—Un viejecito ciego—contestó Doña Blanca.

La beata pensó—esto va muy bien—y luego agregó recio—¿Hija mia, no os dá lástima?

—Y tanto que ya deseo que sane.

—Se lo diré así.

—No, ¿para qué?

—Siempre es un consuelo.

—Entonces, si creeis que es un consuelo, decídselo.

—Qué contento se va á poner.

—Pero no dejeis de venir á darme razon de cómo se encuentra.

—No faltaré.

La beata, impaciente por referir sus adelantos á Don Alonso, se despidió pronto, y Doña Blanca quedó como arrepentida de lo que habia dicho, pero el recuerdo del jóven que habia visto con la señora Cleofas y que era para ella su amante, le volvia el valor.

—Pronto cambiásteis, Señora, de resolucion con la beata—dijo Doña Mencia.

—Es que toda la noche pensé en el pobre enfermo de que me habló ayer, y tanto me condolió su situacion, como me cayó en gracia la caridad de la señora Cleofas.

—Es una muger muy virtuosa, ¡quién cómo ella!—esclamó hipócritamente Doña Mencia.

XXI.

De cómo la beata y el Ahuizote, Luisa y Doña Blanca, y Don Cesar y Don Alonso, se estaban todos engañando.

LUISA creia apenas lo que el Ahuizote le contaba de Don Cesar, y á pesar de todo, no le era posible convencerse del amor del jóven. Sin embargo, la violencia de sus pasiones la precipitaba, y aquella misma noche encargó al Ahuizote que citara para la siguiente á D. Cesar.

Por supuesto que á las cinco de la tarde Don Cesar estuvo puntual en la Alameda, y lleno de placer escuchó que la muger á quien amaba queria en esa noche hablarle por una de las ventanas bajas de su casa.

La hora de la cita era las once de la noche, y Don Cesar, conducido por el Ahuizote, llegó hasta la espalda de la casa de Don Manuel de la Sosa.

La calle estaba desierta y sombría.

—¿Veis aquella ventana?—preguntó el Ahuizote á Don Cesar.

—Sí.

—Pues id y llamad, ella os aguarda.

Don Cesar llegó á la ventana, llamó suavemente, y á poco se abrió con gran precaucion.

—¿Sois vos Don Cesar?—dijo Luisa con una voz dulcísima.

—¿Quién si no yo podria ser, ángel mio? yo que tan alto favor alcanzo de vuestra hermosura.

—¡Ay!

—¿Qué teneis?

—Tengo miedo: ¡si alguien nos sorprendiese!

La oscuridad de la noche no permitia á Don Cesar salir de su error: apenas distinguia el rostro de Luisa, que era en verdad muy hermosa, y se embriagaba con el eco de su voz melodiosa y con el dulce perfume de su aliento.

Si hubiera brillado en aquel momento una luz, quizá Don Cesar no se hubiera sentido triste por el cambio.

Si hubiera podido contemplar el alma de aquella muger, se hubiera horrorizado de su engaño.

—Don Cesar ¿es cierto que me amais?

—¿Que si os amo, señora? ¿eso me preguntais? Preguntadle al sol si alumbra, preguntad á los rios si corren, preguntad á las aves si vuelan y trinan ¡Oh Luisa! os amo, como si todo el vigor de mi corazon y toda la fuerza de mi espíritu se hubieran reconcentrado en esta sola pasion: desde que os ví, señora, mi misma alma me abrasa, mi mismo corazon me ahoga. Luisa, Luisa, quisiera hacer salir de mí el espíritu que me anima, para confundirlo eternamente con el vuestro.

—¡Ah! Don Cesar, qué feliz me haceis con vuestras palabras, y qué feliz soy en amaros, porque yo os amo, como quizá vos no alcanceis ni á comprender: mi corazon es de fuego, y quisiera morir en este momento que soy tan dichosa, antes que cruce el tiempo sobre esas palabras, que á fuerza de hacerme gozar, destrozan mi cerebro. ¡Ah, Don Cesar, solo Dios puede comprender lo intenso del placer que gozo en estos momentos!

—¡Alma de mi alma, tanto es mi amor, que este momento lo trocara por una eternidad de penas!

—Don Cesar, dadme vuestra mano—dijo Luisa—trémula de placer y de emocion.

Don Cesar tendió su mano dentro de la reja.

—Guardad esto—dijo Luisa, poniéndole en un dedo una riquísima sortija de brillantes—y esto—agregó, dando un apasionado beso en aquella mano.

—¡Luisa!—dijo Don Cesar, dando á su vez un beso en la mano de la jóven—esta sortija no se apartará jamas de mí.

—Ahora, idos Don Cesar, idos, que es ya mucho gozar; idos, que yo os prometo que muy pronto nos volveremos á ver.

—¿Cuándo?

—Mañana á las diez en Jesus María: hasta mañana.

—Adios, ángel mio, adios.

Don Cesar se incorporó con el Ahuizote que le esperaba.

—¿Qué tal?

—Soy el hombre mas feliz de la tierra—contestó Don Cesar, y á vos lo debo todo.

—Váya me alegro, y que no lo olvideis.

Luisa, pálida de placer, volvió á su alcoba: Don Manuel dormia profundamente.

—¡Qué feliz soy, qué feliz!—decia—cuánto me ama, y cuánto le amo yo: tan hermoso, tan valiente, tan apasionado, y yo que pedí á la Sarmiento el elíxir, ¡qué tonta! para nada lo necesito, y voy á romper la redomita.

Luisa sacó de un armario dos pequeños frascos.

—Este es—dijo—y abriendo una vidriera lo arrojó á la calle.—Ahora llegó el caso de usar la otra receta de la bruja con este hombre—y agregó, mirando con un profundo desprecio á Don Manuel que dormia—«doblar la dósis de los polvos y romper esta otra redoma»—la dósis la tomará este hombre mañana, y la redoma se romperá esta noche.

El segundo frasco fué arrojado tambien á la calle.

—Ahora sí—dijo Luisa, metiéndose en su cama—si la Sarmiento no me engaña en esta vez, como no me ha engañado nunca, ya puedo considerarme viuda, porque éste es ya un cadáver....

Doña Blanca estaba completamente entregada á las ilusiones de su primer amor en medio de su soledad y de su aislamiento: la imágen de Don César, de quien se creia amada, flotaba á su lado como un ángel; ella lo habia poetizado tanto, y tanto habia pensado en él, que ya no podia sino ocuparse de él.

La beata volvió al dia siguiente por la mañana, y aunque habló de cosas indiferentes, deslizó en las faldas de la doncella un papel cuidadosamente doblado.

Doña Blanca no pudo resistir, amaba y no podia luchar contra su corazon: tomó el papel y se levantó para disimular su emocion: era la primera carta de amor que recibia en su vida.

Se encerró un momento en su cámara y vaciló para abrir aquella esquela; pero el amor triunfó: estaba concebida así:

«Señora: ¿Conque no os soy indiferente? Me volveis la vida: quisiera de rodillas mostraros mi pasion y mi gratitud. Quizá no sea yo digno de osar á tanto, pero esta pasion me enloquece y me atrevo, señora, á preguntaros: ¿me amais? Temblando espera vuestra respuesta el mas humilde de vuestros apasionados.»

Don Alonso que veia aquello como negocio, no habia querido poner su firma hasta no estar seguro de la correspondencia de Doña Blanca, por temor de que ella mostrase la carta á su hermano Don Pedro, estando para ese caso decidido á negarlo todo.

Doña Blanca, temblando se acercó á la mesa, y con mano insegura puso al pié de la carta que habia recibido:

«Sí, yo tambien os amo.»

Volvió á doblarla, procuró serenarse y salió adonde la esperaba la beata.

En un momento en que Doña Mencia estaba distraida, Blanca entregó la esquela y la beata se retiró.

Don Alonso la esperaba. Cleofas no habia leido lo que escribió la dama, y creyó que le devolvia la carta.

—Mal estamos—le dijo—me volvió vuestra carta.

—Sin leerla.

—Eso sí no lo sé.

—Dádmela para romperla—dijo Don Alonso—mas valia no haberme dado tan risueñas esperanzas.

—No fué culpa mia, que os dije la verdad.

Don Alonso tomó la carta para romperla, y la dividió por la mitad, iba á seguir haciéndola pedazos, cuando notó las letras de Blanca, leyó, y dió un grito de placer.

—¿Qué hay?—dijo la beata.

—¿Qué ha de haber? que me ama, mirad, y yo que iba á romper esta carta, vamos, soy feliz, este negocio que creia tan dificil es hecho, hecho; y ahora sí ya no tengo para qué volver á pensar en la fundacion del convento de Santa Teresa.

LIBRO SEGUNDO.

LAS DOS PROFESIONES.

I.

De cómo dentro de un templo, y junto á la pileta de la agua bendita puede un hombre sentirse hechizado.

DON Cesar llegó al templo de Jesus María antes de las diez, y se colocó cerca de la entrada, seguro de que todas las damas llegarian allí á tomar agua bendita.

En efecto, á pocos momentos Blanca entró á la iglesia.

Comenzaba á tener grande amistad con Sor Inés de la Cruz, porque el plan que Luisa habia indicado á Don Pedro de Mejía, era tan sabio, que no podia menos de surtir sus efectos; solo que Luisa no habia contado con el amor de Blanca por Don Cesar.

Cuando un hombre ó una muger han encontrado por casualidad aunque sea, á una persona por quien conciban una pasion violenta en alguna calle ó en algun lugar público, propenden siempre á volver á ese lugar, porque piensan encontrar allí al objeto de su amor.

Esto era lo que pasaba á Doña Blanca, y por eso volvia al templo de Jesus María, á pesar de que no tenia allí cita con Don Cesar. Al verle palideció y se turbó: estaba ella segura de que la beata le habria llevado ya la respuesta á la carta que suponia haber recibido de él.

Don Cesar por su parte creía que la dama con quien habia hablado la noche anterior era Blanca.

Los dos creían haberse entendido, y en realidad no habia mediado entre ambos mas que el amor adivinado.

Don Cesar ofreció á Blanca el agua bendita en la punta de sus dedos, y le dijo muy bajo:

—¿Me amais?

—Sí—contestó Blanca con una voz apenas perceptible; pero que sin embargo, fué oida lo mismo que la pregunta por otra persona que entraba al templo en aquel momento; por Luisa.

Luisa sintió el fuego de los celos, se soñaba tan feliz, habia llegado tan llena de ilusiones, que aquel desengaño era para ella terrible.

La pasion la cegó, y acercándose á Don Cesar le dijo con un acento trémulo por la ira, procurando no ser oida por los fieles que estaban entrando al templo:

—Mal caballero sois, Don Cesar.

Don Cesar se volvió espantado para mirar quién le dirijía aquel insulto, y vió á Luisa encendida por el furor, y mas hermosa que nunca.

—¿Por qué señora?—preguntó mas admirado al ver que clase de persona era la que le insultaba.

—¿Cumplis así los juramentos que me hicisteis anoche?

—¡Anoche! ¿Juramentos á vos, señora?

—Sí, anoche, en las rejas de mi casa.

—No comprendo.

—Lugar es este en que no podemos esplicarnos; salid:

—Pero, señora.

—Os lo ruega una dama..........

—Pues salgamos.

Y Don Cesar salió de la iglesia siguiendo á Luisa, con no poco escándalo de los fieles que lo advirtieron, y que conocian á la dama.

—Afectais aún no comprenderme—dijo Luisa cuando estuvieron en la calle.

—Por mi fé de caballero que no os comprendo, señora.

—¡Ah, Don Cesar! Mal hace una dama en fiar su honra á persona que no conoce.

—Señora, me insultais sin yo merecerlo.

—¿No lo mereceis? Y os miro requiriendo de amores á una dama, cuando anoche en mi reja me habeis jurado amor y fidelidad.

—¿Yo?

—Sí, y lo negais mal caballero, precisando á una señora como yo, á recordaros favores que en mala hora se os han concedido, ¿no me habeis dicho anoche que no érais sino mio? ¿No os he puesto en el dedo esa sortija que me jurásteis no apartar de vos nunca? ¿No habeis puesto vuestros labios en mi mano?

—¿Conque érais vos?—preguntó espantado Don Cesar.

—Era ella—dijo detrás de Don Cesar una voz—era ella, ella que yo mismo os he conducido.

Don Cesar volvióse á ver quién le hablaba, y reconoció al Ahuizote: Entonces comenzó á comprender.

—Señora, anoche he creido hablar con esa dama á quien ahora ofrecia el agua en el momento en que vos entrábais al templo.

—¿Conque es decir que no me amais? ¿Qué he sido un juguete para vos? ¿Un chasco? ¿Conque á quien vos amais es á esa Doña Blanca? Decidme, ¿á ella es á quién amais?

Don Cesar estuvo silencioso.

—Pero yo me vengaré, me vengaré de vos, y de ella; ¡ah! no sabeis lo que habeis hecho, no lo comprendeís todavía: me vengaré, me vengaré de ella, de ella y de vos, que os habeis burlado de mí.

Don Cesar era al fin jóven, y Luisa por demas hermosa, y á él no le hubiera pesado que los amores hubieran seguido adelante.

—Pero, señora—se atrevió á decir—si vos me amais, si tan bella sois, qué impide que siga yo amandoos, que al fin con esa dama aun no tengo nada, y vos podeis perdonarme lo que por mi culpa no ha sido.

—¡Perdonaros, seguiros amando! nunca, ya no os amo: haced cuenta Don Cesar que no me habeis conocido.

Y diciendo esto se separó de Don Cesar y se entró en su carruaje que la esperaba á poca distancia.

La beata Cleofas que, como de costumbre, estaba en el atrio de la iglesia habia escuchado la despedida de Luisa, y como ella conocia á Don Cesar y le estaba agradecida por su limosna, se interesaba ya por él.

—¡Pobre jóven!—pensaba Cleofas—qué triste se ha quedado con el enojo de su amada; pero en fin, ella se contentará que así son las mugeres; y si no se contenta, mejor, porque es un escándalo á Dios que una señora casada, como Doña Luisa, ande en galanteos.

Don Cesar se habia quedado pensativo y sin saber qué hacer, y permaneció así inmóbil como un cuarto de hora: le parecia todo un sueño, creia sériamente que estaba hechizado.

La cita con Luisa la comprendia perfectamente; pero la turbacion y el rubor de Blanca, y aquel «sí» tan dulce, tan espresivo, esto era lo que él por mas que hacia no podia llegar á entender.

Doña Blanca advirtió como otras varias personas, que Don Cesar despues de hablar con Luisa, habia salido con ella del templo; pero aunque sintió su salida, no malició que se trataba de amores.

La misa terminó; Don Cesar no volvia, y Blanca salió de la iglesia.

La primera persona con quien se encontró fué con la beata, y se dirijió á hablarla.

—Le he visto—le dijo.

—¿A quién?—preguntó la beata.

—Cómo á quién, á él.

—¿A él? Si no ha venido.

—Sí, que ha venido, y me ha hablado.

—No lo creais.

—Miradle, allí está—dijo Blanca, señalando á Don Cesar.

—No le veo—contestó la beata, creyendo que trataba de Don Alonso de Rivera.

—Allí está parado, miradle, ahora vuelve el rostro.

—Estais equivocada: ese es Don Cesar de Villaclara.

—¿Pues no es el que os dió para mí el billete ayer?—preguntó espantada Blanca.

—Ni pensarlo, que fué Don Alonso de Rivera; este es Don Cesar de Villaclara, el amante de Doña Luisa, con quien acabo de oirle departir de amores en este momento.

—¡Jesus me ampare!—esclamó Doña Blanca, poniéndose pálida y vacilando.

—¡Ave María Purísima!—dijo la beata, sosteniéndola, esta niña se pone mala—Doña Mencia, Doña Mencia.

La dueña llegó corriendo, los curiosos rodearon á Blanca, que comenzó á volver en sí.

—¿Qué ha sido eso, qué ha sido eso?—decia la beata.

—Nada, nada, contestó Blanca, reventando por llorar.

—Cómo nada, y estais pálida como un difunto.

—Ha sido un desmayo, pero ya pasó, vamos Doña Mencia que me siento muy débil.

La beata y la dueña sosteniendo á Blanca la llevaron hasta su carroza, y la ayudaban á subir cuando llegó Don Cesar.

—¿Me permitireis que os ayude á subir?—dijo.

—Caballero—contestó Blanca con indignacion—no sé con qué derecho os atreveis.........

—Señora, yo creia—murmuró Don Cesar.

—Hacedme la gracia de retiraros.

Don Cesar se retiró, y el carruaje partió lijero.

El jóven tenia aún esperanza de ver asomarse por la portezuela el rostro de Blanca, pero nada.

—¿Qué tiene esa señora?—preguntó á la beata.

—Lo ignoro—contestó Cleofas.

—¿La conoceis vos?

—Y bien.

—Decidme, ¿pudiera yo hablar con vos á solas?

—¿De qué negocio?

—De uno que pudiera conveniros.

—Esta tarde á las cuatro, en la casa del Santo Entierro, en la plaza de las Escuelas.

—¿Cómo os llamais?

—Cleofas, humilde sierva de nuestro Padre San Francisco.

—Iré, pero esperadme.

—Id, y me vereis.

—Hasta la tarde.

—Que Dios os guié.

II.

Donde el “diablo tira de la manta.”

SEIS dias después de los acontecimientos que referimos en el capítulo anterior, en el comercio circulaba la noticia de que Don Manuel de la Sosa habia muerto de una manera estraña, y cada uno comentó la cosa á su manera, y la honra de su viuda andaba en lenguas, buenas ó malas, y todos acudian á la casa del difunto á dar el pésame á Luisa, que los recibia con muestras de profundo pesar, cubierta con negras tocas, en un lujoso aposento colgado de negro.

De los primeros en acudir allí, fué como era de suponerse, Don Pedro de Mejía. Don Pedro amaba á Luisa y al saber que estaba viuda pensó en lo que ella tantas veces le habia dicho, y creyó que á partir desde aquel momento Luisa seria enteramente suya; pero Luisa no pensaba sino en Don Cesar, y el amor y el orgullo ofendido de aquella muger, la hacian no pensar sino en su venganza.

—Luisa—le dijo Don Pedro—ya sois libre.

—Y bien—contestó.

—Que ya nada se opone á que seais mia, no mas que mia.

—Don Pedro, aun el alma de Don Manuel vaga y pena tal vez por estos lugares.

—Pero ¿no me dijísteis mil veces que me amabais, que solo esperabais ser libre?

—Sí, pero.........

—¿Pero qué, Luisa?

—¿Me amais, Don Pedro?

—Mas que á mi vida.

—¿Estais dispuesto á hacer por mí cuanto yo os diga?

—Cuanto querais.

—Pues bien, casaos conmigo, soy libre y vos tambien.

Todo podia esperar Don Pedro, menos eso. La reputacion que Luisa tenia en la ciudad no le habia impedido amarla, pero hacerla su muger era ya otra cosa, y vaciló.

—¿Casarnos, y para qué? ¿nos hemos de amar mas por eso? ¿hemos acaso de ser mas felices así?

—Pues de otra manera, nada alcanzareis de mí.

—Luisa, por Dios, no seais exigente.

—Lo quiero.

—Pero tan pronto.

—Si he de ser vuestra esposa, necesito por vos y por mí que sea pronto.

—Seria un escándalo.

—Mas lo será que sepan que soy vuestra querida, acabando de morir mi esposo; además, entonces vuestros intereses serán los mios, y por vos y por mí, os lo repito, conviene que el matrimonio se verifique inmediatamente que pasen los primeros dias de luto, de esto depende la salvacion de la mayor parte de vuestra fortuna.

—¿De mi fortuna? ¿qué quereis decir?

—Quiero deciros que he descubierto un secreto que os vale la mitad de vuestra fortuna, y que solo os diré el dia en que me deis formal promesa de casamiento.

—¿Y qué secreto es ese?

—Hacedme la promesa y os lo digo.

—Pero.........

—Mirad que os digo la verdad de Dios, dadme formal promesa de casamiento y os doy el secreto, y si me decís que no os importa la mitad de vuestro caudal, conforme estoy en que se rompa.

Don Pedro comenzaba á alarmarse sériamente; su gran vicio era la avaricia, y la pérdida de la mitad de su caudal era para él negocio muy grave.

Pensó en engañar á Luisa para arrancarle aquel secreto, estaban solos, ¿qué prueba tendria ella despues de aquella conversacion?

—Sí—dijo resueltamente—os doy mi palabra de casarme con vos tan pronto como pasen los primeros dias del luto de vuestro esposo.

—Entonces—dijo solemnemente Luisa—firmad aquí.

Y sacó de su seno un pergamino en el que constaba una formal promesa de matrimonio, á la que no faltaba mas requisito que la firma de Don Pedro.

—Eso no—dijo Don Pedro, retrocediendo como si hubiera visto un escorpion.

—Lo que quiere decir, que quereis engañarme, ¿es verdad?

—Lo qué quiere decir, que basta mi palabra, y desconfiais de ella.

—Bien, no firmeis: entonces Don Pedro de Mejía, os quedareis sin la muger que puede haceros tan feliz con su amor, y sin la mayor parte de vuestro caudal, ¿lo dudais? os doy tres meses de plazo, entonces vereis que Luisa tenia razon, y entonces, ¡ay de vos, que no habrá remedio!

—Firmaré—dijo Don Pedro espantado.

—Firmad—contestó Luisa, estendiendo el pergamino, al pié del cual Don Pedro puso su nombre con mano trémula.

—Ahora el secreto—dijo limpiándose el sudor que brotaba de la raiz de sus cabellos—El secreto.

—Oidlo—dijo Luisa doblando el pergamino y guardándolo en su seno, el dia que vuestra hermana se case, tendreis que entregarle la mitad de vuestro caudal, ¿es verdad?

—Sí, es cierto.

—Pues bien, vuestra hermana Doña Blanca, tiene un amante.

—Mentira—dijo Don Pedro, levantándose como impulsado por un resorte.

—Poco galante sois con vuestra esposa; pero os lo perdono por la situacion en que os pone la noticia.

—¿Pero quién es ese amante, ¿cómo lo sabeis?

—Lo sé, porque los he sorprendido en una conversacion amorosa, porque he procurado averiguarlo todo, porque á pesar de la resistencia que oponeis para ser mí marido, yo velo por vos y por vuestros intereses, para probaros cuánto ganais uniéndoos conmigo.

—Pero su nombre, señora, el nombre de ese hombre.

—Se llama, Don Cesar de Villaclara.

—¡Don Cesar! ¡Don Cesar! ¡ah! lo conozco, infame, pero no logrará lo que desea.

—Don Cesar, sí, protegido por vuestra dama, por la madrina de Doña Blanca, por Doña Beatriz de Rivera; he ahí, cómo mira por vos la que queriais hacer vuestra esposa, abandonándome á mí.

—¿Por Doña Beatriz?

—Sí, por Doña Beatriz, y para que mas os agrade, de acuerdo con vuestro afortunado rival el Oidor Don Fernando de Quesada.

—Pero esto es inícuo, Luisa, ¿y cómo sabeis todo eso?

—Y aun mas, os diré que debe andar en esto, cierta beata llamada Cleofas.

—Es cierto, es cierto, la he visto en casa estos últimos dias con mucha frecuencia.

—Lo veis.

—¿Pero en dónde habeis averiguado.........?

—Eso se lo diré á mi marido; por ahora creo que confesareis que os he hecho un servicio tal, que á no ser por él, hubiérais sufrido un golpe terrible, ¿os arrepentís de haber firmado?

—Nunca, Luisa, nunca, me habeis salvado, y sois digna de ser mi esposa.

Don Pedro tomó su sombrero y salió casi sin despedirse; la infernal comedia inventada por Luisa, tenia todo el carácter de la verdad, y el hombre habia sentido el golpe en el corazon.

Luisa se quedó sola, y sacó entonces el pergamino, lo volvió á leer, y dijo con una sonrisa de orgullo:

—Ahora sí soy rica.

Luisa salió de aquella estancia, y pocos momentos despues una de las puertas se abrió suavemente y asomó la cabeza de un hombre que paseó su mirada inquieta por todas partes.

La estancia estaba desierta y el hombre aquel penetró con confianza en ella; era Don Cárlos de Arellano: su fisonomía estaba descompuesta y pálida, oprimia convulsivamente con su mano izquierda el puño de su espada, y maltrataba con la derecha el sombrero que se habia quitado al penetrar allí.

Se detuvo en la mitad de aquella sala, con la cabeza inclinada y como meditando, y luego alzó su frente sacudiendo con cólera su cabellera.

—Con que es decir, Luisa, que me engañas, con que es decir que ese amor de tantos años, y esos juramentos de tantos dias los olvidas por el vil interes del dinero; vive Dios Luisa, que te engañas tú, si crees poder convertirme en el torpe juguete de tus pasiones: me has dicho que eres mia para siempre, y mia serás mal que te pese; lo veremos.

Y como armado de una violenta resolucion, se dirijió á una de las pantallas que en el salon aquel habia, apartó la negra gaza que la envolvia, y se puso tranquilamente á componerse los pliegues del fino encaje de su gola, y de las mangas de su ropilla.

—En esta operacion le encontró Luisa.—Muy bien le dijo con una ternura encantadora—muy bien, los galanes tan apuestos como Don Cárlos de Arellano deben cuidar de su persona en cualquiera parte.

—Luisa mia—contestó Arellano imitando perfectamente el tono de Luisa—cuando hay que presentarse ante una dama como vos, ningun cuidado, ni ningun esmero son por demás; que ante la deidad los adoradores deben llegar lo mejor que les sea posible.

—Adulador—dijo Luisa enlazando sus brazos al cuello de Arellano, y colgándose en él con negligencia.

Arellano inclinó la cabeza y besó los ojos de Luisa.

—Os encuentro preocupado, Don Cárlos.

—Ilusion vuestra, que en verdad, jamás he estado mas tranquilo.

—¿De veras?

—Os lo aseguro.

—Pues entrad, hacedme compañía, es tan triste estar sola.

—Luisa, volveré si me lo permitis, que en estos momentos necesito ir al palacio.

—Haced lo que os plazca mejor, ¿pero me dais vuestra palabra de volver pronto?

—Es mi mayor anhelo.

—Entonces os doy licencia de salir, pero antes tomad—y estampó un beso en los labios de Arellano.

Don Cárlos tiene algo—dijo cuando quedó sola—algo grave y que trata de ocultarme; veremos si lo descubro.

Y saliendo violentamente dió órden á un lacayo de seguir á Arellano hasta donde fuese, y volver con una exacta razon.

El lacayo volvió diciendo que Arellano habia entrado á su casa, y no mas.

Él habia dicho á Luisa que iba á palacio, y esto no era cierto, las sospechas de aquella muger comenzaban á tomar cuerpo: ¿tendria él otros amores?

Luisa estuvo inquieta toda la tarde, tenia ya comprometida su boda con Mejía, y sin embargo una falta de Arellano la preocupaba: era que aquella muger amaba, sin ser correspondida á Don Cesar, y necesitaba ahogar su pena con la disipacion.

En la noche Arellano llegó mas alegre que nunca y mas amable con Luisa, y conversó con ella sobre cosas indiferentes, pero festivas, hasta que la aguja de su reloj marcó las once.

—Hora es de retirarse—dijo.

—Esperad algo mas; estamos tan contentos.

—¿Sois feliz á mi lado, Luisa?

—Muchísimo.

—¿Y quisiérais no separaros de mí?

—Seria mi mayor ventura.

—Casaos conmigo.

—Que ocurrencia—dijo riéndose Luisa—¿y para qué? ¿No soy vuestra? ¿No os amo? ¿No me amais vos?

—Es decir que no pensais casaros otra vez.

—Nunca: ¿perder mi libertad?

—¿Con nadie?

—Cuando no quiero con vos, suponed si estaré dispuesta á unirme con otro.

—¿Ni con Don Pedro de Mejía?

—¡Vah! ¿Con Don Pedro de Mejía?—contestó Luisa, procurando mostrarse completamente indiferente—¿con ese ogro?

—Pero ¿por qué no quereis concederme vuestra mano?

—¿Para qué? vuelvo á preguntaros.

—Es que los hombres que como yo amamos, quieren tener todas las seguridades.........

—Pues buscad otras que no sean el matrimonio; le tengo una aversion.........

—Bien; os comprendo, yo buscaré otro medio de estar mas seguro de vuestro amor, y os respondo que ya lo he encontrado.

—¿Cuál es?

—Miradlo—dijo Arellano, llevando á sus labios un pequeño silbato de oro que pendia de su cuello.

—¿Y qué es eso?

—Vereis que efecto tan rápido, y qué medio tan seguro.

El silbato produjo un sonido agudísimo, é inmediatamente una de las puertas del aposento se abrió, penetrando por allí violentamente cuatro hombres que se arrojaron sobre Luisa, y antes que ella hubiera podido dar siquiera un grito, sus manos y sus piés estaban ligados con bandas de seda, y en su boca habian colocado un pañuelo como una mordaza.

Don Cárlos se acercó á ella, y abriendo el justillo de su trage sacó de allí el pergamino en que constaba la palabra de casamiento empeñada por Don Pedro de Mejía.

—Luisa, mirad que he encontrado el medio, que aunque es algo violento me lo perdonareis, porque las circunstancias me han obligado, ya lo veis—dijo mostrando el pergamino—era necesario ganar con ventaja á este Creso; de lo contrario estaba yo derrotado: vamos, señores, la silla.

Dos de los hombres salieron, y volvieron á entrar conduciendo una lujosa silla de manos, con cortinillas de seda que impedian ver el interior de ella.

Luisa, incapaz de moverse ni de gritar, fué colocada adentro.

—Alumbrad, y vámonos—dijo Arellano.

Dos hombres alzaron la silla, y otros dos tomaron sus dos faroles que habian dejado á prevencion en la puerta, y la comitiva se puso en marcha seguida de Don Cárlos.

Los lacayos y los porteros estaban acostumbrados á ver salir en las altas horas de la noche á su señora, acompañada de hombres casi siempre desconocidos para ellos, y abrieron el zaguan sin decir nada y sin estrañeza tampoco.

—La señora no volverá en la noche, dijo Arellano á los lacayos que estaban en el portal de la casa—cerrad todas las puertas y apagad las luces.

Y luego, embosándose en su capa echó á andar tras la silla de manos en que llevaban á Luisa.

A poca distancia de la casa habia esperando un carruaje con seis mulas. Los que conducian la silla se detuvieron. Luisa fué trasportada al carruaje, Arellano subió con ella y el carruaje echó á andar por el camino que conducia á Xochimilco.......

Don Pedro salió furioso de la casa de Luisa; nada le importaba la obligacion que habia firmado; porque él se creia bastante poderoso para no cumplirla, pero lo que allí habia descubierto era para él de suma importancia.

Blanca tenia un amante, es decir, un enemigo de Don Pedro, y era necesario impedir á toda costa aquella union.

Don Fernando y Doña Beatriz protegian aquellos amores, la muger en quien él habia pensado para darle su nombre, y el hombre que le arrebataba aquella muger.

Rugia en el corazon de Don Pedro una tempestad, y en aquel momento comprendió su aislamiento: á pesar de su colosal fortuna advirtió entonces que todo se lo habia dado la riqueza menos un amigo.

Don Alonso era quizá el que mas merecia este nombre entre sus conocidos, y á él pensó D. Pedro dirigirse en aquellos instantes en que tenia tanto que combatir y tanto que vencer.

En los momentos en que se acercaba á la casa de la calle de la Celada advirtió que en frente del zaguan habia una carroza de palacio.

—¿Será—pensó—el virey en la casa de Don Alonso?

Se fué acercando, y vió descender la escalera á Doña Beatriz seguida de una persona que parecia un alcalde de casa y corte, y de una de las doncellas de la casa. Don Pedro se detuvo, y delante de él, inclinándole apenas altivamente la cabeza, pasó Doña Beatriz acompañada del alcalde y de la doncella, y subió á la carroza que partió luego.

Don Pedro subió con rapidez las escaleras y se encontró con Don Alonso pálido y demudado.

—Don Pedro—dijo Don Alonso—el cielo sin duda os envía.

—¿Qué hay, pues?

—Doña Beatriz, á despecho mio, y de vos que me habeis pedido su mano, se empeña en casarse con Don Fernando de Quesada.

—¿Es decir que ahora va?.........

—En depósito á la casa de la vireina.

—¿Y vos qué haceis?

—Yo os juro que el matrimonio no se efectuará, aunque se empeñara el Arzobispo, y la Audiencia, y toda la jente de golilla de Nueva España.

—Os ha burlado Don Fernando por segunda vez.

—Pero os juro que le costará caro, ¿me ayudareis?

—Tanto mas, cuanto que necesito yo de vuestra ayuda para un caso igual.

—¿Cómo?—dijo Don Alonso inquieto.

—He descubierto que Doña Blanca mi hermana tiene un amante.

—¡Un amante!—esclamó Don Alonso, temiendo que se tratara de él.

—Un amante, sí, que se entiende con ella por medio de la beata Cleofas, ya sabeis, la que os vendió en el negocio de la fundacion.

—Don Alonso creyó que todo se habia descubierto, y palideció espantosamente. Mejía era un hombre cuya enemistad podia temerse.

—Pero ¿cómo sabeis?

—Vuestra hermana Doña Beatriz protejia estos amores, así como el Oidor.

Pero ¿quién es el amante?

—Vos sin duda lo conoceis.

—¿Yo? preguntó Don Alonso, resuelto ya á todo supuesto que todo estaba descubierto.

—Sí, Don Cesar de Villaclara.

—¿Qué me decís?

—Lo que habeis oido: Don Cesar es el amante de Blanca. Luisa les ha sorprendido en una conversacion amorosa.

—Esto es increible—pensaba Don Alonso—Beata de los infiernos, por segunda vez me la pegas; pero yo me vengaré de tí.

—Y bien, ¿qué pensais?—dijo Mejía.

—Que dos hombres deben á toda costa desaparecer de la tierra, Don Cesar de Villaclara y Don Fernando de Quesada: se interesa en ello nuestro honor y nuestra felicidad.

—Soy de vuestra opinion; pero debe ser pronto.

—Sí, pronto, y será.

—Yo comienzo por impedir á Blanca toda comunicacion con las personas de fuera.

—Muy bien; ¿y si ella muriera ó profesara?

—Yo soy el único heredero; el testamento de mi padre dispone que nos heredemos mútuamente.

—Bien, entonces es necesario trabajar mucho; yo voy en busca de la beata Cleofas para averiguar algo.

—Y yo á mi casa á encerrar á Doña Blanca.

Y cuando salieron á la calle, cada uno tomó su rumbo.

—Beata infame—murmuraba con cólera Don Alonso—venderme así otra vez, pero aun tiene remedio todo, yo conozco á Don Cesar, él debe morir para que no haya obstáculo á mi boda con Doña Blanca, y despues el caudal es tan crecido, que es lástima que se divida; siendo mi esposa Doña Blanca será muy bueno que muera Don Pedro, y así se habrá hecho verdaderamente un buen negocio.

Don Alonso tocó en la puerta de la casa de Cleofas, y encontró á Don Cesar hablando con la beata.

Don Alonso tiró del estoque, y Don Cesar tomando su sombrero, desenvainó su espada, la vieja dando un chillido se precipitó entre los dos.

D. Alonso era valiente, y además aquel hombre era el primer obstáculo para la realizacion de sus grandes planes: en un momento así no le hubiera sido posible contenerse; la sangre subió á su rostro, y se arrojó sobre Don Cesar.

Un momento despues Don Alonso caía atravesado de una estocada, gritando:

—Confesion, confesion.

—Huid, D. Cesar—dijo la beata—huid, aun es tiempo, salid de la ciudad; mirad que habeis muerto á D. Alonso de Rivera.

El jóven sin esperar mas salió de la casa.

—Cleofas, Cleofas—dijo el herido.

—Señorito—dijo Cleofas.

—Mira, acércate antes que pidas auxilio, óyeme un secreto por si muriere.

—Decid.

—Arrodíllate aquí, acércate.

La beata se arrodilló.

—Me voy á morir—dijo Don Alonso—porque me siento muy mal herido, tú tienes la culpa, por segunda vez me has burlado.

—Señorito—dijo la beata queriendo levantarse.

—Quieta ahí—dijo el herido sujetándola del cuello con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba la daga.

—Cleofas, yo voy á morir, pero tú no quedarás sin castigo.

Brilló la hoja de la daga, se oyó un golpe seco, y la vieja lanzó un gemido y cayó al lado de Don Alonso, que se incorporó y volvió á hundir su daga en aquel cuerpo dos veces.

Luego, como agotado su espíritu con aquel esfuerzo, se dejó caer en tierra, gritando:

—¡Socorro, socorro, confesion!

Cleofas estaba inmóbil en un charco de sangre.

III.

De cómo las brujas solian tener razon.

EN una estancia pobre pero decentemente amueblada, y alumbrada por dos bujías de cera, un hombre y una muger jóvenes ambos, y ambos hermosos, se miraban amorosamente y de cuando en cuando unian con ardor sus labios, pero en medio del mayor silencio.

El hombre vestia ropilla, gregüescos y capa corta de terciopelo envinado y calzas de seda blancas; la jóven estaba lujosamente ataviada.

Tenia una especie de justillo sin mangas de rica tela de holanda blanca con jaldetas y ajustado con un ancho cinturon de oro, una saya de seda azul recamada con randas de oro, con mangas perdidas que llegaban casi hasta la orla de la basquiña.

Sus negros y hermosos cabellos estaban sujetos por una escofieta de infinitas y graciosas labores, encima de la cual tenia una redecilla de seda del color del vestido, atada con una cinta de oro que cruzaba por encima de su frente, y en la que bordada de seda encarnada se leía «amor me da la vida.»

Sus pequeños piés estaban aprisionados en unos altos zapatitos de tafilete, con las zuelas guarnecidas por fuera con una delicada varilla de plata.

En su cuello ostentaba ricos collares de perlas, y en sus hermosos brazos pulseras de oro, anchas, lisas y perfectamente bruñidas.

Aquella jóven era María, la muda de la casa de la Sarmiento, y el hombre el Bachiller Don Martin de Villavicencio, nuestro antiguo conocido.

Cinco meses habian pasado desde los acontecimientos que referimos en el capítulo anterior, y nosotros no podemos asegurar si María se enamoró de Martin por los hechizos de la Sarmiento, ó lo que es mas seguro, porque era él un buen mozo.

Lo indudable era, que la jóven se habia tomado todo el elíxir que la bruja dió á Martin, pero todo junto y no en gotas: contaremos á nuestras lectoras el lance para que ellas calculen si el tal elíxir tendria alguna parte en el amor de la muda, porque entonces cosa seria de ponerse á llorar por la pérdida de la receta, si el cronista de esta verdadera historia no la hubiera conservado en su poder.

Martin comenzó á frecuentar la casa de la Sarmiento á pesar de su mala nota, y procurando estar siempre cerca de María, se esforzaba por comprender sus señas y darse él por su parte á entender.

María desde el principio le miró con cariño, y no huia de él como del Ahuizote. Martin sostenia perfectamente su papel de hombre valiente, aun en los momentos en que la muchacha sentada á su lado comenzaba á sacar de sus jaulas sapos, culebras é iguanas para darles el alimento y hacerles algunas caricias. Cuando alguno de estos animales se atrevia á subirse por las manos ó las piernas del Bachiller, éste se estremecia á su pesar; pero entonces María con una esquisita delicadeza tomaba aquel animal con sus blandas manecitas, como si hubiera tomado un canario ó un gorrion, y lo volvia á su jaula.

Sin embargo, á pesar de todo, Martin no habia llegado á declararse porque aun no estaba perfectamente seguro de la seña que debia hacer en ese caso, y temia ser ó demasiado corto, ó demasiado esplícito, y determinó esperar.

No habia tenido oportunidad de probar el elíxir.

Una mañana llegó á la casa de la Sarmiento en los momentos en que María estaba sola, y se preparaba á desayunarse.

Martin se sentó á su lado, pero de repente alguna cosa tuvo que hacer María fuera y se paró. Martin creyó que era la oportunidad, sacó la redoma y virtió dos gotas en el agua que debia tomar la jóven.

Pocos instantes despues entró María, y sin mostrar alteracion alguna en su rostro se dirijió á Martin, que la dejaba hacer admirado de aquello, y le sacó de la bolsa de los gregüescos la redomita del elíxir, la destapó, virtió dentro del vaso su contenido hasta la última gota, y luego con una sonrisa encantadora arrojó lejos el frasco vacío y apuró el vaso de agua.

Martin la miraba espantado. María dejó el vaso sobre la mesa, sonriendo siempre, y echando sus brazos al cuello de Martin, besó su boca.

El Bachiller lo comprendió todo.

María tomando el elíxir le probaba la charlataneria de la bruja, admitia las gotas que el Bachiller habia vertido como una declaracion, y correspondia ese amor con todo el ardor de su alma.

Ocho dias despues la jóven desapareció de la casa de la Sarmiento, y quizá solo la bruja comprendió la causa pero á nadie dijo nada. El sordo mudo hizo á la Sarmiento una seña que ésta contestó con otra, y no volvió allí á darse otro indicio de que habia pasado tal acontecimiento.

Martin pasando aun la plaza de servidor del Arzobispo, tenia á la muda en una casa que para ella habia tomado y la trataba perfectamente. El amor no necesita de la palabra, aquellos dos jóvenes se entendian perfectamente, y cada dia el Bachiller se sentia mas enamorado de María.

Para poder comprender los acontecimientos que van á tener lugar es necesario poner al corriente á nuestros lectores de lo que habia ocurrido en los cinco meses que hace que dejamos á nuestros personajes.

Los vecinos de la casa de la Plaza de las Escuelas atraidos por los gritos que habian escuchado en el cuarto de la madre Cleofas, entraron á ver lo que allí pasaba, y encontraron á Don Alonso de Rivera atravesado de una estocada y á la beata con cuatro puñaladas, los dos desmayados en un lago de sangre.

Nadie se atrevió á intervenir y la justicia con todo su aparato, vino en auxilio de los vecinos, y los dos heridos fueron levantados.

A Don Alonso como caballero tan principal, se le condujo á su casa, y en cuanto á la beata como era pobre, fué á dar á uno de los hospitales que tenia entonces ya la ciudad de México.

La noticia circuló con la velocidad de la luz, y los menos maldicientes atribuyeron aquello á Don Fernando de Quesada, de quien se sabia la enemiga que tenia con Don Alonso, ya por el ruidoso asunto de la fundacion del convento, ya por oponerse Rivera al casamiento de Doña Beatriz con el Oidor.

Por una coincidencia notable, tan pronto como estuvo Don Alonso en disposicion de declarar, se le interrogó por la justicia, y él se obstinó en ocultar, dando con esto mayor pábulo á los comentarios del vulgo.

La beata no estaba capaz de declarar, porque aunque dando esperanzas de vida, quedaba en un estado tal de insensates, que nada se podia sacar de ella.

La justicia se calló, y todo se pasó ya sin nuevas averiguaciones.

Don Fernando y Doña Beatriz determinaron suspender todas las diligencias de su enlace, hasta el completo restablecimiento de Don Alonso.

Pero Don Alonso, como todos los hombres que tienen un enemigo, lo culpan de todo mal que les acontece, porque encuentran cierto placer en fomentar su encono, y justificar ante su conciencia la causa de su odio: culpaba á Don Fernando de todas sus desgracias, y no meditaba mas que en su venganza.

La única visita que tenia era Don Pedro, el menos á propósito para calmar sus pasiones.

—Don Pedro—le decia una tarde el herido—no parece sino que Dios nos ha dejado de su mano, segun la lluvia de males que ha caido sobre nosotros.

—En efecto, que mas comprometida no puede ser nuestra situacion, aunque creo que hay cosas que podrán tener eficaz remedio.

—Véngueme yo de Don Fernando y lo demás se remediará muy fácilmente.

—¿Creereis, Don Alonso, que yo he llegado á persuadirme de que es él la causa de nuestros infortunios?

—Os lo he dicho, y me alegro de que hayais llegado á convenceros.

—Es necesario que deje de existir.

—Tal creo, pero la violencia de su muerte en estos momentos, á nadie seria atribuida mas que á nosotros, porque clara es ya nuestra enemistad con él.

—¿Entonces qué pensais?

—Ante todo es necesario impedir su boda con Doña Beatriz.

—¿Pero cómo, si veis que está ya depositada en palacio, aunque en clase de dama de la vireina?

—Robémonosla.

—Robárnosla.

—Si, un rapto que aun en el caso de ser descubierto, poco importaria, siendo como sois su hermano.

—Teneis razon, ¿y cómo haremos?

—Dejad eso á mi cargo, que solo necesito de vuestro consentimiento.

—Os le doy.

—Entonces desde este momento comienzo á trabajar, y ya vereis.

Y Don Pedro se separó de Rivera para comenzar á poner en planta su proyecto.

En esa noche la Sarmiento oyó llamar á su puerta, y Don Pedro se presentó á ella.

—Señora, buenas noches—dijo Don Pedro.

—Así se las dé Dios á su señoría—contestó la vieja.

—¿Os acordais de mí?

—Su señoría es mi amo Don Pedro de Mejía que.........

—Bien, vengo á proponeros un negocio.

—Mande su señoría.

—Podéis ganar en él mucho dinero.

—Dígame su señoría.

—Se trata de robarse una dama.........

—Yo no entiendo en esas cosas.........

—Ea, callad, se trata de robarse una dama que está depositada en palacio para casarse.

—Ya, Doña Beatriz de Rivera.........

—La misma, ¿quién os lo dijo?

—Nadie, yo lo adivino.

—Bien, ojala tan astuta seais para lo que voy á confiaros; se trata de robarse á Doña Beatriz.

—¿Para vos?

—No, para su hermano mismo.

—Es decir, quiere mi señor Don Alonso impedir á todo trance la boda.

—Cabalmente, y como Doña Beatriz no sale de palacio, es fuerza que vos entreis allí y la hagais salir con algun engaño.

—Empresa dificil me encargais.

—Pagaré bien.

—Probaré á encontrar un arbitrio, volvod dentro de cuatro dias.

—Está bien, y pensad en que esto puede haceros rica.

—Descuidad.

Don Pedro salió, y la bruja se puso á meditar; á las diez de la noche tomó un manto de lana negro, hizo una seña al sordo-mudo para que la siguiese, y cerrando su casa se puso en marcha con direccion á las calles del Factor.

El sordo-mudo llevaba un farolillo y seguia á la bruja, y así llegaron hasta una casa que habia en la calle del Factor, á la que llamó la vieja con mucha prudencia.

La puerta se abrió y la Sarmiento penetró en la sala en que hemos visto á Martin y á María al comenzar este capítulo.

Los dos jóvenes estaban como les hemos descrito, sentados amorosamente el uno al lado del otro.

La entrada de la Sarmiento fué para ambos una sorpresa. María se quedó sentada, pero Martin se paró precipitadamente como para defenderla.

Era la primera vez que la bruja penetraba allí.

—Sosegaos, hijos mios—dijo la bruja—que no vengo á causaros ningun mal, por el contrario, á veros, señor Bachiller, que puesto que os dí el elíxir con la única condicion de que no me abandonarais á María, y la habeis cumplido, nada os puede alarmar de mi parte.

—Teneis razon, que mal hice en alarmarme al veros, ¿qué teneis qué mandarme?

—Hacedme favor de oir dos palabras á solas.

—Pasad por acá—dijo el Bachiller indicándole la puerta de otra habitacion.

La Sarmiento y el Bachiller pasaron en tanto que los dos mudos emprendian una acalorada conversacion.

—¿Aun estimais tanto á vuestro amigo el Oidor Quesada? preguntó la bruja.

—Como siempre, que cada dia mas obligado le estoy á sus favores.

—¿Y él está siempre enamorado de Doña Beatriz de Rivera?

—Mas que nunca.

—Pues bien, de eso tengo que hablar con vos: ¿viene acá algunas veces?

—Nunca, no sabe que tengo aquí á María.

—¿Pero supongo que vos le vereis?

—Todos los dias.

—Entonces observad bien su conducta y vigilad por su vida, porque mas amenazada está ahora que nunca: Doña Beatriz le es infiel.

—Imposible.

—Sois un niño y no conoceis á las mugeres: Doña Beatriz le es ya infiel, yo os lo probaré mas adelante; por eso hay que cuidar mas á Don Fernando: el hombre que galantea á Doña Beatriz, y que es correspondido, mira al Oidor como un obstáculo del que es preciso deshacerse, para libertar á Doña Beatriz de la palabra empeñada: ¿comprendeis esto?

—Sí; pero es imposible que Doña Beatriz.........

—¿Quereis convenceros mañana?

—Sí.

—Bien: á las once os espero en mi casa, y mirad si podeis llevarme alguna prenda del Oidor, como una sortija, una cadena, para hacer un conjuro y os diré mil cosas; sobre todo, si es prenda que haya pertenecido tambien á ella.

—Iré y llevaré la prenda: ¿quién es el rival de Don Fernando?

—¿Guardareis el secreto, y nada direis al Oidor hasta que yo os lo permita?

—Sí.

—Pues se llama Don Pedro de Mejía.

—¡Jesus!

—No hay que espantarse, que peores cosas hemos visto: «Dádivas ablandan peñas,» y sobre todo—agregó la vieja con aire de burla—es un tonto el que cree en la fidelidad de la muger.

—¿Qué quereis decir?

—Nada, ya lo sabreis mas tarde.

La bruja salió, se cubrió con su manton y se dirijió á su casa.

Martin quedó pensativo, preocupado y diciendo á cada momento.

—Con esto de Doña Beatriz tiene razón la Sarmiento: «es un tonto el que cree en la fidelidad de las mugeres:» tiene razon. ¿Pero á qué me lo diria á mí? ¿Acaso María?......... ¡Jesus, qué horor, ni pensarlo! Pero en fin, la bruja tiene razon.

IV.

En que se ve que la Sarmiento sabia lo que entre manos traia.

AL dia siguiente Don Pedro de Mejía recibió un recado de la Sarmiento, suplicándole que en esa noche no faltase á su casa á las oraciones; y en efecto, al cerrar la noche Mejía llegó á la casa de la bruja.

—Habéisme enviado á llamar—dijo Mejía.

—Sí—contestó la bruja—porque para cumplir con lo que su señoría me ha encargado, fuerza será que su señoría me ayude.

—¿Qué es lo que quereis de mí?

—Sencilla cosa: que esta noche á las once esteis aquí y me consulteis el modo de deshaceros de Don Fernando, bajo el supuesto de que Doña Beatriz os ha correspondido vuestro amor.

—Pero eso no es cierto.

—Lo conozco, por desgracia vuestra; pero supuesto que tratais de robar á Doña Beatriz, y por consiguiente de deshaceros de los dos, no supongo que os pareis en tan poco, como en representar una comedia.

—Lo que puede producirme grandes compromisos.

—Si teneis fe en mí, dejadme hacer y nada temais.

—Quiere decir que debo consultaros el modo de deshacerme del Oidor, supuesto que Doña Beatriz no tiene mas impedimento para ser mia que su compromiso con Don Fernando.

—Exactamente; pero sin dar á entender que hemos hablado nada de este negocio.

—Ya se deja entender.

—Entonces retiraos, y venid á las once.

Mejía se alejó, y la vieja se quedó en espera de Martin, á quien habia citado para aquella noche.

A las diez se presentó el Bachiller.

—Creí que no veniaís—dijo la vieja.

—¿Falto yo acaso á mi palabra nunca?—contestó Garatuza.

—¿Me habeis traido lo que os encargué?

—Sí, precisamente es una sortija que Don Fernando recibió de Doña Beatriz.

—¿Él os la dió?

—No, yo logré estraerla sin que él lo conociera, al fin pronto volveré á ponerla en su lugar.

—Dadme acá.

—Tomádla, y no vayais á perderla.

La Sarmiento tomó la sortija y la guardó en su seno.

—Ahora—dijo—lo primero que me queda que hacer, es probaros que Doña Beatriz ama á otro, que engaña al Oidor, y que este es ya un obstáculo, una carga para ella y para su nuevo amante; que tratan de deshacerse de él como de Don Manuel de la Sosa, ¿os acordais? bien, venid y poneos en asecho como lo habeis hecho otra vez, pero cuidad de no ir á cometer alguna imprudencia.

—No.

La Sarmiento bajó con Martin al subterráneo, y le colocó en donde mismo le habia ocultado para escuchar la consulta de Luisa.

A las once en punto Don Pedro de Mejía embozado en una ancha capa negra, llamaba á la puerta de la casa de la Sarmiento.

Condújole la bruja al subterráneo y lo hizo sentar en un sillon de manera que nada perdiese Martin de la conversacion que iba á tener lugar allí.

—¿Con qué podria su señoría—dijo la Sarmiento—decirme á qué debo tan alto honor?

—Trátase—contestó Don Pedro—de que me deis algo para deshacerme de un hombre.

—¿Enemigo de usía?

—Así es en efecto, pero mas que enemigo, es un estorbo para mi felicidad.

—Puede hablar usía con confianza y con franqueza, pues en estos casos es necesaria.

—Bien, os diré toda con sus nombres y señales.

Podian oirse en estos momentos los latidos del corazon de Martin.

—Es el caso—dijo Don Pedro—que amo y soy correspondido de una hermosa y principal señora que se llama Doña Beatriz de Rivera.

—¿Qué no es libre?—preguntó hipócritamente la bruja.

—Sí, y no, porque no es casada, pero tiene contraido compromiso de dar su mano á un hombre á quien no ama, y es el Oidor Don Fernando de Quesada, el cual ha llegado al estremo de llevar depositada á mi señora Doña Beatriz á la casa de la vireina.

—Pues si no ama al hombre á quien prometió su mano, ¿por qué se la prometió?

—¿Es preciso decíroslo?

—Sí.

—Entonces os diré que se la prometió.......... por..........—Mejía no encontraba qué decir, porque no venia preparado para esta respuesta, pero de repente se sintió como iluminado y agregó—se la prometió por hacerle su aliado en cierto negocio de la fundacion de un convento, en que Doña Beatriz tenia un capricho de esos que solo las mugeres suelen tener.

—¿Pero ella no le ama ya?

—Bah, nunca le ha amado.

—¿Y á usía?

—Como á su vida.

—¿Y quereis ambos.........?

—Apartar el obstáculo á cualquier precio.

—¿Estais decididos?

—A todo.

—Bien, tome usía estos polvos, compre á un criado de la casa de Don Fernando que los haga tomar á su amo, y estareis libre de él.

—¿De veras?—dijo con alegría Don Pedro, que se habia poseido de su papel hasta olvidar que todo era una comedia preparada por la bruja.

—Como estar aquí usía.

Mejía recibió los polvos de la bruja, y salió del subterráneo alumbrado por ella.

Al llegar á la puerta de la calle la Sarmiento, dijo á Don Pedro.

—Tirad esos, y no hagais uso de ellos.

—Es decir.........

—Es decir que me habeis prometido dejarme obrar.........

—Pero.........

—Tened un poco de paciencia, tirad los polvos y guardad el mas profundo silencio, de cuanto aquí ha pasado.

—Bien, ¿pero hasta cuándo?

—Cuatro dias os puse de plazo, y vá uno.

La Sarmiento cerró la puerta, y volvió á buscar al Bachiller.

Martin estaba horriblemente pálido.

—¿Qué direis ahora? preguntó sonriéndose la bruja.

—Digo que sois una muger infame.

—¿Porque os he descubierto este secreto?

—No, sino porque habeis dado un veneno para Don Fernando, que es mi amigo.

—Si es ese vuestro cuidado, podeis estar tranquilo, que soy mejor amiga vuestra que lo que parece: los polvos que le he dado á Don Pedro no harán mas daño al amigo vuestro, si á tomarlos llega, que á vos que no los probareis: son polvos de pan.

—¿Es verdad eso?

—Ya lo vereis, y supongo que ya tendreis completa seguridad en cuanto os diga, con lo que habeis oido y presenciado en esta noche.

—¡No me hableis de eso!

—Por el contrario, de ello tengo que hablaros: ¿qué pensais de Doña Beatriz?

—Pienso que todo eso es increible.

—¿Persistís aún en vuestra duda?

—No; pero os aseguro que hay para volverse loco un hombre: ella que me hablaba de él con tanta pasion.........

—Porque sabia que vos íbais á referírselo á él.

—Pero ella lo salvó de la muerte una noche.........

—Es verdad; pero debe haber sido por no perder el aliado en el negocio de la fundacion del convento: ¿á que no le salva hoy?

—Quizá sean calumnias de Don Pedro.

—Y ¿á qué venia habérmelas dicho á mí, cuando se creia solo conmigo, y podia simple y sencillamente haberme pedido un tósigo para libertarse de un enemigo?

—Teneis razon—dijo Martin pensativo—¿quién lo creyera de Doña Beatriz?

—¿Quién? cualquiera que no tuviera como vos, ideas tan absurdas respecto de las mugeres.

—¿Realmente creeis que no debe fiarse de ninguna muger?—preguntó Martin.

—Si he de contestar la verdad, de ninguna.

—¿Ni de María?—dijo apasionadamente el Bachiller.

La Sarmiento en vez de contestar lanzó una burlona carcajada.

—¿Qué quereis decir con eso?—esclamó Martin con furor, tomando con violencia una de las manos de la bruja.

—Vamos—dijo con enfado la bruja—veo que abusais de mi amistad. Bastante hago por vos, cuidad vos un poco mas de María, si quereis que no se rian de vos, y dejadme.

—Pero.........

—Harto os he dicho, dejadme.

Martin hizo ademan de salirse.

—Oidme, Bachiller—dijo la Sarmiento—no digais al Oidor nada de Don Pedro de Mejía, porque seria precipitar las cosas: yo os pondré al tanto de todo lo que ocurra, para aprovechar una ocasion.

—Muy bien: ¿y cuándo vuelvo?

—Mañana á la oracion.

—¿Nada puedo decir al Oidor?

—Si quereis, indicadle que Doña Beatriz le engaña, para que él procure averiguar; pero ni le hableis de Don Pedro, ni le digais de donde hubísteis la noticia: una imprudencia puede costaros á vos y á ellos muy caro.

—Decís bien, hasta mañana.

—Felices noches.

Y Martin se retiró pensativo por lo que habia oido decir á Don Pedro, y con el veneno de los zelos en el corazon, por lo que le habia dado á entender la Sarmiento.

Martin estaba apasionado, era susceptible; creia haber encontrado una joya en María, y la menor sospecha le volvia feroz; era capaz de haber matado en aquel momento á cualquier hombre que le hubieran indicado como rival suyo, y á medida que se alejaba mas de la casa de la Sarmiento, oía mas clara la burlona carcajada de la bruja, y el furor hervia en su pecho.

Cuando llegó á la casa de la calle del Factor, María le esperaba risueña; pero Martin estaba sombrío, y la pobre criatura se puso triste.