X.

En que se verá cuán cierto es aquello de que “nunca la prudencia es miedo.”

DOÑA Blanca de Mejía vivia verdaderamente en un duro cautiverio, y sin embargo su persona era objeto de profundas cavilaciones, por parte de su hermano Don Pedro para obligarla á tomar el velo; por parte de Don Alonso para obtener su amor y su mano, y en el fondo, ni el uno la aborrecia de corazon, ni el otro la amaba; el interes movia tan solo á aquellos dos hombres. Blanca sufria resignada como un ángel todas aquellas persecuciones sin quejarse siquiera porque la única persona á quien podia abrir su corazon era su madrina Doña Beatriz, y ésta habia entrado al convento.

Doña Blanca se consumia sola con su infortunio, como se marchita con los rayos del sol una flor en una playa arenosa.

Don Pedro solo contra ella se ensañaba, porque era el único obstáculo que encontraba á su paso; pero para Don Alonso el obstáculo principal era Don Pedro, y aunque mintiéndole amistad no pensaba sino en hacerle desaparecer para dirijirse con mas franqueza á Doña Blanca.

La noche siguiente á los acontecimientos que referimos en el capítulo anterior, á las ocho y media Don Alonso llegaba á la casa de Don Pedro, seguido de Teodoro que llevaba un farol para alumbrar el camino á su señor.

Doña Beatriz antes de profesar dió á Teodoro carta de libertad pero el negro juró á su señora averiguar todo lo relativo á la muerte del Oidor, y con su natural sagacidad comprendió que aquel golpe habia salido de Don Pedro y Don Alonso, y conoció tambien que ganando la confianza de su amo muy pronto se haria dueño de aquel secreto: en su interior habia jurado vengar á Doña Beatriz y á Don Fernando, y Teodoro era hombre que sabia cumplir sus juramentos.

Don Alonso entró á los aposentos de Don Pedro, y Teodoro apagó su farol y se sentó en el corredor en la puerta de la antesala, no tenia ni con quién platicar, porque como era de noche no habia allí mas visita que Don Alonso, no habia tampoco ni lacayos ni esclavos esperando con faroles á sus amos.

Comenzaba ya á dormirse cuando oyó pasos por la escalera y apareció una dama encubierta con un escudero por detrás.

Aquella debia ser alguna aventurera.

Al llegar cerca de Teodoro, que procuraba ocultar su rostro y que se fingió dormido, la dama dijo á su rodrigón.

—Debe de estar aquí álguien de visita, porque miro un esclavo aguardando con un farol.

Teodoro sintió helarse su sangre, aquella voz era demasiado conocida para él, era Luisa; ¿Luisa en la casa de Don Pedro de Mejía?

—Si quereis que pregunte á este esclavo—contestó el Ahuizote, que era el que acompañaba á Luisa.

—Es inútil, me haré anunciar, y hablaré á solas con Don Pedro de Mejía.

Luisa entró, y el Ahuizote comenzó á pasearse por el corredor mirando las plantas y los tibores de china, y el reverbero formado de pedacitos de vidrio con mechero de aceite, que alumbraba la escalera, hasta que cansado se sentó.

Teodoro se sentia devorado por la curiosidad; cualquiera cosa hubiera dado por saber á qué venia Luisa, pero le era imposible.

Esperaba ver salir muy pronto á Don Alonso, pero no fué así; ni Luisa ni Don Alonso salian, era una conferencia sin duda muy larga.

Nosotros mas felices que Teodoro vamos á ver lo que pasaba en el interior de la casa de Don Pedro.

Luisa se dirigió á un lacayo y le dijo.

—Hacedme la gracia de decir á vuestro amo, que una dama desea hablarle á solas.

El lacayo pensó prudente pasar inmediatamente el recado.

—¡Una dama!—dijo Don Pedro admirado.

—Sí señor—contestó el lacayo—cubierta y enlutada.

—Me retiro para dejaros en la mas completa libertad—dijo Don Alonso.

—Oh, de ninguna manera, que otra sala hay donde pueda hablar yo con esa señora, y como me figuro que no será asunto muy largo....

—Entonces os esperaré.

—Que pase esa dama—dijo Don Pedro al lacayo—á la sala encarnada.

El lacayo hizo una reverencia, salió y condujo á Luisa á una sala cuyos muebles estaban tapizados de damasco de seda encarnada.

Luisa quedó allí sola, pero á pocos momentos se presentó Don Pedro.

Luisa inclinó graciosamente la cabeza, levantándose un poco del sitial para saludar á Don Pedro.

—Señora—le dijo galantemente Mejía porque el talle de aquella muger y sus manos eran hechiceras, y al través del tupido punto de su velo se adivinaba el brillo de sus ojos—permitidme que antes de preguntaros en qué tendré la dicha de seros útil, me felicite por la fortuna de veer en esta casa, dama que debe ser tan principal como bella.

—Don Pedro—dijo Luisa levantándose el velo—¿me conoceis?

—¡Luisa!—esclamó Mejía sorprendido.

—Sí, Luisa, á quien sin duda habiais olvidado ya.

—¿Olvidado? no, pero vuestra desaparicion.

—Segura ya de vuestro amor, quise huir de la imprudente solicitud de tantos que llamándose amigos, no van á la casa de una viuda jóven y hermosa, sino con la esperanza de tener parte en la herencia del difunto.

—Bien, ¿pero sin avisarme? sin decirme siquiera adios?

—Para hacer una accion que es buena no es preciso avisar; deciros adios, ¿y para qué, cuando tan poca pena tomásteis por mi ausencia? si hubiérais querido, pronto me hubiérais encontrado.

—¿Pero en qué puedo ahora seros útil—dijo Mejía queriendo cortar aquella conversacion, y saber definitivamente cuáles eran las intenciones de Luisa?

—Vengo nada mas á preguntaros, ¿para cuándo habeis fijado el dia de nuestra boda?

—¿De nuestra boda?—preguntó Mejía haciendo un gesto de disgusto—¿aun insistís en eso?

—¿Que si aun insisto? pues qué olvidais que tengo una formal promesa vuestra?

—¿Y si yo me resistiera á llevarla á efecto?

—No creo que lo hiciérais.

—Por qué, ¿no estoy en mi derecho?

—En ese caso yo me presentaria pidiendo justicia, y os obligarian á casaros.

—O no, que mi obligacion no puede subsistir cuando habeis desaparecido por tanto tiempo, sin saber yo á dónde habeis ido.

—Probaria yo que he estado en un convento.

—Bien, veremos quién obtiene la palma; os advierto, señora, que haré uso de todo mi influjo.

—Admito el desafio, y os advierto á mi vez tambien, que será entonces necesario que la Audiencia y el Santo Oficio sepan vuestras relaciones con la bruja Sarmiento, y vuestro participio en el negocio de la muerte de Don Fernando de Quesada.

—¿Qué decís?—esclamó espantado Mejía.

—Nada, os indicaba lo que pudiera descubrirse en el caso de que tengamos que llegar hasta la justicia.

—¿Pero vos cómo sabeis?

—Yo sé mas de lo que podeis vos suponeros, y lo probaré.

—¡Luisa!

—Me retiro—dijo Luisa levantándose de su asiento.

—Esperad, esperad un momento, hablaremos.

—Decid, que es ya tarde.

—¿No habria una manera de que quedásemos en paz?

—Sí la hay, y muy fácil.

—¿Y cuál es? decidla.

—Casaos conmigo.

—¡Pero Luisa!

—No retrocedo.

—¿Habeis traido el documento que os otorgué?

—No, pero si quereis volver á verle convendreis en que no os deja arbitrio, está puesto por un escribano.

—¿Quereis que aplacemos para mañana la conversacion?

—Sí.

—Pero no en esta casa.

—¿Pues en dónde?

—En la calle de la Celada, en la casa de Don Alonso de Rivera á las ocho de la noche, ¿ó preferís que yo vaya á veros?

—No, iré á la casa de Don Alonso.

—¿Y llevareis el documento?

—Le llevaré.

—Estamos conformes.

—Adios—dijo Luisa levantándose y tendiendo la mano á Don Pedro—adios, esposo mio.

—Todavía no, todavía no—contestó Don Pedro con galantería, besando la mano de Luisa.

—Pero ya casi es seguro, hasta mañana.

Luisa se envolvió con su velo, y acompañada de Don Pedro atravesó en silencio, pero magestuosa como una deidad, aquellas antesalas hasta llegar á la escalera. Don Pedro le dió la mano para bajar y la dejó hasta la puerta de la calle. Habia en él mas amabilidad que la que era de esperarse.

Luisa salió á la calle seguida del Ahuizote, y Don Pedro volvió á subir en busca de Don Alonso.

Teodoro observaba todo sin moverse.

—Don Pedro—dijo Rivera, al verle entrar.—Estais demudado.

—¡Ay amigo mio! es que puedo deciros que casi he visto al diablo.

—¿Cómo?

—Luisa acaba de llegar á reclamarme el cumplimiento de mi promesa de matrimonio.

—¿Supongo que os habreis negado redondamente?

—No, porque esa muger es un enemigo terrible, y tiene armas poderosas.

—¿Y habeis cejado por temor?

—No Don Alonso, por prudencia. Oíd lo que ha pasado con ella.........

. . . . . . . .

—Por mi fé que la cosa está mas séria de lo que yo creia, dijo Don Alonso despues de escuchar la relacion de Don Pedro—y lo peor del caso es, que segun se ve, esa muger sabe cuanto ha pasado y nos puede envolver á los dos en la misma ruina.

—Así es en efecto—dijo Don Pedro—por eso es que ahora mas que nunca debemos disponernos á combatirla.

—Quizá no haya, mas medio que condescender con ella, y despues mirar como nos libramos de su presencia.

—Eso será para el último caso, mientras probaremos á vencerla, mañana la he citado para vuestra, casa y me ha prometido llevar el documento: si pudiéramos disponer las cosas de manera que nos apoderásemos de su persona, le quitariamos ese documento y luego.........

—Pero, ¿suponeis que ella no sospecha ya que se trata de tenderle una celada?

—No, nada sospecha, os lo aseguro.

—Entonces prepararé las cosas de manera que si hubiese necesidad del rigor.........

—Eso es, eso es.........

—¿A qué hora es la cita?

—A las ocho de la noche.

—Os esperaré.

. . . . . . . .

. . . . . . . .

Luisa seguida siempre del Ahuizote llegó á la casa de la bruja.

—¿Qué tal?—dijo la Sarmiento al verles entrar.

—Así, así—contestó con indiferencia Luisa—me ha citado Don Pedro para mañana en la noche, y espero que allí se arreglará todo.

—¿Para dónde os citó?

—Para la calle de la Celada, á las ocho, y me encargó que no deje de llevar el documento.

—¿Y cumplireis?

—Cumpliré, aunque la cita en la calle de la Celada tiene traza de ser una verdadera celada, pero tomaré mis precauciones.

—Y hareis perfectamente.

—Sí, que en todo caso no es miedo la prudencia, y nunca cuando se trata con personas de esta clase.—Ahuizote te espero mañana á las oraciones, y cuida de buscar tres ó cuatro compañeros de confianza, y bien armados que vengan también contigo: puedes retirarte.

El Ahuizote saludó y se retiró.

—Ahora nosotras á descansar—dijo Luisa.

—A descansar—replicó la Sarmiento—que mañana será otro dia.

XI.

Como en donde menos se piensa.....

DON Pedro y Don Alonso esperaban con impaciencia la hora de la cita con Luisa, en la casa de la calle de la Celada.

Todo estaba dispuesto por ellos de la manera mas á propósito para apoderarse de aquella muger, si la ocasion se presentaba favorable para hacerla desaparecer.

Don Alonso no queria tener mas auxiliar en la empresa que á Teodoro, á quien no conocia sino por su lealtad con Doña Beatriz, y su discrecion.

Teodoro tenia ya en toda forma su carta de libertad, otorgada por Doña Beatriz; pero ni habia querido mostrarla, ni hacer uso de ella, como hemos visto, con el solo objeto de seguir la pista á los que habian causado la muerte del Oidor, y la desgracia de Doña Beatriz.

Sonaron las ocho de la noche en un inmenso reloj que habia en la sala en que Don Pedro y Don Alonso esperaban, y los dos dirijieron instintivamente la vista á la puerta por donde debia aparecer Luisa.

Teodoro habia recibido órden de ocultarse en el alféizar de una ventana, cubierto por el cortinaje, y de no aparecer hasta que fuese llamado.

Era llegado el momento, y una silla de manos penetró en la casa de Don Alonso conducida por dos robustos mocetones, y escoltada por otros dos que llevaban luces para alumbrar el camino.

Los hombres con la silla llegaron hasta la antesala, y allí la colocaron cuidadosamente en el suelo: uno de los escuderos, que era el Ahuizote, abrió la portezuela y Luisa enlutada como en el dia anterior salió de la silla.

Un lacayo esperaba ya en la antesala para anunciar á su amo la esperada visita: el lacayo era un hombre de toda confianza para Don Alonso, que habia tenido cuidado de alejar á todos los demas criados, para que nada advirtiesen de lo que allí podia tener lugar.

—Anunciad á unos señores, que deben estar adentro—dijo Luisa al lacayo—que aquí está la dama á quien aguardan.

El lacayo hizo una reverencia y entró.

—Es un hombre solo—dijo Luisa precipitadamente al Ahuizote—nadie mas hay por aquí.

—Todo va bien, saldrá como lo habeis dispuesto.

El lacayo volvió.

—Señora—dijo á Luisa—podeis pasar—y abriendo la puerta se inclinó respetuosamente, dejando pasar á la dama.

—Decid á mis criados que se retiren al pié de la escalera, á esperar que se les llame—dijo Luisa al entrar; pero de manera que esta órden fuese escuchada por los que estaban esperándola, y por los que la habian traido y estaban en la antesala.

—Muy bien señora—contestó el lacayo cerrando la puerta por donde habia entrado Luisa.

El hombre se volvia á dar á los conductores la órden de la señora, cuando repentinamente todos ellos, sacando los puñales que traian ocultos, se lanzaron sobre él y le rodearon.

—Si das un solo grito, eres muerto—dijo el Ahuizote.

—Pero, señores—contestó el lacayo temblando.

—Nada te haremos—agregó el Ahuizote—pero obedece, y en primer lugar desnúdate de la librea; pero inmediatamente.

El lacayo sin replicar se desnudó.

—Ahora entra en esta silla.

El hombre obedeció, y la silla fué colocada en un rincon.

—Si haces el menor ruido mueres en el acto—dijo el Ahuizote—ahora tú vístete esta librea—agregó dirijiéndose á uno de los que lo acompañaban.—Con ella podrás esplorar sin temor de que por el traje vayas á infundir sospechas.

Aquel otro hombre se vistió la librea, y en un momento quedó trasformado.

—Ahora mira en los cuartos de aquí cerca si hay álguien.

El hombre salió con precaucion y volvió diciendo:

—Nadie.

—Bueno—dijo el Ahuizote—á cualquiera que venga, tú lo despedirás como lacayo del señor Don Alonso: ahora á nuestros puestos.

Y todos se agruparon en la puerta á escuchar lo que pasaba adentro.

—¿Habeis traido con vos la escritura? decia dulcemente Don Pedro.

—Sí que la traje; pero antes prudente seria que hablásemos—contestó Luisa—que al fin solos podemos considerarnos, porque Don Alonso está tan interesado como vos en el asunto.

—¿Por qué decís eso? preguntó Don Alonso.

—Para esplicarlo, ¿me permitireis contaros una historia, que será corta pero interesante?

—Hablad, señora—dijo Don Alonso—que en todas partes la belleza y el talento tienen derecho mas de mandar que de pedir.

—Verdaderamente sois muy galan, pero escuchadme.

—Habia en una ciudad una hechicera que se llamaba, como vos querais llamarla, supongamos la Sarmiento, y me ocurre este nombre porque he oido mentar mucho en México á una que lleva este nombre: ¿vosotros la conoceis?

—No, no—dijo mostrando indeferencia Don Alonso.

Don Pedro no se atrevió á contestar.

—Pues bien—continuó Luisa—eso no importa, pues esa muger tenia los secretos de muchos y ricos señores de aquella ciudad: una vez supo ella que una dama muy protectora suya, estaba en un muy grande trabajo, porque un sugeto se negaba á cumplirla, una palabra que la habia empeñado, y como él era poderoso y fuerte, y la dama débil y desvalida, creía él que podria burlarla con solo querer. La hechicera fué á la casa de la dama, y la dijo—Buena señora, sé lo que os pasa, y no os apeneis, que vos me habeis hecho beneficios, y yo me precio de agradecida, tomad este amuleto, y con él lograreis dominar la voluntad, no solo de vuestro rebelde amigo, sino de un compañero suyo tan identificado con él en suerte, que lo que á uno quepa, en virtud de este amuleto, cabrá tambien al otro.

—¿Y qué amuleto fué ese?—preguntó Mejía, procurando disimular su turbacion.

—El velo de una novicia, teñido con la sangre de un Oidor, que debia haber sido su esposo.

Don Alonso y Don Pedro quedaron sombríos.

Teodoro se estremeció en su escondite, y Luisa con una terrible sangre fria, continuó.

—Pues la hechicera esplicó á la dama como aquel velo, tinto con aquella sangre, se habia comprado con dinero que los dos enemigos de la dama habian prodigado, y le esplicó todas las circunstancias que habian mediado para conseguirlo. Ahora que tal vez comprendereis la moral de mi cuento, comenzaremos á tratar de nuestro negocio.

—Está bien—dijo Don Pedro tratando de sobreponerse á su malestar—¿cuánto exijis por devolverme mi palabra de casamiento?

—¡Exijir! yo nada pido por ella, ni mi intencion ha sido nunca la de venderla. Don Pedro, desde anoche he creido inútil esta conferencia, porque no exijo mas sino que me contesteis si estais dispuesto á cumplir vuestra palabra ó no, y yo no saldré de esta pregunta.

—Señora—dijo Don Alonso.

—Caballero, os suplico que á mí nada me digais; aconsejad á vuestro amigo, en el concepto de que si se niega iremos ante los tribunales, y podré referiros delante del alcalde, ó de la misma Audiencia, el cuento de la Sarmiento con todos sus pormenores: ¿lo entendeis?

Luisa calló y los tres quedaron en silencio: de repente Don Pedro, con una mal fingida alegría, esclamó:

—¡Luisa mía! habeis vencido; vuestro será mi nombre, como mia será vuestra hermosura: dama de tal ingenio y tal belleza, digna es de un monarca.

—Gracias á Dios—dijo hipócritamente Don Alonso.

—Al fin Don Pedro ¿reconoceis vuestra injusticia conmigo?

—Sí, Luisa mia, sí, venid á mis brazos, y séllese nuestro eterno amor.

Don Pedro estrechó entre sus brazos á Luisa dulcemente.

—Esposa mia, ¿en dónde está esa promesa? que ahora mas que nunca me alegro de haber firmado, porque va á hacer mi felicidad.

—Aquí está esposo mio, aquí—dijo Luisa sacando de su seno un pergamino—ingrato, que habeis hecho padecer tanto á mi corazon.

—Me arrepiento, me arrepiento de todo eso—dijo Don Pedro verdaderamente contento, por tener en su mano el pergamino objeto de tantas ansias—y en prueba de ello, mirad cómo voy á destruir esta escritura para que veais que este matrimonio no mas que á mi amor lo debeis.

—Lástima—decia candorosamente Luisa, mirando arder con gran dificultad el pergamino en una bujía—lástima, ya se consumió todo, ¿y cuándo será la boda?

—Ya veremos, ya veremos—contestó Mejía menos amoroso que antes.

—Es que yo quiero que sea muy pronto—insistió Luisa.

—No puede ser, tengo mil negocios que arreglar antes, y no podrá ser la boda hasta dentro de un año.

—¿Un año? no, imposible, no me espero.

—Entonces no esperéis, haced lo que os plazca.

—Lo que me place es que sea en este mes, ó de lo contrario me presentaré.

—Presentaos—dijo sonriéndose Mejía—y llevad á la Audiencia esas cenizas, no dejarán de haceros caso.

—¿Conque para eso quisísteis la escritura?

—¿Os figurais que soy un niño, que habia de tenerla en mis manos y habia de dejar que volviera á las vuestras, conociéndoos?

—¿Os figurais, vos, Don Pedro—dijo sonriéndose Luisa, que yo soy acaso una niña, que conociéndoos á mi vez, os hubiera entregado la escritura?

—¿Qué decís?

—Lo que habeis oído, Don Pedro; ese pergamino que os he dado, y que vos tan traidoramente habeis entregado al fuego, no era vuestra promesa de matrimonio.

—¿Qué era, pues?

—Un pergamino cualquiera que traje a prevencion, porque suponia ya esta jugada de parte vuestra.

—Pero eso es una traicion.

—¿Y cómo llamais á la vuestra?

—No, eso no puede ser cierto, el pergamino quemado era mi promesa, y quereis espantarme, porque no os queda ya otro recurso.

—¿No lo creeis? Pues mirad vuestra promesa—dijo Luisa retirándose y mostrando á Don Pedro el documento original, mirad.

—Luisa, habeis cometido una imprudencia enseñándome ese pergamino que necesito quitaros, y que viva ó muerta os tengo de arrancar, porque lo que es hoy, lo he jurado, que no saldreis de aquí con él, y vive Dios que hombre es Don Pedro de Mejía para cumplir lo que una vez ofrece.

—Probad á quitármele—dijo Luisa.

Don Pedro y Don Alonso hicieron intencion de lanzarse sobre Luisa, pero ésta dió un paso atrás y sacó de su seno un puñalito agudo y brillante.

—Si os atreveis á acercaros, sois muertos.

—Luisa, entregad ese documento—dijo Don Alonso—ó nos obligareis á usar de la fuerza.

—¿Creeis que tendré miedo á los asesinos de Don Fernando de Quesada?

—Luisa—dijo Don Pedro.

—Teodoro—gritó Don Alonso.

—Entrad—dijo Luisa al mismo tiempo, dirigiéndose á la puerta.

Don Pedro y Don Alonso retrocedieron espantados, al ver entrar por la puerta de la antesala á tres hombres con puñales.

Luisa á su turno cobró valor y se dirigió sobre ellos.

—Don Pedro—dijo Luisa—ya veis que mal os ha..........

La palabra de Luisa se heló en sus labios. Teodoro mudo y sombrío con los brazos cruzados les contemplaba.

Luisa se quedó enteramente turbada; muerto Don Manuel de la Sosa, Teodoro era el único hombre que la conocia sobre la tierra.

Don Alonso observó el efecto que la presencia de su esclavo obraba en Luísa, y sin meterse á averiguar la causa, quiso aprovecharse de él.

—Teodoro—le dijo—has que salgan esos hombres, y conduce á esta señora allá dentro.

—Señor—contestó Teodoro—no seré yo el que sobre esta dama ponga mi mano, á pesar de que mas que vosotros tenia yo el derecho de hacerlo.

Habia pronunciado Teodoro estas palabras con tanta dignidad, que Don Alonso le miró espantado, sin creer casi que él hubiera sido.

—Es decir—le preguntó—que te revelas contra la voluntad de tu amo.

—Aquí, señor, ya no hay ni amo, ni esclavo, sois un caballero y mi señor; pero yo soy libre por escritura otorgada por mi señora Doña Beatriz de Rivera, ante el escribano Félix de Matoso Salavarría.

—Pero entonces ¿por qué no te has separado de mi servidumbre?

—Esperaba solo lo que he alcanzado á conseguir hoy.

—¿Y qué has conseguido?

—Saber quiénes son los culpables de la muerte de Don Fernando de Quesada, y de la desgracia de mi ama Doña Beatriz.

—¿Con que tú me traicionabas?

—No señor, servia yo á mi bienhechora.

Don Pedro y Don Alonso se miraron entre sí.

—Luisa—dijo Teodoro—podeis retiraros si os parece mejor.

—Señor Don Pedro—esclamó Luisa—mañana enviaré á pediros por escrito vuestra resolucion acerca de nuestro enlace, y vos me dareis por escrito la que os pareciere mejor—y salió seguida de los que le acompañaban.

El lacayo preso en la silla de manos, dejó su lugar á la dama, y no se atrevió ni á reclamar su librea.

Cuando la comitiva llegó á la casa de la Sarmiento, habia una persona de mas. Era Teodoro que habia seguido á Luisa hasta las habitaciones de la bruja.

XII.

De lo que Luisa y Teodoro trataron y de lo que éste hizo después.

LA comitiva se detuvo en la puerta de la casa de la bruja. El Ahuizote pagó algo á los que le habian acompañado, y se retiraron llevándose la silla. Luisa y el Ahuizote entraron seguidos de Teodoro, á quien no habian visto hasta aquel momento, porque los habia seguido cautelosamente.

El Ahuizote le miró con estrañeza, pero Luisa le reconoció al punto.

—¿Por qué me seguís, qué pretendeis de mí?—le preguntó.

—Quiero hablar con vos á solas—dijo Teodoro.

—Entrad.

La Sarmiento que esperaba, se retiró al interior de la casa con el Ahuizote para dejar en completa libertad á Luisa y á Teodoro.

—Ya estamos solos—dijo ella—¿qué quereis?

—Quiero que me digais, cuanto habeis alcanzado á saber acerca de la muerte de Don Fernando de Quesada.

—Os lo diré.

—¿Quién le mató?

—El Bachiller Martin de Villavicencio Salazar.

—¡El Bachiller! ¡su amigo, su protegido!—esclamó Teodoro espantado—¡imposible! Martin hubiera dado su vida por el Oidor.

—Así es en efecto; pero ese Bachiller ha muerto á Don Fernando, ciego por los celos, y sin conocerle; habia sido una escena preparada para que diese este resultado.

—¿Podeis referirme todo eso?

—Sí, que puedo, oid.

Y Luisa contó á Teodoro cuanto sabia, y cuanto habia inferido de la muerte del Oidor, por las relaciones de la Sarmiento y del Ahuizote.

El negro la escuchó con profunda atencion hasta que concluyó de hablar.

—¿Conque es decir—preguntó entonces—que vos no creeis que fué culpable ese Bachiller?

—De ninguna manera.

—¿Y vos le conoceis?

—Ayer le he visto aquí, que aquí está oculto, huyendo de la justicia.

—¿Podríais conseguir que hablase conmigo?

—Fácil será, si quereis bajar al subterráneo en donde está oculto.

—Bajaré si me conducís.

—Entonces esperadme.

Luisa dejó un momento solo á Teodoro, habló con la Sarmiento y volvió trayendo la bruja un candil encendido.

—Seguid á esta señora, y os guiará hasta donde podais hablar con el Bachiller.

—¿Es la señora Sarmiento?

—La misma—contestó la bruja.

—Por muchos años—dijo Teodoro, mirándola como si quisiera grabar profundamente en su memoria aquella fisonomía.

Bajaron por el caracol que conocemos, y la vieja se dirigió á la puerta de la bóveda en que estaba Martin.

—Señor Bachiller, señor Bachiller.

—¿Qué se ofrece?—dijo desde adentro Martin.

—Levántese su merced y mire que aquí le traigo una visita, que mucho empeño ha tenido de verle.

Martin se levantó apresurado, y al mirar al negro favorito de Doña Beatriz casi dió un grito.

Teodoro quedó en silencio hasta que la Sarmiento se retiró.

—Teodoro—dijo Martin—¿venis á echarme en cara mi conducta? ¿A matarme, acaso, de órden de vuestra ama?

—No, señor Bachiller, no; yo no tengo ya ama: desde que Doña Beatriz ha tomado el velo, no seria capaz de pretender una venganza: vengo á veros, á consolaros, á sacaros de este sepulcro, en donde estais ya casi desconocido.

Y era verdad: Martin no era ya el joven rubicundo, ni el garboso Bachiller de otros tiempos: la oscuridad, el aire húmedo y mal sano del subterráneo, y sus padecimientos morales, le habian cambiado enteramente.

No habia envejecido, pero estaba pálido, su cabello y su barba habian crecido en desórden, y sus ropas estaban hechas pedazos; el pobre de Martin daba lástima.

A la Sarmiento no le convenia que saliese aún por desvanecer las últimas sospechas, y Martin se secaba en aquel antro de tristeza, de fastidio, de falta de aire, de luz, de libertad.

—Quiero sacaros de aquí—continuó Teodoro—llevaros conmigo para que me ayudeis á perseguir y á castigar á los asesinos de Don Fernando.

—Pero Teodoro, si el asesino soy yo, yo el culpable.

—Vos no, Don Martin, vos no habeis sido, sino el instrumento ciego é inocente de esa maldad: hay una trama infernal que yo revelaré, porque yo lo sé todo.

—Una trama, ¿y cuál?

—Paciencia y prudencia por ahora; solo puedo deciros que ni vuestra María era infiel, ni el Oidor iba á visitarla, ni nada de todo aquello; que fué una comedia preparada para que diese el resultado que dió, y en caso de ser descubierta, vos resultarais el único culpable, y vuestros zelos dieran bastante causa al asesinato y no se buscaran otros motivos que pudieran comprometer á alguien.

—¿Conque María es inocente?

—Inocente, os lo aseguro.

—Cuánto os agradezco esta noticia—decia Martin casi llorando, y abrazando el cuello de Teodoro.

—Ahora, salid de aquí y vámonos.

—¿Pero la justicia?.........

—Nadie ha pensado en atribuiros la muerte de Don Fernando: yo mismo que queria saber con tanto empeño quién le habia dado el golpe, no pude hasta esta noche averiguarlo; con que así nada temais y seguidme.

El Bachiller tomó su capa, su sombrero y el candil que le servia para alumbrarse en su escondite, y echó á andar conduciendo á Teodoro.

Llegaron hasta la trampa que cerraba la bóveda del subterráneo, Martin empujó, estaba cerrada, llamó y nadie contestó; hizo esfuerzos, y la puerta no cedia.

—Nos han encerrado—dijo á Teodoro.

—¿Será casualidad?

Un fuerte olor de azufre que se iba haciendo mas denso á cada momento, comenzó á percibirse en el subterráneo.

—Aquí hay alguna nueva maldad—dijo Teodoro.

—¿Pero contra mí y contra vos? ¿Quién?.........

—Luisa—dijo tranquilamente Teodoro.

—Es verdad, ¿esa muger os ha visto? ¿Sabe que estais aquí?

—Sí.

—Entonces ella ha preparado todo esto, quieren dejaros morir aquí, y á mí con vos tambien.

El humo del azufre era insoportable.

—¿Y este humo?—preguntó Teodoro.

—Es sin duda para apresurar nuestra muerte.

Martin que estaba mas débil, comenzaba ya á sentirse desvanecido, á toser mucho, y apenas alcanzaba respiracion................

. . . . . . . .

—Están ya conversando los dos—decia la Sarmiento á Luisa, despues de haber dejado á Teodoro con Martin en el subterráneo.

—Pues seria bueno que nunca mas salieran de ahí, ninguno de los dos.

—¿Por qué?

—¡Cómo! ¿Olvidais que el Bachiller puede de un dia al otro averiguar lo que aconteció con el Oidor, y tornarse en vuestro enemigo, y haceros él solo mas perjuicio que todos los familiares de la Inquisicion, si es que no le acompañen ellos entonces para perjudicaros tambien?

—Pero eso está largo.

—No tanto, que el negro que sabe tambien graves secretos mios, trae el objeto de hacer causa común con el Bachiller, para perseguir á los que prepararon la muerte de Don Fernando; y ese negro sabe mas cosas de las que vos podeis suponeros: os lo aseguro, y en cuanto hablen los dos dejan todo mas delgado que un pelo, y témome que si vos acabais en la hoguera, yo corro peligro de no salir muy bien librada.

—Entonces ¿para qué me habeis hecho juntarlos?

—Porque juntos es mas fácil saber qué hacemos con los dos.

—Os comprendo, ¿pero qué podemos dos mugeres? ¿Será necesario llamar al Ahuizote?

—No, mirad, ¿tiene llave la entrada del subterráneo?

—Sí, y muy fuerte.

—¿Y tiene otra salida?

—No.

—Pues en primer lugar cerrad la boca del subterráneo.

La Sarmiento cerró con llave la entrada.

—Ya está dijo.

—Bien, ahora como les falta aire y que comer, ellos acabarán sin que tengamos porque apurarnos.

—Pero eso será cosa de tres ó cuatro días, y en ese tiempo necesito yo entrar ahí.

—Podemos precipitar el lance, si gustais.

—¿Cómo?

—¿Hay alguna ventana ó claraboya, que dé para esos subterráneos?

—Sí, hay una, pero muy pequeña.

—No importa, enseñádmela.

La bruja llevó á Luisa á la recámara, y debajo de la cama en que ella dormia levantó una pequeña losa que descubrió un agujero que comunicaba con el subterráneo.

—¿Teneis unas pajuelas de azufre?

—Sí.

—Traedme cuantas tengáis.

La Sarmiento trajo dos ó tres gruesos paquetes de pajuelas de azufre.

Luisa comenzó á dividirlos en azecillos, y luego encendiéndolos en el candil los fué arrojando unos en pos de otros por el agujero, hasta que cayó el último y tapó con la losa: todos ardieron y formaban en el fondo un montoncillo que producia nubes especísimas de humo.

—¡Ah! entiendo—dijo la Sarmiento—como hacemos con las casas enratonadas. ¿Pero mis animales que también están allá abajo?

—Esos ya se murieron—contestó sonriéndose Luisa—pero al fin que dinero sobrará despues para todo, y que mas vale que mueran esas zabandijas que no que vayamos á dar nosotras al Santo Oficio.

En ese momento se escucharon los golpes que daba Martin en la entrada del subterráneo.

—A otra puerta señores—dijo Luisa riéndose—lo que es por esa no saldreis ni con los pies por delante, porque yo supongo, señora Sarmiento, que les daremos honrosa sepultura en las mismas bóvedas.

—Por supuesto.

—Entonces pueden morir en paz.........

El Bachiller se sentia espirar.

—Estamos perdidos—dijo á Teodoro.

—Veremos—contestó el negro, y pasando delante de Martin comenzó á examinar la trampa.

El humo hacia llorar.

Teodoro examinó la fortaleza de la cerradura, y luego con mucha calma bajó al subterráneo y tomó una viga que allí habia y volvió á subir con ella.

Luisa y la Sarmiento no habian contado con la fuerza titánica de Teodoro.

El negro tomó con sus dos manos la vigueta, y balanceándola dos veces para darle impulso, la levantó violentamente para abrir la puerta que estaba sobre su cabeza: á los tres golpes la puerta saltó hecha pedazos, y Martin y Teodoro salieron del subterráneo.

Las dos mugeres los veian espantadas desde un rincon.

Sin decirles nada, sin inclinarles siquiera la cabeza, Teodoro y Martin atravesaron delante de ellas, y salieron á la calles.

XIII.

De como Luisa fué la muger de Don Pedro de Mejía, y de lo que Doña Blanca determinó hacer por esta causa.

EL lacayo de Luisa, es decir, el Ahuizote, acudió á buscar la respuesta que debia de dar Don Pedro de Mejía, y recibió un pliego que le llevó inmediatamente.

Luisa abrió la carta y la leyó.

—Estaba yo segura de esto—dijo con desden, y dobló la carta, que nosotros leeremos tambien, y que así decia:

«Luisa, en esta vida de acechanzas no es posible que vivamos, ni vos ni yo: helo pensado bien: hoy mismo correré todas las diligencias y en la semana que entra serás mi esposa. No mas desconfianza. Vuestro hasta la muerte:

Pedro de Mejia.»

¿Qué habia obligado á Don Pedro á tomar esta resolución? Es muy fácil inferirlo. Comprendió que Luisa tenia armas poderosísimas para causar un escándalo y entre ellas era la principal, la promesa de matrimonio estendida á los tres días de la muerte repentina casi de Don Manuel de la Sosa. El mundo que tantos comentarios habia hecho de aquella muerte, no dejaria caritativamente de atribuirla á Don Pedro, sabiendo lo de la promesa, como ya le atribuian también la de Don Fernando de Quesada.

Una vez casado con Luisa, aquella arma desapareceria, y aunque aquel matrimonio era una especie de desafio á muerte entre los dos, sin embargo estaban ya ambos de tal manera empeñados en aquella lucha, que no podian cejar ni retroceder.

Don Pedro había conferenciado largamente con Don Alonso sobre lo que mejor se podria hacer, y Don Alonso apoyó la idea de la boda.

Allí tambien habia en juego otro interes. Don Alonso no desistia de su proyecto de enlazarse con Doña Blanca, y de hacer desaparecer á Mejía para que ella y él, como su marido, quedasen enteramente dueños de la inmensa fortuna de los Mejías.

El matrimonio de Luisa venia en auxilio de su empresa.

Luisa, por la misma razón que Don Alonso deseaba deshacerse de Don Pedro, desearia deshacerse ella de Doña Blanca, y ésta perseguida y hostigada por la muger de su hermano, buscaria un amparo, y entonces era la sazon de ofrecerla su mano.

Luego Luisa tendria por matrimonio un combate eterno con Don Pedro, y si Don Alonso la ayudaba algo, la pérdida de Mejía era indudable.

En los intereses de Don Alonso estaba pues, facilitar la boda de Don Pedro con Luisa, y hacer comprender á aquel que despues del matrimonio, seria muy fácil pretestar un viaje á cualquiera parte, y en ese viaje la muerte podria sorprender á la confiada esposa.

Convenido, pues, todo, no tardó en verificarse el matrimonio, que si no fué secreto, sí se cuidó de que se hiciera lo menos público que fuera posible.

Desde el dia que Luisa recibió la carta que contenia el consentimiento de Don Pedro para la boda, dejó la casa de la Sarmiento y volvió á ocupar su antigua habitacion, en la que habia muerto Don Manuel de la Sosa; avisó á sus amistades que estaba ya de vuelta, y les contó que habia pasado en el campo todo el tiempo de su ausencia, y á donde se habia retirado, para poder, sin testigos, dar rienda suelta á su dolor.

Lo acontecido con Don Cárlos de Arellano era tan secreto, que si ella ó él no lo descubrian, nadie mas podia hacerlo, y era seguro que ninguno de los dos cometeria esta indiscrecion.

Era ya la víspera del dia en que Don Pedro debia tomar estado, y á pesar de que Doña Blanca permanecia encerrada, creyó necesario darle noticia del casamiento por instigaciones de Don Alonso, y para evitarse una escena desagradable, el mismo Don Alonso se comprometió á llevar la noticia á Doña Blanca.

La jóven bordaba una palia, sentada enfrente de una alta ventana que daba á los patios interiores; estaba pálida y consumida, sus ojos indicaban que continuamente lloraba.

Oyó el ruido de la puerta, volvió la vista y reconoció á Don Alonso.

—Doña Blanca—dijo él—¿si me dais vuestro permiso?

—Pasad, Sr. Don Alonso, que sereis bien recibido.

—Gracias, y perdonadme que á interrumpiros me atreva en vuestras ocupaciones.

—No tengo que perdonaros, que muy al contrario, la presencia de alguna persona en este aposento me es muy grata: siempre estoy tan solitaria.

—En efecto, Doña Blanca, vuestra vida debe ser muy triste, que jamás poneis un pié en la calle, ni os visita persona alguna; no comprendo cómo Don Pedro puede llegar con vos á tanto rigor.

—Oh, no creais que mi hermano sea el que me tiene en esta reclusion; no, por el contrario, él siempre procurando que yo salga, que visite, que me distraiga.

Doña Blanca mentia por salvar la reputacion de Don Pedro, pero sentia que su garganta se anudaba y que el llanto iba quizá á venderla.

—No, Doña Blanca, no me engañeis, yo estoy en los secretos de vuestra familia, y sé cuán desgraciada sois, y cuán digna de mejor suerte.

Blanca se puso á llorar.

—Vuestra situacion es ahora muy triste, pero la verdad es que me temo mucho que en lo de adelante se ponga peor.

—Peor, ¿y por qué?

—Porque Don Pedro vá á casarse, y me encarga que os lo anuncie.

—¡Vá á casarse! ¿y con quién?

—Con una muger cualquiera, con una mulata, con una aventurera, sin reputacion y sin ninguna clase de virtudes, hermosa y pecadora como una Magdalena antes de arrepentirse.

—¡Jesus! ¿pero cómo mi hermano?.........

—Eso seria muy largo de contaros, pero lo que sí os diré que la entrada de esa dama en esta casa, será la señal de una nueva vida de disipacion y de escándalos, que os vereis obligada á seguir, ó que sereis la víctima de la esposa de Don Pedro.

—¡Ave María Purísima! ¿tan mala es esa señora?

—Tan mala, que su primer marido ha muerto envenenado por su mano, y que durante la vida de ese desgraciado, ella mantenia ilícitas relaciones públicamente con varios caballeros de esta ciudad.

—¿Pero mi hermano ignorará todo esto?

—Lo sabe, Doña Blanca, lo sabe todo, y á pesar de esto, ni él mismo es capaz de impedir que este enlace se lleve á efecto.

—Sea por el amor de Dios.

—Pero vos, Doña Blanca, ¿cómo vais á vivir así, en medio de este infierno?

—¿Y qué quereis que yo haga?

—¿Cómo? separaros de aquí.

—¿Pero á dónde y cómo me iré?

—Casaos.

Doña Blanca se sonrió tristemente.

—Sois hermosa, noble, discreta—continuó Don Alonso con exaltacion creciente—sois rica, no puede faltaros un hombre que os ame, que se interese por vuestra suerte, que sea digno de vos, que os haga tan feliz como mereceis.........

—Don Alonso, yo no puedo ya ser feliz sobre la tierra.

—¿Por qué no? Señora, pensad en el matrimonio.

—Pensaré, os lo prometo; pero hacedme la gracia de decir á mi hermano D. Pedro, que deseo hablar á solas con él.

—Por Dios, que no vayais á decirle nada de cuanto os tengo dicho.

—No temais, haced cuenta, Don Alonso, que lo habeis dicho en un sepulcro.

—Entonces diré á Don Pedro vuestro empeño, y tendré la dicha de volver á veros: pensad en lo que os dije.

Don Alonso salió, y Blanca fué á arrodillarse en su reclinatorio, delante de una imágen de la Vírgen.

Don Pedro no pudo ver á su hermana hasta en la noche. Doña Blanca, como siempre, le recibió temblando.

—Habeisme mandado llamar, Doña Blanca—dijo D. Pedro.

—Queria hablaros: esta vida que llevo no me es posible soportarla ya por mas tiempo, y tanto mas, ahora que sé que vais á casaros.

—Ya os he dicho, Doña Blanca, que está en vuestras manos el salir de esa situacion tan pronto como querais, y todo depende de que os resolvais á tomar el hábito é ir á hacerle compañía á vuestra madrina Doña Beatriz de Rivera, hoy Sor Beatriz de Santiago, al nuevo convento de carmelitas descalzas.

—Pero Don Pedro, si yo no me siento con vocacion para profesar.

—Eh, boberas y tonterías, vuestra madrina se sentia menos abocada á la vida religiosa, puesto que se iba á casar, y que todas las desgracias acontecieron segun cuenta el vulgo, porque además del Oidor su novio, tenia un querido á quien visitaba ella á media noche.

—¡Don Pedro!—dijo indignada Doña Blanca—no toqueis la honra de mi madrina que es una santa.

—Será, y en buen lugar está hoy para irse al cielo, pero veis cómo sin tener vocacion de monja, sino mas de casada, ha tomado el velo.

—Pero no me siento con valor.........

—Desengañaos: por última vez, si no os decidís á tomar el velo, no saldreis de aquí sino muerta, y no habrá poder humano que os saque de mis manos ni os lisonjeis con los amores del Don Cesar de Villaclara que ha pasado ya aguas de mar, que está en Manila, y que hasta dentro de ocho años no vendrá, para cuyo tiempo estareis vos ó muerta ó en el claustro; con que supuesto que no hay esperanzas, decidios y entrad al noviciado con vuestra madrina.

Doña Blanca quedó pensativa: Don Pedro la contemplaba en silencio.

—Está bien—dijo la jóven de repente—mañana mismo entraré de novicia al convento de Santa Teresa.

—¿Mañana mismo?

—Sí, mañana, disponedlo todo, vos lo quereis, vos me obligais, se hará: pero Dios os tomará estrecha cuenta si mi alma se pierde por culpa vuestra.

Don Pedro se puso á reir.

—No tengais cuidado, Doña Blanca, que nada se perderá, ni menos vuestra alma, entrad al convento, que allí cuando mas tendreis el riesgo de las tentaciones que con agua bendita os serán quitadas, que tan seguro estoy de que allí no se perderá vuestra alma, que dispuesto estoy á responder de ella á Dios.

—Bien, mañana mismo seré novicia.

—Cuánto me alegro, y os felicito por ello.

Don Pedro salió radiante de gozo, y Doña Blanca se puso á gemir.

Don Alonso de Rivera al ver á Don Pedro tan contento tuvo miedo; aquella alegría era de mal agüero para Blanca, y por consecuencia para él.

—Os veo muy satisfecho—le dijo.

—Sí, Don Alonso, por fin hemos triunfado.

—¿Cómo?

—Doña Blanca entrará mañana de novicia á hacer compañía á Sor Beatriz de Santiago.

—¡Es posible!—dijo Don Alonso palideciendo.

—La verdad pura.

—Entonces, ¿me permitireis que entre á felicitarla?

—No, Don Alonso, vale mas que no, ella parece que hace un gran sacrificio, y cualquier cosa seria para ella una burla, dejadla llorar sola, vale mas.

XIV.

Lo que pasó en las bodas de Luisa y de lo que le aconteció á la Sarmiento.

A LA mañana siguiente Sor Beatriz recibia en el convento de Santa Teresa, á su ahijada Doña Blanca de Mejía, que entraba de novicia.

Doña Blanca deshecha en lágrimas contaba sus desgracias á Sor Beatriz que procuraba consolarla, pero que comprendia que en realidad solo el tiempo podia curar aquel pobre corazon.

Al mismo tiempo se celebraban las bodas de Luisa con Don Pedro, no se habian hecho grandes preparativos ni se habia convidado mucha gente, pero la casa de Mejía estaba sin embargo muy concurrida.

Eran aquellos dias las fiestas del Carnaval, y hombres y mugeres andaban en las calles con máscaras y antifaces haciendo lujosas y elegantes comparsas.

En aquellos tiempos el lujo en los vestidos, en los carruajes y en las casas era tal, que á decir de los historiadores y viajeros que concurrieron á México en aquella época, no habia ciudad que no pudiera envidiar en esto á la naciente capital de la Nueva España; una inmensa cantidad de carrozas invadia las calles y los paseos en los dias de fiesta, y con tanta magnificencia que los caballos tenian las herraduras de plata, y en sus guarniciones se usaba el oro, la plata y hasta las piedras mas preciosas.

La clase baja del pueblo vestia con tanto lujo, que un artesano no se distinguia en un dia de fiesta de uno de los oficiales reales ó de un hidalgo rico.

Las fiestas del Carnaval eran libres y espléndidas, y en los dias en que pasa nuestra historia, si bien no habia bailes públicos, las calles, y los paseos y las casas particulares, estaban alegres y animadas.

La noticia del casamiento de la bella Luisa y de Don Pedro se esparció en la ciudad, y en la noche varias damas de todas clases comenzaron á llegar á la casa á felicitar á los nuevos esposos.

Don Pedro aparentaba una alegría que estaba muy lejos de sentir, y recibia á todos con muestras de cariño y de delicadeza, sentado al lado de Luisa que brillaba como un sol, cubierta de diamantes.

A la media noche se oyó un gran rumor en los patios y se precipitó por las escaleras arriba una comparsa de estudiantes, con sus panderos y sus guitarras, y con todos sus medios de hacer ruido y meter bulla.

Bailaban, cantaban, se entraban por todas las piezas riendo y enamorando á todas las criadas, y chanseando con todos los hombres y alborotándolo todo.

Uno de los estudiantes de elevada talla, se entró hasta una de las últimas piezas.

La Sarmiento dormitaba en un sitial porque habia querido concurrir tambien á la boda de Luisa; en el gran desórden que reinaba en la casa de Mejía en aquella noche, ninguno cuidaba sino de sí mismo, y la bruja cansada, se retiró á descansar un momento.

El estudiante la vió y comenzó á acercársele por detrás con precaucion, volviendo á todos lados la cara para ver si estaba solo. Nadie lo observaba.

Llegó hasta el lado de la Sarmiento que seguia durmiendo tranquilamente.

El estudiante tapó con su mano derecha herméticamente la boca y las narices de la bruja, y con la izquierda le sujetó la cabeza para que no pudiera moverse.

La bruja quiso levantarse y abrió los ojos espantados, sentia que le faltaba la vida, metió con angustia sus manos para apartar la del estudiante que la ahogaba, pero era imposible, aquellas manos y aquellos brazos parecian de acero.

La bruja se retorcia haciendo esfuerzos inauditos para desprenderse, sus ojos querian salirse de sus órbitas. La bruja se moria.

El estudiante acercó su boca al oido de la Sarmiento.

—Bruja infernal, tú mataste á mi amo Don Fernando y has hecho la desgracia de mi ama Doña Beatriz, me quisiste matar y yo te castigo.

Poco á poco fueron cesando la resistencia y los esfuerzos de la bruja hasta que se quedó inmóbil. Todavía Teodoro conservó su mano sobre la boca de la Sarmiento, hasta que al fin la retiró. La bruja habia muerto, y el cadáver quedó en el sitial como si estuviera durmiendo.

Teodoro salió y se mezcló entre la turba de los bailadores.

Uno de los otros estudiantes se acercó á él, y le dijo muy quedo.

—¿Ya nos vamos?

—Ya—contestó Teodoro.

El estudiante que le habia hablado dió un silbido con un pito de oro que colgaba de su cuello y luego toda la estudiantina se rodeó de él y se organizó como una tropa á cuya cabeza iba el que habia silbado.

Así se dirigieron hasta el estrado principal en que estaba Don Pedro con su esposa, rodeado de las principales damas y caballeros de la reunion.

Los estudiantes se colocaron frente á los nuevos esposos, tocando y cantando alegres endechas. Todo el mundo reia y palmoteaba.

De repente pitos y panderos y cantos cesaron como por encanto, y el estudiante que hacia de jefe se dirigió cortesmente á Don Pedro para dirigirle, á lo que parecia, una arenga.

Como todo lo gracioso se esperaba de aquella comparsa, aun de los otros salones llegó gente para escuchar.

El aposento estaba lleno. Todos los estudiantes tenian la mano derecha metida en la abertura del pecho de su ropilla.

—«Señor Don Pedro de Mejía, muy señor nuestro»—dijo el estudiante haciendo una ridícula caravana que hizo reir á todo el mundo—«Esta estudiantil comparsa que con mano firme dirijo y guio, me comisiona para felicitaros por la eleccion de una esposa que llamarse puede, bella entre las bellas, y se huelga de ver elevada á vuestro tálamo á la hermosísima Luisa esclava de Don José de Abalabide, que confiscada por el Santo Oficio con todos los bienes de su amo, huyó á pasar como muger de Don Manuel de la Sosa á quien envenenó; á la preciosa querida de Don Cárlos de Arellano, de cuyo lecho ha huido para venir á daros su mano; á la compañera de la bruja Sarmiento por muchos años.»

—Por muchos años—repitió la comparsa.

La concurrencia estaba atónita y nadie se atrevia á hablar. Don Pedro hizo un impulso para lanzarse sobre el estudiante, pero en aquel momento todos ellos sacaron de dentro de sus ropillas un puñal, y aquella falanje de cuarenta hombres, todos decididos, atravesó poco á poco en medio de la concurrencia, llevando todos en la mano el puñal desnudo.

El que cubria la retaguardia era Teodoro.

El que habia hablado era Martin. Nadie les habia conocido.

Luisa habia quedado desmayada de rabia y de vergüenza en el estrado.

La comparsa de los estudiantes, seguida al principio por algunos curiosos, se perdió por fin en las calles oscuras y tortuosas de los barrios fuera de la traza.

Don Pedro de Mejía hubiera dado cualquier dinero por enmudecer las cien lenguas que salieron por todas partes á predicar el acontecimiento de la casa; pero era mas fácil aprisionar el viento, y guardar en sus cofres un rayo de la luz del sol, que cortar el escándalo.

La concurrencia fué desapareciendo poco á poco, y como por encanto, y á poco tiempo, no quedaban en los salones mas que Luisa sentada en un sitial con la cara oculta entre sus manos, y Don Pedro paseándose en el mismo aposento con aire triste y meditabundo.

Las bujías alumbraban aún con todo su esplendor los desiertos salones, y los lacayos y los esclavos temerosos no se atrevian á apagar aquellas luces, por temor de que estallase la tempestad que presentian. Nadie ignoraba lo que acababa allí de acontecer, y por eso remaba en la casa el mas profundo silencio; nadie osaba decir una palabra ni atrevesar siquiera por un salon; parecia como que el dueño de aquella casa habia muerto repentinamente, y se hacia el duelo á su honor, á su reputacion y á su felicidad.

Don Pedro comprendia que iba á ser en lo de adelante el ludibrio de la ciudad, y á verse espuesto á la vergüenza de que le reclamara el Santo Oficio á su esposa, como esclava fugitiva.

Luisa conocia que su secreto estaba ya á la merced del vulgo: temblaba al considerar que la Inquisicion la arrebataria del lugar á que habia llegado, á fuerza de constancia y de trabajo, y sentia contra Teodoro un odio tan grande, que no es para descrito.

Por otra parte, no era ya la muger ni la viuda del débil Don Manuel de la Sosa; pertenecia al terrible Don Pedro de Mejía, y su enojo la espantaba. Una vez dado el escándalo, ¿qué podia contener á su marido? Nada.

Don Pedro sombrío, seguia paseándose, y Luisa permanecia con la cabeza reclinada en sus manos; sus collares, sus pendientes y sus tembeleques de brillantes, formaban como una cascada de luz entre sus negros cabellos, y sobre su bellísimo y torneado cuello.

De repente Luisa se paró, sin hacer el menor ruido, y se arrojó á los piés de Don Pedro esclamando:

—¡Perdon!

Don Pedro se detuvo, la miró con los ojos encendidos y como despidiendo llamas de furor, hizo intencion de hablar, llevó la mano al puño de oro guarnecido de piedras preciosas de su espadin, y luego sacudiendo la cabeza siguió con sus meditabundos paseos, procurando evitar el contacto con Luisa, que se habia quedado arrodillada en el mismo lugar.

—¡Perdon, esposo mio!—volvió á esclamar aquella muger á poco rato, abrazando una de las piernas de su marido.

—¿Vuestro esposo?—rugió, por decirlo así, Don Pedro—que el cielo me contenga, porque al oiros decir esa palabra, con ánimo me siento de atravesaros con mi estoque el corazon.

—¡Perdonadme! ¡Perdonadme!

—Soltad, señora, soltad, que me ahoga la indignacion.

—No, no, perdonadme.

—¡Suéltame esclava vil! Sal de esta casa.........

—¡Don Pedro, por Dios!

—Suéltame.........

—¡Por Dios!—repetia Luisa arrastrándose de rodillas por el pavimento y siguiendo á Don Pedro que hacia esfuerzos terribles para deshacerse de ella.

—¡No me sueltas! Pues bien, morirás, que harto escándalo somos ya los dos en esta tierra.

Don Pedro tiró de su espadin, pero Luisa le asió la mano, y comenzaron entre los dos una lucha horrorosa. Mejía habia perdido ya enteramente la cabeza con el furor, y la excitacion que le causaba la resistencia de aquella muger.

—¡Piedad! ah! piedad! Don Pedro, no me mateis, no por Dios, me iré, me iré.

—No, no; ya no quiero que te vayas, ya no, quiero que mueras, y morirás.

El espadin salió por fin de la vaina, y Luisa lanzó un grito de angustia al verlo brillar á la luz de las bujías; en aquel momento una multitud de lacayos y esclavos invadió el salon gritando:

—Señor, señor.

—¿Qué hay?—dijo Don Pedro reportándose, y procurando impedir que los criados viesen el estoque desnudo—¿por qué entrais todos aquí sin mi permiso?

—Señor—dijo uno de los lacayos—hemos encontrado en uno de los aposentos interiores á una muger muerta.

—¡Cómo!—esclamó Don Pedro—¿quién es ella?

—Una anciana.

—¡Ah! la maldicion de Dios ha venido á mi casa con esta muger—dijo Don Pedro, y luego dirigiéndose á su mayordomo agregó—Tirol, á esa señora la echas en este momento á la calle, ¿lo oyes? en este momento, porque si no, no seré capaz de contenerme y la mataré.

—¡Señor!—dijo el mayordomo.

—Obedece—esclamó fieramente Don Pedro.

Luisa se levantó y comenzó á seguir humilde y resignada á Tirol, pensando que no tenia mas recurso que la casa de la Sarmiento.

En el instante en que salia oyó á un lacayo decir á Don Pedro.

—Aquí está la muerta.

Luisa volvió la cara y reconoció el cadáver de la bruja.

—¡Jesus, Hijo de David!—esclamó vacilando y apoyándose en el hombro de Tirol.

—Vamos pronto, señora—dijo con altivez el mayordomo, retirándose un poco para que Luisa no se apoyase en él.

Llegaron al zaguan de la calle que abrió el mismo Tirol. Luisa se detuvo un momento, pero el mayordomo la empujó hasta afuera con tal violencia, que fué tropezando hasta la mitad de la calle.

Desde allí se descubrian los balcones de la que estaba dispuesta recámara nupcial, profusamente iluminada.

Luisa estaba sola en medio de la noche, en una calle desierta, y vestida de baile y cubierta de joyas.

Entonces le volvió su antigua resolucion, miró á los balcones por última vez y echó á andar esclamando con una voz ronca.

—Yo me vengaré.........

A los dos dias de este acontecimiento tomaba solemnemente el hábito de novicia en el convento de Santa Teresa, Doña Blanca de Mejía.