Inmediatamente me fuí a una taberna, que se llamaba A la cita de los cocheros; entré y pregunté al dueño por el hotel de la Cometa. El hombre me dió una explicación de dónde estaba, y yo le dije que era recién venido de Angulema; que tenía el encargo de dar quinientos francos de una herencia a una señora Mathieu, que vivía en el hotel de la Cometa, y añadí:
—Si hubiera algún chico, yo le daría cuatro o cinco francos para que fuera a avisar a esa señora.
—Yo mismo iré—dijo el tabernero.
—Bueno; pues dígale usted a esa mujer que venga aquí con usted y que me espere unos minutos, porque mientrastanto yo voy a hacer otro recado.
Le di al tabernero los francos prometidos, salí de la taberna y me metí en el coche. Al ver pasar a la vieja y al tabernero juntos, entré en el hotel de la Cometa y subí las escaleras hasta el cuarto de Conchita. Llamé.
—¿Eres tú?—me dijo ella.
—Sí.
—Esa vieja ha cerrado la puerta y se ha llevado la llave. Yo no sé cómo abrirla.
Saqué yo un cortaplumas e intenté meter la hoja por la rendija de la puerta; pero no era posible abrir.
—¿No tienes algún cuchillo grande o alguna otra cosa para correr la lengüeta de la cerradura?—dije a Conchita—. ¡A ver, ensaya!
Perdimos el tiempo lastimosamente y no se consiguió nada.
De pronto se me ocurrió una idea que me pareció muy buena.
—Oye—le dije.
—¿Qué?
—El cuarto de tu tío, ¿está pared por medio de éste?
—Sí.
—¿No tiene alguna comunicación, alguna puerta condenada, o algo por el estilo?
—Sí; detrás del colgador tiene un tabique de tela que cierra el hueco de una puerta.
—La llave del cuarto de tu tío, ¿estará en el clavero?
—Sí.
—¿Qué número es?
—El 23.
Bajé las escaleras hasta el portal, esperé un momento a que no pasara nadie, cogí la llave y entré en el cuarto del cura. Después abrí el cortaplumas y desgarré de arriba abajo el tabique o biombo que separaba un cuarto de otro. Conchita saltó de su habitación a mis brazos. Salimos del cuarto del clérigo, lo cerramos, y, ella cubierta con un velo negro y yo detrás, avanzamos hasta el coche que esperaba, y montamos en él.
Eran las cuatro menos cuarto. Yo tenía que estar a las cuatro en la librería de Eymery.
—Tendremos que separarnos—le dije a Conchita.
—¿Por qué?
—Porque yo tengo una cita a las cuatro con unos amigos.
—¿Tanta importancia les das a ellos para dejarme a mí sola, y hoy?
—Es que es una cita política. Estamos conspirando.
—No te creo.
—¿No?
—No.
—Pues, mira, ven conmigo. Les diré a mis amigos que eres mi mujer.
Saqué la cabeza por la ventanilla y le dije al cochero:
—Vaya usted a la calle de Mazarino. De prisa.
El caballo comenzó a trotar y unos minutos después de las cuatro estábamos en la calle de Mazarino, enfrente de la librería de Eymery.
Esta librería era una tiendecilla negra con un fondo obscuro. Estaba al lado de una mercería en cuyo estrecho escaparate había un mono disecado con camisa y puños, y un letrero en el pecho donde se leía: «Jean». Después me enteré que este mono «Jean» con su camisa era un jeroglífico o chiste del dueño de la tienda. Cualquiera, al verlo, decía: Au singe Jean en batiste (al mono Juan en batista), y la tienda se llamaba Au Saint Jean-Baptiste (al San Juan Bautista), palabras que en francés se pronuncian de una manera algo parecida.
Entré en la librería, expliqué al librero a lo que iba, y me dijo que no habían llegado mas que los habituales, don Juan Antonio Llorente y don Miguel José de Azanza, que estaban hablando.
—Si quieres, entra—le dije a Conchita.
—No, no.
Se había convencido de que el asunto que tratábamos era serio y me dijo que iría a mi casa.
—Yo te acompañaré.
Advertí al librero que dijera a mis amigos que tardaría una hora en volver.
Yo vivía al otro lado del río, pero cerca de allí, en la calle de Richelieu.
Tomamos el coche y fuimos Conchita y yo a casa.
Una hora después me hallaba de nuevo en la librería de Eymery. Hacía tiempo que estaban todos. Me hicieron pasar a la trastienda, un cuarto un poco ahogado, iluminado con una lámpara de aceite y con las cuatro paredes cubiertas de libros.
Se encontraban Llorente, Azanza, Tilly, el general Berton, que había ido con un joven amigo suyo apellidado Navarro; Cugnet de Montarlot, Nantil, Aviraneta y un tal Bloumy, que se hacía pasar por coronel español.
Yo me hallaba tan impresionado por mi feliz aventura, que no podía fijarme bien en lo que me decían. Muchas veces creía que me estaban dando la enhorabuena y me veía en la obligación de sonreír.
Al principio no me enteré apenas de lo que se habló y no hice mas que contemplar con atención los tipos de todos.
Azanza, a quien conocía yo hacía tiempo, estaba quieto en su sillón con las manos cruzadas, sin hablar. Era muy viejo y, aunque afrancesado, en el fondo, reaccionario.
A don Juan Antonio Llorente, el autor de la Historia de la Inquisición, le vi entonces por primera vez. Era un hombre bajito, de aspecto simpático y bondadoso.
Tenía la frente ancha, espaciosa; llevaba melenas grises y un solideo negro. Su tipo era de un buen cura; su mirada, viva y brillante; los labios, gruesos.
En aquel rostro de cura bondadoso apuntaba la malicia y la socarronería frailuna. Había en él, aunque mitigada, la expresión satírica del Voltaire esculpido por Houdon.
Llorente acababa de venir de Londres, pues el gobierno de Luis XVIII no le permitía que se estableciera en París. Vestía de paisano, pero conservando el aspecto de un clérigo. Llorente, como muchos de estos hombres de la época, había vivido dos vidas completamente distintas. Después de haber sido vicario general del obispado de Calahorra, secretario de la Inquisición de Corte y canónigo maestrescuela de Toledo, tenía en esta época que andar en París y en Londres a salto de mata, ganándose la vida con folletos y traducciones.
Llorente habló poco en la reunión; no hizo mas que oponerse a las exageraciones de algunos y ofrecer un medio de comunicación con España. Tenía él una sobrina casada con un francés llamado Robillot, que vivía en la calle de la Coquillere. Esta sobrina enviaba a Madrid artículos de modas desde París, y en las cajas se podía meter la correspondencia.
El general Berton se limitó a escuchar lo que se decía y a permanecer de pie, apoyado sobre un armario.
Juan Bautista Berton era un tipo sombrío y trágico; entonces contaría unos cincuenta años. Tenía una estatura media y poco cuerpo; los ojos, azules; la boca, grande; la frente, despejada; la palidez del hombre que ha vivido encerrado: acababa entonces de salir de la cárcel.
Berton conocía bien España, donde había hecho la guerra con Bonaparte, y hablaba el castellano.
Estaba para casarse con una señorita española, la señorita Navarro, hermana de su ayudante, y pensaba retirarse a una propiedad suya del departamento de Oise, en Plessis-Cuvergnon.
El conde de Tilly explicó con qué elementos podía contar él en España. Primeramente, tenía el Oriente Montijano de Granada, que estaba dispuesto a trabajar por la Revolución. El conde del Montijo acababa de ser nombrado capitán general de Granada y se pronunciaría con sus fuerzas desde el momento que en otra parte se diera el grito. En Murcia se contaba con una logia de las más activas, en la que figuraban Torrijos, Van Halen, López Pinto y Romero Alpuente, que estaban deseando lanzarse a la calle. En Cádiz había el grupo de masones, dirigido por Istúriz, ya de acuerdo en la conspiración. En Barcelona, la logia de Cambaceres, en la fonda de Wellington, con Llinás y algunos otros. En Valencia, grandes núcleos de liberales, dirigidos por los Bertrán de Lis y por el conde de Almodóvar.
No se necesitaba mas que dinero para poner en comunicación los distintos puntos en donde la Revolución fermentaba.
Después de Tilly habló Aviraneta.
Aviraneta dijo que él, de antemano, no podía prometer nada; pero que intentaría mover a la gente del Norte; que hablaría, o iría si era necesario a la logia de Bilbao; que trataría de conquistar a Mina, el tío, y a Mina el mozo; que se pondría en comunicación con el Empecinado, con el general Renovales, con Sarasa, con Longa, que al parecer estaba vacilante; con el cabecilla Dos Pelos, con Iriarte, con el coronel Eguaguirre, con Gaspar de Jáuregui (el Pastor), con Fermín Leguía, con Noain, con Michelena, con Legarda, y con otros muchos constitucionales.
Después habló Cugnet de Montarlot, que al principio me pareció un tipo cómico.
Cugnet era un francés aparatoso que creía que todas las cosas se resuelven con frases oportunas y atrevidas.
Era valiente, declamador y entusiasta de la libertad y de la gloria. Le gustaba repetir en sus discursos esta frase: Ubi Libertas ibi Patria (donde está la Libertad está la Patria).
Cugnet hablaba de una manera demasiado solemne. Nos dijo que su sociedad, L'epingle noir, iba a ser la espina que se iba a clavar en las viejas monarquías y a producir su gangrena.
Su sociedad había hecho un llamamiento a las generaciones presentes y futuras. Su fin era formar una liga de pueblos contra el despotismo, para asentar la República sobre las ruinas del Trono y del Altar. Para él todos los medios eran buenos: desde la barricada hasta la caricatura; desde el discurso elocuente hasta el pinchazo con el estoque.
Cugnet discurría como un verdadero revolucionario; comprendía que se necesitaba una asociación fuerte para luchar contra el Poder, que se iba robusteciendo.
No habían ni él ni los otros imaginado medios fáciles de comunicarse; no se había disciplinado el espíritu de protesta, y se ignoraban los procedimientos de preparar movimientos internacionales. Esto se aprendió en 1820, cuando triunfó la Revolución Española y comenzó a funcionar el carbonarismo.
Cugnet, después de sus generalidades, nos dijo que los quinientos hombres de El alfiler negro se incorporarían a la legión extranjera que mandaría el general Berton y pasarían los Pirineos.
Como yo no tenía que decir nada no hablé.
Se decidió que al día siguiente tendríamos una reunión con los delegados de la masonería en casa del conde de Tilly, que vivía en la calle de Choiseul, en el número 6.
Al terminar la conferencia se presentaron en la librería los dos hermanos Caron, a quien los presentó Cugnet y a uno de los cuales yo conocía del baile de la Embajada.
Eran los dos, tipos de militares del Imperio y se distinguían por sus ideas republicanas, lo que había hecho que no ascendieran rápidamente.
Cugnet les explicó lo acordado y los dos se ofrecieron para cuando llegara el momento.
Salimos de la librería, y yo, volando, me marché a casa.
De aquella gente con quien nos reunimos en la librería de Eymery, de la calle de Mazarino, no volví luego a ver a nadie. Es probable que de todos ellos no vivamos mas que Aviraneta y yo.
Azanza murió el año 26 en Burdeos, abandonado. Alguna que otra vez iba a visitarle el Sordo, como le llamaban sus amigos al viejo pintor Goya.
Llorente, obligado por el Gobierno francés, que no quería tener en su territorio al autor de la Historia de la Inquisición, fué a España a principios del año 23, y murió de una manera misteriosa, al decir de sus amigos.
Berton tomó parte en varios complots antiborbónicos, hasta que en 1822 avanzó a la cabeza de un puñado de sublevados sobre Saümur por el puente de Thouars, y, hecho prisionero, fué guillotinado en Poitiers en octubre, al año siguiente.
Tilly murió poco después.
Navarro y Bloumy desaparecieron.
Nantil estuvo en España y luego se perdió su pista.
Uno de los Caron, Agustín José, tomó parte en la conjuración de Belfort e intentó libertar a sus compañeros presos, en Colmar. Denunciado, fué fusilado en Estrasburgo.
El otro Caron fué jefe de carbonarios y dirigió el Batallón Sagrado, que salió de San Sebastián el año 23 y fué al Bidasoa con banderas tricolores, pensando detener así a los soldados de Angulema. Después este Caron creo que fué a América.
Respecto a Cugnet, unos días después de nuestra reunión fué preso. Pasó en la cárcel varios meses. Luego, al salir, fundó nuevas sociedades secretas con nombres fantásticos: Los caballeros del León, Los Patriotas, Los buitres de Bonaparte, Los europeos reformados, La regeneración universal, y, por último, entró en el carbonarismo.
Siempre pintoresco, firmó manifiestos titulándose Jefe del Gran Imperio francés y Principal Dignatario de la Orden del Sol.
Después de la Revolución del 20 pasó a España y se cambió de nombre, llamándose desde entonces Carlos de Malsot. Cugnet trabajó con Vaudoncourt, con Riego y Villamor, en Zaragoza, para proclamar la República en España y propagarla a Europa; peleó contra los franceses de Angulema en 1823, y se refugió en Almería.
El verano en 1824, mientras los dos Valdés, Pedro y Francisco, llevaban a cabo la hazaña heroica y absurda de apoderarse de Tarifa, Cugnet de Montarlot, con otros exaltados como él, se levantaba en San Bartolomé, en Almería, a proclamar la Constitución al grito de Libertad o Muerte. Esto fué al amanecer del 13 de agosto de 1824.
Once días después, el 24 de agosto, el mismo día en que el Gobierno de Fernando VII fusilaba a treinta y seis constitucionales en Tarifa, fusilaba en Almería a treinta y uno. Entre ellos estaba Cugnet, que dejó su nombre adoptivo de Carlos de Malsot como un héroe obscuro de la Libertad a su patria también adoptiva.
Jamás había sentido tal plenitud de vida como entonces. Estaba enamorado como un cadete, y mi entusiasmo me daba una confianza y una serenidad que no he tenido nunca.
Conchita y yo...; pero no tengo que contarles a ustedes una historia de amores, sino una historia de conspiración.
Al día siguiente de vernos en la librería de la calle Mazarino se celebró en casa del conde de Tilly la reunión nuestra con los delegados de la masonería.
Se expuso ante ellos los hombres y sociedades con que se contaba, y se dijo que el movimiento lo dirigían Renovales, Lacy, Freire, O'Donnell y otros jefes de prestigio.
Los delegados aceptaron la proposición y dijeron que debíamos hacer un presupuesto de gastos. Tilly arguyó que le parecía perder el tiempo, y que consideraba mejor y más práctico que nos dieran una cantidad para los primeros trabajos, y que luego se aumentara si el asunto marchaba bien. Los delegados discutieron un momento y aceptaron, al último, la propuesta. Nos abrirían un crédito de doscientos mil francos, de los cuales se tomaría la cantidad necesaria. Este crédito se cobraría en casa de un tal Foualdés, abogado, que vivía en el muelle Voltaire, número 2, duplicado. Foualdés, por lo que dijo uno de los masones, no era sospechoso al Gobierno; tenía negocios en Inglaterra y se podía entender con él sin riesgo. Los delegados de la masonería nos avisarían cuándo podíamos ir a cobrar a casa de Foualdés.
Decidida esta cuestión se discutió quiénes debían ir a España, y, tras largos debates, se dispuso que fuera el conde de Tilly a Cádiz y a Granada, y Aviraneta y yo, al Norte de España y a Madrid.
No hubo más remedio que aceptar. Terminada la reunión se dijo que al día siguiente nos reuniríamos en el café de la Rotonda del Palais Royal, después de comer.
Algunos españoles, militares emigrados, vinieron a ofrecerse, presentándonos planes absurdos para hacer el movimiento. Hubo gente que encontró que era poca cosa destronar a Fernando VII y traer a Carlos IV, y que pensaba en la República. Tres militares y un abogado que vivían con el señor Bloumy en un hotel infecto de la calle del Dragón, se reunieron para escribir un proyecto de Constitución republicana, con tres cónsules y una Cámara, y nos mandaron el proyecto como diciendo: Ya está todo arreglado.
Aviraneta, que tenía de las cosas que le preocupaban ideas singulares, decía:
—¿Sabe usted lo que nos va a faltar?
—¿Qué?
—Disciplina en el ejército.
—Pero, hombre, eso es absurdo. Vale más que no haya disciplina para nosotros—le decía yo.
—Al revés. Valdría más que la hubiese. Con hombres que obedecen ciegamente se puede hacer una conspiración. Con indisciplinados, imposible. Ahí tiene usted el caso de Malet en el cuartel de Popincourt, que estuvo a punto de triunfar gracias a la disciplina. He estudiado ese complot. Estuvo muy bien preparado. Si fracasó fué por tener demasiadas complicaciones. En política hay que acercarse a la naturaleza. Mire usted el caso del Marquesito. Fué la indisciplina lo que le impidió triunfar. Si el general no arrastra a los oficiales, y los oficiales a los sargentos, estamos perdidos.
Aviraneta me hacía gracia; hablaba de conspiraciones como de un instrumento o de un aparato de relojería.
Decidimos todos los días cambiar de punto de cita para reunirnos, y al día siguiente estuvimos en el café de Corazza, donde supimos que acababa de ser preso Cugnet de Montarlot.
A la salida íbamos Aviraneta y yo por la calle de Rívoli cuando se me acercó un joven, delgadito, esbelto, envuelto en una capa. Me quedé mirándole con sorpresa y sin reconocerle.
—¿No me conoce usted?—me dijo.
—Ahora, sí—le contesté.
En el acento la había conocido. Era la italiana del baile, María Visconti. Al ver a Aviraneta, que se había apartado un poco de nosotros, me preguntó:
—¿Es un conspirador español?
—Sí. ¿Quiere usted que le presente?
—Bueno; con mucho gusto.
Les presenté, y fuimos los tres juntos un momento. Al llegar a la esquina de la calle de Richelieu la italiana me dijo:
—Antes de que se vaya avíseme usted, barón.
—Muy bien.
Se despidió la italiana gallardamente.
—¿Quién es este muchacho tan raro?—me preguntó Aviraneta.
—Este muchacho es una mujer—le dije yo.
—¡Ah...!
—Sí, y quiere venir a España con nosotros.
—¿No será una espía?
—No, no. Pero, en fin, antes de aceptarla entre nosotros nos enteraremos de su vida.
Por Miniussir y por ella conocimos su historia.
Puesto que hemos de vivir y luchar juntos—dijo María Visconti—, les contaré mi vida y les diré el motivo que me arrastra a ir a España.
La familia de los Visconti, familia célebre en Milán, que durante mucho tiempo fué la cabeza del partido aristocrático de los gibelinos, es mi familia.
Mi abuelo, al parecer, no sentía los mismos sentimientos monárquicos de los suyos y, expulsado de casa por su padre, fué a vivir a Roma, donde se casó con una Malatesta.
Mi padre, desde niño, vivió en la pobreza, y para ganarse la vida se dedicó a la pintura y al grabado.
Tenía el pobre buen gusto, conocía muy bien el arte clásico, pero no podía producir; le faltaba confianza en sí mismo, le faltaba fuerza.
Entristecido por la miseria, vivíamos en la mayor estrechez en una casa del Transtevere. A veces nos mandaban algún dinero los parientes de mi madre y salíamos del apuro.
En esto, mi hermano Emilio, que era algo mayor que yo y que estaba en un taller, comenzó a distinguirse y a ganar algún dinero. Mi padre, entusiasmado, le hacía dibujar; quería que sus conocimientos sirviesen para Emilio. El padre se sentía renacer con la esperanza de tener un hijo ilustre.
Mi hermano era un muchacho a quien todo el mundo quería. Su padre le miraba conmovido y soñaba con que fuese un Rafael o un Leonardo.
El viejo padre nos acompañaba a Emilio y a mí a la Capilla Sixtina, al museo del Vaticano, a las iglesias, y nos mostraba las obras maestras de los antiguos y nos las explicaba detalladamente.
A los quince años mi hermano puso un taller de pintor y llegó a vender lienzos y a tener encargos.
Cuando empezábamos a vivir mejor, mi hermano nos trajo a casa algunos amigos suyos jóvenes y comenzó a andar constantemente con ellos. Estos jóvenes, sobre todo uno, apellidado Orsini, eran republicanos entusiastas, partidarios de la unidad italiana y enemigos del papado.
Mi hermano, a pesar de convivir con ellos, era más que nada pintor; les seguía, pero en su espíritu los sueños artísticos no dejaban lugar a las ideas políticas.
El atrevimiento y la audacia de los jóvenes republicanos aumentó; un amigo de mi padre nos avisó que a Emilio le iban a prender y a encerrar en las cárceles de la Inquisición. Mi padre y yo acompañamos a mi hermano a Civitta Vechia, y allí le dejamos en un barco.
Emilio desembarcó en Marsella; luego fué a Barcelona y, por último, se trasladó a Madrid, al final de la guerra de los españoles contra Napoleón.
Emilio, muy contento y satisfecho en España, nos escribía sus impresiones de la guerra y nos hablaba de que estaba sorprendido con la pintura española, tan distinta de la italiana.
Un dibujante italiano, Fernando Brambilla, que hizo un álbum de las Ruinas de Zaragoza, y en cuya casa vivía, le llevaba a mi hermano al Palacio Real a ver cuadros magníficos. Este mismo Brambilla le presentó a un pintor, Goya, de quien mi hermano, en sus cartas, hacía grandes elogios, afirmando que era el mejor que había en Europa.
En esto, hará dos años, comenzaron a faltar las cartas de mi hermano. Mi padre estaba desesperado. Escribimos a dos o tres personas de Madrid, que no nos contestaron; escribimos al dibujante Brambilla, que, sin duda, no recibió la carta; y entonces a mí se me ocurrió dirigirme a un maestro de música italiano, Pablo Brambilla, de Milán, pidiéndole que si sabía las señas del dibujante de su mismo apellido, Fernando Brambilla, que vivía en España, le enviara mi carta.
Al cabo de mucho tiempo recibimos una carta del dibujante Brambilla, desde Zaragoza.
Mi hermano había muerto en las cárceles de la Inquisición de Madrid.
Mi hermano visitaba una familia española con frecuencia, en compañía de Brambilla. Parece que esto era a la vuelta del rey de España desde Francia.
Atolondrado y exaltado como era mi hermano, en vez de moderarse, exageraba sus ideas. Una vez, en esta casa amiga, tuvo la imprudencia de discutir con un fraile, de contradecirle; de asegurar que había tomado parte en Roma en una conjuración contra el Papa, y de que era republicano.
Al día siguiente, el fraile, con dos esbirros de la Inquisición fueron a casa de mi hermano y lo prendieron. Brambilla quiso salvarlo, afirmando que lo dicho por mi hermano era una chiquillada. El fraile no sólo no cedió, sino que fué al Tribunal a declarar contra mi hermano y aumentar los cargos que había contra él.
Mi hermano fué atormentado en el calabozo, y a los seis meses de estar encerrado en él, murió.
Mi padre, al leer la carta, no derramó una lágrima.
—Escríbele a Brambilla—me dijo—y pregúntale el nombre, el nombre de ese fraile que ha denunciado a Emilio.
Le escribí y nos lo dijo. Desde entonces mi padre vivió únicamente soñando en la venganza. Quería marchar a España, pero no podía moverse. Estaba muy enfermo.
Entonces una pariente lejana nuestra murió, dejándonos una pequeña fortuna. Mi padre ha muerto hace un mes clamando venganza.
—A eso voy a España. A vengar la muerte de mi hermano—concluyó diciendo María Visconti—. Ustedes me pueden ayudar a mí con sus conocimientos; yo pondré a su servicio mi buena voluntad y mi dinero.
Aceptamos el trato y decidimos que desde entonces María Visconti fuera para nosotros un camarada.
Cobró Aviraneta treinta mil francos en casa de Foualdés y tomamos la diligencia de Bayona María Visconti, Conchita, Aviraneta y yo.
Nosotros dos establecimos como centro de operaciones la librería de Gosse, y desde allí fuimos citando a las personas con quienes teníamos precisión de hablar.
Cosa extraña. Aviraneta no servía para esto. Cuando trataba con una persona a quien tenía que considerar como superior a él por su categoría o su prestigio, tomaba una actitud encogida y poco desenvuelta. Parecía que los resortes de su voluntad perdían su fuerza cuando tenía que contar con otra voluntad. Le era indispensable estar solo, dirigir él, para que su energía tomara el máximo de tono.
En las conferencias que tuve comprendí que con mis antiguos correligionarios los afrancesados no se podía hacer nada; repugnaban las medidas violentas y eran ya partidarios del principio que en tiempo de Zea Bermúdez se llamó el despotismo ilustrado.
Los amigos de Renovales estaban dispuestos a todo; pero, en cambio, Mina se mostraba reacio.
Yo fuí a ver al general. Era hombre terco y suspicaz como pocos. En aquel momento estaba muy disgustado porque su sobrino se marchaba a Méjico a ayudar a los insurrectos contra España.
Me preguntó quiénes llevábamos el asunto. Le dije que la Junta de París había enviado a Andalucía al conde de Tilly, y a Aviraneta y a mí, al Norte.
—¿Tilly...? ¿El conde de Tilly...? Será hijo del otro... Esos aristócratas son poco de fiar. Perdone usted—añadió—. Usted también es aristócrata.
—No; yo, no.
—Y al Norte, ¿quién va?—preguntó él.
—Aviraneta y yo.
—¿Aviraneta? ¿Quién es Aviraneta?
Le di sus señas.
—Ah, sí... lo conozco... No me fío de él.
—¿Por qué?
—Un hombre que ha hecho la campaña con Merino no puede ser de los nuestros.
—Mi general, yo conozco la historia de Aviraneta. Fué la casualidad la que le llevó a pelear con el cura cabecilla.
—Sí, sí; pero toda esa gente de Merino no es de fiar; son salvajes, facciosos de corazón. ¡Aviraneta! ¡Tilly! ¡Qué se yo! ¡Y luego Renovales! No tengo confianza en Renovales. Es un loco; es un atolondrado, un farsante.
No hubo manera de convencerle; por más esfuerzos que hice para vencer su terquedad no conseguí nada, ni aun que su nombre patrocinara la empresa. Lo único que dijo es que él no disuadiría a sus amigos de que tomaran parte en la expedición. Solamente si llegara el caso de que Renovales sublevara las Provincias Vascas, o si el general Berton se presentara con grandes fuerzas a pasar la frontera, él entraría en Navarra; pero en las negociaciones primeras en que tomara parte Renovales preferiría no intervenir.
Conté a Aviraneta lo ocurrido y decidimos prescindir de Mina por el momento.
Escribimos a Renovales por conducto de un amigo de Aviraneta, comerciante en Bilbao en esta época, don Juan Olavarría; y éste contestó en seguida de parte del general diciendo que aceptaba la dirección del movimiento y el ser el primero en lanzarse al campo.
Necesitábamos agentes para relacionarnos con los amigos y buscamos hombres de confianza.
La casa de Basterreche nos proporcionó varios.
Uno de los buenos agentes fué Pedro Beunza, joven nacido en Urdax y dedicado al comercio. A éste lo enviamos a Pamplona.
Otro fué Cadet, el de Ustaritz, amigo de los Garat, a quien se envió a Vitoria.
Al tercero, otro francés, Julián Francisco Cognard, un muchacho jorobado, republicano, se le mandó a San Sebastián.
Al cuarto, un milanés, Cayetano Illuminati, le enviamos a Barcelona con una carta para don Francisco Mancha, que estaba allí de guarnición.
El quinto, que nos dió mucho que hacer, fué Paulino Couzier, gascón a quien nos recomendaron los amigos de Renovales como hombre de gran energía y audacia. Couzier vivía en Bayona, cerca de la Puerta de España, y tenía fama de republicano.
Aviraneta se entendió con él. Le dió tres mil pesetas y le envió a Madrid con orden de hablar con Manuel Santurio y Justo Galarza y hacer propaganda entre los militares.
El mejor elemento que teníamos era el de los guerrilleros reservistas, que había muchos.
Verdaderamente era indigno lo que hacía el Gobierno con los guerrilleros. Después de haber conseguido ellos el triunfo de Fernando, los iban retirando y dejando de cuartel en los pueblos. No se les consideraba presentables. Los militares de carrera los trataban con desprecio; al coronel don Bartolomé Amor le habían puesto un capitán adjunto, suponiendo que él no sabría cumplir su cometido, y en documentos oficiales se leían frases como ésta: Sólo entre guerrilleros y gente de la misma calaña...
Es lo que sucede siempre en las guerras; los que más se baten son los que menos ascienden y están menos considerados.
Entre los guerrilleros descontentos era donde encontrábamos más gente dispuesta a luchar por la Constitución.
Concluído lo que teníamos que hacer en Bayona nos preparamos a entrar en España.
Fácilmente se podía comprender que nuestra misión, además de difícil, era muy expuesta. Como necesitábamos alguna justificación para entrar en España, a Aviraneta se le ocurrió que pasáramos como charlatanes vendedores de baratijas. Compró un coche en Bayona, con un toldo; dos caballos en Dax, y una partida de cortaplumas, sacacorchos, jabones, agua de colonia, aceite de Macassar, y otras cosas. Por la distribución de funciones que hizo Aviraneta para el viaje, María y yo seríamos los amos del coche; Conchita, una muchacha recogida, y él, el criado y el cochero.
Nos proveímos de pasaportes falsos y nos dirigimos hacia la frontera.
Al cruzar el puente de Behobia me vino a la imaginación la idea de que todavía estaba en vigor un decreto de la Junta Central de Cádiz en que se declaraba a los ministros, consejeros y empleados del rey José traidores a la patria, a la religión y al rey; se les confiscaba los bienes, y además, de propina, se les condenaba a muerte.
Tardé bastante tiempo en desechar este recuerdo, que se me venía a la imaginación automáticamente.
Al pasar por delante de San Sebastián se acercó a nosotros, de noche, nuestro agente el jorobado francés y republicano Julián Francisco Cognard, el cual nos dijo que suponía que Paulino Gouzier, el de Bayona, estaba en relaciones con la policía.
Aviraneta dijo que, afortunadamente, a Couzier no se le habían dado detalles de la conspiración y que, sabiendo que estaba vendido a la policía, se huiría de él.
Yo conocía los caminos de las Provincias Vascongadas, y Aviraneta, también; así que no teníamos que preguntar para ir de aquí a allá, y dábamos la impresión de gente habituada al país.
Seguimos nuestro camino, llegamos a Bilbao y nos hospedamos en una posada de las Siete Calles.
Aviraneta y María salieron con el coche al paseo del Arenal y se pusieron a vender con gran frescura, rodeados de público, las baratijas, el agua de colonia y el aceite de Macassar. Al volver a casa dijeron que habían vendido una porción de chucherías y de frascos. Resultaba que el aceite de Macassar y las baratijas eran un negocio.
Le envié yo a Conchita con una carta para don Juan Olavarría, amigo de Aviraneta, y este señor vino a buscarme. Después de hablar largo rato y de comunicarnos detalles de la conspiración, salimos de casa y nos encaminamos al Arenal, en donde vimos a Aviraneta subido en el coche, perorando con un gran entusiasmo, mientras María ofrecía, sonriente, frascos y baratijas a los curiosos.
—Este Eugenio es capaz de todo—murmuró Olavarría, y habló de él con entusiasmo.
Realmente, Aviraneta, entonces, era un tipo extraordinario. Flaco, menudo, con malicia de mono, atrevido y audaz con las mujeres, desenvuelto como un paje, irónico y burlón, un poco petulante, hablando tan pronto en madrileño de los barrios bajos como en vasco o francés, era un hombre muy gracioso.
Le escuchamos, y al anochecer, en el despacho de Olavarría, nos avistamos Aviraneta y yo con dos liberales bilbaínos, los dos masones, y éstos nos dijeron que nos mandarían aviso de dónde podíamos conferenciar con Renovales.
Por lo que nos dijo Olavarría, Renovales estaba viviendo en un pueblo de las Encartaciones llamado Gordejuela, en la casa de don Bernabé Mariaca. Se le avisaría dejando el recado en el comercio de la viuda de Osabal, y al día siguiente se nos diría el punto de reunión.
Cenamos, y después de cenar, dejando a María y a Conchita juntas, fuimos al comercio de Olavarría.
Olavarría nos llevó a un cuarto estrecho y sin ninguna ventana, y allí entramos. Era Olavarría muy alto, de unos cuarenta años, grueso, abultado de cara, de voz fuerte y poderosa; usaba patillas largas y pobladas y tupé sobre la frente. Hombre de gran espíritu, no le arredraba nada.
Todos teníamos la seguridad de que si nuestra tentativa fracasaba y éramos descubiertos, iríamos a la horca, pasando antes por la poco agradable perspectiva del potro.
Estábamos hablando cuando llamaron en la puerta suavemente; Olavarría abrió y entraron dos hombres, a quienes nos presentó el amo de la casa.
—¿Son hermanos?—preguntaron al vernos.
—Sí.
Uno de ellos era el teniente coronel don Francisco Colombo, que se hacía llamar en Bilbao don Fermín Urrutia.
Colombo era hombre alto, esbelto, de buen color; el pelo, con tupé a la inglesa; las patillas, cortas y rubias, con algunas canas, y la voz, clara y bien timbrada. Había servido a las órdenes de don Luis Lacy, en Galicia.
El otro caballero que iba con él confesó que era un oficial enviado por Mina para informarse de la situación. Se llamaba Téllez, y en Bilbao se había hecho pasar como comerciante americano.
Téllez no tenía el aspecto tranquilizador de Colombo, ni de Olavarría. Era alto, seco, pálido, bizco, con patillas muy negras y la boca desdeñosa y fruncida.
Discutimos lo que había que hacer. Téllez llevaba la pretensión de que se prescindiera de Renovales. Le dijimos que era imposible; la cosa estaba ya pactada entre él y nosotros; no se le podía descartar sin motivo.
Poco después se presentaron los dos masones bilbaínos Olalde y Rementería a decirnos que la viuda de Osabal había recibido un recado de Gordejuela, diciendo que Renovales nos esperaría por la noche en casa de un amigo en Portugalete.
Salimos del despacho de Olavarría y echamos a andar, en dos grupos, camino de las Arenas.
La noche estaba templada, húmeda, amenazando lluvia.
Antes de llegar a las primeras casas del pueblo, Olalde se detuvo y bajó las escaleras de un muelle. Nosotros hicimos lo mismo. Olalde saltó de barca en barca, hasta que al llegar a una dijo:
—En ésta vamos.
Desenrolló la vela, que hinchó el viento, y fuimos marchando en medio de la más completa obscuridad hasta la otra orilla.
Desembarcamos y, conducidos por Rementería, entramos en la casa en donde se encontraba Renovales. Subimos una escalera estrecha y pasamos a un cuarto iluminado con una lamparilla. Renovales se paseaba de un lado a otro, envuelto en un mantón de mujer.
Era don Mariano Renovales de pequeña estatura, color moreno, ojos obscuros, de mirada viva y penetrante, sombreados por cejas muy negras, muy pobladas y cerdosas. Tenía una gran cicatriz en el cuello y dos o tres señales de cuchilladas en la cara.
Al vernos a nosotros tiró el mantón encima de una silla. Estaba vestido como un aldeano: calzón de paño, chaleco y chaqueta rayada, con botones amarillos, y sombrero redondo de hule.
Saludamos a Renovales y él contestó a nuestro saludo de una manera un tanto fría y ceremoniosa.
Aviraneta expuso el plan trazado en París. Se organizarían, sobre todo en Madrid, las huestes constitucionales por el procedimiento del triángulo, formando una cadena de modo que cada uno conociera a sus dos eslabones, pero nada más. Cuando en Madrid se contara con gente se daría el grito de «¡Viva la Constitución!» y se proclamaría a Carlos IV, que estaba ya avisado.
El plan estratégico sería el siguiente: Renovales daría el primer grito y se lanzaría a ocupar Vizcaya y Gupúzcoa; Mina bajaría a Navarra, entrando por Valcarlos o por Vera; ocuparía Pamplona, se reuniría con el regimiento de San Marcial y llegaría a Zaragoza. Al mismo tiempo, Miláns, Lacy y Copóns, después de haber sublevado Cataluña, bajarían hacia el Ebro y, unidos con las fuerzas del Norte, se acercarían a Madrid, que se sublevaría con O'Donnell, Eroles y Sarsfield.
La cosa, presentada así, parecía factible; pero había muchos puntos obscuros que aclarar.
Renovales aceptó lo que se le dijo, mirándonos a todos nosotros con expresión fiera y bravía. Se le pidió que citara nombres de amigos de Madrid con los cuales se pudiera contar, y, paseando por el cuarto como un lobo en la jaula, dijo cincuenta o sesenta nombres.
Ya íbamos a despedirnos del general, cuando una observación de Téllez, el amigo de Mina, le enfureció de tal manera que se encaró con él y comenzó a interpelarle con su voz bronca y dura.
Era un espectáculo como presenciar una tormenta oír a aquel hombre tan violento, tan brutal. Sus amenazas se convertían en su boca en algo espantoso. Tenía una muletilla constante, y era ésta: «¡Cristo! ¡Ya se acabó la Humanidad!» Otras veces, en vez de ¡Cristo!, decía ¡hostias!
Renovales estaba descontento de todo: del Gobierno, de España, del rey, que era un canalla; de sus compañeros, que eran unos egoístas.
—¡Maldita sea mi alma!—exclamó—. Pensar que hemos peleado como perros para defender a ese bribón de Fernando VII; pensar que nos hemos llenado de heridas, y que ahora nos dice: «Ustedes son una morralla». ¡Maldita sea la...!
Después, en una brusca transición, exclamó:
—¡Cristo! No me importa... Yo soy capaz de comerme los hígados del mundo... ¡Hostias!... Ya se acabó la Humanidad... Y a Fernando VII, yo... yo solo he de ir a su palacio, y lo tengo que ahorcar de una puerta...
Se tranquilizó el general, y, despidiéndonos de él, volvimos a la otra orilla de la ría, y de aquí, a Bilbao.
Como supongo que no recordarán ustedes quién era el general Renovales, que iba a iniciar el movimiento, porque en España las cosas y los hombres se olvidan como en ninguna parte, les diré lo que sé de él.
Renovales era un navarro nacido en un pueblo del valle del Roncal, creo que en Isaba. De joven había emigrado a la América, y estaba en Buenos Aires cuando supo la entrada de los franceses en Madrid. Decidido, tomó un barco y se fué a España.
Renovales era de esos hombres audaces y temerarios que se distinguen por su ardor en el combate. Estuvo en los dos sitios de Zaragoza; hizo en uno de ellos una defensa heroica del fuerte de San José, y quedó prisionero de los franceses al concluír el último sitio. Era entonces coronel. En unos meses, de soldado había pasado a jefe; se puede suponer las cosas que tendría que hacer.
Renovales, prisionero, fué conducido con otros camino de Francia; pero al llegar cerca de los Pirineos, en esa zona intermedia entre Aragón y Navarra, que él conocía muy bien, se escapó, a riesgo de que le pegaran un tiro, y fué a esconderse a una choza de pastores.
Cuando pudo salir de su escondrijo, de noche, por entre las matas, fué recorriendo pueblos de Navarra y de Huesca, y reuniendo y armando soldados y paisanos. Llamó a uno de sus amigos de la infancia, Miguel de Sarasa, que era de Embun, hombre muy alto, corpulento, de grandes bríos, gran jugador de barra y de pelota, y le nombró su segundo.
A este Sarasa parece que le llamaban en broma Mal Alma, porque era de una bondad extremada.
Entre Renovales y Mal Alma hicieron las cosas extraordinarias y prodigiosas que solían hacer los guerrilleros. Los franceses mandaron grandes columnas en su persecución. Renovales llegó a destrozar batallones enteros, como en la batalla que tuvo en la Peña de Undari.
Renovales fué, de todos los guerrilleros, el que hizo una campaña más rápida y eficaz.
Si a su valor y a su instinto militar hubiese añadido conocimientos técnicos, hubiese sido uno de los primeros generales de la época, probablemente el primero de España.
Tal desasosiego y zozobra produjeron en el Gobierno las correrías de Renovales, que desde Zaragoza y Pamplona mandaron tropas para obrar en combinación contra él. Una de las columnas francesas que se dirigió al Monasterio de San Juan de la Peña fué deshecha por Mal Alma.
Renovales llegó a organizar una brigada de cuatro mil soldados.
Era un hombre extremado en todo; en sus pasiones, en sus juicios, en la suerte y en la desgracia.
A Alcalá Galiano le he oído muchas veces hablar con desprecio de Renovales, porque en una proclama que dió en Cádiz, cuando estuvo allá, dijo estos o los otros absurdos, hizo un dibujo de José Bonaparte, borracho y cayéndose, y se expresó con la rudeza de un hombre del campo.
Juzgar a guerrilleros como Mina, El Empecinado o Renovales como se puede juzgar a un catedrático, no se le ocurre mas que a un dómine de Ateneo tan pedante y tan vanidoso como Galiano.
Renovales llegó a mandar la cuarta división del séptimo ejército e intervino en hechos de armas importantes.
Este hombre, que con nosotros iba a trabajar para destronar a Fernando VII, había tomado parte años antes en una tentativa del marqués de Ayerbe, hecha con el objeto de libertar al mismo Fernando de su destierro de Valencey.
Habían conducido los franceses al marqués de Ayerbe a Pamplona, a fines del año 9, y pensaban llevarle a los pueblos del Alto Aragón, de donde, al parecer, era natural el marqués, para que contribuyese a pacificarlos.
Ayerbe se escapó de Pamplona vestido de calesero, y fué a reunirse con Renovales, que estaba en el Roncal. Le expuso el plan que tenía para sacar al rey de su cautiverio, y Renovales le dijo debía presentarse a la Junta Central de Sevilla a que autorizase el proyecto y diera medios para realizarlo.
Renovales facilitó al marqués el viaje, y Ayerbe se presentó en la capital andaluza. La Junta parece que aceptó el plan, y estando Renovales en Cataluña volvió a reunírsele el marqués, ya con amplios poderes.
El general eligió gente de confianza, y se embarcó con ella y con Ayerbe en un bergantín de guerra español llamado el Palomo. El gobernador francés de Tarragona sospechó algo, mandó dar caza al bergantín, y éste, perseguido por navíos franceses, tuvo que bajar por el Mediterráneo, atravesar el estrecho de Gibraltar y entrar en Cádiz.
Allí Renovales tuvo grandes trifulcas con los marinos de guerra; luego, meses después, en junio de 1810, salió, mandando un cuerpo expedicionario que debía trasladarse al Norte. Ayerbe y el general desembarcaron en La Coruña, y aquí riñeron y se separaron. Ayerbe, siempre preocupado por libertar a Fernando, se encaminó hacia la frontera francesa, y fué asesinado en Lerín, de Navarra; Renovales quedó al frente de sus tropas en la costa cantábrica, y fué avanzando y batiéndose con los franceses, en combinación con Salcedo, Longa y Mina.
Concluída la guerra de la Independencia, Renovales, de mariscal de campo, estuvo en Madrid.
Renovales, como la mayoría de los guerrilleros de la época, fué entusiasta de la Constitución. Al restablecerse el régimen absoluto manifestó en público la indignación que le producía tal medida; el Gobierno, al saber su actitud, se dispuso a prenderlo; Renovales huyó a Francia y, como era todo violencia y pasión, quiso vengarse y se dedicó a conspirar. Fué el alma de nuestra conspiración, que en aquel tiempo se llamó de Bilbao y que estaba relacionada, aunque esto no se supo, con la del Triángulo, y una carta suya, dirigida a Lacy, contribuyó a que este general fuera condenado a muerte por un Consejo de Guerra.
Renovales era de una acometividad y de un valor frenéticos; pero le faltaba reposo; le faltaba también cultura y moral; no sabía poner freno a sus odios y a sus pasiones. En su fondo había el hombre primitivo, tipo de condottiere del Renacimiento.
Los juicios suyos eran de intuición y se aferraba a ellos, considerando que no podía volver sobre su acuerdo. Mina adolecía también de la misma falta de principios; pero en Mina no había sólo el león o el tigre, sino también el zorro.
Mina, por lucidez natural, llegó a comprender su papel en España y, a pesar de algunas brutalidades que empañaron su vida, dejó a la historia de nuestro país una gran figura.
Renovales, no; después de una serie de aventuras extraordinarias, llevadas a cabo con un valor y una suerte admirables, echó a perder todo su brillante pasado con una traición a su patria, que luego quiso arreglar con otra traición.
Un agente de los insurrectos americanos ofreció a Renovales el mando de una expedición que había de ir a defender la independencia de Méjico. Renovales aceptó; luego, arrepentido, fué a ver al embajador de España en Londres y denunció lo que ocurría.
Después publicó un manifiesto desde Nueva Orleáns; pero estaba desprestigiado y nadie le hizo caso.
Al día siguiente de ver a Renovales nos reunimos en el despacho de Olavarría para ultimar detalles.
Se decidió enviar a Téllez a que se viese con don Gaspar de Jáuregui, coronel retirado en clase de dispersos; así se le llamaba. Uno de nuestros amigos, don Anselmo Acebedo, encargó a Téllez dijera a Jáuregui iba de su parte. Téllez fué a ver al ex guerrillero vasco en Villarreal de Zumárraga; pero Jáuregui se mostró reacio, y no sólo reacio, sino que, poco después, declaró todo cuanto había pasado en su conversación con Téllez.
Como teníamos que comunicarnos con varias ciudades se pensó en un medio de hacerlo tan secreto que fuera casi imposible averiguarlo.
Aviraneta mandó comprar dos tableros de ajedrez, y en los dos marcamos unos cuadros sí y otros no. Cada uno de los tableros nos serviría de modelo para hacer una plantilla que tendría unos cuantos cuadros cortados. Escribiríamos con tinta simpática, y nuestro sello sería dos triángulos cruzados, lo que se llama el signo de Salomón.
Quedamos de acuerdo en que Olavarría serviría de unión entre nosotros cuando estuviéramos en Madrid y la gente de Bayona y París. Aviraneta recomendó a Olavarría que no empleara la misma plantilla para comunicarse con ellos. Si podía mandarles emisarios en vez de escribirles, sería mejor.
Como teníamos una lista de más de doscientos nombres de conspiradores sólo de Madrid, con sus señas, hicimos una combinación especial en el libro de misa de Conchita, en un tomo de poesías de Petrarca que tenía María y en una Guía de Forasteros de Madrid. En el libro de Conchita y en el de María marcamos con un alfiler en el texto las letras del nombre del afiliado, y en la Guía de Forasteros, la calle.
Para hacer llegar la correspondencia a Renovales escribiríamos a Domingo Fernández, y la carta la meteríamos en un sobre con las señas de don Pedro Láriz, del comercio de Bilbao.
Con la logia de Granada nos entenderíamos por intermedio de Veramendi, que era intendente en aquella ciudad, y con Valencia, por la casa de Bertrán de Lis.
Dispuesto esto, entre todos redactamos varias proclamas, que en el fondo eran la misma, pues no tenían más variación sino que en una decía castellanos; en otra, navarros, y en otra, catalanes; y que comenzaba así:
«Concordia y valor: Españoles: el yugo infame que nos oprimía ha sido quebrantado...»
Venía luego un corto programa político con las reformas que considerábamos necesarias.
Después, como la mayoría de nuestros afiliados habían de ser militares, se les prometía a todos un ascenso y aumentarles el sueldo.
Cuando llegamos a estar de acuerdo en la redacción se mandó a imprimir la proclama a casa de Gosse, en Bayona.
Concluída nuestra tarea, repusimos nuestro almacén ambulante de agua de Colonia y de aceite de Macassar, este último con aceite común un poco perfumado, y tomamos el camino hacia Castilla.
En Burgos, Aviraneta tuvo que esconderse en el coche, temiendo el encuentro con alguna gente de Merino, y en Valladolid, en cambio, tuve que esconderme yo, pues si alguno me hubiese reconocido como el subprefecto del tiempo de José me hubiesen hecho pedazos.
Aviraneta se detuvo en la ciudad castellana unas horas. Tenía una cita con don Anselmo Acebedo, el de Bilbao. Se reunieron y hablaron con el general Ballesteros, que estaba desterrado allí y que ofreció levantarse contra el Gobierno absoluto el día que se lo indicasen.
Hablaron también con el médico don Mateo Seoane, que estaba de titular en un pueblo próximo. Seoane dijo que se vería con el Empecinado, y, efectivamente, poco después el general don Juan Martín contestó adhiriéndose a la idea y ofreciéndole para todo.
De Valladolid fuimos a Aranda por la orilla del Duero.
Al llegar a Aranda, donde Aviraneta tenía conocimientos, vendió el carro y los caballos, y decidió que entráramos en Madrid en diligencia y separados.
Primero marchó María; luego, dos días después, Conchita y yo, y al cuarto día, él.
Nos veríamos el quinto día en el café de Lorencini, a las seis de la tarde. Si había gente nos comunicaríamos únicamente las señas de nuestras respectivas casas; si no, hablaríamos.
Una tarde de febrero, al anochecer, fuí al café de Lorencini a ver si encontraba a Aviraneta. Lo vi; estaba el café desierto, y hablamos. María, Conchita y yo habíamos ido a una fonda de la calle de Preciados.
Aviraneta me dijo que acababa de alquilar un cuarto en una casa de huéspedes de la Plaza Mayor, en el ángulo de la escalerilla que baja a la calle de Cuchilleros.
Aviraneta dijo en la casa que era administrador de un ricachón de Soria, y que le era indispensable estar con frecuencia en el campo.
Añadió con sorna que había llevado a la patrona, de regalo, un queso comprado en la calle, y la buena señora quedó convencida de que era muchísimo mejor que los que se vendían en Madrid.
—¡Ay, don Ignacio!—parece que le solía decir—. ¡Qué queso nos ha traído usted!
Charlamos un rato y le pregunté a Eugenio:
—¿Cuándo nos veremos?
—Mañana iré por su casa de usted.
—¿Por la mañana?
—Sí; a las nueve.
Nos despedimos, y al día siguiente me había levantado y estaba esperándole, cuando la criada de la casa, una gallega cerril, entró y me dijo:
—Señorito.
—¿Qué hay?
—Que está aquí el barberu.
Yo no le había llamado al barbero, y me sorprendió. Iba a decirle que se fuera, cuando le veo entrar a Aviraneta, con una toalla bajo el brazo izquierdo, haciendo genuflexiones. Me dió una risa verdaderamente inextinguible. Aviraneta apenas había cambiado de traje, y, sin embargo, en aquel momento tenía un aire de barbero completo.
—Joven—dijo, recalcando las palabras como un madrileño y dirigiéndose a la criada gallega—, ¿quiere usted traer agua caliente?
La gallega trajo una jarra, y Aviraneta, cambiando de expresión, me dijo:
—Bueno, vamos a sacar los nombres de nuestra gente.
Busqué yo los tres libros: el de misa, el de poesías y la Guía de Forasteros, e hicimos la lista. Aviraneta traía una plantilla hecha en una hoja de papel, y se mandó esta plantilla a unas veinte personas de las que nos habían indicado Renovales, Olavarría y los demás.
Con la plantilla iba una carta que decía:
«¿Quiere usted entrar en nuestra Sociedad? Se le invita de parte de Renovales. Si acepta usted, mande usted su aceptación y debajo su número.»
Cada persona tendría un número. Como no convenía que todos contestaran a un mismo punto, pues podrían asombrarse en Correos de una correspondencia tan grande para uno solo, se indicó que unos enviaran sus contestaciones a un joyero, Cobianchi, paisano y recomendado de María Visconti, y otros al mayordomo del conde de Tilly.
Las primeras maniobras nuestras tuvieron gran éxito.
Había descontento entre los militares; el Gobierno tiraba contra todos los que tuvieran ideas liberales; los héroes de la Independencia estaban vejados.
Acababan de prender al general Villacampa, de enviarlo al castillo de Montjuich y de encerrarlo en un horrible calabozo.
El crimen que reprochaban a Villacampa era haber asistido a una comida que se dió en el café de Lorencini, de la Puerta del Sol, en compañía de algunos liberales; el haberse opuesto al final de la guerra a que la Regencia fuese sustituída por la infanta doña Carlota Joaquina, y el afirmar que derramaría su sangre por conservar la Constitución.
Entre las personas primeras a quien se solicitó, y que contestaron adhiriéndose, había héroes y traidores; estaban don Luis de Lacy, el fusilado en Bellver; don Enrique O'Donnell, conde de La Bisbal, el que fué a saludar a Fernando VII con dos cartas en el bolsillo, una muy liberal y otra muy realista, para leer una u otra, según el viento que soplara; el general de artillería don Manuel de Velasco, héroe del sitio de Zaragoza, que después de la segunda época constitucional, perseguido por los absolutistas, murió en 1824, en Cádiz, y fué enterrado por caridad como mendigo y con nombre supuesto; el general O'Donojú, que traicionó a España en Méjico en unión de Itúrbide; los oficiales Infante, Núñez de Arenas, Hezeta, Herrera, Dávila...
Estaban también Vicente Ramón Richart, que fué ahorcado y decapitado en Madrid; Salvador Manzanares, muerto en Ronda años después; los Bazán, que fueron fusilados uno en Alicante y otro en Orihuela; Bartolomé Amor, el que dió la carga en 1823 en la Puerta de Alcalá contra los realistas de Bessieres; Francisco Valdés, que ya en Irún había querido sublevarse cuando Fernando abolió la Constitución; Juan Antonio Yandiola, que fué martirizado en el potro; el cirujano don Baltasar Gutiérrez, que fué ahorcado y decapitado con Richart; Francisco Esbriz, el guerrillero fray José y el sargento Plaza, que fueron los tres ahorcados; el cabecilla Chaleco, que fué ahorcado en Granada después de la segunda época constitucional, y además otros desconocidos, como Blas León Veyan, Manuel Santurio, Cayetano Torres, el fraile Moliner, etc. A los que contestaron aceptando les mandamos el plan detallado e instrucciones para formar el Triángulo.
Desde Barcelona nos escribió Illuminati diciendo que había hablado con el general don Francisco Miláns del Bosch, con el comandante con grado de coronel del regimiento de Murcia, don Francisco Mancha, liberal exaltado, y con otros militares como López Baños, el mayor Espínola, el teniente coronel Frichi, el capitán Bacigalupi, y que todos estaban dispuestos a secundar el movimiento. De Murcia, Valencia y Granada las noticias eran buenas.
Ya contando con las cabezas, lo que necesitábamos era gente, y con este propósito nos dedicamos a escribir a los sargentos y oficiales de poca graduación, buscando el atraerles por el cebo del ascenso.
Alguno que otro no entendía la manera de escribir con la plantilla y hubo que explicársela.
Nosotros dos, que formábamos el Directorio, teníamos en la memoria los nombres de los principales conspiradores y de sus números; pero los otros no los sabíamos ni podíamos saberlos, porque precisamente en esta ignorancia de los mismos afiliados, que desconocían quiénes eran sus amigos, estaba la fuerza de la organización del Triángulo.
Se envió el proyecto general. Se proclamaría la Constitución de 1812. Se traería de nuevo a Carlos IV, que ya estaba avisado y pronto a admitir y jurar el Código de Cádiz. Se aboliría la inquisición y se entregaría al fuego sus edificios, se expulsaría a los frailes, se suprimirían las aduanas interiores y se daría un grado y tres pagas a los militares.
Se indicó a los afiliados que hiciesen las observaciones que consideraran útiles.
Por las respuestas vimos que había partidarios de la República, gente ilusa que podía echar a perder nuestros trabajos.
Pasaron unas semanas; la cadena formada por militares y empleados iba aumentando en eslabones. Las cartas con la plantilla abundaban.
Como el mayordomo del conde de Tilly y el joyero Cobianchi comenzaban a extrañarse de tanta correspondencia, decidimos recibirla por otro conducto.
Aviraneta se dió a pensar procedimientos, y se le ocurrió alquilar un cajón de zapatero remendón que había en un ángulo de la calle de Capellanes. En la covacha hizo una ranura y puso por dentro un buzón para recoger las cartas.
Aviraneta llevó un viejo al puesto, que estuvo allí una semana haciendo el paripé, como decía Eugenio, y luego lo despidió.
El cajón del zapatero servía para recoger nuestra correspondencia. Como no estábamos muy seguros de la fidelidad de todos los conjurados, íbamos María, Conchita, Aviraneta y yo a vigilar la calle de noche, y cuando no se veía a nadie recogíamos las cartas. Varias veces tuvimos que esperar hasta muy tarde, porque entre busconas y gente de mala vida que husmeaba por allí podía haber espías de la policía.
No sé si ustedes conocerán ese barrio que hay en Madrid entre la calle Mayor y la plaza de Oriente. Es un barrio pequeño, con callejuelas estrechas y cortas, que tiene dentro dos iglesias, la de Santiago y la de San Nicolás.
Se encuentran por allí la calle de la Almudena, la del Rebeque, la de Noblejas, la de Requena, la de los Autores, la de la Cruzada, y otras.
Yo no sé cómo estarán ahora, porque hace mucho tiempo que no he ido a Madrid; pero entonces eran callejones con casas pequeñas, pobres y de mal aspecto; el piso, con hoyos, sin empedrado y sin aceras, por donde se formaba un lodazal inmundo con las lluvias invernales.
Aviraneta, como madrileño nacido en el barrio, lo conocía muy bien.
En el tiempo que anduve por él no me di cuenta clara de la topografía de sus encrucijadas, de las vueltas y revueltas de este rincón de Madrid.
En una de estas revueltas, al final de la calle que se llama del Rebeque, que tiene una escalinata, hay otra calle con un solo edificio, la de Viento, y en ésta alquiló Aviraneta una guardilla.
Esta casa de la calle del Viento se hallaba en la parte más alta del barrio, y dominaba el Palacio Real, la plaza de la Armería y el Cubo de la Almudena.
Era una casa vieja, amarillenta, de tres pisos, que daba a la parte posterior del cuartel de Alabarderos. No tenía vecindad enfrente, sino un pretil de piedra. No había que temer allá miradas de curiosos ni de gente indiscreta.
Por dentro, la casa era espaciosa. Hasta el tercer piso tenía una escalera bastante ancha y fuerte; pero para llegar a la guardilla no había mas que una escala de cuerda y de madera, con un barandado también de cuerda.
La causa por la cual Aviraneta había alquilado esta guardilla era la siguiente: Hacia principios de marzo se nos dió el informe de que algunas tardes el rey bajaba del coche en la Puerta de Alcalá con sus favoritos el duque de Alagón, Lozano de Torres y Chamorro.
Allí, escoltado por varios guardias, daba un paseo a pie hasta las Ventas. Los conjurados de los triángulos primero y tercero pensaban ser éste el momento más favorable para prenderle y matarle.
Antes también habíamos discutido el proyecto de entrar en Palacio valiéndonos, si era necesario, de un afiliado nuestro que se llamaba Negrillo, administrador de las encomiendas del infante don Antonio; pero tuvimos que abandonar el proyecto por impracticable.
En esto el triángulo primero propuso en su comunicación el plan de acabar con Fernando en casa de una buena moza adonde solía ir por las noches, disfrazado, en compañía del duque de Alagón.
Esta buena moza, Pepa la Malagueña, era muy conocida en el barrio de Puerta de Moros, y vivía en una callejuela cuyo nombre no recuerdo, pero que estaba entre Puerta de Moros y Puerta Cerrada. La voz pública afirmaba que el rey visitaba a la Malagueña diariamente.
La muerte del tirano en casa de su querida hubiera sido un final digno de su vida miserable. Como es natural, no se sabía si la noticia era cierta, o no.
Contestamos a los triángulos pidiéndoles puntualizaran sus proyectos. Desechamos el de la Puerta de Alcalá por imposible y nos dedicamos al otro.
Se hicieron gestiones para averiguar quién era Pepa la Malagueña. Se supo que el padre había sido guarda del monte de Río frío, y que una hermana de la Pepa tenía amores con un alabardero. Se comprobó lo de las visitas de Fernando.
Considerado el proyecto como viable, Aviraneta se decidió a estudiarlo, y entonces alquiló la guardilla de la calle del Viento, desde donde se veía Palacio y la plaza de Armas.