En general, para el que ha vivido con entusiasmo durante la guerra, el tiempo de paz es un día pálido y sin sol, en que nada brilla, en que todo es desabrido e insignificante.
Tal fuerza tiene la barbarie innata y consubstancial humana, que, a pesar del miedo a la muerte, el hombre que se siente lleno de energías prefiere vivir matando que vivir en paz dentro de las férulas de la civilización. Esto demuestra lo agradable de matar y lo desagradable de obedecer. Sin duda, a pesar de todos los progresos, en cada uno de nosotros sigue ardiendo la llama del corazón del troglodita.
Aviraneta era hombre poco propicio a vivir del pasado. Aviraneta era siempre actual.
De sus empresas conservaba un vago recuerdo, casi siempre confuso y sin detalles. Los acontecimientos del día, de la hora, del momento, tenían tal importancia para él, que no le dejaban fantasear sobre lo pasado.
Aviraneta no era de los turbulentos que languidecen en tiempo de paz. Llevaba la turbulencia allí por donde iba; la paz era también para él la guerra, porque constantemente estaba intrigando, conspirando, ejerciendo sus facultades de dominación y de lucha.
La vida de casi todos los hombres es como una cadena de eslabones iguales; la vida de los tipos como Aviraneta es una cadena en que cada eslabón es diferente. Sin embargo, la cadena de su existencia en ellos es también una unidad.
Del fondo del espíritu suyo brotaba un manantial de energía que le permitía elasticidad suficiente para no dejarse laminar por la reglamentación estrecha de un pueblo; estaba rompiendo constantemente el tejido de preocupaciones que forma la vida estancada alrededor del hombre.
Ese tejido conjuntivo de la sociedad, que fija al individuo en el ambiente y lo inmoviliza y lo deforma, no tenía para el Tirano, para el Robespierre de Aranda, más valor que una cosa que se dejaba penetrar sin dificultad.
Aviraneta no podía, seguramente, deshacer la tradición en el espíritu de los demás, ni en el espíritu del pueblo; pero la rompía en sí mismo constantemente.
Él pensaba lo contrario; se hacía la ilusión de que su empuje demoledor, su acometividad de revolucionario, iba abriendo una brecha en la vieja fortaleza de la España arcaica.
El Tirano se encontraba siempre con energía suficiente para adaptarse y para desadaptarse, para soportar los lazos sociales y para cortarlos bruscamente. A veces tenía algún miedo retrospectivo por haber hollado y despreciado la costumbre respetada; pero en el momento de ejecutar estaba siempre tranquilo.
La ilusión, la eterna esperanza, fingiéndole para el día siguiente oasis espléndidos, le hacía en el instante de decidirse a algo ligero y fuerte como un pájaro de presa.
Cuando perdía su aliento, el Tirano, hombre dinámico antetodo, que no había llegado a un estado completo de conciencia, consideraba que sus períodos de desmayo para la acción eran resultado de un morbo psicológico.
No suponía nunca que el mundo pudiese ser una estepa, un pedregal árido, sin una mata, sin una fuente, sin una humilde flor; la Ilusión, esa gran Maia de los indios, le hacía ver siempre delante de los ojos un magnífico telón con hermosas perspectivas, sobre el cual las miserias de la vida próxima eran únicamente negruras para contrastar con la claridad y la belleza de las cosas futuras y lejanas.
El terrible egoísmo de los hombres, su vanidad, su envidia, su petulancia, la mezquindad de espíritu de las mujeres, el odio entre sí por rivalidad sexual, tan despreciable y tan bajo; la vida basada en la cobardía y en la constante abdicación de lo más noble, eran para él pequeños episodios, ligeras manchas sin importancia.
Todo el conjunto inarmónico de voces de la naturaleza y del hombre, el clamor del rencor, de la desesperación, del egoísmo de la Humanidad entera, animado por la ilusión constante, le parecía una sinfonía con su ritmo, el coro trágico sobre el cual se levantaba la voz poderosa del héroe.
Podía suponer que el terreno pisado hoy sería ingrato para él. ¿Y qué? En cambio, el de mañana tenía que ser admirablemente bello.
Aviraneta caía rara vez en el desaliento y en la desgana. Bastaba que encontrara algo que hacer para que huyeran en seguida todas sus vacilaciones.
Su pensamiento era siempre dinámico; no podía discurrir sin unir al discurso una idea de acción, y cuando llegaba a ésta comenzaba a poner los medios para realizarla.
Sólo algunas veces, muy raras, deprimido por ligeras afecciones artríticas, sentía que su inteligencia comenzaba a vagar en lo abstracto, y entonces se decía a sí mismo:
—Algo me ha hecho daño.
Uno de los entusiasmos de Aviraneta era lo difícil. Lo difícil es la gran atracción de todos los aventureros; lo difícil exige inteligencia, tesón, frialdad, nervios duros, espíritu ecuánime. Intentar lo difícil, imponerse una tarea ardua y superior a las fuerzas de la generalidad, trabajar como un condenado. Este era su orgullo.
Para un hombre tan fértil en recursos como él, de un valor y de una serenidad rara, la dificultad era el mayor atractivo.
Si Aviraneta hubiera sido filósofo y hubiera intentado postular su ley moral, la hubiera formulado así: «Obra de modo que tus actos concuerden y parezcan dimanar lógicamente de la figura ideal que te has formado de ti mismo».
Aviraneta creía que era valiente, sereno, frío; pues sus actos debían estar a la altura de su valor, de su serenidad y de su frialdad supuesta.
Generalizando la norma de Aviraneta, el Tenorio debía obrar como Tenorio; el intrigante como intrigante; el ladrón como ladrón. La moral de Aviraneta era moral de cómico, moral de teatro, moral un tanto inmoral; pero moral fuerte, al menos para él.
Aviraneta acertaba o no acertaba en sus acciones, pero no tenía remordimientos.
La conciencia, indudablemente, tiene algo parecido con una función orgánica como la digestión. No es sólo la bondad o maldad de las acciones, o de las substancias ingeridas, la que produce el remordimiento en la conciencia o la indigestión en el estómago; es, más que nada, la fuerza del órgano de pensar y de digerir la que falla o la que vence.
Hay conciencias como el buche de los avestruces, que deshacen las piedras; hay otras, en cambio, como las corolas de las sensitivas, que se marchitan al menor contacto.
El Tirano tenía una conciencia fuerte; digería todas sus acciones y no se acordaba de ellas. Jamás le venía a la imaginación la idea de preguntarse si había obrado bien o mal en estas o las otras circunstancias del pasado; lo único que se le ocurría preguntarse era si en este o en el otro momento se había conducido con habilidad.
No quería juzgar su vida y someterla a normas de sacristía ni de logia masónica.
Inconscientemente, la moral era para él una cuestión de pulcritud, como la buena ropa o la buena caligrafía.
Su amigo de la mocedad el capitán Sanguinetti le decía muchas veces:
«Mio caro, studiate la matematica», y Aviraneta estudiaba la matemática a su modo.
Aviraneta tendía siempre, como su primer maestro, Merino, a dejar en el misterio sus fines y sus medios de acción. Así infundía en los demás la idea de que era más poderoso de lo que era en realidad, y esta idea refluía después en sí mismo y le daba fuerza.
Estos hombres de acción se forjan, sin saberlo, motivos que salen de ellos y vuelven a ellos, y los toman como si vinieran del ambiente.
Aviraneta creía en la fisiognomía; había leído a Lavater, e intentaba aplicar sus teorías.
Le gustaba estudiar a una persona mirándola. Creía que la primera impresión visual era importante; que se podía llegar a averiguar el sentido de una vida por la cara de un hombre.
Por esto uno de sus esfuerzos era aprender a conocer a los demás y aprender a disimular.
Aviraneta suponía que cada momento que pasaba mejoraba su juicio; toda su vida anterior le parecía infancia. Ilusión, seguramente; pero ilusión halagadora.
Aviraneta no se sentía fatalista, y, sin embargo, lo era. Tenía demasiada confianza en sí mismo para no creer un poco en su estrella.
El Tirano no se analizaba, no se preocupaba de sus contradicciones; quería prepararse para la vida sedentaria, y había días que andaba cinco leguas a caballo. Le dolía perder los hábitos de un guerrillero; esperaba volver a serlo.
Pensaba también que podía convertirse en un buen señor sedentario y tranquilo; pero en el fondo, ni la familia, ni la mujer, ni el hogar le seducían. Era el pajarraco salvaje que necesita espacio, soledad, desolación...
Aviraneta creía que trabajaba para los demás; pero en el fondo trabajaba para sí mismo, no por sentido utilitario práctico, sino porque era un coleccionista de empresas difíciles y peligrosas.
Aviraneta, que había suprimido el remordimiento, quería suprimir el temor.
Su tío y maestro Gastón Etchepare le había escrito una vez: «Un hombre digno no debe temer nunca, al menos en los momentos de salud y de razón; ni la muerte, y después la nada, si es incrédulo; ni la muerte, y después el infierno, si es creyente. ¿Temor? Jamás. Ni aunque fuéramos responsables de nuestros actos debemos temer».
Aviraneta intrigaba, iba, venía; se le solía ver esperando con impaciencia las galeras que llegaban con el correo desde Irún y Madrid...
En aquel pueblo castellano, pardo, terroso, de casas de madera y adobes, había un hombre que vivía con la misma energía que un ciudadano de una república italiana del Renacimiento, o que un vecino de París en tiempos de la Revolución. Era don Eugenio de Aviraneta, que llevaba bajo su cráneo, ancho y espacioso, un mundo de intrigas, de maquinaciones, de sueños de ambición y de poder...
Una mañana de a mediados de julio, poco antes de la hora de comer, estaba don Eugenio en su despacho del Ayuntamiento cuando se le presentó un correo con un pliego. Aviraneta lo abrió y leyó, no sin cierta sorpresa, este oficio:
«Gobierno político de la provincia de Burgos. Cerciorado de la ardiente adhesión de usted al régimen constitucional, de su celo y amor por el bien público y de que, al mismo tiempo, se halla dotado de actividad y de un carácter enérgico y decidido, creo que podía usted hacer un servicio importante a la provincia y a la patria si se prestara gustoso a una comisión ardua y honorífica que trato de encomendarle.
»Para esto convendría se avistara usted conmigo sin pérdida de tiempo, viniendo provisto de lo necesario para algunos días de expedición. Dios guarde a usted muchos años. Burgos, 12 de julio de 1820.—José Marrón.»
Leyó Aviraneta el oficio detenidamente, lo guardó, y poco después se levantó de la mesa y salió a la calle.
El joven Frutos había seguido con curiosidad todos los movimientos de Aviraneta. Salió también del despacho, y en la puerta del Ayuntamiento se encontró con el alguacil Argucias.
—¿Quién ha venido con la carta para don Eugenio?—le preguntó.
—Dos hombres de Burgos, a caballo.
—¿Qué clase de hombres eran?
—Algunos milicianos, probablemente, aunque no traían uniforme.
—¿Qué habrá de nuevo?—exclamó Frutos.
—Este hombre está comprometiendo al Ayuntamiento y al pueblo—murmuró Argucias—. Debías abandonarlo.
—El caso es...
—No le dejéis hacer lo que quiera.
—¡Yo cómo me voy a oponer!
—Sí. Entre el secretario y tú podéis pararle los pies.
—No es tan fácil.
—Sí. ¡No ha de ser fácil! Todos los buenos tenemos que unirnos. Lo que tú sepas me lo cuentas a mí, yo se lo advertiré al párroco. Éste me dijo el otro día: «Parece mentira; Frutos, un buen muchacho que tantas veces me ha ayudado a misa, de monaguillo, que esté al lado de ese hombre». Y yo le contesté: En el fondo, Frutos está con nosotros.
—¿Eso le dijo usted?
—Sí.
El joven Frutos quedó perplejo.
—No, no; yo...—balbuceó.
—¿Por qué no averiguas lo que le han escrito? Es posible que le llamen a algún lado, y entonces...
—¿Qué?
—Vas con él.
—Sí; y luego, el pueblo creerá...
—No; ya lo advertiremos nosotros en todos lados. Tenemos a la Gaceta.
En esto entró Diamante en el portal, miró con desdén a los dos hombres, y preguntó:
—¿Está don Eugenio?
—No; ha salido—contestó Frutos, secamente.
—Es extraño. Me dijo que estaría.
—Ha recibido un oficio y se ha marchado.
—¿Un oficio? Voy a ver lo que es.
—Iré con usted.
Se acercaron ambos a la Casa de la Muerta y vieron a don Eugenio que estaba aparejando dos caballos en compañía de sus criados Jazmín y el Lebrel.
—¿Qué es esto?—preguntó Diamante.
—Nada; que me voy a Burgos.
—Pues... ¿qué sucede?
—Que me llama el gobernador para encargarme de una comisión.
—¿De qué comisión?
—Pues no sé cuál es.
El primer movimiento de Diamante fué de envidia.
¿Por qué le llamaban a Aviraneta y no a él? Aquel hombre había estado en la guerra de la Independencia, se había mezclado en las conspiraciones liberales, había estado en Méjico, en París, y ahora le llamaban..., y a él no.
Pasado el movimiento de envidia vino la curiosidad.
—A usted no le molestará que yo le acompañe—dijo Diamante.
—No, hombre.
—Entonces, voy con usted.
—Y si usted quiere—dijo Frutos—, yo iré también.
—Como ustedes quieran. Pero yo no sé si tendrán ustedes que hacer algo.
—Eso allí se verá—replicó Diamante.
—Entonces vayan ustedes al hospital a verle a Valdivieso y a decirle que tenemos una comisión del Gobierno, y que nos substituyan el domingo próximo en el mando de los tercios. Yo, mientrastanto, voy a avisar a mi madre.
Diamante hizo el encargo rápidamente, y una hora después cuatro hombres, jinetes en briosos caballos, marchaban al trote largo por el camino de Lerma.
Don José Marrón, brigadier de los ejércitos nacionales, era uno de tantos militares adictos a la causa constitucional. Su adhesión no llegaba al entusiasmo firme y constante; y al ver la lentitud de la obra renovadora del liberalismo, se desilusionó en seguida y comenzó a mirar con indiferencia los acontecimientos.
Elegido jefe político de Burgos, había comenzado su tarea con ahinco, y al ver las dificultades presentadas consideró la obra como imposible al poco tiempo.
Don José Marrón se encontraba en el despacho del Gobierno civil cuando le anunciaron que un señor llamado Eugenio de Aviraneta quería hablarle.
Inmediatamente, abandonando el despacho, entró en un cuarto pequeño, contiguo, y dijo al ordenanza:
—Tráigale usted aquí a ese señor.
Aviraneta entró; el gobernador le dió la mano y le hizo sentar frente a él.
—¿De manera que usted es Aviraneta?—le preguntó.
—El mismo.
—¿El regidor de Aranda?
—Sí, señor.
—Tiene usted fama de hombre enérgico y decidido.
—No creí que tuviera fama ninguna.
—Pues sí la tiene usted.
—Me alegro.
—¿Sabe usted quién me ha indicado que le llame a usted?
—No.
—El juez de Primera Instancia de Burgos, don Modesto Cortázar.
—No es extraño; Cortázar es muy amigo mío, y es, como yo, masón.
—¿Puede usted disponer de un par de semanas, Aviraneta?
—Sí... Es decir, según de lo que se trate.
—Verá usted—y el gobernador se levantó de la silla y paseó por el cuarto—. Tengo datos para creer que varios agentes absolutistas de Madrid han recorrido la provincia de Burgos y han repartido dinero, preparando un alzamiento en la sierra contra el Gobierno constitucional.
—¡Ya empiezan!—exclamó Aviraneta—. No me choca.
—Ya hace tiempo que han comenzado. La primera trama la han urdido unos empleados del Palacio Real; entre ellos, el secretario del rey, don Domingo Baso, y el capellán Erroz. Su objeto era sacar al rey de Madrid, pretextando que los liberales iban a establecer la República, y traerlo a Burgos y ponerlo a la cabeza de los absolutistas. Baso contaba con el infante don Carlos para influír en Fernando VII; pero no pudo convencer a éste de que hablara a su hermano. Entonces, Baso y Erroz salieron de Madrid, fueron a Daimiel, vieron al ex ministro de Policía Echevarri, que vivía en este pueblo, y le instaron para que se sublevara. Echevarri lo hizo, y los conspiradores fueron presos.
—¿Pero el movimiento sigue?
—Sin duda. El primer tanteo en esta provincia ha sido la partida del Cura Barrio. Usted estará enterado, seguramente, de que hace un mes se levantó el canónigo de la colegiata de San Quirce don Francisco Barrio en la sierra de Quintanar.
—Sí, lo sabía.
—Este hombre lleva unos veintitantos hombres a caballo, y ha recorrido las sierras de Burgos y de Soria, deteniéndose en Covaleda y en Hontoria del Pinar, comprometiendo a la gente, recogiendo armas y municiones y guardándolas en las iglesias y en las cuevas. De acuerdo conmigo, el gobernador militar mandó varias columnas en persecución de los facciosos.
—¿Y han conseguido algo?
—Nada. Los jefes de nuestras tropas no tienen relaciones en el país; ignoran el terreno que pisan y andan completamente desorientados. Además, yo sospecho que algunos, en el fondo, son absolutistas. Esto, unido a que el espíritu del pueblo es hostil, hace que esa partida de veinte hombres sea inhallable.
—En Aranda se dijo que se había acabado con ello.
—Sí, eso se ha dicho; pero no es cierto, y Barrio anda campando por ahí con absoluta impunidad. Ahora, al parecer, ya no se trata sólo de la partida del canónigo, sino que se quiere dar al movimiento una gran extensión. Los absolutistas han preparado la fuga del rey a las provincias del Norte; el general Echevarri, Santos Ladrón, Eguía y otros sublevarán las provincias vascas y Navarra, y la sierra de Burgos se levantará en masa cuando se presente el Cura Merino, que ha salido de Valencia con el objeto de tomar el mando de la partida de Barrio, que se engrosará con sus antiguos guerrilleros. Con estos datos, y como no tiene uno medios para hacer nada, me determiné a reunir una junta formada por el comandante general y el juez de Primera Instancia, don Modesto Cortázar. Expuse ante ellos la situación en que me encontraba, desarmado, sin confianza en nadie, y entonces Cortázar me habló de usted. Me dijo que había sido usted guerrillero con Merino. ¿Es verdad?
—Sí.
—Es extraño. Me dijo también que conocía usted la sierra a palmos y que tenía usted amistades y relaciones en ella.
—Todo eso es cierto.
—Y concluyó afirmando que si le daban a usted medios, acabaría usted con la facción al momento.
—Tanto como eso, no lo puedo asegurar. Nadie puede contar con el éxito; pero intentaré.
—¿De manera que acepta usted?
—Sí, señor.
—¿Condiciones?
—Para mí, ninguna. Lo hago por amor al arte.
—¿Qué necesita usted?
—Un escuadrón de caballería con buenos caballos y buenos jinetes. Yo mismo escogeré los caballos. Formaré tres pequeñas columnas, que las mandarán dos amigos míos y yo.
—Muy bien.
—¿Qué instrucciones son las mías? Si cojo a los facciosos, ¿qué hago con ellos?
—Prenderlos.
—¿A los jefes también?
—También. ¿Le parece a usted mal?
—Muy mal.
—¿Pues qué cree usted que se debía hacer con ellos?
—Fusilarlos.
—No, no. Tomarán represalias.
—Las tomarán de todas maneras.
—No, no. Nada de fusilar.
—Esta guerra que empieza ha de ser terrible—dijo Aviraneta pensativo—. Ha de ser más larga y peor que la de la Independencia. Lo verá usted.
—Aunque así sea. Nada de fusilar.
—Está bien.
Aviraneta salió del despacho del gobernador y fué a encontrarse con Diamante y Frutos, que le estaban esperando. Les contó lo ocurrido en la entrevista y les expuso su plan.
Al día siguiente, al amanecer, el escuadrón entero marchaba a Covarrubias. Aquí se dividieron en tres partidas.
Diamante fué el encargado de marchar a Salas de los Infantes y de seguir sin detenerse las huellas de Barrio. Diamante era hombre infatigable y enérgico, y había de hacer los imposibles para alcanzar al cabecilla y lograr el éxito.
Aviraneta y Frutos obrarían en combinación, sin separarse apenas. Frutos marchó a Barbadillo del Mercado, y Aviraneta quedó en Covarrubias con sus tropas alojadas en el archivo y en la torre de Doña Urraca, y al día siguiente fué a Santo Domingo de Silos.
Aviraneta estableció un servicio de confidentes en el campo.
Conocía bien las guaridas y recursos de que podía echar mano una partida en la sierra, y como un jugador de ajedrez que va dando jaque al rey con las dos torres, pensaba acorralar al Cura Barrio.
Cuatro días después de llegar a Santo Domingo de Silos, Aviraneta tuvo vagos indicios de que un emisario de Barrio se encontraba en Tordueles. Inmediatamente dió orden de montar, y las dos partidas, la de Frutos y la suya, llegaron a media noche a la aldea y la rodearon por completo, con la consigna de no dejar escapar una mosca.
Ya cercado el pueblo, Aviraneta, en compañía de Frutos y de una escolta de diez hombres, entró hasta la plaza, mandó abrir la posada y llamar al alcalde. Este se presentó escamado y suspicaz.
Aviraneta había subido al primer piso de la posada, a un cuarto desmantelado, con una alcoba obscura en el fondo.
La posadera, en chanclas y a medio vestir, se presentó ante los irruptores de su casa.
—¿Tomarán ustedes algo?—preguntó.
—Yo, una taza de chocolate—contestó Aviraneta.
—Nosotros veremos si hay alguna cosa más sólida—dijo Frutos.
Llegó el alcalde, y entre Aviraneta y él se entabló un diálogo rápido.
—¿Usted es el alcalde del pueblo?—preguntó Aviraneta.
—Sí, señor.
—Va usted a contestarme a las preguntas que le haga claramente y sin rodeos.
—Sí, señor.
—¿Dónde está el forastero que vino ayer al pueblo?
—Ayer no vino nadie al pueblo.
—Ayer o anteayer, es igual. ¿Dónde está el que ha venido al pueblo a hablar de parte del Cura?
—Yo no lo he visto.
—¿Pero usted sabía que estaba aquí?
—No, señor.
—Entonces, ¿cómo ha dicho que no lo ha visto?
—Porque no lo he visto.
—Pero sabía usted que estaba, si no, no hubiera usted dicho que no lo había visto.
—No, señor, no sabía que estaba.
—Tenga usted en cuenta que nosotros fusilamos a los que nos engañan.
—Está bien.
—Otro testigo—dijo Aviraneta.
Entró un vecino y comenzó un nuevo interrogatorio.
Estaba clareando; algunos aldeanos se acercaban, curiosos, a la puerta de la posada atraídos por la patrulla de caballería.
Aviraneta, después de interrogar a varios vecinos, se convenció de que el pájaro había volado.
—No tenemos suerte—le dijo a Frutos—. Almorzaremos y seguiremos adelante.
Al mismo tiempo que se hacían estos interrogatorios en la posada, un bulto negro había intentado salir del pueblo y cruzar por entre dos soldados de caballería.
—Alto, ¿quién vive?—dijeron los soldados.
—España.
—¿Qué gente?
—Gente de paz.
—¡Adelante!
El hombre dió varios pasos. Los soldados se apearon y se acercaron al individuo.
—Dese usted preso—le dijeron—; y cuatro manos le sujetaron.
—Preso, ¿por qué?
—Eso ya se lo explicarán a usted.
Los dos soldados, con el hombre en medio, entraron en el pueblo, llegaron a la posada, cruzaron el zaguán, subieron las escaleras y entraron en el cuarto, en donde Aviraneta, sentado a la mesa con el sombrero calado, tomaba una taza de chocolate. Un candil humeante iluminaba la estancia.
—¿Da usted su permiso?—dijeron los soldados.
—¡Adelante! ¿Qué ocurre?
—Que traemos un preso.
—¡Cristo!—exclamó Aviraneta levantándose lleno de asombro—. El Cura Merino.
—El mismo soy, ¿qué me quieren?
—Vigilad la puerta—dijo Aviraneta a los soldados y a Jazmín—; que este hombre no se escape.
Los soldados se agolparon a la puerta. Aviraneta apagó el candil y luego se sentó. Entraba ya la luz de la mañana.
Quedó la estancia en una semiobscuridad borrosa y triste. El Cura Merino, con voz agria, preguntó:
—¿Quién manda aquí? ¿Por qué se me prende?
—El canónigo de Valencia no tiene nada que hacer en estos montes—repuso Aviraneta.
—Eso ¿quién lo dice?
—Lo digo yo.
—¡Esa voz, ese tipo!—murmuró el Cura extrañado acercándose a Aviraneta—. ¿Eres tú, Pisaverde?
—Soy yo, señor cura.
—¿Tú eres el que manda esta patrulla?
—El mismo.
—¿El que me ha mandado prender?
—Sí, señor.
El Cura cogió una silla y se sentó en ella.
—¿Qué piensas hacer conmigo?—dijo tras un momento de silencio.
—No sé lo que hará el gobernador de Burgos con usted. Si yo tuviera un poco de poder—añadió con acento duro—, antes de cinco minutos estaría usted fusilado.
El Cura se estremeció, se levantó de la silla y echó una mirada a su alrededor.
—No se canse usted. No puede usted escapar—dijo fríamente Aviraneta.
—¡Echegaray!—exclamó el Cura—. Tú no puedes tener motivo contra mí... Yo te estimo en lo que vales; te he querido...
—Sí, me ha querido usted fusilar cuando me tuvo usted entre sus garras.
—No, tonto. ¿Crees que si hubiera querido fusilarte te hubiese encerrado en aquella casa? No. Quería asustarte nada más, hacerte reflexionar, llevarte por el buen camino...
—¿El buen camino del absolutismo?
—El absolutismo y la religión son las únicas cosas que pueden salvar a España.
—Yo creo todo lo contrario, que la Libertad y la Constitución nos han de salvar.
—Pero, Echegaray, España no es de hoy; vive hace muchísimos siglos...
—Sí, vive hace muchísimos siglos mal, entregada a la barbarie, al fanatismo...
—No seas necio... Yo te probaría...
—No me probaría usted nada... Yo sí que le probaría, si tuviera tanto así de fuerza, que le fusilaba sobre la marcha.
—Bueno, fusílame... Fusila a tu antiguo jefe..., a un sacerdote indefenso...
—Nada de comedias, don Jerónimo... Ya le he dicho a usted que no le fusilo porque no tengo fuerza...
—¡Bah! Fuerza tienes... Sin embargo, no lo haces... porque no quieres...
—Porque no quiero, no; porque no puedo... No tengo mas que un mando eventual. Mis tropas no me conocen; quizá no me obedecieran si les ordenara su fusilamiento. Son además gentes supersticiosas. Saben ya que es usted el Cura Merino, y creen que matar a un cura es peor que matar a otro hombre.
—¿Y tú, no?
—Yo, no. Yo dejaría los santos huesos del ministro del Señor aquí, revueltos con el estiércol, en esta tierra donde tanta sangre ha derramado usted.
—¡Sacrílego! ¡Bárbaro!
—¿Pero de verdad cree usted, don Jerónimo, que usted es persona sagrada? Usted que ha matado a tanta gente..., que ha incendiado..., que ha violado a las criadas de las posadas y les ha dejado de recuerdo un pequeño Merino, usted que ha robado...
—¿Yo robar?
—Para el partido, no para usted.
—¡Ah! Eso es otra cosa.
—¿De manera que usted se cree sagrado? ¿Usted cree que son sagrados todos esos ganapanes vestidos de negro, todos esos farsantes chapeados de bellaco? Extraña idea.
—Para ti, que eres masón e impío muy extraño.
—Y para usted debe serlo también, si alguna vez hace examen de conciencia... Aunque usted no tiene conciencia.
—Gracias, hijo.
—No, no la tiene usted. Usted es una alimaña, una fiera... Ahora que es usted un gran militar... Eso es cierto.
—Vamos. Veo que me concedes algo.
—¿Por qué no? Por eso precisamente le fusilaría a usted si pudiera, porque sé que ha de hacer usted mucho daño a España, a la Libertad, a la civilización. Sí, le fusilaría a usted, no por venganza, sino como quien cumple un deber...; pero no puedo, y lo siento. Le enviaré a usted con escolta a Burgos; allí el gobernador le soltará un discurso severo. Usted a todo dirá que sí; luego el señor arzobispo, con la superioridad que le dan sus sesenta o ochenta mil duros de ganancia al año, le dirá que hace usted muy mal en rebelarse contra el Gobierno constitucional, que paga tan bien a los obispos; le dejarán suelto, y dentro de un par de meses estará usted aquí de nuevo sublevando el país. En fin, si me coge usted, don Jerónimo, ya sabe que me puede fusilar sin remordimiento.
—No, no te fusilaré.
—¡Jazmín!—llamó Aviraneta.
—A la orden.
—Llama al sargento.
Entró el sargento en el cuarto.
—Sargento—dijo Aviraneta—, hay que conducir a este señor, que es el Cura Merino, a Burgos, con escolta. A ver si hay algún carricoche en el pueblo.
—Sí, hay uno.
—Decomisadlo, y que lo aparejen.
Salió el sargento y Merino; Aviraneta, Frutos y Jazmín quedaron en el cuarto.
Merino, tranquilo ya por su suerte, iba mascullando las frases de Aviraneta, y, al recordarlas, la cólera le subía en ráfagas de sangre a la frente.
Aviraneta sonreía, mirando al Cura, y el joven Frutos se maravillaba de la audacia de los hombres, de que Merino estuviera sereno y de que Aviraneta hablara de aquel modo a su antiguo jefe.
Un cuarto de hora después el sargento entró diciendo que ya estaba preparado el birlocho.
—¿Lo atamos?—dijo, señalando a Merino.
El Cura se levantó furioso y miró al sargento de tal modo que lo intimidó.
—¡Atarme a mí!—exclamó.
—No hay necesidad de atarle—dijo Aviraneta fríamente—. ¿Cuántos hombres van?
—Veinte.
—¿El cochero es del pueblo?
—Sí.
—Sustitúyanlo ustedes por un soldado. ¡Bueno, don Jerónimo, a montar!
El Cura Merino, bramando de coraje, salió del cuarto, bajó las escaleras, cruzó el zaguán de la posada y subió en el vehículo.
La escolta, mandada por el sargento, rodeó el coche, que tomó el camino de Lerma. Una hora después Aviraneta y Frutos, con su gente, volvían a Santo Domingo de Silos, y de aquí se encaminaban a Hontoria del Pinar.
Descansaron Aviraneta y Frutos con sus tropas en Hontoria del Pinar. Aviraneta averiguó que Barrio, perseguido por Diamante, había entrado en la provincia de Soria, dirigiéndose a la sierra de Yanguas, y al saberlo envió un parte al jefe político de Soria indicándole la dirección de Barrio y la conveniencia de colocar algunas patrullas de soldados o de milicianos a su paso.
Mandó a un aldeano con el parte, y al día siguiente salieron Frutos y Aviraneta de Hontoria del Pinar. Frutos avanzó hacia San Leonardo, y Aviraneta recorrió Covaleda y Vinuesa.
Tenían como punto de reunión Hinojosa de la Sierra.
Aviraneta, al pasar por Covaleda, supo que Diamante seguía persiguiendo al Cura Barrio por Salas y Quintanar; que aquí se habían metido los dos en las sierras de Hormazas y de Santa Inés, y que iban por el momento uno tras otro recorriendo la parte de Yanguas.
La única solución del Cura Barrio para no verse obligado a internarse en la llanura, en cuyo caso se hubiera visto rodeado al momento, era, o entrar en tierra aragonesa, solución mala, no conociendo el terreno, o volver de nuevo hacia Burgos; pero para impedirlo estaban al acecho Aviraneta en Vinuesa y Frutos en San Leonardo. Se reunieron los dos en Hinojosa y avanzaron juntos hasta Estepa de San Juan.
Aquí supieron que el Cura Barrio y sus guerrilleros, cansados, aspeados y muertos de hambre, perseguidos por Diamante, que no les dejaba descansar un momento, ni de día ni de noche, se habían rendido y entregado las armas al alcalde de Yanguas.
Diamante no pudo coger el fruto de su persecución, porque al día siguiente, un par de horas antes de que su patrulla entrara en Yanguas, se presentó una columna salida de Soria y se hizo cargo de los presos.
Diamante, indignado, los reclamó; el jefe de la columna no quiso entregarlos, y se dirigió con ellos hacia la capital. Al encontrarse en el camino con las patrullas de Frutos y de Aviraneta éste dió al comandante explicaciones de cómo habían salido en persecución de Barrio desde Burgos, y el comandante entregó los prisioneros.
Formaban la partida, además del canónigo don Francisco Barrio, tres curas de pueblo y los guerrilleros llamados Dionisio Carro, Isidro Astorga, José Crespo, Agustín Escudero, gente toda conocida por sus fechorías, y, además de éstos, algunos indocumentados sin importancia.
Diamante quedó muy poco satisfecho de la aventura. Esperaba coger la presa, y ésta se le había escapado en el momento de echarla mano.
Al contarle Aviraneta la captura del Cura Merino, Diamante exclamó entristecido:
—¡Qué suerte! ¿Y qué ha hecho usted con él? ¿Lo ha fusilado usted?
—No. El gobernador lo prohibió terminantemente. Si hubiese tenido a mis órdenes gente fina y revolucionaria les hubiera encargado que al llevar el Cura a Burgos, con el pretexto de que se quería escapar, le hubiesen pegado cuatro tiros en el camino...; pero no había gente terne.
—¡Qué lástima!—exclamó Diamante.
Diamante pretendió fusilar a Barrio y a los principales de la partida capturada, pero Aviraneta se opuso. La orden era de conducirlos prisioneros; Diamante quiso entonces atarlos a la cola de los caballos; pero tampoco se aceptó la idea, y se decidió llevarlos en dos grupos.
La columna, cruzando campos, tomó la calzada de Soria a Burgos, y llegó a esta ciudad a entregar los presos.
El gobernador preguntó a Aviraneta qué recompensa deseaba. Éste le dijo que si conseguía alguna medalla para Diamante y para Frutos se lo agradecería.
El gobernador mandó un parte al Gobierno elogiando el servicio prestado por Aviraneta, y al día siguiente los tres jefes de los tercios de Aranda volvían a esta villa.
Todo Aranda se enteró bien pronto de lo que habían hecho Aviraneta y sus amigos; los liberales y milicianos alabaron al Tirano, y los absolutistas consideraron que había cometido una violencia y hasta un sacrilegio al prender al Cura Merino.
El charlatán del pueblo, voceador de los absolutistas, la Gaceta, añadió al suceso detalles de su invención para pintar más odiosos a Aviraneta y a Diamante.
Se habló de nuevo del despotismo y de la intransigencia de los liberales, y don Juan Caspe, latinista e historiador, amigo del señor Sorihuela, disparó a Aviraneta una carta impresa, con este título:
La carta estaba fechada en la Caverna de Abi-Hiram, año primero de la Libertad de Disparatar, y tenía como lema esta frase en latín:
Crocodilus, invictum alioquin et perniciosum animal, tamen Tentyritas adeo metuit, ut at voces etiam expavescat: ita tyranni cum omnes contemnant, tamen Eruditorum litteras timen (Ex Erasmi Paraboli).
El cocodrilo, animal por otra parte invencible y pernicioso, teme tanto a los Tentiritas, que sólo al oír sus voces se llena de pavor; no de otra suerte los tiranos: aunque a todos desprecian, temen, sin embargo, las cartas de los eruditos.
(De las parábolas de Erasmo.)
En su carta, el clérigo derrochaba erudición, pedantería y gracia zumbona, de esa que siempre ha tenido la gente sacristanesca.
La Gaceta llevó la carta dedicada al Avioncete tirano por todas partes; la gente se rió de los chistes de don Juan Caspe, y Aviraneta, deseando vengarse, contestó imprimiendo otro escrito, que no tenía la erudición ni la gracia de la del cura, pero sí mayor precisión y brutalidad. Se titulaba: