—¿Ahí está?—dijo al pasar junto al negro.

—Sí—contestó Teodoro.

Martin entró á la casa, y encontró al Oidor, paseándose en uno de los largos corredores.

—Buenas tardes dé Dios á usía—dijo Martin.

—Así se las dé al señor Bachiller—contestó el Oidor.—¿Qué vientos os traen por aquí á esta hora? ¿El señor Arzobispo ha vuelto ya de palacio?

—Aun no estaba de vuelta su Ilustrísima, cuando he salido yo, pero urjíame ver á usía y hablarle á solas.

—Pues entrad, que aquí podeis estar á vuestro sabor.

El Oidor introdujo al Bachiller á una especie de despacho.

Aunque entónces los libros eran escasos entre la misma jente que por su profesion necesitaba de ellos, se encontraba allí algo que podia llamarse una biblioteca, y que en aquellos tiempos representaba un valor enorme.

Serian dos mil volúmenes, casi todos forrados de pergamino, y colocados en estantes de caoba con alambrados, pareciendo mas bien jaulas de pájaros ó ratoneras, que estantería para libros.

Una gran mesa cubierta de bayeta verde con libros, espedientes y papeles, un inmenso tintero de plata con una verdadera corona de plumas, y un Cristo, con dos candeleros de plata á los lados.

En toda la estancia, repartidos sin órden ninguno, grandes sitiales de madera de roble con asientos y respaldos de baqueta, tachonados de clavos de cobre.

Y sin embargo, aquel era un lujosísimo despacho de abogado en aquellos dias.

—Siéntese el señor Bachiller—dijo el Oidor.

—Poco tiempo tengo ya de que disponer—contestó Martin—que vengo solo á decir á vuestra señoría, que le manda avisar mi señora Doña Beatriz, que sabe de un concierto para asesinar esta noche á usía.

A pesar de su valor y sangre fría, el Oidor se puso mas pálido de lo que habitualmente estaba.

—Para que usía no dude,—agregó el Bachiller,—Doña Beatriz le envía esta sortija como seña.

El Oidor tomó la sortija.

—Suya, en efecto es,—dijo—ni cómo dudar de lo que vos dijeseis.

Martin hizo una caravana.

—¿Y no agrega nada mas, mi señora Doña Beatriz?

—Nada, sino que por su amor se guarde usía, que es una cosa que sabe á ciencia cierta.

—Gracias.

—Pues he cumplido mi comision me retiro, que voy á procurar, en esta misma noche, poner en claro quién y cómo atenta contra vuestra señoría.

—Quizá no consigais nada, y sea inútil pues yo me figuro ya, que mano anda en todo esto.

—Sin embargo, suplico á usía que me permita.

—Haced lo que os plazca.

—¿Supongo que usía no saldrá esta noche?

—¿Por qué no? dentro de una hora iré á verme con el señor Arzobispo.

—Pues tome usía sus precauciones.

—Nada temais señor Bachiller, id con confianza, que Dios protejerá su causa.

El Bachiller salió, Teodoro estaba en su mismo punto.

—Va á salir, cuidado—dijo Martin.

—Yo cuidaré—contestó Teodoro.

Y Martin se dirigió al tianguis de Juan Velazquez, en busca del ahuizote, y de la casa de la Sarmiento.

Martin era un perdido, un truhan, hipócrita en presencia del Arzobispo, en cuya casa habia entrado en la clase de familiar hacia ya tres años, estaba en relacion con la peor canalla de la ciudad, muy jóven, muy valiente, con una gran inteligencia pero lleno de vicios. Martin de Villavicencio Salazar, álias Garatuza, como le decian sus compañeros debia figurar, y figuró como una notabilidad por sus crímenes en el siglo diez y siete.

Pero en medio de todo, era un tipo de lealtad, y de abnegacion para sus amigos, y para él, el Oidor era uno de ellos, cualquier sacrificio estaba dispuesto á hacer en servicio suyo, porque Martin era hombre de corazon.

VIII.

En donde el lector conocerá á la Sarmiento, y le hará una visita en su casa.

POR el lugar en donde ahora existe el Paseo de la Alameda, hubo en aquellos tiempos una especie de mercado miserable, y solo frecuentado por los indios, en un terreno invadido continuamente por las aguas de la laguna.

Se llamaba primero el tianguis de Juan Velazquez, y luego de San Hipólito, y estaba ya fuera de la traza.

Como quizá alguno de nuestros lectores, no sepan lo que era la traza, procuraremos darles de ella una idea.

Despues de la rendicion de México, la ciudad quedó casi reducida á escombros. Hernan Cortés trató de su reedificacion autorizado por el Emperador Cárlos V, y comenzó por señalar el terreno que en ella debian ocupar las casas de los conquistadores, y el que debia ser para los conquistados.

Los españoles ocuparon el centro de la ciudad, y la línea que marcaba esta parte privilegiada, que era un gran cuadro separado de los demás, por una inmensa acequia, fué lo que se llamó la traza.

Dentro de la traza no podian vivir sino los españoles, ó algunos de los vencidos que fueran de una muy elevada categoría, como el desgraciado Guatimoctzin, último Emperador azteca.

Una parte del terreno que fuera de la traza ocupaba el mercado de San Hipólito, fué convertida en paseo, veinticuatro años antes de la época de nuestra historia; es decir, en 1592 por el virey D. Luis de Velasco, segundo, en la segunda vez que ocupó el vireinato. Se sembró de álamos y se cercó.

Esto no era sino una parte de lo que se llama hoy la Alameda.

Martin atravesó la acequia de la traza, por el Puente de San Francisco, y siguió hasta pasar el tianguis en el lado opuesto al que ocupaba el paseo de Don Luis de Velasco.

Vivia por allí en una miserable casita de adoves, compuesta de tres piezas con un corralon á la espalda, una vieja que tenia fama de hechicera, y que le decian la Sarmiento.

Las tres piezas de la casa eran una sala, una recámara y una cocina, casi desprovistas de muebles.

A pesar de la mala nota de la Sarmiento, nada habia allí que pudiera despertar la vigilante susceptibilidad del Santo Oficio.

La Sarmiento no tenia en su compañía, mas que dos hermanos, un varon de treinta años y una muger de veinte, ambos sordo-mudos; el hombre se llamaba Anselmo, y la muchacha María.

La Sarmiento habia traido consigo estas dos personas en un viaje que hizo á Valladolid, como se llamaba entonces Morelia, y contaba que por caridad las habia recogido.

Anselmo era sombrío, María alegre, bonita y graciosa. La Sarmiento se entendia con ellos perfectamente, y en el mayor silencio sostenian entre los tres una de las mas animadas conversaciones.

Anselmo y María en las noches, que estaban generalmente reunidos, solian enojarse y las señas degeneraban en horribles insultos. La Sarmiento, tranquilamente para cortar la cuestion sin tener que reñirles, apagaba la luz y todo terminaba; á oscuras ni se hacen, ni se reciben insultos por señas.

La vida de la Sarmiento era muy misteriosa, pocas veces salia de su casa, ni ella ni los sordo-mudos trabajaban en nada, y sin embargo, jamas les faltaba dinero; la casa que habitaban era de su propiedad.

Algunas noches se habian visto embozados y damas, llegar á la casa y entrar en ella, los vecinos le tenian una especie de respeto ó de miedo á aquella muger, pero algunas veces se atrevian á ir á espiar por las rendijas de las mal ajustadas ventanas, y nunca lograron descubrir nada.

Alguno llegó á pegar sus ojos á esas rendijas despues de haber visto entrar una dama, y solo vió á Anselmo y á María sentados delante de una vela, haciéndose señas imposibles de interpretarse.

Sin embargo, en aquella casa habia una cosa que no se ocultaba al público, que era quizá lo que mas horrorizaba á los vecinos, y en la cual no cuidaban de intervenir los familiares de la Inquisicion.

Anselmo y María domesticaban y criaban toda clase de animales, pero con mas predileccion víboras de cascabel, de las que tenian una respetable coleccion en jaulitas de madera que ellos mismos hacian.

Algunas veces por las tapias del corral, los curiosos veian que mientras la Sarmiento se dedicaba á sus oficios domésticos, los dos hermanos sentados al sol, y dando gruñidos semejantes á los de los perros, cuando están contentos, se ocupaban en dar de comer á seis ú ocho enormes víboras de cascabel.

Aquellos horrorosos reptiles salian de sus jaulas, subian por los brazos de Anselmo, se acomodaban en el torneado seno de la muchacha, arrimaban sus caras chatas al rostro de María, como un gato que hace fiestas, lanzando un silbidillo agudo, y moviendo su lengua ahorquillada con una rapidez asombrosa.

—Ah descreidos, en esas habeis de morir—decian los vecinos.

Pero no llegaba á sucederles nada, y los mas cristianos les imputaban que tenian «compacto con el diablo.»

Habia entrado ya la noche, cuando Martin llegó á la casa de la Sarmiento y llamó.

—La paz de Dios sea en esta casa—dijo.

—Amen—contestó la Sarmiento—¿qué se os ofrece, caballero?

—Venia en busca del Ahuizote—dijo Martin con un tono brusco.

—No ha venido hoy, pero siéntese usarcé señor Bachiller Don Martin de Villavicencio Salazar.

—Calle, ¿y de dónde conoceis vos mi nombre?

—Si buscais al Ahuizote y sabeis que ellos vienen por acá, ¿qué milagro será que os conozca?

—Teneis razon, y supuesto que entre nosotros no hay misterio, ¿podeis decirme adónde hallaré al hombre que busco?

—Costumbre tiene de venir aquí todas las noches á las oraciones, porque gusta mucho de esa muchacha—dijo la Sarmiento señalando á María, en quien no habia reparado bien el Bachiller.

—Oh, y por mi fé que es una preciosa mulata, buenas noches, hermosa.

—Es sorda y muda—dijo la Sarmiento.

—¡Qué lástima!—esclamó Martin—con que esta es la propiedad del Ahuizote.

—Poco á poco, le gusta y es todo, pero nada mas, que María es niña, y á ella no le hace gracia el indio, vereis.

La Sarmiento hizo una seña á María, que seguia los movimientos de los interlocutores, con sus ojos hermosos y llenos de inteligencia y de vida.

La muchacha contestó con un gesto de profundo desdén. Anselmo alzó los ojos, vió la seña, y una débil sonrisa se dibujó en su boca.

María era una muchacha tan perfectamente formada que parecia una Vénus de bronce, y como solo traia una camisa bastante descotada, su cuello, su pecho y sus hombros ostentaban toda su belleza y su morvidez; el brillo de sus ojos, y el carmin fresco de sus labios tenian una hermosura infernalmente provocativa. Los galanes del rumbo envidiaban á las víboras, y el Bachiller, hubiera sido de la misma opinion, si hubiera sabido las escenas que nosotros conocemos.

—¿Y creeis que vendrá esta noche el Ahuizote?—dijo Martin.

—Si he de decir la verdad, creo que no.

—¡Demonio!—dijo con impaciencia Martin.

—¿Qué quereis?—esclamó la vieja tan inmediatamente, que el Bachiller se espantó como si el demonio de veras hubiera contestado á su llamamiento.

—¿Sois vos acaso el demonio, que así contestais cuando se le nombra?

—No, pero tan impaciente os miro, que os ofrecia mis servicios.

—¿Sabeis qué clase de negocio tiene entre manos el Ahuizote esta noche?

—No lo sé, pero decidme si gustais, cuál es el que á vos os preocupa, que entonces mas fácil me será deciros lo que va á acontecer.

—¿Sereis bruja por ventura?

—¿Sereis vos familiar del Santo Oficio para requerirme?

—Nada menos que eso.

—Pues bien, decidme si quereis saber algo, que yo procuraré serviros, y no os mezcleis en asuntos ajenos.

—Quisiera saber de un hombre á quien se pretende asesinar en esta noche.

—Un vuestro enemigo.

—Por el contrario, amigo mio.

—¿Sois de los nuestros?—dijo la Sarmiento, lanzando el grito de una lechuza.

—Sí—dijo Martin, contestándole con el mismo grito.

—Seguidme.

La Sarmiento encendió un candil de cobre, hizo una seña á los sordo-mudos, y se dirigió á la cocina, seguida de Martin.

En uno de los rincones habia una cuba vacía, que apartó la muger con gran facilidad, y debajo una gran losa con un anillo de fierro oculto por un monton de basura.

La Sarmiento tiró del anillo, se levantó la losa, y á la luz del candil, se descubrió la entrada de un subterráneo y los primeros escalones de un caracol de piedra.

—Bajad—dijo la Sarmiento, mostrando la entrada á Martin.

Martin vacilaba.

—Bajad y no tengais miedo—insistió la vieja.

Para que un hombre resista á la palabra «miedo» salida de la boca de una muger, aun cuando esta muger sea una harpía, se necesita que este hombre, esté como se decia en aquellos tiempos: «dejado de la mano de Dios.»

Martin entró sin vacilar al subterráneo, y la Sarmiento le siguió cerrando tras sí la entrada.

Descendieron como veinte escalones, y el Bachiller se encontró en una gran bóveda, que á lo que pudo ver con la escasa luz del candil, daba paso á otras varias de la misma especie.

Entonces la bruja se puso delante de él, y le dijo:

—Aquí sí yo os guiaré, porque no conoceis el terreno, seguidme.

IX.

Cómo el negro Teodoro probó que no necesitaba de armas.

EL Oidor era hombre de un valor á toda prueba, no de los que se animan ante el peligro, sino de los que lo buscan y lo desafian. Un peligro le amenazaba aquella noche en la calle, y sentia una necesidad, una especie de vértigo para buscarlo y encontrarlo cuanto antes.

Don Fernando estaba enamorado, y todos los enamorados han sido, y serán siempre, lo mismo. Doña Beatriz sabia que se tramaba su muerte, y Don Fernando se hubiera creido deshonrado si hubiera dejado de salir á la calle esa noche; creeria Doña Beatriz que habia tenido miedo.

Además, tenia urgente necesidad de ver al Arzobispo, de saber la resolucion del virey.

El negocio de la fundacion del convento de Santa Teresa, estaba de tal manera identificado con sus amores, que creía servir á Doña Beatriz ayudando al Arzobispo.

Cerró la noche y D. Fernando se dispuso para salir.

Sin embargo de su valor, creyó necesarias algunas precauciones.

Vistióse bajo su ropilla, una ligera cota de maya de acero, perfectamente templado, y que podia resistir el golpe de un puñal sin perder uno solo de sus anillos; y ademas de su espada y de su daga prendió en su talabarte dos pequeños pistoletes, se caló un ancho sombrero adornado de una pluma negra, se cubrió con un ferreruelo de vellorí y salió á la calle.

Registró con la vista por todos lados, pero nada pudo descubrir á pesar de que el cielo no estaba entoldado como la víspera, y la luna alumbraba bastante.

Don Fernando echó á andar, y detrás de él se destacó un bulto que comenzó á seguirle á cierta distancia; pero sin alejarse mucho ni perderle de vista.

El Oidor caminaba de prisa, pero podia notarse que cuidaba siempre que le era posible de ir por la mitad de la calle, y no torcer en las esquinas cerca de los muros de las casas.

El hombre que le seguia debia ir descalzo, porque sus pisadas no producian el menor ruido marchando como los gatos, sin que pudieran sentirse sus pasos.

En esos dias estaba en construccion el templo de la Catedral, y casi todo el terreno que esta ocupa, estaba lleno de andamios, de montones de piedra, de madera, de inmensos bloques de granito, en fin, de todo eso que formando para los profanos un caos inesplicable, es el pensamiento del arquitecto que va con la luz de la inteligencia á moverse, á ordenarse, á colocarse, á formar una maravilla del arte, y á materializar en una mole gigantesca una idea encendida en la pequeña cabeza de un hombre.

Desde allí se descubria la puerta del Arzobispado, y entre aquellos materiales acumulados se perdió, como que se desvaneció, el hombre que seguia al Oidor. Era indudablemente el lugar mas propio para ocultarse, y para vigilar á todos los que entrasen ó saliesen del palacio del Arzobispo.

Don Fernando preguntó por su Ilustrísima, y un familiar le hizo entrar inmediatamente.

—¡Albricias!—dijo alegremente el Arzobispo al ver á Don Fernando.

—De las mismas—contestó el Oidor, siguiendo el humor del prelado.

—El virey da su beneplácito para continuar la obra inmediatamente; aquí está la órden.

—Mil parabienes.—¿Pero cómo logró tan pronto su Ilustrísima.........

—¡Ah! no ha sido poco el trabajo: su Excelencia estaba realmente prevenido, ese Don Alonso de Rivera, y su amigo Don Pedro de Mejía (Dios se los perdone), han trabajado con un teson digno de santa causa.

—Pero al fin.

—Ahora vereis, al llegar al palacio pareciome mas prudente consejo tener vista con mi señora la vireina, que como sabeis, muestra particular empeño en nuestra fundacion porque allá en su mocedad estuvo algunos meses en un convento de Carmelitas descalzas, y su santo celo nos ha dado tambien en sus dos hijas piadosos auxiliares para nuestra empresa. Su Excelencia debia entrar á la cámara de la vireina pocos momentos despues que yo, pero tiempo tuve suficiente para prepararla, así como á las dos niñas; de manera que ellas y yo, tanto instamos y rogamos, y suplicamos, que su Excelencia no pudo menos de darme la órden que yo solicitaba. ¡Ah, señor Oidor! Este ha sido un triunfo que hemos alcanzado, y que es preciso aprovechar sin pérdida de tiempo.

—Yo aseguro á vuestra señoría Ilustrísima, que mañana en la tarde no conocerá el lugar en que las casas existieron.

Y el Arzobispo y el Oidor continuaron, lo menos por dos horas, hablando de sus planes..............................

Teodoro, que seguia á D. Fernando, se ocultó en las obras de la nueva Catedral: buscó un lugar desde donde observar la puerta del Arzobispado, y colocándose á su sabor se quedó inmóbil.

Una hora habia permanecido allí confundido por su color negro con la sombra del naciente edificio, cuando sintió un leve rumor de pasos que se acercaban por el mismo camino que él habia traido.

Con mucha precaucion levantó la cabeza y vió tres hombres que procuraban ocultarse tambien, muy cerca de el lugar que él ocupaba.

—Está seguro—dijo uno de ellos al otro: está en el Arzobispado.

—Tan seguro, que yo le ví entrar desde la pared de enfrente adonde me dijiste que me quedara de vigía.

—Sí debe ser, porque quien nos manda me dijo que debia venir esta noche á ver al Arzobispo, y que por aquí debia pasar al retirarse.

—Seguro es el golpe.

—Ahora esperad, y silencio.

Y todos callaron: Teodoro no habia perdido una palabra.

Mucho tiempo trascurrió así, y Teodoro observaba de cuando en cuando una cabeza que se alzaba muy cerca de él para mirar la calle que venia del Arzobispado: la luna estaba ya en la mitad del cielo.

Por fin sonó una puerta y se percibió un bulto negro que, saliendo del palacio del Arzobispo, se dirigia al lugar de la emboscada.

—¿Es él?—dijo uno de los hombres.

—Debe ser—contestó otro;—pero es necesario estar muy seguros, y sobre todo no precipitarnos, porque anda siempre bien armado, y es diestro.

—Pero solo.

—No le hace.

El bulto se acercaba mas y mas.

—Él es, dijo uno.

—Listos!—contestó el otro.—Y los tres sacaron de la vaina sus puñales sin levantarse.

El bulto se percibia ya claramente; era el Oidor y pasaba por delante de los hombres ocultos.

Entonces sin hacer ruido, y como si hubieran sido unas sombras todos, se alzaron; pero no advirtieron que no eran ya tres sino cuatro.

—¡A él!—gritó uno precipitándose; sobre el Oidor; pero antes que hubiera podido acercársele recibió en la cabeza un golpe terrible, que le hizo caer á tierra sin sentido. Don Fernando tiró de la espada y se puso en guardia; pero la precaucion era inútil: al mirar su actitud, el auxilio inesperado que le llegaba y la caida de uno de ellos, los asesinos echaron á huir.

Ni Don Fernando ni el negro pensaron en seguirles, el Oidor quedó con su espada en la mano, y el negro con su habitual indiferencia, cruzados los brazos, contemplándole y teniendo en medio de ellos el cuerpo de aquel hombre, que no se sabia si estaba muerto, ó privado.

—¿Quién sois, y qué quereis?—preguntó Don Fernando al mirar que el negro no se movia.

—Soy el negro Teodoro, y solo quiero servir á su señoría en lo que me mande.

—¡Teodoro! ¿qué haces aquí?

—Seguir á usía.

—¿Seguirme? ¿y para qué?

—La señora mi ama sabia que esta noche querian la muerte de usía.

Don Fernando se puso pensativo.

—¿Ella te ha mandado?

—No, yo le pedí licencia para acompañar á usía en esta noche.

El Oidor volvió á callar por un rato.

—¿Este hombre está muerto?

Teodoro se inclinó y puso su mano en la boca, y luego en el corazon del hombre.

—Está vivo—contestó.

—¿Con que le heriste?

—Con mi mano.

—Seria bueno llevárnosle.

El negro sin esperar mas, levantó al herido, que gimió débilmente; como hubiera podido alzar á un niño, y se volvió como para esperar una nueva órden.

—Vamos, dijo el Oidor, mirando si en el suelo habia algo.

—Aquí está el arma de éste—dijo Teodoro levantando un puñal del suelo.

Don Fernando guardó su espada y se puso en marcha seguido del negro que llevaba á cuestas al herido, avanzaron un poco y se oyó un rumor de pasos: eran dos hombres que traian la direccion opuesta y con los que debian encontrarse.

—¡Ah de los que van!—dijo uno de los dos.

—¡Alto los que vienen!—contestó Don Fernando sacando la espada.

A la luz de la luna se vieron brillar los estoques de los que venian. Teodoro puso en el suelo con mucho cuidado al herido, y se colocó al lado de Don Fernando.

—¿Quién va?—dijo una voz.

—Oidor de la Real Audiencia—contestó Quesada adelantándose.

—Mi señor Don Fernando de Quesada.

—Señor Bachiller—contestó el Oidor.

—Loado sea Dios, que encuentro á su señoría, porque en alas del temor, hemos venido en su busca. ¿Ha tenido su señoría.........?

—Un mal encuentro; pero á Dios gracias que con el refuerzo de Teodoro, ni yo tuve por qué sentir, ni ellos por qué alegrarse: mirad.

—Teneis un cautivo.

—Es la proeza de Teodoro, pero retirémonos que no seria prudente que así nos viesen.

—Si no le disgusta á usía, me tomaré la licencia de acompañarle.

—No cabe disgusto en lo que causa satisfaccion: acompañadme.

Teodoro alzó su carga y los cinco llegaron á la casa del Oidor.

—Ahora, señor Bachiller, dijo el Oidor, tócame mi turno de ofreceros en esta noche la hospitalidad que á tales horas, témome que no encontreis abierta vuestra habitacion.

—De grado acepto—contestó Martin—y no temo incomodar á su señoría, porque algunas cosas tengo que poder comunicarle.

—Pues pasad.

—Permítame usía despedir á este compañero.

El Bachiller habló algunas palabras con el embozado que le acompañaba, y éste se retiró, haciendo una profunda carabana al Oidor.

El negro habia permanecido firme cargando á su hombre.

Cuando estuvieron dentro ya de la casa y cerrado el zaguan, el Bachiller dirigiéndose al herido, dijo:

—¿Y de éste, qué dispone su señoría?

—Lo veremos.

Un lacayo trajo un candil.

—No lo conozco—dijo Martin.

—Yo sí—agregó el Oidor,—y sobre todo por la librea. Es un paje de la casa de Don Pedro de Mejía; por mi fé que no perdona mi señor Don Alonso medio de oponerse á la fundacion.

—¿Creeis?

—Estoy seguro.

—Encargaos de ese hombre—dijo á sus criados Don Fernando, y subid vosotros conmigo—agregó dirigiéndose á Martin y á Teodoro.

X.

Lo que habia visto y sabido el Bachiller en la casa de la Sarmiento.

LA Sarmiento guiaba alumbrando á Martin en el subterráneo; en el fondo de la segunda bóveda habia una mesa cubierta con una bayeta negra, vieja, y llena de manchas y de agujeros.

Las bóvedas eran un confuso depósito de objetos raros y horribles, esqueletos, cráneos, animales vivos ó disecados, cajas y vasijas de figuras estrañas, armas, vestidos, libros, papeles, bolsas y sacos de todos tamaños, hornillos y braceros, yerbas, flores, ramas y troncos de árboles, pero así, como perdiéndose, ocultándose entre sombras sin contornos, sin precision, como desvaneciéndose unos objetos en los otros.

Martin era hombre de talento, y procuró no mostrarse admirado de nada.

—Valiente coleccion de porquerías guardais aquí—dijo á la Sarmiento.

La vieja volvió el rostro para verle, entre admirada y colérica.

—¡Qué entendeis vos de todo esto!—contestó—sentaos.

El Bachiller se sentó en un sillon de baqueta negra sin bra zos, y que tenia un respaldo alto, que casi terminaba en punta.

—Hablemos—dijo la Sarmiento.

—Ante todo, permitidme que os diga que con perdon del Santo Oficio, tanto creo en las brujas, como creer en el Purgatorio, y así podeis escusaros de intentar conmigo hechizos, que será perder vuestro tiempo.

—Mas convencido quedareis al salir de aquí, de vuestra ignorancia, que yo lo estoy de que teneis que acabar vuestra vida en las cárceles secretas del Santo Tribunal.

—No me digais eso ni de chanza, que de la Inquisicion tengo tanta fé de que existe como de Dios.

—Producciones teneis para salir con el sambenito.

—Dejemos eso y vamos á lo que me habeis prometido.

—Vamos—decis que se trata de asesinar esta noche á un hombre.

—Sí.

—¿Y quereis saber si morirá hoy ó muy pronto?

—Holgárame de saber la verdad.

—Bien, ¿teneis sobre vos alguna prenda suya?

El Bachiller se registró.

—Ninguna.

—Entonces escribid su nombre en este pergamino.

La bruja presentó un pequeño pedazo de pergamino al Bachiller, tomó éste una pluma y puso el nombre del Oidor.

La bruja encendió un candil de forma estraña.

—¿Qué es eso?—preguntó Martin.

—Es un candil que se alimenta con sangre humana, y la mecha está sacada de sudario de un ajusticiado.

El Bachiller se sonrió con desprecio. La bruja tomó el pergamino y lo acercó á la llama, el pergamino se incendió produciendo una luz blanca y hermosa.

—Este hombre está enamorado y correspondido.

—¿En qué lo conoceis?

—En la luz blanca.

Luego se apagó repentinamente.

La Sarmiento recogió las cenizas.

—Este hombre no poseerá á la muger que ama.

—¿Por qué?

La luz se apagó de repente, y las cenizas quedaron negras.

La Sarmiento trajo una gran bandeja de acero y mezcló alli diferentes líquidos, pero siempre quedaban trasparentes y limpios.

—Poned cuidado—dijo al Bachiller—si al arrojar las cenizas en esta agua se pone roja inmediatamente, vuestro amigo morirá hoy de mala muerte; si no, cada burbuja de aire que salga será un mes de vida que le quede, hasta que el agua cambie de color y entonces morirá, si el agua se torna verde, su muerte será tranquila; si roja, morirá de mala muerte.

Martin no creia, y sin embargo, estaba trémulo y su corazon latia con una violencia terrible y no se atrevia á separar los ojos de la vasija.

La bruja dijo entre dientes algunos conjuros y arrojó en el agua las cenizas.

Martin contuvo hasta la respiracion; la Sarmiento tenia las manos estendidas sobre la vasija, una víbora silvaba en uno de los rincones de la bóveda, los dos candiles encendidos encima de la mesa producian una especie de chisporroteo siniestro.

El agua permaneció limpia, derrepente se agitó en el medio y una burbuja apareció en la superficie y reventó luego.

—Una—dijo Martin, arrojando su aliento contenido.

Volvió á agitarse el agua y otra burbuja apareció.

—Dos—dijo Martin.

Las burbujas continuaban brotando.

—Tres, cuatro, cinco.

—Cinco—repitió el Bachiller, mirando con ansiedad que no salia otra,—cinco.

El agua parecia querer hervir, arrojó una especie de humo y repentinamente se puso roja como si hubiera sido de sangre.

—¡Jesus!—dijo Martin apartando el rostro espantado.

—Cinco meses de vida, y morir de mala muerte—dijo con solemnidad la Sarmiento.

—Es imposible—dijo Martin—os habeis equivocado.

—Lo desearia, porque tanto veo que os apena, pero temo que no.

—Cinco meses no mas, y morir.........

—Asesinado.........

—¿Asesinado?

—¿Quereis saber quién le matará?

Martin reflexionó.

—¿Podré matarle yo antes?—dijo.

—No, porque entonces faltaria el pronóstico.

—Entonces no.

—Como gusteis.

Martin inclinó la cabeza, y luego repentinamente dijo:

—Sí, sí, probad á decirme quién le matará, ¿¿podeis??

—Haré por conseguirlo.

La Sarmiento puso sobre la mesa un hornillo y comenzó á meter en él trozos de madera que tenian formas y colores raros, y entre los cuales algunos parecian manos, otras cabezas, otros brazos.

—¿Qué leña es esa?—preguntó Martin preocupado.

—Son pedazos de estátuas de santos.

El Bachiller no estaba para objetar aquella profanacion.

La bruja encendió en el candil una pajuela de azufre, y la colocó entre la leña: la llama se alzó.

El humo de la pajuela y el que arrojaba la pintura de la madera que servia de combustible, producian un olor sofocante.

La bruja colocó sobre el hornillo la vasija con el líquido que habia quedado rojo, y comenzó á decir conjuros dando vueltas en derredor de la mesa.

Poco tardó el líquido en entrar en ebullicion y exhalar un vapor luminoso: la Sarmiento mató la luz de los candiles.

Martin creia soñar con el resplandor rojizo de la llama, la casa de la Sarmiento, y los objetos que alcanzaban á alumbrarse tomaban formas fantásticas; parecian animarse y moverse los esqueletos, los animales disecados, todo se agitaba con la vacilante claridad de las llamas, y en medio de todo, la vasija arrojando un vapor luminoso y blanco, en el que Martin nada veia, pero en el que la Sarmiento parecia leer.

—Ese hombre morirá por mano de un amigo suyo.

—Pero ¿quién es? ¿Una seña? ¿Un indicio?

—Es un jóven......... sí, muy jóven......... esta tarde le ha visto......... ahí están......... juntos......... el amigo le da una cosa......... no les veo los rostros......... le da una alhaja, una alhaja de la muger que el muerto ama......... un cintillo....

—¡Muger!

—Sí, le da un cintillo......... y ese......... ese es el que lo matará......... su asesino.

—Mientes, mientes bruja infernal—esclamó el Bachiller precipitándose sobre ella y tomándola de un brazo.—¿Dí que mientes; ó aquí tú serás la que muere.

—Estais loco,—contestó la Sarmiento sin inmutarse,—¿por qué os he de decir que miento? Vos quisisteis saber la verdad; no os agrada; tanto peor para vos.

—¿Pero estás cierta de lo que dices?

—Jamás evocacion ninguna, me ha salido tan clara.

—Pues sácame de aquí; sácame pronto.

—¿No quereis saber nada mas? Esta noche estoy de buenas.

—Nada quiero saber, sácame de aquí.

—Sea como quereis; pero esperad.

La Sarmiento volvió á encender la luz que le habia servido para bajar al subterráneo, apagó el fuego del hornillo y colocó todo en su lugar.

—Vamos—dijo impaciente Martin.

—Vamos: pero antes juradme que ni en el Santo Oficio, puesto en cuestion de tormento revelareis la existencia de este lugar, ni vuestras relaciones conmigo.

—Lo juro á Dios.

—No, no es á Dios á quien debeis jurarlo.

—¿Pues á quién?

—Al diablo—dijo la Sarmiento, haciendo una especie de reverencia.

El Bachiller vaciló:

—¿Qué hay?—dijo la bruja.

—Pues lo juro al diablo.

La vieja tiró de una reata que pendia del techo, y se oyó un rumor como el que produce un carro que rueda en un empedrado.

—¿Qué es eso? preguntó Martin.

—Vuestro juramento ha sido recibido.

A pesar de su valor y de su esceptisismo, Martin se estremeció.

—Vamos—dijo.

—Vamos.

Subieron la escalera del caracol y se encontraron en la casa.

Con los sordo-mudos habia un nuevo personaje.

Era un hombre de la raza indígena pura, con su tez cobriza, su pelo negro y lacio, sin barba, y con un escaso bigote.

Vestia una ropilla ordinaria de velludo, con calzon de escudero y unas medias calzas de venado: estaba envuelto en un tabardo gris y conservaba en su cabeza un sombrero de anchas alas.

Al sentirse en otra atmósfera, el Bachiller recobró su sangre fria y le pareció como que todo no habia sido sino una pesadilla.

—Ahuizote—dijo al recien venido—creía que tenias aventura esta noche.

—Sí—contestó el Ahuizote—un riquillo que queria que lo acompañáramos á sacarnos una muchacha, pero le entró miedo y se arrepintió.

—¿Y podrás acompañarme?

—¿A dónde?

—Vamos á impedir que asesinen á un amigo mio.

—Te ayudaré—dijo el Ahuizote, parándose.—¿Quién es él?

—Don Fernando de Quesada—el Oidor.

—No voy—dijo sentándose otra vez el Ahuizote: yo no defiendo gachupines.

—Es un amigo.........

—Aunque.

—Bien, no vayas; pero recuerda que no es él quien te pide compañía, sino yo. Quedad con Dios, señora Sarmiento.

—Él guie á su merced, señor Bachiller.

Martin abrió la puerta.

—Oye—dijo el Ahuizote.

—¿Qué cosa?

—Siempre te acompaño.

—Vamos.

Nican timocuepas—dijo la Sarmiento en idioma mexicano al Ahuizote—que queria decir—vuelve acá.

Moztla teotlac—contestó el Ahuizote—mañana en la tarde.

Tlacoyohuac tihuallas, âmo teotlac—(á media noche vienes, y no en la tarde).

Quemâ—(sí)—contestó el Ahuizote saliendo.

El Bachiller no entendió ni una palabra, pero tampoco preguntó.

Y los dos se dirigieron precipitadamente en busca del Oidor hasta encontrarlo, acompañado de Teodoro que conducia al herido.

XI.

Doña Blanca y Don Pedro de Mejía.

QUIZÁ no habia en toda la gran estension de la Nueva España un caudal mas rico, que el que al morir legara á sus hijos el padre de Don Pedro y Doña Blanca de Mejía.

Inmensas haciendas en la tierracaliente y la tierra fria: minas, casas, ganados, esclavos, abundantes vajillas de plata y oro, alhajas, incalculables existencias de mercancías, y sobre todo, una fabulosa cantidad de reales.

Por la última disposicion del testador, Don Pedro su hijo, mayor que Doña Blanca, en mas de quince años debia manejar toda aquella colosal fortuna, hasta que ella cumpliera veinte años ó se casara.

Don Pedro y Doña Blanca solo eran hermanos de padre, porque eran hijos de dos matrimonios: Don Pedro habia nacido en España y Doña Blanca en México. De aquí la gran diferencia de edad entre ellos, y el poco cariño que Don Pedro habia tenido siempre á Doña Blanca.

El conocimiento de la voluntad, testamentaria de su padre, y la idea de tener que entregar á Blanca la mitad del caudal, apagaron en el corazon de D, Pedro la última chispa del amor fraternal, el demonio de la codicia sopló en su cerebro, y entonces fué odio lo que concibió por su hermana.

A medida que los años pasaban, Don Pedro veia acercarse el dia tan temido para él: podia evitar que se casara Doña Blanca, pero no que cumpliera veinte años; y en la época á que nos referimos, la doncella tenia ya diez y siete.

Entonces comenzó aquella série de malos tratamientos, de que Doña Blanca se quejaba con Doña Beatriz de Rivera.

Doña Blanca permanecia esperando en su aposento la llegada de su hermano: presentia una tempestad, porque al encontrarse en las escaleras de la casa de Doña Beatriz habia visto á Don Pedro, mas severo y mas sombrío que de costumbre.

Las horas corrian y Don Pedro aún no aparecia por el aposento de Doña Blanca: la jóven sabia que él y D. Alonso de Rivera habian concertado para aquella noche la muerte del Oidor Quesada; pero no conocia los pormenores de la trama, podia ser que su hermano mismo fuese entre los que atacaran á Don Fernando, y esta idea la hacia temblar: ella veía á Don Pedro como á su hermano: le amaba á pesar de todo, y la idea de un combate entre él y Don Fernando, el amante de Doña Beatriz, de su única amiga, la hacia estremecer por el resultado, cualquiera que éste fuese. No se acostó y se estuvo rezando.

A la media noche oyó tocar en la puerta de la calle, luego rumor en los patios y en los corredores, y despues todo volvió á quedar en silencio.

Entonces oyó ruido por el pasillo que guiaba á su aposento, llamaron, y abrió. Don Pedro estraordinariamente pálido y sombrío se presentó.

—Estraño es—la dijo sin saludar—que á esta hora aun no os hayais recogido.

—Rezaba—contestó Doña Blanca tímidamente.

—Horas son estas en que solo las monjas rezan. ¿Os sentis acaso con la vocacion necesaria?

—Yo.........

—Doña Blanca, supongo que no habreis olvidado que os he encontrado fuera de la casa, de donde sin mi permiso habeis osado salir.

—Deseaba ver á mi madrina Doña Beatriz.

—Aun cuando así fuese, esto no volverá á repetirse, os lo advierto.

—Lo prometo.

—Podeis prometerlo ó no, que de mi cuenta corre el impedirlo; desde hoy no saldreis de este aposento, ¿lo entendeis?

—Sí.

—Aquí os servirán la comida.

—Pero.........

—Así lo he dispuesto, y con eso basta—dijo Don Pedro saliendo y cerrando tras sí la puerta.

Doña Blanca llorando, se arrojó vestida sobre su lecho.

—¿Por qué su hermano la trataba así, á ella tan sumisa, tan obediente, tan amorosa?

Muy lejos estaba aquella alma vírgen de comprender las negras pasiones que agitaban el corazon dañado de Mejía.

Don Pedro se encerró en su aposento y se sentó frente á un inmenso pupitre negro que tenia primorosas incrustaciones de marfil, representando aves, flores, hombres y edificios.

Sacó de la bolsa de los gregüescos un manojito de llaves de plata unidas por una argolla de oro, y abrió uno de los secretos del pupitre, buscó, y sacó un papel doblado en forma de carta.

Lo desdobló cuidadosamente y se acercó á la bujía de cera que ardia en un candelero de plata.

El pliego tenia un márgen blanco como se acostumbra poner les á los memoriales, y á guisa de sello ó de membrete, decia: «único dueño de mi albedrío,» y luego una carta.

«Dos dias hace que no venis á calmar mis amorosos anhelos, y estos dos dias hánme parecido dos siglos: ¿por qué me desdeñais? por vuestra vida que es la mia, venid.»

«Hánme dicho (lo que no quisiera ni imaginar) que tratais de vuestra boda con Doña Beatriz de Rivera; mas quisiera morir que creer en ello. Tan hermosa y rica dama, merece bien que en ella fijeis vuestros ojos, ¿pero podrá ella nunca amaros como yo? ¿podreis vos en un dia olvidar mi amor y vuestros juramentos?

«Venid, Don Pedro, mi ánima está triste sin veros, y me atormentan horribles pensamientos, vuestra esclava soy que nací para amaros y serviros, y si me olvidais moriré sin remedio: Venid.

«Quien besa humildemente vuestra mano y será siempre vuestra»

«LUISA.»

Don Pedro puso la carta sobre el pupitre, apoyó su frente en las palmas de sus manos, y quedó meditabundo.

—Pobre Luisa......... me ama......... me ama y ¿yo quiero abandonarla.........? pero mi palabra empeñada con Don Alonso......... y que por otra parte, mi matrimonio no es simplemente un negocio de amor, es el complemento de mi fortuna......... veremos......... ante todo, bueno será calmar á la pobre Luisa......... mañana, mañana; lo del matrimonio despues.

Dobló la carta y volvió á ponerla en el cajon secreto.

—Ahora es necesario ver qué se hace con este malhadado negocio de Don Fernando de Quesada que tan mal salió: ¿quién seria ese demonio que se apareció en su defensa? ¿qué habrá sucedido con Tirol? ¿moriria? lo habrán dejado abandonado? y José que no viene!

En este momento llamaron á la puerta del aposento.

—¿José?—dijo Don Pedro.

—Aquí estoy, señor—contestó un lacayo entrando.

—¿Qué sucedió?

—Nada hemos encontrado, fuimos hasta frente á la Catedral nueva en donde pasó el lance, ni un vestigio, ni un rastro siquiera de sangre.

—¿Y Tirol?

—Nada, señor, nada, si murió se ha recogido su cadáver, si no, se lo llevaron herido.

—Pero pues no habia sangre, no estaria herido.

—No lo comprendo eso, yo lo ví caer, cuando el demonio, que sin duda él fué, se apareció en defensa del Oidor. Tirol cayó sin mover pié ni mano, pero si estaba herido no dejó ni una huella de sangre.

—Está bien, retírate á recojer, mañana tal vez aclararemos este misterio.

Y Don Pedro se acostó vestido sobre su cama.

La víctima y el verdugo bajo el mismo techo no podian conciliar el sueño; el dolor y la ambicion devoraban aquellos dos corazones tan diferentes entre sí.

XII.

Lo que hablaron el Oidor y el Bachiller y quién era el herido.

PERMÍTAME su señoría—decia Martin—que le haga una pregunta, no por mera indiscreta curiosidad, sino por saber cuál es su opinion en materia para mí tan delicada.

—¿Y cuál es?

—Dígame usía, ¿se puede creer en las brujas y en sus profecías?

—En tan apurado trance me poneis, que yo á mí mismo no sabria qué contestarme; pero supuesto que el Santo Oficio las persigue y las condena á la hoguera, de existir deben, que de lo contrario ni tal cuidado se tomaria el Tribunal de la Fé, ni nosotros presenciariamos esas ejecuciones.

—¿Pero qué opina usía de lo que ellas predicen?

—Que por diabólicas artes se inspiran, y mas pueden ser engaños y astucias del demonio cuanto digan, que verdades hijas de Dios, y en todo caso mas vale no tener con ellas tratos ni averiguaciones, que eso solo es gran pecado; ¿pero por qué me haceis semejante pregunta? Supongo, señor Bachiller, que no hablaréis con tales personas.

—Líbreme Dios; como cuestion de doctrina háme ocurrido ayer, y me tranquiliza el parecer de usía; pero hablando de otra cosa, usía sospecha de dónde haya partido el golpe de esta noche.

—A no sospecharlo, la librea que viste el hombre que está abajo herido, me lo diera á conocer muy claro. Ese hombre es de la servidumbre de Don Pedro de Mejía que pretende la mano de Doña Beatriz, y es amigo íntimo de Don Alonso de Rivera enemigo mio, por el asunto de la fundacion del Convento de Santa Teresa.

—¿Quereis que veamos si ese hombre ha vuelto á sus sentidos para examinarlo?

—Sí tal; y si así fuese, hacedle subir.

Martin bajó á ver al herido, y el Oidor se desciñó la espada y se sentó á esperar.

El Bachiller volvió con el herido, no había sufrido mas que una pasajera congestion á resultas del puñetazo que descargó Teodoro sobre su frente.

El hombre entró á la estancia en que le aguardaba el Oidor, todavía atarantado, y sin hacerse bien cargo de lo que habia pasado.

—Venid acá, amigo—le dijo Don Fernando con dulzura.

El hombre se acercó.

—Quereis decirme, pero hablad con franqueza, ¿quién sois, y qué motivo os impulsó para buscar mi muerte, cuando yo ni os conozco, y vos quizá apenas me conoceis?

—Señor,—contestó el hombre—aunque tengo la librea de lacayo, me llamo Tirol, y soy el mayordomo de la casa de mi señor Don Pedro de Mejía.

—Bien, ¿y qué causa os movió para pretender asesinarme?

—No me culpe su señoría, debo muy distinguidos favores á mi amo hace muchos años, como el pan de su casa, y fuí mandado.

—¿Y no comprendéis que despues de lo que ha pasado, puedo mandaros matar, no solo impunemente sino con justicia?

—¡Señor!—dijo arrodillándose cobardemente Tirol.

—Alzad, que solo delante de Dios y de su Magestad debeis estar así; alzad, que nada os haré, pero referidme lo que ha pasado.

—Casi nada sé—dijo Tirol levantándose—esta tarde, mi señor Don Pedro y Don Alonso de Rivera me llamaron y me ordenaron que tomara dos hombres de la casa, que fueran de toda confianza, y que hoy en la noche al salir, como lo tiene usía de costumbre del Arzobispado, lo atacase y le matase sin misericordia.

—¿Y estábais dispuesto á cumplirlo?

—Señor.........

—¿La verdad?

—Señor, por Dios.........

—Contestad.

—La verdad......... sí señor.........

—Bien, ¿y cómo sabíais que estaba yo en el Arzobispado hoy en la noche?

—Uno de los hombres que me acompañaban se apostó en la acera de enfrente hasta ver entrar á usía, y entonces me dió aviso.

—¿Y despues?

—Despues venimos á ocultarnos entre el material de la nueva iglesia, hasta que usía pasó.

—¿Y luego?

—Ya eso lo sabe usía; al quererlo atacar, de entre nosotros mismos salió un hombre á quien no habíamos visto, y ya no sé mas, sino que sentí un golpe terrible en la cabeza y perdí el sentido.

—¿Conoceis á ese hombre?

—No señor.

—Bien, quedaos aquí esta noche, y mañana temprano regresad á la casa de vuestro amo y llevadle esta carta; nada teneis ya que temer, os perdono el mal que habeis intentado contra mí.

El oidor escribió una carta á Don Pedro, que decía así:

—«Os devuelvo á vuestro mayordomo, cuidad de emplear para otra vez hombres mas útiles. Os besa la mano

Fernando de Quesada.»

Tirol besó la mano del Oidor, y recibió la carta que se guardó en el pecho.

—Señor Bachiller—dijo por lo bajo Don Fernando á Martin—hacedme la gracia de que dén habitación á este hombre para que pase la noche, mañana temprano que se vaya para su casa, y traedme á Teodoro sin que se miren ambos.

El Bachiller volvió á salir seguido de Tirol.

El Oidor abrió un armario y sacó de él una bolsa grande de seda que figuraba una piña amarilla con hojas verdes en el cuello, y largos cordones para cerrarla que remataban en pequeñas piñitas formadas de cuentas de vidrio de colores.

Colocó la bolsa sobre la mesa y volvió á sentarse.

Teodoro conducido por el Bachiller entró al aposento.

—Me envía á llamar su señoría—dijo Teodoro cruzando sobre el pecho sus brazos y haciendo una profunda reverencia.

—Sí, te debo en esta noche la vida, y quisiera mostrarte mi agradecimiento.

—Bastante es ya mi recompensa con haber conseguido eso; además, yo lo hice conforme á las órdenes de mi ama.

—Yo no estoy satisfecho con eso; yo te doy en nombre de Doña Beatriz tu libertad; además en esta bolsa hay una gran cantidad de monedas de oro, que por ser escasas en México tienen muy alto valor, tómala para que vivas feliz.

Teodoro se arrodilló á los piés del Oidor y le besó la mano, pero no tomó la bolsa que éste le alargaba.

—Por toda mi vida—dijo—grabaré las palabras de su señoría en mi corazón, pero por ningún dinero dejaré de ser el esclavo de mi señora Doña Beatriz; si ella me despidiera, el negro Teodoro se moriria de tristeza.

—Bien—contestó el Oidor—comprendo tu lealtad y tu cariño para con Doña Beatriz; es un ángel á quien es preciso amar, pero al menos toma este dinero.

—Perdóneme su señoría, quiero tener solo la recompensa del placer por haberle servido de algo; además.. señor......... yo........ soy muy rico.

—¡Muy rico!—esclamó el Bachiller espantado de que un esclavo fuese muy rico, y acercándose como para contemplar mejor aquel ser mitológico.

—¡Muy rico!—repitió el Oidor, que aunque no tanto como el Bachiller, pero estaba admirado.

—Sí, señor—contestó Teodoro inclinando como ruborizado la cabeza.

—Estos pobres se creen poderosos cuando tienen cien reales—dijo Martin.

Teodoro se sonrió con desdén, y Don Fernando lo advirtió.

—¿Cuánto será tu capital, Teodoro?—preguntó.

—Cien veces lo que contiene esa bolsa—contestó tranquilamente.

—¿Sabes lo que dices? esta bolsa contiene mas de mil escudos de oro.

—Así me lo pensaba.

—¡Cien veces mil escudos!—dijo el Bachiller mas asombrado á cada respuesta de Teodoro—¡Cien mil escudos! ¿entonces por qué eres esclavo? ¿por qué no compras á Doña Beatriz tu libertad?

—Ya dije á su señoría que por ningún caudal dejaria de ser el esclavo de mi señora Doña Beatriz, le debo la vida y la felicidad.

Martin abria los ojos como dos patenas, y la boca como una puerta cochera; aquello estaba para él fuera de lo natural, era casi un prodigio.

—A fé mia—dijo Don Fernando, que aquí se encierra un misterio profundo; ¿sabe tu ama, Teodoro, que eres tan rico?

—Mi ama sabe tambien que seria jo libre si quisiese, y que jamas lo seré.

—Dígale usía que nos cuente, que nos esplique todo eso.

—No, señor Bachiller, mucho le debo á Teodoro para obligarlo á que me descubra sus secretos, por mas que me anime el deseo y la curiosidad de conocerlos, principalmente por la parte que en ellos tenga Doña Beatriz.

—No serán secretos para su señoría—dijo el negro—que me basta que su señoría sea quien es, y tan alto lugar tenga en el corazón de mi ama, para que yo le confiara lo que guardo en mi seno, tanto mas que fío en su discreción como en la de mi confesor. ¿Quisiera su señoría conocer mi historia?

—Te confieso que me seria muy satisfactorio.

—Larga es.

—No importa, te permito que te sientes.

El negro se sentó humildemente en el suelo y á los piés de Don Fernando.

—¿Y yo?—preguntó Martin.

—¿Tienes inconveniente en que escuche Don Martin?

—No, señor—dijo Teodoro, volviendo su vista á Martin—quedaos, que yo sé cómo aseguraré con vos mi secreto.

Martin contento de escuchar la historia tomó asiento en un escabel.

El Oidor comenzaba á comprender por todo, que Teodoro no era un esclavo comun, aquel hombre era otra cosa de lo que á primera vista parecia.

XIII.

La historia del esclavo.

MI madre, señor, era esclava de la casa de Don José de Abalabide, comerciante español, que tenia una de las mejores tiendas mestizas que se hallan en la Plaza principal. Mi padre, esclavo tambien de la misma casa, habia servido muchos años á Don José y habia muerto pocos dias antes de mi nacimiento, á resultas de una caida que le dió un caballo.

«Mi padre, señor, lo mismo que mi madre, eran de sangre real; os hago esta advertencia, porque esto viene mucho á esplicar algunos acontecimientos de mi vida que vereis mas adelante.

«Mi amo no tenia familia y vivia solo conmigo y con mi madre: era un hombre muy honrado, buen cristiano y caritativo con los pobres; aunque si he de decir verdad, tenia mucho apego á las riquezas y procuraba atesorarlas, viviendo con sobrada economía.

«Como no frecuentaba amistad ninguna y hacia tantos años que mi madre era su esclava, el Sr. Abalabide me tenia un gran cariño, y así conforme fuí creciendo y ayudaba en los quehaceres de la casa, mi amo se fué interesando mas por mí, y en las noches cuando ya la tienda estaba cerrada se entretenia, despues de rezar el rosario, en enseñarme á leer y á escribir.

«Llegué así á cumplir veinte años y mi amo estaba muy contento de mí: era yo fuerte para el trabajo, y le ayudaba yo en todo.

«Mi amo debia ser rico, pero no sabiamos adonde tenia su dinero porque él lo ocultaba.

«Cerca de la tienda del Sr. Abalabide estaba otra de uno que se decia Don Manuel de la Sosa, y que por motivo sin duda de ser menos conocido, ó menos antiguo, tenia muy pocas ventas que casi todos los marchantes se iban á la de mi amo; esto le causaba á Don Manuel tanto desprecio, que casi nunca pasaba por delante de la casa de Don José de Abalabide sin proferirle alguna injuria; pero como éste era ya hombre de edad y de buen juicio, nunca quiso tomar la demanda.

«Mi madre comenzaba ya á ser inútil para el trabajo, y mi amo se decidió á comprar á un conocido suyo una esclava cocinera, que tenia una hija mulatita que servia de galopina. Llamábase Clara la madre y la muchacha Luisa.

«Luisa era muy jóven, pero muy agraciada: en la casa de sus antiguos amos la trataban muy mal y estaba muy delgada y muy enferma cuando llegó á la casa de Don José.

«Al principio traté á Luisa con indiferencia, pero despues comenzó á engordar y á robustecerse, y se puso tan bonita, que á poco me encontré enamorado de ella. El continuo trato nos hizo entrar en relaciones amorosas y yo iba á pedir licencia á mi amo para unirme con ella, cuando un incidente me hizo vacilar.

«Comencé á observar que Luisa andaba mas alegre y mas compuesta que de costumbre, y que se asomaba frecuentemente á una ventana desde donde se divisaba la casa de Don Ma nuel; yo la amaba con delirio y me empecé á entristecer: ella lo notó y me preguntó la causa: le cobré celos, y se rió.

—«No seas tonto, Teodoro—me dijo—yo te encargo que estés contento; todo esto es cosa que nos va á hacer mas felices: no me preguntes nada, y ya verás.

«Me tranquilicé un tanto y no volví á decirle nada; me puse alegre como de costumbre, y me determiné á hablarle á mi amo.

«Dormia yo en la trastienda con el objeto de estar mas al cuidado: una noche me pareció oir un ruido por el interior de la casa, y me levanté sin encender luz y sin hacer ruido y me entré por las piezas.

«Conforme me iba aproximando al aposento que tenia la ventana para la casa de Don Manuel, iba siendo mas perceptible el rumor, hasta que penetrando en él ví asomada una muger á la ventana hablando con alguien que estaba por fuera; debia haber escuchado, pero la luna que penetraba en el aposento me hizo reconocer á Luisa, y la cólera y los celos me cegaron y me arrojé sobre ella.

«Luisa al verme lanzó un grito, y el hombre de fuera huyó.

—«Traidora—la dije:—¿conque así me engañabas?

«Luisa se desprendió de mí, furiosa como una leona.

—«¿Y qué derecho tienes para reconvenirme?—me dijo.—¿Eres mi amo? ¿Eres ya mi marido?

—«¡Infame! ¿Y tú no me habias dicho que me querias?

—«Te queria, pero ya no te quiero, y no quiero ser esclava: un hombre libre me ama, me va á comprar y á darme mi libertad para que yo sea suya, y tú no harás esto por mí, y tú me dejarás esclava, y mis hijos serán esclavos, y yo no quiero que mis hijos sean tambien esclavos como mis padres.

«En el fondo Luisa tenia razon.

—«¿Pero nunca me has amado, Luisa?

—«Sí, te he amado; pero me tiene cuenta amar ahora al que me da mi libertad: ¿me la puedes dar tú, seré tuya; te seguiré amando; puedes?

«Comprendí toda la fuerza de lo que me decia Luisa, y casi llorando contesté:

—«No.

—«Pues entonces si me quieres, como dices, no me quites lo que no puedes darme.

«No tuve ni que replicar: callé, y me retiré con un puñal de fuego en mi corazon.

«Era esclavo, y no podia ofrecer á esa muger que amaba mas que á mi vida, sino la esclavitud, y no podia dejar á mis hijos sino la esclavitud, y Luisa me habia hecho comprender lo espantoso de mi situacion.

«¿Qué hacer? No tenia mas remedio que perderla para siempre, y verla en brazos de otro. Entonces la tristeza mas profunda se apoderó de mi alma, y casi me enfermé.

«Luisa, á pesar de todo, me amaba; pero su corazon no era bueno.

«Un dia teniendo quizá lástima de mí, me dijo:

—«Teodoro, ¿qué esto no tendria remedio? Porque yo no puedo dejar de quererte enteramente.

—«¿Y qué remedio?—la dije—¿qué remedio hay para un esclavo?

—«Si tú fueras rico y nos pudiéramos ir muy lejos á vivir los dos solos en nuestra casita, queriéndonos mucho, cuidando á nuestros hijitos.

—«¿Pero de dónde tomaria yo ese dinero?

—«El amo es muy rico.

—«Y nada nos dará.

—«Por su voluntad ya lo creo......... pero hay otros modos.........

—«¡Luisa!

—«No, no te alarmes, piénsalo: él duerme solo, no podria resistirse. ¿Por qué él débil ha de ser nuestro amo? Con lo que él tiene, podemos ser muy felices: piénsalo.

—«No Luisa, por Dios no me tientes.

«Luisa no me contestó, pero yo en toda la noche me pude dormir: soñaba yo rios de oro y de plata, pero mezclados con sangre, y veía á mi amo muerto de una puñalada, y despues me sentia yo al lado de Luisa, que era ya mia, que no éramos esclavos; en fin, no sé cuántas cosas, pero pasé la noche mas agitada de mi vida.

«Me levanté y la luz del dia disipó aquellas visiones.

«Luisa estaba cada dia mas bella, y procuraba provocar mi pasion de cuantas maneras podia; ya descubriendo al pasar, y como por descuido, el nacimiento de su pierna torneada y bella; ya desprendiendo de sus hombros el trage como por causa de la fatiga, cuando conocia que yo la espiaba; ya cantando con pasion, de modo que pudiese oirla, coplas y endechas amorosas y provocativas.

«Al decaimiento moral de mi alma sucedió una excitacion verdaderamente peligrosa; pero que ella con una astucia infernal sabia mantener viva y darle la direccion que le convenia; jamás habia vuelto á alcanzar de ella favor de ninguna clase; olvidando la escena que yo mismo habia presenciado, le pedia de rodillas besar una de sus manos; la pasión ahogó los celos; pero era inflexible, y á todo me contestaba:

—«Yo quiero ser libre y rica: yo no me dejo besar de un cobarde.

«Una noche me agitaba inquieto en mi cama, sin poder dormir, sin olvidar un momento á Luisa, cuando sentí el roce de un vestido en la puerta y una escasa claridad alumbró la trastienda en que dormia: me senté creyendo que soñaba y me es tremecí: era Luisa, Luisa que se acercaba con un pequeño candil en la mano, media desnuda, cubierto apenas su hermosísimo seno con una manta que á cada movimiento de sus brazos caia, y que ella volvia á levantar.

«Su negro y rizado pelo se derramaba sobre sus hombros desnudos: brillaban sus ojos con un fuego desacostumbrado.

«Llegó hasta mi lecho y se sentó tomando una de mis manos.

—«Teodoro—me dijo—¿es verdad que me amas?

—«Sí,—le contesté,—te amo tanto, que estoy sintiendo cada dia que mi razon se va; que me vuelvo loco.

—«Pues entonces ¿por qué no quieres la felicidad que te ofrezco?

—«Luisa, porque es un crímen horrible lo que me propones.

—«No te parezco bastante hermosa para obtenerme por ese precio—dijo descubriéndose su seno.

«Atraje su cabeza y nuestras bocas se unieron, los labios de Luisa me abrasaron, pasé mi mano por la piel suave y aterciopelada de su pecho, sentí un vértigo, y abrazé su delgado talle.

—«Teodoro—me dijo retirándose—no seré tuya mientras no seamos libres y ricos: vírgen me encontrarás, y ésta será tu recompensa.

—«Haré lo que me mandes—contesté, comenzando á vestirme precipitadamente.

—«Así te quiero, así, Teodoro: valiente, decidido—y se acercó á mí y puso en mis labios el beso mas lascivo que pudo haber nunca inventado el amor, y el deseo de una muger de la raza negra.

«Estaba yo vestido.