se encargará de obligar á Juanito á decir cuanto sepa.
—Pero cuando doña Robustiana vea nuestro empeño, sospechará lo que no es menester que sospeche.
—¿Y por qué ha de sospecharlo?
—Porque á cualquiera le ocurre que cuando una mujer persigue á un hombre con tanto empeño y tenacidad, es porque hay algo que la liga á aquel hombre, y ese algo no puede ser más que una cosa, no puede ser más que mi situacion horrible.
—Pues, hija mia, el que no se embarca no pasa el mar, y algo es preciso exponerse á perder, si ha de ganarse algo.
—Me horroriza la idea de que mi secreto...
—Piensa que doña Robustiana tiene buen corazon, y aunque ella sepa la verdad, no hay miedo de que á nadie se la diga.
—No me atrevo.
—Iré yo sola y le diré que tú no sabes que doy semejante paso, sino que es cosa mia, porque te veo sufrir mucho y quiero hacer lo posible para devolverte la calma.
—Siendo así...
—Hoy mismo iré.
Paquita suspiró y guardó silencio.
¡Cuánto hubiera dado por poder borrar de su memoria aquellos dias deliciosos que pasó en la casa de campo!
La esposa de don Pascual fué á ver á la viuda.
—¿Y Paquita,—preguntó doña Robustiana,—está enferma?
—No, aunque le sobran motivos para estarlo.
—Supongo que alude usted...
—Sí, á ese perjuro que ha hecho creer á mi hija que la adora y le vuelve repentinamente la espalda.
—Les hice á ustedes la advertencia...
—Ya era tarde, porque mi pobre hija se habia enamorado.
—¿Y no escribe?
—Ni se sabe dónde está.
—Pues ya es cosa de que den ustedes por terminadas esas relaciones.
—Por terminadas las da Paquita, y jura que no perdonará al que la ha engañado, aunque ahora volviese arrepentido; pero como al mismo tiempo sufre mucho y yo soy su madre, quiero hacer todo lo posible para evitar que mi pobre hija pierda la salud. Se pasa las noches enteras sin dormir, apenas come, llora sin cesar y no sabe hablar sino de la muerte. Le aseguro á usted, doña Robustiana, que estoy pasando lo que no ha pasado ninguna criatura, y á todo esto, tengo tambien el tormento de mi marido, que no hace más que decir que la culpa es mia, porque consentí esos amores, y para que nada falte á mi desesperacion, se ha empeñado en hacer renuncia del empleo, diciendo que no quiere deber nada al que ha engañado á su hija.
—Nada de eso me sorprende, porque don Pascual es muy severo, muy delicado, y no transige con cierta clase de cosas.
—Y en este apuro y no sabiendo qué hacer, acudo á usted sin que Paquita lo sepa.
—Si á costa de cualquier sacrificio me es posible remediar su desgracia, ya pueden ustedes considerarse dichosas.
—Hasta hoy me he concretado á ver, oir y callar; pero ya estoy decidida á tomar parte en este asunto, y quiero escribir á ese hombre por si consigo más que mi hija.
—Pero si no saben ustedes dónde se encuentra...
—En eso precisamente consiste el favor que usted puede hacerme.
—No comprendo bien...
—Voy á explicarme.
—Sí, sepamos.
—No es posible que el conde de Romeral ignore dónde se encuentra el que, sobre ser su amigo íntimo, ha de casarse con su hija.
—Empiezo á entender.
—Y si el conde lo sabe...
—Debe saberlo Juanito, ¿no es verdad?
—Eso he querido decir.
—Y usted desea que yo...
—Le pregunte á Juanito como mejor le parezca; porque si nosotras lo hacemos...
—La comision es delicada.
—Tiene usted con Juanito mucha influencia.
—Me respeta bastante, no lo niego.
—Entonces...
—Intentaré dejarlas á ustedes complacidas, y abrigo la esperanza de conseguirlo así.
Doña Robustiana, dando una prueba de delicadeza y de nobles sentimientos, no hizo ninguna pregunta ni alusion que pudiera mortificar á la esposa de Bonacha.
Despidióse esta, y se fué tan satisfecha como podia estarlo en su situacion.
—¡Pobre Paquita!—murmuró la viuda.
Habia adivinado la verdad, porque no era difícil adivinarla.
Aquella misma noche fué Juanito algo más temprano que de costumbre, y así pudo la viuda desempeñar con más libertad su comision.
—Amigo mio,—dijo doña Robustiana,—preciso es que me dé usted otra prueba de franqueza y de generosidad.
—Dispuesto estoy.
—Acuérdese usted que tengo ya su palabra.
—Y la cumpliré.
—Quiero saber cómo puede dirigirse una carta á don Alfredo de Saavedra.
Palideció Juanito y quedó, silencioso por algunos minutos.
Le era muy fácil mentir sin que la mentira se descubriese; pero no quiso hacerlo, aunque ignoramos si al decidirse á decir la verdad lo hacia para cumplir su palabra ó con dañada intencion.
—Señora,—contestó al fin,—aunque nadie me obliga, seré franco.
—No espero otra cosa de usted,—dijo doña Robustiana.
—Don Alfredo de Saavedra está en Lóndres.
—¿Pero cómo debe dirigírsele una carta?
Por toda contestacion sacó Juanito su cartera, y con el lápiz escribió algunas líneas.
Luego arrancó la hoja, se la presentó á la viuda, y le dijo:
—Esas son las señas exactas, y si se le escribe y no contesta, la culpa no es mia.
—Gracias.
—He cumplido mi deber.
—Su generosidad tendrá algun dia la recompensa que merece.
Juanito desplegó una sonrisa amarga.
—Me parece,—añadió la viuda,—que la hija de don Pascual ódia ya á don Alfredo de Saavedra.
—¿Y por qué se afana tanto por él?
—Esto es ya una cuestion de amor propio.
—Cuestion que le costará muchos disgustos.
—Así lo creo; pero cuanto más duro sea el desengaño, más probabilidades hay de que usted, sea correspondido.
—El tiempo lo dirá.
Se presentaron otros amigos, y la conversacion fué interrumpida.
A las once de la siguiente mañana volvió la esposa de don Pascual á ver á su amiga, y esta le entregó el papel donde estaban las señas.
Sin perder tiempo escribió Paquita, suplicando, amenazando, evocando recuerdos y pintando con los más vivos colores su dolor y su desesperacion.
Esta última carta era mucho más elocuente que la que ya hemos dado á conocer.
La llevaron al correo y la certificaron, para que así no les quedase duda de que Alfredo la habria recibido.
Otra vez contaron los dias con una ansiedad inconcebible.
Apenas salian de casa.
El honrado don Pascual continuaba triste y meditabundo, y de vez en cuando hablaba de su propósito de dejar el empleo que debia al que habia engañado á su pobre hija.
¿Qué resultado produciria esta carta?
Suponemos que el mismo que las anteriores, pues desde que Alfredo dió los mil duros debieron desvanecerse todas las esperanzas de Paquita.