Los caminos se iban poniendo peor que los días anteriores; en vez de nevar, llovía, y la nieve se convertía en cieno.
Antes de llegar a Friburgo de Baden atravesamos un bosque muy extenso. Se llama este bosque la Selva Negra; en alemán: Schwarz-Wald.
Uno de los viajeros contó que, al principio de la Revolución, habían matado allá a unos enviados franceses encargados de una misión por el Gobierno jacobino.
Con este motivo se habló de los ejércitos improvisados por la Revolución Francesa, y volvimos al eterno tema de nuestras discusiones sobre si era mejor la tradición o el progreso. Corina y yo defendíamos la tradición: Corina, como una idea a la moda; yo, no, por convencimiento.
—Para mí, lo más simpático en la vida es la improvisación, maniobrando en lo imprevisto—decía Aviraneta—. Prefiero un general improvisado a un general viejo; prefiero un político nuevo a uno viejo.
—Pero si no hubiera tradición en la sociedad faltaría lo más hermoso de la vida—replicaba Corina.
—Para mí, la tradición es un principio sin valor.
Riego abundaba en las mismas ideas. Los dos eran por el estilo. Sobre todo a Aviraneta le comenzaba a conocer bien.
Sus planes no eran madurados. Entreveía algo y se lanzaba en su busca, y luego lo desarrollaba según las circunstancias.
Aunque se jactaba de tener proyectos estudiados, en el fondo no los tenía, y los iba modificando a medida que los realizaba. A Riego le pasaba lo mismo.
A mí me dijeron que no podría ser nunca mas que un oficial que cumpliese. Y yo repliqué:
—En cambio, vosotros podréis ser buenos coroneles, jefes de partida; pero vuestras condiciones no valen para ser generales.
Con esta discusión llegamos a Friburgo de Baden y comimos en el hotel de la Tête d'Or, hotel de estilo francés, con un hermoso jardín.
Partimos de Friburgo, y poco después subimos una cuesta muy alta, desde donde se descubría, entre la niebla, una extensión de país inmensa, y se dominaba toda la ciudad.
Al escalar la cuesta tuvimos una verdadera función musical. Nuestro postillón, como todos los de Alemania, llevaba una corneta de posta, que tocaba de tiempo en tiempo para avisar a los carros y caballos que interrumpían el paso. Estas cornetas de posta tienen las notas afinadas con la octava baja del clarín ordinario, y su sonido es muy agradable.
Ibamos envueltos en la niebla cuando se reunieron, una detrás de otra, cuatro diligencias en fila, y los cuatro postillones comenzaron a tocar sus cornetas de una manera tan armónica, que causaba asombro. La idea de atravesar un bosque, llamado la Selva Negra, entre la bruma, oyendo aquellos aires de trompa, me producía la impresión de que íbamos a una cacería fantástica en un mundo de sueño.
Sin duda, los alemanes tienen un gran instinto musical, porque si se hubiera tratado de franceses no hubieran podido hacer los acordes tan admirablemente.
Corina y yo únicamente podíamos comprender el sentido de armonía que se necesitaba para aquello. Riego y Aviraneta se manifestaban insensibles a la música. Eran hombres de acción, a quienes únicamente gustaba el movimiento, el peligro. Se veía que para ellos no había más vida que la vida exterior: vencer las dificultades del momento y cambiar por el esfuerzo las circunstancias adversas en favorables.
Ninguno de los dos podía recrearse en la contemplación del mundo interior: para ellos, la poesía, la música, la belleza del cielo y de la naturaleza no significaban nada.
Sobre todo para Aviraneta; la única vida estribaba en hallarse metido en un infierno de dificultades, en un torbellino ciego, al cual pretendía dominar.
Esta tensión de la voluntad era en él lo principal; las ideas, en el fondo, creo que le preocupaban menos de lo que él se figuraba. Tenía la furia de hacer por hacer, y, como consecuencia lógica, la música le decía poco.
Seguimos viajando toda la tarde y toda la noche, haciendo en cada posta nuestros acostumbrados altos, amén de los que hacían por su gusto los conductores de la diligencia. Estos eran indispensables. En un pueblo, un encargo; en el otro, un trago; aquí, un momento de charla con los amigos; allí, un instante para encender la pipa. Los postillones y cocheros se divertían. Nosotros, en cambio, nos aburríamos. Lo peor era que de noche no podíamos dormir. En casi todas las postas donde se renovaban caballos teníamos que aguardar algunas veces tres y cuatro horas; pero como siempre creíamos que de un instante a otro nos iban a comunicar el momento de partir, estábamos inquietos. Si nos sentábamos en la estación de diligencias al lado de la estufa, con la idea de no perder el coche, no podíamos conciliar el sueño, y si daba uno unas cabezadas, más le servían para dejarle a uno lánguido que para alivio. Unicamente Corina dormía tranquilamente, apoyada sobre el hombro de cualquiera de nosotros.
Varias veces me quejé a los conductores de las diligencias, diciéndoles que no nos indicaban el tiempo preciso que íbamos a esperar; pero me contestaban encogiéndose de hombros, dando a entender que ellos no tenían la culpa.
Yo, durante mucho tiempo, no pude descansar. La falta de sueño me tenía intranquilo y nervioso.
Las pequeñas posadas y casas de posta donde hacía alto las más veces la diligencia eran curiosas para el que no las hubiera visto, pero muy incómodas. En general, toda la gente de la casa, de miedo al frío, se reunía en la cocina o en el cuarto próximo a ella, en el cual había siempre una estufa grande encendida en medio.
El cuarto solía estar con las puertas y ventanas cerradas herméticamente.
Las estufas, por lo regular, eran de hierro y la mayor parte del tiempo estaban rojas.
Alrededor de la estufa se congregaban familia y huéspedes, y éstos, sentados o tendidos.
A la gente de la casa se la veía echada sobre un mal jergón o sobre un banco tan estrecho que no podían estar sino de lado.
Allí dormían y roncaban como si estuvieran en la mejor cama del mundo, todos revueltos, padres, hijos y yernos.
Las camas que se encontraban en algunas de estas posadas para los pasajeros eran unos cajones colocados el uno sobre el otro, a estilo de cómoda; de manera que al que le tocaba el último de arriba tenía que subir por una escalerilla para ir a buscar su cama, y los de abajo estaban con el recelo de que el cajón de encima se desfondara y viniera a caer sobre ellos en medio de la noche.
Cuando después de haber pasado algún tiempo al aire libre se entraba de pronto en estos cuartos, achicharrados por el calor de la estufa, parecía que se metía uno en un horno, pues además del terrible calor había una nube espesa del humo de las pipas de postillones y cocheros. Este calor y tufo que reinaba en habitaciones tan cerradas era muy desagradable e incómodo para el que no estaba acostumbrado.
A pesar del fuego de la estufa el suelo se veía siempre húmedo y era difícil tener los pies secos. Los que iban viniendo de fuera traían un poco de nieve pegada a los zapatos, que al derretirse iba produciendo la continua humedad del piso.
Como el cambio brusco del calor al frío se consideraba bastante peligroso, los cocheros y postillones llevaban siempre la pipa encendida y entraban y salían envueltos en nubes de humo.
Estas posadas pobres se encuentran únicamente en el camino, porque en las ciudades las hay muy buenas y muy aseadas, aunque me parecieron siempre mejores las de Francia.
Dejamos los alrededores de Friburgo; dejamos la Selva Negra; pasamos varias pequeñas aldeas, y llegamos a Offemburgo.
Tuvimos aquí el honor de que el gran duque de Wutzburg viniese a parar a la misma posada en que nosotros estábamos, que era la Casa de la Posta. El gran duque era hermano del emperador de Austria y se le parecía mucho.
No sé si Corina le conocía de antemano, pero ella fué la que nos presentó a su alteza.
El gran duque se quedó una noche y luego continuó camino para Basilea con su escolta y su acompañamiento. La llegada de este gran señor fué causa de que nosotros nos quedásemos más tiempo en Offemburgo que el que pensábamos, porque se llevó todos los caballos que había en la posta y fué preciso aguardar a que los que él había dejado descansasen.
Ganisch me contó que Eugenio y Riego eran rivales ante madama de Hauterive; que los dos se consideraban los preferidos; pero que el gran duque de Wutzburg les había ganado la partida llevándose la dama.
Advertí al criado que no me contara más torpezas, y él se encogió de hombros groseramente.
Al llegar a Radstadt madama de Hauterive, nuestra Corina, nos invitó a comer en casa de su madre con otras varias personas.
Fuimos todos, incluso el criado o familiar de Aviraneta, llamado Ganisch, a quien Eugenio aleccionó para que no hablara.
Comimos espléndidamente y recordamos las peripecias del camino.
Corina dijo a su madre, riendo, que nunca se había divertido tanto como en aquel viaje.
Después quiso descubrirnos España y decirnos cómo éramos los españoles.
—Ustedes, en el fondo, son gentes que tienen poca vida interior—nos dijo—, con cualidades, con virtudes, sobre todo con mucha fuerza orgánica, con mucha elasticidad, pero con muy poca conciencia. Se ve que a ustedes les entusiasma lo difícil. Un pueblo compuesto por tipos así no puede ser un pueblo; será, más que nada, una agrupación de individuos, de individuos grandes, duros, de hombres a lo Hernán Cortés o Pizarro; pero no un pueblo. Yo prefiero con mucho mi país, Alemania, en donde la clase pobre es sensual, obediente y humilde. Claro que un alemán no sabrá desenvolverse a solas tan bien como ustedes, pero sabrá obedecer. En toda nación es necesaria una aristocracia inteligente que dirija y una masa que siga, y por lo que ustedes dicen, en España no tienen ni pueblo, ni aristocracia.
Aviraneta y Riego se pusieron a rebatir los conceptos de esta señora; yo no quise decir nada; en el fondo, me parecía ridículo el que una mujer pretendiese conocer un país por cuatro o cinco personas naturales de ese país que había tratado.
Después Corina comenzó a atacarnos en nuestra religión. Según ella, los católicos, sobre todo los católicos españoles, no éramos cristianos mas que de nombre; no teníamos conciencia.
Yo le advertí que no debía juzgarnos tan a la ligera; pero ella aseguró que ya nos conocía hasta lo hondo, y concluyó diciendo que nosotros, los españoles, éramos hijos de Roma, y que ellos, los alemanes, pretendían y deseaban ser hijos de Atenas.
Yo, por mi parte, no tenía para qué oponerme a esta filiación.
Después de comer llegaron otras personas y estuvimos charlando.
La madre de Corina, al oír que yo hablaba de literatura, me preguntó si conocía las obras de Goethe; le dije que no, porque no sabía el alemán, pero que había tenido el gusto de leer Werther, traducido al francés. A pesar de encontrar su obra soberbia, yo consideraba tan grande y tan hermosa el René, del vizconde de Chateaubriand, y casi también la Nueva Eloísa. La mayoría de los presentes protestaron, asegurando que la obra de Goethe era superior a la de Chateaubriand, y un señor inglés dió la nota cómica. Para este señor, Werther era un ente tan ridículo y tan fatuo como René; respecto a la Nueva Eloísa, le parecía el libro más declamador y más necio que se había escrito.
Después de hablar de literatura, este inglés se puso a comentar la política del tiempo, y dijo que era una prueba de bestialidad la guerra y el matarse así.
La mayoría de los presentes asintió a las afirmaciones del inglés; pero un joven profesor repuso que era indispensable para el desarrollo de la gran nación alemana, victoriosa en Leipzig, la primera en las ciencias y en las artes, expulsar de su territorio a conquistadores tan bárbaros y tan superficiales como los franceses.
La Alemania del sueño, de la poesía, de la metafísica, no podía estar bajo las botas de los soldados de Napoleón, meridionales advenedizos, mozos de posada y de cuadra, groseros sorbedores de aceite, llenos de galones y de plumas.
Me pareció absurdo que los alemanes se consideraran más civilizados que los franceses, y como si el joven profesor notara en mi aspecto la duda, citó a Lessing, a Kant, a Herder, a Schelling, a Fichte, a Hegel y a una porción de nombres más que, ciertamente, yo no conocía.
Un estudiante dijo que se estaba desarrollando entre los alemanes un entusiasmo patriótico extraño por lo inesperado. Todo el mundo hablaba de que era preciso renunciar a lo extranjero, y principalmente a lo francés, cambiando de ideas, de costumbres, de política y hasta de trajes.
Había patriotas que recomendaban una indumentaria gótica para andar por las calles, cosa que a él le parecía completamente grotesca.
El joven profesor replicó que el punto de vista del estudiante era mezquino y francés; que Alemania necesitaba aislarse, reconcentrarse, para ser la directora del mundo científico, y que aquella tendencia patriótica era admirable.
Riego preguntó al profesor qué idea tenía de los españoles, y el profesor dijo:
—Yo tengo la costumbre de no tener ideas de las cosas que no conozco.
—Está muy bien esa probidad—replicó Corina—; pero si no se tuviera opinión mas que de las cosas que se conocen muy bien, no se podrían tener mas que un número muy corto de opiniones.
—No se perdería con esto gran cosa—replicó él.
Luego dijo que en un libro de un célebre filósofo—creo que se refirió a Kant—se asegura que los turcos son gentes que lo ven todo por su lado negativo. Así, un turco que quisiera definir los países europeos, llamaría a Francia el país de la moda; a Inglaterra, el país del spleen; a España, la tierra de los antepasados...
Esta era la única opinión del joven profesor; suponía que España era país de recuerdos, de ideas antepasadas y de hombres antepasados; país que había quedado separado de la cultura general de Europa, como las aguas de una marisma quedan separadas de las aguas del mar.
Riego y Aviraneta afirmaron que no había tal; que existía el contacto entre España y el resto de Europa; que así se había podido dar en España, antes que en otra nación europea, unas Cortes como las de Cádiz, que continuaban las tradiciones de la Revolución Francesa.
A esto contestó el alemán diciendo que la Revolución Francesa no era mas que un conjunto de ideas inglesas y alemanas, vestidas a la moda clásica y desarrolladas en un ambiente de locura sanguinaria.
Aviraneta hubiera replicado con violencia, de no salir Corina al paso, invitándonos a ir al salón.
Allí, una señorita cantó un trozo del Don Juan, de Mozart. Me pareció una cosa maravillosa. Tanto me gustó, que a un joven que iba a sentarse a una clave moderna hecha en Alemania, que llaman piano forte, le dije que casi le agradecería no tocara nada, porque con el recuerdo de la canción de Mozart era feliz.
—No, no; oiga usted—dijeron todos—: va a tocar a Beethoven. Es el genio musical más grande de Europa.
Efectivamente; tocó dos sinfonías: una, llamada Pastoral, y la otra, Heroica.
El joven profesor, al ver que yo estaba entusiasmado con estas sinfonías, me dió una serie de explicaciones estéticas y filosóficas acerca del arte de Beethoven, tan claras, que yo no comprendí palabra; me habló de la cosa en sí, de lo nouménico, de lo fenomenal.
Yo le di las gracias por sus comentarios.
No tengo palabras para expresar mis impresiones. Sólo sé que aquella noche fué para mí inolvidable y que me sentí feliz y desgraciado al mismo tiempo.
Antes de cenar, nos despedimos del ama de la casa. Aviraneta y Riego discutieron en la calle acerca de la superioridad de Alemania, que afirmaban como artículo de fe los amigos de Corina. Yo iba preocupado con aquellas frases musicales extraordinarias que acababa de oír.
—¿Os habéis fijado en las sinfonías que ha tocado ese joven?—le pregunté a Eugenio.
—¡Sí, hombre, si!—contestó él—. ¡Qué cosa más pesada! Nunca me he aburrido tanto.
Al día siguiente llegamos a Carlsruhe, ciudad muy amplia, hermosa, que forma un semicírculo, con calles que irradian del centro como las varillas de un abanico. Parece que la construcción de esta ciudad se debe al capricho de un margrave.
Vimos la magnífica plaza central que hay delante del palacio del gran duque de Baden, donde dicen que pueden evolucionar con facilidad hasta ochenta mil soldados.
El interior del palacio se asegura que es admirable; pero nosotros no tuvimos el gusto de ver mas que los jardines.
Después del paseo matinal fuimos a comer a una posada llamada Rothes Haus, la Casa Roja.
El amo y el ama se sentaron a la mesa con los huéspedes y nos trajeron una comida bastante mala, en la que figuró la choucroute, cosa que me pareció horrible.
Aviraneta y Riego trabaron conversación con un mayor holandés, el mayor Witkamp, y éste se puso a decir pestes de los católicos, y sobre todo de los españoles. Eramos el país de Felipe II y del duque de Alba, de los inquisidores y de los matadores de judíos.
Además de lo irritantes que eran para mí sus afirmaciones, concluyó de molestarme el vecino de la mesa, un alemán grueso y rojo, que al oír lo que decía el mayor holandés de los católicos se reía, se sonaba y estornudaba encima del plato.
Ya asqueado y molesto, y viendo que el alemán sabía francés, le dije:
—Monsieur, vous etes un degoutant personnage.
El alemán se me quedó mirando asombrado, y yo repetí la frase, recalcándola:
—Je dis que vous etes un degoutant personnage.
El alemán, al oírme, se levantó, cogió un plato y me dió con él en la cabeza; yo le tiré una botella; me agarró él del brazo; yo, de la solapa; tiramos la vajilla y los cubiertos al suelo y armamos el gran estrépito.
Se mezclaron los de la mesa; el alemán se explicó en su lengua y yo conté lo ocurrido en francés. El alemán, al parecer, dijo que él no se reía de mí, y que si se sonaba con frecuencia era porque estaba acatarrado.
Había entre los comensales un francés tuerto, con un agujero de una bala en la mejilla, que parecía llegarle al cogote, y un brazo de menos.
Este francés, sin que se le encomendara misión alguna, afirmó que el alemán y yo habíamos concertado un duelo y que estaban nombrados los padrinos. El duelo se verificaría en el jardín del hotel.
Salimos al jardín el alemán y yo; Riego y Aviraneta me siguieron. El francés no se sabe de dónde sacó dos sables, y me entregó uno a mí y otro al alemán. Luego intentó ponernos frente a frente.
El alemán, que no se había enterado hasta entonces de qué se trataba, y que creía quizá que íbamos a darnos de puñetazos en el jardín, al ver lo que le proponían cogió el sable, lo tiró al suelo, lo pisoteó con furia, nos insultó a todos en su lengua y se marchó.
Después de aquella ridícula escena se hicieron bastante amigos nuestros el francés tuerto del agujero en la mejilla, llamado Braquemond, y el mayor Witkamp.
Los dos iban, como nosotros, hacia Holanda, y como llevaban el mismo camino, decidimos seguirlo juntos.
El mayor Witkamp tenía la costumbre de viajar provisto de botellas de licor del más fuerte que encontraba, y lo prodigaba sin tasa.
Bajo la influencia de los licores del mayor pasamos Heidelberg, cuyo castillo vimos cubierto de nieve; comimos abundantemente, nos metimos en la diligencia, y seguimos adelante cantando, vociferando y riendo, dentro de aquel estrecho espacio, hasta que nos quedamos todos dormidos.
No sé el tiempo que pasamos así; supongo que fué un día entero; lo que recuerdo es que desperté por la noche bostezando de hambre.
La excitación de los licores del mayor Witkamp había pasado, y todo el mundo se sentía hambriento.
Por la noche hicimos alto para comer un bocado en un pueblo muy miserable.
Llegamos a una posada, llamamos, y tardaron mucho en abrirnos la puerta.
Eran las doce de la noche. Al pasar adentro encontramos dos cosacos que estaban acostados en el suelo al lado de la estufa, durmiendo tan profundamente, que ni nuestras voces ni el ruido que hicimos pudo despertarlos; parecían capuchinos por sus barbas, que les caían hasta la cintura, y tenían una cara espantosa.
Lo único que encontramos de comer en aquella posada fué un poco de cecina muy dura, que aderezamos con aceite y vinagre, y pan de centeno sumamente negro.
Mientras tomábamos esta cena, con un apetito desordenado, nos contaba el tabernero, que era un joven de unos veinte años, con una cara triste e indiferente, que en aquel pueblo había pocos vecinos, porque la mayor parte habían muerto de una epidemia reinante.
—¿Hay epidemia aquí?—le preguntamos.
—Sí, desde que pasó el ejército francés en retirada —contestó él—. Como dejó muchos enfermos en todos los pueblos de su tránsito se ha corrido el mal.
—¿Y en esta casa ha muerto alguno?—le dijo Aviraneta.
—Nada más que mi padre—contestó él—. Ahí, en ese banco donde ustedes están, murió—dijo, señalando al nuestro.
—¿Sería ya viejo?
—No, no era viejo—replicó el joven—. Lo que sí era que estaba muy gordo. El pobre hombre tenía mucha conformidad. Aquí vivíamos antes de la guerra mi padre y dos hermanas. Lo pasábamos bien; pero vino la guerra y nos fastidió.
—Pues ¿qué les ocurrió a ustedes?—le preguntamos.
—Nada; a una de mis hermanas se la llevaron los austriacos, y a la otra la violaron los franceses y la dejaron embarazada y sifilítica. Mi padre, al saberlo, dijo que así estaría escrito. Cuando le dió este mal y se tendió en ese banco, lo único que le molestaba era una gotera que le caía en el cuello. Estuvo unos días delirando, hasta que murió.
—¡Qué desdicha!
—Sí; entonces un pariente mío y yo le vestimos y le pusimos los pantalones, cosa difícil, porque estaba muy hinchado. A media noche el vientre le hizo plaf, y reventó. Fué su única protesta.
El joven posadero nos siguió contando otros horrores con la misma indiferencia; pero no nos quitó las ganas de comer. ¡Tanto se animaliza uno! Bebimos después, vaso tras vaso, de los licores del mayor Witkamp; fumamos luego, y nos tendimos en el suelo.
De Darmstadt, pueblo en donde paramos pocas horas, en un barrio antiguo, con calles angostas y muchos jardines con rejas a la calle, recuerdo solamente el hermoso parque del palacio ducal.
Entre Darmstadt y Francfort hay una llanura arenosa y monótona, pobre y sin vegetación.
Llegamos a Francfort por la mañana y nos alojamos en una posada llamada Cour de Paris. El mayor Witkamp, conocedor de la ciudad, nos mostró en el puente de piedra sobre el Main los agujeros de las balas y granadas, huellas de la lucha sostenida allí entre el ejército francés y el aliado después de la batalla de Leipzig.
Por las calles de Francfort se veían a cada paso oficiales rusos, austriacos y bávaros, y una nube de mujeres alegres alemanas, francesas, italianas y polacas.
Unos y otras, según el mayor Witkamp, llevaban la quintaesencia de la sífilis de Oriente y de Occidente.
Aviraneta, que tenía una gran inclinación por desacreditar todo lo que fuera autoridad, dijo que había oído que los generales del ejército aliado, que venían a imponer la Monarquía de Derecho Divino, eran más ladrones aún que los generales franceses; que se tragaban armamentos, uniformes, medicinas, como píldoras.
—Todos son iguales, sean franceses, alemanes o rusos—dijo el mayor Witkamp—. Militar y ladrón son sinónimos.
Después de comer fuimos a un café; y estábamos hablando castellano cuando se nos acercó un hombrecito, pequeño, moreno, con la nariz corva, la barba entrecana y los ojos brillantes.
—¿Son ustedes españoles?—nos preguntó.
Y al decirle que sí, se nos quedó mirando ensimismado y comenzó a hablar.
¡Pero qué manera de hablar! Era un chaparrón de palabras. Cuando concluía un período repetía afirmativamente: Sí... sí... sí..., como para no perder el derecho de seguir hablando.
Este hombre era judío, de origen español, y nos habló de España y de los judíos en un castellano arcaico. Decía agora por ahora, aínda por todavía, y empleaba giros muy extraños.
—Vosotros los cristianos de Castilla—exclamó gesticulando—creéis que nosotros os guardamos rencor porque quemasteis a nuestros remotos, y debíamos guardarlo; pero, no, no tenemos odio. No; nosotros amamos a España; ése ha sido el país donde hubo un florecimiento más bello del alma hebraica. Sí, sí, sí, amamos a España, Toledo, Sevilla, Granada, Córdoba... Allí vivió nuestra raza; allí fueron príncipes, poetas, banqueros... Sí, sí, sí...
Después se puso a comparar la religión judía con la cristiana, y decía:
—La religión hebraica es religión de vida; la cristiana es religión de muerte, y la católica es sólo paganismo, paganismo nada más. Sí, sí. Y nuestra religión es justicia... Nosotros no tenemos la palabra limosna; entre nosotros, dar al pobre es restituír, es hacer justicia, no es dar limosna. Entre nosotros no existe la limosna. Sí, sí, creedlo, creedlo. Sí... sí... sí...
Y seguía así con aire de inspirado, los ojos brillantes y las manos temblorosas.
Aviraneta y Riego le escuchaban. No comprendo cómo podían oír con calma las blasfemias e impertinencias de aquel miserable enemigo de la religión.
Este judío, que se llamaba Salomón Blumenkhol, tenía grandes agravios que vengar de los alemanes. Estos bárbaros, en tiempo de Federico el Grande, habían obligado a los judíos a cambiarse de apellidos y abandonar sus Levy, sus Cohen, sus Israel, y para burlarse de ellos les habían dado apellidos ridículos; así él, un Levy descendiente del rey David, se llamaba Blumenkhol (coliflor), el rabino de Francfort se llamaba Zanahoria, y otros. Patata, Ratón, Zapatilla, etc.
Los alemanes, según el señor Coliflor, odiaban a los hebreos; llegaban a poner en las tiendas letreros como éste: «No se permite la entrada de judíos ni de perros».
El señor Coliflor preguntó a Aviraneta y a Riego si eran liberales, y al saber que eran masones quiso llevarlos a su casa.
Salimos del café, cruzamos calles estrechas tortuosas, negras, algunas con las fachadas pintadas y con torres en las esquinas, y llegamos a la calle de los judíos, Judengasse, calle más miserable y más estrecha que las demás, en cuyo extremo se encontraba la sinagoga.
Por lo que dijo el señor Coliflor, antiguamente la calle se cerraba con puertas y cerrojos. El judío nos llevó a su casa, nos obsequió con té y después nos condujo a una imprenta próxima, donde nos presentó a un hombre alto y joven que no hablaba francés y con el cual hubo que entenderse teniendo al judío por intérprete.
Este impresor era de una Sociedad secreta llamada Tugendbund (asociación de la virtud), constituída con un objeto mixto, medio liberal, medio patriótico. Parece que los asociados trabajaban con un enorme entusiasmo por la unidad alemana formada alrededor de Prusia, y que las dos cabezas principales eran: el ministro prusiano, barón de Stein, y un poeta llamado Mauricio Ernesto Arndt, que había publicado canciones patrióticas, atacando a Napoleón y elogiando a los alemanes.
Aviraneta y Riego quisieron enterarse de lo que hacían las Sociedades secretas en Alemania, y el impresor habló de la masonería y de la Secta de los Iluminados, con su procedimiento del triángulo, formada por Adan Weishaupt y su compañero Filon Knigge. Las dos Sociedades habían ya casi desaparecido, y con sus restos se habían fundado la Tugendbund y la Burchenschaft (reunión de estudiantes). Estas, abandonando las cuestiones místicas y religiosas, se dedicaban a una obra liberal y patriótica más inmediata.
La Tugendbund conservaba un aire misterioso y romántico, según nos dijo el impresor. Los individuos que pertenecían a ella iban a las sesiones vestidos a la antigua alemana, cordón blanco y negro al cuello, del que colgaba un puñal adornado con una calavera y la leyenda en latín Ultima ratio populorum.
El impresor nos dijo que a esta Sociedad había pertenecido Fichte, célebre profesor que había escrito un discurso a la nación alemana que, a la verdad, ni Riego, ni Aviraneta, ni yo conocíamos.
El impresor afirmaba, con entusiasmo, que Alemania era el primer país del mundo por su espíritu. La ciencia alemana, la filosofía alemana, la cultura alemana estaban por encima de todo.
Ya cansados de disertaciones, nos despedimos del patriota y volvimos a nuestra fonda acompañados del señor Coliflor, que no quería separarse de nosotros.
Por la mañana nos levantamos muy temprano, y en vista de que no había posibilidad de encontrar coche, tomamos un carro los cuatro españoles, el mayor Witkamp y un capitán italiano herido en una batalla cerca de Dresde. Braquemond, el inválido, sin duda se quedó en Francfort.
El italiano no tenía más preocupación que su uniforme. Vivía pendiente de que no se le manchara, y constantemente se estaba mirando las mangas y los pantalones.
De día llegamos a Koenigstein. Era tal el saqueo que habían efectuado allí franceses y aliados, que no quedaba una migaja de pan en el pueblo.
El italiano comenzó a quejarse y a decir que con la debilidad que se encontraba y sin comida se iba a morir. El mayor Witkamp le alargó una botella de licor para que disimulara un poco el hambre, y seguimos adelante. El italiano, excitado, nos preguntó qué éramos; le dijimos que españoles, y nos habló mal de España. Decía que la decadencia de Italia se debía a los españoles. Si no hubiera sido porque estaba herido y enfermo, le hubiera enseñado a hablar de nosotros con más respeto.
Llegamos a media tarde a Limburgo y nos dijeron que allí se cebaba la epidemia de una manera inusitada y que se morían hasta los perros.
Ganisch, el criado o amigo de Eugenio, dijo que en su país, cuando había una epidemia semejante, se solía llevar el ángel San Miguel desde el monte Aralar, de Navarra, y se curaban en seguida los hombres y las bestias. El sentía que Aralar estuviese tan lejos, que si no...
Aviraneta, de pronto, dijo incomodado que no comprendía cómo un hombre que andaba con él podía ser tan burro para creer estas cosas. Ganisch dijo que era lo que decía todo el mundo. Riego se puso de parte de Aviraneta y yo defendí a Ganisch.
Cuando se explicó al mayor Witkamp de lo que se trataba, el mayor exclamó:
—¡Supersticiones! ¡Supersticiones!
Olvidamos pronto este punto y discutimos lo que había que hacer. El italiano dijo que él se quedaba allí porque no podía más; lo dejamos en una posada que se llamaba Preussiseher Hor, y nosotros seguimos adelante en el carro.
No sé si era antes o después de llegar a Altenkirchen, pueblo nombrado porque en él murió el general francés Marceau, cuando nos paramos de noche en una aldea casi hundida en la nieve.
Llamamos en la posada, y el posadero nos dijo que nos podía dar unas patatas pagándolas a doble precio, pero que no tenía sitio donde ponernos a dormir.
Asamos nosotros mismos las patatas al fuego, las comimos, bebimos un aguardiente muy malo y nos decidimos a tendernos en el suelo.
El posadero dijo que allí no podía ser, porque tenía que dormir él con su familia, y que nos fuéramos.
—Nada; vamos a ver al burgomaestre—dijo el mayor.
Salimos de la posada y, pasando por zanjas abiertas entre la nieve, llamamos en casa del alcalde; le hicimos bajar, y el mayor le explicó en alemán lo que deseábamos.
Era la primera autoridad del pueblo hombre grueso, fuerte, de pelo rojo y rapado, la cara redonda, las cejas salientes y el aire de demonio.
—Aquí no hay camas ni posada—gritó el burgomaestre furioso—; todas las casas están llenas. Además, este pueblo no es de tránsito de tropas.
—¿Pero no podríamos entrar bajo techado?—preguntó el mayor.
—Aquí, no; váyanse ustedes a otro pueblo.
En esto acertó a pasar una patrulla con un oficial. Al ver nuestro grupo se acercó. Precisamente el oficial había estado en España. Le expliqué yo lo que pasaba, creyendo que sabría reducir a la obediencia a aquel bürgermeister bárbaro y selvático; pero, no.
El burgomaestre volvió a asegurar que no había camas en el pueblo, y añadió que estaba deseando que la epidemia reinante acabase con todos los militares de la tierra, alemanes, franceses, españoles o rusos, sanguijuelas del país, gorrones, canallas, bandidos, que no dejaban a nadie vivir en paz.
Se le dijo que el Ayuntamiento nos podría indicar un sitio donde dormir y que le pagaríamos lo que fuera. El contestó que el Ayuntamiento no quería dinero robado.
Como hablaba en alemán, yo no me enteré de las palabras de tan audaz enemigo del ejército. Si le hubiera entendido le hubiera castigado a aquel miserable que así insultaba a la institución más noble de la sociedad, defensora de la patria, espejo de la hidalguía y de los sentimientos caballerescos en todas las naciones.
En vista de la acogida que nos dispensaban, no tuvimos más remedio que volver al carro y seguir nuestro camino. La noche estaba clara y fría; en las afueras del pueblo había un montón de ataúdes que, sin duda, habían dejado allí por no poder llevarlos al camposanto. Despedía aquello una peste que echaba para atrás. Apresuramos la marcha, y a la hora u hora y media de salir pasamos por delante de una casa bastante grande que había a un lado de la carretera, y nos decidimos a pedir auxilio.
Llamamos repetidamente durante un cuarto de hora. La lluvia arreciaba cada vez más. La carretera estaba convertida en un pantano y nos hundíamos en el barro hasta las rodillas.
En vista del silencio nos decidimos a entrar en la casa, pasara lo que pasara.
Aviraneta y Riego, el uno por un lado, el otro por otro, escalaron unas ventanas y entraron en la casa. No había nadie. Abrieron la puerta, entramos todos, llevamos los caballos al pesebre, y yo, siguiendo el ejemplo del mayor Witkamp y de los demás, me metí a dormir en una cama.
A la mañana siguiente nos despertó la gritería de una vieja, guardiana de la casa, indignada de nuestra audacia y desfachatez.
El mayor Witkamp la quiso tranquilizar y pagarle algo del perjuicio causado; pero la vieja estaba fuera de sí; nos llamó cien veces ladrones, salteadores, y dijo que iba a ir al pueblo próximo a avisar a la justicia. Luego, sin duda, pensó que el pueblo estaba lejos y se quedó refunfuñando.
Nosotros preparamos el carro y continuamos nuestra marcha. La vieja nos siguió durante algún tiempo tirándonos piedras e insultándonos, hasta que Ganisch, cogiendo un palo como si fuera un fusil, le apuntó desde el fondo del carro. Entonces la vieja echó a correr chillando, volviéndose y amenazándonos con el puño desde lejos.
A media mañana el mayor sacó unos embutidos, un jamón y un par de quesos de un saco.
—¿De dónde ha salido esto?—pregunté yo.
—Lo he cogido de la despensa de la casa—contestó él con indiferencia—. También he arramblado con unas botellas.
—¡Cómo estará la vieja cuando lo sepa!—dijimos.
Comimos muy bien; llegamos a Siegburgo, cuyas posadas y fondas estaban todas ocupadas, y tuvimos que ir a dormir a un pueblo próximo.
Camino adelante íbamos viendo la silueta de Colonia, con las torres de su catedral no concluídas y los baluartes de sus murallas.
El mayor holandés se marchó a Mulheim y nosotros fuimos a Deutz, pequeño pueblo frente por frente a Colonia, que casi se puede considerar como un barrio, donde se reúnen las barcas para pasar el Rhin, que en este punto tiene una anchura de un tiro de cañón.
Cuando el río está helado suelen cruzar muy bien por encima del hielo, de una orilla a otra, hombres y carros, y a veces ha cruzado hasta la artillería.
Había al llegar nosotros al embarcadero mucho barullo, porque pasaba un regimiento de coraceros alemanes y este paso del río era operación larga y difícil.
El Rhin estaba en parte helado y en parte no. Nosotros nos metimos, sin pedir permiso a nadie, en una de las barcas que aguardaban en la orilla, ya cargadas de tropa.
Costó mucho trabajo cruzar de una orilla a otra. El canal transversal se interceptaba con grandes bloques de hielo y había que ir apartándolos a fuerza de palancas.
Además, el centro del río, que estaba ya enteramente deshelado, tenía mucha corriente y era muy difícil llevar la barca en la dirección necesaria.
Algunos pasaron en balsas arrastradas por caballos que marchaban por encima del hielo.
Ya en la otra orilla estábamos en Colonia, y entramos en la ciudad.
Colonia había pertenecido a Francia hasta hacía unos días, y al llegar nosotros la ocupaban los rusos.
La gran preocupación de los comerciantes de Colonia en aquel momento era borrar todos los nombres de las muestras y anuncios que recordaban la dominación francesa. El café de París se llamaba desde entonces de Viena o de San Petersburgo; la fonda de Francia, fonda de Alemania, y allí donde estaba escrito en francés coiffeur, cordonnier, se ponía perru ckenmacher, schuhmacher, peluquero y zapatero en alemán.
Fuimos a ver al gobernador, un coronel ruso que nos firmó los pasaportes y nos dijo que podíamos seguir el camino por donde se nos antojase.
Hubiéramos querido ir por la orilla izquierda del Rhin, por ser el camino más corto; pero nos dijeron que no había aún diligencias ni postas y que los parajes por donde debíamos pasar eran inseguros, porque estaban llenos de partidas francesas.
En Colonia nos acomodamos en una posada llamada Neuhaus (casa nueva), y después fuimos a visitar el pueblo, que nos pareció un poco irregular, pero muy grande, lleno de vida y de comercio y con muy hermosos jardines.
Por la tarde, acabábamos de volver de nuestro paseo cuando oímos un redoble de tambores. Nos asomamos a la ventana. Había un gran tropel de gente en la calle. Bajamos a la puerta de la fonda para informarnos del motivo de tanto alboroto, y vimos que todo el mundo salía de sus casas, los unos con picas, otros con pistolas, otros con sables y escopetas, y echaban a correr. Algunos estudiantes cantaban, con un aire parecido al God save the King de los ingleses, un himno cuya letra comenzaba así: