V.
EL EMPECINADO

Aviraneta quedó en San Fernando, y viendo que con aquellos militares de carrera no podía simpatizar ni colaborar, abandonó la isla gaditana y se marchó a Sevilla.

De Sevilla tomó la diligencia para Madrid. Visitó a madama Luisa, que le dió noticias de la gente palaciega, que estaba muy asustada con las noticias de la Revolución, y fué a ver a los amigos masones, a quienes encontró muy reservados y timoratos.

En vista de que Madrid tampoco respondía, don Eugenio se dirigió a Aranda y fué a buscar al Empecinado en su finca de Castrillo de Duero. El Empecinado le dijo que había pensado en dar un golpe para proclamar la Constitución en Valladolid y que llegaba oportunamente.

La buena acogida de don Juan Martín hizo olvidar a Aviraneta sus fracasos de Andalucía.

Al saber que ya había algo preparado y organizado, Aviraneta quiso contribuír a la empresa, y equipó y montó por su cuenta diez hombres, que se unieron a los del Empecinado.

Éste contaba con bastante gente, entre ellos un joven de Peñafiel a quien llamaban el Licenciado Mambrilla.

Entre el Empecinado y Mambrilla habían ideado sorprender Valladolid con cien infantes y cincuenta caballos.

Tenían en la ciudad algunos partidarios, entre éstos, un padre filipino, el padre Giménez, y su sobrino Santos.

El plan consistía en meter en el convento del padre Giménez cien hombres armados, y después, por la noche, presentarse a las puertas de Valladolid con cincuenta jinetes. Los cien hombres saldrían del convento, abrirían las puertas de la ciudad y se proclamaría la Constitución.

Preparada la sorpresa, probablemente hubo algún soplo a la policía, porque los primeros hombres que se acercaron al convento armados y embozados en sus capas fueron detenidos y presos. Al mismo tiempo la guardia de las puertas fué reforzada.

En vista del fracaso de la expedición a Valladolid, el Empecinado, Aviraneta y Mambrilla decidieron comenzar de nuevo la empresa apoderándose de una ciudad pequeña como Aranda. Tenían gente comprometida en los pueblos de la orilla del Duero, habían hecho imprimir una proclama en Nava de Roa, y no les faltaba mas que fijar día. Era a principios de marzo. La expedición de Riego en Andalucía se daba por muerta.

En esto se supo que las tropas sublevadas por el coronel don Félix Acevedo en La Coruña habían ocupado toda Galicia; luego se habló de la entrada de Mina con sus amigos de Bayona, Manzanares y Mendiondo por el Pirineo, y del pronunciamiento de O'Donnell en Ocaña. En vista de ello, el Empecinado precipitó la entrada en Aranda y proclamó la Constitución. Las alocuciones impresas se extendieron por la provincia.

La revolución triunfaba, las tropas se unían a los constitucionales, y Fernando VII, de buen o mal grado, tenía que aceptar el nuevo régimen.

Pocos días después el Empecinado comisionó a Aviraneta para que se avistase con los individuos de la Junta revolucionaria de Madrid y ofreciese la cooperación del general.

¿Qué iban a hacer? El Empecinado volvería al ejército. Había sido nombrado segundo cabo de la Capitanía General de Castilla la Vieja, que residía en Zamora; Aviraneta, según don Juan Martín, tenía que prepararse para ser diputado. Se establecería en Aranda, lo nombrarían regidor primero, organizaría la Milicia Nacional y, cuando dominara el país, se le enviaría a las Cortes.

Aviraneta escribió a su madre, que estaba en Irún, si le gustaría quedarse a vivir una temporada en Aranda. Su madre le contestó que sí, que viviría en Aranda o en otro lado cualquiera, y Aviraneta alquiló para los dos una casa pequeña en la plaza del Trigo.


LIBRO SEGUNDO
EL TIRANO DE ARANDA

I.
LOS MILICIANOS

El mismo día en que se dió el bando en la Plaza de Aranda acerca de la partida levantada por el canónigo de la Colegiata de San Quirce don Francisco Barrio, poco después de comer empezaron a reunirse en una explanada del pueblo que se llama plaza del Palacio o del Obispo grupos de milicianos, de uniforme. Había maniobras.

A las tres comenzó la formación y se pasó lista. Anteriormente habían tenido los milicianos una época de continuo y diario ejercicio, y el grueso de las fuerzas voluntarias se hallaba bien adiestrado.

En toda España, al mismo tiempo, los liberales se dedicaban a empuñar las armas. El Gobierno quería contar con una fuerza capaz de sofocar cualquier tentativa absolutista.

Comenzó el ejercicio en la plaza del Obispo. La mayoría de los milicianos había pasado las primeras dificultades y estaba en la esgrima de la bayoneta y del fusil, y sólo algunos torpes, en pequeños pelotones, habían quedado empantanados en las evoluciones de la marcha y en dar media vuelta a la derecha y a la izquierda.

El Tío Guillotina solía ir con los chicos delante de los pelotones que evolucionaban por la plaza, agitándose y moviendo los brazos.

La Milicia voluntaria y reglamentaria de Aranda estaba formada por dos compañías de infantería y una de caballería. Las primeras eran incompletas, pues ninguna de las dos contaba con los ciento veinte soldados que ordenaba la ley del 24 de abril de 1820.

La compañía de caballería la formaban sesenta y dos hombres.

Cada compañía de infantes tenía capitán, teniente, subteniente, sargento primero, cinco segundos, seis cabos primeros, dos tambores y un pito. La fuerza de a caballo se dividía en tres tercios de a veinte hombres.

Cada tercio tenía un subteniente, un sargento, un cabo primero y uno segundo, y se dividía en dos escuadras de a cada diez hombres cada una.

La Milicia de caballería la formaban los que por su oficio o por su posición poseían un caballo.

Todas las fuerzas reunidas de infantería y caballería de Aranda las mandaba un comandante, un médico que había acompañado en otro tiempo al Empecinado.

Algunos oficiales querían implantar en la Milicia una disciplina severa, lo cual no era fácil por muchas razones: la mayoría de los soldados y oficiales, acostumbrados a sus despachos y mostradores, no querían aceptar la rigidez formalista de los militares; además, aunque había en las filas gente decidida, abundaban también los tímidos y los perezosos. La mayoría de los soldados de la Milicia voluntaria en los pueblos no eran personas distinguidas. En Aranda no se habían alistado los Verdugo, ni los Mansilla, ni los Miranda, ni algunos otros.

En muchas aldeas y ciudades, los liberales con ínfulas aristocráticas, antiguos afrancesados más o menos vergonzantes, se lamentaban de que las personas de respetabilidad y prestigio no se lanzaran francamente por la senda constitucional, como había dicho Fernando VII.

La pretensión era absurda. En las esferas donde germinan las ideas nuevas no hay que esperar encontrarse con hombres de gravedad y de peso; en los nuevos caminos es más fácil toparse, entre locos, perdidos y granujas, con algún santo o con algún héroe.

Aviraneta contaba con ello y exigía poco en general; pero lo que exigía lo hacía con firmeza. A pesar de esto se le consideraba intransigente. Todo el mundo suponía que la organización de la Milicia de Aranda dependía de aquel hombre, cuya vida anterior se ignoraba y del cual no se sabía mas que acababa de venir al pueblo y había sido impuesto como jefe por el Empecinado.

Aviraneta unía al cargo de regidor primero el de subteniente de uno de los tercios de que se componía la tropa de caballería. Además era el presidente de la logia masónica.

La gente sabía que Aviraneta era el verdadero jefe, el organizador de las fuerzas de la Libertad, como se decía entonces con el énfasis de la época. Aviraneta se ocupaba sin descanso en los asuntos de la Milicia Nacional, resolvía las dificultades y escribía las proclamas con recuerdos de Roma y de los comuneros de Castilla.

Sabía don Eugenio, por su aprendizaje con Merino, el resultado que daba la disciplina y hacía lo posible por inculcarla. Se cobraba a los exentos de la Milicia voluntaria y se ponían multas pequeñas a los milicianos que faltaban a las guardias, y estas multas no se perdonaban.

Aviraneta, al comenzar la organización de la Milicia, formó su tercio con guerrilleros del Empecinado; tenía una docena de caballos y los prestó a los amigos. Al poco tiempo el tercio suyo estaba completo y presentaba un aspecto decidido y marcial.

Los absolutistas de Aranda, que se reían de los milicianos de infantería, casi todos gordos, pesados y arlotes, miraban con disimulado terror estos tercios de ex guerrilleros que galopaban por la plaza del Obispo asustando al público y daban cargas a galope tendido...

Transcurrida una hora u hora y media de ejercicio se dió descanso a la tropa, y los jefes se reunieron formando un grupo en una taberna, con honores de café, a tomar un refresco.

El tabernero había sacado una mesa fuera de la tienda y se había entretenido en regar con un botijo haciendo ochos y otros arabescos en el suelo polvoriento.

El comandante de las fuerzas, don José Díaz de Valdivieso, el médico, era un hombre de mucho aspecto y de poca inteligencia, a quien se le había otorgado el mando precisamente por su nulidad.

Era un viejo guapo, de pelo blanco y de aspecto decorativo. Don José hacía lo que le indicaba Aviraneta, y no pasaba de ahí.

De los oficiales de la Milicia de infantería ninguno valía gran cosa. Entre ellos se distinguía el señor Castrillo, el farmacéutico, hombre amable, gran jugador de dominó y ajedrez, liberal tibio y un tanto volteriano, que se reía de sí mismo al verse vestido con uniforme y morrión; un guarnicionero, bajito, rubio, furibundo en sus ideas liberales, pero poco inteligente, y un maestro de escuela, viejo, el maestro Sagredo.

Sergio Sagredo era un entusiasta de las ideas nuevas y se hallaba animado de un deseo de saber verdaderamente raro. Este hombre había aprendido él solo el latín y el griego y estaba estudiando el francés y el alemán con Schültze, un relojero suizo, de Zurich, establecido en la Plaza Mayor y que era también miliciano.

Los demás oficiales, un vinatero, un dueño de una tienda de comestibles y un recaudador de arbitrios municipales, eran gentes de poca monta que tomaban muy en serio su representación social y se llamaban uno a otro: ciudadano teniente, ciudadano sargento, etc.

Los ex guerrilleros del tercio de Aviraneta eran, entre los milicianos, los más aguerridos y fieros.

El lugarteniente de Aviraneta era uno apodado el Lobo. El Lobo, antiguo soldado del Empecinado, se distinguía como hombre fanático y violento. El Lobo tenía una posada en la calle del Aceite, donde trabajaba de herrador. A la posada del Lobo la llamaban la posada del Brigante, y los enemigos, la posada del Fanfarrón.

El Lobo estaba casado con una mujer muy guapa, de un tipo griego, a quien apodaban la Loba.

Era un matrimonio de dos fieras. Alguno que otro lechuguino se había acercado a la Loba, a galantearla, pero pronto había tenido que huír prudentemente.

El Lobo era hombre malhumorado, dispuesto siempre a echarlo todo por la tremenda y deseoso de saltar.

Dos muchachos jóvenes, Jazmín y el Lebrel, que eran criados de Aviraneta, formaban también el tercio.


II.
DIAMANTE

Los tercios de caballería los mandaban: uno, Aviraneta; el otro, un joven llamado Frutos San Juan, y el tercero, un tal Diamante.

Estos dos últimos oficiales habían sido nombrados por don Eugenio.

Alejandro López Diamante era todo un tipo: alto, moreno, huesudo, de cráneo pequeño y seco, la nariz corva, el bigote gris, la piel tostada por el sol, las manos sarmentosas.

Tendría unos cincuenta años. Había sido estudiante de cura y vivido con un tío suyo casi toda la vida.

Diamante era solterón, cazador y avaro. Su gran pesar databa de la guerra de la Independencia, por no haber podido tomar parte en ella. Su tío juró varias veces desheredarle si se marchaba, y Diamante, entre el dinero y la guerra, optó por el dinero. Era su gran dolor.

Diamante era resistente e insensible. Cuando iba de caza dormía en las matas, recibiendo el sol o la lluvia sobre su cuerpo amojamado. No sentía el frío ni el calor, ni el hambre. Un poco de pan, un poco de agua y una piedra o un manojo de hierbas para apoyar la cabeza le bastaban.

Diamante tenía una casa pequeña y unos majuelos heredados de su tío.

Diamante apenas comía por no gastar; llevaba siempre ropas remendadas y viejas, y aseguraba que las usaba por comodidad.

Diamante vivía con un criado llamado Magdaleno, uno de los hombres más cazurros del pueblo.

Magdaleno tenía facha de sacristán; una cabezota grande, la nariz chata y la cara redonda, en la que las barbas le salían negras y duras como pinchos a la media hora de afeitarse.

Diamante no pagaba nada a Magdaleno, ni aun siquiera la comida; le daba sólo la casa y la luz—la luz del sol—. Amo y criado se llamaban de tú, aunque no en público; disputaban, se insultaban y cada uno se hacía la comida.

Diamante no era sensible mas que en cuestiones de dignidad; en puntos de honor, jerarquía o derecho no cedía jamás.

Unido a esto tenía una arbitrariedad indignante.

No había modo de que enmendase una injusticia o una antipatía inmerecida. Se sentía infalible como el Papa. Daba su fallo y ya no volvía de su acuerdo.

Había en el pueblo un comerciante catalán que se llamaba Catá; él decidió llamarle Cantá, y aunque el interesado asegurase llamarse Catá, Diamante seguía convencido de que su verdadero nombre era Cantá.

Según Diamante, unos lo merecían todo; otros, nada; que no le pidieran explicaciones, porque no las daría.

Para exagerar su severidad, el maestro Sagredo le había prestado los libros de Salustio, Tito Livio y Tácito, y Diamante, cuya buena memoria recordaba muy bien lo leído, quería ajustar todo lo de la época a aquellas narraciones romanas.

Si se encontraba entre gente indocta abusaba de su erudición.

—A mí me gusta ser pedante con estos brutos—decía.

Lo que más despreciaba Diamante era el sentimentalismo.

—Ñoñerías, chiquilladas ridículas—solía repetir con desprecio, y añadía con entusiasmo—: Diamante es duro como su apellido.

Diamante era un bloque, si no de carbono puro cristalizado, de algo parecido; se mostraba ordenancista y severo como nadie.

Aviraneta recomendó a Diamante creyéndole hombre útil para la organización de la Milicia; después se convenció de que no servía para gran cosa; pero, a pesar de esto, le gustaba oírle y hablar con él.

El Licenciado Diamante, como le llamaba don Eugenio, era un hombre pintoresco. Sórdido las más de las veces, generoso en ocasiones, arbitrario siempre, Diamante podría ser tenido por un ejemplar extraño de la especie humana. Diamante, además de su avaricia normal, tenía un orgullo vidrioso, un deseo de gloria que le producía un sentimiento de postergación y de tristeza.

Para él era imposible estar contento. Algunas veces por cuestiones de jerarquía inició disputas con Aviraneta y con Frutos San Juan, pero Aviraneta y Frutos cedían.

Diamante no quedaba satisfecho y solía refunfuñar largo tiempo.

—Con esa indiferencia que tiene usted—le decía a Aviraneta—, no se puede hacer nada bueno.

Aviraneta reía, y Diamante tan pronto le admiraba como le odiaba, y estaba tentado de sacar el sable y darle un sablazo. A veces, como si la diosa Minerva se posesionase de su cerebro, Diamante hablaba con una gran cordura y discreción.

Realmente no es una cosa muy moral el contemplar en otro hombre cómo se desatan las malas pasiones; pero para la mayoría de los humanos el espectáculo de un espíritu borrascoso es interesante y divertido.

El jefe del otro tercio, un joven de Aranda llamado Frutos San Juan, era algo así como el familiar de Aviraneta.

Frutos, hijo de una viuda pobre, estaba de escribiente en el Ayuntamiento, cuando Aviraneta le tomó como secretario y le nombró oficial de la Milicia de caballería.

El joven Frutos era muy solapado, muy hipócrita. Tenía mucho éxito con las mujeres, y esto quizá le había hecho cauteloso, pues no sólo se dedicaba a las solteras, sino también a las casadas.

Frutos era guapo, moreno, de pelo ensortijado y ojos negros, brillantes; se las echaba de modesto y de discreto; pero, a pesar de esto, le gustaba deslumbrar con joyas falsas y con sonrisas tan falsas como sus joyas.

Frutos había sido monaguillo y recibido una educación sacristanesca.

Este joven aprovechado vivía en una continua ansiedad. En el fondo de su alma, las ideas recibidas por él pugnaban con las nuevas que oía exponer a Aviraneta y a sus amigos. Le maravillaba, sobre todo, el poco temor de don Eugenio por los curas y frailes. Él, en su interior, temblaba; los altares, las imágenes, las lámparas misteriosas eran señales claras de la divinidad. Los retablos le parecían de oro macizo; la campanilla del viático sonaba para él de otra manera que una corriente; las voces del órgano las tenía por sobrenaturales.

De día, el joven Frutos se sentía valiente y capaz de manifestarse enemigo de los frailes; pero de noche y en la soledad, temblaba, y cada impiedad suya la sentía como espada de Damocles sobre su cabeza de pelos rizados. Cuando no pasaba ninguna catástrofe se maravillaba.

Frutos traicionaba, sin notarlo, a Aviraneta; hacía favores a los enemigos del jefe y sostenía amistades con el bando contrario.

Le ayudaba en esta obra el alguacil Fermín Cabello, alias Argucias. Cabello era tipo delgado, de ojos pequeños y mirada atravesada. Argucias, cuyo apodo le retrataba bien, era enemigo acérrimo de los constitucionales, pero se guardaba su odio contra ellos y hacía el papel de hombre indiferente, que no se ocupa mas que en ganarse la vida.

Aviraneta sorprendió varias veces al alguacil en un espionaje sospechoso; pero quería pescarlo de una manera flagrante para caer sobre él.


Todos los oficiales de la Milicia de a pie y a caballo se hallaban sentados en la taberna de la plaza del Obispo.

—¿Han leído ustedes la prensa de Madrid?—dijo el boticario Castrillo—. Se dice que el Gobierno tiene dificultades, que España se llena de extranjeros y que estos extranjeros vienen a producir perturbaciones.

—¡Ah! Si yo estuviera en el Poder no habría perturbaciones—exclamó Diamante.

—¿No?—preguntó burlonamente Frutos.

—No, señor. Porque fusilaría a todo sospechoso, a todo desafecto al Régimen. Esta benevolencia ridícula nos mata. Aquí no hay fibra, no se toman las cosas en serio. El otro día, al pasar por delante de la huerta del tío Lesmes, nos gritaron: «¡Masones! ¡Mata frailes!», y nos tiraron dos piedras. Yo le dije al comandante: «Hay que arrasar esa huerta». Y no quiso.

—¿Y la hubiera usted arrasado? ¡Qué barbaridad!—dijo Frutos.

—Arrasaría la mía. Antes que nada, está la libertad y la patria.

—Es verdad—asintió el Lobo.

—Así debe ser—añadió un viejo, dejando el vaso de vino vacío en la mesa.

Este viejo era un sargento de infantería, antiguo soldado que había hecho varias campañas. El tal sargento, llamado Valladares, vivía casi de limosna en casa de su hija, casada con un labrador rico, que trataba al viejo de mala manera.

Valladares se sentía liberal; más que liberal, partidario del Gobierno. El Gobierno para él siempre tenía razón. Valladares ganaba un pequeño jornal por dar a los fuelles del órgano en la parroquia de San Juan. Era el viejo soldado un hombre alegre, la cara atezada y redonda, los ojos vivos y alegres, la nariz peluda; contaba sus hazañas guerreras en el Rosellón y en la guerra de la Independencia muy bien, sobre todo cuando estaba un poco borracho.

Aviraneta sonrió al oír a Diamante y a Valladares.

Se habló de los defectos que quedaban aún en la organización de la Milicia, y se volvieron a formar las tropas de nuevo.

Se hicieron varios movimientos con todas las fuerzas, y después, las dos compañías de infantería, en una columna, seguida de los tercios a caballo, evolucionaron por la ancha plaza al compás de la música de tambores y pitos, que tocaban el Himno de Algeciras, que empezaba a llamarse el Himno de Riego.


III.
LOS TRES CARGOS DE DON EUGENIO

Unos meses después de haber sido nombrado teniente de la Milicia voluntaria de caballería y regidor primero de Aranda de Duero, designaron a Aviraneta para comisionado del Crédito Público.

Con estos tres destinos, don Eugenio era el amo del pueblo.

Se había discutido en las Cortes del Reino si los milicianos nacionales podían desempeñar otros cargos, y se declaró por el Congreso que no sólo el ser miliciano no debía servir de obstáculo para conseguir un empleo, sino que debía considerarse como mérito.

Cada cargo ocasionaba a Aviraneta mucho trabajo y muchas molestias; pero él se daba por satisfecho con dirigir el pueblo.

No se contentaba sólo con esto, sino que aspiraba a dominar toda la comarca, y enviaba al jefe político informes claros y precisos acerca de los Ayuntamientos que no cumplían inmediatamente los decretos de las Cortes; señalaba a los que no habían jurado la Constitución, a pesar del falso testimonio de los secretarios, y a los que no habían organizado la Milicia Nacional, o que, habiéndola organizado, no se daban prisa en instruírla.

Aviraneta miraba el nuevo régimen como una cosa suya personal, y estaba dispuesto a todo por sacarlo adelante.

Al mismo tiempo que regidor y oficial de caballería, don Eugenio hacía de intendente, llevaba las cuentas, se encargaba del armamento y de solucionar la serie de dificultades económicas que se presentaban.

En el Ayuntamiento, Aviraneta había preparado una habitación que daba hacia el Duero, y allí trabajaba.

Todos los asuntos los despachaba él. El corregidor firmaba únicamente. Aviraneta tenía la ilusión del revolucionario que cree que una sociedad puede cambiar en su esencia en pocos años.

Aviraneta y el secretario del Ayuntamiento eran hostiles. El secretario, tipo de absolutista, viejo, calvo, demacrado, cauteloso, ponía trabas a toda tentativa liberal, atrincherándose en las fórmulas, en las costumbres. El secretario daba a entender que no quería mas que el éxito de los propósitos liberales del Gobierno; pero les hacía toda la guerra posible.

Desde la promulgación de la Constitución, el partido absolutista de Aranda, formado por el clero y dirigido por un señor del Pozo, iba tomando cada vez más fuerza.

Aviraneta, puesto en contra de él, se empeñó en que los párrocos explicaran los artículos de la Constitución los domingos; pero los párrocos, apoyados por los absolutistas, se empeñaron en no hacerlo.

El señor del Pozo, en unión de un propietario rural, don Narciso de la Muela, absolutista furibundo, iba organizando la contrarrevolución. Los curas, el secretario del Ayuntamiento, el fiel de fechos Santa Olalla, el alguacil Cabello y otros formaban la Junta Realista, que por días iba haciéndose más poderosa.

Uno de los agentes activos de esta Junta era un hombrachón alto, rubio, blanco, casi albino, con unos ojos vidriosos y abultados como dos huevos, el uno dirigido al este y el otro al oeste, y la voz atiplada. A este ciudadano inflado y grasiento, por ser entrometido y chismoso, llamaban en el pueblo la Gaceta. La Gaceta era de primera fuerza para el descrédito de algo o de alguien. Mentía descaradamente, pero con gran habilidad, y sus embustes tenían siempre una intención maquiavélica.

El fiel de fechos don Domingo Santa Olalla era hombre también atravesado y absolutista. Los liberales de Aranda le llamaban Poncio Pilatos, y, efectivamente, tenía aspecto de procónsul romano. Era tipo sombrío, grave, cumplidor de su obligación y ferviente fanático.

A pesar de su fanatismo, no aspiraba mas que a cumplir la ley. Sabía que Aviraneta y sus amigos saltaban por ella siempre que podían, y esto indignaba a Poncio.

Santa Olalla tenía un odio profundo por los constitucionales y un gran desprecio por los absolutistas, enredadores y chismosos, como Cabello y la Gaceta.

A medida que pasaba el tiempo, constitucionales y absolutistas iban organizando sus huestes.

El nombramiento de Aviraneta para comisionado del Crédito Público alarmó a los clericales de la comarca.

Las Cortes habían decidido suprimir los monasterios de monacales, cerrar todo convento que no llegase a tener veintiocho profesos y enajenar sus bienes para hacer frente a los gastos de las guerras pasadas.

Se quería que en cada pueblo se formase un expediente y un plano catastral de los terrenos baldíos, con expresión del deslinde, calidad, uso, aprovechamiento, etc., reservando los ejidos necesarios para los ganados de los pueblos.

Parte de estos terrenos pensaba el Gobierno reservarlos para los gastos del país, y parte venderlos en parcelas a bajo precio y a plazos.

Se quería crear una clase de pequeños terratenientes sobre las grandes propiedades monacales, con lo cual se suponía que el nuevo régimen podría consolidarse y que los propietarios advenedizos a la posesión serían los más acérrimos partidarios de la legalidad revolucionaria.

La medida, bien pensada, no dió resultado, y el pueblo, constantemente, rechazó aquellas ofertas, que le parecían sacrílegas. Si alguno se aprovechó, luego se hizo más católico que nadie.

Aviraneta, a pesar de que vió desde el principio la hostilidad popular, no retrocedió; siguió trabajando con entusiasmo en sus inventarios. Con su letra española clara y puntiaguda, de finos gavilanes, estilo Iturzaeta, escribía folio tras folio, día y noche, sin cesar.

Mandaba a los jueces pedimentos solicitando la subasta de los bienes nacionales; enviaba conminaciones a alcaldes, escribanos, tasadores...

Era imposible promover la formalización de los expedientes. Algunos jueces liberales comenzaban la incoación; pero tenían que abandonarla pronto. Todo el mundo hacía lo posible para que los trabajos quedasen interrumpidos.

Aviraneta quería luchar así, de cerca, convencido de que era el único modo de instaurar la era revolucionaria.

Algunos amigos le advertían que a su lado, como tiburones que siguen a un barco, había gente desacreditada y sin escrúpulos que iba a ver si se lucraba con los bienes nacionales.

Uno de ellos era un contratista, un tal Emilio García, de Vadocondes. García era uno de esos hombres que en un momento de revolución ven una fortuna que hacer. García era hombre frío, audaz, indiferente a todo lo que no fuera negocio. Tenía un pie en el realismo y otro en la revolución. Se servía de dos agentes, un miliciano a quien llamaban el Rojo y del hombre a quien decían la Gaceta. A veces se entendía también con Frutos.

Aviraneta pensaba que a esta gente ambiciosa había que franquear el acceso a la riqueza, porque una mesocracia adinerada era indispensable para afianzar el liberalismo. Sin cambio de propiedad, imposible el cambio de régimen.

Algunos se lamentaban de esto.

—Es una cosa absurda—les decía Aviraneta—. ¡Como si la propiedad antigua hubiera sido adquirida por otros medios que el robo y la violencia!

No todos los liberales del pueblo estaban de acuerdo con Aviraneta; algunos, molestados porque se había dado el mando a un advenedizo, no querían nada con él.

Estos eran la mayoría gente rica que se consideraba postergada.

Si en la esfera de los aristócratas existían descontentos, también los había entre los demócratas, los cuales se hallaban representados por los contertulios de un zapatero remendón llamado Domingo, de la calle de la Canaleja.

De la zapatería del tal Domingo salió con el tiempo una torre de Comuneros tan efímera como las tapas y medias suelas del establecimiento, y algunas mujeres, hermanas o amigas de estos comuneros, se adornaron con la banda morada de los Hijos de Padilla.

El zapatero, jefe de los descontentos, era un jorobado enredador, el zapatero Simón de Aranda, a quien se le decía Dominguín y Domingo Siete. Este último apodo se lo habían puesto los liberales por su inoportunidad.

Sabida es la historia del jorobado a quien las brujas colocaron otra giba por inoportuno.

Había ido un giboso un sábado por la noche a un bosque donde moraban las brujas, y les había oído cantar repetidas veces, con la melancolía de una canción que no se conoce bien, este estribillo:

Lunes, martes, miércoles, tres.
Lunes, martes, miércoles, tres.

Entonces el giboso, en el mismo tono triste que las brujas, cantó:

Lunes, martes, miércoles, tres.
Jueves, viernes, sábado, seis.

Las brujas al oír esto lanzaron un ¡ah! de satisfacción, y entusiasmadas por el segundo verso añadido a su canto fragmentario, buscaron al autor, encontraron al giboso, le acariciaron, le quitaron la giba y la colgaron en un árbol.

Llegó el giboso al pueblo derecho y gallardo y contó a otro amigo jorobado lo ocurrido, y éste el sábado por la noche se fué al bosque y esperó. Vinieron las brujas y se pusieron a cantar con entusiasmo, con una algarabía de papagayos:

Lunes, martes, miércoles, tres.
Jueves, viernes, sábado, seis.
Lunes, martes, miércoles, tres.
Jueves, viernes, sábado, seis.

Entonces el giboso, saliendo de debajo del árbol, gritó con voz aguda:

Y domingo, siete.

Las brujas, que tenían cierto sentido estético, lanzaron un grito de disgusto y de repulsión, digno de un profesor de Retórica, al ver que no se respetaba la sagrada medida del verso, y cogiendo al jorobado, le arañaron y le colocaron la joroba del giboso del sábado anterior.

A Dominguín el zapatero se le consideraba tan inoportuno y audaz como el jorobado del cuento, y por eso se le llamaba Domingo Siete.

Dominguín, Tumbatoros el cortador, Payuco el gitano, Matías el sanguijuelero y un matón a quien llamaban el Tarambana formaban la extrema izquierda arandina.

Aviraneta tenía como colaboradores a su secretario Frutos San Juan y a Diamante.

Frutos trabajaba sin entusiasmo, Aviraneta no sospechaba que Frutos estuviera vendido al celebérrimo oro de la reacción; suponía que le faltaba celo, nada más.

Diamante dedicaba todas sus fuerzas a la lucha liberal. Quería dominar por el terror. Había echado a volar la noticia por el pueblo de que al primer intento absolutista haría una sarracina de las gordas.

Aviraneta al principio vivía con su madre y con una criada vieja de Irún, Joshepa Antoni; luego se separó de ellas por muchas razones. La primera y más importante era que no quería que sus enemigos pudiesen vengar en su madre las ofensas que supusieran haberles inferido él.

Aviraneta echó a volar la especie de que la buena señora estaba muy incomodada con su conducta.

Aviraneta iba a comer con su madre todos los días, y después, burlonamente, en vascuence, le contaba lo que ocurría en el pueblo. Ella le oía mientras hacía media y le recomendaba que no fuera demasiado audaz ni hiciera muchas locuras.

Aviraneta explicaba sus dificultades y sus luchas como asuntos de poca importancia.

Los domingos Aviraneta iba de caza con Diamante y sus dos criados, el Lebrel y Jazmín.

Solía andar por las proximidades de Aranda persiguiendo zorras y liebres, y cuando había varios días de fiesta seguidos marchaba con algunos amigos a los pinares de San Leonardo o a las sierras de Burgos y del Urbión.

A Aviraneta le gustaba visitar los parajes que había recorrido como guerrillero. Al mismo tiempo se evitaba así las fiestas religiosas, a las cuales, como regidor, no tenía más remedio que acudir estando en Aranda.

Tenía Aviraneta varios caballos, entre ellos dos magníficos, Piramo y Tisbe; tenía también varios perros y uno favorito, al que llamaba Murat.

En el pueblo se odiaba a Aviraneta cordialmente; pero, a pesar de esto, él se encontraba bien allí y decidió instalarse en Aranda y comprar una casa vieja bastante alejada de las demás, que se llamaba la Casa de la mujer muerta o la Casa de la Muerta.

Esta casa antigua, colocada en una encrucijada estrecha, construída a medias de ladrillo y adobes, era sólida, espaciosa y bastante bien conservada.

Se tenía contra la casa cierta prevención: en tiempo de la guerra de la Independencia había sido hospital, y después vivió en ella gente pobre. Era un refugio de chusma maleante y vagabunda; todos los zapateros y paragüeros remendones que llegaban a Aranda iban a alojarse allá.

La historia de la casa era romántica. Se contaba que hacía dos siglos había pertenecido a un caballero principal muy desgraciado. Este caballero tenía un hijo y una hija. La hija había muerto abrasada en un incendio, y el hijo, con gran disgusto de su padre, pretendió casarse con una judía.

El pobre caballero, viendo la terquedad de su hijo y sabiendo que la judía se iba a convertir al cristianismo, la aceptó en su casa, y el mismo día de la boda la muchacha, al asomarse a una ventana, cayó al patio y quedó muerta. Desde entonces, al decir de la gente, se tapió aquella ventana y el padre y el hijo desaparecieron.

No se decía si en la casa se paseaban los duendes con su indumentaria ad hoc de sábanas, velos, cadenas, etc.; pero no era improbable que la gente lo pensara.

Aviraneta compró la Casa de la Muerta y llevó obreros para restaurarla. Puso cristales pequeños y romboidales emplomados en casi todas las ventanas, cosa que pareció un lujo provocativo e insultante. Arregló bien las cuadras, blanqueó las habitaciones y compró muebles, los necesarios para un hombre que podía vivir como un árabe del Desierto en una tienda de campaña.

Sólo tenía el comedor y una sala biblioteca arreglados con cierto lujo y comodidad.

En el piso bajo Aviraneta instaló su despacho para sus asuntos de regidor y de teniente de la Milicia. Había mandado poner marcos a varias estampas liberales, y en el centro, encima de su mesa, tenía una lámina, titulada El entierro de los serviles, con esta leyenda:

Si el servil esfuerzos hace
para salir de la sima
donde por nuestro bien yace,
¡milicianos, tierra encima
y que requiescant in pace!

En este cuarto se celebraban las reuniones masónicas de Aranda.

Aviraneta no pudo ocupar toda la casa; la mayoría de los cuartos los dejó sin arreglar; muchos, sin piso y sin cristales y con los techos caídos. El huerto también se hallaba abandonado, lleno de maleza, con los caminos invadidos por los hierbajos y las paredes por las zarzas.

Aviraneta quiso limpiarlo, y se empezaron a sacar de la huerta a cestos piedras, suelas de zapato y varillas de paraguas en tal cantidad, que Aviraneta se cansó de este cementerio de paraguas y de botas y decidió no cultivar el jardín.

La madre de Aviraneta se quedó asombrada al ver la casa.

—Pero, ¡qué locuras hace este Eugenio!—exclamó, llevándose la mano a la frente.

La compra de la Casa de la Muerta contribuyó a aumentar la fama de extravagancia de Aviraneta.

—¡Qué desgracia la de esa señora tener un hijo así!—se decía.

El regidor era para algunos arandinos un enigma; para otros, el enemigo del pueblo, y a muchos no les hubiera chocado verle la punta de la cola por debajo de la capa y despedir un olor penetrante de azufre.

Excepción hecha de los milicianos, nadie se acercaba a la Casa de la Muerta.

Aviraneta tenía en ella una criada vieja y dos mozos de cuadra, que eran también guerrilleros, el Lebrel y Jazmín.

El Lebrel era un gran cazador. Jazmín, como un criado de comedia antigua, tenía gran fertilidad de recursos y de intrigas y era atrevido, hábil y valiente.

Estos dos muchachos ternes guardaban las espaldas de Aviraneta en algunas ocasiones, eran la guardia negra del tirano, dos bravi capaces de batirse a pedradas, a estocadas o a tiros.

Aviraneta les enseñaba la esgrima del palo y del sable. Algunas veces necesitaba de sus dos muchachos y le acompañaban ambos armados y embozados en la capa.

Cada día que pasaba Aviraneta era más odiado.

Todas las disposiciones municipales dadas por él para adecentar las escuelas, sitios sombríos y miserables, para limpiar las calles y los pozos negros, para sanear las fuentes, poner árboles en los caminos y unificar las pesas y medidas, la gente las tomaba por verdaderos insultos.

¿A qué se metía aquel forastero a cambiar las costumbres de los arandinos? ¿Es que no habían vivido sus padres igual que ellos? ¿No se habían revolcado en la tradicional suciedad española sin detrimento de su salud?

La gente consideraba una ofensa el que alguien encontrara puerco y mal oliente el pueblo, y aquel prurito de limpiar les parecía ridículo y vejatorio y una manifestación de tiranía insoportable.

Los curas ayudaban este sentimiento canallesco y populachero. Se le acusaba a Aviraneta de propagandista masón y de tener una policía a su servicio para descubrir cuanto tramaban los enemigos de las instituciones liberales y comunicarlo al Gobierno y al jefe político.

La pequeña tropa de Milicia voluntaria de caballería era profundamente odiada y muchas veces había recibido tiros y pedradas, que no se sabía de dónde venían.

Otros, más cobardes, se vengaban en el viejo mendigo Guillotina.

Al principio la locura oratoria de este pobre loco había producido risa; a medida que el sentimiento realista y fanático tomaba violencia, el Tío Guillotina se iba haciendo odioso, y los chicos y los hombres le tiraban piedras y le pegaban.

Aviraneta le daba todas las semanas a Guillotina algo para comer, y el Lobo también le protegía.

Casi constantemente Aviraneta recibía algún anónimo insultante y amenazador. Él se reía y una de las veces lo clavó con cuatro tachuelas en el portal de su casa para que todo el mundo pudiese leerlo.

Aviraneta hacía como que no se enteraba de la hostilidad contra él; recorría el pueblo solo y únicamente de noche iba acompañado de sus bravi. Esta disposición la tomó desde que una vez, al acercarse a la Casa de la Muerta, le dispararon un trabucazo. Por fortuna, ninguna de las balas le dió.

Aviraneta, al anochecer, marchaba con frecuencia a la posada del Zamorano o al mesón del Brigante, del que era dueño el Lobo.

Allí, en la parte destinada a taberna, debajo de los retratos del Empecinado y de Riego, hablaba con el guerrillero y con su mujer y pasaba a la cocina del mesón. Si entraba algún carretero conocido le decía: «¡Eh, buen amigo! ¿Qué tal? ¿Se viene de lejos?» Y departía con los arrieros, les preguntaba de dónde venían, adónde iban; se informaba de las novedades del camino, del precio del aceite y del trigo y de lo que decían en Almazán, en Soria o en Roa.

El arriero contaba lo que había visto y oído, llevaba sus mulas a la cuadra, cenaba en la cocina y luego se dedicaba a echar chicoleos a las criadas.

Aviraneta, después de saturarse de vida pobre, marchaba a su casa, se mudaba, hacía encender los candelabros y cenaba como un gran señor.


IV.
UNA FAMILIA AMIGA

Aviraneta era hombre poco amigo de la soledad y siempre encontraba algún sitio adonde ir de tertulia.

Casi todas las tardes, al anochecer, daba unas cuantas vueltas por la Acera, hablando con los amigos; después solía pasar por la botica de Castrillo, cuya bola verde iluminaba casi hasta el centro de la plaza; charlaba allí un rato; luego salía, saludaba a la gente de la confitería de doña Manolita y cambiaba un saludo con Schültze, el relojero, que al verle se levantaba y le hacía siempre la misma pregunta. Le gustaba pasear de noche por la plaza y las calles inmediatas, mirar el interior de las tiendas y sorprender la vida del pueblo en sus rincones.

Al mismo tiempo que Eugenio hacía amistades, su madre se había relacionado con la familia del juez, recién llegado al pueblo, que vivía en la vecindad, en la misma plaza del Trigo.

Se llamaba este juez don Francisco Auñón.

Don Francisco era hombre culto, inteligente, de unos cuarenta a cuarenta y cinco años. Se había casado muy joven y tenía dos hijas, Rosalía y Teresita, de diez y ocho y quince años, respectivamente, y un niño de diez, Juanito.

Auñón era hombre serio, pero de poca energía. Le dominaba su mujer, doña Antonia, a quien su marido y luego los íntimos de la casa, entre ellos Aviraneta, llamaban doña Nona.

Doña Nona debía haber sido de soltera muy guapa, pero había engordado y su antigua belleza estaba amortiguada por su gordura.

Doña Nona tenía una cara de Dolorosa, pálida y parada; los ojos grandes y negros, la boca pequeña, el pelo de ébano.

Espiritualmente era el tipo de la mujer española práctica, hacendosa, indiferente a todo lo que no fuera su casa, con un egoísmo familiar llevado a las últimas consecuencias.

La hija mayor, Rosalía, debía ser el retrato de su madre joven. Era muy bonita, muy fresca, muy sonriente, de ojos negros hermosísimos y color atezado. Tenía muy buen carácter y un aplomo perfecto, ese aplomo del castellano que ve la vida tal como es y a quien no se le ocurre sentir de una manera literaria—es decir, exagerada—las pasiones.

Teresita, la otra hija del juez, menos exuberante que su hermana, acababa de pasar esa edad en que las niñas comienzan a dejar las muñecas, pero todavía no había llegado al período de los muñecos.

Teresita prometía ser muy lista; le gustaba leer y estudiar. Lo único que tenía allí eran libros religiosos. Leía La vida de los Santos y la Guía de Pecadores, y sabía muchas poesías de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz y de Fray Luis de León.

La madre de Aviraneta iba de tertulia a casa del juez y solía estar hablando y haciendo media.

Aviraneta bromeaba mucho con las dos muchachas.

Don Eugenio y el juez charlaban largamente y se entendían bien.

Aviraneta tenía una gran facundia y no dejaba languidecer la conversación. Le gustaba sentarse en el comedor de la casa de su amigo y burlarse de todo el mundo. El Ayuntamiento, la Milicia Nacional de Aranda, las modas, las murmuraciones del pueblo le proporcionaban tema inagotable para sus burlas.

A Aviraneta le gustaba que le hicieran encargos, y doña Nona y Rosalía le pedían una porción de cosas.

Era don Eugenio capaz de hacer un viaje a Valladolid o a Madrid, a caballo, para llevarles un adorno, una chuchería de moda cualquiera.

Muchos aseguraban que Aviraneta iba principalmente por Rosalía, que estaba muy guapa; pero era difícil que un hombre tan atareado como Aviraneta pudiera enamorarse seriamente.

Durante largo tiempo Aviraneta y su madre fueron los contertulios habituales de la casa del juez; pero al principio de otoño apareció un curita, don Víctor, muy amigo de doña Nona, a hacer la competencia a don Eugenio y a minarle el terreno.

Don Víctor conquistó a doña Nona y a la madre de Aviraneta. Luchar con él era imposible.

Este curita, joven e inteligente—inteligente a lo cura—, se comenzaba a distinguir por sus sermones anticonstitucionales. Quería ser en Aranda lo que eran el padre Maduaga en Cáceres y fray Miguel González, el colector de la Victoria, en Burgos. Decía que la Constitución era cosa del infierno, que se hallaban condenados irremisiblemente todos los constitucionales y que el Gobierno Revolucionario estaba hundido en el cieno y en la sangre.

Este curita había echado a volar desde el púlpito de la iglesia de San Juan una frase que, según decían, era de San Agustín, frase que consistía en asegurar lo lícito de la persecución por amor.

La persecución por amor era un buen invento para una época de guerra civil.

Aviraneta pensaba que al cleriguillo aquel él le hubiera pegado con gusto una paliza para que no intrigara en contra suya en la casa del juez, no por odio ni por mala voluntad, sino por amor. La persecución por el amor.

Don Víctor, el cura, tenía un gran ayudante en una señora, doña Cleofé Navas, viuda de un militar.

Doña Cleofé era una mujer alta, fuerte, enérgica, hombruna, seria y autoritaria. Tenía una rigidez de fariseo en paso de Semana Santa, la cara amarillenta y dura, con unas arrugas que parecían hechas con tiralíneas; la nariz aguileña y los labios finos.

Doña Cleofé era una de estas mujeres caritativas que nacen para hacer la desesperación de los desdichados. Era el recaudador de contribuciones, el agente de policía, el tambor mayor de la caridad; visitaba las casas pobres, donde reñía a la gente; asistía a los moribundos, para darles la puntilla recordándoles que estaban en las últimas, y pasaba la vida en la iglesia.

Doña Cleofé tenía un hijo, con quien no se hablaba, una hija reñida con ella, y un yerno que la hubiese querido ver en el hospital, en la sala de los tiñosos.

Las criadas no aguantaban en casa de la beata más que unos días.

La paz del Señor reinaba en aquella santa morada.

Doña Cleofé solía tener una tertulia en su casa, en una sala tan antipática como ella, con unas estampas religiosas tan antipáticas como la sala, con una consola y unas butacas tan antipáticas como las estampas, y una alfombra y unas cortinas tan antipáticas como las butacas y la consola.

En este cuarto antipático se reunía la tertulia de las viejas beatas más antipáticas del pueblo.


V.
EL SEÑOR SORIHUELA

Había un señor que vivía en Aranda dedicado al estudio.

Este señor, viejo, solitario y apolillado, el señor Sorihuela, había vivido en Madrid en otra época, protegido por Godoy y en relación con los masones.

El señor Sorihuela se dedicaba a estudiar la historia de España en tiempos antiguos y a hacer un plano de las calzadas romanas en las provincias de Burgos y Soria; recogía fósiles, monedas y pedruscos, y hacía estadísticas. Como se ve, se dedicaba a cosas sin importancia.

El señor Sorihuela era bajo, regordete, cuadrado, feo como buen erudito. Tenía la cabeza grande, el pelo cano, la cara roja por el herpetismo—según otros, por el vino—, la frente despejada y blanca, y las patillas grises.

Este arandino ilustre gastaba larga casaca verde, de cola de abadejo; chaleco abotonado hasta el cuello, calzones de paño, medias de lana y una gran corbata de batista de dudosa blancura.

El señor Sorihuela tenía un perro chato, y era un problema, al verlos juntos, saber si el perro se parecía a él o él se parecía al perro. A punto fijo no era fácil averiguar quién era más egoísta de los dos, si el perro o el hombre; probablemente lo era el hombre.

El señor Sorihuela lucía un egoísmo suspicaz e inquieto. Hombre culto, y sobre todo muy prudente, se había creado fama de loco en el pueblo, y la cultivaba para disfrutar de libertad.

Sorihuela tenía mucho miedo a los ladrones, y más miedo aún de que alguna de las piezas de su colección o algunos datos de sus carpetas desapareciesen.

El señor Sorihuela era un incrédulo; iba todos los días a la iglesia y solía estar leyendo algún libro de Estrabón o de Plinio.

El señor Sorihuela despreciaba a los hombres, despreciaba más a las mujeres, despreciaba la política, la religión, todo lo establecido y por establecer, cosa, después de todo, muy razonable; lo único que no despreciaba—y aquí estaba el tendón de Aquiles de su personalidad—era la historia y la numismática. Para este erudito, la idea de que dentro de cien, quizá de doscientos años, los numismáticos, los investigadores que se ocuparan de la historia romana en la Celtiberia tendrían que hablar de él, de él, del señor Sorihuela, a quien nadie consideraba en el pueblo y que, sin embargo, según el informe desinteresado del propio Sorihuela, era el único hombre digno de consideración de Aranda; la idea de que tendrían que citarlo y alabarlo era tan halagüeña, tan agradable, que constituía su gran esperanza.

Tal pensamiento sumía al viejo erudito en un ambiente de delicia numismática, que era como el avance de los goces de la inmortalidad.

El único amigo de Sorihuela era un cura llamado don Juan Caspe. Este hombre tenía un tipo repulsivo, y lo era: su cara roja y pustulosa, el manteo lleno de lamparones, hacían que fuera poco agradable encontrarlo en el campo visual del observador.

La fama de este curángano era casi tan mala como su aspecto; se sabía que era aficionado al vino, y se decían además de él cosas abominables. Eso sí, todo el mundo reconocía que don Juan, a quien no había por dónde cogerlo en cuestión de moralidad, era un gran latinista y que sabía como pocos la historia de la Iglesia.

Verdad es que nadie tenía en el pueblo la pretensión de conocer bien la historia de la Iglesia, y se cedía este mérito al clérigo sin inconveniente.

Como todos los personajes excéntricos tienen, naturalmente, una tendencia a encontrarse, Aviraneta solía ir a visitar al señor Sorihuela, pensando si en la cabeza del hombre numismático habría algo útil que aprovechar en un sentido actual.

El numismático recibía a Aviraneta en unos salones bajos y destartalados, donde tenía sus colecciones, y hablaban.

Aviraneta le reprochaba que se ocupara de cosas que no servían para nada, y Sorihuela contestaba con acento sarcástico:

—Sí; si yo ya sé que lo que hago no sirve para nada. ¿Qué importancia tienen las calzadas romanas? Ninguna. Como que los romanos eran unos imbéciles, unos pobres majaderos...

Aviraneta se reía, y replicaba:

—Yo no sé cómo eran los romanos, ni me importa gran cosa; lo que sí sé es cómo son los hombres modernos, en especial los españoles, y en particular los de Aranda, y creo que toda la gente que tiene alguna inteligencia debe contribuír a mejorar su estado.

—Pues no seré yo el que tal haga.

—Porque es usted un egoísta, señor de Sorihuela.

—Y usted lo es mayor, señor de Aviraneta. Lo que ocurre es que usted tiene muchas condiciones para intrigar y hacer trastadas.

—Muchas gracias por el favor, señor de Sorihuela.

—Y usted mismo lo reconoce, señor de Aviraneta. Es usted como un perro perdiguero que dijera: «tengo el deber de cazar», o como un gato que creyera que se sacrificaba matando ratones. Ha nacido usted para eso, como yo he nacido para hacer el plano de las calzadas romanas. ¡Vaya un mérito!

—Esos son argumentos de topo, señor de Sorihuela. Si saliera usted al sol vería que todos esos sofismas no tienen valor.

—No, no tienen valor. Si usted fuera un hombre culto, señor de Aviraneta, que no lo es, y en vez de aprender gramática parda en los suburbios y callejuelas hubiera usted frecuentado los clásicos, le diría que una vez, leyendo a Diógenes Laercio, me fijé en la frase de un sofista griego llamado Protágoras, el cual asegura que el hombre es la medida de todas las cosas. Al principio la proposición me pareció absurda; pero, dándole vueltas en el pensamiento, vine a caer en la profundidad de la frase y en que estaba más dentro de la realidad que ninguna otra.

—¿Y qué consecuencia saca usted de esto, señor de Sorihuela?

—Saco la consecuencia de que usted mira el mundo con la medida de un regidor del Ayuntamiento de Aranda injerto en miliciano nacional, y yo...

—Con la medida de un peón caminero...

—Protesto.

—De un peón caminero romano.

—No pretendo convencer a usted, porque es usted un hombre inculto.

—¿Convencerme de qué? ¿De la utilidad de los peones camineros y de las calzadas? Estoy convencido ya.

—¡Bárbaros! ¡Beocios! ¿Qué os proponéis con ese desprecio por el pasado?—gritaba el señor Sorihuela—. Si no habéis de durar un momento. Andad, andad; lucíos, mequetrefes; petulantuelos, echáodlas de dictadores; ya os darán lo vuestro. Sois orugas que se han convertido en mariposas. Os creéis dueños del mundo y del aire; pero mañana vendrán los fríos y se acabarán vuestros triunfos.

—¿Y morirá la libertad? ¿Cree usted...?

—No; la libertad no; vosotros. Porque la libertad no muere; todo deja un germen, y de esos gérmenes vendrán nuevas crisálidas y nuevas mariposas... Se eclipsa el absolutismo, y volverá; se eclipsará vuestra Constitución, y volverá después. Todo vuelve... Pero, en fin, haced lo que queráis. A mí nada me importa.

—No se incomode usted, señor Sorihuela—replicaba Aviraneta—; no hay motivo. Le hago a usted hablar para oírle. Su conversación aclara algunas de mis ideas. Como dice usted, soy un hombre inculto.

—¿Lo reconoce usted?

—Sin duda alguna. Pero vamos a ver: ¿Qué piensa usted de lo que hace el Gobierno? ¿Qué le parece a usted la gestión de los liberales en Aranda?

—¿Qué me parece? Mal; muy mal. ¿Qué pretenden ustedes? ¿Me quiere usted decir? ¿Acabar con la tranquilidad del mundo? ¿Inculcar en el pobre el odio al rico?

—No.

—Sí; yo digo que sí, y añado que el día que el pobre no respete al rico, que tiene dinero y poder, precisamente porque es rico y poderoso, ese día la sociedad caerá en el mayor desorden.

—Que caiga. Es posible que eso sea necesario.

—¿Para qué?

—Para progresar, para mejorar.

—No esperes la República de Platón—dice Marco Aurelio—; conténtate con llevar remedio a los grandes males.

—Yo no hubiera dicho eso.

—¿No?

—No. Yo hubiera dicho: «No esperes la República de Platón; pero trabaja por ella como si pudiera venir».

—¡Qué ilusión más absurda! Cuanto más cerca está un país de su esplendor, está más cerca de su ruina. Se multiplican las necesidades, vienen nuevas angustias, nuevos dolores, nuevas preocupaciones... Es lo que sucedió con el Imperio Romano. No hay mas que leer a Tácito.

—Transportémonos a Aranda—replicaba Aviraneta.

—¿Es que los ejemplos no valen?—gritaba irritado el señor Sorihuela.

—Para mí muy poco. Discutamos, si usted quiere, lo que ocurre. ¿Usted supone que limpiar un pueblo, establecer escuelas, plantar árboles, organizar mejor la vida, no sirve para nada?

—Sirve; yo no digo que no sirva; sirve para el que tiene esa necesidad de tener la calle limpia; para el que no le importa que esté su calle limpia no sirve; al que cree que no conviene ir a la escuela, no le preocupa que ésta esté bien o mal. Y hoy, en España, a la mayoría de la gente no le importa, ni por el montón de estiércol, ni por la escuela mala.

—Pero hay que hacer que les importe.

—¿Cómo?

—Convenciéndoles, demostrándoles que salen ganando.

—No. ¡Qué han de salir ganando! ¿Y la comodidad de no pensar y de no preocuparse? ¿Y el dejarse llevar por las ideas hechas, por las costumbres hechas?

—¡Qué miseria!—exclamaba Aviraneta—. ¡Qué cobardía! Nosotros, los filósofos, ¿vamos a dejar que el mundo se rija por las necedades del montón?

—¿Qué petulancia es esa de decir nosotros los filósofos?

—¡Pse! En un país en donde los frailes de una Universidad decían: «Lejos de nosotros la funesta manía de pensar», no está mal que se tenga la petulancia de ser filósofo...


Realmente, Aviraneta tenía razón. En tiempo de la primera guerra carlista había en el campo del Pretendiente el partido ilustrado o de los listos, y el no ilustrado o el de los brutos.

Los prohombres de este último partido hablaban así a su rey:

—Nosotros, los brutos, llevaremos a Su Majestad a Madrid.

Es muy posible que cuando los hombres se llaman a sí mismo los filósofos, se equivoquen, y no sean tan filósofos como se figuren, y es posible también que cuando se llaman a sí mismo los brutos, no sean brutos como creen.

Pero siempre resultará que los que dicen: «Nosotros los filósofos», aspiran a ser filósofos, y los que dicen: «Nosotros los brutos», aspiran a ser más brutos de lo que son. Y entre una aspiración y otra, no cabe duda que la primera es mejor...


El señor de Sorihuela, volviéndose contra Aviraneta, decía:

—Sois de una necedad verdaderamente inaguantable; habláis de todo, y resulta que no comprendéis nada.

—¿Es que siempre las costumbres viejas son cómodas?—preguntaba Aviraneta.

—Siempre más cómodas que el tener que inventar otras. El hombre de aquí o de allá sabe lo que tiene que hacer en la ceremonia de la boda, cuando nace el hijo, cuando se le muere el padre... Todo el mundo, queriendo ser original, sería el salvajismo.

—Yo lo preferiría a la rutina.

—Pues afortunadamente, amigo mío, es usted de los pocos. La gente está contenta con sus prejuicios, con sus hábitos, y le va bien así, y nadie quiere cambiar, y los que parece que quieren cambiar no son mas que ambiciosos que, como han visto que al Arco Agüero, al Riego y a los demás les han dado tres grados y buenas pensiones, esperan que a ellos les pase igual.

—¿Y yo también soy un ambicioso, señor de Sorihuela?

—No. Usted es algo peor que eso: usted es un canalla.

—Gracias. Desde lo alto de estas pirámides cuarenta siglos de numismática os contemplan.

—¡Sí, usted es un canalla, que goza mortificando a los demás!

—¿De manera que, para usted, todo el que no se sienta peón caminero de las carreteras romanas es un bandido?

—Todos, no; pero usted, sí.

—¿De manera que fuera de la numismática no hay salvación?

—Para el que está hundido en el fango, no.

—Me conmueve esta opinión halagüeña que tiene usted de mí, señor de Sorihuela. ¿De manera que, según usted, no se debe protestar contra lo malo, y cuanto peor está la sociedad está mejor? Así es que vengan las calles sucias, la falta de agua, la falta de escuelas, la peste... Vengan frailes bien puercos, sacristanes, legos, donados, demandaderos de monjas, pordioseros, ermitaños; paguemos diezmos y primicias a la Iglesia de Dios, y sufragios para las benditas ánimas del Purgatorio, y viva la viruela, el tifus y las lacras... Es usted gracioso, señor de Sorihuela. Pero dejemos esto, que no tiene importancia. Vamos a lo trascendental, a lo científico. ¿Cuántos granos de uva cree usted que tendrá la cosecha de este año en Aranda?

—¡Vaya usted a paseo!

—Hoy no se siente usted estadístico. Bueno; enséñeme ese nuevo plano de las calzadas romanas que está usted inventando.

—¡Inventando yo!... ¡Si usted mismo las ha visto!

Aviraneta reconocía que las había visto, y el viejo abría la puerta de su despacho y pasaba adentro a su contradictor.