SUCRE

Declaramos sinceramente que hemos vacilado antes de resolvernos á incluír á Sucre en esta galería.

Figuran en ella las celebridades americanas de segundo orden, los personajes célebres cuya nombradía no siempre sale de los límites de una nación, los que pueden ser olvidados y aun desconocidos.

¿Pero quién no conoce al héroe legendario de Ayacucho?

Si hemos omitido los grandes hombres como Wáshington, Bolívar, San Martín, Lincoln y Juárez, personajes históricos de fama imperecedera, ¿no debiéramos hacerlo mismo con el gran mariscal Sucre?

Todas las figuras que hemos bosquejado son justamente célebres; pero no todas en el mismo grado. La celebridad de un Hámilton, que es grande en los Estados Unidos, se desvanece y pierde antes de llegar al Ecuador; la de Lamar, que es grande en el Ecuador, Bolivia y el Perú, apenas alcanza á Méjico; la de Bilbao, tan considerable en Chile y aun en la Argentina, quizá no llegue á Colombia, Honduras y Guatemala. ¿Pero dónde no resplandece con destellos vívidos la gloria inmortal de Sucre? ¿Dónde está el americano que desconozca al héroe? ¿Cuándo habrá una generación tan ingrata que le olvide?

Por eso hemos vacilado antes de resolvernos á dedicarle un capítulo, decidiéndonos al fin una consideración: la de que nunca serán bastantes los aplausos que se le tributen ni las maldiciones que se lancen contra sus cobardes asesinos.

Sucre nació en Cumaná (Venezuela) en 1793. Se alistó en 1810 en las filas patriotas y se batió á las órdenes del general Miranda. Vencido éste por los españoles, combatió al lado de Nariño. En 1813 era Sucre teniente coronel y peleaba á las órdenes del inmortal Bolívar.

Los futuros vencedores de Ayacucho y de Junín se estimaron desde el punto que se conocieron. Tal vez adivinaron que habían de vivir juntos en la historia, como inseparables colaboradores en la obra magna de la independencia. La amistad de los héroes no se quebrantó jamás.

Los hechos de armas de Sucre, sus esfuerzos por organizar los mejores ejércitos que América tuvo entonces (y nunca los ha tenido después superiores ni aun iguales), sus privaciones, peligros, contratiempos en una guerra feroz de catorce años, todos los sacrificios; todos los reveses, todos los triunfos que logró en sucesivas campañas, son hechos que pueden ser detallados por sus biógrafos, pero no caben en este ligero apunte. Sólo diremos que sus victorias como sus derrotas, sus acciones de guerra como sus planes de organización y de campaña, sus servicios militares y sus méritos cívicos, todo ello aparece oscurecido y en segundo término ante el resplandor que despiden las espléndidas victorias de Pichincha y Ayacucho, en las cuales se cubrió el general Sucre de inmarcesibles coronas de laurel.

En Pichincha mostró Sucre todo el valor de su genio militar. En Ayacucho puso feliz remate á la dominación de España en el Nuevo Mundo. La primera de estas dos batallas fué decisiva por lo que influyó en la suerte de la guerra. La segunda tiene una importancia histórica por nadie desconocida.

Desde el punto de vista militar, Pichincha vale más ó tanto como Ayacucho; pero considerada desde el punto de vista político é histórico, la de Ayacucho es la victoria más trascendental del siglo XIX.

De todas maneras, los militares europeos (á la verdad no muchos) que se dedican á estudiar las guerras americanas, de lo que se asombran no es de las batallas y de las victorias que han inmortalizado á los caudillos de América, sino de sus marchas increíbles, de aquellas penosas é inverosímiles jornadas por cordilleras abruptas, desiertos sin caminos, sabanas sin recursos y selvas seculares. Bolívar, Sucre y San Martín, con más motivo que Napoleón el Grande, pudieron felicitarse y enorgullecerse de tener soldados «que pasaban ríos sin puentes, marchaban sin zapatos, vivaqueaban sin raciones y sin aguardiente, combatían con los elementos y con los enemigos». Los generales de la independencia americana hicieron más en los Andes y en las pampas de la América del Sur, y con más éxito, que Aníbal en los Alpes ó Napoleón en las estepas rusas, llanuras heladas que fueron la tumba de su ejército.

El 24 de diciembre de 1824, en los campos de Ayacucho, se rindió á Sucre el general La Serna, último virrey del Perú, quedando prisioneros con el virrey los generales Canterac, Valdés, Carratalá, Monet y Villalobos, gran número de jefes y oficiales y más de 2,000 soldados. Estos últimos, casi todos indios, ingresaron en el ejército libertador; los generales, jefes y oficiales, así los peruanos como los peninsulares, después de estar algún tiempo en diferentes pontones fueron enviados á la Península con todo el respeto y consideración debido á la desgracia.

El general Rodil con un puñado de hombres se sostuvo todavía algún tiempo en la plaza del Callao, no con esperanza de éxito ni con ilusiones imposibles, sino por el honor de las armas y el lustre de la bandera.

El Alto Perú, que á Sucre debía su libertad, se constituyó en República adoptando el nombre de «Bolivia» que todavía conserva. Sucre fué elegido presidente.

En 1828 renunció tan alto puesto, que solamente le había producido sinsabores, y regresó á su patria.

En ella no fué tampoco feliz: el héroe de Ayacucho, el gran mariscal, el hombre que había cosechado más puros y legítimos laureles, murió villanamente asesinado en la provincia de Pasto el día 4 de junio de 1830.

¡Que caiga la maldición de la historia sobre los aleves mercenarios que atentaron á su preciosa vida, pero más duramente sobre los infames á quienes servían de vergonzoso instrumento!

La memoria de Sucre no puede perecer: es doblemente sagrada para los hijos de América, pues fué mártir después de haber sido héroe; fué bueno después de haber sido grande; fué generoso con los vencidos, justo con los redimidos y magnánimo con los rebeldes.

¡Gloria á Sucre!


WALKER

Este americano célebre de nuestros días forma un contraste violento con el anterior. Sucre, que le precede en nuestra galería, fué un defensor de la justicia, un soldado de la libertad, un héroe de la patria. Walker no es otra cosa que un osado aventurero sin más ideal que la codicia. Para él no había gloria si no había utilidades, prefiriendo en todo caso la rapiña á los laureles. Si vamos á bosquejar su figura, no es para tributarle aplausos que no merece ni para honrar su memoria que es bien poco ejemplar, sino para marcarlo con afrentoso estigma por perturbador de pueblos y victimario de hombres.

Las glorias militares, los nombres de los guerreros, las batallas históricas y trascendentales deslumbran á los pueblos y resplandecen en las páginas de la universal historia; pero es con la condición de ser glorias legítimas, de ser nombres honrados, de ser batallas libradas por causas dignas y justas.

Las guerras promovidas por el interés ó la ambición de reyes ó de pueblos, no son legítimas nunca; las que tienen por fundamento la ruindad ó la audacia de un caudillo, no pueden ser gloriosas; no hay más guerras gloriosas que las guerras justas, y únicamente son justas las que sostienen los pueblos en defensa de su libertad, de su independencia y de su honor.

Las guerras de conquista pueden ser en algún caso gloriosas, no por las hazañas de los conquistadores, sino por los beneficios que produzcan á la civilización, al progreso y á la humanidad. En muchas ocasiones son los conquistados los más favorecidos. La humanidad tiene derecho á poseer el mundo, á estirpar la barbarie donde exista y á destruír las barreras que oponga la ignorancia á la fraternidad.

Pero Walker no intentó abrir ninguna puerta al comercio, ni destruír valladares que se opusieran á la civilización, ni romper cadenas de esclavos que no existían, ni librar á Centro-América de tiranos y déspotas odiosos. No fué más que un atrevido y audaz filibustero, con ideales mezquinos si es que los suyos merecen el nombre de ideales.

Guillermo Walker nació en los Estados Unidos (Tennessee) en 1824. Se educó en Alemania, donde no se distinguió por sus talentos aunque sí por sus puños. Cuentan que descalabró á muchos estudiantes alemanes. Su carácter inquieto le impulsó á viajar, sin que los años le hicieran menos turbulento ni modificaran su genio díscolo y emprendedor.

Intentó conquistar el departamento mejicano de Sonora, mas fué vencido por los mejicanos.

Después alistó 10,000 filibusteros, con los cuales fingió que se proponía conquistar la Isla de Cuba; pero el nublado cayó en el continente, en la América Central. Nicaragua fué la víctima de la osadía de Walker, pues desembarcó en las costas de esa pacífica República en 1855.

Walker y su gente cometieron sin pudor todo género de tropelías, sembrando el terror y la desolación en campos y ciudades. Hombres sin fe y sin vergüenza, no respetaban las leyes ni las costumbres ni la religión de Nicaragua. ¿Cómo habían de respetar la conciencia de los habitantes si ellos no la tenían?

La empresa filibustera de Walker no fué única, pues habiéndole salido bien la de 1855, organizó una segunda aprovechando la ocasión de una ruptura entre Nicaragua y Costa Rica. Intervino entonces el gobierno de los Estados Unidos, siendo Walker detenido en Punta Arenas por el comodoro norte americano Paulding. Conducido á su patria en calidad de preso, fué puesto en libertad por el gobierno y aun agasajado por sus amigos y sus admiradores. No dándose por vencido ni cejando en su empresa, organizó una tercera expedición para su soñada y quimérica conquista.

Desembarcó en Trujillo el 6 de agosto de 1860, y emprendió una campaña que fué la más penosa de las suyas, demostrando en las adversidades y los riesgos un temple digno de más justa causa.

Arrostró toda suerte de penalidades, fué herido en una pierna y en la cara en uno de los encuentros, se vió perseguido como una fiera por selvas, desiertos y pantanos, y al fin se rindió al general hondureño don Mariano Álvarez, que le hizo fusilar á principios de septiembre.

Así terminó su vida el filibustero Walker.

Este hombre sin creencias se había convertido antes al catolicismo, creyendo que de este modo le sería más fácil obtener la elección de presidente en una república centroamericana.


FRANCIA

El célebre dictador del Paraguay José Gaspar de Francia es uno de los tipos más notables que ha presentado América. Su figura es una de las más siniestras; pero bajo cierto aspecto ha sido poco estudiada. No somos los llamados á hacer ese estudio histórico-crítico que se echa de menos sobre el doctor Francia, pues semejante tarea nos haría rebasar los límites que aquí nos hemos trazado. Sólo diremos que, sean cualesquiera los juicios que en adelante se emitan acerca de tan singularísimo hombre, éste no se rehabilitará ni dejará de tener una página sombría en la historia americana.

Como dice un escritor, «la figura sangrienta de este personaje aparece ennegrecida por hechos de crueldad semejantes á los de Tiberio». Su dictadura sólo acabó con su vida, pues gobernó hasta su muerte la República del Paraguay en la que fué un verdadero monarca, un rey absoluto, indiscutible, punto menos que sagrado. Educado el pueblo paraguayo por misioneros jesuítas, se hallaba en tal situación de inferioridad y atraso que la dictadura podía ser necesaria á raíz de la independencia; pero una dictadura moderada, benevolente, civilizadora, ejercida con ilustración y con templanza, no con sanguinario despotismo como el que hizo de Francia un esbirro y un inquisidor, un tirano y un verdugo.

¿Qué beneficios produjo su larga y terrible dictadura?

La de convertir al Paraguay en un silencioso cementerio y en un borrón para la América libre. Á la muerte de Francia, la República no había dado un paso por la vía del progreso; y el valiente pueblo paraguayo, desangrado, fanatizado, anémico, envilecido, ni tenía conciencia de su ser ni aspiraciones á mejor destino, carecía de fuerza y de influencia, no poseía, más bienestar que el del orden... ¡el orden y la paz de los sepulcros!

Francia recibió la vida en Yaguarón, pueblo de indios, en 1756. Su padre servía de mayordomo en una hacienda. Sus abuelos habían sido un paulista y una criolla de Asunción. Desde niño estuvo en un colegio dirigido por sacerdotes, donde aprendió latín y teología, doblez é hipocresía, vicios y oraciones. Salió del colegio á la edad de veinte años ansiando los placeres de la juventud y engolfándose en los goces de la sensualidad. Sus desórdenes obligaron á su padre á hacerle salir del Paraguay, enviándole á Córdoba donde estuvo encerrado en un convento.

Era doctor en teología cuando volvió á su patria, donde entró de catedrático en el Seminario; no tardó en ser despedido, tal vez por su conducta que era de mal ejemplo, tal vez por sus ideas antipapistas. Francia no reconocía más autoridad ni más papado que el papado y la dictadura vislumbrados por él para sí mismo en sus noches de insomnio, en sus delirios de teólogo y en sus ambiciones desmedidas.

Aborreció á su padre y al género humano todo entero. Á su padre le negó un abrazo cuando estaba en la agonía. Á los hombres los odiaba; sólo amaba á las mujeres como instrumentos pasivos de sus goces, no con el sentimiento puro del amor humano, reflejo del divino. Era un misántropo de la peor especie.

La revolución americana despertó en su pecho, no los sentimientos de un corazón patriota ni los ideales de un pensamiento libre, sino vagas aspiraciones de poder absoluto, de un poder sin trabas, sin cortapisas y sin leyes ni responsabilidades, poder con el cual pudiera satisfacer sus odios y saciar sus innobles apetitos.

El Paraguay se declaró independiente; el poder cayó en manos de tres hombres, de los cuales era Francia el más inteligente ó más astuto. No tardó en deshacerse de sus colegas y colaboradores, estableciendo su dictadura personal. Como era consiguiente, no faltó quien se quejara, no faltaron murmuradores y hasta circularon graciosas caricaturas; mas no se repitieron ni las caricaturas, ni las murmuraciones, ni las quejas. Los que proferían éstas y los autores de aquéllas fueron ahorcados inmediatamente sin formación de sumaria, sin defensa, sin contemplaciones.

Este sistema subsistió mientras hubo á quien ahorcar. Todo hombre que pensaba, que discurría, que conservaba un asomo de esa dignidad incompatible con el despotismo de una dictadura teológica y salvaje, emigró del Paraguay para no ser ejecutado en la horca.

La Iglesia católica no podía ver con buenos ojos el poder absoluto de un hombre que anulaba la histórica influencia de los clérigos en el Paraguay. Allí donde poco antes el cura lo era todo, ya nadie era nada: el doctor Francia no consentía rivales ni competidores. Él era el señor, el amo, el dictador; él era rey y papa. Nada tenía que envidiarle al autócrata de Rusia ni á los sultanes de Oriente.

Por eso la Iglesia conspiró contra el despotismo del doctor Francia; pero éste se declaró patrono de la Iglesia, obligó á los curas á casarse y disolvió el cabildo.

Sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, niños y ancianos, pagaron con la prisión y el tormento el descuido de no haberse detenido para saludar al dictador cuando éste se presentaba en público.

En 1819 hizo fusilar á Yegros y á cuarenta más, sólo por la denuncia de un clérigo que dijo haber sabido por medio de la confesión que aquellos patriotas conspiraban. Las cárceles se llenaron de sospechosos y á todos se les aplicó el tormento. Las víctimas recibían doscientos azotes diarios, en presencia del doctor, hasta que confesaban ó morían. Montiel murió sin hablar; Caballero se suicidó; los más soportaron el suplicio por espacio de 18 meses.

En 1821 fueron fusilados 68 infelices. La ejecución se hizo al pie de un naranjo secular, frente al palacio de Francia, que presenció el exterminio de tantos inocentes sin conmoverse ni inmutarse.

Según dice Machain en sus Cartas sobre el Paraguay, el dictador Francia fusiló doce españoles por delaciones falsas, ó por no tener recursos para pagar las contribuciones arbitrarias que se les imponían. Los extranjeros no podían testar, pues el Estado se declaró su heredero. Á los españoles, además, se les inhabilitó para servir de testigos, para ser padrinos en los casamientos y para comerciar. Se les prohibió también que montaran á caballo.

Al principio obligaba el dictador á todos los habitantes á pararse y descubrirse cuando pasaba él; pero más tarde ordenó que cuando él salía de su palacio estuvieran las calles enteramente desiertas. Los transeúntes eran obligados á retroceder y acuchillados si no se escondían pronto.

El sabio francés Bonpland, amigo de Arago y compañero de Humboldt, que pretendió hacer estudios en el Chaco, estuvo preso ocho años por el singular delito de analizar plantas y clasificarlas. El doctor Francia no transigía con la ciencia.

Francia no se casó nunca; desterró al cura que casó á su hermano; fusiló á un hombre ¡á su propio cuñado! por haberse casado con una hermana suya. ¡Tal era su aversión al matrimonio!

Según él, solamente los eclesiásticos debían tomar esposa.

Por delitos supuestos ó contravenciones insignificantes, hubo personas y familias que estuvieron presas 17 años y más.

Francia no tenía más sociedad que la de su barbero, la de su médico y la de un negrito que le servía de bufón, de espía y no sabemos si de alguna cosa más. Por cierto que el tal negrito, llamado Pilar, fué fusilado por haber cometido una equivocación. También acompañaba siempre al dictador su perro, que se bebía la sangre derramada al pie de los patíbulos. Á Sultán, que así se llamaba el perro, no le faltó sangre que beber mientras vivió su amo.

Es imposible saber el número de víctimas sacrificadas por el dictador. Unas veces mandaba fusilar á su escribiente por haber hecho un gesto involuntario; otras veces, acordándose de un preso á quien tenía con grillos hacía veinticinco años, le mandaba sacar para darle cuatro tiros. Estos repugnantes crímenes se repetían con frecuencia, particularmente cuando reinaba el nordeste cargado de humedad, que exasperaba la neurosis del déspota inverosímil.

El terror de los paraguayos no tenía límites, ni precedente en la historia universal. Los vecinos de la Asunción, al despertar por las mañanas (si es que dormían por las noches) se asombraban al encontrarse vivos. ¡Y esto duró muy cerca de treinta años!

El doctor Francia murió el 20 de septiembre de 1840, á la edad de 84 años. Su muerte fué sentida, escribe el señor Decoud en su libro La Atlántida; sentimiento que prueba la gratitud de los supervivientes, convencidos como debían de estar en su degradación de que eran deudores de la vida al que hubiera podido arrancárselas á todos con un solo gesto y sin ninguna responsabilidad.

Los funerales del dictador fueron pomposos; el pueblo asistió en masa, llorando como si hubiera perdido un bienhechor; muchas personas dudaban que hubiera muerto, esperando á lo menos que resucitara. ¿No había sido un verdadero Dios?

El sacerdote encargado de su panegírico tuvo la avilantez de decir estas palabras:

«No podía suceder nada más triste que lo que nos reúne en este templo. Desde los primeros días de su enfermedad, entró el pueblo en grandísimos temores, viéndose amenazado de la pérdida de tan grande bien. Por fin, el clamor de la campana que anunciaba la fatal noticia, pareció una voz articulada, pues las gentes corrieron á la casa de gobierno, y el llanto universal...


»Estoy en la firme inteligencia de que, si las prisiones hubieran sido suficientes para la seguridad del Estado, no hubiera tomado el partido de pasar por las armas á tantos y tantos reos...


»Julio César y Octavio Augusto no fueron más dignos de la memoria de los romanos que nuestro Dictador de la de los paraguayos...» etc.

El doctor Francia ha dejado una memoria aborrecible; sus crímenes son odiosos, y las maldiciones de sus víctimas no son bastante castigo á su perversidad: necesario es que reciba la maldición eterna de la historia, figurando en la picota sangrienta por los siglos de los siglos.


LOS DOS LÓPEZ

Si no hubiera existido el doctor Francia, los dos López que fueron más tarde presidentes del Paraguay figurarían en la historia como dos tiranos. Sin embargo, á los habitantes del país debió parecerles benigna é ilustrada la dictadura de estos hombres, si la compararon con la del monstruo que les había precedido.

Carlos Antonio López había nacido en 1801 y era joven todavía cuando ascendió al poder. Impulsó las mejoras materiales, como caminos, puertos, edificios escolares, etc., no descuidando tampoco la creación de un ejército y la de una escuadrilla nacional. Construyó varias obras de defensa, como si previera la invasión, aunque el Paraguay es casi inaccesible. Contribuyó al desenvolvimiento de la ganadería en particular, de la agricultura en general, y del comercio. Continuó la política del doctor Francia en sus relaciones con los extranjeros, aunque sin sus crímenes odiosos, y fué reelegido presidente mientras duró su vida. Era, pues, un dictador vitalicio, y aun debió de creer que sus poderes políticos y administrativos eran hereditarios como los de los reyes, pues transmitió la presidencia ó jefatura del Estado á su hijo Francisco Solano López en un testamento original, místico, absurdo, por medio del cual fundaba al parecer la dinastía de los López.

No obstante lo que hemos dicho, el presidente López celebró algún tratado de comercio con las naciones extranjeras, aunque no con muchas. Como doctor, comprendía la conveniencia de hacer entrar al país en relaciones con los otros pueblos; como paraguayo, influido aún por las máximas perniciosas del doctor Francia, temía el contacto disolvente de otros pueblos más adelantados, y más adelantados eran los pueblos vecinos.

El doctor en cánones y en jurisprudencia Carlos Antonio López, dictador del Paraguay, dejó de existir en 1862, sucediéndole en su alta magistratura su hijo Francisco, hombre que ha dejado memoria imperecedera.

Francisco Solano López había nacido en la Asunción en 1827. Se había educado en París, de donde regresó muy joven aún al Paraguay. Al lado de su padre tomó parte desde luego en los negocios públicos y tuvo que hacer un viaje á Europa (1853) para ratificar los tratados de comercio coucluídos por el Paraguay con Inglaterra, Francia y Cerdeña.

Á su vuelta al Paraguay le nombró su padre ministro de Guerra y Marina.

En 1862 murió su padre, nombrándole heredero de su alta magistratura. Entonces fué proclamado presidente por la mayoría del Congreso, que así ratificó la extravagancia del presidente difunto.

Sus relaciones con los gobiernos vecinos fueron desde el principio algo tirantes, dando por resultado en 1865 una declaración de guerra al Paraguay que firmaron colectivamente el Brasil, la República Argentina y la del Uruguay. Estas naciones manifestaban que no hacían la guerra al pueblo paraguayo, sino al tirano López.

Sin embargo, el ejército y el pueblo se identificaron con el dictador y sostuvieron la guerra con singular bravura. Los combates fluviales y terrestres, generalmente mortíferos, pusieron muy alta la fama de heroísmo de los paraguayos. Ni sus lanchas cañoneras retrocedían una braza ante los acorazados brasileños, ni sus batallones cedían el campo á fuerzas superiores mientras tenían cartuchos. Victorias y derrotas fueron igualmente honrosas para los héroes paraguayos. Quizá no se haya visto desde los tiempos homéricos una lucha más porfiada y tenaz. López estuvo á la altura de las circunstancias, batiéndose en todas partes y todos los días y siempre con un arrojo verdaderamente inconcebible. Juró morir por la patria y supo cumplir su juramento: perdió la vida en uno de los últimos combates (1870).

El pueblo se mostró digno de aquella heroica epopeya. El Paraguay en masa lidió con heroísmo. Hombres y niños, ancianos y mujeres tomaron parte en la lucha. En sus postrimerías había coroneles de 20 años y capitanes de 15 y aun soldados indios de 70, que se dejaban matar antes que entregarse prisioneros, diciendo estas palabras que todos tenían siempre en los labios y las cumplían:

«Un paraguayo no se rinde.»

Frase que pudiera ser el lema del escudo paraguayo, una vez que está justificada por hechos repetidos y notorios.

Al fin triunfaron los ejércitos de la triple alianza, pero fué después de una de las guerras más porfiadas y rudas de la historia. El Paraguay quedó vencido, cuando ya no tenía soldados ni hombres útiles; su población se redujo á una quinta parte de la que existía antes de la guerra, esto es, á 300,000 personas entre mujeres, niños, viejos é inválidos.

La ruina, por otra parte, fué completa. Cara pagó el país su adhesión á los déspotas y su incalificable sumisión al poder personal de Francia y de los López.

El último de éstos, sin embargo, será citado siempre como acabado modelo de tesón y de energía. Fué un tirano sin duda, pero también un hombre. Su personalidad tiene rasgos y perfiles propios que la harán sobresalir en la historia americana. Si se pierde á veces la memoria de un gobernante sabio y justo, solo por no haber sido grande, no se pierde jamás la de un carácter, sea cualquiera su obra, quizá porque no abundan los grandes caracteres.

Con la muerte de López y las influencias extranjeras entró por fin la República en el régimen constitucional, marchando con lentitud, pero con paso firme, por la senda del progreso.


CALDAS

El sabio colombiano Francisco José de Caldas nació en 1770 en Popayán, capital hoy del Estado del Cauca, uno de los de Colombia. Fué botánico, físico, geógrafo y astrónomo. Le distinguían con su amistad los sabios europeos y escribió un prefacio para la Geografía de las plantas del barón de Humboldt.

Entre las obras de Caldas, bien conocidas y apreciadas por los amigos de la ciencia, figura la Memoria publicada en 1807 con el título de Estado de la geografía del virreinato de Santa Fe de Bogotá, con relación á la economía y al Comercio, trabajo que supone dotes nada comunes de aplicación, de saber, de constancia y de carácter. Mucho tesón y excesiva laboriosidad necesitó poseer el que terminó con éxito aquel trabajo difícil, que todavía se consulta con provecho.

Caldas fundó y dirigió el Semanario de Nueva Granada, periódico tan original como acaso no lo haya sido ninguna publicación redactada en nuestra lengua.

Escribió una obra titulada Fotografía del Ecuador, que se ha perdido para siempre. La temprana muerte del autor y la desaparición del manuscrito, son dos desgracias que nunca habrán llorado bastante los amigos de la ciencia.

El malogrado Caldas murió fusilado en Bogotá el 29 de octubre de 1816. Cuando le notificaron la sentencia, pidió un plazo que necesitaba para rectificar ó comprobar ciertos importantes cálculos científicos. El plazo se le negó, y fué ejecutada aquella sentencia inicua.

Hablando de Caldas, dice un escritor contemparáneo suyo: «Sabio como Arquímedes, justo como Arístides, abnegado como Foción, severo como Platón cuando soñaba en su utopía, nos ha dejado su ejemplo como lección, su sangre como ofrenda en el altar de la patria, su muerte como inri, si no para España, para los tenientes á quien la metrópoli tuvo el desacierto de confiar su honra.»

Murió cuando tenía 46 años, cuando era todavía una esperanza al mismo tiempo que una realidad.

Otro americano ha escrito sobre Caldas lo que copiamos á continuación:

«... La época más dichosa de la vida de Caldas fueron los años en que gozó de la plena y pacífica posesión del Observatorio de Bogotá. Digno sacerdote de la divinidad tutelar de aquel santuario elegante, consagrado fervorosamente á su culto, pasaba allí la mayor parte del día con sus libros, con sus instrumentos, ó con la pluma en la mano, en las diversas tareas científicas á que se había dedicado: pasaba allí también parte de la noche si el estado del cielo era favorable para las observaciones astronómicas; y allí le amanecía, tras de pocos ratos de inquieto sueño en su catre de camino, cuando así lo demandaba la circunstancia grave de algún notable fenómeno celeste. Un pariente inmediato y dos ó tres amigos íntimos, incapaces de abusar de su confianza, y algún jovencito que recibía de él lecciones de matemáticas, eran las únicas personas á quienes franqueaba sin disgusto la entrada de aquella su habitual residencia, en que el espíritu de orden todo lo regulaba y el menor acto de perturbación era un crimen...»

¿Y un hombre así fué fusilado por perturbador?

Los perturbadores de la paz pública son los tiranos. Con sus tiranías hacen imposible todo bienestar. Los que hicieron de un obrero de la ciencia un mártir de la Revolución, los que saciaron su saña sacrificando al sabio ilustre que sin duda era inocente, los que no perdonaron ni el saber ni la virtud, sólo consiguieron precipitar su ruina, deshonrarse ante el mundo y ser condenados á su vez á oprobio eterno por el tribunal inapelable y justo de la Historia.


CÓRDOBA

El general colombiano José María de Córdoba, uno de los héroes más simpáticos de la guerra de la Independencia, nació el último año del siglo XVIII, esto es, en 1800. Desde niño se alistó en las fuerzas de la patria, como oficial de una expedición organizada en Haití. La batalla de Boyacá le valió los galones de teniente coronel; contaba entonces 19 años. Operando con sus tropas independientemente, es decir, lejos del mando y de la vigilancia de Bolívar, llevó á cabo repetidos hechos de bravura que le conquistaron buen renombre y merecida popularidad. Los laureles parecen más brillantes en frentes juveniles, y no había colombiano partidario de la independencia que no se complaciera enalteciendo á Córdoba, refiriendo sus hazañas y ponderando sus méritos.

Después de las gloriosas campañas de Colombia que despertaron la admiración y el entusiasmo públicos, fué destinado Córdoba á la expedición del Ecuador. Militando á las órdenes de Sucre, en 1821 y 1822, fué el primero que plantó la bandera colombiana en la plaza de Quito, hazaña que le valió el ascenso á general de brigada.

Bolívar le encomendó poco después la dirección de la campaña de Pasto, donde cosechó nuevos laureles poniendo el último sello á su reputación de soldado valeroso y general perito.

No es necesario, ni siquiera posible, hacer la biografía detallada ni insertar íntegra la hoja de servicios del bravo militar que nos ocupa. Sólo diremos que se batió constantemente, desde edad temprana, hasta el triunfo definitivo de las armas de Colombia. En la batalla de Ayacucho mandaba una división, cuando aún no tenía 25 años. Se puede asegurar que la división de Córdoba, apoyada por la caballería, decidió el éxito de la histórica batalla. Aquel día pronunció el valiente y entusiasta Córdoba una frase que es célebre en América: al recibir del general Sucre la orden de atacar, se volvió á sus columnas y dió estas voces de mando:

«¡Batallones... de frente... armas á discreción...; paso de vencedores!»

Los soldados prorrumpieron en entusiastas vivas á su general, tomando las posiciones á la bayoneta.

Cuando entró Bolívar en el Cuzco y esta ciudad le regaló una preciosa corona de oro y pedrería, Bolívar contestó que la aceptaba para el general Córdoba... Y en efecto, se la entregó al héroe de Ayacucho... Y éste á su vez la destinó á su ciudad natal, una ciudad de Colombia que se llama Río Negro, situada á orillas de un río del mismo nombre que va á desaguar al Magdelena.

Terminada la guerra del Perú volvió Córdoba á su patria, no figurando en la política hasta 1828. En esta fecha le nombró Bolívar general de un ejército destinado á reprimir la revolución de Popayán. Córdoba aceptó el encargo, pero Bolívar cambió de parecer y le relevó del mando, cediendo á malévolas insinuaciones. Resentido Córdoba por el desaire, cometió el error de justificar con su conducta la desconfianza del Libertador. En efecto, se unió á los sublevados; pero fué batido en un encuentro, cayó prisionero de los bolivaristas y pereció miserablemente asesinado por un inglés llamado Ruperto Hand. Triste fin de una existencia gloriosa.

Lástima grande que la política de pandillaje, el pesimismo, el despecho, lanzaran por peligrosas vías al hombre que era ya una gloria legítima de América antes de cumplir sus 30 años.


MORAZÁN

En las cinco repúblicas centro americanas se conserva fresca la memoria de este hombre público, de este mártir de la Federación, de esta simpática figura de la América central. Pocos lucharon tanto como él por la unión federal de Centro América, esa idea salvadora que ha de convertir á las naciones centro americanas en una espléndida Federación. Guatemala, Salvador, Honduras, Costa Rica y Nicaragua, tienen poca importancia cada una de por sí; carecen de influencia en los destinos del mundo; pesan poco en el equilibrio americano. Pero unidas las cinco repúblicas bajo una sola bandera, enlazadas políticamente por un pacto federal, sumadas sus fuerzas que todas juntas son considerables, resultaría la más bella de la federaciones américo-latinas.

Los Estados Unidos Centroamericanos distarían de tener la población de Méjico; pero la tendrían mayor que Colombia ó Venezuela, casi igual á la que cuenta hoy la República Argentina. De los pueblos unitarios, ninguno igualaría á la Unión de Centro América. Ésta poseería (además de sus grandes riquezas naturales, de su ventajosa posición entre dos mares y tocando al Istmo, de sus recursos verdaderamente inagotables) todos los beneficios del sistema federal, que es la última palabra en la ciencia política moderna. «República federal es miel sobre hojuelas», como dijo Emilio Castelar en sus buenos tiempos de propagandista.

No han faltado tentativas, como la de Barrios, para restablecer la unión de Centro América; pero han sido infructuosas, porque han tenido carácter de imposición y violencia; la federación de varios pueblos no debe hacerse con la espada, sino con la razón. Es indispensable que no haya supremacías, que cada pueblo mantenga su autonomía y su personalidad, que cada cual conserve la gerencia íntegra de los asuntos propios, determinándose por la ley suprema las atribuciones de la Federación.

Morazán personifica la idea federal en Centro América, la aspiración más querida de los patriotas centroamericanos, la unión que jamás se hubiera roto ó que ya se hubiera restablecido, sin las suspicacias mezquinas, los celos infundados, las rivalidades pueriles que desgarraron la patria.

Nació Morazán en 1799; como hondureño y como liberal, veía con malos ojos la hegemonía de Guatemala; quería la unión verdadera de pueblos autónomos y libres, no la absorción ni el dominio ni la confusión; no la preponderancia de un Estado en detrimento y menascabo de otros.

Ejerció una influencia decisiva y gozó de popularidad, especialmente en Honduras; se distinguió por sus dotes militares en las infaustas guerras civiles de Centro América, habiendo sido uno de los generales que supieron mostrar su bizarría en todas las ocasiones; fué gobernante justo, aunque no siempre acertado. Pero con todo, se vió precisado á huír del suelo movedizo de su patria, más agitado entonces por las convulsiones de la política y por las sacudidas de la guerra, que por los huracanes y los terremotos de aquella tierra volcánica.

Emigró á la América del Sur, de donde volvió con escasos elementos ansioso de restaurar las leyes desconocidas y la unión de la patria centro americana; mas no habiendo sido secundado, fracasó la empresa del caudillo.

Morazán fué fusilado en San José de Costa Rica el día 15 de septiembre de 1842; tenía 43 años.


ROSAS

El tirano de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas nació en la capital de la nación argentina, en 1793. Descendía de una familia española rica en pretensiones, á la cual perteneció también el capitán general y presidente de Chile Ortiz de Rosas, conde de Poblaciones. Esta familia existe aún en España.

El abuelo del tirano Rosas murió en la Pampa, en una expedición contra los indios. Casi todos sus parientes fueron partidarios de los españoles y regresaron á España cuando se emanciparon las colonias de América. El futuro déspota fué el único de los Rosas que se quedó en el Plata.

Dedicado desde niño á las faenas del campo, adquirió la brusquedad de maneras que suele distinguir á los rurales. Sus hábitos eran duros y sus instintos salvajes, como formados en las haciendas rústicas del interior y en una lucha constante con los indios. Puede decirse que en su juventud no cultivó más trato que el de los gauchos ni fué amigo sino de los caballos.

Á su trabajo, á su constancia y á su economía, debió la adquisición de una modesta fortuna. Esta fortuna, sus antecedentes de familia y su carácter enérgico, le valieron la confianza de los gobiernos argentinos empezando por el de Rivadavia. Obtuvo por eso el mando de las milicias rurales, y en tiempo del coronel Dorrego se le nombró comandante general de las pampas argentinas.

Escaso de instrucción, no es probable que fuera un federal convencido; pero estaba agradecido á Dorrego, que era jefe del partido federal, y supo demostrarle su agradecimiento.

Cuando Dorrego fué vencido por la insurrección militar del 1.º de diciembre de 1827 y fusilado por el general Lavalle, que era el campeón unitario, Rosas protestó en el acto poniéndose á la cabeza de sus milicias y proclamando la restauración de las leyes, la autoridad legítima y la rehabilitación de la memoria de Dorrego.

Sostuvo la guerra contra el general Lavalle hasta que le derrocó, siendo entonces elegido gobernador de Buenos Aires. Rosas gobernó tres años la provincia, y después que fué sustituído conservó el mando general de las milicias del campo, destinadas á operar contra los indios ó á defender las haciendas de sus incursiones.

Entre tanto proseguía la lucha de los federales con los unitarios y continuaban también los motines, asonadas y revoluciones. La provincia de Buenos Aires, entregada á la anarquía, volvió á confiar su gobierno al general Rosas.

Éste creyó que la anarquía se refrenaba con el despotismo, se hizo investir con los poderes de una dictadura y llegó á ser un verdadero tirano. Cada vez que expiraban sus poderes resignaba el mando; pero siempre lo reelegían para supremo jefe y dictador. Cuentan las crónicas que si algún representante, creyendo de buena fe en la renuncia de Rosas, daba su voto para gobernante á otro que no fuera él, amanecía á la mañana siguiente asesinado. Diez y siete años seguidos duró la farsa de sus reelecciones, desde 1835. Esa época es la más triste en la agitada historia de Buenos Aires, pues Rosas y los suyos no perdonaban medio de perseguir á los unitarios, siendo incalculable el número de los que fueron ahorcados, fusilados ó pasados á cuchillo por los sicarios viles del tirano. Su misma casa era un centro de odiosa tiranía, donde no había más voluntad que la suya y donde se castigaba rigurosamente la más mínima infracción.

Las personas decentes, los hombres dignos, los patriotas desinteresados tuvieron que emigrar á Montevideo, al Brasil, á Europa, á Chile, al Perú, ¡y dichosos los que lo lograron! Los mismos federales no podían soportar el espectáculo de un pueblo fanatizado por el dictador y gritando continuamente:

«¡Viva el restaurador de las leyes don Juan Manuel de Rosas!... ¡Mueran los inmundos unitarios!»

Lo peor no era el grito casi oficial de muera, sino que la muerte á mano airada, con ventaja, con alevosía, con ensañamiento y con impunidad, seguía de cerca á las voces y á las amenazas.

Una revolución, triunfante en Monte Caceros, derribó por fin á Rosas en el mes de febrero de 1852. El dictador tuvo que refugiarse á bordo de un barco inglés, que le condujo á Southampton. La constitucional Inglaterra, que tanto había clamando contra la vituperable y antisocial política del déspota platense, no le negó el albergue que ha ofrecido siempre generosa á los vencidos que se acogen á su hospitalidad.

Rosas no se movió de Southampton hasta su muerte, ocurrida en estos últimos años. Jamás conspiró por recobrar el poder ni escribió una palabra en su defensa; pero no le han faltado leales y desinteresados defensores.


CARO

En 1817 vino al mundo en Ocaña (Estado de Santander) el notable poeta José Eusebio Caro, uno de los más ilustres hijos de Colombia.

Se distinguió desde su juventud como periodista laborioso, como escritor correcto, como poeta inspirado.

Fué político serio y funcionario digno, amigo consecuente y rígido patriota. Sus mismos adversarios le han hecho cabal justicia.

La vicisitudes que sufrió Colombia le obligaron á emigrar, morando algún tiempo en Nueva York. La ausencia de su familia le atormentaba mucho en su destierro, la nostalgia le consumía, el afán de ver su cielo estrellado de Colombia amargaba sus noches y acibaraba sus días. En 1853 saludó por fin las playas colombianas; pero sucumbió al desembarcar en Santa Marta, ó pocos días después, víctima de una fiebre perniciosa.

Como filósofo no pasó de ser una medianía; refutó doctrinas que no había comprendido ni apenas estudiado, y mostró mejor deseo que sagacidad de juicio al tratar cuestiones sociológicas. Pero como poeta ocupa buen lugar en el notable Parnaso colombiano, dejando gallardas muestras de su ingenio poético y de su talento literario. En 1873 se publicó en Bogotá un volumen de versos con el título de Obras escogidas de José Eusebio Caro, libro que tuvo simpática aceptación.

Para que se juzgue del mérito poético de Caro insertamos á continuación una de sus poesías.