Printemps chéri, doux matin de l'année
console-nous de l'ennui des hivers;
reviens, enfin, et Flore emprisonnée
va de nouveau s'élever dans les airs.

Como yo conocía estos versos por habérselos oído a ella, seguí recitando:

Qu'avec plaisir je compte tes richesses!
Que ta présence a de charmes pour moi!
Puissent mes vers, aimables comme toi,
en les chantant, te payer tes larguesses!

Corina, acercándose a nosotros, añadió:

Déja Zéphire annonce ton retour.

Y después, olvidándose de la poesía, llamó a mi amigo en voz alta.

—¿Ribero?

—¿Qué quiere usted?

—Vayan ustedes, su amigo y usted, a su cuarto. Van a tener una sorpresa.

Ribero me agarró del brazo y salimos del gabinete. Entramos en el pasillo y me dejó en mi cuarto. Al cerrar la puerta murmuró:

—Ellas decidirán.

Luego se marchó. Estuve unos minutos anhelante, lleno de turbación. De pronto se abrió la puerta y apareció madama de Montrever en mi cuarto...

¿Para qué insistir en este momento poco honorable de mi vida? No lo he querido callar, para que el descendiente mío que lea mi historia sepa que yo tampoco fuí virtuoso.


VII
PROYECTOS DE FUGA

La vida muelle del Chateau des Aubepines se terminó con una orden del comandante del depósito para que volviéramos en seguida a Chalon.

Como he dicho, el final del año 1811 y la primera mitad del 12 se pasaron sin oír hablar de deserción alguna; en cambio, durante el principio del 13, las fugas se hicieron tan frecuentes, que el Gobierno francés tuvo que tomar medidas severas para impedirlo.

El empleo de esta medida fué contraproducente, pues muchos que hasta entonces no habían tenido nunca el proyecto de escaparse, viendo el rigor con que nos trataban, prefirieron exponerse a ser cogidos y encerrados en un fuerte, a quedar sujetos a tan bárbaro despotismo.

Había entonces que acudir a tres listas diarias; no se podía salir de la ciudad con ningún pretexto, y era indispensable estar encerrado en el cuarto desde el anochecer.

El comandante del depósito nos trataba más como a presidiarios que como a oficiales y a hombres de honor.

Sobre todo, a Ribero y a mí nos distinguía con su odio, y cuando estábamos delante de él, hablaba, como si no se refiriese a nosotros, de las damas de la aristocracia, que eran unas tales; de sus maridos, adornados de cuernos, y de los amantes sinvergüenzas que iban a explotar su físico.

Varias veces estuve a punto de provocar una explicación; pero Ribero me contuvo.

Exacerbados por el mal trato, Ribero y yo intentamos fugarnos. Tratamos de informarnos del medio de que los otros se valían para evadirse; pero esto no era fácil ni para Ribero ni para mí; primeramente, porque estábamos un tanto aislados de los compañeros y, después, porque todos los que se escapaban ponían gran cuidado en ocultar los procedimientos utilizados por ellos para no ser descubiertos, y al mismo tiempo para que sus íntimos amigos pudiesen aprovechar idénticas circunstancias.

Tras de algunas indagaciones, supimos que el camino por donde varios se habían ido últimamente era el que sigue el río Saona; también nos enteramos del nombre de algunos guías.

Era indispensable obrar con cautela; pues si el comandante sospechaba algo, por primera providencia lo zampaba a uno en la cárcel pública, y después, conducido por gendarmes, lo enviaba, de pueblo en pueblo, hasta un recinto fortificado.

Estos casos se repetían muchas veces con oficiales que no pensaban escaparse, pero a quienes denunciaban como si tuvieran tales intenciones.

Era necesario desconfiar de los guías, porque dos o tres de ellos, comprometidos con los españoles, los delataron después a la policía.

Entretanto avanzaba el invierno, época en la cual es imposible emprender un viaje largo y atravesar los Altos Pirineos por en medio de la nieve.

Ribero encontró una proporción, que durante algún tiempo nos llenó de esperanza. Un amigo de su padre, un tal Jordá, comerciante de Barcelona, poseía una hacienda en las inmediaciones de Perpiñán, confiada a un administrador.

Se escribió al señor Jordá, diciéndole que preguntara a su administrador si nos podría tener en su casa, y se le dijo que nos contestara de una manera especial y con frases convenidas, pues todos los papeles y cartas que recibíamos eran examinados por el comandante del depósito, y si éste encontraba algo sospechoso, le podía costar a uno ir a la cárcel.

El administrador de la finca de Perpiñán contestó al señor Jordá diciendo que estaba conforme en darnos albergue en su casa.

Comenzamos a hacer nuestros preparativos, cuando mi amigo Ribero recibió la orden inmediata de partir para el depósito de Besanzon.

Sin duda, la correspondencia suya con Barcelona produjo alguna sospecha en el comandante.

Como Ribero había llevado el negocio, y yo ni sabía el nombre ni las señas del administrador de Perpiñán, tuve que dar el proyecto por fracasado.


VIII
AVIRANETA EN CHALON

En el transcurso de la primavera y del verano de 1813 se escaparon muchos oficiales del depósito; pero casi todos fueron cogidos y encerrados.

Los castillos estaban llenos de militares españoles. Yo no sabía qué determinación tomar; de mi familia no tenía noticias; ni del paradero de mi novia.

No iba tampoco a visitar a madama de Montrever, porque esta señora me había dicho que no fuera a su casa mas que muy de tarde en tarde. Corina, que venía algunas veces a verme, me contó que había entrado de preceptor de los niños de Montrever un cura joven, hijo de una antigua criada de la familia, y que este curita se estaba haciendo el dueño de la casa. Corina me dijo que veía poco a su amiga, y afirmó con desdén:

—Gilberta acabará siendo devota.

La soledad, el tiempo triste de otoño me hicieron desear la muerte.

Mi única distracción era hablar con Camila, la hija menor de mi patrona. La pobre muchacha sentía alguna inclinación por mí y me atendía con cariño.

En estas circunstancias, un día se me presentó Antoine, el mozo, a decirme que un abate me estaba esperando. Supuse si sería algún amigo de los Montrever; me vestí, salí al salón de la casa y ¡cuál no sería mi asombro al encontrarme con Aviraneta!

—¡Eugenio! ¡Con ese traje! ¿Es que Dios te ha llevado por el buen camino?

—No, no—me dijo él con sorna—; soy tan cura como tú; es decir, algo menos que tú; pero por una serie de circunstancias, enojosas y largas de contar, he tomado este disfraz. Vengo enviado por tu madre para ayudarte a salir de aquí.

—¿Está bien mi madre?

—Muy bien.

—¿Y mi novia? ¿Sabes algo de ella?

—Me han dicho que está en un convento.

—¡Ah! Por eso no contestaba a mis cartas. Me consuelas. Ya estoy más tranquilo.

—¿Pero cómo no has intentado escaparte?

—Lo he intentado; pero todos mis intentos han fracasado. Los Pirineos están muy lejos.

—Bueno; pero ahora hay otro camino posible para huír.

—¿Cuál?

—El de Suiza. No hay mas que veinticinco o treinta leguas que recorrer.

—Sí, pero las fronteras están muy guardadas, y como Suiza está aliada con Francia, aun después de pasadas las líneas fronterizas hay el riesgo de ser entregado a los franceses.

—No, ahora no—replicó Aviraneta—. Después de la batalla de Leipzig y de la disolución de la Confederación del Rhin, Suiza se ha declarado neutral en la guerra con los aliados.

—No lo sabía.

—Sí; y por lo que dicen, a los españoles que han llegado allí los han acogido bastante bien y proporcionado los papeles necesarios para continuar su camino. Así que la única dificultad es pasar las treinta leguas que hay de aquí a la frontera. ¿Tú conoces los alrededores?

—Sí, en parte.

Expliqué a Eugenio el camino de la Bresse y la situación del Chateau la Foret.

Madama de Hauterive me había dicho que ella iba a pasar parte del invierno en su castillo y que me ofrecía hospitalidad en él.

—Si me dieran licencia como enfermo podía ir al Chateau la Foret y de allí fácilmente entrar en Suiza.

—No la pidas, porque no te la darán y suscitarás sospechas—dijo Aviraneta.

—Entonces, ¿qué hago?

—Puesto que tú conoces bien este país, arréglatelas como puedas para salir de Chalon y llegar a Lons-le-Saunier. Allí estaré yo y mandaré a mi antiguo asistente Ganisch a Saint-Laurent para que prepare el paso a Suiza.

—Yo no tengo dinero—le dije.

—Toma quinientos francos.

Y Aviraneta, con gran asombro por mi parte, me dió un montón de monedas de oro.

Decidimos comunicarnos por un sistema especial que me enseñó Eugenio. El mandaría una carta de amor, y entre líneas las instrucciones.

Después de quedar conformes, Aviraneta se fué. Le vi marchar por la calle con aire humilde, de cura, y doblar la esquina.


IX
DIFICULTADES

El invierno se presentó frío y cruel. Ya estábamos a principios de diciembre, y algunas personas, a quienes había yo confiado mi proyecto de marcha, me decían que era el mayor absurdo que podía hacer.

En esta época, todas las montañas del Jura y de los Alpes están cubiertas de nieve y es difícil atravesarlas no siguiendo el camino real. Por éste no se podía entrar ni salir de Francia mas que con documentos en regla, y había, no una, sino triple fila de puestos de guardia para registrar a cuantos pasaban.

Tales observaciones no me movieron a renunciar al plan, y comencé a dar pasos para agenciarme un carricoche en el cual salir del pueblo.

A mediados de diciembre recibí carta de Aviraneta; su amigo Ganisch, situado en Saint-Laurent, tenía ya hechos los preparativos necesarios para atravesar los Alpes.

Hacia el final de diciembre o principios de enero llegó a Chalon una noticia importante. Los aliados habían pasado el Rhin por Basilea y avanzaban a marchas forzadas hacia Belfort y el Franco-Condado. La noticia consternó al vecindario.

Todo el mundo se figuraba de un momento a otro ver a las tropas enemigas apoderándose de las casas del pueblo y saqueándolas.

Yo temía que el Gobierno francés nos hiciera salir de Chalon a los oficiales españoles, o que tomase nuevas precauciones para impedir nuestra deserción.

Seguí con mis diligencias para alquilar un coche. No era esto fácil, ni mucho menos.

Todos los alquiladores tenían orden expresa de no dejar carruaje a ningún oficial prisionero.

El ir a ver a los almacenistas de coches era cosa comprometida; había el peligro de ser delatado por algún patriota o, sencillamente, por un hombre de mala intención.

Varios días empleé en tratos con los cocheros; pero no pude encontrar quien me prestara un vehículo. Unicamente un labrador me alquiló un cabriolé sin caballo, porque él no tenía sitio donde guardarlo.

La patrona, madama Hocquard, me dijo, por entonces, que los prusianos habían entrado en Ginebra y se acercaban, avanzando rápidamente. Debían de ser las fuerzas de los generales Blucher y Schwarzenberg, que, cruzando por el Franco-Condado, fueron a reunirse a la meseta de Langres, para desde allí marchar sobre París a restaurar la monarquía legítima.

El pueblo estaba espantado; los bonapartistas aseguraban que todo se iba a arreglar al momento; pero los medios de arreglo faltaban; no había ejército francés por aquella parte, y los aliados podían llegar a Chalon en una semana sin dificultad.

Antoine, el mozo, me daba noticias, recogidas en la calle, del avance de los enemigos y de sus supuestos planes. A mí me preocupaban más los proyectos de los franceses.

—¿Qué harán con nosotros, con los emigrados?—le preguntaba.

—Unos dicen que les van a obligar a ustedes a salir de Chalon; otros, que les dejarán aquí para impedir que los aliados hagan daño en la ciudad.

En medio de esta confusión yo seguí en mis trabajos para agenciarme caballos. Aviraneta me decía que me esperaba.

En vista de los muchos obstáculos y de los nuevos acontecimientos consulté con madama de Montrever.

Ella era de la opinión que aguardara la llegada de los ejércitos monárquicos.

Esto le parecía lo más prudente.

Escapándome por un camino por donde se iban a retirar todas las partidas de tropas y gendarmes que abandonaban los puntos de la frontera me exponía a ser preso.

Madama de Montrever suponía que en este caso lo pasaría malamente, pues las fuerzas fugitivas traerían un espíritu natural de venganza contra los extranjeros.

—¿Y usted qué cree que debía hacer?—le dije.

—Yo, como usted, me ocultaría en una casa cualquiera hasta que entraran los defensores del rey legítimo.

Este consejo hubiera sido excelente con la seguridad de que el Gobierno francés no iba a tomar disposiciones nuevas respecto a nosotros y sabiendo que los aliados podían entrar en seguida; pero los aliados estaban aún a más de veinte leguas y no se sabía los obstáculos que hallarían en su marcha.

Era muy probable también la llegada de fuerzas imperiales a disputar el paso del Saona, y que los franceses cerrasen las puertas de Chalon y se dispusieran a defenderse en un largo sitio.

Estas consideraciones me obligaron a persistir en mis proyectos.

Al día siguiente, por la mañana, fuí a buscar un amigo de mi patrona, monsieur Martin, hombre muy honrado, y le encargué buscase un caballo para mi cabriolé.

Monsieur Martin me dijo hablaría a un conocido suyo, cochero, y me daría la respuesta a las doce de aquel día.

Yo me encontraba en un estado de impaciencia grande. Aviraneta me escribía dándome prisa. A cada instante llegaban noticias contradictorias de la posición del ejército aliado; los unos decían que los austriacos se encontraban solamente a quince leguas; los otros, que al día siguiente entrarían en Chalon; no faltaba quien aseguraba que aun no habían pisado el Franco-Condado.

Con estas noticias, todos los emigrados estábamos presa de la mayor agitación. Al salir de la lista diaria fuí a saber la respuesta de monsieur Martin. El hombre de los caballos había ido a conducir un carruaje a una casa de campo, a dos leguas de Chalon, y no volvería hasta la noche.

A media tarde me hallaba en casa de monsieur Montrever, cuando oímos el redoblar de tambores y ruido de gente en la calle; salimos al balcón; se veía una multitud reunida hablando entre sí, con aire satisfecho; se envió a un criado para que se enterase de la causa de esta algazara, y al cabo de un momento volvió diciendo acababa de llegar de Lyón la noticia de la paz con España. Unos momentos después se iba a publicarla con todo aparato.

Monsieur y madama Montrever me felicitaron por mi libertad, y los franceses conocidos, en la calle, me dieron la enhorabuena.

La gente, sobre todo los bonapartistas, se mostraban satisfechos; suponían que los miles de hombres empleados en la guerra de España volverían a Francia a luchar contra los austriacos, rusos y prusianos.

Quise enterarme bien de la certeza de la noticia y fuí al Ayuntamiento. Había allí un tropel de hombres y mujeres aguardando por si salía alguien a publicar la paz.

Tuve la suerte de ver a un camisero conocido mío, monsieur Frontenard; llevaba una copia de la carta que había producido tanto revuelo en el pueblo. Estaba escrita por el prefecto de Lyón al subprefecto de Chalon. Al parecer, un senador que acababa de llegar a Lyón había traído la noticia de la paz definitiva, concluída con España, y, a consecuencia de ella, las tropas francesas de ocupación de los Pirineos volverían a marchas forzadas a oponerse al paso de los aliados.

Por la carta comprendí que la noticia no era oficial; probablemente la habían echado a volar para tranquilizar la población; de todas maneras no iba a influír en la suerte de los emigrados.

Efectivamente, los días sucesivos tuvimos que seguir presentándonos a las tres listas como antes.


LIBRO SEGUNDO
RASTROS DE LA GUERRA

I
LA SALIDA DE CHALON

Una tarde, al anochecer, estaba contemplando a través del cristal la nieve; había perdido casi toda esperanza de salir de Chalon, cuando se presentó en mi casa Aviraneta, como días antes, vestido de cura.

Habló con mi patrona y entró en mi cuarto.

Me recriminó por mi tardanza en salir del pueblo, y yo fuí explicándole las dificultades con que tropezaba.

—Bueno; vamos a hacer una intentona—dijo él—; ven a cenar conmigo.

—¿Y qué hago con mis cosas?

—Déjalas aquí, o di que las recoja alguna persona conocida.

—Bueno. Pero tendré que avisar a la patrona.

—No; no avises nada. Dile solamente que hoy cenas conmigo y que vendrás muy tarde.

Lo hice así; salimos los dos y nos fuimos a la fonda. Cenamos, y después Eugenio me llevó a su cuarto, cogió una maleta, sacó del interior un vestido negro de mujer y lo extendió sobre la cama.

—¿Para qué es eso?—pregunté.

—Para ti.

—No me lo pongo.

—Ya lo veremos. Es sólo para salir del pueblo; inmediatamente que estemos fuera te lo quitas.

—¿Pero cuándo vamos a partir?

—Por la mañana, cuando aclare; el coche espera en la cuadra.

Como Aviraneta era terco no quise entrar en discusiones.

—¿Tienes la seguridad de salir de Chalon?—le dije.

—Sí.

—¿Cómo lo has podido conseguir?

—Amigo, los masones tenemos recursos secretos—contestó él con jactancia.

—¿No nos detendrán?

—No, no; puedes estar tranquilo.

—Si es así, bueno.

Pasamos toda la noche charlando, esperando a que aclarara. El tiempo estaba horrible; llovió, nevó, venteó con fuerza, y sólo al amanecer fué serenándose. Escribí yo una carta a mi patrona despidiéndome de ella y de sus hijas.

Luego, Eugenio me ayudó a vestirme de mujer, y al alba salimos a la calle.

En la puerta de la fonda encontramos un coche y al cochero, que estaba enganchando.

—Buenos días, Juan—dijo Aviraneta.

—Buenos días, señor abate. ¿Lleva usted a su sobrina?

—Sí; al fin se ha convencido. ¿Estamos ya?

—Sí, señor abate; pueden ustedes montar.

Subimos al carruaje. Las calles estaban muy obscuras, cubiertas de nieve, envueltas en niebla. No se oía más ruido que el agua al caer de los canalones a las aceras.

El coche marchaba en silencio.

Atravesamos despacio la ciudad, pasamos el puente y el barrio de Saint-Laurent; no había un alma por las calles. Al acercarnos a la puerta de San Marcelo, la única por donde se podía salir, nos la encontramos cerrada.

—Me habían dicho que se abría al amanecer—murmuró Aviraneta, preocupado.

Un vecino se acercó y Eugenio le dijo:

—¿No es hora de que la puerta esté abierta?

—Sí—contestó el vecino—; sin duda, al guardián se le han pegado las sábanas; yo lo despertaré.

Estaba temblando y temiendo que el guardián tuviese alguna orden para preguntar o pedir pasaportes; mas que nada, por el ridículo que caía sobre mí.

Salió el vecino con el guardián, y éste se puso a abrir la puerta.

—¿Sin duda no creía usted que con tal mal tiempo tendría nadie ganas de viajar?—le preguntó Aviraneta.

—No, señor abate; el tiempo no convida a viajar.

—Gracias, muchas gracias.

Pasamos la puerta.

—¿Por qué no le has dado algo?—le dije a Eugenio.

—¡Un cura dando dinero! Eso sería ponerse en contra de todas las tradiciones.

—¿Este hombre es de los vuestros?—le pregunté a Aviraneta al cabo de un momento.

—¿De cuáles?

—De los masones.

—¡Ca, hombre!

—Entonces, ¿qué preparativos tenías hechos?

—¡Yo!... Ninguno.

—¿Así que hemos salido al buen tuntún? ¡No tenías preparado nada! Y si me cogen a mí así vestido me pongo en ridículo. Me están dando ganas de volverme.

—Sería peor—me dijo Aviraneta tranquilamente—. La cuestión era salir de Chalon; ahora, ya fuera, no nos pueden detener; tengo un salvoconducto para los dos.

Pasamos el puente de piedra inmediato a la puerta de San Marcelo; en seguida, el arrabal de este mismo nombre, y luego, otro puentecillo sobre un brazo del Saona, y embocamos la calzada, que tiene tres cuartos de legua de largo y es la única vía que hay para cruzar la Bresse.

Al fin de la calzada de San Marcelo sigue el camino que va al Franco-Condado.

Aquel día la carretera estaba infranqueable por la nieve y el lodo. Las ruedas del coche se hundían hasta los ejes.

Yo pensaba que en el camino encontraríamos tropas de regreso de la frontera, y se lo advertí a Aviraneta para que dijera al cochero que corriese.

—El cochero no puede hacer más—replicó él—. Hay que dejarle.


II
LA MAÑANA

Marchamos despacio, muy despacio. Yo no sé cómo no me morí de impaciencia. Recorrimos la calzada y llegamos a Saint-Marcel.

Al entrar en este pueblo empezaba a ser de día; la gente estaba ya levantada, y al ruido de los caballos y del coche salían todos a las puertas, creyendo que entraba el enemigo.

Atravesamos la aldea entre la expectación pública, y dejando el camino real del Franco-Condado, tomamos otro a la izquierda, más pequeño y de menos tránsito.

Pasamos por Bay y Dameray, pueblecitos pequeños que estaban cubiertos de nieve, y seguimos adelante.

Preguntamos a los campesinos que encontramos si se sabía por dónde venían los aliados. Cuando nos decían que estaban a diez o doce leguas aparentábamos gran temor.

A las nueve y media llegamos a Sermesse y nos detuvimos en una posada para tomar un bocado.

El posadero, un buen hombre grueso y rojo, hablaba a gritos. Se manifestaba indignado de la insolencia de los austriacos. Cualquiera hubiese dicho al oírle que la guerra era una cuestión de etiqueta.

Nos trajeron un buen almuerzo, y Eugenio comió y trincó de lo lindo. Yo estaba avergonzado con mi disfraz.

—La pobre señorita no tiene apetito—dijo varias veces el posadero.

Aviraneta, con la boca llena, me decía:

—Te advierto, hija mía, que los pollos de este país tienen fama.

Mientras estábamos comiendo, se presentó un caballero, que pidió también de almorzar, y se puso a mirarme con aire de impertinencia. Luego comenzó a preguntar a Aviraneta noticias de Lyón.

Me figuré que debía ser algún empleado del Gobierno. Efectivamente; supimos que era el subprefecto del Dôle, que se retiraba a Chalon porque los aliados se acercaban y no quería llevar las cuestiones de etiqueta hasta aguardarlos en su subprefectura.

A las diez y media, y con mucha calma, ordenamos al cochero que preparase los caballos.

Aviraneta me dijo que ya se había supuesto en Sermesse que yo era una heredera rica y él un jesuíta.

Al pasar por un pueblecito llamado Frontenard oí dar las doce en el reloj de la parroquia, y recordé que en aquel momento se habrían enterado en el depósito de que yo faltaba. Probablemente, con las inquietudes naturales de la invasión, no se preocuparían en buscarme.

A las tres de la tarde cruzamos por Pierre, pueblo próximo a Bellevue.

Ibamos avanzando, cuando oímos detrás de nosotros el ruido de unos caballos que venían al galope. Alarmados, volvimos la cabeza. Eran cuatro caballos montados por criados de una finca inmediata que, sin duda, los habían sacado a pasear.

Poco después encontramos un grupo de aldeanos con cargas de leña en la cabeza. Les preguntamos si sabían dónde estaban los enemigos, y respondieron que habían oído decir que en Lons-le-Saunier. Como Lons está próximamente a seis leguas de aquel lugar, suponían que pronto los tendrían en los alrededores, y se disponían a hacer provisiones.


III
EN BELLEVUE

El cochero, al oír estas noticias, comenzó a dar muestras de intranquilidad, y preguntó a Aviraneta si no temía encontrarse con los aliados. Aviraneta se hizo el asustadizo, y luego agregó que, como los austriacos, si veían el vehículo lo decomisarían, era mejor que el cochero nos llevara a las puertas de Bellevue y después se volviera adonde quisiera.

Efectivamente: al acercarse a las primeras casas del pueblo el coche se detuvo; bajamos Aviraneta y yo, y el cochero se volvió rápidamente, fustigando a los caballos.

Al vernos solos, yo me quité rápidamente el traje de mujer y lo tiré entre unas matas.

—Ahora, vamos—dije.

—El caso es—murmuró Eugenio—que yo no he dicho en Bellevue que sea cura. Tendrás que vestirte tú de abate.

Me repugnaba este disfraz irrespetuoso, pero no tuve más remedio que acceder. Eugenio me dió la sotana y el sombrero y él se quedó de paisano.

En esta disposición avanzamos hacia Bellevue y entramos en una posada donde anteriormente había tomado cuarto Aviraneta.

Aviraneta dijo en la casa que el cochero nos había hecho traición; que al oír decir que los aliados estaban en el pueblo, se detuvo asustado y nos obligó a bajarnos del coche.

La dueña de la casa, madama Fleury, se indignó contra el cinismo de los cocheros. Yo, a pesar mío, tuve gran éxito como abate.

Después de comer, salimos Eugenio y yo de la posada y fuimos a la plaza, llena de aldeanos y de curiosos que hablaban y discutían. En esto vimos, en medio de la multitud, un caballo ensillado, que por sus arreos parecía de un militar. Nos acercamos y luego entramos en un café de la plaza, debajo de los arcos. El mozo, en la puerta, permanecía contemplando la gente.

Al vernos, dijo:

—¡A buen tiempo vienen ustedes!

—¿Pues qué hay?

—Que ya está ahí un oficial austriaco.

—¿De veras?

—Sí; parece que acaba de llegar para preparar las raciones a un destacamento que va a venir esta noche. Ese caballo que está ahí es el suyo.

Yo estaba dispuesto a buscar al militar y hablarle, pero Aviraneta decía que no, que no debíamos acercarnos a la canalla austriaca.

Hacía un momento que habíamos entrado en el café cuando se oyó un gran barullo en la plaza. Salimos apresuradamente a los arcos.

—¿Qué pasa?—preguntamos.

—¡Los austriacos! ¡Los austriacos!—gritaba la gente—. ¡Ya están aquí! ¡Que vienen!

Fué una desbandada general; todo el mundo echó a correr; las puertas y ventanas se cerraron de golpe, se metieron los caballos en los patios y en las cuadras. El mozo cerró el café y quedamos nosotros dentro... Pasaron unos minutos de silencio... El galope de los caballos de los kaiserlicks no se oía por ninguna parte.

—No es nada—dijo Aviraneta al mozo—. Es el miedo que se comunica. Nos asomamos a los arcos. Efectivamente, no venía nadie.

Poco después se abrió de nuevo una ventana; luego, un postigo; un vecino cambió unas cuantas palabras con otro; uno más osado se asomó al portal, y transcurrido un instante salieron todos a la plaza riéndose del pánico producido por la falsa alarma.

Volvimos a la posada, entramos en el comedor y saludamos a los amos de la casa.

Estábamos hablando con ellos cuando entró el oficial que habían tomado en el pueblo por austriaco. Era un militar francés que se retiraba y, al pasar por allí, se había detenido para ver a sus padres.

Este militar dijo que los aliados estaban a una legua de Lons-le-Saunier.

Cenamos, y acabada la cena me despedí del ama de la casa, que quiso que me acostase temprano, pues decía necesitaba descansar de la fatiga del día.

Aviraneta compró dos caballos y alquiló un guía práctico en aquellos contornos. Estuvimos en Bellevue día y medio, y al segundo, a las cuatro de la mañana, vino a llamarme Eugenio a mi cuarto. Dijo que no convenía nos viesen salir los vecinos del pueblo, pues podían entrar en sospechas. Me vestí a tientas, no queriendo encender luz por no despertar a nadie, y sin hacer ruido, salí a la calle.

Esperaban dos caballos ensillados y el guía. Montamos y echamos a andar detrás del hombre.

El guía se había comprometido a llevarnos por el camino de Lons hasta salir fuera de unos bosques espesos, en donde era muy fácil perderse.

El tiempo estaba frío; la noche, obscura; no había amanecido aún; nuestro conductor iba a pie, a una cierta distancia de nosotros, andando con mucho trabajo.

A cada paso nos encontrábamos con pantanos profundos, y el hombre salía de ellos ayudándose con un gran palo que llevaba.

Mucho nos compadecimos del infeliz al ver lo que trabajaba en un camino tan penoso.

Le dijimos que subiera en uno de nuestros caballos; pero él contestó que montado era muy posible que no conociese el terreno.

Después de andar cerca de tres horas por medio de bosques muy espesos y caminos impracticables salimos a campo raso.

Había aclarado y se veía ya nuestra ruta. Aviraneta dió un luis a nuestro guía, el cual lo cogió contento, como si fuera una fortuna.

Continuamos nuestro camino; pasamos por Arlay, pueblo del departamento del Jura y centro de las posesiones del príncipe de Chalon; subimos un monte en el cual hay un hermoso castillo; luego cruzamos por Saint-Germain en Bois, y llegamos al Chateau la Foret, donde nos presentamos a madama de Hauterive.


Nuestra Corina nos recibió amabilísimamente, y después de mostrarnos los cuartos que nos destinaba nos dijo que nos esperaba para almorzar. Nos presentamos Eugenio y yo en el comedor, y acabábamos de sentarnos cuando vinieron a decirnos que una partida de caballería austriaca atravesaba el campo.

Salimos a la ventana a ver aquellos famosos kaiserlicks.

Era una patrulla de doscientos hombres que iban a alguna descubierta. Llevaban todos capas blancas, lo que hacía un efecto muy raro y muy lujoso.

Pasaron al galope y los perdimos de vista.

Nos sentamos a la mesa, y después de almorzar nos preguntó Corina qué itinerario pensábamos seguir, y al decirle que íbamos por Suiza, subiendo luego por la orilla del Rhin, dijo que nos acompañaría, porque pensaba marcharse a Radstadt y nuestro camino era el suyo.

—Va usted a tener muchas molestias en el viaje—le advertí yo.

—No me asusta el frío ni el cansancio; probablemente me divertiré presenciando escenas que no he visto.

Aviraneta celebró la decisión de Corina, y quedamos de acuerdo en ponernos en camino los tres juntos al día siguiente.

Corina tenía un carricoche, pero no caballos, porque se los había decomisado un intendente austriaco.

Decidimos enganchar los nuestros y partir en el coche suyo.


IV
LONS-LE-SAUNIER

Al día siguiente nos pusimos en camino. Yo había sabido que el general en jefe de la columna austriaca, conde de Bubna, estaba en un pueblecito próximo llamado Poligny.

Prefería presentarme al conde que no al simple comandante que había en Lons-le-Saunier.

Aviraneta dijo que le parecía una tontería esta formalidad. A pesar de su opinión, Corina y yo convinimos en ello, y al salir del Chateau la Foret comenzamos a subir una cuesta muy empinada que va de Chateau-Chalon a Poligny.

De pronto vimos venir hacia nosotros una partida de caballería. Cuando estuvo cerca, el que iba a la cabeza de ella nos preguntó en francés, con una voz chillona, si aquél era el camino de Lons-le-Saunier.

Le contestamos que sí, y después le dije yo si sabía si el conde de Bubna estaba aún en Poligny.

—Ya no está—replicó él—. ¿Para qué lo necesita usted?

—Es que yo soy un oficial español fugado del depósito de Chalon.

—Pues yo soy el conde de Bubna—contestó él—. Voy a Lons. Esta noche preséntese usted en mi casa.

Saludé, y seguimos la comitiva del general hasta Lons-le-Saunier. Llegamos a esta ciudad. Dejamos al carricoche en un cobertizo y fuimos nosotros a una posada.

Por la noche me presenté al conde de Bubna, quien me recibió en un salón muy elegante, vestido de tal manera y con tantos bordados que parecía una odalisca.

Me hizo mil preguntas sobre mi fuga; el número de españoles que había en el depósito de Chalon; si quedaban tropas francesas, y si preparaban alguna defensa contra los aliados.

Contesté a sus preguntas diciendo lo que sabía.

Después ordenó tomasen nota de nuestros nombres y nos diesen los papeles necesarios para seguir nuestro camino a Suiza, donde encontraríamos el cuartel general de los Emperadores.

Los documentos no nos los dieron en seguida.

Volví a la posada. A Eugenio se le había desarrollado un odio furioso por los austriacos, y cuando oía hablar de Emperadores, Altezas y Excelencias fruncía el ceño.

Corina se reía de las ocurrencias de Aviraneta.

Lons-le-Saunier estaba en aquel momento ocupado por los austriacos.

Las tropas no habían cometido grandes excesos, porque los habitantes, intimidados, no se atrevían a oponerse a nada. Metida en los rincones, la gente estaba sin salir a la calle.

Los soldados se habían alojado en las posadas y casas particulares, donde comían y bebían a discreción, sin que nadie intentase cobrarles lo más mínimo. Si necesitaban algo abrían las tiendas y cogían lo que les parecía.

Por la noche volví a casa del general a buscar nuestros pasaportes, y hubo que esperar al día siguiente para que nos los dieran.

Aquella noche la pasamos sin acostarnos en la posada, llena de tropa. Como la mayor parte de los soldados estaban borrachos, hacían tal ruido que no nos dejaron dormir.

Madama de Hauterive se vió muchas veces asaltada por soldados que la estrujaron y manosearon violentamente. Yo quise poner coto a tales brutalidades; pero viendo que ella se reía de estos excesos, no quise ser más papista que el Papa.

Al día siguiente, por la mañana, recogí nuestros papeles en casa del conde de Bubna.

Más tarde, al ir al cobertizo donde habíamos dejado el carricoche y los caballos, supimos que estaban embargados por el ejército invasor y que no había comunicación alguna, ni correo, ni diligencia.

Después de muchas indagaciones fuimos a ver a un oficial de Administración militar, y por trescientos francos rescatamos el carricoche y los caballos. Dimos nuestras más expresivas gracias al honrado oficial, y montamos en seguida en el carricoche.

Era al anochecer. Al sentarnos en los asientos nos dimos cuenta de que nos habían robado los almohadones.

Sin pensar en recobrarlos echamos a andar. Cruzamos las calles, ya a obscuras. Llovía. En todo el pueblo había una gran confusión por la continua entrada y salida de tropas. En las calles no se veían mas que soldados borrachos.

En un casa, dos muchachitas, medio desnudas, lloraban, mientras que una mujer desmelenada gritaba furiosa delante de un oficial austriaco.

Fácil era comprender lo ocurrido.

Nos alejamos rápidamente de Lons; cesó de llover y comenzó a nevar; después paró la nieve y salió la luna.

Su luz nos iluminaba perfectamente el camino en el campo nevado.

Al pasar por una pequeña alquería bajó Aviraneta y compró un montón de heno seco, que nos sirvió para sentarnos encima y al mismo tiempo para cubrirnos los pies.

Seguimos nuestra marcha de noche, despacio, pero sin parar.

Empezamos luego a subir cuestas y más cuestas y a ascender por caminos en espiral, y cuanto más subíamos parecía que los puntos adonde debíamos llegar se alejaban también cada vez más.

La nieve se iba espesando a medida que ascendíamos.

Esto, unido al mal camino, hacía que fuéramos muy despacio.

Aviraneta sacó del bolsillo del gabán una botella de kirsch; bebimos los tres, y al poco rato Corina comenzó a cantar alegremente.

Después de haber recorrido unas seis horas llegamos a Sanyot, pueblo muy pequeño y muy pobre, sobre el Jura, a cinco leguas de Lons. Aquí nos detuvimos para dejar descansar a los caballos y almorzar.

El frío nos había dado un gran apetito.

Comimos; Aviraneta renovó la botella de licor y nos pusimos de nuevo en marcha.

Había ya tanta nieve y las pendientes eran tan rápidas, que los caballos patinaban y no podían avanzar. Al anochecer llegamos a Saint-Laurent, y apareció Ganisch, el asistente Aviraneta, vestido con pantalón corto, chaleco de Bayona y sombrero de copa.

A Corina le hizo mucha gracia el tipo y nos preguntó varias veces:

—¿De dónde han sacado ustedes este hombre?

—Es un español amigo mío—contestó Aviraneta, riéndose también.

Ganisch nos llevó a su posada. Pregunté al patrón si los aliados, al cruzar por allí, habían hecho mucho daño.

—¿Daño?—contestó—. Nos han comido y bebido lo que había, y algunos soldados sueltos han detenido a los pasajeros que han encontrado en el camino cerca del pueblo y les han quitado el dinero y el reloj. A las mujeres las han violado.

El patrón añadió que debíamos avanzar con mucho cuidado y no ir por la carretera, aunque por otra parte tendríamos mucha dificultad para atravesar las montañas en coche, porque todos los caminos estaban cerrados con la nieve.

El hombre no era nada tranquilizador, y sus consejos no servían mas que para dejarle a uno inquieto.


V
EL TRINEO

Al día siguiente Ganisch, dando grandes voces, nos despertó bruscamente.

Era todavía de noche, pero se veía tanto como de día.

La luna brillaba hermosa en el cielo claro.

—Señal del frío que hace—dijo Aviraneta—y del que nos espera por esos montes.

A la puerta de la posada Ganisch tenía preparado el trineo.

Nos metimos los cuatro envueltos en nuestros abrigos; salimos de Saint-Laurent y continuamos nuestra marcha hasta que la mañana vino a mostrarnos un paisaje magnífico.

A pesar de los malos encuentros que nos pronosticaron no vimos a nuestro paso mas que unos cuantos soldados franceses alrededor de una hoguera ya consumida. Todos estaban destrozados y sin armas, excepto uno que llevaba un fusil.

Nos paramos al acercarnos a ellos, y un cabo, con los bigotes largos y amarillos, que dijo era parisiense, nos pidió algo para la compañía. Aviraneta le dió unos francos, y el soldado tuvo algunas toscas galanterías para Corina y un saludo militar para Aviraneta, a quien llamó generoso burgués. Nos alejamos de allí y seguimos adelante.

Desaparecieron las nieblas del amanecer, y el cielo quedó azul, sin una nube. El sol convertía la nieve en un conjunto de perlas resplandecientes.

Los grandes pinos, agobiados con su peso, dejaban ver por debajo sus ramas verdes de follaje.

En una extensión de blancura tan luminosa, con un cielo tan claro, todos los objetos parecían negros.

Apenas se podía percibir si hacía viento o no; pero el frío era tan sutil que se metía hasta los huesos.

Charlando alegremente, cantando a veces, siempre en acecho por si encontrábamos algunos kaiserlicks o gendarmes que vinieran a registrar nuestros bolsillos, llegamos a Morez, pueblo que aparecía negruzco en una hondonada cubierta de nieve.

Ganisch dijo que sería útil tomar un caballo más para subir la cuesta de un monte que llaman Les Rousses, cuesta bastante empinada y de más de una legua de larga.

En una granja todavía lejana de Morez alquilamos el otro caballo y lo enganchamos.

Mientrastanto salté yo del trineo para calentarme los pies, que los tenía helados, y fuí andando, sin darme cuenta, unos doscientos pasos, hasta acercarme al pueblo.

Al llegar delante de una casa me detuvo un hombre, preguntándome quién era y adonde iba. Yo le respondí que iba a Ginebra; me dijo que estaba de guardia, y me pidió el pasaporte, añadiendo que tenía orden de detener a todo viajero hasta que el alcalde examinase sus documentos.

—Bueno, pues avisaré a mis amigos—dije, y me acerqué al trineo con el guardia.

—¿Qué hay?—preguntó Aviraneta al verme llegar acompañado.

Expliqué lo que pasaba. Aviraneta torció gesto y de pronto preguntó:

—¿Está lejos la casa del alcalde?

—No, aquí cerca—contestó el guardia.

—Podemos ir en el trineo—le dijo Aviraneta—. Le haremos a usted sitio.

Efectivamente, se le hizo sitio al guardia.

Aviraneta tomó las riendas; los caballos comenzaron a marchar; luego, a trotar sobre la nieve helada, y a galopar, por último.

—¡Pare usted! ¡Pare usted!—gritó el hombre—. Ya hemos llegado, ya hemos pasado.

Aviraneta siguió sin hacer caso, fustigando a los caballos durante un cuarto de hora.

El guardia estaba furioso. Corina reía a carcajadas. Al fin se detuvo el trineo.

—Mi querido amigo—dijo Aviraneta al amoscado guardia—: nosotros no teníamos ningún gran interés en presentarnos a las autoridades de su pueblo. No crea usted que es una prueba de desdén, no. Es sencillamente prudencia por nuestra parte. Para usted, claro es, este paseo es un poco desagradable, pero le daremos unas monedas para que a la vuelta se caliente el estómago.

El guardia no sabía qué hacer. Aviraneta metió mano al bolsillo y sacó una monedita de oro.

—Puede usted elegir—dijo Aviraneta—entre marcharse incomodado y sin nada, o marcharse con dinero y contento. Ahora, si intenta usted detenernos, le daremos un golpe y le tiraremos en la nieve.

El guardia, medio enfurruñado y medio risueño, tomó el dinero y se fué.

Seguimos el camino; el viento fuerte producía una ventisca que nos azotaba la cara como si fuera polvo.

En la parte alta de la cuesta los caballos, a veces, metían los brazos en la nieve hasta el pecho. El camino estaba señalado por unos palos muy altos, puestos a intento, de distancia en distancia, para que se pudiera conocer su dirección aun cubierto por una gran nevada.

A las once llegamos a las Rousses; dejamos descansar a los animales, comimos, seguimos adelante y pasamos el cuello de Saint-Cergues. Estábamos ya en Suiza.

Pronto comenzamos a bajar la otra vertiente alpina, hacia el lago Leman.

A las cinco llegábamos a Nyón e íbamos a la fonda de la Cruz Blanca. Encontramos una excelente posada, buena cena, buen cuarto y un magnífico fuego.

En la fonda nos encontramos Corina y yo a un francés realista de Chalon, con el cual nos sentamos a la mesa.

La noche transcurría amablemente, cuando el realista y Aviraneta se pusieron a discutir con acritud. El realista acusaba a Aviraneta de mal español, porque deseaba el triunfo de Napoleón contra los aliados; y Aviraneta acusaba al realista de mal francés, porque aspiraba a que los extranjeros venciesen en su patria y realizaran los planes ultraconservadores de Metternich.

A punto estuvieron de desafiarse; pero terció Corina y los tranquilizó.

Cuando se fué el francés tuvimos que oír una serie de absurdos y de barbaridades de Eugenio.

—Esta gente enamorada del pasado—decía a Corina—, es gente estólida y cobarde que cree imposible dominar el porvenir. Nosotros, no; nosotros tenemos confianza...

—Pero es que usted, mi querido amigo, no comprende la poesía de la tradición; no admite usted la abnegación, el desinterés de los realistas—replicaba Corina.

—No, señora, no—gritaba Aviraneta—; no hay desinterés en ellos.—Luego, más tranquilo, decía—: Yo veo que unos luchan por el rey y otros por el pueblo. Los que luchan por el rey buscan el ascenso, el dinero; los que luchan por el pueblo, ¿qué van a encontrar?: la horca, el fusilamiento. Sin embargo, toda la gente de buen tono ha decidido que los que pelean por su interés son los desinteresados, los idealistas, y que, en cambio, los que no podemos esperar nada somos egoístas y miserables.

No quise replicar por no enzarzar de nuevo la cuestión y me retiré a mi cuarto.


VI
UNA ANÉCDOTA IMPORTANTE ACERCA DE CALVINO

Nos levantamos al otro día temprano y salimos de Nyón en el mismo trineo en que habíamos llegado.

El camino hasta Ginebra pasa a orillas del lago Leman; pero había una niebla tan espesa que apenas se veía. Este camino debe ser muy hermoso, pues está rodeado de un sinnúmero de hoteles y jardines.

Hacía un frío inaguantable, que nos obligó a pararnos dos o tres veces y a entrar en las casas a calentarnos las manos y los pies.

Al llegar a Ginebra, un oficial austriaco nos pidió los pasaportes, y al leer el mío me abrazó y me dió dos besos en la mejilla y en la boca.

Yo, avergonzado, no sabía qué hacer, ni qué decir.

—Te ha tomado por alguna chica disfrazada—me dijo irónicamente Aviraneta.

—Si me besa a mí así..., lo mato—exclamó el bruto de Ganisch.

Fuimos a la posada del Escudo de Ginebra, y al ir a recoger nuestros pasaportes, el comandante de la plaza me dió boleta para ser alojado en una casa de la Treille, que tenía un mirador a este paseo.

La casa era de un señor Cordier. Fuí a saludarle, y me lo encontré rodeado de una familia muy simpática. A pesar de esto, tenían todos un aspecto algo extraño y sombrío; aspecto que yo me expliqué cuando supe, tras de una hora de charla, que todos ellos pertenecían a la secta calvinista.

Realmente, yo no recordaba qué eran los calvinistas, ni quién era Calvino. Sin embargo, tenía alguna idea, e insistiendo en ella vine a dar en la fuente de mis conocimientos acerca de Calvino.

Todos ellos databan de una tía mía muy vieja. Esta señora me contaba que Calvino era un hereje muy malo y muy soberbio; un día le invitaron a un banquete, y un vecino de la mesa le puso en el mantel un poco de sal, otro poco de cal y una copa de vino.

Al acercarse a la mesa el soberbio hereje vió sal, cal y vino: Sal Calvino; y, furioso, se marchó.

Como ni mi tía ni yo sabíamos de qué país era Calvino, ni qué lengua hablaba, dábamos como seguro que entendió la alusión de la mesa.

En tan importante anécdota estaban condensados todos mis conocimientos acerca de Calvino.

Al ir a despedirme de la familia de Cordier se presentó un señor suizo, casado con una inglesa. Este matrimonio, que vivía en una villa del lago Leman, conocía a madama Stael y a lord Byron.

Hablaron de ellos, y luego, del vizconde de Chateaubriand y de la literatura de la época.

Pasamos la velada agradablemente en casa de los calvinistas.

¡Qué sorpresa hubiera tenido mi tía, si viviera, al saber que yo había encontrado amables y buenas personas a los discípulos de aquel hereje, a quien habían tenido que poner en la mesa sal, cal y vino para que se marchara!

Al salir del hotel de monsieur Cordier y llegar a casa, me encontré con una escena desagradable.

Eugenio y Ganisch gritaban y se insultaban ferozmente. Por lo que dijeron, habían dado varias vueltas por el pueblo; luego se embarcaron en el lago, donde estuvieron a punto de zozobrar, y acabaron por reñir.


VII
LA DILIGENCIA

A las siete de la mañana nos metimos en el coche; pasamos de nuevo por Nyón, cruzamos por Rolle, y a las cuatro de la tarde estábamos en Lausana, en la posada del León de Oro.

Lausana es una ciudad pequeña, bonita, muy bien colocada sobre un cerro que domina el lago Leman.

Subimos a la catedral para contemplar el pueblo y el lago, y después fuí a presentarme a un coronel inglés, quien debía firmar nuestros pasaportes.

En casa del coronel había, cuando yo me presenté, varias señoras de visita, entre ellas una italiana joven, preciosa, cuyo marido acababa de morir días antes de un balazo en el vientre.

Con este motivo, las mujeres abominaban de la guerra y, sobre todo, de Napoleón, que les parecía un monstruo vomitado por el infierno.

Volví a la posada, cenamos los cuatro y, concluída la cena, fuimos a la posta, donde salían las diligencias. No quedaba mas que un lugar dentro y dos fuera, en la imperial. Aviraneta y Corina decidieron ir en la imperial; Ganisch, sobre la capota, y yo, dentro.

Salimos de Lausana de noche; la diligencia llevaba cuatro caballos que corrían muy bien. Como hacía frío, se cerraron las ventanillas del coche, y todos los viajeros se acomodaron para dormir.

Por mi desgracia, yo iba colocado entre dos alemanes grandes, gruesos y muy cargados de paño, de modo que no me podía mover; al poco tiempo de estar cerradas las ventanillas hacía un calor dentro del coche tan inaguantable, que empecé a sudar como si estuviera en el mes de julio. Además, como me hallaba sujeto, emparedado entre los dos hombretones, me entraron unas ansias y vahidos que creí morirme. En este estado me resolví a suplicar a uno de aquellos colosos germánicos, que no hacía mas que roncar, me cediese su puesto, pues me encontraba muy mal. El alemán, refunfuñando, se levantó y me dejó el sitio; yo abrí la última ventanilla del coche y saqué la cabeza fuera. El aire fresco me vivificó y me volvió un poco en mí.

Uno de los viajeros dijo que valía más se dejara una ventanilla abierta, pues si no, nos íbamos a asfixiar todos.

Continuamos nuestro camino haciendo zigzags por montes y barrancos y atravesando aldeas.

A media noche, pasamos por Friburgo de Suiza, donde se baja una cuesta sumamente rápida, a cuyo fin está la ciudad.

En un pueblo, poco después de llegar a Friburgo, dejamos el coche y entramos en un trineo.

Se hizo de día, y comenzó a verse el país, cubierto de nieve, entre la bruma blanquecina de la mañana.

Ganisch se había hecho amigo del cochero, y gritaba: ¡Coronela!, ¡Generala!, produciendo el escándalo de los alemanes. Corina se reía a carcajadas. Después se le ocurrió al vasco poner un palo sujeto entre los equipajes y una bandera blanca en la punta.

A medida que la claridad se desparramaba por la tierra, se iba viendo el campo nevado; por todas partes se advertía el paso de los soldados: casas saqueadas, incendiadas, árboles rotos, caminos desfondados por los cañones.

A las doce del día llegamos a Berna. Antes de comer fuí a presentarme al embajador austriaco Prylixnin y a entregarle una carta que llevaba del coronel inglés de Lausana. El embajador me recibió muy bien, firmó nuestros pasaportes y me enseñó sus habitaciones.

Tenía una casa admirablemente cómoda, llena de estufas, y en el piso alto, un invernadero y una enorme pajarera.

El embajador me dijo que la vida de sus pajaritos era lo que más le interesaba en el mundo. Confesaba que la muerte de uno de ellos le hacía más efecto que el que muriesen veinte o treinta mil soldados en un campo de batalla.

Yo le repliqué que esto no podía ser mas que una broma, y él contestó:

—¿Es que usted cree, mi querido señor, que se pierde algo con que mueran cuarenta o cincuenta mil individuos de canalla humana?

No le contesté nada, y me despedí de él.

Dejamos Berna, pueblo muy curioso, y avanzamos en nuestro camino. Aviraneta y Ganisch siguieron escandalizando, echando besos a las aldeanas, que se reían. De noche llegamos a un pueblo, donde nos detuvimos solamente un momento y en el que dijeron había una gran cascada sobre el Rhin. Yo me hubiera quedado a verla; pero como Aviraneta no manifestó la menor curiosidad por ello, seguimos adelante.


VIII
EL PLACER DE VER A UN REY GUAPO

Llegamos a Basilea a las siete de la mañana y no pudimos encontrar sitio donde meternos por estar las posadas llenas de gente.

Corina tenía amigos allí y fué a dormir a casa de uno de ellos.

Nosotros, después de haber corrido fondas y posadas, paramos en una, llamada La Cabeza de Oro, donde nos dieron un cuarto para nosotros tres y un alemán.

No había mas que dos camas en el cuarto, y éstas muy estrechas y pegadas una a la otra; así que tuvimos que dormir como si estuviéramos en formación.

El motivo de haber tanta gente en Basilea era el encontrarse allí el cuartel general de los emperadores de Rusia y Alemania y el del rey de Prusia, y un sinnúmero de tropas que se preparaban a entrar en Francia. Todas tenían que pasar por el puente que hay en esta ciudad sobre el Rhin.

Es imposible explicar la confusión y laberinto de Basilea en aquel momento; no se podía andar por las calles.

Se hallaba uno expuesto a ser atropellado continuamente por los innumerables coches de generales y de príncipes, que no cesaban de pasar de una parte a otra, y por los caballos de cosacos y edecanes, que iban al galope.

Al mismo tiempo se cruzaban los carros de municiones, de heridos y pertrechos de guerra, que seguían al ejército. Añadido a esto la poca anchura de las calles y que comenzaba a deshelar, se puede comprender lo molesto y peligroso que era el tránsito por el pueblo.

Nos acercamos a la catedral, que es de piedra roja, y desde una plazoleta próxima estuvimos viendo el Rhin, de aguas turbias y verdosas, que pasaba a medias helado con un estrépito de torrente.

Yo me aproximé también a la fortaleza de Auninguen, que se hallaba en este momento sitiada por los bávaros y defendida por los franceses.

Como teníamos que esperar y la fortaleza estaba cerca, fuí paseando hasta el mismo campamento de los bávaros; pero aquel día no se hacían fuego con los franceses.

Al volver a Basilea tuve el gusto de ver al emperador de Rusia, Alejandro I, que salía de una capilla ortodoxa, donde había ido a oír misa. Iba a pie, con algunos grandes de su Imperio y dos generales. Llevaba uniforme azul con muchas condecoraciones y bordados, sombrero con galón de oro y botas de montar. Era un hombre de cerca de seis pies, bien proporcionado y de hermosa presencia; tenía el semblante muy risueño, que inspiraba confianza a primera vista. A todo el mundo saludaba con el mayor agrado y afabilidad.

Confieso que sentí un gran entusiasmo por aquel soberano que venía a restaurar las venerandas tradiciones de la Monarquía. Realmente, es un espectáculo conmovedor contemplar a un rey de cerca.

También vi en su coche al emperador Francisco I de Austria, el kaiser Franz. No tenía el aspecto de Alejandro I de Rusia; a pesar de no contar mas que cuarenta y tres años, representaba lo menos cincuenta, y se le veía flaco y avejentado. Los austriacos no pueden estar muy orgullosos de tener un emperador de buena figura.

Al rey de Prusia no tuve el gusto de verle.

El emperador de Austria se paró a contemplar el desfile de tropas por el puente. Yo hice lo mismo; pasaron algunos cuerpos de la guardia imperial rusa, que es magnífica. Es una satisfacción para un militar ver tropas tan bien vestidas y gente tan igual de estatura y de tan buena presencia. Realmente, no se pueden comparar las tropas austriacas con las rusas y alemanas. Cierto que los bávaros tienen regimientos lúcidos; pero no los austriacos, cuya única fuerza bien presentada es la caballería.

Estaba presenciando el desfile cuando se acercaron Aviraneta y Ganisch. Cruzaron entre dos compañías, y un viejo aldeano que quiso también pasar fué empujado por un sargento y cayó al suelo.

—¡Lo han reventado a ese pobre hombre!—exclamó Aviraneta.

—¿Para qué habéis pasado?—pregunté yo—. ¿No veíais que venía la tropa?

—¿Y nos van a tener parados constantemente estos animales? ¡Qué brutos! ¿Por qué no habrá una peste que acabe con todos los reyes, emperadores, papas, mariscales, aristócratas, militares y demás canalla?

No quise replicar nada. Creer que se puede vivir sin reyes, sin nobles y sin militares me parece lo mismo que pensar que se puede suprimir el sol y las estrellas.

No comprendo cómo Eugenio, que es de una familia decente, defiende estas extravagancias, que no se explican mas que en los delirios monstruosos de hombres como los de la Revolución Francesa.

Fuimos a comer a la posada, y por la tarde me presenté yo a lord Aberdeen, que era un inglés guapo, todavía joven, de unos treinta años, muy estirado, quien me dirigió al enviado de España cerca del rey de Prusia, don José León García de Pizarro. Este caballero me recibió de una manera bastante incorrecta, diciéndome incontinenti que no me podía dar socorro alguno, a lo cual contesté yo con altivez que no le pedía socorro, sino que firmase mi pasaporte.

Al volver a la posada me encontré a Aviraneta hablando con un oficial español, don Rafael del Riego, que también se había escapado de Chalon-sur-Saone.

Riego y yo no comulgábamos en las mismas ideas y nos saludamos poco efusivamente. Era Riego entonces un joven moreno, bajito, de cara larga y chupada y cabeza grande para su estatura. Tenía ojos expresivos y lánguidos, la voz chillona, de un timbre muy agudo, y el pelo negro y abundante. Estaba en Francia desde que fué hecho prisionero en la batalla de Espinosa; había aprendido muy bien el francés, y era de los afiliados a lo masonería.


IX
LAS CORNETAS EN LA SELVA NEGRA

La hora señalada para la salida de la diligencia de Basilea, que debía ser las siete de la mañana, se retrasó con motivo de estar todos los caballos embargados para conducir el tren del ejército aliado hasta las seis de la tarde. Todo este tiempo estuvimos esperando a que llegaran algunos caballos a la posta.

Nos pusimos en camino ya obscuro, con un tiempo malísimo.

Afortunadamente, éramos los primeros, y Corina, Aviraneta, Riego y yo tomamos los mejores sitios.

Viajamos toda la noche, sin adelantar gran cosa.

En cada parte teníamos que detenernos cuatro o cinco horas para aguardar la llegada de caballos; luego era menester esperar a que comiesen y descansasen y a que los postillones, con su acostumbrada calma, acabasen de fumar la pipa y beber el aguardiente, que, eso sí, bebían con rapidez y como si fuera agua.

—¿Pero cuándo salimos?—les preguntaba yo, impaciente.

Ellos contestaban: ¡gleij!, ¡gleij!, que parece que quiere decir: ahora, al momento; pero el momento no llegaba nunca. Lo mismo daba que fuera Fritz, Frantz o Peter. Todos eran igualmente pesados, calmosos, de una flema desesperante. Cuanta más prisa manifestaban los viajeros, menos prisa se daban ellos, y con este motivo conseguían quemarnos la sangre. A todo decían: Ya... ya...

Luego, como los caballos estaban aspeados y cansados y había nieve, barro y grandes charcos, marchábamos a paso de tortuga.