«La perla de las perlas,
la cándida y la pura...»

Era en fin la carta que el príncipe habia encontrado en su retrete en Alhama, la que le habia servido de medio para encontrar á Bekralbayda.

La segunda carta mas esplícita, era la que habia sido enviada al príncipe en su misma flecha desde la casita blanca.

Al leer el nombre de Bekralbayda que firmaba esta carta, el rey se sintió herido en el corazon.

—¡Con que se aman! esclamó: y acaso, acaso... sí... indudablemente: esta carta es una cita: y luego este rizo de cabellos...

El rey quedó profundamente pensativo, y se puso á pasear á largos pasos á lo largo de su cámara.

—Pero ellos no han podido conocerse, no han podido verse sino consintiéndolo ese viejo enlutado, ese Yshac-el Rumi, ese hombre estraño que me hace temblar. Pero si ese miserable sabe que mi hijo y Bekralbayda son amantes, ¿por qué me vende esa muger? ¡y con tan estrañas condiciones! no me ha pedido oro... únicamente que Bekralbayda esté al lado de la sultana Wadah, de esa terrible loca, y estar él á mi lado, ser mi astrólogo: ¡oh poderoso señor de Ismael! ¡tú dador de la ciencia! ¡tú misericordioso! aquí hay un misterio que no alcanzo á esplicarme: ¡ilumíname tú, señor, tú que amparas á los que en tí creen!... ¡ábreme camino, porque yo me siento cegar!

Y el rey siguió en su paseo, con la mirada escandecida, el aliento ardiente y entrecortado, las megillas pálidas, el paso incierto.

Luchaba dentro de sí de una manera espantosa.

—¡Oh? dijo al fin: Dios castiga en mí algun pecado de mi raza: yo no puedo ser feliz.

Y siguió paseando.

—¿Y por qué no? dijo de repente: ¿quién sabe? acaso...

El rey volvió á su paseo.

Anunciáronle que un viejo y una dama enlutados querian hablarle.

El rey Nazar hizo un movimiento semejante al de quien despierta de un sueño al impulso de una mano estraña; tomó un pergamino y escribió en él durante un breve espacio: luego dobló el pergamino y le selló.

—Que entren el viejo y la muger, dijo.

Poco despues entró Yshac-el-Rumi llevando de la mano y sin velo á Bekralbayda que inclinaba ruborosa la cabeza.

Entrambos se prosternaron ante el rey Nazar que los alzó.

—¿Sabes á lo que vienes á mi palacio? le preguntó Al-Hhamar.

—Sé que me han vendido al poderoso sultan de Granada, dijo con acento trémulo Bekralbayda.

—¿Pero no te han dicho que el sultan Nazar que te ama, quiere tu amor y no tu sumision?

Bekralbayda calló.

—Vas á servir á la poderosa sultana Wadah: está enferma: procura aliviar con tus consuelos sus dolencias: en cuanto á mí en ocasion mejor te diré cuánto eres grata á mis ojos. Entre tanto pon aquí tu nombre.

El rey la presentó el pergamino que habia escrito y sellado poco antes.

—¿Y qué es esto, señor? dijo con recelo Yshac-el-Rumi.

—Aquí, salva la voluntad de Dios, está decretado invariablemente el destino de Bekralbayda. Sellado con mi sello, signado con su nombre, nadie abrirá ese pergamino hasta que ella misma le abra.

Y llamando el rey á sus esclavos les mandó que llevasen á Bekralbayda á las habitaciones de su esposa.

Yshac-el-Rumi se quedó entre los sabios y astrólogos que vivian en el palacio del rey.

XII.

EL PALACIO DE RUBIES.

Habian pasado muchos dias.

El rey habia tenido muchas entrevistas con Bekralbayda.

El príncipe continuaba preso.

Yshac-el-Rumi empezaba por su ciencia á privar con el rey.

Ninguno mejor que él descifraba los sueños del rey, ni respondia mejor á sus dudas.

El rey Nazar empalidecia.

Comprendíase que minaba algo su existencia.

Sus ojos empezaban á tener cierto brillo fosforescente como los de la sultana Wadah.

Dormia poco, y aun así de una manera inquieta.

En medio de sus sueños, quien hubiera estado cerca de él, le hubiera oido pronunciar el nombre de su hijo y de Bekralbayda.

Una noche el rey velaba.

Tenia junto á sí en una pequeña mesa un cuadrante y un pergamino estendido.

El rey marcaba con tinta roja sobre el pergamino líneas y compartimientos, los media con un compás, y volvia á meditar y á marcar líneas y puntos y á tomar medidas.

Quien le hubiera visto entonces, no le hubiera creido el sultan de Granada, el poderoso Nazar, sino un alarife[25] que se ocupaba en formar el plano de un palacio.

El rey se ocupaba profundamente de su trabajo.

Pero de repente le interrumpió un ruido inesperado.

El batir de las alas de un pájaro.

El rey Nazar se estremeció y miró.

Vió un enorme buho que revolaba en su cámara.

El rey Nazar se puso mortalmente pálido, y se levantó en busca de su arco.

Pero el buho estrechó su vuelo sobre la mesa, apagó la lámpara y escapó por la ventana.

Entonces resonó á alguna distancia una carcajada hueca.

El rey Nazar dió voces: entraron sus esclavos con luces.

El rey Nazar hizo que encendiesen la lámpara, que cerrasen las celosías de los ajimeces y las puertas, y que trajesen al momento al astrólogo Yshac-el-Rumi.

Poco despues el viejo estaba delante del rey Nazar y á solas con él.

—Siéntate, le dijo el rey.

El astrólogo se sentó con la misma altivez que si hubiera sido otro rey.

—¿Sabes lo que me sucede? le dijo.

—Yo lo sé todo, dijo con autoridad el mago.

—Veamos.

—En primer lugar estás cada dia mas embriagado por los encantos de Bekralbayda.

—Es verdad.

—La sultana Wadah lo sabe y tiene celos.

—Es cierto.

—Bekralbayda quiere antes de ser tuya poner á prueba tu amor.

—¿Y me exige grandes sacrificios?

—Sé que á pretesto de que este palacio es triste, en lo que no la falta razon, te ha pedido que construyas para ella sola un alcázar.

—Es verdad.

—Tú te has puesto esta noche, poderoso sultan, á idear ese alcázar, y un buho ha entrado por la ventana y ha apagado la lámpara.

—¿Y por qué ese buho?...

—Porque ese buho quiere que ese alcázar se construya en el lugar donde está construido invisiblemente, el encantado Palacio-de-Rubíes.

—¡El Palacio-de-Rubíes!

—Sí, en la Colina Roja.

—Esplícame, esplícame eso.

—Escucha.

Reclinóse el astrólogo indolentemente en el divan, y empezó despues de algun tiempo de meditacion de esta manera:

—Allá en los primeros años despues de la conquista de los árabes sobre España, era señor de Granada Abu-Mozni-el-Zeirita.

Este rey, siendo ya viejo, murió y dejó su herencia, esto es, el señorío de Granada, á un sobrino suyo, viejo tambien, que residia en Africa, y que se llamaba Aben-Habuz.

Cuando Aben-Habuz vino á Granada á recojer la herencia de su viejísimo tio, solo halló un negro y carcomido castillo, puesto sobre la cima de un monte, al pie de las vertientes de una sierra, y en el castillo algunos cientos de feroces guerreros que miraban el ataud de roble de su señor, apoyados en las picas con la misma espresion que el perro de montería que pierde al amo que le arrojaba sobre el rastro.

Aben-Habuz no conocia á Abu-Mozni, y por lo tanto no se entristeció. Humillóle, sí, que un pariente suyo fuese llevado á la sepultura sin embalsamar y con un ataud y unos vestidos tan humildes, porque Abu-Mozni habia gastado el dinero de sus tierras y de sus vasallos, en perros y murallas, y no habia pensado ni una sola vez en su vida en tener un alcázar ni un harem, ni en proveerse de un lecho de piedra en donde dormir el último sueño.

Aben-Habuz mandó á sus médicos que embalsamasen los restos de su feróz tio: hizo quemar el ataud de roble y el sayo de lana, le encerró vestido de púrpura en un féretro de brocado, dentro de un sepulcro de mármol sobre el cual hizo esculpir un pomposo epitafio, largamente meditado por sus sabios, y despues de estos últimos deberes, satisfechos mas bien que á la memoria de su tio, á su orgullo de rey, se lanzó con los tostados africanos que encontró en su herencia y con el ejército que habia traido de allende el mar, sobre los enemigos, que aprovechándose de la muerte de Abu-Mozni-el-Zeirita, habian invadido su territorio; y despues de haber corrido las fronteras tras ellos, de haberles incendiado castillos y aldeas, y robádoles ganados y mugeres, se tornó á su alcazaba; repartió el botin entre los soldados, encerró las mugeres en una torre, y se echó á buscar un sitio donde edificar una residencia mas digna de un rey, que el ahumado torreon donde habia pasado largas veladas, tendido sobre una piel de tigre, el primer señor árabe de Granada.

Llamó á sus faquies y á sus astrólogos, y estos, despues de haber consultado las estrellas, le llevaron á la cresta de la colina poco distante de la torre de la alcazaba, y le dijeron:

—Aquí señor debes alzar tu alcázar y la atalaya de tu reino; porque desde esta loma se vén la estendida vega y las distantes fronteras, y porque un rey debe estar siempre atento á la defensa de su pueblo.

Y Aben-Habuz hizo un alcázar y levantó una torre altísima en el lugar que le dijeron los faquies y los astrólogos, y sobre la torre puso un caballero de hierro con la lanza en ristre y girando á todos los vientos, y en la adarga del caballero mandó pintar un gallo y poner debajo esta leyenda:

Dice el sabio Aben-Habuz,
que así se defiende el Andaluz.

Porque el viejo rey tenia por una de sus mas preciosas máximas la de que un guerrero debia ser vigilante como un gallo, ligero como el viento, para volverse y correr á la parte por donde amenazase el peligro, y por esto y por otras razones que á nadie dijo, llamó á la torre de su alcazaba, torre del Gallo de viento.

Y encerrábase en ella el viejo rey, y se dormia al rechinar de la veleta, y la consultaba cada vez que soplaba el viento de la tormenta, y allí donde el caballero tenia asestada la punta de su lanza, corria con sus gentes, y hacia Eblís[26] que siempre encontrase enemigos á quienes destrozaba volviéndose cargado de presas á su castillo.

Y sucedió que una de estas veces, en vez de encontrar enemigos solo halló un viejo astrólogo, que al ver llegar al rey entre aquella muchedumbre de guerreros, se prosternó por tierra, pidió amparo á Aben-Habuz, y le prometió si le dejaba la vida, edificarle un alcázar tal, que fuese maravilla de los siglos venideros.

Rióse el rey del temor del astrólogo, hízole cabalgar á la grupa de uno de sus africanos, le trajo á Granada, y se encerró con él en la torre del Gallo de viento, sin dar oidos á otras palabras que á las del astrólogo, ni salir de la torre mas que para hacer las azalaes[27] en la mezquita.

Y aconteció que el rey olvidó la guerra por la astrología, y pasaron lunas enteras sin que saliese contra los cristianos; á pesar de que estos, mal escarmentados siempre, corrian la tierra haciendo talas y desaguisados, y los habitantes de las villas fronterizas, temerosos de ellos, corrieron á encerrarse tras los muros de la alcazaba Cadima y de la villa de los Judios.

Cansóse el caballero de la torre de avisar el peligro, y desde entonces no volvió á inclinar su lanza al lugar por donde aparecian enemigos, y perdió su virtud el talisman, mientras el rey pasaba las noches en claro en la torre del Gallo de viento á la luz del hornillo donde el sabio hervia en sus vasijas de vidrio brevajes repugnantes.

Al fin una noche el sabio y el rey salieron de la alcazaba por un postigo del muro, bajaron al valle formado por el Darro, y subieron á la Colina Roja.

Era la noche oscura y la tormenta hacia rechinar la veleta de la torre del Gallo de viento: la lanza del caballero señalaba entonces á la Colina Roja donde estaba el astrólogo con el rey.

Hay quien dice que el astrólogo solo queria vengarse del rey por haberle este arrebatado una hermosa doncella hija suya de la villa de los Judios y que habia dado al rey un filtro que habia secado su cerebro tornándole loco.

Sea como quiera, el astrólogo encendió una hoguera en la parte oriental de la Colina Roja en el mismo sitio donde estaban las ruinas de una antigua alcazaba, y arrojó al fuego, pronunciando palabras misteriosas, unos polvos mágicos fabricados por él delante del rey. Entonces la tierra tembló, condensóse el aire, tomó formas el humo de la hoguera y aparecieron cuatro hadas hermosas, apenas cubiertas con velos de seda, batiendo sus trasparentes alas de mariposa.

Aquellas hadas que por el poder del conjuro del astrólogo habian sido arrancadas del quinto cielo, eran los genios del Palacio-de-Rubíes.

Llamábase la una Aliento-de-las flores[28], la segunda Eco-de-las-armonías; la tercera Suspiro-de-amor; la cuarta Espejo-de-Dios.

Al aparecer las cuatro hadas, se habia levantado como por encanto alrededor del rey un alcázar de incomparable hermosura: el astrólogo habia desaparecido: solo quedaban las cuatro hadas revolando alrededor del rey que corria frenético por las galerías y los retretes y las cámaras y los patios del alcázar encantado; de aquel magnífico alcázar fresco, riente y sonoro, con el canto de sus aves, la fragancia de sus flores, el murmullo de sus fuentes y el eco de sus armonías.

El rey corria, y corria, y lanzaba grandes carcajadas.

Aben-Habuz tenia un alcázar de oro y pórfido, era astrólogo y sabio, pero habia perdido el juicio.

El judío se habia vengado.

Las hadas giraban alrededor del rey, danzando unas veces, revolando en las cúpulas otras, perdiéndose en el fondo de los estanques, ó deshaciéndose en vapores perfumados entre las esbeltas columnatas de las galerías.

Y Aben-Habuz seguia corriendo con la barba descompuesta, la túnica flotante, la toca deshecha, riendo siempre, de una manera insensata, y las hadas repetian su risa de loco; deteníase cansado y las hadas se replegaban silenciosas en sus lechos de algas y flores; de perfumes y oro: de repente volvian á aparecer ante el rey y escitado Aben-Habuz por su hermosura corria en vano tras ellas; y el insensato reia de pena, y sufria riendo, y en vano queria contener aquella risa fatal que salia á su pesar de su pecho.

Y tornábase con la aurora á la torre del Gallo de viento, y en vano pretendia ver desde sus almenas el palacio donde habia pasado la noche; la Colina Roja se presentaba á su vista escueta y árida, como antes del ensalmo del astrólogo, y el rey se impacientaba y preguntaba á sus cadíes y á sus wazires, si veian sobre la Colina las torres, los muros y los minaretes de un alcázar.

Los sabios de su corte se entristecian y tenian al rey por loco, porque nada veian.

Todas las noches Aben-Habuz subia á la Colina Roja, y entonces el alcázar se presentaba ante él soberbio con sus altísimas torres, sus enhiestas almenas reales, sus cavas profundas y sus puertas de hierro, que se abrian para darle entrada hasta el Palacio-de-Rubíes, donde tornaba á su insensata alegría y á su risa cruel.

Y cada noche que el rey penetraba en el palacio encantado parecíale este mas hermoso, mas diáfano, y mas rico de resplandores y de armonía; miraba su nombre escrito con oro entre los lazos de las atauxias[29] y de los alicatados[30] y le enardecian las leyendas de amor, en que hablaban para él, con el lenguaje del paraiso huríes invisibles.

Y el desdichado sufria, reia y tornaba á su castillo, cada vez mas insensato, cada vez mas débil.

Su vida se consumia como una lámpara á la que falta pávilo, y aquel terrible rey tan fiero y justador á su llegada á Granada, solo era ya una sombra de lo que habia sido: un cadáver animado.

Llegó á hacerse su locura terrible: azotaba á sus mugeres, reventaba á sus perros, cortaba la cabeza á sus sabios, y se reia siempre; y al eco de su risa huian todos, porque habia llegado á ser un eco de muerte.

Una noche se ciñó su corona de rey sobre su frente de loco, y salió como acostumbraba, de su castillo al que, por fortuna de sus vasallos, no debia volver sino en hombros de los señores de su córte.

Rugia la tormenta y el huracan zumbaba entre las quebraduras de los cerros.

Aben-Habuz subió impávido el repecho de la Colina Roja, llegó á la puerta de hierro del alcázar encantado, que se abrió ante él, y llegó hasta el fondo de un magnífico patio, entre cuyas galerías se habian refugiado las cuatro hadas huyendo de la tormenta.

Cuando el rey Aben-Habuz las vió á la diáfana luz que alumbraba el alcázar, emanada del mismo, soltó una sonora carcajada, abrió con entrambas manos su alquicel para que las hadas no pudiesen escaparse, y se fué hácia ellas pretendiendo abrazarlas.

Pero Espejo-de-Dios, pasó sobre él deshaciéndose en lluvia; Aliento-de-las-flores huyó, envolviéndole en perfumes; Eco-de-las-armonías se deslizó junto á él, rozando sus vestiduras y haciéndole escuchar cantos perdidos; y Suspiro-de-amor le burló infiltrando en su corazon ardientes deseos.

Tras esta burla las hadas fueron á posarse en un ángulo distante, y Aben-Habuz corria tras ellas, riendo siempre y empeñándose en aquel juego fatal que agotaba sus fuerzas y su vida.

Y desaparecian y tornaban á aparecer, y las columnas y los arcos, los muros y las cúpulas, parecian girar, uniéndose á aquel baile terrible, y las leyendas escritas con oro y colores, y los mármoles y los alicatados, lanzaban lánguidos destellos y repetian enamorados cantares y parecian exhalar céfiros lascivos impregnados de suavísimos perfumes.

Y el desdichado loco reia, y cada carcajada era mas desgarradora y sus pasos cada vez mas inciertos y vacilantes: y el alcázar continuaba girando alrededor de él y acreciendo en destellos, en fragancia, en armonía.

Al fin, Aben-Habuz vaciló, sentóse fatigado sobre el pavimento, sus ojos se nublaron, la muerte voló en torno suyo, y volvió á la razon.

Entonces cesó su risa: quiso levantarse y no pudo, y miró á las hadas con los ojos inyectados de sangre:

—¡Malditos génios! dijo con voz espirante: ¡habeis hecho insensato á un rey, pero este rey es sabio y se vengará! Dormid aquí, con mi corona y mis amores, hasta que un rey poderoso, descendiente del compañero del Profeta venga con el poder que le presta á la ciencia, á despertaros de vuestro sueño.

Y cayó por tierra, y sus ojos se cerraron y la muerte fué con él.

Al mismo tiempo se derrumbó con estruendo el alcázar, y las hadas quedaron sepultadas entre sus ruinas.

—Yo soy descendiente del Ansari, dijo sin poderse contenerse el rey Nazar.

—Sí, sí, tu eres el destinado á mostrar á las gentes el Palacio-de-Rubíes, dijo Yshac-el-Rumi: por eso, cuando por complacer á Bekralbayda, has pensado en hacer un alcázar, ese buho ha entrado y ha apagado tu luz.

—¡Pero ese buho!...

—El rey Aben-Habuz, fué encontrado muerto sobre la Colina Roja: y conducido á su castillo fué sepultado en una tumba magnífica. Pero el alma del rey Aben-Habuz, ha quedado sobre la tierra, encantada en el cuerpo de un buho.

—¿Y quién te ha rebelado ese misterio y esa maravillosa leyenda? dijo el rey Nazar; temeroso de que aquel relato fuese una impostura de Yshac-el-Rumi.

—Hace mucho tiempo, señor, dijo el viejo de una manera inalterable, que he consultado tu horóscopo con las estrellas.

—¿Y mi horóscopo cual es?



y desaparecian y tornaban a aparecer.

y desaparecian y tornaban a aparecer.

—Tú serás el fundador de ese alcázar que admirarán las gentes, que construirás por el amor de una muger, y al que darás tu nombre.

—¿Y ese alcázar existe?

—Existe encantado.

—¿Y puedo yo verle?

—Sí, poderoso señor, pero enloquecerías y moririas como el rey Aben-Habuz.

—¡Y bien! sino puedo verle, ¿cómo he de construir en el lugar donde se encuentra, un alcázar semejante?

—Yo te traeré pintado en pergamino el alcázar; medido y dispuesto desde lo mas chico hasta lo mas grande, de modo que los alarifes y los oficiales solo tengan que labrar la piedra y la madera.

—¿Y cuando me traerás ese pergamino?

—Pasada una luna.

—¡Una luna todavía!

—Necesito ese tiempo para visitar el alcázar encantado, y puesto que tanto amas á mi hija, aprovéchate tú para reducirla á tu amor.

—Dentro de una luna te espero, dijo el rey Nazar: vete.

—Dentro de una luna yo te haré conocer el Palacio-de-Rubíes. ¡Que el Altísimo y Misericordioso quede contigo, rey Nazar!

Y el astrólogo salió.

—¡Oh! esclamó el rey Nazar; ¡el sabio rey Aben-Habuz, encantado en un buho! ¡este buho inspirándome el amor de Bekralbayda! ¡ella pidiéndome un alcázar en cambio de sus amores! ¡ese viejo contándome un estraño encantamiento! ¡mi hijo enamorado de ella, guardando su secreto, y ella, enamorada de mi hijo y ocultando tambien su amor! y luego: ¡yo conozco á ese viejo: yo le he visto alguna vez! pues bien: ¡dejemos correr la cosas, y Dios me guiará!

Fortalecido y tranquilo por su confianza en Dios, el rey Nazar se reclinó en su diván, se envolvió en su alquicel y se durmió.

XIII.

LA SULTANA LOCA.

¡Qué hermosa era aquella muger á pesar de su locura!

Negros sus ojos y sus cabellos, como los ojos y los cabellos del ángel de la noche, su frente, su cuello y sus hombros eran mas blancos que la espuma de un torrente, cuando la ilumina la luz de la luna.

¡Qué hermosa era la sultana Wadah!

Las flores palidecian de envidia al verla, y los ruiseñores cantaban estremecidos de amor cuando ella pasaba lenta y pensativa bajo las enramadas de los jardines del alcázar.

Muchas veces pasaba largas horas sentada á la márgen de las corrientes, mirando abstraida el contínuo trenzar y destrenzar de las aguas ó con la mirada absorsta y fija en esas estrañas figuras que forman las nubes cuando las agrupa y las amontona el viento.

Otras veces se la sorprendia escribiendo sobre la arena con una varita acabada de arrancar á un box, estrañas figuras y caracteres ininteligibles, ó ya retirada en sus retretes, entonando un cántico monótono y misterioso.

Nadie la habia visto reir, pero nadie tampoco la habia visto llorar.

Y á pesar de su enagenacion, y de lo estraño de sus palabras y de sus acciones, nadie á escepcion del rey Nazar la creia loca.

Por el contrario la creian maga, y poseida por un espíritu invisible.

Sus esclavos estaban con terror á su lado y aprovechaban la primera ocasion para huir de ella.

De ella que era tan hermosa.

Pero la mirada de sus negros ojos tenian una fijeza tal, parecian tan hambrientos que aterraban.

El mismo rey Nazar habia acabado por espantarse de ella.

La sultana no lloraba, pero cantaba cada dia de una manera mas triste.

Y aquel canto era la lluvia de lágrimas de su alma.

Hacia muchos años, casi veinte, desde el nacimiento del príncipe Juzef-Abdallah, segundo hijo del rey Nazar, que la sultana Wadah, estaba loca, ó como lo pretendian sus aterrados esclavos, poseida por un espíritu invisible.

Wadah amaba al rey Nazar con un amor desesperado; muchas noches se la escucha llamando de una manera desesperada á Al-Hhamar, y otras abalanzándose y pretendiendo forzar las puertas que conducian á las habitaciones de su esposo.

Otras veces se la oia rugir como una leona, y cuando acudian los esclavos encargados de sujetarla en aquellos accesos, la veian ir de acá para allá levantando tapices corriendo á todos los lugares oscuros, revolviéndolo todo como si buscase algo.

No habia duda: la desdichada sultana Wadah, estaba poseida de un espíritu invisible.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Un dia se abrió la puerta dorada de su retrete.

Wadah exhaló un grito de alegría.

Por aquella puerta solo podia venir el rey Nazar.

El rey entró y cerró de nuevo.

La sultana se abalanzó á él.

—Yo te amo, te amo siempre, esclamó.

Y le besó en la boca.

El rey Nazar contestó estremeciéndose á aquel beso, con un beso trémulo.

—Tú te aterras junto á mí, dijo Wadah, tú me temes ¿por qué temes á tu amada?

El rey no supo qué contestar.

—¿Has visto acaso otra muger mas hermosa que yo? dijo la sultana fijando su terrible mirada en Al-Hhamar.

—¡Oh! no: esclamó el rey: tú eres la muger mas hermosa de la tierra.

Y el rey Nazar se estremecia, porque las megillas de la sultana temblaban, y una leve espuma empezaba á blanquear sus labios rojos, como una banda de grana.

—Sí, sí: esclamó Wadah corriendo hácia un gigantesco espejo de plata y arrancándose sus vestiduras hasta quedar medio desnuda: yo me veo ahí; yo soy cada dia mas hermosa: yo embellezco las joyas y doy brillo á los diamantes: yo soy mas blanca y mas nacarada que las perlas: y yo le amo, yo le amo y él me abandona: ¿habrá visto á otra muger mas hermosa que yo?

El rey Nazar conoció que habia ido á ver á la sultana en uno de sus mas graves momentos de locura.

Wadah continuó delante del espejo, destrozándose los cabellos y arracándose las joyas que la cubrian.

—Sí, sí; soy muy hermosa, Nazar; mírame, amado mio, mírame y ámame; solo he perdido el color de mis megillas: me he quedado blanca, blanca como la luna: pero... eso fué desde un dia...

Destellaron un relámpago salvaje los ojos de la sultana, se estremeció toda, lanzó un grito horrible, y casi desnuda, arrastrando su larga túnica de brocado, destrenzados los larguísimos cabellos, flotando sobre los tersos y redondos hombros, empezó á buscar por los rincones de la cámara, á revolver los almohadones del divan, á levantar los tapices de los retretes.

—¡Mi rosa blanca! gritaba: ¡mi rosa blanca! ¡yo la tenia escondida y me la han robado!

Y luego se sentó en el suelo, cruzó sus manos sobre sus rodillas y se puso á cantar una melodía vaga, sin palabras, triste y lánguida como un suspiro.

El rey Nazar la contemplaba inmóvil, y lágrimas de compasion asomaban á sus ojos suspendidas sobre sus megillas.

¡La rosa blanca!

Jamás Wadah habia pronunciado una sola palabra que aclarase el misterio de la causa de su locura.

¡La rosa blanca!

Hé aquí lo único que se la oía pronunciar en medio de su delirio.

El rey habia preguntado á sus sabios, y estos se habian esforzado en vano por descifrar aquel misterio.

En una ocasion se habia puesto una magnífica rosa blanca, en una copa de oro, oculta tras un tapiz, y el mismo rey Nazar habia observado á su esposa escondido.

Llegado el acceso, la sultana habia buscado, segun costumbre, por todas partes, y al encontrar la rosa, se habia arrojado sobre ella y la habia despedazado esclamando.

—Mi rosa era mas blanca, y mas pura, y mas fragante.

El rey habia renunciado ya á conocer el misterio de la locura de su esposa.

Y habian pasado años y años.

Sin embarco, Wadah no habia olvidado su perdida rosa blanca.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Seguia sentada en el suelo cruzadas las manos delante de sus rodillas, y entonando su triste y lánguida melodía.

—¡Wadah! la dijo el rey.

—¿Quién me llama? esclamó la sultana escuchando con atencion.

—Soy yo... dijo el rey, yo que te amo.

—¡Ah! dijo la sultana, el rey Nazar: el rey Nazar es un ingrato; cuando yo le conocí, solo tenia una pequeña, una pobrecilla bandera y doscientos esclavos, ginetes en yeguas negras y armados de lanzas: era un pobre walí... pero yo le amé y fué poderoso.

Wadah pronunciaba estas palabras con una cadencia lenta, gutural y tenia fija la vista en las bovedillas doradas de la cúpula.

—Yo era maga... un mago me habia traido de las montañas donde nace el Nilo.

Yo amaba entonces solamente á mi rosa blanca, y la escondia para que nadie la marchitara con sus miradas.

Pero ví á Al-Hhamar y le amé; le amo tanto como á mi rosa blanca.

Le favorecí con mi poder; le dí un amuleto que le hizo invencible, y Al-Hhamar se apoderó primero de un pueblo y luego de otro y se hizo rey, rey fuerte, y sus soldados le llamaron el vencedor y el magnífico.

La rosa blanca tuvo celos de mi amor al rey Nazar y me abandonó.

Y el rey Nazar me abandonó tambien, á pesar de que sabia que era mi alma.

El rey Nazar amaba á otra muger.

¡Leila-Radhyah! ¡ah! ¡Leila-Radhyah! ¡pero tú tampoco has gozado los amores de Nazar! ¡yo sé que Nazar llora por tí!

Estremecióse Al-Hhamar. Era la primera vez que la sultana Wadah nombraba á la princesa africana.

¿Sabria Wadah lo que habia sido de ella?

Pero no se atrevió á preguntarla.

Continuó callando y escuchando con toda su alma.

Wadah permaneció sentada en el suelo con la mirada fija en la cúpula y hablando como si estuviese sola.

—El rey Nazar es un ingrato: me lo debe todo y me vé morir y no tiene compasion de mí. Una sola palabra suya seria para mí como el rocío de la alborada para las flores marchitas, y no pronuncia esa palabra.

Al-Hhamar se acercó á Wadah, la levantó en sus brazos, la estrechó en ellos y la besó en la boca.

Wadah se estremeció; dió un grito, miró de hito en hito al rey Nazar, y rompió á llorar.

Era la primera vez que lloraba despues de veinte años.

Su mirada lúcida, radiante, se posó en el rey y sus labios sonrieron.

—¡Ah, eres tú, tú! ¿cuanto tiempo hace que no te he visto? esclamó: ¡ah! ¿quién me ha arrancado mis vestiduras, quién ha destrenzado mis cabellos?... ¿has sido tú?

No: no; es imposible, tú tienes abandonada á tu esposa, tú no la amas.

—¡Wadah! ¡Wadah! esclamó el rey, ¿por qué dudas de mí?

—Dime: continuó Wadah, ¿por qué has traido á mi lado una doncella que yo no conocia, una hermosísima doncella á quien enamoras?

—Bekralbayda es una esclava que he comprado para tí.

—Sí; es verdad, dijo Wadah: tambien Leila-Radhyah, era una esclava, y sin embargo tú la amabas, Nazar.

—¡Leila-Radhyah! dijo el rey: dejemos en paz á los muertos.

—¡Sí es verdad, dijo Wadah: dejemos en paz á los muertos! pero tú la amabas, Nazar.

—Yo no he amado á ninguna mas que á tí: tú en cambio amas á un fantasma, á un misterio, mas que á tu esposo.

—¡Yo!

—Sí; tú amas mas que á mí á tu rosa blanca.

—¡Oh! esclamó la sultana Wadah, y en sus negros ojos brillaba la razon: ¡cuán torpes son los hombres! ¿No has comprendido cuál era mi rosa blanca?

—No, nunca lo has esplicado.

—La rosa blanca... era mi alma... mi alma que me la han robado los que me robaron tu amor: yo hé debido estar loca, Nazar.

—Acaso Dios lo haya permitido.

—Yo recuerdo, como sueños confusos, sueños horribles.

—Es necesario no recaer mas en esos sueños, amor de mi alma, dijo el rey estrechándola entre sus brazos.

—Necesito el amor y la compañía de mi esposo, dijo Wadah.

—Y bien, la tendrás.

—Necesito que vivas á mi lado.

—Viviré.

—Quiero que tu hijo el príncipe Mohammet...

—¿Qué sabes tú del príncipe?

—Sé que está preso.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Bekralbayda mi esclava, que le vé lodos los dias asomado á un ajimez en lo alto de la torre del Gallo de viento.

Palideció levemente el rey Nazar y Wadah aspiró aquella palidez.

—Mi hijo ha cometido un delito de inobediencia y es necesario que le castigue.

—¿Y no habla por él en tu corazon el amor de su madre?

—¡Wadah!

—Perdónale, señor, perdónale... aunque no sea mas que por la memoria de tu perdida Leila-Radhyah.

Pronunció la sultana con tal sarcasmo estas palabras, que el rey empezó á sospechar lo que nunca habia sospechado: que su esposa hubiese tenido parte en la muerte de la princesa.

Y como si Wadah solo hubiese recobrado por un momento la razon para aterrar al rey Nazar, volvió á su violento estado de locura.

El rey salió aterrado de la cámara.

Apenas se perdió el ruido de las pisadas del rey, cuando Wadah se alzó del suelo donde de nuevo se habia sentado, sombría, terrible: en sus ojos habia vuelto á aparecer la razon.

—¡La ama! ¡ama á esa doncella! esclamó: ¡ha palidecido al saber que Bekralbayda ama á su hijo! Pues bien: ¡mis celos mataron á Leila-Radhyah! ¡mis celos matarán á Bekralbayda!

Y acabó de componer el desórden de sus ropas: recogió sus cabellos y salió lenta y fatídica de la cámara dorada, por una puerta opuesta á aquella por donde habia salido el rey.

XIV.

LO QUE SE VEIA DESDE LA TORRE DEL GALLO DE VIENTO.

Mientras pasaba la luna fijada por plazo por Yshac-el-Rumi para mostrar al rey la reproduccion de las maravillas del Palacio-de-Rubíes, acontecian en el palacio del Gallo de viento pequeños sucesos pero graves, y que no son para pasados en olvido.

El príncipe se desesperaba en la prision de la torre.

Encerrado allí como una águila en su jaula sufria esa tortura lenta del prisionero, que vé los azules horizontes, la gente que vá y que viene, que entra y que sale, y la envidia, porque su paso no puede estenderse mas allá de los muros de su prision.

Inaccion forzada, terrible, que irrita, que desespera, que desalienta, y tanto mas cuando no se conoce el término de ese estado aflictivo, cuando no se sabe si se saldrá de la prision para la tumba ó para el destierro.

Y cuando el que está preso ama como amaba el príncipe: cuando se tienen celos como el príncipe los tenia: cuando se vé desde la prision lo que el príncipe veia lodos los dias, la vida llega á hacerse insoportable.

Al amanecer, por medio de las calles de cesped de un jardin que veia el príncipe desde su empinada prision, atravesaba una forma blanca, leve y gentil y se perdia entre la espesura de los bosquecillos.

Aquella forma, aquella muger hechicera, era Bekralbayda.

Poco despues una forma negra, lenta, grave, magestuosa, se perdia por el mismo lugar por donde habia entrado la jóven.

Aquella forma negra, aquel hombre de andar reposado y magestuoso, era el rey Nazar.

Pasaba el tiempo: el príncipe devorado de celosa rabia contaba por cada instante un siglo.

Al fin el rey y Bekralbayda salian del bosquecillo, atravesaban juntos el sendero y se perdian bajo los pórticos.

No era solo el príncipe el que veia esto.

Lo veia la sultana Wadah, estremecida de rabia desde sus miradores.

Veíalo tambien estremecido de una cruel alegría desde una torrecilla del muro, el astrólogo Yshac-el-Rumi.

Llegó al fin el plazo prefijado por el astrólogo.

Una noche entró en la cámara del rey con un voluminoso rollo de pergaminos.

Hízole sentar Al-Hhamar y le dijo:

—Estoy impaciente por construir ese alcázar: mi amor hácia tu hija es cada dia mas grande.

—Mi hija es muy afortunada, poderoso señor.

—Pero tu hija se obstina en no corresponder á mi amor sino cuando haya construido para ella un alcázar.

—Aquí tienes las trazas de él, magnífico sultan, cuadra por cuadra, rico y magestuoso, como ha querido hacerle Dios.

El astrólogo estendió uno por uno todos los pergaminos.

En él estaban pintadas primorosamente las habitaciones del alcázar, los patios, las fuentes, las galerías caladas, las blancas columnatas de mármol, los claros estanques, los techos de oro, rojo y azul, las cúpulas estrelladas; una gran inmensidad de esquisitas labores, de alicatados maravillosos, de labradas maderas, de celosías, de puertas: aquello era un prodigio que maravilló al rey.

—Mira, señor, le decia el astrólogo, cuán bello es este patio: sus columnatas forman un espeso bosque cuando se le mira desde sus galerías, y los graciosos arcos parecen las copas de jóvenes palmeras que se cruzan; mira cuán magnífica es esa fuente que se sustenta sobre esos doce leones: pues las cuatro salas que rodean el patio, parecen robadas del paraiso: sus cúpulas son cielos estrellados y sus ajimeces parecen tan hermosos como los ojos de una hurí.

—Indudablemente Dios es grande sobre todas las grandezas, decia el rey, y este alcázar es una de sus maravillas.

Sus arcadas son tan ligeras, que parece que ha de hacerlas mover la brisa; sus columnas son tallos de azucenas en búcaros de nacar.

Sus estanques son espejos de Dios, y cada uno de sus jardines parecen el chal de una hurí.

¿Qué hombre podrá realizar tanta maravilla?

Ya no estraño que el rey Aben-Habuz se volviese loco al ver tanto prodigio.

—Tú realizarás esta obra admirable, poderoso sultan Nazar, dijo el astrólogo.

—Yo he construido en mi Granada cien mezquitas y doscientos algibes, dijo el rey: yo he abierto á la ciencia multitud de escuelas: yo he rodeado el recinto de muros que orlan mil y treinta torres y treinta mil almenas: yo he invertido ciertamente en todas esas obras grandes tesoros: ¿pero qué tesoros bastarian para construir este alcázar, maravilla de las maravillas?

—El palacio en que vives no es digno de tu grandeza.

—Sea feliz y próspero mi pueblo, que yo tengo bastante con una torre para morar y una piel de tigre para reclinar mi cabeza, como el viejo rey Abu-Mozni-el-Zeirita.

—Tú amas á mi hija.

Calló el rey.

—Mi hija no te concederá su amor, sino cuando hayas construido para ella este rico alcázar.

—Tu hija me pide mucho. Es una esclava demasiado cara.

—Mi hija será sultana.

Se estremeció el rey.

—Mi hija es mas hermosa y mas preciada que ese alcázar que tanto te enamora.

Meditó un momento el rey, y luego dijo levantándose de una manera decidida.

—¡Construiremos el alcázar de las maravillas, Yshac! ¡yo te lo juro!

XV.

UNO PARA CADA ALMENA.

Y es de advertir que cuando el rey Nazar formó la resolucion de construir aquel magnífico alcázar, no tenia una sola dobla en su tesoro.

Porque el rey Nazar invertia sumas cuantiosísimas en la construccion de hospitales, mezquitas, escuelas, y otros establecimientos, y en pagar sabios que enseñasen al pueblo.

El rey habia concebido un proyecto, para llevar el cual á cabo, envió cartas á todas las villas del reino, llamando á todos los caballeros sus vasallos.

Ocho dias despues hervia Granada en forasteros.

Deslumbraban las galas y el aparato con que aquellos habian venido á la córte, y las posadas estaban llenas, y se preguntaban los unos á los otros para qué habria hecho el rey aquel llamamiento.

Al fin un dia los convocó el rey Nazar á su palacio de la torre del Gallo de viento, y cuando todos estuvieron reunidos, salió vestido magníficamente en un caballo cubierto de paramentos de brocado, llevado de las riendas de púrpura por dos wazires, rodeado de sus sabios y de sus walíes y seguido de los esclavos negros de su guardia.

Precedian al rey Nazar timbaleros y trompetas, y de este modo, llevando tras sí á todos los nobles que habia convocado, bajó por Al-Acab[31] á la calle de Elvira, y atravesando el barrio que poblaba la tribu de los Gomeles, subió á la Colina Roja.

En el centro de la cumbre habia una magnífica tienda de seda y oro levantada para el rey.

Delante de la tienda habia un trono.

Cuando el rey Nazar llegó junto al trono, descabalgó y descabalgaron los de su comitiva, y de igual manera descabalgaron los caballeros.

El rey subió sobre el trono, rodeándole los de su séquito, y luego delante del trono y en media luna se estendieron todos los nobles, que pasarian de cuatro mil.

El rey Nazar paseó por ellos una mirada orgullosa.

La mirada de un rey que contemplaba delante de sí una caballería tan rica, tan noble y tan valiente.

—Os he llamado, dijo el rey, para concederos una gracia.

Salió una aclamacion unánime de las bocas de los caballeros.

—Todos sois nobles y valientes, y la paz en que estamos con el cristiano, os tenia ociosos y disgustados, convertidos en labradores.

Contestaron al rey unánimes señales de asentimiento.

—Mirad las distantes sierras: aquellas son las fronteras de nuestro territorio: de una parte hácia la tramontana tenemos á Murcia, de otra á Jaen, de otra á Córdoba, y allá al frente á Africa.

Volviéronse las miradas de los caballeros á las distantes fronteras con una avaricia feroz.

—Vosotros volariais sobre vuestros caballos y sobre vuestras almadias, atravesariais esas fronteras y ese mar, y hariais la guerra si yo os lo permitiese.

—¡Sí, sí, sí! gritaron enardecidos de entusiasmo todos los caballeros.

—Pero yo no puedo permitiros la guerra; tengo asentadas las paces con los reyes de Castilla y Aragon y con los emires de Africa.

Nublóse el atezado rostro de todos aquellos bravíos guerreros.

—Mi estandarte real no puede ir delante de vosotros, añadió el rey Nazar.

—¿Y cómo hemos de pasar las fronteras cristianas y embestir las riberas de Africa, tienes asentadas paces con los emires moros y los reyes cristianos? dijo uno de los caballeros.

—Yo no puedo permitiros la guerra: pero vosotros podeis hacer una sola algarada[32].

Volvió á brillar la alegría en el rostro de los caballeros.

—¿Una algarada á todo trance, señor? dijo el mismo anciano.

—Sí, respondió el rey.

—¿A la redonda en las fronteras del reino?

—Sí.

—¿Y contra las riberas de Africa?

—Sí.

—¿Y ningun daño nos parará, poderoso señor?

—Ninguno; pero atended lo que os voy á decir.

Creció el silencio entre los caballeros.

—Os permito una algarada de sol á sol contra las fronteras de Córdoba, Jaen, y Murcia, y contra la ribera opuesta de Africa frente á nosotros. Una algarada de sol á sol y nada mas. ¿Me entendeis bien?

—Sí, sí, poderoso señor.

—Pero entended mejor lo que os voy á decir: dentro de ocho dias me habeis de entregar en Granada treinta mil cautivos.

—¡Treinta mil cautivos! esclamaron con asombro los caballeros moros.

—Sí, treinta mil cautivos, dijo el rey: uno para cada almena.

—¿Pero dónde encontraremos tantos cautivos, poderoso señor?

—Buscadlos; y... al campo vuestras banderas; á la mar vuestras fustas: pasados ocho soles, me habeis de entregar en Granada treinta mil cautivos, uno para cada almena.

Y el rey despidió á sus caballeros y se volvió á su castillo.

—¡Treinta mil cautivos! decian poco despues aquellos feroces guerreros galopando por los caminos en busca de sus villas y alquerías.

—¡Uno para cada almena! murmuraban otros pensativos.

—¿Qué pretenderá hacer el rey Nazar? añadian todos.

XVI.

UNO PARA CADA CAUTIVO.

Maravilláronse los sabios y aturdiéronse los ignorantes con la estraña resolucion del rey Nazar.

¿Para qué queria aquellos treinta mil esclavos?

¿Qué treinta mil almenas eran aquellas de que habia hablado?

No se murmuraba de otra cosa en la córte.

Pero creció la maravilla cuando el rey llamó á ciertos oficiales que se ocupaban en labrar piedras, y encerrado con ellos en su castillo, les dijo:

—Yo tengo en la sierra canteras de preciosos mármoles: mio es el blanco y brillante, que al marfil semeja: mia la serpentina verde como la esmeralda: mio el granito rojo, verde y azul, y el manchado, que imita á la piel del tigre: ¿cuánto me dareis si os dejo sacar mármoles por dos años de esas canteras?

—Te daremos diez mil doblas marroquíes, señor, dijo el principal de aquellos menestrales.

Movió el rey la cabeza.

—Te daremos veinte mil doblas marroquíes.

Repitió el rey su movimiento negativo.

—Te daremos treinta mil doblas marroquíes.

—Dadme treinta mil morteros de granito negro, dijo el rey, uno para cada cautivo.

—¡Ah! señor, ¿y con qué compraremos el granito?

—Tomadle de mis canteras.

—¿Y cómo traeremos tanto mortero?

—Dejadlos al pie de las canteras.

—¿Y en cuánto tiempo, señor, hemos de arrancar el granito y labrarlo?

—En quince soles.

—¡Ah, poderoso señor! ¡tú quieres que hagamos maravillas!

—Vuestro es el mármol de todo género que podais arrancar durante dos años de mis canteras: pero habeis de entregarme dentro de quince soles treinta mil morteros de granito negro con su maza, uno para cada esclavo.

Consultaron algun tiempo entre sí los menestrales.

—¿Y si dentro de los quince soles nos faltase algun número de morteros, señor?

—Entonces perdereis los que hallais fabricado y no os daré nada.

Volvieron á consultar entre sí los mecánicos.

—Dentro de quince soles, señor, dijeron, tendrás al pie de las canteras de la sierra, treinta mil morteros con su maza.

—Sí, sí, dijo el rey: eso es, treinta mil: uno para cada cautivo.

Los menestrales salieron maravillados:

—¿Para qué querrá el rey, se decian, treinta mil morteros?

XVII.

¡EL REY NAZAR SE HA VUELTO LOCO!

Uno de los que mas se maravillaban y mas recelosos andaban con la determinacion del rey Nazar, era el mismo que le habia metido en la tentacion de construir el Palacio-de-Rubíes.

Yshac-el-Rumi.

Aquel estraño viejo daba en vano vueltas á su imaginacion para adivinar los proyectos del rey.

El destino que queria dar á aquellos treinta mil esclavos y el objeto á que destinaba aquellos treinta mil morteros, eran dos acertijos.

Sin embargo, aquellos dos acertijos, como veremos mas adelante, eran de muy facil resolucion.

A pesar de la facilidad de esta resolucion, Yshac-el-Rumi no daba con ella.

Lo que demostraba que tenia mas de charlatan que de astrólogo.

Sin embargo, Yshac-el-Rumi, como veremos mas adelante no era un hombre malo.

Se habia propuesto motivar un gran acto de justicia, y para ello se habia valido como medio de lo maravilloso, porque sabia demasiado lo dados que eran á la supersticion los musulmanes.

Y cuando decimos los musulmanes, como separando de ellos á Yshac-el-Rumi, parece que decimos que Yshac no era musulman.

En efecto, no lo era originariamente: su mismo sobrenombre de Rumi lo decia[33].

Si ahora os contáramos la historia de Yshac-el-Rumi, perderia gran parte de su interés nuestro relato.

Básteos saber que Yshac-el-Rumi no era astrólogo mas que en la charla, que el cuento del rey Aben-Habuz habia sido una invencion suya para maravillar al rey, que el encantado alcázar de Rubíes era una mentira, y que los hermosos planos, dibujos y vistas que habia mostrado al rey y que tanto le habian encantado, los habia comprado á un alarife africano que habia muerto en la miseria, sin lograr que ningun emir de oriente quisiese gastar sus tesoros en la construccion de aquel magnífico alcázar con el cual habia soñado veinte años de su vida, invertidos en la composicion, distribucion, trazas y adornos que estaban demostrados en los pergaminos.

El alarife moribundo, vendió á Yshac-el-Rumi aquellos planos, dibujos y trazas mediante á una estraña condicion, fundada en una historia de amores y desgracias, y por algunos dirahmes de plata con los cuales debia ser comprada una sepultura de piedra.

El alarife habia entregado todos los sueños de su vida á Yshac-el-Rumi, á trueque de una estrecha vivienda donde dormir por toda una eternidad.

Además, el alarife habia entregado á Yshac-el-Rumi una muger y una niña.

La muger era hermosísima, la niña daba señales de serlo.

Fiel Yshac á su juramento, habia embalsamado y puesto en su lecho de piedra al africano: se habia consagrado á aquella niña y á aquella muger, y estaba á punto de realizar los sueños del difunto.

El rey Nazar conocia á la niña.

El príncipe Mohammet la amaba.

Porque aquella niña era Bekralbayda.

El alcázar maravilloso iba á construirse.

Pero no podia Yshac-el-Rumi sacar en claro para qué queria el rey Nazar aquellos treinta mil cautivos y aquellos treinta mil morteros.

Y no era solo Yshac-el-Rumi el que andaba pensativo y confuso por aquel misterio: llegó á interesarse en él todo el reino.

Porque autorizados los walíes, capitanes y arrayaces vasallos del rey Nazar para entrar en algara por las tierras cristianas y las riberas de Africa, empezaron á tomar gente á sueldo, y no se veian por do quier mas que escuadrones armados y banderas tendidas, atravesando la Vega y los desfiladeros de las montañas: y por otra parte los alarifes y labradores de mármol, buscaban cuantos oficiales podian, y pagándolos á precio de oro, se los llevaban á las canteras del rey, donde trabajaban de dia y de noche.

Entre tanto el rey Nazar hacia frecuentes escursiones con Yshac-el-Rumi, y llevando consigo los maravillosos pergaminos, á la Colina Roja.

—Pero aquí no cabe este alcázar, decia á su falso astrólogo: será necesario subir con los muros por la ladera del cerro, y correr por su cumbre, y bajar despues á la Colina de Al-Bahul, cerrando las dos alas del alcázar como con un herrete, con una muralla que cierre el barrio de los Gomeles. ¡Oh! ¡quién tuviera vida para ver terminada esta maravilla!

Yshac se maravillaba de que el rey Nazar pidiese á Dios vida y no tesoros para construir aquel alcázar.

—Muy rico debe ser el rey, decia para sus adentros.

—Cien torres y treinta mil almenas en ellas y en los muros, decia el rey Nazar contemplando los planos: un cautivo para cada almena, un mortero para cada cautivo: treinta mil dirahmes de oro cada un dia; ¡sí, sí, por Allah! hay lo bastante para construir una nueva Damasco. ¡Treinta mil cautivos! ¡uno para cada almena! ¡treinta mil morteros! ¡uno para cada cautivo! ¡treinta mil dirahmes de oro cada un dia!

Yshac-el-Rumi se contristó, porque creyó que el rey habia perdido el juicio, y esto echaba á tierra todos sus proyectos.

Y no era solamente Yshac el que pensaba de esta manera.

Los habitantes de Granada decian tambien, pero en voz baja por temor de ser castigados:

—¡El rey Nazar se ha vuelto loco!

XVIII.

¡EL REY NAZAR ES UN SABIO!

Pasaron los ocho dias que el rey habia concedido á los caballeros del reino para un solo dia de algarada alrededor de las fronteras y al frente de la costa.

El mismo dia en que se cumplia el plazo, amanecieron delante de las puertas de Granada los cuatro mil caballeros, con sus banderas y sus taifas en número de cincuenta mil hombres[34].

En el centro del aduar ó campamento formado por cada una de estas taifas, se veian las presas hechas en las fronteras cristianas y en la ribera de Africa, consistiendo la mayor parte de estas presas en cautivos.

Notábase que todos estos cautivos eran hombres y hombres robustos; si los caballeros habian hecho cautivas, se habian abstenido sin duda de llevarlas á Granada, enviándolas con algun ligero resguardo á sus posesiones.

El rey Nazar que esperaba, no sin fundamento, que sus caballeros cumplirian fielmente su promesa, estaba preparado, y cuando le avisaron de la presencia de aquellas gentes de la Vega, salió de su castillo rodeado de su córte y seguido por los mismos esclavos de su guardia.

Cuando el rey salió á la Vega por la puerta de Elvira, las dulzainas, las trompetas, los tambores, los atabales y las atakeviras de sus caballeros, tocaron la zambra, á la que contestaron los músicos del rey.

Al pasar por medio de los cerrados escuadrones, los soldados gritaban:

—Al-Hhamar le galib[35].

A lo que el rey Nazar contestaba, sonriéndose benévolamente, á walíes y soldados.

—¡We! ¡le galib ille Allah![36]

El rey llegó al fin acompañado por los xeques[37] de las tribus, y de los principales walíes, á una magnífica tienda alrededor de la cual habia amontonado un botin inmenso.

—Hé ahí poderoso y magnífico señor, dijo el mas anciano de los xeques, señalándole los despojos amontonados, la quinta parte de nuestra presa que te corresponde como emir y sultan de los creyentes.

Y empezó á poner de manifiesto la presa.

Consistia esta en dinero, en oro y plata, en cálices, copones, viriles, cruces, ornamentos y otros objetos sagrados robados á las iglesias, y por último, en una multitud de armas y de alhajas de uso particular.

—Buena grangería habeis hecho, dijo el rey.

—Nos ha costado en cambio mucha sangre, señor.

—Si los cristianos se dejasen entrar á saco sin resistencia, las algaras serian el mejor entretenimiento del mundo: todo tiene su precio: la presa de las algaras se paga.

—Allá quedan sobre la sangrienta frontera centenares de muslimes y millares de infieles.

—Pero no es esto lo que os he pedido.

—Espera, espera, señor; dentro de la tienda está la presa que han hecho los que han pasado á Africa.

Entró en la tienda el rey Nazar.

Estaba enteramente cubierta de telas de brocado: la mirra, el aloe y el incienso, formaban grandes montones; brillaban, dentro de cajas, diamantes y perlas y otras piedras preciosas. Veíanse en gran número pieles de leon y de tigre, y en el centro una gran caja llena de doblas marroquíes.

—Pero yo no os he pedido oro, ni perfumes, ni alhajas, ni preciosidades, dijo el rey Nazar: y ¡ay de vosotros, si solo esto habeis traido!

—Es, dijo el xeque, que entre africanos y españoles, te traemos justos y cabales los treinta mil esclavos.

—¡Los treinta mil esclavos! esclamó el rey.

—Sí, poderoso señor.

—¿Y todos fuertes y robustos?

—Sí, magnífico señor, porque hemos matado á los viejos, á los niños y á los enfermos.

—¡Treinta mil cautivos! esclamó el rey: ¡un dirahme de oro cada un dia por cada cautivo!

—¡Treinta mil dirahmes de oro cada un dia! murmuraron por lo bajo los circunstantes. ¿Y de dónde vá á sacar ese tesoro el rey Nazar?

—El rey Nazar está loco.

—¿Y dónde teneis esos treinta mil cautivos? dijo con ansia el rey Nazar.

—Al punto van á pasar por delante de tí, magnífico sultan.

Y saliendo algunos walíes, se oyó poco despues la música tañendo la zambra.

El rey Nazar, en la puerta de la tienda, á caballo, rodeado de su córte, á ambos lados los xeques y los walíes espedicionarios, empezaron á pasar por delante de él entre ginetes moros escuadronados, los cautivos.

Iban delante los africanos atezados y fieros en medio de su vencimiento: todos jóvenes, todos robustos, todos bravíos: su número llegaria á diez mil: venian despues los cautivos españoles, avergonzados por su derrota, pero al mismo tiempo altivos: conocíase que pertenecian á todas las clases y condiciones, desde el orgulloso noble hasta el humilde pechero: todos fuertes, todos robustos, todos jóvenes; pero impresas en las frentes de todos la desesperacion de la desgracia.

El rey Nazar contempló los esclavos trasportado de alegría.

En aquellos tiempos estos azares de la fortuna eran tan comunes, que la desolacion de un esclavo no conmovia á nadie.

Aquella época endurecia el corazon.

Por lo tanto nada tenia de repugnante la alegría del rey Nazar.

Cuando hubieron acabado de pasar los cautivos, el rey Nazar se volvió á los xeques y á los walíes, y les dijo:

—Guardaos vuestra presa por completo: yo no os he pedido oro sino cautivos; me los habeis traido y estoy satisfecho.

Y haciendo que se encargasen de la guarda de los cautivos los walíes de los seis mil de su guardia negra, se fué con su presa la Vega adelante.

—¡No quiere oro! esclamaban maravillados los espedicionarios: ¡y le hemos ofrecido una riqueza inmensa! no hay duda: ¡el rey Nazar está loco!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Entre tanto el rey, llevando consigo su córte y sus treinta mil cautivos, custodiados por sus seis mil esclavos negros, rodeó por fuera de los muros, llegó al lecho del rio Darro, y siguió por su corriente arriba.

Siguiéronle la córte, los esclavos y los cautivos.

El rey atravesó la ciudad, se metió por las angosturas del rio, y siguió adelante.

—¿A dónde irá el rey? se preguntaban los señores de su córte.

Pero el rey seguia caminando en silencio y aguijando su caballo, siempre contra la corriente del rio.

El rey avanzaba, el sol habia llegado á su mayor altura, y el rey seguia aguijando á su caballo.

Habian quedado atrás los frondosos cármenes y las alegres alquerías, y empezaron á marchar por las anchas ramblas de la montaña, cerca del nacimiento del rio.

Al fin el rey dejó el lecho del rio, y trepó por el repecho de una colina deprimida y estrechísima.

En la cumbre de ella se detuvo.

—¡Mi buen alarife Kathan-ebn-Kaleb! dijo el rey Nazar dirigiéndose á un anciano que iba entre su córte.

—¿Qué me mandas, poderoso señor?

—¿Ves aquellos pinares que sombrean la sierra?

—Los veo, señor.

—¿Ves esas piedras que se amontonan sobre el lecho del rio?

—Sí señor.

—Pues bien, derroca esos pinos, levanta esas piedras, y haz aquí el aduar de los cautivos.

Despues revolviendo su caballo, gritó:

—¡Ah del alcaide de mi guardia negra!

Adelantó un africano atlético.

—Te dejo seis mil soldados: guarda con ellos mis cautivos, y ten presente, que si te falta uno solo de los treinta mil que te entrego, te corto la cabeza: ahora mis buenos amigos á Granada.

Y solo con su córte se volvió al Albaicin.

—No hay duda, decian los wazires y los sabios en vista de todo aquello: el buen rey Nazar se ha vuelto loco.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Se levantó una ciudad rústica en la colina que habia señalado el rey por aduar de sus cautivos.

Los pinos habian sido derrocados de la montaña, y las piedras alzadas del lecho del rio.

La poblacion habia sido dividida en cuarteles.

Al frente de cada cuartel habia un alcaide encargado de vigilar á los cautivos y de cuidar que trabajasen.

En solo cuatro dias el aduar habia sido levantado.

Los cautivos ya no tenian nada que hacer, y sus guardianes se preguntaban:

—¿Querrá el rey levantar en estas solitarias breñas una ciudad?

Y volvian á recaer en la opinion de que el rey se habia vuelto loco.

Se acercaba el dia que el rey Nazar habia fijado á los mecánicos para que tuviesen concluidos los treinta mil morteros de granito negro con su maza.