El cochero que la dirijía espantado avivó los caballos, y á toda carrera se entraron á palacio. No se detuvo allí el furor de la gente, sino que se arrojaron tambien sobre los que guardaban la puerta del mismo palacio y habian amparado y favorecido al secretario Osorio.

El tumulto creció, algunos pocos entraron en auxilio del palacio, y el virey ordenó que salieran algunos caballeros con alguna de las guardias para despejar la plaza.

No hicieron sino presentarse en la calle, y delante de la multitud, cuando ésta se volvió fieramente sobre ellos y les hizo huir, obligándoles otra vez á encerrarse.

Mas y mas crecia á cada momento el tumulto, y hacian fuego contra las ventanas y las puertas.

Entonces el virey mandó que desde una de las azoteas se tocase el clarin, que era la señal que se acostumbraba para llamar á la caballería á palacio en cualquier acto público. Al sonido del clarin sosegó por un momento la sedicion; los de afuera temiendo el auxilio que los de adentro esperaban con tanta necesidad como impaciencia. Pasó un rato, y nadie acudió al llamamiento, y entonces los sediciosos comprendieron que el virey en palacio no tenia esperanza alguna de auxilio.

Entonces cobraron nuevo brio, y entre los gritos de «muera el hereje» y «viva la fé cristiana» volvieron á arrojarse sobre palacio.

La bandera es casi una necesidad entre los soldados que combaten, y por eso sin duda uno de los que defendian á palacio sacó de la armería una de las flámulas que habian servido en el túmulo de Felipe III en las solemnes honras que se le hicieron en México, y la colocó en una ventana.

Un grito inmenso de los sitiadores acojió la presentacion de aquella bandera, pero poco despues rompiendo la multitud un grupo conduciendo una gran escalera, salió de la Catedral y llegó hasta el pié de los muros de palacio.

La escalera se colocó, y en medio de los aplausos y de los gritos de los sediciosos, Martin cubierto con una rodela y con una espada desnuda subió hasta arrancar aquella flámula.

En honor de la verdad deberemos confesar que los defensores de palacio no hicieron gran cosa para impedirlo.

Entre gritos de triunfo y llevando en la mano el trofeo de su victoria, Martin fué llevado en brazos de los mas entusiastas hasta dentro de la misma Catedral y recibió allí las felicitaciones de todo el clero, que no se atrevia á declararse militante, pero que desde el templo animaba y escitaba la insurreccion.

A cada momento llegaban á la plaza nuevos grupos de gente, capitaneados por clérigos á caballo, que llevaban un Crucifijo en una mano y una espada en la otra.

La gente comenzó á pedir á gritos la libertad de los tres Oidores presos por la revocacion de los autos dictados contra el Arzobispo, y éstos prometiendo al virey calmar la sedicion salieron de palacio por la puerta de la Acequia.

En medio de uno los grandes grupos que habia en la plaza, el Ahuizote subido sobre un poste, hablaba á la multitud: Luisa á su lado con su traje de hombre, le indicaba lo que debia de decir.

El Ahuizote vestia como Martin en aquella ocasion, una especie de traje clerical. El Ahuizote indicó al pueblo, que era preciso acudir á la inquisicion en busca del pendon de la fé, porque supuesto que la fé era lo que se defendia, su pendon era de todo punto necesario.

No hay cosa que acoja con mas exaltacion una muchedumbre irritada que un absurdo; por eso la idea del Ahuizote pareció soberbia á todos los que llegaron á oirla, y una gran parte de la gente que habia en la plaza se dirijió á la inquisicion atravesando por las calles de Santo Domingo.

Las turbulencias públicas preocupaban de tal manera á los inquisidores, que habian abandonado las causas de la fé, por estar en espectativa de lo que acontecia entre el virey y el Arzobispo, sin haber querido aparentemente protejer á ninguno de los dos.

Los sediciosos que venian de la plaza llegaron hasta las puertas de la inquisicion pidiendo á grandes voces que se les entregase el pendon de la fé, para ir contra la casa del hereje.

No era el Santo Oficio un tribunal capaz de dejarse acobardar por una sedicion; conocia su fuerza y su poder contra el que apenas se hubieran atrevido á luchar los reyes y los papas, y por toda contestacion mandaron los inquisidores que todo el mundo se retirase de allí, bajo la pena de excomunion y de doscientos azotes al que tardase en obedecer.

Todo el mundo calló y comenzaron á retirarse.

—Este es el momento—le dijo Luisa al Ahuizote—de poner en libertad á Don Melchor.

El Ahuizote se hizo eco de estas palabras, y la gente se dirigió al convento de Santo Domingo. Los religiosos espantados habian cerrado las puertas, pero el pueblo las hizo pedazos, y dirigido por Luisa y por el Ahuizote llegaron al aposento de Don Melchor Perez de Varais.

Don Melchor se arrojó en los brazos de Luisa, y todos los que le seguian entusiasmados por aquel abrazo que ellos tomaban por un rasgo de gratitud, del Corregidor de México hacia sus salvadores, le sentaron en un sillon; y como en triunfo, en medio de los gritos y aclamaciones, le condujeron hasta Catedral.

En el entretanto Garatuza no habia descansado tampoco. Conocia que aquel movimiento necesitaba una cabeza, y determinó comprometer á Don Pedro Vergara Gaviria á presentarse decididamente en la escena. Con este objeto se dirijió á su casa con otra gran parte de los sediciosos que habian quedado en la plaza.

Garatuza dejó á la gente en la calle, y subió hasta los aposentos del Oidor Gaviria que temblaba al escuchar los gritos, temia las consecuencias y se espantaba de su misma obra.

—Que el cielo os guarde, Don Martin—dijo Vergara, viendo aparecer á Garatuza—¿qué venis á hacer por aquí?

—Hácese ya tan necesaria vuestra presencia en la plaza, contestó Garatuza—que de no acudir vos en auxilio nuestro, fácil será que otros acudan en el del virey, y que la gente que nada alcanza se retire dejando al de Gelves dueño del campo.

—¿Pero qué pretendeis?

—Que vengais á poneros á la cabeza de todo el movimiento, que intimeis al virey á quedar preso, y que reuniendo á la Audiencia os encargueis del gobierno de la Nueva España.

—¿Pero vos tratais de perderme? Sí, me perdeis sin duda; el Arzobispo ausente, preso Don Melchor Perez de Varais, todos los demas oidores tan pocos de ánimo que en nada me querrán auxiliar: ¿qué suponeis que pueda yo hacer?

—Señor—contestó Martin—si vos tomais decididamente un partido, muy pronto Don Melchor Perez de Varais estará libre y á vuestro lado; muy pronto su Señoría Ilustrísima habrá vuelto á México, y los oidores no vacilarán en hacer con vos causa comun, si comprenden que teneis la energía suficiente para resistir á la tempestad siquiera por seis horas.

—¡Don Pedro de Vergara!—¡que salga Don Pedro!—gritaba en la calle la impaciente muchedumbre.

—¿Lo oís señor?—¿lo oís?—decia Garatuza.—El pueblo os aclama, la ciudad os pide, ayudadla á salvarse.

—Pero si salimos mal........... si nada se consigue............

—¡Que venga Don Pedro!—seguia gritando la turba.

—Vamos señor, vamos, ya no es posible escusarse, vos nos habeis traido á este terreno, y vos mismo podeis comprender qué será de la ciudad si las cosas siguen, y falta una cabeza que dirija, un brazo que enfrene á esa multitud.

—Pero...

—Nada de obstáculos, todavía ahora es tiempo, quizá dentro de poco ya no lo será. Vamos.

Y Martin casi á fuerza sacó á Don Pedro de Gaviria de su casa.

—Me vais á perder, me vais á perder—repetia el Oidor en medio de las atronadoras esclamaciones con que fué recibida su presencia.

Don Pedro vacilante y pálido llegó hasta la puerta de palacio, allí se adelantó solo, llamó, le abrieron, penetró en el interior y la puerta volvió á cerrarse despues pesadamente.

Los sediciosos quedaron en espectativa del resultado que daria aquella conferencia del Oidor Don Pedro de Vergara Gaviria con el marqués de Gelves.

Se habian suspendido las hostilidades...........................

XVIII.

Como siguió el gran tumulto de México.

DON Pedro de Vergara Gaviria subió las escaleras de palacio y en busca del virey, mas bien con el deseo de observar el número y el ánimo de los defensores, que con el de procurar el remedio del tumulto.

Con poca gente contaba el marqués de Gelves para la resistencia; sin prevencion alguna para un lance de aquella naturaleza, el parque para los arcabuces era escasísimo, y en lo que se llamaba armería no existian mas que algunas alabardas y picas rotas, y algunas ballestas y arcabuces completamente inútiles, de tal manera, que el virey no habia podido ni armar á la servidumbre de palacio.

El Oidor Vergara penetró hasta el aposento del virey.

El marqués de Gelves se paseaba pálido y sombrío en el salon de su despacho, sin hablar una palabra á nadie, y apretando de cuando en cuando los puños convulsivamente.

La situacion del marqués de Gelves no podia ser mas violenta ni mas comprometida. Satisfecho de la justicia de su causa; seguro de las torcidas intenciones de sus enemigos; dotado de un valor indomable y de una resolucion á toda prueba, se encontraba reducido á una cruel estremidad, que lo ponia en la disyuntiva de hacer una capitulacion vergonzosa con sus enemigos, ó sucumbir abrumado por las fuerzas de sus contrarios.

Consideraba el pequeño número de los defensores de palacio, y luego asomándose tras de una cortina contemplaba la inmensa muchedumbre que, semejante á un mar irritado, se agitaba llenando la plaza, y todas las calles de los alrededores hasta donde alcanzaba la vista.

De cuando en cuando, de aquella multitud, se levantaban gritos y rujidos atronadores como el estampido de un rayo, y en las ondulaciones de aquella inmensa masa humana, el brillo de las armas venia á penetrar por las ventanas de palacio.

El marqués de Gelves sentia entonces no el desaliento del cobarde que tiembla del peligro, sino la desesperacion del hombre de valor que se convence de su impotencia.

El Oidor Vergara se dirijió al virey casi temblando. Aquel hombre imponia á sus enemigos respeto aún en medio de su desgracia.

—¿Qué anda haciendo en medio de esta tempestad, el señor licenciado Don Pedro de Vergara Gaviria?—dijo el virey tendiéndole la mano.

—Venia con el objeto de hablar con Su Excelencia para procurar un medio de calmar esta tempestad—contestó el Oidor,—y luego dijo dirijiéndose á Don Cesar de Villaclara y al secretario Cristóbal de Osorio, que conversaban en la misma pieza en el alfeizar de una ventana.—Dios guarde á vuestras mercedes.

Osorio y Villaclara le contestaron con una ligera inclinacion de cabeza.

—¿Qué me decia el señor Oidor?—preguntó el virey, ofreciendo un asiento á Don Pedro, y sentándose él á su lado.

—Señor—dijo el Oidor, sin saber verdaderamente por donde comenzar aquella conferencia—venia á ofrecerle á S. E. mis servicios para calmar esta sedicion.

—¿Creeis vos poder calmarla?

—Estoy casi seguro de conseguirlo.

—En tal caso, mal habeis hecho en no haberlo ya verificado; que ofensa es á Dios y á Su Majestad el permitir desacatos como los que ahora se cometen, pudiendo impedirlos, y tan culpable será quién los promueva, como el que pudiendo no los evite.

—Señor—tartamudeó el Oidor.

—Si vuestro ánimo es á lo que decis evitar ese escándalo, creo que debiérais apresuraros, que no será á mí á quién tal servicio presteis, sino á Su Majestad (que Dios guarde) con la calma y pacificacion de sus reinos.

—Entonces, si me dais permiso, saldré á procurar que todo el mundo se retire á su casa.

—Id, señor Oidor, que hace tiempo que esto mismo debiérais haber hecho.

El Oidor se levantó y salió de la sala, haciendo mil reverencias al virey.

—¡Villanos!—Esclamó el de Gelves, cuando le vió desaparecer—tiemblan como unos criminales á la presencia de su juez, porque su conciencia está turbada y con hipócrita falsedad quieren hacerme creer en su lealtad, y en sus buenas intenciones. ¡Ah! si yo pudiera contar aquí siquiera con cien jinetes...............

El virey lanzó un suspiro y volvió á continuar en sus paseos.

Entretanto el Oidor Vergara habia llegado á la plaza, agitando su pañuelo blanco como señal de paz.

Todos los que estaban en las ventanas y con los ojos fijos en las puertas de palacio vieron las señas de Don Pedro, y en todas partes comenzaron á agitarse lienzos blancos, y por todas partes comenzaron á escucharse los gritos de «paz,» «paz.»

La gente se abria para dejar pasar á Don Pedro de Vergara, y á otros oidores que con él se habian reunido, formándoles una ancha calle, y ellos en vez de continuar aquietando el tumulto, se entraron á las casas consistoriales.

El pueblo comprendió que los oidores tomaban partido contra el virey; desde aquel momento la sedicion se creyó amparada por la ley.

La flámula arrancada de las ventanas de palacio fué quitada de Catedral, y ofrecida á los oidores como pendon real.

Los sediciosos habian hecho un empuje y comenzaban á arder las puertas de palacio.

En estos momentos por una de las calles desembocó en la plaza una soberbia cabalgata, á la cabeza de la cual iba el poderoso marqués del Valle, descendiente por línea recta del conquistador de México Don Hernando de Cortés.

El influjo de la familia del conquistador habia sido y era muy grande en toda la Nueva España, pero principalmente en la capital.

El marqués del Valle atravesó seguido de su comitiva, y habló al pueblo.

Los sediciosos se calmaron, se apagaron las puertas del palacio, y el marqués entró en el interior de él, dejando á su comitiva como de guardia en dichas puertas.

El virey y el marqués del Valle conferenciaron largo tiempo, y el del Valle consiguió por fin una órden del virey para que el Arzobispo volviese á México.

Con esta órden se creyó calmar al pueblo y sosegar el tumulto. El marqués envió una carroza y unos criados en busca del Arzobispo despachándole la órden para su regreso, y salió él mismo á su encuentro seguido de su comitiva.

La noticia de estas novedades circuló en el pueblo, pero ni un solo individuo se separó de la plaza, á pesar de que vieron atravesar al marqués del Valle, al marqués Montemayor, y al inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores, que iban al encuentro del Arzobispo.

Los frailes de San Francisco quisieron ayudar al virey, y entraron en la plaza gritando:—«Paz,» y levantando como bandera un hábito de San Francisco.

Los clérigos se arrojaron sobre ellos, y los franciscanos volvieron á su convento llevándose sin embargo á una gran cantidad de indios que les seguian.

Todo el dia permaneció la gente en la plaza, y ya en la tarde parecia comenzar á calmarse, cuando se circuló la noticia de que la Audiencia habia mandado intimar prision al virey.

Por una de las ventanas de la casa de cabildo asomó Don Pedro de Vergara Gavina, é hizo seña de que queria hablar.

Todos quedaron en profundo silencio.

Don Pedro dijo al pueblo—que el virey estaba destituido por la Audiencia, que él habia sido nombrado Capitan general de la Nueva España, y con esa investidura ordenaba á todos que se reuniesen con sus armas en la Plaza principal de la ciudad.

Los que no tenian armas corrian inmediatamente por ellas, y los que las tenian, mostrándolas, alzaban una inmensa vocería, que se escuchó en todos los ángulos de la ciudad.

La campana mayor de la iglesia Catedral tocaba á rebato.

El virey contemplaba tristemente aquella escena, oculto tras una de las cortinas de las ventanas de palacio.

Una hora despues, el nuevo Capitan general Don Pedro de Vergara Gaviria, llevando en la mano el baston de general, se dirijia para el rumbo del convento de San Francisco á la cabeza, de una gran columna de hombres armados, que segun el decir de algunos cronistas de aquellos tiempos, ascendería en su número á doce mil.

A la cabeza de esa columna iban los hermanos de la tercera Orden de San Francisco, llevando en lo alto un Cristo cubierto con un velo negro, y gritando á grandes voces—«muera el hereje.»

Pero no toda la gente que estaba en la plaza siguió al nuevo Capitan general, mucha quedo allí, y apenas vieron desprenderse la columna, se lanzaron sobre palacio llevando el pendon de la ciudad y gritando.

—«Guerra, guerra, cierra, cierra, viva el rey, y muera el mal gobierno.»

Entonces comenzó verdaderamente el combate. Ardieron las puertas de palacio, el fuego se comunicó á la cárcel, los presos tomaron parte en la sedicion, y rompiendo sus prisiones se mezclaron con los asaltantes.

Entre los gritos del combate, se escuchaban las detonaciones de los arcabuces.

La multitud invadia ya á palacio.

El Ahuizote caminaba por delante matando á cuantos encontraba dentro.

El virey pensó entonces en su salvacion, y embozándose en una capa negra y seguido de Don Cesar, salia por una de las puertas en el momento en que el Ahuizote iba á entrar.

—Aquí está......... gritó el Ahuizote conociéndole.

—¡Silencio, miserable!—contestó Don Cesar atravesándole la garganta de una estocada.

El Ahuizote cayó en tierra, y espiró entre los piés de la multitud, que no se detuvo al verle allí.

El virey se confundió entre los grupos, y aprovechándose de la oscuridad de la noche atravesó la plaza y fué á tomar asilo al convento de San Francisco.....................

Teodoro condenado á muerte por el virey, y que debia haber sido ejecutado aquel mismo dia, salia libre entre los brazos de Martin que habia roto los cerrojos de su prision.

El palacio de los vireyes fué completamente saqueado, sin que el nuevo Capitán general hubiese hecho nada, ni procurado siquiera sofocar el incendio que habia consumido casi la mitad del edificio.

Desde una de las torres de la Catedral, Luisa y Don Melchor contemplaban alegremente los efectos de su venganza.

A las nueve de la noche, enmedio de los repiques y de multitud de cohetes que poblaban el aire, hacia solemnemente su entrada en México el Ilustrísimo Señor Arzobispo, Don Juan Pérez de la Cerna.

XIX.

Lo que pasó á dos personas que quizá baya olvidado el lector.

COMO dicen vulgarmente, que cuidados mayores quitan menores, por seguir el hilo de nuestra historia hemos abandonado desde hace mucho tiempo á dos personas que no por su poca representacion dejan tambien, como dicen los modernos políticos, de haber contribuido con su «grano de arena.»

Tal vez el lector no recuerde ya á Felisa, la muchacha del convento de Santa Teresa, y al sacristan su novio, á quienes abandonamos en los momentos mismos en que la ronda se cansaba en su persecucion.

Les abandonamos en el momento del peligro, pero esto es en estos tiempos cosa muy comun.

Los dos fugitivos eran jóvenes, fuertes, y agitados por el miedo parecian tener alas en los piés como Mercurio: los corchetes que no tenian mucha prisa por dar con su humanidad en tierra, y que iban estorbados por las capas y las espadas y las varas, perdian ya las esperanzas de hacer la presa.

El sacristan y su adorada dieron vuelta por la calle del Arzobispado y llegaban ya cerca de la entrada de Santa Teresa, cuando de la plaza vieron venir otra ronda.

Los perseguidores comenzaron á gritar «atajen á esos» «atajen á esos» y el refuerzo se puso en movimiento.

Los fugitivos esquivaron el encuentro tomando por la calle cerrada de Santa Teresa, y llevando no muy de cerca á sus enemigos, lograron llegar á la puerta del templo por donde habian salido con Blanca hacia poco.

Felisa no podia ya correr, el cansancio y la fatiga, unidos con el terror, no la permitian dar un paso.

Por mas que su amante la instaba, la pobre muchacha no podia moverse.

El sacristan creia ya llegada su última hora cuando una idea luminosa cruzó por su cerebro, buscó en sus bolsillos y sacó precipitadamente una llave—era la de la iglesia.

En esos momentos abrió la puerta, y empujando para dentro del templo á Felisa se entró detras de ella y cerró cuidadosamente procurando no hacer ruido.

La ronda pasó por frente á la iglesia sin pensar siquiera que allí se habian refugiado los fujitivos.

El sacristan miraba por una hendidura de la madera, y Felisa habia caido de rodillas. Así trascurrió cosa de media hora.

—Se han ido ya—dijo muy bajo el sacristan—vámonos.

—No—contestó Felisa—Dios me ha hecho volver milagrosamente á su casa de donde habia yo huido, y no saldré ya de ella.

—Pero mi vida, por Dios, ¿y tanto trabajo para que salieras, y las llaves?

—Las llaves que por fortuna no he perdido, me servirán para volverme por donde vine, y si Dios permite que nada hayan observado las madres, me guardaré por siempre el secreto de lo que ha pasado en esta noche como si fuera un sueño. Dios haga muy feliz á Sor Blanca, ya que me hizo á mí tan dichosa de haber podido volver aquí sin que otra novedad me lo hubiera impedido. Adios, y ojalá que á tí te sirva esto de leccion como á mí.

Y Felisa con toda la resolucion de las pasiones fanáticas que en cada acontecimiento miran un aviso de la Providencia, no quiso detenerse y sacando un manojo de llaves, se entró al interior del convento, dejando al amante sumerjido en la meditacion mas profunda.

—¡Quizá sea mejor así!—dijo el sacristan, no hay mal que por bien no venga; aun es casi media noche, bueno será dormir ya que salimos con bien. Abrió uno de los confesonarios y se acomodó dentro. Media hora despues roncaba.

Felisa entró temblando al convento, felizmente para ella nadie habia notado aun su falta. Reinaba en el convento el mismo silencio.

Felisa se dirijió á la celda de Sor Blanca, y dejó en ella la caja de las alhajas que se habia traido, y luego cerró la puerta.

Nadie supo nunca que aquella muger habia pasado unas horas fuera del convento.

El sacristan siguió como siempre siendo muy del agrado de sus monjitas por su actividad y limpieza.

LIBRO CUARTO.

VÍRGEN Y MÁRTIR.

I.

En donde hacemos conocimiento con el inquisidor mayor, Don Juan Gutierrez Flores, y volvemos á ver á Doña Blanca.

HEMOS llegado á la sala de Audiencia del Tribunal de la Fé.

Era un salon como de veinte varas de largo y ocho de ancho y magníficamente adornado, rodeado de columnas del órden compuesto; con ricas colgaduras de damasco encarnado. En el centro de una de las cabeceras, un gran dosel de terciopelo carmesí con franjas y borlas de oro; debajo de él y sobre una plataforma rodeada de una barandilla de ébano negro, y á la que se subia por una gradería, la mesa de los inquisidores y sus tres sillones de terciopelo carmesí, con borlas y franjas, y recamos de oro.

En el dosel bordadas las armas de la monarquía española, y apoyado en el globo de la corona con que remata el blason un Crucifijo, y en derredor el terrible lema de la inquisicion: Exurge Domine, judica causam tuam. A los lados de la cruz dos ángeles, uno con una oliva en la mano derecha, y una cinta en la izquierda que decia: Nollo mortem impii, sed ut convertatur, et vivat: en el otro lado el otro ángel con una espada en la mano derecha y en la izquierda una cinta con este mote: Ad faciendams vindictam, in nationibus increpationis, in populis.

Cerca del dosel habia una pequeña puertecilla llena de agujeros para que el denunciante y los testigos pudieran desde dentro ver al reo, sin ser vistos por él.

A la derecha del salon estaba la puerta que conducia á las prisiones, y un poco mas adelante, pero cerca de ella, en el mismo muro, otra puerta que tenia encima este rótulo: mandan los señores inquisidores que ninguna persona entre en esta puerta para dentro, aunque sean oficiales de esta inquisicion, si no lo fuesen del secreto; pena de excomunion mayor.

Don Juan Gutierrez Flores estaba sentado bajo el dosel, el escribano notario del Santo Oficio le daba cuenta con una multitud de causas.

—Denunciaciones—dijo el escribano—tomando uno de los procesos—contra Sor Blanca del Corazon de Jesus, monja profesa del convento de Santa Teresa de esta capital, por herejía y pacto con el demonio.

—¿Qué hay de nuevo en esa causa?—preguntó el inquisidor mayor.

—Los testigos y denunciantes hance citado para venir, y no se les ha podido encontrar á todos, porque el principal, que es el denunciante, hace encontrado muerto despues del asalto que se dió á palacio; pero su declaracion debe hacer grande fé porque ese hombre segun el entierro que se le mandó hacer por el Illmo. señor Arzobispo, tenia muy grandes merecimientos.

—¿Y hay, además, otros testigos?

—Una señora principal, aunque ésta tampoco ha podido ser hallada.

—Entonces podeis hacer que entre, ó que sea conducida á mi presencia la llamada Sor Blanca, para proceder á tomarle su declaracion.

El escribano puso el auto y la órden para la comparecencia de Sor Blanca, y agitó una campanilla de plata que habia sobre la mesa.

Un familiar se presentó, y el escribano le entregó la órden.

Trascurrió un cuarto de hora cuando se abrió la puerta de las prisiones, y Blanca conducida por dos carceleros, que tenian las caras cubiertas con sus capuchones, penetró en la sala de Audiencia.

Blanca estaba sumamente pálida, sus ojos brillantes y enrojecidos por el llanto, se fijaban espantados en la figura del inquisidor, y en el estraño adorno de la sala.

La jóven se adelantó vacilando, y casi sostenida por los carceleros, hasta llegar cerca del escribano.

Entonces los carceleros se retiraron y Doña Blanca tuvo que apoyarse contra la barandilla para no caer.

—Tomadle el juramento—dijo el inquisidor.

—¿Jurais á Dios y á su Madre Santísima—dijo solemnemente el escribano—y por la señal de la cruz, decir la verdad y todo cuanto se os preguntare, á cargo de este juramento?

—Sí juro—contestó Blanca, llevando á sus labios su mano derecha, con la que habia formado la señal de la cruz.

—Estais acusada y denunciada de herejía, y de tener pacto con el demonio—dijo el inquisidor.

—Señor—contestó Blanca, otras serán mis culpas por las que Dios tendrá que castigarme; pero ya tengo declarado que sobre esos capítulos en nada me remuerde mi conciencia.

—Sentaos, dijo el inquisidor.

Blanca se sentó en un banquillo sin respaldo, que estaba cerca de ella.

—¿Persistís en no confesar?—prosiguió el inquisidor—puede eso traeros fatales consecuencias.

—Dios dispondrá de mí, segun su voluntad; pero yo no soy culpable de esos delitos de que se me acusa.

—Vamos, inútil es con vos la dulzura y el convencimiento: si no teneis pacto con el diablo, ¿cómo habeis logrado salir del convento en donde estabais encerrada?

—Ya he dicho que con una depositada que tenia las llaves de todas las puertas.

—¿Insistís aún en vuestra falsedad? Porque ya se os ha dicho que segun las declaraciones de todo el convento, esa muger á quien haceis referencia, y que segun dijísteis se llama Felisa, no ha faltado del convento ni una sola noche, ni el sacristan de la iglesia ha dejado un solo dia de cumplir exactamente con su obligacion, y hance encontrado en vuestra celda las alhajas que dijísteis haberse llevado la Felisa; asi es que solo por artes diabólicas pudisteis haber salido del convento estando todas las puertas cerradas, y haber inventado esa fábula con que quisisteis engañar al Santo Tribunal de la Fé.

—Juro por Dios que nos escucha—contestó Blanca—que todo lo que he referido es lo que aconteció, y no mas; y aunque no podré esplicar cómo esa muger estaba dentro del convento y no ha faltado de allí ni una sola noche, me afirmo en que es ella quien de allí me ha sacado.

—Haced constar señor escribano—dijo el inquisidor—que esta muger se obstina en su negativa, en cuanto á tener pacto con el diablo.

El escribano estendió la declaracion.

—En cuanto al capítulo de herejía—dijo el inquisidor—declaradamente no podreis negarlo, porque habeis confesado haber contraido matrimonio con Don Cesar de Villaclara, habiendo hecho voto de castidad y de clausura, por lo que él y vos, asi como todas las personas que os ayudaron, estais declarados herejes y relapsos y dignos de las mayores penas con que nuestra Madre la Santa Iglesia, y el Santo Tribunal de la fé en nombre de Dios ofendido, castigan á los que tales estremos tocan.

—¡Ah señor!—dijo Blanca, temblando con la sola idea de que Don Cesar podia llegar á caer en manos de la inquisicion—haced conmigo lo que querais, condenadme al tormento, mandadme á la hoguera, destrozad mis carnes y mis nervios, reducid á cenizas mi cuerpo; pero por Dios, señor, por la religion de Cristo, por la memoria de vuestros padres, por el alma que teneis que salvar, no envolvais á Don Cesar en mi culpa ni en mi castigo. Él es inocente, os lo juro, es la verdad; miradme aquí pronta, dispuesta á sufrirlo todo, pero á él no, no, por Dios, os lo repito, es inocente, yo le he engañado, le he burlado, yo le oculté que era religiosa; le hice creer que era libre porque le amaba, por eso me he arrojado en este abismo. ¡Ah, señor inquisidor! ¿Vos no sabeis lo que es una pasion? Entonces no me juzgueis, porque no podeis comprenderme, yo soy aquí la culpable, pero él no, él no; os lo juro en nombre de Dios que nos oye.

—¿Confesais pues?—dijo con la misma indiferencia que antes el inquisidor y sin inmutarse ni afectarse con la creciente exaltacion de Blanca.

—¿Y qué quereis que confiese?

—Vuestra herejía al haber contraido tan sacrílego matrimonio, estando ligada á Dios por vínculos tan sagrados.

—¿Y cómo quereis que yo confiese semejante cosa? Yo he pronunciado esos votos de consagrarme á Dios en el claustro por fuerza, contra toda mi voluntad, y Dios no puede haberme aceptado ese sacrificio, porque Él estaba leyendo en mi pecho y en mi pensamiento; porque Él sabia que aquellas palabras, que al salir de mi boca quemaban mis labios, no eran la verdad, no eran lo que sentia el corazon: que yo le amaba sobre todas las cosas de la tierra, pero no estaba dispuesta, no era mi voluntad, no queria pertenecer al claustro. Si yo he abandonado el convento, era porque me sentia libre, porque como ya he declarado, el Pontífice disolvia los vínculos que me ligaron; por eso pude entregar mi mano á Don Cesar, por eso pude darle mi corazon, él es mi esposo verdadero ante Dios y ante los hombres, y aunque el mundo crea lo contrario, y aunque juzgue indisolubles los lazos que antes me ataban, yo sé, porque Dios me lo dice en mi conciencia, que Don Cesar es mi esposo, y que no he ofendido á la Divinidad con haberme unido á él.

Blanca había dicho todo esto como presa de una fiebre, como delirando.

—Inútil será proseguir esta diligencia—dijo el inquisidor, asentad, señor escribano, que esta muger ni reconoce sus crímenes, ni abjura de sus errores, é insiste en negar su confesion, y que en consecuencia se le sujete por su contumacia á la cuestión de tormento ordinario y extraordinario hasta obtener su confesion.

—¡Piedad señor!—esclamó Blanca, cayendo de rodillas—¡piedad!

La energia que habia sostenido á la muger amante, desapareció ante la idea del tormento.

Las relaciones de los dolorosos sufrimientos que servian al Santo Oficio, como el medio infalible para arrancar de la boca de sus víctimas una confesion, las mas veces falsa, circulaban por todas partes.

La palabra tormento no sonaba entonces como ahora, vaga

Un juicio en el tribunal de la inquisicion.
Un juicio en el tribunal de la inquisicion.

y sin despertar en el alma un verdadero sentimiento de terror: en aquella época el hombre mas enérgico y mas dispuesto á arrostrar la muerte, sentia helarse de espanto su corazon á la sola idea de verse en la cuestion del tormento; y muchos desgraciados se confesaron culpables de crímenes que jamás se habian cometido, prefiriendo morir en el garrote ó en la hoguera, á pasar por aquella sucesion de dolorosas y sangrientas pruebas.

Blanca sintió todo el horror de su situacion, y su energía la abandonó.

El escribano tocó la campanilla y volvieron á aparecer los dos carceleros.

—De órden del señor inquisidor esta muger á la sala del tormento.

—Por Dios, señor inquisidor, ¡piedad! yo diré—decia Blanca, queriéndose arrodillar á los piés del inquisidor—dejadme, dejadme rogarle—y hacia esfuerzos por desprenderse de los carceleros, ó por conmoverlos; pero aquellos hombres acostumbrados á ver esta clase de escenas, no se inmutaban siquiera.

Y tomando á Blanca entre los dos, á pesar de sus ruegos y de sus lágrimas, y de su desesperacion, la condujeron hasta la puertecilla que tenia encima escrita la prohibicion de entrada para los que no fuesen del secreto.

Abrieron violentamente, y metiendo por ella á Blanca volvieron á cerrarla despues.

El inquisidor y el escribano como si nada estuviera pasando allí, seguian tratando de otros negocios.

II.

Cuestion de Tormento.

POR un corredor sombrío y angosto fué conducida Sor Blanca por seis carceleros, hasta llegar á un aposento grande y cuadrado, que tenia de la bóveda suspendidos algunos mecheros que derramaban una rojiza é incierta claridad sobre las negras paredes sobre la estraña multitud de estraños objetos que habia allí, hacinados por todas partes, y sobre la figura sombría de dos hombres que estaban sentados silenciosamente en un banco. No seria posible describir con exactitud aquel antro de la crueldad humana.

Una atmósfera pesada, fria y húmeda se respiraba en aquella especie de caja formada de rocas, y de donde el mas agudo gemido de una víctima no podria ser escuchado.

Por todo el aposento se veian instrumentos horribles de tortura; ruedas, garruchas, sogas, tenazas, braseros, pero todo tan amenazador, tan sombrío, que se presentiria para todo lo que aquello servia aunque no se supiera.

Doña Blanca fué introducida al cuarto del tormento por sus guardas que la sentaron en un banco.

Los otros dos hombres que allí habia, no se movieron siquiera.

Así trascurrió una media hora, hasta que en el pasillo que conducia á la sala de Audiencia se oyeron pasos.

Los familiares se pusieron de pié y entraron á la sala del tormento el inquisidor y el escribano que llevaban consigo su respectivo tintero y la causa de Doña Blanca.

En el fondo de la sala habia un dosel rojo, con un Cristo debajo en una plataforma, un sitial para el inquisidor, y mas abajo la mesa y el sitial para el escribano, de tal manera, que el inquisidor, lo mismo que el escribano, tenian el rostro vuelto hácia á la víctima, quedando uno mas elevado que el otro.

Por la misma puerta que habia dado entrada al inquisidor, penetró despues en la sala el fraile que entonces hacia de confesor de los reos, que era, por decirlo así, como el jefe de los demas frailes ó clérigos que acompañaban al suplicio á todos los criminales, y cuya verdadera mision era atormentar moralmente, y aterrorizar á los desgraciados que caian en poder del Santo Oficio.

—Acercad á esa muger—dijo el inquisidor, cuando hubo tomado asiento.

Los familiares condujeron á Doña Blanca cerca del juez.

—Mira lo que vas á padecer—le gritaba el confesor que se llamaba Fray Diego—tus carnes se abrirán, tu sangre goteará y correrá, tus músculos se harán pedazos, y sentirás todos los tormentos del infierno en esta vida y en la otra; confiesa desgraciada.........

—Acercaos, y decid ¿continuais sosteniendo lo que habeis dicho, é insistiendo en vuestra negativa?—Preguntó el inquisidor.

—Señor, por Dios—contesto Blanca—no tengo otra cosa que decir.........

—Basta, comenzad—dijo el inquisidor.

Todos los familiares rodearon á Doña Blanca y el confesor se apartó un poco.

Doña Blanca no comprendia por donde iba á comenzar el tormento, pero temblaba de tal manera que se sostenia en pié, merced al apoyo de los carceleros.

Con una velocidad increible, y como acostumbrados á esa clase de operaciones, comenzaron entre todos á desnudar á Blanca: el pudor de la muger, la indignacion de la vírgen, el orgullo de la señora de alto rango, todo se sublevó en el corazon de Doña Blanca, cuando comprendió que se trataba de dejarla enteramente desnuda á presencia de tantas personas, y de profanarla de aquella manera.

—¡Oh!—esclamó—eso sí que no lo conseguireis nunca, desnudarme, monstruos; eso no, martirizadme, matadme, pero no me desnudeis ó ¡no! ¡no! ¡eso no! yo no quiero que me descubran, que me desnuden, ¡matadme mejor! ¡matadme!

Y la desgraciada hacia esfuerzos inútiles, porque casi sin dificultad iban cayendo una tras otras las piezas que componian su traje y á cada una de ellas el escribano repetia:

Se le amonesta que diga la verdad si no quiere verse en tan gran trabajo.

Solo quedaba la camisa á aquella pobre muger, y en entonces acudió á la súplica.

—Señor inquisidor, por Dios que me dejen siquiera esto, por Dios, señor, por su Madre Santísima, que no me desnuden enteramente señor, señor; es una vergüenza tan grande, ¡ay! que me la quitan, ¡ay! ¡ay! señor, señor, señor, por Dios, ¡ay!....

Y lanzó un agudo grito porque los carceleros habian arrancado el último cendal de su cuerpo y se encontraba enteramente desnuda en medio de tantos hombres.

Tal vez ni un pensamiento impuro cruzó por la cabeza de aquellos hombres al contemplar á Blanca, porque estaban muy acostumbrados á esas escenas, y porque hay cierta especie de lascivia en la crueldad que ahoga todos los demas sentimientos.

—El ordinario—dijo el inquisidor—y los familiares tomaron á Blanca que estaba casi desmayada de la vergüenza y en peso la llevaron hasta uno de los aparatos del tormento.

Era una gran mesa en donde la acostaron, y en los brazos y en las piernas le pasaron unas sogas, que apretaban conforme daban vuelta á una de cuatro ruedas que habia á los lados de la mesa, y que correspondian á cada uno de los brazos ó de las piernas.

En un instante quedó Doña Blanca enteramente sujeta: entonces le parecia que soñaba, veia á aquellos hombres tocarla por todas partes con sus toscas manos, sin respeto, sin decencia, sin miramiento alguno, y no sentia ya ni encenderse su rostro por el rubor: habia casi perdido la sensibilidad del alma.

El escribano no cesaba de repetir:

Se le amonesta á que diga la verdad si no se quiere ver en tan gran trabajo.

Pero ella no escuchaba nada.

Todos rodearon aquella mesa en donde estaba tendida Blanca, mirando para todas partes con ojos, no ya de asombro, sino de estupidez.

El inquisidor hizo una seña, llamó á los atormentadores, dió la primera vuelta á una de las ruedas, y Blanca como volviendo repentinamente en sí se estremeció y lanzo un grito de dolor.

—Se le amonesta que diga la verdad si no quiere verse en tan duro trance—dijo impasiblemente el escribano.

Blanca no contestó, estaba espantosamente pálida, volvió los ojos á donde estaba el inquisidor y dos lágrimas como dos diamantes rodaron de sus ojos.

El segundo verdugo dió una vuelta á la rueda del brazo izquierdo.

—¡Jesus me acompañe!—esclamó la desgraciada arrojando la voz como de lo mas hondo de su pecho.

—Se le amonesta que diga la verdad—volvió á repetir el escribano, y esperó la respuesta.

Los inquisidores no daban un tormento agudo; pero pasagero, se prolongaba el dolor, se hacia lento, se iba aumentando en intensidad, y todo para hacerlo mas cruel para conseguir una confesion.

Blanca seguia llorando.

La rueda de la pierna derecha dió una vuelta.

—¡Dios mio! ¡Dios mio! qué dolor tan horrible—decia Blanca.

Pasó un momento y la rueda de la pierna izquierda dió tambien la vuelta.

—¡Madre mia! ¡madre mía!—gritaba Blanca—aquellos cuatro dolores intensos, horrorosos, hacian temblar sus carnes y comenzaban á agitar su respiracion.

La rueda del brazo derecho jiró por segunda vez, y entonces la jóven no pudo contenerse.

—Señor, señores, por Dios, ¡ay! ¡ay! que me rompen los brazos: por Dios, ¿qué he hecho yo? ténganme compasion ¡ay!

Y sus lágrimas corrian sin cesar.

—Se le amonesta que diga la verdad.

—Pero si ya dije, ya dije, por Dios, por su Madre Santísima—¡ay! ¡ay!—en este momento daba la segunda vuelta la rueda del brazo izquierdo—me rompen los brazos—gritaba la infeliz—por Dios, déjenme porque la he dicho la verdad, lo juro—lo juro.

—Se le amonesta á decir la verdad..........

—Pero si ya lo he dicho todo.

La rueda de la pierna derecha jiró segunda vez.

Y jiró tambien la de la izquierda.

Imposible fuera describir la agonia de aquella desgraciada criatura, sus lágrimas, sus gritos, sus sollozos, sus ruegos y sus lamentos.

Cuando las ruedas acabaron de dar la tercera vuelta, habia trascurrido media hora de tormento, y Blanca no era ya la jóven hermosa y cándida que hemos conocido.

Sus ojos estraviados parecian quererse saltar de sus órbitas; rodeados sus párpados de un círculo morado y azul daban á su rostro espantosamente pálido un aspecto que horrorizaba; con los labios y la lengua enteramente secos, con una crispatura repugnante en la boca que hacia dejar descubiertos sus dientes blanquísimos, con la frente inundada de un sudor frio y viscoso que hacia pegarse allí sus cabellos—Blanca que era una hermosura, en aquel momento causaba espanto.

Su pecho se agitaba como un fuelle, arrojando un aliento pequeño y entre cortado.

Y nada habia declarado.

Pero tambien ¿qué habia de decir?

Habia quedado ya como desmayada, no gritaba, no se estremecia, no se quejaba; apenas unos gemidos débiles se escapaban de cuando en cuando entre su jadeante respiracion.

—Se ha desmayado—dijo el escribano.

—Tal vez sea una astucia, de las que acostumbran tan comunmente los reos—contestó el inquisidor—Que se dé otra vuelta entera para probar.

Doña Blanca habia cerrado un instante los ojos como vencida por el sufrimiento.

A la voz del inquisidor las cuatro ruedas giraron simultáneamente.

Los huesos de Blanca produjeron una especie de crujido siniestro. La jóven como un cadáver galvanisado, se estremeció hasta en sus cabellos, abrió los ojos estraordinariamente y volvió á todos lados la mirada, como si fuera á perder la razon y esclamó con una voz que nada tenia de humana.

—¡Jesus me ampare!

Y quedó desmayada.

—Veis como no estaba desmayada—dijo el inquisidor.

—Se le amonesta á que diga la verdad—repitió el escribano.

Blanca no se movió, y las ruedas volvieron á girar.

Entonces la jóven no dió indicio de haber sentido nada.

—Ahora sí puede suspenderse la diligencia—dijo el inquisidor—para continuarla cuando vuelva en sí.

Los verdugos soltaron las ligaduras y Blanca continuó insensible.

—Dad fé señor escribano—dijo el inquisidor—de que no tiene ningun miembro roto ni descompuesto.

El escribano y los verdugos pasearon sus impuras manos por todo el cuerpo de la infeliz víctima.

El escribano asentó que en la diligencia del tormento no habia Doña Blanca perdido ningun miembro y se retiraron á descansar al fondo de la sala mientras que podia continuarse la diligencia.

Blanca quedó abandonada sobre la mesa; desnuda como un cadáver en el anfiteatro y mostrando las señales de su horrible tormento. Si Don Cesar pudiera haberla visto habria muerto de dolor.

III.

De lo ocurrido en la ciudad despues del motin.

GRAN parte de la noche, del dia en que aconteció el motin, siguió ardiendo el palacio y se enviaron allí algunos hombres para cortar el fuego que se habia apoderado, de lo que él llamaba las cajas reales.

El saqueo y la destruccion habian sido completos; en las habitaciones del virey nada se respetó, y apellidando «religion, y muera el hereje» los sublevados no dejaron de robarse ni los vasos sagrados, ni los ornamentos de la capilla.

El marqués de Gelves se refugió con Don Cesar en el convento de San Francisco, pero el licenciado Don Pedro de Vergara hizo rodear todo el convento de tropa para impedir que el fugitivo tuviese comunicacion con algunas personas.

Luisa se retiró con Don Melchor en cuanto hubo cerrado la noche, y les llegó la noticia de que el pueblo habia allanado palacio y que el virey se habia retraido á San Francisco.

Luisa ignoraba aún lo que habia acontecido al Ahuizote, y estrañaba que no hubiera cumplido con sus prevenciones, segun las cuales, si el tumulto tenia el éxito que se aguardaba, el Ahuizote debia conducir á la plebe á la casa de Don Pedro de Mejía, incendiarla y buscar á éste para matarle.

A cada momento Luisa esperaba saber que estaban ya los sediciosos en la casa de Don Pedro, porque se sabia que ya habian atacado varias, y entre ellas la de Cristóbal de Osorio el secretario, pero pasó la noche y nada hubo.

A la mañana siguiente el tumulto habia cesado, pero la alarma era espantosa en la ciudad, á cada momento habia carreras en las calles, y portazos y gritos porque circulaban mil noticias á cual mas alarmantes, ya de que los indios de Santiago venian en son de guerra contra la ciudad, ya de que los negros bozales bajaban de los montes sobre México.

Luisa vistió muy temprano su traje de hombre, y seguida de cuatro lacayos, se dirijió á palacio á procurarse noticias del Ahuizote, y saber porque no habia cumplido con sus órdenes.

Multitud de curiosos invadian la plaza y todo el lugar del combate, y aun no habia cuidado nadie de hacer levantar los cadáveres que yacian tirados en las escaleras, en los corredores, y en los mismos aposentos, entre su misma, sangre; algunos conservaban sus ropas y otros habian sido desnudados.

Las gentes formaban círculos en derredor de estos cadáveres procurando averiguar sus nombres si no les conocian, ó comunicándoselos en caso de saberlos.

Luisa pensó.

—Puede que haya muerto, y comenzó á rejistrar los cadáveres.

Se retiraba ya segura de que no estaba entre ellos el Ahuizote, cuando oyó decir que en la misma cámara del virey habia otro muerto, y hácia allá se dirijió.

Una multitud de curiosos rodeaba el desnudo cuerpo de un hombre que tenia la garganta atravesada por una terrible estocada.

No hizo mas que verle Luisa y le reconoció; pero aquella alma de fiera, no tuvo ni un dolor, ni un suspiro para el hombre que habia muerto sirviéndola. Se tapó con disgusto las narices y se retiró diciendo en su interior:

—¿De quién me valdré ahora?

Al salir de palacio atravesaba el Arzobispo llevado en una silla de manos, y seguido de muchos clérigos y pueblo que le victoreaban; conoció á Luisa, y con esa espancion que sienten todos los hombres despues de un triunfo, la hizo una seña para que se acercase.

—Completo ha sido el triunfo—dijo el prelado.

—Sí señor, completo—contestó Luisa.

—Y con pocas pérdidas.

—Sí señor, aunque yo he tenido una muy grave.

—¿Cuál?

—¿Recuerda Su Ilustrísima aquel hombre de confianza de que le hablé que le llamaban el Ahuizote?

—Sí que le recuerdo.

—Pues ha muerto.

—Murió, (R. I. P.) ¿y en dónde?

—En la cámara misma del virey, atravesado de una estocada que quizá, el de Gelves mismo le haya dado.

—Es muy posible; pero ahora es necesario hacer por ese hombre cuanto sea dable, voy á dar órden de que se le hagan unas honras suntuosas y un entierro régio; ya vereis si soy agradecido. Dad órden á vuestros criados de que recojan el cuerpo y le pongan en una caja y le lleven á depositar á la capilla del Arzobispado: ya vereis señora, ya vereis. Adios, no se os olvide, y decid á vuestro esposo que le espero esta tarde para hablar de negocios que importan á la salud del reino.

El prelado sonó la caja de la silla con la mano, y los lacayos que la llevaban echaron á andar.

Luisa dió órden á sus criados de recojer el cuerpo del Ahuizote, y como era dia claro y no temia ya el andar sola, quizo por, sí misma ver cuál habia sido el destrozo en la ciudad.

—Quién podría sustituir al Ahuizote—pensaba, y caminaba tan distraida que no advirtió en una de las calles solitarias que atravesaba, que una puerta se entreabria y que una cabeza medio oculta tras ella la observaba.

Luisa seguia caminando pero al llegar frente á la puerta, ésta se abrió de repente, dos manos asieron á Luisa del brazo y la atrajeron hacia adentro, y antes que ella hubiese tenido tiempo de dar un solo grito se encontró ya en un aposento completamente oscuro, porque la puerta de la calle habia vuelto á cerrarse.

Todo esto se habia verificado con tanta rapidez, que nadie podria haberlo observado en la calle aun cuando no hubiera estado desierta.............

. . . . . . . .

El virey habia seguido retraido en San Francisco, y sin embargo comenzaba á efectuarse una reaccion en todos los ánimos, y, ó bien por el temor de lo que podia venir de España, ó bien porque todo el mundo temblaba por el giro que podian tornar las cosas; lo cierto es, que el comercio y todas las principales personas trabajaban porque el virey volviese á gobernar.

El primer dia ninguna de las personas que acompañó al de Gelves, se atrevió á salir del convento de San Francisco; pero al siguiente comenzaron á animarse mas.

Los frailes de San Francisco para dar una prueba pública del disgusto con que habian visto el tumulto del dia 15, castigaron á los hermanos de la Tercer Orden, que como hemos visto, marchaban á la cabeza de la columna de los sublevados, que mandaba el licenciado Vergara, y les quitaron el uso del hábito. Nadie murmuró de esta medida, y los partidarios del virey comenzaron á alentarse.

El convento de San Francisco continuaba rodeado de centinelas, pero que no impedian á los amigos del de Gelves la entrada ni la salida.

Don Cesar se habia retraido tambien con el virey, pero la impaciencia le devoraba, y cuanto antes queria salir en busca de Blanca.

Como no habia podido separarse del de Gelves, ni hablar con Martin, ni volver á ver á Teodoro, ignoraba completamente lo acontecido con Blanca, y la creía, si no con mucha comodidad, sí al menos muy tranquila en la casa de Garatuza.

Despues de meditar mucho, se decidió por fin una noche á salir del convento, procuró disfrazarse lo mejor que pudo, y envuelto en una larga capa y con un gran sombrero, salió á la calle atravesando la línea de los centinelas, sin que nadie, al parecer, le hubiera notado.

Cerca estaba del monasterio de San Francisco la casa que habia servido de habitacion á Doña Blanca; de manera que podia decirse que los que vigilaban el monasterio cuidaban tambien de aquella casa.

Don Cesar se dirijió á la puerta, la encontró cerrada y sobre ella vió, con el mayor espanto, los sellos del Tribunal de la Fé.

En aquel momento no supo ni qué hacer; buscar á Teodoro ó á Garatuza que debian estar entre los sublevados, era entregarse él mismo en poder del enemigo; preguntar á los vecinos era hacerse sospechoso; volverse al convento en aquella incertidumbre, era para él peor que caer en manos de sus enemigos: inclinó la cabeza y quedó pensativo.

Poco á poco, y sin que él lo sintiera, un grupo de embozados habia llegado hasta cerca de él y le habia rodeado. Uno de ellos sacó de debajo de la capa una linterna sorda, que al abrirse bañó con su luz el rostro de Don Cesar.

El jóven dió un paso atrás y llevó la mano á su espada, creyendo habérselas con una ronda de los sublevados; pero el hombre del farol sin hacer uso de sus armas, le dijo gravemente, y tomándole de la mano.

—En nombre del Santo Oficio, Don Cesar de Villaclara, daos á prision.

—¿Yo?—preguntó Don Cesar espantado—¿Y por qué?

—Allá lo sabreis; entregadnos vuestras armas.

Don Cesar no pensó siquiera en resistir: entregó humildemente su espada, y siguió al comisario rodeado de los familiares. Pensaba en el camino que quizá podria encontrar á Blanca en las cárceles del Santo Oficio, servirla de algo, hablarla, verla siquiera; y distraido en estos pensamientos no volvió en sí hasta que oyó el ruido que hacian al abrirse las puertas de las cárceles de la inquisicion.

IV.

De como Luisa sufrió una gran desgracia.

EN uno de los aposentos de la casa de Arellano se encontraban reunidos el viejo Don José de Abalabide, Don Pedro de Mejía, y Don Cárlos de Arellano.

En las facciones del anciano Don José podia advertirse una agitacion febril, volvia con impaciencia las hojas de un grueso libro forrado en pergamino que tenia colocado en una mesa delante de sí; á su lado á pocos pasos en una gran retorta de cristal, colocada dentro de una vasija de agua, que hervia al fuego lento de un brasero, habia un líquido negro, pero trasparente y que daba, de cuando en cuando, herido por los rayos de luz que penetraban por una gran ventana, destellos rojos ó dorados. Don Pedro y Don Cárlos le contemplaban casi con respeto.

—Este secreto es un tesoro—esclamó por fin el viejo.—La receta es infalible, y solo una inspiracion pudo habérmela hecho encontrar.

—De manera—dijo Don Cárlos—que vos la juzgais infalible.

—Y tanto como juzgais vos, que habrá luz siempre que haya sol.

—Pues entonces—dijo Don Pedro—estando todo dispuesto, ¿hay sino aplicarlo? ¿En qué nos detenemos?

—Creo que nada debe detenernos—dijo el viejo.—¿En dónde está Luisa?

—Allá abajo—contestó Don Cárlos—desde ayer en la mañana esta ahí.

—¿Duerme ya?—preguntó el viejo.

—Profundamente—contestó Don Cárlos—no supo ni adonde habia entrado, ni quien la habia metido allí; encerrada todo el dia en un aposento oscuro, se negó tenazmente á tomar alimento, hasta que hoy en la mañana vencida por la sed, ha bebido un vaso de agua, en el que yo habia mezclado de antemano el licor que vos me habiais dado; pocos momentos despues se recostó en el suelo y se durmió profundamente.

—Muy bien—contestó Abalabide—ese sueño, segun la cantidad, que os dije que mezclárais en el agua, debe durar veinticuatro horas, tiempo mas que suficiente para terminar nuestra operacion que debe hacerse en esta misma sala; de manera que creo que debemos comenzar.

—¿Me permitireis que esperemos á Don Alonso de Rivera, á quien he prometido que presenciaria esta ejecucion?—dijo Don Pedro.

—¿Tardará mucho?—preguntó Don Cárlos.

—Allí está—contestó Mejía.

La puerta se abrió y Don Alonso de Rivera entró al aposento.

—Ahora sí, cuando gusteis—dijo Mejía.

—Pues vamos agregó Arellano—Don Pedro y yo, iremos á traer á Luisa, Don Alonso, nos hará favor de quitar todo lo que hay sobre aquella gran mesa, para que allí se verifique la operacion, y entretanto Don José preparará lo necesario.

Mejía y Arellano salieron y Don Alonso comenzó á quitar de encima de una gran mesa, que estaba en la mitad del aposento, todo cuanto habia en ella.

Abalabide aunque con suma dificultad se paró, sacó la retorta que contenia el líquido negro de la vasija de agua, la acercó á la mesa y trajo en seguida una gran palangana de plata y dos gruesas brochas como las que sirven á los pintores, sacó despues una gran cantidad de lienzos blancos, y los colocó tambien al pié de la mesa.

Don Pedro y Arellano volvieron conduciendo á Luisa, y la colocaron encima de la mesa sin que ella hubiese hecho el menor movimiento.

Luisa estaba en un estado de insensibilidad tan completo, que á no haber sido por su respiracion tranquila, y por el calor y la flexibilidad de sus miembros, se hubiera creido que era un cadáver.

Los cuatro hombres rodearon la mesa.

—Es preciso desnudarla—dijo Don José.

Todos sin hablar una palabra comenzaron á desnudar á Luisa, y muy pronto quedó terminada la operacion.

—Ahora—dijo Don José tomando unas grandes tijeras—despeinadla.

Don Cárlos de Arellano deshizo el sencillo tocado de Luisa, y los negros cabellos de ésta quedaron flotando á un lado de la mesa. Don José cortó aquella hermosa mata de pelo de un solo tijeretazo, y despues siguió recortando hasta dejar aquella cabeza como la de un lego de convento.

—Ya está esto—dijo el viejo—vamos á la otra operacion: cada uno de vosotros, Don Pedro y Don Cárlos tomareis una de estas brochas que empapareis en el líquido, que voy á verter en esa palangana, y untareis todo el cuerpo de esa muger. Don Alonso nos hará favor de ir envolviendo con esos lienzos conforme se vaya untando el cuerpo. Cuidado señores con que os caiga una sola gota, porque esa mancha Dios solo es capaz de borrarla.

Don José vertió cuidadosamente el líquido que habia en la retorta, y Mejía y Arellano tomaron cada uno su brocha. Luisa seguia profundamente dormida.

—Vamos en nombre de Dios—dijo Don José.

Las dos brochas se empaparon en el líquido y comenzaron á recorrer el cuerpo de Luisa.

—Hermosa muger—dijo Don Cárlos.

Don José volvió á mirarla, y sus ojos parecian de fuego. Don Cárlos se calló y continuó la operacion.

No parecia sino que se trataba de barnisar una estátua, segun el cuidado y la delicadeza con que trabajaban aquellos dos hombres.

Los torneados miembros de Luisa tomaban el color negro y brillante del ébano, el líquido se secaba inmediatamente, y Don Alonso iba envolviendo en los lienzos, que le habia dado Don José, todas las partes del cuerpo.

Llegó por fin la pintura al rostro y á la cabeza y entonces se observó que el pelo se retorcia y se encrespaba, y que la nariz se recojia un poco, dilatándose mas sus poros. Don Alonso cubrió la cabeza y Mejía y Arellano dejaron las brochas.

—Os advertí—dijo Abalabide á Don Pedro—que cuidárais mucho en no mancharos, y la brocha seguramente os ha salpicado, porque teneis tres lunares nuevos en la frente.

Don Pedro se acercó á un espejo y se miró en efecto tres manchas de aquella tinta encima de la ceja izquierda, sacó su pañuelo y procuró limpiarse.

—Es inútil cualquiera diligencia, vuestro cadáver llevará todavía esas tres manchas—dijo Don José.

Media hora despues Abalabide dijo á los demas.

—Es necesario volver á vestir á esa muger.

Se acercaron á la mesa, y separando los lienzos volvieron á ver á Luisa. Era imposible figurarse un cambio mas completo; no solo su color habia variado, sino que tenia todo el aspecto de una negra: su pelo pequeño, crespo y duro, sus labios hinchados y salientes, su nariz gruesa y achatada, todo le daba un aspecto estraño.

—¡Negra!—dijo Arellano.

—Y para siempre—contestó Abalabide—vestidla.

Sin replicar volvieron todos á vestir á Luisa.

—¡Horrible castigo!—esclamó Don Alonso.

—Y que nunca sabrá ella de dónde le ha venido—contestó Don Pedro.

Luisa estaba completamente vestida.

—Llevadla—dijo Don José—y cuidad Don Cárlos de ponerla en la calle, tan pronto como sea de noche, procurando conducirla lo mas lejos que sea posible.

—Me parece bien—contestó Don Cárlos—ahora que vaya á acabar de dormir por allá abajo.........

. . . . . . . .

. . . . . . . .

A la mañana siguiente una ronda que venia ya de retirada percibió con la escasa claridad de la aurora á un hombre acostado en una de las aceras de palacio.

—¿A ver quién es ese?—dijo el alcalde.

Uno de los alguaciles se bajó á examinarle.

—Es un negrito que duerme—contestó.

—Pues muévele—dijo el alcalde—no vaya á ser que esté muerto.

El alguacil movió á aquel hombre que volvió en sí, como atarantado de un sueño penoso y largo.

—¿Qué sucede?—le dijo el alcalde—¿qué haces aquí?

—Pues no sé—contestó levantándose.

—¿Cómo te llamas?

—Luisa—contestó instintivamente—soy la muger del corregidor Don Melchor Perez de Varais.

Una alegre carcajada del alcalde y de los alguaciles fué la única respuesta.

—Vamos—dijo el alcalde—ó éste negro está loco, ó quiere burlarse de nosotros, le llevaremos á que vuelva en sí á la cárcel, no vayan á decir que no hemos hecho nada en toda la noche.

Luisa creía volverse loca al mirarse tratada así.

De repente miró sus manos y lanzó un grito de espanto.

Estaba negra, completamente negra, se descubrió un brazo. se tentó la cabeza, y no habia duda, alguna cosa horrible la habia pasado; ó estaba soñando ó se habia vuelto loca.

El alcaide que nada comprendia se volvió á los alguaciles y les dijo.

—Lo dicho, este negrillo está loco y furioso á lo que parece, aseguradle antes de que vaya á correr.

El alcalde no hablaba con sordos, ni los alguaciles habian echado en olvido su oficio, y antes que Luisa comprendiera lo que iba á pasar, ya tenia los brazos fuertemente atados por detrás, ó como se decia en el lenguaje de los corchetes, «codo con codo» y caminaba á empujones para la cárcel de cíudad.