A Martin indudablemente no le podian faltar auxiliares de esta clase, y á ellos debia ocurrir en semejante lance.
Los fugitivos comenzaron á disponer y arreglar sus planes.
Martin determinó tomar el camino de Acapulco, llevando en su compañía á Don Cesar.
Y Teodoro prefirió ocultar á Sérvia dentro de la ciudad, y permanecer él en ella como si nada hubiera acontecido.
Todo esto se determinó en un momento, y poco tiempo despues, salian de la casa todos, Martin, María, y Don Cesar á caballo para comenzar la peregrinacion, y Teodoro y su muger á pié para buscar un refugio en donde ocultar á esta última.
Serian las tres de la mañana y era seguro que la evasion no se advertiria en las cárceles del Santo Oficio hasta las siete, que era la hora en que se acostumbraba entrar á los calabozos para llevar á los presos el alimento y agua para todo el dia, y hacer el registro de costumbre.
Los fugitivos contaban con cuatro horas cuando menos de tranquilidad, y en cuatro horas se puede hacer mucho.........
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Santiago, habia ayudado y favorecido como hemos dicho la fuga de Don Cesar y de las dos mugeres, y habia recibido una fuerte suma de mano de Teodoro, pero su conciencia de carcelero, y de hermano de la cofradía del glorioso San Pedro Mártir no estaba enteramente tranquila, y á medida que avanzaba la noche, y que se figuraba, que ya llegaba el momento de la evasion, comenzaban á ser mas y mas fuertes sus remordimientos y sentir miedo por los resultados.
Santiago no podia sosegar, no se acostaba, ni podia estar un momento tranquilo; á cada instante se acercaba á la puerta de su casa esperando algo nuevo, temiendo que lo mandasen llamar del Santo Oficio, que todo se hubiese descubierto allí, y en fin que los inquisidores conocieran la parte que habia tenido él en todo.
Era ya la media noche, y Santiago no pudo resistir, tomó su capa y su sombrero y se dirijió á la inquisicion.
Como allí nunca dejaba de estar en pié una guardia de familiares que de dia y de noche asistian al Tribunal, Santiago tuvo con quien hablar inmediatamente.
El hermano que estaba de guardia vió entrar á Santiago, y en el rostro demudado del antiguo ministril, conoció que algo extraordinario le acontecia.
—¿Qué pasa?—le preguntó.
—Una novedad—contestó Santiago: acaban de hacerme la denuncia de que unos reos quieren hacer fuga en esta misma noche.
—¿Cómo?
—No lo dudeis, que así será como me lo han referido, que de persona muy veraz tengo la noticia y me he apresurado á traerosla, por lo que pudiera importar.
—¿Pero en qué parte de la prision se intenta esa fuga? ¿por quiénes? ¿qué pormenores teneis de eso?
—Nada mas os puedo decir, que otra cosa no sé—dijo Santiago, no atreviéndose á dar mayores datos contra sus amigos.
—Entonces, ¿qué os parece que hagamos?
—Pues creo, que debia comenzarse por pasar ahora mismo una visita á todos los calabozos.
—Seria alborotar la prision, y si no hay nada.........
—¿Y si por desgracia hubiere, y vos por negligencia fuerais culpable?
—Os sobra razon—acompañadme, y vamos á practicar la visita.
El hermano comisario de guardia y Santiago tomaron dos faroles, y avisando á los carceleros comenzaron á esa hora un escrupuloso registro general en todos los calabozos.
Todos los reos despertaban espantados: allí donde se temia la muerte y el tormento á cada instante, un rumor á media noche, una visita inesperada de los carceleros y del comisario, eran para estremecer á cualquiera.
Los reos se incorporaban en sus pobres lechos de paja y con ojos inquietos miraban á esas horas que los ministros del Santo Oficio buscaban por todas partes, removian la paja de las camas, tocaban en las paredes, y luego que estaban satisfechos, se retiraban sin hablar una palabra.
Llegaron por fin las pesquizas hasta el calabozo que ocupaba Don Cesar.
El carcelero dió Vuelta á la llave y Santiago se puso á temblar porque habia llegado el momento supremo, iba ó á descubrirse la fuga, ó á impedirse que tuviera efecto y Santiago no sabia que era lo que deseaba que sucediera mejor.
El carcelero dió vuelta á las llaves, corrió los cerrojos y empujó la puerta, pero la puerta no cedió, redobló sus esfuerzos y la puerta permaneció cerrada; indudablemente habia por dentro un fuerte obstáculo que impedia abrirse.
—¿Qué sucede?—preguntó el comisario.
—No puede abrirse—contestó el carcelero—aquí sí hay alguna cosa sospechosa.
—¿Quién está preso aquí?
—Don Cesar de Villaclara—contestó Santiago.
—Es preciso abrir y pronto—agregó el comisario.
Y todos reunieron sus esfuerzos y empujaron aquella maciza puerta que tenia por el interior nada menos que la loza que le habia puesto Teodoro.
Resistió por mucho tiempo la puerta, pero al fin cedió abriéndose con extraordinaria violencia.
Los familiares penetraron y reconocieron el calabozo.
—¡Vacio! dijo uno.
—¡Vacio! contestaron todos.
El comisario se puso á examinar el agugero que habia en el suelo.
—Por aquí fué la fuga—esclamó; y luego mirando horadado el techo: ¡y los de arriba tambien, esto es muy sospechoso!
Santiago no podia ni respirar del miedo.
COMO nuestros lectores estarán impacientes por saber lo que habia acontecido á Luisa, y nos hemos adelantado un dia por seguir á Teodoro y á Martin, vamos á volverlos á llevar á la inquisicion.
El estraño cortejo se colocó en derredor del sillon, y sin interrumpir su rezo.
Un hombre con el mismo saco y capucha de los familiares, pero con los brazos descubiertos, atravesó el círculo que formaban los de las velas, y acompañado de otros dos que lo seguian, se dirijió al ángulo en que se habia refugiado Luisa y se apoderó de ella.
Hasta aquel momento Luisa no se habia atrevido ni á pronunciar una palabra, le parecia que soñaba; aquellos hombres entraron y se colocaron sin fijarse al parecer en ella, como si ella fuera estraña á lo que iba á pasar allí.
Cuando Luisa se sintió asir por aquellos tres hombres, lanzó un grito y quiso desprenderse de ellos, pero fué imposible; quiso resistirse, pero en vano.
—¿Qué se va á hacer conmigo? tengo miedo señores, por Dios, ¿qué me van á hacer?—decia procurando resistir.
Nadie le contestaba, y los tres hombres la arrastraban con extraordinaria facilidad hasta el fatal sillon.
—Pero por nuestro Señor Jesucristo, ¿qué pretendeis? ¿Es acaso para darme tormento? ¿Quereis matarme? Yo lo diré todo, todo, contestadme siquiera señores; á un cristiano no se le niega el habla; ¡por Dios! siquiera que me respondan.
Los de las velas continuaban rezando en voz alta, y en un tono triste y monótono.
Habian sentado á Luisa y comenzaban á atarla fuertemente contra el aparato los piés, los brazos y la cintura, sin que valieran en nada sus esfuerzos.
—¡Ay!—decia Luisa, ¡ay Dios mio, que me matan! ¡Señores que vais á cometer una grande injusticia! Señores, por la salvacion de vuestras almas, yo no soy la muger destinada á muerte, yo no soy Doña Blanca, yo soy Luisa, soy Luisa.....
—Ponle una mordaza—dijo por lo bajo un carcelero á otro, no vaya á ser la desgracia que se aparezca el inquisidor, ó alguno de estos hermanos vaya á creer lo que dice esta loca y vayamos á tener que sentir.
El carcelero sacó violentamente de debajo de su hábito una mordaza de esas que tenian la figura de una pera, y cuando Luisa abrió la boca para gritar, se la introdujo tan perfectamente y con tanta rapidez que podria asegurarse que tenia gran práctica en aquella operacion.
Los verdugos nada dijeron, pero la voz de Luisa se apagó repentinamente, y solo por los lados de la mordaza se escapaba una especie de silbido.
Los hermanos de la «cofradía de San Pedro Mártir» seguian en su rezo como si nada estuviera pasando allí.
Luisa estaba completamente asegurada, y solo tenia movimiento en los ojos que volvia suplicantes á todos lados, sin encontrar ni un rostro ni una mirada compasiva; al través de los capuchones se adivinaban rostros feroces, ó sonrisas sarcásticas.
En aquel momento quizá pensó Luisa en la esclava ejecutada en la plaza mayor, y de quien ella se habia reido.
Los verdugos pasaron una cuerda al derredor del cuello de Luisa y por detrás la aseguraron al centro de las aspas.
Uno de los hermanos hizo una seña y todos se arrodillaron; los verdugos con una rapidez extraordinaria, comenzaron á voltear las aspas.
Luisa abrió por un instante los ojos espantosamente, su seno se agitó con extraordinaria violencia, gruesas gotas de sudor se desprendieron del nacimiento de sus cabellos, se estremeció convulsivamente, inclinó la cabeza dejando salir de su boca la lengua larga y amoratada, y luego no se movió mas.
Estaba muerta.
Los verdugos seguian volteando las aspas, y los hermanos rezando, hasta que á una señal del gefe de aquellos hombres todos se pusieron de pié y en silencio.
En este momento se presentó en la puerta el inquisidor mayor, Don Juan Gutierrez Flores.
—¿Habeis concluido?—preguntó.
—Todo ha pasado—contestó el escribano.
—Dios la haya perdonado—agregó el inquisidor, haciendo un movimiento para retirarse; pero de repente miró la cara de la muerta que le habian ocultado intencionalmente los hermanos, y lanzando una esclamacion se dirijió á ella.
—¿Qué habeis hecho? ¡Esta no es Doña Blanca!
—Señor—contestó el escribano—es la misma á quien he notificado en esta mañana la sentencia.
—Pero esta muger debia estar libre, ó por lo menos en poder de la justicia ordinaria; esta era Luisa.
—Señor, eso decia ella—dijo el escribano.
—Pero ¿por qué no me avisásteis nada?
—No podia yo mas que asentar la apelacion si interponia el recurso; pero no admitir escepciones, ni dilatorias, ni perentorias..........
—¿Pero cuando esta infeliz os hacia notar vuestro error?
—No hacia fé en juicio su declaracion.
—¿Y á dónde está Sor Blanca, la otra muger que estaba presa con ésta?
—Recibí órden de su señoría para que fuera entregada á la ronda que debia venir por ella.
—¿Conque es decir que todo lo habeis trastornado? Mañana mismo es preciso levantar sobre todo esto un proceso, porque no puede quedarse así. ¡Pobre muger! agregó mirando á Luisa. La Providencia te ha castigado: debias estar muy lejos de aquí. En fin, Dios lo ha dispuesto así...
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Al dia siguiente el inquisidor envió á llamar muy temprano al licenciado Vergara Gaviria, para un negocio muy importante.
Aunque Vergara tenia la investidura de Capitan general, con la inquisicion se andaba muy sumiso, tanto por el poder y la influencia que tenia ese Tribunal, como por lo que los inquisidores podian informar al rey bien ó mal del tumulto contra el marqués de Gelves.
Don Pedro de Vergara asistió muy puntual al llamado del inquisidor.
—¿Ha visto V. E.—le dijo éste—á la muger que le remití?
—No—contestó Don Pedro—que tanto me preocupan los negocios del Estado que no he tenido tiempo para ello.
—Pues de saber tiene Su Excelencia que ha pasado aquí un lance, que me ha parecido en estremo desagradable y me obliga á llamaros.
—¿Qué hay, pues?—dijo espantado Vergara.
—Que los encargados de cumplir las órdenes no enviaron á Luisa, sino que en su lugar dejaron salir á una muger sentenciada á la pena de garrote vil.
—Pues nada hay perdido, porque la muger está segura en las prisiones de la ciudad.
—Pero es que en el lugar de ella quedó Luisa y.........
—¿Y qué?.........
—Que ha sufrido anoche la última pena.
—¡Jesus nos ampare! esclamó pálido como un muerto Vergara. ¿Y qué hacemos?
—Reflexione V. E. que no se puede hacer aquí otra cosa sino guardar silencio respecto á Luisa, y que me remita V. E. la muger que le mandé entregar para que sufra la pena á que fué condenada.
LOS sabuesos de la inquisicion se pusieron en movimiento. Los fugitivos no podian ir muy lejos segun los cálculos de los inquisidores, á quienes se dió parte de la evasion, y en la madrugada por todas partes se encontraban en las calles rondas y familiares.
Martin y Don Cesar que tomaron camino fuera de la ciudad, no pudieron observar este movimiento, pero Teodoro y su muger lo conocieron inmediatamente.
A cada instante tenian que ocultarse ó variar de direccion, porque sentian rumor de gente ó descubrian algun farolillo á lo lejos que venia aproximándose.
A medida que avanzaban mas hácia el centro de la ciudad, notaban mayor agitacion entre las gentes de justicia: una fuga de las cárceles del Santo Oficio era una cosa casi fabulosa que causaba admiracion, que pocos se atreverian á creer, y que sin embargo de todo habia costado muy poco trabajo á Don Cesar y á las dos mugeres.
Continuó Teodoro avanzando con Sérvia, hasta que llegó á una calle larga, estrecha y oscura que le pareció la mas propia para transitar.
Iban ya cerca de la mitad de la calle cuando por el frente observaron una patrulla que desembocaba; Teodoro creyó prudente retroceder y no encontrarse con ella: así lo hizo, pero entonces advirtió que por el otro estremo entraba tambien gente de justicia.
La situacion de Sérvia y de Teodoro era angustiosa: no podian ni avanzar ni retroceder sin encontrarse con alguna de las dos rondas; y permanecer allí era entregarse irremisiblemente en manos de la justicia.
Felizmente para ellos la noche era muy oscura todavía, y aun no podian haber sido descubiertos.
Teodoro se puso á buscar alguna salida, pero no habia por allí ninguna puerta compasiva que se abriera. Casi desesperado levantó la cabeza, y á poca altura vió un balconcillo.
Entonces pensó que aquel era su último recurso, alzó con sus robustos brazos á Sérvia que se asió del balcon y pasó dentro del barandal, luego saltó él mismo, y asegurándose de la reja pasó tambien á colocarse al lado de su muger.
Ya era tiempo porque la claridad de los faroles de la ronda comenzaba a invadir el lugar en que ellos estaban.
Sin embargo, el balconcillo estaba muy bajo y podian verles, y entonces si no habia otro remedio, Teodoro y su muger se finjirian vecinos que salian atraidos por la curiosidad; pero Teodoro quiso probar antes si las puertas del balcon estaban cerradas, las impulsó suavemente, y contra todo lo que él se figuraba, las puertas, cediendo al impulso, se abrieron suavemente sin producir ninguna clase de ruido. En estos momentos se encontraban las dos rondas al pié del balcon.
La estancia en que penetraron Teodoro y Sérvia estaba alumbrada: cerca de una gran mesa cargada de libros, de frascos y de retortas, un anciano leía á la luz de un mechero de aceite.
El anciano al sentir que se abria el balcon volvió hácia allí el rostro, alzando su mano para cubrirse el resplandor del mechero que le deslumbraba.
Teodoro se quedó parado, y Sérvia se arrodilló poniendo un dedo sobre sus labios y como implorando silencio y socorro.
Ni una palabra dijo el anciano, y luego despues de haber reflexionado un poco hizo una seña para que se acercasen.
Teodoro y Sérvia obedecieron, y llegaron hasta cerca de la mesa.
El anciano los seguia examinando en silencio y con grandísima atencion; su rostro se iba animando poco á poco hasta que al fin, como dudando, esclamó:
—¡Teodoro!
Teodoro no contestó, y miró de hito en hito al anciano.
—¡Teodoro!—repitió el anciano—¿eres tú?
—Sí, señor. ¿Pero vos quién sois, que así me conoceis?
—¿No te acuerdas de mí, hijo mio?
—No señor—dijo Teodoro vacilando.
—Don José, yo soy Don José de Abalabide, hijo mio......
Apenas pudo concluir el anciano, porque Teodoro se habia arrojado á su cuello, y lloraba, como lloraba tambien el viejo.
—Teodoro, decia Don José—no me conocias, hijo mío, ingrato; tú el único que no me olvidó en mi desgracia.........
—Sérvia, Sérvia—decia Teodoro conmovido: mira, mira, éste es nuestro padre de quien tanto te hablaba.—Señor, es mi muger, la madre de mis hijos......... Abraza á Don José, Sérvia, abrázale: señor, permitidle que os abrace; es negrita, pero muy buena y os ha querido siempre.
—Y Don José abrazaba á la negrita que, mirando á los dos tan emocionados, lloraba tambien.
—Vamos, vamos, calmaos—decia Don José—que ya es mucho y pueden dañarme tantas emociones: siéntate Teodoro, siéntate hija. ¿Qué andais haciendo así, entrando por los balcones? Supongo que tú Teodoro no te habrás vuelto un perdido, hijo mio.
—Ah, no señor—respondió Teodoro—soy rico porque recojí todos vuestros bienes ocultos, y en lugar de disminuir han aumentado: sí, señor, Dios nos bendijo, y puedo entregaros buenas cuentas de todo; están vuestros intereses mejor que antes.........
—Vamos, vamos—dijo Don José pasando su mano por la cabeza de Teodoro como podia haberlo hecho un padre con un hijo.—Vamos, loco, ¿quién habla aquí de intereses, ni qué tienes tú que darme á mí cuenta de dinero que es tuyo? Si ha disminuido, por tí lo siento; y si por el contrario aumentó, como tú me dices, me alegro, y que Dios te haga muy feliz con él; que todo lo mereces, porque eres agradecido y bueno, y tienes el corazon grande y limpio.
Teodoro conmovido besaba la mano del viejo. Sérvia lloraba.
—Vamos, cálmate—continuó Don José—cálmate y cuéntame que andais haciendo, entrando así por los balcones y á estas horas.
—Señor—dijo Teodoro—veniamos huyendo perseguidos por la justicia.
—Por la justicia ¿pero qué habeis hecho vosotros?
—¿Qué? á vos nada puedo ocultaros, mi esposa señor se ha fugado esta noche de las cárceles de la inquisicion.
—¡Fugado de la inquisicion! ¡pero eso es maravilloso! ¿cómo?
—Con ayuda de un amigo, que tambien tenia allí presa á su muger.
—¿Y os han visto?
—No señor, la calle estaba oscura, y aunque las dos rondas venian á encontrarnos en medio, Dios me inspiró la idea de asaltar este balcon, y ya lo veis, nos hemos salvado.
—Es necesario cerciorarse de que nada observó la justicia, asómate, y yo ocultaré la luz para que no te vayan á descubrir.
Abalabide ocultó la luz detrás de la carpeta que cubria la mesa, y Teodoro con gran precaucion y casi arrastrándose se asomó á la calle.
Las dos rondas se habian encontrado y habian retrocedido juntas, apenas se distinguia á lo lejos la luz de los farolillos.
—Estamos salvados—dijo Teodoro, se han ido.
—Bien, ¿y qué pensais hacer ahora?
—Volvernos—dijo Teodoro por donde hemos venido, que necesito al menos por algunos dias, tener oculta á mi muger, mientras, se calma la persecucion.
—¿Pero á dónde vas á ocultarla?
—Yo no sé, pero buscaré adonde.
—Mira hijo, lo mejor será que la dejes aquí unos dias, esta casa es grande y no puede ser sospechosa.
—¿Es vuestra señor?
—Como si lo fuera es de un caballero amigo mio que se llama Don Cárlos de Arellano.
—¡Don Cárlos! el amante de Luisa; el que denunció la conspiracion...........................
Llamaron á la puerta y Teodoro calló repentinamente.
—Ocultaos allí en ese aposento—dijo en voz baja Don José, pero pronto..........
Teodoro y Sérvia obedecieron sin replicar.
Habian vuelto á llamar á la puerta.
—Pasen—dijo Don José, procurando dar á su rostro un aire indiferente.
Don Cárlos de Arellano entró mirando curiosamente á todos lados.
—Habia creido—dijo—que hablabais con álguien.
—Tengo algunas veces, como sabeis, la costumbre de estudiar en alta voz y en este momento me sucedia que entusiasmado con un trozo de Alberto Magno casi declamaba, ¿pero qué novedad os trae por acá á estas horas?
—Una grande y secreta: acabo de llegar de la casa de Don Pedro de Mejía.
—¿Y bien?
—Que Don Pedro ha sabido muy secretamente por uno de los secretarios del Capitan General, que su hermana Blanca presa en la inquisicion se ha fugado.
—¿Se ha fugado?—dijo Don José pensando que tal vez habia salido con la muger de Teodoro.
—Sí, mirad como estuvo la cosa. Luisa que estaba en el calabozo con ella consiguió por medio del Capitan general salir de la inquisicion, pero á la hora de la salida, Blanca tomó su lugar y ella fué y no Luisa la que consiguió la libertad.
—¡Caso mas raro!
—Pues aun hay mas: Blanca debia sufrir esa noche la pena de garrote, y como Luisa habia quedado en su lugar, ella la sufrió y la han ahorcado.
—¡Jesús! dijo Don José.
—Y hay mas aún.
—¿Qué? decidme que estoy espantado.
—Descubierto todo, el inquisidor llamó al licenciado Vergara, le refirió el hecho y dispuso, que vuelva Sor Blanca á la inquisicion, para que sufra tambien la muerte á que estaba sentenciada.
—¡Pobre muger! pero eso ya es demasiado y Don Pedro ¿qué dice?
—Aquí en confianza, Don Pedro tiene un negro corazon, y ni se afecta con la muerte de Luisa, ni se apura por la suerte que aguarda á su pobre hermana.
—¿Pero ese hombre es un tigre?
—Creo que sí ¡pobre Blanca!
—¡Pudiéramos salvarla!
—Ojalá.
—Decidme está ya en la inquisicion.
—No, pero hoy antes que salga la luz la conduciran para allá.
—Quizá haya esperanza de hacer algo por ella.
—Como á estas horas no tenemos de quien valernos y el negocio es muy peligroso.
—¿Quién podrá ayudarnos, quién?
—Yo—dijo Teodoro presentándose.
Don Cárlos retrocedió, llevando la mano al puño de su espada.
—¿Quién es este hombre? ¿Qué quiere aquí?—dijo.
—Calmaos—contestó Don José: es casi mi hijo y á vos esplicaré despues, por ahora decidle lo que pensais respecto á Blanca, y él os comprenderá y os ayudará, yo le fio.
—Bien está—dijo sosegándose Don Cárlos—has oido ya de lo que se trata.
—Sí señor.
—¿Y qué te parece?
—Me parece que todo se puede hacer muy fácilmente.
—¿Cómo?
—¿Decís que hoy deben llevar á Doña Blanca á la inquisicion?
—Sí, antes que haya luz.
—¿En dónde está ahora?
—En la cárcel de la ciudad.
—Entonces voy á esperar que la saquen, la sigo y en donde me sea posible se las quito á los alguaciles y la salvo. En ese caso, ¿á dónde podré llevarla?
—A mi casa de la Estrella, ¿sabes?
—Sí señor.
—Allí estará segura.
—Pues no hay que perder el tiempo. Me voy, adios, encomendadme á Dios; en todo caso, señor, os dejo á mi pobre muger.
—Confia en mí—contestó Don José.
Teodoro besó la mano del viejo y se dirijió al balcon, abrió las puertas, y saltó lijero á la calle.
Don Cárlos se asomó y permaneció allí hasta que se perdió el eco de las pisadas de Teodoro.
LA mañana comenzaba ya á blanquear el horizonte; comenzaba ya á sentirse ese ruido que constituye, por decirlo así, la vida de una ciudad. Las campanas de los templos llamaban á la primera misa, y los muy devotos y los hombres trabajadores se levantaban á toda prisa y se lanzaban á la calle como las avejas atraidas por el sonido de las campanas.
Cerca de la puerta de la casa Municipal, Teodoro se paseaba impaciente; pronto iba á ser ya de dia y no habia aparecido la silla de manos en que debian conducir á Doña Blanca á la inquisicion.
Teodoro estaba desesperado, si tardaba mas Doña Blanca ya no era posible llevar á efecto el plan que habia meditado.
Teodoro hubiera arremetido contra diez alguaciles en medio de la oscuridad, y se sentia con ánimo para hacerles huir, pero en pleno dia y en calles tan concurridas como las que tenian que atravesarse de la casa de la ciudad á la inquisicion, le parecia mas que locura.
Por fin, las puertas de la prision se abrieron y apareció una silla de manos conducida por dos presos, y custodiada por dos alguaciles.
No habia mas dificultad que en lo avanzado de la hora; pero Teodoro determinó jugar la partida y esponer el todo por el todo.
La silla tomó el camino de la inquisicion y Teodoro la siguió á una regular distancia; aun habia muy poca gente y apenas paraban la atencion en lo que conducian los alguaciles.
Llegando cerca de la esquina de Tacuba, Teodoro avivó el paso y alcanzó á los alguaciles que conversaban descuidadamente, asió con cada mano á cada uno de ellos por el cuello, y dándoles un movimiento de oscilacion les lanzó con toda la fuerza de sus poderosos brazos á una distancia increible.
Los dos alguaciles cayeron en tierra espantados, pero era tal el impulso que les habia dado Teodoro, que anduvieron aún de narices un largo trecho, dejando en el suelo restos empolvados de la ropilla y de las calzas.
Los presos que llevaban la silla al ver aquel lance, la pusieron en tierra, y aprovechando la ocasion echaron á correr con toda la fuerza de sus piernas.
Teodoro abrió la puerta de la silla y dijo á Doña Blanca que le miraba espantada.
—Salid, Doña Blanca, huyámos.
Doña Blanca se sonrió tristemente.
—No es posible, contestó, no puedo andar; el tormento me ha dejado baldada.
Teodoro comprendió todo y no contestó, sino que inclinándose tomó á Blanca entre sus brazos como hubiera podido hacerlo con un niño, y atropellando á los curiosos que se habian reunido allí tomó el rumbo de la Alameda, por la calle que se llamaba ya de Tlacopan, ó Tacuba.
Los alguaciles habian vuelto en sí de su sorpresa, y comenzaban á apellidar socorro, sin atreverse á ir ellos en persecucion de los fugitivos.
Teodoro aunque sin correr apresuraba el paso, y llegó sin ser perseguido hasta atravesar la Alameda. Ganando el campo se creia seguro.
Estaba ya fuera de la ciudad, cuando observó que venian á lo lejos algunos jinetes.
—Nos siguen—dijo Doña Blanca.
—Pero no nos alcanzarán—contestó Teodoro y abandonando el camino real, tomó entre unos sembrados de maiz, que por desgracia no tenian bastante altura para cubrirle.
Los jinetes comenzaron á galopar, por que advirtieron la marcha que habia seguido Teodoro.
—¡Por Dios, Teodoro! que están ya muy cerca.
—No temais, Doña Blanca, yo os salvaré.
Los perseguidores no encontraron paso para entrar á los sembrados y fueron á dar vuelta: Teodoro comenzó á correr.
—Déjame, déjame—decia Doña Blanca—sálvate tú y no te comprometas más; déjame seguir mi desgraciada suerte.
Teodoro no contestaba y seguia corriendo.
Los jinetes habian encontrado ya el paso, y aunque caminaban con dificultad entre los surcos, avanzaban, sin embargo, con una rapidez desesperante para Teodoro y para Blanca.
Llegaron á una de esas grandes cercas de piedra que cierran en México las heredades, y Teodoro bendijo á Dios porque aquel obstáculo, dificil de salvar por sus perseguidores, era poca cosa para el que iba á pié; pasó primero á Doña Blanca y luego pasó él, volvió á tomarla entre sus brazos y siguió corriendo.
Sucedió lo que él habia pensado: los que venian á caballo necesitaron buscar un portillo para salvar la cerca y él ganó entre tanto mucho terreno. Pero los caballos salvaron muy pronto aquella distancia y se veian ya muy cerca.
Blanca rogaba á Teodoro que la abandonase, pero era imposible que él hiciese semejante cosa.
Teodoro comenzaba ya á fatigarse, su respiracion era muy agitada, su frente estaba cubierta de sudor, y su marcha era cada vez mas lenta.
Comenzaba á desesperar; oia ya el rumor lejano de los pasos de los caballos de sus perseguidores.
De repente Teodoro se animó: á lo lejos vió un hombre que venia en un caballo; encontrarle pronto era salvarse; avivó el paso y muy pronto estuvo al lado del viajero.
Teodoro puso á Doña Blanca en tierra, y antes que el viajero se apercibiese se arrojó sobre él y le derribó del caballo.
El hombre se espantó, de modo que no opuso resistencia, y Teodoro se apoderó inmediatamente del caballo, que no era un animal notable pero que sin embargo debia servirle porque él se encontraba ya incapaz de seguir conduciendo á Doña Blanca en sus hombros.
Entre tanto los perseguidores venian ya muy cerca y podian escucharse sus gritos de ¡ténganse al rey, dénse á la justicia!
Teodoro subió á Doña Blanca en el caballo y él se colocó en las ancas del animal, y echaron á caminar, pero el dueño del caballo vió tan cerca el refuerzo que se animó á hacer algo ya de su parte por no perder su propiedad, y se afianzó de una pierna de Teodoro.
—Soltad—dijo el negro.
—Nunca, nunca, ladron, negro, deja mi caballo.
—Soltad, que yo os pagaré diez veces lo que vale el caballo.
El hombre no soltaba, y la situacion era comprometida.
—Pues no sueltas—dijo Teodoro—toma.
Y levantando la mano descargó sobre la frente del viagero un puñetazo capaz de derribar un buey; el hombre lanzó un gemido sordo, y rodó entre el polvo como un muerto.
Teodoro puso entonces á escape su caballo.
El animal no tenia trazas de aguantar mucho, y su carrera no era ni firme ni ligera.
—Teodoro, déjame aquí—decia Doña Blanca—déjame, sálvate, que ya nos alcanzan.
—No temais señora aun hay esperanzas, repetia el negro. El demonio parecia conducir á los que perseguian á Blanca, porque á cada momento estaban mas y mas cerca, ya se percibia el aliento fatigoso de sus caballos, y se escuchaban perfectamente las voces.
Se habia perdido el camino y Teodoro corria por un sendero angosto y sembrado de árboles que estaba al lado de un barranco profundo.
A lo lejos se descubrió un puente de madera, llegar á ese puente, atravesarlo, y derribarlo despues, era la ilusion de Teodoro, si lo conseguia estaba salvado.
Aguijó al caballo y estaba ya muy cerca del puente cuando el animal tropezando cayó del lado del barranco.
Perseguidos y perseguidores todos lanzaron un grito de espanto; Teodoro lanzado violentamente rodó por aquella pendiente entre los matorrales y las piedras, y se oyó el ruido de su cuerpo al caer en el arroyo que cruzaba por el fondo.
Doña Blanca desprendiéndose de la silla quedó prendida por la falda al tronco de un árbol y suspendida sobre una inmensa profundidad.
Los perseguidores llegaban en este momento al lugar de la desgracia.
EL propio, enviado por el licenciado Vergara Gaviria, llegó á Metepec y entregó las cartas que llevaba á Don Melchor, que estaba entregado á la mas profunda melancolía.
Don Melchor habia tenido por Luisa una verdadera pasion, y quizá le hubiera afectado menos, que ella le hubiera abandonado, que la aventura que no habia podido esplicarse y de la que él ó Luisa habian sido víctimas.
La llegada del correo le puso como fuera de sí de placer, inmediatamente comenzó á disponerlo todo para regresar á México, é hizo volverse en el acto al correo con una carta en que avisaba al licenciado Vergara que pronto se ponia en marcha para la Capital, y que tratase á Luisa con cuantas consideraciones pudiese no escaseando gastos de ninguna especie: la carta debia llegar á México tres dias antes que Don Melchor.
El licenciado Vergara recibió esa carta, y sin pérdida de tiempo se dirijió en busca del inquisidor.
Don Juan Gutierrez Flores estaba frenético, hacia muchos años que no se oía decir de una fuga en las cárceles del Santo Oficio, y en aquellos dias, sin que pudiese culparse á nadie, se habian fugado Don Cesar, María y Sérvia, y Doña Blanca habia sido arrebatada en esa mañana misma á los alguaciles.
Su señoría estaba temible en aquellos momentos.
La visita de Don Pedro Vergara con las noticias que traía no podia ser mas inoportuna.
El inquisidor fingió una amabilidad tan repugnante, como seria la sonrisa de un tigre, y Don Pedro nada conoció.
—Acabo de recibir—dijo—noticias de Metepec.
—¿Y qué sabe S. E. de nuevo?—contestó el inquisidor.
—Nada mas, si no que Don Melchor Perez de Varais me anuncia su próxima llegada á esta Capital.
—Paréceme eso de poca importancia.
—Creo al contrario de su señoría, que es de mucha y muy grave.
—Permítame V. E. que no comprenda............
—Don Melchor viene en pos de Luisa. ¿Y qué podrá decírsele?
—No sé qué derechos pueda alegar para interesarse por ella supuesto que sabemos que no era su esposa, si no de Don Pedro de Mejía.
—Con derechos ó sin ellos, lo cierto es que como creía yo que me habia sido remitida, le escribí lo acontecido, y puede ahora interesarse por ella.
—No tiene derecho alguno, y así se le puede contestar.
—Lo cual no nos salvará de un gran escándalo, que á mi juicio tanto cede en mengua mia como de la justicia del Santo Tribunal, que ejecuta á un reo por otro.
—En efecto, dice bien Su Excelencia.
—Pues es necesario dar un paso, si á su señoría le parece.
—Piense V. E. si será mejor detener á Don Melchor en su camino, ó esperar á que llegue para hacerle aquí desistir de su empresa, y que deje todo por olvidado ¿cuándo cree S. E. que llegará Don Melchor?
—Segun su exaltacion mañana debe estar aquí.
—En ese caso lo mejor seria detenerle en el camino, mientras disponemos algo que evite el natural escándalo y menosprecio que causaria la muerte de Luisa y los estraños acontecimientos que á ella dieron lugar.
—¿Cúal es pues, el plan de su señoría?
—Aun no me fijo perfectamente, pero en primer lugar, es fuerza detener á Don Melchor, y despues vacilo en decidirme, si le presentamos un cadáver de negra, diciéndole que es Luisa, que murió de enfermedad natural, ó una negra viva que le hagamos tambien creer que es ella.
—¿Y será posible que lo crea?
—Todo está en la clase de muger que se le presente.
—Cuidaremos entonces de buscar una muy inteligente.
—Por el contrario, la mas estúpida que podais encontrar, con tal de que sea jóven y tenga una estatura semejante á la de Luisa, porque diremos á Don Melchor, que su situacion hizo perder el juicio á la pobre muchacha, y de esa manera, cualquier cosa que oiga, lo atribuirá á locura. Con esto no quedará por tierra el honor de la Santa Inquisicion y nadie podrá descubrir lo que ha pasado en este negocio.
—Me parece un buen plan.
—Si se le presentára un cadáver, Don Melchor seria muy capaz de querer hacerle honras tan suntuosas que llamarian la atencion, y darian orígen al escándalo que tratamos de evitar.
—En efecto.
—Bien, pero es necesario que disponga V. E. las cosas, de manera de detener siquiera el dia de mañana á Don Melchor.
—Eso corre de mi cuenta.
—¿Y cómo?
—Mañana enviaré al camino que debe traer algunos enmascarados que le detengan, y le lleven prisionero por unos dias á una quinta de los alrededores, y luego le soltarán.
—Pero pudieran acontecer muchas desgracias, si él se resiste.
—No se resistirá, que enviare tal cantidad de gente que conocerá que toda resistencia es inútil.
—Así creo que está todo bien combinado ¿y V. E. se encarga de que le lleven la esclava que debe presentársele á Don Melchor?
—Si su señoría no tiene de quién echar mano.........
—No tengo por ahora, pero mañana cuando venga V. E. para que hablemos, y que llegue la noticia de haber sido detenido Don Melchor, le diré si por mi parte he encontrado lo que necesitamos.
—Bueno, voyme á preparar las cosas para mañana, y estaré aquí mañana al medio dia.
—El licenciado se despidió del inquisidor y cada uno fué á dar por su parte las órdenes respectivas..........................
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Los caminos estaban plagados de malechores, y en aquellos dias era una cosa muy espuesta viajar sin el acompañamiento de una muy fuerte escolta, pero tal habia sido la precipitacion, con que Don Melchor habia salido de Metepec, que apenas se habia hecho acompañar por dos criados.
En aquellos tiempos, Toluca era una poblacion inferior á Metepec y á Ixtlahuaca; no habia ese comercio, ni esa ancha vía de comunicacion que atraviesa por medio del Monte de las Cruces: angostas y escabrosas veredas de herradura daban paso á los que á pié ó á caballo pasaban de uno á otro de los pueblos, ó á México.
Por lo que se ha dicho se conocerá con que desconfianza caminaban todos, procurando reunirse en carabanas para ponerse mas á cubierto de los asaltos de los ladrones.
Don Melchor atravesó sin novedad alguna el monte, y luego el valle de México sin haber encontrado ni ladrones ni viajeros.
Estaba ya cerca de la ciudad cuando notó que delante de él caminaba un grupo de gentes á caballo custodiando un carro de dos ruedas: los hombres tenian trasa de gente de justicia y en el carro no podia distinguirse lo que llevaban porque iba cubierto con un toldo de petates.
Don Melchor quiso aprovechar aquella compañia, porque aun en las mismas puertas de la ciudad solian acontecer robos y muertes.
Don Melchor saludó á los que iban á caballo, y ellos le reconocieron luego como que habia sido por algunos meses corregidor de México.
—¿Y qué llevais en ese carro? preguntó Don Melchor.
—Señor—contestó uno de ellos—nosotros salimos en persecucion de un negro y una muger que atacaron á la justicia y se fugaron, y nos hicieron correr mucho, pero el negro cayó del caballo hasta el fondo de una barranca, y la muger hubiera seguido la misma suerte, pero se atoró de la falda en una rama y la recogimos; al negro ni modo siquiera de buscarle.
—¿Y cuándo fué eso?
—Ayer señor, pero nuestros animales estaban cansados, y esta muger no podia andar, tuvimos que pedir posada, y conseguir un carro para traerla y ahí va.
—Bien, nos iremos acompañados.
—Como mande su señoría.
Don Melchor caminaba por delante, y paso á paso para que pudiera seguirle el carro y habian avanzado ya algo, cuando de repente de una arboleda se desprendieron una porcion de enmascarados que estaban ocultos allí y rodearon á Don Melchor y á los que le acompañaban.
Ninguno pensó en defenderse, y los enmascarados comenzaron á hacer bajar á todos de los caballos.
LOS enmascarados que rodearon á Don Melchor terminaron tranquilamente su tarea, ataron los caballos de los que custodiaban á Doña Blanca, y de los criados de Perez, y luego á este le acomodaron tambien con Blanca y echaron á caminar llevándose el carro con tanta confianza como si no dejaran amarrados á los agentes de la justicia.
Anduvieron así hasta muy cerca de anochecer, sin que Perez hubiera comprendido cuales eran sus intenciones, y á cosa de la oracion llegaron á una hacienda y entraron al patio de la casa.
Allí fué donde aquellos hombres apercibieron que habia otra persona mas en el interior del carro.
Blanca durante el viaje, ni habia hablado una palabra, ni se habia descubierto el rostro; acostada y casi sin moverse habia pasado todo el camino, quejándose solo algunas veces porque el movimiento la hacia pasar terribles dolores. La fiebre habia vuelto á apoderarse de ella, y la agitacion de su espíritu y los acontecimientos por los que habia tenido que pasar, eran superiores ya á sus fuerzas.
—Aquí hay una muger—dijo un enmascarado, luego que hicieron bajar á Don Melchor y le obligaron á entrar en una habitacion.
—Será alguna criada ó esclava del corregidor, contestó otro.
—Haber, háblale—dijo un tercero.
—Señora, señora, está durmiendo creo.
—Pues muévela que se despierte.
—Señora, nada, creo que viene enferma.
—Sube al carro y descúbrele la cara.
El hombre subió al carro y descubrió el rostro pálido y desfigurado de Blanca.
—Es una enferma—dijo.
—¿Pues qué hacemos?
—La hubiéramos visto allá, allá la dejamos.
—Pero ahora ya no es posible.
—Entonces si viene con su señoría, de su familia debe ser; la bajaremos y la acostamos en una cama en la misma habitacion, que las órdenes de Su Excelencia son que se le guarden á él y á los que le acompañan toda clase de miramientos.
—Por eso los dejaste en el camino amarrados y mirándose unos á los otros.
—Deja de chanzas, y baja á esa señora.
El que estaba adentro tomó cuidadosamente á Doña Blanca entre sus brazos y la llevó hasta una de las piezas del alojamiento destinado á Don Melchor.
Doña Blanca se quejaba, pero no decia una sola palabra; miraba por todas partes con ojos estraviados, y dejaba que hicieran con ella cuanto quisiesen.
Don Melchor estaba como soñando; nada le habian dicho, y aquellos enmascarados le trataban más como á su gefe que como á su prisionero.
Les vió entrar conduciendo á Blanca y colocarla en su mismo aposento, y creció su admiracion.
Los hombres se retiraron y Don Melchor quedó solo con la enferma, meditando en la estraña aventura que le pasaba.
La curiosidad le hizo acercarse al lecho en que gemia Blanca.
La jóven le miró fijamente, pero sin dar el menor indicio de admiracion ni de disgusto.
Perez acercó su mano á una de las mejillas encendidas de Blanca.
—Terrible calentura tiene esta pobre muger; ¿será un tabardillo? mal estoy entonces aquí, pudiera contagiarme.
Y se retiró precipitadamente.
Blanca comenzó á disvariar, y entre frases cortadas á pronunciar los nombres de Don Cesar, de Teodoro, de Luisa y de Don Melchor.
Éste al principio paró poco la atencion en lo que la jóven hablaba.
—Malo—dijo—disvaria.
Pero Blanca pronunció el nombre de Luisa y el de Don Melchor, y la cosa le pareció á él digna de atencion.
—Calle—dijo—parece que la presa me conoce bien y á Luisa, ¿pues quién será?
A pesar de su miedo volvió á acercarse, y á examinar su rostro, pero en vano, tanto habia variado la pobre Sor Blanca á quién el conoció en el convento de Santa Teresa, que le hubiera sido imposible recordarla.
—Teodoro—decia Blanca—Teodoro......... nos alcanzan..... hay vienen......... muy cerca......... La pobre negrita me deja salir en su lugar.................................................
¡Qué cosa tan horrible es el tormento, cómo tengo los brazos......... mirad!
Don Melchor vió los brazos que descubria Blanca aún con las terribles huellas del tormento.
—Es mi esposo......... sí, por eso le amo......... no soy monja......... no soy......... no soy......... Don Melchor Perez de Varais y su esposa......... hoy me lo han dicho......... vinieron ¡qué buenos!......... señora Luisa ¿es verdad que el Papa relaja mis......... mis......... mis......... ¿cómo se llaman?........ Teodoro nos alcanzan.
Don Melchor la miraba fijamente, y procuraba encontrar entre sus recuerdos algo que parecia cruzar por su imaginacion.
Por fin, dándose una palmada, en la frente esclamó:
—¡Ah! ya caigo—esta es, ¿pero será posible? la monja, la protegida de Luisa, la hermana de Don Pedro de Mejía, ¿cómo se llamaba? ¿Beatriz? no, ¿Estela? tampoco......... Sor....... Sor.......... Blanca, Blanca, eso es Blanca, ¿pero será ella? veremos.
Y acercándose á la enferma, le dijo dulcemente.
—Blanca, Sor Blanca, Sor Blanca.
—¿Quién me habla? ya no soy Sor Blanca, soy la esposa de Don Cesar de Villaclara. ¿Quién es?
—Blanca, Blanca, ¿me oís?
—Sí, ¿quién sois? no os conozco.
—Yo soy Don Melchor Perez de Varais.
—Mi protector, ¡ah sí! me acuerdo, ¿dónde está Doña Luisa mi protectora? ¿A dónde está?
Los batientes de la puerta sonaron, Don Melchor volvió el rostro, y vió entrar á varios enmascarados que depositaron sobre una mesa todo lo que podia necesitar para hacer una buena comida.
Se retiraron despues, y solo quedó uno allí para servirla.
Don Melchor quiso por él averiguar alguna cosa y comenzó á interrogarle.
—Hombre, supuesto que estamos solos, decirme podras, ¿con qué objeto se me ha traido aquí, qué se pretende conmigo?
—Nada sé, señor.
—¡Cómo! ¿Pues qué órdenes has recibido?
—Solo servir á su señoría en cuanto pida y necesite.
—¿Pero quién te ha dado esas órdenes?
—Eso es lo que no puedo revelar.
—Pero yo te daré por ello lo que me pidas.
—No pida su señoría lo que no me es posible darle.
—¿Dices que tienes órdenes para darme cuanto yo necesite?
—Sí señor.
—¿Y si yo quisiera una persona que viniese á curar á esta señora enferma?
—Se haria venir inmediatamente.
—Pues por ahora es lo que mas necesito, pero que sea muy pronto.
—Tan luego como acabe de servir á su señoría, iré á buscar esa persona.
—Entonces puedes ir, pues no te ocuparé ya para nada.
El hombre obedeciendo inmediatamente salió y Don Melchor volvió á acercarse á la cama de la enferma.
Blanca parecia dormir, y estaba menos inquieta.
Habia cerrado ya la noche cuando el criado volvió á entrar conduciendo á una muger anciana.
—Señor—le dijo á Don Melchor—por aquí no hay ni físicos ni cirujanos, y esta es una componedora de huesos y herbolaria, que sabe muchas medicinas y por eso la traigo.
—Venga vd. por acá, señora—dijo Pérez—vea vd. á esta enferma, haber qué puede hacerle.
La vieja se acercó al lecho de Blanca, comenzó á examinarla, la miró cuidadosamente las contusiones y heridas de los brazos, y luego con grande aplomo dijo:
—Yo la sanaré muy pronto, no se necesita sino quitarle el molimiento, por eso está ahora hecha un vivo fuego, voy á traer unos menjurges, ¿podré ir para venir despues á quedarme aquí con ella toda la noche?
Don Melchor no contestó, pero se quedó mirando al hombre de la máscara y éste dijo.
—Puede vd.
La vieja salió, se estuvo fuera una hora y volvió despues trayendo un hornillo con lumbre, vasijas, yerbas y redomillas.
Don Melchor se encerró en un aposento y la vieja comenzó sus curaciones.
LOS que condujeron á Don Melchor, que como el lector habrá comprendido eran enviados por el licenciado Vergara de acuerdo con la inquisicion, enviaron en la misma noche parte de todo lo acontecido al licenciado.
Uno de ellos fué en persona para dar noticia de cuanto habia ocurrido, y con objeto de consultarle sobre algunas dudas.
El licenciado Vergara quedó sumamente complacido.
—¿Conque no hicieron ninguna resistencia?—preguntó.
—No señor, cayeron como unos pajaritos.
—Mas vale así, que á fé que hubiera yo sentido cualquier desgracia, cuando solo se trata de detener unos días á Don Melchor sin causarle daño.
—¿Y dígame V. E. qué se hace con una señora enferma que venia con su señoría?
—¿Una señora?
—Sí, una dama que le acompañaba.
—¿Y qué dama era esa?
—Debe ser de la familia, aunque apenas pudimos verla, porque venia enferma y acostada dentro de un carro.
—¿Y qué hicisteis?
—Como supusimos que era de la familia, y no criada, ni esclava, ni cosa así, por no disgustar á su señoría el señor Don Melchor, la hemos puesto en su mismo alojamiento.
—¿Y qué dijo él sobre esto?
—Nada absolutamente.
El licenciado se puso á reflexionar, que Don Melchor ni tenia familia, ni era posible que viniendo á buscar á Luisa, hubiera traido consigo una muger: esta debia sor alguna enferma que venia sin duda á curarse á México, y habia aprovechado la marcha de Don Melchor para tener mas seguridad en el camino; esta idea le pareció muy acertada y se fijó en ella.
—Todo ha estado muy bien—dijo—volved inmediatamente, y decid de órden mia, que se siga reteniendo á Don Melchor, tratándole con toda especie de consideraciones; y sobre todo que nada sepa de la causa de su detencion, ni que conozco á nadie, ¿lo entendeis?
—Sí Excelentísimo señor—¿y la dama?
—Si quiere permanecer allí que permanezca, pero si por causa de su salud, pretende seguir su viaje no se lo estorbeis, que nada tiene ella que ver en todo esto; sin embargo, cuidad de que tampoco ella comprenda lo que pasa.
—Muy bien, Excelentísimo señor.
El hombre montó á caballo y partió en la misma noche.
Al dia siguiente el licenciado Vergara despachaba en la Audiencia, y al medio dia se le presentó el alcalde con el rostro triste y compunjido.
—¿Qué nos dice de nuevo el señor alcalde?—dijo el licenciado.
—Traigo malas noticias á S. E.
—¿Malas noticias? ¿Qué ha ocurrido?
—Sabrá V. E. que al conducirse á la Santa Inquisicion, de órden de V. E. la señora que estaba presa en la cárcel de ciudad, fue quitada á los alguaciles por un negro.
—Lo sé, pero supongo que debe haber sido reaprehendida, porque un hombre á pié, y cargado con una muger, como se me refirió que iba, puede muy pronto ser alcanzado.
—Lo fué en efecto aunque no con mucha facilidad, porque el negro corria como un venado y tenia la resistencia de un toro.
—Adelante.
—Pues en la persecucion se empleo gran parte de la mañana, y hasta el dia siguiente, es decir hasta ayer no volvian los alguaciles con la presa á quien traian en un carro, por estar muy enferma.
—Adelante, adelante—dijo el licenciado comenzando á entreveer algo de lo que habia pasado.
—En el camino encontraron al Señor Don Melchor Perez de Varais que venia para la ciudad, y que se acompañó con ellos.—Repentinamente, todos se encontraron rodeados por una cuadrilla de forajidos, compañeros sin duda del negro que robó á la presa, y los alguaciles tuvieron que sucumbir despues de una desesperada resistencia.
—Supongo—dijo el licenciado con una sonrisa maliciosa, que vendrian muchos heridos, y que habria algunos muertos.
—Dios no lo ha permitido señor, y aunque es cierto que los salteadores se llevaron á la presa y al Señor Don Melchor, pero no tenemos que lamentar desgracia alguna.
—Es un milagro; pero hágame su señoría el favor de que se advierta á esos alguaciles que no han cumplido con su deber, y que si hablan ellos del negocio y se divulga por culpa suya con mengua del crédito de la justicia, á quién pone en ridículo este lance, los mando ahorcar á todos ¿lo entiende su señoría?
—Sí Señor Excelentísimo.
—Bueno, y no tomeis ya medidas de ninguna clase, ni os mezcleis para nada en este asunto, que tomo yo esclusivamente por mi cuenta, para enseñaros cómo se manejan estas cosas de la justicia; id señor alcalde.
El alcalde hizo una reverencia y salió.
El licenciado se puso á escribir inmediatamente para dar órden de que no dejaran comunicar ya á Doña Blanca con Don Melchor y que la remitiesen presa á México inmediatamente.
Quizá ya ella habria referido todo á Perez de Varais, y entonces todo el plan consertado por el inquisidor era inútil.
Salió el correo en el acto y llevando órdenes de reventar el caballo si era preciso para llegar pronto.
Veamos entre tanto lo que habia pasado con Blanca.
La vieja curandera habia logrado en una sola noche, mejorar á Blanca de una manera extraordinaria.
A los que no conocen cuanta inteligencia tienen esos curanderos de los campos, y cuantos secretos poseen sobre las virtudes maravillosas de plantas, árboles y piedras, les parecerá verdaderamente una vulgaridad, el que se crea que sanan algunas ocasiones heridas y enfermedades, con tanta rapidez como no lo haria el cirujano mas práctico; y sin embargo nada es mas cierto, y algunos de esos secretos han llegado á ser, como el huaco, el anacahuite y la raíz de Jalapa, puestos al alcance de la ciencia, altamente apreciados.
A la mañana siguiente Blanca estaba tan repuesta que conocia á todos, y pudo dar á Don Melchor noticia de cuanto habia ocurrido.
Don Melchor creyó encontrar alguna relacion entre lo que le referia Blanca y su situacion, y pensó ante todo salvar á aquella jóven.
Durante su conversacion con Blanca, la vieja curandera dormia, y Don Melchor la despertó. Comenzaba á aclarar la mañana.
—Señora—le dijo Don Melchor—os estoy tan obligado que mi reconocimiento no se satisfará con solo daros dinero, sino que haré por vos cuanto querais, pero quisiera preguntaros una cosa.
—Sí señor.
—Si fuera posible que saliera de aquí esta jóven, ¿podriais llevarla, pagándoos por supuesto, á un parage seguro y oculto?
—Cómo ¿para ocultarla, de quién?
—¿Sereis capaz de guardar mi secreto?
—El oficio que llevo os lo garantiza.
—Pues bien, para ocultarla de la justicia.
—Podeis confiar.
—¿Con toda seguridad?
—Con toda seguridad.
—Bien, entonces vamos á ver de qué manera la sacamos de aquí, de grado ó por fuerza ¿sabeis quiénes son nuestros guardianes?
—No señor, yo no vivo lejos de aquí, pero jamas habia visto á estos hombres, esta finca estuvo casi siempre abandonada, ayer dos enmascarados han ido por mí, y me han traido, nada mas sé.
Esperaremos que entre alguno de ellos, le hablaré para ver si se consigue algo por bien, y mientras pondré á Doña Blanca al tanto de cuanto ocurre y hemos consertado.
El hombre que habia ido á verse con el licenciado Vergara volvió ya al amanecer y comunicó las órdenes que habia recibido. Doña Blanca era para los comisionados de Vergara un verdadero estorbo, y por ésto, y por demostrar buena disposicion á Don Melchor, se apresuraron á darle noticia de todo.
El que funjia de gefe entró á la cámara de Don Melchor, y cuando éste se preparaba á decir algo que le indicase la disposicion de ánimo de sus guardianes con respecto á Doña Blanca, el hombre le dijo:
—Su señoría ha escuchado que por órden de la persona que aquí le guarda, tendrá su señoría cuanto apetezca, y en lo que á esa dama atañe, libre es si gusta ella y su señoría lo dispone de seguir su marcha y atender en otra parte al cuidado de su salud.
Don Melchor llegó á pensar que en todo esto habia una especie de milagro.
—Gracias—contestó—en tal caso dispondremos que salga luego, que su situacion peor está á cada momento y témome una catástrofe por la falta de asistencia.
—Como su señoría lo ordene.
—Pero no pudiendo moverse, supongo que podrá la curandera ir á traer algunos indios que la lleven cargando.
—No hay inconveniente.
Don Melchor entró precipitadamente.
—Es necesario no perder un instante, todo está arreglado, id por unos hombres que saquen á la enferma de aquí, y por si no pudiere yo hablaros luego, procurad tan luego como salgais al campo con ella, estraviar camino por si quisieren perseguiros.
—Nada temais.
La vieja salió lijera y Don Melchor entró á hablar con Blanca.
—Doña Blanca—la dijo—pronto estareis libre.
—Libre, ¿y cómo?
—He conseguido que estos hombres que no os conocen os dejen salir, la curandera os lleva y ella ha prometido ocultaros.
—¡Ay señor cuánto os debo! pero creo que todo será inútil, el cielo no quiere que yo me salve y cuantos esfuerzos se hagan serán inútiles, y yo no conseguiré si no arrastrar en mi caida á cuantos pretendan impedirla.
—Doña Blanca, tened valor; si el cielo hasta hoy no os ha abandonado, ¿por qué desconfiais de Dios? valor y fé Doña Blanca, y os salvareis, yo os lo aseguro.
—¡Qué Dios os escuche!
Serian ya las dos de la mañana, cuando volvió la vieja con algunos hombres que conducian una especie de camilla formada de ramas.
Colocaron en ella á Doña Blanca, y salieron de la casa sin obstáculo de ninguna especie. La vieja recibió de Don Melchor una cantidad de pesos que ella no contó pero que le pareció suficiente y siguió alegremente á la camilla.
De buena gana hubiera solicitado Don Melchor permiso para salir á ver la direccion que tomaban, pero se guardó muy bien de hacerlo por no infundir sospechas á sus guardianes.
Haria á lo mas una hora que habia partido Doña Blanca, cuando oyó Don Melchor gran ruido en el patio, se asomó y vió que ensillaban precipitadamente sus caballos algunos de los hombres que le custodiaban.
—¿Qué hay novedad?—preguntó.
—Sí señor—contestó el gefe, acaba de llegar violentamente un correo para que no se permita salir de aquí á la señora que venia con su señoría.
—Pero ahora ya se fué.
—Salen á caballo algunos á alcanzarla.
—¿Y de quién es la órden? preguntó Don Melchor esperando saber algo por la respuesta que le dieran.
—De quién puede darla—contestó el hombre.
Esto era lo mismo que nada, pero supuesto que Doña Blanca estaba perseguida por la justicia, y aquellos hombres tenian órden para detenerla, claro estaba que ellos recibian órdenes de la justicia: entonces no eran ni ladrones, ni enemigos suyos particulares; ¿qué era pues aquello? aunque se hubiera vuelto loco, no lo hubiera adivinado nunca.
Los hombres salieron en busca de Blanca, y Don Melchor quedó con la mayor inquietud, aunque siempre con la esperanza de que la vieja hubiera seguido fielmente sus instrucciones, y que hubiera estraviado camino al salir.
Trascurrieron así algunas horas, de la mayor ansiedad para Don Melchor que á cada momento esperaba ver entrar á Blanca.
Oyó de repente las herraduras de un caballo que penetraba en el patio, se asomó, y era un correo que entregó un pliego á uno de los guardas y volvió á marcharse: el jefe recibió el pliego, lo leyó y dió despues algunas órdenes que Don Melchor por mas que hizo no pudo percibir.
Vió entonces que de una cuadra sacaban su mismo caballo, que le ensillaban con sus mismos arreos, y que ya embridado y listo, un hombre le tenia en medio del patio y el jefe se dirijia para su aposento.
Don Melchor le salió luego al encuentro.
—Tengo órdenes—dijo el hombre, para que su señoría pueda seguir su viaje; el caballo está listo y en su misma habitacion recibirá su señoría todo su equipaje ésta misma noche.
—Pero ¿cómo?
—Nada mas podre decir á su señoría.
—¿Y la señora que fueron á buscar?
—Aun nó vuelven los compañeros.
—¿Podré esperarme hasta saber el resultado?
—No es posible.
—Pues vamos.
Don Melchor montó á caballo, y se puso á caminar en la direccion que le dijeron que estaba México.