Aunque se disfracen
esos pasteleros,
ya los conocemos.

Los masones acusaban a los comuneros de estar protegidos por los absolutistas, y de recibir dinero de Fernando y de la Santa Alianza.

Desde el negro profundo al rojo más subido, había una porción de grupos y sociedades medio públicas, medio secretas. La primera en las filas de los feotas era El Angel Exterminador, sociedad absolutista y teocrática, que duró hasta la muerte de Fernando VII y que, unas veces valiéndose de denuncias y otras por medio de sus hombres, produjo miles de víctimas. La Concepción, otra sociedad teocrática, no llegó a tener la importancia del Angel Exterminador.

En septiembre de 1825, El Angel Exterminador celebró una gran junta en el monasterio de Poblet, dirigida por el arzobispo Creux, a la que asistieron 127 prelados y el vicario general de Barcelona. Esta junta tenía por objeto organizar matanzas de liberales en Cataluña. Según informe dado a la Audiencia de Barcelona, desde 1823 al 25, El Angel Exterminador había producido la muerte de 1.828 liberales en las posadas y en los caminos. Esta sociedad fué también la que provocó el levantamiento de Jorge Bessieres, en la Alcarria; la de los Agraviados, en Cataluña; la que tendió un lazo a Torrijos y a sus compañeros, por intermedio del general González Moreno, y la que se alió con Calomarde para traer a Don Carlos.

Después de los absolutistas clericales de El Angel Exterminador y de La Concepción venían los carlistas, en donde los partidarios de la teocracia pura estaban mezclados con los cortesanos; luego, los absolutistas fernandinos, y, por último, los absolutistas afrancesados, que más tarde inventaron la frase del absolutismo ilustrado.

Entre los constitucionales, los más tímidos eran los Sabios o los del Anillo. Estos, que, como los jovellanistas de años después, no se sabe si llegaron a estar constituídos en sociedad o no, querían modificar la Constitución, convirtiéndola en una Carta otorgada por el rey, suprimiendo la Cámara única y reemplazándola por dos; tras ellos venían los liberales moderados, entonces dirigidos por el Gran Oriente, que eran, en su mayoría, masones; luego, los liberales exaltados, entre los que había masones y comuneros; por último, estaban algunos comuneros republicanos y el grupo de los carbonarios, formado por Gipini, Nepsenti, el ex coronel Latorde y algunos oficiales extranjeros.

Además de éstas se decía que existía una sociedad, dedicada al cultivo de la pornografía, llamada La Bella Unión. Es muy posible que la tal sociedad fuera algún alarde de inmoralismo de la época o una invención de los clericales.

Los absolutistas exaltados no tenían, por entonces, periódicos importantes; publicaban folletos y papeles. Los afrancesados escribían El Censor, redactado por Miñano, Lista y Hermosilla, que se dedicaba a satirizar a masones y a comuneros y a burlarse de los oradores de las sociedades patrióticas.

Miñano era un periodista de mucha gracia y de muy mala intención. Sabía mortificar a una persona sin citarla, como hizo con Alcalá Galiano, en un artículo de El Censor, titulado «Defensa legal de la borrachera y de los borrachos».

Don Sebastián era todo un clérigo. Vivía con una señora, de la que tenía tres o cuatro hijos. Había sido masón, afrancesado, constitucional moderado, apostólico; fué amigo de Soult y de Calomarde y murió años después declarándose en su testamento protestante.

Con grandes relaciones con los hombres de El Censor, los constitucionales tibios publicaban El Imparcial y El Universal, dirigidos por Javier de Burgos.

Los masones tenían El Espectador, que escribía San Miguel y Pidal. El Espectador defendía la política de las logias de los ataques de los absolutistas y acusaba a los periódicos comuneros de exasperar los ánimos y hacer odiosa la libertad de imprenta.

Los comuneros tuvieron, poco después de fundarse, El Eco de Padilla, y al último, El Zurriago y La Tercerola, que atacaban a derecha e izquierda con procacidades e insultos.

Cada fracción constitucional tenía su color predilecto: los liberales puros y sin mezcla, el verde; los masones, el azul, y los comuneros, el morado, que recordaba el color del pendón de Castilla.

De los hombres de la Revolución ninguno gozaba de completo prestigio. Argüelles, Martínez de la Rosa y Toreno lo habían perdido entre los exaltados; de Riego se hablaba entre los hombres de orden como de un botarate incapaz. Se daba como cierto el hecho de que en el teatro, en Madrid, se había puesto a cantar desde un palco el Trágala. Otros decían que no había sido él, sino un ayudante suyo. Aviraneta no había conocido a nadie que hubiese presenciado esta escena, y, sin embargo, la cosa pasaba como cierta, como uno de tantos detalles que desacreditaban a Riego y lo pintaban como un mequetrefe ridículo.

Liberales y absolutistas vivían en plena demagogia. Unos y otros tenían que adular al pueblo; unos y otros tenían que escamotear la voluntad popular a su gusto.

En los dos partidos se señalaban los caracteres de la demagogia populachera, el dogmatismo fanático, los celos entre las personas y, en último término, el culto a la fuerza militar.

El dogmatismo fanático provenía de la falta de benevolencia y de elasticidad del español, los celos entre los hombres del mismo partido, de la necesidad de lucirse ante la plebe, de la vida histriónica de los héroes de las masas democráticas y el culto a la fuerza, del convencimiento de que las palabras y los argumentos no tenían valor mas que para los ya convencidos.

La Revolución española fatigaba a todo el mundo; los absolutistas no veían en ella mas que el encono contra la religión; los liberales la encontraban demasiado torpe.

La gente comenzaba a poner la mirada en los militares. Ballesteros, Palarea, el Empecinado, O'Donnell, eran los hombres en quienes se esperaba para dominar la anarquía.

No había vigilancia alguna con los conspiradores. Aviraneta veía a Regato conferenciando con Cecilio Corpas, con Freire y con otros agentes de Quesada y de Ugarte.

Corpas trabajaba al mismo tiempo a favor de los Anilleros y de don Carlos y se entendía con Regato, que representaba su papel de liberal exaltado y no producía sospechas entre sus cándidos compañeros.

El oro de la Santa Alianza y de Fernando corría alegremente entre aquellos pícaros, y Aviraneta se indignaba al ver a sus amigos liberales tan desorientados y tan idiotas.


IV.
OLLOQUI, EL FERRETERO

Había ido a vivir Aviraneta con la Sole a una casa de huéspedes de la calle Mayor, próxima a la plaza de San Miguel.

La casa podía conocerse por este rótulo misterioso que había en la tienda:

SALC   IC   RÍA  D   FROI AN CANT

Cualquiera hubiera dicho que esta inscripción era de un idioma de Oriente o de Occidente, misterioso y obscuro; pero no, el letrero estaba puesto en castellano, sólo que se habían borrado unas cuantas letras, y quería decir, sencillamente: Salchichería de Froilán Cantos.

A la puerta de la salchichería del tal Froilán colgaban chorizos y cerdos raspados y embadurnados de pimentón.

Aviraneta veía a sus pies, con la indiferencia de un conquistador, aquellos cadáveres abiertos en canal.

Aviraneta visitaba a su hermana, y con ella solía ir con frecuencia de tertulia a una ferretería instalada en una planta baja de la calle de los Estudios.

Era el ferretero un alavés, de Aramayona, llamado Olloqui, que tenía una familia muy numerosa. Olloqui era hombre de unos cuarenta y tantos años, tenía un hijo ya crecido, que llevaba las cuentas de la ferretería, y tres hijas, muchachas, a cual más sonrientes y alegres. Olloqui era hombre muy entusiasta de su país; hubiera considerado una desgracia que sus hijos no supieran hablar vascuence, y a todos los había enviado al pueblo a que pasaran largas temporadas.

Las hijas de Olloqui, medio madrileñas, medio vascas, tenían un excelente carácter.

Muchas noches en que Aviraneta iba de tertulia a la ferretería, Olloqui traía la guitarra y cantaba él y cantaban sus hijas zortzicos.

Que no le preguntaran al ferretero qué opinión política tenía; él afirmaba que era cristiano, español y vascongado. De aquí no salía.

Para Olloqui, España era una balsa de aceite. Si le contaban que había disturbios, él replicaba que todo se arreglaría en seguida.

Aviraneta visitaba con mucha frecuencia a Olloqui, para librarse de la Soledad, que a veces se ponía muy pesada.

La Sole era demasiado mujer para Aviraneta; se manifestaba celosa sin motivo; lloraba, reía, tenía remordimientos, se sentía pecadora; era una mujer espectacular. Aviraneta odiaba todo lo que fueran gritos, lágrimas, tragedia...

Don Eugenio, huyendo de esta pequeña vida trágica, solía ir a refugiarse a la ferretería del alavés. Un día, al salir de la tienda de Olloqui, se encontró en la calle con el padre de Fermina. El viejo, medio paralítico, con la cabeza grande, los ojos salientes, los pies arrastrando y las manos temblorosas, pasó delante de él. El recuerdo de aquellos ojos animados de un sentimiento de venganza le producía a Aviraneta un gran malestar.

El viejo iba con sus dos satélites: Chatarra y Ezcabarte. Afortunadamente no le habían visto.

Al día siguiente les volvió a encontrar. Sin duda, vivían por allí cerca, y Aviraneta, que no quería encontrarse con ellos, dejó de acercarse a la ferretería y se fué a Aranda por unos días.

Rosalía estaba para dar a luz; Teresita iba haciéndose una muchacha bonita como su hermana, y creciendo en belleza y sabiduría.

A principios de 1822 el país marchaba muy mal; la guerra civil reinaba en todas partes. En Cataluña, Navarra y Castilla se levantaban partidas.

Merino no salía aún de su escondrijo, pero se movían sus secuaces en la sierra de Burgos. En Barbadillo del Mercado había aparecido una partida de trescientos hombres dirigida por uno a quien llamaban el Trajinero de Caraza, y hacia Salas merodeaba un grupo de paisanos mandado por Isaac el Ballenero.

Aviraneta se hubiera quedado a vivir en Madrid con la Sole, si el Empecinado no le hubiese llamado para que le acompañase en la persecución de las partidas de Aragón y Castilla, capitaneadas por Capapé, Rambla, Chambó, y otros jefes.

La Sole quiso convencer a don Eugenio de que no debía ir a la guerra.

—¡Podríamos vivir tan bien los dos juntos aquí!—le decía.

—Sí, es verdad—replicaba él—; pero, ¡qué quieres, hija mía!, no hay más remedio.

Dejando a la muchacha muy desconsolada, Aviraneta partió para Aragón a incorporarse a las fuerzas que peleaban contra los facciosos.

La lucha con estas partidas realistas era muy difícil. Empecinado con sus tropas hacía por aquellas tierras el mismo papel que los franceses durante la guerra de la Independencia; no disponía de buenos guías ni le daban informes exactos; por el contrario, le engañaban y le hacían perder el tiempo.

Esta sublevación de los campos, apoyada desde el Palacio Real de Madrid, era imposible de vencer si no se le hería en la cabeza.


V.
ENTREVISTA CON SAN MIGUEL

El verano de 1822 todo el mundo tenía la evidencia de que el Gobierno liberal acababa. La esperanza en Riego, presidente entonces de las Cortes, se desvanecía; el Trapense había tomado la Seo de Urgel, y la Regencia absolutista contaba ya con una base de operaciones.

En esto se supo en España lo ocurrido el 7 de julio en la capital. El Empecinado y Aviraneta se hallaban en Sigüenza y decidieron marchar a la corte unos días después.

Aviraneta fué a Aranda a visitar a su madre, y a principios de agosto estaba en Madrid.

La Sole había presenciado desde el balcón de su casa los jaleos de los días anteriores, y contó a don Eugenio, con mil detalles, lo sucedido.

La muchacha estaba aterrorizada.

Aviraneta salió en seguida a ver a la gente.

Todavía quedaba el entusiasmo por la victoria de los liberales, que había hecho borrar durante unos días las divisiones entre masones y comuneros; pero se iniciaban de nuevo las diferencias.

A mediados de agosto Aviraneta recibió en la calle Mayor la visita de don Juan Martín.

Quería el Empecinado escribir a don Evaristo San Miguel, alma del nuevo Ministerio, ofreciéndose.

Don Evaristo había estado siempre muy amable y atento con don Juan Martín.

Aviraneta escribió a San Miguel, y el ministro contestó citando al Empecinado en su secretaría.

Al Ministerio San Miguel se le consideraba masón; el Empecinado pertenecía a la sociedad de los comuneros; pero don Juan posponía las pequeñas enemistades de las sociedades rivales al triunfo de la causa liberal.

—Bueno, nos presentaremos al ministro—dijo Aviraneta.

—¿Cuándo vamos? ¿Mañana?

—Sí, mañana por la mañana.

Se citaron al día siguiente delante del Palacio Real y estuvieron los dos contemplando las ventanas abiertas del edificio.

—¿Qué hará ahora nuestro despreciable soberano?—dijo Aviraneta—. ¿A quién estará engañando?

—Sí, yo también temo que sea un miserable—repuso el Empecinado—. ¡Qué chasco nos hemos llevado!

Entraron en el Palacio, y Aviraneta preguntó a un portero por la Secretaría de Estado. Indicó el portero dónde se hallaba y siguieron avanzando.

El Empecinado estaba cohibido.

—No sea usted así, don Juan—le dijo Aviraneta—; usted vale más que toda esta gente junta.

Entraron en una antecámara, donde Aviraneta vió a Juan Van-Halen, que había venido a Madrid desde Cataluña, de parte de Torrijos, a recibir órdenes del Gobierno.

Al anunciarse el Empecinado y Aviraneta, el ministro les pasó inmediatamente a su despacho y les recibió con gran amabilidad. Era don Evaristo hombre chiquito, vivo, miope, con un aire de poeta más que de militar.

—Tengo verdadero placer en saludar a don Juan Martín en el Ministerio—dijo—. ¡Ah! No pueden ustedes figurarse lo desagradable que es ser ministro. No hace uno mas que recibir peticiones, memoriales... Este es un país de mendigos.

San Miguel, como todos los militares de carrera, no era amigo de los guerrilleros, pero hacía una excepción en favor del Empecinado por su carácter popular. Todos los sublevados del año 20 eran de carrera; se tenían a sí mismos por cultos y distinguidos, y consideraban a los guerrilleros como gente levantisca e intrusa en el ejército. Ni el Empecinado, ni Mina, ni Jáuregui, ni don Tomás Sánchez se salvaron de esta animadversión.

Don Evaristo, al ofrecimiento del Empecinado, hecho por boca de Aviraneta, dijo:

—Puesto que vienen ustedes ambos a ofrecer sus servicios al Ministerio, permitan ustedes que el Ministerio, representado por mí en este momento, separe los miembros de la Sociedad Empecinado-Aviraneta, y a cada uno de ustedes dé una misión aparte.

—Usted manda—dijo con sencillez el Empecinado.

—A usted, don Juan Martín—dijo don Evaristo—, le enviaremos a Aragón y a Castilla a luchar contra los facciosos. Ya hablaremos López Baños y yo, para ver la manera de reforzar las columnas, y ordenaremos a Zarco del Valle que se aviste con usted, para que los dos obren en combinación.

—Está bien. Estoy siempre a las órdenes del Gobierno. Donde me llamen para defender la Libertad allá estaré.

—Gracias, don Juan, en nombre de España.

—De mí pueden servirse para todo, siempre que sea en bien del país.

—¡Gracias! ¡Gracias! ¿Usted, Aviraneta, quiere ir a París?

—Si me manda usted, ¿por qué no?

—Bien. Irá usted a París en seguida. Se pondrá usted al habla con los liberales y revolucionarios de allá. Me dirá usted si están dispuestos a hacer algo, si tienen fuerza y pueden trabajar contra la intervención que Francia piensa ejercer aquí, impulsada por la Santa Alianza.

—Está bien.

—Si puede usted averiguar qué agentes tienen los absolutistas en Madrid, me lo comunicará usted.

—Bueno.

—Convendría que enviara usted la correspondencia a algún amigo de la frontera, y que de la frontera la pasaran a San Sebastián. Aquí la entregarán al jefe político, y éste me la remitirá.

—Todo eso se hará como usted indica—dijo Aviraneta.

—Bueno; pase usted mañana por aquí y le daré el dinero necesario y los papeles.

—Muy bien.

—¡Señores, hasta la vista!—exclamó el ministro, y tendiendo las dos manos al mismo tiempo, estrechó las de Aviraneta y el Empecinado y volvió a su trabajo.


LIBRO SEXTO
PARÍS EN 1822

I.
DE MADRID A BIDART

Muchas veces Aviraneta se quejaba de no tener una obra que realizar. El Gobierno le abandonaba, no le había encomendado nada, no le había aceptado como militar. Sin embargo, pensando en su vida no tenía más remedio que reconocer que cuando se cerraba un camino ante él inmediatamente se abría otro nuevo.

A pesar de esto, siempre temía que, al cerrarse uno de los caminos, su vida quedara sin objeto y sin plan.

Aviraneta buscó recomendaciones para cumplir bien su misión; Gipini, el dueño de la Fontana de Oro, le llevó a casa de Gaspar Colombi, un milanés que vivía en Madrid dedicado a negocios de relojería. Colombi era carbonario y estaba muy relacionado en Francia e Italia, y pensaba también marchar a París.

Colombi y Aviraneta se citaron para una semana después en París, en el café Foy, del Palais Royal.

Aviraneta recogió el dinero del Ministerio y advirtió a la Sole que se marchaba.

—¿A París?—preguntó ella.

—Sí.

—¡Ah! Yo también—dijo ella.

—No digas locuras.

—No, no. Si tú vas a París, yo voy contigo. A mí no me dejas sola.

—Pero eso es absurdo.

—Lo que tú quieras; pero si tú vas a París, yo voy contigo.

Aviraneta, sorprendido de sí mismo, cedió. Luego pensó que así el viaje sería más divertido. Se dispuso que ella marchara un día antes y que se reunieran en Valladolid.

Aviraneta estuvo en Aranda unos momentos. Fué a ver a su madre, habló con Teresita y después con el Lobo y Diamante.

Diamante le dijo que el joven Frutos trabajaba ya descaradamente por los absolutistas. Diamante estaba deseando que hubiera un alboroto para trincarlo y fusilarlo sobre la marcha.

Dejó Aviraneta Aranda y se reunió con la Sole en Valladolid, y siguieron los dos a la frontera sin más obstáculos en el camino que el ser detenidos un momento en Salinas.

La policía obligó a mostrar sus papeles a don Eugenio, por sospechas de complicidad con don Juan Ignacio de Aizquibel, a quien habían preso en Escoriaza días antes por organizar en Vitoria un movimiento anticonstitucional.

La detención obligó a perder unas horas; mas se pudo recuperarlas pronto, porque el gobernador puso a la disposición de Aviraneta y de su supuesta señora una silla de postas, en la que llegaron en pocas horas a la frontera.

La Sole iba admirada y encantada de su viaje; los pueblos que se cruzaban, las casas de posta, las posadas de Castilla, el trágico desfiladero de Pancorbo, las aldehuelas vascas, los gritos de los postillones, todo era para ella nuevo y extraordinario.

En Hendaya tomaron asiento en la diligencia francesa hasta Bidart.

En este corto trayecto se encontró Aviraneta sorprendido con un español que parecía navarro, que de cuando en cuando gritaba: «¡Viva el rey! ¡Viva Dios!»

El tal navarro vivía en Pamplona. Los pamplonicas son un poco pedantes, y aquél, que lo era en grado sumo, creía que su grito «¡Viva Dios!» era un hallazgo.

Cuando lo daba miraba a todos los viajeros, como diciendo: ¡Eh! ¿Qué les parece a ustedes mi adquisición?

Un francés gordo y mofletudo, con patillas y un sombrero a la Bolívar, lo contemplaba de cuando en cuando con unos ojos abultados de rodaballo.

Aviraneta se cansó de este grito desafiador, y le preguntó al pamplonica:

—¿Qué grita usted tanto?

—Grito: ¡Viva Dios! ¿Está mal?

—¡Pse! No sé.

—¿Cómo que no sabe usted?

—No. Yo no conozco a ese ciudadano.

El pamplonica miró a Aviraneta, asombrado, indignado, en el colmo del estupor.

Aviraneta contó al francés gordo y apoplético del sombrero a la Bolívar lo ocurrido, y a éste le hizo una gracia tal, que empezó a ponerse rojo y a reírse con un hipo estruendoso. El navarro, enfurruñado, miraba a Aviraneta y al francés con horror.

El navarro era uno de los milicianos de Pamplona, que habían escapado de la ciudad después de un choque que tuvieron con la tropa, en donde los soldados gritaban: «¡Viva Riego! ¡Viva la Libertad!»; y los milicianos contestaban: «¡Viva el Rey! ¡Viva Dios!» De este choque resultaron veinte muertos y treinta heridos, y la disolución de la Milicia Nacional. Aquel navarro era uno de los ¡Viva Dios!, de Pamplona.

Al llegar a Bidart, Aviraneta bajó con la Sole de la diligencia, y dejando a la muchacha en la posada, se dirigió en línea recta al caserío Iturbide, propiedad de Etchepare.

Etchepare estaba gravemente enfermo de hidropesía. Se encontraba, como de costumbre, solo en su jardín, envuelto en una manta. Una mujer de un caserío de al lado le llevaba el alimento necesario y le sacaba en un sillón con ruedas a tomar el aire. Etchepare, al ver a Aviraneta, le preguntó cómo seguía la revolución en España, y escuchó con gran detenimiento lo que le contó su sobrino. Después oyó la explicación de los proyectos que Aviraneta llevaba a Francia.

—Y usted, ¿cómo está?—dijo de pronto Eugenio.

—Yo tengo vida para pocos días.

—¡Bah! No tenga usted aprensión.

—No tengo aprensión; estoy malo, muy malo, y ya que estás aquí y vas a París te voy a hacer un encargo. Llévame hasta casa.

Aviraneta empujó el sillón de ruedas y llevó a su tío hasta la entrada de la casa, y pasó el sillón adentro. Etchepare se acercó a una mesa, sacó un paquete, donde escribió algo, y entregándoselo a su sobrino, dijo:

—Cuando llegues a París lleva este paquete a su destino. Ahí encima están escritas las señas.

—¿Nada más?

—Nada más. Ahora sácame de nuevo al jardín.

Aviraneta lo hizo así, y continuaron tío y sobrino la conversación. Poco después vino el médico que visitaba a Etchepare, un viejo mayor del ejército imperial, retirado en Bidart. Aviraneta se despidió de Etchepare.

—Hasta la vista, tío—le dijo.

—Probablemente, si no vienes muy pronto, hasta siempre. Cuando vuelvas, yo no viviré.

—No diga usted eso.

—Lo verás.

Aviraneta estrechó la mano de su tío y salió mal impresionado.

El médico le dijo que, efectivamente, Etchepare tenía ya para poco tiempo.


II.
LOS ABSOLUTISTAS DE BAYONA

Al llegar a Bayona, Aviraneta marchó a la fonda de Francia con la Sole, y desde allí comenzó sus gestiones para averiguar lo que ocurría. La Soledad quería saber cuál era la misión de Aviraneta, y don Eugenio se la explicó, y en vista de que ella quería colaborar en sus intrigas, Aviraneta le envió a varias tiendas donde se hablaba castellano a que se enterase de lo que se decía. Por la noche, don Eugenio se encerró en su cuarto y escribió al ministro:

«Amigo S.: Comienzo mis indagaciones en Bayona. Los absolutistas españoles, instalados aquí, trabajan mucho; pero como buenos españoles, se hallan divididos; los más ilustrados y transigentes siguen a Mozo de Rosales (Mataflorida), y los más clericales, los más puros, como se llaman ellos, van con don Francisco de Eguía.

La Junta Realista, dirigida por Mataflorida y subvencionada por Luis XVIII, hace ya mucho tiempo que funciona aquí.

Con Mataflorida están Eroles, Podio, Queral, Martín Balmaseda, y otros; con Eguía, el arzobispo de Tarragona, el obispo de Urgel, don Juan Bautista Erro, don Antonio Calderón...

El partido de Mataflorida es más culto, razón para que no tenga simpatías. Se le acusa a Eroles de estar en relaciones con los constitucionales, como Toreno y Martínez de la Rosa. Mataflorida, que es el hombre intrigante y activo de siempre, no descansa; según parece, trabaja mucho.

Morejón, enviado de Fernando, quiso poner de acuerdo a Calderón y a Mataflorida; pero no lo consiguió, y siguen las dos fracciones absolutistas divididas.

El partido de Eguía se dedica a murmurar y a rezar.

Se dice que Mataflorida asegura que ha estado a punto de ser envenenado por sus enemigos en Tolosa de Francia, y se dice también que a don Pedro Podio se le acusa, con datos, de haber querido asesinar a los individuos de la Regencia absolutista en el mismo Urgel, proyectando enterrar después sus restos en los fosos de las murallas.

Cualquiera averigua lo que hay de cierto en todo esto.

Una de las cosas que aquí se comenta más es la vida del general don Francisco Eguía, el célebre viejo maniático, caprichoso y absurdo, a quien conocemos por Coletilla.

El gran Coletilla vive en un cuartito de una pastelería de los Arcos, y la pastelera, que es una francesa lagartona, de historia, conocida mía, la Delfina, es la que aconseja al general.

La trastienda de la pastelería se ha convertido en la antecámara de Palacio. Allí Coletilla da audiencia a los absolutistas, asesorado por Delfina la pastelera, cosa que a los españoles que se las echan de aristócratas indigna.

Según dicen, la pastelera ha convencido al viejo general de que le quieren asesinar y de que ella será un Argos para impedirlo.

Por lo que oigo, el secretario de Eguía, Núñez Abreu, no es extraño a la maniobra.

Delfina, la pastelera, ha encontrado una mina en Coletilla; pero la ganga mayor la ha pescado Núñez Abreu, el ayudante de Coletilla, que, según parece, se beneficia de la pastelería, de la pastelera y del dinero del viejo general, que ha recibido, para impulsar la causa realista, la friolera de doce millones.

A pesar de esto, Núñez Abreu ha llegado a insultar al general y a tratarle de vieja momia.

Además de estos dos grupos de que le hablo, hay otros de jefes militares que forman rancho aparte. El más importante es el de Quesada, que aspira a anular a los anteriores. Quesada tiene en Madrid varios agentes: Cecilio Corpas, Freire y el capellán de las Comendadoras de Madrid, un tal Solera, a quienes tienen ustedes que echar el guante, si pueden.

Me dicen que en Madrid, en la calle de la Luna, 12, se reúnen los principales agentes realistas. De paso debían ustedes encargar a la policía que hiciera un padrón de sospechosos.

Otros de los presuntos jefes del absolutismo es el conde de España, que en Verona, en donde está, ha inventado un proyecto de contrarrevolución, que, según dicen, ha sido aprobado por Francia y Rusia, y que consiste en que estos países presten su ayuda a Fernando para combatir la Constitución, a cambio de una parte del Perú. Don Antonio de Vargas Laguna ha enviado, desde Luca, otro plan por el estilo. También quisiera mandar en el cotarro el general Longa, aunque nadie le hace mucho caso, y, por último, Jorge Bessieres, el de la tentativa republicana de Barcelona, ahora convertido al absolutismo, comienza a ser uno de los directores de este tinglado realista.

El Gobierno francés apoya los trabajos de todos e intenta impedir que se separen en grupos.

Constantemente, los absolutistas reciben emisarios de la familia real de Francia. Hará un mes que estuvo aquí el secretario de la Embajada, Eduardo Lagrange, y dió en la fonda de San Esteban una audiencia a los partidarios de Quesada.

Con el mismo fin parece que se ha presentado no hace mucho un personaje enigmático, el vizconde de Boisset. Este vizconde se daba mucha importancia como aristócrata de gran tono, y venía, según unos, con una misión particular del conde de Artois; según otros, de parte del ministro Villele.

Por lo que se cuenta, consultó con Eguía y con su secretario, Núñez Abreu, y, según los partidarios de Quesada y de Mataflorida, quedó convencido de que el general de la pastelería, con sus setenta y dos años, es un viejo gagá, es decir, un viejo chocho e inútil.

A pesar de las divisiones, el partido absolutista tiene cada vez más importancia, y la gente cree que triunfará, pues, a la corta o la larga, los franceses nos declararán la guerra.

El Gobierno francés da dinero a manos llenas. Según se dice, los oficiales y tropas del Ejército de la Fe, preparados para entrar en España, cobran sus sueldos religiosamente.

El cordón sanitario y los lazaretos establecidos en los Pirineos Orientales con el pretexto de la fiebre amarilla sirvieron de medios de comunicación entre los absolutistas españoles y el ejército francés.

Ahora, últimamente, se dice que se han enviado nuevas remesas de dinero, y que dentro de unos días Quesada y el Trapense entrarán en España.

Los rumores de guerra con Francia corren constantemente.

Ha habido día en que se han levantando los puentes levadizos y en que la guarnición de Bayona ha pasado la noche sobre las armas.

Se dice que se están enganchando los realistas y que los cónsules les dan pasaportes para entrar en España. Se asegura también que preparan un desembarco en la punta de Socoa, en San Juan de Luz.

La cuestión de los cónsules debía preocupar al Gobierno español; el de Bayona es, en política, un pastelero; el de Burdeos, un tal don Isidoro Montenegro, es uno de los agentes absolutistas más caracterizados.

Los encargados de defender al país son los que lo venden. ¡Qué vergüenza! ¡Qué prueba de incapacidad la nuestra!

A.»


III.
LA CONDESA DE RUPELMONDE

Concluída su misión en Bayona, la Soledad y don Eugenio tomaron de nuevo la diligencia.

La admiración de la Sole crecía de punto al internarse en Francia. El viaje por tierra extranjera le parecía un sueño.

Las gentes que tomaban y dejaban la diligencia, los cochecitos con que se cruzaban en la carretera, los carros de los saltimbanquis, los gendarmes, las casas con flores, los jardines en donde jugaban unos niños o un señor gordo regaba, el castillo con sus torres y tejados puntiagudos y su camino enarenado, el río o el mar que se veía a los lejos, todas eran sorpresas para la Sole, todos descubrimientos que tenía que mostrar a don Eugenio.

De noche las impresiones eran para ella también admirables. Se llegaba a algún pueblo; paraba la diligencia en una callejuela tortuosa, delante de la puerta de una posada llamada el Dragón Azul, las Armas de Francia o el Buen Caballero; se cruzaba un patio mal iluminado, en donde se veían galeras, camiones, carrozas, tílburis, montones de heno, cajas de frutas, de ostras, de pescado seco, banastas de arenques y barricas de vino, y por una escalera, precedidos de una criada con una palmatoria en la mano, se llegaba a una galería que daba la vuelta al patio y se penetraba después en una sala iluminada con un candelabro, y una alcoba en el fondo adornada con cortinajes.

—¡Qué miedo tendría si viniera sola!—exclamaba la Soledad, y el sentirse protegida era para ella una de sus mayores satisfacciones.

Todo el viaje la muchacha fué así encantada.

Al llegar a Burdeos, Aviraneta se encontró con que uno de sus parientes de Méjico, don Pedro Pascual de Ibargoyen, se había instalado allá, en unión de un primo de Aviraneta, llamado Francisco Berroa.

Don Eugenio preguntó a sus parientes qué se hablaba allí de política española; pero éstos no se ocupaban mas que de sus negocios. No pudo encontrar en Burdeos grandes datos para cumplir la misión que llevaba, y Aviraneta con la Sole siguió inmediatamente a París. Llegaron por la mañana, con un calor sofocante. Tomaron un coche y fueron al hotel de Embajadores de la calle de Santa Ana.

El amo del hotel era desde antiguo amigo de Aviraneta, y estaba afiliado a la masonería.

Llevó a don Eugenio y a su compañera a un saloncito de lectura, y después de hacerles descansar y de charlar un momento con ellos, les acompañó a ver los cuartos.

El hotel era estrecho y estaba repleto; tenía una escalera angosta, en la que se respiraba un vaho de comida y de agua de fregar caliente; en los rincones, obscuros, había bujías encendidas.

Aviraneta no quiso quedarse en los pisos bajos y pidió un cuarto en lo más alto, adonde no llegaba el tufo de la casa y donde se respiraba un aire más limpio.

Hubo que hacer varios cambios, y la Sole y Aviraneta se instalaron, por fin, en un cuarto bastante grande, en el último piso, con dos balcones a la calle. La habitación tenía pretensiones de elegante: estaba tapizada con un papel con dibujos, tenía una chimenea de mármol y encima de ella un gran espejo dorado. En los balcones había tiestos de enredaderas. Desde allí arriba se veía un panorama de guardillas y de tejados, y un bosque de chimeneas de todas clases, de ladrillo, de barro, de hierro, agrupadas como tubos de órgano, aisladas, torcidas, derechas, en zig-zag, terminadas en caperuzas, cascos, mitras, morriones, sombreros de teja, sombreros de obispo y gorros de dormir.

La Sole quedó un poco sorprendida de esta vista sobre París a vuelo de pájaro, y comenzó a sacar su ropa del baúl.

Aviraneta escribió a González Arnao y a otros amigos pidiéndoles hora para verles.

—Bueno—le dijo a la Sole—; me voy.

—¿Te vas?

—Sí; vendré a la hora de comer.

Aviraneta marchó a dejar en su destino el encargo de Etchepare. Era un paquete pequeño, cuadrado, envuelto en un papel, con esta dirección:

«A la señora condesa de Rupelmonde.—Calle del Infierno, 23, hotel.»

¿Qué demonio tendría que ver el republicano Etchepare con aquella condesa?

Aviraneta tomó un coche a la puerta de su hotel, cruzó el Sena por el puente de las Artes, y luego, por un laberinto de vías estrechas y sucias, llegó a una calle próxima al Val de Grace, la calle del Infierno. Aviraneta pagó al cochero, y antes de llamar en el hotel estuvo contemplando la calle, desierta y abandonada, entre cutre cuyas piedras nacían manchones de hierba. Miró al reloj: eran las diez y media. Le pareció que quizá sería demasiado temprano para visitar a una dama de la aristocracia, y pensó en hacer un poco de tiempo, paseando. Esta calle del Infierno, donde estaba la casa, terminaba en la plaza d'Enfer, plaza irregular que se continuaba por la barrière d'Enfer.

El barrio aquel era de conventos. A un lado estaba el Val de Grace, convento de Benedictinas fundado por Ana de Austria; cerca, el convento de Port Royal, notable por la protección que dispensaron las monjas a los jansenistas; a un paso, las Ursulinas, las Feuillantines...

Aviraneta recorrió el barrio y se acercó de nuevo al hotel de la calle del Infierno. Era éste pequeño, de piedra, con dos pabellones de color negruzco; el tejado, puntiagudo, y las ventanas, sin maderas.

Aviraneta llamó; sonó a lo lejos una campana, y poco después apareció un criado viejo, que le preguntó en voz baja qué deseaba. Aviraneta le explicó que traía un encargo para la condesa de parte del señor Etchepare de Bidart.

—Etchepare... Bidart...—murmuró el viejo—. Espere usted un momento.

Entró Aviraneta en el portal, se sentó en un banco y esperó unos minutos. Volvió el criado, pasaron una puerta vidriera y subieron una gran escalera de mármol, alfombrada en el centro.

El criado hizo pasar a Aviraneta a un saloncito en donde había una señora de pelo blanco como la nieve, vestida de luto.

Esta señora, de aire imponente, tenía el rostro joven, a pesar de la blancura del pelo, y la mirada llena de brillo.

—Mi tío, el señor Etchepare—dijo Aviraneta—, me manda con este encargo para usted.

—¡Ah! ¿Es usted sobrino del señor Etchepare?—preguntó ella dando muestras de gran sorpresa.

—Sí, señora.

—¿Vascofrancés?

—No, señora; soy español.

—Un momento.

La señora se acercó a un costurero, sacó unas tijeras y abrió el paquetito de Etchepare. Aviraneta, que estaba lleno de curiosidad, vió que encerraba unos papeles y una miniatura.

La dama se quedó contemplándolos absorta.

—No comprendo por qué me manda esto el tío de usted—dijo la señora con voz temblona—. ¿Le pasa algo? ¿Es que está enfermo?

—Sí, muy enfermo.

—¿Grave?

—El cree que durará poco, unos días solamente.

—¿Quién le cuida?

—Una mujer de un caserío próximo le lleva la comida y le saca al jardín. Luego queda solo.

—¡Pobre amigo!—exclamó la condesa—. ¿Sabe usted si se ha reconciliado con la Iglesia?

—Creo que no, señora.

La dama quedó pensativa. Aviraneta dió dos pasos para retirarse.

—Espere usted un momento—dijo la condesa—. ¿Necesita usted en París alguien que le guíe?

—No, señora. Muchas gracias. Conozco la ciudad.

—Sin embargo, no le perjudicará a usted tener una persona conocida.

—¡Ah, claro que no!

La condesa tocó una campanilla, y apareció el criado viejo.

—Dile al señor abate que venga.

Aviraneta esperaba de pie.

—Siéntese usted, caballero—dijo la señora.

Aviraneta se acercó a la mesa y miró la miniatura... La conocía. Era la que le había enseñado Etchepare hacía muchos años al contarle su historia.

Al mirar de nuevo a la condesa de Rupelmonde comprendió que era la sobrina de Guzmán, de la que había estado enamorado Etchepare en su juventud.

Pasaron así unos minutos, sentados frente a frente, la señora y Aviraneta, sin hablarse, hasta que llegó el criado en compañía de un abate.

La condesa presentó al abate Dumanoir a Aviraneta; después dijo que tenía que ausentarse por unos días de París, y se despidió.

El abate Dumanoir era un hombre de treinta a cuarenta años, charlatán, ceremonioso y muy amigo de dogmatizar.

Tenía el aspecto de un hombre del antiguo régimen, jugaba con un lente de oro colgado del cuello por una cinta, y usaba una tabaquera de concha, que llevaba siempre en la mano.

Dumanoir le interrogó a Aviraneta acerca de los asuntos de España, y le llevó al jardín de la casa. Este jardín había sido de mademoiselle la Valliere; allí había paseado en sus últimos tiempos la favorita de Luis XIV.

Dumanoir le mareó a Aviraneta a preguntas; quería sonsacarle, saber sus opiniones políticas.

El fingir que no comprendía bien unas veces y el hacer que no tenía facilidad de expresarse en francés otras, le salvaba de descubrirse como liberal.

De cuando en cuando, el consejo de Sanguinetti le venía a la memoria.

—Mio caro, studiate la matematica.

Después de enterarse bien de la política española, el abate Dumanoir habló de sus teorías políticas. Era partidario de las doctrinas de Maistre y de Bonald. El despotismo del Gobierno, según él, debía estar por encima de la voluntad de los individuos, y el despotismo de la Iglesia, por encima de todos los gobiernos.

Aviraneta le dejó hablar, y luego le preguntó su opinión acerca de la posible guerra con España. El abate estaba convencido de que la intervención se iba a verificar; pero no dijo los motivos que tenía para creerlo.

Aviraneta inventó una ocupación urgente, se despidió del abate y salió del hotel.

A la puerta esperaba un coche. ¿Iría la condesa a ver a Etchepare?


IV.
TRABAJOS DE LOS ABSOLUTISTAS

Al volver Aviraneta al hotel se encontró a la Sole, que estaba llorando a mares.

—¿Qué pasa?—le preguntó.

Realmente, no pasaba nada. La Sole, viéndose en el cuarto de un hotel y en una ciudad desconocida, había creído lo más conveniente ponerse a llorar.

Aviraneta se rió de este llanto, y la Sole le dijo que era muy desgraciada y que deseaba morirse.

—Bueno—replicó don Eugenio—; son las doce y media. Yo tengo que escribir unas cartas. Te esperaré abajo, en el salón de lectura. Te doy media hora para dejar de llorar, olvidarte de Frutos y de su pelo rizado, vestirte, ponerte guapa y venir conmigo a comer al restaurante.

La Sole protestó; dijo que se acordaba tanto de Frutos como de la luna y se arregló para hacer su tocado en media hora, y salieron los dos del hotel. Comieron en la fonda de los Hermanos Provenzales y dieron un paseo por los bulevares.

La Sole, con su mantilla de casco, tuvo en la calle un gran éxito. Llamaba la atención allí por donde iba.

—Creo que Aranda está quedando a una gran altura—la dijo Aviraneta.

—Sí; es verdad—contestó ella riendo.

La Sole se había dado cuenta de la expectación que despertaba, y el instinto femenino le hizo inventar nuevas armas para exacerbar esta expectación.

Aviraneta no podía acompañarla con frecuencia, entregado, como estaba, a sus investigaciones, y se decidió que la muchacha saliera sola, y que para volver, si no sabía el camino, tomara un coche.

Después de cenar iban los dos a los cafés y a los teatros, y andaban por los bulevares y por las calles, estrechas y llenas de gente.

A los pocos días de llegar Aviraneta, escribió al ministro.

«Amigo S.: Estoy comenzando mis trabajos de información, que, como comprenderá usted, no son fáciles.

González Arnao se muestra pesimista. Me ha dicho que el delegado de la Regencia de Urgel, Martín Balmaseda, ha venido hace días a París con pliegos para la familia real.

Tuvo una consulta con el conde de Artois y con los duques de Berry y de Angulema. Naturalmente, a todos les parece bien que se vaya contra esos bandidos españoles que quieren vivir con el mínimum de frailes.

Se sabe que el conde de Artois y su corte del pabellón Marsan patrocinan la idea, y con él el partido jesuíta y los periódicos La Bandera Blanca, La Cuotidiana, la Gaceta de Francia, etc.

En las consultas de Balmaseda con los políticos no ha habido unanimidad; los moderados Villele, Montmorency y Chateaubriand se inclinan a que España tenga una Carta al estilo de Francia. Consideran que si Toreno, Morillo y Martínez de la Rosa ceden en su entusiasmo por las doctrinas liberales, estarán en el fiel de la balanza.

Si existen en España organizados los Anilleros, quizá se intente una reacción en este sentido para traer la Carta con dos cámaras; pero creo que los partidarios de esas ideas se han de encontrar chasqueados, porque la avalancha absolutista los ha de tragar a todos. La gente clerical odia lo mismo, o quizá más, al liberal moderado que al más rabioso.

Ugarte anda por París intrigando; tiene por aquí centros absolutistas franceses, a donde concurre, y está en correspondencia en Madrid, con Miñano, Corpas y con amigos de Martínez de la Rosa.

No sé qué contubernio afrancesado, apostólico, moderado, preparan. Los absolutistas franceses trabajan con un gran entusiasmo por la causa clerical española. La Sociedad de Beneficencia de los Conservadores de la Legitimidad, sociedad jesuítica que tiene una policía muy bien montada, organiza los Dragones Ligeros del Ejército de la Fe.

Muchos aristócratas realistas y vendeanos se preparan para entrar en España.

Esta sociedad de Beneficencia legitimista, ayudada por el partido del pabellón Marsan, hace una terrible campaña contra nosotros. Los periódicos absolutistas subvencionados por el Gobierno, como la Bandera Blanca, elogian a los guerrilleros feotas, y la Foudre, otro periódico clerical, pagado por el Ministerio y escrito por saineteros, pintaba hace días al Trapense vestido de fraile, sobre una escalera y con un látigo en la mano, subiendo la muralla de la Seo de Urgel y haciendo huír a los liberales.

La mayoría de la gente de posición es hostil a los españoles. Creen que de un día a otro vamos a colgar al rey y a su familia. ¡Ojalá!

Cierto que los doctrinarios liberales no quieren hablar de guerra, y los que se llaman independientes, como Foy, Manuel, Lafayette, luchan contra ella; pero no podrán evitarla.

Por ahora, lo más importante me parece explorar el ánimo de los militares. A esto me voy a dedicar durante unos días.

Ayer comencé mi campaña. Hay en mi hotel un judío francés, Ben Assag, que tiene un almacén de vinos en Bayona, en el barrio de Saint-Esprit.

Este judío ha venido a París a solicitar del Gobierno una contrata para el futuro ejército de la Fe, que probablemente nos hará la guerra. Le he dicho yo que conocía a Basterreche, y el judío me ha indicado que Basterreche, a pesar de ser republicano, como diputado tiene buenas amistades en el ejército, y que podría servirle. El judío me ha prometido un tanto por ciento de beneficios si le consigo algo; le he acompañado a la calle de Montmartre, 148, donde vive Basterreche, a quien he puesto al corriente de la misión que tengo, y luego los tres hemos visitado a un general, empleado en el Ministerio de la Guerra.

Este general, que, al parecer, antes tenía fama de republicano, nos ha hablado como un perfecto monárquico de la fidelidad a sus reyes, del respeto a su señor...

El general ha indicado al judío que vuelva de nuevo para hablar con él.

Basterreche me ha dicho que el alto mando en el ejército está cortado por este patrón. Todos los oficiales son burócratas y de tendencia jesuítica y servil.

De los generales en activo hay poco que esperar. Veremos qué piensan los subalternos. Intentaré averiguarlo.

A.»


V.
DE LA LOGIA A LA VENTA CARBONARIA

Había por entonces, como siempre, una colonia de españoles en París, gente llegada allí como los restos de los naufragios a las playas. Estos náufragos habían echado su ancla en alguno de los negros callejones de la gran ciudad. La vida de aquellos emigrados era una vida extraña. Habitaban los últimos pisos de casuchas hórridas, en calles estrechas, húmedas y malsanas, en la más espantosa miseria, pensando siempre en su país. De pronto, un día, cambiaba el Gobierno de Madrid y se encontraban invitados a cenar en un palacio, y poco después eran nombrados para ocupar un alto cargo en España o en Cuba, y entonces su suerte cambiaba como en una comedia de magia.

Este contraste de la extrema miseria con el extremo lujo explicaba aquella floración de romanticismo enfermizo de la época. Todavía hace años en París existía un recuerdo mitigado de este romanticismo con el nombre de bohemia.

Poco a poco, al desaparecer los contrastes, se ha ido perdiendo ese sentimiento. El aire, la luz y los árboles han acabado con el romanticismo allí y en todas partes.

Por entonces, muchos de los españoles que vivían en París eran realistas que esperaban a que se movilizara el Ejército de la Fe para entrar en España.

Aviraneta se reunió con algunos de ellos. Iban al café Ambroisie del bulevar Montmartre, y algunos solían comer en un restaurante de la calle de Petits Champs.

Estos militares realistas no sabían nada de cierto de cuanto pasaba en España; creían que Madrid estaba ardiendo en clubs, y, además de las dos sociedades de masones y comuneros, suponían que había otras muchas: la Joven España, el Centro Universal, la Santa Hermandad, la de los Carbonarios, la de los Europeos Reformados.

Aviraneta oyó decir que los asesinos del cura Vinuesa habían formado la Orden de los Caballeros del Martillo, y que estos ciudadanos tenían por insignia un pequeño martillo de oro pendiente de una cinta, y que se presentaban con ella por todas partes.

Las cosas que se ignoraban en Madrid se sabían en París. Claro que todo era invención fantástica.

Al séptimo día de estancia en París, Aviraneta, que se había citado con Gaspar Colombi en el café Foy, se encontró con él. Colombi era un milanés dedicado a negocios de relojería y afiliado a los Carbonarios. Aviraneta le explicó con detalles la misión que tenía del Gobierno, y Colombi le llevó a casa de otro lombardo, llamado Cobianchi, antiguo ayudante del general Pepé, y uno de los Buon cugino de la Venta Carbonaria de París.

Cobianchi vivía en este momento en el Faubourg-Poissoniere, y para despistar a la policía se hacía llamar conde de Clermont. Por lo que dijo Cobianchi, Pepé le escribía asiduamente bajo el nombre de Bucelli.

Colombi explicó a Cobianchi la misión que tenía Aviraneta, y el ayudante de Pepé dijo que hablaría a los Buenos-Primos de la Venta Carbonaria de París para que le facilitaran todos los datos necesarios.

Aviraneta dió las señas de su casa, y los siguientes días fueron varias personas a informarle. Entre ellos, los dos hermanos Bonaldi, cantores de ópera, afiliados a los Carbonarios y que llevaban la misión de fundar ventas en Barcelona; un tal Lugo, antiguo cónsul de España en París, dueño de un café de un pueblo de los Pirineos, que se ofrecía a servir de intermediario; un tal Pérez, español, que vivía enfrente del Banco y visitaba mucho a Lafayette, y un señor, Grandmaison, negociante de la calle de Nuestra Señora de Loreto, que enviaba paraguas, sombrillas y abanicos a España.

Aviraneta no descuidó el presentarse en el Gran Oriente masónico del rito escocés. Tuvo que pasar por todas las clásicas ceremonias, un poco cómicas, de la masonería: marchar con los ojos vendados, estar tendido debajo de una tela negra, sentir las dos hojas puntiagudas de un compás en el pecho, viajar, arrodillarse, ir de Oriente a Occidente y pronunciar la palabra del pasado Milbihg y la palabra sagrada Mac Benak.

Después de estas mojigangas Aviraneta supo que en la logia estaba lo más ilustre de Francia: Lamarque, Raspail, Aragó, Lafitte, Armand Carrel...

Como en París no había hostilidad entre masones y carbonarios, Aviraneta se presentó en la Venta Carbonaria y fué desde entonces uno de los Buenos-Primos.


VI.
CUGNET DE MONTARLOT

Aviraneta necesitaba un escribiente para su gran correspondencia, y pidió uno en la Venta Carbonaria. Le enviaron un viejo italiano, José Pantanelli, que sabía el español, el francés y el inglés. Pantanelli era un viejecillo pequeño, de ojos azules y pelo blanco. Era de Cremona. Estaba afiliado al Carbonarismo; pero no parecía un hombre muy terrible.

La Sole y él se conocieron y se entendieron muy bien. El viejo era muy ceremonioso, y llamaba a la muchacha Excelencia. Se contaron mutuamente su vida, y Pantanelli llevó a su nieta al hotel de Embajadores para que le viera la Soledad.

La Sole tendía hacia el aristocratismo rápidamente; se vestía cada vez mejor, arreglaba su cuarto con mucho gusto, con las chucherías y estampas que le compraba don Eugenio, y se iba haciendo una damisela elegante.

Aviraneta no se fijaba en nada. Estaba en su elemento, en la acción. Marchaba como un búfalo a través de las selvas, embriagado por sus aventuras.

Unos días después de presentarse en la Venta Carbonaria, Aviraneta escribió al ministro:

«Amigo S.: Me he enterado de que se encuentra aquí un oficial del Imperio, Cugnet de Montarlot, y me he propuesto verle. Cugnet, como quizá no ignore usted, ha sido fundador de sociedades secretas en Francia y ha dado que hablar últimamente con una supuesta conspiración tramada por él en Zaragoza hace unos meses. Cugnet, ahora, ha ingresado en el Carbonarismo, y por sus colegas he sabido que la manera de comunicarse con él es dejarle un recado en casa de un administrador de coches de París a Saint-Denis, que vive en la calle de Saint-Denis, 374.

Se ha avisado a Cugnet, y por la noche ha venido a verme a casa.

Me ha dicho lo que ocurrió en Zaragoza el año pasado. Cugnet estaba al servicio de algunas sociedades francesas liberales que luego han entrado en el Carbonarismo, y había ideado el plan de formar una columna republicana de tres mil hombres con españoles, franceses y napolitanos y entrar con ella en Francia por el Rosellón, ocupando plazas fuertes y defendiéndose en éstas.

Cugnet había pensado en nombrar comandantes a los militares extranjeros republicanos refugiados en España: a Nantil, oficial de artillería, de talento, que se encontraba en Bilbao; al barón Guillermo de Vaudoncourt, que estaba en Valencia; a Delon y a Fabvier, que se hallaban en Madrid, y a Pachiarotti, que acababa de llegar a Barcelona. Luego de organizar la columna, y en marcha, pensaba ofrecer el alto mando al general Riego.

Los militares franceses consultados escribieron a Cugnet pidiéndole detalles de la empresa, y éste contestó que todo iba preparándose y que se anunciaría el día de la reunión.

Vaudoncourt, que no tenía mucha confianza, escribió a Riego para advertirle la precipitación de Cugnet de Montarlot y rogarle que evitase un movimiento prematuro y parcial.

Le decía que la frontera del Rosellón era muy estrecha, obstruída de fortalezas, y que no sería fácil batir con pocos hombres las guarniciones de Perpiñán, Bellegarde, Prats de Mollo, Mont Louis, Collioure, etc.

Riego, enlazado con un compromiso con el Gobierno, contestó al requerimiento que le hicieron diciendo que no sería el primero; pero que si se hacía el movimiento invasor hacia Francia se uniría a él.

Cugnet siguió con sus preparativos; pero vió claramente que no tenía fuerza ni medios para organizar una columna de tres mil hombres, y entonces, abandonando este proyecto y en unión de los comuneros, ideó el plan de tomar Zaragoza con cuatrocientos hombres de infantería y cien de a caballo y proclamar la República. Cugnet fué a Madrid, volvió a Zaragoza, habló a todo el mundo de sus proyectos, y en esto el jefe político Moreda le mandó prender.

Al ir a echarle mano, un patriota le suministró un pasaporte y Cugnet se dirigió a Francia, y en el camino de Olorón, entre Jaca y Canfranc, le prendieron con cuatro o cinco compañeros y le encontraron unas proclamas absurdas, en las que se llama generalísimo y presidente del Gran Imperio. Cugnet estuvo unos meses en la cárcel, volvió a salir y fué al Languedoc.

Después de contarme sus aventuras, Cugnet me aseguraba que los oficiales franceses le habían denunciado al embajador de Francia en Madrid, monsieur de la Garde, y que éste había comprado al gobernador de Zaragoza, Moreda.

Yo le pregunté:

—¿Con qué individuos de la sociedad de los Comuneros se ha entendido usted?

—Con Morales, Romero Alpuente, Moreno Guerra y, sobre todo, con Regato, hombres sin tacha.

—Pues ahí tiene usted a los traidores. Esos le han tendido el lazo.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¿Lo juraría usted?

—Por lo más sagrado.

Y le conté lo que sé de Regato y de algunos otros comuneros.

Cugnet ha dicho que si encuentra a Regato lo matará.

Cugnet marcha a España un día de estos. Piensa hacer lo posible para luchar contra la expedición francesa. Si entran los franceses en España formará una partida. Desde ahora cambiará de nombre, y en vez de Cugnet de Montarlot se llamará Carlos de Malsot. Convendría que se le protegiera y que la policía no le pusiera ninguna dificultad a su paso.

Un saludo de

A


VII.
LOS CARBONARIOS Y EL COMPLOT DE BELFORT

«Amigo S.: Se habla mucho en París—escribía Aviraneta al ministro—de esta nueva sociedad venida de Italia, y que se llama la Carboneria, y a sus afiliados los carbonari. La Carboneria tiene pocos ritos misteriosos, y a sus logias llama Ventas.

El objeto de esta sociedad es expulsar a los Borbones y derrotar a la Santa Alianza.

La Alta Venta Carbonaria de París pretende ser el centro de los liberales de España, de los radicales de Inglaterra, de los carbonarios de Italia y de los griegos sublevados contra los turcos. Hay comités para favorecer la revolución griega, española e italiana, y se intenta formar una Liga latina de los pueblos para oponerla a la Santa Alianza. Creo que el Gobierno español no debe desdeñar a esta sociedad, sino relacionarse con ella, aunque los masones se opongan. Los informes de los carbonari serán buenos, y sus hombres, como más jóvenes y decididos que los masones, pueden servir de mucho.

El origen de esta sociedad es un tanto fantástico. Unos suponen que procede del tiempo en que los hombres del partido gibelino, de Italia, tenían que refugiarse en los bosques; otros aseguran que la fundó San Tibaldo o Teodobaldo, monje, de Sarrebruck. Los masones aseguran que la secta carbonaria es moderna, pues su parte de mitos religiosos se inspira en el cristianismo, y no en el judaísmo, como la masonería.

Los carbonari, que no han suprimido los mitos simbólicos, llaman al Gran Oriente, Gran Firmamento; Gran Elegido, al Gran Maestre, y tienen sus iluminados y sus venerables. Para ellos, Ausonia es el bosque feliz; los corderos son los buenos, y los lobos los tiranos.

Todo este simbolismo primitivo ha desaparecido en la adaptación francesa.

El origen de la adaptación es éste:

Durante la Restauración aparecieron en Francia muchas sociedades secretas. En su principio, todas eran militares y bonapartistas, como formadas por oficiales del Imperio. Luego, más tarde, estas sociedades fueron creciendo con el concurso de paisanos masones, partidarios en su mayoría de la República.

En 1820 existían dos sociedades importantes: Los Caballeros de la Libertad y los Amigos de la Verdad.

Tras de una conspiración tramada por esta última, la mayoría de sus socios escapó de Francia, y un oficial llamado Dugied fué a Nápoles y se hizo carbonario.

Volvió Dugied a París con la idea de que había que implantar aquí el carbonarismo, y habló de esto a todos sus amigos, hasta que los convenció.

Tres jóvenes tomaron la iniciativa: un estudiante de Medicina apellidado Buchez, hombre tosco y de energía; un periodista, Amando Bazard, fundador de la Sociedad Los Amigos de la Verdad, y otro muchacho llamado Flotard.

El 1.º de mayo del año pasado estos tres jóvenes se reunían en la mesa redonda de una casa de huéspedes miserable de la calle de Copeau, casa pobre de un barrio de los más pobres de París.

Se discutió entre los tres amigos la proposición del oficial Dugied y los estatutos de los carbonari italianos que tenían sobre la mesa.

Después de una larga discusión, se llegó a varios acuerdos, que eran éstos:

Primero. Los estatutos de los carbonari italianos no responden ni al carácter ni a las inclinaciones de los franceses; por lo tanto, hay que cambiarlos.

Segundo. Al fundar la Carboneria desaparecerán todas las sociedades de carácter político liberal.

Bazard habló al Consejo administrativo de Los Amigos de la Verdad, que se mostró conforme; se escribieron los nuevos estatutos y se fundó la sociedad. Se suprimió en ella todo carácter místico.

Los siete fundadores del carbonarismo en Francia fueron: Bazard, Flotard, Buchez, Dugied, Carriol, Joubert y Limperani.

Los deberes del carbonario francés son: tener un fusil y cincuenta cartuchos, estar pronto al sacrificio y obedecer ciegamente a las órdenes de jefes desconocidos.

Las sociedades carbonarias son civiles y militares.

En la calle, los carbonarios se saludan unos a otros llevando la mano a la frente, a la manera militar; luego se cruzan las manos sobre la espalda y se quedan en esta actitud hasta que la persona a la cual se dirige uno tiende también la mano derecha; entonces se aprieta fuertemente la mano y después el antebrazo.

Los italianos se reconocen diciendo al dar la mano:

—Fe, Esperanza y Ca... ri... dad...

La palabra Caridad la dicen recortándola, y en la palma de la mano de quien saludan trazan con el pulgar una C y una N.

Los carbonarios nunca escriben nada; se comunican de viva voz y se reconocen por monedas partidas o por tarjetas cortadas de una manera irregular.

Al militar que va a un pueblo de guarnición se le da un trozo de moneda y a la Venta del pueblo se envía otro.