Huracán, huracán, venir te siento
Y en tu soplo abrasado
Respiro entusiasmado.
Del Señor de los aires el aliento...
¿Al toro no miráis? El suelo escarban
De insoportable ardor sus pies heridos;
La armada frente al cielo levantando,
Y en la hinchada nariz fuego aspirando
¡Llama la tempestad con sus bramidos!...
Los pajarillos callan y se esconden
Al acercarse el huracán bramando,
Y en los lejanos bosques retumbando
Le oyen los bosques y á su voz responden.
Llega ya, ¿no le veis? ¡Cuál desenvuelve
Su manto aterrador y majestuoso...
Gigante de los aires te saludo!...
En fiera confusión el viento agita
Las orlas de su parda vestidura...
¡Ved!... ¡en el horizonte
Los brazos rapidísimos enarca,
Y con ellos abarca
Cuanto alcanzo á mirar de monte á monte!
¡Oscuridad universal! Su soplo
Levanta en torbellino
El polvo de los campos agitado;
En las nubes retumba despeñado
El carro del Señor y de sus ruedas
Brota el rayo veloz, se precipita,
Hiere y aterra el delincuente suelo
Y su lívida luz inunda el cielo...
¡Sublime tempestad! ¡Cómo en tu seno,
De tu solemne inspiración henchido
Al mundo vil y miserable olvido
Y alzo la frente de delicias lleno!
¿Do está el alma cobarde
Que teme tu rigor?...

Á los diez y siete años de edad, estando en Choluca, escribió una composición descriptiva que bien puede contarse entre las mejores.

¡Oh, cuán bella es la tierra que habitaban
Los aztecas valientes!...
Sus campos
Cubren á par de las doradas mieses
Las cañas deliciosas. El naranjo
Y la piña y el plátano sonante,
Hijos del suelo equinoccial se mezclan
Á la frondosa vid, al pino agreste,
Y de Minerva al árbol majestuoso.

Era la tarde. La ligera brisa
Sus alas en silencio ya plegaba,
Y entre la hierba y árboles dormía,
Mientras el ancho sol su disco hundía
Detrás de Iztacihual. La nieve eterna
Cual disuelta en mar de oro, semejaba
Temblar en torno de él un arco inmenso
Que del empíreo en el cenit finaba...

En su epístola á Emilia, pensando en la libertad de Cuba, escribe:

Pluguiera al cielo, desdichada Cuba,
Que tu suelo tan sólo produjera
Hierro y soldados... La codicia ibera
No tentáramos, no... ¡patria adorada!
De tus bosques el aura embalsamada
Es al valor y á la virtud funesta.

En su aspiración de independencia, no veía que en su época era Cuba una isla aún despoblada. Por eso escribe:

«Que no en vano entre Cuba y España
Tiende inmenso sus olas el mar.»

Hizo Heredia bastantes traducciones, algunas muy notables. He aquí un fragmento de la del canto á Napoleón, de Delavigne:

Vanamente en las lides ya te fuera
La España generosa
De gloria y de peligros compañera,
Esclava la anhelaste...
Mas no, sus sacerdotes, sus guerreros
Á la lid mutuamente se excitaron
Supersticiosos, fieros,
Los pueblos al clamor se levantaron...
Los hijos nobles de Pelayo fuerte.

Heredia murió en Toluca el 7 de mayo de 1839. En su sepulcro se lee esta inscripción:

«Su cuerpo envuelve del sepulcro el velo:
Pero le hacen la ciencia, la poesía,
Y la pura virtud que en su alma ardía
Inmortal en la tierra y en el cielo.»

ARTIGAS

La crítica histórica no ha dicho aún su última palabra acerca de este hombre, que ha tenido y tiene tantos detractores como panegiristas. Sea como quiera, nadie le puede negar que es una de las figuras más notables y curiosas de la América meridional.

José Artigas nació en Montevideo á mediados del siglo XVIII. En su juventud prestó servicios á las autoridades coloniales, que lo dedicaron á la persecución de vagos y malhechores. De esa manera adquirió un gran conocimiento del terreno, circunstancia que le fué muy útil en su agitada vida. La topografía del Uruguay le era tan familiar, que ni las cuchillas, ni los valles, ni los ríos, ni las selvas tenían secreto alguno para él.

En su obscura posición y al servicio de los españoles le sorprendió el movimiento de 1810; se adhirió sin vacilar y reconoció el gobierno constituído en Buenos Aires. Su alma, empero, abrigaba una doble aspiración: quería la independencia de América, una América libre de todo extranjero yugo, pero anhelaba igualmente la autonomía de la patria uruguaya. Artigas deseaba que se reconociera la personalidad política de la Banda Oriental, como entonces se decía, la cual no había de ser una provincia dependiente de Buenos Aires, sino un Estado aparte. Sostenía la conveniencia de una Federación, pero si ésta no se establecía optaba en absoluto por la independencia.

Figuró Artigas en el primer asedio de Montevideo (1811), durante el cual se le acusó de díscolo, ambicioso y turbulento por sus continuas querellas y reyertas con sus compañeros de armas. El gobierno constituído en Buenos Aires cerraba pacientemente los ojos á las arbitrariedades del caudillo, pues la situación de aquél era asaz delicada y la influencia de Artigas demasiada útil para prescindir de ella. La revolución no estaba en el caso todavía de enajenarse fuerzas ni siquiera voluntades.

Montevideo capituló el 20 de junio de 1810 y Artigas fué ascendido á general. Proclamado por sus secuaces «patriarca de la Federación», exigió y obtuvo de Posadas la evacuación inmediata por los vencedores de lo que él llamaba la patria Oriental.

Retiráronse los argentinos, quedándose él con sus patriotas. Pero si él había sido elevado de simple guerrillero á general, sus fuerzas no habían pasado de guerrillas á tropas regulares con organización y disciplina. Seguían, pues, siendo unas partidas irregulares y cometiendo desmanes que les enajenaban muchas simpatías. Y no se convirtieron en temibles hordas, por la autoridad que en ellas ejercía el jefe que las mandaba. La influencia de Artigas en su gente cada vez era mayor.

Uno de los biógrafos de tan discutido personaje, escribe:

«Á principios de 1815, derrotó Artigas á una división en el Guayabo (cerros de Asurunguá), quedando dueño de la posición y árbitro del país. Las atrocidades cometidas entonces por sus corifeos estremecen á la humanidad; todavía se recuerdan con horror los nombres de Blasito, Gai, Otorques y alguno más. Baste decir que el terror subió á tal punto con el espectáculo de las víctimas enchalecadas ó desolladas vivas, que creció la hierba en las ventanas de la capital; familias enteras vivían aisladas, incomunicadas en sus habitaciones, sin abrir de miedo las puertas ni las ventanas.

»Con todo, José Artigas continuaba siendo el ídolo de las multitudes y su prestigio era cada día mayor. La plebe le aclamaba, la muchedumbre le aplaudía; solamente desde lejos se atrevían algunos á censurar sus actos. Jamás se ha visto en Montevideo una popularidad tan grande como la suya.

»Sin embargo, siendo ya intolerables sus desafueros, el cabildo de Buenos Aires le declaró fuera de la ley; pero la proclama del cabildo que contenía tal declaración fué quemada á los dos meses por mano del verdugo, al mismo tiempo que se declaraba á Artigas patriota benemérito.

»Ensoberbecido el gaucho oriental con las caricias de la mudable fortuna, creyó que él era árbitro del destino y que podía oprimir el suelo patrio como los lomos de su caballo de guerra; pero la fortuna es tornadiza, por no desmentir su sexo, y pronto volvió la espalda al que había sido su amado más favorecido.

»Habiendo atacado Artigas, de improviso, á la división portuguesa que estaba de observación en la frontera del Brasil, dió motivo á una invasión formidable que acabó en breve tiempo con la influencia y fuerza del caudillo. Artigas fué derrotado en 1817, aprendiendo entonces cuán poco duraderas son las simpatías, cuán poco firmes las devociones, cuán míseras las adhesiones de los que rinden culto al hombre y no á la idea, al éxito y no al hombre.

»Derrotado Artigas y desconocido en la hora del infortunio por sus mismos partidarios, por sus propias criaturas, por sus más fervientes colaboradores, abandonó para siempre el suelo ensangrentado por sus caprichos, refugiándose en el Paraguay.

»El doctor Francia, aquel sombrío tirano que es otro enigma de la Historia, sabía de sobra con quién tenía que habérselas. Desconfiando de Artigas, no le negó un refugio en la tierra paraguaya, pero puso condiciones á la hospitalidad que se le concedía: le señaló por residencia un lugar remoto, Cumquatí, donde Artigas estuvo confinado y sin poder salir de la demarcación.

»En Cumquatí vivió más de veinticinco años, dedicado exclusivamente á la labranza é ignorando por completo lo que sucedía en su patria, pues sólo de tarde en tarde llegaban hasta él los apagados ecos, los rumores vagos de las luchas y de los sucesos que se desarrollaban del ancho Plata en una y otra orilla.

»Muerto Francia, el dictador López (padre) que le sucedió en el gobierno y en el despotismo, permitió que Artigas se acercara á la Asunción; en efecto, en 1845 vivía á una legua de la capital, en la chacra de Ibiraí. Allí feneció en 1850, á los noventa años de edad y treintitrés de ostracismo, olvidado ya de todo el mundo y en la mayor pobreza.»

Debemos añadir que algunos años más tarde se trató en Motevideo de rehabilitar la memoria del célebre caudillo; el gobierno mismo le decretó honores póstumos, declarando que Artigas había merecido bien de la patria y que tenía derecho á que su fama fuese entregado á la piedad de la Historia. Con tal motivo se han dado á luz en Buenos Aires, en Gualeguaichú y en Montevideo mismo, numerosos libros, folletos, opúsculos y hojas destinados á denigrar la memoria del singular Artigas. Los autores han demostrado sin duda notables dotes de críticos y de literatos, mucha erudición, horror al crimen... Pero no han destruído la creciente popularidad que acompaña á la memoria del héroe.

En el Uruguay no se olvidará el nombre de Artigas.

Cuando un hombre rudo é ignorante, que cometió faltas graves, que persistió en sus errores, que tuvo debilidades y llegó hasta tolerar el crimen, deja un nombre popular y muchos admiradores, es que indudablemente prestó grandes y señalados servicios. La posteridad pronunciará su juicio definitivo acerca de tal hombre, que se halla todavía demasiado cerca de nosotros para permitirnos la fría imparcialidad. Las crueldades y los asesinatos merecen agria censura; mas los servicios pueden ser tan grandes que la figura descuelle y sobreviva cuando se desvanezcan en la sombra de los siglos todas las impurezas de la realidad.

Un pueblo tan grande, civilizado y culto como el pueblo francés, parece haber perdonado á Thiers sus carnicerías humanas porque cree que con ellas fundó la República y aseguró la paz. Las víctimas de Artigas y de sus hordas, aumentadas con las de Rivas y todos los tiranos de América, no sumarán la horrible cifra de 40,000 personas sacrificadas en Francia la semana terrible.

Dejamos, pues, á la posteridad la sentencia definitiva, el juicio final sobre Artigas y su tiempo.


FREIRE

Esta figura chilena bien merecería más extensión de la que aquí podemos consagrarle. Soldado, corsario, hombre político, es uno de los héroes de la independencia y uno de los caudillos del partido liberal que más han figurado en las contiendas de Chile.

Nació en Santiago en los últimos años del siglo XVIII, pasó la niñez en Concepción y tomó las armas en clase de cadete en 1811. En la épica lucha de Rancagua era capitán de los dragones chilenos. Después de aquel desastre, en el cual pudieron decir los combatientes de la libertad como Francisco I en los campos de Pavía, que «todo lo habían perdido menos el honor», emigró á la Argentina como la mayoría de sus camaradas. Pero su ardimiento no le permitía esperar con calma la llegada de mejores tiempos. Si otros compañeros suyos permanecieron emigrados desde 1814 hasta 1817, él no tuvo paciencia para aguardar tranquilo á que San Martín organizara su célebre expedición. Mientras llegaba la hora de disputar á los realistas el dominio de la tierra, creyó que podía con más fortuna disputarles la posesión del mar. Al efecto se alistó como simple corsario á las órdenes de un marino tan acreditado como Brown, y éste le confirió el mando de las fuerzas de desembarco que llevaba en sus expediciones. Esta campaña marítima fué gloriosa para Freire, que supo ganar laureles en algunos desembarcos.

En 1816, cuando supo que San Martín organizaba en Cuyo la expedición destinada á libertar á Chile, se presentó al general argentino pidiéndole un fusil para combatir como soldado. San Martín, que conocía por su fama al oficial chileno, le confió la misión de penetrar en su país por la cordillera de Talca, empresa que realizó con tanta fortuna como valentía. Con cien hombres tomó posesión de Talca derrotando al destacamento que la guarnecía.

Las fuerzas expedicionarias que salvando la cordillera andina cayeron como un torrente sobre los chilenos valles, venciendo á los españoles en Chacabuco y Maipú, tuvieron en el esforzado Freire uno de los más activos auxiliares. No solo distrajo la atención de los realistas por la parte de Talca, sino que más tarde batió completamente al feroz guerrillero Benavides á las puertas de Concepción. Esta victoria le valió una inmensa popularidad y la subida al poder cuando cayó para siempre el general O'Higgins, de quien era adversario.

Los españoles, entre tanto, si vencidos en el continente, mantenían enhiesto su pabellón en Chiloé. Freire los atacó en sus últimos baluartes, dando término á la obra de la independencia con una victoria más. En toda América se mostraron los españoles dignos de su raza: vencidos, abandonados por la metrópoli, sin esperanza de socorro alguno, lucharon con los vestigios de sus hambrientos ejércitos hasta quemar el último cartucho. Las guarniciones de Veracruz, del Callao y de Chiloé dejaron bien puesto el glorioso nombre de su patria, legando á sus descendientes en las nuevas naciones republicanas y libres, el ejemplo de su abnegación al sacrificarse en aras del deber.

El valeroso Freire tomó parte muy activa en las guerras civiles que siguieron á la emancipación. Esta parte de su vida nos daría tema fecundo y materia abundante para completar este capítulo. Pero más que escribir por nuestra cuenta y riesgo, nos conviene extractar lo que dice un compatriota suyo:

«Ramón Freire, después de servir á la patria con decisión y esfuerzo contra sus enemigos, la perturbó grandemente en su constitución y desarrollo. Se mezcló en las revueltas políticas que agitaron á Chile después de la independencia; el ejército que acaudillaba fué vencido en Lircay por las fuerzas que mandaba el caudillo conservador, general Prieto. Á la derrota siguió la proscripción del jefe liberal, que vivió emigrado en el Perú hasta 1842.

«Su estancia en Lima le valió el ser acusado en Chile de prestarse torpemente á servir de instrumento á los políticos peruanos. Esta acusación tenía su origen en la circunstancia de haber encabezado alguna expedición de aventureros chilenos, sin más objeto que disputar el poder á los que lo detentaban. Fueron vanos todos sus esfuerzos; el partido liberal, haciendo justicia á sus rectas intenciones, le otorgó sus mayores simpatías, mas no secundó sus planes.»

Gobernaba en Chile un hombre como Portales, que tenía condiciones de verdadero estadista y era la gran figura del partido conservador chileno. Los esfuerzos de los conspiradores se estrellaron en la decisión, la entereza, la previsión de aquel hombre de Estado, que al fin murió asesinado cobarde y villanamente, pero sin que Freire tuviese parte ninguna en la conjuración que le arrebató la vida. En esta parte se hizo completa justicia el caudillo emigrado, que trabajaba ciertamente contra la paz pública y ambicionaba el poder, no para sí propio sino para su partido, pero no se mezcló nunca en planes homicidas ni en conjuraciones tenebrosas.

Portales, víctima sacrificada á las disensiones intestinas, puso los cimientos de la prosperidad, los sólidos fundamentos del bienestar nacional, con su honradez y economía en la gestión financiera. Se esmeró además en respetar las leyes; se le tuvo por autoritario, solamente por su afán de tener á raya á los conspiradores y por su celo en mantener constante el orden público. Su único error fué no aceptar el sistema federativo defendido por Infante, que era de fijo tan conservador como él, pero tenía un conocimiento más exacto de la ciencia política, de los peligros de la centralización y de la conveniencia de imitar á los Estados Unidos más bien que al Paraguay, á los hombres de Wáshington y no á los jacobinos.

Hemos citado á Portales, por la influencia que tuvo en la vida del general Freire. Éste no pudo hacer nada ni logró la realización de sus intentos, porque se medía con un adversario políticamente superior.

Freire vivió tranquilamente en el seno de su patria desde 1842 hasta su fallecimiento, ocurrido en diciembre de 1851.

Murió de sesenta y cuatro años.

Algún tiempo después se abrió una suscripción para elevarle una estatua; la suscripción se llevó á cabo con resultado lisonjero, y la figura en bronce del denodado Freire figura hace tiempo en un paseo de Santiago.


BELLO

He aquí el nombre de un publicista eminente. La América española no ha producido hasta hoy ninguno que le aventaje. Su fama es tan merecida que nadie la discute ni la niega.

Andrés Bello nació en la ciudad de Caracas en 1780; se educó en un convento de frailes mercenarios, donde se daba una enseñanza incompleta ó mal distribuida; no cursó ninguna carrera con regularidad ni la terminó completamente. Es curiosa la circunstancia de que no obtuviera nunca el título de abogado un jurisperito como Bello, autor del notable Código civil de Chile.

La situación casi precaria de la familia Bello, obligó á éste á interrumpir sus estudios regulares para desempeñar un destino muy modesto. Bello no lo obtuvo por favor, sino por concurso. El capitán general de Venezuela dispuso que todos y cada uno de los aspirantes redactasen una memoria sobre cierto asunto concreto y determinado; la de Bello fué la mejor de todas y el empleo disputado le fué justamente concedido.

Los antepasados de Bello procedían de las islas Canarias, y nuestro joven poseía las cualidades que suelen distinguir á los isleños: asiduidad constante en el trabajo, incansable celo en su labor y energía moral superior á todos los desfallecimientos. No heredó las fuerzas físicas de los canarios, pero sí la fuerza de voluntad y la constancia. Por eso trabajó toda su vida, como los de su raza, no en las rudas faenas de la mar ó de la agricultura, que son las habituales de los insulares en América, sino en las propias de su entendimiento y de su constitución. Tan débil era ésta, que Alejandro Humboldt aconsejó á su familia, interesándose por la salud del joven, que no le dejaran estudiar con aplicación tan desmedida.

Estudió, no obstante, con ahinco, estudió siempre, y bien puede asegurarse que consagró su vida entera al estudio.

En su juventud, sin desatender sus labores de empleado, aprendió las lenguas vivas sin maestro alguno y sin otra base que el latín aprendido en el convento, aprendió la lógica del lenguaje, aprendió sólo cuanto por entonces constituía la ciencia filológica, ciencia que estaba en su infancia y que él supo cultivar con aprovechamiento.

Por necesidades de su empleo, tanto quizá como por afición, hizo un estudio prolijo de la administración hispano colonial y de las leyes de Indias. Al mismo tiempo devoraba las publicaciones filosóficas y las novedades literarias de su tiempo, siéndole familiares todas las obras de los enciclopedistas. Y con todo, le quedaba tiempo y lo utilizaba con general provecho dando lecciones de gramática, retórica y filosofía. De los jóvenes que fueron sus discípulos hubo algunos que después brillaron en su patria y viven en la historia, entre ellos Simón Bolívar.

Además era poeta; y como no se daba instante de reposo ni momento de vagar, componía versos magníficos para solaz ajeno y placer propio; sus versos eran leídos con general aplauso en todas las tertulias caraqueñas. Sus poesías de aquella época no se imprimieron jamás y se han perdido muchas.

Al empezar la guerra de la independencia, su espíritu estaba entero con sus compatriotas; pero el insigne Bello no era hombre de lucha y no tomó en la guerra parte activa. Le ataban además lazos de familia y de agradecimiento, que originaron calumnias groseras é infundadas. El tiempo y las pruebas materiales han desvanecido las calumnias; la memoria de Bello es la de un patriota puro y convencido; pero aquellas acusaciones injuriosas debieron mortificar hondamente el alma del patriota, cuando le obligaron á abandonar su país.

Bello emigró de Venezuela, estableciéndose en Chile; pero antes viajó por otros varios países de América y de Europa. En Londres cultivó la amistad de los sabios más sobresalientes, registró los archivos, consultó las bibliotecas y aprendió mucho. Allí estudió la lengua griega, que le era indispensable, dada la especialidad de sus estudios; aprendió el limosín, que le había de ser tan útil en sus investigaciones literarias sobre la Edad media; perfeccionó sus conocimientos de la lengua patria, del portugués, del francés, del italiano y sobre todo, del inglés, lengua que hablaba y escribía con rara perfección.

Desde 1829 hasta su muerte, ocurrida en 1865, vivió nuestro Bello en la capital de Chile donde fué querido y venerado. Allí escribió ó revisó sus obras más importantes, ejerciendo una influencia que dura todavía en la política, las letras y la enseñanza. Fué senador, fué rector perpetuo de la Universidad y unió su nombre al Código chileno.

Las obras de Bello son tan numerosas é importantes, que su simple reseña exigiría un volumen.

La literatura castellana le debe ricos tesoros, tan apreciados en España por los eruditos como en América por todos los hombres estudiosos. Los trabajos de Bello sobre el poema del Cid, sobre la gramática española, sobre la ortología y métrica de la lengua castellana, son verdaderos monumentos del habla de Castilla. Con justicia fué nombrado Bello miembro honorario de la Academia Española.

Escribió el gran publicista sobre derecho internacional, hizo traducciones directas de los poetas clásicos y dejó manuscrita en lengua inglesa una obra referente á la crónica fabulosa de Turpin, obra que no podemos juzgar.

La literatura amena le debe también las poesías más perfectas y más acabadas; sus himnos patrióticos, su poema descriptivo de la zona tórrida, su traducción del Orlando, son otros tantos modelos.

Como prueba de su correctísima versificación, vamos á dar algunas muestras.

FRAGMENTOS DE LA ORACIÓN POR TODOS

I

Ve á rezar, hija mía. Ya es la hora
De la conciencia y del pensar profundo.
Cesó el trabajo afanador, y al mundo
La sombra va á colgar su pabellón.
Sacude el polvo el árbol del camino
Al soplo de la noche; y en el suelto
Manto de la sutil neblina envuelto
Se ve temblar el viejo torreón.
¡Mira! su ruedo de cambiante nácar
El occidente más y más angosta
Y enciende sobre el cerro de la costa
El astro de la tarde su fanal.
Para la pobre cena aderezado
Brilla el albergue rústico, y la tarda
Vuelta del labrador la esposa aguarda
Con su tierna familia en el umbral.
Brota del seno de la azul esfera
Uno tras otro fúlgido diamante;
Y ya apenas de un carro vacilante
Se oye á distancia el desigual rumor.
Todo se hunde en la sombra: el monte, el valle.
Y la iglesia, y la choza, y la alquería;
Y á los destellos últimos del día
Se orienta en el desierto el viajador.
Naturaleza toda gime; el viento
En la arboleda, el pájaro en el nido,
Y la oveja en su trémulo balido,
Y el arroyuelo en su correr fugaz.
El día es para el mal y los afanes:
¡He aquí la noche plácida y serena!
El hombre tras la cuita y la faena
Quiere descanso y oración y paz.
Sonó en la torre la señal: los niños
Conversan con espíritus alados;
Y los ojos al cielo levantados,
Invocan de rodillas al Señor.
Las manos juntas, y los pies desnudos,
Fe en el pecho, alegría en el semblante,
Con una misma voz, á un mismo instante,
Al padre Universal piden amor.
Y luego dormirán; y en leda tropa
Sobre su cama volarán ensueños,
Ensueños de oro, diáfanos, risueños,
Visiones que imitar no osó el pincel.
Y ya sobre la tersa frente posan,
Ya beben el aliento á las bermejas
Bocas, como lo chupa las abejas
Á la fresca azucena y al clavel.
Como para dormirse, bajo el ala
Esconde su cabeza la avecilla,
Ya la niñez en su oración sencilla
Adormece su mente virginal.
¡Oh dulce devoción, que reza y ríe!
¡De natural piedad primer aviso!
¡Fragancia de la flor del paraíso!
¡Preludio del concierto celestial!

II

Ve á rezar, hija. Y ante todo
Ruega á Dios por tu madre; por aquella
Que te dió el ser, y la mitad más bella
De su existencia ha vinculado en él.
Que en su seno hospedó tu joven alma,
De una llama celeste desprendida;
Y haciendo dos porciones de la vida,
Tomó el acíbar y te dió la miel.
Ruega después por mí. Más que tu madre
Lo necesito yo... Sencilla, buena,
Modesta como tú, sufre la pena,
Y devora en silencio su dolor.
Á muchos compasión, á nadie envidia,
La vi tener en mi fortuna escasa:
Como sobre el cristal la sombra, pasa
Sobre su alma el ejemplo corruptor.
No le son conocidos... ¡ni lo sean
Á tí jamás!... los frívolos azares
De la vana fortuna, los pesares
Ceñudos que anticipan la vejez;
De oculto oprobio el torcedor, la espina
Que punza á la conciencia delincuente,
La honda fiebre del alma, que la frente
Tiñe con enfermiza palidez.
Mas yo la vida por mi mal conozco,
Conozco al mundo, y sé su alevosía;
Y tal vez de mi boca oirás un día
Lo que valen las dichas que nos da.
Y sabrás lo que guarda á los que rifan
Riquezas y poder, la urna aleatoria,
Y que tal vez la senda que á la gloria
Guiar parece, á la miseria va.
Viviendo, su pureza empaña el alma,
Y cada instante alguna culpa nueva
Arrastra en la corriente que la lleva
Con rápido descenso al ataúd.
La tentación seduce; el juicio engaña;
En los zarzales del camino deja
Alguna cosa cada cual: la oveja
Su blanca lana, el hombre su virtud.
Ve, hija mía, á rezar por mí, y al cielo
Pocas palabras dirigir te baste;
«¡Piedad, Señor, al hombre que criaste;
Eres Grandeza; eres Bondad; perdón!»
Y Dios te oirá; que cual del ara santa
Sube el humo á la cúpula eminente,
Sube del pecho cándido, inocente,
Al trono del Eterno la oración.
Todo tiende á su fin: á la luz pura
Del sol la planta; el cervatillo atado,
Á la libre montaña; el desterrado,
Al caro suelo que le vió nacer.
Y la abejilla en el frondoso valle,
De los nuevos tomillos al aroma;
Y la oración en alas de paloma
Á la morada del Supremo Ser.
Cuando por mi se eleva á Dios tu ruego,
Soy como el fatigado peregrino,
Que su carga á la orilla del camino
Deposita y se sienta á respirar.
Porque de tu plegaria el dulce canto
Alivia el peso á mi existencia amarga
Y quita de mis hombros esta carga,
Que me agobia, de culpa y de pesar.
Ruega por mí, y alcánzame que vea
En esta noche de pavor, el vuelo
De un ángel compasivo, que del cielo
Traiga á mis ojos la perdida luz.
Y pura finalmente, como el mármol
Que se lava en el templo cada día,
Arda en sagrado fuego el alma mía,
Como arde el incensario ante la Cruz.

III

Ruega, hija, por tus hermanos,
Los que contigo crecieron
Y un mismo seno exprimieron,
Y un mismo techo abrigó.
Ni por los que te amen solo
El favor del cielo implores:
Por justos y pecadores
Cristo en la Cruz expiró.
Ruega por el orgulloso
Que ufano se pavonea,
Y en su dorada librea
Funda insensata altivez.
Y por el mendigo humilde
Que sufre el ceño mezquino
De los que beban el vino
Porque les dejen la hez.
Por el que de torpes vicios
Sumido en profundo cieno,
Hace aullar el canto obsceno
De nocturno bacanal.
Y por la velada virgen
Que en su solitario lecho,
Con la mano hiriendo el pecho,
Reza el himno sepulcral.
Por el hombre sin entrañas,
En cuyo pecho no vibra
Una simpática fibra
Al pesar y á la aflicción,
Que no da sustento al hambre,
Ni á la desnudez vestido,
Ni da la mano al caído,
Ni da á la injuria perdón.
Por el que en mirar se goza
Su puñal de sangre rojo,
Buscando el rico despojo
O la venganza cruel.
Y por el que en vil libelo
Destroza una fama pura,
Y en la leve mordedura
Escupe asquerosa hiel.
Por el que surca animoso
La mar, de peligros llena;
Por el que arrastra cadena,
Y por su duro señor.
Por la razón que leyendo
En el gran libro, vigila;
Por la razón que vacila;
Por la que abraza el error.
Acuérdate, en fin, de todos
Los que penan y trabajan;
Y de todos los que viajan
Por esta vida mortal.
Acuérdate aún del malvado
Que á Dios blasfemando irrita.
La oración es infinita:
Nada agota su caudal.

IV

¡Hija! reza también por los que cubre
La soporosa piedra de la tumba,
Profunda sima adonde se derrumba
La turba de los hombres mil á mil:
Abismo en que se mezcla polvo á polvo,
Y pueblo á pueblo; cual se ve á la hoja
De que al añoso bosque abril despoja
Mezclar la suya otro y otro abril.
Arrodilla, arrodíllate en la tierra
Donde segada en flor yace mi Lola,
Coronada de angélica aureola;
Do helado duerme cuanto fué mortal;
Donde cautivas almas piden preces
Que las restauren á su ser primero,
Y purguen las reliquias del grosero
Vaso, que las contuvo, terrenal.
¡Hija! cuando tú duermes, te sonríes,
Y cien apariciones peregrinas,
Sacuden retozando tus cortinas;
Travieso enjambre, alegre, volador.
Y otra vez á la luz abres los ojos,
Al mismo tiempo que la aurora hermosa
Abre también sus párpados de rosa,
Y da á la tierra el deseado albor.
¡Pero esas pobres almas!... ¡si supieras
Qué sueño duermen!... su almohada es fría:
Duro su lecho; angélica armonía
No regocija nunca su prisión.
No es reposo el sopor que las abruma;
Para su noche no hay albor temprano;
Y la conciencia, velador gusano,
Les roe inexorable el corazón.
Una plegaria, un solo acento tuyo,
Harán que gocen pasajero alivio,
Y que de luz celeste un rayo tibio,
Logre á su obscura estancia penetrar;
Que el atormentador remordimiento
Una tregua á sus víctimas conceda,
Y del aire, y el agua, y la arboleda,
Oigan el apacible susurrar.

FRAGMENTO DE LA ZONA TÓRRIDA

Tú das la caña hermosa
De do la miel se acendra,
Por quien desdeña el mundo los panales:
Tú en urnas de coral cuajas la almendra
Que en la espumante jícara rebosa;
Bulle carmín viviente en sus nopales
Que afrenta fuera al múrice de Tiro;
Y de su añil la tinta generosa
Émula es de la lumbre del zafiro.
El vino es tuyo que la herida agave
Para los hijos vierte
Del Anáhuac feliz; y la hoja es tuya
Que cuando de suave
Humo en espiras vagorosas huya
Solazará el fastidio al ocio inerte.
Tu vistes de jazmines
El arbusto sabeo
Y el perfume le das que en los festines
La fiebre insana templará á Lieo.
Para tus hijos la procera palma
Su vano feudo cría,
Y la piña sazona su ambrosía:
Su blanco pan la yuca,
Sus rubias pomas la patata educa,
Y el algodón despliega el aura leve
Las rosas de oro y el vellón de nieve.

El entierro del gran poeta, del eminente filólogo, del distinguido hombre público, fué una solemnidad que dejó memoria en la capital de Chile. El pueblo entero acompañó á su tumba los restos del anciano venerable. Bello cerró sus ojos á la luz á la edad de 85 años.


MONROE

En el firmamento americano brillan astros de todas magnitudes. Wáshington y Bolívar son imperecederos, eternamente visibles como soles que no se apagan, como luminares sin noche y sin eclipse. Otros despiden fulgores menos intensos, ya que no menos puros. No deslumbran, no ciegan, pero guían al caminante por las obscuras sendas de la Historia. Por lo mismo que son menos gloriosos y no tan refulgentes, puede juzgárseles con imparcialidad y sin pasión. Las manchas del sol no se distinguen; pero se verían, si por acaso existieran, las de esos astros sin luz deslumbradora.

Una de las estrellas de primera magnitud en el cielo americano, es Jacobo Monroe, soldado entusiasta de la independencia, notable estadista, virtuoso ciudadano, que figura y aun descuella entre los insignes presidentes de los Estados Unidos.

Nació el 2 de abril de 1759 en el condado de Westmoreland (Virginia). Sus padres le destinaban al foro y, en efecto, principió á cursar la carrera de derecho; pero á los 16 años abandonó sus estudios para alistarse en el ejército de Wáshington y concurrir á la defensa de la ciudad de Nueva York, amenazada por un ejército inglés. Corrió el joven soldado las vicisitudes todas de la guerra. En la acción de Trenton fué herido de gravedad. Monroe se mostró toda su vida orgulloso de la extensa y honda cicatriz que señalaba su frente, verdadera condecoración que daba testimonio de sus riesgos, de sus campañas y de sus servicios. Esas son las únicas y gloriosas condecoraciones que se usan en América, donde no se adornan los pechos valerosos con dijes femeniles y con relumbrones cortesanos de los que se prodigan en Europa.

El joven militar que hacía su aprendizaje de tan ruda manera, sin que se amenguara su entusiasmo patrio, ascendió á capitán en recompensa de su gloriosa herida.

En 1777 fué nombrado ayudante del general Sterling: á sus órdenes se distinguió en los campos de batalla. El mismo Wáshington premió su comportamiento con su promoción á coronel.

Terminada la guerra acabó su carrera de abogado y se estableció en Virginia.

Afiliado al partido demócrata, fué varias veces elegido representante del pueblo.

De 1790 á 1794 fué senador por Virginia, sentándose constantemente en los escaños de la oposición.

Jorge Wáshington, para dar una prueba de deferencia al partido demócrata y estrechar las relaciones de los Estados Unidos con la República francesa, nombró á Monroe ministro representante en París. Mucho contribuyeron el tacto y las ideas de Monroe á la buena armonía de ambas repúblicas; mas su entusiasmo y simpatía por la Francia, en lucha entonces con Inglaterra, no se avenía muy bien con la política de neutralidad que sostenía Wáshington, y vióse éste precisado á llamarle en 1796. El partido democrático se resintió grandemente de esa medida de la presidencia, y el mismo Monroe manifestó también su disgusto en un notable folleto en el que, sin combatir á Wáshington, á quien tenía en gran consideración y estima, justificaba su misión cerca del gobierno francés.

En 1799 fué nombrado gobernador del Estado de Virginia, funciones que desempeñó á satisfacción de todos hasta que el presidente Jéfferson, que sucedió á Wáshington, le mandó en calidad de embajador extraordinario á Francia á fin de concertar la cesión de Nueva-Orleáns, propósito que realizó: pasando después á Inglaterra en calidad de representante de la Unión y de allí á España, á fin de negociar la cesión de otros Estados á la gran república.

En 1811 fué nombrado de nuevo gobernador de Virginia y al poco tiempo el presidente Mádison le llevó á la secretaría de Estado.

Por aquel tiempo estalló la guerra con Inglaterra, y Monroe, que después de la toma de Wáshington y de otros reveses que experimentaron las armas americanas, fué nombrado ministro de la Guerra, dió pruebas inequívocas de una notable energía y un carácter entero y valeroso. Á pesar de hallarse exhausto el tesoro, casi perdido el crédito, y con la oposición que á la guerra hacían los adictos á la política pacífica que iniciara el primer presidente, el ministro de la Guerra, que continuaba ejerciendo la secretaría de Estado, preparó la defensa, creó ejércitos, infundió al soldado americano la decisión y el valor de que carecía, improvisó medios y recursos empeñando hasta sus propios bienes, y en una palabra, Monroe, que era el alma de aquella lucha, obtuvo la victoria. La gran derrota que experimentaron los ingleses que amenazaban la ciudad de Nueva-Orleáns determinó la paz, que lo fué honrosísima y ventajosa para los Estados-Unidos (1815).

Á tan gran altura se elevó la reputación de Monroe, y tal fué la popularidad que alcanzara con su ejemplar conducta, que el partido democrático le designó por unanimidad en las elecciones de 1816 candidato á la presidencia de la Unión; elección que sancionaron con sus votos favorables todos los demás electores. Jacobo Monroe fué nombrado por unanimidad quinto presidente de los Estados-Unidos.

El día 4 de marzo de 1817, en el Capitolio de Wáshington, ante los jueces del Supremo Tribunal de Justicia, los ministros extranjeros y otros altos dignatarios, el nuevo presidente prometía velar por los intereses y prosperidad de su patria, y fidelidad á sus republicanas leyes. Notabilísimo fué su discurso inaugural, en el que hacía votos por el bienestar y progreso del pueblo americano.

Durante su primera administración, y fiel á su lema de América para los americanos, trabajó con ahinco para la adquisición de la Florida, que pertenecía al gobierno español, del que logró la cesión. Así, pues, á Monroe como ministro de Estado primero, y después como presidente, deben los Estados Unidos las dos adquisiciones más importantes del Sur, la Luisiana y las Floridas (1803 y 1820).

Débense también á Monroe la fijación muy ventajosa para la República, de los límites del Canadá y un tratado con Inglaterra por el que se permitía á los ciudadanos norte-americanos compartir con los ingleses las pesquerías de Terranova, que hasta entonces habían monopolizado éstos últimos.

En 1818 expidió un decreto por el que se pensionaba á los oficiales y soldados de la revolución de la independencia y á las viudas y huérfanos de los mismos, decreto que contribuyó grandemente á la popularidad de Monroe.

Fué reelegido presidente, desempeñando con acierto tan alta magistratura hasta 1825. Después se retiró á Virginia, donde ejerció las modestas funciones de juez de paz y más tarde las de rector de la Universidad de su Estado. ¡Cosas de los Estados Unidos! exclaman los europeos.

Sí, cosas que sólo se ven en las verdaderas democracias, en los pueblos grandes, en las naciones libres, en las instituciones federales.

El gran Monroe murió rodeado de sus hijos, en Nueva York, el 4 de julio (día de la fiesta nacional) del año 1831. Sus restos fueron trasladados á Richmond en 1859.

El hecho culminante de la vida de Monroe fué el haber derrotado á los ingleses que invadieron la República en 1812 con el propósito de reconquistarla. Incendiaron los invasores el capitolio de la capital; pero tuvieron que reembarcarse vencidos.


BELGRANO

Este apellido figura entre los más conocidos y respetables de América, no ciertamente á la altura de los San Martín y los Bolívar, nunca al nivel de los Wáshington, los Hámilton, los Juárez ó los Bello, pero de todos modos á elevación bastante para ser visto de todos y servir de ejemplo á la posteridad.

El prócer argentino don Manuel Belgrano, general de la Revolución, vino al mundo en Buenos Aires hacia el año 1770. Pasó casi niño á España, cursando jurisprudencia en Valladolid y graduándose en Madrid. Era, pues, doctor en derecho cuando volvió á su patria; pero sus estudios favoritos eran los concernientes á la economía política y á lo que hoy llamaríamos ciencia social.

En 1806, hallándose España en guerra con Inglaterra, fué invadido el río de la Plata por una escuadra inglesa, que atacó á Buenos Aires. Las tropas inglesas de desembarco se posesionaron de la capital, pero no pudieron sostenerse ante la resistencia valerosa de las escasas tropas y de las milicias populares. Por dos veces fué vencida Inglaterra en Buenos Aires, siendo los héroes de la resistencia el coronel Liniérs y el alcalde de la ciudad Martín Alzaga. Belgrano tomó parte, como simple capitán de las milicias urbanas en 1806, como sargento mayor del cuerpo de Patricios en 1807.

Sonó la hora de la Independencia en 1810, y constituído un gobierno en Buenos Aires, fué llamado al poder el insigne Belgrano con otros varios patriotas argentinos.

Los españoles no opusieron en la región del Plata, por falta de recursos, la tenaz resistencia que hicieron en Méjico, Venezuela y el Perú. No fué la lucha tan larga ni tan sangrienta; pero de todas maneras fué necesario reñir algunas batallas con los elementos españoles, muchas con los descontentos, varias con las provincias que querían su propia independencia al mismo tiempo que la de Buenos Aires. Las divergencias y las discrepancias, las notas y los matices eran tantos como pueblos, casi tantas como hombres. Cada ciudadano concebía una forma de gobierno, prefería una solución ó ponía su confianza en una persona diferente. Las dificultades eran grandes, tal vez mayores que en los países donde los españoles combatían con tesón y con bravura, pues su sola presencia constituía una amenaza y aunaba los esfuerzos y las aspiraciones de los independientes.

El Paraguay se negaba á someterse al gobierno constituído en Buenos Aires, y Belgrano, con 700 hombres, recibió la misión de someterlo. Una campaña heroica, pero desgraciada, terminada por un armisticio, obligó á retroceder al general Belgrano con su titulado ejército.

Belgrano perdió las batallas de Paraguarí, Tacuarí y alguna otra, sin que padeciera su prestigio de soldado: había luchado con fuerzas inferiores, en la proporción de 1 á 16, no cediendo la victoria sino á la superioridad numérica del enemigo.

Pero si mantenía su buen nombre de soldado y su acreditada fama de valiente, en cambio carecía de esa reputación de inteligencia militar sin la cual no hay caudillo prestigioso. La pericia de un general se demuestra lo mismo en los reveses que en las victorias; mas los pueblos no la ven jamás sino en la gloria del triunfo.

En la campaña de 1812 fué Belgrano mucho más feliz, pues ganó la acción de Tucumán, como también la de Salta en 1813. Estas victorias, que restablecieron su prestigio, aseguraron el éxito de la revolución. La Asamblea, y en nombre suyo el gobierno, premió á Belgrano con un sable de honor que contenía la inscripción siguiente:

La Asamblea Constituyente
al benemérito general Belgrano

La guarnición del sable era de oro.

Además se le regalaron sobre 40,000 pesos en fincas del Estado.

El cabildo de la capital le remitió un bastón de mando y un par de magníficas pistolas.

Belgrano aceptó los obsequios con que se le honraba, excepto el de las fincas. Sobre éste dijo en una respetuosa comunicación:

«Nada hay más despreciable para el hombre de bien, para el patriota verdadero que goza de la confianza de sus conciudadanos, que las riquezas. Éstas son el escollo de la virtud, y adjudicadas en premio, no sólo son capaces de excitar la avaricia en los demás, sino que parecen dirigidas á lisonjear una pasión abominable en el agraciado. He creído digno de mi honor y de los deseos que me inflaman por la prosperidad de mi patria, el destinar esa suma de 40,000 pesos á la dotación de cuatro escuelas en las ciudades de Tarija, Jujuy, Santiago y Tucumán.»

En octubre de 1813 fué batido Belgrano en las altillanuras de Bolivia, teniendo que retirarse á Jujuy. Después de entregar sus fuerzas al general San Martín, regresó á Buenos Aires.

Enviado á Europa en comisión, tornó á su patria en 1815. Entonces fué nombrado por segunda vez general del ejército que operaba en el Perú[5]. Cuatro años se mantuvo lidiando en las cordilleras, y contrajo allí la enfermedad que poco después le arrebató la vida. En aquella guerra de fatigas y de privaciones sin gloria ni lucimiento, acreditó sus dotes militares, sus virtudes y su patriotismo. Es necesario conocer la guerra de montañas y lo escabroso que es el que fué teatro de sus operaciones, para apreciar todo el mérito de su abnegación y sus servicios.

Llegó moribundo á Buenos Aires en el mes de marzo de 1820, falleciendo en el inmediato mes de junio.

Sus funerales se celebraron con inusitada pompa. Su memoria se conserva con veneración en todos los pechos argentinos. Cerca de Buenos Aires se ha fundado un pueblo con su nombre. Por último, su ciudad natal le ha dedicado una estatua ecuestre con estas cuatro inscripciones:

Manuel Belgrano
Nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770

Al iniciador de la revolución de 1810
Campaña del Paraguay, 1811.—Victoria de Tucumán, 1812

Á Belgrano la patria agradecida
Victoria de Salta 1813

Fundó las primeras escuelas en cuatro provincias
Campaña del Alto Perú

General Belgrano
Murió en Buenos Aires el 20 de junio de 1820.


BILBAO

Como todos los hombres apasionados y entusiastas, Francisco Bilbao tuvo en su tiempo y en su patria más detractores que amigos. Los unos le reprochaban la temeridad de sus empresas, los otros la osadía de sus concepciones; quién le consideraba un sectario exclusivista, quién un terrible demagogo. Ha sido necesario que la muerte le oculte á los ojos de los vivos, para que éstos hagan completa justicia á su talento y á sus intenciones.

Hemos dicho que tuvo corto número de amigos, lo cual no quiere decir que no fuese popular; contaba en absoluto con las masas. Hemos querido decir que no le daban apoyo ni le hacían justicia los hombres ilustrados, los que guían y encauzan la opinión, los escritores y los periodistas, pues éstos en general veían con malos ojos sus ideas revolucionarias y sus planes políticos. Sin embargo, sus planes eran prácticos. Lo que parecía demagógico á muchos hombres públicos, se ha realizado en parte; lo que se juzgaba peligroso en las naciones de América, lo considerarían insuficiente, reaccionario ó tímido en Europa, á la fecha en que escribimos, no los nihilistas y socialistas revolucionarios, sino los simples liberales belgas, ingleses, franceses ó españoles.

He aquí un extracto de su biografía:

«Francisco Bilbao nació en Santiago de Chile en 1823 y murió en Buenos Aires en 1865. Su vida fué una constante peregrinación; perseguido casi siempre, calumniado á menudo, desdeñado á veces, no halló casi nunca justicia ni reposo ni consiguió morir en el seno de su patria.

Á la edad de veinte años hizo pública su profesión de fe; el librepensamiento, que él defendía, contaba entonces muy pocos partidarios, y Bilbao fué sometido á un proceso, lo que le obligó á emigrar. Cinco años pasó en Europa, no como suelen hacerlo tantos jóvenes americanos que sólo se dedican á gozar de los placeres que ofrecen las corrompidas ciudades del antiguo mundo, sino estudiando con verdadero afán, con ansia de saber, con infatigable aplicación. Tuvo por maestros á Lamennais, Edgard Quinet y Michelet, de quienes conservó toda la vida recuerdo cariñoso. De tales maestros no podía salir un mal discípulo, sobre todo cuando aquéllos sembraban en campo tan abonado para su semilla.

Las revoluciones de febrero y junio de 1848, que presenció en París, le enseñaron prácticamente dos cosas: primera, la imposibilidad de perpetuar errores é injusticias en pueblos que tienen el sentimiento de su dignidad; segunda, la manera de combatir á los tiranos y á las oligarquías, valiéndose del plomo, del hierro, de las barricadas y del corazón.

Aprendió más en aquel año fecundo y que tantas huellas ha dejado en la política europea: la solidaridad de los pueblos, esto es, la unidad de la democracia para la cual no hay distancias ni fronteras, pues la revolución de febrero tuvo un eco en todas las naciones, repercutió en los pueblos que parecían menos aptos para la República, produjo barricadas y sangrientas luchas en la heroica Milán, en la vetusta Roma, en España, en Alemania, en Irlanda. El año de 1848 fué la aurora de la redención, fué el programa que había de realizarse en la segunda mitad del siglo XIX. En la brecha de Roma, heroicamente defendida por Garibaldi, fué aclamado el librepensamiento; en las calles de Milán, atestadas de cañones austriacos y de soldados tudescos, vitoreó Mazzini la independencia de Italia; en Hungría y en Alemania se luchó con denuedo por la libertad; en las calles de Sevilla y por dos veces en las de Madrid, cayeron cien patriotas al grito de ¡viva la República!

Francisco Bilbao aprendió más todavía en las dos revoluciones parisienses de 1848: que los vencedores son siempre unos héroes y unos santos; los vencidos unos miserables cobardes y traidores. Los mismos que en febrero derribaron á Luis Felipe, rey constitucional de Francia, y se proclamaron á sí mismos salvadores de la patria, ametrallaron despiadadamente á los obreros que en junio intentaron conquistar, con una bravura digna de mejor éxito, el sufragio universal y los derechos del hombre. Sí, los derechos del hombre. Estaban escritos desde 1789; pero la burguesía francesa los interpretaba con un criterio mezquino. El hombre tiene derecho á vivir, á trabajar y á saber; los obreros de París reclamaban con razón un aumento de salario, una organización del trabajo nacional que no hiciera depender el suyo de la voluntad de los patrones, y una amplitud racional en la enseñanza pública, en la instrucción de sus hijos, á quienes debe la sociedad una educación extensa, laica y gratuita. La dignidad por medio de la libertad, el pan por medio del trabajo, la instrucción por el Estado, eso era todo lo que pedían los revolucionarios parisienses, y eso fué lo que Francisco Bilbao quería para la plebe. Quería, principalmente, como base de sus futuras conquistas, la libertad de conciencia y la proscripción del fanatismo.

Bilbao tornó á su patria en 1849 y pronto se hizo el ídolo de las masas. Fundó la «Sociedad de la Igualdad», en cuyo seno educaba á los rotos, y á muchos que no eran rotos, imbuyéndoles ideas de igualdad y de fraternidad. Aquella sociedad llegó á contar seis mil socios.

La revolución del 20 de abril de 1851 tuvo por jefe á Bilbao, que con su gente se batió seis horas. Fué vencido, y tuvo que emigrar una segunda vez; segunda y última, pues no volvió á su patria.

Refugiado en el Perú, continuó con ahinco su propaganda en la prensa, combatiendo sobre todo la corrupción política. Su campaña periodística le valió en breve ser desterrado del Perú. Entonces fué al Ecuador, pero no tardó en volver á Lima, donde combatió en las calles el día 5 de abril de 1854. Derribado el gobierno que le había desterrado por su campaña contra la corrupción, emprendió nueva campaña contra el ultramontanismo. Nuevas persecuciones, cárcel, destierro, fueron las consecuencias inmediatas para el viril escritor. Pasó entonces á Francia donde estuvo poco tiempo, regresando á América para vivir al lado de sus padres. Hallábanse establecidos éstos en la ciudad de Buenos-Aires, muy agitada á la sazón, y Bilbao no pudo permanecer indiferente, ni mantenerse alejado de la lucha, ni considerarse extraño en las cuestiones de interés humano y universal que exaltaban los ánimos de toda la República Argentina. Escribió de nuevo contra el clericalismo, huyó de Buenos-Aires para evitar sañudas persecuciones y anduvo errante algún tiempo á la espectativa de algún cambio.

Apaciguadas un tanto las pasiones políticas, entró nuevamente en Buenos-Aires, donde vivió consagrado al estudio de complicados problemas sociológicos. Dejó algunos escritos, en los que aparece tan intransigente en sus ideas como lo fué en sus costumbres. Radical exaltado y convencido librepensador, no fué sin embargo materialista ni ateo.

Muchas veces la calumnia, queriendo hallarle su flaco, le llamó díscolo, insensato y ambicioso; nunca sus más enconados detractores se atrevieron á negarle acrisolada honradez y pureza de costumbres. Se puede decir que fué el iniciador del racionalismo en las antiguas colonias españolas, educadas por la inquisición y el jesuitismo.

La figura de Bilbao parecerá más grande á medida que transcurra el tiempo.

Murió cuando todavía estaba en condiciones de ser útil á la humanidad; tenía 42 años.»