GOBERNABA á la sazon y en los dias en que pasan los acontecimientos que vamos refiriendo, el Escmo. Sr. Don Diego Fernandez de Córdoba, Marqués de Guadalcazar, VIII virey de Nueva España que tomó posesion del gobierno en 18 de Octubre de 1612, que fundó la ciudad de Lerma, dándole ese nombre en honor del duque de Lerma, privado de Felipe III. La Villa de Córdoba con el apellido de su familia, y que dió su título al Mineral de Guadalcazar, en la entonces provincia de San Luis Potosí.
El marqués de Guadalcazar llegó á México, trayendo consigo á su esposa Doña María de Riederes y á sus hijas, dos de las cuales eran ya unas hermosas damas.
Desde la llegada á México de la vireina, tuvo empeño particular, como hemos visto, en llevarse á palacio á Doña Beatriz y hacerla su dama; pero tantas atenciones le dispensaba la familia del Marqués, y tanto cariño la tenia, que á pesar de ser ya considerada como dama de Doña María de Riederes, no llegó á vivir en el palacio, hasta que por motivo del disenso de Don Alonso de Rivera al matrimonio de su hermana, fué esta á quedar depositada en palacio, en las habitaciones de la vireina.
Doña Beatriz tenia allí una habitacion independiente, y vivia como en su propia casa, pudiendo recibir á sus visitas con entera libertad, y sin embargo, se pasaba los dias al lado de las hijas de la vireina.
Preparábanse en palacio con grande alboroto las damas, porque se esperaba una suntuosa solemnidad el dia en que las fundadoras entrasen al nuevo convento de Santa Teresa.
La obra iba muy adelantada; de un dia á otro debia llegar el Breve de su Santidad, único requisito que faltaba, y las monjas fundadoras que debian ser Sor Inés y Sor Encarnacion, á quienes ya conocen nuestros lectores, habian convidado por sus madrinas á las dos hijas de la vireina.
No se hablaba mas que de esto en palacio, ni se ocupaban de otra cosa allí las gentes, á pesar de que el gobernador de Durango, Don Gaspar Alvear, habia escrito al virey dándole noticias de que comenzaba un alzamiento de los indios tepehuanes: porque en todas las córtes se olvida y desprecia el peligro y la desgracia, con tal que estén lejanos, sin pensar mas que en los goces que están cerca.
Doña Beatriz y las hijas del virey hablaban de la festividad en uno de los salones de palacio, cuando una camarera entró á dar parte á Doña Beatriz que una muger anciana y enlutada deseaba hablar con ella un momento.
Beatriz creyó que seria algun recado del Oidor, y pidiendo permiso á Doña María, llegó hasta donde la esperaba la enlutada, á quien no pudo conocer.
La muger se levantó al ver á Doña Beatriz.
—En qué puedo serviros—le dijo ésta, tomando un asiento á su lado.
—Señora, vengo para hablar con vos de un asunto, que temo va á desagradaros.
—¿A desagradarme?—dijo inquieta Doña Beatriz.
—Sí, por desgracia.
—Hablad, pues.
—¿Estamos enteramente solas?
—Enteramente.
—Pues entonces dignaos escucharme. Segun he sabido por algunos de mis deudos de casaros tratais con Don Fernando de Quesada, Oidor de la Real Audiencia.
—Es verdad, pero no alcanzo á qué pueda conducir.........
—Perdonadme que no os lo diga por mera impertinencia, sino por ser eso lo principal que á mi negocio concierne. Habeis de saber, señora, como yo soy viuda de Don Bernal de Soto Mayor y Trueba, y soy para serviros, Doña Catarina de Pizarro de Soto Mayor y Trueba, una vuestra servidora.
La vieja hizo una reverencia.
—Gracias—contestó Doña Beatriz inclinándose.
—Pues, como os decia: soy viuda de Don Bernal de Soto Mayor y Trueba, regidor perpetuo del cabildo de esta ciudad. A la muerte de mi difunto quedé con una niña, que es ya moza de diez y siete años y que se llama María, y tan rica en dones de perfecta hermosura, como desgraciada en su vida, por haberle negado la Providencia el uso de la palabra y del oido. Por mis negras desdichas, mi hija fué vista por el Oidor Don Fernando de Quesada que gustó de ella, y se encaprichó por hacerla suya, lo que ha conseguido, sin ser bastante á impedírselo ni mi llanto ni mis amenazas................
Un rayo que hubiera caido á los piés de Doña Beatriz, no hubiera hecho en ella mayor efecto.
—Y como se valió—continuó diciendo la vieja—para conseguir sus malos efectos del engaño de dar palabra de casamiento á mi María.........
—Basta, señora, no me digais mas; nada quiero saber.
—Es fuerza que lo sepais, porque tal vez mi hija, ó yo, no nos resignemos á ver casarse á Don Fernando, y pudiéramos poner algun impedimento, y quién sabe.........
Doña Beatriz no podia ya contenerse: los zelos, el despecho, su amor propio humillado, todo se conjuraba para trocar aquella paloma en una leona.
—Pero todo eso que me contais, ¿es cierto?—preguntó con un acento ronco y trémulo.
—Tanto lo es, que si vos podeis conseguirme que se abra esta noche vuestra habitacion, ó podeis salir en esta misma noche, vereis á mi pobre hija.
Doña Beatriz reflexionó.
—Saldré mejor: ¿á dónde debo ir?
—Esta noche á las doce, al tianguis de San Hipólito; yo tendré una persona de confianza allí para que os guíe: podeis llevar cuanto acompañamiento os plazca, si desconfiais.
—Esperadme en esta noche, y hacedme ya el favor de retiraos: necesito estar sola.
—Me voy, pero os suplico que nada digais al Oidor, por Dios; sobre todo, no le descubrais mi nombre ni que os vine á ver, seria capaz......... de no sé qué......... y yo le tengo miedo.
—Id sin cuidado.
La vieja que no era otra sino la Sarmiento, como habrán conocido nuestros lectores, salió, y Doña Beatriz se encerró á llorar y gritar á solas como una loca.
Martin anduvo en todo el dia pensativo, sobre si le diria ó no á Don Fernando cuanto habia descubierto por la bruja: algunas veces le parecia una mala accion dar al Oidor tan funesta noticia; otras creía de conciencia el hacerlo, atendiendo al riesgo que corria su vida; en fin, por la tarde se decidió y entró resueltamente á la casa de Don Fernando.
El Oidor sentado frente á una mesa, registraba con atencion un grueso in folium forrado en pergamino; y tan embebido estaba en su lectura, que no oyó los pasos del Bachiller hasta que no estaba ya muy cerca.
—Oh, amigo Don Martin—dijo cerrando el libro—tanto bueno por esta casa.
—Dispénseme usía si le he interrumpido y molestado.
—En manera alguna: tome asiento el señor Bachiller, que me alegrará su compañía.
Martin se sentó, y á pesar de la agudeza de su ingenio, no sabia por dónde comenzar: tosió varias veces, se compuso otras tantas el alza-cuello que nada tenia de mal puesto, y al fin se decidió á hablar, pero, como sucede en casos semejantes, comenzando, despues de pensar mucho, por una torpeza.
—Permítame usía que me tome tal libertad—dijo.—¿Está usía decidido á enlazarse con mi señora Doña Beatriz?
—Estraño tanto más esa pregunta de vuestra parte—contestó el Oidor—cuanto que vos, como ninguno, conoce los pormenores del asunto; y francamente no sé á qué viene todo esto.
—¡Adiós!—pensó Martin—me hundí, por querer hacerlo todo muy bien; pero, ¿qué remedio? adentro—y luego dijo en voz alta:
—Pues......... quiero decir......... si no temiera......... en fin.........
—Hablad; ¿qué teneis esta tarde? nunca os he visto así; hablad, os lo suplico.
—Pues bien y claro es, que yo no quisiera que usía se casara con Doña Beatriz porque he sabido cosas terribles.
—La solté—dijo entre sí Martin.
—¿Cosas terribles?—preguntó espantado el Oidor.—¿Y qué cosas? Decid, no me alarmeis, por Dios.
—Pues señor: que Doña Beatriz engaña á usía y ama á otro.
—¡Las pruebas! ¡las pruebas!—dijo el Oidor, arrojándose como un tigre sobre Martin.
—Señor, por Dios, mirad que yo no tengo mas que ver en ello, que el dar una noticia á su señoría.
—Pero esa noticia destroza la honra de una dama: decidme, ¿quién os lo ha dicho? ó de lo contrario, caro os podrá costar....
En este momento llamaron á la puerta.
—¿Quién va?—dijo con enfado Don Fernando.
—Esta carta para su señoría.
—Bien, vete.
El Oidor abrió la carta, era un anónimo que decia:
«Si el Oidor Don Fernando de Quesada aprecia en algo su honra, que esta noche á las doce vaya á palacio, y verá cómo se la guarda su futura esposa.»
Don Fernando se puso densamente pálido.
—Mirad, señor Bachiller, mirad—díjole mostrándole la carta.
El Bachiller la leyó.
—¿Y qué piensa hacer su señoría?
—Irémos á palacio á las doce, es preciso apurar el caliz.
Y se arrojó sobre un sillon, llorando como un niño.
A LAS doce de la noche Doña Beatriz llegaba á la casa de la Sarmiento, y á la misma hora Don Fernando se presentaba en palacio acompañado del Bachiller.
Se dirigió á las habitaciones de la vireina, y con poco trabajo supo por medio de las camareras que Doña Beatriz habia salido.
Nada mas quiso saber y volvió á su casa sombrío como una noche de tempestad. Martin no le quiso abandonar y permaneció á su lado procurando calmarle, hasta muy avanzada la mañana, en que el Oidor, fatigado, se durmió sentado en un sitial.
En ese intermedio habia pasado una escena semejante en la casa de la Sarmiento.
La bruja habia hecho ir á su casa, á esa hora en que sabia que Martin acompañaba al Oidor, á la muda María lujosamente vestida, y procuró dar á la casa todo el aspecto de una casa pobre; pero cristiana y decente.
Doña Beatriz seguida de Teodoro y de dos esclavos mas, llegó á la puerta, conducida por el Ahuizote, cómplice ciego en todas las maldades de la bruja.
—Señora—dijo levantándose la Sarmiento, al ver á Doña Beatriz—pasad á esta vuestra humilde casa, conoced á mi María.
Doña Beatriz al contemplar la belleza de María, sintió un agudo dolor en el corazon.
María se paró y tendió con un aire encantador, la mano á Doña Beatriz que lanzó un grito.
Habia reconocido en los dedos de la muda una sortija, que ella habia regalado al Oidor: esta era para ella la prueba mas terrible.
Nada mas quiso saber, nada mas quiso averiguar, todo le pareció entonces cierto, y despidiéndose violentamente, se volvió á palacio, pocos momentos despues que el Oidor habia salido de allí.
La Sarmiento recogió la sortija que tenia la muchacha y que era la misma que ella le habia pedido al Bachiller, y condujo en compañía del Ahuizote á María á su casa del Factor, de la que solo la habia hecho salir para hacerla inocente cómplice de aquella infernal trama.
A la mañana siguiente la primera persona que llegó á la casa de la Sarmiento, fué el Bachiller: acababa de dejar al Oidor.
—Buenos dias, señora.
—Dios os guarde, señor Bachiller, ¿tan temprano por acá?
—Vengo por la sortija que os dí anoche.
—Cómo, ¿no quereis que se haga el conjuro?
—Mirad, en primer lugar, que solo por no daros un disgusto, iba yo á presenciar el tal conjuro, que saldria tan cierto como lo que me dijísteis, que Doña Beatriz correspondia el amor de Don Fernando.
—Y le correspondia.
—Pero le engañaba.
—Bien, por eso os agregué que nunca poseeria él á la muger que amaba.
—Para todo teneis una salida; dadme el anillo, que ahora ya todo se descubrió: es fácil que el Oidor rompa su promesa y busque el anillo.
—Tomad la sortija y decidme, ¿por qué creeis que romperá la promesa?
—Ay, es nada, porque Doña Beatriz le es infiel, y mientras él piensa en ella, la dama sale á media noche á la calle.
—Vaya, pues son escrúpulos, porque conozco yo otros á quienes pasa lo mismo, y creo que no lo malician—dijo sonriéndose la bruja.
Los zelos volvieron á encenderse en el corazon de Martin, mas terribles con lo que habia presenciado.
—Supongo que eso no lo direis por mí, que un ángel es María.
La bruja volvió á soltar la carcajada que tanto habia irritado á Martin la noche anterior, y él por no poderse contener salió sin despedida de la casa de la Sarmiento.
—Ahora sí, ya está en sazon la cosa—dijo—bueno será avisar á Don Pedro de Mejía, despertaré al Ahuizote que duerme y le encargaré su papel.
—Hombre—dijo entrando á la cocina, en donde el Ahuizote roncaba sobre un mal jergon—levántate, que tengo que hablarte.
—¿Qué me quereis?—dijo el Ahuizote levantándose.
—Oyeme bien, ¿qué dieras tú por saber á dónde esta María y quién se la robó?
—Cuanto tengo—dijo el Ahuizote.
—¿Y por vengarte de él?
—Mi vida.
—Bueno, yo te voy á dar el medio de vengarte sin esponer uno solo de tus cabellos, y además, serás el poseedor de María, ¿te conviene?
—Mandadme.
—Solo que es necesario que hagas ni mas ni menos cuanto te voy á decir, ¿lo entiendes? sin apartarte de todo ello un solo punto.
—Lo haré.
—Bien, acompáñame á la casa de Don Pedro de Mejía, y te diré en el camino.
Aquella tarde el Ahuizote encontró á Martin en la calle.
—Garatuza—le dijo—¿á dónde vas?
—A la casa de Don Fernando.
—Siempre tú con esos gachupines que te han de pagar mal; ven, echaremos un trago de pulque y hablaremos, que tengo mucho que contarte.
—No es posible, el Oidor tiene una afliccion y necesito acompañarle.
—¿Y el dia que tú la tengas te acompañará él?
—Calculo que sí.
—No lo pienses: vamos, vente conmigo que te importa.
—Imposible—dijo Martin separándose.
—Bien, Garatuza, vete; si se rien de tí las gentes, recuerda que yo he tratado de impedirlo.
—¿Cómo? ¿qué quieres decir?—dijo volviendo precipitadamente Martin y recordando las indirectas de la bruja.
—Si no quieres saberlo, si te empeñas en ignorarlo.
—No me empeño, pero no creia que era cosa grave.
—Lo es.
—Dímela.
—Pues vamos andando, ante todo quiero que me confieses que me hiciste una mala accion.
—¿Cuál?
—Sabias que estaba yo enamorado de María y te la llevaste.
—Hombre, yo ignoraba..........
—No mientas, al fin ya pasó y te la perdono, si tú me hubieras hablado con franqueza, te habria dicho que hacias mal en llevártela, porque la conocia yo mejor que tú; pero ya lo hiciste y ahora adelante con la cruz.
—Entonces cree lo que quieras.
—Yo no soy rencoroso, y te lo voy á probar, pero prométeme que no harás escándalo, y me oirás con paciencia y seguirás mis consejos.
—Si me parecen buenos............ pero dime, ¿de qué se trata?
—Pues bien, se trata de que no seas niño, de que no te dejes engañar.
—¿Engañar, de quién?
—De María.
—¡De María!—esclamó pálido Martin.
—De María: óyeme, yo he tenido amores con esa muchacha, y que diga la Sarmiento lo que quiera, me correspondió, me dejó por tí, bueno, le pareciste mas jóven, mas galante, mas rico, no importa, pero otro le puede á su tiempo parecer mejor que tú.
El Bachiller se habia detenido y escuchaba con la cabeza inclinada, al Ahuizote que continuaba diciendo.
—Te voy á confesar, como zeloso yo, y despues de haber averiguado en dónde tenias á la muchacha, vine á rondar una noche por tu casa, seguro de que tú no estabas porque te habia yo dejado en el Arzobispado, me detuve frente á la puerta de la casa, la noche estaba oscura, y observé que un hombre llegaba, llamaba, y entraba; aquel hombre no eras tú, quise cerciorarme y permanecí así en atalaya, hasta que pasado algun tiempo el hombre volvió á salir: casi estaba seguro de que tú no eras, pero quise estar aun mas, le seguí, y al pasar por delante del farol del Cristo que hay en las casas de Don Leonel de Cervantes, me cercioré de que verdaderamente no eras tú; volví algunas noches, y observé que cuando tú no ibas él entraba siempre á casa de María.
La rabia se apoderó del corazon de Garatuza, pero no estalló, su furor reconcentrado era aun mas espantoso.
—¿Y dices?—preguntó con una voz cavernosa—¿qué aún va ese hombre á la casa de María?
—Y tan seguro estoy, que si quieres avisa á María que esta noche no vas, y nos ponemos á vigilar la casa y lo veras con tus propios ojos.
—¿Me acompañarás?
—Te acompañaré.
—Vamos á avisar á María que no voy á verla en esta noche.
—Vamos, y ya no nos separaremos.
La Sarmiento no descansaba, y ya hemos visto las lecciones que dió al Ahuizote y lo bien que él desempeñaba su papel.
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Fuese luego á visitar á la muda y le dió á entender, que un amigo de Martin, que tenia un negocio con él, vendria á las once á esperarle para hablarle en secreto, y ordenó á la criada que cuidaba la casa, que un caballero llamaria á las once con cuatro golpes, que no tardase en abrirle.
Don Fernando de Quesada que no habia tenido ánimo para salir en todo el dia de su casa, recibió en la tarde otro anónimo con la misma forma de letra que el anterior, y que decia:
«El oculto amigo de Don Fernando de Quesada le avisa que si quiere mejores datos sobre la infidelidad de Doña Beatriz, ocurra, (si no tiene miedo) esta noche, á las once en punto, á una casa baja en la calle del Factor, y que tiene por señas una puerta alta y angosta con dos ventanas de cada lado. Cuatro golpes en la puerta para llamar, no hay por qué desconfiar.»
El Oidor leyó y reeleyó esta carta mil veces; estaba concebida con tan infernal astucia, que hasta el amor propio del Oidor se ponia en juego con aquella frase subrayada, «si no tiene miedo.»
—¿Deberia ir? Cualquiera desengaño era preferible á la situacion en que se encontraba, era preciso, era indispensable salir de aquella angustia.
—Iré, iré—dijo resueltamente—aun cuando me costara la vida, aun cuando no fuera sino para presenciar mi desgracia, y humillar á la ingrata.
A las once el Oidor salió de su casa embozado en una gran capa, y se dirigió á la calle del Factor.
La noche estaba oscura y pavorosa, pero el alma de aquel hombre estaba mas negra; con facilidad encontró la casa que buscaba y dió cuatro golpes en el zaguan, que se abrió inmediatamente.
—¿Lo ves?—dijo el Ahuizote á Martin desde la acera de enfrente, en donde se habian puesto en acecho.
—¡Infame!—contestó Martin, queriendo lanzarse á su casa.
—Calma—dijo el Ahuizote—tiempo hay para todo; espera que salga, ahora alborotarias la vecindad, no te abririan y él podria huir sin que tú lo conocieras siquiera.
Martin se contuvo y se puso á observar: su respiracion era agitada, su corazon latia de una manera espantosa, y sus oidos zumbaban, y enmedio del vértigo que se habia apoderado de él, le parecia oír de cuando en cuando la burlona carcajada de la Sarmiento, que en aquellos momentos comprendia cuanto tenia de cruel y de sangrienta.
Así pasó una hora mortal para Martin.
El Oidor habia entrado y encontrádose con María, á la que nada pudo entender, y á la que no pudo tampoco hacer comprender el objeto de su visita.
Don Fernando esperó una hora, al cabo de la cual creyendo que la persona que le debia dar la luz que buscaba no vendria, pensó en retirarse y esperar nuevo aviso, y se despidió silenciosamente de María.
La puerta de la calle se abrió destacándose en su claro la figura del Oidor.
Martin desnudó su daga y oyó en este momento muy cerca la burlona carcajada de la bruja.
Esta vez el Ahuizote no le detuvo.
Martin vió cruzar ante sus ojos una nube de sangre, y se lanzó sobre el Oidor, y antes que éste hubiera tenido tiempo siquiera de bajarse el embozo, la daga del Bachiller habia atravesado su corazon.
Don Fernando lanzó un gemido y cayó muerto; la criada cerró espantada la puerta, y el Bachiller sombrío se quedó de pié al lado del cadáver.
—Vámonos—dijo el Ahuizote—tomándole de un brazo; vámonos, ponte en salvo; has matado á un hombre y no sabemos ni quién será.
Y esa muger—dijo con ronco acento Martin—¿se queda sin castigo?
—Mas tarde será: por ahora salvémonos.
Y casi arrastrando se llevó á Martin y se perdieron entre las sombras. La mañana siguiente Doña Beatriz estraordinariamente pálida, conversaba con Doña María la vireina y con sus hijas.
—Pálida estais—decia la vireina—¿qué teneis?
—Puedo asegurar á V. E. que yo misma no lo sé, he pasado tan mala noche.
En este momento se oyeron las campanas de algunas iglesias que tocaban á muerto.
—Tocan á muerto—dijo devotamente la vireina.—¿Quién será? Pobre: Requiem æternam dona eis, Domine.
—Et lux perpetua luceat eis—contestaron las señoras.
Una camarera entró y la vireina le dirijió la palabra.
—¿Por quién doblan?
—Señora, contestó la camarera—un caballero acaba de dar la noticia de que es, porque en la calle del Factor, en la casa en que vivia una muchacha muda se ha encontrado hoy atravesado de una puñalada el cadáver del Oidor Don Fernando de Quesada.
—¡Jesus me favorezca!—esclamó Doña Beatriz, desplomándose en un sillon desmayada.
—¡Imprudente!—dijo á la camarera la vireina, apresurándose á socorrer á Doña Beatriz.
SE practicaron activísimas diligencias para averiguar el autor de la muerte de Don Fernando, y nada pudo sacarse en limpio: la pobre María y la criada fueron puestas en estrecha prision, pero tampoco pudo obtenerse de ellas una confesion que diese alguna luz en el proceso.
Entre tanto las obras del convento de Santa Teresa seguian con increible presteza, y todo estaba ya preparado cuando llegó el Breve de Su Santidad para la fundacion del convento, incorporándole en la Orden de Carmelitas descalzas de la nueva reforma, concediéndole todas las gracias y privilegios que á los conventos de España, y nombrando por fundadoras á Sor Inés de la Cruz y á Sor María de la Encarnacion.
Se determinó la traslacion de las fundadoras á su convento para el 1º de Marzo, y se comenzaron á hacer espléndidos preparativos.
Doña Beatriz, en silencio y triste, continuaba tambien preparando sus galas para acompañar á la vireina, como su dama, en el dia de la ceremonia.
Llegó el dia último de Febrero del año de 1616.
El templo de Jesus María estaba profusamente iluminado, los altares cubiertos de plata, y en ricos sillones recamados de oro, y en bancas cubiertas de terciopelo carmesí, con flecos y borlas de oro, se sentaba una escogida y noble concurrencia.
El Virey, el Arzobispo, el Obispo de Michoacan, que estaba en México, la real Audiencia y los tribunales, el Cabildo eclesiástico, y el de la ciudad, y un sin número de damas y caballeros de las primeras y mas ricas familias de la ciudad.
Se iba á verificar la ceremonia del cambio de hábito de las dos monjas fundadoras.
El Arzobispo y el Virey ocupaban los dos asientos inmediatos á los dos lados de la reja del coro bajo.
Se hizo la bendicion de los nuevos hábitos, y despues entonó el Arzobispo las vísperas, que se cantaron con toda solemnidad.
Las dos fundadoras se presentaron entonces en la reja acompañadas de las hijas de la vireina, que habian entrado á servirlas de madrinas y se arrodillaron. Se leyó el Breve de Su Santidad, y el Arzobispo, despues de una corta y elegante plática, recibió de ellas los nuevos votos de la religion de Santa Teresa; y entonces las madrinas, desnudándolas de los antiguos hábitos, las vistieron los nuevos que en dos fuentes de plata tenian Fr. Nicolás de San Alberto, y Fr. Rodrigo de San Bernardo, carmelitas descalzos del convento de México.
Durante toda la ceremonia Doña Beatriz lloraba sin levantar la cabeza, y Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera la observaban desde lejos.
Terminada la ceremonia que hemos procurado pintar con la misma sencillez que refieren los antiguos escritores, (por no faltar á la verdad histórica) comenzaron á salir del templo y á dispersarse por todas partes los fieles que habian asistido á la solemnidad.
Doña Beatriz subió en uno de los carruajes de palacio, y Don Pedro y Don Alonso en una rica estufa, que les llevó á la casa de la calle de la Celada.
—Profundamente triste está Dª Beatriz—dijo Don Pedro.
—Es natural, que el golpe que ha recibido no es para menos, pero descuidad, que el tiempo la consolará y de pensar tiene en otro hombre á quien dar su mano: que no vive bien en la sociedad una dama sin la sombra de un marido.
—¿Y creeis que alguna vez pudiera llegar á aceptarme por esposo?
—No lo dificulto, removido el obstáculo del Oidor que tanto perjuicio nos ha causado, y que gracias á vos no ha podido ver su triunfo.
—Gracias á mí, no, Don Alonso, sino gracias á la Sarmiento, que se ha manejado de manera tal, que no tenemos aun en nuestra conciencia el peso de la muerte de Don Fernando.
—¡Bendito sea Dios! ¿Y no sabreis decirme, que se ha hecho del tunante Bachiller, Martin de Villavicencio?
—En verdad que no me será fácil daros una razon exacta: que desapareció de México la misma noche de la muerte del Oidor, y nadie de él mas ha vuelto á saber.
—Es una desaparicion milagrosa, y á propósito de desapariciones: ¿y aquella vuestra famosa viuda?
—¿Cuál?
—Luisa, la muger que fué de Don Manuel de la Sosa.
—Con gran cuidado me tiene su pérdida, y el no haber sabido mas de ella.
—¿Tanto así la amábais?
—No es precisamente por amor por lo que me preocupa, sino por otra cosa que ocultaros no debo, tanto porque entre nosotros no debe ya de haber secretos, cuanto porque en esto necesito de vuestra ayuda y consejo.
—¿Qué es, pues?
—Mirad: yo tenia, como sabeis, amorosas relaciones con Luisa desde hacia ya muchos meses, cuando su marido murió: entónces me exijió Luisa para continuar en ellas, que le firmase formal promesa de matrimonio.
—A lo que vos por supuesto os negasteis.
—Por el pronto negueme; pero la violencia del deseo de saber un secreto importante, que á precio de aquella firma me ofreció Luisa, me obligó á condescender, y dí por escrito la promesa.
—Malo estuvo ese paso; ¿pero el secreto valia lo que el sacrificio?
—Sí, que era nada menos que la noticia de los amores de Doña Blanca mi hermana con Don Cesar de Villaclara, que iban á decirme la mitad de mi caudal.
—Afortunadamente para vos, á resultas de la herida que me infirió Don Cesar, el virey lo ha desterrado á Filipinas por ocho años.
—Y yo he puesto en clausura tal á Doña Blanca, dentro de mi casa, que á no ser para el convento ó para el Campo Santo, no saldrá nunca.
—Pero volvamos á Luisa: ¿qué hicísteis luego?
—Al otro dia volví á buscarla, pero ya no estaba en su casa: todos los criados habian sido despedidos y las habitaciones estaban cerradas, y una familia que cuidaba de ellas no tenia conocimiento de lo que habia pasado con Luisa, porque ese mismo dia la habian llamado para que se encargase de la casa.
—Entonces podéis estar tranquilo.
—Os engañais, Don Alonso, porque no conoceis vos á esa muger; se ha ocultado sin duda para asegurar mas el golpe; la temo y por eso estoy preocupado.
—En ese caso, si os parece, busquémosla.
—Seria lo mas prudente.
—Pues desde mañana haremos comenzar las pesquisas.
El coche habia llegado á la casa de Don Alonso, y los dos se apearon, y subiendo pausadamente las escaleras, entraron á las habitaciones, tristes y sombrías, desde que faltaba de allí Doña Beatriz.
Amaneció el 1º de Marzo de 1616, y el mismo numeroso y lucido concurso que el dia anterior, invadió las naves del templo de Jesus María.
El Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna llamó á las fundadoras del nuevo convento, y para hacer su traslacion rompió sus antiguos votos de clausura en Jesus María.
Era un espectáculo curioso y tierno, ver la salida de aquellas dos religiosas, que habian vivido tantos años bajo el techo de aquel santo asilo y al lado de sus hermanas, dejar todo eso para siempre, y arrojarse á la nueva empresa con toda la fé de los apóstoles.
Todos los ojos brillaban con el llanto y todos los corazones latian de emocion.
Sor Inés de la Cruz y Sor Encarnacion, vestidas ya con el modesto sayal de las carmelitas, fueron rodeadas por aquella deslumbradora concurrencia, y salieron á montar en las carrozas con sus madrinas, las hijas de la vireina, como arrebatadas en una nube de oro y de seda, de tisú y de plumas, de joyas y de flores.
Era la humildad y la pobreza, llegando al cielo entre un coro de arcángeles.
Sor Inés rezaba, y sin embargo al pasar por frente á Doña Beatriz se detuvo.
—Doña Beatriz—dijo con su acento inspirado—vos habeis sido el medio que su Divina Majestad eligió para llevar adelante sus misteriosos fines; pero Dios ha querido heriros con la tribulacion y el dolor, para que encontreis el consuelo en donde mismo lo habeis sembrado vos: el Señor os ha visitado.
Doña Beatriz se inclinó y lloró.
La comitiva siguió adelante, y todos subieron en las carrozas, que siguiendo la del palacio, llegaron á la iglesia Catedral.
No era entonces la Catedral la misma que hoy es: aquella, comenzada á formar en tiempo de Hernan Cortés, no contentó con toda su magnificencia el alma grande del sombrío Felipe II, y queriendo para la primera ciudad de Nueva España un templo digno de la opulencia de la colonia y del poder de la metrópoli, despachó cédula á la real Audiencia y al virey Don Luis de Velasco I, para que se construyese la Catedral que hoy existe.
Entonces, es decir, en los dias á que se refiere nuestra historia, las sagradas ceremonias tenian lugar en el antiguo templo que estaba cerca del moderno, y que fué derribado para que su recinto sirviera de atrio.
Las fundadoras del convento de Santa Teresa llegaron á la Catedral, conducidas por una inmensa muchedumbre, y allí el Arzobispo vestido de pontifical, celebró el sacrificio de la misa.
Tratóse luego de la advocacion que debia darse al nuevo convento, y en una soberbia urna de plata ricamente cincelada, se depositaron cédulas con los nombres que debian entrar en este sorteo de devocion.
Un niño bello y rubio como un ángel, llevado de la mano por el Arzobispo, sacó una de las cédulas—«Señor San José»—dijo el prelado leyéndola, y volvió á introducirla adentro.
Dos capellanes de coro movieron violentamente el ánfora, y por dos veces se repitió la operacion y por dos veces resultó Señor San José.
Decididamente la suerte se habia puesto de acuerdo con el esposo de María, ó la suerte en ese dia trabajaba de órden suprema.
Entonces las fundadoras acompañadas de toda la concurrencia, y cubiertas con sus grandes velos negros, se dirigieron en solemne procesion á su nuevo convento, cuya iglesia estaba en la misma manzana que hoy, pero en la esquina que mira para la calle del Hospicio de San Nicolás.
La vireina, sus hijas y Doña Beatriz, entraron á los claustros con las fundadoras, y allí el Arzobispo mandó á Sor Inés y á Sor Encarnacion que levantaran sus velos para dar gracias á la vireina y su familia por haberlas acompañado.
La vireina se despidió, y se preparaba ya á salir, cuando repentinamente Doña Beatriz se arrojó llorando á sus piés.
—¿Qué es esto Doña Beatriz?—preguntó Doña María de Riederes—¿qué repentino mal os acomete?
—Señora, no me alzaré de aquí hasta no conseguir el permiso y la proteccion de V. E. para tomar el hábito de novicia en este convento.
—Bien, Doña Beatriz, pero eso no es cosa de resolverse de repente, pensad, meditadlo, no os precipiteis.
—No señora, por Dios y por sus santos, por la vida de su Excelencia el señor virey, no me negueis esta gracia en que vais á darme mas que la vida, la salvacion de mi alma y la calma de mis últimos años.
—Pero Doña Beatriz, reflexionad.
—Nada puedo reflexionar ya que no haya pensado desde antes—decia Beatriz abrazando las rodillas de Doña María y besando sus manos—no, no me arranqueis ya, señora, de esta santa morada, á la que Dios me destina y á la que hace tiempo me siento llamada.
—Doña Beatriz—dijo solemnemente la vireina—considerad que el dolor de la muerte de Don Fernando os ciega hasta haceros confundir la vocacion con la desesperacion.
—Señora, si no encuentro amparo ni consuelo sino en el claustro y con Dios, ¿por qué me lo quereis cerrar, señora, sin tener compasion de mí?
—Dentro de pocos años el tiempo habrá curado el dolor, y quizá os arrepentireis de vuestra imprudente profesion.
—Dentro de pocos años el sepulcro se habrá cerrado sobre mí, y partir quiero de la vida muriendo esposa de Cristo.
—Señora, dijo el Arzobispo terciando en el diálogo—permítame Vuesencia que le diga, que seria ya cargo de conciencia impedir mas á esta dama que se consagre á Dios.
—Sea como querais.
Doña Beatriz, radiante de gozo besó las manos de la vireina y del Arzobispo, y se arrojó llorando en los brazos de las hijas del virey.
Como si ya todo estuviera preparado, trajeron en el momento un hábito de novicia que el Arzobispo vistió á Doña Beatriz.
Sor Inés de la Cruz estaba encantada con la milagrosa vocacion de la primera novicia de su convento.
El virey y su familia salieron tristemente del templo, y en la ciudad corrió inmediatamente la nueva de que habia tomado el velo como la primera novicia del convento de Santa Teresa, la hermosa dama Doña Beatriz de Rivera, bajo la advocacion de Sor Beatriz de Santiago.
DON Cárlos de Arellano habia llevádose á Luisa á su casa de Xochimilco, que se conocia allí con el nombre de la Estrella.
Al salir ya de la capital Arellano quitó á Luisa el pañuelo que le impedia hablar, y las ligaduras de las manos y de los piés, pero durante el tiempo que habia durado aquel forzado silencio, Luisa había tenido tiempo de reflexionar maduramente su situacion.
Estaba á merced de Don Cárlos y por fuerza nada conseguiria; la palabra empeñada por Mejía para hacerla su esposa, le habia sido arrancada mas bien por compromiso, que admitida por un ofrecimiento espontáneo, y él quizá se alegraria de la desaparicion de una muger con quien le ligaba ese vínculo.
Por parte, pues, de Don Pedro, no podia tener esperanza tampoco de auxilio, era preciso usar de la astucia, fingirse mas que resignada, contenta con su nueva posesion, y ganar la confianza de Arellano para huir el dia menos esperado y escapar de su poder.
Con esta resolucion al sentirse libre, en vez de reconvenciones frases de cariño, y graciosas chanzas fueron las que dirigió á Don Cárlos, que quedó encantado de aquella amabilidad inesperada.
La casa de la Estrella era un hermoso edificio, pero enteramente aislado y rodeado de altísimas y fuertes paredes, y coronado de almenas y de baluartes pequeños.
Durante el primer siglo de la dominacion española en la Nueva España, los conquistadores temerosos siempre de una sublevacion, daban á todos sus edificios, principalmente á los que se fabricaban fuera de México, todo el carácter de una fortaleza coronada de almenas, y disponiendo sus ventanas mas bien de una manera á propósito para hacer fuego desde ellas que para iluminar el interior. De aquí, ese aspecto de castillos feudales que tienen la mayor parte de las antiguas iglesias.
Luisa comprendió que la libertad de que gozaba dentro de la casa de la Estrella, era no mas dentro de la casa, porque le hubiera sido imposible realmente salir de allí, pero no se desanimó.
Don Cárlos era cada dia mas sumiso, mas solícito y mas cariñoso, y sin embargo, no daba esperanzas de permitir la salida de Luisa, estaba realmente cautiva.
El jardinero de la casa era un indígena jóven, inteligente, robusto, que se llamaba Presentacion, él salia y entraba á la casa, se quedaba algunas noches fuera de ella, y los domingos generalmente no se aparecia para nada. Era sobre todo, el sirviente de confianza de Don Cárlos. Hacerse de aquel hombre hubiera sido la salvacion de Luisa, ¿pero cómo? apenas la hablaba, y en cuanto á comprar su fidelidad era casi imposible, porque Presentacion tenia todo lo que necesitaba y se distinguia entre todos los sirvientes por su lujo.
Un calzon corto de escudero ajustado á la rodilla, con dos mancuernillas de oro, sin calzas, pero con unos zapatos de grandes alas bordados de seda de colores, una camisa de lana finísima, y un ancho sombrero color de canela; este era el traje de Presentacion en los dias ordinarios, porque en los de gala tambien se ponia jubon y calzas, y cuanto mas usaban los ricos de los alrededores.
Luisa observó un dia que mientras ella cortaba unas flores, el jardinero la contemplaba arrobado, dejó entonces olvidada una rosa, y á poco él vino y la levantó con respeto y la besó.
—Bueno—pensó Luisa—este hombre me sacará de aquí, ya es mio.
Y como al descuido, dirijió á Presentacion una mirada que hizo ruborizarse hasta la punta de los cabellos al pobre muchacho.
En todo aquel dia Presentacion no hizo nada bueno; se puso á regar y se quedó tan pensativo, que el agua inundó los sembrados, porque no se acordó de cortarla, y equivocó todo lo que tenia que hacer, y por fin en la tarde se salió de la casa sin concluir su tarea diaria.
En un pequeño jacal vivia un viejo que parecia pertenecer á la raza española pura, pero estaba tan miserable y tan abyecto, que nadie trataba con él: era cojo, no porque le faltara ninguna de las dos piernas, sino porque las tenia torcidas y débiles; las gentes del país le llamaban El Ñor Chema, y se decia por allí que el Ñor Chema era nahual.
Los nahuales son los compañeros de las brujas que saben hechizar, que se convierten por las noches en perros, en guajolotes, en lobos, &c., que como las brujas, atraviesan por los campos volando en las noches oscuras convertidos en globos de fuego, y dejando escuchar ruidosas y alegres carcajadas, y que luego se introducen á las casas y chupan la sangre de los niños.
Estos son los nahuales y las brujas en las leyendas y en las tradiciones del campo, que no han llegado á desaparecer completamente á pesar de los adelantos de la civilizacion.
El Ñor Chema estaba declarado nahual, y en esto no habia remedio, que una declaracion así era bastante para que la cosa se tuviera en aquellos tiempos como artículo de fé.
Rasgos maravillosos se contaban de él; quien, le habia visto entrar al cementerio en figura de un gato (reconociéndole sin duda por su buena educacion), quien atravesar una noche en los aires por encima del tejado de la casa, llevando entre sus brazos á un niño que lloraba, y quien le habia oido esclamar, como se contaba entonces que decian las brujas:—«Sin Dios y sin Santa María»—y convertido en el instante en un globo de fuego rojo, escapar por la ventana, riéndose sin duda de su misma habilidad.
Lo cierto es que aquel hombre no tenia relaciones en el pueblo, todos le miraban con terror, los chicos huian de él, y por las noches nadie pasaba á cien varas siquiera de su casa sin hacer la señal de la cruz.
Pero Ñor Chema de nadie hacia caso, y vivia con tanta tranquilidad, como si el mundo no se ocupara de él, y como si no hubiera en el mundo un tribunal que se llamaba la Inquisicion.
Es verdad que llegó á tanto la fama de Ñor Chema, que una vez se alarmó el Santo Oficio, y llegó á su jacal un comisario con dos alguaciles; todo el pueblo se alborotó porque creyeron que habria una novedad, y se pusieron todos en observacion; pero el comisario entró á la casa de Ñor Chema y se estuvo allí un largo rato, saliendo despues y retirándose sin meterse mas con el nahual.
La gente al principio se escandalizó de esto, pero al fin se calmaron los ánimos, porque los mas sabiondos del pueblo dijeron—que el Ñor Chema sin duda ejercia la mágica blanca y no la negra, y tal vez con privilegio del Santo Oficio.
Una tarde Presentacion se encaminó al jacal de Chema y llegó hasta la puerta; vaciló entonces, pero el viejo le habia visto, le habló, y le fué ya preciso entrar.
—Buenas tardes, Ñor Chema.
—¿Qué andas buscando por aquí?
—La verdad, Ñor Chema, yo venia á veros.
—¿A verme? ¿Y para qué querias verme?
—Pues la verdad—decia Presentacion rascando con una uña la pared y sin despegar la vista de allí—porque estoy enamorado.
—Y bien, ¿qué tengo yo que ver con eso?
—Que quiero que me deis un chupamirto—y Presentacion seguia rascando la pared.
—¿Pero es posible, hijo mio, que tú tambien creas que yo tengo algo de brujo?
—Yo no sé: lo que sé es, que si quereis podeis darme un chupamirto, que ningun trabajo os costará, y yo no dejaré de recompensaros.
—Ya te digo que no tengo ningun animal de esos, que tú lo puedes tomar en el campo á la hora que quieras.........
—Pero, ¿será lo mismo el que lo coja yo?
—Sí, anda.
—Entonces está bien: ¿conque es lo mismo?
—Sí, exactamente.
Al dia siguiente habia matado uno de los lindos chuparosas que volaban por el jardin, y lo habia envuelto cuidadosamente en una bolsa de lienzo y lo traia en la cintura, porque en aquellos tiempos el cadáver de ese pajarito era, segun la opinion general, un remedio eficaz para ser querido de todas las mugeres bonitas.
Y parece que la casualidad se empeñaba en probar que aquello era cierto. Presentacion cada dia iba ganando mas en el afecto de Luisa, segun las muestras de cariño que ella le prodigaba, y que él no podia atribuir á otra cosa mas que á la benéfica influencia del chupamirto.
Presentacion estaba mas adelantado cada dia, y por fin se atrevió una vez á hablar á Luisa. Luisa no deseaba otra cosa, y sin sentirlo, el pobre indígena quedó completamente prisionero de la astuta mulata.
Luisa no pensaba sino en escapar del lado de Arellano, pero llevándose la promesa de matrimonio de Mejía que Arellano tenia encerrada en una de sus cajas.
Para lograr esto era necesario astucia y perseverancia, y Luisa, como todas las personas de resoluciones firmes, contaba con la perseverancia.
Don Cárlos habia hecho trasportar á la casa de la Estrella, todos los muebles y el equipaje de Luisa, y ella en uno de sus baules logró encontrar algunos restos de los polvos de la Sarmiento. Entonces sí se consideró libre.
—Presentacion—dijo un dia al jardinero—¿y si yo me quisiera salir contigo, tendrias valor para llevarme?
—¿Por qué no?—dijo Presentacion temblando de placer—cuando querais, pero es necesario preparar caballos.........
—No, mejor es un coche, que mi deseo es entrar á México.
—¿Pues para cuándo lo disponeis?
—Para pasado mañana en la noche.
—Bueno.
—Mira, me asomaré por aquella ventana á las oraciones, si pasas y me das las buenas noches, es señal de que no has podido arreglar nada, si por el contrario no me hablas, es señal de que todo está preparado y entonces á media noche me esperas en este lugar.
—Muy bien.
—¡Ah! ¿podrás proporcionarme un traje de hombre? Aquí tienes dinero para todo.
—Le haré traer de México.
—Silencio, y hasta pasado mañana; el traje aquí tambien á la media noche.
Llegaron las oraciones de la noche del dia fijado por Luisa, y Presentacion comenzó á rondar por el jardin frente á la ventana hasta que la vió aparecer: se acercó mucho á ella y pasó por allí silenciosamente; todo estaba listo.
Luisa estaba á las once de la noche en el jardin: entre los rosales divisó un bulto y se dirijió á él; era Presentacion que temblaba como un niño.
—¡Cobarde! ¿Por qué tiemblas?—dijo Luisa que estaba enteramente serena.—¿Trajiste la ropa?
—Sí señora.
—Dámela y espérame aquí mientras voy á vestirme.
Luisa tomó la ropa que le traia Presentacion, y se dirijió otra vez á su aposento con tanta tranquilidad, como si solo tratara de pasearse en el jardin.
Don Cárlos dormia, pero su sueño era pesado y sus cabellos estaban pegados á su frente por un sudor viscoso; era el mismo sueño de Don Manuel de la Sosa.
Luisa sin tomarse el trabajo de mirarle siquiera, comenzó á vestirse el traje de hombre, y no debia ser la primera vez que vestia de aquella manera, porque no se mostró embarazada en el uso y colocacion de sus prendas, y muy pronto quedó convertida en un precioso adolescente.
Sacó de un armario algun dinero y ocultó bajo la ropilla un puñal pequeño y primorosamente trabajado, se caló un sombrero y se embozó perfectamente en una capa oscura; y con un garbo que le hubiera envidiado cualquiera de los guapos de la ciudad, volvió á incorporarse con Presentacion.
—Vamos—dijo imperiosamente Luisa.
—Vamos señora—contestó humildemente Presentacion—pero no podemos salir por la puerta.
—¿Por donde entonces?
—Por un agujero que he practicado en las tapias que dan á la espalda de la casa.
—Bien está—guíame.
En el fondo de la huerta y pegado á una tapia habia un inmenso monton de yerbas.
Presentacion las apartó y apareció en el muro una gran entrada, por donde pasó Luisa siguiendo al jardinero.
Se encontraban entonces en el campo.
Presentacion habia llegado á soñar que tenia amores con aquella muger; se habia comprometido y espuesto á todo por ella, y se encontraba en aquel momento en que creia que la sacaba de la casa del alcalde mayor, Don Cárlos de Arellano, para que fuese enteramente suya con que no se atrevia á tocarla una mano, ni aun á dirijirle una palabra de amor, y ella mandaba como señora, y él obedecia humilde como un esclavo.
Cerca de allí esperaba un carruaje con cuatro mulas. Presentacion abrió la portezuela, y Luisa en el acto de montar llevó la mano á la bolsa de los gregüescos, sacó un pergamino y aunque no podia ver la escritura por la oscuridad de la noche, no quiso sin duda mas que satisfacerse de que no lo habia perdido, porque volvió á guardarle diciendo con cierta especie de tranquilidad:
—Aquí está.
El carruaje comenzó á caminar. Los cocheros debian sin duda saber el término del viaje, porque sin recibir órden ninguna tomaron el camino de México.
Luisa iba silenciosa y meditabunda en uno de los rincones de aquel amplio carruaje, y Presentacion á su lado procurando, si no verla, adivinarla en la completa oscuridad que allí reinaba.
Así caminaron como una hora; pero el pensamiento y la imaginacion del jardinero debian ir en gran actividad, porque muy poco á poco fue acercándose á Luisa hasta que tomó una de sus manos: ella le dejaba hacer como si estuviera durmiendo, ó lo consintiera. Presentacion oprimió suavemente aquella mano y la fue llevando paulatinamente á su boca, y puso en ella sus labios una y muchas veces: Luisa no se movia.
Presentacion cobró ánimo, se acercó mas y echó su brazo izquierdo al cuello de Luisa, mientras con su mano derecha estrechaba la de ésta; pero aun no bien habia ejecutado esta accion cuando aquella mano se desprendió violentamente, desapareció de la del jardinero, y éste la volvió á sentir devuelta, pero ya en su rostro y menos pasiva que antes.
Presentacion dió un salto y volvió á su rincon.
Antes de amanecer entraba el carruaje por las calles de México.
—Que se detengan aquí—dijo Luisa.
Presentacion mandó á los cocheros detenerse.
Luisa y él bajaron del coche.
—Págales y que se vayan—dijo Luisa dándole una bolsa con dinero.—Contó Presentacion una cantidad y la entregó á uno de los cocheros que volvió á montar en la mula, y á poco el coche desapareció de las calles.
Luisa y su compañero se habian quedado solos.
Luisa se embozó en su capa y echó á andar por unas callejuelas sombrías y tortuosas; de repente se detuvo cerca de una esquina.
—Presentacion—dijo al jardinero—en este lugar espérame un momento, á la vuelta debe vivir una mi conocida, que creo que nos consentirá de huéspedes mientras encontramos casa; aquí te estás sin moverte, y cuando oigas un silbido es señal de que todo está arreglado: ¿lo oyes?
Presentacion no tenia voluntad ante aquella muger y se contentó con decir—sí señora.
Luisa torció la esquina, y Presentacion se apoyó contra la pared..........................
Algunas personas que pasaron por allí á las dos de la mañana pudieron ver á Presentacion que esperaba aún.
EL Bachiller Martin de Villavicencio, alias Garatuza, no pensó despues de la muerte del Oidor, y cuando el Ahuizote le arrancó del lugar del acontecimiento, sino en buscar un paraje seguro en donde escapar de las garras de los alguaciles y corchetes, en caso de que algo se llegase á descubrir, y ni á él ni al Ahuizote les ocurrió lugar mas á propósito, que las cuevas de la Sarmiento, y para la casa de esta se dirigieron.
Verdaderamente el Bachiller ni sospechas tenia de quién habia sido el hombre muerto por su mano; el Ahuizote no habia recibido de la Sarmiento mas que instrucciones para llevar allí á Martin, y él tampoco podia sacarle de dudas.
Cuando llegaron los dos á la casa de la bruja, esta tambien acababa de llegar, tambien ella habia ido á presenciar la escena, y por eso Martin escuchó su carcajada en el momento en que vió abrirse la casa de María.
—¿Qué andáis haciendo?—preguntó la bruja haciéndose de las nuevas.
—Señora Sarmiento—contestó Martin—acabo de matar á un hombre por justos motivos, y témome mucho que la justicia dé sobre mí, si algo sospecha, y vengo á pediros asilo.
—Lo tendréis, que ya esperaba yo que por eso vendriais de un día al otro.
—¿Luego vos sabiais ya algo de María?
—Nada.
—¿Entonces?
—Sencillamente, porque en estos dias se han cumplido los cinco meses que os anuncié que pasarian, para que un amigo vuestro muriese asesinado por mano de un su amigo, ¿recordáis?
—¿Es decir que el hombre que yo he muerto?
—Es el Oidor Don Fernando de Quesada.
—¡Maldita sea mi suerte!—esclamó Martin, dándose una palmada en la frente, y quedándose luego en una especie de estupor, que por largo tiempo respetaron la bruja y el Ahuizote.
—Voy á denunciarme yo mismo—dijo de repente Martin, dirigiéndose á la puerta.
—Si yo te lo consiento—contestó el Ahuizote apoyándose de espaldas en la puerta cerrada, y tomando á Martin de los brazos.
—Quiere decir—preguntó Martin con una calma espantosa—que despues de que tú me has señalado la víctima para herir, me impides vengarme de mí mismo por crimen tan atroz.
—Yo no sabia de quién se trataba.
—Sí, tú lo sabias lo mismo que la Sarmiento que me ha dicho á quien yo maté, cuando aun yo mismo lo ignoraba.
—Pero tú estás cierto de que ese hombre ha estado en la casa de tu querida en altas horas de la noche, y yo no te llevé sino á desengañarte de lo que tú me negabas.
—Ahuizote—dijo Martin con la misma calma que antes—¿me dejas salir ó no?
—Martin—dijo la bruja—¿queréis que os dejemos salir, cuando estamos ciertos de que vuestra denuncia nos conduce á mí á la hoguera y al Ahuizote á la horca?
—No soy yo capaz de denunciar á nadie, y menos á vosotros, á quienes estoy unido por los juramentos de la Compañía negra: voy á declararme culpable yo solo; á que me juzguen y me castiguen á mí solo, porque no puedo ya soportar la vida, tras lo que ha pasado.
—Pero eso es un suicidio, una locura que nosotros no podemos consentir de ninguna manera.
—Por última vez, ¿me dejan el paso libre?
—No, no, y no—dijo en esta vez con resolucion el Ahuizote.
Garatuza se hizo un poco atrás y sacó su daga para lanzarse sobre el Ahuizote; pero en el momento de alzar el brazo sintió que se lo tomaban como entre dos tenazas de hierro, volvió el rostro, y era el sordo-mudo Anselmo que durante la disputa habia venido acercándose á una señal de la Sarmiento.
El Ahuizote le tomó los pies y la bruja la cabeza, y en un instante el Bachiller quedó completamente sujeto y con una mordaza.
—Bachiller—le dijo la Sarmiento—tenemos que mirar por nosotros mismos, estais loco, os perdeis y nos vais á perder á todos; ya os entrará la calma y entonces agradecereis todo esto que por vos hacemos—y luego agregó dirigiéndose al Ahuizote y haciendo una seña al sordo—Al subterráneo.
Anselmo y el Ahuizote se acercaron al Bachiller y le tomaron entre los dos, la vieja con un farol guiaba y descendieron así la escalera del subterráneo, solo que esta vez, no siguieron de frente como habia visto siempre Martin, sino que tomaron á la izquierda, y la bruja abrió una puerta sumamente gruesa y pesada, y penetró á otra bóveda en la que habia algunas camas y jergones en desorden.
La Sarmiento puso en el suelo la luz, arregló uno de aquellos lechos, y allí colocaron á Martin sus conductores.
La bruja le quitó la mordaza que lo fatigaba, dejó la luz en el suelo y salió seguida del Ahuizote.
El sordo-mudo se sentó sobre un cajon al lado de Martin y á poco comenzó á dormitar.........
El Bachiller á pesar de sus ligaduras y de su desesperacion, llegó á dormirse, y durmió mucho, pero á él le pareció un instante, porque al abrir los ojos el mismo candil ardia puesto en el suelo y Anselmo dormitaba en el mismo lugar, y sin embargo, habian pasado seis horas.
Martin estaba completamente calmado y comprendió que le habia ido mejor con la agarrotada que le habian dado la bruja y el Ahuizote, que si se hubiera ido á denunciar voluntariamente, y casi, casi, comenzó á agradecérselos. Pero ya se sentia muy incómodo y deseaba que llegara la Sarmiento.
Como aunque hubiera gritado mucho no habria logrado hacerse oir de Anselmo, determinó esperar con paciencia hasta que él le viese, para poder hacerle aunque fuese con la cabeza una seña.
Anselmo no se hizo esperar, volvió la vista, miró que Martin se movia, y se levantó inmediatamente y salió.
El Bachiller quedó pensando qué iria á hacer el mudo.
A poco la puerta volvió á abrirse y se presentó la Sarmiento.
—Buenos dias, señor Bachiller—le dijo—¿qué tal os sentís?
—Bien, pero me incomodan mucho, me lastiman estas ligaduras.
—Os libraré de ellas si estáis ya mas calmado y no pensais en la locura de iros á denunciar.
—De ninguna manera, que con un corto rato que he dormido, estoy completamente variado.
—¡Eh, si habeis roncado como seis horas! ¿y llamáis á eso corto rato?—esclamó la vieja comenzando á desatar á Martin.
—Seis horas—decia Martin, estendiendo los brazos con deleite, ¿pues qué horas serán?
—Son como las siete de la mañana.
—¿Y tan oscuro?
—¿Olvidais que este es un subterráneo?
—Es cierto, y ¿podré salir de aquí?
—No, no me pareceria prudente hasta no saber lo que se dice en la ciudad respecto á lo pasado anoche, y entonces ya podreis libremente pasearos si la razón es buena, y largaros si es mala.
—Me parece muy bien, ¿sabeis que tengo hambre?
—Anselmo os traerá pronto el desayuno.
—Pero no vayais á mezclarle algunos de vuestros infernales menjurges.
—Si yo tuviera malas intenciones contra vos, ¿quién me impedia haberos despachado anoche, que os tenia entre mis manos como un corderito, y que nadie os habia visto entrar? no seais desconfiado, ni insulteis de esa manera á los buenos amigos.
Martin se desayunó con grande apetito.
En la tarde llegó el Ahuizote, contando la prision de la criada de María, sin decir nada de esta, y refiriendo las activas pesquisas de la justicia, y se acordó entre los tres que Martin seguiria escondido hasta ver el resultado que tenian aquellas indagaciones.
Así se pasaron muchos días, sin atreverse el Bachiller á salir á la calle, y viviendo en la casa de la Sarmiento.
Una madrugada oyó la bruja golpes repetidos en la puerta, y el corazón le dió como ella decía, una vuelta; levantóse precipitadamente, y acudió á abrir.
—Buenos dias—dijo entrándose bruscamente un joven, casi un niño, hermoso y elegantemente vestido.
—Dios os guarde, niño—contestó la bruja prendada de la gallardía y belleza del mancebo, que sin ceremonia tomaba asiento en uno de los sitiales.
—Señora Sarmiento—dijo el adolescente, bajándose el embozo y acercando á su rostro el candil encendido que tenia la bruja.
—Solo para serviros—dijo mas y mas admirada la Sarmiento.
—Miradme bien: ¿qué me advertís?
—Mas os miro, y no os conozco, y solo veo—dijo con cierta salamería la bruja—un niño como un ángel.
—Poned mas cuidado—¿qué notais?
—¡Ah! ¡las orejas agujeradas!
—¿Entónces?
—¡Una dama!
El muchacho hizo una señal afirmativa con la cabeza. La bruja reflexionó, mirándole con suma atencion, como si quisiera tener un recuerdo de aquella fisonomía á fuerza de mirarla.
—¡Ah!—volvió á esclamar.
—¿Qué?
—Ya caigo—dijo acercándose y hablando muy bajo—La señora Doña Luisa.
—La misma—dijo Luisa.
—¿Pero á esta hora? ¿en ese traje?
—Las circunstancias lo exigian así, por ahora, necesito en primer lugar que me deis posada esta noche y mañana durante todo el dia.
—Pero si.........
—No hay disculpa, que siempre te he pagado muy bien: en segundo lugar, que para mañana en la noche me tengas preparadas saya y tocas negras de viuda, y en tercer lugar, que mañana en la noche esté aquí el Ahuizote: ¿lo entiendes?
—Sí, Doña Luisa.
—Pagaré como de costumbre; comenzaremos por lo primero: ¿á dónde me acuesto, que estoy sumamente cansada?
—Pues si os place, en mi mismo aposento, y en la cama que era de María.
—¿Qué le sucedió á esa muchacha?
—Se huyó de aquí sin saberse con quién.
—Muy bien hizo.
—La trataba yo como cuerpo de rey.
—Pero no querria estar en casa, á donde tan de continuo visita el diablo; vamos, despachad.
La bruja condujo á Luisa á su aposento y le mostró la cama que habia sido de María.
Luisa se tendió en ella sin desnudarse, y poco después su respiración dulce y tranquila indicaba que dormia.
Durante todo el dia siguiente el Bachiller, advertido por la Sarmiento, no salió de su escondite.
Luisa llamó en la tarde á la bruja.
—Señora Sarmiento—la dijo—quisiera contar contigo para un negocio que traigo entre manos.
—Decidme cuál.
—Soy viuda como tú sabes.
—Y demasiado.
—Bien, no te pregunto mas; quiero casarme por segunda vez, y he elegido á Don Pedro de Mejía para mi esposo.
—Soberbio casamiento, ¿pero él querrá?
—Le obligarémos, pero fuerza es que tú me ayudes, y que por supuesto cuentes con una magnífica recompensa.
—Haré de mi parte cuanto pueda.
Oyeme, tengo en mi poder una promesa formal de matrimonio, firmada por Don Pedro.
—Oh, entonces sobra.
—No sobra, porque tengo que combatir con que Don Pedro está enamorado de Doña Beatriz de Rivera, y que tal vez quiera meter pleito para anular esa obligación y como es hombre tan rico, ¿quién sabe?
—Desechad esos temores porque Doña Beatriz de Rivera se ha metido á monja desde la muerte del Oidor Don Fernando de Quesada.
—¡Muerto el Oidor! ¡Monja Beatriz!
—Estráñame que no sepais nada, cuando tanto ruido han hecho esos acontecimientos en la ciudad.
—Desde la muerte de Sosa no he salido para nada de una quinta, cerca de aquí.
—Entonces ignorareis también que Don Cesar de Villaclara, para quien me pedisteis un elíxir, ha sido desterrado á Filipinas por haber dado una terrible estocada á Don Alonso de Rivera.
—También lo ignoraba—dijo Luisa—sintiendo calmarse sus zelos por Doña Blanca con la ausencia de Villaclara.
—Pues todo eso ha pasado, de manera que ya Doña Beatriz no es obstáculo para vos en cuanto á que Don Pedro intente un pleito; no lo hará si le amenazais con revelar la parte que tuvo en preparar el asesinato del Oidor Quesada.
—¿Y qué parte fue esa?
—Os lo voy á referir para que os sirva de una arma, segura yo de que nunca de esto hablareis á la justicia, por la parte que en ello me pudiera tocar, y porque una vez presa yo por vuestra causa, me veria en la necesidad de dar mi declaracion en todo lo relativo á la muerte de vuestro marido Don Manuel de la Sosa.
—No temas, y háblame con franqueza.
La bruja entonces refirió á Luisa todo lo relativo á la muerte del Oidor, sin ocultarle ni aun lo que el lector no sabe, que al otro dia de la muerte de Don Fernando recibió una fuerte suma.