Pasaron quince dias, que era mucho más tiempo del que se necesitaba para que Alfredo recibiese la carta y contestase; pero ni habia contestado, ni la situacion habia cambiado tampoco, y antes de adoptar una nueva resolucion, la madre y la hija creyeron conveniente ir á la administracion de correos.
Esperaban que les entregasen firmado por Alfredo el sobre de la carta; pero su sorpresa fué la más profunda cuando les presentaron la carta misma intacta y con una nota en que se decia que se devolvia á su procedencia, porque no habia querido recibirla la persona á quien se habia dirigido.
Las dos mujeres miraron al empleado como si no entendieran lo que este decia, y no acertaron á pronunciar una palabra.
—Les explicaré á ustedes lo que esto significa,—dijo el empleado.—Cualquiera persona está en su derecho de no recibir las cartas que se le dirigen, y cuando así sucede, se hace lo que está usted viendo. Ya sea porque al reconocer la letra del sobre haya comprendido que no le convenia, ó por otra razon cualquiera, ello es que la persona á quien va dirigida la carta se ha negado á recibirla, y aquí la tiene usted, y puede llevársela, entregándome el recibo del certificado.
Tampoco entonces acertaron á responder las infelices.
—¿Me han comprendido ustedes?
—Si,—dijo al fin la esposa de Bonacha.
—Pues me quedo con el recibo, y aquí está la carta.
Lo que Paca sentia, no puede hacerse comprender.
Como un autómata que obedece á sus resortes, tomó la carta y la guardó en el bolsillo.
Salieron de la administracion.
La desdichada jóven no hubiera podido decir dónde sé encontraba.
Apenas podia sostenerse, todo lo veia confuso y vago.
Apoyándose en un brazo de su madre, pudo seguir hasta la calle de Atocha; pero allí se detuvo, diciendo:
—No puedo más.
—¿Te has puesto mala?
—No; pero... entremos en un coche.
Lo que sufria podia verse en su rostro, cadavéricamente pálido y desfigurado.
No pudo entonces derramar una sola lágrima.
Cuando estuvo en su casa, se sentó, inclinó la cabeza sobre el pecho, y quedó inmóvil como una estatua.
La madre fué y vino, gritando sin cesar, amenazando y haciendo comentarios sobre su situacion.
Esto no era más que un desahogo, pero no un remedio.
Así pasó casi todo el dia.
Indudablemente Alfredo habia reconocido la letra, y para evitarse disgustos no quiso recibir la carta.
Verdad es que si la hubiera recibido habria sido completamente igual el resultado.
Lo que el tiempo vale, lo mucho que puede, lo sabia muy bien Saavedra, y tenia la seguridad de que con el tiempo la desdichada jóven acabaria de perder la poca fuerza moral que le quedaba, y que se resignaria.
Debia la infeliz encontrarse en más de un apuro que la obligase á gastar el dinero que hasta entonces no habia querido tocar, cuando esto hiciese debia renunciar á todas sus aspiraciones.
Uno de los medios que hay para que las personas se aburran y se desalienten, es dejar que el tiempo pase, y en fuerza de tiempo debia Paquita desalentarse, porque hacia demasiado uso de sus fuerzas, y por lo mismo estas debian concluir más pronto.
Empero todavía no se habia resignado; todavía le quedaban alientos para luchar, y lo único que le faltaba eran los medios.
Pensó si debia arrostrarlo todo, dar á conocer su desgracia á su padre y emplear los mil duros en hacer un viaje en busca de Alfredo; pero esto presentaba el inconveniente de que el seductor iba de un punto á otro sin cesar, y antes de encontrarlo podia haberse concluido el dinero.
Además, hubiera sido preciso dar un escándalo, confesar claramente la deshonra, porque un viaje como este no podia justificarse de otro modo.
¿No era Clotilde el obstáculo?
Pues si Clotilde rechazaba enérgicamente á Saavedra, debia ser más fácil conseguir que este se casase con Paquita.
No ideaba la jóven más que locuras.
Ya lo hemos dicho: se encontraba en ese estado de trastorno en que el juicio se pervierte.
Conferenció con su madre, y al fin decidió hacer el último esfuerzo.
Llegó el dia siguiente.
La madre y la hija salieron á las dos de la tarde de su casa, tomaron un coche, y fueron á la suntuosa morada del conde de Romeral.
Habíase puesto Paquita su mejor ropa, habíase adornado con el más cuidadoso esmero.
Esto era una torpeza, como otras muchas que habia cometido.
Si Clotilde era bella y elegante, Paquita no queria aparecer ménos seductora.
No pensó que en sus adornos estaba el sello de su modesta clase, y que, más que otra cosa, debia ponerse en ridículo.
Entró en la morada del conde, quedando en el coche la esposa de don Pascual.
Hé ahí otra torpeza.
La hija quiso evitar que su madre se dejase arrebatar por la cólera, y no pensó que debia formarse de su decoro una triste idea al presentarse sola, y con el fin que se presentaba.
Encontró muchos inconvenientes en los criados, porque era más difícil ver á Clotilde que á su padre; pero ella encareció tanto la importancia del asunto que la llevaba, que al fin uno de los sirvientes le dijo:
—Espere usted, y veremos.
Sentóse Paquita en una antesala.
A los pocos minutos se presentó una mujer jóven y bella, y bastante bien vestida.
Creyó la hija de don Pascual que aquella era Clotilde, y se puso en pié y saludó; pero era una doncella, que despues de contestar al saludo, preguntó:
—¿Cómo se llama usted?
—Soy la hija de don Pascual Bonacha.
—Mi señorita no tiene costumbre de recibir á nadie, porque como puede usted comprender...
—¡Su señorita!
—Eso he dicho.
Paquita conoció su error, quedándose avergonzada.
La doncella prosiguió diciendo:
—Pero tanto han encarecido el asunto que á usted la trae...
—Sí, es de mucha importancia, de mucha gravedad, y no creo que su señorita de usted se arrepienta de haberme recibido.
—La verá usted.
Desapareció la sirviente.
Paquita volvió á sentarse.
Trascurrieron cinco minutos, que fueron para ella cinco siglos.
Levantóse una cortina, y Clotilde se presentó vestida sencillamente y sin ningun adorno.
Su doncella la siguió, y se quedó junto á la puerta en actitud respetuosa.
La hija del conde atravesó la antesala, saludó con un movimiento de cabeza á la víctima de Alfredo, y le preguntó:
—¿En qué puedo complacerla á usted?
Lo primero que á Paquita le ocurrió pensar, fué que Clotilde era excesivamente hermosa.
Los celos la atormentaron horriblemente, y tambien se sintió trastornada, porque empezó á comprender que le seria imposible entrar en cierta clase de explicaciones, ni mucho ménos entablar una discusion en aquella antesala en presencia de la sirviente y cuando la actitud de Clotilde era una cortés despedida.
Sin embargo, ya no podia retroceder, y haciendo sobrehumanos esfuerzos para recobrar la calma y dominar su trastorno, dijo:
—Debo suponer que no le es á usted desconocido mi nombre.
—No.
—Pues bien; en la situacion en que me encuentro se hace preciso...
—Señorita,—interrumpió Clotilde,—le evitaré á usted la molestia de explicarse.
—Es que...
—No ignoro que tiene usted, ó ha tenido, relaciones de cierta clase con Alfredo de Saavedra; pero cualquiera que sea el estado de esas relaciones, le advertiré dos cosas: primera, que mi decoro no me permite escuchar el relato de historias ó sucesos de esa clase; y segunda, que hace ya algunos meses que devolví á Saavedra su más completa libertad, no habiendo entre él y yo más relaciones que las de una buena amistad. De todo esto puede usted deducir que no tengo interés alguno en los amores de Saavedra, y que no puedo influir en ningun sentido para que adopte tal ó cual resolucion. Si es que Saavedra le ha vuelto á usted la espalda, lo siento; pero la culpa no es mia, y sobre todo, como nada puedo hacer en favor de usted, no quiero saberlo.
—A pesar de esas razones...
—Repito que hablarme á mí de ese asunto es como hablar á otra persona cualquiera, y perdóneme usted que no la escuche más, porque ya le he dicho que mi decoro me lo prohibe.
Y no bien hubo pronunciado la hija del conde estas palabras, se inclinó y se dirigió á la puerta, mientras la sirviente levantaba la cortina.
Paquita quedó anonadada.
La vergüenza la hizo enrojecer.
La ira produjo en ella el más profundo trastorno.
Clotilde atravesó el umbral, y cayó la cortina.
La doncella quedó inmóvil.
La desdichada hija de don Pascual se oprimió el pecho.
Dejó escapar un grito desgarrador.
Sintió que repentinamente renacian sus fuerzas.
Quiso seguir á la hija del conde pero la sirviente se lo estorbó, y le dijo:
—Tranquilícese usted, señorita... Ya veo que sufre usted mucho; pero debe usted considerar que la culpa no es de nadie más que de don Alfredo. Todos los hombres son lo mismo, y si quisiera usted tomar mi consejo, no le pesaria: engañe usted al primero que se la presente, y así se vengará sin que le remuerda la conciencia por aquello de que paguen justos por pecadores, pues repito que todos ellos son iguales y merecen la misma pena. Cuando se tranquilice usted y reflexione, se convencerá de que usted hubiera hecho lo mismo que mi señorita.
Por fin el llanto corrió por las mejillas de Paquita.
—¿Viene usted sola?—preguntó la doncella.
—No.
—Me alegro, porque está usted muy agitada... la acompañaré hasta la puerta.
Paquita siguió maquinalmente á la criada, entrando en el coche y dejándose caer pesadamente.
El vehículo se puso en movimiento.
Entre tanto, la hija del conde se preguntaba:
—¿Cómo esta mujer se atreve á dar este paso?
Y luego pensó que por Juanito le seria posible obtener explicaciones y hacerse bien cargo de su situacion.
Ya sabemos que Juanito no podia descubrir el terrible secreto, porque lo ignoraba y ni siquiera lo sospechaba.
Sin embargo, Clotilde podia hacer algunas deducciones, y adivinar lo que no se le decia claramente.
Por de pronto, tenia ya una prueba de que Alfredo habia abandonado á la hija de don Pascual, y esto halagaba el amor propio de Clotilde y facilitaba una reconciliacion con su antiguo amante.
¿Cómo habia de suponer Paquita que iba á favorecer á su rival?
Y así lo habia hecho.
Y lo peor de todo era que contra su voluntad, y poco á poco, iba ella misma publicando su deshonra.
Cuando la madre y la hija estuvieron en su casa, exclamaron:
—¡Ya no hay esperanza!
No so equivocaban: Alfredo no se casaria con la hija de don Pascual.
La infeliz jóven habia hecho el último esfuerzo.
Ya le era forzoso resignarse.
En vez de emplear el tiempo en lo que no habia de producirle ningun buen resultado, debia invertirlo en poner á cubierto su honor en cuanto era posible que lo pusiese.
Le convenia salir de Madrid; pero esto presentaba muchas dificultades: su padre y el dinero.
En cuanto á lo segundo, ¿por qué no habian de hacer uso de los veinte mil reales?
Si de todas maneras no habian de conseguir otra cosa de Alfredo, al ménos con aquella cantidad podian más fácilmente poner en práctica cualquiera resolucion.
Pensaba la madre que tan deshonrada quedaba su hija tomando los mil duros como devolviéndolos.
No hay que decir que esto era un error.
Paquita mostró algunos escrúpulos; pero al fin se convenció.
Veinte mil reales son tentadores para los que de la verdadera dignidad no conocen más que el nombre.
Otra idea le ocurrió á la esposa de don Pascual.
—Me parece,—dijo,—que debes tomar al pié de la letra el consejo que te dió la doncella de tu rival. Los hombres todos son iguales, y ninguno merece compasion. Salgamos ahora de este apuro, y que luego Juanito pague lo que hizo Alfredo.
—Pero eso...
—Tú has sido demasiado crédula, has sido tonta y han abusado de tu buena fe, lo cual prueba que para los crédulos no hay compasion. ¿Por qué has de tener escrúpulos cuando no los han tenido para engañarte? Además, engañando á Juanito lo harás dichoso, porque te ama, mientras que al engañarte á tí te han hecho sufrir mucho. Y para que no te quede duda de que todos los hombres son iguales, piensa lo que le ha sucedido á la pobre Adela, que se casó con un hombre que parecia un santo, que no tenia que comer, mientras que ella es rica, y antes de un mes ya enseñó las uñas, y hoy lo tienes hecho un perdido, sin hacer caso de su pobre mujer y gastando el dinero de ella en divertirse y en obsequiar á otras.
—Todo eso está bien; pero papá...
—Descuida, que á tu padre tambien le haremos ver lo negro blanco.
—Es imposible.
—Para esto nos ayudará tambien doña Robustiana.
—No sé cómo.
—Tengo mi plan, y triunfaremos.
Doña Robustiana debia dar una prueba más de su buen corazon y de su ingenio, y sobre todo era preciso que se cumpliera su propósito de ser ella la que casase á Paquita.
Preciso era ya confesarle claramente lo que habia sucedido á consecuencia de los amores de Alfredo, y la esposa de don Pascual dijo un dia:
—Pecho al agua.
Y sin más ni más fué á ver á la viuda.
Como era consiguiente, la conversacion recayó sobre la conducta de Alfredo de Saavedra, y cuando doña Robustiana dijo que nada de lo sucedido le sorprendia, exclamó la madre de Paquita:
—¡Ay!... pues no lo sabe usted todo; pero es usted nuestra mejor amiga, y ya no queremos ocultarle la verdad...
Interrumpióse, empezando á llorar.
Suspiró tristemente la viuda, y dijo:
—He adivinado lo que ustedes ocultaban, y por consiguiente no se mortifique usted en decírmelo. La desgracia es horrible; pero como ya no tiene remedio, lo que debe hacerse es ver cómo se repara. Nadie está libre de un momento de debilidad, y Paquita es digna de compasion más que de castigo.
—La pobrecita, tan inocente, tan crédula... ¡hija de mi alma!
De crédula ni de inocente habia tenido nada Paquita, y la causa de su perdicion habian sido sus necedades.
—Pues veamos,—repuso la viuda,—en qué puedo yo ayudarles á ustedes, pues aún quedan muchos recursos para evitar que la falta sea conocida.
—Nos ha ocurrido que un viaje seria lo mejor, y aunque puede justificarse para el mundo con la falta de salud, las dificultades son en cuanto á mi marido...
—Y que les seria á ustedes preciso estar por lo ménos tres ó cuatro meses fuera de Madrid.
—A Dios gracias, contamos con recursos bastantes en estos momentos.
—No es poco, pues con el dinero todo se consigue.
—Tambien mi marido es crédulo, y representando nosotras bien el papel, creo que todo se conseguiria.
—Déjeme usted reflexionar.
Guardó silencio y meditó la viuda.
—Hé aquí mi plan,—dijo despues de algunos minutos.
—Veremos si le ha ocurrido á usted lo mismo que á mí.
—Paquita se ha desmejorado bastante.
—Como que apenas duerme ni come.
—Desde hoy debe quejarse á todas horas, ya de dolores de cabeza, ya de malestar, y cuando pasen algunos dias se levantará tarde, se acostará temprano, y no querrá salir, asegurando que le faltan las fuerzas.
—Muy bien.
—Entre tanto, yo hablaré á todos los amigos del triste estado de Paquita, y diré que me parece que tiene mala enfermedad y que temo que se desenvuelva una tísis, lo cual á nadie debe sorprender, porque Paquita es de pocas carnes y de organizacion débil, y ya sabe usted que los que están robustos no creen que pueden vivir los que están flacos.
—Prosiga usted.
—Irán todos los amigos á visitar á Paquita, y la encontrarán pálida y ojerosa. Ella tendrá buen cuidado de estar siempre mal vestida y despeinada, porque los enfermos no tienen ganas de adornarse.
—Tiene usted mucho talento, doña Robustiana.
—Suspirará tristemente, hablará muy poco y de vez en cuando toserá, que yo le aseguro á usted que apenas la hayan oido toser, han de darla por muerta.
—No se equivoca usted.
—Don Pascual querrá que á su hija la vea un médico; pero ella se resistirá, y yo entre tanto habré ponderado el talento y la ciencia de cierto médico que ha hecho prodigiosas curaciones de esa clase de enfermedades.
—¿Y ese médico?...
—Es persona de mi más completa confianza, y además debe usted tener entendido que cuando se trata de estos asuntos, no hay médico que no sea honrado y reservado, siquiera por egoismo.
—Tiene usted razon.
—Desde el momento en que amenace un peligro á Paquita, Juanito, que la ama, la adorará, y aquí está el punto grave de la cuestion.
—Juanito es bueno.
—El médico asegurará que su hija de usted no puede salvarse si no pasa los rigores del frio en un clima más templado, como el de Valencia ó Andalucía, y es imposible que don Pascual se oponga al viaje.
—¿Y si intenta pedir una licencia para acompañarnos?
—La licencia no han de dársela para tanto tiempo como ustedes han de estar fuera de Madrid.
—Capaz es de dejar el destino.
—No lo dejará, porque es el único recurso con que cuenta para atender á la curacion de su hija.
—¿Y dice usted que Juanito?...
—Convencido de que ya Paquita no ama á don Alfredo de Saavedra, hará su declaracion formal.
—Y se escribirán...
—Y cuando Paquita salga de su apuro y vuelva á Madrid saludable y alegre...
—Comprendo, comprendo.
—Pues si le parece á usted bien...
—Sí, sí.
—Manos á la obra, que Dios nos protegerá.
—Hoy mismo empezaremos.
La esposa de don Pascual y doña Robustiana se abrazaron y se dirigieron las palabras más cariñosas.
Aquel mismo dia, cuando don Pascual volvió á su casa, se encontró acostada á su hija.
—¿Qué es esto?—preguntó.
—Me duele mucho la cabeza; pero no es nada de cuidado,—respondió la jóven.
Hizo Bonacha un gesto de disgusto, y guardó silencio.
Paquita apenas tomó alimento, asegurando que la comida le repugnaba.
Cuando llegó la noche, la viuda habló á sus tertulianos de la enfermedad de Paquita.
Esta supo representar admirablemente su papel.
Fueron á visitarla sus amigos, y antes de una semana todos decian que la jóven no podia vivir.
Don Pascual se concretaba á preguntar á su hija si se sentia mejor; pero ni siquiera nombró á los médicos.
¿Cómo se explicaba esto en un hombre tan cariñoso, y que siempre habia llevado hasta la exageracion los cuidados por su hija?
Era inexplicable su conducta.
Otra semana pasó, y como don Pascual no parecia dispuesto á cambiar de sistema, su mujer le dijo:
—¿En qué piensas?
—En trabajar lo mismo que siempre,—respondió Bonacha.
—Nuestra pobre hija está cada dia peor.
—Ya lo veo.
—¡Y lo dices con esa calma!...
—Sufro y me resigno, porque Dios lo manda así.
—Pero resignarse no es abandonarse.
—¿Y qué quieres decir?—replicó don Pascual, mientras tomaba el sombrero para salir.
—Quiero decir, que es preciso que á nuestra hija la vea un médico.
—¡Un médico!—exclamó Bonacha con acento de profunda sorpresa.
—Sí.
—¿Y qué ha de hacer el médico?
—Curarla.
Cambió de expresion el rostro de don Pascual.
No era en aquellos momentos el hombre cándido y bonachon.
Fijó una mirada profunda en su esposa, y despues de algunos momentos dijo:
—Me parece que el médico nada puede hacer.
Tembló la esposa de Bonacha y bajó los ojos, como si no se atreviese á arrostrar la mirada de su marido.
Este se puso el sombrero, tomó el baston y dijo sencillamente:
—Hasta luego.
¿Sospechaba la verdad?
Su mujer hubiera querido averiguarlo; pero no se atrevió á provocar explicaciones sobre este punto.
Pasaron otros tres dias, y ya todos los amigos mostraban extrañeza porque á la jóven la tuviesen en tal abandono, sin acudir á los socorros de la ciencia.
—Viéndolo estás,—dijo la mujer al marido;—la gente murmura, y tiene sobrada razon.
—Si es preciso llamar á un médico para que el mundo no se ocupe de mi hija, que el médico venga.
Y segun se habia convenido, fué á visitar á la enferma el médico amigo de doña Robustiana.
El honrado don Pascual continuó encerrado en su reserva.
Al cabo de una semana declaró el médico que era imposible que Paquita se salvase si no pasaba algunos meses bajo la influencia del clima benigno de alguna de las provincias del Mediodía, y designó los puntos que le parecian más convenientes.
No se opuso don Pascual al viaje, ni mucho ménos pensó en pedir licencia para acompañar á su familia.
Guardando siempre su tenaz silencio, se fué en busca de un prestamista, tomó dos mil reales, que debian servir para los primeros gastos del viaje, y firmó un recibo de tres mil y quinientos, cantidad que debia descontársele de su paga en virtud de providencia judicial y en el espacio de unos once meses.
Entre tanto, su esposa quiso empezar á hacer uso de los veinte mil reales pera comprar vestidos y adornos, pues hay que advertir que á pesar de todas sus desgracias, no se habian curado radicalmente, ni habian escarmentado aquellas dos infelices.
Abrió el cofre en cuyo fondo guardaba el dinero; pero este habia desaparecido.
Quedó la esposa de don Pascual inmóvil, sin aliento, con la mirada fija y abiertos los ojos como si fuesen á saltar de sus órbitas.
Hay que advertir que dos dias antes habian despedido á la criada, y que despues de haberse ido esta, habia tenido en la mano los mil duros la esposa de don Pascual.
No podia, por consiguiente, sospecharse un robo, y mucho ménos cuando no se veian en el cofre señales de violencia.
Trascurrieron algunos minutos.
—Me equivoco,—murmuró por fin la mujer de Bonacha.
Y empezó á sacar una por una cuantas prendas habia en el cofre.
Los mil duros no parecian.
—¡Paca, Paca!—gritó la madre.
—¿Qué quieres?—respondió la hija, que acostumbrada ya á representar su papel de enferma, no se movia fácilmente.
—Ven, ven...
—¿Para qué?
—Los mil duros...
—Bien, traelos.
—Pero...
—Déjame tranquila, mamá.
—Esto es horrible...
—Debes tener en consideracion que estoy enferma.
—Los mil duros, los mil duros...
—No grites, no alborotes...
—Han desaparecido.
Levantóse al fin la jóven, mientras decia:
—Mamá, tienes la cabeza trastornada, lo cual debe consistir en tu edad.
—Si alguna de las dos está loca, debes ser tú, y si no piensa en lo que te ha sucedido.
—¿Quieres armar un escándalo?
—Lo que quiero es morirme,—dijo la madre, revolviendo una y otra vez las prendas, que del cofre habia sacado.
La jóven comprendió entonces toda la gravedad de lo que sucedia; pero abrigó la esperanza de que su madre hubiese guardado en otro cajon el dinero y que no se acordase.
Desde el cofre fueron á una cómoda, y luego á la única mesa que tenia el cajon.
No estaban los billetes en ninguna parte.
Puede decirse que revolvieron la casa y registraron hasta el interior de los colchones.
¿Quién las habia robado?
Y todo estaba en su lugar, sin que pareciese que nadie habia tocado al contenido de los cajones.
Hicieron todas las suposiciones imaginables; pero no adivinaron la verdad.
Perder mil duros era una gran desgracia; pero habia que tomar tambien en consideracion cómo habia desaparecido aquel dinero.
No podian decir una sola palabra á don Pascual.
—¿Y cómo podremos ahora hacer el viaje?
—Tu padre no querrá acudir á un prestamista.
—Y si acude le pedirá una miseria.
—Y tenemos muchos gastos que hacer.
—Necesito por lo ménos tres vestidos.
—Yo tambien.
—Y un sombrero.
—Y yo otra sombrilla.
—Por tí no tengo cuidado, porque puedes arreglarte más fácilmente.
—Es claro; yo aunque vaya llena de harapos, voy bien, ¿no es verdad?
—Pero á tu edad...
—Todavía no soy ninguna vieja.
—Mamá, piensa que ya has cumplido cincuenta y un años.
—Sí; ya sé que soy una jamona; pero me parece...
—¡Jamona!... algo más.
—Mira, Paca, no me tientes la paciencia.
—Bien dice el refran, que las verdades amargan.
—Siempre te empeñas en compararme á tu padre, que es un viejo que no puede tenerse en pié.
—Tiene cinco años más que tú, y ya ves que no se pone ningun adorno, ni piensa en ciertas cosas propias de la juventud.
—Tú tampoco deberias pensar, porque tu estado...
—He cometido una falta; pero es menester que sepamos lo que tú has hecho en tu juventud.
—Paca, que soy tu madre...
—El resultado es que has perdido los mil duros.
—Ya sabes que estaban bien guardados.
—Tan bien guardados, que han desaparecido sin saber cómo.
—¡Oh!... daria lo que me queda de vida por saber quién los ha robado.
Paquita se dió una palmada en la frente, y exclamó:
—¡Ah!...
—¿Qué te sucede?
—Todo lo adivino.
—Explícate.
—Los mil duros los ha cogido papá.
—¡Dios bendito!...
—No lo dudes.
—¿Y habia de estar callado?
—Sí, porque se ha propuesto no decir una palabra respecto á mis desgraciados amores.
—Ahora recuerdo que cuando le dije que era preciso que viniese un médico, me miró no sé cómo... ¡Jesús!... estoy temblando.
—Ya no me atreveré á mirar á mi padre frente á frente.
No fué menester más para que la madre perdiese instantáneamente todo su valor.
Ambas enmudecieron.
Quedaron profundamente abatidas.
Arreglaron los cajones, y esperaron á que don Pascual llegara.
Este se presentó á la hora de costumbre.
Ni la madre ni la hija se atrevieron á mirarlo frente á frente.
—¿Quieres ya comer?...—le preguntó la primera.
—Sí; pero antes me direis cuándo pensais emprender el viaje.
—Cuando sea posible, porque los pobres no hacen las cosas cuando quieren.
Con mucha calma sacó don Pascual los cien duros que habia tomado del prestamista, se los entregó á su esposa, y le dijo:
—Con ese dinero podreis atender á los primeros gastos, y yo os enviaré de la paga cada mes lo suficiente para cubrir con modestia vuestras atenciones.
—¿Y este dinero?...
—Son dos mil reales que he tomado de un prestamista, firmando un recibo de tres mil quinientos, y dejando que el juez embargue una parte de mi sueldo.
—¿No tenias otro recurso?
—Ninguno, y tú misma lo sabes, puesto que en tus manos está cuanto poseemos,—dijo don Pascual.
—Podia suceder que algun amigo...—repuso su esposa.
—La amistad, con raras excepciones, no es bastante para abrir el bolsillo, y sobre todo, á mí no me gusta molestar á nadie, y prefiero hacer un sacrificio.
—Pero cien duros...
—¿Es poco?
—Hay que hacer tantos gastos...
—Cuando se va en busca de la salud, no es menester vestidos ni adornos.
—Siempre dices lo mismo.
—Comamos,—repuso con calma don Pascual.
Su esposa no se atrevió á continuar hablando.
Las dos mujeres supusieron que aquellos dos mil reales procedian de los veinte mil que habian desaparecido, y acusaron al pobre don Pascual, porque guardaba para sí la mayor parte, sin consideracion á las necesidades de su familia, necesidades imperiosas, como para ciertas mujeres lo son los relumbrantes adornos.
Aquella misma tarde se presentó Juanito.
¡Pobre Juan!
Paquita revelaba en su semblante el abatimiento y la tristeza más profunda.
Saludó á su amigo con débil voz, tosió tres ó cuatro veces, y guardó silencio.
—Usted es de confianza,—dijo la madre,—y como tengo mucho que hacer, porque hemos de irnos mañana...
—Si he de estorbar, me iré.
—Nada de eso... con su permiso.
Y la esposa de don Pascual se fué á la cocina.
—¡Mañana!—murmuró tristemente Juanito.
Paquita suspiró, inclinó la cabeza y tosió.
—Se van ustedes...
—Y Dios sabe si volveremos á vernos,—respondió al fin la jóven.
—¿Qué dice usted?
—¡Ah!... siento en el corazon el frio de la muerte...
—¡Paca, Paca!—exclamó con espanto el jóven.
—Estoy resignada, y casi espero con ansiedad el instante supremo de dejar este mundo. ¿Qué es la vida?
—¡La vida!—murmuró maquinalmente Juanito.
—Siempre luchando, siempre sufriendo, siempre corriendo tras un fantasma que se desvanece al tocarlo...
—Es verdad.
—Ilusiones que se desvanecen como el humo.
—¡Ilusiones!...
—Esperanzas que se pierden...
—¡Las esperanzas!—dijo el jóven, que parecia un eco de Paquita.
El desdichado sufria mucho en aquellos momentos.
—Y el corazon entre tanto se destroza
—¡Pobre corazon mio!
—Y así llega la vejez...
—Yo quisiera ser viejo.
—Pero no lo es usted.
—Ni usted tampoco.
—Sí,—dijo Paquita;—he llegado á la decrepitud, cuando no tengo más que veinte años, porque he sufrido mucho, y vivir es sufrir, y cada dia representa para mí un año...
—Y para mí un siglo.
Paca tosió.
Juanito suspiró lánguidamente.
Miráronse, y bajaron los ojos.
Ella se oprimió el pecho, y él apretó los puños como si estuviese desesperado.
¡Bonito papel estaba representando el pobre Juan!
No sabemos en qué novela habia leido Paquita, lo que acababa de decir.
Para las mujeres que no tienen entendimiento, las novelas son un gran recurso.
Verdad es que Juanito se encontraba en el mismo caso.
Ella guardaba silencio, y á él le tocaba lucirse con otras cuantas frases de enamorado de melodrama.
—¡Qué triste es la soledad!—exclamó.—Y la soledad más horrible es la del alma, la del corazon, en medio del bullicio del mundo. ¿Qué es la vida sin amor y sin ilusiones? Un desierto donde por todas partes nos rodea el calcinado arenal, sin que la vista alcance á descubrir el verde ramaje de una palmera, ni llegue al oido el dulce susurro del cristalino arroyo que ha de apagar nuestra sed devoradora.
Paquita volvió á toser.
—¡Ah!...—prosiguió diciendo Juanito.—Se va usted, y yo me quedo; se va usted...
—En busca de la muerte, y usted se queda...
—Muriendo entre los vivos y sin el consuelo de que nadie comprenda mi dolor... ¡Oh!... ¿Dónde habrá un alma para mi alma, dónde para mi corazon habrá un corazon?
—¡Juanito, Juanito!...
—¡Qué!... ¿pues no digo la verdad?
—¡Ay!...
—¡Paquita!...
—Las palabras de usted son horriblemente amargas.
—Es que la hiel de que está impregnado mi espíritu...
—Es usted injusto.
—¡Injusto!
—Tiene usted vida...
—¿Para qué me sirve?
—Se queja usted de la soledad, no encuentra usted un corazon...
—¿Hay alguno para mí?
—Tal vez; pero...
Interrumpióse Paquita, hizo un gesto doloroso, y luego añadió:
—Debo resignarme, porque mia es la culpa.
—¿Qué quiere usted decir?
—Si nadie le comprende á usted, ¿quién puede apreciar lo que pasa en mi alma?
No pudo ya Juanito contenerse, y cayendo de hinojos, cogió una de las manos de Paquita, la estrechó fuertemente y exclamó:
—Compadézcame usted...
—¡Ya es tarde!
—¡Tarde!...
—Usted no puede tener fe en mi amor, no puede usted comprender lo que los desengaños...
—Me hace usted sufrir mucho.
—Levántese usted...
—Una sola palabra, una sola...
—Que puede venir mi mamá.
—¿Y qué me importa?—replicó Juanito fuera de sí.
Y apretó más y más la mano de Paquita, y á tal punto llegó su entusiasmó que le produjo un vértigo, y sin miramiento alguno, sin darse cuenta de lo que hacia, sin respeto á la inmaculada pureza de Paquita, besó con frenesí aquella mano, que temblaba, que abrasaba...
—¡Jesús!—se oyó exclamar.
Y la madre apareció.
Turbado y confuso se levantó Juanito, con el pantalon empolvado, los cabellos en desórden, la corbata desarreglada...
Paquita se cubrió el rostro con las manos.
—Reconozca usted—dijo severamente la esposa de don Pascual,—que abusa usted indignamente de mi confianza.
—Señora, todo mi delito consiste...
—Ya lo he visto.
—La pasion me trastorna...
—Así se excusan todos los que cometen cierta clase de faltas.
—No es un crímen amar...
—Pero sí es un crímen hacer lo que usted estaba haciendo.
—Me reconviene usted con demasiada dureza, me rechaza tal vez porque soy pobre...
—Eso no.
—Si su hija de usted acepta mi amor...
—¿Quiere usted que se exponga á otro desengaño? Ya ve usted cómo se ha quebrantado su salud...
—Yo soy más pobre, pero más honrado que ese otro miserable.
—En fin, Paquita decidirá; pero me parece...
—Hable usted, hable usted,—dijo Juanito con acento suplicante á la jóven.
Levantó esta la cabeza, y como si estuviese profundamente conmovida, dijo:
—Si Dios quiere conservarme la vida; le daré á usted una prueba de que hay corazones que sientan como el suyo.
Juanito juró que era el hombre más dichoso del mundo, y continuando la conversacion, convinieron en escribirse diariamente, ó por lo ménos con la frecuencia que lo permitiese la salud de Paquita.
Aquella noche Juanito, en el último punto de su entusiasmo, abrazó y besó á doña Robustiana.
Al dia siguiente pensó que debia atenuar los efectos de todo lo que habia hecho contra Saavedra, y decidió hablar á Clotilde para que esta se convenciese de que su antiguo amante no se ocupaba de otra mujer.
¿Era posible que á la hija del conde se le ocultase la verdad?
No se le ocultaria, y de lo que se convenceria era de que Juanito lo habia hecho todo impulsado por los celos, y sin otro fin que el de hacer á Saavedra todo el mal imaginable.
Como se comprende, así se conseguia justificar al miserable seductor, y este no tendria que hacer más que gozar del triunfo que sus mismos enemigos le habian proporcionado tan torpemente.
Ya tenia Paquita novio, ya podia estar segura de casarse, y por consiguiente sufrió ménos por no poder comprar los adornos que necesitaba para embellecerse.
Llegó el momento de partir.
El padre y la hija se abrazaron.
El primero apenas pronunció algunas palabras.
No podia dudarse de que conocia el terrible secreto, y nos inclinamos á creer que en su poder estaban los mil duros que habian desaparecido del cofre.
Juanito pasó tres dias de mortal angustia.
Cuando recibió la primera carta, de Paquita, la leyó siete veces, la besó más de mil, y luego fué á dar parte de su dicha á doña Robustiana.
—¿Lo ve usted?—decia esta.
—Todo lo debo al talento y á la habilidad de usted.
—Me felicitaré si son ustedes más dichosos que Adela y Eduardo.
—Eduardo es un miserable.
Nada más sucedió entonces que sea digno de mencion.
Pasaron tres meses.
A don Pascual se le habia visto constantemente triste y meditabundo.
A las nueve de la mañana salia de su casa, iba á tomar chocolate á un café, y despues se encaminaba á su oficina.
Una vez cumplidos sus deberes, dirigíase á una de esas fondas que casi merecen llamarse bodegones, y tomaba algun alimento, sin que nunca excediese el gasto de dos ó tres reales.
Desde allí volvia á su casa para no salir hasta otro dia, y unas veces sentado y otras paseándose, miraba á su alrededor, levantaba los ojos al cielo y suspiraba dolorosamente.
Lo que pasaba en su alma no es posible hacerlo comprender.
Su salud se quebrantaba visiblemente y sus fuerzas disminuian con rapidez; pero él aseguraba que se sentia completamente bueno.
Distraíase con mucha facilidad, y trabajando en su oficina se quedaba á veces inmóvil como si se hubiese petrificado, y pasaba así una ó dos horas.
Un ruido cualquiera le hacia salir de su distraccion, estremecíase como si despertase del más profundo sueño, y continuaba su trabajo.
Muchas veces le hablaban y no respondia, porque no habia oido.
Creyeron algunos que don Pascual empezaba á perder la razon.
Lo que el infeliz perdia era la existencia en medio de una agonía lenta y horrorosa.
El golpe habia sido demasiado terrible, y no podia soportarlo.
El extravío de su hija, la deshonra; habia caido sobre don Pascual como una montaña de plomo.
Forzoso era que sucumbiese.
Por fin recibió una carta en que su esposa le decia que Paquita estaba mejor, hasta el punto de que muy pronto podrian volver á Madrid.
Lo que esto significaba lo comprendió perfectamente don Pascual.
Pensó entonces que era preciso averiguar lo que su hija habia determinado en cuanto al fruto de su deshonra.
Hombre de conciencia recta, no era posible que Bonacha consintiese que la madre abandonara al hijo inocente, que no le habia pedido la vida.
Tal era la situacion de aquella familia desdichada, cuando Alfredo volvió por fin á la córte.
Entonces Clotilde se mostró más dispuesta á transigir.
¿Qué hubiera sucedido si supiese la verdad en cuanto á la deshonra de Paquita?
No lo sabemos; pero sí podemos asegurar que en semejante caso el conde no habria consentido que su hija se casara con Alfredo.
De las explicaciones que mediaron entre este y Clotilde, resultó lo que debia resultar, que Juanito, despechado por los celos más ó ménos fundados, habia querido herir alevosamente.
Juanito fué desde aquel momento, y en opinion de Clotilde, un hombre ruin hasta el último grado de la ruindad.
¿Podia ella consentir que un hombre semejante continuara ocupando en su casa un puesto de confianza?
No.
La sentencia fué pronunciada, y Juanito debia encontrarse otra vez sin recursos para vivir.
Esto era doblemente horrible en los momentos en que pensaba casarse.
Pero ¿qué le importaba á Clotilde la suerte de Juanito?
Lo que le importaba era su dignidad, que creia ofendida.
Aquel hombre, que nada representaba en el mundo, que nada valia, habia querido hacerla instrumento de su venganza, de sus propios intereses, de sus ruines pasiones.
Perdonar esto no parecia generosidad, sino estupidez y falta de decoro.
Era aquella una cuestion de dignidad en opinion de Clotilde.
No quiso hacer partícipe á su padre de lo que sucedia, porque habiendo de ser el mismo el resultado, quiso evitarle disgustos.
Cuando una mujer se empeña en conseguir lo que parece imposible, triunfa más ó ménos tarde.
Clotilde empezó por hablar de la falta de inteligencia de Juanito.
Luego aseguró que este tenia la mala costumbre de discutir sobre las órdenes que se le daban, y por último lo acusó de curioso, porque se habia tomado la libertad de hacer toda clase de averiguaciones para descubrir lo que habia querido ocultársele.
Y todo esto era verdad, todo lo habia hecho Juanito; pero no porque quisiese hacerlo, sino porque con una habilidad admirable lo habia puesto Clotilde en el resbaladero, sin que él viese el lazo que se le tendia.
La curiosidad, llevada á cierto punto, es una falta gravísima y hasta peligrosa, y el conde no podia perdonar á Juanito.
Además, la jóven estaba disgustada, y el padre lo sacrificaba todo para que su hija estuviese contenta.
Tenia necesidad el conde de salir de Madrid por consejo de los médicos, y aprovechando esta ocasion, despidió á Juanito.
Tan horrible desgracia la conoció el jóven precisamente en los momentos en que acababa de recibir una carta de Paquita anunciando su completo restablecimiento y su vuelta á Madrid.
No podia llegar más á tiempo.
Poco le faltó á Juanito para volverse loco.
Sin empleo ni esperanzas de conseguir otro, temió que la familia Bonacha lo rechazase; pero aun cuando no sucediese así, ¿cómo casarse sin medios de atender á sus nuevas obligaciones?
Acudió á doña Robustiana, porque esta era, como suele decirse, el paño de lágrimas de Juanito.
—Todo se arreglará,—respondió la viuda, que era optimista por naturaleza.
—¿Cómo ha de arreglarse?
—No lo sé; pero ello es que se arreglará.
—Al señor de Almendares no puedo acudir, porque creerá que yo he dado motivos para que el conde me despida.
—Por de pronto, puede usted contar con el amor de Paquita, y luego, «como no hay bien ni mal que cien años dure...»
—El remedio llegará tarde.
—Deje usted rodar la bola, que la dicha viene cuando ménos se espera.
—Ahora que Paquita habia recobrado la salud...—exclamó Juanito.
—Usted tambien recobrará su empleo.
Algo se tranquilizó Juanito, por más que las palabras de la viuda no tuviesen ningun valor.
A las diez de aquella noche encontrábanse en la estacion del ferro-carril del Mediodía don Pascual Bonacha y Juanito.
Saludáronse, y al jóven le pareció conveniente hablar de su desgracia mientras llegaba el tren.
—Tengo,—dijo,—que darle á usted una noticia muy desagradable.
—¡Desagradable!—replicó Bonacha distraidamente.
—Sí.
—¿Qué sucede?
—Me he quedado sin empleo.
—Es una gran desgracia.
—Adivino de dónde ha partido el golpe, y me vengaré cuando se me presente la ocasion.
—¿No estaba usted empleado en casa del conde de Romeral?
—Sí.
—¿Y no tiene ese conde una hija?
—Veo que no necesita usted más explicaciones.
—No.
—Ese miserable Alfredo de Saavedra...
—Basta, basta.
—Y mi situacion es doblemente terrible en estos momentos.
—Siempre es horrible quedarse sin recursos para vivir.
—¿Pero usted todavía ignora que yo estaba decidido á casarme muy pronto?
—¡Casarse!...
—Sí.
—Entonces le han hecho á usted un gran beneficio.
—¡Don Pascual!...
—¿De qué se admira usted?
—Me sorprende que hable usted así, porque un hombre de las sanas ideas de usted no es posible que se muestre contrario al matrimonio. Más de una vez le he oido á usted dar su opinion sobre este punto, y...
—Los hombres cambian de opinion.
—Usted, que tiene una esposa modelo de virtudes...
—Es verdad; pero empiezo á comprender que la familia es una enorme carga, que no siempre puede soportarse, y en este sentido hablo contra el matrimonio.
—Si usted supiese quién es la mujer elegida por mi corazon...
—Cualquiera que sea.
—Me parece que ya no está bien guardar este secreto.
—Amigo mio, le advierto á usted que no soy curioso.
—La mujer que ha de participar de mi suerte, es su hija de usted.
—¡Mi hija!—dijo don Pascual con asombro.
—Sí.
—¡Mi hija!... Imposible.
—¿Acaso?...
—No basta que usted la quiera.
—¿Pues qué más se necesita?—preguntó Juanito.
—Que ella corresponda á ese amor.
—Y corresponde, y quiere ser mi esposa, y mientras ha estado ausente nos hemos escrito todos los dias.
No se le alcanzaba al honrado don Pascual que su hija se casase con Juanito ni con ningun hombre, como no fuese Alfredo.
Dudó el anciano si soñaba, y se pasó las manos por la frente y se restregó los ojos.
Juanito pensó lo peor que podia pensar, es decir, que porque habia perdido su empleo se le miraba con desden.
—Señor don Pascual, espero que Dios me abrirá camino, y como soy honrado y trabajador, encontraré donde ganar el sustento.
—¡Honrado!...
—Me parece que no hay motivo para ponerlo en duda.
—Peor para usted.
—¿Peor para mí?
—Eso he dicho.
Empezó Juanito á sospechar que Bonacha habia perdido la razon, y despues de algunos momentos, le dijo:
—No puedo creer que la honradez sea una desgracia.
—Yo tampoco creia otras cosas; pero el tiempo... En fin, si mi hija quiere casarse con usted, que se case; pero conste que yo no tomo parte en este asunto.
No sabemos adónde hubieran ido á parar en el trascurso de la conversacion; pero fueron interrumpidos por el silbido de la locomotora, y tuvieron que acudir para recibir á las viajeras.
Poco despues se presentaron estas.
Hubo abrazos, saludos cariñosos, sonrisas y lágrimas.
Entraron en un coche y se alejaron de la estacion.
Paquita parecia haber recobrado toda la alegría de otro tiempo.
Llegó el instante de entrar en cierta clase de explicaciones, porque la jóven preguntó á su novio:
—¿Y qué novedades hay por Madrid?
—Ninguna buena,—respondió tristemente Juanito.
—¿Pues qué sucede?
—Hoy me he quedado sin empleo.
—¡Sin empleo!—exclamaron la madre y la hija.
—Y en estos momentos, en estas circunstancias... ¡oh!... estoy desesperado.
Todos guardaron silencio.
Los semblantes, que estaban alegres, revelaron la más profunda tristeza.
Largo rato pasó sin que se percibiese otro ruido que el que producia el coche al rodar sobre el empedrado de las calles.
Por fin Juanito reanudó la conversacion, para decir que ya no le parecia conveniente guardar el secreto de sus amores, y que lo habia dado á conocer á don Pascual.
Al estupor sucedió la ira, y las dos mujeres se desataron en improperios contra Saavedra, acusándolo de la desgracia de Juanito.
Don Pascual escuchaba y callaba, y cuando fué interpelado por su esposa, respondió:
—Todo me parece bien, y así se lo he dicho á este caballero.
—¿Con que te parece bien que lo dejen sin destino?
—Nadie sabe dónde está ni en qué consiste su fortuna.
En vano habló la esposa de don Pascual, porque este continuó guardando silencio.
El carruaje llegó á la calle de San Lorenzo.
Las viajeras necesitaban descansar, y Juanito se despidió, prometiendo volver al siguiente dia.
La madre y la hija, mientras cenaban, hablaron sin cesar de su viaje, de la nueva situacion de Juanito y de la maldad de Alfredo de Saavedra.
Dos horas despues se habian acostado y dormian.
Don Pascual no pudo conciliar el sueño, pensando en la inocente criatura fruto de la debilidad de su hija.