La carta estaba dirigida desde la Caverna de Abi-Hiram a la taberna de la Cochambre, año primero de los Malos Usos y Costumbres.
El escrito de Aviraneta indignó a la mayoría de la gente.
—Eso es una grosería, un disparate—dijeron las personas de orden, y todos echaron la culpa a Aviraneta, sin indicar que la provocación había partido del cura.
La réplica quitó las ganas al clérigo de seguir satirizando a don Eugenio.
El fiel de fechos Santa Olalla hizo una denuncia en el Juzgado por aquel papel infamatorio; pero la denuncia no progresó. Aviraneta continuó su vida ordinaria.
Pasaba la mañana en el despacho, y después marchaba a su casa, para la que había traído una buena colección de libros. Luego comía con su madre, trabajaba de nuevo, daba por las tardes un paseo en la Acera, visitaba la confitería de doña Manolita y la relojería del suizo, y por las noches, después de cenar, iba de tertulia a casa del juez, donde hablaba y bromeaba con Rosalía y Teresita.
Los domingos, al amanecer, solía ir a cazar con el Lebrel, y volvía para la hora de comer.
A principio de invierno Aviraneta recibió orden del Ministerio de Hacienda para que pasara al próximo convento de La Vid a hacer el inventario de las propiedades monacales.
La Vid es una aldea o barriada formada principalmente por una manzana de casas unida al antiguo monasterio de Premonstratenses instalado en las márgenes del Duero.
La Orden francesa de los Premonstratenses, fundada por San Norberto, en Premontre, cerca de Laon, en la isla de Francia, tenía varias casas en España, entre ellas la de Santa Cruz de Rivas, en Palencia; Aguilar de Campóo, La Vid, y alguna otra en Cataluña.
Las fundaciones premonstratenses procedían en España de su casa matriz Santa María de Retuerta y habían sido protegidas por Alfonso VII.
La Vid estuvo sometida a Retuerta por orden de Alfonso el Emperador hasta el año 1532, en que Clemente VII estableció que este monasterio tuviese abades trienales y fuese cabeza de congregación.
El monasterio de La Vid era un gran edificio fuerte, de gruesos muros, asentado a orilla del Duero. Tenía un puente largo y estrecho de piedra, de nueve ojos, sobre el río, y magníficas propiedades, prados, campos, bosques y dehesas.
El monasterio estaba muy bien conservado. La iglesia ostentaba una fachada recargada y barroca y una espadaña de varios pisos.
Por dentro era grande y ofrecía la particularidad de ser un cuerpo de tres naves con el techo sólo de una, como la catedral de Coria.
Lo mejor de la iglesia era la capilla mayor, obra realizada a expensas del cardenal arzobispo de Burgos, don Iñigo López de Mendoza, y de don Francisco de Zúñiga y Alella, conde de Miranda, desde el año 1552 hasta el 1562.
El condestable de Castilla, don Pedro Fernández de Velasco, testamentario del cardenal Mendoza, en unión del conde de Miranda, extendieron en 1.º de enero de 1552 el nombramiento de mayordomo de la obra de la capilla a favor de Hierónimo de Quincoces, a condición de que había de residir en el monasterio mientras durase aquélla, tener un libro de cuenta y razón donde constara lo que recibiese y gastase, y correr con el acopio de materiales, ajuste a los maestros, oficiales y peones, asignándole para su salario y acostamiento diez y ocho mil maravedises al año, a contar desde la fecha.
Duró Quincoces en su mayordomía hasta el año 1558, en el cual le sustituyó Diego Daza, que terminó las obras en 10 de junio de 1562.
En el convento, de sólida construcción, lo más notable era el claustro, el coro y las escaleras.
Las antiguas viviendas de los frailes se señalaban por lo grandes, cómodas y espaciosas, y la cocina y el refectorio se veía que había sido lo más trascendental en aquella santa casa.
Aviraneta supuso que como en todas partes encontraría oposición en los colonos de La Vid para comenzar el inventario de los bienes de la comunidad, se hizo acompañar por Jazmín, el Lebrel, Diamante y cuatro milicianos de Aranda, ex guerrilleros del Empecinado, entre ellos, el sargento Lobo.
El convento de La Vid no tenía en este tiempo el número de frailes que la ley votada en Cortes exigía para que pudiera existir como agrupación religiosa. Había únicamente cuatro o cinco monjes que gozaban dignidad de canónigos y que vivían en las casas del pueblo por no poder habitar el monasterio, entre ellos un tal don Manuel Castilla, hijo de un labrador de Vadocondes.
Como suponía Aviraneta, al llegar él y sus amigos a La Vid, a reclamar las llaves al que hacía de administrador y avisar algunos colonos para que viniesen a declarar como testigos, vió claramente que todos estaban dispuestos a oponerse al inventario por cualquier medio.
El fraile don Manuel Castilla se presentó con muchos humos e insultó a los milicianos. Aviraneta le recomendó que se reportara, porque estaba dispuesto a emplear todos los medios para amansarle, desde darle una paliza hasta pegarle cuatro tiros.
Los colonos de La Vid, al oír las razones de Aviraneta, vacilaron.
No era solamente virtud y entusiasmo por la religión los que movían a los aldeanos a protestar del inventario; la causa principal era que los vecinos de las noventa casas del pueblo se aprovechaban como de cosa propia de los bienes, casi abandonados, del monasterio.
Aviraneta y Diamante hicieron como que no se enteraban, y Aviraneta comenzó a catalogar cuadros, estatuas, joyas, y a medir campos y bosques.
La indignación cundió en las tres barriadas de La Vid; llovían amenazas anónimas e insultos; se dispararon varios tiros a las ventanas.
La Gaceta apareció por allá a intrigar con sus chismes y sus embustes.
Aviraneta, Diamante y sus guerrilleros fingían que no se daban cuenta de la cólera de los vecinos.
Todas las maniobras del inventario se hacían por procedimientos militares. Se ocupaba un prado como si se tuviera que atacar al enemigo; se tomaban las medidas, y a casa.
Aviraneta no había querido desperdigar sus hombres; todos ellos vivían en el monasterio, en la misma sala. Se hacía la comida en la cocina de la portería y se dormía en el archivo, que estaba encima de la biblioteca.
La biblioteca era un salón alto, con el techo abovedado y pintado. La bóveda tenía en medio una gran composición con figuras desconchadas, y en los cuatro ángulos, los evangelistas con sus atributos.
Cinco ventanas grandes con rejas iluminaban la sala, y cerca del techo, en la misma bóveda, se abrían en las gruesas paredes unas claraboyas, por las cuales se veía el cielo y las cumbres de los árboles próximos.
Una fila de armarios de nogal, llenos de libros y papeles, formaba un zócalo en la biblioteca. Encima de los armarios se veían algunos lienzos viejos y desgarrados, con retratos de frailes, y dos globos terráqueos hechos de madera y hierro.
En medio del salón había una mesa maciza y grande.
El suelo era de baldosas blancas y negras, y estaba cubierto de esteras de cordelillo, ya rotas y apolilladas. En un ángulo de la sala había en la pared una fuente, que representaba una cabeza de Medusa.
De esta biblioteca se salía a varias habitaciones estrechas y obscuras, y de una de ellas partía una escalera que iba a otro departamento destinado a archivo. Era este cuarto, al que se bajaba de un descansillo por tres escalones, muy grande, muy claro, bajo de techo, y con el piso de madera.
Tenía una fila de ventanas en una pared, y en la de enfrente, una gran chimenea de piedra. Alrededor, dejando los huecos, había armarios de nogal llenos de papeles, y encima, algunas vistas y planos viejos, negros del polvo y de las moscas.
Este local fué escogido por Aviraneta como habitación para su gente. Era el cuarto más defendido, y daba hacia la entrada del monasterio.
Desde él se podía mirar quién venía por el puente.
El antiguo archivo sirvió de cuartelillo. Allí se colocaron las camas de paja para los milicianos.
Por las noches se cerraban las maderas; luego, una puerta pesada y sólida de cuarterones, y se echaban a dormir mientras uno hacía de centinela arma al brazo.
Una noche que hacía más frío que de ordinario, los milicianos intentaron encender la chimenea del archivo.
Habían ya quemado toda la leña y las astillas en una cocina de la portería, donde se hacía la comida, y no querían gastar la paja que tenían para las camas.
—Pues aquí no nos puede faltar papel—murmuró Aviraneta.
Y echó mano del primer tomo que tuvo a mano, en la estantería del archivo. Era un manuscrito en pergamino, con las primeras letras de los capítulos pintadas y doradas y varias miniaturas en el texto.
—Esto no arderá—murmuró Aviraneta—. ¡Eh, muchachos!
—¿Qué manda usted?
—A ver si encontráis por ahí tomos en papel.
Jazmín, el Lebrel y Valladares bajaron a la biblioteca y trajeron cada uno una espuerta de libros.
—Buena remesa—dijo Aviraneta—. Usted, Diamante, que ha sido cura.
—¿Yo cura?—preguntó el aludido con indignación.
—O semicura, es igual. Usted nos puede asesorar. Mire usted qué se puede quemar de ahí. Una advertencia. Si alguno desea un libro de éstos, que lo pida. El Gobierno, representado en este momento por mí, patrocina la cultura... He dicho.
Diamante cogió el primer volumen al azar.
—Aurelius Augustinus—leyó—. De Civitate Dei. Argumentum operis totius ex-libro retractationum.
—San Agustín—exclamó Aviraneta—. Santo de primera clase. ¿No lo quiere nadie?—preguntó—. ¿Nadie? Bueno, al fuego. Adelante, licenciado.
—San Jerónimo: Epístolas.
—¿Nadie está por las epístolas? Al fuego también.
—Santo Tomás: Summa contra gentiles.
—Santo Tomás—dijo Aviraneta con solemnidad—, el gran teólogo de... (no sé de dónde fué)... ¿Nadie quiere a Santo Tomás? Son ustedes unos paganos. ¡A ver esos papeles!
—Carta de Alfonso VII, el Emperador—leyó Diamante—, otorgada en unión de su hijo don Sancho, donando al abad Domingo y a sus sucesores la propiedad del lugar que se llama Vide, entre término de Penna Aranda y Zuzones, con todos sus montes, valles, pertenencias y derechos, con la condición de que ibi sub beati augustini regula comniorantes abbatiam constituatis.
—Bueno; eso se puede dejar por si acaso—dijo Aviraneta—. Sigamos.
—Fray Juan Nieto: Manojitos de flores, cuya fragancia descifra los misterios de la misa y oficio divino; da esfuerzo a los moribundos, enseña a seguir a Cristo y ofrece seguras armas para hacer guerra al demonio, ahuyentar las tempestades y todo animal nocivo...
—Don Eugenio—dijo uno de los milicianos sonriendo.
—¿Qué hay, amigo?
—Que yo me quedaría con ese Manojito.
—Dadle a este ciudadano el Manojito—exclamó Aviraneta.
—¿Para qué quiere esa majadería?—preguntó Diamante.
—Es un deseo laudable que tiene de instruírse con el Manojito. ¡A ver el Manojito! Necesitamos el Manojito. La patria es bastante rica para regalar a este ciudadano ese Manojito.
Se entregó al miliciano el libro, y Diamante siguió leyendo:
—Aquí tenemos las obras de San Clemente, San Isidoro de Sevilla y San Anselmo.
—¿No las quiere nadie?—preguntó Aviraneta.
—Tienen buen papel, buenas hojas—advirtió Diamante.
—¿Nadie? A la una..., a las dos..., a las tres. ¿Nadie?... Al fuego.
—Otra carta de donación otorgada por el Rey Alfonso VIII al Monasterio de Santa María de La Vid y a su abad Domingo de meam villam que dicitur Guma, con todas sus pertenencias y términos de una y otra parte del Duero, et inter vado de Condes et Sozuar.
—Dejémoslo. Adelante, licenciado.
—Fray Feliciano de Sevilla: Racional campana de fuego, que toca a que acudan todos los fieles con agua de sufragios a mitigar el incendio del Purgatorio, en que se queman vivas las benditas ánimas que allí penan.
—Al fuego inmediatamente.
—Otra donación de Alfonso VIII y de su mujer Leonor al Monasterio de La Vid, de la Torre del Rey, Salinas de Bonella, y varias fincas, y marcando los límites de Vadocondes y Guma.
—Diablo con los frailes, ¡cómo tragaban!—exclamó Aviraneta.
—Otra donación de Alfonso VIII al Monasterio y a su abad don Nuño de las villas de Torilla y de Fruela, a cambio de mil morabetinos alfonsinos.
—Esto de los morabetinos sospecho que no le debió hacer mucha gracia a don Nuño—dijo Aviraneta.
—Augustinus: De prœdestinatione sanctorum.
—Al fuego. Siga usted, licenciado.
—Confirmación de una concordia sobre la división de los términos de Vadocondes y Guma, hecha «en el anno que don Odoart ffijo primero e heredero del Rey Henrric de Inglaterra rrecibio cavalleria en Burgos. Estuvieron presentes en la confirmacion don Aboabdille Abenazar Rey de Granada, don Mahomat Aben-Mahomat Rey de Murcia, don Abenanfort Rey de Niebla, y otros vasallos del Rey».
—¿Tenemos moros en la costa? Bueno; eso también hay que dejarlo.
—Un censo al Concejo y vecinos de Cruña de la granja de Brazacosta, mediante el canon de doscientas fanegas de pan terciado por la medida toledana «e un yantar de pan e vino e carne e pescado, e cebada para las bestias que traire el dicho Abad con los frayles que con él viniesen».
—Siempre comiendo esa gente—dijo Aviraneta.
—Otro censo—leyó Diamante—a los vasallos de la granja llamada de Guma, con la condición de morar en ella, pagar cien fanegas de pan terciado, doscientos maravedises juntamente con los diezmos, ochenta maravedises de martiniega y una pitanza al abad y monjes.
—Bueno, bueno; basta ya—exclamó Aviraneta—; nos vamos a empachar. Todo lo que esté manuscrito dejarlo, y lo que esté impreso, ya sea un libro sencillo de oraciones o de Teología, puede servir para calentarnos.
Así se hizo, y montones de papel llenaban el hogar de la chimenea todas las noches.
El día de Nochebuena Aviraneta y sus compañeros lo pasaron espléndidamente en el convento.
Se comió bien, se cenó bien, se bebió un vino ribereño excelente, y después de cenar y de cerrar las puertas con cuidado, se quedaron todos delante de la chimenea del archivo, al amor de la lumbre. Habían llevado los sillones más cómodos del convento y los tenían colocados alrededor de la chimenea, formando un semicírculo.
El Lobo y su gente amontonaron leña de roble y de encina, y en un rincón, grandes brazados de jara, de retama y de sarmientos.
Tenían allí provisiones de combustible para toda la velada.
Diamante, como oficial, pensaba no debía descender a ciertas cosas, y no se ocupaba de detalles vulgares.
Aquella noche hacía mucho viento. Sus ráfagas impetuosas parecían frotar con violencia las paredes del monasterio. El aire silbaba y entraba por la chimenea y hacía salir el humo como una gruesa nube redondeada, que rebasaba el borde de la campana y se metía en el cuarto.
Una constelación de pavesas flotaba en el aire, y unas caían a las piedras del hogar y otras subían rápidamente en el humo.
Se oía el murmullo del río, que parecía cantar una canción monótona; sonaba el tic-tac de un reloj de pared, y a intervalos, solemnemente, llegaban con estruendo las campanadas del reloj de la torre, que daba las horas, las medias horas y los cuartos.
Aviraneta, hundido en su sillón, miraba las vigas grandes, azules, del techo, que se curvaban en medio, y el escudo que adornaba la chimenea.
Este escudo era del cardenal don Iñigo López de Mendoza, arzobispo de Burgos y abad comendador del convento de Premonstratenses de La Vid.
En el silencio se oían las ratas, que corrían por los armarios royendo las maderas y los pergaminos.
—Hablemos, contemos algo—dijo Aviraneta.
—¡Qué vamos a contar!—murmuró Diamante.
—Contemos la mejor y peor Nochebuena que hemos pasado cada uno en la vida.
—Pues empiece usted—dijo Diamante.
Aviraneta contó su mejor Nochebuena en Irún, de joven, y la peor, guarecido en una cueva del Urbión, en la época en que estaba en la partida de Merino.
Diamante no recordaba ni las noches buenas ni las noches malas que había pasado.
El Lobo dijo:
—Yo recuerdo una Nochebuena, en tiempo de la guerra de la Independencia, que todavía al pensar en ella se me ponen los pelos de punta.
—¿Qué fué?
—Verán ustedes. Esto pasó hacia la Sierra de Albarracín. Fué un año de mucho frío. Habíamos salido de Priego, camino de la Muela de San Juan, persiguiendo a unos franceses; estábamos en una aldea cuando los franchutes se volvieron contra nosotros y nos obligaron a dispersarnos. No conocíamos aquel terreno; la noche estaba obscura y el suelo lleno de nieve. Después de desperdigarnos por el campo quisimos reunimos; pero fué imposible. Al revés, nos fraccionamos más; el uno decía por aquí; el otro, por allá. No quedamos mas que tres juntos.
Llevábamos más de una hora de marcha cuando salió la luna, y nos encontramos rodeados de franceses. Quisimos escapar, pero fué imposible. Nos cogieron a los tres y decidieron lo que iban a hacer con nosotros. Ya comprendíamos que se les ocurriría una judiada; pero, en fin, al principio, cuando supimos lo que habían pensado, no nos pareció tanta. Nos agarraron y nos ataron fuertemente a unos pinos. Después se fueron riéndose y diciendo de cuando en cuando: le lup, le lup. Los tres presos nos hablábamos de árbol a árbol para animarnos un poco, cuando vimos unos puntos brillantes entre las matas.
Eran los ojos de los lobos. Había una manada. Entonces comprendimos la crueldad que habían hecho los franceses con nosotros. Los lobos, al principio, se asustaron algo de nuestros gritos; pero luego se lanzaron a atacarnos y a mordernos. Yo me veía sofocado, desgarrado, cuando uno de mis compañeros apareció libre. Sin duda, los lobos habían mordido y roto una de las cuerdas que le sujetaban. El compañero se acercó a mí; yo llevaba un cuchillo en el bolsillo del pantalón, y se lo indiqué; él lo sacó y me cortó las cuerdas que me oprimían. El otro compañero estaba muerto; los lobos le habían estrangulado.
Aquellos furiosos animales nos habían dejado a los dos que estábamos vivos y se habían echado sobre el guerrillero muerto. Sentíamos crujir sus huesos. No quisimos escapar ni correr, creyéndolo más peligroso. Mi compañero había oído decir que encendiendo fuego no se acercaban los lobos, y con gran esfuerzo logró hacer arder unas matas. Yo corté una vara larga de un árbol y até en la punta, con un bramante, mi cuchillo.
Toda la noche estuvimos oyendo el crujir de los huesos del muerto y defendiéndonos cuando se nos acercaban los lobos. Al amanecer nuestra situación fué peor, porque la hoguera se consumió y no teníamos ramas para alimentarla. Entonces, mi compañero ató a una cuerda un tizón encendido y trazaba círculos en el aire; yo pinchaba, si podía, al lobo que se acercaba. Así estuvimos la noche entera, y así nos llegamos a salvar.
—Un Lobo contra otros lobos—dijo Aviraneta.
—Eso es.
—Fué una Nochebuena superior esa.
Estaban ya otra vez los hombres adormilados; se comenzaron a echar en sus camas de paja uno tras otro cuando se oyó un aldabonazo en la puerta.
El Lebrel, que estaba de guardia, se asomó a la ventana.
—¿Quién es?—preguntó.
—¿El señor don Eugenio de Aviraneta?
—Aquí es.
—Traigo una carta para él.
—¿De quién?
—Del señor González de Navas, juez de Arauzo.
—Ahora vamos.
Aviraneta, acompañado del Lebrel y de Jazmín y alumbrando el camino con una linterna, bajó al portal. Los demás se levantaron y tomaron sus fusiles.
Aviraneta abrió el postigo e hizo entrar al hombre que por él preguntaba. Luego cerró, dejó el farol en un poyo de piedra, tomó la carta y la leyó. Decía así:
«Estimado Aviraneta: Sé que hay varios hombres bien portados y montados de noche y de día en los alrededores de La Vid que le esperan a usted para matarle. Uno de ellos parece que es el Cura Merino; el otro, el cura de Valdanzo. Los demás son dos o tres absolutistas de Vadocondes y algunos colonos de La Vid. No salga usted solo, sobre todo de noche.—González de Navas».
—¿Va usted a volver a Arauzo?—preguntó Aviraneta al propio.
—Sí, pero no tengo prisa.
—Entonces, quédese usted aquí. Estará usted más seguro.
—¿Por qué?
—Porque hay gente acechando en el campo y le pueden confundir a usted con uno de nosotros.
—Entonces, me quedo.
Volvió Aviraneta con sus compañeros al archivo. Se habló del posible ataque de Merino, y el Lebrel, que era de Vadocondes, explicó cómo se había salvado un antiguo abad del convento de La Vid de un ataque de los ladrones, que querían robar la iglesia.
—Esto era en tiempo de la guerra de la Independencia—contó el Lebrel—, mejor dicho, unos meses después.
Estaba de abad un navarro que se llama don Pedro de Sanjuanena.
—Lo conocí—dijo Aviraneta.
—Pues estaba el abad solo, con un criado, cuando supo que una partida de ladrones rondaba el monasterio. No podía defenderse, y se le ocurrió esto: fué a la iglesia, descorrió la cortina del altar mayor, donde había un gran crucifijo; luego cogió todos los candeleros, con sus cirios y velas, los encendió y formó una calle que iba desde la puerta de la iglesia al altar mayor.
A media noche forzaron los ladrones la puerta de la iglesia, entraron, y al ver aquella carrera de luces, avanzaron por en medio hasta llegar al altar mayor.
A alguno de los ladrones le sobresaltó ver el Cristo iluminado, y se arrodilló, tembloroso, devotamente. Los demás hicieron lo mismo, y cuando estaban así, salió el abad y les echó una plática, con lo cual los ladrones se fueron arrepentidos y contritos.
El procedimiento de Sanjuanena no era fácil que causara mucha impresión al Cura Merino, que estaba acostumbrado a tratar con confianza a santos y a cirios y con quien había que usar argumentos más contundentes.
Se debatió entre los reunidos la verosimilitud de la historia del Lebrel, y se dispuso la mayoría a tenderse de nuevo.
Desde el momento que Aviraneta supo que Merino y los suyos vigilaban el monasterio, comenzó a no poder estar en paz y a fraguar mil planes. El Lebrel, Diamante y Jazmín, al verle dispuesto a no dormir, se levantaron de al lado del fuego.
Aviraneta quería saber si los espiaban de cerca, y para esto se le ocurrió una estratagema.
Había visto en una cámara próxima a la sacristía una serie de figuras y muñecos de altar rotos, estropeados. Acompañado de Jazmín y de Diamante, con un farol en la mano, salió del archivo, bajó a la biblioteca, fué al patio, entró en el cuarto de las imágenes y paseó la luz de su farolillo por las estatuas.
Aquel spolliarium era cómico de día y trágico de noche. Un santo con una túnica blanca parecía un fantasma; unos ojos de cristal brillaban con un fulgor misterioso, y algunas manos de madera se levantaban en el aire como pidiendo misericordia.
Había un San Martín con las piernas abiertas, en actitud de montar a caballo, y con un brazo de menos.
—Este muñeco nos va a servir—dijo don Eugenio.
—¿Para qué?—preguntaron Diamante y Jazmín.
—Ahora verán ustedes—replicó él.
Llevaron entre los tres el San Martín, cruzando el patio, hasta el zaguán, y allí lo dejaron en el suelo. En seguida desapareció Aviraneta y vino con un caballo viejo, ensillado.
—¿Qué quiere usted hacer?—le preguntaron.
—Vamos a montar a San Martín y a ver si lo podemos sujetar en la silla.
Subieron al muñeco de madera sobre el caballo, y Jazmín lo sujetó atándole cuerdas de esparto por todos lados. No era posible que el San Martín se sostuviera bien como un jinete; pero con poco tiempo que cabalgara le bastaba a don Eugenio.
Al tener al muñeco sujeto en el caballo, Aviraneta le plantó un sombrero en la cabeza y lo envolvió con una capa vieja.
—¡Lebrel! ¡Jazmín!—gritó luego.
—¿Qué manda usted?
—Aparejad los caballos y traedlos aquí.
Jazmín y Lebrel salieron, y, al poco rato, volvieron con cinco caballos al zaguán.
—Ahora—dijo Aviraneta a Diamante—, pónganse todos ustedes en las ventanas del archivo con el fusil preparado..., y atención. Si disparan a nuestro San Martín, que va a tomar el fresco..., fuego a los que disparen. Después, inmediatamente, todos aquí, al zaguán. Que suba el Lebrel con usted, y cuando estén ustedes preparados, que venga a avisarme.
Comprendió Diamante de lo que se trataba, y el Lebrel volvió al zaguán poco después, diciendo que todos estaban preparados. Aviraneta abrió la puerta, sacó el caballo fuera y dijo, como dirigiéndose a alguien:
—Adiós, don Eugenio; hasta la vuelta.
La noche se había tranquilizado; la luna brillaba en el cielo; el viento agitaba suavemente las copas de los árboles, y a lo lejos se oían ladridos de perros.
El caballo, con el bulto de madera en la silla, avanzó unos veinte metros, y de pronto se oyeron cinco tiros en el campo, seguidos de otros seis disparos hechos desde las ventanas del monasterio.
Inmediatamente bajaron todos los milicianos al zaguán, montaron a caballo y salieron al galope hacia el sitio de los disparos. Encontraron a un hombre herido, que intentaba escapar, y lo prendieron; después, dando una batida, registraron los alrededores sin encontrar a nadie, hasta toparse con ocho hombres de la Milicia Nacional de Vadocondes, dirigidos por Diego Campos, sargento retirado, que vivía en este pueblo y que había salido sabiendo que los realistas rondaban La Vid.
Al volver Aviraneta y los suyos, vieron cerca de la puerta del convento el caballo que había llevado al San Martín, que arrastraba el muñeco y que de cuando en cuando se detenía a comer hierba.
El herido declaró que él había ido con la Gaceta desde Aranda; que en Vadocondes se habían reunido con Merino y el Cura de Valdanzo y con otros dos que no conocía.
—A ese manflorita de la Gaceta—dijo el Lobo—, cuando le eche la mano encima, le voy a poner como nuevo.
A la mañana siguiente, Aviraneta, Jazmín, el Lebrel, Diamante y los cuatro milicianos volvían a Aranda con el hombre herido, que dejaron en el hospital, y dos días después marchaban a Arauzo de Miel, a comenzar un nuevo inventario. En Arauzo de Miel estuvieron bastante tiempo e hicieron mucho trabajo, gracias a los esfuerzos del juez, don Angel González de Navas.
La terquedad de Aviraneta produjo una enorme indignación en Aranda. Diamante y él recogieron el odio popular. Diamante se consideraba feliz al sentirse odiado por la canalla.
—No acabará bien ninguno de los dos—decía la Gaceta por todas partes.
Don Eugenio estaba convencido de que la suerte le mimaba, y el vaticinio de la Gaceta no le inquietaba gran cosa.
A Frutos se le compadecía.
—El pobre Frutos tiene que soportar, por el sueldo, tan malas compañías—decía la Gaceta.
Esto la gente se lo explicaba; lo que no comprendía era la tenacidad de Aviraneta, porque el pueblo ve con facilidad los motivos personales de obrar, pero no los motivos políticos o de bien general.
Durante el invierno, Aviraneta siguió su vida habitual, trabajando mucho en sus tres cargos.
Por aquella época la Milicia tenía misiones de policía que cumplir, porque había muchos ladrones y malhechores en el campo.
Todos los días Aviraneta iba a casa del juez. Discutía mucho con don Francisco.
A ninguno de los dos le parecía bien las luchas que comenzaban a iniciarse entre los constitucionales del año 12 y los del 20. Esto, unido al predominio de las Sociedades patrióticas, que intentaban imponerse al Gobierno en Madrid, y a la anarquía mansa que corroía la Revolución española, daba una impresión poco tranquilizadora. El juez afirmaba que ya era tiempo de detenerse; Aviraneta creía que no: que era necesario avanzar más, proclamando la dictadura, para dar efectividad a la revolución, dominar al clero y a los absolutistas e imposibilitar proyectos reaccionarios, como los de El Escorial.
Desde hacía tiempo, doña Nona trataba con cierta sequedad a Aviraneta. Éste no se explicaba bien por qué; suponía si le habría ofendido.
Varias veces don Eugenio tomó la decisión de hacerle una pregunta, de insinuar una explicación; pero, al fin, no la hizo.
Era don Víctor, el cura, el que maniobraba contra él en la casa del juez. Don Víctor aconsejaba a doña Nona en su casa y en el confesonario, y de don Víctor partió la hostilidad contra Aviraneta.
Esta hostilidad la remachó doña Cleofé Navas, la beata, y luego, doña Nona arrastró a su marido y, en parte, a sus hijas.
De éstas, Rosalía estaba más bonita y más sonriente que nunca. Teresita, vivaracha y alegre. Aviraneta era muy amigo de ellas y las obsequiaba galantemente...
Al terminar el invierno se comenzó a hablar en Aranda de que el Cura Merino estaba de nuevo en armas en la Sierra y que organizaba sus fuerzas. Quién decía que tenía cien hombres; quién, que más de mil, y algunos aseguraban que diez mil.
La verdad era que por entonces podía disponer de unos mil quinientos hombres, y que toda la sierra de Burgos veía en él un redentor.
Al conocer estas noticias, Diamante habló a Aviraneta. Era necesario prepararse. Ellos, con su experiencia, podían prestar grandes servicios al país. Aviraneta contestó:
—Veremos a ver si nos llaman.
—¡Qué llamar! Hay que ir.
Unos días después Aviraneta recibió un oficio del jefe político de la provincia, don Joaquín Escario, en el cual le pedía le ayudase con su celo y conocimientos en las circunstancias apuradas en que se encontraba la comarca.
Acababa Aviraneta de leer este oficio cuando llegó un recado de doña Nona, diciéndole que hiciese el favor de pasarse por su casa.
—¿Qué querrá?—se preguntó Aviraneta.
Doña Nona estaba sola en la sala y preparada para decir algo grave a don Eugenio.
Doña Nona, de punta en blanco, con una voz muy insinuante, le dijo que su hija mayor tenía mucha simpatía por él; que estaba convencida de que era una persona honrada y buena; que haría un excelente padre de familia; pero que era indispensable, si quería seguir acudiendo a su casa, abandonase sus correrías y no tomara parte activa en la política.
—Pero, señora, ¿por qué?—preguntó Aviraneta.
—Porque nos está usted comprometiendo. La gente dice que mi marido será masón cuando es amigo de usted. El otro día nos tiraron piedras en el paseo. Hoy, en el sermón, ha dicho el padre Gabriel que no se deben tener relaciones de ninguna clase con los que no tienen religión.
—¿Y por eso me pone usted el puñal en el pecho?
—No; por eso, no; yo no le voy a obligar a creer en la religión. Pero, como le digo a usted, nos perjudica. Mi marido, como juez, no puede estar con los blancos ni con los negros. A usted, el pueblo no le puede ver ni en pintura. Le tienen a usted montado sobre las narices. Usted les vigila, les espía, les atropella, y sienten un gran odio por la Milicia Nacional y su compañía volante, y el día que puedan se vengarán de usted.
—¡Bah!
—Sí; porque, aunque ustedes no lo crean, la gente quiere a Merino y a los frailes, y les odia a ustedes, al Empecinado, a usted y a su amigo Diamante.
—No lo creo.
—Sí, sí, créalo usted; en Madrid tendrán ustedes partidarios; pero lo que es en los pueblos, ninguno.
—Pero, aunque así sea, ¿qué perjuicio les puedo causar a ustedes, doña Nona?
—Mucho. Hablemos claro. Yo sé que usted galantea a Rosalía y sé que es usted un caballero. Pues bien; yo, que siento un gran amor por mi hija, no quiero que tenga relaciones con un conspirador, con un hombre expuesto a ser preso o fusilado. Así es que usted renuncia a sus correrías y maquinaciones, y en ese caso puede usted seguir viniendo a mi casa y hablar con Rosalía, y cortejarla; o no renuncia usted, y en ese caso no aparezca usted por aquí.
—Señora, me mata usted.
—Ahora estamos a tiempo. Casar a mi hija con un hombre que hoy está expuesto a ser asesinado y mañana tiene que ir a la cárcel, no. Prefiero que se case con un peón del campo. O tranquilidad, y estarse quietecito en casa cuidando de la hacienda, o ruptura completa.
—Juzga usted las cosas de una manera...
—Es que para mí no hay mas que esas dos soluciones.
—¿Y ha preguntado usted a Rosalía?
—No; ni pienso preguntarle nada. Rosalía hará lo que sus padres manden.
Aviraneta quedó callado, mirando al suelo; quería encontrar una solución para resolver el conflicto, pero no daba con ella.
—¿Y en el caso de que Rosalía quisiese, no le parecería a usted bien, por ejemplo, que su hija y yo viviésemos en Francia, en un pueblo de la frontera, donde yo tengo familia?
—No, no.
—Así a ella no le podía ocurrir nada.
—A ella, no; pero a usted, sí. Vivir en el extranjero, con el marido perseguido, quizá preso, ¡bonita situación!
Doña Nona salía inmediatamente al quite. Aviraneta hubiese dado cualquier cosa por una idea mediana; pero no se le ocurría nada.
—Ya se lo he dicho a usted—terminó diciendo doña Nona—; no hay más solución que una de las dos. Le doy esta noche para decidirse.
Aviraneta se despidió de doña Nona, marchó a casa de su madre, cenó, se metió en su cuarto y se dedicó a hacer borradores de cartas explicando a Rosalía lo que había ocurrido en su conversación con doña Nona.
Aviraneta proponía a la muchacha, si le tenía afecto, que dejara a su familia y se casara con él.
Aviraneta fué a buscar a una vieja criada de doña Nona para que al día siguiente le diera la carta a Rosalía.
Por la mañana recibió la respuesta. Rosalía le decía que antes que nada era cristiana, y que estaba dispuesta, para en adelante, a no tener relaciones de amistad mas que con personas que fueran religiosas y tuvieran el santo temor de Dios.
Aviraneta, al leer la carta, la estrujó entre sus manos con furia. Allá andaba la mano de don Víctor, el cura, y de doña Cleofé, la beata.
Aviraneta, furioso, se marchó al Ayuntamiento a trabajar.
Poco después fueron a buscarle Diamante y el Lobo.
Les dijo que había recibido el oficio de Escario, pero que creía que no debían precipitarse a acudir a luchar contra Merino, pues les iba a pasar como la vez anterior, que no les hicieron caso, ni siquiera les dieron las gracias.
—Está usted en un error, Aviraneta—dijo Diamante hablando con serenidad—; usted y yo y todos nosotros nos encontramos ya tan unidos al estado actual de cosas que es imposible que nos separemos, a no hacer traición. ¿Es que cree usted que si la Constitución termina nos van a dejar vivir aquí tranquilos? ¡Ca! Saben quiénes somos, nos conocen muy bien, y si triunfan seremos nosotros los que tengamos que echarnos al campo o escapar. Así que aquí no hay más solución: libertad o muerte.
—Eso es: libertad o muerte—exclamó el Lobo con furia.
—Ahora mismo debemos marcharnos—indicó Diamante.
—Sí, ahora mismo—replicó el Lobo.
—Bueno. Si les parece a ustedes está bien. Ahora mismo—añadió Aviraneta—; preparad los caballos, yo voy a redactar unas cartas.
Aviraneta escribió rápidamente a la mujer del juez un billete buscando el modo de aplacarla en estos términos:
«Mi estimada señora y amiga: He estado pensando con angustia en el dilema que me ha planteado usted. Así expuesto no tiene solución. ¿Cómo voy a abandonar en la obra a mis amigos, con los cuales estoy ligado por una serie de lazos de colaboración, de responsabilidad y hasta de complicidad? No me puedo decidir por el reposo que usted exige de mí. Si las circunstancias cambiaran y llegaran para los liberales tiempos adversos, y en este momento viera a un camarada en peligro a quien quizá yo había impulsado a la lucha, ¿le iba a volver la espalda para que su desgracia no turbara mi tranquilidad? ¿Le iba a dejar sin socorro para no comprometerme? No, imposible. Sería para mí el mayor bochorno. Familia, mujer amante, no bastarían para endulzar mi amargura y borrar mi vergüenza.
»A pesar de que como usted pone el dilema no tiene solución, si Rosalía no me olvida, yo encontraré una.
»Es de usted atento s. s., q. b. s. p.—E. de Aviraneta.»
Después escribió una esquela a Rosalía.
Cerradas y lacradas las cartas, Aviraneta se las entregó al Lebrel; luego marchó a avisar a su madre que se ausentaba por unos días, y al bajar hacia su casa se encontró con Diamante, el Lobo y los dos criados, que venían con los caballos de las riendas.
Aviraneta montó en el suyo, y todos juntos comenzaron a galopar camino de Burgos.
El jefe político de Burgos, don Joaquín Escario, conferenció con Aviraneta para comenzar la nueva campaña que había que emprenderse contra el Cura Merino. Las fuerzas dispuestas eran ya considerables; dos batallones de infantería y dos escuadrones de caballería. El jefe político no podía dar mando a Aviraneta; así que éste tendría que ir como delegado del Gobierno con los comandantes Osorio y Suero. Diamante y el Lobo no podrían tampoco ingresar en los escuadrones del ejército regular.
Vaciló en aceptar Aviraneta; pero al asegurarle el jefe político que el Gobierno había despachado una orden al Empecinado para que tomase el mando de las tropas de la provincia, aceptó. Debían acompañar al Empecinado los oficiales don Jacobo Escario, hermano del gobernador, don Florencio Ceruti y don Salvador Manzanares.
Se decidió formar una compañía volante dirigida por Aviraneta, que haría el servicio de información, y en esta compañía se alistaron Diamante, el Lobo y Jazmín.
La compañía volante y las fuerzas regulares salieron al campo en seguida.
En las dos semanas que operaron no tuvieron ningún éxito; por el contrario, varias veces se hallaron a punto de caer en trampas preparadas por Merino. Unicamente en Arauzo de Miel llegaron a tiempo para sorprender y poner en fuga a una parte de la gente del Cura.
La primera fuerza que entró en Arauzo fué la partida volante de Aviraneta. Los facciosos acababan de saquear la casa del juez don Angel González de Navas. Todos los expedientes del Crédito Público de venta de bienes nacionales se habían quemado en la plaza por los absolutistas, con gran entusiasmo del pueblo.
Aviraneta pudo ver páginas escritas con su letra entre los montones de papel quemado. Casi toda su labor de burócrata acababa en aquel momento de ser pasto de las llamas.
Salieron de Arauzo los constitucionales en persecución de la partida del Cura; pero no dieron con ella.
Unos días después se ordenó a Aviraneta y a sus amigos que fueran a Lerma y se presentaran al Empecinado.
El Empecinado acogió a Aviraneta con grandes extremos: le abrazó, le dió golpecitos en la espalda, le hizo dar dos o tres vueltas sobre sí mismo, mirándole como a un objeto curioso. El viejo guerrillero le tenía cariño.
Don Juan Martín Díez, el Empecinado, caballero de la militar Orden Nacional de San Fernando y mariscal de campo de los Ejércitos nacionales, parecía en la época constitucional tan abandonado de indumentaria, tan campesino, tan sencillote como en tiempo de la guerra de la Independencia.
Sin embargo, el que le hubiera conocido a fondo, hubiese comprendido que la identidad era superficial y que el guerrillero no sólo no era el mismo, sino que había cambiado por completo.
Los seis años pasados en la soledad, en su finca de Castrillo de Duero, enseñaron mucho al Empecinado.
Don Juan Martín había leído y pensado sobre las cosas y había perdido la fe. Ya no rezaba el rosario, por las noches, ni frecuentaba apenas la iglesia.
El pueblo, que lo sabía, iba trocando el amor que le profesaba por el desvío.
El Empecinado, en éste tiempo, era un anarquista de la época: odiaba a los curas y a los ricos.
Vivía con una mujer, con quien no estaba casado, y sentía un gran desprecio por todas las jerarquías.
Abrazado a la causa constitucional por entusiasmo y por agradecimiento, trabajaba por ella como si fuera cosa propia, de vida o muerte. Estuvo de gobernador militar de Zamora, y en este tiempo descubrió y deshizo todas las conspiraciones de los absolutistas. No dormía ni descansaba un momento vigilando. El Gobierno, quizá por influencia de los realistas, lo trasladó a Valladolid, y nombró comandante general de Castilla la Vieja al conde de Montijo, y segundo cabo, al Empecinado.
Era una de estas disposiciones clásicas españolas la de poner a las órdenes de un botarate miserable, como Montijo, adulador del rey, delator de los liberales en 1814, a un hombre valiente y heroico como el Empecinado.
Al poco tiempo, don Juan Martín se encontró destituído, y supo que el Gobierno había nombrado segundo cabo de Castilla la Vieja al general Santocildes.
Éste llegó a Valladolid, y sin avisar ni presentarse al Empecinado intentó posesionarse del mando.
Santocildes tenía antecedentes realistas; había contribuído a derrocar la Constitución en 1814, en La Coruña, y firmado la sentencia de muerte de Lacy en el Consejo de guerra de Barcelona.
Sin embargo, el Gobierno liberal le prefería al Empecinado. El uno era militar de carrera; el otro, guerrillero.
Don Juan Martín se mantuvo en Valladolid algún tiempo, hasta que le ordenaron que tomase el mando de las tropas que debían luchar con Merino, y se presentó en Lerma.
Dos oficiales de graduación acompañaban al Empecinado: Escario y Salvador Manzanares.
Escario era buen muchacho. Salvador Manzanares, como Torrijos, Van-Halen y algunos otros militares jóvenes, representaba el tipo alegre de dandy de la Revolución española.
Salvador Manzanares era un oficial de artillería, hijo de un médico muy nombrado en la Rioja, don Francisco de Sales Manzanares.
Salvador, educado por su padre en las doctrinas del liberalismo, había conspirado en tiempo de Renovales. Fué de los que entraron con Mina en Santisteban a proclamar la Constitución en 1820, y de los expulsados de Madrid en compañía de Riego, en septiembre del mismo año. Manzanares era entonces teniente coronel, después llegó a ser general y ministro de la Gobernación. Cuando la entrada de los franceses con Angulema, Manzanares se escapó a Gibraltar.
Desde entonces estuvo en la emigración, hasta que en febrero de 1831 se acercó a Gibraltar con Minuisir, Díaz Morales y Epifanio Mancha, y desembarcó con un puñado de hombres en la sierra de Ronda, esperando el levantamiento de Cádiz.
El movimiento abortó; Salvador, reducido a veinte hombres, en una situación angustiosa, se dirigió a dos cabreros, dándoles una carta para Marbella. Los cabreros le hicieron traición y le entregaron a la policía. Al ver a los dos hombres, en quienes se había confiado, seguidos de las tropas, Salvador, furioso, sacó el sable y de un tajo cortó la cabeza a uno de los cabreros; así siguió atacando con rabia hasta que le dispararon un tiro y lo dejaron muerto.
La hermana de Salvador, Casimira Manzanares, mujer muy inteligente y muy hermosa, fué perseguida en Logroño por el trapense, el padre fray Antonio Marañón, que había sido nombrado comandante general de la Rioja.
El trapense no se contentó con robar la casa que tenían los Manzanares en San Millán de la Cogolla, sino que al encontrar a Casimira en la iglesia de Logroño intentó violarla. Casimira pudo salvarse gracias a la protección de una señora y a la de la querida del fraile, la por entonces célebre amazona apostólica Josefina Comerford. Un general del ejército de Angulema denunció las tropelías del padre Marañón, y el Gobierno le ordenó que se retirara de nuevo a la Trapa, lo que hizo, llevándose varias acémilas cargadas con el botín obtenido en sus robos.
Los Manzanares reclamaron después al convento las sumas robadas; pero los trapenses de Santa Susana, donde estaba fray Antonio, contestaron que el rey les había hecho donación de todo el botín llevado por su compañero, y que, a pesar de su voto de pobreza, lo guardaban para mayor gloria de Dios.
El sino de la familia Manzanares fué triste. El padre de Salvador, que pasaba su vejez en Escoriaza, en Guipúzcoa, fué hecho prisionero y fusilado en 1836 por el general carlista Villarreal.
Se le atribuía el ser masón y el haber escrito un Credo y una Salve liberales. Esto fué motivo bastante para fusilar a un viejo de ochenta y dos años, demostrando lo verdaderamente digna de admiración que es la piedad de los defensores de la Iglesia, nuestra madre.
Tardó bastante en organizarse la división del Empecinado, con la que se pensaba batir a los soldados de la Fe, capitaneados por Merino.
Se habían reunido a los batallones de Ossorio y Suero, y a algunas partidas de nacionales, el regimiento de Jaén y los de caballería de Calatrava y Lusitania; pero las compañías de los batallones estaban incompletas y algunas en cuadro. El Gobierno no tenía medios: la situación iba haciéndose apurada. Merino se paseaba impunemente por donde quería, sin que se le pudiera batir.
Aviraneta explicó al Empecinado los datos que tenía acerca de la insurrección feota y los medios y recursos con que contaba.
Esta era completamente clerical, engendrada en los obispados y arzobispados, y tenía sus focos en las sacristías de los pueblos. Mientras el Gobierno no obrara con energía contra el clero faccioso, Aviraneta pensaba que sería muy difícil dominar la situación.
Respecto a Merino, él lo conocía, sabía cómo pensaba, comprendía su táctica. Merino y sus lugartenientes paseaban por los pueblos con partidas pequeñas de ochenta o noventa hombres. Se decía que era la misma partida; pero Aviraneta estaba seguro de que eran varias y de que el Cura, en caso de necesidad, disponía de más de mil, quizá de más de dos mil hombres.
Para Aviraneta, el único plan era salir a operar con dos columnas grandes, dar en los pueblos la impresión de que había fuerza y no fraccionarlas.
El Empecinado escuchó con atención las opiniones de Aviraneta. Sabía las marrullerías del Cura y no quería que se burlara de él.
En Burgos había una asociación misteriosa, instrumento del Palacio de Madrid. De aquí salía la ayuda a los facciosos.
A Lerma llegaban también las ramificaciones de aquella asociación; pero los hilos que unían a los conspiradores eran invisibles.
Una noche apareció en la Plaza Mayor un gran pasquín hecho a mano, que decía lo siguiente:
«Al pueblo.
»Los días del infame Gobierno Revolucionario están contados. Nuestro invicto Merino avanza victorioso. La sangre de los impíos correrá a torrentes. ¡Muera la infernal Constitución! ¡Muera la Nación! ¡Viva el Rey!»
Aviraneta se propuso averiguar de dónde había salido este papel y formó una lista de desafectos al régimen constitucional. Después convenció al Empecinado para que mandara hacer registros domiciliarios en todas las casas de vecinos sospechosos.
Aviraneta, como director político de las fuerzas del Empecinado, comenzó a asistir a los registros, con el doble objeto de que se hicieran bien y no se atropellara a personas inocentes.
A los dos días de comenzar estas visitas, Aviraneta, con una patrulla, entraba en la casa de un cura de la iglesia de San Juan, que vivía en la plaza de los Mesones. Mandó don Eugenio que quedase la patrulla en el zaguán y subió él sólo al primer piso. Llamó con los nudillos en la puerta.
Apareció una mujer en el umbral y Aviraneta quedó sorprendido.
—¡Fermina!—exclamó—¿Eres tú?
—Sí; soy yo. ¿Qué quieres?
—Vengo a saludarte—murmuró confuso Aviraneta.
—¡Gracias!—contestó ella secamente—. No sé si puedes entrar o no.
—¿Por qué no? Si tú lo permites...
—Antes que nada, ¿hay Dios o no hay Dios?
—¡Qué sé yo!
—No entres.
—Pero, ¿quieres que yo resuelva esta duda aquí, en la escalera?
—Pues no entres.
—Es que traigo la orden del general Empecinado para registrar esta casa.
—¡Ah! Entonces sigues siendo de esos bandidos masones que quieren matar al rey y a los sacerdotes. ¡Fuera de aquí, infame! ¡Polizonte! Si no, yo misma te haré correr.
—Escúchame un momento. Vengo a prestarte un servicio.
—No necesito servicios tuyos.
—Pero, ¿por qué no quieres oírme? Vengo a decirte que estáis denunciados como cómplices del Cura Merino...
—¿Nos habrás denunciado tú? ¡Serpiente!
—No; por mí, podéis huír... Diré que he registrado la casa, que no he encontrado nada.
—Nada quiero de ti.
En esto se abrió la puerta de par en par y se presentó en ella un viejo bajito, tembloroso, de pelo blanco, la cabeza grande, los ojos abultados y rojos y el labio colgante.
—¿Quién es este hombre que te habla de tú?—preguntó con voz cavernosa, agarrando a Fermina del brazo—. ¿Es el que te engañó?
—No, padre; no es él.
—Sí es él. Lo comprendo. ¿Quieres salvarlo? Es él.
Luego, dirigiéndose a Aviraneta, exclamó:
—Ven aquí, canalla, que aunque soy viejo tengo ánimos para ahogarte en mis brazos.
Aviraneta, espantado, bajó un escalón y luego otro, y viendo que el viejo se lanzaba tras él, echó a correr hasta el portal.
—¡Cobarde!—vociferaba el viejo trompicando por las escaleras.
—¿Qué pasa?—preguntó Diamante, que estaba con la patrulla, viendo a Aviraneta que bajaba rápidamente.
—Un viejo que se echa encima de mí, que está loco.
—¡Loco yo...! ¡Miserable...!—y el padre de Fermina se lanzó sobre Aviraneta.
Diamante y los soldados sujetaron al viejo, hasta que éste, cansado de bregar y de pegar patadas, comenzó a echar espuma por la boca y le dió un desmayo. Al recuperar el conocimiento se levantó, buscó a Aviraneta; pero éste había salido a la calle.
—¡Demonio con el viejo!—exclamó Diamante—. Es un energúmeno, no hay manera de sujetarlo.—Luego salió del portal, y al encontrarse con Aviraneta le dijo:
—¿Qué le ha hecho usted a este hombre?
—Nada. Que estuve para casarme con su hija y luego no me casé.
—Está bien el viejo... Es un hombre de fibra y de corazón. Lo mejor sería pegarle cuatro tiros.
—No, no; ¡qué barbaridad!
—Sería una muerte digna de él. Además, crea usted, el terror es lo más beneficioso para estas gentes.
Aviraneta se metió en su casa deseando marcharse cuanto antes de Lerma para no ver a aquel viejo convulso y furioso.
Este viejo solía ir acompañado de dos navarros, Chatarra y Ezcabarte, criados suyos.
En el pueblo, la gente que conocía a Aviraneta, antiguos guerrilleros y amigos de Merino, le consideraban como un traidor por ser liberal. Muchos de ellos querían equiparar a los franceses con los liberales, y pensaban que era tan patriótico luchar contra éstos como contra los soldados de Napoleón.
Una noche habían estado en el alojamiento del general hablando el Empecinado, Salvador Manzanares y Aviraneta. Después de charlar largo rato, Salvador y Aviraneta se despidieron de don Juan Martín, salieron y, al pasar por una calle, sintieron gran alboroto. Se acercaron, llegaron a la plaza de los Mesones, y vieron delante de la casa de Fermina un grupo de gente, en su mayoría soldados y nacionales.
—¿Qué hacen?—preguntó Aviraneta.
—Están cantando—dijo Salvador—una canción que han traído de Cádiz: el Trágala.
Efectivamente, una voz aguardentosa en aquel momento cantaba una copla: