ESTAMOS en el año de 1623.
El virey Don Diego Fernandez de Córdoba habia pasado á gobernar el Perú, cosa que en aquellos tiempos se tenia como ascenso en la carrera pública, por lo mas pingüe de aquel vireinato en que se gozaban treinta mil ducados de sueldo, es decir, diez y seis mil quinientos pesos, y la Nueva España era un vireinato de veinte mil, que hacen diez mil quinientos.
Felipe III habia enviado al marqués de Guadalcazar al Perú, á pesar de las muchas acusaciones de sus enemigos, y habia dejado para que gobernase la Nueva España con arreglo á la ley, á la real Audiencia.
Felipe IV que heredó la corona de España por muerte de su padre Felipe III, desde el 21 de Marzo de 1621, envió á México como décimo quinto virey al Exmo. Sr. Don Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, marqués de Gelves y Conde de Priego, hijo segundo de la casa de los marqueses de Tabira, del Consejo de Guerra de S. M., que con el renombre de valeroso Capitan y rectísimo Gobernador, habia en los últimos años regido en Aragon.
Como el marqués de Gelves tiene que hacer un papel importante en el resto de nuestra historia, nos detendremos un poco para contemplar esa figura, que sin duda es la mas notable entre los vireyes de la Nueva España despues de la del célebre conde de Revillagigedo.
El marqués de Gelves, inteligente, impetuoso, rígido, escrupulosamente justiciero, valiente y acostumbrado desde su juventud á la severidad de la disciplina militar, llegó á Nueva España con órden espresa del rey para reformar las costumbres y reparar los daños que la negligencia de sus antecesores habia causado en el reino.
En aquellos momentos la situacion de Nueva España era verdaderamente triste.
Los pobres, oprimidos, no encontraban amparo ni justicia; el monopolio de los ricos, encarecia de tal manera los efectos de primera necesidad, que las gentes se morian de hambre.
La justicia se administraba al mejor postor como una mercancía; los caminos y las ciudades estaban llenas de ladrones, salteadores y bandoleros, cuya audacia llegaba hasta el hecho de haber sido robados diez y ocho mil pesos de las cajas reales, horadándose las paredes y fracturándose las cerraduras.
Los ricos fuera del alcance de la ley y de la autoridad, se constituian en señores feudales con derechos de vida y haciendas, asombrando al reino con su soberbia y disolucion.
Por las noches nadie podia ya salir de su casa, porque cuadrillas de hombres armados andaban por las calles robando á todo el mundo, é insultando á todos, sin perdonar al mismo Arzobispo de México que lo era aún Don Juan Perez de la Cerna.
El marqués de Gelves, con una voluntad firme y con una resolucion indomable, comenzó á poner en todo el remedio.
Los monopolios de las semillas y de los demás efectos de primera necesidad cesaron, bajando así los precios y comenzando á remediarse las necesidades de los pobres, que habian llegado á un estremo increible, por esos que se llamaban «regatones» que eran compradores y revendedores, entre los cuales se contaba el mismo Arzobispo, que tenia en su casa una carnicería que le hizo quitar el virey.
La justicia comenzó á administrarse á todo el mundo, y comenzaron á verse castigados ricos, y nobles, caballeros y jueces, alcaldes y abogados, por las faltas en su administracion.
El Arzobispo, los Oidores y los Ministros de la Audiencia, perdieron su antigua soberbia y poderío, y por último las cuadrillas que salian por todas partes en persecucion de los delincuentes, ladrones y salteadores, habian logrado aprehender y castigar á muchos, dejando limpios los caminos y devolviendo la tranquilidad á los pacíficos vecinos de las aldeas y de las ciudades.
El marqués de Gelves era por tanto el blanco de los odios de los ricos, de los nobles, del Arzobispo y de sus partidarios y de la gente perdida.
EN la portería del convento de Santa Teresa, un caballero y una señora esperaban con impaciencia el momento en que se pudiera hablar á las religiosas.
Debian ser personas las dos de mucha distincion, porque ademas de ir ambos ricamente vestidos, el caballero ostentaba insignias de nobleza, y era saludado con profundo respeto por cuantos al pasar acertaban á verle.
Muestras daban ya de impaciencia aquellas personas, cuando al traves del torno se escuchó una voz que decia:
—Señor Corregidor.
—Madre—contestó el que esperaba.
—Dice vuestra señoría que trae órden de su Ilustrísima para hablar á solas con Sor Blanca.
—Sí que digo, y aquí está la órden.
—¿Podeis mostrárnosla?
—Aunque desconfianza es esa que ofenderme pudiera, por ser vos como sois, esposas de Cristo y retiradas del mundo, no se os puede tener á mal; tomad la órden del Señor Arzobispo.
El Corregidor puso un pliego en el torno, que jiró, y la monja que estaba en el interior tomó el pliego.
—Que sea permitido—dijo la monja en voz alta—al Señor Alcalde Mayor de la provincia de Metepec y Corregidor de esta ciudad de México, el Caballero de la Orden de Santiago, Don Melchor Perez de Varais, hablar á solas con Sor Blanca del Corazon de Jesus.
—Exactamente—dijo Don Melchor.
—Pero aquí agrega Su Ilustrísima, que debe acompañar al Señor Corregidor en esta visita, la señora su esposa Doña Isabel de Santiestevan, para que no cause escándalo al público ni á la Comunidad, el que una religiosa hable á solas con un mundano.
—Y aquí estoy, Madrecita—dijo la señora, que habia permanecido en silencio—yo soy Doña Isabel de Santiestevan, esposa de Don Melchor Perez de Varais.
—Entonces, hacedme la gracia de esperar un poco, que voy á que os abran un lugar á donde podais hablar con Sor Blanca.
—Muy bien—dijo el Corregidor.
—Verdaderamente, estoy ansiosa de arreglar el negocio de esa pobre criatura—dijo Doña Isabel á su marido.
—¿Conoceisla?
—No, pero me interesa sin haberla visto nunca.
—Pobrecita; la fortuna es que casi todo le ha salido á pedir de boca.
En este momento se abrió una de las puertas que estaban inmediatas al lugar en que hablaban Don Melchor y su muger, y una monja les hizo seña de que pasaran. Entraron ambos, y la monja se retiró.
Poco despues apareció Sor Blanca.
Aunque iba completamente cubierta habia algo en su modo de andar, en su talle, en todo, que indicaba, que denunciaba por decirlo así, que era una muger tan hermosa como desgraciada.
Los dos esposos se levantaron con respeto al verla entrar.
—¿Conque sois vos?—dijo la monja, con un acento dulcísimo—¿mi noble protector Don Melchor Perez de Varais?
—Sor Blanca, nada me teneis que agradecer, porque vuestras desgracias os hacen acreedora á todo género de consideraciones, y ademas porque mi esposa Doña Isabel es quien por vos ha tomado particular empeño desde que leyó la primera de vuestras epístolas.
—Sí, Sor Blanca—dijo Doña Isabel—la relacion que haciais de vuestras penas á mi esposo, buscando su proteccion me interesaron de tal manera, que desde entonces no he cesado de trabajar hasta que ya lo veis, estamos á punto de conseguirlo todo.
—¡Dios lo permita para la salvacion de mi alma!—esclamó Sor Blanca.
—Ahora—agregó Doña Isabel—mi esposo, que es grande amigo del señor Arzobispo, ha conseguido una órden para que podamos hablaros á solas, con el objeto de que digais á mi marido cuánto mas os parezca necesario para que el señor Arzobispo resuelva.
—Ya sabeis, Sor Blanca—dijo Don Melchor—que nuestras cartas á Roma han producido muy buen efecto, y Su Santidad ha enviado un Breve al señor Arzobispo de México, facultándole para que dentro de un año pueda relajar y anular vuestros votos.
—Lo sé, y os viviré, Don Melchor, eternamente reconocida: de edad de diez y seis años he tomado el velo impulsada por la tirana voluntad de mi hermano Don Pedro de Mejía, que tan gran empeño mostraba por verme profesa. Sin vocacion para esta santa vida, mi existencia aquí es el tormento mas agudo y mas continuado que verse pueda; ni pienso mas que en mi libertad, ni anhelo mas que en dejar estos respetables hábitos, que pesan para mí como si fueran de bronce. Siete años he pasado tras estos muros; siete años de lágrimas y casi de desesperacion: Dios me ha deparado á un hombre á quien me atreví á escribir porque sabia el favor que gozaba con el señor Arzobispo; este hombre habeis sido vos, señor Don Melchor, y mi corazon no me engañó y me habeis protejido, y me sacareis de aquí, porque si yo perdiera esa esperanza no sé adónde me podria conducir mi desesperacion.
—¿Tan exaltada estais así, Sor Blanca?—dijo Doña Isabel.
—Ah señora, vos no podeis ni aun comprender lo que se siente cuando se miran estos muros, que no se han de franquear nunca, cuando se considera que el sepulcro se ha cerrado ya sobre nosotras que hemos muerto estando vivas, que no tenemos de comun mas que el aire y la luz con ese mundo del que se nos aleja, del que se nos priva, pero que por eso mismo nos parece mas bello y mas encantador. Ah, señora, ¡la libertad! ¿sabeis vos, lo que es la libertad? no, no podeis comprenderla porque siempre la habeis gozado; no podeis vos alcanzar cuánta es la dulzura de esa palabra, porque vos, señora, cuando quereis ver el cielo, y los pájaros, y los árboles, y el rio, y la pradera, y las lagunas, las veis, y á los vuestros y al mundo en fin, y yo estoy lejos, lejos de todo eso, condenada á no ver sino estas sombrías paredes, sintiendo el rumor de las gentes que pasan del otro lado de nuestras tapias, oyendo algunas veces ecos de músicas lejanas que me parecen armonías escapadas del cielo, adivino las pasiones entre los que miro venir al templo, sorprendo en mis libros de devocion frases de amor, que yo no quiero dirijir solo á Dios. Ah, señora, yo procuro disipar estos pensamientos, ahogar en la religion estos mundanos impulsos de mi corazon, pero me es imposible, no puedo, no; ni mis lágrimas apiadan al cielo, ni encuentro en mi alma la resolucion necesaria para vivir así. El llanto ha hecho surcos en mis mejillas, y mirad, señora, á pesar de nuestras reglas os voy á mostrar las huellas que el dolor y la desesperacion imprimen en mi rostro, porque vos y vuestro esposo sois las únicas personas que se interesan por mí sobre la tierra.
Sor Blanca levantó convulsivamente su velo, y Don Melchor y su esposa quedaron asombrados de su belleza.
Sor Blanca no era ya la niña tímida que hemos conocido en la casa de Don Pedro, era una jóven perfectamente desarrollada, el dolor y el llanto habian borrado los colores encendidos de su rostro, pero su palidez, el brillo casi febril de sus ojos y la sombra dulcemente azulada que rodeaba sus párpados, aumentaba el interes y la belleza de su fisonomía.
Don Melchor no habia soñado nunca que pudiera haber una muger tan hermosa y tan interesante.
Doña Isabel, á pesar de su sexo, encontró á Sor Blanca como un ángel.
—En verdad—dijo Doña Isabel—que se conoce que habeis llorado mucho en vuestra vida.
—Y tanto, señora, y tanto, que si el llanto fuera una redencion ante Dios, yo estaria ya libre en el mundo: Dios os libre, señora, de soñar siquiera una noche que estais en el convento contra vuestra voluntad, porque os ahogariais, es preferible ser emparedada.
—No digais eso—dijo Doña Isabel palideciendo.
—Sí, lo diré; porque entonces lo que llega es la muerte, lenta, pero llega, dos dias, tres, cuatro, ¡ay! ¿y qué son cuatro dias comparados con esta eternidad de sufrimientos, sin esperanza, sin esperanza; y un dia, y un mes, y un año, y otro, y lo mismo, y vivir en un sepulcro, sin esperanzas, sin ilusiones, sin amor, ¡sin amor! ha de ser muy hermoso el amor ¿es verdad?—dijo Sor Blanca como fuera de sí, tomando una mano á Doña Isabel—contadme por Dios, señora, ha de ser muy bello, amar, y ser amada, tener padres, ó hermanos, ó hijos, ó esposo, ó álguien que nos ame, ¡ay! yo nunca he tenido quien me ame mas que mi madrina Doña Beatriz, y esa murió tan pronto.
—¿Murió Doña Beatriz?—preguntó con interes Doña Isabel.
—¿La conocísteis? qué buena era; murió tres años despues de profesar, era tan desgraciada como yo, aunque no tanto, porque al fin consiguió su familia del Sr. Arzobispo que no se enterrara dentro del convento, y logró salir aunque fuera despues de muerta.
Aquel arranque probaba el grado de desesperacion en que vivia Sor Blanca; Doña Isabel miró á su esposo, y éste sacudió la cabeza murmurando entre dientes.
—¡Pobrecita!
—Sor Blanca—dijo Doña Isabel—confiad en nosotros que saldreis.
—¡Ah! solo de pensarlo creo que voy á volverme loca. ¡Salir, salir de aquí! aunque tenga yo que vivir de esclava, de limosnera, tullida en una cama, pero quiero ser libre.
—Y lo sereis—dijo Don Melchor levantándose—os dejamos, porque comprendo que hablaros mas seria exaltar mas vuestra alma: adios Sor Blanca, confiad en nosotros.
—Que Dios os bendiga, señores—dijo Sor Blanca, y se retiró al interior del convento halagando por la primera vez la esperanza de libertad por el influjo de Don Melchor, ó la firme resolucion de hacerse libre por cualquier medio.
El Corregidor y su esposa subieron en su coche y se dirijieron á su casa.
—Don Melchor—dijo Doña Isabel—¿habeis comprendido cómo no solamente me cumplís vuestra palabra sino que haceis una accion meritoria librando á esa jóven del cautiverio en que gime?
—Lo conozco—contestó Don Melchor—no me arrepiento de haberos complacido.
—Tanto mas—agregó Doña Isabel sonriendo—cuanto que el dia que esa jóven esté libre de sus votos, creo yo, y debeis creerlo vos, que puede reclamar la mitad de la fabulosa fortuna de su hermano; ella es hermosísima. ¿No es verdad?
—Sí, tal.
—Y entonces era fácil que el mundo creyera que habiais enviudado y podriais casaros con ella.
—Pero.
—No andemos con hipocresías, Don Melchor, vos sabeis bien que yo no os amo, y yo conozco que no habeis tenido por mí mas que un capricho que se ha prolongado merced á nuestro pacto y á nuestro aislamiento en vuestra residencia de Metepec.
—Luisa, os engañais.
—No, ni me engaño ni vos os engañais tampoco, echada de mi casa por mi marido el miserable de Don Pedro de Mejía, la noticia del escándalo, os avivó el deseo de conocerme, y me requerísteis de amores; yo, tanto por vengarme de Don Pedro como por huir de Don Cárlos de Arellano, consentí en seguiros á Metepec y pasar allí por vuestra esposa con el nombre de Doña Isabel de Santiestevan, con la condicion de que me ayudariais á vengarme, y mientras yo meditaba esa venganza y esperaba el momento de realizarla, he querido jugar á muger honrada y de bien, y lo habeis visto, ninguna esposa de hacendado ó de encomendero, ha podido por mas beata y rígida que haya sido, poner mancha en mi conducta: nadie iba con mas puntualidad á la iglesia á confesarse y á misa que yo, ni marido alguno ha sido mas mimado y acariciado que vos.
—Es cierto, y por lo mismo soy feliz, os amo cada dia mas, y no quisiera por nada deshacer estos vínculos.
—Don Melchor, yo os estoy agradecida y os quiero, aunque no os amo con ilusion, pero mi venganza comienza ya á realizarse. Doña Blanca va á quedar libre de sus votos y el anhelo de que esto se realice cuanto antes, me ha dado valor de venir á México á riesgo de ser conocida y de que llegue á noticia de Don Pedro que aun vivo, cuando por muerta me ha tenido, y si él llegara á averiguar que aun existo, no pararia hasta hacerme desaparecer de la tierra. Oidme, Don Melchor, y sed justo y racional: he sido vuestra tanto tiempo y tan sin limitacion, que por vos, á quien no amaba, he hecho lo que por nadie, ni por mi mismo marido Don Manuel de la Sosa, he sido económica, retirada y hasta beata, he consentido en vívir en un pueblo tan triste como Metepec, pero ya no puedo sufrir esto por mas tiempo, ya no puedo representar este papel que no es el mio; aun soy, si no jóven, hermosa y de buena edad, necesito gozar porque mis instintos y mi naturaleza me lo exigen, y los placeres son mi elemento como el aire que aliento: os he sacrificado seis años, dejadme gozar la hermosura y la juventud que me quedan, dejadme apurar ya el cáliz del mundo, cuando está para mí tan próxima la edad de los desengaños, del olvido, del desprecio.
—Pero ¿qué pretendeis hacer?
—Consumada mi venganza, libre y rica Doña Blanca, arruinado ó muerto Don Pedro de Mejía, entonces nos separaremos, Don Melchor, y yo me lanzaré para sumergir en los placeres los últimos resplandores de mi juventud, aun cuando despues me aguarde la miseria y la muerte en los malos jergones de un hospital.
—¡Jesus!—dijo espantado Don Melchor.
—Sí, vos sois rico, podeis encontrar una esposa noble y virtuosa y rica como Doña Blanca, si quereis, ó comprar tantas cuantas veces se os antoje mugeres ardientes y voluptuosas de mi raza, que á vuestro sabor podreis arrojar de vuestro hogar sin escrúpulo y sin remordimiento.
Don Melchor Perez de Varais habia quedado pensativo.
—Vaya—continuó Luisa—aun no teneis por qué apuraros, aun falta algun tiempo para esa separacion, aun tengo que arrastrar yo mas dias de los que quisiera, las negras ropas de la hipocresía; pero tengamos los dos paciencia y resignacion mientras llega el instante.
—Teneis razon, tengamos paciencia.
Luisa hizo una graciosa caricia á Don Melchor, y se entró para el interior de la casa.
—Es raro—decia el Corregidor—una muger que conozco su mala índole, y sus costumbres y sus instintos depravados, y que la amo tanto: aberraciones del corazon humano......... ¿Qué se ha de hacer? Vamos á visitar al Arzobispo, que es necesario trabajar para que este demonio encarnado del conde de Gelves, no acabe con nosotros y con su Ilustrísima.
DON Melchor Perez de Varais entró al Arzobispado, y se encaminó á la cámara en que celebraba sus consejos el prelado.
El Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna estaba allí en compañía de otras dos personas, y todas hablaban con tanto calor, que se conocia que de cosas harto graves é importantes se trataba.
Recibieron todos al Corregidor con muestras de grande cordialidad y aprecio, y continuaron su interrumpida conversacion.
—Decia el señor Oidor Lic. Don Pedro de Vergara y Gaviria—dijo el Arzobispo al Corregidor—que nada es posible adelantar con la vuelta de los galeones de Castilla, por cuanto Su Magestad está completamente decidido por el marqués de Gelves.
—Por eso proponia—dijo el licenciado Vergara—mi compañero el señor doctor Galdos de Valencia, que era ya preciso consentir en que el pueblo obrase libremente, para obligar á la Córte de España á enviar un Visitador y mudar la residencia del marqués de Gelves.
—No me parece mala esa idea, tanto mas, que sobran personas que quieran tomar parte en cualquier tumulto contra el virey—dijo Don Melchor.
—Creo—agregó el doctor Galdos—que contamos con tales elementos, que nunca ocasion alguna puede haberse presentado mas propicia: en primer lugar, el apoyo de su señoría Ilustrísima, que es ya mas que bastante por su sagrado carácter y por el cariño que todos los fieles le profesan.
El Arzobispo hizo una caravana.
—Despues—continuó el Doctor—todas las clases de la colonia están heridas por el marqués de Gelves en lo mas sensible, y todas con ánimo y voluntad firme de vengarse: el comercio con esa prohibicion de los tratos y regateos que ha inventado, le aborrece de muerte, porque mas de cien familias ricas están quedando por eso en la miseria.
—Si—dijo el licenciado Vergara—mas el pueblo entiende que en esto le resulta un favor.
—En poco os parais—contestó el doctor Galdos—¿teneis mas que hacerle entender al pueblo, que estos regateos los prohibe y persigue para dejar como único abastecedor y obligado á su amigo Don Pedro de Mejía?
—¡Qué brillante idea!—dijo Don Melchor, pensando que esto iba á facilitar los proyectos de Luisa—es una idea soberbia, porque aun me duelen las doce mil cargas de maíz que me hizo llevar á la Alhóndiga, y la causa que con tanto empeño me sigue.........
—Tambien hablaremos de vuestra causa—dijo el Arzobispo—que buen pretesto nos dará, según va ella para mas de cuatro cosas.
—Continuaré si me lo permitís—dijo el doctor Galdos—pues además de los resgatadores, contamos con todos los portugueses y estrangeros, que son muchos, á quienes el virey ha apartado de los asientos de minas, y que estarán dispuestos para todo contra él.
—Pero estos—objetó el Arzobispo—como estrangeros, será mal mirada por el rey nuestro señor su intervencion en los negocios de las colonias.
—No tema por eso su Ilustrísima—contestó el licenciado Vergara, que habia comprendido la idea del Doctor—porque esos no serán los que por delante se presenten, sino que en caso de confusion ó tumulto, servirán de auxiliares sin mostrarse ni ser conocidos, ni invitados tampoco.
—Así es en verdad—continuó el Doctor, y no necesitaremos de ellos mas que, como dice el señor Oidor, de auxiliares: contamos, además, con los negros y gente de color, que siendo libres les ha obligado á que se registren y paguen tributo, y no vivan de por sí sino en el servicio.
—En efecto—dijo Don Melchor—por mi fé que sois señor Doctor, hombre de muy grande ingenio.
El Doctor hizo á su vez una reverencia, y continuó:
—Cuéntase tambien en esta empresa, con gran cantidad de indios naturales del país ofendidos por el esceso del donativo que el virey les exije, para enviar á España y congraciarse con su Magestad; y aunque es cierto que ellos con gran contento lo darian por las artes que para ello emplea el marqués de Gelves, pero si su Ilustrísima desaprobase todo lo practicado en una de sus pláticas ú homilías, todos esos naturales serian aliados nuestros.
—Y lo haré—dijo el Arzobispo que habia estado oyendo al doctor Galdos, sin perder una sílaba—lo haré, y de manera que los indios comprendan que de nuestro lado, y no de el del virey, están sus intereses.
—Muy fácil es para el prestigio y el talento de su Ilustrísima—dijo el licenciado Vergara.
El Arzobispo inclinó la cabeza como dando las gracias.
—La gente toda de la curia, tanto civil como eclesiástica—continuó el doctor Galdos—se moverá y debe ser la que todo lo inicie, porque además de las ofensas que tiene recibidas, obedece, y con justa razon, las inspiraciones de la lumbrera de nuestro foro, del señor Oidor licenciado Don Pedro de Vergara Gaviria.
En esta vez al licenciado le tocó hacer una reverencia.
—Y finalmente—dijo Galdos—no sé si lo que voy á decir merecerá la aprobacion de su Ilustrísima y de los demas señores; pero si no la merece, fácil nos será suprimir esta parte.
—Hablad, señor Doctor—le dijo el Arzobispo.
—Pues, señor, como gente aparejada para la pelea, en el caso de que hasta allá llegásemos, que Dios no lo permita, podremos echar mano de tantos hombres perseguidos por las partidas del virey con pretesto de que son ladrones y bandoleros; es cierto que entre ellos no todos son gente muy de bien, pero no pueden encontrarse tan fácilmente hombres perfectos: de muchos de estos perseguidos, tengo noticia de que para huir del virey se han repartido en los montes y héchose hermitaños, con lo que viven con su cruz y su rosario en una cueva. ¿Conque si no os parecieren mal?.........
—Que han de parecer—dijo Don Melchor.—Siempre cosa sabida es, que los soldados y demas gente de guerra son viciosos, y poco dados á los devotos ejercicios, que los que por la virtud dan, retíranse á los monasterios, ó buscan el servir á Dios en los altares.
—Y mas agregaré—dijo el Arzobispo—que esto siendo para el servicio de Dios y de su Religion, y para la guarda de estos reinos de Su Magestad que de otra manera serian perdidos, no es obstáculo que así en las santas cruzadas fueron torios los que habian recibido las aguas del bautismo á la reconquista de los Santos Lugares de Jerusalém, sin que se esceptuaran los pecadores, y quizá camino será éste de salvacion para muchas almas perdidas ó dormidas en la culpa.
—¿Y cuántos hombres calculais en todo eso que nos habeis enumerado?—dijo Don Pedro de Vergara al Doctor Galdos.
—Por no parecer exajerado no os diré mas, sino que fácilmente podria segun mis averiguaciones, tenerse un cuerpo como de quince á veinte mil hombres.
—¡Tanto así!—dijo espantado el Arzobispo.
—Y mas, si la necesidad apurase.
—Eso está muy bueno—dijo el licenciado Vergara—pero vamos ahora á meditar cómo se han esos elementos de aprovechar.
—En primer lugar, es necesario que el virey sea el que dé lugar al escándalo y al tumulto, y nunca que nosotros ni el pueblo de por sí lo provoquemos—dijo el Arzobispo.
—Así debe ser en efecto—agregó el licenciado Vergara—pero sin embargo, antes que el motivo ó el pretesto lleguen, es preciso tenerlo todo preparado, porque no vaya á suceder que se pierda sin poder utilizarse un momento oportuno.
—Muy bien pensado—dijo el Arzobispo—y como si Dios protejiese nuestros intentos, ha venido hoy á visitarme y está ahí fuera en mi biblioteca esperándome un mozo Bachiller que fué mi familiar, y que abandonó la carrera de las letras y la de la Iglesia, que se llama Martin de Villavicencio Salazar, el cual mozo me es muy adicto y tiene grande influjo y relaciones con toda la jente perdida y de accion de la ciudad, y por ese medio mucho podremos conseguir.
—¿Pero será de valor, de confianza y de actividad?
—A faltarle alguna de esas condiciones ni le propusiera ni yo le admitiera tampoco; bástame deciros que fué mi brazo derecho en el célebre negocio que tuve con Don Alonso de Rivera en la posesion de las casas que son ahora convento de Santa Teresa.
—Cuyo negocio costó la vida del buen Don Fernando de Quesada que santa gloria haya—dijo el Doctor.
—Como que á mí—agregó el Arzobispo—nadie me quita de la cabeza que esa muerte grava las conciencias de los dos grandes amigos del marqués de Gelves, Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera.
—Seguro estoy yo de ello y jurarlo pudiera—esclamó Don Melchor—que por ignorados caminos he venido en descubrir la verdad: ya otro dia hablaré de esto.
—Como que de castigar tenemos ese delito—dijo el licenciado Vergara.
—¿Os parece que haga entrar á Martin?—preguntó el prelado.
Los otros tres se vieron entre sí, como consultándose mútuamente, y el Arzobispo agregó:
—Yo os respondo de él.
—Entonces que entre y le hablaremos—dijo el licenciado Vergara.
Su Ilustrísima sonó una campanilla de oro que tenia sobre la mesa, y un familiar entró.
—Que pase á esta sala el caballero que me espera en la biblioteca—dijo el prelado.
El familiar salió otra vez.
—Podeis, señores—continuó diciendo el Arzobispo—fiaros enteramente de este hombre aunque le veais tan mozo, que yo os respondo de él como de mí mismo, en discrecion, en valor y en actividad.
En este momento se presentó en la puerta Martin de Villavicencio.
Martin no era ya un jóven como le hemos visto al principio de nuestra historia; su barba tupida y negra y las profundas arrugas de su entrecejo, al mismo tiempo que su aire resuelto, le daban ya el carácter de un hombre formal.
Vestia un traje de terciopelo negro con acuchillados de raso y con sombrero y medias calzas del mismo color, podia quien le viese haberle tomado por un marqués ó por un correjidor. Saludó con desembarazo, y á una indicacion del Arzobispo se sentó en un sitial cerca de Don Melchor Perez de Varais.
—Martin—le dijo el prelado—te he mandado introducir en esta sala, porque sé que puedo contar con tu adhesion y tu valor lo mismo que en otros tiempos cuando eras el consentido de nuestro difunto amigo, que en paz descanse, Don Fernando de Quesada.
Martin palideció lijeramente y contestó:
—Su Señoría sabe que una vez le he prometido que podia contar conmigo á vida ó á muerte, y estoy dispuesto siempre á cumplir mi palabra.
—Bien, sé que eres un buen amigo y un escelente caballero para cumplir tus promesas; se trata ahora de que nos ayudes en un negocio que nos preocupa en estos momentos. ¿Querrás ayudarnos?
—Sí señor.
—¿Cualesquiera que sea el riesgo á que te espongas?
—Sí señor.
—Señores, lo oís, éste es el jóven tal cual yo os le pinté, ningun riesgo le detiene ni ningun peligro le aterra. Martin, tú ves la situacion en que está el reino, que no puede ser peor, vivimos sobre un volcan que debe estallar de un dia á otro, ó que nosotros debemos hacer reventar para bien de las almas, porque de otra manera no se pondrá remedio en esto por Su Magestad, cuya augusta mirada no alcanza hasta estas tierras.
El Arzobispo quedóse mirando á Martin que le escuchaba atento con los ojos bajos y sin pestañar, y continuó:
—Es preciso prevenir los ánimos y disponerlos para todo acontecimiento, y que puedan valernos en un lance desgraciado los amigos todos del rey y de la religion. ¿Que te parece?
—Es decir—preguntó con cierta brusquedad Martin—¿que quiere su Ilustrísima que yo y mis amigos nos encarguemos de preparar un tumulto, un motin contra el virey?
—Eso es—dijo el Arzobispo, cuyo carácter impetuoso le hacia huir de ambajes y rodeos—eso es, que tú te encargues de prepararlo todo, para que cuando llegue el momento una sola chispa baste á encender la hoguera.
—¿Y cuál será el pretesto?—preguntó Garatuza.
—El pretesto nosotros le buscaremos y te daremos aviso oportuno si hay tiempo, y si no, tú lo comprenderás y arrojarás el fuego.
—En nada de eso veo dificultad—dijo Garatuza.
—Por ahora—dijo el Doctor Galdos—es preciso que os pongais de acuerdo con vuestros amigos, para propalar entre el vulgo el rumor de que el Sr. Arzobispo trata de excomulgar al virey, porque este proteje á su favorito Don Pedro de Mejía, para que este abarque y compre todo el maiz de la plaza, impidiendo que haya otros resgatadores, con el objeto de subir luego los precios, teniendo con esto, ambos á dos, una riquísima ganancia á costa de la miseria de los pobres, y luego fomentar la murmuracion y el descontento, preparando la alarma y predisponiendo los ánimos al combate.
—Todo haré, como disponen sus señorías—dijo Martin—y todo tendrá un buen verificativo; pero permítanme sus señorías una simple pregunta: ¿qué voy ganando yo y qué puedo ofrecer á mis amigos?
—En cuanto á vos—contestó sin vacilar el Doctor Galdos—tendréis ó una cantidad gruesa en dinero, ó un empleo en las oficinas reales.
—Acepto mejor la cantidad.
—Diez mil pesos, si lograis levantar al pueblo.
—¿Y en cuánto á mis amigos?
—Saldrán ganando el no ser perseguidos en lo de adelante como lo son hoy, y además tendrán por ganancia lo que pudieren ganar en el conflicto.
—Comprendo—dijo Garatuza—¿y en cuanto á los que tienen prision, sentencia ó causa pendiente por el virey?
—Todos ellos serán libres, y las causas quemadas.
—Conforme: ¿á quién debo dar cuenta de lo que ocurra y pedirle órdenes?
—A mí—dijo el licenciado Vergara—que sabeis que vivo en la calle á que el vulgo le da mi nombre.
—Muy bien—dijo Martin—¿ahora podré retirarme?
—Sí, Martin—contestó el Arzobispo.
Garatuza besó el pastoral de Don Juan Perez de la Cerna; hizo una reverencia á los oidores y al Corregidor, y se retiró.
—¿Qué os ha parecido mi recomendado?—dijo alegremente el Arzobispo.
—Buenísimo—contestaron los otros.
—Ahora, pronto vendrá el pretesto—esclamó gravemente el doctor Galdos de Valencia.
HEMOS llegado otra vez á la casa de la Estrella, en Xochimilco, á donde aún vive nuestro antiguo conocido Don Cárlos de Arellano; pero no le volvemos á ver jóven, disipado, elegante; ahora los ocho años que han pasado sobre su cabeza le han dado ya el aspecto, no de un hombre de la edad viril, sino casi la apariencia de un viejo.
Don Cárlos no tiene aquel bigote fino y atusado; larga y espesa su barba cae sobre su pecho, blanqueada como el escaso pelo de su cabeza por la nieve de los años, y profundas arrugas surcan su frente.
La casa de la Estrella se resiente de esta variacion; los jardines están incultos, la malesa los ha convertido en una especie de bosque, los salones están abandonados, los murciélagos, las palomas, y las golondrinas hacen allí sus nidos, y por las rotas y desencajadas puertas entran la lluvia y el viento, cubriéndose de musgo los pisos.
En los patios dos ó tres viejos criados se ven entrar algunas veces, y han desaparecido ya los escuderos, los palafreneros y los esclavos que como un enjambre de avejas entraban y salian todo el dia en las cuadras y en las habitaciones interiores.
Referirémos brevemente la causa de aquella variacion.
El dia siguiente al de la fuga de Luisa con el jardinero Presentacion, Don Cárlos de Arellano comenzó á buscarla por todas partes, encontró la horadacion en las tapias del jardin, faltaba el jardinero, y Arellano supo que le habian visto ir una vez á la casa del brujo Ñor Chema.
Quizá Chema podria dar una luz sobre aquella desaparicion. Arellano ni creia bien á bien en los nahuales ni les tenia miedo; en fin estaba colérico, y no reparaba en lo que el vulgo podia decir al mirarle entrar en la casa de un hechicero.
Don Cárlos se dirigió sin temor ni vacilacion á la casa del nahual, y al llegar ya muy cerca le descubrió sentado á la puerta con los pies al sol, y leyendo un grueso libro forrado en pergamino.
La presencia de aquel hombre de quien se contaban tantas consejas, y la soledad en que se encontraba, no dejaron de preocupar al alcalde mayor, pero ya habia emprendido aquello y era fuerza llevarlo adelante. Don Cárlos era tenaz en sus empresas, aun en las mas insignificantes.
—Buenas tardes—dijo Don Cárlos al viejo.
—Que así se las dé Dios al caballerito—contestó el viejo.
—Vos á lo que parece no me conoceis.
—Solo ahora, y para serviros.
—Soy Don Cárlos de Arellano, alcalde mayor de esta ciudad de Xochimilco.
—Por muchos años—dijo el anciano levantándose y saludando.
—Sentaos, que vengo solo á preguntaros de un negocio que me interesa.
—Mande su señoría.
—El vulgo dice que sois hechicero.
—Sabe muy bien su señoría que el vulgo es vulgo, y siempre se engaña.
—Sin embargo—dijo Don Cárlos tratando de lucir su erudicion—Vox populi, vox Dei.
—Es cierto, señor alcalde; pero el vulgo no es el pueblo: el vulgo no es mas que el vulgo.
—Bien, dejemos eso, tengan ó no razon, lo que es cierto es que á consultaros vienen cuando traen alguna empresa entre manos.
—Y crea su señoría que se van lo mismo que han venido.
—Lo que no quita que vos conozcais sus intentos.
—Cierto es eso.
—¿Hace poco os ha venido á ver un natural y á consultaros sobre un proyecto de fuga con una dama principal?
—No, en verdad, que el último que vino trajo por objeto solicitar un remedio para ser querido de las mugeres.
—¿Y se lo dísteis?
—Eso equivaldria á ejercer yo la mágia. Preguntóme si el chupamirto serviria para su objeto, y quitémele de encima diciéndole que hiciera lo que quisiese.
—¿Y creeis que lo usaria y que le serviria de algo?
—En cuanto á que ha de haber usado del pajarito lo creo indudable, que el mozo parecia decidido.
—¿Y en cuanto al provecho que de ello le resultaria?
—¿Pregutaisme eso como el señor alcalde?
—No, sino como caballero particular.
—Pues entonces contestaré á su señoría, que si bien es cierto que virtudes raras y maravillosas tiene el chupamirto como otras muchas aves, y esto por la naturaleza, preciso es el auxilio de la ciencia cabalística para que esas virtudes y propiedades se desarrollen.
—¿Conoceis vos esa ciencia?—preguntó con curiosidad Don Cárlos, y olvidando en presencia de lo maravilloso que creia descubrir la causa de su visita al viejo.
Ñor Chema vaciló, y por fin no contestó nada.
—Respondedme con franqueza—dijo Don Cárlos—que no soy yo capaz de denunciaros, y por el contrario, tanto empeño he tenido desde niño en conocerla y estudiarla, que á ser vos adepto, labrariais á mi lado vuestra suerte.
—Conozco esa ciencia: la desgracia de haber estado preso muchos años en las cárceles secretas del Santo Oficio me ha dado la fortuna de poseer libros y manuscritos preciosos: un desgraciado que murió en las mismas cárceles me confió el secreto del lugar en que él habia ocultado sus libros, llegué á verme libre, y de opulento que entré á la Inquisicion salí miserable y viejo, y desconocido; fuí á buscar aquella herencia de la desgracia, la encontré, y hace algunos años que paso mi vida estudiando las ciencias ocultas, aunque no las practico, y vivo con el poco dinero que encontré junto con los libros.
—¿Y creeis vos en los secretos y en las maravillas de la ciencia cabalística, y de la mágia y de la alquimia?
—¿Y cómo no creer en lo que han palpado los hombres, en lo que ha sido ya el fruto de largos siglos de esperiencia y de inmensos tesoros consumidos, para arrancar un secreto á lo desconocido, para tener la gran clavícula de Salomon que hace obedecer á los espíritus malignos? ¿Habrán escrito y meditado en vano Alberto de Saninguen, llamado Alberto Magno, y Raymundo Lulio? ¿Ignorais las inmensas riquezas atesoradas, merced á esta ciencia por Nicolás? ¿Los discípulos de Paracelso no han esparcido y predicado en el Occidente estas ideas y estas luces? ¡Oh! la trasmutacion de los metales, en virtud de la alquimia, el descubrimiento de los tesoros ocultos por medio de la ciencia cabalística, la adivinacion del porvenir por la nigromancia, por la astrología, por quiromancia, por la catoptronomancia, por la theurgía y por otros mil medios, es una cosa indudable para los que, como yo, han logrado conocer libros tan sabios como el «Dragon Rojo.» El sabio doctor Joaquin Tancke ha propuesto ya á las universidades establecer cátedras para comentar y esplicar públicamente las obras de Cebes y Raymundo Lulio. ¿Tanceby, Kirkeby y Ragy no recibieron del rey Enrique VI de Inglaterra en 1440, permiso para fabricar el oro y el elíxir de larga vida? ¿No se concedió lo mismo en 1444 á Juan Cobler y á Tomás Fraffard y á Tomás Asheton, y despues á Roberto Bolton y á Juan Metsle agregando en la concesion que era porque ellos habian encontrado el modo de cambiar indistintamente todos los metales en oro? ¿Y así queréis que dude de la ciencia? Poco hace hemos sabido que el gran Rodolfo II educado en la Córte de Su Magestad D. Felipe II, y elevado despues á emperador de Alemania, se ha desprendido de los negocios públicos para dedicarse á las ciencias ocultas encerrado en su castillo de Praga, con sus maestros Tycho Brahe y Kepler, el doctor Dee que le abrió el mundo de los espíritus, Miguel Mayer, Martin Ruland y Tadeo de Hayec, que dieron á su sabio emperador el renombre del Hermoso de Alemania, ¿y queréis que aun dude? No: la ciencia es cierta, existe, y en mis preciosos libros y manuscritos puede beberse como en una fuente purísima, como la he bebido yo por tantos años.
El viejo habia hablado como inspirado, y Don Cárlos lo habia escuchado con religioso silencio.
—¿Quereis venir á vivir á mi casa y conmigo?—le dijo Arellano—nada os faltará y estudiaremos.
—A pesar de que nada me dicen contra vos ni la ciencia ni el corazon, dejadme pensarlo y mañana os resolveré.
—Bien, mañana en la noche vendré, y entrareis á mi casa sin que nadie os vea, y todo estará ya dispuesto.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Don Cárlos se retiró tan preocupado, que en toda la noche no pensó ya en Luisa; dueño de los secretos de la alquimia las reinas buscarian su amor. Aquella noche soñó que tornaba en oro el Popocatepetl y el Iztaccihuatl.
Tres dias despues el viejo Chema desapareció, y su casa se quedó abandonada: unos dijeron que el maligno se lo habia llevado una noche, porque habia espirado el plazo del pacto que con él tenia; otros, que la tierra se lo habia tragado por castigo de Dios, y otros que el Santo Oficio lo habia arrebatado secretamente para remover el escándalo: la verdad era que se habia trasladado á la casa de Don Cárlos de Arellano.
Desde aquel dia se observó un cambio notable en la casa de Don Cárlos, y en la vida de éste; apenas salia á la calle, no montaba ya á caballo, y en las horas mas avanzadas de la noche se observaba luz por las ventanas de su habitacion.
Es que Don Cárlos se habia entregado con furor al estudio de la mágia, y sin embargo, el vulgo decia «que Dios le habia tocado el corazon, y que se habia metido á santa vida,» y cuando veian la luz en las noches las viejas esclamaban: «Estará resando, Dios le haga un santo.»
Todo esto habia acontecido en la casa de la Estrella durante el tiempo que hemos dejado de ver á Don Cárlos.
En el momento en que volvemos á encontrarle, su habitacion presenta un cuadro curioso.
Arellano sentado en un sitial delante de una gran mesa cargada de libros, de frascos y de retortas, escribia en un gran pergamino, y á su lado y como dormitando en otro gran sitial, estaba el viejo Chema con todas las señales de la decrepitud marcadas en su rostro, en su cuerpo, en sus movimientos y hasta en su voz.
Don Cárlos acabó de escribir, dejó la pluma, y levantando el pergamino para poder leerlo mejor y acercándolo á una bujía—dijo:
—Don José.
—Em—contestó el viejo como despertando.
—He terminado ya.
—¿Qué cosa?
—Las fórmulas para llamar á los espíritus consignadas en los antiguos códices de la ciencia.
—¿Haber?
—¿Quereis que os las lea?
—Sí, será bueno.
Don Cárlos comenzó su lectura.
Nuestros lectores perdonarán que les copiemos aquí algunas de las antiguas fórmulas que servian para entrar en contratos con el diablo, porque además de ser documentos curiosos, prueban hasta dónde llegaba la ignorancia y la preocupacion en aquellos tiempos.
Ante todo, no podemos resistir al deseo de dar á conocer las grandes potestades infernales y ministros de Lucifer que reconocian los mágicos y los hechiceros, y eran segun ellos:
Lusifuge Rosocale, dueño y dispensador de riquezas y tesoros.
Satanachia, poderoso para someter y disponer de todas las mugeres de la tierra.
Agaliarept, poseedor de todos los secretos y misterios.
Flourety, capaz de construir ó arrazar cualquier cosa, durante una noche.
—Sayatanás, con el poder de trasportar y volver invisible á un hombre, y con las llaves de todas las cerraduras. Y Nevivos, sabio en todas las ciencias naturales.
A toda esta córte ocurrian en aquellos tiempos los hechiceros y encantadores, y pagaban estas imaginarias amistades, muriendo en una hoguera y en medio de los tormentos mas espantosos.
Don Cárlos comenzó á leer:
—«Llamamiento á Lucifer. Emperador Lucifer príncipe y amo de los espíritus rebeldes, yo te ruego que abandones tu morada en cualquier parte del mundo que esté para venir á hablarme: te mando y conjuro de parte del Dios vivo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que vengas sin causar ningun mal olor, y me respondas en alta é inteligible voz artículo por artículo, cuanto yo te preguntare; y de no hacerlo así, serás obligado por el poder del grande Adonay, Eloim, Ariel, Jehova, Tagla, Mathon, y todos los otros espíritus superiores á tí, y que te castigarán.»
«Venite, venite.»
—¿Qué os parece?—dijo Don Cárlos acabando de leer.
—Muy bien; pero no es ese el pacto sacado de la gran clavícula del sabio rey Salomon.
—No, que aquí le tengo aparte.
—Leedmele.
—Arellano tomó otro pergamino y comenzó á leer.
—«Emperador Lucifer, amo de todos los espíritus rebeldes, yo te ruego que me seas favorable en el llamamiento que hago á tu gran ministro Lucifuge Rosocale, con quien deseo hacer pacto, y te ruego príncipe Belzebú que me protejas en mi empresa, ¡oh conde Astarot! séme propicio, y haz que en esta noche el gran Lucifuge se me aparezca en forma humana sin ningun mal olor, y me conceda por medio del pacto que le ofrezco todas las riquezas que necesito.»
«Gran Lucifuge, abandona te ruego tu morada en cualquier parte adonde esté, si no yo te obligaré por la fuerza del Dios vivo, de su querido Hijo y del Espíritu Santo; obedece pronto, ó serás atormentado por la fuerza de las poderosas palabras de la gran clavícula de Salomon de la cual se servia él para obligar á los espíritus rebeldes á recibir sus órdenes.»
«Aparece inmediatamente, ó yo voy á atormentarte con la fuerza poderosa de estas palabras de la clavícula: Agion tetagran vaycheon stimulamaton y espures retra grammatan oryaram iriau esytian, existian eryana anera brassim mayna mesria sater Emanuel Sabaot, Adouay, te adora et invoca.»
—Perfectamente dijo Chema, y volvió á entrar en su estado de somnolencia.
Don Cárlos se puso á estudiar sus invocaciones.
Ni una sílaba hemos querido borrar de las fórmulas, ni de la intrincada clavícula de Salomon, para dar una completa idea de los conjuros y de los pactos.
Arellano permaneció mucho tiempo entregado á sus estudios, cuando unos golpes terribles aplicados en el zaguan de la casa, le hicieron volver á la vida real.
Se abrió la puerta y Arellano oyó en las baldosas del patio el ruido de un caballo herrado y la voz de un hombre que preguntaba:
—¿Aún no dormirá su señoría, Don Cárlos de Arellano?
MARTIN salió de la casa del Arzobispo y se dirijió á la de nuestro viejo conocido Teodoro.
Teodoro libre por la voluntad de Doña Beatriz y rico con el dinero de Don José de Abalabide, vivia cerca de la traza, pero fuera de ella, por el rumbo de San Hipólito, que era donde desde el principio comenzaron á fundarse algunas casas de campo.
Teodoro vivia completamente tranquilo y tenia ya dos hijos; nada habia interrumpido por mucho tiempo su quietud y le consideraban todos los negros libres como su protector y su jefe; allí ocurrian en cualquiera desgracia y estaban seguros de ser socorridos.
Pero la jente negra que habia libre en la Nueva España era muy inquieta y daba constantemente grandes escándalos, teniendo en alarma las ciudades, y por eso el marqués de Gelves dictó severas providencias contra ellos; desde entonces su disgusto fué cada dia en aumento, y todos ocurrian con sus quejas á Teodoro. Martin que sabia esto, comprendió que la conquista del antiguo esclavo de Doña Beatriz era el primero y mas importante de los trabajos que tenia que emprender para conseguir aquella sublevacion que anhelaban el Arzobispo y la Audiencia.
Cuando Garatuza llegó á la casa, Teodoro en el jardin seguido de sus hijitos regaba y componia unas plantas, su muger cosiendo bajo un emparrado les miraba con un placer indecible de cuando en cuando.
Era el cuadro de la felicidad doméstica.
—¡Ola! Don Martin—dijo alegremente Teodoro saliéndole al encuentro y estrechando su mano—¿qué fortuna es veros por acá?
—No tanta, que mi ausencia antes y mi presencia ahora son motivadas por causas harto desagradables.
—¿Pero qué os ha acaecido?
—A mí precisamente, nada; pero los negocios del reino van tan mal.........
—¿Y creeis que seamos nosotros bastante poderosos á impedir que así sigan?
—¿Y por qué no?
—Somos muy débiles y muy pequeños.
—Nadie es débil ni pequeño cuando tiene el corazón grande y la resolucion firme.
—¿Y qué se ganaria con tener eso?
—Friolera, figuraos en el caso presente, con unos cuantos hombres como vos, yo me comprometeria á hacer que se variase el jiro de los negocios, y aun mas si cuento con vos, me comprometo á hacerlo.
—¿Y cómo hariais aun cuando contáseis conmigo?
—Escuchadme. Los negocios públicos van mal, y todos están disgustados: ¿es cierto?
—Verdad.
—Su Magestad, Felipe IV, pudiera cambiar la suerte de estos reinos con solo cambiarnos de virey: ¿es verdad?
—Cabalmente.
—Pero él no quiere y se empeña en sostener aquí al de Gelves, que Dios confunda.
—Y como nosotros nada podemos contra la voluntad del monarca, resulta que no tenemos mas remedio que sufrir.
—Os engañáis, todo el mundo dice lo mismo, y sin embargo, nada es menos cierto.
—¿Pues cuál es el remedio?
—Obliguemos á Su Magestad á cambiar de virey.
—¿Y cómo?
—Muy sencillamente, promoviendo una sublevacion por cualquiera motivo, todo el mundo nos seguirá y todos estarán con nosotros, desde la Audiencia y el Arzobispo hasta la jente mas pobre y mas infeliz.
—¿Y si no nos ayudasen personas de alta categoría?
—Si vos os comprometiérais yo os lo aseguraria.
—Si me lo asegurarais yo me comprometiera.
—Pero esto es un círculo vicioso en que no hacemos sino perder el tiempo: mirad, ¿no tendriais inconveniente en ayudarme con todo vuestro influjo entre la gente de color, para una sublevacion contra el de Gelves?
—No, si hubiera personas de respeto mezcladas en el negocio.
—Las hay; vengo de hablar con el señor Arzobispo y con la Audiencia, y ellos mismos me han invitado.
—¿Es verdad, eso?
—Por mi fé de cristiano.
—Entonces contad conmigo: ¿cuál es el plan?
—Preparar á la jente y á los amigos: el Arzobispo y la Audiencia darán el pretesto ó el motivo, principiará el alboroto y adelante; las cosas seguirán solas.
—Me parece muy bien pensado, contad con que os ayudaré.
—Y yo os pondré al corriente de lo que ocurra; entre tanto no hay que dormirse porque tal van los acontecimientos, que el lance puede ser mañana mismo.
—Estaré listo, descuidad.
Martin se retiró contentísimo, y Teodoro en vez de seguir en su trabajo se puso su sombrero y salió tambien á la calle.
Martin empleó el restó de la tarde en visitar á sus principales compañeros de aventuras y que estaban como en receso á causa de las terribles persecuciones del virey á toda la jente perdida: todos ellos acogieron con entusiasmo la idea de un motin, y cada uno de ellos se convirtió en ajente. La rebelion fermentaba sordamente y no se necesitaba mas que la chispa que encendiera aquel combustible.
Don Melchor Perez de Varais volvió á su casa, y Luisa le esperaba ya con impaciencia.
—¿Hablásteis al Arzobispo del negocio de Sor Blanca?
—La verdad es alma mia, que se me olvidó.
—Pasos llevais de no sacar jamás á esa desgraciada de la cárcel.
—Negocios tan graves tuvimos que tratar que tiempo nos ha faltado, y sin embargo, hay para vos una buena noticia.
—¿Cuál es?
—Sabeis que entre el virey y la Audiencia y el Arzobispo, median grandes y profundos disgustos; que el Arzobispo y la Audiencia tratan de recrudecer para dar motivo con ello á un tumulto.
—¿Y bien?
—Que uno de los pretestos será el de hacer creer al pueblo, que Don Pedro de Mejía ha monopolizado las semillas para ganar á costa de la miseria de la clase pobre: naturalmente la primera víctima será si hay un motin, Don Pedro de Mejía, y para hacer todo esto mas visible, ya al salir del Arzobispado me ha dicho su Ilustrísima, que se procurará medio de excomulgar á Don Pedro fijando su nombre en las iglesias.
—Muy bien.
—Como sabeis, el virey me persigue por la denuncia que se hizo de mí, imputándome que vendia la justicia en la provincia de Metepec, y luego por esa causa que ha mandado formar para probarle á la Audiencia que no puedo ser Corregidor de México y alcalde mayor de Metepec.
—Temóme, Don Melchor, que si antes de que estalle el motin sois aprisionado, ni se hará nada y vos las pagareis todas.
—Decidido estoy á todo antes que á dejarme prender.
En este momento se presentó el licenciado Vergara, pálido y fatigado.
—Don Melchor—dijo entrando sin saludar á nadie—acaba de proveerse auto en vuestra causa para que seais arraigado y asegurado.
—¿Cómo?—esclamó Don Melchor demudado.
—Tan cierto es que dentro de un momento estarán aquí para notificaros.
—¿Qué haremos?—dijo Don Melchor.
—Ante todo—contestó él licenciado—importa que no os prendan, porque todo seria perdido.
—Huiré.
—Ya no es tiempo—esclamó el licenciado Vergara—mirad á la justicia que viene.
—Don Melchor—dijo Luisa—oidme; armaos, que se arme tambien la servidumbre, entrad en una carroza é idos á refugiar al convento de Santo Domingo que es el mas cercano.
—Bien pensado, bien pensado—dijo vivamente Vergara, pero que sea pronto, he visto allá abajo de la puerta una carroza.
—Voy por mis armas—dijo Don Melchor, y salió por un lado mientras por el otro desapareció Luisa.
Pocos momentos despues Don Melchor con la espada desnuda en una mano y un broquel en la otra y seguido de varios lacayos armados, se precipitó por la escalera que estaba, así como el patio y la calle, invadida por jente de justicia.
Lo menos que esperaban el escribano y los alguaciles era este ataque rudo, de manera que la confusion fué espantosa.
—¡Favor al rey! ¡Favor á la justicia!—gritaba el escribano tratando de animar á su jente.
—¡Favor al rey! ¡Ténganse á la justicia!—gritaban los alguaciles, procurando resistir y detener á Don Melchor.
—¡Atrás la canalla!—decia furioso Don Melchor—¡muera el hereje!
Así llamaban ya al virey por su choque con el Arzobispo.
Los alguaciles retrocedian y Don Melchor llegó así hasta la portezuela de la carroza. El cochero prevenido de antemano, estaba ya listo para marchar; un lacayo abrió el coche y Perez entró á él con tres criados mientras los demás acuchillaban á los alguaciles.
La carroza partió á todo el trote de los caballos, atropellando á cuantos encontró, porque una gran multitud habia llenado la calle atraida por el escándalo.
Don Melchor sin soltar la espada saltó á tierra y se entró apellidando «asilo» al convento de Santo Domingo.
La justicia habia seguido tras de la carroza, pero solo consiguió ver la entrada de Perez al convento.
Inmediatamente se ocurrió á dar parte al virey, sin procurar mas que llevarse á los alguaciles que habian quedado mal parados en el combate.
Dos personas habian presenciado todo desde los corredores de la casa: el Oidor Vergara y Luisa.
—Señora—dijo el Oidor—no os espanteis, que quizá esto será principio de grandes hechos y remedio del reino.
—Señor Oidor—contestó Luisa con una sonrisa burlona—creo que mas susto tiene su señoría que yo: lo que importa es aprovechar esto para llevar adelante vuestros planes.
—Es verdad, pero ahora es necesaria mucha precaucion para hablar al Corregidor, y estando en Santo Domingo creo que para vos será casi imposible: ¿quereis que le envie algun recado de parte vuestra?
—Os lo agradezco, pero mas desearia ver que tomabais con empeño la causa general del reino, que la de mi marido.
—Voy á dar parte de todo á su señoría Ilustrísima, y veremos lo que se dispone. Estoy á vuestros piés, señora.
—Que Dios lleve al señor Oidor.
El licenciado Vergara se dirijió al Arzobispado, y Luisa quedó pensativa.
—Pobre Sor Blanca, esto viene muy mal para su negocio; mañana le avisaré. En cuanto á Don Melchor, si solo los hombres pueden entrar al convento, no creo que me sea muy dificil parecer hombre....... ya veremos, no será la primera vez.
A LA mañana siguiente Luisa se presentó en el convento de Santa Teresa para hablar con Sor Blanca, y despues de algunas dificultades lo consiguió.
—Sor Blanca—le dijo Luisa—tengo que comunicaros una mala noticia.
Sor Blanca palideció horriblemente. Aquella jóven estaba de tal manera afectada, que todo lo que tuviera relacion con el negocio de su libertad, le hacia un efecto estraordinario.
—¿Y qué noticia es esa?—preguntó, pudiendo hablar apenas.
—Ayer mi esposo Don Melchor Perez de Varais, huyendo de la venganza del virey que le persigue por ser amigo del Arzobispo, ha tenido que tomar asilo en el convento de Santo Domingo.
—¿Y entonces?
—Entonces vos, pobre jóven, quedais por culpa del virey sin protector y sin amparo.
—¿Pero el señor Arzobispo nada hará?
—Oídme, Sor Blanca, no quiero engañaros: es preciso que procureis personas que hablen al Arzobispo, á fin de que pronto despache vuestro asunto: van corridos ya siete meses del término dentro del cual puede relajar vuestros votos: en estas turbulencias con el virey es muy fácil que os olvide, y en ese caso ya os podeis suponer lo que será de vos.
Sor Blanca con la cabeza inclinada lloraba.
—Señora—dijo—pero si no tengo mas amparo que Don Melchor, vuestro esposo. Mi hermano Don Pedro de Mejía se opone á que yo salga de aquí; es poderoso, tiene gran influencia con el virey, y si él llegara á saber que el Arzobispo tiene facultades de Su Santidad y que vuestro esposo me ha protegido, seguramente echaria por tierra todos nuestros planes, apoyándose en su valimiento. Esta es, señora, la razon de porque no puedo ocurrir á nadie, y porque temo tanto la publicidad.
—Y teneis razon: ¿qué haremos?
—Es para mí, señora, una sentencia de vida ó de muerte. De cualquier modo, yo saldré de el convento.
—Pronunció estas palabras Sor Blanca con tanta exaltacion y demostrando tan terrible fuerza de voluntad, que Luisa misma se admiró, y comprendiendo que la monja tenia ya tomada de tal manera su resolucion, que arrostraria por todo antes que permanecer en el convento.
—Haced lo que mejor os parezca, Sor Blanca—dijo—pero en todo caso os ruego que conteis conmigo.
Luisa se volvió á su casa, y Sor Blanca profundamente preocupada se dirijió á su celda.
—Es necesario—esclamó—es necesario salir de aquí, sí, saldré, y si al fin el Arzobispo relaja estos vínculos que yo por mi voluntad no he formado, mejor, si no, viviré ignorada, desconocida, pero libre, yo no tengo ya obligacion de estar aquí, el Pontífice ha dicho que si los votos me fueron arrancados por la fuerza y contra mi voluntad, sea yo libre, y nadie mejor que yo sabe cuánto esfuerzo me ha costado tomar el velo. La condicion del Papa está cumplida, y yo soy libre aunque mil obstáculos se pongan por los hombres: el derecho de salir de aquí me lo da Su Santidad, el verificarlo corre de mi cuenta, y será. Veamos qué tales están mis preparativos.
Sor Blanca cerró por dentro la puerta de su celda, abrió una alacena que estaba embutida en una de las paredes y corrió la última tabla.
Una especie de caja oculta apareció, y Sor Blanca comenzó á sacar de allí algunos objetos.
Todo aquello, el secreto, la caja, la tabla con que se cerraba, lo que allí se contenia, todo era obra de la misma Sor Blanca, fruto de su perseverancia y de su firme resolucion de escapar del convento.
Sor Blanca tomó de entre los objetos que habia sacado del secreto, un espejo. Lo puso encima de su reclinatorio y colocó en frente de él dos bujías de cera.
Se arrodilló enfrente del espejo y comenzó á quitarse la toca. Una maravillosa trasformacion pareció entonces verificarse. De debajo de la toca de la religiosa una negra y rizada cabellera desprendió sus brillantes anillos de ébano, y vino á formar como una cascada que corria por los blancos y torneados hombros de Blanca, por sus espaldas y por su cuello. Aquella no era ya una monja, era una deidad. Mucho tiempo hacia que con un cuidado y una paciencia admirables, Sor Blanca dejaba crecer y cuidaba su hermosa cabellera: era como la esperanza cierta que alimentaba del dia de su libertad.
Sor Blanca se despojó despues de los sayales y se vistió un soberbio traje de brocado blanco; cubrió sus manos y su cuello de soberbias alhajas; oprimió sus delicados piés en unos borceguies de tafilete rojo bordado de oro, y sus cabellos en una redecilla de seda y oro, y luego como una niña comenzó á pasearse gravemente por su celda, procurando mirarse en su pequeño espejo.
Si las otras monjas hubieran logrado verla al través de una cerradura, sin duda que hubieran dicho que un arcángel visitaba por las noches la celda de Sor Blanca.
—Verdaderamente soy hermosa—decia la pobre mirándose en su espejo—¡ay! ¡qué papel tan brillante podria yo hacer en el mundo! ¡Ha de ser tan bello tener un hombre que nos ame, que siempre se esté mirando en nuestros ojos! ¡qué grato será oir en su boca palabras dulces, amorosas, así como dice en el cantar de los cantares, «amada mia!» Jamas he tenido quien me diga «amada mia.» Si este santo deseo es pecado, ¿por qué Dios permite que no se aparte de mí? Además, yo soy libre, el Papa lo manda, y el Papa representa á Jesucristo sobre la tierra. Qué gusto dará oir las once por ejemplo, á esa hora viene el que nos ama, Dios mio, y lo que deberá sentirse al verle llegar: en las noches las músicas, las serenatas, nuestro galan rondando embozado frente á nuestras ventanas, esperando una flor, un suspiro, una palabra. Con qué placer se le dirá, «yo os amo!» ¡Ah! yo quiero amar á alguno que me ame, aunque sea un esclavo, aunque sea un mendigo, pero no puedo vivir sin amor; aquí mi corazon me quema, me abraza, se me figura que me apasiono de cualquiera que veo dos ó tres veces en el templo, y quisiera hablarle y que me hablara, y cuando deja de venir estoy triste, y luego amo á otro y me sucede lo mismo; y esos hermosos ángeles que están en los cuadros del claustro me parece que me miran algunas veces con aficion, que se animan, y paso delante de ellos muchas veces para verles porque de repente me parece que viven. Uno de los cuadros que representa á Gabriel, lo bajaron de la pared y lo pusieron en el suelo, y en mi delirio creí que era providencial, milagroso, que él mismo se habia bajado para estar mas cerca de mí, y entonces pasé á su lado, nadie me observaba, me acerqué al cuadro y puse mi boca en los lábios del Arcángel y le besé: yo no comprendo lo que sentí, me pareció que tambien él me habia besado y me puse encendida, y tuve miedo de pasar por allí otra vez, entre tanto me figuré que un jóven que venia á la iglesia veia al coro y me veia á mí, creo que le amé y olvidé á mi Arcángel, pero el jóven no volvió mas. Dios mio, yo necesito salir de aquí porque siento necesidad de amar y de ser amada, es fuerza, y saldré.
Sor Blanca comenzó á quitarse el traje y sus galas, y á guardar todo en el cofrecito en que las tenia ocultas, cuando se oyeron en la puerta cuatro golpecitos seguidos, pero aplicados con suma precaucion. Sor Blanca ocultó apresuradamente todos los objetos, se cubrió con sus tocas y abrió.
—Buenas noches, madrecita—dijo entrando una muger como de treinta años, que por su traje parecia una criada.
—Buenas noches, Felisa—dijo Sor Blanca, volviendo á cerrar por dentro la celda—¿qué te pasa?
—Madrecita, que todo está preparado ya, y esta misma noche nos podemos salir del convento.
—Pero ¿cómo? ¿de qué manera?
—Oígame su reverencia: ya su reverencia sabrá como yo soy hija del tio Nicolás; que el tio Nicolás es cochero del Sr. Arzobispo, que en el Arzobispado vivia yo con mi señor padre, y viniendo dias me pretendió uno de los señores colegiales que venian á ver á su Ilustrísima, creo que decia mi señor padre que para que los desaminaran, y como yo tuve que decirle que sí, y mi señor padre cayó en la cuenta, dispuso su merced meterme aquí de criada, porque me cojió en mi baul letras del colegial; y cierto y verdad que nos queriamos, pero no pasó de allí. Pues ha de estar su reverencia para saber que me encajó aquí mi señor padre, como su reverencia recordará, hace mas de cuatro años, y ni mas razon de mi colegial, hasta que hace cosa de ocho dias que supo su reverencia que habia sacristan primero nuevo y cátese su reverencia que voy viendo al sacristan nuevo, ¡y que ni mas ni menos que mi colegial! me conoció, me hizo señas, nos hablamos cuando me mandaban las madrecitas á llevar algunas cosas á la Iglesia, y él me dijo:—por qué no te sales y nos vamos, al cabo no eres monja.—y me convenció, y le dije yo que otra criada tambien queria salirse conmigo—no será monja—me preguntó—porque eso es de riesgo—no, le dije—es criada—bueno—me contestó—que salga; pero con la condicion que llegando á la calle, cada uno por su lado, y nosotros no pararnos hasta las Chiapas, en donde tengo unos tios.—Ya tenemos todas las llaves desde aquí hasta la calle, y en desta mañana me dijo—que esta misma noche á las doce nos esperaba en la Iglesia—conque alístese su reverencia.