Estaba Aviraneta en Madrid desde hacía tiempo presenciando con pena y con desprecio la tarea de masones y de comuneros de desacreditar la libertad y echar abajo la Constitución.
Aviraneta, que nunca había tenido entusiasmo por los masones, porque su comedia místicoarquitectónica no era de su gusto, y no quería nada con los comuneros, porque le constaba que muchos eran agentes del absolutismo, se inclinó hacia la naciente sociedad de carbonarios.
El ver la influencia que en París tenía el carbonarismo, había inclinado a Aviraneta a esta sociedad.
Siempre que podía acudía a la Fontana de Oro, a una reunión de carbonarios establecida allí; pero el carbonarismo había venido tarde a España, cuando el entusiasmo liberal estaba decayendo y no tomaba impulso.
Solamente algunos extranjeros, italianos o franceses, se presentaban en el grupo carbonario con sus tarjetas cortadas.
Aviraneta iba ya muy poco a Aranda. Había abandonado su cargo de regidor y esperaba que viniesen mejores días para volver a continuar su vida normal.
Aviraneta, a fin de olvidar las amarguras de Madrid, escribía a su madre y a Teresita.
Teresita, la hermana de Rosalía, había pasado una grave enfermedad; al saber que estaba ya mejorada y en la convalecencia, don Eugenio le envió una caja de dulces por la diligencia.
Teresita le contestó a los pocos días esta carta.
«Mi buen amigo don Eugenio. Recibí la suya, tan afectuosa, y el cajoncito de dulces, que ahora me los iré comiendo con más gusto, porque empiezo a tener apetito, gracias a Dios. La tarta estaba monísima y muy exquisita; el tarrito de la jalea y las naranjas en dulce, deliciosas. Todavía no tengo fuerzas para salir de casa; así, que he pasado el día de Santa Teresa en un sillón, y ayer no me encontré con ánimos para escribir a usted. Hoy, que estoy algo mejor, lo hago para darle las gracias por su recuerdo y su felicitación. Ruego a la Virgen para que me devuelva la salud y para que le lleve Dios a usted por buen camino y tranquilice su cabeza, que me parece sigue como una olla de grillos. ¿Por qué no ha de ser usted una buena persona? ¿Por qué andar así, de la Ceca a la Meca, pudiendo vivir tranquilo?
Su madre me indica que le diga a usted que está buena; pero que le parece muy larga la ausencia de usted del pueblo.
Aquí, en Aranda, dicen ahora que es usted carbonario o carbonero: una cosa muy negra; lo peor de lo peor... Yo no lo creo.
Muchos recuerdos de su amiga,
Teresa.»
Aviraneta celebró la carta de su amiga y la contestó otra larga y seria, hablándola de la situación política de España y de las esperanzas que guardaba de que todo se iba a arreglar. Teresita le contestó a los pocos días:
«Mi buen don Eugenio: ¡Conque todo se va a arreglar! Ya, ya. Aquí, al menos, las noticias son cada vez peores. Dicen que los realistas vienen de Aragón y que van a entrar en Madrid. En Aranda hay mucha miseria, y todo el mundo asegura que la culpa la tienen ustedes, los liberales. En los pueblos no pueden vivir. Los hombres de la familia de nuestra criada han venido de cerca de Roa, a ver si encuentran trabajo, y se quedan a dormir en la cocina y en el pajar. ¡Siete hombres grandes y fuertes como castillos y sin poder ganar una peseta! Van a concluir marchándose al campo con los realistas. Y de todo esto tienen ustedes la culpa, los liberales. ¡Qué disparates no hacen ustedes! El otro día subió al púlpito, en Santa María, un sabio capuchino, y dijo que son ustedes un hato de ignorantes, atrevidos, vanidosos y burros, que merecen un ronzal; que no saben ustedes nada de latín ni de historia, y yo creo que tiene razón. Porque, ¡cuidado que hacen ustedes tonterías! Y no los otros, sino usted, don Eugenio. Como aquí, cuando estaba usted en la Milicia de caballería, que tenía usted que pagar el caballo, el uniforme, el asistente, y muchas veces los caballos, los uniformes y los asistentes de los demás. Usted está algo trastornado, don Eugenio. Ha andado usted peleando y exponiendo su vida, y quiere seguir en la lucha, y no es usted militar, porque no tiene grado, ni sueldo, ni nada, ni nadie se acuerda de usted. ¡Parece mentira que un hombre listo sea tan tonto!
Su madre me dice que está fastidiada con los milicianos, que van todos los días a su casa a decirle que por qué no viene usted, que entre los liberales hay divisiones.
Su madre no sabe qué contestarles. Por un lado, se alegra de que usted no esté en Aranda. Si ha de seguir usted así, lo mejor será que se la lleve usted a Madrid, porque si no, aquí le van a dar un disgusto.
Su amiga,
Teresa.»
Aviraneta se había acostumbrado a esta correspondencia, y todas las semanas escribía a Teresita una larga carta y le enviaba algún regalo. Por las Navidades, y siguiendo el consejo de Teresita, acompañó a su madre a Madrid.
A principios del año 1823, Jorge Bessieres, obligado por Mina a salir de Cataluña, se dirigió a Aragón y entró en Fraga y en Mequinenza. La Regencia de Urgel le había dado el mando de esta ciudad. Organizó Bessieres en ella, en colaboración con el padre Talarn, su tropa, que ascendía a unos tres mil hombres, y se dispuso a seguir camino de Madrid.
Durante su estancia en el pueblo aragonés, sus diferencias con Adán Trujillo, el presidente de la Junta Suprema de Mequinenza, estuvieron a punto de producir choques y que ambos jefes viniesen a las manos.
Adán Trujillo mandaba a la Regencia de Urgel informes contra Bessieres; le acusaba de masón, de tener relaciones con los liberales, y de no darse prisa en la organización de sus fuerzas. La Regencia ordenó a Bessieres que saliera lo antes posible de Mequinenza y se acercara a Madrid alarmando los pueblos.
Bessieres se aproximó a Zaragoza el 4 de enero e intimó la rendición de esta ciudad el 5, intimación que fué despreciada; hizo otra tentativa inútil sobre Calatayud y comenzó a internarse en Castilla.
Bessieres no tenía en su viaje un fin claramente concebido. Pensaba llegar hasta donde pudiese; pero si la casualidad hacía que fuera de éxito en éxito y de fortuna en fortuna, entonces pensaba entrar en Madrid, apoderarse del rey y de su familia, ponerlo a la cabeza de las tropas y marchar hacia el Norte.
Fernando VII estaba enterado del proyecto y lo aprobaba.
En su marcha se incorporaron a Bessieres Carlos Ulman, que llegaba de Peñíscola con más de mil hombres y doscientos caballos, reclutados en Castellar, y Rafael Sempere.
Sempere se había levantado primeramente en Benazal con sesenta hombres, y después de varios encuentros, afortunados para él, con los liberales, su partida había crecido hasta formar una brigada.
Poco después se unieron a Sempere el comandante Prats y el carretero Ramón Chambó.
Chambó tenía una partida de cien hombres en el Maestrazgo y había sustituído al cabecilla Rambla. Sempere, con un núcleo de fuerzas importantes, tomó Segorbe, donde cogió un botín importante, y después avanzó hacia Castilla para unirse a Bessieres.
Las tropas de Bessieres, Ulman y Sempere se unieron poco después con las de Capapé y las del ex coronel Nicolás de Isidro.
En conjunto formaron una hueste de más de cinco mil infantes y de cerca de mil lanceros.
El Gobierno destinó a la persecución de estas fuerzas a los generales don Manuel de Velasco, Carondelet y el Empecinado.
Cerca de Calatayud, Carondelet salió al encuentro de los facciosos, los atacó, y los rebeldes se retiraron, dejando unos cuarenta rezagados prisioneros.
El 11 de enero, Antonio Martín, capitán de caballería, hermano del Empecinado, volvió a atacar a la retaguardia de Bessieres, que se hallaba en las proximidades de Molina de Aragón, y le hizo algunos muertos y setenta y dos prisioneros.
A pesar de estos ligeros tropiezos, Bessieres iba avanzando hacia Madrid, cobraba contribuciones, requisaba ganado lanar y caballería para su tropa.
Del 16 al 17, Bessieres estaba en Medina Cœli y pedía al Ayuntamiento de Sigüenza que quitara de la plaza la lápida de la Constitución, símbolo de irreligión y de licenciosidad, según decía el antiguo republicano.
Al saber que los facciosos se hallaban ya en Medina Cœli y avanzaban hacia Guadalajara, el pánico en Madrid fué terrible. Se sabía que estaban reunidas las fuerzas de Bessieres, Ulman, Capapé, Chambó y el ex coronel Nicolás de Isidro. Tales datos hacían creer a la gente en contra del Gobierno, que aseguraba no llegar el número de los facciosos más que a tres o cuatro mil; que éstos ascendían al doble o quizá al triple.
El peligro era grande; la guarnición de Madrid, exigua, no bastaba para defender la ciudad; se sentía la ramificación reaccionaria con el movimiento de Bessieres que llegaba a Palacio, y se veía que algunos políticos influyentes colaboraban en el movimiento absolutista, paralizando en lo posible la acción del Gobierno.
La Milicia voluntaria de Madrid pidió a las Cortes, como favor especial, pues la disposición de la ley no le autorizaba a hacer este servicio fuera de la provincia, que se le permitiera marchar contra los facciosos. La petición se aprobó por unanimidad y se designaron los batallones 20, 22 y 24, por ser los menos incompletos, para que salieran a luchar. En Madrid se preparó una columna de dos mil hombres de infantería, quinientos caballos del regimiento de Alcántara y cinco piezas de artillería. Esta columna estaba mandada por don Demetrio O'Daly, comandante general de Castilla la Nueva y uno de los militares sublevados en Cabezas de San Juan, portorriqueño, de origen irlandés, muy católico y franc-masón.
El 16 de enero había salido de la corte O'Daly con sus fuerzas. Palarea, mientrastanto, tomaba medidas para la defensa de Madrid.
El día 20 de enero, Aviraneta presenciaba en la calle de Alcalá la partida de cuatro compañías de milicianos que marchaban a Guadalajara. Juntas con ellas iban partidas sueltas, a las órdenes de varios jefes populares, entre ellos Beltrán de Lis, que pensaban unirse a las fuerzas del Empecinado.
El Ayuntamiento de Madrid reunió todas las diligencias, tartanas, calesas y calesines que pudo encontrar para el transporte de los nacionales. El espectáculo era de lo más desordenado y lamentable; la gente del pueblo, la mayoría deseosa de que derrotasen a los milicianos, les dirigía bromas y burlas. Los milicianos se agitaban en la mayor confusión. Hablaban, reñían, disputaban en corrillos, sacaban a relucir antiguos resquemores, y la ancha calle de Alcalá, ocupada por la masa de público y por los milicianos discutidores y chillones, era como el símbolo de la sociedad y de la Revolución española.
Comenzaban a marchar las primeras calesas con los milicianos calle abajo, cuando un mozo de la Fontana de Oro se acercó a Aviraneta:
—¿Qué pasa?—preguntó don Eugenio.
—En el café hay dos lanceros que le andan buscando.
Estos lanceros traían una carta del Empecinado. Aviraneta abrió la carta. Don Juan Martín le decía que necesitaba de él; que le nombraba secretario de campaña y ayudante de campo; que pidiera un caballo en el Ministerio de la Guerra, y que saliese inmediatamente para Torija.
Aviraneta pidió el caballo, y poco después, entre los dos lanceros, pasaba por la Puerta de Alcalá, alcanzaba a los milicianos y seguía adelante.
Salieron Aviraneta y los dos lanceros de Madrid, y, poniendo sus caballos al trote corto, se dirigieron, por la carretera de Alcalá, hacia las Ventas del Espíritu Santo. Pasaron las Ventas y avanzaron hacia Canillejas. Había dejado de llover un poco; el cielo seguía negruzco y amoratado; los campos, llenos de agua; un viento furioso retorcía los pocos arbolillos raquíticos del camino.
A veces, el avanzar constituía una verdadera lucha. A otro que no hubiera sido Aviraneta le hubiera dado una impresión melancólica aquellas llanuras tristes, monótonas, debajo del cielo tormentoso, morado y negruzco, con resplandores de cobre. Sólo algunos rebaños de ovejas blancas y negras, seguidos de los pastores, cubiertos de largas capas, se veían recorrer los campos.
Un poco antes de pasar por el puente de San Fernando arreció tanto la lluvia, que Aviraneta y sus acompañantes, desviándose del camino, se acercaron a una casa terrera para cobijarse en ella. Había dentro un hombre, un pastor, con quien Aviraneta entró en conversación. No sabía quiénes eran los realistas, ni los constitucionales, ni si estaban lejos o cerca.
Cuando amainó la lluvia don Eugenio y los lanceros volvieron a salir y a ponerse en marcha. Por el camino pasaban galeras de seis o siete mulas con la cabeza baja.
Al anochecer comenzó a cambiar un poco el tiempo y el paisaje; se destacaron unas colinas peladas en el horizonte y poco después apareció la silueta de Alcalá.
Se despidió Aviraneta de los lanceros, se fué a una posada y, por la mañana, en compañía de otros dos soldados, y montado en un caballo nuevo, se puso en marcha.
Abandonaron Alcalá, cuyas iglesias de ladrillo, con sus torres puntiagudas de tejados plomizos, brillaron ante un rayo de sol pálido que salió entre nubes, y tomaron los tres el camino de Aragón.
Al mediodía comenzó a llover; comieron por la tarde en Guadalajara, y Aviraneta siguió el camino hasta Torija, en donde entró calado hasta los huesos.
—Es un buen comienzo de expedición—murmuraba entre dientes.
Aviraneta se presentó en la casa donde estaba el Empecinado, y se le trajo, por orden del general, un jergón y una manta para aquella noche.
El Empecinado se manifestaba furioso contra el Gobierno y el ministro. Don Juan Martín había advertido desde Sigüenza que no tenía fuerzas bastantes para luchar con Bessieres, y el ministro, como si nada le importase que derrotaran al Empecinado, insistió en que atacase.
Entonces don Juan Martín, sin hacer caso de las órdenes del ministro, esquivando un encuentro que hubiera sido desastroso, se presentó en Torija a esperar refuerzos. Lo mismo había hecho el general Velasco en Aragón para no ser derrotado estúpidamente.
Al levantarse Aviraneta comenzó sus trabajos. No tenía el Empecinado arriba de cuatrocientos hombres.
Estos se hallaban descalzos, faltos de camisa, devorados por parásitos: en una verdadera miseria.
El Empecinado había pedido efectos a Madrid, y los estaba esperando.
El 21 llegaron algunos milicianos de la corte y las partidas sueltas que iban a unirse con el Empecinado. Con estas tropas vinieron carros con ropas y municiones.
La gente del Empecinado mejoró pronto de aspecto.
Los soldados que enviaba Madrid no eran de toda confianza: abundaban los majos y manolos, los estudiantes calaveras y otros tipos maleantes, a los cuales no era fácil imponer con rapidez la disciplina necesaria.
Aviraneta y el Empecinado discutieron qué sería mejor, si mezclar los unos con los otros o formar compañías aparte.
Por fin se decidieron por esto último. Buscaban el que cada grupo tuviera responsabilidad clara en lo que hiciese...
Desgraciadamente, el tiempo estaba malo; la lluvia representaba mucha fatiga y molestia para soldados bisoños. No había alojamientos. Pasaron los del Empecinado y las partidas madrileñas un día en Torija mal que bien, y el 22 llegaron más compañías de los batallones de Trujillo, Cuenca, Mallorca, milicianos de Madrid y caballería de Calatrava.
En conjunto se habían reunido unos dos mil hombres y trescientos caballos. La fuerza era heterogénea y difícil de mandar. No se cabía en el pueblo.
Las órdenes del Gobierno fueron confusas y contradictorias. El día 22, entre dos y tres de la mañana, se ordenó al Empecinado fuera a Guadalajara con sus tropas, adonde llegaron con una gran nevada. El día 24, a las cinco de la mañana, con un tiempo horrible de deshielo y de lluvia, se tomó el camino de Aldeanueva. Se descansó una hora y media en esta aldea y se siguió a Caspueñas recibiendo aguaceros. A las dos de la tarde se llegó delante del pueblo. Se dispuso que las guerrillas estuvieran a la vista de las tropas. Ya frente a Caspueñas se recibió nueva orden de dejar este pueblo y avanzar hacia Brihuega, por el camino de herradura de Valdesaz, y esperar allí en los altos a O'Daly.
Seguía lloviendo de una manera terrible; el cielo, negruzco, amoratado, vomitaba el agua a torrentes; toda la tropa estaba mojada hasta los huesos, y los soldados llevaban el fusil debajo del capote para conservarlo útil en un momento dado.
Al acercarse a Caspueñas, el Empecinado se encontró con el pueblo ocupado por las fuerzas del cabecilla Ulman, en número de mil quinientos hombres. No se habían dado cuenta los facciosos de la llegada de las tropas del Gobierno por la niebla y el mal tiempo.
¿Qué se iba a hacer?
Don Juan Martín consultó con sus oficiales, y todos estuvieron de acuerdo en considerar imprudente el dejar un pueblo con tanta tropa enemiga a la espalda. Se decidió atacar.
El Empecinado hizo que sus fuerzas de infantería, en guerrillas muy abiertas, se acercaran a Caspueñas sin disparar. Se reunió en seguida un pequeño escuadrón de unos doscientos hombres con soldados del regimiento de Calatrava, nacionales de Madrid y patriotas oficiales de la guerra de la Independencia, y se les dió orden de avanzar.
Se puso al frente el Empecinado y a su lado Aviraneta, y el escuadrón marchó al trote, acercándose al pueblo. Al llegar a él, don Juan Martín mandó cargar, y al galope se entró en la primera calle. Las guerrillas constitucionales comenzaron el fuego contra los realistas, que salieron a defender la entrada de la aldea. Algunos grupos quisieron detener la marcha del escuadrón; pero éste, arrollando todo a su paso, acuchillando a derecha e izquierda, hizo poner en fuga a los absolutistas, dejando en el campo treinta y seis muertos, y en poder del Empecinado, la música, los equipajes y noventa y siete prisioneros.
El mismo Ulman quedó herido y tuvo que huír a la desesperada con su gente.
Después de ocupado Caspueñas y de batir a los facciosos, se tomó el camino de herradura de Valdesaz, y de Valdesaz se dirigieron las tropas a Brihuega. Aquella jornada fué otra senda de martirio. La tarde estaba horrible; caía el agua a torrentes. El camino, lleno de barro, se ponía resbaladizo. El terreno era monte bajo, quemado para hacer carbón.
Obscureció en seguida y se siguió marchando hasta llegar sobre Brihuega a las nueve de la noche, sin haber descansado un momento.
En las alturas que dominan el pueblo formaron en orden de batalla los batallones que constituían la división y comenzaron a extenderse las guerrillas. El Empecinado ordenó el ataque. Una patrulla enemiga apareció por un camino y comenzó a tirotearse con los liberales. El Empecinado, mandó a don Francisco Van-Halen que, con doscientos infantes y treinta caballos, la contuviera. Se esperaba a O'Daly, y O'Daly no venía. El Empecinado no sabía que mientras él ocupaba con éxito Caspueñas, O'Daly había sido batido y rechazado en Brihuega.
La situación era mala: seguía lloviendo; la mayoría de los fusiles estaban mojados y no se podía disparar.
El Empecinado, que siempre quería salir de sus apuros a fuerza de valor, mandó a uno de los batallones de milicianos de Madrid que formara en columna cerrada, y, a paso de carga, por un camino muy pendiente, se dirigiera al pueblo.
Él pensaba atacarlo por el lado contrario. El batallón de milicianos llegó cerca de Brihuega; pero fué recibido por los facciosos, que, parapetados y en la obscuridad, le hicieron continuas descargas.
Aviraneta, con una patrulla, se acercó al río Tajuña, a atravesarlo por un puente, cuando se le acercaron varios fugitivos de la división de O'Daly, que le contaron el desastre sufrido por ellos. Aviraneta corrió a dar cuenta del suceso al Empecinado y se decidió la retirada. Se recogieron los fugitivos de las tropas batidas por la tarde, se recobraron dos piezas pequeñas de artillería de las abandonadas por O'Daly y se dió la orden de marcha. El grueso de la fuerza tomó por el camino de Valdeavellano y el teniente coronel Van-Halen por Atanzón. Con barro hasta la rodilla, sin comer y sin descanso, muertos de frío, mojados, a la una de la noche, después de diez y ocho horas de marcha, llegaron Aviraneta y el Empecinado a Valdeavellano, donde se tendieron como pudieron en un pajar. Al día siguiente, las fuerzas del Empecinado volvían a Guadalajara, y don Francisco Bringas, oficial de la Milicia Nacional voluntaria de caballería, llevaba setenta y dos prisioneros, que entregó en Madrid, de los noventa y siete hechos por el Empecinado en Caspueñas.
Don Demetrio O'Daly era el comandante general de Castilla la Nueva. El Gobierno, al saber el avance de Bessieres, le encomendó la tarea de batir a los realistas, operando en combinación con las fuerzas del Empecinado.
O'Daly participaba del odio de los militares de carrera por los guerrilleros y del desprecio de los masones por los individuos afiliados a la Comunería. Además de esto, O'Daly, como todos los criollos, se creía aristócrata. No era extraño que no quisiera ponerse en relación con el Empecinado, guerrillero, comunero y plebeyo. Las fuerzas con que contaba O'Daly no eran bastantes para batir a los realistas; pero O'Daly quería a todo trance atacar solo con sus tropas.
La noticia de que Ulman se había separado del grueso de los realistas y marchado a Caspueñas, y de que Bessieres, en compañía del ex franciscano Talarn, no tenía mas que unos dos mil hombres cerca de Brihuega, alentó a O'Daly a marchar solo contra los facciosos.
El día 24, por la mañana, sin avisar al Empecinado, salió con su columna en marcha hacia Brihuega.
El avance fué difícil y penoso por las lluvias y el barro del camino.
Al mediodía la columna de O'Daly se encontró a la vista de los facciosos.
Estaban los realistas en los cerros, escalonados en trincheras, en número de unos dos mil, y en la orilla del Tajuña tenían unos mil hombres con quinientos caballos.
O'Daly dispuso un movimiento de flanco con objeto de envolverlos, y mandó avanzar al regimiento de milicia activa de Bujalance y a las compañías de Guadalajara.
A unos y a otros, al entrar en fuego, se les vió sin ánimos, sin más deseo que hacer como que cumplían.
Los absolutistas, que estaban a orillas del río, se dieron cuenta en seguida de lo que pasaba; cruzaron el puente sobre el Tajuña, a las órdenes del fraile Talarn, avanzaron con rapidez a la bayoneta, y los milicianos y voluntarios de O'Daly, volviendo la espalda, tiraron los fusiles y echaron a correr. Al ver esto, la caballería facciosa salió en persecución de los fugitivos. La infantería realista, saltando de sus trincheras, corrió a envolver al enemigo, se extendió en anfiteatro e hizo un copo de las tropas constitucionales. Estas se entregaron a discreción, y los realistas cogieron prisioneros a un brigadier, a siete jefes, veintisiete oficiales, mil doscientos soldados con sus fusiles, y cinco piezas de artillería con sus carros de municiones.
No quedaron todas las fuerzas de O'Daly prisioneras, porque a media tarde un escuadrón del regimiento de Alcántara, mandado por el coronel Pintado, dió una carga contra los facciosos, rompió el cerco y salió de él. En la carga cayeron heridos a lanzadas Talarn y varios oficiales de Bessieres.
Se hizo de noche y las fuerzas derrotadas pudieron retirarse a Caracena.
A pesar de que O'Daly tenía medios de comunicar lo ocurrido al Empecinado, no lo hizo por despecho, y éste, después de batirse en Caspueñas, se presentaba a las nueve de la noche en Brihuega, pretendiendo entrar en la villa.
Los realistas, desde las fortificaciones, se defendieron y destacaron una columna exploradora, pero no se atrevieron a salir y aceptar la batalla, quizá pensando que la fuerza que les atacaba era mayor.
La noticia de la derrota de Brihuega hizo un efecto desastroso en Madrid. Los masones dijeron que la culpa había sido del Empecinado por no haber secundado a O'Daly; los comuneros, que era de O'Daly, por no haber avisado al Empecinado.
O'Daly había sido culpable; su vanidad, su deseo de vencer solo, ocasionó aquella derrota, que contribuyó a desmoralizar a los liberales.
Después de la derrota de Brihuega, el Gobierno tuvo que echar mano de todos sus recursos; nombró capitán general de Castilla la Nueva a don Francisco Ballesteros; gobernador militar de Madrid, a Zarco del Valle, y concluyó de organizar una fuerza de tres mil hombres de infantería y cuatrocientos caballos, que puso a las órdenes de otro prestigio, el general don Enrique O'Donnell, conde de Labisbal.
Los realistas, por su parte, no se durmieron; la misma noche del triunfo de Brihuega, Bessieres hizo ingresar en sus filas algunos de los prisioneros constitucionales, y a los demás los soltó.
Al día siguiente del encuentro, por la mañana, Bessieres y el ex coronel de ejército, don Nicolás de Isidro, con un pelotón de lanceros, salieron de Brihuega; llegaron a Horche, donde se reunieron con unos doscientos infantes, y juntos se acercaron a Guadalajara y entraron hasta el palacio del Infantado. Intimaron su rendición, que no fué atendida por el gobernador civil, que estaba en el palacio, y siguieron adelante hasta ocupar el pueblo.
Al mediodía, el gobernador pudo mandar aviso al batallón de Bujalance, que se encontraba fuera de la ciudad, de que Bessieres había entrado en Guadalajara con pocos hombres.
Las tropas de Bessieres y de Isidro se posesionaron del pueblo; pero al anochecer, temiendo un ataque, se retiraron hacia el puente. El momento y la obscuridad lo aprovecharon los del batallón de Bujalance para entrar en Guadalajara y distribuír fuerzas en el palacio del Infantado y en algunos otros puntos estratégicos.
El mismo día de la entrada de Bessieres y de Isidro llegaba O'Donnell a Alcalá de Henares, y saliendo inmediatamente, ocupaba el 26 Guadalajara.
Se habían reunido en esta ciudad tropas de Labisbal, de O'Daly, de Velasco y del Empecinado. En conjunto, cerca de ocho mil hombres.
Labisbal, al llegar, llamó al Empecinado, con quien tuvo una larga entrevista acerca de lo ocurrido en Brihuega; después avisó a O'Daly, y a los dos juntos les dijo:
—Ha sido una mala inteligencia la que ha producido el tropiezo de Brihuega. No creo que ninguno de ustedes tendrá inconveniente en servir a mis órdenes.
—Yo, por mi parte, no—dijo el Empecinado.
—Ni yo tampoco—añadió O'Daly.
—Pues entonces prepárense ustedes. Ahora mismo vamos a desalojar a los enemigos del puente de Guadalajara y a dispersarlos.
El Empecinado contó a Aviraneta lo ocurrido, y se dieron las órdenes para el ataque.
Llovía de una manera desastrosa. Guadalajara, que es de por sí un lugarón pobre, envuelto en aquel continuo chubasco parecía más mísero y triste.
Bessieres, con sus hombres, se había atrincherado en el puente sobre el Henares y en algunas casas inmediatas.
Se reunieron en la plaza, delante del palacio del Infantado, unos trescientos hombres, cien caballos y dos piezas de artillería. Labisbal dispuso que se tomaran posiciones en la cabeza del puente que da a la ciudad. Lo hicieron así, y comenzó el tiroteo.
Al cabo de media hora se ordenó que se colocaran dos piezas de artillería a orillas del río, cerca de unas colinas terrosas y amarillentas, a las que va desmoronando el Henares en sus crecidas.
Tras de una hora de fuego de fusil y de cañón, O'Donnell dispuso que una compañía desplegada en guerrilla avanzara por el puente.
Bessieres estaba fortificado en un molino y en dos o tres casas de la otra orilla, y había mandado construír un parapeto de un lado a otro del puente, uniendo los dos baluartes en el ángulo saliente que tiene en medio.
El Henares venía ancho, crecido, turbio, de color de ocre. No era posible atravesarlo por ningún vado. Al entrar la columna en el puente, comenzó un fuego muy vivo. Los dos cañones disparaban simultáneamente y destrozaron una casa baja de ladrillo, desde donde los realistas tiroteaban por las ventanas.
Los soldados constitucionales avanzaron hasta el centro del puente, y antes de que se entablara la lucha cuerpo a cuerpo, los realistas retrocedieron. Pronto se dieron cuenta los liberales que los de Bessieres no se defendían con valor, y notando la debilidad del adversario hicieron un esfuerzo y desalojaron de las casas y del molino a los realistas, donde se habían guarecido.
Cuando se pasó a la orilla opuesta, se vió que los realistas se retiraban rápidamente. El triunfo de Brihuega quedaba algo contrarrestado, y Bessieres y los suyos no se atrevieron a seguir camino de Madrid.
Se puso una compañía vigilando el puente, y Labisbal y el Empecinado volvieron a Guadalajara.
Seguía lloviendo. Aviraneta se fué a la posada de los Mandambriles, donde había varios oficiales que estaban jugando al monte. Uno de ellos, oficial de O'Daly, le dijo que Labisbal se inclinaba a defender a O'Daly y a echar la culpa al Empecinado por lo de Brihuega.
—No me choca nada—dijo Aviraneta—. Son los dos de origen irlandés. Se las echan de aristócratas, y tienen el odio de todos los militares de escuela por los guerrilleros.
—Eso no es cierto—dijo el militar.
—Sí lo es. ¡Bah! ¡Ya lo creo!
—Tienen mucha vanidad estos guerrilleros.
—Hombre, nosotros no tenemos la culpa de que ganáramos acciones mientras el ejército español perdía batallas.
—Eso es un insulto.
—No; únicamente es un hecho.
La discusión hubiera tenido malas consecuencias, si no la hubiese interrumpido la entrada de otros oficiales.
Don Enrique O'Donnell era hombre de una perpetua doblez, histrión inconsciente que jugaba siempre con dos barajas. Aviraneta sabía que había estado comprometido en varias conspiraciones militares, principalmente en la de Richart y la de Lacy.
Se aseguraba que entre los papeles cogidos a los insurrectos de Barcelona, cuando lo de Lacy, se habían encontrado monedas acuñadas, en cuyo reverso se leía: «Enrique I, cónsul de la República española».
La conducta de O'Donnell en el Palmar y después en Ocaña reveló el fondo de inconsciencia y deslealtad de su alma.
Al comienzo del año 23 se decía que O'Donnell tenía relaciones con los absolutistas, aunque otros opinaban que sus simpatías estaban por los constitucionales moderados o del Anillo.
Desde su reunión en Guadalajara, O'Donnell buscaba las ocasiones de que O'Daly se rehabilitara; en cambio, no llamaba al Empecinado cuando pudiera lucirse.
O'Daly, que era falso, como buen criollo, e hipócrita, como hombre iglesiero, trabajó para desacreditar al Empecinado.
Don Juan Martín, que tenía mucho amor propio, buscó la forma de operar solo, ayudando al grueso de la división.
El 29 de enero, Aviraneta y él, con ochenta caballos, pasaron el Tajo a nado a media noche. Fueron flanqueando al enemigo, y a las dos de la mañana lo sorprendieron en la villa de Sacedón. Iba la pequeña partida en dos patrullas: en la primera marchaban el Empecinado y Aviraneta; la segunda la mandaba Antonio Martín y Francisco Van-Halen. Al llegar a las puertas de Sacedón picó el Empecinado las espuelas, y arrollando a los guardias, pasó adentro. Los realistas tenían una posición fuerte; pero creyéndose rodeados, la abandonaron y se dieron a la fuga.
Con aquella maniobra se facilitó el paso del puente fortificado sobre el Tajo a las fuerzas de O'Donnell, que entraron en Sacedón el día 30.
Por la mañana de este día se recogió la lápida de la Constitución derribada y se volvió a ponerla en el Ayuntamiento.
Los oficiales de Estado Mayor interinos don Carlos Peman, don Ramón Collantes y Aviraneta, hicieron formar una compañía delante del Ayuntamiento. Collantes arengó a las tropas, y después Peman se adelantó, y, quitándose el morrión, gritó:
—¡Soldados! ¡Libertad o muerte! ¡Viva España! ¡Viva la Constitución!
Un coro de aclamaciones frenéticas le contestó.
Se hicieron tres descargas, y la tropa marchó a su alojamiento.
Este acto, al parecer, no fué muy del agrado del general en jefe. Todos sabían que don Enrique O'Donnell, conde de Labisbal, no tenía gran entusiasmo por la Constitución de Cádiz.
Ocupado Sacedón, los constitucionales se dispusieron a seguir persiguiendo al enemigo. Se había desencadenado un temporal horroroso.
El Tajo, en Sacedón, venía imponente, arrastrando tierra y troncos de árboles. El camino de Auñón estaba inundado.
El Empecinado y Aviraneta exploraron los alrededores de Sacedón, y tuvieron una escaramuza en la Puerta del Infierno.
El 4 de febrero O'Donnell estableció su cuartel general en Bellisca, y el 9 tuvo que detenerse en Garcinarro. El temporal había puesto los caminos imposibles.
Mientras que las fuerzas de O'Donnell estaban en Bellisca y por los alrededores de Alcázar y Loranca, Bessieres ocupaba Huete y lo iba fortificando. Huete era pueblo de recursos. Quedaban todavía allí muchos lienzos y cubos de muralla útiles, algunos conventos y casas de gruesas paredes, y se podía hacer una buena defensa, teniendo como tenía el caudillo realista cerca de cinco mil hombres, cuatro piezas de artillería y quinientos caballos.
Al acercarse los constitucionales a Huete, Bessieres, desde las murallas y desde el cerro del Canillo, los recibió con descargas de metralla y de fusilería desde sus trincheras. Esto, unido al temporal, obligó a los constitucionales a paralizar las operaciones y a limitarse a hacer reconocimientos.
El mismo día en que se llegó cerca de Huete se incorporó a las fuerzas de Labisbal el regimiento de Calatrava, que venía de Cuenca.
Aviraneta y el Empecinado se instalaron en un ventorro entre Buendía y Huete. Por la noche estaba Aviraneta en el ventorro cuando un pastorcillo se le acercó y le dijo:
—¿Es usted don Eugenio?
—Sí.
—¿El amigo del señor Empecinado?
—Sí.
—Pues tome usted esta carta.
Aviraneta cogió la carta, la abrió y la leyó. Decía:
«Amigo Aviraneta: Esta noche, a las nueve, si quiere usted, avance usted hacia el pueblo por la carretera. Le saldrá a recibir un sobrino mío con una escolta, que le traerá aquí y hablaremos.
Jorge Bessieres».
Aviraneta, algo sorprendido, iba a preguntar al chico quién le había dado la carta; pero el pastorcillo había desaparecido.
Aviraneta enseñó la carta al Empecinado.
—Bueno, vete a ver qué quiere—dijo éste.
Aviraneta esperó a que se hiciera de noche, y después de cenar avanzó por la carretera.
Pasó la línea de centinelas y se detuvo.
Al poco rato se acercó una patrulla de jinetes:
—¡Aviraneta!—gritó una voz.
—Soy yo.
Era el sobrino de Bessieres y lugarteniente suyo, llamado Portas.
Marcharon todos al trote largo hasta llegar a una casa de la carretera. En un cuartucho se hallaba Bessieres con el francés Delpetre, que después en la guerra carlista anduvo con Merino. Estaba también el fraile Talarn, que tenía un brazo vendado. Bessieres era un hombre fuerte, moreno, de buena figura, con ese rictus sardónico de los mediterráneos acostumbrados a lo que ellos llaman la railla. Tenía una mirada de suspicacia y un gesto, al hablar, de exaltado y de matón. Era éste catalán, hombre turbio, atrevido, audaz, que iba viviendo y avanzando entre dos paralelas: la muerte en el patíbulo, por un lado, y la gloria y el poder por otro. Bessieres era un hombre intrépido, que despreciaba a los demás y amaba el éxito y el dinero.
Sabía disimular su capacidad y su inteligencia con formas bruscas y brutales; hablaba una jerga medio catalana, medio francesa, medio española, y la adornaba con toda clase de juramentos, blasfemias y exclamaciones.
Bessieres recibió amablemente a Aviraneta.
—Ahora, cuando nos quedemos solos, hablaremos.
Era una indirecta bien clara a los que estaban allí para que se marchasen; pero Delpetre y Talarn no parecieron entenderla.
Bessieres, de pronto, se incomodó y dijo a estos dos:
—Perdonen ustedes; tengo que hablar con este señor.
Delpetre salió; pero el fraile Talarn no lo hizo; se entretuvo en atar de nuevo el pañuelo en donde apoyaba el brazo en cabestrillo, con una gran lentitud.
Cuando terminó, se marchó dando un portazo:
—Cochino frare—dijo Bessieres—. Algún día le voy a cortar las orejas.
Cuando quedaron solos Bessieres, Portas y Aviraneta en el cuarto, el francés pareció estar más tranquilo.
Bessieres quería sonsacar a Aviraneta, preguntarle el efecto que había hecho en Madrid la derrota de Brihuega. Aviraneta contestó con ambigüedades.
Bessieres habló largo rato. Había en el aventurero francés el fondo resbaladizo del que cambia de nacionalidad y de principios. Como hombre voluble y traidor, tenía muchos rencores y animosidades. Sentía por los franceses un gran odio: había peleado como guerrillero contra ellos; abominaba de los aristócratas realistas españoles, por haber sido obrero e industrial; despreciaba a los curas y frailes con quienes convivía, y guardaba por los liberales moderados la hostilidad del republicano.
Bessieres era un hombre anárquico, un demagogo que podía tomar cualquier actitud política; pero que siempre había de sentirse rebelde.
Para él el orden, la jerarquía, la disciplina, no podían tener valor.
—¿Qué dicen en Madrid de mí?—preguntó Bessieres.
Aviraneta le contestó que los realistas y los frailes estaban muy contentos con él; que los liberales y carbonarios decían que era traidor.
—¡Yo traidor!—exclamó Bessieres—. Yo soy más republicano que Robespierre; sí, diga «ustet» en «Madrit» que si desenmascaran a los traidores como Ballesteros y Labisbal, si echan a esos lladres a patadas, yo, yo, Jorge Bessieres—y se dió fuertes puñetazos en el pecho—, iré a sacrificarme por la llibertat.
Aviraneta estaba un poco sorprendido. La mirada de Bessieres le daba la impresión de que se las había con un truchimán listo; la voz y el gesto eran de un exaltado o de un loco.
Bessieres añadió que los españoles tenían que unirse para combatir a los franceses, si éstos intentaban entrar en España.
—¿Es un cuco o es un loco?—pensó Aviraneta.
De pronto, Bessieres llamó a su lugarteniente:
—¡Eh, tú, noy!
—¿Qué?—preguntó Portas.
—Los copones—indicó Bessieres.
Portas abrió una maleta y sacó unos magníficos cálices de oro. Bessieres puso uno delante de Aviraneta y otro delante de él.
—Echa vino, tú—dijo Bessieres.
Portas sacó una botella y llenó de vino los vasos.
—Tenemos una buena vajilla—dijo riendo sarcásticamente el francés—. Este—y tomó un cáliz—lo cogimos en Auñón; el otro es de aquí, de Huete. Si ese asqueroso fraile lo supiera, me denunciaría... Lo tengo que matar. Beba usted.
Aviraneta temió un momento que el vino estuviera preparado; examinó los dos cálices, y por si acaso bebió en el que había puesto Portas delante de Bessieres.
Bessieres bebió en el otro.
—Usted es un hombre consecuente, Aviraneta—dijo Bessieres—; usted es un lliberal. ¿Con que esos lladres de Madrit disen que yo he hecho la porcá de haserme absolutista? Ya verán lo que ha de hacer Bessieres. Usted ha de ver, Aviraneta, la sorpresa que voy a dar yo.
Bessieres estaba dispuesto a seguir bebiendo; quería, quizá, emborrachar a su huésped; pero Aviraneta le advirtió que tenía que volver al campamento. Bessieres quedó displicente y murmuró:
—Bueno, bueno. ¡Adiós! Aun nos tenemos que entender.
—Si usted se pasa a nuestro campo, al momento—contestó Aviraneta.
—¿Me reconocerían los grados?
—No sé, yo creo que sí.
Bessieres alargó la mano y Aviraneta se la estrechó.
Portas acompañó a Aviraneta hasta doscientos pasos de los centinelas constitucionales.
Al día siguiente, por la noche, Bessieres abandonaba Huete, clavando antes la artillería. De Huete se dirigió por la villa de Peraleja hacia las sierras de Priego, cruzó la provincia de Cuenca y apareció en Poveda de la Sierra.
El ejército constitucional se destacó en su persecución, y en Almonacid se prendió a algunos rezagados, entre ellos a Pepa Garzón, la mujer de Joaquín Capapé, mujer guapetona y de buen trapío.
El día 15 de febrero los constitucionales llegaron al Puente de Priego, encontrándolo tan bien fortificado que no pudieron forzarlo.
Aviraneta habló a unos pastores, indicándoles que si le enseñaban un vado próximo les daría lo que le pidiesen. Uno de los pastores se presentó a la noche diciendo que él le conduciría si le daba cinco duros.
Se le dieron, y a las tres de la mañana del día siguiente, completamente a obscuras, atravesaron el río Aviraneta, el Empecinado y Van-Halen, cuatro o cinco caballos y cincuenta infantes. Esta pequeña fuerza marchó paralelamente al río, se acercó al Puente de Priego y comenzó el fuego.
Los facciosos se creyeron cortados por la división completa del Empecinado, y abandonando sus trincheras del puente se retiraron en dispersión.
Esta ocurrencia produjo la desmoralización de los realistas, que comenzaron a dividirse en partidas. Bessieres, con la suya, intentó penetrar en Cuenca, y rechazado marchó hacia Sigüenza y luego a Aragón; Chambó se dirigió al Maestrazgo, y Ulman y Capapé, camino de Valencia.
La persecución no fué del todo activa. Al llegar los realistas al Tajo en Poveda se hundió el puente y parte de la retaguardia no pudo pasar.
El fraile Talarn, con más de quinientos hombres, tuvo que dirigirse a Peralejo de las Truchas, y atravesó el río por allí sin que nadie le saliera al encuentro.
Así como entre los liberales se habló de traición a raíz de la derrota de Brihuega, se habló de traición entre los absolutistas después de la retirada de Huete.
La Junta de Mequinenza ordenó a Bessieres que fuera de nuevo a Madrid, y como el francés no hiciera caso, Adán Trujillo, que se titulaba gobernador de Mequinenza, lo acusó de traidor y publicó un bando en el que ofrecía dos mil duros por la cabeza de Bessieres, a quien llamaba masón y republicano.
El 21 de febrero el Empecinado entró en Sigüenza. Se decía que Capapé, con mil infantes y cien caballos, estaba en las proximidades del pueblo deseando entregarse; pero no resultó la noticia cierta. También se aseguraba que Bessieres había reñido con sus oficiales y que, separándose de la columna, quería abandonar las filas realistas.
El Empecinado continuó la persecución de las partidas; llegó el 24 de febrero, al anochecer, al Burgo de Osma, donde entró con Aviraneta y cuatro soldados. Se siguió avanzando por Soria y la serranía de Yanguas hasta cerca de Agreda, en cuyas inmediaciones el enemigo se dispersó en pequeños grupos.
Desde Agreda, el Empecinado y Aviraneta volvieron a Sigüenza, y de aquí marcharon a Aranda, en donde estuvieron un día.
Al llegar a Aranda Aviraneta dejó al Empecinado en compañía de Moreno, su administrador, que vivía en la plaza del Trigo, y él se fué a hacer algunas diligencias.
Contrató con un arriero el porte de los muebles que quería llevar a Madrid, y al atardecer, embozado en la capa, para que nadie le conociera, se acercó a la Casa de la Muerta.
Una turba de chiquillos había tomado posesión de la encrucijada donde se hallaba la casa, y jugaban allí; habían pintado en las paredes letreros y figuras con yeso y amontonado delante tierra y arena.
Cuando llegó Aviraneta dos chicos tiraban piedras a una ventana, y una mozuela con una criatura en brazos daba golpes con el aldabón.
Aviraneta esperó a que obscureciera y que se fueran los chiquillos. Entonces se acercó a la puerta, abrió el postigo y entró en el zaguán. Encendió una vela y subió al primer piso.
Los chicos, y quizá también la gente de la vecindad, habían roto los cristales a pedradas. La casa estaba fría e inhospitalaria.
Aviraneta recogió algunos papeles que tenía allá y llenó un cestillo de cubiertos y objetos de plata. Hecho esto bajó al zaguán, buscó entre un manojo de llaves hasta que encontró una y abrió la bodega. Era ésta un sitio obscuro, sin ventilación, en cuyo fondo se veían derechos grandes tinajones para el vino.
Aviraneta cogió una palanca, fué a un rincón y levantó una losa del suelo sin gran trabajo. Hecho esto volvió al zaguán, y en un cántaro metió sus cubiertos y sus papeles. Tapó la boca del cántaro con un corcho, la cubrió después de lacre y la enterró en el agujero; puso la losa encima y salió de la bodega. Se cepilló la ropa, se lavó las manos y se fué.
Marchó hacia la Plaza Mayor. Todavía el relojero Schültze estaba delante del cristal del escaparate con el lente en un ojo, trabajando. La confitería de doña Manolita se hallaba abierta, y don Eugenio entró y compró un gran paquete de dulces.
Aviraneta pasó por delante de la casa de Teresita, subió rápidamente por la reja, hasta el piso primero, y dejó el paquete colgado en el hierro del balcón con una cinta.
Al bajar se encontró con el Tío Guillotina, el loco, que le miraba atento.
—Hola, Guillotina—le dijo Aviraneta.
—Hola. ¿De dónde vienes?—le preguntó el mendigo.
—De arriba.
—De arriba tienen que bajar los buenos a cortar la cabeza a estos canallas... Sí, canallas..., todos son unos canallas. República y guillotina... Al río todas las cabezas de los malos de Aranda... Al río... ¡Canallas, bandidos! He de beber vuestra sangre.
El loco se encontraba en un estado horrible, febril, desencajado; tenía la frente abierta de una pedrada, con la herida que manaba sangre, y un ojo hinchado por algún golpe; su traje estaba cubierto de barro, y las plumas de gallo de su tricornio, caídas.
Era una ruina, un verdadero harapo humano.
Aviraneta intentó calmarlo y lo quiso meter en el mesón del Brigante; pero el loco se le escapó y se marchó corriendo, vociferando.
Aviraneta volvió acompañado por el sereno hasta el alojamiento de don Juan Martín, de la plaza del Trigo.
Al día siguiente, el Empecinado con su escolta se dirigió a Madrid.
Había mejorado el tiempo; un hermoso sol brillaba en el cielo. Aviraneta, con la perspectiva de estar una temporada sin trabajar, se sentía perezoso, cansado.
Al llegar a Madrid pasó unos días en la cama.
Escribió varias veces a Teresita, y ella le contestó de este modo:
«Mi estimado don Eugenio: Cogí el paquete de dulces del balcón y en seguida me figuré que era de usted. No sé para qué hace usted esos gastos.
He leído su carta, y me da mucha pena ver que lleva usted una vida tan arrastrada y que pasa usted tantos trabajos y fatigas. ¡Mi pobre don Eugenio, le veo a usted muy mal!
Ese Empecinado es un monstruo. ¿Qué furia le ha entrado a don Juan Martín de arreglar el mundo cuando debía estar en Castrillo trabajando su tierra? ¿No ven ustedes que toda España está contra ustedes? ¿Cómo no lo comprenden? Habrá que decir como dice mi tía: «Herradura que chacolotea, clavo le falta». Y a ustedes les falta algún clavo o algún tornillo. ¿No escarmentará usted, don Eugenio? ¿Por qué no someterse a la razón? ¡Qué afán de cambiar y de trastornarlo todo. Así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos. Tenga usted fe. Olvide usted la vanidad. ¿Qué le importa a usted lo que le digan sus amigotes?
Me figuro que no ha de hacer usted caso de mis palabras y que seguirá usted erre que erre hasta llegar a la América o al Polo Norte.
Nosotros hemos tenido este invierno nuestros achaquitos; mi padre está con una tos que se ahoga; Rosalía engorda y no tiene ganas de comer, y yo, que como muy bien, estoy cada vez más flaca.
¡Adiós, don Eugenio, cuídese usted y que no se le revuelva más esa olla de grillos que lleva usted en la cabeza! Muchos recuerdos a su madre. Su amiga, que desea verle,
Teresa.»
La pasividad de don Eugenio desapareció un día que fueron a verle el Majo de Maravillas y un miliciano nacional a quien llamaban el miliciano Fachada, que había querido matar al infante don Carlos de una cuchillada en Aranjuez.
El Majo y Fachada eran carbonarios, y se habían convencido, desde la asonada del 19 de febrero, de que Regato era un agente absolutista. Todos los carbonarios tenían ya esta evidencia y habían dispuesto vengarse.
En el mes y medio que faltaba Aviraneta de Madrid, la sociedad carbonaria había hecho algunos adelantos.
Parte de ella se había relacionado con los comuneros, y visitaba la casa de éstos; parte quiso permanecer independiente.
Aviraneta, hacía tiempo había presentado un plan de organización carbonaria. Este plan se discutió largamente y se llegó a aprobar.
Algunos de los italianos no querían que se desposeyese a la sociedad carbonaria de su simbolismo, que en el proyecto de Aviraneta desaparecía por completo.
Aviraneta era hostil a estas mojigangas.
—Si nos llamamos unos a otros buenos primos y hablamos del firmamento, la gente se va a reír de nosotros—dijo don Eugenio varias veces.
En el plan de Aviraneta había cuatro clases de ventas. Cada una estaría constituída por veinte hombres. Veinte hombres de la primera venta tendrían un delegado. Veinte delegados de las primeras ventas formarían la segunda venta; nuevos veinte delegados de las segundas ventas formarían la tercera, y otros veinte delegados de las terceras, la Alta Venta. Para no quitar todo aliciente a la imaginación, se dispuso que las primeras ventas se llamasen manípulas; las segundas, centurias; las terceras, cohortes, y la cuarta, legión o Alta Venta.
Cada venta tendría su autonomía, y no conocerían sus individuos a las de las otras.
El procedimiento para impedir las traiciones estaba basado en el triángulo de Weishaupt; lo que en éste eran individuos, en el carbonarismo eran grupos de veinte.
El plan de Aviraneta se aprobó estando él fuera.
Se llegó a reunir una centuria, es decir, veinte grupos de a veinte, y para la reunión de esta centuria se alquiló un local en la calle del Pozo, en el piso bajo de una casa próxima a la Fontana de Oro.
Aviraneta encontraba muchos defectos a las sociedades secretas; defectos que había ido comprobando en la práctica, en la masonería.
Primeramente, la gente no sabía callar, y el secreto, la táctica de protección común, no se respetaba. A esto había que añadir que la confianza en los miembros era muy escasa, que no se aceptaba de buen grado una jerarquía, y que no había hombres capaces de obedecer sin discutir ni comprender.
Otro peligro grande era la entrada de traidores en la sociedad, lo que podía transformar una institución liberal en un instrumento de absolutismo, como pasaba con los Comuneros.
A pesar de su desconfianza, Aviraneta fué con asiduidad a la venta carbonaria creada bajo sus inspiraciones.
La casa en donde se había instalado la venta tenía tres entradas: se podía llegar a ella por un portal estrecho de la calle del Pozo, por una taberna próxima y por un pasadizo que comunicaba con la Carrera de San Jerónimo.
Desde esta misma casa, desde los balcones de la Carrera, se proyectó matar a Espartero y a O'Donnell, después de su triunfo en la Revolución de 1854, por unos cuantos republicanos, y Aviraneta, que estaba en el Saladero, convenció a los directores del complot, también presos, de la inutilidad del atentado.
En el portal de la calle del Pozo se había instalado un despacho de memorialista, que servía para que el conserje de los carbonarios vigilara la calle y advirtiera la llegada de la policía.
La venta carbonaria disfrutaba de una instalación paupérrima. El local tenía un cuarto bastante grande, que era el salón de juntas, con otros dos o tres pequeños, y varios pasillos. En el salón grande había una mesa, unos bancos y un armario. Sobre la mesa, un velón de aceite.
Formaban la centuria carbonaria veinte miembros, que se llamaban por su número.
Eran: Gipini, el dueño de la Fontana; Cobianchi, el joyero; Nepsenti, el ex fraile Moore, Cugnet de Montarlot, que estaba en Madrid; Aviraneta, uno de los hermanos Bonaldi, barítono de fama; el Majo de Maravillas, el miliciano Fachada, el capitán Rini, piamontés huído de su país; el ex coronel Latorde, dos napolitanos, el uno llamado Monteleone y el otro apodado il Re di Faccía, y otros más, hasta los veinte.
Al saber que Regato era el organizador de la algarada del 19 de febrero, que había dejado al Gobierno sin fuerza, como tiempo antes preparó la silba a las Embajadas de la Santa Alianza, muchos liberales no tuvieron más remedio que pensar que Regato estaba vendido a Fernando VII, como desde hacía tiempo se decía.
En aquella época, como más tarde, la característica de los liberales españoles era una credulidad tan necia que, en la mayoría de los casos, confinaba con la estupidez.
El fetichismo por la palabra sonora y por el orador escultural producía, y ha seguido produciendo en el español progresista, una extraña incapacidad para enterarse del fondo de las cuestiones, de la realidad de los hechos y de la exactitud de las ideas.
Aviraneta, que desde hacía tiempo perseguía a Regato, dió infinidad de detalles a la centuria carbonaria para convencerla de la traición del comunero.
Aviraneta propuso citar a Regato de noche, en un rincón cualquiera, y ahorcarlo, o, por lo menos, pegarle una paliza. La venta carbonaria de Madrid incubó otro plan más misterioso y novelesco.
Entre los italianos se decidió tomar un acuerdo con Regato, terrible, y fué marcarle en la frente, con un hierro candente, la palabra Traidor.
Aviraneta no era partidario de procedimientos tan medievales, y prefería un sistema más sencillo de deshacerse de Regato: pegarle una puñalada o dos tiros en un callejón obscuro.
Sin embargo, creía que uno de los modos de dar fuerza al carbonarismo hubiera sido comenzar con un crimen siniestro y complicado. Seguramente, la disgregación y la falta de tensión de la sociedad carbonaria se hubieran evitado así.
La complicidad hubiera apretado los lazos de la centuria carbonaria, de la cual Aviraneta comenzaba a sospechar. ¿Eran todos los afiliados fieles? No era fácil asegurarlo.
Se pusieron a discusión varios proyectos para castigar a Regato, y el de los italianos prevaleció en la reunión.
Covianchi se encargó de traer, dos días después, un hierro con la palabra Traidor grabada en relieve y sujeto en un mango.
Ya, decidida la forma de la venganza, con el mayor sigilo se comenzaron los preparativos.
Se envió una denuncia al jefe de policía, como escrita por un agente, diciendo que había una reunión misteriosa en la calle del Pozo y que mandaran un hombre que no inspirara sospechas, como Regato. Regato fué a ver a Gipini a la Fontana de Oro, y Gipini le dió una tarjeta cortada para que pudiese pasar al interior de la casa donde tenía sus reuniones la centuria carbonaria. La hora fijada eran las once de la noche. Aviraneta entró en la venta por la Carrera de San Jerónimo. Al ir a pasar al salón de actos, un carbonario le tomó la capa y le dió una careta, que se la puso. Al entrar en la sala se sobrecogió. Estaba todo el grupo carbonario reunido, cada individuo con su antifaz. En la mesa, iluminada por dos candelabros, se había formado un tribunal con tres hombres enmascarados; detrás de ellos, cerrando la puerta de comunicación con otro cuarto, había una cortina negra.
A las once en punto se oyó ruido de pasos en el corredor. La centuria carbonaria se disponía a la obra.
Un momento después entró Regato con los ojos vendados y sujeto por cuatro hombres.
Al acercarse a la mesa le ataron las manos y los pies rápidamente y le quitaron la venda de los ojos.
La impresión en Regato debió de ser terrible. Algunos carbonarios habían sacado el puñal y lo mostraban a la víctima.
—Acusado, sentaos—dijo el presidente.
La voz era la del Re di Faccía.
Regato se sentó y quedó apabullado en la silla por el terror. Aviraneta lo miraba de frente. Regato era en esta época un hombre todavía joven, bajito, grueso, mofletudo, con los ojos claros, el aire clerical, sucio en el traje y de una viveza de ratón.
—Regato—dijo el presidente—, te acusamos de ser traidor a la causa liberal; de ser un espía de Ugarte y de Fernando VII; de haber vendido a nuestros hermanos en varias ocasiones... ¿Qué tienes que alegar?
—Que es falso—gritó Regato—. Si me he acercado a la policía ha sido para defender a los nuestros.
—¿Qué dice nuestro hermano, el número 11?—preguntó el presidente.
—En la conspiración de Renovales él fué el denunciador—dijo Aviraneta con acento enérgico.
—¿Lo podría jurar?
—Sí.
—¿Qué dice el número 13?
—Que Regato ha vendido al Gobierno los secretos de la Masonería en los años anteriores al glorioso levantamiento de Cádiz.
—¿Lo podría jurar?
—Por mi alma.
—¿Qué dice el número 15?
—Que Regato está vendido a Ugarte desde 1821; que obedece las órdenes de Fernando VII para desunir a los liberales; que intentó hace un año el apedrear las Embajadas para que cuanto antes la Santa Alianza declarase la guerra a España.
—¿Lo puede jurar?
—Lo juro. El zapatero que quedó preso delante de la Embajada de Rusia, que se llama Damián Santiago, ha dicho que estaba pagado por Regato.
—¿Qué dice el número 17?
—Que la algarada del 19 de febrero ha sido tramada por los comuneros y por Regato para acabar con el régimen.
—¿Qué alega el acusado contra estos testimonios?
—Que son falsos.
—Está bien. Silencio, compañeros—dijo el presidente, dirigiéndose a todos los enmascarados—. ¿Tenéis la conciencia de que el acusado es culpable?
—Sí, sí—dijo la mayoría.
—¿Qué pena merece?
—La marca, la marca.
En esto se descorrió la cortina negra, y, en el fondo, aparecieron dos enmascarados con un braserillo encendido. Regato, al verlo, dió un grito espantoso y se levantó de la silla. Se produjo un gran barullo y se oyó un silbido agudo. Algunos carbonarios, entre ellos el Majo de Maravillas, sujetaban a Regato; pero otros se habían puesto delante de él, defendiéndole.
—¡La ronda! ¡La ronda!—dijeron varios.
Aviraneta, curioso, contemplaba la escena. Pronto pudo comprender que Regato tenía defensores entre los carbonarios. En aquella sociedad había polizontes, como en casi todas las sociedades secretas.
Al segundo silbido se oyó llamar a golpes en la puerta. Era la ronda; los carbonarios guardaron su careta, y cada uno, embozado en su capa, escapó por la puerta de la Carrera de San Jerónimo. Regato se había salvado.