Su plan era apostar treinta hombres durante varios días en una taberna de Puerta Cerrada.

A estos hombres se les avisaría cuando el rey estuviera en casa de la Malagueña por una ventana de la casa de huéspedes de Aviraneta, que daba a la calle de Cuchilleros.

Desde la guardilla de la calle del Viento podía espiarse de noche la salida del rey. Aviraneta había pensado un sistema de señas por luces. Desde la guardilla de la calle del Viento se veía una torre pequeña de la casa de la familia de Aviraneta, en la calle del Estudio de la Villa, y desde aquí, el tejado de la casa de huéspedes de la Plaza Mayor. De una guardilla a otra era fácil dar una seña con luces, y desde la ventana de la calle de Cuchilleros se avisaría a los conspiradores, que se reunirían en la taberna de Puerta Cerrada. Si se llegaba a matar al rey, se avisaría a todos los conspiradores para que saliesen armados a la calle.

En esto, el número dos del triángulo quinto nos comunicó que tenía la sospecha de que habían entrado traidores en la Sociedad, y que éstos él suponía eran un francés y dos sargentos.

Al saber lo del francés pensamos en seguida en Paulino Couzier; respecto a los sargentos no teníamos pista alguna.

Alarmados, decidimos redoblar la vigilancia; y avisar a los cabezas de los triángulos que esperasen unos días sin comunicar.

Abandonamos el cajón de zapatero y dijimos que el punto para la correspondencia se fijaría de nuevo. Había que esperar una ocasión, sin avanzar ni retroceder.

A mediados de marzo se presentó Aviraneta en mi casa con un tal Arquez, militar amigo de Renovales, que venía de Bilbao.

Arquez se hacía llamar Francisco Ruiz, y otras veces, Jorge Calleja. Era un hombre bajito, grueso, canoso, de cara abultada y picada de viruelas, y la voz, bronca y dura.

Cuando se le explicó lo que se había hecho quedó el hombre maravillado, porque el buen Arquez no se distinguía ni por su inteligencia, ni por su astucia.

Se le exhortó a que se callara y él prometió no decir nada aunque lo asparan. Iba a despedirse de nosotros cuando vió a María Visconti, y tal fué su entusiasmo, que dijo que inmediatamente que hiciera su comisión tenía que volver a Madrid.

Efectivamente, así lo hizo, y se convirtió en un mastín de la italiana.

Aviraneta le llamaba el Perrete.


III
GENTE DE LA CAMARILLA

María Visconti seguía con la idea fija de realizar su venganza. Tenía un gran sentido de la maquinación y de la intriga.

Se había hecho amiga de unas monjas y de una francesa llamada Luisa, que se enriqueció en poco tiempo siendo el ama de llaves del ministro de Gracia y Justicia don Pedro Macanaz.

Luisa y el ministro hicieron magníficos negocios vendiendo empleos.

Terciaba Luisa cuando vacaban los destinos más lucrativos, averiguaba quiénes eran los pretendientes y se entendía con ellos.

Ajustada la cantidad, que se depositaba en casa de un comerciante de la calle de la Montera, don Carlos Doyt, la plaza recaía, como era natural, en el designado por doña Luisa.

Durante el tiempo en que Macanaz fué ministro se hizo este sencillo tráfico, hasta que se descubrió el chanchullo y el hombre fué enviado desde el ministerio al castillo de La Coruña.

Si hubiera sido liberal lo hubieran ahorcado; pero Fernando VII tenía una manifiesta simpatía por los pillos; probablemente por pertenecer él a la cofradía.

La maquinaria inventada por Macanaz y su ama de llaves, doña Luisa Robinet, no desapareció, y fué a parar a unas monjitas que se entendían con uno de la camarilla llamado Corpas.

María fué a visitar a Corpas y nos contó lo que habían hablado.

—Le he dicho que mi marido está sin destino; hemos conversado largo rato, y me ha indicado que vuelva—nos dijo—. Uno de ustedes tendrá que acompañarme otro día.

—¿Cree usted que hay que ir?—le pregunté a Aviraneta.

—Sí—contestó él—. Estamos expuestos a que nos engañen y a que intenten jugar con nuestra baraja. Juguemos nosotros también con la suya.

—¿Pero podremos desenvolvernos?—pregunté yo.

—Sí; no tenemos que dar explicaciones a nadie. En estos casos hay que defenderse como el calamar, obscureciendo el agua de alrededor.

María y Aviraneta se trasladaron a otra casa de huéspedes. Aquí recibieron la visita de un tal Freire, que luego fué intendente de Hacienda de Don Carlos.

Freire, María y Aviraneta fueron a casa de Corpas, que vivía en la plaza de los Afligidos.

Según me dijo María, Aviraneta se presentó como víctima de los masones, barajando en su charla los nombres de una porción de curas y de frailes.

Al parecer, el haber estado en la guerrilla de Merino le servía muy bien.

Cuando le vi a Aviraneta le pedí noticias de su entrevista con Corpas.

Me dijo que se había reducido a hablar acerca del estado de España, pero que tenía la impresión de que Corpas pensaba utilizarle de algún modo.

—¿Qué clase de hombre es?—le pregunté.

—Es un hombre de cuidado—me contestó.

—¿Sí?

—Un tipo muy inteligente, muy sutil, de estos ambiciosos y atrabiliarios cuya única idea es subir, y que disfrazan sus ansias de poder con el manto de la religión. Es capaz de todo.

—¿De todo?

—Creo que sí.

—¿Qué aspecto tiene?

—Tiene un aspecto de hombre dueño de sí mismo. Muy pálido, muy frío. Conoce a la perfección varios idiomas y disimula su acento andaluz hablando casi como un extranjero.

—¿De dónde es él?

—Es granadino.

—Un andaluz de estos fríos... será terrible.

Aviraneta se enteró en seguida de todos los detalles de la vida de Corpas.

La manera de llegar este hombre a ser familiar de Fernando VII indicaba su gran audacia.

Al parecer, después de haber sufrido, recién llegado de Granada, una época de paria miserable y hambriento en Madrid, Corpas se elegantizó un poco y se metió en Palacio con otros muchos pretendientes que no podían pasar jamás a ver al rey.

Era durante la privanza de Ugarte, el favorito que había sido basurero y que compartía la confianza de Fernando VII con una persona tan distinguida como Chamorro, Pedro Collado, el ex aguador de la fuente del Berro.

Un día Corpas, cansado de esperar, se decidió; se puso el tricornio como lo llevaban los palaciegos y entró en la cámara regia. Saludó al favorito Ugarte con desembarazo.

Ugarte creyó que aquel hombre pasaba con la venia del rey; Corpas, al entrar Fernando, avanzó al mismo tiempo que el favorito y le besó la mano. El monarca pensó que el nuevo cortesano era algún amigo y protegido de Ugarte.

Cuando Ugarte supo que nadie había presentado al audaz palaciego, intentó prenderlo y llevarlo a pudrirse a un calabozo; pero Corpas se contaba ya entre los amigos de Fernando y entre los íntimos de Don Carlos.

En su conferencia con Aviraneta, Corpas parece que comprendió que tenía delante un hombre útil, y quiso aprovecharlo. Le dijo que volviera a su casa solo, y en la conversación que tuvieron los dos le habló de que sería conveniente saber si se conspiraba en Madrid, y le indujo a que, en unión de Freire, hiciera algunas averiguaciones.

A los ocho días, Aviraneta era el hombre de confianza de Corpas.

Corpas tenía a Aviraneta por un hombre útil y cándido, cuyos servicios iba a aprovechar y a pagar con esperanzas.

Aviraneta le daba informes confusos a Corpas, y éste le aconsejaba que entrara, que se metiera en los rincones donde se conspiraba, a enterarse de lo que ocurría.

Aviraneta le pidió a Corpas un papel, autorizándole para hacer investigaciones en los centros masónicos y revolucionarios, y Corpas se lo dió, escrito por una letra que no era la suya, y como hombre que no reparaba en medios, falsificó la firma del superintendente de policía.


IV
LA SOCIEDAD DE LA SANTA FE

—Vamos a fundar—le dijo Corpas a Aviraneta—una Sociedad de hombres honrados para defender la religión, que se ve atacada por todas partes. Usted y Freire acudirán a la reunión y se les pondrá una mesa con recado de escribir. Escribirán lo que oigan, pasarán por alto las reflexiones políticas y religiosas y recogerán todo cuanto se diga con relación al funcionamiento y al régimen de la Sociedad.

—Muy bien—dijo Aviraneta.

—Cuando termine la reunión, yo quisiera que tuvieran hechas dos actas, para que pudiesen firmarlas todos.

—Bueno. Yo creo que podré hacer ese resumen. No sé si Freire...

—La verdad es que Freire es muy torpe. ¿Usted no tendrá algún amigo?

—Sí, tengo un amigo en expectación de destino...

—¿Inteligente?

—Sí, muy inteligente.

—Pues tráigalo usted. Espérenme ustedes los dos, mañana, a la noche, delante de mi casa, a las nueve.

Me habló Aviraneta de lo que teníamos que hacer. No comprendía yo para qué nos metíamos así en la boca del lobo; pero ésta era una de las grandes voluptuosidades de Eugenio.

Al día siguiente, a las siete, se presentó Aviraneta en casa. Llevaba una levita larga, anteojos, un aire humilde y clerical. Iba un poco encorvado. Parecía un hombre de cuarenta a cincuenta años. Me quedé asombrado.

—Este es el aspecto que llevo siempre a casa de Corpas—dijo él—. Me cuesta trabajo tomar esta actitud. Como ve usted, hasta me pinto algunas canas en las sienes.

Realmente, era una caracterización perfecta. El no verle la mirada, le cambiaba en absoluto.

Cenamos los dos y salimos con el embozo hasta los ojos a la calle. Llegamos a la plaza de Afligidos, frente a la casa de Corpas, y nos paramos. Al poco rato se acercó un coche, bajó el cochero y nos dijo:

—¿Esperan ustedes de parte del señor Corpas?

—Sí, señor.

Pues suban ustedes.

Subimos; el cochero cerró la ventanilla y comenzamos a marchar. Como estaba obscuro, no nos fijamos en que no entraba luz por los cristales. Al dar una vuelta, Aviraneta murmuró:

—¿Por dónde iremos?

Se asomó, pero no se veía nada; bajó el cristal y vió que, cerrando la ventanilla, había una chapa de hierro.

—¿Qué pasa?—le pregunté yo.

—Que vamos presos—me dijo.

Yo me estremecí. Instintivamente buscamos el pestillo de la portezuela; pero no lo tenía por dentro.

—¿Qué hacemos?—murmuré yo.

—Tengamos calma.

El coche, por la dirección que llevaba, debía ir hacia Palacio; dimos luego una serie de vueltas, que nos desorientaron, y debimos salir a alguna ronda. El coche iba dando tumbos; en uno de éstos me apoyé, sin querer, sobre el pecho de Aviraneta y noté la línea rígida de un puñal.

Pasada la ronda, cruzamos por una calle o plazoleta empedrada; entramos en un zaguán, y se abrió la portezuela.

—Síganme ustedes—dijo un señor con aspecto de criado o mayordomo.

Subimos una escalera de servicio y pasamos a un gran salón antiguo; el techo con artesones; magníficos cuadros y muebles.

—Aquí van ustedes a tener frío—nos dijo el mayordomo.

—Sí, es muy probable.

El mayordomo trajo un brasero repujado en una tarima pequeña, llena de adornos, de cobre; lo puso debajo de la mesa y colocó en una carpeta papel y recado de escribir.

Aviraneta y yo nos mirábamos de reojo.

El primero que llegó a la reunión de todos los invitados fué Corpas, con un señor que debía ser el amo de la casa. Corpas advirtió a Aviraneta que, después de que hablasen los demás, él hablaría con el único objeto de alargar la sesión, para dar tiempo a que nosotros redactáramos las actas.

Yo le miraba a Eugenio; y si no hubiera sido porque en todos aquellos preparativos se sentía algo siniestro, me hubiese dado ganas de reír. Eugenio talló las plumas con gran cuidado, probó la tinta, estuvo admirablemente en su papel.

En esto se presentó un fraile hético, de cara de estupor, los ojos apagados, la nariz roja, el labio superior un arco de círculo que mostraba con una mueca desdeñosa los dientes amarillos; la tez, de color verdinegro, y el tipo, de hombre peligroso y fanático. Era un producto de seminario o de convento digno de un museo de curiosidades monstruosas. Luego llegó un señor sonriente, y después, juntos, un hombre moreno, de aire avinagrado, y otro grueso, de patillas rojas y largas y cara rubicunda.

Fué llegando más gente, entre ellos un jesuíta joven, con acento italiano, de ojos azules, de tez sonrosada y sonrisa falsa. Por lo que me dijo Aviraneta en voz baja, era el hombre de confianza del padre Cirilo de la Alameda, de este intrigante ambicioso, cortesano y bajo, que va apoyándose tan pronto en María Cristina como en Don Carlos, que ha llegado a arzobispo de Cuba y que llegará a Papa si le dejan.

Estaban también en la sala, según me dijo Eugenio, el decano de la Inquisición, don Luis Cubero; el fiscal Zorrilla y el inquisidor general, don Pablo Mir.

Antes de que comenzara la sesión entraron un fraile dominico, navarro, grande, abultado, con aire de elefante, acompañado de un frailuco joven e inquieto, de ojos vivos. El frailuco se llamaba el padre Madruga.

Comenzó la reunión diciendo Corpas cuál era el objeto de la Santa Fe, y todos los reunidos dieron su parecer.

La idea general era que había que atacar con mano firme la masonería y la irreligión y poner espías en su campo; algunos indicaron vagamente la opinión de que Fernando estaba vendido a los masones.

—Sí, no ha habido severidad bastante—dijo el dominico navarro; no se ha castigado como se debía a ningún hereje.

—Y el restablecimiento de la Inquisición ha sido una farsa—repuso don Pablo Mir, el inquisidor general—. No se procesa a nadie.

—Hay una lenidad verdaderamente abominable—dijo el fiscal Zorrilla.

—En el Consejo de la Suprema estamos mano sobre mano—añadió el inquisidor general.

El Consejo de la Suprema, que era un centro de consulta de la Inquisición, por lo que me dijo Aviraneta, estaba instalado en la calle de Torija, en una casa de ladrillo, grande, próxima al que luego ha sido palacio de María Cristina.

—Lo mismo que traer a la Compañía de Jesús—saltó el jesuitilla joven—. ¿Para qué llamarla, si no se la dan atribuciones? ¿Para qué hacerla venir, si se la aparta sistemáticamente de la dirección de la juventud?

Por una hábil maniobra de Corpas, dejando las ideas generales, se comenzó a hablar del funcionamiento de la Sociedad la Santa Fe, del dinero que se podía reunir, de las obligaciones de los socios, etc.

Aviraneta y yo comenzamos a tomar notas y estuvimos escribiendo unos veinte minutos. Al cabo de éstos nos miró Corpas, como indicando: «Hemos acabado», y mientras él, como había dicho, comenzó a hablar, nosotros nos pusimos a redactar el acta.

Corpas habló con mucho fuego y se manifestó muy entristecido de la política del rey, entregado a gente incapaz, como el nuncio Gravina, terco, negado y cruel; al canónigo Ostolaza, al duque del Infantado, que era un imbécil; al arcediano Escoiquiz..., hombres que no tenían ni la inteligencia ni el entusiasmo necesario para defender el altar y el trono en peligro.

Luego se ocupó de la camarilla de Fernando, formada por mozos viciosos, como el duque de Alagón y Ramírez de Arellano; traidores advenedizos, como Lozano de Torres, y gente de tan baja extracción, como Chamorro, como Ugarte y como el clérigo Melo.

Cuando concluyó Corpas, Aviraneta y yo teníamos copiada el acta.

Después habló de nuevo el dominico navarro, y mientrastanto, Corpas se puso los quevedos, repasó las actas, borró dos o tres palabras y luego firmó por duplicado. Los demás leyeron y firmaron uno tras otro. La Santa Fe había nacido.

Comenzaron a marcharse todos. Corpas nos dictó una lista de personas que podían figurar en la Sociedad. Aviraneta y yo tuvimos que aparecer en la lista de aquellos primeros feotas: Aviraneta con el nombre de Alzate; yo, con el de Arizaga.

Al cabo de algún tiempo, Corpas nos dijo:

—Ahora iremos los tres hasta mi casa.

Entramos en el mismo coche cerrado en donde habíamos ido y paramos en la plaza de Afligidos.

Ni Aviraneta ni yo pudimos darnos cuenta exacta de dónde habíamos estado aquella noche.


V
LOS TRIÁNGULOS 12 Y 13

Sustituímos nuestro buzón de la calle de Capellanes por un despacho de memorialista de la Corredera Baja, y comenzamos de nuevo las comunicaciones.

Algunos de los afiliados se manifestaban impacientes, como si la cosa fuera sencilla y sin complicaciones.

En verdad, teníamos la gente preparada. Los generales Lacy, O'Donnell, O'Donojú y los oficiales Richart, Manzanares, Bazán y otros muchos estaban dispuestos a echarse al campo cuando llegara el momento oportuno. Necesitaban, naturalmente, hombres y medios económicos.

En esto los triángulos 12 y 13 nos mandaron una comunicación sospechosa. En ella decían que tres sargentos estaban dispuestos a entrar en Palacio y a matar al rey a sablazos en su trono. Añadían que tenían que vernos para comunicarnos detalles.

Discutimos la cuestión Aviraneta, María, Conchita, Arquez y yo, y quedamos de acuerdo en que se trataba de un lazo de algún traidor o traidores que esperaban denunciarnos.

Se dió aviso a todos los triángulos, menos al 12 y al 13, de que quemaran papeles, si los guardaban, y esperaran nueva plantilla.

Aviraneta, que estaba muy preocupado, nos dijo a Arquez y a mí que había pensando una combinación para descubrir a los triángulos 12 y 13 y ver si estaban en relación con la policía. Nos explicó el proyecto, que me pareció bastante complicado.

Había preparado la celada de este modo. Iba a citar a los triángulos 12 y 13, y al mismo tiempo a la policía, en un punto, de noche y a la misma hora, a ver si se entendían y hablaban los conspiradores y los de la Ronda.

Si no se conocían, y la gente de los triángulos iba, por tanto, de buena fe, no les podía pasar nada; si se entendían, era que estaban en relación con la Ronda.

¿Pero cómo íbamos a saber nosotros si hablaban y se entendían?

Esto era lo que había maquinado Aviraneta. La casa de su madre, de la calle del Estudio de la Villa, comunicaba con el convento de las monjas del Sacramento por un balcón corrido. El balcón corrido caía sobre el huerto monjil, y éste tenía una puertecilla con una reja que daba a la plaza de la Cruz Verde.

Aquí citaría Aviraneta a los conspiradores sospechosos de traición y a la policía, mientras nosotros les observábamos por la reja.

Aviraneta fué por la mañana a ver a su hermana a la iglesia del Sacramento y le pidió la llave de la casa. Le dijo que andaba perseguido, que quería buscar unos papeles y que necesitaba que no se enterase nadie. Su hermana le entregó la llave y Aviraneta se decidió a dar el aviso a los sargentos sospechosos.

Les escribimos, disimulando la letra y con la plantilla.

El aviso decía así:

«A los T ∴ 12 y 13.

Esta noche los T ∴ 1 y 3.º os esperan, a la una, en la plaza de la Cruz Verde.»—Oteroba.

Después redactamos esta carta:

«Al superintendente de Policía.

Esta noche, a la una, se reúnen varios conspiradores en la plaza de la Cruz Verde. No hay que vigilar antes, pues se darán cuenta. Caed sobre ellos a la una en punto.—Un amigo del orden.»

Aviraneta me invitó a mí, pero Arquez quiso también acompañarnos. Nos citamos a las seis en el Pretil de los Consejos. Estaba lloviendo. Bajamos la escalerilla del Pretil y entramos en el portal de casa de Aviraneta. Este nos llevó de puntillas a su cuarto y nos tuvo allí hasta la noche. Tenía preparado algo de comer, y para la excursión, una linterna sorda y una cuerda.

Dieron las doce en el reloj de Santa María de la Almudena y en San Justo, y los tres, Arquez, Aviraneta y yo cruzamos la casa, abrimos una puerta vidriera y aparecimos en el balcón corrido que daba al huerto de las monjas.

La noche estaba obscura. Seguía lloviendo. Aviraneta iba a atar la cuerda al barandado del balcón.

—Llueve mucho—dijo.

—Sí. ¿Eso qué importa?—preguntó Arquez.

—Importa. Si la tierra está húmeda y bajamos directamente vamos a dejar huellas. Las monjas se alarmarán y darán parte a la policía. Se comprenderá que si han pasado hombres por la huerta, esos hombres han venido de aquí; registrarán mi casa, encontrarán huellas y quedaremos descubiertos.

—¿Qué hacemos entonces?—pregunté yo.

—A ver qué se les ocurre a ustedes—dijo Aviraneta.

A mí no se me ocurrió nada.

Después de un rato Eugenio indicó:

—Se pueden hacer dos cosas: una, que vaya yo por el tejado y baje por la cañería al huerto y observe yo solo lo que pasa; otra, que vaya por el tejado y lleve esta cuerda. Se ata antes al balcón y luego yo veré de sujetarla a aquel árbol del huerto. Ustedes tendrán que bajar colgados de la cuerda.

—Esto es fácil—dije yo.

—La vuelta para ustedes será más difícil—repuso Aviraneta.

—No, tampoco. Lo difícil es lo de usted. Se puede usted matar bajando por la cañería.

—No; he bajado algunas veces de chico.

—¿Y subir, cómo va usted a subir después? ¿Otra vez por la cañería? No puede ser.

—No; verá usted, vamos a hacer otra cosa; esta soga es larga. Yo bajaré al ángulo del huerto, rodearé una rama fuerte de ese árbol con la cuerda y echaré el otro extremo al balcón. Si ponemos cuerda doble, yo vendré también por la soga y la retiraremos desde aquí. ¿No le parece a usted?

—Sí; eso, sí.

Atamos un extremo de la cuerda al balcón, que era fuerte, y Aviraneta desapareció. Al poco rato asomó la cabeza por encima del alero y dijo:

—¡Bueno, venga la cuerda!

Se la echamos, y notamos que se la llevaba. Como la noche estaba tan obscura no se le veía. Oímos un ruido de algo que se rompe.

—Ese hombre se va a matar—pensé yo.

No siguió el ruido, y a los pocos minutos un extremo de la soga dió un latigazo en el balcón.

—¿Está usted ya?—preguntamos Arquez y yo.

—Sí.

—Habernos avisado. ¿Se ha hecho usted daño?

—Nada. Allá va eso.

La cuerda pasó de nuevo por encima de nuestras cabezas y la cogimos al aire.

Atamos este otro extremo en el balcón y Arquez y yo saltamos fuera del barandado y pasamos. Yo llevaba colgada al cuello la linterna, encendida y herméticamente cerrada. Llegamos fácilmente al árbol, bajamos por el tronco y avanzamos por el claustro, alumbrados por un hilo de luz de la linterna, hasta la puerta que daba a la plaza de la Cruz Verde. Quedamos allí, mirando por las rendijas, esperando.

A la una menos minutos apareció la gente de los dos triángulos sospechosos. Venían embozados y no pudimos conocer quiénes eran. Poco después se presentaron los de la Ronda y se echaron sobre ellos.

La sorpresa de unos y otros fué grande. Vimos claramente que se entendían y estaban de acuerdo.

No había que saber más y nos preparamos a volver al balcón. Los tres, uno tras otro, haciendo ejercicios gimnásticos, subimos al árbol y, avanzando por la cuerda, llegamos a la galería; retiramos la cuerda, cerramos el balcón y nos encerramos en el cuarto de Aviraneta. Tenía éste las manos llenas de sangre. Hice yo que se las lavara y le puse un poco de tafetán en las desolladuras. A la mañana siguiente, antes de que amaneciera, salimos Arquez, Aviraneta y yo de la casa. En seguida se mandó este aviso a los conocidos y a los no desconocidos:

«Los triángulos 12 y 13 son traidores.»


VI
LA COARTADA DEL FRAILE

Corpas seguía dando avisos constantemente a Aviraneta, llamándole a su casa para hablarle. Le había hecho entenderse para las intrigas políticas con Freire y con el fraile que había acompañado en la reunión al dominico navarro, fraile a quien llamaban el padre Madruga.

Aviraneta me dijo que había cedido su guardilla de la calle del Viento a la Sociedad de la Santa Fe. Así como ésta tenía su reunión aristocrática en el palacio donde habíamos estado una noche, y que no sabíamos cuál era, tendría su reunión plebeya en la guardilla de la calle del Viento, capitaneada por el padre Madruga.

—Usted tiene el amor del peligro—le dije a Aviraneta.

—¿Por qué?

—¿A qué llevar a esos hombres a un sitio donde hemos estado nosotros? Ha podido quedar algún rastro, un papel...

—No, no hay nada. Les he llevado allí porque conozco las salidas y entradas de la casa, y en una pared falsa tengo un armario con un arsenal, armas, cuerdas, etcétera... Además, en esta Sociedad naciente he metido dos o tres amigos de confianza, gente del pueblo.

—¿Quiénes son?

—No los conoce usted. Son compañeros de la infancia; a uno le dicen el Majo de Maravillas, y es de estos trabajadores en hierro que en Madrid llaman chisperos; al otro, Sabino el Gordo, y al otro, el Garroso. La que está dentro de la Sociedad y entusiasmada, al parecer, es María.

—¿Pero qué podemos sacar de esa Sociedad? ¿Para qué mezclarnos con ellos?

—¿Y si ellos se encargaran de despachar a Fernando para traer a Carlos?

—¡Oh! Es imposible.

—Todo es posible. Ahora, barón—añadió Aviraneta—, convendría que desapareciera usted una semana. Múdese usted de casa y llévese usted a Conchita y a María, si ella quiere, y por unos días no salga usted.

—¿Y cómo nos vamos a entender?

—Yo le avisaré a usted todos los días lo que hago. Si pudiera usted encontrar una casa de huéspedes hacia la Plaza Mayor sería conveniente.

—Bueno.

María y Conchita, por indicación mía, encontraron una casa de huéspedes, bastante regular, en la Plaza Mayor, cerca del arco que sale por una callejuela que creo que se llama de Gerona y comunica con la plazuela de Santa Cruz. Estaba la casa alquilada frente por frente de la de Aviraneta.

Yo fuí a la casa en un coche y fingí que estaba malo de unos dolores que no me permitían andar.

La patrona, que se interesó mucho por mi salud, me indicó una porción de emplastos que debía ponerme, y no tuve más remedio que hacerlo.

A pesar de que Arquez tenía la consigna de Aviraneta de estar oculto, se presentó en casa, llevado por su gran entusiasmo por María, y me hizo salir dos o tres veces con él a tomar café en la Fontana de Oro.

Una noche, al volver del café, un hombre del pueblo me dió un papel. Lo guardé en el bolsillo, esperé a que no me siguiera nadie y lo leí. Decía lo siguiente:

«Vaya usted a la calle del Viento esta noche, de nueve a doce. Lo necesito a usted. La contraseña es: Marzo, Fernando y Religión.—X.»

Me chocó aquella carta y consulté a María y a Conchita qué debíamos hacer. La letra no era de Eugenio, no tenía duda; pero tampoco tenía duda de que Aviraneta no había dado señales de vida aquella tarde. ¿Nos prepararían una encerrona?

Aunque así fuera, yo no podía dejar solo a Aviraneta, y me dispuse a marchar.

—Tomé mi capa e iba a salir cuando María me dijo que tenía que acompañarme.

—¿Para qué?—le pregunté yo.

—Estará el padre Madruga—dijo—. Tengo que ir.

—¿Tanto entusiasmo tiene usted por él?—le pregunté riendo, aunque no sentía ninguna gana de reír.

—Mucho.

—Bueno, vamos.

Ella se vistió de hombre, yo me embocé en la capa y fuimos juntos.

Hacía una noche de marzo fría y negra. El aire silbaba en las encrucijadas y hacía oscilar los faroles en sus cuerdas. Atravesamos la Plaza Mayor; luego, la calle de este nombre, y entramos en la del Viento.

Empujamos la puerta, entramos en el zaguán, subimos los noventa y tantos escalones que había hasta la guardilla. María miró por el ojo de la cerradura y no entró. Se quedó en la escalera. Yo llamé con los nudillos.

—¿Quién es?—dijeron de adentro.

—Yo.

—¿Qué santo y seña?

—Marzo, Fernando y Religión.

—Pase usted.

—Entré, y al ver a Aviraneta noté que estaba alarmado.

—Siéntese usted, amigo—me dijo el padre Madruga.

Me senté. Había catorce o quince personas en el cuartucho, alumbrado por un velón. Al lado del padre Madruga estaban Freire, un tal Magaz, hombre pequeñito y rubio, y un gigantón apodado Juan y Medio.

El padre Madruga estaba contento y se sentía hablador y dicharachero.

El padre Madruga era de lo más antipático y repulsivo que puede haber en la clase de frailes.

Era pequeño, negro, de movimientos rápidos y violentos. Tenía los ojos brillantes de un animal selvático, el afeitado de la barba muy azul, la boca saliente, con morro, y los dientes amarillos.

Hablaba con acento aragonés o riojano; salpicaba de latinajos la conversación y era amigo de emplear palabras soeces. Tenía una risa de fraile grosera, plebeya y cínica.

Por dentro era bajo, adulador, cobarde, enemigo furioso de toda novedad y de todo lo extranjero.

Aviraneta oía lo que decía el fraile con aparente tranquilidad. Yo comprendía que estaba alarmado y que su alarma había aumentado al verme a mí.

—¿No me habrá citado él?—pensé.

Aquella gente tramaba algo contra nosotros; ¿pero qué podía ser?

No debían querer impedirnos la salida, porque Aviraneta dijo: «Yo me voy»; y el padre Madruga y los demás se quedaron tranquilos.

—Antes voy a beber un poco de agua—repuso luego Eugenio.

Por lo que supe después, Aviraneta habló en este momento con uno de sus amigos, el Majo de Maravillas, y éste le explicó lo que ocurría.

—El padre Madruga—parece que le dijo—nos ha indicado que hay dos masones peligrosos en la Sociedad. Un francés de Bayona se lo ha contado. Este francés le conoce a uno; al otro, no.

—¿Cómo se llama el francés?—le preguntó Aviraneta.

—Paulino.

Aviraneta comprendió que era Paulino Couzier.

—Este francés—siguió diciendo el Majo, el chispero—va a venir aquí con la policía a las doce, y la Ronda estará hasta esa hora en la calle y registrará a todos los que salgan de aquí, menos a los que sepan el santo y seña.

—Pero el santo y seña lo sabemos todos: «Marzo, Fernando y Religión».

—No, no; lo han cambiado. Desde las diez de la noche es distinto.

—¿Y no lo sabes tú?

—No; por ahora, no.

—No querrán decírtelo. Sospecharán.

—Es posible.

—Espérame un momento—le dijo Aviraneta.

Y, acercándose a su armario secreto, sacó varias botellas y las puso sobre el fogón de la cocina.

—¿Qué es esto?—preguntó el Majo.

—Dentro de un cuarto de hora lleva estas botellas al cuarto donde estamos; di que las has encontrado, y tú no bebas el vino, y ponte cerca de mi amigo, y que no beba tampoco él.

Efectivamente, así se hizo. Minutos después, el Majo salió, y entró de pronto con las botellas en la mano.

—¿Quién ha traído esas botellas?—dijo.

Nadie sabía quién las había traído. Muchos pensaron que era un regalo del padre Madruga; quizá éste y Freire creyeron que las había enviado Corpas.

Aviraneta seguía haciéndose el indiferente. Se abrieron las botellas; dos eran de vino obscuro, y dos, de aguardiente. Se trajeron unos vasos.

—¿Es vino de Málaga? ¡Venga!—dije yo, pensando cobrar ánimos.

Iba a beber, cuando sentí que el Majo me pisaba el pie. Volví a levantar el vaso, y volvió la presión del pie. Entonces, disimuladamente, vertí el vino en el suelo.

Aviraneta y el Majo enjuagaron sus copas y bebieron aguardiente.

El fraile bebió un vaso de vino y luego murmuró:

—Está bueno, pero tiene un gusto raro. Parece vino de botica.

—¡Pues el aguardiente está bueno!—exclamó el Majo.

—¡Ya lo creo!—dijo Juan y Medio, el gigantón—, y el vino, también.

Yo no sabía qué pasaba. Tan pronto me parecía que estaba presenciando algo horrible; que Aviraneta envenenaba a todos los comensales, como que no ocurría nada.

La influencia del vino y el aguardiente hizo la conversación más animada.

A eso de las once, la mayoría de los reunidos acordaron marcharse.

—¡Bueno, vámonos!—me dijo Aviraneta.

Pensé en si Eugenio no se habría dado cuenta del peligro de la calle e intenté hablarle. No pude allí dentro. Salimos un grupo bastante grande del cuartucho y comenzamos a bajar la escalera.

Al llegar al portal, Aviraneta dijo:

—¡Caramba! Se me ha olvidado una cosa. Voy a hablarle al padre Madruga.

El grupo entero que había bajado con nosotros salió a la calle. Aviraneta cerró la puerta.

—Volvamos arriba—me dijo—. Si nos preguntan por qué volvemos, decimos claramente que hay policía en la calle. Ahora ellos son cuatro; nosotros, tres.

—Ustedes serán también cuatro—dijo de pronto la voz de María Visconti.

—¿Está aquí María?—exclamó Aviraneta.

—Sí—dijo ella.

—¡Yo pensé que se había usted marchado!—exclamé.

—No; ahí arriba hay un hombre cuya vida me pertenece.

—¿Quién es?—dijimos Aviraneta y yo.

—El padre Madruga.

—¿Qué le ha hecho a usted?

—Que él fué el que denunció a mi hermano, el que le llevó al calabozo y declaró contra él. La muerte de mi hermano pide venganza.

—Calle usted—dijo Aviraneta—. ¿Quiere usted entrar con nosotros?

—Sí.

Efectivamente, entramos los tres en la guardilla.

Estaban Freire, Magaz, el padre Madruga y Juan y Medio, en la ventana; el Majo el chispero seguía sentado a la mesa y bebiendo a sorbos aguardiente.

—¿Qué, vuelven ustedes?—preguntó el fraile.

—Sí, hay gente sospechosa en la calle—contestó Aviraneta, riendo.

El fraile se mordió los labios.

—Sí, allí se les ve—añadí yo, asomándome a la ventana.

—Pero ustedes saben el santo y seña; no les pasará nada—dijo el fraile.

—Sí, pero no me fío.

—No nos fiamos.

Aviraneta, rápidamente, cerró la ventana y las maderas.

—¿Para qué cierra usted?—dijo el fraile.

—Para que no vean la luz.

Aviraneta se sentó a la mesa e invitó a Juan y Medio a beber una copa de aguardiente.

—No, no; yo prefiero el vino.

Aviraneta bebió la copa de aguardiente y Juan y Medio un vaso de vino. De pronto, el hombre alto dijo que no estaba acostumbrado a trasnochar y que tenía sueño, se levantó y se marchó.

Quedamos siete en el cuarto: Freire, Magaz, el padre Madruga, María, el Majo, Aviraneta y yo.

Freire se iba poniendo pálido de miedo; Magaz estaba intranquilo, nervioso, pronto a saltar; el fraile, con las mejillas rojas, comenzaba a desvariar.

Miraba a María con asombro. La italiana tenía las pupilas dilatadas por la emoción, y en sus ojos había una inquietud y una negrura brillante que daba miedo.

Aviraneta bebía y se turbaba. Me chocó esto; Aviraneta tenía bastante prudencia y la cabeza bastante fuerte para no emborracharse, y, sin embargo, se dejaba ir, considerando quizá que un estado de semiembriaguez le serviría para fingir indiferencia y tranquilidad y no le estorbaría para obrar.

—Ustedes han comprendido lo que pasa—dijo el padre Madruga, creyendo que ya no podía disimular nada—. En esta Sociedad comenzaba a haber gente sospechosa, y nos hemos entendido con la policía para que vaya identificando a las personas que salgan de aquí. Esto a ustedes no les perjudica.

—¡Ah, claro!—dije yo.

—¿Y lo sabe Corpas?—preguntó Aviraneta.

—Sí. Yo no tengo desconfianza en ustedes—siguió diciendo el fraile—, porque no creo que ustedes sean masones, sino realistas y buenos cristianos.

—Eso por de contado—replicó Aviraneta, riendo—. Excelentes cristianos, aunque un poco borrachos; yo, al menos, por mi parte.

Hubo un largo momento de silencio.

—¿Qué hora es?—preguntó el fraile.

—Las once y cuarto—contesté yo.

—Este sueño... intempestivo... me choca... Si me dieran un poco de agua...

—Ahí está la botella—dijo Aviraneta, señalando una colocada sobre un vasar.

El fraile llenó un vaso de agua y comenzó a beberlo.

—¡Es extraño!—dijo—; le encuentro el mismo gusto que al vino.

—Estará vieja—saltó Aviraneta.

—Sí, esa agua está muy turbia—repuso Freire.

—Sí, está turbia—añadió Magaz—. No beba usted, padre; ¡quién sabe lo que puede haber ahí!

—Vámonos, vámonos; esto es lo mejor.

—Sí, vámonos—dijeron los tres, levantándose.

—Este velón parece que se nos apaga—murmuró Aviraneta, levantándolo en el aire.

—No, no alumbra bien—replicó Magaz.

—Usted cree...—y Aviraneta lo levantó hasta la altura de los ojos y lo dejó caer al suelo.


VII
LA VENGANZA

Quedó todo a obscuras; en aquel momento yo no supe lo que pasó; luego me dijo Aviraneta que él y el Majo habían sujetado con dos cuerdas a Magaz y a Freire, atándolos en un momento, con la ayuda de María.

Después de un ruido ahogado de voces y patadas, en que se oyó cerrar una puerta, Aviraneta, con voz tranquila, dijo:

—A ver si pueden ustedes encender una vela.

—¿Pero qué ha pasado?—murmuró el fraile, temblando.

—Nada; no ha pasado nada. Que yo he bebido demasiado de este aguardiente y no me sostienen bien las piernas y he caído sobre la mesa.

—¿Y Magaz y Freire?

—Se han escapado, tropezando con todo el mundo. Yo no sé lo que han creído.

—Yo también me voy.

—Espere usted que encendamos una luz; no vamos a poder bajar las escalaras si no.

—No; me voy ahora mismo, sin luz.

—Usted quédese en el portal—me dijo Aviraneta.

Aviraneta trajo una linterna, y con una pajuela la encendimos. El Majo el chispero fué acompañando al fraile por las escaleras. María llevaba la linterna. La soñolencia y la torpeza del padre iban en aumento; tropezaba en los escalones; se tenía que agarrar al barandado suspirando. Al llegar cerca del portal Aviraneta indicó al chispero que llevara al fraile hacia el patio. El Majo y el fraile avanzaron, y acercándose a los dos, embozado, gritó Aviraneta:

—¡Alto! El santo y seña.

—Carlos, Adhesión y Fe—murmuró el fraile.

Al mismo tiempo, con el esfuerzo de recordar, el fraile se serenó un momento; oyó voces fuera hacia la calle, comprendió dónde estaba, y se abalanzó al portal.

Lo detuve yo y forcejeamos. Estábamos luchando, cuando a la luz de la linterna apareció Aviraneta, de pronto, con un antifaz negro en la cara y un puñal en la mano derecha.

—Si das un grito, eres muerto—dijo con voz sorda.

Detrás de él apareció el chispero, también enmascarado.

El fraile lanzó un chillido agudo, tropezó, y temblando, se apoyó en la pared.

—Quitadle él hábito—dijo Aviraneta.

Se lo quitamos.

—Ahora, atadlo.

Entre el Majo y yo le atamos y lo dejamos tendido. Aviraneta tenía una mordaza en la mano y se la puso al fraile.

—Vámonos—dijo Aviraneta.

—Ahora, mi venganza—exclamó María; y arrodillándose junto al fraile exclamó varias veces:

—Soy Visconti. Me conoces, ¿verdad? Me conoces. Ahora vas a morir.

Nosotros, los tres hombres, contemplábamos espantados aquella escena. De pronto María sacó del pecho un estilete delgado, como una aguja de hacer media, que brilló a la luz del farol como un relámpago, y lo clavó en el pecho del fraile. Luego, con sus dos manos pequeñas, hundió el arma en el cuerpo hasta que no se vió mas que la empuñadura. Se oyó un estertor confuso, y luego, poco después, ruido en la calle.

—Vamos, vamos—dije yo—. Nos van a perseguir.

María no quería moverse. El chispero la cogió en brazos, la levantó en el aire y salió con ella detrás de nosotros.

Cruzamos un pasillo, atravesamos un patio y salimos a un portal frente a la plaza del Biombo.

Aviraneta se puso el hábito del fraile y dió a María su capa.

—Nos reuniremos en el portal de mi casa, en la Plaza Mayor—dijo Aviraneta a María y a mí. Ahora cada cual por su lado. Ya saben ustedes el santo y seña: Carlos, Adhesión y Fe.


VIII
LAS PERIPECIAS DE LA FUGA

Marché yo por la calle del Biombo, no muy de prisa, para no dar la impresión de que huía. Iba horrorizado. Al pasar por delante de San Nicolás un embozado me detuvo.

—Alto, ¿quién va?

—Carlos, Adhesión y Fe—contesté yo.

—Adelante. ¿Qué hay, amigo?

—Nada de particular.

—¿Mucha gente por allá?

—Sí, alguna.

—¿Tiene usted un cigarrillo?

—Tome usted.

—Muchas gracias.

Luego me quedé asombrado de poder haber seguido aquel diálogo vulgar en el estado en que yo me encontraba. Tal es la fuerza del instinto de conservación.

Por la calle de Santiago, y luego por la de Milaneses, entré en la Plaza Mayor hasta la escalera que baja a Cuchilleros. Al llegar allí, la puerta estaba entornada. Aviraneta esperaba en el portal vestido de fraile. Me dijo que el sereno le había acompañado, y que él, sintiéndose paternidad, le había contado una porción de mentiras.

Esperamos media hora; no apareció María.

—¿Qué habrá hecho esta mujer?—pensamos—. Sabe el camino. Tenía tiempo de sobra para venir; indudablemente, le habrá pasado algo.

—¿Qué hacemos ahora?—pregunté yo.

—Vamos a casa de usted por el tejado—dijo Eugenio.

Subimos de puntillas las escaleras hasta la casa de huéspedes de Aviraneta; abrió él la puerta, cruzamos un largo corredor y entramos en su cuarto. Abrimos el balcón que daba al tejado, saltamos por encima de la barandilla y comenzamos a marchar por encima de las tejas. Aviraneta, como había bebido mucho y no sentía la necesidad de estar sereno, comenzaba a hacer locuras, reía sin motivo y se le ocurrían una porción de simplezas.

—Verdaderamente—decía—, debe usted estar agradecido de mi invitación a ser conspirador hecha en París, en un baile... Esta es una vida de gato, señor barón...; y todo irá bien si no le dan a uno el golpe del conejo y lo meten en la cazuela.

El viaje fué penosísimo. Aviraneta con el hábito no podía andar. Tropezaba, se caía, se echaba a reír.

De pronto Aviraneta se detuvo, se remangó el hábito y se quedó inmóvil.

—¿Qué le pasa a usted?—le dije.

—No puedo más—contestó él.

—¿Es el alcohol que hace efecto diurético?

—Sí. Pero con este balandrán no me las puedo arreglar. ¡Aquí le quisiera yo tener a Fernando VII!

—¿Para qué?

—Para inundarlo. ¿Sabe usted lo que yo haría ahora?

—¿Qué?

—Proclamar la República desde este tejado.

—La cabeza de usted no funciona bien, Aviraneta. Vamos.

—Espere usted un instante. Voy a quitarme el hábito y a tirarlo a la Plaza Mayor. Que se lo ponga si quiere ese rey de bronce que está ahí a caballo... Yo no quiero hábitos viles.

—No tire usted el hábito—le dije yo—. No haga usted barbaridades. Algún sereno, el que ha hablado con usted, puede verlo.

—Es que con este hábito me parece que me voy sintiendo fraile. ¡Muera el obscurantismo! ¡Salud y República, señor barón! No, barón, no..., no hay barones. Ciudadano, nada más... Todos somos ciudadanos...

—Sí, hombre, sí. Tiene usted razón. Vamos adelante.

Avanzamos unos doscientos pasos más y vimos la ventana de una guardilla que resplandecía.

—¿Qué habrá ahí?—exclamó Aviraneta, interrumpiendo su monólogo.

—Deje usted. ¿Qué importa lo que haya?

Aviraneta se acercó a la guardilla y me llamó con la mano.

Dentro de un cuartucho se veía un cadáver en una caja de madera, en el suelo, rodeado de cuatro velas.

—Voy a entrar a ponerle el hábito del padre Madruga...; ¡ja... ja!..., ¡qué idea!

—No sea usted bárbaro.

—¿Por qué no? Creerán que es un milagro.

—No fastidie usted, Aviraneta. Está usted borracho. Obedézcame usted. Nos va la vida.

Aviraneta se ofendió de que le llamara borracho, y dijo que aunque él era un ciudadano y no un aristócrata, no se emborrachaba.

Seguimos avanzando y llegamos a la guardilla de la casa donde yo vivía. Entramos en ella de cabeza, bajamos las escaleras, abrimos la puerta y pasamos al cuarto. Conchita me esperaba impaciente. Conté yo lo ocurrido y hablamos.

Era indudable que íbamos a ser perseguidos.

Freire y Magaz, en seguida que se viesen libres, darían nuestras señas a la policía y se nos buscaría con ahinco.

Como Aviraneta no se enteraba de lo que se hablaba, le preparé una cama en el suelo, y no hizo mas que tenderse y quedar dormido.


IX
LA OBSCURIDAD ALREDEDOR

La noche para mí fué horrible; no pude dormir un instante; aquella escena final en el portal de la calle del Viento la tenía constantemente ante los ojos. A veces dudaba de que fuese una realidad.

Por la mañana iba a conciliar el sueño cuando me despertó un campanillazo.

—¡Ya está aquí la Justicia!—pensé.

Era María Visconti, que había pasado la noche en el taller de el Majo de Maravillas, atendida por la mujer y por una hermana del chispero.

Aviraneta se despertó y discutimos lo que había que hacer.

Eugenio no recordaba detalles de lo ocurrido la noche anterior.

No hicimos la menor alusión a la muerte del fraile.

Nos parecía que bastaba que reconociéramos nosotros el hecho para que lo conociera todo el mundo.

Por lo que dijo María, a ella no la había seguido nadie. Al entrar en casa no se encontró tampoco persona alguna.

—En cambio, yo parece que hablé con el sereno ayer noche—dijo Aviraneta.

—Eso me contó usted—repuse yo.

—¿Dije, no que le vi, sino que le hablé?

—Sí, que le habló usted.

—Entonces pueden encontrar nuestra pista.

—No me parece tan fácil.

—Sí, no es difícil; cuando vean al otro sin el hábito de fraile comprenderán que nosotros se lo llevamos e interrogarán a los serenos del barrio.

—¿Y qué hacemos?—dije yo.

—Si no fuera por Arquez, que va a venir y nos va a fastidiar, porque ya le han visto varias veces con nosotros, lo más prudente sería quedarnos aquí ocho o diez días. Pero viniendo el Perrete, como vendrá, lo mejor es marcharnos.

—¿Adónde?

—Eso es lo que estoy pensando. Porque la cuestión es que desaparezcamos los cuatro.

Eugenio comenzó a pasearse arriba y abajo por el cuarto; luego se puso a escribir con mucho trabajo, simulando la letra.

—¿Qué hace usted?—le dije.

—Voy a ver si les estorbo un tanto a Corpas y a Freire. Les voy a denunciar a la policía.

—Se va usted a comprometer.

—No; si me comprometiera no lo haría. Esto, por el contrario, nos puede servir.

—Pero, ¿qué crédito cree usted que van a dar a una denuncia anónima?

—Pueden darle alguno. Porque yo, que he tenido siempre el temor de que Corpas nos denunciara, he dejado disimuladamente en su casa, metido entre las hojas de un libro de su biblioteca, los estatutos de la Santa Fe y una lista de conspiradores amigos de Don Carlos. Una maniobra parecida he hecho en casa de Freire, dejando debajo de la estera una serie de facturas de compra de armas. Ahora le digo a la policía que busquen en la biblioteca del uno y debajo de la estera del cuarto del otro. Antes de que Corpas y Freire vayan a denunciarnos se encontrarán ellos denunciados.

—Está bien—dije a Aviraneta.

—Hay que ennegrecer el agua de alrededor—repuso él—. Empezamos a jugarnos la cabeza seriamente.

—¡Y tan seriamente!

—Pero no hay que desesperar.

—Claro que no.

De cuando en cuando íbamos a mirar al balcón de la casa de Aviraneta, que estaba frente por frente de la mía, para ver si abrían las persianas. Esto indicaría que entraban en el cuarto, y de entrar, siempre era posible que fuese la policía.

—¿Usted sabe si cerramos ayer las persianas bien? —me preguntó Aviraneta.

—No; no lo sé.

Otro problema lo tuvimos con el hábito. ¿Qué íbamos a hacer con el balandrán del padre Madruga? Tirarlo era peligroso. Quemarlo, no teníamos dónde.

Por indicación de Conchita decidimos que se hiciera con él un refajo, uno de esos refajos de aldeana pesados que hacen abultar el cuerpo.

María y Conchita se pusieron a coserlo a grandes puntadas, mientras Aviraneta y yo seguíamos discutiendo.

Por la tarde llegó Arquez y le contamos lo ocurrido. El hombre se quedó pasmado con los sucesos que le contamos; le dijimos que teníamos necesidad de encontrar otro rincón donde meternos.

—Mandadme—dijo él—. ¿Qué tenéis pensado?

Nosotros no teníamos nada pensado; no habíamos encontrado aún una solución aceptable. En esto Aviraneta vino con el anteojo en la mano.

—¡Diablo!—exclamó.

—¿Qué pasa?

—Que han abierto las ventanas de mi cuarto.

Cierto que podía ser el viento, o la patrona, que entrara a cualquier menester; pero temíamos que fuera la policía.

—Decidan ustedes algo—dijo Arquez.

—Aviraneta comenzó a pasear por la habitación con la cabeza baja.

—¿Tú conoces los alrededores de Madrid?—preguntó de pronto a Arquez.

—No. Pero puedo preguntar...

—No... no... no. Eso no nos conviene. Yo quisiera que fueras a buscar a un conocido mío, a Santiaguito el Chaval, que vive en la calle del Tribulete, número once, y lo traigas aquí. No preguntes a nadie por la calle: compra un planito de Madrid, que se vende en la librería de la calle de Carretas; mira dónde está la del Tribulete, busca a Santiaguito el Chaval, que es zapatero, ven con él, y de paso echa esta carta al Correo.

Se marchó Arquez, y nosotros dos seguimos en observación de la casa de Aviraneta y de la Plaza Mayor.

La ausencia de Arquez nos pareció larguísima.


X
EL ASILO DE MAESE JUAN «EL FILÓSOFO»

Al anochecer aparecieron Arquez y Santiaguito, el Chaval. Santiaguito, que era un hombrecillo bajito, rubio, algo cojo y jorobado, y que hablaba de tú a Aviraneta, dijo a éste que en su casa no podía esconder a nadie. A los requerimientos de Eugenio concluyó diciendo que, si no teníamos escrúpulos en meternos en cualquier rincón, nos llevaría a todos a un sitio donde estaríamos seguros.

—Nada; ahora mismo.

Decidimos dejar la casa de dos en dos y reunimos en la Puerta de Atocha. Marcharon primero María y Conchita. A Conchita se le puso el refajo hecho con el hábito del fraile y un mantón; parecía una criada alcarreña. Luego salieron Santiaguito y Aviraneta, y, por último, Arquez y yo, embozados en nuestras capas.

Al pasar por la plaza de Santa Cruz nos encontramos con una patrulla de gente armada, a las órdenes del corregidor, que iba, sin duda, a recorrer los barrios bajos.

Pasamos el susto correspondiente y seguimos nuestro camino por la calle de Atocha. Ya estaba completamente obscuro. Hacía una noche fría, venteaba con furia y los farolillos de aceite de las calles oscilaban con las ráfagas del aire. Salía a ratos la luna entre nubarrones negros.

Al llegar a la plaza de Antón Martín tuvimos otro susto; nos encontramos con un grupo de sayones que se nos acercaron cantando canciones tristísimas. No podía yo comprender qué era aquéllo, y luego Santiaguito me explicó que era la Ronda de los Hermanos del Pecado Mortal, que iba entonando saetas.

Al llegar a la Puerta de Atocha salimos todos, menos Arquez, y comenzamos a marchar a campo traviesa. Llegamos a las orillas de un arroyo que se llama el Arroyo Abroñigal; allí Santiaguito se paró delante de una casa solitaria, en cuya pared se leía este letrero a la luz de la luna:

Orno de hasados.

—Esperen un momento—nos advirtió.

Esperamos media hora. Al cabo de este tiempo Santiaguito volvió y dijo:

—Entren ustedes. Ahí no les buscará nadie.

Pasamos a un local grande y destartalado. Era la cocina de un horno derruído, donde había un viejo calentándose delante de una hoguera. Saludamos al viejo y nos sentamos. Aviraneta se entendió con él para que nos pusiera de cenar.

Era el viejo un aldeano de ojos azules y pequeños, cara de zorro, mal afeitada, el aire de malicia y socarronería. Se llamaba el señor Juan. Nos dijo que estaba allá al fuego porque tenía gran resfrío.

Hablaba un castellano tan claro y tan sonoro, que a mí me maravillaba; me parecía estar oyendo a un español del siglo XVII.

Después de cenar nos preparó unas camas de paja, y allí nos acomodamos. El viejo se tendió sobre un saco, se echó dos capas encima y se quedó dormido. Yo no pude conciliar el sueño en toda la noche. El recuerdo de los acontecimientos me tenía nervioso, excitado; sólo al amanecer pude descansar un poco.

Al día siguiente, al despertarme, entraba un hermoso sol por la ventana. El cuarto donde estábamos era grande, encalado, con unas cuantas sillas de paja, una mesa de aspas, un arcón y una imagen de la Virgen en la pared.

El señor Juan salió a la puerta con su hacha y rajó unas cuantas maderas viejas; luego hizo fuego y puso dos pucheros a la lumbre.

Comimos muy bien. Me chocó que no apareciese nadie por los alrededores de aquella casa, realmente desolados y tristes.

El señor Juan nos contó historias de su vida de cazador, con su lenguaje castizo y puro.

Se le podía oír como a un libro. Era tal la fuerza de su egoísmo, que, al escucharle, daba la impresión de que habitaba un mundo sin gente. Le gustaba explicarlo todo con una gran profusión de detalles. Nos habló de la vida que hacía en el campo, de lo que comía por la mañana; después, cómo guardaba el tocino en la cuerna (como la llamaba él) y la tapaba con la corcha. Luego contó lo que le habían costado las dos capas que tenía, de las que estaba muy orgulloso.

Por la noche, el señor Juan rezó el rosario con un gran fervor, y los demás le acompañamos.

Realmente, como la preocupación de no ser presos era en todos nosotros tan grande, no se me ocurrió pensar qué oficio tendría aquel hombre.

Un día que el señor Juan abrió su arca, vi dentro una porción de cuerdas muy nuevas, garfios y otros aparatos.

—¿Para qué tiene usted tantas cuerdas?—le pregunté.

—Son para mi oficio—contestó él sonriendo.

No quise ser indiscreto. A Aviraneta, que supuse lo sabría, le dije:

—¿Pero quién es este hombre en cuya casa vivimos? ¿Qué es?

—¿Este? Es nada menos que maese Juan, el verdugo de Madrid—me contestó Aviraneta.

—¡El verdugo!

—Sí.

La noticia me hizo impresión.

—No se lo diga usted a ellas—advirtió Eugenio.

—No, no.

—¿Y se le puede hablar de su oficio?

—Sí; le contará a usted sus ejecuciones como cuenta sus batidas de caza. Igual.

Efectivamente: maese Juan, al preguntarle si era verdugo, me contestó, sonriendo, que sí, y me habló de los hombres que había echado al otro mundo como un médico de sus enfermos o un párroco de sus feligreses. La cosa, sin duda, le parecía natural y sin gran importancia.

Me contó también que había sido pastor en el pueblo y que había venido a Madrid de guarda. Al quedar vacante la plaza de verdugo, él la había solicitado, porque se ganaba más; pero a su mujer y a su hijo les había parecido tan horrible su decisión, que no querían vivir con él.

Maese Juan no comprendía esto, y se encogió de hombros, como quien no se explica una preocupación absurda.

—¿Usía no estaba enterado de que yo era el verdugo?—me preguntó luego sonriendo.

—No.

—Don Eugenio sí lo sabía.

—Sí; don Eugenio, sí.