Este chileno ilustre, hoy casi olvidado por sus mismos compatriotas, merece figurar en este galería como uno de los hombres que honran á su raza. Era oficial de la marina chilena desde 1836, y prestó buenos servicios en las campañas navales que sostuvo Chile por entonces. En 1838, desempeñaba ya el mando interino de la corbeta Janequeo.
No hemos podido averiguar la fecha en que nació ni el lugar preciso de su nacimiento; solo sabemos con referencia á personas que le conocieron y nos merecen crédito absoluto, que Benjamín Gamero—así se le llamaba—era todavía muy joven hacia el año 1840; pero estudioso, formal y de gallarda presencia, distinguiéndose por su afición al estudio de las lenguas vivas.
En 1842 fué ascendido Gamero á teniente de primera clase, y en el mismo año se le comisionó por su gobierno para navegar y practicar estudios en la marina británica. Embarcó primero en la corbeta de guerra Carysfort, como oficial agregado, y luego se le confió el mando de la goleta Victoria, distinción que los ingleses no suelen otorgar á oficiales extranjeros.
Al cabo de dos años se incorporó á la marina chilena, mereciendo que el oficial inglés comandante de la Carysfort lo recomendara con encomio certificando que «el teniente Benjamín Muñoz Gamero, por su celo y su pericia náutica, se hallaba á la altura de los oficiales ingleses más acreditados».
En 1844 obtuvo el mando del Magallanes, desempeñándolo con acierto. En 1845 ascendió á capitán de corbeta, pasando á mandar la Janequeo que ya había mandado anteriormente por interinidad.
Pero estas alternativas, las vicisitudes de su carrera en los primeros años, los servicios comunes y corrientes que prestó en la naciente armada de su país, no merecerían ni recordación si él no se hubiera distinguido en otros servicios más distinguidos y en comisiones extraordinarias, que desempeñó con singular pericia hasta su trágica muerte.
El gobierno de Chile, que conocía las sobresalientes condiciones y la capacidad del capitán Gamero, le comisionó para explorar con algunos auxiliares la región austral de la República. En efecto, reconoció prolijamente los ríos y lagos de aquella importantísima región, entonces mal conocida, especialmente el Llanquihue y el Coyuhué. Estos trabajos hidrográficos eran de una dificultad inmensa por la falta de recursos, pues aquellas comarcas estaban enteramente desiertas y necesitaban los exploradores abrirse paso á machete, llevarlo todo consigo, trazar sendas practicables talando ó chapeando ellos mismos, sin hablar de las innumerables privaciones y sus naturales consecuencias. De todos modos, la ciencia debe mucho á aquellos exploradores capitaneados por Gamero, que llenaron su misión venciendo todas las dificultades. El Diario de la expedición contiene interesantes noticias y preciosos datos geográficos, topográficos, físicos y geológicos.
Ascendido Gamero á capitán de fragata en 1850, fué nombrado gobernador de la colonia de Magallanes. No bien hubo tomado posesión de su destino, se dedicó al estudio de la lengua indígena y empezó á formar un diccionario patagónico.
Desgraciadamente no pudo concluírlo, pues al frente de la colonia le sorprendió el desenlace de su laboriosa y útil existencia.
El 21 de noviembre de 1851 fué reducido á prisión por las fuerzas que estaban á sus órdenes, las cuales se sublevaron incitadas por el teniente de artillería Cambiaso que se puso al frente de la sublevación. El gobernador Gamero fué bien tratado al principio; pero habiéndose escapado con el capellán Acuña, tuvieron ambos que soportar mil riesgos y privaciones. Arrastrados por un temporal á una isla de la Tierra del Fuego, tuvieron que batirse con los insulares; hasta que que viéndose hostilizados por un gran número de salvajes fueguinos, se vieron obligados á tornar al continente. Desembarcaron en una pequeña caleta que se llama Agua Fresca, donde no tardaron en ser descubiertos por los emisarios, agentes y espías del traidor Cambiaso. Tardaron muchos días en ser cogidos, porque se internaron en los montes; pero algunos hombres armados que desde Punta-Arenas habían salido en su persecución, lograron darles alcance y capturarlos sin resistencia cuando hacía una semana que los infelices prófugos no se alimentaban más que con mariscos y hierbas. Aquella misma noche fueron pasados por las armas Gamero y el padre Acuña; sus cadáveres fueron quemados.—El asesino Cambiaso fué fusilado á su vez, en Valparaíso, en 1852.
El Diccionario náutico, obra de Gamero, es una prueba de la aplicación de este benemérito y malogrado marino, mártir del deber.
Esta inolvidable poetisa nació en la isla de Cuba en 1816. Puerto Príncipe, su ciudad natal, que ha tenido fama y la tiene todavía y es probable que no la pierda nunca, por el corazón y la hermosura de sus incomparables y bellísimas mujeres, las habrá sin duda producido más guapas, más varoniles, más patriotas ó tanto como Gertrudis, pero ninguna tan grande ni tan célebre.
No solo descuella la camagüeyana Tula entre todas las mujeres de Cuba y de su siglo, sino entre todas las que en todo tiempo han cultivado con éxito la literatura castellana. Es el más brillante ingenio que su sexo ha producido. No sin razón decía don Manuel Bretón de los Herreros oyendo la lectura de sus poesías: ¡Es mucho hombre esta mujer!... Y don Juan Nicasio Gallego escribía á su vez estas palabras: «Nadie le puede negar la primacía entre cuantas personas de su sexo han pulsado la lira castellana, así en éste como en los pasados siglos.»
El epitafio que escribió don Nicomedes Pastor Díaz para la tumba de la Avellaneda, no es menos elocuente que los juicios anteriores: «Fué uno de los más ilustres poetas de su nación y de su siglo; fué la más grande entre las poetisas de todos los tiempos.»
Murió la Avellaneda en España á principios de 1873.
Desde muy joven había venido á España, donde supo conquistarse un puesto prominente en la fecunda y rica república de las letras españolas. Casada varias veces, volvió más de una vez á su patria que se enorgullecía con hija tan ilustre. Sus últimos versos fueron escritos en Cárdenas.
Sus poesías líricas hubieran bastado para crearle un envidiable renombre: sus novelas no son menos notables; sus producciones dramáticas la elevaron á una inmensa altura.
Los dramas de Gertrudis más aplaudidos en España, fueron Alfonso Munio, Baltasar y La hija de las Flores. Uno de ellos, Baltasar, ha sido transformado en ópera por el maestro Villate, compatriota de la poetisa. La ópera también fué celebrada al estrenarse en Madrid.
Pero veamos á la poetisa retratada por sí propia:
«Había cumplido diez y ocho años—dice la Avellaneda en sus memorias—y excepto leer y escribir, y representar tragedias, nada sabía. Todos los desvelos de mi madre por hacerme progresar en la música y el dibujo, no habían podido llevarme más lejos que á tocar de memoria algún vals, á cantar algunas arias de Rossini, con más expresión que arte, y á pintar mal algunas flores. Mi maestro de aritmética me había declarado incapaz de conocer los números; mi profesor de gramática me decía que era imposible hacerme comprender una sola regla; en fin, cuantos se habían encargado de mi educación parecían convencidos de mi ineptitud para todo; y, sin embargo, yo escribía y hablaba con más corrección de la que es común en mi país, y, no obstante mi natural desidia para aprender, tenía sed ardiente de saber y leía mucho y pensaba mucho.»
Y pensando, y leyendo, se transformó la poetisa cubana, que llegada á Madrid en un período de animación y renacimiento literario, logró lo que á muy pocos les es dado conseguir: una reputación unánime de poetisa inspirada y de escritora correcta. Su desidia y su pereza, no eran más que aparentes; eran manifestaciones de un espíritu inquieto y soñador que no podía sujetarse al estudio metódico de materias áridas, que prefería los vuelos de su imaginación y los goces de una fantasía potente y creadora. ¡Quién sabe los dramas, las tragedias, las imágenes, las elegías que bulleron en la cabeza de Tula, cuando se mostraba tan rebelde á la gramática! He aquí dos de sus sonetos:
El célebre cura de Dolores (Méjico) nació en el Estado de Guanajuato en 1753, dedicándose desde muy joven á la carrera eclesiástica.
El 16 de septiembre de 1810 inició Hidalgo la lucha que había de destruír el sistema virreinal, lucha que duró 14 años, no viendo su fin casi ninguno de los iniciadores.
Con 300 indios desarmados empezó Hidalgo la guerra contra los dominadores; guerra sangrienta y larga, tan sangrienta y larga como heroica, en la cual sólo tomaron parte en los primeros tiempos algunos sacerdotes, masas de indios y pobres desheredados. Los mejicanos ricos, ilustrados ó influyentes, salvo muy contadas excepciones, permanecieron impasibles ó defendieron la causa de los tiranos que era la causa de sus privilegios.
Cuando al fin se decidieron por la revolución, su peso inclinó la balanza del lado de la Independencia; si se hubieran decidido antes, no se hubiera vertido tanta sangre, no se hubieran levantado tantos patíbulos, no contaría tantos horrores la historia mejicana.
Por eso los mejicanos, haciendo justicia á los verdaderos fundadores de su gloriosa nacionalidad, conservan el culto de Hidalgo, Morelos y Matamoros, festejan el 16 de septiembre, se enorgullecen con las glorias de los que combatieron en la que pudiéramos llamar época heroica de la Independencia mejicana, sin acordarse apenas de los que consumaron la obra con sus arrojos tardíos, en época de victorias fáciles, de triunfos lisonjeros y de evoluciones útiles.
Miguel Hidalgo y Costilla, que así se llamaba el héroe, tuvo que refrenar excesos y desórdenes de gentes allegadizas, necesitando ordenarlas y disciplinarlas al mismo tiempo que hacía su propio aprendizaje de la guerra. Combatir contra un poder constituído, tradicional y fuerte, aprender lo que ignoraba, instruír al mismo tiempo á los suyos, es una triple tarea llena de dificultades que excusan los desaciertos, las faltas militares, los errores políticos del cura de Dolores. No por fanatismo personal, sino por acomodarse al fanatismo ajeno, levantó por enseña revolucionaria la imagen de la Virgen. La devoción de los indios á la virgen de Guadalupe, hábilmente explotada por Hidalgo, le dió un gran contingente de soldados y el apoyo de la raza indígena. Hasta un regimiento colonial formado como todos por soldados indios (el de la Reina, si mal no recordamos) se unió á las fuerzas de Hidalgo en los primeros tiempos.
El 28 de septiembre, doce días después de haberse iniciado la revolución, se titulaba el cura «teniente general» y mandaba un ejército de 56,000 hombres, con el cual tomó posesión de Guanajuato pasando á cuchillo á toda la guarnición y al intendente Riaño (que se hizo fuerte en la Alhóndiga y se defendió como era su deber.)
Hidalgo se valió del fanatismo de los naturales como medio de arrastrarlos al combate por la independencia. Los españoles se sirvieron de las mismas armas para combatirlo, creyendo desautorizarlo con excomuniones de la Iglesia. Por eso fué Hidalgo excomulgado como hereje, sacrílego y perjuro, excomuniones que habían de hacerle poca impresión á él mismo, pues siendo cura estaba en el secreto de su inutilidad, pero podían determinar deserciones en su ejército. Supo contenerlas con habilidad, y no sólo conservó sus fuerzas, sino que las aumentó, dotándolas de buena artillería de la fundición por él establecida en Guanajuato.
Entró en Valladolid el 10 de octubre de 1810 y fué nombrado generalísimo con facultades para legislar y tratamiento de Alteza serenísima.
Poco después, en Monte de las Cruces, derrotó las fuerzas de Torcuato Trujillo, quedándole abierto el camino de la capital. En pocas jornadas hubiera podido llegar triunfante á Méjico, pero no se atrevió; y contramarchando con rumbo hacia Querétaro, se encontró con el famoso Calleja que le derrotó poco menos que sin combatir. Hidalgo, sin embargo, tenía en aquel encuentro unos 40,000 hombres y 12 piezas de artillería. Pero sus soldados eran todavía bisoños y sus oficiales inexpertos, como improvisados y sin instrucción, lo cual explica de sobra su inferioridad.
Después de esta derrota se retiró á Valladolid, donde reorganizó sus huestes lo mejor que pudo. Se trasladó en noviembre con 7,000 hombres, casi todos de caballería, á Guadalajara, ciudad que había caído en poder de la revolución. Allí se constituyó un gobierno presidido por Hidalgo, cometiéndose muchas crueldades con los españoles y degollándose con ensañamiento á personas inocentes y aun inofensivas. Los mismos historiadores mejicanos juzgan con dureza los actos de Hidalgo, de alguno de sus tenientes y de muchos de sus hombres. Las guerras justas no deben ser inhumanas; los jefes de un ejército deben reprimir los instintos sanguinarios que pueda haber en la tropa; los crímenes de Guadalajara, como los ejecutados antes en Valladolid, son tanto más sensibles por que eran innecesarios. Allende, compañero de Hidalgo, se opuso con su influencia á la perpetración de tales crímenes: todo fué inútil.
Grandes tiranías, duras represiones y sangrientas represalias hicieron los españoles en la guerra de la independencia; en toda América sacrificaron víctimas, atropellaron inocentes y cometieron crímenes dignos de la reprobación, de la execración universal. Pero es fuerza convenir en que el cura Hidalgo les marcó tan mala senda. Las represalias no se justifican nunca, pero se explican á veces por la dura necesidad de la defensa propia. Los primeros crímenes de la guerra americana son imputables, desgraciadamente, al cura de Dolores. La posteridad le agradece el heroísmo de que dió pruebas iniciando en Méjico la revolución; le perdona sus faltas, en gracia del sacrificio de su existencia que hizo en aras de la independencia mejicana; pero no le considera á la altura de los grandes héroes, valientes al mismo tiempo que humanos, como Bolívar, San Martín, Wáshington, Sucre, Allende y tantos otros.
El 17 de enero de 1811 fueron batidos Hidalgo, Allende y Abasolo con 80,000 infantes, 20,000 jinetes y 96 bocas de fuego, por 5,000 hombres de tropas regulares que acaudillaba Calleja. El combate fué reñido; pero al fin tuvo que ceder el número ante la disciplina y buena dirección de las fuerzas virreinales. Hidalgo dejó en poder del enemigo crecido número de prisioneros, toda su artillería y las banderas con la imagen de la virgen milagrosa.
Buscando refugio en los Estados Unidos, fué Hidalgo detenido antes de llegar á la frontera. Se le fusiló el 1.º de agosto de 1811.
El historiador de Méjico, mejicano él mismo, don Lucas Alamán, trata con harta dureza al cura Hidalgo. Sus errores, ciertamente, fueron numerosos y perjudiciales para la causa que con ardor defendía; pero no es justo acusarle de hombre sin plan, sin principios, sin ideas, como hace el mencionado historiador, pues demostró lo contrario en circunstancias adversas.
En cuanto á los errores, los pagó con su vida y murió con el valor de los héroes.
Cubra sus faltas el piadoso manto del olvido; pero viva su nombre en la memoria de los americanos.
José Morelos y Pavón nació en Valladolid (Méjico) en 1765. En la misma ciudad, pero algún tiempo más tarde, nació Agustín Iturbide. Ambos vallisoletanos sirvieron á la causa de la Independencia; pero el uno, Morelos, fué vencido y ejecutado; el otro, Iturbide, se hizo proclamar emperador, lo cual no le eximió de morir igualmente fusilado como mueren en Méjico los emperadores. Morelos se batió por la Independencia mejicana desde que empezó la guerra, tropezando con las dificultades consiguientes y con las fuerzas de los españoles. Iturbide, oficial del ejército real, combatió primero contra sus paisanos y se adhirió después al movimiento cuando su triunfo parecía indudable. El mérito, pues, de ambos caudillos no tiene los mismos grados; por eso los mejicanos, que más tarde fusilaron á Iturbide, hubieran resucitado á Morelos si hubieren tenido medios para hacer ese milagro. La gratitud nacional pone á Morelos mucho más alto que á Iturbide. La ciudad en que nacieron ambos ha cambiado su nombre castellano de Valladolid por el actual de Morelia, sin que el honor que de este modo se ha concedido á Morelos se le haya ocurrido á nadie otorgárselo á Iturbide. Los pueblos se equivocan pocas veces; y aunque los hombres suelen ser injustos cuando se trata de juzgar sucesos ó personajes contemporáneos, el juicio de la posteridad repara casi siempre los errores y las injusticias. Pasadas las pasiones del momento, los intereses que ofuscan y las impresiones personales, queda la historia imparcial, la crítica serena, la razón fría que juzga sin pasión. Por eso los mejicanos enaltecen la memoria del patriota Morelos, y casi olvidan al brillante militar que solo sirvió á la patria en la medida de sus conveniencias y de sus ambiciones.
Hijo Morelos de un artesano humilde y huérfano desde la infancia, debió á la protección de un pariente la entrada en un colegio regido por Hidalgo, otro futuro mártir de la Independencia. Se distinguió en sus estudios y siguió la carrera eclesiástica no sin lucimiento. No bien hubo recibido las órdenes sagradas, desempeñó varios curatos sucesivamente.
Sublevado contra el rey el célebre cura Hidalgo, á quien Morelos tanto conocía, presentósele éste pidiéndole un puesto en la revolución. Hidalgo le improvisó coronel encargándole que extendiera y propagara el movimiento separatista por la región del sur. La primera campaña de Morelos fué tan brillante como afortunada, consiguiendo más de una vez sorprender al enemigo con su tropa irregular de indios y con sus escasos elementos. En 1810 y 1811, las victorias debidas á su audacia le proporcionaron á Morelos muchos recursos de que carecía: cañones, fusiles, armas blancas. El 16 de agosto del último año citado entró vencedor en Tixtla.
Á principios de 1812 fué destinado el general Calleja á la persecución del esforzado Morelos, que se encontraba á la sazón en Cuautla. Morelos pudo retirarse á tiempo, evitando un encuentro con fuerzas superiores; no lo hizo, prefiriendo resistir en las posiciones que ocupaba. Calleja atacó resueltamente, preparando el asalto con los fuegos de su artillería. Cuando juzgó bastante quebrantadas las tropas de Morelos, dió la señal del asalto. La embestida fué tan cruenta como inútil, perdiendo los realistas 400 hombres sin lograr su objeto. Las siguientes acometidas fueron tan infructuosas como la primera, siendo necesario formalizar un verdadero sitio. Dos meses duró la resistencia de Cuautla, que afirmó la fama de Morelos así como la gloria de sus indios. Á principios de mayo evacuó Morelos con su gente la plaza que defendía; poco después entraba en Oajaca á viva fuerza, tomaba el castillo de Acapulco y desconcertaba á los oficiales españoles con su movilidad que era el secreto de su fuerza.
El 13 de septiembre de 1813 instaló Morelos en Chilpacingo el primer Congreso mejicano, Congreso que declaró la Independencia de Méjico adoptando la forma de República.
Un acto político tan importante daba prestigio y fuerzas á la revolución; mas era necesario que el Congreso ya constituído se trasladara á una población más importante y que su ejército no se limitara á correrías estériles ó excéntricas, sino que tomara vigorosamente la ofensiva.
Para ello contaba el cura Morelos con un ejército de 20,000 hombres, aguerridos ya, con 47 cañones y con bastante dinero. Su estrella, sin embargo, se eclipsó cuando más deslumbraba con su brillo.
Marchando con el grueso de sus fuerzas sobre Valladolid, encontró en su camino á las tropas de Iturbide que lo derrotaron. No obstante la inferioridad numérica de la columna española, desbandáronse los indios de Morelos haciendo inútiles todos los rasgos de heroísmo del caudillo y de sus oficiales.
Pero el gran Morelos no se amilanó; los desastres no desalentaban su alma fuerte. Recogió cuantos dispersos pudo, y desoyendo los consejos de Matamoros, Bravo, Galiana y otros oficiales insurgentes, presentó batalla á los realistas en la hacienda de Puruarán con solos 3,000 hombres y 20 piezas que le quedaban de su artillería. Destrozado nuevamente por Llano é Iturbide, quedaron deshechas las mejores tropas revolucionarias. Allí quedó prisionero el bravo Matamoros, uno de los héroes más brillantes de la guerra de la Independencia, que fué fusilado en Valladolid.
Morelos mismo cayó poco después en poder de sus perseguidores. Un mejicano de Tepecuacuilco, llamado Carranque (según otros Carranco) le entregó á los españoles.
Los biógrafos de Morelos cuentan un episodio que es sin duda trivial, pero que pinta el carácter del caudillo. Estando prisionero el héroe de Cuautla fué á verle un coronel español, el cual le preguntó:
—¿Si fuera usted el vencedor y yo el prisionero, qué haría usted conmigo, señor cura?
—Fusilarle, contestó Morelos sin titubear.
El cura Morelos fué pasado por las armas, previa la degradación, el 22 de diciembre de 1815. Pero vive en la historia y en todos los corazones mejicanos.
En 1783 nació en Valladolid, hoy Morelia, un niño que fué bautizado con el nombre de Agustín. Los padres de la tierna criatura se hubieran horrorizado si hubiesen leído su horóscopo. Nació con mala estrella; presidió su destino la negra fatalidad. El que pudo ser libertador de un pueblo, fundador de una República, hijo predilecto de su patria, sólo tiene en la historia dos páginas tristes y apenas vive en la memoria del pueblo. Sus actos más notorios, los hechos culminantes de su vida, no responden en manera alguna á la conciencia nacional, no se ajustan al noble ideal americano, están fuera de la realidad histórica de Méjico.
Agustín Iturbide nació predestinado á las dos más afrentosas desdichas: á ser emperador y á morir á manos de los suyos; á convertirse en tirano de sus compatriotas y á que éstos le arrancaran violentamente la vida. Cuando él se decidió, demasiado tarde para su prestigio, por la causa de la Independencia, ésta se convirtió rápidamente en hecho consumado. Su concurso no pudo ser más eficaz y sus partidarios le llamaron «el Libertador». Pero el pueblo, que penetra con sagaz instinto en las intenciones de los hombres públicos, descifró el pensamiento de Iturbide y no creyó nunca en su sinceridad.
Las desconfianzas del pueblo se vieron confirmadas. Iturbide se movía por impulsos de interés, no por móviles patrióticos ni liberales.
Haremos, sin embargo, una breve reseña de su vida y un conciso relato de su muerte, para que sirvan de enseñanza al mundo y de escarmiento á caudillos ambiciosos.
Ingresó Iturbide en el ejército de la colonia ó del virreinato mejicano, como subteniente, cuando sólo contaba quince años. Fué favorecido en su carrera por la protección de sus deudos y de sus amigos, y ya era teniente del ejército español cuando el cura Hidalgo dió el grito de Independencia.
En la acción de las Cruces recibió el bautismo militar, el bautismo de sangre, pues allí se batió por la primera vez entrando en fuego con las tropas de Trujillo. Se portó bizarramente, mereciendo plácemes de sus compañeros los jefes y oficiales españoles. Su comportamiento le valió el ascenso á capitán.
Desde entonces no cesó de batirse por el rey, obteniendo grados y condecoraciones en los campos de batalla. Al poco tiempo fué nombrado coronel, pasando previamente por todos los grados inferiores. Sus mismos compañeros aplaudían los ascensos que se le otorgaban, reconociendo que los merecía por su serenidad en los combates y por la tenacidad con que perseguía á sus compatriotas insurgentes. Solamente el obispo Abad y Queipo censuraba los ascensos y los elogios que se prodigaban á Iturbide, anunciando que sería traidor.
Las ejecuciones sucesivas de Hidalgo, Morelos, Matamoros, Mina y otros muchos, no consiguieron domar la insurrección. Por todas partes brotaban guerrilleros, y la lucha continuaba entre mejicanos y españoles sin que le pusieran término los fusilamientos, los cadalsos, las victorias de Calleja ni las de Iturbide. Éste fué quien capturó al indómito republicano Albino García, que no le daba tratamiento ni al mismo Hidalgo, porque él «no reconocía más alteza que la de los cerros».
Así llegó el año de 1820. Se supo en Méjico la revolución de España contra el malvado, pérfido, ingrato Fernando VII, ese monstruo de tiranía, de corrupción y de perversidad. Riego, al frente de sus tropas (que debían embarcarse para América) dió el grito de libertad y acabó por el momento con el absolutismo. Ciertos mejicanos, sometidos hasta entonces al poder absoluto de los reyes, empezaron á considerar que el triunfo de Riego y de la libertad en la Península era una amenaza para sus títulos, propiedades, fueros, pragmáticas y preeminencias. Temían que los gobiernos liberales, entrando por la vía de las reformas, acabaran con sus privilegios y con otras injusticias. «Para conservar, decían, los derechos de la religión, de la aristocracia y de las leyes, es necesario romper con el liberalismo.»
Y en efecto, conspiraron por la Independencia los mismos que habían aplaudido las ejecuciones y persecuciones contra los independientes. Sedujeron á Iturbide haciéndole entrever una corona. Acordaron separarse de la metrópoli, constituyendo aparte una monarquía absoluta, católica y militar. En lo que no se hallaban todos de acuerdo era en la persona del monarca, pues unos pensaban seriamente en Iturbide y otros querían que fuese un príncipe de sangre real. Pensaron algunos hasta en Fernando VII para hacerlo emperador.
Iturbide no dudó; sus ideas realistas y su ambición personal le inclinaron á ceder á las sugestiones de sus deudos y de sus amigos, ofreciendo hacer él mismo la revolución. Pero antes consideraba preciso acabar con los republicanos, con los insurgentes, como él los llamaba todavía.
El caudillo más importante que continuaba en pie sosteniendo en el sur la bandera de la revolución, era sin duda Guerrero. Iturbide consiguió que el virrey le confiara las fuerzas necesarias para combatirlo, prometiéndose acabar con él y sublevarse á su vez en ocasión oportuna. Sus bastardas miras no pudieron realizarse enteramente á su gusto, pues Guerrero no se dejó batir con tanta facilidad.
Entonces Iturbide prefirió entenderse con el caudillo revolucionario, proponiéndole tres bases para un acuerdo: unión, religión, independencia.
Guerrero aceptó las bases, y con gran desprendimiento se puso á las órdenes de Iturbide. Éste proclamó públicamente el famoso plan de Iguala ó de las tres garantías, que era el programa de los conservadores.
El 24 de febrero de 1821 comunicó Iturbide desde Iguala su famoso plan, no solamente á sus amigos, sino á todos los jefes militares y al virrey. Contaba Iturbide con unos 6,000 soldados y se le agregaron otros muchos. No pocos de sus compañeros de armas secundaron el pronunciamiento. La campaña de Iturbide no fué otra cosa que un paseo militar: guarniciones enteras se rendían sin un mal simulacro de defensa y apenas si se batió con denuedo algún destacamento poco numeroso.
Al frente de 16,000 hombres hizo Iturbide su entrada en la capital de Méjico el 27 de septiembre de 1821.
Los españoles no conservaban más que el castillo de San Juan de Ulúa, situado en un islote del puerto de Veracruz, donde se resistieron con tenacidad. ¡Era el último baluarte de su dominación!
Iturbide permitió que un motín militar le hiciera emperador; el sargento Pío Marcha le puso una corona, que debió causarle una impresión penosa como el frío de la muerte. Aceptó el manto imperial, que había de ser su mortaja, y celebró con salvas su propia coronación. Todo esto pasaba en la fatídica fecha del 18 de mayo de 1822.
El emperador incorporó la República de Guatemala á su imperio no reconocido, enviando allí un ejército mandado por Filisola. Creó cuatro capitanías generales, fundó la orden de Guadalupe y repartió condecoraciones militares y civiles á los individuos de uno y otro sexo de su Corte imperial.
En desacuerdo bien pronto con el Congreso nacional, lo disolvió. El usurpador de la soberanía marchaba directamente al absolutismo degradante. Pero el 8.º regimiento de infantería de línea que tenía por coronel á Santa Ana (el mismo que fué más tarde, presidente de la República), se sublevó contra el imperio, que no pasaba de ser una mascarada, una caricatura de las ridículas cortes asiáticas y europeas. Guerrero también se sublevó en el sur en compañía de Bravo. La insurrección se propagó por todos los ámbitos de Méjico; Iturbide se vió obligado á renunciar la corona; el Congreso declaró que tal renuncia no era necesaria, pues su elección era nula. En efecto, el mal aconsejado Iturbide no había sido más que emperador de hecho, vulgar usurpador.
Fué desterrado Iturbide, señalándosele un sueldo anual de 25,000 pesos con la expresa condición de residir en Italia.
Pero después de una corta permanencia regresó de Europa, desembarcando en Soto la Marina con algunos compañeros. Un sargento mejicano le reconoció; fué preso inmediatamente, juzgado por el Congreso constituído en tribunal y fusilado en Padilla á fines del mes de julio de 1824.
Murió con tranquilidad, después de arengar á los soldados que habían de hacerle fuego y de repartirles algunas onzas de oro.
La célebre novelista americana Enriqueta Beecher de Stowe nació en Litchfield (Connecticut) el día 15 de junio del año 1814. Era hija del doctor Beecher, pastor presbiteriano de Boston. Su padre la quería dedicar á institutriz y le dió al efecto una sólida instrucción. Á la edad de quince años sucedió á su hermana Catalina en la dirección de una escuela; después regentó otra escuela en Cincinatti.
Se casó Enriqueta con el doctor Calvino Stowe, uno de los teólogos más notables del protestantismo, de quien había sido discípula aprovechada.
El doctor Stowe fué profesor del seminario de Cincinatti desde 1832 hasta 1850, fecha en la cual se vió perseguido por abolicionista y se refugió en el Estado del Maine. Su mujer le acompañó.
Poco después desempeñaba el marido una cátedra de literatura bíblica, mientras ella se ocupaba en escribir novelas.
Su fama literaria fué creciendo por grados y con lentitud; primero estuvo circunscrita á la localidad donde vivía y al círculo de sus relaciones; después se extendió por los Estados Unidos; más tarde llegó á Inglaterra, donde la novelista se hizo eminentemente popular. Todo el mundo leía las obras de Enriqueta.
Sin mencionar sus artículos, cuentos y ensayos de la juventud, escribió Enriqueta una serie de estudios que se publicaron en The National Era, notable periódico abolicionista que se daba á luz en Wáshington. Esos mismos estudios son los que llamaron tanto la atención y cimentaron el renombre de la novelista, cuando aparecieron coleccionados en dos volúmenes con el título de La choza de Thom (Boston, 1852).
El libro adquirió las proporciones de un acontecimiento. Á su indisputable mérito literario reunía un interés de actualidad, pues la lucha teórica entre esclavistas y abolicionistas se hallaba en toda su fuerza. Las polémicas sostenidas con singular pasión por las partes contendientes, no eran sino el preludio de la lucha armada. Por consiguiente, La choza de Thom era una buena acción á más de ser un buen libro. La escritora intervenía con las armas de su entendimiento y su sensibilidad en favor de los esclavos negros. Servía juntamente, quizá no sospechando ella misma el alcance de su obra, en favor de las letras, en honra de la patria americana y en obsequio de la humanidad escarnecida.
El libro circuló con profusión, no solamente en los Estados Unidos, sino en el mundo entero; fué traducido á casi todas las lenguas y en todas partes se hicieron numerosas ediciones. Los ingleses arrebataban la obra de los estantes de las librerías, no quedando un inglés medianamente ilustrado ni una inglesa pasablemente instruída que no la comprara y la leyera.
Fué un éxito delirante.
Sólo en un año se imprimieron 300,000 ejemplares nada más que en los Estados Unidos.
Pasado el entusiasmo de los primeros días empezaron á circular en América las críticas de la obra, algunas muy acerbas. No faltaba ciertamente motivo en qué fundarlas, pues el libro de Enriqueta no carecía de defectos y de imperfecciones; pero no fué la crítica literaria, sino la saña esclavista quien se cebó en la escritora despiadadamente. Ella no había pensado ni pretendido nunca hacer un monumento literario ni soñaba en un éxito tan extraordinario como tuvo, pues había escrito con el corazón, en lenguaje tal vez desaliñado, tratando de conmover y despertando la indignación y la ira de los bárbaros negreros y de los odiosos esclavistas que á toda costa querían sostener en una democracia la gangrena de la esclavitud.
Se intentó procesar á la noble novelista en nombre de las leyes, puesto que las leyes autorizaban la existencia de esclavos en la gran República. Sin embargo, no se llevó adelante la persecución. Los tribunales hubieran absuelto á la que denunciaba tantos abusos y crímenes cometidos á la sombra de leyes inhumanos.
Poco después se publicó en los Estados Unidos un comentario de la obra de Enriqueta, con el título de Clave de la choza de Thom. Esta producción demostraba plenamente que el libro no era parto de una sensibilidad exagerada ni de una imaginación enardecida, sino copia fidelísima de la negra realidad.
En 1853 hizo Enriqueta un viaje con su marido, recibiendo en Inglaterra una acogida entusiasta y cariñosa. Al volver á América publicó sus Memorias felices de tierras extranjeras, libro en que cuenta sus impresiones de viaje.
Posteriormente escribió algún otro libro continuando su campaña contra la esclavitud, como Dred (última producción de la celebrada novelista) que vió la luz en Boston y Londres en 1856. Dred es una sátira contra la esclavitud, impregnada de cristianismo filantrópico, de caridad evangélica, de comunicativa sensibilidad como La Choza de Thom.
La influencia ejercida en América por La Choza de Thom es indudable. Su libro hizo llorar á una generación; excitó el celo de los abolicionistas, despertó la dormida caridad de los indiferentes y estremeció á los tiranos de la raza oprimida. Los héroes que doce años más tarde rompieron en cien batallas las cadenas de la esclavitud, recordarían en el fragor del combate las lágrimas que habían escaldado sus mejillas al leer La Choza de Thom. ¿Qué americano existía que no hubiera leído, y leyéndolas, llorado, las desventuras del negro maltratado y perseguido?
Enriqueta Stowe deja un envidiable nombre literario y una memoria digna de respeto.
Su obra capital será leída siempre con verdadera emoción, y hará ruborizar á los descendientes de los esclavistas, no hasta la cuarta, sino hasta las últimas generaciones.
La raza de color debe una estatua á Enriqueta; y con estatua ó sin ella, le debe una inmensa gratitud.
El general peruano Ramón Castilla nació en la provincia de Tarapacá por los años 1796 ó 1797. En su juventud perteneció al ejército español en clase de oficial, como otros jóvenes americanos que adquirieron en las filas realistas los conocimientos militares que luego aprovecharon en servicio de la Independencia.
Los ejércitos de España en sus colonias de América se nutrían generalmente de reclutas indios, sobre todo en épocas normales; había también soldados españoles, pero éstos en escasa minoría. Los oficiales eran de raza española, tanto criollos como peninsulares, unos y otros sirvieron lealmente á España, subsistiendo aun hoy en la península jefes retirados, generales distinguidos y hombres públicos, nacidos en el Perú ó en Méjico, en Nueva Granada ó en el Plata, en Chile ó Venezuela, en Guatemala ó las Antillas. Muchos de ellos han desaparecido, en España, ocupando los más altos puestos en la gobernación y en la milicia, en las letras y en la Iglesia. No es posible que los citemos á todos ni eso responde á nuestros objeto; sólo diremos que los generales don Manuel de la Concha (marqués del Duero), don José de la Concha (marqués de la Habana), don Antonio Ros de Olano (marqués de Guadeljelú), don Luis y don Fernando Fernández de Córdova (marqueses de Mendigorría), don Juan Zavala (marqués de Sierra Bullones), don Juan de la Pezuela (conde de Cheste), el célebre general Narciso López ajusticiado en Cuba, el almirante Topete, el cardenal Moreno, el poeta Ventura de la Vega y otros mil, habían nacido en las colonias de América. Todos estos personajes eran niños cuando empezó la guerra de la Independencia americana; pero otros americanos que habían nacido en el siglo precedente, que se batieron por España y que en España han muerto, ocuparon también brillantes posiciones en la madre patria, distinguiéndose con especialidad en las letras, las armas ó la política desde 1824 hasta que el tiempo los ha ido acabando poco á poco.
Pero hemos dicho que algunos, entre ellos el general Castilla, optaron en la hora crítica por la causa americana. Su amor á la Patria y á la libertad fué más poderoso que sus compromisos con la metrópoli, que su afecto á la tradición, que su fidelidad á un rey malvado y perjuro como Fernando VII. El rey, que era entonces el símbolo de la unidad nacional, fué traidor á lo que él mismo personificaba; los hombres dignos estaban relevados para con él de todo compromiso. Los militares que, siendo americanos, se decidieron sin vacilaciones por la causa de la Independencia, fueron sin duda los más cuerdos y los más patriotas.
Castilla era capitán cuando abrazó la causa de la Independencia, á la que le arrastraban de consumo el sentimiento patrio, los principios liberales y su dignidad de hombre. Pudiendo ser ciudadano ¿cómo había de ser vasallo?
El 9 de diciembre de 1824, á las órdenes de Sucre, tomó parte en la gloriosa batalla de Ayacucho que puso fin á la dominación de España en el Perú y en América. En el ejército peruano ascendió luego á mayor, comandante y coronel, figurando activamente en la política de su país desde 1831. En la guerra civil de 1834 ascendió á general de brigada. Después de las batallas de Yanacocha y Socabaya, perdidas por él en 1835, emigró á la República chilena. En 1839 se encontró en la batalla de Jungaí como general de división de las tropas de Gamarra, contribuyendo mucho á la victoria.
El general Castilla fué ministro de Hacienda. Más tarde, en 1845, fué elegido presidente del Perú. En tan elevado puesto mereció bien de su patria y de la humanidad, aboliendo la esclavitud de los negros. Devolver su libertad á 30,000 esclavos: he aquí el timbre de gloria del general Castilla. Hizo más: suprimió el injustísimo tributo que dos millones de indios pagaban todavía á los que, en plena república, seguían siendo sus señores.
Castilla supo mantener el orden, aumentó la marina peruana dotándola de vapores y organizó la Hacienda fundando el crédito nacional, que antes de su mando no existía. Suprimió la pena capital por delitos políticos, y aunque subsistió para crímenes comunes, jamás quiso firmar una sentencia de muerte.
En la época de su mando se mejoraron las costumbres públicas, pues, él daba ejemplo de respeto á las leyes, de sinceridad electoral y de amor á todas las libertades.
Firmó tratados con otras repúblicas de América, extendió la influencia del Perú en el exterior, impulsó los progresos industriales en el interior y mejoró la organización del ejército peruano.
Los primeros ferrocarriles peruanos se deben á la iniciativa inteligente del general Castilla, que para construírlos se asoció á un capitalista chileno muy acaudalado y muy amigo suyo[6].
En 1858 fué elegido nuevamente para la magistratura suprema del Estado, habiendo sido presidente de la República por espacio de catorce años en el transcurso de su larga y provechosa vida política, una de las más gloriosas del Perú.
En 1867, á la edad de 70 años cumplidos, se puso al frente de una rebelión. El acto ha sido juzgado con dureza. Á nosotros sólo nos toca decir que lo pagó muy caro, pues le costó la vida: sucumbió en el campo de batalla.
El general José Lamar nació en Guayaquil en 1778. Era, pues, ecuatoriano; mas en aquel tiempo el Ecuador no existía como nacionalidad particular, sino como parte integrante del Perú.
En su niñez fué Lamar á Madrid en compañía de su pariente el doctor Cortázar, que había de ser más adelante oidor en la audiencia de Bogotá y regente de Quito.
En España ingresó Lamar en el ejército desde su primera juventud, habiendo ido con su regimiento al Rosellón con motivo de la guerra declarada por todas las monarquías de Europa á la primera República francesa.
Los ejércitos de la República se cubrieron de gloria en todas las fronteras y las ensancharon con sus triunfos; pero en el Rosellón encontraron un adversario digno de medirse con los caudillos revolucionarios, en el ilustre general Ricardós, gaditano célebre y militar instruído con quien aprendió Lamar el arte de la guerra.
Al terminar la campaña del Rosellón, era Lamar capitán del regimiento de Saboya que aun existe en España.
Tomó parte después el joven ecuatoriano en la guerra de la independencia sostenida por los españoles contra los ejércitos imperiales de Napoleón I, habiéndose encontrado en el memorable sitio de la inmortal Zaragoza, donde fué herido de mucha gravedad.
Restablecido más tarde y ascendido á coronel, sirvió á las órdenes del general Blake en la campaña poco feliz que sostuvo éste en la región valenciana. Lamar se distinguió mandando una columna de 4,000 combatientes; pero comprendido en la capitulación del 9 enero de 1812, tuvo que rendirse al general Suchet y fué llevado prisionero á Francia.
Destinado al depósito de prisioneros establecido en Dijón, se negó á empeñar su palabra de permanecer en la ciudad, lo que obligó á los franceses á encerrarle en un castillo. Un realista francés, enemigo de Bonaparte y de la Revolución, le proporcionó los medios de fugarse y pudo Lamar al cabo de algún tiempo ganar la frontera suiza. Después atravesó toda Italia, embarcándose en Nápoles con rumbo á la península en un barco inglés de guerra.
Desembarcó Lamar en la ciudad de Cádiz cuando ya los franceses habían evacuado el territorio español. Se dirigió á Madrid, donde Fernando VII recompensó sus servicios ascendiéndole al generalato y destinándole á Lima, como él solicitaba. Lamar llego á Lima con el propósito de conciliar las tendencias separatistas de los americanos y los llamados derechos de la metrópoli. Amaba la libertad, la independencia, el derecho y la justicia; pero sentía gran respeto á España y no quería una ruptura completa; sus aspiraciones eran ya irrealizables, pues dada la situación de las cosas, el estado de los ánimos y la sangre vertida por unos y por otros, aflojar los lazos entre España y América era lo mismo que acelerar el momento de la emancipación. Lo que pretendía Lamar hubiera sido bueno, político, oportuno, sesenta años antes; en 1815 era imposible y absurdo.
Así lo comprendió por fin el ilustre ecuatoriano, decidiéndose con resolución por la libertad de América. El soldado de la independencia española, también lo fué de la independencia peruana. Tardó mucho en decidirse, pero su concurso fué precioso.
El Perú independiente quiso premiar los servicios de Lamar, que bien lo merecían; al efecto le hizo donación de una riquísima hacienda, que había sido embargada á un español; pero Lamar sólo aceptó el donativo para devolver la hacienda al dueño despojado. Era éste adversario suyo, enemigo de la Independencia, persona poco estimada en el país; pero Lamar tenía un corazón generoso y dió muestras de un desprendimiento digno de alabanza.
Lamar se mezcló posteriormente en sucesos políticos de los que agitaron el Perú, viéndose obligado á emigrar y emigrando para no volver. Murió en San José de Costa-Rica en 1830.
Pero los despojos del gran mariscal Lamar no podían perderse lejos del Perú. En 1834 autorizó la Convención nacional al Poder ejecutivo para trasladarlos con decoro desde la América central al cementerio de Lima, y se operó la traslación en 1845, siendo jefe del Estado peruano el benemérito general Castilla.