—Tengo miedo.

—Tiene miedo, y hace mas de un año que no hace mas que platicarme de salirse de aquí y contarme lo bonito del mundo, ¡vaya esa era buena, que yo me saliera, y se quedara su reverencia! Pues si se desperdicia esta ocasion, no hay otra.

—Dices bien—dijo derrepente Blanca—van á ser las doce, ¿dónde están las llaves?

—Aquí las traigo.

—¿Las conoces y las has probado?

—No tenga vd. cuidado.

—Toma, llévame esta cajita, déjame vestir.

Sor Blanca entregó á Felisa la caja de sus alhajas, y en un instante se vistió una saya y una toca negra de viuda, se cubrió con un velo, y ocultó en el secreto de la alacena lo que no pudo llevar.

—Vamos—dijo Sor Blanca.

Felisa caminaba por delante, llevando una linterna y la cajita de las alhajas de la monja, que la seguia temblando.

A cada momento se detenian espantadas y ocultaban la luz. El ruido del viento que movia un cuadro ó una puerta, que arrastraba una hoja ó un papel, les parecia el eco de unos pasos que las seguian; aplicaban el oido á las cerraduras de las celdas, y nada, todo estaba tranquilo.

Atravesaban con precaucion los claustros, abrian y volvian á cerrar con cuidado las puertas, y así llegaron hasta la Iglesia.

Santa Teresa no era aun ese templo suntuoso que hoy vemos, era una capilla grande, pero bastante humilde.

Las dos mugeres avanzaron en la nave, y de repente un bulto se encaminó hácia ellas.

Sor Blanca estuvo á punto de gritar, pero Felisa le tapó la boca.

—Es él, no tengais miedo.

—Felisa, Felisa—dijo el hombre que se acercaba.

—Yo soy—contestó la criada.

—¿Vienen las dos?

—Sí.

—Pues vámonos, dejen el farol.

El sacristan tomó de la mano á Felisa, y esta á Sor Blanca, y así, casi entre las tinieblas avanzaron hasta la puerta del templo, el sacristán abrió, y Sor Blanca se encontró en la calle, y sintió el aire de la libertad en su rostro, alzóse el velo para respirar mejor, y lanzó un suspiro que ella misma no sabia si era de pena ó de contento.

Mil pensamientos confusos luchaban en su cerebro, ¿seria este paso el principio de su felicidad ó de su desgracia? ¿habia hecho bien ó mal? Habia momentos en que se arrepentia y momentos en que se sentia mas animada.

Caminaron los tres unidos hasta llegar á la esquina de la calle del Hospicio de San Nicolás, llamada de las Atarazanas.

—Aquí cada uno por su lado—dijo el amante de Felisa.

—Adios—decia la muchacha á Sor Blanca, cuando el sacristan esclamó:

—¡Una ronda, huyamos!

Y echó á huir seguido de su novia, que sin pensarlo siquiera, se llevaba las alhajas de la monja.

Sor Blanca se quedó parada un momento, y luego le faltaron las fuerzas, y se sentó en una puerta.

La ronda oyó el ruido que hacian en la fuga Felisa y su amante, y echó á correr tras ellos, gritándoles: «ténganse á la justicia,» y pasando cerca de Sor Blanca sin mirarla siquiera.

Sor Blanca permaneció allí mucho tiempo, y luego se levantó y tiritando de frio y temblando de miedo, comenzó á caminar procurando alejarse del centro de la ciudad.

La mañana comenzó á aclarar y la primera persona que vió Blanca, fué un muchachito pobre que caminaba descalzo, y envuelto en una pequeña manta.

—Oye, niño—le dijo Blanca—¿á dónde vas?

—A comprar el desayuno para mi padre.

—Díme: ¿qué no conoces ninguna casa por aquí, de señoras solas y que me pudieran recibir?

—Sí—dijo el niño con una viveza encantadora—¿quieres que te lleve en casa de Doña Cleofitas?

—¿Quién es Doña Cleofitas?—preguntó Sor Blanca.

—Una señora pobrecita, muy fea, que vive solita, aquí adelante.

—¿Me recibirá?

—Cómo no; vamos, que no quiero que me regañe mi padre.

Sor Blanca siguió al niño, y llegaron á una accesoria pobre, pero que estaba ya abierta, á pesar de ser tan temprano.

Una muger muy vieja, y con el aire de limosnera barria el interior.

—Esta es—dijo el muchacho, y ya me voy, y sin esperar mas, echó á correr.

—¿Qué se os ofrece?—preguntó la muger á Sor Blanca.

—Que me ampareis, que me deis un asilo en vuestra casa; un rincon......

—Soy muy pobre—contestó la vieja.

—Mas pobre soy yo, que no tengo ni donde guarecerme del sol, ni de la noche.

—Pero.........

—Por Dios, no me arrojeis así, os lo pido por vuestra salvacion.

—Vaya, entrad, que Dios os envía aquí, y Él sabe lo que hace.

VII.

En que se ve lo que trataba el marqués de Gelves con sus amigos, y otras cosas que verá el lector.

EN una de las estancias del palacio vireinal, ricamente amueblada, el audaz marqués de Gelves hacia su despacho con su secretario, y le hacian compañía Don Alonso de Rivera y Don Pedro de Mejía.

En un gran sitial, y debajo de un gran dosel de damasco encarnado, en cuyo centro recamados de oro y plata se ostentaban los blasones de la monarquía española, y enfrente de una mesa cubierta de espedientes, libros y pergaminos, el virey dictaba sus autos y sus acuerdos.

Del otro lado de la mesa su secretario escribia, y al lado de él estaban Don Pedro y Don Alonso.

El marqués de Gelves hablaba el lenguaje violento y apasionado, propio de los hombres de su carácter, y mas en aquellos momentos en que la audacia de los oidores, amigos del Arzobispo, le habia hecho exaltarse.

—Necesario será probarles—decia el marqués de Gelves, que en toda la Nueva España no deben imperar sino la voluntad de nuestro augusto soberano y las leyes; si quieren romperlas, sea en buena hora, que eso no me arredrará, ¡vive Dios! que á correjir las costumbres y á cortar los abusos me ha enviado Su Magestad, y no será ese puñado de villanos, por mas que porten la mitra ó la golilla la que me haga faltar á mis deberes: ¿no es verdad, Don Pedro?

—Cierto, Exmo. Sr. Pero es necesario que V. E. una á la energía y justificacion, las precauciones necesarias para un caso estremo, porque segun he sabido no estarán satisfechos hasta provocar una sedicion y un gran tumulto.

—¿Lo creeis así?

—De creerlo tengo, cuando sus ajentes dia y noche caminan y trabajan; y lo que mas prueba su audacia, es el lance en que Don Melchor Perez de Varais ha hecho armas contra la justicia del rey nuestro señor, que muchos años goce, atropellando por todos respetos hasta tomar asilo en Santo Domingo.

Villano ha sido el comportamiento, qué poco valor muestra, y pocas señales de tener noble sangre, quien arremete con espada en mano contra pobres corchetes y alguaciles; que si armas llevaban serian unas malas espadas, ó unas varas de justicia.

—Y lo que notan algunos—dijo Don Alonso—es que la justicia pudo ver en los corredores de la casa de Don Melchor, cuando él escapaba, al Oidor licenciado Don Pedro Vergara Gaviria.

—Tambien es el tal Oidor—dijo el virey—uno de los mas ardientes conspiradores desde que le hice prender por sus desacatos; que nombrado por mi asesor quiso ser el virey, y su Majestad (que Dios guarde muchos años) tuvo por tan justa mi determinacion, que le condenó á pagar una multa de dos mil ducados, pero á fé de Marqués de Gelves que no jugarán mucho tiempo conmigo: ¿Qué leis, señor Secretario?

—«El acusador del Alcalde de Metepec, Don Melchor Perez de Varais, ha presentado queja á los jueces del negocio, diciendo: que desde el convento en que está retraido el dicho Alcalde, prepara su fuga y viaje á España por haber sabido que se le ha sentenciado á pagar sesenta mil ducados, y ofrecen prueba.»

—¿Y dice lo que hayan proveido los jueces?

—Hanse mandado poner guardias en el Convento para evitar la fuga del reo.

—Y no se irá: ¿qué horas teneis?

—Van á ser las siete—dijo el Secretario.

—Bien, dejad por ahora el despacho, que quisiera salir esta noche, y venid temprano mañana.

El Secretario hizo una reverencia y salió.

Don Pedro y Don Alonso se despidieron tambien y se retiraron.

Al salir Don Pedro, en uno de los aposentos del mismo palacio, recibió un pliego que comenzó á leer, y lanzó un grito de furor.

—¿Qué es eso?—preguntó Don Alonso.

—Mirad, esto es inaudito, Doña Blanca se ha fugado del convento.

—¡Fugado! ¡pero cómo!

—¿Qué voy á saber? Nada me dicen porque tambien lo ignoran en el convento, pero yo lo averiguaré; pondré cuanto pueda de mi parte, moveré medio mundo, á la justicia, á la Inquisicion.

—Don Pedro, no digais eso, con eso no se juega: ¿sabeis lo que seria de Doña Blanca si la Inquisicion llegara á tomar cartas en el asunto?

—Y qué me importa lo que suceda: esa muger me ha burlado, me ha deshonrado; mi nombre va á ser el objeto de todas las conversaciones. Apenas se ha logrado despues de tantos años desvanecer el escándalo que provocó aquella Luisa, y ahora esto viene á despertar todos esos recuerdos. ¡Maldita sea mi suerte!

—Reportaos, Don Pedro, reportaos, y cuidemos de buscar á Doña Blanca que no debe de estar muy lejos.

—¡Oh! si yo llegara á encontrarla la mataria.........

—Y hariais muy mal; dejad ese furor y vamos á vuestra casa á meditar lo que en este caso debe de hacerse: ved que hay quien nos observe y nuestros enemigos se reirian de nosotros.

—Teneis razon, vamos, pero no me abandoneis porque necesito de un amigo; esta noticia me ha afectado mas de lo que os podeis figurar.

—Vamos.

Y los dos se encaminaron á la casa de Don Pedro.........

Habia cerrado la noche y estaba oscura y pavorosa.

Pocas jentes andaban por las calles, nada habia que pudiera aun hacer desconfiar de que la tranquilidad pública se altérase, pero los pueblos y las ciudades se alarman como por instinto, como por una especie de espíritu profético, y pocas veces dejan de tener razon.

México estaba en esas noches triste y sus calles casi desiertas.

Por una de las puertas de palacio salió un hombre embozado en una capa oscura, con el sombrero calado hasta el entrecejo y enteramente solo.

Caminaba resuelto por las calles con el aire de un hombre que á nada teme, pero con la precaucion del que quiere observarlo todo.

Al mirarle venir los muy pocos transeuntes que de casualidad encontraba, se hacian á un lado para dejarle pasar, respetando aquel continente marcial y la larga espada que se descubria bajo su capa cuando atravesaba frente á la luz que salia de una tienda, ó de la lámpara de alguna imágen de esas que tan comunes eran en las calles.

Algunos alcanzaban á verle brillar algo en el rostro, eran unos anteojos, y entonces decian entre sí:

—¡El virey!

El marqués de Gelves como todos los gobernantes de genio y de corazon, gustaba de salir solo por las noches á rondar la ciudad y estudiar por sí mismo las necesidades del pueblo, sin encastillarse dentro de los muros de su palacio.

El marqués aborrecia á los fuertes que humillaban á los débiles, á los ricos que oprimian á los pobres y á los sábios que esplotaban (aunque entonces no se usaba la palabra) á los ignorantes.

VIII.

En donde se verá lo que pasó á Sor Blanca, y lo que aconteció al marqués de Gelves en su ronda nocturna.

SOR Blanca entró en la casita de la vieja, y en aquellos momentos no sabia que hacer ni que decir; estaba en una situacion verdaderamente embarazosa. El dia iba aclarando y la vieja comenzaba á disponer su pobre desayuno.

Era el primer tormento de Blanca: todo lo que ella tenia de valor sobre la tierra, que eran las joyas que habia sacado de su casa y ocultado en el convento, se las habia llevado la criada Felisa, al ponerse en fuga con su amante. Sor Blanca no tenia nada absolutamente que ofrecer á la pobre anciana que la habia dado hospitalidad.

Sor Blanca se sentó en un banquillo, y no teniendo que hacer se puso á rezar y á llorar.

La vieja la dejaba sin decirle ni una palabra, y continuaba preparando su desayuno. Cuando todo estuvo dispuesto se acercó á Blanca, y le dijo con dulzura.

—Venid á desayunaros, hija mia.

Sor Blanca alzó los ojos y lloró de gratitud: aquella muger miserable y llena de harapos la habia llamado su hija, esto era para ella el colmo de la felicidad.

La rica heredera de la casa de Mejía, la hermana del orgulloso Don Pedro, esa jóven que era en el mundo la esposa mas codiciada, y en el claustro la monja mas aristocrática y mas respetable, sentia un placer desconocido cuando una infeliz limosnera la llamaba «hija mia.»

—Venid—volvió á decirle la anciana—estoy segura de que anoche nada habreis comido, ¿quereis que os traiga vuestro desayuno aquí? Voy porque estareis tal vez muy fatigada—y la pobre acompañando la accion á las palabras, llevó en unos humildes trastos un limpio desayuno.

Blanca sollozaba de ternura.

—¡Ay hija mia! ahora estoy muy pobre, pero no siempre he sido lo mismo, en otros tiempos nada faltaba en mi casita, como que hoy me mantengo, y no os espanteis, de pedir limosna por las calles, y antes tenia yo muy buenos protectores, como mi señora Doña Beatriz de Rivera (que en paz descanse) mi señora Doña Blanca de Mejía.

—¡Doña Blanca de Mejía! ¿pues quién sois vos?

—A mí me han conocido siempre por la beata Cleofas.

—¡Cleofas!—gritó Sor Blanca, dejando caer el pozuelo en que se desayunaba.

—¿Qué es esto niña? ¿qué os dá? ¿os desmayais? Dios mio, Dios mio, ¿qué haré?

—No Cleofas, no os espanteis, nada me sucede, pero miradme bien, miradme, yo soy la desgraciada, yo soy Doña Blanca de Mejía.

—¡Doña Blanca! ¡Sor Blanca!—dijo Cleofas espantándose á su vez,—¿vos? ¿pero como? ¿No habiais profesado? ¿no erais ya monja?

—Sí, pero he huido de esa vida que no me era posible soportar......

—¿Entonces habeis quebrantado la clausura? ¡estais escomulgada! ¡lo estoy yo tambien por daros asilo! ¡por ocultaros! ¡Dios de los cristianos! Miserere mei.

—Calmaos, calmaos.

—¡Calmarme, y estoy escomulgada por vuestra causa! no, yo necesito dar parte de esto al Comisario del Santo Oficio, para descargo de mi conciencia!

—¿Pero vos quereis perderme, cuando he sido siempre tan buena para vos?—dijo con angustia Sor Blanca.

—Como vos quereis perder mi alma, nó; primero mi salvacion, primero mi salvacion, primero mi salvacion.

Y Cleofas repetia esto casi maquinalmente, y tomaba su manton.

—Por Dios—decia Sor Blanca, procurando impedirle que saliera.

—Primero mi salvacion, primero mi salvacion,—repetia la vieja, y salió apresuradamente á la calle.

Sor Blanca la miró alejarse: era para ella un momento de angustia: quedarse allí seria entregarse en las manos del Santo Oficio; era necesario huir, ¿pero adónde? A nadie conocia y tal vez en cualquiera otra parte la denunciarian. Blanca, sin embargo, no vaciló, tomó otra vez su velo, se cubrió con él, tomó de encima de la mesa algunos panes, porque no sabia si llegaria á encontrar algo que comer en el dia, y salió resueltamente de la casa comenzando á caminar lo mas aprisa que le era posible; y hacia bien, porque una hora despues llegaron los familiares del Santo Oficio conducidos por la beata y registraron todo el barrio.

Era cerca del medio dia y Blanca no habia dejado de andar, sin saber por dónde, pero ella seguia adelante, estaba cansada y tenia hambre, se comió dos de los panecillos y bebió agua en una fuente, pero no tenia dónde descansar, porque con el traje que llevaba se hubiera hecho sumamente notable sentándose en una puerta.

Entonces se acordó de la Alameda.

No sabia por qué rumbo estaria, pero buscó con la vista, y á su izquierda divisó un grupo de árboles, comenzó á caminar en aquella direccion y á poco reconoció que no se habia engañado.

La Alameda estaba desierta. Sor Blanca se sentó á la sombra de un árbol y se alzó el velo para respirar con mas libertad. Los recuerdos de su convento se unieron con las penas que la esperaban, y la jóven comparó, y sin vacilar miró el porvenir dulce, comparándolo con los sufrimientos que habia tenido en el claustro.

Oyó por una de las calles de árboles que estaban cerca de ella, los pasos de un hombre, se cubrió precipitadamente y esperó. Era un negro de los muchos que habia en México, que se acercaba, y que segun la direccion que traia debia pasar á su lado.

Al mirarle de cerca, Sor Blanca se estremeció y sin poderse contener esclamó:

—¡Teodoro!

El negro se volvió con viveza y se acercó á ella.

—¿Quién sois, señora?

—Teodoro—dijo Blanca—¿has olvidado ya á Doña Beatriz de Rivera?

—¿Seriais acaso?—dijo Teodoro temblando, como si la misma Doña Beatriz se le hubiera aparecido.

—A tí no te lo ocultaré porque eres bueno y tienes el corazon grande, y tú sí no me venderás: soy Doña Blanca de Mejía.

Y Blanca se apartó el velo.

—¡Doña Blanca! ¡Doña Blanca! la ahijada de mi ama ¡pobrecita! La otra víctima de Don Pedro y de Don Alonso. ¿Pero habeis huido del convento.........?

—Sí, Teodoro, y no tengo un asilo.........

—Cómo que no; ¿pues habeis creido que yo vivo en las plazas? mi casita tengo, y para allá nos vamos en este momento.........

—Pero me persiguen, quizá te comprometas por mí.

—¿Comprometerme? No os encontrarán en mi casa, y además, ¿qué me importa, no estais en la desgracia? vaya, niña, venid, venid.

—¿Y la Inquisicion.........?

—No tengo yo miedo á nada en el mundo. Vámonos.

Y Teodoro se atrevió á tomar á Blanca de una mano para levantarla del asiento.

Blanca comenzó á seguir á Teodoro y muy pronto llegaron á la casa de éste, que era cerca de San Hipólito.

La muger de Teodoro le miraba llegar á la casa con una tapada.

—¿Qué será esto?—pensaba la negrita.

—Sérvia—le dijo su marido—esta señora es mas que si fuera nuestra ama, es casi la sombra de Doña Beatriz, y viene á vivir con nosotros, cuidala y quiérela mucho: que nadie sepa que está aquí.

Sor Blanca entró en la casa de Teodoro, recibida como una persona de la familia que volviera de un largo viaje, inmediatamente le destinaron una bonita habitacion que tenia para la calle una hermosa ventana.

Sor Blanca tenia sueño y debilidad; en toda la noche no habia dormido, y apenas habia comido los panecillos que sacó de la casa de Cleofas.........

El marqués de Gelves comprendia, presentia que se tramaba contra él una terrible conspiracion, y conocia quienes eran los directores, pero ignoraba en lo absoluto sus elementos, sus recursos y quienes eran sus agentes.

En las noches salia por las calles á rondar la ciudad, y á seguir aquella pista, que desgraciadamente perdia á los primeros pasos.

La noche en que lo hemos visto desprenderse de Don Pedro y de Don Alonso en el palacio, y salirse á la calle, era sin duda alguna, la noche de uno de los dias mas agitados de su gobierno: por todas partes habia recibido denuncias y anónimos, y la parte de la audiencia que no estaba de acuerdo con los revoltosos, habia estado á darle aviso de que se observaba en la ciudad algo que indicaba una próxima tempestad.

El de Gelves anduvo en las calles: al principio de la noche no encontró nada que llamase su atencion; iba ya á retirarse, cuando alcanzó á ver por la calle de San Hipólito unos hombres que salian furtivamente de una casa, y que se iban como recatando. El virey creyó que habia encontrado un rastro, se ocultó á cierta distancia y advirtió que á poco, otros hombres salian de la misma casa, pasaron cerca de él y pudo notar que eran negros libertos.

Observó el marqués luz en una de las ventanas de aquella casa y pensó acercarse para ver si algo lograba descubrir desde allí que aclarase sus sospechas.

El pequeño postiguillo de una de las ventanas estaba abierto, y aunque era alto, el marqués subió por la reja y miró para adentro.

Dos mugeres hablaban sentadas en dos sitiales frente una de otra. Una de ellas tenia la espalda vuelta á la ventana pero por la forma de la cabeza, y por la figura del peinado se conocia que era una negra, la otra cuyo rostro podia ver perfectamente el virey, porque lo bañaba completamente la luz de las bujias, era una de hermosura maravillosa.

El virey no era un jóven, y sin embargo se sintió arrebatado, enamorado por aquella belleza, y no pudo apartarse de su observatorio, ni desprender sus ojos de aquella muger cuyos movimientos todos eran tan encantadores.

Un negro, alto y robusto, vestido con elegancia y sencillez entró en el aposento y la muger que tenia vueltas las espaldas á la ventana se levantó.

El de Gelves no se habia engañado, era una negrita.

Hablaron entre sí los tres y la negrita se dirijió á la ventana, el marqués se alejó para no ser descubierto y á poco el postigo se cerró.

El virey permaneció allí pensativo y preocupado hasta que la luz del alba y los cantos de los gallos, le anunciaron que era necesario retirarse.

Habia encontrado en aquella noche dos cosas, que no se apartaban de su imaginacion, y que no podremos decir cual le afectaba mas: una conspiracion de negros y la casa adonde se tramaba esta, la muger mas hermosa que habia visto en la Nueva España.

El marqués de Gelves era hombre que no se quedaba nunca á la mitad de un camino, pensaba averiguar quien era aquella muger, y saber lo que se trataba en las reuniones de los negros; pero comprendió que debia comenzar por la muger por que si comenzaba por el asunto de los negros, podia desaparecer ella, en caso de que no lograse prenderles á todos, y que la familia que ocupaba la casa se espantase.

El hombre de las confianzas del virey era un jóven acaudalado de México, que habia vuelto de Filipinas muy rico, despues de un destierro que se le impuso á causa de un duelo, por el antecesor del marqués de Gelves. Este joven, en quien sin duda conocerán nuestros lectores á Don Cesar de Villaclara, se habia hecho el amigo de confianza del virey por su talento, su audacia y su carácter franco y amable.

Jamas faltaba á la hora del almuerzo en Palacio, porque el marqués de Gelves no podia pasarse sin él, y aquella era para el virey la hora de verdadero descanso y en que olvidaba los negocios del gobierno y de la política y se entregaba á sus alegres conversaciones familiares.

El dia á que nos vamos refiriendo, Don Cesar encontró al virey, triste y pensativo.

Concluyó el almuerzo, sin que hubiera pasado aquella nube, y entonces el virey condujo á Don Cesar á un aposento interior y se encerró con él.

IX.

Lo que hablaron el virey y Don Cesar de Villaclara, y lo que aconteció despues.

TENGO que haceros una confidencia, Don Cesar—dijo el virey—que á no tener de vos tanta confianza, no os abriera mi pecho tan francamente.

—Puede V. E. depositar en mí su secreto, que solo en un sepulcro pudiera estar mejor guardado.

—Lo sé, y por eso os le fio: oíd.

—Hable V. E., que es para mí mucha honra.

—Don Cesar, anoche he salido á rondar como sabeis que tengo de costumbre en algunas noches, y en la calle que está derecho de San Hipólito he visto una muger, Don Cesar, cuya imágen poco tiempo presente ante mis ojos, no se borrará, ni se ha borrado un instante de mi mente.

—¿Tan bella es?

—Tan bella como un ángel, luz despiden sus brillantes ojos, perlas son sus dientes, coral sus labios, rizos de negra seda juegan sobre sus espaldas y sobre sus hombros, que envidiara la hembra mas hermosa de Castilla.

—Pero ¿quién es tan peregrina belleza?

—Pluguiese al cielo, que alcanzado hubiera la dicha de saber su nombre; esa muger no debe tener nombre sino entre los ángeles: muchos años han cruzado ya sobre mi frente, y la nieve de la edad blanquea mi cabeza ya sin que el fuego de los arcabuces haya podido derretirla, pero ni nunca tal garrida belleza he visto, ni nunca impresion tan estraña se ha apoderado de mí; este es el favor que os exijo; este es el servicio que espero de vuestra amistad, saber el nombre, la clase y el estado siquiera de esa dama.

—Señor, procuraré ayudar á V. E., pero ¿á dónde vive?

—No podré deciros mas, sino que la he visto en una ventana que está cerca de San Hipólito, de donde ví tambien salir varios negros, y en donde creo habita un negro alto y fornido con traza de rico.

—¡Ah! entonces ya sé adonde es.

—¿A dónde?

—En la casa de Teodoro, el negro liberto de la difunta Doña Beatriz de Rivera—yo respondo á V. E. que sabrá quién es esa dama.

—Me hareis un distinguido favor; me hareis, que mas os puedo decir, me hareis feliz. ¿Cuándo creeis saber algo?

—Mañana mismo lo sabré ya todo.

—Bien, id Don Cesar, y Dios os guie en vuestras investigaciones.

Aquella misma tarde rondaba ya Don Cesar por el frente de la casa de Teodoro.

Pero las ventanas permanecieron obstinadamente cerradas, llegó la noche y sucedió lo mismo.

—Volveré á la media noche—pensó Don Cesar, y se retiró.

Sor Blanca no salia á sus rejas durante el dia por temor de ser vista y conocida; sin embargo, al través de algunas hendiduras de las puertas miraba la calle.

Don Cesar pasaba en la tarde y Blanca alcanzó á verle. Don Cesar estaba algo variado, pero habia sido la única ilusion y el único amor de Blanca, y le reconoció; habia pensado tanto en él que no era posible que le hubiera olvidado.

Blanca se sintió desfallecer al mirarle, y luego se apoderó de ella un desaliento horrible: tal vez Don Cesar la habia olvidado, estaba ya unido, amaba á otra, y aun cuando no fuese así, ¿no habia entre ellos ya el abismo inmenso de sus votos monásticos, que el Arzobispo aun no habia relajado?

Don Cesar volvió á pasar y Blanca advirtió que miraba para la casa y que se detenia enfrente, y luego aquellos paseos se repitieron, y no habia duda: Don Cesar rondaba aquella habitacion. ¿La buscaria á ella? ¿Sabria que allí estaba?

En una de las veces Don Cesar pasó junto á la ventana, y se detuvo buscando un modo de ver para adentro.

Blanca le veia, no estaban divididos mas que por la reja y por la puerta, tenia el rostro de aquel hombre á una distancia tan corta, que podia haber escuchado un suspiro, sintió un vértigo, quiso abrir y presentarse, pero en aquel momento D. Cesar convencido sin duda de que nada conseguia, se retiró.

Toda la tarde penó Blanca en lucha con su deseo, por fin llegó la noche y no vió ya á Don Cesar.

Don Cesar salió á cosa de las once á proseguir sus investigaciones; no solamente su amistad con el virey, sino su amor propio y su curiosidad estaban interesados en descubrir á la dama misteriosa.

La noche no estaba completamente oscura, y al llegar cerca de la casa de Teodoro creyó notar un bulto.

Como acostumbrado á esta clase de aventuras, se dirijió al bulto para reconocer si era un hombre y alejarle de allí, aun cuando tuviese que andar para ello á estocadas.

Por su parte el hombre que estaba frente á la casa, se puso en guardia al ver acercarse á Villaclara.

—¿Quién va?—preguntó el hombre.

—¿Su Excelencia aquí?—contestó Villaclara descubriéndose.

—Callad, Don Cesar, que no seria prudente que nadie me conociera—dijo el virey.

—¿Ha descubierto algo esta noche V. E.?

—Nada, á pesar de que se descubre luz, las ventanas han permanecido cerradas; ¿y vos habeis alcanzado algo?

—Nada tampoco, toda la tarde he permanecido por aquí.

—¿Y qué pensabais hacer ahora?

—Venia á continuar mis rondas hasta descubrir algo.

—Bien, entonces quedaos, que yo tengo que hacer en palacio.

—Como lo mande V. E.

—Quedaos, adios, y mañana os espero.

El virey se embozó y echó á caminar, perdiéndose á poco entre las sombras densas de los árboles de la Alameda.

La noche se pasó tambien, y á la hora del almuerzo contaba Don Cesar al virey que se habia perdido el tiempo.

—Pero supongo que no desmayareis—dijo el marqués de Gelves.

—Imposible, contestaba Don Cesar, yo cumpliré á V. E. lo prometido, y sabremos quién es esa dama.

En la tarde Blanca esperaba, y Don Cesar no tardó en venir y comenzar sus paseos.

Blanca luchó algo, pero al fin no pudo resistir, y abriendo su ventana se mostró á la vista del joven.

—Es un ángel, es una diosa, es algo que no pertenece al mundo sino al cielo—esclamó Don Cesar—y este rostro no me es desconocido, lo he visto, vive en mis recuerdos: ¡me mira! ¡me sonrie! ¡Dios mio, alúmbrame! ¡alúmbrame! ¿Quién es esta muger?

Don Cesar entre el torbellino del mundo habia perdido la imágen de Blanca, que como un recuerdo volvia á levantarse delante de él.

Si Blanca hubiera comprendido que Don Cesar no la recordaba, su corazon hubiera sangrado de dolor porque la pobre jóven soñaba con su candor de niña, que como ella amaba así era amada.

Un grupo de jente venia por la calle y Blanca cerró precipitadamente su ventana, y en vano esperó el jóven toda la tarde que no volvió ya á abrirse.

Llegó la noche y se retiró sin poder olvidar á la dama, y sin recordar tampoco en dónde la habia visto.

—Dios mio—decia—¿quién es esta muger tan bella y que me mira de una manera para mí tan estraña?

El virey en cuanto pudo desprenderse de sus negocios en la noche, volvió á la calle de San Hipólito.

Serian las diez y la calle estaba desierta, y el de Gelves creyó observar la primera vez que pasó, que la ventana de su bella desconocida estaba abierta y el aposento oscuro.

Volvió á pasar y se confirmó en su observacion, y se detuvo entonces en frente de la reja: oyó ruido en el interior, los pasos de una persona que se acercaba á la ventana, y luego una voz hechicera que decia:

—¿Sois vos?

—Yo soy—contestó el de Gelves comprendiendo que en todo caso decia una verdad.

—Os he visto rondar mi casa, y vos debeis comprender que vuestro amor y vuestras pretensiones son imposibles.

—¡Imposibles! ¿Por qué?

—Porque Dios ha puesto entre nosotros una inmensa barrera, que una muger cristiana no puede salvar; idos, y si me habeis amado, si me ameis aún, no trateis de perder una alma que en gran riesgo está ya por desgracia.

—Señora......

—Os lo ruego, olvidadme, que harto sabeis que no puedo ser vuestra. Adios.

Y la ventana se cerró con violencia antes que el marqués hubiera podido articular una palabra.

—¡Dios mio, Dios mio!—decia Doña Blanca sollozando en el interior de su aposento—acepta mi sacrificio en descargo de mis grandes culpas; tú ves, mi Dios, qué inmenso esfuerzo me ha costado despedirle para siempre; pero que no vuelva, que no vuelva, Dios mio, porque entonces, sí, no me sentiria con resolucion para tanto.

El marqués se quedó un momento reflexionando, y luego casi en alta voz pensó:

—Tiene razon esta dama; á mi edad, un hombre casado como yo, porque ella debe saberlo, y conocer á la vireina como casi toda la ciudad....... tiene razon, aún es tiempo de cortar esta pasion que, quizá mas tarde, me hubiera avergonzado.... pero yo la iba queriendo demasiado......... no, no volveré mas; mucho tengo en que ocuparme para andar á mis años en rondas y en amoríos.........

El marqués seguia caminando, y vió á un embozado que se acercaba.

—Debe de ser Don Cesar.

En efecto era él, que venia á seguir por su parte la comensada empresa.

—Don Cesar—dijo el virey aproximándose.

—Señor—contestó Don Cesar.

—¿A dónde vais?

—A la calle de San Hipólito.

—No es necesario ya, acompañadme á palacio y os referiré lo que me ha pasado con esa dama misteriosa.

—¿La ha visto V. E?

—Aun mas que eso: la he hablado.

—¿Hablado?

—Sí, venid, y os contaré.

Don Cesar se sintió contrariado, pero tuvo necesidad de acompañar al virey y escuchar toda la relacion de su boca, y comprendió que la dama habia hablado al marqués creyendo que era él, y sintió renacer sus esperanzas.

—¿Es decir que V. E. prescinde de la empresa completamente?

—Sí, Don Cesar, esa dama me ha recordado lo que yo nunca debiera haber perdido de vista.

Don Cesar guardó silencio, pero se alegró en su interior y juró ser él quien continuara persiguiendo á la jóven.

Aquella noche comprendió ya que era infructuoso su paseo, y se retiró.

Pero á la siguiente tarde pasó y volvió á pasar, hasta que volvió á abrirse la ventana y Blanca volvió á presentarse.

Ella lo habia dicho: si él volvia, quizá no podia resistir.

Don Cesar procuró aprovechar la ocasion, y pasando junto á la ventana dejó caer, por decirlo así, estas palabras:

—Hasta la noche.

—Sí—dijo Blanca encendida de rubor y cerrando, y luego agregó en su interior.

—¿Cómo será posible no amarle? ¡Oh, Dios mio! tú me abandonas á mis propias fuerzas, y yo me siento débil para luchar con este amor.

—¿Quién será esta dama, que cada vez que la miro me parece que estoy mas seguro de haberla conocido? ¿Lo habré soñado quizá? Esta noche saldré de esta penosa duda, y si S. E. ocupó anoche mi lugar, es justo que yo me aproveche de la conversacion que él habia comenzado: pagar es corresponder.

Cuando Don Cesar volvió en la noche, Doña Blanca esperaba ya.

Aquella imaginacion ardiente, aquella naturaleza vigorosa y pura, aquel corazon vírgen y amante, no habian podido resistir el encanto de un primer amor. Blanca estaba apasionada de Don Cesar, porque era el único hombre que la habia manifestado su amor, y porque ella habia soñado en ese amor como en un imposible durante los largos años de su encierro en el cláustro.

Blanca estaba resuelta á todo; pero temerosa con la escena que le habia pasado con Cleofas, queria declarárselo todo á Don Cesar para saber si él tambien arrostraba por todo.

Don Cesar se iba acercando; sus pasos resonaban en el silencio de la calle, y Blanca le adivinaba, vacilante y conmovida, apoyándose en las rejas de su ventana.

El jóven llegó, y como es natural que se apoyase en la misma reja, su mano tocó por casualidad la mano de Blanca, que se estremeció con aquel contacto, pero que no se retiró.

Don Cesar lo advirtió, y contó ya segura su conquista.

Hay cosas que parecen insignificantes, pero que entre personas que se aman equivalen á una declaracion, ó á una correspondencia: una mirada fija, ó á escusas; una mano que se detiene ó que oprime mas de lo comun á otra; dos brazos que se tocan y no se separan; cualquiera cosa es para los amantes una declaracion mas larga que un libro, mas clara que la luz del medio dia.

—Señora—dijo cortesmente Don Cesar—perdonadme si por desgracia he tardado mas de lo que quisiera.

—No, Don Cesar, siempre llegareis á tiempo.

—¿Conoceis mi nombre?—dijo Don Cesar asombrado.

—¿Acaso no conoceis vos tambien el mio?

—¿Creeis que si vuestro corazon no me olvida, el mio pudiera haberos olvidado?

Don Cesar naufragaba en un mar de conjeturas: ¿quién era aquella muger que así le hablaba? ¿Qué iba á hacer, si, como era natural, se prolongaba la conversacion sin que él pudiera recordar su nombre? Era preciso esquivar aquel escollo.

—Señora—dijo Don Cesar para dar otro jiro á la conversacion, y recordando lo que le habia contado el virey—¿Por qué me habeis rechazado tan cruelmente anoche?

—Don Cesar, porque hay entre nosotros un abismo que puede arrastrarnos á infinitos males, y no quiero esponeros por mi causa.

—¿Y creeis señora, que tema yo algo, tratándose de vos? ¿creeis que sacrificio alguno me parezca grande por obtener un amor como el vuestro?

—Es que quizá hasta la salvacion eterna de vuestra alma puede peligrar.

—Habladme señora, decidme que peligros son esos, ya ansio por arrostrarlos, para probaros cuanto os adoro.

—Don Cesar, sabeis que mi hermano Don Pedro de Mejía me hizo entrar en un convento, y profesar por fuerza, soy monja, vínculos de acero me átan al claustro, y si yo los he roto y he escapado de allí huyendo de una vida que no puedo soportar, buscando aire y libertad, y esponiéndome á todas las calamidades que esto podria atraer sobre mi cabeza, no quiero por mas que os ame envolveros en mi desgracia, y comprar mi dicha á costa de vuestra felicidad.

—Doña Blanca—dijo Don Cesar, que la habia reconocido, Doña Blanca ¿eso decis? ¿Eso podeis pensar de mí? Yo os amo, vuestra imágen me siguió á mi destierro y me acompañó siempre al traves de los mares, si vuestro hermano os condujo al convento, si allí pronunciasteis esos votos que vuestro corazon rechazaba, Dios no puede haber recibido esos votos, no Blanca, vuestro corazon era mio, nada mas que mío y Dios no puede haber querido que dos de sus criaturas fuesen desgraciadas, por un sacrificio que su misma bondad desaprueba y rechaza.

—¡Oh Don Cesar! cuanto bien me haceis; seguid, seguid, decidme que me amais, que no os espanta mi situacion.

—¿Espantarme? Alma de mi alma, espantarme? ¿y por qué? Os amo con toda la pasion de mi alma, y si los hombres nos persiguieran, si tubiera yo que sufrir los mas horribles tormentos, los aceptaría contento, feliz, porque era por vos, por vuestro amor; Dios no se ofenderá porque en vos le amo á Él, porque nunca pudo su grandeza exigir que se ahogase el amor en el corazon de sus criaturas que Él formó destinadas para el amor. ¡Oh Blanca! os adoro, pero decidme, ¿vos me amais?

—Don Cesar todo el amor de mi vida, toda la pasion de que soy capaz, todo es para vos, desde que os ví en Jesus María, no se aparta vuestro recuerdo de mí, os amo, y si es necesario ser desgraciada, morir en la hoguera por vuestro amor, moriré contenta y feliz. Oidme, ayer aun tenia temores, aun guardaba remordimientos, porque iba á atropellar con mis deberes, pero hoy ya nó, haced de mí lo que querais, no soy mas que vuestra, enteramente vuestra.

Y Blanca en su exaltacion acercó su rostro á la reja, y los labios de Don Cesar recibieron su primer beso de amor.

—Blanca—dijo Don Cesar—es preciso que salgais de aquí. ¿Estais resuelta á todo?

—A todo.

—Pues bien, el virey os ha visto aquí, pueden buscaros, voy á procurar una casa, en donde vivireis oculta, y en donde sereis para mí, y nada mas para mí. ¿Os agradaría?

—Sí, Don Cesar: vuestro amor, y despues venga lo que Dios quiera.

La conversacion se prolongó por mucho tiempo entre dulcísimos requiebros y alegres planes para el porvenir, y entre frases de amor y besos de pasion.

El alba comenzaba ya á despuntar cuando Don Cesar se apartaba de la reja llevando la felicidad en el corazon, y dejando á Blanca en medio de un paraiso encantado.

Todo estuvo entre ellos convenido; Blanca se iria á la casa que debia tomar Don Cesar á ocultar su nombre y su pasion.

Entre amantes se arreglan en una hora cosas mas difísiles y atrevidas, que en los congresos y en las asambleas en un año.

X.

De lo que pasó con Don Cárlos de Arellano, y cómo volvió él á ver á Luisa.

Don Cárlos de Arellano, á quien hemos dejado en el momento en que un criado que venia á caballo preguntaba por él, recibió con ese criado dos cartas de México.

La una era del virey, y la otra de Don Pedro de Mejía.

Con el virey cultivaba corta amistad á pesar de ser uno de sus grandes partidarios, y con Don Pedro de Mejía, á resultas de todo lo acontecido con Luisa, no tenia relaciones de ninguna especie.

Don Cárlos se admiró de recibir aquellas dos cartas, y sobre todo, la de Mejía: en ambas lo solicitaban para que fuese á la capital.

Arellano antes de resolverse quiso consultar con Chema, que era su maestro, y á quien habia llegado á tener en alta estimacion.

—Don José, Don José—dijo Arellano despertando al viejo, que habia quedado durmiendo.

—¿Que hay?

—Dos cartas que tengo aquí de México, sobre las que quisiera saber vuestra opinion.

—¿Y qué dicen?

—Me invitan á ir para allá, y ambas por razones bien distintas; oíd, la una es del virey.

Don Cárlos leyó la primera carta.

«Para el mejor servicio de Su Majestad (Q. D. G.) deseara que viniéseis á México á tener vista conmigo, para tratar de algunos negocios importantes del reino, y de la provincia de que sois Alcalde Mayor; esto es de la mayor urgencia.

Dios os guarde muchos años.

El Marqués de Gelves.»

—¿Y bien?—preguntó Don José—¿qué habeis pensado hacer?

—Queria consultaros, si supuesto el estado en que se hallan las cosas, debiera yo de ir.

—Creo que seria una imprudencia, cuando no una locura, el iros á meter así en el fuego, estando aquí tan libre. «El que busca el peligro en él perece.»

—Teneis razon, no iré.

—¿Y la otra carta?

—Es un negocio particular que tengo ya casi olvidado, y que no seria por sí solo capaz de obligarme á emprender un viaje. Escuchad, es de un caballero rico de la ciudad llamado Don Pedro de Mejía.

«Señor Don Cárlos de Arellano.

«Muy respetado amigo y señor. Hace ya algunos años que dejé de cultivar vuestra amistad por motivos que espero hayais echado en olvido, pero que son los mismos que ahora me obligan á dirijiros ésta.

«Es el caso que entonces por razones que alguna vez os diré, tuve de contraer matrimonio con Luisa, la viuda de Don Manuel de la Sosa ignorando que habia estado en vuestra casa de donde se fugó, y que era una esclava antigua de un Don José de Abalabide. Súpelo despues de la boda y la arrojé de mi casa.

«Hoy ha vuelto esta muger pasando por esposa legítima del correjidor de México Don Melchor Perez de Varais, enemigo encarnizado del virey y uno de los mas ardientes trastornadores de la pública paz.

«Os ruego que vengais para ayudarme á confundir á esa muger que es el ajente mas poderoso y mas activo del Correjidor.

«Dios os guarde por muchos años, como se lo pide vuestro amigo y servidor

«Don Pedro de Mejía.»

Chema habia escuchado esta carta con un interes y una escitacion creciente, su semblante se habia puesto encendido, sus ojos brillaban y su respiracion era desigual y fatigosa.

—¿Qué pensais?—dijo Don Cárlos—A la verdad que para castigar á esa muger basta su marido, que si buena y juiciosa le hubiera salido á Don Pedro, nada me hubiera tocado á mí, como ahora que es mala é inquieta me viene á querer perturbar.

—Os engañais—dijo Chema con una voz ronca—es preciso que vayais, ó mejor dicho, que vayamos para confundir á esa víbora, yo os acompañaré.

—¡Vos! ¿la conoceis acaso?

—Ojala no la hubiera conocido, ella ha sido la causa de todas mis desgracias, porque yo soy Don José de Abalabide.

—¡Vos Don José de Abalabide! el rico comerciante que desapareció una noche arrebatado por el Santo Oficio, y de quien se cuentan tantos padecimientos?

—El mismo, Don Cárlos, el mismo, y en el camino os instruiré de todo y os convenceré de que es un deber nuestro castigar á esa muger. Disponed, os ruego, vuestro viaje, y salgamos mañana mismo de esta casa.

—Saldremos—dijo Don Cárlos.

A la siguiente mañana una pesada carroza de camino se dirigia á la capital de la Nueva España. Ocho poderosas mulas tiraban de ella, y en el interior se veian á Don Cárlos de Arellano y á Don José de Abalabide que hablaban con mucho calor; era que el viejo referia su historia.

A las dos de la tarde los viajeros habian llegado á México y se alojaban en una casa que Don Cárlos habia conservado amueblada y dispuesta en la ciudad, porque solia antiguamente pasar allí algunas temporadas.

Don José fué bajado de la carroza en los brazos de los lacayos.

En aquellos momentos la ciudad estaba en alarma, grupos de gentes de todas clases cruzaban por las calles, bulliciosos los unos, graves y taciturnos los otros; allí se preparaba algo: eran aquellos para el menos inteligente presagios de una tempestad.

Don Cárlos se dirigió inmediatamente á palacio para averiguar qué era aquello, y encontró allí la misma confusion que en las calles; pero allí ya comprendió todo.

Don Melchor Perez de Varais retraido en el convento de Santo Domingo, no pretendia hacer fuga como decian sus enemigos, pero sí auxiliado del Arzobispo que lo visitaba diaria y secretamente, atizaba el fuego de la sedicion y provocaba un alzamiento. Sus jueces como hemos visto, mandaron ponerle guardias en el convento.

Don Melchor se quejó de esto al Arzobispo diciendo, que se violaba la inmunidad del asilo, y el prelado que no esperaba sino una oportunidad para dar un escándalo, miró esta como venida del cielo.

Con el juicio de censuras se dió principio á este escándalo, y el Arzobispo por medio de su Provisor procedió contra los guardias y contra los jueces hasta declararlos excomulgados.

El Provisor comprendia y secundaba perfectamente las ideas del Arzobispo, y las notificaciones á los excomulgados se hacian con el mayor escándalo posible á todas horas, sin distinguir las del dia de las de la noche.

El clerigo que hacia de notario iba de una á otra casa y de uno á otro tribunal, y atravesando las calles seguido de un concurso numerosísimo ocasionando por toda la ciudad alarma y tumulto.

La Audiencia absolvió á los excomulgados, y el Arzobispo entonces se volvió contra la Audiencia.

Don Cárlos de Arellano llegó á palacio á la sazon que entraba tambien á él un clérigo notario del Arzobispo, que seguido de una multitud inmensa entre la cual se veian muchos clérigos, iba á notificar al secretario de dicha Audiencia la entrega de los autos de este ruidosísimo negocio.

El virey estaba en la Audiencia con los oidores, y el notario del arzobispado llegó con su acompañamiento hasta la puerta de dicha audiencia, en donde habia quedado esperando tambien Don Cárlos.

—¿Qué ruido es ese?—Preguntó adentro el virey.

—Señor—contestó pálido el oficial mayor—El notario del provisorato me notifica que se entreguen los autos sobre absolucion de las censuras de los jueces y guardias de Don Melchor Perez de Varais, bajo pena de escomunion y publicacion en las tablillas de las iglesias.

—Vive Dios, y perdonadme señores mi violencia—dijo el virey—que mucha es la audacia y desacato de ese notario.—Decid señor oficial mayor, á ese notario, que aguarde hasta que termine la audiencia.

El oficial mayor salió inmediatamente á llevar el recado de S. E.

Apenas el notario oyó el recado, cuando sin respeto de ninguna clase, y atropellando al oficial mayor, se dirijió á la puerta de la audiencia. Los alguaciles trataron de impedirselo y entonces allí mismo se trabó la lucha.

Como por encanto salieron á lucir multitud de armas, que llevaban ocultas los clerigos que acompañaban al notario, y comenzaron á caer heridos algunos de los dos bandos.

Don Cárlos tiró de su espada, y se puso del lado de la justicia.

En medio de aquel tumulto, un jóven elegantemente vestido con un sombrero hundido hasta el entrecejo y adornado con hermosas plumas blancas, animaba y exaltaba á los partidarios del arzobispo y con el estoque en la mano, procuraba herir al oficial mayor.

Arellano se arrojó sobre este jóven en el momento en que un movimiento de la multitud hacia caer su sombrero, dejando complemente descubierta su cabeza. Dos esclamaciones se escucharon en aquel acto, la una era de Don Cárlos de Arellano que gritó.

—¡Luisa!

La otra partió de la boca de Don Cesar, que llegaba al lugar del escándalo, y que tambien la reconoció.

En este instante se abrió la puerta de la audiencia, y la figura severa del marqués de Gelves, apareció calmando la tempestad.

Los alborotadores huyeron espantados, y solo quedaron allí Don Cesar, Arellano, y los alguaciles, unos buenos y otros heridos.

Don Cárlos levantó el sombrero que Luisa habia abandonado en su fuga.

El virey con los brazos cruzados contempló á la turba que huia, y luego con una calma inconcebible en su carácter violento y altivo, dijo á Don Cesar y á Don Cárlos de Arellano.

—Pasad Señores.

Los dos caballeros siguiendo al marqués, entraron á la sala de la audiencia.

Los Oidores estaban pálidos, pero serenos; la Audiencia se habia dado por terminada y se hablaba ya en confianza.

—Admírome señor—dijo Don Cesar—como S. E. ha podido contener su natural fogoso ante semejantes desacatos.

—Creed Don Cesar, que he necesitado hacer un grande esfuerzo, porque los gobernantes muchas veces tenemos necesidad de disimular nuestros naturales instintos é inclinaciones.

—Tiene V. E. mucha razon—dijo Don Cesar.

—Pero ya la justicia tendrá su lugar alguna vez, que ahora conozco que solo de precipitarme se trata, para dar motivo á culparme de cualquier desgracia, y no lo conseguirán.

—Quizá no ignore V. E.—dijo Don Cárlos de Arellano, la cabeza y el brazo que dirigen estos disturbios.

—¿Y quién los desconoce? solo vos Don Cárlos que venis tan pocas veces á México, y os pasais la vida encerrado en vuestra casa de la Estrella, y sin embargo, ved como os favorece la fortuna, acabais de llegar y ya teneis en vuestras manos un trofeo.

—Es verdad, E. S.—contestó Arellano, levantando por lo alto el sombrero de Luisa que llevaba en la mano—este trofeo tiene la doble recomendacion de pertenecer á una dama.

—¿A una dama?

—Que venia entre la multitud vestida de hombre, y que se daba tambien su modo de acuchillar á los alguaciles.

—¿Y quién era, esa mi hermosa enemiga?

—Hermosa verdaderamente, y que segun entiendo, es la que pasa por esposa de Don Melchor Perez de Varais.

—He oido hablar de ella, ¿pero por qué decis que pasa por su esposa, acaso no lo es realmente?

—Ni puede serlo; bien pronto conocerá V. E. lo que es esa muger por las pruebas que tendré el honor de presentarle. Entre tanto, permítame V. E. que no le diga mas.

—Como gusteis.

Don Cesar no dió para nada á entender que conocia á Luisa y el virey y los Oidores siguieron comentando á su manera los acontecimientos que habian tenido lugar..............

. . . . . . . .

Aquella misma noche el Arzobispo entraba al aposento que ocupaba en Santo Domingo Don Melchor Perez de Varais.

Luisa con su traje de hombre acompañaba á Don Melchor. El prelado debia ya conocer quién era, porque la saludó como á señora.

Luisa besó respetuosamente el pastoral del Arzobispo.

—En esta tarde—dijo Don Melchor—creí que el marqués hubiera hecho una de las suyas acuchillando al pueblo, lo que hubiera precipitado ventajosamente para nosotros el lance.

—Así debió de suceder—contestó el Arzobispo—y no comprendo qué pudo detenerle.

—Mi esposa que estuvo presente, me ha contado que el virey no hizo siquiera impulso de arrojarse á la pelea.

—¿Será cobarde?—dijo el prelado.

—No lo piense V. S. I., pero está muy prevenido.

—¿Conque vos anduvísteis, señora—dijo el Arzobispo—en medio del peligro?

—Cuando se trata de la causa de Dios y de la Iglesia—contestó hipócritamente Luisa—la criatura mas débil es fuerte.

—Sois digna imitadora—dijo el Arzobispo—de Judit, de Estér y de Dévora.

—Señor Ilustrísimo.........—esclamó Luisa fingiendo ruborizarse.

—Y no crea Su Ilustrísima—agregó Don Melchor con cierto orgullo—no cesa de trabajar; esta noche me ha dado parte de que se ha encontrado á un antiguo criado suyo de gran influencia entre el pueblo, y muy útil, á quien llaman por mal nombre el Ahuizote.

—¡El Ahuizote! ¡el Ahuizote!—yo recuerdo ese nombre.

—Tal vez le haya conocido en otro tiempo Su Señoría.

—Puede, ¿con que es muy útil?

—Para todo.

—Pues va ya á necesitarse pronto porque el virey me exige que le envie al notario que en esta tarde fué á notificar al secretario de la Audiencia.

—¿Y qué hará Su Señoría Ilustrísima?

—¿Qué puedo hacer? entregarle, pero esto dará el motivo que se necesita para poner el entredicho y excomulgar al virey.

—¡Excomulgarlo!—esclamaron á un tiempo Luisa y Don Melchor.

—Sí, ya vereis que naturalmente van para allá las cosas y muy pronto.

—Y nosotros entre tanto ¿qué haremos?

—Seguir excitando y preparando al pueblo para la hora del combate.

—Estamos dispuestos—dijo Don Melchor—¿nos avisará Su Ilustrísima?

—Sí, si es posible; si no hay tiempo, las campanas que toquen el entredicho serán la señal.

Pocos momentos despues Luisa se despidió, en la puerta por donde ocultamente entraba y donde la aguardaba ya el Ahuizote. Luisa subió en su carroza y el Ahuizote trepó á la saga.

XI.

Cómo los celos hacen adivinar á las mugeres.

RECUERDAS—dijo Luisa al Ahuizote al llegar á la casa—¿á aquel Don Cesar de Villaclara?

—¿Y cómo olvidarlo si tan malos dias nos hizo pasar? pero creo que lo enviaron á Manila y no ha vuelto á parecer.

—Te engañas, porque hoy le he visto en el palacio.

—Puede, pero al fin que ya no nos importa.

—Sí, sí nos importa, ha jugado ese hombre conmigo y me ha despreciado por Doña Blanca.

—Pero ahora de nada le servirá eso, porque á esa Doña Blanca, segun me dijeron, la metió monja su hermano Don Pedro.

—Es verdad, pero se ha fugado del convento.

—¡Calle! y qué picarona—dijo sonriéndose el Ahuizote—pero ahora se juntarán los dos, y el Santo Oficio dará cuenta final de esos amores.

—Eso es lo que pienso, y lo que trato de evitar.

—¿Qué? ¿Que los quemen? ¿Pues no los aborreciais tanto?

—No, lo que no quiero es que se vean, que se amen, que sean felices, y estoy segura de que así está sucediendo porque el corazon me lo avisa. Don Cesar es el único hombre á quien verdaderamente he amado, y no será de esa muger aunque me cueste el dolor de verle entre las llamas. Oyeme, es preciso que mañana mismo averigües en dónde vive Don Cesar, que pongas personas que lo vijilen, que vean adonde vá, con quien habla, todo lo que hace en el dia y en la noche, porque estoy segura de que visita á Doña Blanca, que la ama, y ¡hay de ellos! yo me sabré vengar.

—¿Pero si eso no es mas que una suposicion vuestra?

—No, estoy segura de que así sucede. Ya oyes lo que te he prevenido, y sabes que pago bien.

—Sereis obedecida de la misma manera.

—Mañana en la noche tendremos razon exata, ¿es verdad?

—Muy pronto es.

—No importa, lo quiero.

—Está bien.

—Por ahora puedes retirarte, pero ya lo sabes, no tienes mas comision que esa.

—Está muy bien.

—No te me presentas hasta traer las noticias que te pido, pero mañana en la noche estás aquí.

Y sin esperar respuesta, Luisa se entró en su habitacion.

El dia siguiente se pasó con grande alarma en la ciudad, y circuló en la noche la noticia de que el virey tenia ya preso al clérigo que habia ido á notificar la excomunion, á Osorio el secretario de la audiencia, y que privado dicho clérigo de sus temporalidades, iba á ser remitido á San Juan de Ulua para ser embarcado para España.

El arzobispo estaba furioso y sus partidarios llenaban de pasquines las puertas de los templos y hasta las de Palacio.

Todo el mundo esperaba un conflicto por momentos, porque todos conocian el caracter impetuoso y enérgico del marqués de Gelves, y el genio altivo é indomable del arzobispo Don Juan Perez de la Cerna.

México entero estaba conmovido se había hecho correr el rumor de que el virey que habia obligado á todos á traer sus semillas á la alhóndiga para abastecer al pueblo, se habia puesto de acuerdo con Don Pedro de Mejía, para monopolizar el maíz y venderlo á precios escesivos, y que la causa de los disgustos del virey con el arzobispo, era que este habia tomado la defensa de los pobres, amenazando á Mejía y al de Gelves con la excomunion si no abarataban los granos.

Esto se referia públicamente en los mercados, y por consecuencia crecian á la par, el prestigio del arzobispo y el odio al virey y á sus amigos.

Las cosas estaban ya en sazon, para hacer un tumulto, pero el de Gelves apesar de su caracter arrebatado, y de las provocaciones del prelado, caminaba con mucha prudencia.

Luisa esperó toda la tarde que llegara el Ahuizote porque conocia su diligencia y su actividad, y aunque la cita era por la noche creia que el hombre se anticiparía.

En la tarde el Ahuizote no pareció, pero á la oracion de la noche estaba ya en la casa de Luisa con el semblante del que viene satisfecho.

—¿Averiguaste?—le dijo Luisa luego que le vió.

—Todo.

—¿Y qué hay?

—Lo mismo que vos pensabais. Don Cesar ha encontrado á Doña Blanca, y se han entendido, de manera que vuestro corazon no os engañó.

—Pues entonces, no hay mas sino denunciarles al Santo Oficio....................................

—No me parece prudente, porque aun esos amores no pasan de conversaciones por la reja de Doña Blanca, despues porque está ella en la casa de Teodoro el esclavo que fué de Doña Beatriz.

—Tanto mejor. Teodoro es mi enemigo y puedo perderle tambien, entregando á los amantes á la Inquisicion.

—Entonces no sabeis que Teodoro es uno de los partidarios mas importantes del señor arzobispo, porque cuenta con toda la gente de color, de la que es el gefe; de manera que si se hiciese lo que vos pensais, en primer lugar le quitabais un grande apoyo al arzobispo y en segundo lugar tendria que defender á los amantes defendiendo á Teodoro, y vos tendrias que habéroslas con un enemigo muy poderoso.

—Tienes razon, pero ¿qué debo hacer?

—Mirad, que conque tengais un poco de paciencia todo se arregla. Don Cesar ha preparado una casita, para llevarse allí á Doña Blanca, y entonces es tiempo de caerles, que serán envueltos en el proceso del Santo Oficio, mientras que hoy solo Blanca seria condenada.

—¿Y cuando pensará Don Cesar mudar á Doña Blanca?

—Creo que esta misma noche.

—¿Luego ya mañana?..................

—Ya mañana podeis hacer la denuncia.

—¿A donde está la casa?

Eso sí no he podido saber, y tal vez mas tarde me lo dirán, porque estas noticias las tengo de un criado de Don Cesar, íntimo amigo mio, á vos nada os importa saber la casa dad la denuncia, que los familiares sabrán husmear y no haya cuidado que pierdan la pieza.

—Bueno, tú sin embargo, prosigue en tus averiguaciones.

Luisa pensó ya, que habia llegado el momento de su venganza, y el Arzobispo le pareció un buen medio. Su Ilustrísima deseaba y aprobaba todo lo que era no solo contra el virey, sino contra sus amigos: él ayudaria á perseguir á la hermana de Don Pedro de Mejía, y á Don Cesar de Villaclara, los dos favoritos del de Gelves.

A las once de la noche, los amigos de Don Melchor Perez de Varais y su Luisa, estaban con él, en Santo Domingo, combinando sus planes de revolucion.

—Si su Señoría Ilustrísima quisiera, dijo Luisa al Arzobispo—manera tengo yo de quitar al virey, á uno ó dos de sus principales amigos.

—Por fuerza tengo de querer—contestó el prelado—que mas perjudican sus amigos que él mismo. ¿Y de quiénes tratais?

—De Don Cesar de Villaclara, y de Don Pedro de Mejía.

—¡Pollos son de cuenta!—esclamó el Arzobispo—¿Y cómo pensáis que nos deshagamos de ellos?

—Muy fácilmente: pero siendo caso de conciencia, espero que su Ilustrísima me escuche como en sigilo de Sacramento.

—Bien entonces mañana..................

—Urgente es la medida.

—En ese caso..................

—Si su Señoría gusta—dijo Don Melchor—puede pasar al inmediato aposento, que está enteramente solo.

—Me parece—contestó el Arzobispo, dirijiéndose al otro aposento seguido de Luisa.

El prelado se colocó en un sitial, y Luisa tomó asiento á su lado.

—Comenzad—dijo gravemente el Arzobispo.

—Pues sabrá S. S. I., que Don Pedro de Mejía tiene ó mas bien tenia una hermana en el convento de Santa Teresa, llamádose Blanca.

—Sí, eso es, Sor Blanca la que se fugó dias pasados; ya caigo.

—Aun hay mas, Sor Blanca tenia antes de entrar al convento amores con Don Cesar de Villaclara.

—¡Hum!—hizo el prelado, que comenzaba á maliciar de lo que se trataba.

—Sor Blanca fugada del convento, ha encontrado á Don Cesar y han vuelto á entablar sus relaciones, y él la tiene ya viviendo como su muger.

—¿Pero adonde?

—Eso es lo que le toca averiguar á la justicia.

—Mañana mismo dictaré mis órdenes.........

—Permitame su Ilustrísima, que le diga que todo eso vendria mejor de la inquisicion y no tendria el carácter de persecucion de partido.

—En efecto, y la cosa tanto mas llana es, cuanto que el inquisidor mayor es grande amigo mio, y conseguiré que mañana mismo se publiquen los edictos contra la hermana de Mejía y contra el tal Don Cesar.

—¿Parece bien á su Ilustrísima?

—Perfectamente, mañana se publicarán los edictos, ó á mas tardar pasado mañana.

—Y si algo sé yo de nuevo, avisaré á su Ilustrísima.

El Arzobispo y Luisa salieron del aposento á cual mas alegre.