Una vez constituída la sociedad carbonaria, arraigó rapidísimamente. En seguida se extendió por los cuarteles y por las escuelas.

Bazard trabajó en París y consiguió que, más o menos claramente, se afiliaran los generales Lafayette, Lamarque, el diputado Manuel, Dupont de l'Eure, el general Thiars. Se comenzaron a pasar revistas por la noche, y los afiliados hacían el ejercicio en los desvanes, cubiertos de paja.

Mientras Bazard trabajaba en París, Flotard estaba en el Oeste, Dugied en Borgoña, Joubert en Alsacia y los demás repartidos por Francia.

Al año consiguieron cubrir Francia de ventas. La primera conspiración carbonaria se fraguó entre los alumnos de Saumur, y tenía que estallar el 22 de diciembre de 1821. Fracasó, y pocos días después, el 1.º de enero de 1822, abortaba el complot de Belfort.

La conspiración ésta abortó por varias razones: la principal por querer poner a la cabeza de gente ardiente y joven hombres viejos y experimentados.

Se tenía la tropa comprometida en Belfort, Colmar, Estrasburgo, Metz, Epinal y Mulhouse. Había cinco regimientos completos en la conspiración y varias compañías y batallones de la zona. En la línea del Rhin, las ventas carbonarias tenían cerca de diez mil afiliados.

El movimiento había de ser por el estilo del nuestro de Cádiz.

El Comité directivo lo formaban: Lafayette, Manuel, Dupont de l'Eure, Voyer d'Argenson, Jackes Koechlin, el general Thiars, Merilhou y Chevalier.

La gente de acción que iban a dirigir la conspiración eran: entre los civiles, Bazard, Flotard, Buchez, Joubert, los pintores Ary Scheffer y Horacio Vernet y otros carbonarios; entre los militares estaban: el general Dermoncourt, los coroneles Caron, Fabvier, Pailhés, y los oficiales de menos graduación, Rusconi, Roger, Armando Carrel, etc.

La indecisión del Comité director fué una de las causas principales del fracaso.

Caron, el mayor, después de abortar el movimiento de Belfort, fué engañado por la policía.

El coronel Caron intentaba levantar los regimientos en Colmar.

Los jefes del ejército ordenaron a los oficiales y suboficiales que dieran aparentemente oídos a las proposiciones revolucionarias del coronel. Caron, ilusionado, salió de Colmar con un escuadrón de falsos cómplices; fué de pueblo en pueblo descubriendo él mismo dónde tenía sus amigos, y al último, preso por sus subalternos, atado y en una carreta, lo llevaron a Estrasburgo, donde lo fusilaron.

Al mismo tiempo que el complot de Belfort se preparaba una segunda conspiración en Saumur, con fuerzas mandadas por el general Berton y por el teniente de artillería Delon. Al saber el fracaso de Belfort se pensó en abandonar el proyecto; pero Berton, como hombre decidido y terco, no quiso cejar. Decidió comenzar el movimiento en Thonars, y fué allí el 22 de febrero de este año vestido de general, montó a caballo, enarboló la bandera tricolor y, seguido de algunos cientos de guardias nacionales, intentó entrar en Saumur.

La tropa le salió al encuentro, y Berton tuvo que dar la orden de retirarse a su columna. Todos los cómplices desaparecieron; Berton no quiso hacerlo y, descubierto, ha sido preso y será guillotinado.

Por esta misma época se encontraron tarjetas cortadas y otros papeles comprometedores a los cuatro sargentos de la Rochela. En su proceso se demostró que estaban afiliados al carbonarismo.

Estos fracasos de Belfort y Saumur tienen mucha importancia para nosotros, porque nos privan de fuerzas que podían venir en nuestro auxilio. Muchos militares están en la cárcel. Ahora mismo se está celebrando el juicio contra el general Berton y la conspiración de Saumur, y el fiscal acusa a los liberales, a Manuel, a Foy y a otros de pertenecer a sociedades secretas. Se intenta amedrentarlos.

Dentro de unos días se va a guillotinar a los cuatro sargentos de la Rochela. Los carbonarios dicen que los salvarán, que tendrán doscientos mil hombres en las calles de París. Ya veremos.

A.»


VIII.
LA AYUDA EXTRANJERA

Al día siguiente de escribir esta carta, Aviraneta, acompañado de uno de los hermanos Bonaldi, fué a casa de un fondista llamado Rossel, de la calle de Rivoli. En esta fonda había vivido, durante algún tiempo, uno de los jefes carbonarios, Flotard, y seguía viviendo todavía un amigo suyo, estudiante de Medicina.

Preguntaron Bonaldi y Aviraneta por él, y les pasaron a un cuartucho pequeño que daba a un patio, en donde vieron a un hombre todavía joven, pero completamente calvo, que estaba leyendo un libro y que tenía delante una calavera llena de nombres y de rayas azules, sin duda marcada según el sistema de Gall. El estudiante escuchó lo que le dijeron, y advirtió que había que llamar a un comisionista que vivía también en la casa.

—Este comisionista—dijo el estudiante—tiene la especialidad de que fecha o nombre que se le dice no se le olvida. Lo cual me choca, porque no tiene la protuberancia que Gall señala para la memoria.

—¿Y eso qué importa?—dijo Bonaldi.

—Importa mucho para la ciencia.

—Sí; pero, en fin, nosotros somos políticos, no entendemos de eso. Decía usted que tiene una gran memoria.

—Sí, y como los carbonarios no son amigos de escribir, este muchacho les servía de libro de señas.

El estudiante llamó al comisionista y le explicó en pocas palabras el deseo de Aviraneta. Era el comisionista un joven muy rubio, de aire insignificante, a pesar de su memoria prodigiosa.

—Si se trata de algo con relación a España—dijo el comisionista—, lo sabrá Chevalier, coronel de la Guardia Imperial, que vive calle Saint-Dominique d'Enfer, en el hotel del Escudo de Francia. Allí le encontrarán, y si no, vayan ustedes a un taller de planchadoras de la calle Lourcine, núm. 23, y pregunten ustedes por él.

El estudiante quiso hacerles esperar un momento a Bonaldi y a Aviraneta, y explicarles por qué el joven comisionista no tenía la protuberancia de la memoria señalada por Gall; pero ellos tenían prisa.

Bonaldi y Aviraneta tomaron un coche y se presentaron en el taller de planchado de la calle Lourcine.

La calle era sucia y negra, y el taller, obscuro y digno de la calle. Preguntaron a una mujer gorda por el coronel Chevalier; ella les preguntó a su vez quién les enviaba; Bonaldi contestó que venían de casa de Flotard, y les pasaron a un secadero de ropa, donde hablaban dos hombres; el uno era el coronel Chevalier, de la Guardia Imperial, hombre alto, buen mozo; el otro, el coronel Dentzel, un señor bajito, rubio y cano.

Bonaldi, con cierta ceremonia teatral de italiano y de cómico, hizo las presentaciones y explicó la misión que llevaba Aviraneta del Gobierno español.

Chevalier no conocía nada de asuntos relacionados con España. Dentzel sabía algo por haber oído hablar en casa del general Schramm, donde se reunían los generales Esteve y Solignac, pues se discutía allá la posibilidad de un movimiento en defensa de los liberales españoles. También había oído decir que el ex coronel Bourbaki, después de avistarse con el embajador de España, el duque de San Lorenzo, iba a salir de París hacia Navarra.

El coronel Dentzel dijo que sus datos eran muy vagos, pero que no tenía otros. Luego, después, recordó que había un miniaturista español llamado Pastor, muy relacionado con Lafayette, que vivía en la calle Bergere, y añadió que quizá éste supiera algo.

Salieron del secadero del taller de plancha, y Bonaldi y Aviraneta volvieron a la otra orilla.

El miniaturista Pastor tenía un estudio muy pobre. Era un hombre afeitado, flaco, alto, con unos anteojos de lentes gruesos, vestido de negro, lleno de manchas.

Este miniaturista, a creerle a él, lo sabía todo; hablaba en tono de confidencia y de misterio. Su conversación era un continuo aparte. Seguramente, cuando este hombre iba a las tiendas de comestibles, decía al dueño: «En confianza, que no nos oiga nadie. Deme usted una libra de queso».

Pastor dijo que se habían visto en París en la semana pasada los generales Lafayette, Foy, Clausel, Lamarque y el coronel Fabvier para tratar asuntos de España. El general Lamarque había estado con su mujer en el hotel de Estrasburgo, de la calle de Richelieu.

—¿Y se va a hacer algo?—preguntó Aviraneta.

—Claro que sí. Se organizará una legión francesa en Zaragoza y una legión inglesa en Galicia; las tropas francesas estarán mandadas por los generales Gourgaud, Carnot y Lallemand, y las inglesas, por sir Roberto Wilson.

—Esto se dice. La cuestión es que se pueda hacerlo—dijo Aviraneta.

—Por otro lado, Pepé está en relaciones con Lafayette—siguió diciendo Pastor—. Le escribe firmando miss Wright, y la intermediaria es la señora Hutchison, que vive en la calle de Clichy, 28.

—¿Y qué puede hacer Pepé?

—Organizar una legión italiana. Fabvier también está con nosotros. Fabvier, con el nombre de Cabillo Torres, ha escrito varias cartas al banquero Haguerman, desde Barcelona, explicando a Lafayette la situación. Fabvier va otra vez a España, desde Londres, con una mujer que toma el nombre de Sorting, y que es una criada de lady Holland. Ahora Fabvier está en París.

—Sí. Fabvier estará con nosotros y Pepé y algunos otros; pero son hombres, no batalladores—dijo Aviraneta.

A Pastor parecía preocuparle poco la realidad de lo que contaba. Le bastaba con hablar y entusiasmarse.

—El que va a venir con fuerzas perfectamente equipadas es el gran sir Roberto Thomas Wilson. Wilson es de ideas republicanas, diputado de la Cámara de los Comunes; está en París en el hotel de Londres, de la plaza de Vendome.

—¿Pero trae gente?

—Sí, le acompañan Antonio Adolfo Marbot, hijo del general Marbot; John Braandon y John Hickes, radicales ingleses, y dos carbonarios italianos, Santini y Rossi.

—Los conozco—dijo Bonaldi.

—Por último—exclamó Pastor—, tengo una noticia importantísima.

—¿Y es?

—Que los liberales franceses van a enviar a Benjamín Constant a España.

De la charlatanería del miniaturista, Aviraneta quedó convencido de que no sabía nada, probablemente porque no había tampoco nada preparado.


IX.
LA SOLEDAD

La situación entre la Sole y Aviraneta iba haciéndose cada día más extraña. Aviraneta se entendía bien con ella; pero su vida era tan agitada y movida, que no tenía apenas tiempo de hablarla.

La Sole, por su parte, era muy mimosa, y necesitaba que alguien se ocupara constantemente de ella.

Don Eugenio defraudaba sus esperanzas; la dejaba sola durante largo tiempo; si ella le hablaba, él sonreía distraídamente, siempre pensando en sus enredos políticos.

La Sole hubiera llegado a querer a Aviraneta si éste hubiese sido como las demás personas; pero don Eugenio no paraba en nada: su imaginación estaba siempre en movimiento.

La Sole comenzó a unir la desilusión de no atraer al hombre con quien vivía con el miedo.

Al principio, no; pero poco después comenzaron a presentarse en el hotel tipos de malas trazas a preguntar por Aviraneta. Eran de la policía. Algunos no se contentaron con hacer preguntas al portero, sino que fueron a interrogar a la Soledad.

La muchacha quedó aterrada.

El jefe de aquellos hombres era uno a quien Pantanelli llamaba el Espión, y la Soledad, también, creyendo que éste sería su nombre. El Espión era un tunante de unos cuarenta años, fuerte y rojo. Tenía la cara irónica y juanetuda, los ojos hundidos y las patillas rojas. Vestía levita larga, chaleco negro, corbata de muchas vueltas y sombrero de copa de alas anchas, a la Bolívar. Gastaba un garrote, sobre el que se apoyaba en una actitud cínica y desafiadora. A las órdenes del Espión andaban dos hombres que, según dijo el mozo del hotel, eran dos finos sabuesos de la policía: el padre Chicard y Gargouille.

El padre Chicard era un viejo pálido y muy pequeño, tan rapado, que no tenía apenas cuerpo. Vestía una hopalanda desteñida y andaba deslizándose como una sombra. El padre Chicard solía estar tan ensimismado, que nadie le hubiera tomado por un espía. A veces su mirada se iluminaba con una sonrisa irónica y aguda.

Gargouille era un pequeño monstruo: tenía una cara de sátiro alegre y cómica, una nariz como una trompeta, por encima de la cual se pasaba los dedos como para quitarla el polvo o espantar una mosca, y un paso grotesco, como el de los cómicos de melodrama y los cantantes de ópera.

El padre Chicard y Gargouille solían estar los dos en frente del hotel de Embajadores a la puerta de una casquería, en la que había unas cabezas de ternera muy pálidas y melancólicas en el escaparate.

Un día se presentó un joven rubio, elegante, que sabía algo de español. Este joven era secretario del Ministerio del Interior, y tuvo una conferencia con la Sole. El joven le dijo que Aviraneta era un carbonario, que tenía una misión secreta y espantosa; que lo mejor que podía hacer era abandonarle. La Sole se echó a temblar.

—¡Qué voy a hacer yo, Dios mío!—dijo llorando.

—Una mujer tan bonita como usted siempre encontrará quien la ofrezca, no una morada, sino un trono—le dijo el joven.

La Sole le miró por entre sus lágrimas y no contestó.

Al despedirse, el joven dejó su tarjeta, en donde Soledad pudo leer:

EL MARQUÉS DE VIEUZAC

El marqués pidió a la Soledad permiso para escribirla, y la Sole se lo concedió.

El saber que Aviraneta era un bandido no aminoró en nada la simpatía que tenía por él la Soledad.

Esta no le habló de la visita del marqués, empleado en el Ministerio; le dijo únicamente que había gente que preguntaba por él en la portería y que le espiaba.

—La gente de la calle de Jerusalén—dijo Aviraneta, como si el hecho no tuviera importancia.

—¿Quién es esa gente?

—La policía—contestó él con indiferencia.

La Sole quiso convencerle de que debía dejar los asuntos tenebrosos en que estaba metido, y Aviraneta escuchó estas palabras riéndose.

—No tengas miedo; ya dentro de unos días nos volveremos a España—dijo.

—¿Y por qué no en seguida?

—Hay que esperar hasta el veintiuno de septiembre.

—¿Para qué?

—Porque ese día van a ejecutar a cuatro sargentos, y nosotros los vamos a salvar.

—¿Quiénes sois vosotros?

—Nosotros, los revolucionarios.

La Soledad comenzó a llorar, pidiendo a Aviraneta que no se mezclara en estos asuntos, porque le iban a cortar la cabeza. Aviraneta se rió y tranquilizó a la muchacha.

Unos días después volvieron los de la policía y pasaron largo tiempo en el portal.

Aviraneta no quería encontrarse con ellos, y le dijo a la Sole que, cuando estuvieran los hombres de la calle de Jerusalén en acecho, atara un pañuelo blanco en el hierro del balcón. Entonces él le mandaría un aviso diciéndole en dónde le podía encontrar.

Si en vez de esperarle nada más los de la policía, querían prenderle, la Soledad pondría un pañuelo rojo, y en seguida escribiría una carta diciéndole lo que pasaba a la librería de Eymery, y la enviaría por el mozo del hotel.

La Soledad tenía mucho miedo al Espión y a los hombres de la calle de Jerusalén; pero prometió hacer las señales que le pedía don Eugenio.

Un día Aviraneta se enteró por el dueño de la fonda que el joven rubio entraba en su cuarto. Un domingo por la mañana, en que Soledad se preparaba para ir a misa, Aviraneta se hizo el dormido, y cuando se fué la muchacha saltó de la cama, abrió con el cortaplumas un armario donde ella tenía su ropa y encontró dos cartas del marqués de Vieuzac. En una de ellas el marqués le hacía grandes protestas de amor; en la otra le decía que no tuviera miedo a Aviraneta, porque si ella quería, él contaba con medios para prenderle, formarle un proceso y enviarle deportado para siempre.

Aviraneta castañeteó los dedos, y murmuró:

—¡Diablo!

Don Eugenio esperó a que volviera la muchacha, para tener una explicación con ella.

Entró la Soledad una hora después, y Aviraneta le dijo lo que había descubierto. Ella, llorando, le confesó que era verdad; pero que no le quería al marqués; que lo que estaba deseando era volver cuanto antes a España, y que él dejara aquellos asuntos políticos tan peligrosos.


X.
ÚLTIMA CARTA

Dos días después, Aviraneta escribía al ministro:

«Amigo S.:

He seguido todas las pistas que me han indicado. Estoy convencido de que no hay nada serio organizado en París a nuestro favor.

Se podrán contar con los dedos los hombres que vayan voluntarios a España; no llegarán a mil. Todas las Ventas carbonarias de Francia excitan a que se hagan suscripciones y alistamientos; pero esto, si marcha, marcha muy despacio.

Convendría respetar las Ventas carbonarias de España, por pequeñas que sean, para que puedan servir de punto de reunión de los liberales y extranjeros.

No sé cuántas hay; me han dicho que Guillermo Pepé, a su paso por España, ha fundado algunas.

Como le digo a usted, no hay nada serio; todos son «Se dice...»

Se dice que el Ejército francés no tiene entusiasmo por servir a la Santa Alianza.

Se dice que no encontrará dinero para hacer la guerra.

Se dice que se mandarán banderas tricolores al Ejército constitucional español y que se pasarán los franceses.

Se dice que el banquero Lafitte dará dinero para formar una división, que mandará Lafayette.

Se dice que a mediados de otoño España habrá organizado un ejército de ciento ochenta mil hombres para oponerse a los franceses, el cual llevará por vanguardia una legión francesa con la bandera tricolor, y que esta legión estará mandada por el príncipe Eugenio de Beauharnais.

Se dice que el general Foy está en relación con los españoles, y que la Lamarque se ha ofrecido a Mina.

No me parece esto fácil, porque Foy y Lamarque dejaron en España un recuerdo de violencias y crueldades difícil de borrar.

De estos proyectos podría ser importante el que Lafayette viniese a España a luchar contra la Santa Alianza; pero dudo que lo haga.

Irán solamente los exaltados: Wilson, Fabvier, Caron, Cugnet de Montarlot, Armando Carrel, y no podrán hacer gran cosa.

Algunos están ya en camino; van por Perpiñán a luchar en Cataluña con Mina, en la legión extranjera de Pachiarotti. Entre los franceses van Carrel, Joubert y otros del complot de Belfort.

Entre los italianos marchan el general Regis, el teniente coronel Ansaldi y el oficial Sormami, alistados como soldados; otros se incorporarán en Gerona con el coronel Olini. El general Rossaroll, que fué el último que defendió la Constitución napolitana en Mesina, debe estar también en Barcelona. No hay organización liberal fuerte; la masa no responde; la Francia republicana está en un período de cansancio.

En cambio, los realistas se encuentran en un momento de entusiasmo. La Junta católica de España y el partido jesuítico de Francia organizan en París, Burdeos y Bayona escuadrones de caballería. Todo un regimiento de Dragones para el Ejército de la Fe va a salir de sus manos. El Gobierno francés prepara la guerra para corto plazo. Se están llevando baterías de Metz, de Estrasburgo y de Valencia del Ródano a la frontera. Los generales y oficiales piden mandos en las fuerzas de los Pirineos. No será para acabar con la fiebre amarilla de Barcelona.

Parece que un político francés ha dicho: «Estamos colocados en la alternativa de atacar a la Revolución española en los Pirineos o de ir a defenderla en las fronteras del Norte».

La elección para ellos no es dudosa. Están en contra nuestra todas las clases privilegiadas de Europa, y desean que Francia, el país de la Revolución, sea el que dé el golpe de gracia a la libertad española. Así Francia se purifica ante la Santa Alianza y se le perdona haber jugado con la cabeza de Luis XVI y de María Antonieta. Probablemente, del Congreso que ha de tener en Verona la Santa Alianza saldrá la guerra contra España.

Muchos esperan que falte dinero a última hora para la expedición y que no se pueda realizar.

He hablado con un militar francés; es liberal templado y no está afiliado a ninguna sociedad secreta. Me ha dicho esto:

—Creer, como creen algunos liberales cándidos, que si el Gobierno francés manda sus tropas a España, los liberales y republicanos harán la Revolución, es una tontería. Ni el ejército se negará a entrar en España, ni los revolucionarios intentarán nada. El ejército francés actual es un ejército de gente joven, en el que la inmensa mayoría no ha hecho las campañas de Napoleón. Los viejos del Imperio resellados están mostrándose más cortesanos que los nuevos. Nuestra generación es una generación tranquila, burocrática, de las que vienen después del cansancio de las grandes convulsiones. Lo que se le ordene lo cumplirá, quizá sin entusiasmo, pero lo cumplirá.

Mi opinión es la misma. Creo que los liberales franceses no harán nada, o casi nada; tienen fuerza para un complot, pero no para organizar batallones, y menos para una Revolución.

Creo que la guerra viene de prisa, y que el ejército francés, perfectamente organizado como está, se nos echa encima. Algunos españoles de aquí dicen: «Mejor era el ejército de Napoleón, y lo vencimos».

Primeramente, nosotros no vencimos solos a Napoleón, sino con ayuda de los ingleses; después, esto nos costó la ruina del país, y, por último, entonces los españoles éramos un solo cuerpo, absolutistas y no absolutistas unidos; hoy no tendremos los miles de hombres de Wéllington, y, lo que es peor, estamos desunidos; los liberales somos la minoría, y el país entero está contra nosotros.

Creo que los absolutistas españoles, ayudados por el dinero francés, van a poder organizar fuerzas enormes de guerrilleros; quizá cincuenta o sesenta mil hombres; quizá más.

El ejército constitucional luchará con un ejército poderoso, como el francés, y contra las partidas absolutistas españolas, que serán casi todo el grueso de las guerrillas de la Independencia.

Yo, si fuera Gobierno, ¿sabe usted lo que haría? Perdone usted que exponga mi opinión. Pues comenzaría, desde ahora, a arreglar las murallas de Cádiz y a artillar bien los alrededores. Si la guerra estallara inmediatamente, cogería al Rey y lo llevaría allí. Luego amontonaría en Cádiz la tropa más segura, dejando abiertas las demás ciudades. Y defendería Cádiz durante seis meses o un año, y si la cosa salía mal, cogería a nuestro repugnante Soberano y lo mandaría ahorcar.

Me vuelvo a España dentro de unos días, porque creo que no tengo ya nada que hacer aquí.

A.»


XI.
LOS SARGENTOS DE LA ROCHELA

Aviraneta había aplazado la marcha a España al recibir aviso de la Alta Venta Carbonaria, de París, para que se quedara.

Iban a ejecutar a los cuatro sargentos de la Rochela, y el Comité director necesitaba todos los hombres de buena voluntad para intentar salvarlos.

Se había pensado en sobornar al encargado de su custodia, y éste pedía sesenta mil francos.

Al saberlo se hizo una suscripción, que encabezó Lafayette; se reunieron los sesenta mil francos, y en el momento mismo en que los agentes carbonarios entregaban el dinero al vigilante de la cárcel fueron sorprendidos por la policía.

Entonces el Comité director decidió salvar a los sargentos a viva fuerza cuando los llevaran al patíbulo.

El jefe de la intentona debía ser el barón de Fabvier. Aviraneta fué invitado a marchar en el grupo con el barón.

Era Fabvier hombre de mediana estatura, fuerte, ágil, atrevido y rápido; iba afeitado completamente; tenía la cara redonda y muy expresiva y parecía un actor.

Era Fabvier uno de los aventureros románticos de la época; había sido en Ispahan el amigo del shá de Persia y el instructor de sus tropas: había peleado en España a las órdenes de Marmont; conspiró en Francia contra los Borbones, y se distinguió después en la lucha de la independencia de Grecia.

Se citaron los carbonarios por la mañana, delante del reloj de la Conserjería. Habían sido trasladados a esta cárcel los cuatro sargentos. Se decía que conservaban la serenidad y que estaban convencidos de que el pueblo los salvaría.

Aviraneta se presentó armado con dos pistolas y un bastón de estoque a la hora de la cita, y formó en el Estado Mayor de Fabvier.

Algunos grupos de carbonarios se veían en medio de la bruma y se distinguían por sus pañuelos rojos anudados al cuello.

Al amanecer salió la carreta del muelle del reloj, y, atravesando el río, tomó la dirección hacia la plaza de la Greve, seguida de una enorme masa compacta.

El tiempo estaba brumoso y obscuro; las tiendas, cerradas.

Fabvier comenzó a dar órdenes a sus lugartenientes, mandándoles que al entrar en el puente rodearan la carreta de los condenados, y al conseguirlo, dieran un silbido. En el mismo instante todos los carbonarios se enredarían a puñaladas y a tiros con los soldados y gendarmes, se confundiría a los reos con la multitud, se les pondría trajes prestados y se les haría escapar.

Si hubieran podido mirar desde arriba, a vista de pájaro, hubiesen notado que a los lados de la carreta de las víctimas no se abría la masa de gente en un surco, sino que, acompañando al carro, iba un grupo compacto de hombres.

Los condenados miraban con anhelo a aquella multitud, de la que esperaban la salvación. Los cuatro eran jóvenes. Se decía que el mayor no tenía más de veinticinco años.

Al llegar la carreta al puente, la masa hizo que el cortejo fuera más despacio. Grupos de carbonarios de ocho o diez, a quienes se conocía por su tipo, avanzaban entre la gente como una cuña.

Fabvier esperó el movimiento ordenado por él; pero no se verificó.

—Vamos nosotros—dijo el barón a Aviraneta y a otros amigos.

Empujando a derecha e izquierda, metiendo los codos entre la masa, los treinta o cuarenta hombres, dirigidos por el barón, se acercaron a la carreta. Intentaron luego aproximarse a ella; fué imposible.

Más de trescientos gendarmes, vestidos de paisano, formaban un núcleo impenetrable alrededor del carro. Varios carbonarios que intentaron incrustarse en el grupo de gendarmes fueron hechos prisioneros.

—Estamos perdidos—murmuró Fabvier con angustia—; han tomado sus disposiciones mejor que nosotros. Vamos a ver si reunimos toda nuestra gente en la plaza de la Greve y atacamos allá.

—Convendría que alarmaran por el otro lado de la plaza para que nos lanzásemos nosotros en la confusión—dijo Aviraneta.

—Sí; estaría bien.

Fabvier llamó a un joven y le ordenó que un grupo de carbonarios marchara corriendo hacia el otro lado de la plaza de la Greve, y que, reunidos, gritaran: «¡Viva la Carta! ¡Viva la República!», con el objeto de atraer hacia ellos los gendarmes.

El joven salió de prisa; Fabvier se quedó solo con Aviraneta, marchando ambos detrás de la comitiva.

La orden de Fabvier era formarse en dos grupos en la plaza de la Greve y atacar inmediatamente a la tropa.

—¿Cuántos hombres cree usted que habrá?—preguntó Aviraneta.

—Se han comprometido doce mil. Yo espero que habrá seis mil, tres mil...

Aviraneta y Fabvier marcharon despacio entre la multitud, hasta desembocar en la plaza de la Greve.

El cortejo de los condenados iba avanzando por la plaza y acercándose al lugar de la ejecución. Sobre las cabezas de la multitud se veía la guillotina y la cuchilla, que brillaba pálidamente a la luz de la mañana.

Fabvier y Aviraneta quedaron asombrados al entrar en la plaza. En el punto indicado por el barón había hasta setenta u ochenta hombres afiliados a la Venta Carbonaria. Los demás habían desaparecido.

Fabvier y Aviraneta se unieron a ellos.

A pesar de su corto número, estaban todos dispuestos a intentar un ataque a la desesperada.

—Esperemos un momento—dijo Fabvier.

En esto, a lo lejos, se oyeron rumores y gritos. «¡Viva la Carta! ¡Viva la República!», se escuchaba distintamente.

Hubo algún movimiento entre la tropa.

Fabvier miró a los suyos.

—¿Estamos?—dijo—. Adelante.

Aviraneta desenvainó el estoque, dispuesto a abalanzarse sobre la tropa.

La gendarmería de a caballo se había dado cuenta del movimiento y se lanzó sobre los carbonarios. No hubo manera de resistir. El grupo quedó deshecho.

Aviraneta se encontró desarmado y solo.

—¿Qué hace usted aquí?—le dijo un guardia.

—Soy extranjero. He venido por curiosidad.

—Bueno. Vamos, vamos. A su casa.

Aviraneta avanzó por un puente. Un sol pálido iluminaba las guardillas de la orilla izquierda del río...


XII.
DESPEDIDA

Al acercarse Aviraneta al hotel de Embajadores de la calle de Santa Ana vió, desde lejos, el pañuelo rojo atado al hierro del balcón. Era la señal de alarma.

Aviraneta volvió sobre sus pasos, entró en un restaurante a comer, y se dirigió después a la librería Eymery, de la calle Mazarina.

Preguntó si había alguna carta para él; no había ninguna, y fué a dar un paseo por el jardín del Luxemburgo. A media tarde volvió por la librería, y el dependiente salió a entregarle una carta. Era de la Sole. Aviraneta se puso a descifrarla, hasta que lo consiguió. Decía así:

«Mi querido don Ugenio: Esta es para adbertirle que an benido muchos onbres de la calle de Jerusalén con el Espión a buscarle a usted y que me boy con el señor marqués de Vieuzac porque no puedo bibir así y tengo mucho miedo don Ugenio y usted no me quiere y si usted me quisiera yo no me hiría, aunque me dieran todo el oro del mundo y un palacio, pero usted no me quiere, por que quiere a la Teresita la hija de don Francisco el juez de Aranda y yo deseo que se case usted con ella y sean felices. A usted no le importará pero estoy llorando a todas oras porque boy a bibir con un francés. Don Ugenio, le agradezco mucho lo que a echo por mi y si usted me ubiera querido un poco, yo ubiera bibido con usted siempre, siempre, por que usted es bueno, aunque dicen que no y que es usted enemigo de dios y de la rreligión.

»Adios don Ugenio adios adios. Ya rezaré todos los días por usted para que sea feliz. Los pañuelos planchados de usted los han traido oy y están en el armario a la izquierda. Perdone usted la letra.—Su segura serbidora, Soledad Castrillo

Aviraneta, al leer la carta, quedó sorprendido y entristecido. La Sole era una muchacha buena y simpática, a quien iba tomando cariño.

—En fin—murmuró—, es lo mejor que le podía pasar. ¿Quién sabe si dentro de unos años veremos a la Sole hecha una madame Cabarrús?

Aviraneta escribió al dueño del hotel de Embajadores diciéndole que iría a buscar su equipaje de noche, pues le andaba persiguiendo la policía.

Lo hizo así, y por la mañana tomó la diligencia para España.


XIII.
EL JARDÍN DE ETCHEPARE

Al llegar a Bidart, Aviraneta supo que Etchepare había muerto. El caserío Iturbide estaba cerrado.

Aviraneta se acercó a una casa próxima que se llamaba Beguibelchenea, y la mujer de este caserío salió con las llaves a abrir las puertas de Iturbide.

—¿Es usted el sobrino del señor Gastón?—le preguntó la mujer.

—Sí.

—¿Qué piensa hacer con esta casa?

—¿Yo?

—¿Pues no sabe usted que es el heredero?

—No, no lo sabía.

—Vaya usted a ver al notario, a San Juan de Luz; le tendrán que leer el testamento.

—Iré después.

La de Beguibelchenea y Aviraneta entraron en Iturbide. Aviraneta recorrió las habitaciones, estuvo en la biblioteca y luego bajó al jardín donde paseaba su tío.

El jardín de Etchepare era muy hermoso. Estaba en declive, orientado al mediodía, sobre una duna próxima al mar. Tenía alrededor una tapia más alta hacia el norte y el oeste para proteger las plantas del viento frío y marino.

Etchepare, como jardinero, había buscado el defender su huerto del aire del mar; pero quería, sin duda, gozar de su vista, y en un ángulo de las dos tapias altas había construido hacía años un pequeño cenador, como una garita. El cenador estaba ya deshecho, con las maderas podridas; únicamente parecía sostenerle el tronco de una glicina añosa, que le estrujaba como una serpiente con sus anillos.

Desde el cenador se dominaba la costa. Se veía avanzar en el mar las rocas de Hendaya; luego, el cabo Higuer, con su faro, que de noche brillaba, y más lejos, la costa vasca de España, la isla de Guetaria y el cabo de Machichaco.

Por el lado de tierra se veía el comienzo de los Pirineos; cerca se destacaba solitario el monte Larrun, y tras él se alargaban en la niebla las montañas de Navarra.

A todo lo largo de la tapia, que daba hacia el mar, los pinos y los cipreses formaban una cortina contra el viento.

En la parte baja del jardín, la más templada, tenía Etchepare sus hortalizas.

En los rincones, en los ángulos de las tapias, en los sitios sombríos, Etchepare había plantado rosales, enredaderas, madreselvas, que cubrían las paredes y las llenaban de hojas verdes y de campanillas ligeras de varios colores.

En un extremo del jardín se levantaba una alta magnolia, con una gran flor blanca; en el otro, uno de esos arbustos que llaman Júpiter, casi redondo, se ofrecía a los ojos en aquel momento, con sus mil flores, como una bola roja llena de pompa y de riqueza.

Al pasear por aquellos caminos, Aviraneta comprendió el gran amor del viejo Etchepare por la tierra, su culto vagamente panteísta por las hierbas, los árboles y las flores.

¡Qué vida la de Etchepare! Sin ambición, contemplativo, enamorado de la Naturaleza, había pasado allí una existencia tranquila y feliz.

Quizá todavía quedaba en su alma el recuerdo vivo de un viejo amor; quizá sentía la voz querida en el murmullo del viento, y la figura amada, en la forma vaga de una nube o en la espuma del mar.

Etchepare, viejo pensativo, paseaba mucho por el acantilado de la costa. No tenía relaciones sociales. Sus amigos eran los árboles, las rosas, una nube que sonreía en el cielo, un faro que guiñaba a lo lejos su roja pupila...

La mujer de Beguibelchenea, que estaba rabiando por hablar, le contó a Aviraneta los últimos momentos de Etchepare. El viejo soldado de la República había muerto dulcemente una tarde de sol. La gran dama, venida de París, estuvo acompañándole los últimos días.

Al principio quiso obligarle a confesarse; pero al último ella transigió. La mujer de Beguibelchenea solía ver a los dos hablando constantemente en el huerto, sentados en el banco, debajo del árbol rojo.

El otoño había sido delicioso, templado, con todo el esplendor de los otoños vascos. Al caer las hojas, suavemente, había partido el viejo solitario para su último viaje.

Al morir, la gran dama lloraba, y solamente el médico y un guarda, que fué soldado en tiempo de la Revolución, se presentaron en la casa.

Al día siguiente enterraban a Etchepare y la gran dama desaparecía.

Aviraneta salió de Iturbide, y después, a la caída de la tarde, entró en el cementerio de Bidart a ver la sepultura de su tío.

El tiempo estaba espléndido. En el cielo azul brillaban grandes y espléndidas nubes rojas.

Aviraneta buscó la sepultura y la encontró. La tierra estaba recién removida, y en la losa nueva se leía:

AQUÍ YACE

GASTON D'ETCHEPARE

SOLDADO DE LA REPÚBLICA

1760-1822

El rebelde había tomado su puesto entre los demás convecinos; allí aguardaría su cuerpo hasta convertirse su substancia en la verde hierba, en las amarillas flores que tanto había amado.


XIV.
AL ENTRAR EN ESPAÑA

Al día siguiente, Aviraneta fué a San Juan de Luz, adonde se había trasladado la viuda de Arteaga. Mercedes le dijo que su padre vivía en Laguardia con su hermano mayor, que estaba casado y con hijos. Ella no quería ir ni a Pamplona ni a Laguardia.

Después de saludar a Mercedes y de besar a Corito, Aviraneta se dirigió a España.

Estaba la frontera llena de partidas realistas; en Irún era Aviraneta conocido y no le pareció muy prudente entrar por allá llevando papeles en la maleta. Así que, desde San Juan de Luz, a caballo, entró en España por Vera de Navarra.

La primera persona con quien se topó en Vera fué el teniente Leguía, que, según le dijo, iba a salir, a la mañana siguiente, camino de Elizondo con su tropa.

Fermín Leguía le habló de una cuenta pendiente que tenía con el prior del convento de capuchinos de Vera y con el párroco de la iglesia. Leguía estaba dispuesto a perseguirlos y a no dejarlos en paz hasta aplastarlos.

Fermín le dijo que por aquellos contornos se repetía, como un refrán, este dístico en vascuence:

Veraco, Fermín Leguía,
alderaco, contraco baño obía.

(Fermín Leguía, el de Vera, mejor para amigo que para enemigo.)

Fermín andaba con una partida de ciento sesenta hombres; ochenta de la cuarta compañía del batallón ligero de cazadores de Pamplona, cincuenta a sesenta de Hostalrich y Bailén y veintitantos del resguardo oficial.

Fermín recorría el Bidasoa y el Baztán; pensaba atacar a los absolutistas que se habían apoderado de Valcarlos, y pegar fuego el mejor día al convento de capuchinos de Vera, a la parroquia y hasta al pueblo.

Leguía invitó a Aviraneta a cenar con él, y por la noche fueron los dos a una taberna de Alzate, donde se reunían sus amigos. Hablaron largo rato, tomaron café y aguardiente, y Leguía, animado, le dijo a uno de sus amigos:

—¡Berécoche!

—¿Qué?

—¿Tienes la filarmónica en casa?

—Sí.

—Pues tráela. Vamos a dar serenata a los amigos.

Berécoche salió de la taberna; Aviraneta y Leguía siguieron hablando y bebiendo hasta que llegó Berécoche con el acordeón.

Berécoche era hombre intrépido y jovial, que hablaba por apotegmas. Trajo un acordeón nuevo con un letrero en marfil, donde se leía: «Altemburgia», y comenzó a tocar en él.

Leguía se puso una boina y se embozó en la capa.

—¡Hala! Vamos todos al convento—dijo Leguía—. Eh, tú, Errotachipi, Errotari, Chamburne. ¡A formarse! Uno... dos... ¡Adelante!; y cogiendo su palo como una batuta, marcó el compás, y cuando Berécoche comenzó con un pasodoble, dió media vuelta y siguió andando.

Luego se acercó a Aviraneta.

—Me tienen un odio terrible en el pueblo—le dijo riendo—; les estoy dominando por el terror.

Al son del acordeón, los diez o doce hombres, formados, llegaron hasta el convento de capuchinos, y Leguía mandó a Berécoche que tocara el Himno de Riego. Berécoche lo tocó.

—«¡Viva la Libertad! ¡Viva Riego! ¡Viva Mina!»—gritaron los amigos de Leguía.

El convento, grande y negro, parecía agazapado en la obscuridad. Uno de los amigos de Leguía cogió una piedra y la disparó con toda su fuerza. La piedra dió en una de las ventanas, y se oyó una voz que gritaba:

—¡Granujas! ¡Miserables!

—Ahora al pueblo—dijo Leguía.

Comenzó de nuevo a tocar el acordeón, y los amigos de Leguía, saltando y brincando, llegaron a Vera. Entraron en otra taberna y volvieron de nuevo a Alzate hartos de vitorear a Riego, a Mina y a la Libertad.

Aviraneta se retiró a su posada a dormir.

Al día siguiente Fermín le preguntó a Aviraneta si necesitaba algún guía, y habiéndole dicho que sí, le prestó dos hombres para que le acompañaran: Errotachipi y Arroschco.

Errotachipi era flaco y huesudo; Arroschco, grueso y redondo; pero los dos eran fuertes y marchaban más de prisa que el caballo que montaba Aviraneta.

Salieron de Alzate los tres, cruzaron el puente de San Miguel, y por la orilla del Bidasoa salieron a Zalaín y comenzaron a subir Baldrun y después Escolamendi. Al medio día llegaron para comer a la ermita de San Antón, en el límite de Navarra y Guipúzcoa, enfrente de la Peña de Aya.

Era el sitio verdaderamente desierto y salvaje; la Peña de Aya se levantaba allá como una pared cortada a pico, de quinientos o seiscientos metros de alta, y en el fondo del valle, estrecho, dominado por la enorme muralla de granito, se veían unas cuantas ferrerías abandonadas y derruídas.

La ermita de San Antón tenía adosada una venta, y en ella entraron Errotachipi y Arroschco a encargar el almuerzo. El ventero los conocía y era amigo suyo, y en un cuarto, de techo bajo y con una gran mesa en medio, les sirvió la comida.

Después de comer siguieron los tres de nuevo la marcha; pasaron por Arichulegui, y por la tarde llegaron a Oyarzun, y allí se despidieron de Aviraneta Errotachipi y Arroschco.

Al día siguiente, Aviraneta tomó de nuevo la diligencia para Madrid, donde se presentó a don Evaristo San Miguel, que le dió las gracias por sus servicios.


LIBRO SÉPTIMO
EL INVIERNO

I.
LA SITUACIÓN

Al final de 1822 la situación en España era desdichada. De un extremo a otro la Península ardía; las partidas absolutistas brotaban como del fondo de la tierra armadas y equipadas.

En el Norte, don Carlos España, Quesada y Abuin espiaban el momento de entrar con sus fuerzas camino de Madrid; don Santos Ladrón estaba entre Lumbier y Pamplona; Juanito el de la Rochapea, en las Cinco Villas de Navarra; Castelar y Guergué, en el Roncal; Uranga y el Fraile, en Alava, reclutando gente por los alrededores de Santa Cruz de Campezu. Además de estos, Antoñana y Gambarte campeaban en la ribera del Ebro, y Castor, Zabala, Gorostidi, Eraso, Uranga, y otros muchos, formaban partidas en los pueblos vasconavarros.

Contra estos cabecillas operaban constantemente los liberales; Torrijos había batido a Ladrón y a Uranga; Fermín Iriarte, Chapalangarra y López Baños no dejaban descansar a sus tropas.

Además de las columnas grandes había pequeñas partidas, como la de Leguía en Navarra, la de Mantilla en Alava y la de Arana en Logroño.

A mediados de invierno Torrijos entraba en Burguete y tomaba el fuerte de Irati, y Leguía desalojaba a los absolutistas de Valcarlos.

En Castilla se había vuelto a presentar Merino con sus antiguos partidarios. Caraza, el Gorro, los Leonardos, el Inglés, Cuevillas, el Rojo de Valderas y otros, operaban en combinación con el Cura.

Entre Aragón y Valencia, y por la parte del Maestrazgo, andaban Chambó, Rambla, Capapé, la partida de los Chicos de Calatayud y otra porción de facciosos sueltos. Cada partida era perfectamente autónoma. Había algunas juntas realistas, como la Junta Suprema de Mequinenza, pero nadie la hacía caso.

De los más importantes cabecillas aragoneses era Capapé, que luego tuvo también importancia por una sublevación de carácter realista.

Capapé estuvo a punto de ser condenado a muerte, siendo brigadier, en 1824; pero se defendió mostrando dos cartas del infante don Carlos, en las que le incitaba a la rebelión.

Joaquín Capapé era un carretero de Alcañiz convertido en soldado durante la guerra de la Independencia.

Se le llamaba de apodo el Royo. Había querido ser oficial de los voluntarios liberales de Alcañiz, y como no pudo conseguirlo, se alistó entre los realistas.

Capapé estaba casado con la hermana de un fraile dominico llamado Garzón. Esta, Pepa Garzón, apodada la Morena, era una mujer un poco alborotada y escandalosa, que acompañaba al marido en sus empresas guerreras, y que murió en Alcañiz durante el cólera del 34.

Rambla y Ramón Cambó eran cabecillas ignorantes y bárbaros.

Respecto a la partida de los Chicos de Calatayud, la mandaba Mosén Manuel Oroz. Esta partida se disolvió después del 7 de julio, y Oroz apareció más tarde en Navarra con otra partida.

La Junta de Mequinenza la dirigía don Juan Adán Trujillo, que formó un batallón, que luego se incorporó a las tropas de Bessieres.

El Empecinado había luchado con las partidas de Aragón y había derrotado a Capapé en Almonacid de la Sierra, donde le cogió cerca de 400 prisioneros.

En la Mancha, Andalucía y Murcia, las partidas realistas eran más de bandolerismo que de facción.

Los compañeros del guapo Francisco Esteban de Davalillos y de Jaime el Barbudo se habían convertido de pronto en soldados de la Fe. En la Mancha alta Manuel Adame, el Locho, de chico porquero y luego basurero en Ciudad Real, ex guerrillero también de la Independencia, se había echado al campo, y llegó a tener mil quinientos caballos.

El Locho, un fraile capuchino teniente suyo y Palillos se pasearon por la Mancha con unas buenas mozas, y al entrar en Toledo se llevaron de las platerías toledanas unos tres millones de reales.

En Valencia merodeaban Rafael Sempere y el suizo Carlos Ulman.

En Cataluña abundaban los cabecillas facciosos como en ninguna otra región. La mayoría eran guerrilleros a quienes la vida tranquila y pacífica no seducía.

Uno de los más célebres fué el Trapense, Antonio Marañón, capitán de la guerra de la Independencia.

Marañón era un jugador y un perdido, y un día, pasada la guerra, desapareció en un convento de la Trapa. A los seis o siete años volvió a aparecer como cabecilla realista, montado en un caballo blanco, con un látigo en una mano y un crucifijo en la otra, y acompañado de una extranjera hermosa y valiente, Josefina Comerford. El Trapense, después de dejar un rastro de crímenes y de violencias, y de llegar a mariscal de campo, volvió desde Logroño, por orden del Gobierno, al convento de Santa Susana.

Guerrilleros célebres entre los catalanes eran Misas, Romagosa, el Jep d'Estany y Mosén Antón.

Misas, postillón de Figueras, había estado en una partida de guerrilleros de la Independencia capitaneada por un tal Pujol, que murió ahorcado.

Misas se llamaba así porque cuando era ladrón parte del producto de sus robos lo empleaba en decir misas. Misas tuvo su partida de bandidos, y estuvo en la cárcel varias veces, hasta convertirse en un jefe realista, que mandaba un núcleo de fuerzas importantes en el Ampurdán.

Romagosa, el carbonero de Labisbal, hombre muy fuerte y muy bruto, llegó a brigadier, y fué fusilado a principio de la guerra carlista por el general Llauder.

El Jep d'Estany, apellidado Bosons, era un individuo inquieto, turbulento y audaz. Poco después de la guerra de la Independencia fué enviado a galeras por Lacy. Estuvo siete veces condenado a muerte, hasta que fué preso y fusilado por orden del conde de Mirasol. En capilla, este defensor de la fe anduvo a bofetadas con el fraile que quiso confesarle. En la época constitucional tenía su centro de operaciones a orillas del Segre.

Mosén Antón Coll, cura de Vich, era el que en tiempo de la guerra de la Independencia había levantado a los estudiantes catalanes.

Además de éstos, campeaban por Cataluña Pablo Miralles, hombre inculto y bárbaro; Romanillo el Aceitero, de Castell-Fullit, violento y cruel, y otros de menos importancia, como el padre Orri, apodado el Padre Puñal, que blandía su acero a los gritos de «¡Viva la religión! ¡Muera la patria y la nación! ¡Viva el rey absoluto!» y «¡Mueran las leyes!»

Toda esta nidada de facciosos se había empollado al calor del fanatismo y del dinero enviado desde Madrid por Fernando VII.

Este siniestro Borbón hacía todas las maniobras imaginables para lanzar más absolutistas al campo y para comprar a los militares constitucionales.

Algunos de estos le inquietaban, sobre todo Mina, por quien tenía un odio profundo, sabiendo que era insobornable.

Mina, de capitán general de Cataluña, hacía una guerra terrible contra los facciosos, avanzaba, devastaba, fusilaba; todo hacía creer que, si seguía así, en poco tiempo ocuparía Urgel y Mequinenza, defendidos por Romagosa y Bessieres, y limpiaría las ciudades y los campos de enemigos.

Fernando sabía que Mina, por su nobleza, sus ideas y su vida en Francia entre conspiradores, no podía venderse al absolutismo; pero supuso, en cambio, que el Empecinado, como más rudo, sería fácilmente seducido, y le envió un emisario, que fué un tapicero de la Casa Real, llamado Mansilla, a ofrecerle de parte del rey un millón de reales y el título de conde de Burgos si se pasaba a los realistas.

—Diga usted al rey—contestó don Juan Martín vibrando de cólera—que si él no quería la Constitución que no la hubiese jurado; el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a su juramento.

Y después de decir esto volvió la espalda al emisario.

A pesar de la barbarie y de la incultura de los cabecillas facciosos, la guerra en los campos no era tan cruel como lo fué después en la primera carlista.

Parecía que el pueblo no había tomado aún el gusto de la sangre.


II.
LOS EXTRANJEROS EN ESPAÑA

Todas las revoluciones, por ser explosión de ideas generales, tienen cierta tendencia al internacionalismo.

Ya la guerra de la Independencia, considerada fuera de España como principio de la lucha de las nacionalidades contra el Imperio, además de hacer cruzar el suelo de la Península a dos ejércitos tan numerosos para la época como el francés y el inglés, atrajo a España a una serie de extranjeros, entre los que se señalaban los O'Donnell, los Bassecourt, los Saint-Marc, los Sarsfield, y otros muchos.

En la lucha de la libertad por el absolutismo, al restaurarse la Constitución en 1820, aparecieron también en España más extranjeros que en período normal.

En las filas constitucionales se vieron figurar a españoles llamados O'Donnell, Van-Halen, Rotten, Miniussir, Merconchini...

Al lado de estos españoles figuran en esta época franceses como Cugnet de Montarlot, Vaudoncourt, Nantil, el oficial de artillería que estudiaba la defensa de Bilbao; Delon, Fabvier, que luego se distinguió en Grecia; Armando Carrel y Caron; ingleses como Roberto Wilson, e italianos como Pacchiaroti, Ansaldi, Olini, y otros.

En los dos campos, en el absolutista y en el liberal, los extranjeros fueron quizá los más exaltados.

Entre los absolutistas extranjeros, el más célebre de todos, el conde de España, se distinguió por sus extravagancias y por sus crueldades en Barcelona.

A pesar de la fama bárbara y fanática del español, no deja de ser extraño que el hombre más representativo del terrorismo clerical fuera un francés, el conde de España.

Ni Fernando VII, ni Calomarde, ni Chaperon llegaron en sus extremos a la barbarie del conde francés.

El conde de España era un terrorista de la raza de los Carrier y de los Fouquier-Thinville.

Parecido a éstos en sus instintos, se diferenciaba de ellos en que tenía una ideología tradicionalista y clerical. El conde de España era un francés que se llamaba Carlos Espagne, hijo de un marqués titulado d'Espagne, según unos; d'Espagnac, según otros, y d'Espignac, según algunos.

Fernando VII, en su decreto, al hacerle conde, decía que España era descendiente de los señores de Cominges y de Foix.

Alguien en esta época quiso enterarse y averiguó que España era un bastardo, y que su verdadero nombre era Domingo Busaraca. Busaraca había escapado de Francia más que por odio a la Revolución Francesa por ser hijo natural no reconocido.

España fué durante la Independencia un general valiente y experto; pero luego se manifestó como un perturbado. Sus crueldades de Barcelona hicieron época. La muerte suya, cosido a puñaladas y tirado a un río, fué terrible.

Otro extranjero, francés, que dejó un rastro de pasión y de inconsciencia en España, fué Jorge Bessieres, que murió fusilado por su paisano el conde de España en Molina de Aragón.

La historia de Bessieres era curiosa. En 1809, el guerrillero catalán don José Manso supo que las tropas francesas de Barcelona forrajeaban en las cercanías de Hospitalet con una escolta de treinta a cuarenta caballos e igual número de infantes. Manso, al frente de su partida, se colocó en sitio estratégico, cortó la retirada a los franceses, hizo treinta y cuatro prisioneros y se apoderó de treinta y seis caballos. Cogió, además, un furgón con sus mulas y dos caballos del general Duhesme. El furgón iba guiado por un cochero llamado Jorge Bessieres.

Bessieres, prisionero de los españoles, se ofreció a asesinar al gobernador francés de Barcelona, Mauricio Mattieu. Había sido ordenanza de un ayudante del gobernador y pensaba valerse de su condición para acercarse al general Mattieu. Bessieres intentó el asesinato, pero no lo pudo realizar.

No se sabe si a consecuencia de estos atentados o si por alguna hazaña de guerrillero, Lacy lo hizo capitán. Después de la guerra de la Independencia, Bessieres quedó retirado, se estableció en Barcelona, se casó con una mujer llamada Juana Portas y ensayó varias industrias, entre ellas una tintorería.

Bessieres intervino en las conspiraciones de Barcelona, estuvo relacionado con Lacy, y en 1820 ayudó a proclamar la Constitución. Luego, en 1821, tomó parte en un complot republicano en Barcelona, en compañía de un fraile. Condenado a muerte y preso en la ciudadela, fué indultado por el general Villacampa. Se decía que la influencia de los comuneros, entre los cuales, como se sabe, había muchos espías reaccionarios, le salvó.

Otros aseguraron que la conspiración de Bessieres iba dirigida más contra el Gobierno francés que contra el español, y que Villacampa conocía sus intenciones.

Bessieres, indultado, fué encerrado en el castillo de Figueras; de aquí huyó a Francia, y apareció poco después transformado en realista; los liberales dijeron que Bessieres se había hecho rico asesinando a su antiguo amo, que le trataba como a hijo más que como a criado; luego, cuando la reacción del 1823, se afirmó que Fernando VII estaba en relaciones con él ya desde la época de la conspiración republicana de Barcelona, y que le ascendió a general, a causa de documentos comprometedores que guardaba el ex tintorero.

Bessieres, al que algunos confundían con el general francés, duque de Istria, con quien no tenía parentesco alguno, era más que nada un atolondrado ambicioso, enloquecido por el éxito.

Nunca había sido creyente, y entre sus amigos decía que era republicano, a pesar de estar en las filas realistas. Desvalijaba las iglesias sin miedo, y en sus correrías por Castilla el año 23 bebía tranquilamente durante las comidas en el cáliz de la iglesia de Auñón, lo cual no deja de ser extraordinario, teniendo en cuenta que iba acompañado del fraile Bartolomé Talarn.

El final de Bessieres fué trágico: la Sociedad El Angel Exterminador, después del triunfo del absolutismo, puso a Bessieres en relación con el padre Cirilo y Calomarde. Estos y Fernando VII aconsejaron al revoltoso francés que se sublevara contra el predominio de los masones en el Gobierno.

La sublevación no tuvo éxito. Fernando VII, al saber su fracaso, envió, como a un perro de presa, al conde de España contra Bessieres.

Un francés contra otro francés.

La patrulla de don Saturnino Abuin, el Manco, fué la que capturó a Bessieres en Zafrilla.

Si Bessieres era hombre que cambiaba de casaca con facilidad, Abuin no lo era menos. Abuin había sido empecinado y antiempecinado, absolutista y liberal.

Abuin prendió a Bessieres y lo condujo, con sus oficiales, a presencia del conde de España a Molina de Aragón.

Bessieres, preso, se creía seguro; tenía una carta de Fernando VII, en la cual le ordenaba el alzamiento.

El conde de España trató a Bessieres como a un compañero y a un paisano; le convidó a cenar con él y estuvieron los dos hablando en catalán y en francés largo tiempo. A los postres, el conde preguntó a su comensal con gran amabilidad por qué se había sublevado, y Bessieres mostró la carta del rey.

El conde de España, tranquilamente, cogió la carta y la quemó en la llama de una bujía.

—¿Qué feu, general?—gritó Bessieres en catalán, abalanzándose al conde de España—. Qu'en perdeu.

Oui peut-étre, mais je sauve le roy—dijo el conde de España en francés, con una contestación a modo de Duguesclín.

España llamó a sus ayudantes e hizo que se llevaran a Bessieres.

Bessieres, al verse sin la carta del rey, comprendió que era hombre muerto.

Al día siguiente un Consejo de guerra sumarísimo condenaba a ser pasado por las armas al mariscal de campo don Jorge Bessieres y a sus compañeros. Pocas horas después de la ejecución, todos los papeles de Bessieres eran entregados a las llamas.

Al saber el desenlace de la aventura, el padre Cirilo, temeroso de que Fernando y Calomarde quisieran deshacerse de él, desapareció.

El conde de España fué premiado. Estas canalladas han constituído durante mucho tiempo la política.

La familia de Bessieres quedó en mala situación: su mujer acabó perturbada y alcohólica en Granada; un hijo suyo fué después a la facción carlista, y por su matrimonio tomó el título de conde de Cuba...

Un extranjero, liberal exaltado, intransigente, fué don Antonio Rotten, el suizo, amigo de Mina.

El general Rotten era anticlerical furibundo, y si hubiera podido hubiese limpiado de curas y de frailes toda España.

Su idea era que había que hacer la guerra sin cuartel. Rotten mandó saquear e incendiar San Lorenzo de Piteus, y se mostró con los absolutistas, sobre todo con la gente de iglesia, implacable.

Otro suizo, éste absolutista, que tuvo alguna importancia en la época, fué Carlos Ulman, amigo del conde de España. Los liberales decían que Ulman había sido mozo de un pastelero y que vino huyendo a España.

Ulman hizo la correría absolutista del año 23 por Castilla. Luego llegó a mariscal de campo y a gobernador de la plaza de Ceuta, donde se distinguió por su crueldad con los liberales. Cuando suponía que algún preso guardaba dinero, solía sacar el sable y pasar la punta arañando la espalda y el abdomen del preso, por si llevaba interiormente algún cinturón con dinero.

También extranjera y también absolutista fué Josefina Comerford, la amiga del Trapense.

Esta Josefina se distinguió, en la lucha constitucional, por sus ideas clericales; quizá fué la única mujer que llegó a destacarse en el campo absolutista.

No deja de ser extraño que en un país tan retrógrado como España, en donde se habían distinguido muchas mujeres en la guerra de la Independencia, no llegara a señalarse ninguna por su entusiasmo absolutista en el período constitucional. La única que se destacó fué esta Josefina, inglesa fanática y arrebatada.