Era que á esa hora habia enviado á su mayordomo á la casa de Mejía.

Una hora despues, Arellano no habia hecho alto en eso tampoco: un lacayo habló en secreto á Luisa, y ésta volvió á salir del comedor.

El mayordomo habia vuelto de la casa de Don Pedro, trayendo dos mil pesos fuertes.

Luisa mandó guardar el dinero y volvió á entrar al comedor, sin mostrar alteracion ninguna.

Cuando Arellano se retiró Luisa salió á despedirse, y la despedida duró, por lo menos, una hora: entre amantes no es mucho.

Don Manuel de la Sosa se habia quedado desde cosa de las cuatro de la tarde, en un estado de somnolencia y de embrutecimiento, que ni hablaba, ni entendia nada.

Hacia como dos años que Don Manuel se iba volviendo cada dia mas estúpido, y solo pensaba en comer; desde las cuatro de la tarde se sentia como amodorrado; solo salia de su estado á las ocho de la noche para cenar, y se acostaba y dormia de un hilo hasta el dia siguiente.

Luisa, su muger, disponia y mandaba sin obstáculo en la casa: Don Manuel era como un niño; comiendo bien, era feliz. Y nada turbaba la inmensa tranquilidad de aquella dichosa pareja.

XVII.

En el que se ve que hasta las piedras rodando se encuentran.

CUANDO Teodoro acabó de contar su historia al Oidor y al Bachiller, comenzaba ya á lucir la mañana, y alegres bandadas de gorriones y de golondrinas cruzaban cantando por encima de los techos y por las calles de la ciudad.

El Oidor se embozó en una larga capa, y seguido del Bachiller se dirigió á las casas en donde debia construirse el nuevo convento de Santa Teresa.

Una muchedumbre de obreros estaban allí esperando el momento de comenzar los trabajos de la demolicion de las antiguas casas. El Arzobispo y Don Fernando se habian ocupado la noche anterior de escribir cartas y excitaciones á los alcaldes y á los curas de los pueblos inmediatos, á fin de que con toda diligencia enviasen trabajadores para la obra: sus exhortaciones no podian haber sido mejor atendidas, porque antes de salir el sol la calle de las Atarazanas estaba llena de cuadrillas de hombres, habilitados cada uno con su respectivo instrumento de trabajo. No faltaban ni las carretas para conducir los escombros.

Los sobrestantes parece que no esperaban mas que la llegada del Oidor para comenzar la obra.

Un sonoro grito de «Ave María Purísima» dado por uno de los capataces, fué repetido en coro por todos aquellos hombres que se quitaron devotamente el sombrero. Las cuadrillas entraron á la casa, se señaló á cada una su tarea, y media hora despues por todas partes se escuchaban los golpes de las hachas y de las barretas, las caidas de las paredes, el derrumbe de los arcos y de las columnas de los corredores, y una inmensa y pesada nube de polvo se cernia constantemente sobre la manzana en que á poco tiempo debia levantarse el convento de Santa Teresa.

Don Alonso de Rivera que no habia podido dormir pensando en el resultado que tendria el plan concertado con Mejía, para asesinar á Quesada, no despertó al dia siguiente hasta las diez de la mañana, se levantó y encontró á un lacayo que le entregó una carta, y le anunció que un hombre le esperaba en el corredor.

Abrió la carta, era de Mejía, y decia sencillamente:

«Don Alonso. Se erró el golpe anoche y hemos sido descubiertos; pero no hay cuidado. En esta tarde nos veremos, esperadme en vuestra casa. Dios os guarde muchos años.

Pedro de Mejía

Don Alonso rasgó inmediatamente la carta.

—¿Quién me busca?—dijo con enfado al lacayo.

—Un hombre, que le urge ver á su señoría.

—Dile que pase.

El lacayo salió, y volvió á poco conduciendo á un hombre del pueblo, que entró respetuosamente con el sombrero en la mano.

—¿Qué se ofrece?—preguntó con altivez Don Alonso en el momento en que Doña Beatriz, sin que él la viera, penetraba en la habitacion por una puerta que quedaba á la espalda de Don Alonso.

—Señor, que vengo á noticiarle á su señoría, que están tirando las casas de su señoría, en la calle de las Atarazanas.

—¿Tirándolas? ¿y quién? ¿cómo?

—¡Una multitud de trabajadores!

—Es imposible—decia Don Alonso—si ayer á las tres dió órden el virey de suspender las obras.

—Pues no lo dude su señoría, que yo lo he visto, y quizá para esta tarde no quede una pared en pié, segun lo recio que se trabaja.

—Bien, ¿y quién os mandó á anunciármelo?

—Nadie, señor, yo que creí que el aviso seria útil á su señoría.

—¿Y quién dió la órden de comenzar?

—No lo sé, pero los trabajos empezaron al llegar allí el señor Oidor Quesadas.

—El Oidor, siempre el Oidor.

Doña Beatriz volvió á salir sin ser notada; al cerrar la puerta pudo verse el alegre rostro de Teodoro que la seguia.

—Está bueno, retiraos—dijo Don Alonso al de la noticia; pero el hombre no se movia.

—No os digo que os retireis, á qué aguardais.

—¿Nada merece mi empeño?

—Es verdad—dijo Don Alonso, dándole algunas monedas—es necesario gratificar al hombre que me avisa que me derriban mis casas, ¿y cómo os llamais?

—Señor, me conocen todos por el Ahuizote, para servir á su señoría.

—Vaya un nombre, retírate.

—Dios guarde á usía—dijo el Ahuizote, y bajó humildemente las escaleras llevando en la mano el dinero que Don Alonso le habia dado.

Al llegar á la calle se erguió, se caló su sombrero, y volviendo á la casa de donde acababa de salir—dijo arrojando al arroyo el dinero:

—Maldito seas tú y tu dinero, y tu dinero y tú; qué crees, que te vine á dar de buena fé la noticia, y que necesito de tu limosna. Garatuza tiene razon, es hombre de talento, y desde hoy tomo decididamente el partido del Arzobispo contra todos estos soberbios. La travesura de Garatuza ha estado buena, y hemos dado por desayuno á este gachupin una soberbia cólera. Vámonos.

El Ahuizote entró al Arzobispado á noticiar al Bachiller que habia ido á dar parte á Rivera del desastre de sus casas. Al salir del cuarto de Garatuza se encontró con el Arzobispo, que acompañado del Oidor Quesada, lleno de polvo pero radiante de orgullo, volvia de las casas de la calle de las Atarazanas. El Ahuizote se puso de rodillas y se quitó el sombrero, el Arzobispo le echó una bendicion, y como venia de buen humor se dirigió á él.

—¿A quién veniais á ver?—le preguntó.

—A Gara......... es decir, al Bachiller Villavicencio, Ilustrísimo Señor.

—¿Y qué negocio teneis con él?

—Le traje una razon, Ilustrísimo Señor.

—¿De quién?—preguntó el Arzobispo.

—De Don Alonso de Rivera—contestó con descaro el Ahuizote.

—¡De Don Alonso de Rivera!—dijo admirado el Arzobispo—¿y qué negocio tiene con él el Bachiller?

La comitiva de su Ilustrísima se agrupaba curiosa de saber lo que iba á contestar el Ahuizote; creian que se iba á descubrir alguna trama nueva de Don Alonso, á quien aborrecia entonces casi toda la gente de la Iglesia.

—Pues si su Señoría Ilustrísima no nos regañara al Bachiller y á mí, hablaria.

—Hablad—dijo el Arzobispo algo enojado.

—Bueno, Ilustrísimo Señor, pues el Bachiller me dijo esta mañana: «Hombre, Ahuizote»—porque ha de saber su señoría que á mí me dicen por mal nombre Ahuizote; pues me dijo—hombre, Ahuizote, yo estoy muy cansado y quiero acostarme, anda tú, y pégale en mi nombre una buena cólera á ese pillo, con enmienda de su Señoría Ilustrísima, Don Alonso de Rivera; pero buena, y antes de que se desayune, cuéntale que ya le tiraron sus casas: y fuí y ahora le vengo á dar la razon.

Todos los que acompañaban al Arzobispo se pusieron á reir, y él mismo no pudo conservar su gravedad.

—¿Y qué dijo Don Alonso?—preguntó el prelado, procurando en vano ponerse sério.

—Se puso rabioso, sobre todo, contra mi señor el Oidor.

—¿Contra mí?—dijo Quesada.

—Sí, señor, me dió una gala y me echó de su casa.

—¿Cuánto os dió?—preguntó el Arzobispo.

—No lo sé, Ilustrísimo Señor, porque al salir lo voté al arroyo sin contarlo ni verlo.

—Bravo tunante sois, idos, y esto no lo voteis al arroyo—dijo el Arzobispo dándole una moneda de oro.

—No, Ilustrísimo Señor, nunca—contestó el Ahuizote besando la mano del Arzobispo y la moneda.

—Ni esta—dijo el Oidor dándole otra.

—Mil gracias.

El Arzobispo siguió, y todos los que le acompañaban por imitar á su Ilustrísima, dieron al Ahuizote una gala.

—Valiente cosecha,—decia el truhan al salir á la calle sonando los bolsillos de sus calzones llenos de pesos.—Viva el Arzobispo.

El Arzobispo seguido del Oidor y de la comitiva, se dirigió directamente al cuarto del Bachiller y llamó.

Martin, que lo que menos esperaba era que fuese su Ilustrísima,—gritó medio dormido.

—Adelante.

Al abrirse la puerta alzó la cabeza y miró su pieza invadida de aquella multitud, al frente de la cual iban el Arzobispo y Don Fernando.

Martin estaba acostado sin zapatos, sin ropilla, con solo la camisa, los calzones y las medias calzas de lana negra, que usaban los servidores del Arzobispo. Su sorpresa fué tal que así se levantó.

—Señor Bachiller—dijo el prelado—buenas visitas teneis.

—Ilustrísimo Señor—dijo Martin atarantado con aquella política.

—He hablado con ese conocido vuestro que os vino á visitar, y que le dicen el Ahuizote, y me ha contado la burla que habeis hecho á Don Alonso.

—Perdóneme su Señoría Ilustrísima, ha sido solo una travesura—contestó Martin alentado con las risueñas caras del Arzobispo y de su comitiva.

—Bien; pero esos amigos son malos.

—Quizá lo sean, pero yo le aseguro á su Ilustrísima, que ese, y otros cien mas como ese que conozco, se dejarán matar por su Ilustrísima el dia que se ofrezca.

—Esos son muchos bríos, señor Bachiller—dijo con cierto orgullo el Arzobispo—la Iglesia no necesita del acero.

—Quién sabe cómo se pongan las cosas, y en todo tiempo cuenta su Señoría con esos hombres á vida ó muerte. Lisonjeándose el Arzobispo, quiso sin embargo cortar aquella escena, y dejando su afectada gravedad, se acercó al Bachiller y le tiró paternalmente de una oreja, mas bien como por cariño que como por castigo.

—Bachiller, Bachiller—le dijo—producciones tienes tú para andar á vueltas con la justicia.

El prelado salió con todo su acompañamiento, y Martin volvió á cerrar su puerta.

—Vaya, qué cosas—decia acostándose otra vez—van dos que amenazan con que tendré que habérmelas con la justicia; anoche la bruja y hoy su Ilustrísima, y á fé que puede que en el fondo tengan razon......... eh......... ya veremos.

Comenzaba á dormirse y bostezaba.

—¿Y cómo diablos se ha encontrado su Ilustrísima con el Ahuizote......... qué bien dicen......... «Las piedras rodando se encuentran»......... ah, qué sueño........ tengo, durmamos.

Martin daba cada bostezo como si hubiera velado diez noches seguidas, y en cada vez se hacia la señal de la cruz frente á la abierta boca, con tanta rapidez y tantas ocasiones, que parecia que trazaba una rúbrica en el aire.

A poco dormia profundamente.

Entre tanto las casas de Don Alonso de Rivera venian por tierra, con una rapidez que causaria envidia en nuestros tiempos al célebre Don Manuel Delgado.

Don Alonso corrió, al saber la noticia, á quejarse con el virey, pero su Excelencia se negó á recibirle, pretestando que despachaba su correspondencia de Madrid, y que no podia interrumpir sus trabajos porque la flota estaba ya aparejada en Veracruz para darse á la vela, esperando solo los despachos del vireinato.

Don Alonso desesperado, se encerró en su estancia, y á las oraciones de la noche el lugar en que por la mañana se levantaban sus casas, era ya una gran plaza dispuesta para comenzar la edificacion del convento y templo de Santa Teresa. En dos dias habia perdido la posesion y la esperanza. El Arzobispo y el Oidor eran personas que lo entendian.

Martin durmió hasta las ocho de la noche, y al despertar, miró al lugar en que estaba su balcon.

—Calle—dijo—pues es ya de noche, he dormido como si no tuviera alma que salvar.

Y comenzó á vestirse, se puso su balandrán y su sombrero y se lanzó á la calle.

Martin sabia que su Ilustrísima no lo necesitaria aquella noche, y que si acaso lo buscaba y sabia que andaba fuera, nada tenia que temer. La servidumbre de la casa del prelado era tan numerosa como la del virey, y los familiares y criados gozaban de una estraordinaria libertad.

Martin se encaminó á la tienda del Zambo, dos ó tres perdidos estaban allí en alegre conversacion, y el Bachiller fué recibido como un hermano.

—¿En qué pensais pasar la noche?—les preguntó el Bachiller.

—Nosotros vamos á una visita, ¿quieres venir?—le dijo uno de ellos.

—¿Adónde?

—Donde la Zurda, que tiene unas sobrinas tan bonitas y tan alegres, ¿has de ir?

—De ir tengo, que me placen las muchachas esas.

—Pues andando, que es tarde; pero poca gracia vas á hacerles con ese vestido de medio clérigo.

—Téngomelo de quitar si me esperais vosotros.

—Te esperamos.

—Zambo, dame unas calzas de venado y un ferreruelo, un talabarte habilitado con sus menesteres, y un sombrero con toquilla y pluma.

Aquella tienda era un estuche de curiosidades, y el Zambo una presea.

A poco tenia el Bachiller lo que habia pedido; pero todas las prendas eran más que elegantes, lujosas.

Martin comenzó á cambiarse el traje.

—Garatuza—dijo un truhan—si no te quitas la loba y el alza cuello, olerás mal que te pese á incienso; todavía los calzones pasan, pero lo demás.........

—Zambo, dame una ropilla.........

El Zambo trajo una lujosa ropilla de terciopelo morado con acuchillados negros.

El Bachiller estaba trasformado, y en verdad que aquel traje le iba á las mil maravillas, era jóven, bien formado, buen mozo, y sabia llevar con garbo la ropa.

—¿Y la tonsura?—dijo un truhan.

—Esa solo con la cabeza—contestó amostazado Martin—vámonos.—Salieron, y el Zambo cerró y se acostó.

La Zurda era una vieja que acostumbraba tener muchas sobrinas, siempre bonitas; debia aquella vieja haber tenido muchos hermanos y primos de distintas razas, segun lo poco que las niñas se asemejaban entre sí, generalmente eran mulatas, pocas indias, y algunas mas mestizas.

Entonces en México estaban muy marcadas las razas.

Españoles, indios, negros, mulatos: los hijos de español y negra, mulatos; los de español é india, mestizos; los de indio y negra, zambos; y luego una porcion de subdivisiones, como pardos, coyotes, salta á trás, &c.

Martin y su comparsa entraron á la casa de la tia Zurda.

Las sobrinas tenian algunas otras visitas y aquello era ya una tertulia animadísima, en que dos ó tres salterios tocados unas veces por las visitas y otras por las dueñas de la casa, alegraban los corazones.

Martin se aguardó allí hasta las once, y salió furtivamente para no ser detenido mas tiempo por las obsequiosas sobrinas de la Zurda.

México en aquellos tiempos era una de las ciudades en que la prostitucion era mas escandalosa.

Los hombres mas notables ostentaban públicamente á sus queridas, las esposas eran abandonadas muy á menudo por los maridos que compraban y emancipaban negras y mulatas para tenerlas á su lado por algun tiempo, hasta que cansados de ellas las abandonaban tambien, y ellas iban entonces á aumentar el increible número de mugeres perdidas que pululaban en la ciudad.

Y lo mas notable era que estos mismos hombres gozaban de grande fama de virtud, por sus excesivas limosnas á los templos y á los monasterios, y por las fundaciones piadosas que á cada momento hacian.

El Bachiller no tenia sueño, ni era posible que lo tuviera; habia dormido todo el dia, y pensando á donde acabaria de pasar la noche, tomó el rumbo de la casa de la Sarmiento.

Su última entrevista con la bruja lo habia dejado impresionado, y por mas que pretendia distraerse, las predicciones de la vieja no se borraban de su memoria.

Habia, ademas, otra razon para que Martin gustara de ir á la casa de la bruja: la muchacha sorda-muda le habia hecho gracia, tenia ya deseo de volverla á ver, y á riesgo de tener un lance con el Ahuizote, queria Martin probar fortuna.

Las calles estaban enteramente desiertas; pero al través de las hendiduras de la puerta de la casa de la Sarmiento, se descubria luz.

Martin llamó, y como si le hubieran estado esperando ya, la puerta se abrió inmediatamente y la bruja asomó la cabeza.

—¿Qué venís solo?—preguntó como admirada.

—Pues con quién diablos queriais que viniese—contestó Martin.

—Ah, dispensadme—dijo la vieja algo contrariada—dispensadme, señor Martin, que os tomé al principio por otra persona.

—Señal es esa de que esperais á alguien—dijo Martin entrando á la casa.

—En efecto, espero á quien no debe quizá dilatar.

—¿Os serviré acaso de estorbo?

La vieja reflexionó antes de contestar.

—No—dijo al fin—si consentis en ayudarme.

—Yo ayudaros, ¿y en qué?

—Antes sabré si consentís, que de no ser así nada os diré.

—Consiento—contestó Martin impulsado por la curiosidad.

—¿Y guardareis secreto?

—Sabeis que soy de fiar.

—Entonces venid.

La Sarmiento encendió un candil y descendió al subterráneo que conocemos ya, seguida de Martin.

—Mirad—dijo la vieja al llegar al lugar en que habia predicho la muerte del Oidor—una dama muy principal vendrá esta noche á ciertos negocios; vos os ocultareis allí, detrás de esa puertecilla, venid á ver; en esta jaula está un chivo negro, cuando lo oigais evocar dadlo libre; y cuando vuelva á vos, encerradlo otra vez, y lo mismo hareis con este gato negro.

—¿Y es todo?

—¿Os parece poco?

—No.

—¿Entonces?

—Entonces, es decir que esta noche os voy á ayudar en vuestras burlas.

—Callad, ó me hareis arrepentir de que os haya ocupado: llamais burla á que os encargue abrir su prision á mis familiares.

—¿Son estos vuestros espíritus familiares?

—Lo son; pero escuchad.

Se oyó llamar á la puerta de la calle.

—Ocultaos con ellos—dijo la Sarmiento.

Martin se ocultó tras la puerta secreta, en una especie de calabozo pequeño, y la Sarmiento subió á abrir.

Martin sintió miedo; sin creer en nada de aquello, tuvo pavor de encontrarse solo y á oscuras en aquel antro rodeado de objetos tan estraños, que aunque por entonces no los veia, pero los adivinaba.

No queria ni moverse por no tocar algo que le causase mas horror.

La Sarmiento tardó pero descendió al fin ayudando á bajar á una dama vestida de negro, y cubierta con un espeso y largo velo. Martin se volvia todo ojos.

—Podeis aquí separar el velo, señora, que nadie os verá.

La dama se abrió el velo y el Bachiller quedó asombrado de su gracia y hermosura.

—Mucho ha tardado mi señora Doña Luisa—dijo la Sarmiento.

—Estaba en casa de visita el señor Don Cárlos de Arellano, grande amigo de mi marido—contestó la dama.

—Aguardo—dijo Martin—que conozco esta alhaja; nada menos que la Luisa de la historia de Teodoro. Qué bien dice el refran: «que las piedras rodando se encuentran.»

XVIII.

En que Martin conoce otros secretos de Luisa.

LUISA se habia sentado en un sitial, y la Sarmiento permanecia á su lado.

—Esta noche—dijo Luisa—vengo á consultar con vos, negocios para mí de mucha gravedad.

—¿Quereis que comencemos?—preguntó la Sarmiento.

—No: dejad para otro dia los negocios, y hablemos; sentaos.

La Sarmiento acercó un taburete y se sentó.

—Os escucho.

—Bien, comenzaré: en primer lugar os debo las gracias por vuestros polvos que son maravillosos.

—Cuando yo os decia.........

—Y teniais sobrada razon: con la dócis que me habeis recetado se ha obtenido un resultado magnífico; mi marido duerme como una piedra desde las cuatro de la tarde hasta el dia siguiente; y para conseguir que se levante á la hora de la cena, para no llamar la atencion, uso de la redomita que me habeis dado, aplicándosela á las narices para hacerlo aspirar su contenido.........

—Y de génio, ¿qué tal sigue?

—Perfectamente: no tiene mas voluntad que un niño.

—¿Y aun teneis de esos polvos?

—Hánseme agotado, y quiero llevarme hoy mas.

—Tomadlos—dijo la Sarmiento, sacando de una caja un pequeño paquete envuelto cuidadosamente en hojas secas de maíz—suponia yo que se os habrian agotado, y los tenia aquí á prevencion.

—¿Y el dia que yo quiera que esto termine?

—Mezclad en el vino de vuestro esposo tres gotas del líquido contenido en la redomita, y lo vereis completamente sano.

—No, no me entendeis, no quiero decir que sane, sino que.....

—Os comprendo: doblad la dósis de los polvos y romped la redoma, y entonces podeis asegurar que estais ya viuda.

—Muy bien......... ahora oidme: necesito que me ame un hombre, lo oís; necesito que me ame, porque yo le amo á él, y le amo como no he amado nunca.

—¿Y qué quereis?

—Quiero algunos polvos, alguna bebida, algo para que él me ame.

—Doña Luisa, tan hermosa sois y tan seductora, que no habeis de necesitar esos polvos: si ese hombre os mira, á menos de estar loco, os amará.........

—Y sin embargo, no me ama.

—¿Os conoce?

—Sí, por mi desgracia.

—¿Es amigo vuestro?

—No: héle visto pasar por mi casa algunas veces; ha reparado en mí, y sin embargo no me ama.

—Pero eso ¿cómo lo sabeis?

—¿Cómo lo sé? Os figurais que una muger deja de comprender cuando un hombre la ama, por oculto y por disimulado que sea su amor: no, él no me ama, y yo necesito su amor; dadme algo para conseguirlo y no os pareis en el precio, así me costara una onza de oro cada gota de ese elíxir.

—¡Ay Doña Luisa! ¿Cómo podrá lisonjearos ese amor que se consigue así?

—Aun cuando no sea mas de una hora que yo le llame mio; aun cuando despues me esperara el infierno, yo lo quiero.......

—Bien, voy á daros un elíxir; pero cuidad de que tome dos gotas todos los dias.

—¿Y en qué debe tomar esas gotas?

—En cualquiera cosa, tanto da que sea en agua, como en vino, como en pan, ó en una fruta.

—¿Y este licor es eficaz?

—Eficaz.

—Ah, gracias, gracias.

—Dadme ahora el nombre de ese hombre, por si viniere á consultarme en algo y ayudaros yo.

—Don Cesar de Villaclara.

—No le conozco.

—Pero no olvideis el nombre.—Y ahora tengo que pediros que interpreteis un sueño que me ha visitado varias noches, y que no puedo comprender.

—Decidlo.

—Era un campo que yo contemplaba desde los balcones de mi casa, y era por demas florido y bello, y habia en él un hermoso pichon blanco: yo tenia en mis brazos una paloma, que solté, llegó á do estaba el pichon, y apenas comenzaron á arrullarse amorosamente retumbó un trueno, y un humo denso y color de sangre eclipsó todo, y no mas; pero yo he soñado ya esto muchas veces.

—Eso es muy fácil de esplicar: el pichon es un caballero, la paloma sois vos, que se irá con él, y el trueno y el humo indicios son de que estos amores serán el principio de grandes y sangrientos trastornos en esta tierra.

—¿Y no son señales de muerte para mí?

—No aparece ninguna.

—¿Podriaís decirme, poco mas ó menos, si me faltará mucho que vivir?

—Con tal que tengais valor para soportar la respuesta, cualquiera que sea.

—Le tengo—contestó Luisa con resolucion.

—Entonces veremos.

—Oíd—dijo la vieja—voy á evocar á mi familiar: si viene en la figura de un chivo, vivireis largo tiempo; si de un gato, morireis pronto.

—¿Qué diablos haré?—pensó Martin, soltaré el gato ó el chivo: vale mas el chivo, que mejor será la paga que la Sarmiento le saque á esta víbora.

En este momento la vieja gritaba palabras en idioma enteramente estraño para el Bachiller, y la dama esperaba con impaciencia.

Martin abrió una jaula y el chivo dando un salto llegó hasta donde la Sarmiento le tendia las manos.

—Viviré mucho—dijo Luisa conmovida—y animándose con el buen éxito preguntó á la vieja—¿y cómo moriré?

La tentacion fué tan grande para Martin, que no pudo resistir, y antes de que la Sarmiento pudiese responder, él, ahuecando la voz y procurando darle un acento estraño—contestó:

—¡Emparedada!

—¿Emparedada?—dijo Luisa trémula.

—¡Emparedada!—repitió Martin—¡emparedada!

La Sarmiento conoció lo que pasaba, pero no le era posible otra cosa sino seguir adelante y darse por engañada ella misma delante de Luisa.

—¿Lo oís, señora?—preguntaba ésta temblando—¿lo oís?

—Lo he oido.

—¿Y qué decís de eso?

—Digo, que yo os exhorto á tener valor, y que lo estais necesitando.

Luisa estaba completamente turbarda.

—Quiero irme—dijo.

—Vamos—dijo la Sarmiento—tomando el candil.

Y sin hablar una sola palabra salieron del subterráneo.

Luisa se cubrió con su velo, puso en manos de la Sarmiento una gran bolsa llena de dinero, y acompañada del Ahuizote que la habia traido, salió de la casa profundamente preocupada y silenciosa.

Cuando la Sarmiento volvió al subterráneo, encontró á Martin riéndose con todas sus ganas.

—Por vida mia, señor Bachiller—dijo la bruja—que no sé en qué pensásteis para haber asustado así á tan amable dama.

—Já, já—decia Martin riendo—os aseguro, señora Sarmiento, que por muchos dias va esa muger á soñar las paredes, y no en pichones ni en palomas.........

—Pero habeis cometido una mala accion.

—Sí, soltándole al chivo, cuando soltar debí al gato para acabarla de espantar.

—No os burleis, que como yo lo he dicho, sus amores producirán grandes trastornos en esta tierra.

—Señora, si antes tenia tan poca fé en vuestras artes y hechicerías, hoy no tengo ninguna; porque ya he representado mi papel de mago, y no es de lo mas peor; si nó que lo diga esa Luisa.

—Es decir que continuais en vuestra incredulidad.

—Mas que nunca—¿y quereis decirme qué elíxir de amor es ese que habeis dado á la dama?

—Eficacísimo.

—Quisiera hacer una prueba.

—Seria capaz de daros una redomita solo por convenceros.

—Dádmela.

—Antes decidme en quién pretendeis probarlo.

—Toma, en vuestra protegida, en la muda.

—Entonces no.

—No, ¿y por qué?

—Porque la verdad, es que sois un libertino, y la arrojariais, saciado vuestro capricho, á pedir limosna.

—Os doy mi palabra de que no.

—Jurádmelo.

—¿Al diablo?

—No, esto á Dios.

—Os lo juro; siempre vos con esos juramentos.

—Bueno, tomad la redomita; si no le hace efecto, será porque ella estará prevenida.

—Tan pronto la disculpa, tretas y engaños serán vuestros lo de la tal redomita.

—Quizá os le niegue si seguís así burlando.

—No, ya no burlo mas, dádmele.

—Tomad, y no olvideis lo prometido.

El Bachiller recibió el pomito igual al que la Sarmiento habia dado á Luisa, conteniendo un licor blanco y cristalino.

Cuando salieron del subterráneo, Martin preguntó á la bruja:

—¿Dónde está María?

—Duerme—contestó la vieja.

—¿Seria bueno despertarla?

—¿Para qué?

—Ansío por probar el elíxir.

—Por probarlo, confesad mejor que os comienza ya á interesar la muchacha.

—No os lo niego.

—¿Y el Ahuizote?

—Yo sabré componerme con él.

—¿Pero qué quereis que tome á esta hora María?

—Entonces esperaremos á la madrugada.

—Impaciente sois, si los hay—¿y quereis que yo me desvele por un antojo vuestro?

—Cuando los antojos se pagan bien, no veo inconveniente, que vuestro oficio es ese.

—Como gusteis; pero seria mejor que durmiérais un tanto.

—No miro en dónde.

—En uno de esos sitiales, arrebujado en vuestro ferreruelo, ¿es verdad que vale mas?

—Puede que tengais razon, acepto, al fin no tengo adonde ir á pasar la noche, y falta poco para que amanezca.

—Pues buena noche, os dejo ese candil.

—No, de nada me sirve que estoy acomodado ya.

La Sarmiento se llevó la luz y se encerró en su cuarto; Martin como hombre precavido, puso su espada desnuda á su lado y al alcance de su mano, y comenzó á dormitar, pero soñando ya en María.

Llamaron en la puerta de la calle, y el primer impulso de Martin fué incorporarse y contestar, pero reflexionó y se quedó callado.

Trascurrió un intervalo, y volvieron á llamar.

Entonces la bruja apareció por la puerta de su cuarto y preguntó.

—¿Quién va?

—Hacedme favor de abrir—contestó de fuera una voz—que necesito hablaros, y os tendrá cuenta.

La Sarmiento se dirigió á la puerta haciendo seña á Martin de que entrase á su aposento; el Bachiller tomó la espada, y caminando sobre la punta de sus piés entró al aposento de la bruja.

Habia allí luz, Martin cerró por dentro y examinó el cuarto; en un rincon estaba la cama de la Sarmiento dando indicio de que ésta no se habia acostado siquiera, en el otro María acostada ya, pero despierta, mirando á Martin con unos ojos tan brillantes, que podia decirse que alumbraban el aposento.

La muchacha se cubria escrupulosamente con las sábanas hasta la barba.

—Preciosa criatura—pensó Martin, y sin darse él mismo la razon de por qué, comenzó á tener alguna confianza en el elíxir de la Sarmiento.

Es que los hombres cuando tienen ilusion por una muger, creen el mayor absurdo con tal que lisonjee sus deseos.

Martin hizo un cortés saludo á María, que le contestó con una sonrisa silenciosa pero hechicera.

—A esta criatura—dijo entre sí el Bachiller—Dios no le dió ni oido ni voz, porque oye y habla con los ojos: pero veamos quién es el nocturno visitador, y aplicó el ojo á la cerradura.

—Vamos, mi señor Don Pedro de Mejía, y qué vientos os traerán por acá, oigamos.

—Tened cuenta—decia Don Pedro, pues era él quien hablaba con la Sarmiento—que pago bien, pero no gusto de que me engañen.

—¿Quiere usía—contestaba la vieja—deshacerse de un hombre?

—Será el Oidor—pensaba Martin.

—Sí—decia Don Pedro.

—Por supuesto sin que se note nada: y dígame usía, ¿es jóven?

—No mucho.

—Lo dicho—pensaba Martin.

—Dadme sus señas—decia la Sarmiento.

—Es alto, grueso, con el vientre abultado, gusta de comer bien y duerme mucho.

—¿Soltero?

—No, casado.

—¡Ah! ya caigo, el triste de Don Manuel de la Sosa debe ser, que se murmura mucho de Don Pedro con Luisa—pensó Martin.

—Bien—contestó la Sarmiento—mañana á esta hora puede usía venir por lo que necesita.

—Pago bien, pero quiero ser bien servido—dijo con orgullo Don Pedro embozándose en una larga capa y disponiéndose á salir—¿vos me conoceis?

—Si señor, que á todos los caballeros principales conozco, y no es uno de los menos mi señor Don Pedro de Mejía.

—Pues guardad el secreto y quedad con Dios.

—Que él acompañe á su señoría.

—Don Pedro tiró un puñado de monedas sobre la mesa y salió.

—¿Qué os parece?—dijo la Sarmiento al Bachiller.

—Paréceme que teneis un crédito muy grande, que estais en un peligro inminente de que os lleve á la hoguera el Santo Oficio, y que algun pecado tiene que purgar en esta vida el marido de Luisa, que tantas asechanzas le tienden.

XIX.

De la conversacion que tuvieron Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera, y de lo que resultó en ella.

SABEIS, señor Don Pedro, que el Arzobispo se ha burlado grandemente de nosotros—decia Don Alonso de Rivera á su amigo Don Pedro de Mejía, paseándose con él en uno de los salones de la casa de la calle de Ixtapalapa.

—Por mi vida, que no hubiera sido así, si no cuenta con el auxilio de Don Fernando de Quesada.

—Tirol fué asaz desgraciado, pero supongo que no habreis echado en olvido nuestros planes.

—Empeñado mas que antes estoy en ellos, que D. Fernando es sin duda el mayor obstáculo que se opone á mi proyectada boda con mi señora Doña Beatriz, vuestra hermana.

—De grado ó por fuerza, preciso será quitárnosle de enmedio, que aun cuando vos no pretendiéseis la mano de Doña Beatriz, mal pudiera yo querer en mi familia hombre que tanto mal me ha hecho.

—Sin él en esta tierra, y con mi hermana Doña Blanca en un convento, os aseguro que seria yo el mas feliz de los hombres.

—Quitar de enmedio á Don Fernando, paréceme mas fácil que conseguir la profesion de vuestra hermana.

—Si vos me respondiérais de lo primero, me encargaria yo de lo segundo.

—¿Y es cierto, perdonad mi indiscrecion que si vuestra hermana se casara, llevaria la mitad de vuestro caudal?

—Cierto es Don Alonso, que á vos que tan cercano pariente mio debeis ser, no quiero ocultar nada por mas que para evitar tentaciones, lo haya tenido esto siempre como un secreto, asegurando que Doña Blanca no tiene sino el necesario dote para profesar.

—Entonces el peligro es mayor de lo que yo creia.

—No os lo dije, la cosa es grave.

—Bien, en todo caso contad conmigo—dijo Don Alonso tomando su sombrero.—Os dejo, que es hora en que tengo un negocio de importancia.—Don Alonso salió preocupado.

—Yo soy soltero—pensaba—Doña Blanca tiene una herencia colosal......... pedírsela á Don Pedro seria locura. Este negocio me conviene......... pero como hacerlo......... visitar á la muchacha, además de que seria dificil, Don Pedro maliciaria......... ¿cómo? ¿cómo?—Y caminaba pensativo.

De repente se dió una palmada en la frente.

—Ya tengo el hilo—dijo—ya tengo el hilo—y se puso en precipitada marcha hasta llegar á una casa de gran vecindad que habia en la plaza de las Escuelas, que era adonde está hoy el Mercado principal.

Aquellos rumbos eran muy concurridos de estudiantes troneras y de mozas alegres, y estos formaban la mayor parte de la vecindad de la plaza.

Don Alonso se dirijió á un hombre sumamente viejo, encorvado, cojo, y cubierto de harapos, que sentado en el suelo, comia unos pedazos de tortilla de maíz, duros y secos.

—¿Sabes si vive aquí Cleofas la beata?—le dijo.

—Entre su Señoría, que debe encontrarla en el cuarto de enfrente.

Don Alonso entró y en efecto á poco andar, descubrió dentro de uno de los cuartos á la beata que conocen ya nuestros lectores, desde las primeras escenas de esta historia.

—¡Ave María Purísima!—dijo la beata al ver entrar á Don Alonso.

—En gracia concebida—contestó Rivera quitándose el sombrero.

—Qué milagro Señorito, que andais por esta pobre casa.

—Milagro debiera ser, y vos Doña Cleofas debíais agradecerlo mas á la Providencia que nadie, si recordais lo que conmigo habeis hecho.

—¿Y que os he hecho Señorito?

—Una de las mayores y mas grandes traiciones de la vida.

—Alabado sea el Santísimo Sacramento.

—Amen—contestó Rivera tocándose el sombrero—dejad señora Cleofas de hipocresías que mal sientan palabras de alabanza á su Divina Magestad en bocas que usan del engaño.

—¿Del engaño? ¿qué quereis decir señorito?

—Oidme, señora Cleofas, y no os hagais de las nuevas, que mas agravais vuestro delito, contestadme ¿no os habeis criado en casa de mi tio Don Juan Luis de Rivera?

—Sí señorito.

—¿Y no le habéis comido su pan antes y despues de que hicísteis voto de ser beata descubierta de nuestro Padre San Francisco, viviendo hasta hoy con la limosna que yo os envío cada mes?

—Fuera ingratitud el negarlo.

—¿Entonces cómo llamareis á esa conducta que habeis conmigo observado, uniéndoos con mis enemigos y facilitando á media noche la entrada á los criados y familiares del Arzobispo que pusieron el altar en mis casas, en donde se celebró la misa que sabeis.........?

—Señorito—dijo la vieja completamente turbada.

—Negad vos, que me habeis traicionado, que me habeis vendido, que sin vuestro auxilio aun no tomaria el Arzobispo posesion de mis casas.

—Por el Sagrado nombre de Jesus.........

—¡Eh! callad, que no vengo ahora ni á reconveniros ni á escuchar vuestras disculpas, necesito que me ayudeis en un negocio.

La beata respiró con el nuevo giro de la conversacion.

—Mandádme, señorito.

—¿Conoceis á Doña Blanca de Mejía, hermana de Don Pedro?

—La conozco, que muchas veces me ha dado mi caridad.

—¿Entrais á menudo á su casa?

—Tanto de á menudo no, pero sí algunas veces.

—Bien; necesito que vayais á ver á Doña Blanca lo mas pronto posible.

—¿Y cuándo quereis que vaya?

—Esta misma tarde si se puede.

—Iré, señorito.

—Y le hablareis.

—¿Y qué le diré?

—Toma, eso lo sabeis vos, que las viejas saben mas de esos asuntos que el diablo.

—Jesus, y qué cosas me decís, ¿pero indicadme siquiera?

—Pues qué mas claro, decidla que un caballero jóven, acaudalado, español, en fin, como yo, pena por ella, y desea con ansia saber si podrá alentar esperanza de ser correspondido.

—¿Y si preguntare vuestro nombre?

—Segura vos de su prudencia, dádselo.

—Convengo, solo por serviros, que bien conoceis que yo no me mezclo en estos negocios, pero supongo que vuestros fines.........

—Son tan honestos como cristianos.

—Bien, iré; pero no os respondo del buen resultado.

—Id, que es lo que importa, ¿cuándo tendré razon?

—Pues yo os avisaré.

—No me atengo á que vos me aviseis, esta noche estaré aquí, cuidad de que me abran la puerta.

—¿Tan pronto?

—Sí, que por mí, ya quisiera estar en gracia con Doña Blanca; con que despachad, y hasta la noche.

Salió Don Alonso sin esperar respuesta, y la vieja beata se colocó sobre los hombros un manto de lana negro, se cubrió la cabeza, y cerrando su puerta con una llave de madera, se dirigió á la casa de Doña Blanca, á cumplir su comision.

La buena Cleofas sabia que el arreglo de aquel matrimonio podia producirle un resultado maravilloso; ella no tenia voto perfecto de pobreza, y calculaba cristianamente que no ofendia ni á Dios ni al Seráfico Padre San Francisco, ayudando á Don Alonso; además ella habia oido algo de que el matrimonio podia considerarse como un estado perfecto para servir á Dios en el mundo.

Pensando en esto llegó hasta la puerta del aposento de Blanca; los criados la habian visto allí otras veces ocurrir por su limosna, y no le pusieron obstáculo.

Llamó y entró en la cámara de Blanca sin esperar respuesta.

Doña Blanca y una de las dueñas cosian cerca de una ventana que caia á un patio.

—Que la paz de Dios sea en esta casa—dijo la beata.

—Amen—contestó la dueña.

—Madre Cleofas—dijo Doña Blanca—¡qué dichosos ojos los que os miran por acá, despues de tantos dias de ausencia!

—¡Ay hija! no sabeis cuántos trabajos he pasado para mudarme ahora que su Ilustrísima nos pidió que desocupásemos las casas.........

—¡Ah, y es verdad! que vos viviais en las casas que se han derribado.

—Sí, y que no sabia adónde mudarme; pero gracias á su Divina Magestad, ya estoy muy tranquila en mi casita, á lo pobre, pero Dios no me abandona.

—Vaya, cuánto me place.

—¡Gracias á Dios!

—¿Quereis tomar algo?

—Si me haceis ese favor, chocolatito.

—Doña Mencia—dijo Blanca dirigiéndose á la dueña—¿quereis mandar que sirvan chocolate á la madre Cleofas?

—Sí señora—¿aquí ó en el comedor le quereis?

—Aquí, si me haceis esa merced.

Doña Mencia salió, y la beata quiso aprovechar el tiempo para su negocio.

—¡Ay hija mia qué cansada estoy!—dijo.

—¿Pues qué andais haciendo?

—Qué he de andar haciendo, este corazon que Dios me ha dado que no puedo ver lástimas sin condolerme, y tengo ahora el alma en un puño, hija mia, en un puño.

—¿Qué es lo que tanto os afecta, madre Cleofas?

—¡Ay! la desgracia de un pobre hombre, que solo vos podeis remediar.

—¡Yo!

—Sí, solo vos, y nadie mas en el mundo.

—¿Y cómo es ello?—preguntó inocentemente Blanca.

—Este es el secreto—contestó la beata, para excitar la curiosidad de la jóven.

Pero Blanca aun no despertaba á la malicia, y no se movió á curiosidad, cayó y se puso á coser.

A Cleofas no le convenia esto y volvió á la carga.

—¡Pobrecito!—dijo—causa de veras compasion, tan jóven, tan bien presentado, y luego tan triste que ni come ni duerme.

—¡Está enfermo!

—¡Ay! peor que eso, hija mia, peor que eso.

—¿Pues qué tiene?

—Si me guardarais secreto os lo diria.

—¿Cosa tan grave es?

—Muy grave, ¿me prometeis secreto?

—Sí, decidlo, que nada cuento yo, y aunque quisiera no lo diria, que á nadie veo.

—Pues bien, ese pobre jóven está enamorado, apasionado.

—¡Jesus! pues el remedio es muy fácil, ¿por qué no se casa?

—¡Alma mia de él! qué bien quisiera, pero hay un gran obstáculo.

—¿Es pobre? ¿se opone alguien á su boda?

—Mejor fuera, ni es pobre ni se opone nadie á su boda, que es rico y libre, lo mismo que la dama á quien sirve.

—¿Entonces?

—Es que él no sabe si ella lo amará.

—¿Ya se lo dijo?

—No.

—¿Pues qué aguarda?

—Que ella le dé permiso que tan enamorado es, como respetuoso.

—Si tan delicado se muestra que pida el permiso á la dama.

—¿Creeis vos que se lo dará ella?

—No la conozco.

—¿Pero á juzgar por vos?

—De concederlo tiene, siendo él tan respetuoso como galan.

—¿Esa es vuestra opinion?

—Sí ¿pero esa opinion de que os sirve?

—De mucho, que la dama sois vos.

—¿Yo!.........

—Sí, vos hija mia, ¿de que os espantais? ¿no sois jóven y hermosa?

—¡Madre Cleofas!

—Hija mia, no os enojeis, que no os digo un pecado, yo se y sabe Dios que sus fines son lícitos y honestos, que es un caballero principal, y que os quiere de veras, ¡pobrecito! si lo vierais beberse sus lágrimas, triste, pálido, que no come, que no duerme, pensando en vos, y luego tan apuesto, tan garboso, tan buena presencia; ¡ay hija mia! creedme por Dios que nos oye, que parece que nació para ser vuestro esposo.

—Pero si yo no pienso en eso—dijo Blanca temblando y emocionada como si hubiera visto un espectro.

—Vos no pensais, pero él sí, y á fé que si no alcanzara de vos una esperanza, se moriria; sí, se moriria, que yo lo he visto, con estos ojos que se ha de comer la tierra, quedarse así como estático, pensado en vos y diciendo vuestro nombre, ¡criatura del Señor! quiere enviaros una esquela.

—¡Ay! no! Jesús! no, madre Cleofas, no, que ni lo conozco, ni pienso en él, ni está bien en una doncella recatada recibir recados y esquelas de amor.

En este momento entraron á servir el chocolate.

Doña Mencia no volvió á separarse ya de Blanca, y á la oracion se despidió Cleofas sin haber podido hablar mas con ella.

—Doña Mencia—dijo Doña Blanca cuando salió la beata.

—¿Señora?

—Si vuelve la Madre Cleofas, no la consintais entrar hasta mi aposento.

—¿Os ha disgustado?

—No, la pobre, pero hace unas visitas tan largas y quita tanto el tiempo..........

—Avisaré á los criados.

—Sí, pero que no le vayan á faltar en nada: ¿lo oís?

—Sí señora.

Y Doña Mencia salió á dar la órden.

—¿Quien podrá ser ese jóven?—pensaba Blanca.

Y sin querer quedó profundamente preocupada; sentia ya su corazon la necesidad de amar, y era la primera vez que sabia que ella inspiraba amor.

Luisa habia tenido razon en lo que habia dicho á Don Pedro de Mejía. El corazon jóven necesita amar.

XX.

Don Cesar de Villaclara.

UN jóven como de veinticinco años, pero que representaba indudablemente menos edad, ricamente vestido y seguido de dos escuderos, montado en un soberbio caballo negro de raza andaluza, enjaezado con una silla de corte y con arreos adornados de hebillas y botones de oro, atravesaba por una de las calles de la Alameda.

Al llegar á la puerta de San Hipólito un hombre que venia á pié se dirijió á él cortesmente y con el sombrero en la mano. El jóven detuvo su caballo.

—¿Sois por ventura,—dijo el de á pié—Don Cesar de Villaclara?

—El mismo—contestó el jóven.

—Entonces quisiera deciros algo en secreto.

—¿A dónde iremos para que me hableis?

—Aquí, que no es asunto largo; mandad solo alejar á vuestros lacayos.

Don Cesar hizo una seña á los lacayos, y se retiraron.

—Podeis hablar.

—Pues oídme.—Don Cesar se inclinó sobre el arzon hasta estar cerca del hombre que le hablaba.

—Una dama principal, jóven, hermosa y rica, tiene por vos un gran amor, que ella no me ha autorizado para deciros, pero que yo os lo declaro porque creo en esto daros placer.

—¿Y quién es?

—No me exijais tanto; id mañana á Jesus María á la misa de diez, podeis allí adivinarla.

—¿Pero entre tantas?

—No son muchas las que hay tan bellas y tan principales; además, su amor os la denunciará, poned gran cuidado y mañana en la tarde venid si quereis, que en este mismo lugar os espero á las cinco: puedo seros muy útil, porque tengo entrada libre en su casa.

—Pero.........

—Nada mas os puedo decir: id con Dios.

—¿Cómo os llamais? Al menos.........

—Mañana si encontrais á la dama, y os place, lo sabreis.

Y el hombre dejando á Don Cesar admirado, se internó en el bosquecillo que formaban los árboles de la Alameda.

Seguiremos á este hombre, que no es ni mas ni menos, que el Ahuizote, hasta la casa de Don Manuel de la Sosa.

Luisa leía y Don Manuel dormia profundamente.

—Buenas tardes—dijo el Ahuizote.

—¿Ah, eres tú?—contestó Luisa dejando el libro.

—Sí señora, y tengo una cosa que deciros.

—Ven, pues, por aca, que aunque Don Manuel duerme, pudiera despertar é interrumpirnos.

—Es negocio breve—dijo el Ahuizote, siguiendo á Luisa á otra estancia—acabo de hablar á Don Cesar.

—¿A Don Cesar?—dijo Luisa poniéndose encendida.—¿Le hablaste? ¿Qué le dijiste? ¿Qué te dijo? ¿Cómo estuvo eso?

—En el paseo iba á caballo, yo venia, y pensé para mí esta es la ocasion, y lo detuve—¿sois Don Cesar?—le pregunté—sí—me contestó—pues una dama tiene amor por vos; id á buscarla mañana en misa de diez á Jesus María: al verla la conocereis, y os espero en la tarde aquí á las cinco—muy bien, me dijo—y nos separamos.

—Pero supongo que ni le dijiste mi nombre, ni que ibas de mi parte.

—¿Por quién me habeis tomado? Pruebas y bien claras teneis de mi discrecion.

—Es verdad.

—Bueno, ya yo dí el primer paso: ahora vos ved como os aprovechais: id mañana á Jesus María lo mas hermosa que podais, y que él os vea; yo me encargo de lo que siga.

—Eres muy hábil—contestó Luisa—y te debo una gala, toma—y desprendió de su cuello una gruesa cadena de oro, que el Ahuizote sin la menor ceremonia se plantó.

Luisa estaba emocionada en aquel momento porque habia llegado para ella el tiempo de amar, y amaba con toda la fuerza de su alma á Don Cesar, con quien no habia logrado, hasta entonces, tener relaciones de ninguna clase.

En toda la noche Luisa no pensó sino en la cita del dia siguiente, y apenas durmió.

En otra parte tambien una muger velaba: era Doña Blanca que preocupada con la hipócrita relacion de la beata, no podia alejar de su imaginacion al hombre que Cleofas le habia delineado, pero al que ella le daba el colorido mas poético y la figura mas romancesca.

En honor de la verdad, ni el nombre de Don Alonso de Rivera cruzó por la mente de Doña Blanca: ella conocia á Don Alonso, y era en él en quien menos hubiera pensado la jóven para fijar su amor.

Al dia siguiente muy temprano, Don Pedro de Mejía entró á los aposentos de Doña Blanca.

—Perdonadme, Doña Blanca, que tan temprano os incomode—dijo Don Pedro con una amabilidad inusitada en él.

Blanca lo estrañó, pero tuvo mucho gusto con aquel cambio que estaba tan lejos de esperar.

—Podeis mandar—contestó—que bien sabeis que me place obedeceros.

—Pues escuchadme. Dias hace que ando pensando cuán mal hice, ayudando á Don Alonso de Rivera en los obstáculos que puso á la fundacion del nuevo convento.

—Gracias á Dios que pensais así.

—Y esto á pesar de que yo veia el particular empeño que en esa fundacion tenia vuestra madrina, mi señora Doña Beatriz, con quien sabeis que tengo designio de casarme, ¿os agradaria?

—Sí, hermano mio.

—Pues bien, hablaremos de eso mas adelante; por ahora os acabaré de decir á lo que mi visita viene.

—Decid, que os escucho.

—He pensado, pues tan clara ha sido la voluntad del Señor, para que se lleve á efecto la fundacion del convento de Santa Teresa, que para descargo de mi conciencia necesito hacer algo por mi parte, en auxilio de tan santo fin.

—Muy cambiado os miro.

—Así es en efecto, y no creo sino que Dios con su infinita misericordia ha tocado mi corazon; pero necesito que vos seais mi intercesora, quiero hacer una donacion en reales al nuevo monasterio.

—Cuánto placer me dais en eso, y cuánto recibirá mi madrina.

—Pero es necesario que esta donacion seais vos la que la presenteis.

—¿Y por qué no vos?

—Porque despues de lo ocurrido, no me pareceria digno hacerlo con el Arzobispo ni con el Oidor, y seria mas prudente y mejor que lo hiciérais vos en mi nombre, á la madre Sor Inés de la Cruz, que es, ó al menos se considera hasta hoy, como la fundadora: además, que no me conviene por la amistad que me une con Don Alonso, y por el deseo natural de que no se oponga á mis proyectos de enlace con Doña Beatriz, que él se entere de que yo protejo al convento de Santa Teresa. ¿Quereis, pues, ayudarme?

—Con mucho placer.

—Entonces, tomad, aquí está una escritura de dos mil pesos, y entregadla en mi nombre á Sor Inés de la Cruz, encargándole la reserva.

—Haré cuanto me decís, y hoy mismo, y en esta misma mañana voy á vestirme y á llamar á las dueñas que me acompañen.

—Y yo voy á mandar que enganchen una carroza.

Doña Blanca, alegre por la conversacion de su hermano, entró á vestirse para ir al convento, y Mejía contento por el giro que tomaban las cosas, salió á dar órden de que dispusiesen una carroza.

A las diez de la mañana llegaba á la puerta de la iglesia de Jesus María Don César de Villaclara, en busca de su hermosa desconocida. Luisa se habia adelantado, y estaba ya dentro del templo.

Don Cesar se detuvo en la puerta mirando curiosamente á todas las damas que entraban, pero ninguna se turbaba, ni le parecia capaz de merecer los elogios del hombre de la Alameda: por fin, se decidió á penetrar en el templo, pero en los momentos de entrar, oyó el ruido de una carroza. Quizá será ella—pensó y se detuvo—pero para no llamar la atencion se volvió buscando á alguien para fingir negocio, y junto á sí observó á una beata de hábito de San Francisco, que era nada menos que la Cleofas.

La carroza se acercaba.

—Madre—dijo Don Cesar—perdonadme que os detenga, pero si no lo tomais á mal os preguntaré si podré yo sin ofenderos, ofreceros una limosna que cada mes me he impuesto por devocion dar.

—La humildad que debo imitar de mi Padre San Francisco, me obligaria á aceptar vuestra limosna.

—Entonces tomadla—dijo Don Cesar—dando á la señora Cleofas un puñado de monedas.

—Dios y mi Padre San Francisco os premiarán; ¿cómo os llamais?

En este momento habia llegado la carroza y bajaba de ella Doña Blanca radiante de hermosura. Don Cesar la vió y su corazon se agitó con violencia: ¿seria la muger que esperaba? esto hubiera sido su mayor felicidad; fijó sus ojos ardientes en Blanca, y dijo con marcada intencion y en voz alta:

—Me llamo Don Cesar de Villaclara.

Doña Blanca miró á Don Cesar hablando con Cleofas, y pensó inmediatamente que aquel era el hombre que la amaba.

Don Cesar correspondia al ideal que Blanca se habia formado escuchando á la beata.

Habia pronunciado su nombre con marcada intencion, y además, le habia simpatizado á primera vista. Luego era él.

Lógica de enamorados.

Con estas reflexiones, Blanca se turbó, se puso encendida y pisó la orla de su vestido al entrar al templo.

Nada de esto se escapó á la penetracion de Don Cesar; dejó á la beata, entró al templo detrás de Blanca, y se colocó de manera que pudiese verla.

Durante la misa Blanca levantó dos ó tres veces los ojos, y Don Cesar la miraba siempre: la jóven no pudo entender ese dia las oraciones de su devocionario. Estaba enamorada.

Luisa vió entrar á Don Cesar y tosió y se movió, y procuró llamar su atencion; él la miró, pero como buscaba un lugar para ver á Blanca, se perdió entre la muchedumbre que llenaba el templo.

Al terminarse la misa los tres se volvieron á ver.

Luisa no se retiró completamente satisfecha.

Doña Blanca subió á su carroza, profundamente preocupada.

Don Cesar, contento, orgulloso, satisfecho, tomó el camino de su casa, anhelando la llegada de la tarde para hablar con el hombre de la Alameda.

Doña Blanca llegó á su aposento, y aunque habia dado órden de que no dejaran entrar á la beata, preguntó por tres veces si no habia venido, y cada vez que la decian que no, sentia una sensacion estraña de disgusto y de satisfaccion, que no sabia cómo esplicarse ella misma.

Cuando dieron las cinco de la tarde, el Ahuizote, que habia estado en espera de Don Cesar, lo vió aparecer caballero sobre un arrogante alazan, y buscando inquieto por todas partes.

—Aquí estoy—le dijo presentándosele.

—Os buscaba con impaciencia.

—¿Vísteis á la dama?

—Sí, que la ví, y mi corazon ha quedado prisionero, es tan hermosa, que daria mi vida por besar siquiera la orla de su vestido.

—Pronto os encendeis, ¿pero no la habreis equivocado?

—¿Puede esa muger confundirse con otra? ¿puede equivocarse mi corazon? no, ella era, yo lo siento, lo adivino, apenas me vió se puso encendida como las amapolas de nuestros lagos, se turbó visiblemente, y durante la misa me miró varias veces á pesar de la gente y el respeto del lugar. ¡Oh! decidme su nombre, decídmelo, por Dios, cuanto querais pedidme, pero ayudadme á conseguir su amor.

—Os diré solo que se llama Luisa.

—Luisa, oh, qué nombre tan dulce, Luisa, Luisa mia, ¿y su condicion?

—No, hasta que ella no me lo permita, no os lo diré.

—¿Pero cómo volveré á verla, cuándo?

—Ella os ama, es lo que debe consolaros, le diré que vos la amáis, y quizá muy pronto os lleve adonde verla podais en vuestros brazos.

—Me hareis el mas feliz de los mortales: decidla que la amo, que la adoro, que desde el punto feliz en que la he visto, no puedo ser mas que para ella.

—Mañana venid á este mismo lugar.

—¿De veras? ¿y cómo os llamáis?

—Juan Correa—dijo el Ahuizote.

—Pues bien; Correa, guardad este recuerdo de mi gratitud—Y Don Cesar desprendió de sus dedos un rica tumbaga.

—Gracias—dijo el Ahuizote—no lo hacia yo por tanto.

—Pues hasta mañana á esta hora, aquí.

—Aquí.

Y Don Cesar, como todo hombre que va á caballo y recibe una buena noticia, sintió la necesidad de andar aprisa, y comenzó á galopar.

—Yo no entiendo bien esto, decia el Ahuizote, Doña Luisa me cuenta que el galan apenas le hizo caso, y él viene tan entusiasmado como nunca me lo hubiera yo figurado, es sin duda, que como las mugeres enamoradas son tan exigentes, ella queria que él hubiera hecho mil locuras; lo cierto de todo esto es, que ella me ha regalado una cadena y él una tumbaga, y apenas comenzamos.................

. . . . . . . .

Doña Blanca siguió muy preocupada en la tarde, y cerca de las oraciones oyó en la pieza anterior á la suya, un ligero altercado.

—¿Qué hay?—preguntó.

—La beata—contestó Doña Mencia—empeñada en entrar.

—Dejadla que pase—dijo Blanca, poniéndose encendida.

—Santas y buenas tardes—dijo Cleofas entrando.

—Así se las dé Dios—contestó Doña Mencia.

—Siéntese vd. madre—agregó Blanca.

Cleofas se sentó y comenzó á platicar de cosas indiferentes, pero la dueña no se salia, y Doña Blanca tenia miedo de quedarse sola con la beata.

Por fin, la beata arresgó una indirecta.

—Hoy ví al enfermo de que os hablé ayer.

Entonces Blanca se puso pálida, y se agachó para ocultar su turbacion.

—¿Y qué dice?—preguntó tímidamente.

—Cada dia peor.

—Pobrecito.

—¿Quién es?—preguntó Doña Mencia.