Señor doctor,
estoy empachado,
no me ha sentado
la Constitución.
Pues, amiguito,
trague esa china
que no hay más quina
para ese mal.

Concluída la copla, un coro de bárbaros comenzó con el estribillo:

Trágala, trágala,
trágala, trágala
trágala, trágala,
perro,
ya que no quieres
Constitución.

Todo el grupo de soldados y nacionales reía, y, después de la canción, armaban una algarabía infernal agitando cencerros y dando golpes en unas calderas. Sobre todo, el coro del Trágala lo repetían de una manera tan brutal, tan ofensiva, con una intención tan mortificante, entre carcajadas y gritos, que se comprendía que cualquiera insultado así se hiciese enemigo a muerte y para siempre de los liberales.

—¡Lo que van a hacer con nosotros si llegan a vencernos!—exclamó Salvador.

—Sí, creo que todos tendremos que salir corriendo—murmuró Aviraneta.

—Si nos dejan—replicó Manzanares riendo—. ¡Adiós, Eugenio! ¡Buenas noches!

—¡Adiós, Salvador! Expresiones a Mercedes.

Mercedes era la novia de Salvador.

Aviraneta fué a ver a Diamante, que estaba en el grupo, y a los otros nacionales a disuadirles de que siguieran cantando; pero a ellos les parecía ésta una magnífica ocasión y no querían dejarla.


III.
EN CAMPAÑA

A la media noche del 29 al 30 de abril salía la columna del Empecinado para Covarrubias, precedida de la patrulla exploradora de Aviraneta.

Allí se averiguó que el 30 había pasado Merino con su gente por Acinas y Santo Domingo de Silos. Se avanzó hasta Silos y, siguiendo la pista del Cura, el Empecinado llegó a Hontoria del Pinar el 1.º de mayo.

En Hontoria un vecino liberal dijo que los facciosos, en número de unos seiscientos hombres, acababan de salir del pueblo hacía unas ocho o diez horas. Sin descansar, el Empecinado ordenó que la columna se pusiera en movimiento. Pasaron por Navas y por Huerta, y al llegar a Arauzo de Miel, Aviraneta, con su vanguardia exploradora, pudo alcanzar a la retaguardia de Merino y acuchillarla, hasta hacer huír a los facciosos precipitadamente hacia el monte.

Era la táctica de Aviraneta no dejar descansar al enemigo, y aquella misma tarde se volvió a alcanzarlo en Peña Tejada, en una altura de casi imposible acceso, ocupada por tiradores que hicieron un fuego vivísimo al divisar la columna liberal.

No quería el Empecinado retroceder y fué colocando en guerrilla sus tropas. Pasaron una hora respondiendo al fuego hasta que comenzó a obscurecer. Ya obscuro, Aviraneta, que conocía muy bien los caminos, con cincuenta hombres, entre los que iba Salvador Manzanares, hizo que rodearan el alto donde se encontraban los facciosos. Se les desalojó de allí, se les persiguió en la obscuridad, y a media noche los liberales retornaron a Pinilla de Trasmontes, donde se había establecido el cuartel general.

Salvador y Aviraneta volvieron cantando romanzas francesas y españolas.

La noche estaba espléndida, y de las hierbas del monte se levantaba un olor acre y perfumado...

El día 3 de mayo, a las cinco de la tarde, estaban Aviraneta y el Empecinado a una legua del pueblo, en compañía de los ordenanzas, cuando se vió a pequeña distancia la columna facciosa, que marchaba a paso redoblado y se desplegaba acercándose a ellos en un movimiento envolvente.

—¡Sálvese usted, mi general!—gritó Aviraneta al Empecinado—. Nosotros nos defenderemos un momento.

El Empecinado no tuvo tiempo mas que para hincar las espuelas a su caballo y echar a correr.

—¡Entrégate! ¡Date, Martín!—oyó que gritaban.

Era la voz del Cura Merino, que iba en su persecución. El Empecinado, encorvado sobre el cuello del caballo, huyó como una flecha entre las balas y pudo acercarse a sus tropas.

Mientrastanto, Aviraneta, con los ordenanzas, estuvo batiéndose en retirada, defendiéndose en cada piedra y en cada mata hasta que comenzó a venir la caballería constitucional y a formarse en orden de batalla.

Los de Merino fueron retirándose y acogiéndose al monte; el Empecinado, furioso de haber estado a punto de caer prisionero, dió una soberbia carga de caballería; pero pronto el enemigo desapareció como si se le hubiera tragado la tierra.

Los días siguientes fueron igualmente de escaso éxito para las tropas constitucionales y se decidió en el consejo de los oficiales fraccionar las columnas e ir poniendo guarniciones en los pueblos.

Aviraneta era contrario a este plan. Suponía que dejando guarniciones de doscientos o trescientos hombres, el Cura podría reunir mil o dos mil soldados y atacarlas fácilmente. Para guarnecer con probabilidades de éxito la sierra de Burgos y Soria se necesitaban lo menos diez o doce mil hombres.

Aviraneta sabía el fracaso de las tentativas de Roquet y Kellerman en tiempo de la guerra de la Independencia.

Las excitaciones de curas y frailes animaban a los facciosos, y los soldados de la Fe, feotas, como les llamaban los liberales, iban presentándose en el campo. Luchaban con Merino, el Blanco, el Rojo de Valderas, Caraza, el Gorro, los Leonardos, el Inglés, y comenzaban a campear aparte Cuevillas, el sombrerero Arija, y otros.

Siguiendo el plan de fraccionamiento de las columnas acordado por el Empecinado y sus oficiales, se decidió que los coroneles Escario, Ceruti y el teniente coronel Manzanares recorriesen la parte más llana del país hasta la orilla del Duero, y que en la Sierra operase don Juan Martín.

Aviraneta quedó en Lerma, en el cuartel general.

El fraccionamiento en columnas no consiguió hacer que Merino cayese en ninguna trampa. Conocía el terreno como nadie y contaba con el paisanaje.

En cambio, el defender los pueblos con guarniciones pequeñas produjo más de una catástrofe en el campo constitucional. En Salas de los Infantes, el Cura sorprendió a tropas del regimiento de Sevilla y estuvo a punto de hacer grandes destrozos en otros pueblos.

Uno de éstos fué Tordueles, aldea próxima a Lerma. Se había dejado aquí, de guarnición, cincuenta hombres al mando de un oficial llamado Juan José Allegui.

El día 26 de mayo, a las doce del día, se presentó Merino delante de Tordueles y se dispuso a penetrar en esta aldea. Llevaba el Cura una fuerza de ochenta caballos y otros tantos infantes. Al acercarse al pueblo abrió el fuego, que fué contestado por los soldados de Allegui, que se retiraron a una casona llamada de los Sevillanos, donde se dispusieron a pelear hasta el final.

Después de dos horas de fuego, el Cura intimó a Allegui a la rendición, y como Allegui le contestara con desprecio, Merino, dejando el pueblo sitiado, se retiró al anochecer a Cebreros.

Allegui, de noche, salió él mismo de la casa de los Sevillanos, habló a un pastor conocido suyo y le confió una carta para el cuartel general de Lerma.

El campesino, marchando por veredas, llegó a esta villa y entregó la misiva a Aviraneta.

Aviraneta se vió en un gran aprieto; no había apenas fuerzas que enviar a Londueles. El Empecinado estaba, en aquel momento, camino de Roa, donde pensaba unirse con el coronel Ceruti. Manzanares se encontraba en Aranda de Duero.

Aviraneta no podía abandonar a Allegui, y, llamando al jefe de los nacionales de Lerma para que preparase con su gente la defensa del pueblo en caso de ataque, reunió treinta hombres del regimiento de Jaén, veinte caballos de Calatrava y diez de Lusitania, y con ellos y seis mulos cargados de municiones marchó a Tordueles, donde entró al amanecer.

Antes había mandado dos propios, uno al Empecinado y otro a Manzanares, diciéndoles adónde iba.

La entrada en Tordueles no ofreció dificultad. Aviraneta y Allegui, reunidos, decidieron ensanchar la posición, para lo cual ocuparon la manzana en donde estaba enclavada la casona de los Sevillanos, y fortificaron la puerta de ésta con toneles, carros atados unos con otros y piedras. La sección de caballos quedó en el patio de una cuadra, que tenía una puerta sólida y fuerte y que dejaron de modo que se pudiera abrir y cerrar rápidamente.

Esta cuadra se hallaba comunicada con el resto de la manzana.

Estudiando el terreno, vieron que para defender la entrada de la casona de los Sevillanos era indispensable ocupar una casucha próxima, pero que no se hallaba unida a la primera, pues entre ambas había un callejón de unos dos metros de ancho.

Esta casucha de adobes se llamaba la casa del Cojo, y tenía importancia porque, desde sus dos ventanas, se podía disparar contra los realistas, si intentaban el asalto acercándose a la puerta de la casona de los Sevillanos.

La ventaja se hallaba compensada con el inconveniente de ser la casucha del Cojo muy fácil de ser tomada.

Para obviar la dificultad, Aviraneta mandó deshacer la escalera hasta el primer piso, en la casa del Cojo, y luego ordenó que se hiciera un agujero en la pared del desván de ésta, y otro en el muro espeso de la de los Sevillanos, de manera que se pudieran comunicar por un puente de tablas los desvanes de las dos casas.

Los hombres que se quedaran en la casa del Cojo, si llegaban a verse apurados, pasarían por el puente de tablas a la casona de los Sevillanos, y después de pasar se quitaría el puente.

Suponiendo que el ataque podría durar varios días, se preparó la defensa lo mejor posible. Se abrieron agujeros en las paredes del pajar y en el tejado, y se llevaron piedras y sacos de tierra para disparar, guareciéndose en ellos. En los balcones se colgaron colchones y jergones.

Por la mañana, al amanecer, los de Merino, con fuerzas triples a los sitiados, atacaron la casa de los Sevillanos y llegaron hasta la puerta. Mandaban a los facciosos los Leonardos, feroces cabecillas de Merino, que hacían de verdugos por satisfacer sus inclinaciones sanguinarias. Al acercarse los feotas, gritaron con furia: «¡Viva la religión! ¡Viva el rey!»

Los de dentro contestaban con el mismo o con mayor entusiasmo: «¡Viva la Libertad! ¡Viva la Constitución!»

Aviraneta y Allegui dirigieron el fuego, haciendo que no se perdiera un tiro.

Los encerrados en la casa del Cojo tenían la orden de no disparar mientras no se les avisase.

El ataque de los Leonardos fué, sin duda, para tantear el terreno. Al mediodía se dió otro ataque a la casa de los Sevillanos, dirigido por el mismo Merino.

Unos cuantos exploradores en guerrilla se acercaron a la explanada de delante de la casona, e intentaron abrir la puerta a tiros. Cuando habían formado un gran grupo fueron cogidos por los fuegos de la casa del Cojo, que les hizo bastantes muertos. Merino, entonces, ocupó un tejado de enfrente y comenzó a dirigir los tiros contra la casa del Cojo.

El fuego se hizo intermitente. Sólo se disparaba de un lado y de otro cuando alguno se decidía a dar la cara.

Al anochecer, los absolutistas comenzaron un ataque atrevido contra la casa del Cojo; rompieron la puerta y entraron en el zaguán. Cuando estaban en esta faena, los treinta jinetes de los constitucionales al mando de Aviraneta salieron por la puerta de la cuadra a cargar contra los facciosos.

Los caballos se alinearon en la callejuela, y a la orden de Aviraneta avanzaron al trote, y luego, al galope. Las herraduras sacaban chispas de las piedras del suelo. Al desembocar en la encrucijada, Aviraneta, irguiéndose en la silla y levantando el sable, gritó; «Soldados: ¡Constitución o Muerte! ¡Viva la Libertad!» El pelotón de caballería dejó en un instante la plazoleta limpia, acuchillando, atropellando, matando. Desde la casa de los Sevillanos, Allegui y los suyos vitoreaban y aplaudían con entusiasmo.

Tras de esta acometida, cesó el fuego, y los realistas se retiraron. La noche la pasaron los sitiados con la mayor vigilancia, fortificando algunos puntos, y al amanecer, un parlamentario, con bandera blanca, se presentó ante la casa de los Sevillanos. Traía una carta para Aviraneta. La carta decía así:

«Aviraneta: Me es sensible derramar sangre de cristiano, aunque dudo mucho que la vuestra lo sea. Saliste de una; no saldrás de otra. Si no haces que toda vuestra gente entregue las armas en seguida, seréis fusilados en montón.

Jerónimo Merino.

»La contestación, luego, luego.»

Aviraneta, iracundo, escribió:

«A don Jerónimo Merino: Muy señor mío y capellán: Dejé escapar la otra vez, por compasión, al cura hipócrita que se presentaba humilde. Si la sangre de la morralla absolutista es la sangre de cristiano, prefiero no tener con ella más relación que la necesaria para derramarla abundantemente. Somos menos que ustedes, es verdad; pero tenemos más alma. Si se entregan, los trataremos con conmiseración.

Aviraneta.»

Al día siguiente volvió de nuevo el ataque, con alternativas de avance y retroceso de los sitiadores; y por la noche éstos se apoderaron de la casa del Cojo.

Al amanecer del día siguiente, un soldado que estaba en una guardilla de la casa de los Sevillanos de vigía vino corriendo a decir que se acercaban tropas del lado de Lerma. Aviraneta corrió a la guardilla y enarboló su anteojo. Eran las tropas del Empecinado. Estaban a salvo. Aviraneta y Allegui pensaron en el medio de cortar la retirada a Merino y a su gente. Se preparó el pelotón de caballería y se abrió la puerta del zaguán de la cuadra. Luego todas las fuerzas de Allegui y de Aviraneta, abandonando la casa de los Sevillanos, se apostaron a la salida del pueblo por donde Merino tenía que pasar.

El Empecinado y los suyos avanzaron despacio. Los de Merino se dispusieron a defenderse; pero Allegui y Aviraneta les atacaron por la espalda y les hicieron diez o doce muertos. Los de Merino se dieron a la fuga y en un momento desaparecieron.

Después de celebrar la salvación del peligro en que se habían encontrado, Aviraneta marchó a hablar con el Empecinado. Intentó convencerle de que el sistema de dejar guarniciones pequeñas en los pueblos era malo, como el de tener varias columnas, y el general se decidió a formar solamente dos brigadas que operaran en combinación.

Mientras esperaban en Tordueles la llegada de Manzanares, se supo que el Cura Merino había avanzado, furioso por su derrota, hasta el Monasterio de Arlanza, sitiándolo en seguida. Había en el antiguo edificio ruinoso un destacamento del batallón de voluntarios de Cataluña, con su jefe.

Merino les intimó la rendición; pero el oficial, que sabía los procedimientos del Cura, no quiso rendirse hasta que, viéndose sin municiones, se entregó.

Merino los fusiló y descuartizó a todos y mandó enterrar sus despojos a orillas del Arlanza.

El Empecinado se indignó al saberlo y ordenó a Salvador Manzanares y a Aviraneta que redactaran una comunicación enérgica amenazando con las represalias.

Esta comunicación, firmada en el Campo de Fontioso, se mandó imprimir y fijar en los Ayuntamientos y en las esquinas de las casas de los pueblos de la Sierra. Se titulaba:

«Carta de don Juan Martín, el Empecinado, al Cura Merino, con motivo de la horrenda crueldad que ha usado con los soldados de Cataluña».


IV.
MERINO SE OCULTA

Al día siguiente de fijar este bando comenzó la persecución de Merino con las dos columnas combinadas.

El 30 de mayo el Empecinado y Aviraneta salieron de Lerma y recorrieron el monte de Villoviado. Se hicieron indagaciones sin éxito y se pasó a Arlanza.

Se mandaron desenterrar los cadáveres de los soldados de Cataluña que estaban cerca del río, y se los trasladó a Covarrubias, donde se les hizo un entierro solemne.

De Covarrubias, las dos columnas se dirigieron a la Sierra. No había rastro del Cura ni de su partida. Se encontró cerca de Hontoria del Pinar a un tal Rufo, jefe del batallón de la Fe, que marchaba escapado con cuatro mulos cargados con armas, y se le detuvo.

El Rufo dijo que había oído decir que el Cura andaba entre Celleruelo y Roa, y que parte de su tropa estaba guarecida en el monte de la Ventosilla, cerca de Aranda.

Se fué hacia allá y no se encontraron huellas de Merino.

Aviraneta indicó al Empecinado los refugios que podía haber escogido el Cura: Neila, la cueva del Abejón, Covaleda, Clunia, y se dieron órdenes terminantes para que se registraran estos sitios. Se mandaron patrullas por toda la Sierra. Nada.

—Hay que entrar en las iglesias y en los conventos—se dijo Aviraneta—. Es posible que Merino se haya escapado a Francia; pero me parece más probable que esté aquí, escondido en alguna sacristía, en alguna torre, en una guarida clerical.

Se dictaron órdenes para registrar iglesias y conventos, pero no dieron resultado.

Aviraneta desconfiaba de algunos agentes que se enviaban en persecución del Cura; debía haber desconfiado de todos; no sabía que al mismo tiempo que se dictaban providencias para descubrirle y prenderle, de Madrid partían órdenes de Palacio para que no se le buscase. Casi todos los jueces, escribanos y alcaldes de la Sierra eran partidarios del rey absoluto, y no había que hacer en ellos gran presión para que no inquietasen a Merino.

Por otra parte, la Junta Apostólica de Burgos, que se reunía en casa de un mayordomo de frailes benitos, trabajaba para invalidar los esfuerzos de los constitucionales.

Mientras el cabecilla fantasma era buscado activamente por toda la provincia, el verdadero Cura Merino estaba muy tranquilo acogido a un convento de monjas de Santa Clara, próximo a su pueblo, a Villoviado.

Por el día se le vestía un hábito de religiosa para que pudiera pasearse con las hermanas en el huerto, y por la noche se acostaba en la iglesia, detrás de una estatua de Santa Clara, en el fondo de un escondrijo, donde habían puesto una camilla.

Es muy posible que de cuando en cuando la superiora obsequiara al viejo cura, sátiro y sanguinario, con alguna monja guapa; pues todas ellas le consideraban como un santo varón. Es muy posible, pero no consta en los archivos, que Merino dejara en el convento descendencia mística.

En vista de que las partidas facciosas habían desaparecido, se dispuso hacer una excursión de carácter político por la provincia. El gobernador de Burgos, Escario, acompañado de González de Navas, el juez de Arauzo de Miel, de Aviraneta y de algunos oficiales del Empecinado, recorrieron la provincia.

Los pueblos se encontraban en un estado lastimoso: las calles sucias, las fuentes cegadas, los caminos deshechos. Las pocas escuelas eran verdaderas mazmorras, y la viruela reinaba en todas partes que era un horror. Escario ofició al alcalde de Burgos para que enviase un cirujano provisto de vacuna; pero la gente de los pueblos no quería vacunarse.

Se hizo una suscripción voluntaria para plantar árboles en los bordes de las carreteras, y el jefe político, Aviraneta y otros varios dieron cada uno quinientos reales, y se comenzó la plantación en Arauzo de Miel; pero los primeros arbolitos puestos fueron en seguida arrancados.

Queriendo dejar un rastro civilizador por el sitio donde pasaban, se armó también un teatro en la sala del Ayuntamiento de Huerta del Rey. Un oficial, aficionado, pintó el telón.

La pintura era cómica, pero llena de intenciones. Una musa con un arpa en la mano se levantaba entre ruinas y cadenas y, volando por encima de ellas, marchaba hacia una escalinata verde, vigilada a un lado y a otro por dos damas: la Libertad, con su gorro frigio, y España, con su corona y un leoncito amarillo a los pies. Encima había un medallón con el retrato de Cervantes, coronado de laurel.

Seguramente, aquel telón hubiera parecido muy malo a un profesional; pero a los oficiales del Empecinado les pareció una obra maestra.

De Huerta del Rey se bajó a Aranda, y después de pasar unos días aquí, Aviraneta, con la columna del Empecinado, marchó a Valladolid. Se avanzó luego a Villalar, donde Aviraneta, por orden del Empecinado, escribió una proclama ardiente. Esta proclama terminaba diciendo: «Sigamos el ejemplo de los Comuneros de Castilla, que dieron su vida por las libertades patrias. Soldados, jurad conmigo: ¡Constitución o Muerte!»


LIBRO QUINTO
ENTRE ARANDA Y MADRID

I.
ROSALÍA Y TERESA

Después de esta campaña contra Merino, Aviraneta dejó el ejército y volvió a Aranda de Duero a seguir con sus cargos de regidor, de subteniente y de comisionado del Crédito Público.

Era la primavera de 1821.

Don Eugenio llegó muy de mañana a Aranda y se presentó en casa de su madre, que, como de costumbre, se había levantado temprano y se preparaba a ir a la iglesia.

La madre de Aviraneta seguía con su vieja Joshepa Antoni, sin enterarse gran cosa de lo que ocurría en el pueblo. Siempre con su cofia blanca en la cabeza y siempre haciendo calceta; para ella, el tiempo estaba ocupado principalmente por los pares de medias hechos.

El ama y la criada llevaban la misma vida en Madrid, en Irún o en Aranda; conversaban de lo que podía ocurrir en su pueblo y se preocupaban poco de lo demás.

Esta limitación voluntaria le producía a Aviraneta gran asombro.

En la calle, la criada del juez le contó lo ocurrido durante su ausencia en la familia.

Rosalía se había casado con un propietario rico de Aranda. Teresita asombraba al pueblo con su saber. Se decía que iba a aprender latín.

Su madre, doña Nona, estaba muy contenta con ella. El juez se encontraba enfermo; al chico, Juanito, querían hacerle estudiar para cura.

Aviraneta veía que desde que había entrado el cura don Víctor la casa se transformaba. El cura mandaba en rey y señor.

Así como había habido un principio de moda el año 1820 entre la gente distinguida, mujeres y hombres, en llamarse liberales y masones, en 1821 se volvía a la reacción religiosa, y los curas empezaban a tener no sólo el mismo, sino mucho más ascendiente que antes.

Aviraneta pudo hablar un momento a Teresita, y notó que las bromas que dirigió a la muchacha por su ciencia y su beatitud no fueron aceptadas. Teresita consideraba que cualquier alusión irónica dirigida acerca de puntos religiosos era horriblemente blasfematoria.

Aviraneta supo que el marido de Rosalía era tiránico y usurero, incapaz de dar un cuarto a nadie y celoso como un turco.

Unos días después vió a Rosalía flaca y triste.

Teresita se iba haciendo cada vez más religiosa, y empezaba a considerar que todo podía ser pecado.

Dejando a Teresita, Aviraneta se fué al Ayuntamiento. Frutos San Juan no apareció por allá. Después de comer, Aviraneta se marchó a la Casa de la Muerta y recibió a sus amigos.

Unos días más tarde estaba charlando con Diamante cuando se presentó a verle una muchacha muy bonita.

Esta muchacha quería hablar a solas con Aviraneta.

Aviraneta la conocía de verla en la plaza. Se decía de ella que andaba en malos pasos, y que era algo más que novia de Frutos San Juan. Don Eugenio supuso que vendría a quejarse de algo referente a su amante.

—¿Vienes a hablar de Frutos?—la dijo.

—Sí.

—Puedes hablar delante de Diamante. Es un amigo.

La muchacha contó que Frutos la había seducido y abandonado después. La voz pública había comenzado a tacharle a ella de ser la querida de Frutos, y su padre, un hombre severo, le había dicho varias veces que si lo que se murmuraba resultaba cierto la echaría de casa.

Ella veía que de un momento a otro se iba a averiguar la verdad, y, buscando una solución, había pensado en ir en solicitud de ayuda y de consejo a casa de Aviraneta. ¿Por qué a casa de Aviraneta y no a otra?

No lo sabía.

Sin duda había creído que el hombre más revolucionario de Aranda debía ser también el menos severo en asuntos de amor.

Aviraneta quedó perplejo al oír a la muchacha. La Soledad, así se llamaba, era una mujer verdaderamente bonita, con los ojos negros y tristes, la boca pequeña y la tez nacarada.

—¿Y qué piensas hacer?—la dijo Aviraneta.

—No sé—replicó ella—. Eso venía a preguntarle a usted.

—¡A mí! Si fuera un asunto municipal; pero una cuestión de amor... ¿Le has hablado a Frutos?

—Sí.

—¿Y qué dice?

—Que no tiene nada que ver; que me las arregle como pueda.

—Si quieres—exclamó Diamante de pronto—, ahora mismo lo traigo a Frutos de una oreja y lo pongo ahí, a tus pies, para que lo pises.

—No, no—murmuró ella—; yo le quiero...

—¿A ese mequetrefe?... ¿A ese miserable?—gritó Diamante—. Yo siento que no sea un hombre de valor, para matarlo en desafío con mi espada...

—Pero tú algo has pensado al venir a verme—dijo Aviraneta a la muchacha.

—Yo había pensado marcharme a Madrid.

—Es lo mejor.

—Sí; pero tengo mucho miedo a ir sola: qué sé yo lo que me puede pasar.

—Bueno, yo te acompañaré la semana que viene. Mientrastanto, ¿dónde podría ir a vivir esta chica?

—Que venga a mi casa—dijo Diamante.

—Van a hablar mucho de usted, licenciado.

—Que hablen; me tiene sin cuidado.

—Magdaleno se va a indignar.

—Le romperé la cabeza si se atreve a decir nada.

—Bueno, pues si ella quiere, que vaya a vivir a su casa. Y yo le avisaré cuándo partimos para Madrid.

Se habló mucho en el pueblo de este asunto; la Soledad, Aviraneta y Diamante dieron abundantísimo pasto a la murmuración.

Aviraneta, a quien la situaciones violentas no asustaban, se presentó en casa del padre de la Soledad, que era un botero.

El botero, hombre violento e impulsivo, quiso lanzarse contra Aviraneta; Aviraneta lo calmó, le contó la verdad, le dijo que iba a acompañar a la Sole a Madrid, sin más objeto que evitar una desgracia y un escándalo, y el botero y su mujer se amansaron. En la corte, la muchacha podía ponerse a trabajar, o a servir.

Unos días después, la Sole y Aviraneta tomaron la diligencia de Madrid. En el camino, desde Aranda a Buitrago, la muchacha, medio llorando, contó al revolucionario su vida y sus amores, y coqueteó un tanto con él. Desde Buitrago a Lozoyuela, Aviraneta echó un discurso a la Sole, hablándole de las excelencias de la moral, cosa que ella no entendió muy bien.

Entre Lozoyuela y Alcobendas merendaron, bebieron un vinillo blanco que llevaban en la bota, y la Sole se permitió reírse de don Eugenio.

Al llegar a las proximidades de Madrid, Aviraneta estaba perplejo. No sabía qué hacer con la muchacha.

Le dijo que le buscaría una casa de huéspedes. La Sole preguntó: ¿Para qué? Aviraneta pensó que quizá ella daría la solución.

Aviraneta bajó de la diligencia y fué, como de costumbre, a una casa de huéspedes de la calle Mayor. La Sole le siguió y se instaló allí. Aviraneta dijo:

—Indudablemente, es el destino.


II.
UNA NUEVA SOCIEDAD

Muchas veces Aviraneta decidió ocuparse únicamente de sus asuntos personales. Pensaba así responder al olvido en que le tenía la gente de Madrid.

Este olvido le irritaba. Había trabajado tanto como el que más por el triunfo de la Constitución y de la Libertad; expuesto la vida; empleado parte de su dinero; acudido siempre al primer llamamiento, y, a pesar de esto, nadie se acordaba de su persona.

Aviraneta veía en todas partes cierta hostilidad en contra suya. Sus trabajos, sus esfuerzos, su desinterés, no se apreciaban, no tenían valor. Las recompensas saltaban al llegar a él. Se hubiera creído que alguien tenía la constante intención de anularle, de achicarle.

Los masones no se ocupaban para nada de Aviraneta; éste recibía el periódico inspirado por ellos, El Espectador, y colaboraba en él; pero jamás se les había ocurrido llamarle para algo.

En Madrid, Aviraneta se enteró del proyecto de conspiración y de la muerte del Cura Vinuesa en la cárcel; de la revolución de Nápoles, ahogada inmediatamente por los austriacos; de la conspiración republicana, fraguada en Málaga por el aventurero Mendialdúa, y de los sucesos a las puertas de Palacio, en que intervinieron los guardias de Corps.

Aviraneta suponía que se seguiría conspirando por los absolutistas. Había perdido el deseo de intervenir en las intrigas políticas del momento cuando recibió un aviso, sin firma, citándole en la Fontana de Oro. Dentro de la carta le enviaban una tarjeta cortada que le serviría de contraseña.

Aviraneta, que se creía harto de complicaciones y de intrigas, pero que en el fondo estaba deseando meterse en nuevos líos, decidió acudir a la reunión.

La Sole, los días anteriores, le había pedido que le acompañase y le enseñara Madrid, y don Eugenio hizo de cicerone y la llevó también por los barrios en donde había correteado de chico y había hecho mil barbaridades con sus amigos.

Por la noche, después de cenar con la Sole, Aviraneta se presentó en la Fontana de Oro. Estaban allí Salvador Manzanares, Félix Mejía, Remigio Morales, Mac-Crohon, José Joaquín Mora, Romero Alpuente, el francés Bessieres, con un amigo suyo apellidado Lobo, el ex fraile Patricio Moore y dos italianos, uno llamado Gipini, que era dueño del café de la Fontana de Oro, y el otro, un cantante de ópera, con unos bigotes como dos escobillones.

Aviraneta se presentó en la reunión y entregó el trozo de tarjeta, que coincidía con otro que guardaba el cantante italiano.

Aviraneta saludó a los conocidos y se sentó.

Estaba hablando Mac-Crohon y contaba anécdotas de su amigo el abate Marchena, que acababa de morir hacía poco tiempo.

Entre varias cosas que contó dijo que, durante una época, Marchena vivió con un jabalí que tenía domesticado y que hacía dormir a los pies de su cama.

Un día el jabalí, al salir a la escalera, se cayó y se le rompieron las patas. Marchena mandó matarlo y dió un banquete a sus amigos con la carne del animal, y después leyó un epitafio en su honor.

Se celebró la humorada del abate, y cuando concluyó de hablar Mac-Crohon, Aviraneta paseó la mirada por el grupo del café como preguntando por qué le llamaban.

Romero Alpuente tomó la palabra y explicó el motivo de la llamada.

Romero Alpuente, que se las echaba de Robespierre, era un viejo ridículo, alto, seco, con la cara arrugada y una estúpida sonrisa.

El ciudadano Romero Alpuente usaba patillas cortas, gorro negro y anteojos de hierro; hablaba de una manera pesada, pedantesca y monótona. Se creía un hombre genial. Sus argumentaciones de patán mixto de leguleyo asombraban a sí mismo.

Al parecer, de Italia, pasando primero por Francia—explicó Romero Alpuente—, había llegado a España una nueva sociedad secreta llamada de los Carbonari. Esta sociedad tenía menos ritos que la masónica y era esencialmente política. Su objeto era limpiar el bosque de lobos o, dicho en lenguaje más claro, acabar con los tiranos. El carbonarismo comenzaba a avanzar en España; pero la masonería, recelosa de sus progresos, había acordado exigir a los masones juramento de no formar parte de otra sociedad secreta.

Entonces, unos cuantos, encontrando en el carbonarismo un principio de acción más útil y más práctico que en la masonería con sus misterios ridículos, y al mismo tiempo, viendo que su simbolismo de ventas, barracas y florestas no respondía a nada, al menos en España, habían pensado en aceptar un pensamiento de don Bartolomé José Gallardo y formar una sociedad titulada los Comuneros, en donde el simbolismo fuera más español y caballeresco.

En la proyectada sociedad todo tendría aire guerrero. Las logias y puntos de reunión se llamarían, según su importancia, casas fuertes, torres, fortalezas, etc.

Después de oír la explicación del proyecto, Aviraneta, con bastante frialdad, dijo que no le parecía mal, y añadió que, para él, las palabras y las fórmulas simbólicas no tenían valor.

—¿Quiénes son los que van a afiliarse?—preguntó Aviraneta.

—Por ahora—contestó Mejía—está Torrijos, Palarea, Ballesteros, Díaz del Moral, Moreno Guerra, el Empecinado, todos nosotros, Regato...

—¿Regato también?

—Sí.

—Entonces yo no entro en la sociedad.

—¿Por qué?—preguntó Romero Alpuente.

—Porque tengo la seguridad de que Regato es un hombre vendido a la policía.

—Engaña a la policía—aseguró el viejo Romero Alpuente con una sonrisa de estupidez senil, mostrando sus dientes podridos.

—Yo tengo la evidencia—contestó Aviraneta—de que nos denunció cuando la conspiración de Renovales.

No se pusieron de acuerdo. Mejía y Morales afirmaron que la mala opinión que se tenía de Regato la habían echado a volar los masones al saber que éste iba a separarse de ellos. Con tal motivo se enzarzaron todos en una discusión en que nadie se entendía. Mejía y Morales y los que vivían en Madrid usaban una serie de palabras cuyo significado exacto que se les prestaba en el momento sólo ellos conocían. Hablaron repetidas veces de pasteleros, renegados, de los del gorro negro, serviles, servilones, hipócritas, pancistas, fanáticos, feotas, anarquistas, tragalistas, descamisados, anilleros, camarilleros, moderados, exaltados, afrancesados, verdaderos ciudadanos, nacionales puros, nacionales sospechosos. Además se refirieron al señorito, al marqués, al maestro.

Aquello era un lío que nadie lo entendía.

Después de la inútil discusión se acabó quedándose cada uno con su idea anterior: la mayoría, dispuesta a seguir lanzando la Sociedad de los Comuneros; los dos italianos, Bessieres y Lobo y el ex fraile Patricio Moore, creyendo más útil el carbonarismo, y Aviraneta, asegurando que él con Regato no iba a ninguna parte.

Terminada la entrevista, Aviraneta y Manzanares salieron de la Fontana y fueron a la pastelería de Ceferino, de la calle de León.

—Amigo Aviraneta—dijo Manzanares—, haces mal en no entrar en esta nueva sociedad.

—¿Por?

—Porque hay que ir siempre en compañía de alguien para hacer algo.

—¿Aunque sea en compañía de granujas?

—Sí. ¿No te parece que sería mejor un Gobierno de pillos y de granujas listos que el que tenemos?

—Seguramente. Pero es que estos hombres como Regato no son grandes pillos que tienen ambición. Son pilletes que se venden por dos cuartos. ¡Ah! Si tuviéramos un político ambicioso e inteligente, aunque fuera un granuja, yo lo serviría con gusto.

—Y yo también, siempre que fuera liberal.

—¡Ah, claro!, condición indispensable. Necesitábamos un Dantón...; aunque fuera un Fouché nos bastaría.

—Lo malo es que estos hombres no se improvisan. Además hay que tener en cuenta—dijo Manzanares—que los pillos, naturalmente, se inclinan a los Gobiernos fuertes, bien constituídos y bien despóticos, porque son los que pueden dar más dinero, más cargos y más honores.

—¡Y, claro!—añadió Aviraneta—. Nada hay tan goloso de honores como un granuja que necesita reforzar la responsabilidad suya, que por dentro no siente.

—¿Sabes tú quién podría ser nuestro hombre?

—¿Quién?

—Tú.

—¡Bah! No soy bastante granuja para eso.

—Creo que sí. Eres un granuja honrado. Tú no robarás para ti; pero tú mandarías asesinar a uno si estorbara al país.

—¡Ah, seguramente!

—Nada, nada. Tú eres el hombre.

—No, no. Me faltan muchas cosas. Primeramente no sé hablar; es decir, no sé mentir con efusión. Yo no creo que la oratoria sea una cosa positiva; me parece un arte que puede tener un valor cuando se traduce en hechos; pero aquí en España se considera la oratoria como si tuviera objeto en sí misma... La charlatanería triunfa, y yo no soy charlatán... Para mí eso es imposible: decir mentiras o vulgaridades con calor y entusiasmo está por encima de mis fuerzas. No puedo ser un farsante.

—Lástima. Porque tú tienes madera de político.

—¿Tú crees?

—Sí. ¿Sabes tú lo que debías hacer?

—¿Qué?

—Esperar. Orientarte, ver qué marcha lleva esto sin significarte demasiado. Al mismo tiempo estudiar, dominar una especialidad, irte preparando.

—Me parece que sería tiempo perdido. Yo creo que no sirvo mas que para una cosa.

—¿Para qué?

—Para mandar.

—¡Tiene gracia! ¡Es posible que hubieras sido un gran ministro de un tirano, o un secretario de Estado del Papa!

—Sí; creo que sí.

Manzanares se echó a reír. En esto entraron en la pastelería unos cuantos señores.

—La redacción de El Censor—dijo Manzanares.

Era la junta de abates afrancesados y sus amigos. Estaban Reinoso, Lista, Hermosilla, Miñano, Narganes, Javier de Burgos y otros.

Comenzaron a hablar, burlándose de las necedades y exageraciones de los exaltados con cierta gracia erudita y clerical. Sobre todo, don Sebastián Miñano se distinguía por su crítica satírica.

—¡Es gente que me molesta!—exclamó Manzanares en voz alta—. Si para valer un poco necesita uno ser un canalla, realmente no se gana en el cambio. Se burlan de nosotros. ¿Pero qué hacen ellos? Han servido a Bonaparte; ahora son absolutistas y enemigos de la Constitución; mañana serán cualquier cosa, si les pagan.

Miñano miró a Manzanares con impertinencia, y Salvador dijo:

—Estos clérigos renegados me repugnan. ¡Vámonos!

Dicho esto, Manzanares y Aviraneta salieron de la pastelería.


III.
CONFUSIÓN

Aunque sin dar gran importancia al consejo amistoso de Salvador Manzanares, Aviraneta quiso, durante algún tiempo, tomar el pulso a Madrid y ver si de la baraúnda de opiniones de unos y otros se sacaba algo en limpio.

Pronto pudo ver que no se sacaba nada. La agitación producida por el movimiento revolucionario era todavía superficial: no llegaba a la gran masa del pueblo; únicamente la clase media y parte del ejército aceptaban las ideas liberales. Además, entre éstos había muchos constitucionales y asiduos asistentes a las logias y a las sociedades patrióticas por motivos de medro personal.

Los directores del movimiento eran todos oradores y de una mentalidad semejante.

Es indudable que en los períodos políticos de trascendencia de un país los tipos representativos se parecen. El momento presta a los hombres una fisonomía moral casi idéntica.

¿Es que la naturaleza tira en algunas épocas una edición numerosa de ejemplares humanos, o es que estos ejemplares existen siempre, pero no tienen ocasión favorable de desarrollarse mas que en determinadas circunstancias? No lo sabemos. El caso es que, en este período, todos los tipos salientes estaban cortados por el patrón del militar o del orador. Cierto que entre ellos había gente de talento y de inventiva; pero eran los que tenían menos influencia. Pesaba demasiado la tradición y la costumbre, para que las lucubraciones de un político original influyeran en el medio ambiente.

La Revolución española era como un carro pesado tirado por mariposas; no podía avanzar.

Algunos de los oradores célebres de la época conocían a fondo las bases del sistema constitucional; otros muchos hablaban de oídas, y sus discursos tenían el aire de improvisaciones de estudiantes traviesos. A cada paso se oía citar a Rousseau, a Montesquieu, a Maquiavelo, y los que no estaban muy seguros de sus citas se defendían hablando de la Constitución, código inmortal de las libertades patrias; de la Prensa, esa palanca del progreso; del ejército, brazo defensor de la soberanía nacional, etc., etc.

Los más jóvenes citaban con preferencia a Benjamín Constant y a Jeremías Bentham, que iban tomando en España una fama inmensa entre los eruditos y doctrinarios de la política liberal.

Con tanta oratoria, más o menos elocuente, la confusión era completa, un verdadero caos; había orador de la Fontana y de la Cruz de Malta que defendía tesis ultrarrealista, creyendo defender las ultraliberales, y el público, que se tenía por liberal, sin poder distinguir unas de otras, las aplaudía con entusiasmo.

Para mayor lío y obscuridad, surgía la división entre masones y comuneros, que se dedicaron a desacreditarse mutuamente.

Los comuneros abominaban de los masones, a quienes llamaban pasteleros: