VIII.

EN QUE SE DA FIN Á ESTA MARAVILLOSA HISTORIA.

Y hubo aquella noche zambra en el alcázar en celebridad de aquellas dobles bodas, y durante ocho dias justas, sortijas, toros y cañas en Bibarrambla.

Se dieron cuantiosas limosnas á los pobres, y se pusieron en libertad centenares de cautivos.

Todo el mundo estaba alegre.

Granada disfrutaba de una paz inalterable bajo el justo y sábio dominio del sultan Nazar; crecia en comercio y en industria, y por lo tanto en riqueza, y en aquellas alegres y felices bodas veian los súbditos de Al-Hhamar el augurio de nuevas prosperidades.

Solo un hombre asistió triste y silencioso á aquellas bodas, á pesar de que el rey le habia honrado y favorecido nombrándole wacir y concediéndole grandes mercedes.

Aquel hombre era Yshac-el-Rumi.

Terminadas las fiestas, Yshac desapareció sin despedirse del rey ni de Leila-Radhyah, ni del príncipe ni de Bekralbayda.

En vano el rey movido de piedad, porque creia comprender la causa de la desaparicion de Yshac, ofreció una fuerte cantidad al que le encontrase.

Nadie supo lo que habia sido de él.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Entretanto la construccion del Palacio-de-Rubíes continuaba.

Nazar le habia dado su nombre.

Aquel alcázar que prometia ser maravilloso, se llamaba la Alhambra[40].

Al-Hhamar habia terminado la Alcazaba que mira al occidente, donde se levantan aún la torre de la Vela, la del Homenage y los Adarves; la plaza de las Cisternas, colocadas entre el muro interno de la Alcazaba y la fachada principal del alcázar, y toda la parte de este, desde la plaza de las Cisternas (hoy de los Algibes) hasta la torre de las Siete Bóvedas, y la de las Infantas; lo restante del recinto crecia: levantábanse ya sobre la ladera del monte los muros de Djene-al-Arife[41], mas arriba los del castillo de la Silla del Moro, mas allá, en el cerro del Sol, los del palacio de los Alijares, y por último, sobre la colina de Al-Bunets (hoy de los Mártires), crecian los muros del recinto de las Torres Bermejas.

Pero Al-Hhamar no pudo ver terminado su alcázar; solo habia visto parte de él: la torre del Juicio; la parte en que hoy se alza el palacio del emperador Cárlos V; la gran mezquita en cuyo mirab habia ocho columnas con capiteles de oro, en cuyo lugar se levanta hoy la iglesia de Santa María; la mezquita del palacio que aun se conserva; el patio del Mexuar ó del Consejo (hoy del Estanque ó de los Arrayanes); la sala de Comares y el Mirador de la sultana.

Los demás retretes, cámaras, patios, jardines y departamentos estaban únicamente comenzados, trazados, preparados, pero en embrion.

Sus nietos debian terminar aquella maravilla.

Su hijo, su nieto y su biznieto continuaron lentamente su construccion.

Su tercer nieto Ismail Abul-Walid concluyó el delicioso palacio del Generalife; por último, su cuarto nieto Juzef-Abul-Hhedjadj, vió al fin completo aquel acrópolo inmenso que cubria cuatro montes, compuesto por la Alhambra, por el Generalife, por el palacio de la Silla del moro, por el de los Alijares y por las Torres Bermejas.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Por el año de la Hegira 650, durante la luna de Xawan, unos labradores trajeron al rey Nazar, que ya contaba sesenta años, una caja de lata cerrada, sobre la cual se leia.

«Solo el poderoso sultan Nazar ó su hijo, si ha muerto, cuando se encuentre esta caja deben ver, so pena de traicion de quien la encuentre, lo que en ella se contiene.»

Aquella caja se habia encontrado en lo profundo de una gruta del rio Darro, cuya entrada correspondia á un ensanchamiento en que habia un remanso, entre las ropas podridas de un esqueleto humano.

El rey Nazar mandó abrir aquella caja, y dentro se encontró un pergamino muy bien conservado, en que se leia lo siguiente:

«Yo amaba con toda mi alma á la sultana Leila-Radhyah.

Pero jamás conoció esta mi amor.

Leila-Radhyah amaba á un poderoso rey.

Yo la vengué de su enemiga, cuya sombra lívida acompaña á mi espíritu condenado, y la entregué al rey á quien amaba y la hice dichosa.

He cumplido la última voluntad de Daniel-el-Bokarí: su hija será sultana y el Palacio-de-Rubíes se levantará sobre cuatro montes.

Pero no he podido sobrevivir á mis celos.

No he podido ver á Leila-Radhyah entre los brazos de otro hombre.

He preferido la muerte, y un tósigo me ha abierto las puertas de la region de las sombras.

Para que se sepa cuánto he amado á Leila-Radhyah, y cuánto he sufrido por ella; para que se sepa hasta qué punto me he sacrificado por cumplir el último y ardiente deseo de mi único amigo, dejo escrito este pergamino que algun dia se encontrará sobre mi cadáver.==Yshac-el-Rumi.»

El rey se enjugó una lágrima y mandó poner en un sepulcro de mármol los restos de Yshac-el-Rumi con esta inscripcion.

«En el nombre de Dios piadoso y misericordioso: el sultan Nazar á los restos del mártir del amor y de la amistad. Que Dios, el Altísimo y Unico tenga compasion de su alma.»

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

El Mirador de la sultana permaneció cerrado y deshabitado mientras vivieron los que tenian memoria de la desastrosa muerte que habia sobrevenido en él á la terrible sultana Wadah.

Hay quien cree que durante las oscuras noches de tormenta se ven vagar dos sombras blancas y diáfanas que exhalan de sí una claridad ténue, mate y pálida, por las galerías del Mirador de la sultana, precedidas de un buho que vuela lentamente en derredor de las columnas.

¿Serán las sombras de la sultana Wadah y de Yshac-el-Rumi? ¿de la víctima y del verdugo?

¿Será aquel buho Abu-al-Abu?

¿Será, en fin, todo esto una ilusion causada por una tradicion romancesca?

Nosotros, sin embargo, conociendo la tradicion hemos entrado algunas noches en las galerías del Mirador de la sultana, cuando la tempestad rugia en el espacio: ninguna sombra, ningun buho hemos visto, mas que las blancas columnas que aparecian un momento á la fugitiva luz del relámpago.

¿Será acaso que la tradicion haya mentido, ó que al coronar la cruz, las cúpulas de la Alhambra, hayan desaparecido de ella fantasmas y encantamentos, quedando solo y abandonado el Mirador de la sultana?






LEYENDA III.

EL ALMA DE LA CISTERNA.

Nos hemos propuesto relatar á nuestros lectores todas las maravillosas leyendas de las tradiciones árabes de la Alhambra.

Revolviendo un dia unos antiguos papeles encontrados en un desvan en una casa del Albaicin, hallamos uno que se decia traslado del arábigo al romance, de una historia árabe en que se esplicaba la causa por qué de tiempo en tiempo durante la noche, solia oirse un tristísimo suspiro saliendo por los brocales de los algibes de la Alhambra y muy semejante al gemido de un espíritu condenado.

La traduccion, aunque pesada y hecha bajo el mal gusto literario de la mayor parte de los prosistas españoles del siglo XVII, es tan bella en el fondo, tiene tal sabor oriental, que no hemos podido resistir al deseo de intercalarla entre las leyendas tradicionales é históricas referentes á la Alhambra.

Es un asunto fantástico; en él figuran hadas, conjuros y encantamentos, y aunque es un tanto embrollado y oscuro nosotros hemos procurado darle claridad.

Este cuento ha sido inspirado sin duda á algun poeta moro por la Alhambra, porque los árabes siempre buscan á las cosas que les impresionan por bellas ó por terribles un orígen maravilloso.

Antes de empezar á trascribir el cuento que llamaremos El alma de la cisterna, debemos describir esta cisterna que aun existe hoy con el nombre de los Algibes de la Alhambra.

Son estensísimos, como que ocupan todo el terreno comprendido entre la Alcazaba, y el lugar donde empezaban los muros de la fachada del alcázar, en un espacio como de cien pasos de anchura y trescientos poco mas ó menos de longitud.

Se componen de dos arcadas sostenidas en el centro por dos hileras de pilares, y se baja á ellos por dos escaleras situadas á sus dos estremos.

Junto á la escalera del estremo que mira al Albaicin están los dos anchos brocales por donde se saca el agua.

El techo es muy elevado y el muro interior por la continuacion del contacto del agua durante centenares de años, está cubierto de un fuerte revestimento de risco.

Conocidos los algibes, veamos la tradicion árabe fantástica que los supone habitados por un espíritu maldito.


En los primeros tiempos de la Hegira, cuando Mahoma estendió el conocimiento del Dios Altísimo y Unico entre su pueblo, el cielo de Granada no era tan resplandeciente, ni su tierra tan fértil como ahora; su cielo era de color de plomo, cargado continuamente de oscuros nublados; en sus vastos eriales solo crecia el espino y el cardo silvestre, y en las altas y peladas crestas de sus sierras, jamás se vió blanco manto de nieve, ni corrió por sus vertientes raudal fecundador: era una tierra muerta, azotada por furiosos huracanes y el fuego de Dios brotaba por entre las anchas grietas de sus montañas volcánicas.

Pasaban sobre ella, forzando su vuelo, las viajeras golondrinas que huyendo del invierno se lanzaban de Gecira-Alandalus[42] á las costas de Africa, y nadie la habitaba, sino los moradores de Gebel-Elveira[43], que sufrian la esterilidad de la tierra y la tiranía de los godos, y habitábanla solo acaso porque el poderoso Allah ha dispuesto que no haya tierra sobre la que no fije el hombre la huella de su planta.

Tierra de muerte era para las razas dominadoras de Gecira-Alandalus, y la sangre de las batallas habia enrogecido muchas veces sus secos campos y sus peladas crestas.

Y nunca el caliente aire del estío habia oreado en ella las espigas de las mieses, ni las auras de la primavera habian volado entre la blanca y aromática flor de sus almendros.

Por aquellos tiempos existia ya la vieja torre, que se levanta hoy en el estremo occidental de la Colina Roja[44] y delante de ella una profunda cisterna construida por los romanos.

Es tradicion que salian de la cisterna profundos gemidos, que bramaba en su seno haciendo retemblar la tierra un viento impetuoso, y que todas las noches salian de las oscuras bocas de aquel infierno, sombras medrosas que vagaban sobre la colina, y danzaban y flotaban en los aires bajo el rayo sombrío de una luna sangrienta, dejando oir tristes cantos de amor desesperado, y largos y profundos gemidos.

Nunca tornó á su tienda ó á su hogar cazador imprudente ni errante peregrino, que durante las sombras se atreviese á poner su planta sobre la Colina Roja, ni nadie, durante las horas mas claras del dia, asomó la frente á cualquiera de los profundos brocales de la cisterna sin que fuese tragado por él.

Y desaparecieron ginetes y guerreros, y damas y doncellas, y poderosos señores y ruines esclavos, y llegó á inspirar tal horror la cisterna maldita, que ningun mortal, ave ó fiera, se aventuró á pasar junto á ella sino á la distancia de una legua á la redonda.

Cuentan antiguas historias, que por los tiempos en que los romanos dominaban á Gecira-Alandalus, esta tierra era tan rica de fuentes y de verdor como ahora, sombrios bosques cubrian su tierra, y las amantes palomas anidaban en las grietas de las rocas sobre los frescos manantiales.

Y la ciudad, tendida hoy allá á lo lejos en ruinas sobre la peñascosa Gebel-Elveira, era rica y floreciente y venian á ella gentes de todas las naciones y la enriquecian dejándola su oro á trueque de sus mercaderías.

Y entre los estranjeros vino un hombre mago, y corrió la tierra, y fundó la torre que aun hoy existe en la parte occidental de la Colina Roja, y la cisterna para proveerla de agua, valiéndose de la alquimia para pagar á los alarifes romanos que construyeron la cisterna y la torre; y en lo mas alto de la torre labró un aposento hecho con tal virtud, que á través de una abertura de su bóveda, se veian de dia claro las estrellas.

Desde entonces empezó á decaer el comercio de Elveira, y sus mugeres, antes puras y honestas, se entregaron á la licencia y al desenfreno, y los hombres faltaron á sus pactos y volvieron unos contra otros sus armas, y la miseria y el hambre les afligieron como un azote de Dios.

El mago causador con sus conjuros de tantos males era un réprobo vendido á Satanás y la tierra sobre la cual habia puesto sus plantas, habia sufrido un terrible castigo.

Y este hombre á quien Satanás habia dado su poder, quiso en su soberbia ser como Dios, y vivir con los tiempos y gozar de cuanto alumbra el sol en la tierra y en los aires, y pensó edificar un palacio mágico, cuya hermosura atrajese á todas las gentes, comparable solo al jardin de Hiram, y en el cual hubiese un pozo de aguas tan milagrosas como las del pozo Zemzem.

—Yo fundaré, dijo, un palacio maravilla de las maravillas, y le enriqueceré con todas las hermosas flores que Dios crió, y regaré estas flores con aguas olorosas; y arderán en el palacio dia y noche aceites aromáticos en lámparas de oro, y sobre sus pavimentos de pórfido pondré alfombras de resplandores, y envolveré sus muros y sus cúpulas en un blanco velo de suaves perfumes, y arrancaré para que le habiten, sus hadas al quinto cielo, y á él vendrán las mugeres mas hermosas del mundo, y sus mesas se cubrirán con los manjares mas esquisitos, y me alhagarán los mas hermosos sueños, y tal será el paraiso que yo haga para mí sobre esta tierra, que me mirarán con envidia los arcángeles del sétimo cielo.

Y el mago encendió sus hornillos, y sacó del jugo de yerbas estrañas filtros poderosos y escribió con ellos sobre pieles de serpiente signos cabalísticos formando terribles conjuros, y evocó á las hadas del quinto cielo, y cuando las vió ante sí, adoró su propio poder, sin alcanzar en su ciencia, ciego por su soberbia, que no hay poder que no venga de Dios, ni obra que no sea obra de su voluntad.

Cuando el mago vió en torno de sí á las hadas, repitió sus conjuros, y el palacio mágico se levantó sobre la Colina Roja, y las hadas fueron á esconderse en sus retretes, en sus jardines, en sus cúpulas y en sus estanques.

Entonces el mago fué á la cisterna que estaba á las puertas del palacio y la conjuró tambien.

Sus aguas se hicieron mágicas, é infiltraban en quien las bebia pensamientos impuros; les hacia olvidarse de su alma por los placeres de su cuerpo, y el mago llegó á ser un ídolo adorado por cuantos atraidos por la fama del palacio maravilloso, venian á la Colina Roja, y abrasados por la sed bebian el agua de la cisterna maldita.

Y así pasaron muchos años hasta la venida de Mohamet-ebn-Abd-Allah[45] á difundir la luz de la verdad y el conocimiento de la ley alcoránica entre el pueblo de Ismael.

Moraba en aquel tiempo en las llanuras del Yemen un Ismaelita, hombre de gran ciencia y virtud.

Bajo su tienda de pelo de camello, encontraba hospitalidad el peregrino, pan el pobre, remedio á sus dolencias el enfermo; la bendicion de Dios era sobre su raza, y sus innumerables rebaños, jamás eran acometidos por las panteras, ni robados por los errantes árabes del Hedjaz.

Nadab, que este era el nombre del justo, no dejaba ningun dia de bendecir á Dios por sus beneficios, y nunca dejó de prosternarse y de adorar su omnipotencia, cuando el sol aparecia tras la alborada, ó cuando se dejaba ver el lucero de la tarde precediendo á la noche.

Y era muger de Nadab, Sarah, y de ella habia tenido una hija única que habia consagrado á Dios, llamándola Yémina[46].

Y Yémina creció y con los años su hermosura llegó á ser maravillosa y á medida que su edad avanzaba era mas y mas lozana su juventud, mas tersa su frente, mas radiantes sus ojos, mas frescas sus megillas y mas húmedos y sonrosados sus lábios.

Nadab, que adoraba á su hija, y empezaba á olvidarse por ella de su adoracion á Dios, dejó de ser pastor nómada, vendió sus rebaños, abandonó las llanuras del Yemen y subió á las montañas del Hedjaz, sobre una de las cuales fabricó un bello palacio, adoptó la religion del Islam para poder ser rey de los pueblos comarcanos y lo fué, vertiendo su oro entre los xeques[47] de las kabilas[48] cercanas.

Hacia esto por Yémina; por ella se habia olvidado de Dios; por ella habia querido ser rey, y lo era para que Yémina fuese princesa.

Y corrió la fama de la hermosura de Yémina, y poderosos reyes de paises lejanos fueron al palacio de su padre á ofrecerla ricos presentes y á demandarla por esposa; pero ella no sentia el amor y rechazaba los presentes y se negaba á las pretensiones.

Y se tornaban los mensageros con los ricos regalos, y Yémina se mostraba cada dia mas jóven, mas hermosa y mas agena al amor.

Nadab llegó, al fin, por el amor de su hija á la idolatría, olvidándose de la ley de Dios, y lo que era peor, despreciándola; adoró á su hija, y levantó en su reino su estátua de oro, ante la cual hizo sacrificar víctimas segun el uso hebreo.

Y su impiedad trajo sobre él la justicia de Dios.

Ofendidos los reyes que habian sufrido la repulsa de Yémina, vinieron con poderosas huestes sobre el reino de aquel hombre, hecho rey por su soberbia y por sus tesoros, le acometieron, le vencieron y solo por permision de Allah, que le tenia reservado para otros fines, pudo salvarse con alguno de los suyos, pobre, disfrazado de pastor, llevando consigo á Yémina sobre un camello.

Y así, curando él enfermedades malignas y diciendo el horóscopo, viviendo de limosna y perseguido siempre do quiera que ponia la planta, atravesó el Africa y llegó al estrecho de Gebal-Tarik donde se vió detenido por el mar, sin medios para embarcarse y espuesto á los rigores de su destino.

En tanto el mago de la Colina Roja, que por sus conjuros, al evocar ante sí á la muger mas hermosa del mundo, habia visto la imágen de Yémina, supo su llegada al otro lado del estrecho y consultó las estrellas.

—Esa muger que es tan pura, tan jóven y tan hermosa, guarda tu destino, le contestaron las estrellas.

El mago las contestó con una impía carcajada.

—¿Acaso tengo yo destino? dijo: el porvenir es mio y será mi voluntad.

—Esa muger, repusieron las estrellas, causará tu destino sino te ama y traerá la esterilidad sobre esta tierra, porque así está escrito. Pero si logras sus amores serás inmortal y será tambien inmortal ella y eterno con vosotros el palacio mágico que has construido.

El mago avivó el fuego de sus hornillos, arrojó en ellos unos polvos mágicos, pronunció un conjuro, y en aquel momento Nadab y su hija fueron trasladados por un poder oculto, mientras dormian, á la Colina Roja.

Al despertar Nadab y su hija se miraron con asombro.

—¿Qué tierra es esta tan fértil y tan hermosa, dijo Nadab: y qué palacio de maravillas el que tenemos ante los ojos?

—Tierra de bendicion es ciertamente, padre mío, dijo Yémina.

—Siento sed y una sed devoradora, dijo Nadab.

—Yo tengo los labios áridos y secos, dijo Yémina.

En aquel momento vieron el agua límpida y trasparente que brotaba por encima de los brocales de la cisterna maldita.

Hija y padre se precipitaron á los brocales y apagaron su sed bebiendo largamente de aquel agua envenenada.

Nadab sintió como todos los que antes que él habian bebido, abrasarse su corazon en un fuego impuro, arder su sangre y dilatarse su ser.

Yémina que no se habia contaminado con el insensato orgullo de su padre, que habia conservado su piedad, su fé en el Dios Altísimo y Unico, y la inmaculada pureza de su alma, bebió tambien, pero protegida por la mano de Dios, aquella agua terrible que hacia olvidarse de sus mas sagrados deberes á los justos y temerosos de Allah, solo sirvió para acrecentar en ella la pureza y la virtud, y para realzar su hermosura harto resplandeciente como la de una hurí.

Cuando el mago la vió ante sus ojos, sintió abrasarse su alma en el fuego eterno, quiso tocar la túnica de Yémina, y sus manos se secaron, quiso hablarla y quedó mudo, quiso anegar sus ojos en su hermosura y cegó.

El mago habia levantado altares á su hermosura y moría esterminado por su mismo deseo.

La sentencia de las estrellas de que se habia burlado el mago, se habia cumplido.

Y á la presencia de Yémina, huyeron las impuras rameras que poblaban el palacio mágico, y desaparecieron los viles esclavos, y las hadas libertadas del encanto volvieron al quinto cielo.

Y el ángel Azrael, tendió sus negras alas sobre el palacio, agitó su espada de fuego, y el palacio se hundió reduciéndose á polvo.

Y las antes claras y engañosas aguas de la cisterna maldita se cambiaron en turbias y cenagosas.

Y el ángel dijo:

—¡Maldito mago, que tu espíritu condenado more desde ahora en la cisterna de las aguas maravillosas, y que solo puedas salir de su infierno durante las tinieblas de la noche!

El espíritu condenado del mago fué á morar en la cisterna, escondido en un oscuro ángulo, y el cielo antes tan diáfano se convirtió en un cielo de color de plomo, y la tierra antes tan fértil en un erial infecundo donde solo brotaban abrojos.

Nadab y Yémina quedaron solos, errantes en medio de una tierra desierta y maldecida por Dios.

Nadab llevando de la mano á su hija atravesó la pedregosa llanura, antes risueña vega, y en vano quiso salir de aquel pais donde sufria el castigo de su impiedad y de su soberbia: llegaba á los distantes valles, á las peladas montañas, pero montañas y valles presentaban para él y para su hija abismos insuperables que detenian su marcha, y les obligaban á tornar al punto de donde habian partido.

Desesperado Nadab y no encontrando otro albergue que la torre situada en la Colina Roja junto á la cisterna maldita, hizo en ella para Yémina una pequeña habitacion, y se dedicó á estudiar en el cielo y en la tierra las virtudes de las yerbas y de los reptiles ponzoñosos.

Y llegó á ser astrólogo estudiando en los libros cabalísticos del mago que habia encontrado en la torre, y conoció las virtudes de todas las yerbas y alcanzó á hacer filtros para matar, para enamorar y para enloquecer.

Si alguna vez un viajero errante ó un cazador estraviado penetraban en aquella tierra, cuya entrada y salida solo eran inaccesibles para Nadab y su hija; si este viajero ó este cazador entraban por acaso en la modesta vivienda de Yémina y veian su hermosura durante la ausencia de Nadab, este, sabedor de ello por sus conjuros, evocaba al desventurado, que enloquecia ó desaparecia tragado por la cisterna maldita.

Y crecia en encantos y en fuerza de juventud Yémina á pesar de que habian pasado muchos años desde el dia de su nacimiento.

Llegó el año 92 de la Hegira.

Reinaba en Damasco sobre las tierras de oriente el califa Walid-ebn-Abd-el-Melik, y era emir de Africa Muzay-ebn-Nosir, caudillo de gran fama, conquistador de Magreb[49] desde las regiones del poniente hasta los desiertos del mediodía, que pasó el estrecho de Al-Zacab ó de las Angosturas[50] realizando el ensueño de Ocba, gran guerrero que veinte y cinco años antes, no teniendo mas tierras que conquistar allende el mar, llegando á su orilla se metió en él con su caballo hasta las cinchas, y dijo:

—¡Oh! ¡Señor Allah! ¡si estas profundas aguas no me detuvieran, yo seguiría para llevar mas adelante el conocimiento de tu ley y santo nombre!

Muza pasó en cien galeotas el estrecho, y su caudillo Tarik taló la Bética, y siguió hollando á los duques godos, arrasando sus castillos e incendiando sus ciudades.

Y no iba solo, como capitan de la hueste, Tarik.

Acompañábale un godo traidor, un conde miserable, que por vengar á una hija deshonrada, vendia la libertad de su patria, abriendo á los árabes la puerta de Gecira-Alandalus.

Aquel conde traidor se llamaba don Julian.

Su hija Florinda.

El hombre que habia deshonrado á su hija, don Rodrigo.

Don Rodrigo era rey de los godos.

Su último rey.

Esperad, esperad: vamos á contaros una leyenda maravillosa.

Despues volveremos á la cisterna maldita.

El destino nos llevará á ella.


Era don Rodrigo de noble sangre goda.

Antes que don Rodrigo habia reinado Witiza.

Witiza el maldito.

El que hacia sus concubinas á las mugeres y á las hijas de sus vasallos.

El que martirizaba á los sacerdotes que le reprendian por sus vicios; el que desangraba con tributos á sus pueblos para labrar alcázares de oro para sus mancebas.

Pero los nobles se avergonzaron de servir á tal rey y se sublevaron contra él.

Con los nobles se sublevó todo el reino.

Witiza fué vencido y muerto y elegido rey don Rodrigo.


Pero una vez rey don Rodrigo, dió el torpe ejemplo de los mismos ó mayores vicios que Witiza.

Sórdido y avaro acreció los tributos y no respetó nada.

Se entregó á los placeres, pasó la vida en las orgías sin apercibirse del poder árabe que desde la cercana ribera del Africa amenazaba á su reino ansioso de su conquista, y lo olvidó todo entre los festines y las monterías, sin tener en cuenta que habia subido al trono por la destitucion de Witiza, cuyos vicios y desórdenes continuaba, aumentándolos.

Era ya don Rodrigo hombre anciano, y á pesar de su avanzada edad, habia tomado por esposa á Aylat (Egila) noble doncella, hermosa y prudente; admirábanla sus vasallos, amábanla los mancebos y dolíanse todos, aun los mas adictos al rey, de que aquella hermosa flor, entonces en todo el brillo de su pureza, partiese su alhamí y su divan, con aquel hombre ya caduco, gastado por los escesos de su juventud, en los cuales no habia cesado, y con un pié ya al borde del sepulcro.

Don Oppas, arzobispo de Sevilla, que fué grande amigo del rey Witiza en los tiempos de su prosperidad, era uno de aquellos que creian una gran desdicha para Aylat, su union con don Rodrigo, hombre que por su carácter y por sus ideas no podia menos de hacerla desdichada. Creyó por lo mismo que la noble señora sería sensible al alhago de otros amores, y ansioso de envenenar el corazon de don Rodrigo, rodeó de asechanzas á Aylat, la puso delante hermosos mancebos y tentaciones infernales, y procuró, en fin, por todos los medios herir en el corazon á don Rodrigo.

Pero Aylat, pura y virtuosa, comprendió que su deber era sacrificarse al lado de aquel árbol viejo y corroido sin herirle por el pié, y desesperado don Oppas de vencer la virtud de Aylat, tomó otro camino para herir al rey.

Moraba por entonces en Tanja (Tanger) una raza de árabes hebraizantes venida del Yemen, que desde muchos años atrás moraban en el Magreb; aquella raza sujeta á la dominacion goda en la Mauritania Tingitana, habia sufrido grandes persecuciones desde el tiempo del rey Egica, se habia visto injuriada, despojada de sus haciendas, vendida por esclava, insultada en sus hijas y en sus esposas, y á trocar sus creencias musulmanas por la religion de Cristo.

Era una raza cautiva, llena de ódio, ansiosa de venganza y pronta á tomarla de los godos á la primera ocasion.

Dominando á esta raza estaba de gobernador de los godos en Tanger un hombre nobilísimo.

Llamaban á este hombre el conde don Julian.

Era costumbre entonces, que los que iban á gobernar por el rey tierras distantes y mal seguras, dejasen en la córte sus hijos como en rehenes.

Segun esta costumbre, el conde don Julian tenia en la córte del rey don Rodrigo, en rehenes, pero como doncella de la reina Aylat, á la única hija del conde don Julian.

Esta doncella se llamaba Florinda.

Nacida y criada en Tanger, Florinda tenia en su trage y en sus costumbres, por mas que fuese de pura sangre goda, mucho de las costumbres de los árabes.

Florinda no entraba en Toledo mas que cuando sus obligaciones la llamaban al lado de la reina; lo demás del tiempo vivia en un estrecho valle poco distante de la ciudad situado entre dos montañas bajo un cielo triste y sombrío; por medio de este valle pasaba el Tajo, lamiendo los cimientos de una altísima torre sombría y solitaria; su gran puerta de hierro estaba cubierta de signos estraños y en sus muros renegridos por los vientos y por las lluvias, no se veian ni un ajimez, ni una ventana; en torno de ella crecia la maleza tupida y enmarañada, sin señales que demostrasen que pié humano habia llegado á la puerta de la torre en centenares de años.

Contábanse acerca de esta torre terribles consejas: creíanla construida por Satanás, durante una tormenta, á la aparicion de las razas del norte sobre las tierras del mediodía, y que guardaba, por un poderoso ensalmo, el destino del pueblo godo: habia quien aseguraba que el dia que se abriese aquella puerta, unas gentes guerreras venidas de la parte del mundo por donde aparece el sol, acometerian la Europa por el estrecho de Hércules y se harian dueños de España.

Fuese por horror ó abandono, ningun rey se habia atrevido á abrir aquella puerta, y la terrible torre era aun en el año 92 de la Hegira, un objeto de terror.


Frente á ella, bañando sus muros en las aguas del Tajo, se alzaba un recinto almenado, defendido por cuatro torrecillas: la construccion de aquel castillejo era estraña: sus almenas puntiagudas, sus puertas ojivas, sus ajimeces calados y sus agudas agujas la hacian parecer tanto goda como árabe.

Aquel castillejo que pertenecia al conde don Julian, habia sido en efecto construido por árabes hebraizantes, enviados por el conde á Toledo con el solo objeto de esta construccion.

En aquel castillejo vivia Florinda, acompañada de un viejo servidor de su padre, y servida por algunas doncellas y esclavos.

A pesar de ser doncella noble de su esposa Aylat, el rey don Rodrigo no conocia á Florinda.

Pero conocíala por su desgracia don Oppas, que la habia elegido para ser el instrumento de perdicion del rey.


—¿Por qué está triste el noble señor, gloria de los godos? decia una tarde de verano al trasponer el sol, el obispo don Oppas á don Rodrigo, mientras paseaba con él por las frondosas huertas de Toledo.

—Mi espíritu está triste, dijo el rey; en vano busco el agua que ha de calmar la sed de mi alma; en los festines, en las mugeres mas hermosas, solo encuentro un tósigo abrasador que aumenta mi sed y devora mis entrañas.

A tal punto habia llegado la corrupcion de aquellos tiempos, que un rey que debia representar la justicia de Dios sobre la tierra, y un hombre que debia ser todo virtud y santidad, hablaban sin avergonzarse de tales asuntos.

—Tal vez encontraremos, señor, algo que consuele tu tristeza, dijo don Oppas: algun raudal fresco y puro que temple tu sed sin abrasar tus entrañas.

—¿Y dónde está ese manantial milagroso? dijo con ánsia el rey.

—¿Conoces á las doncellas nobles de tu esposa? dijo don Oppas.

—Conozco á la hermana del conde Arnoldo, á la hija del duque de Cantábria, á la sobrina del marqués Euríco...

—¿Pero no conoces á la hija del conde don Julian?

—No; respondió con ánsia el rey, y dicen que es muy hermosa.

—¡Ah! es un sol de Africa: sus miradas queman, su sonrisa embriaga, cuando canta adormece el alma, cuando danza arrebata los sentidos: no es rubia, ni tiene los ojos azules como nuestras mugeres hijas del norte: sus cabellos y sus ojos son negros como la desesperacion de un enamorado, y su frente blanca y cándida como el primer sueño de amor de una virgen. ¿Pero para qué me esfuerzo? tú mismo puedes verla dentro de un momento.

—¡Yo!

—Sí, tú, poderoso señor, y verla como no la ha visto hombre alguno.

—¡Cómo!

—Allá abajo entre aquellas espesuras se baña con sus doncellas en un remanso del Tajo.

—¿Y cómo sabes tú eso? ¿la has visto tú? dijo con acento celoso don Rodrigo.

—No, no me he atrevido ni aun á poner mis ojos en la que ha de ser la alegría y la ventura de mi señor, contestó servilmente don Oppas: pero he comprado á una de sus doncellas y sé el lugar donde se baña: para que puedas mirarla sin que turbes el sol de su hermosura te hé inclinado á que vengas á estos lugares, señor.

—¿Y dónde? ¿dónde dices que se baña esa hermosura?

—Toma por aquel sendero entre los árboles, señor, y pronto darás con el lugar oculto que ha elegido para sus baños Florinda.

El rey tomó á gran paso por el sendero que don Oppas le habia señalado, y este quedó sonriendo de una manera horrible porque veia el principio de la realizacion de sus proyectos, que tenian por objeto vengar á Witiza y poner sobre el trono de los godos á sus hijos.


A poco que anduvo don Rodrigo por el sendero, llegaron á sus oidos risas y cánticos femeniles.



El rey permaneció inmóvil y fascinado.

El rey permaneció inmóvil y fascinado.

Guiado por ellos adelantó y llegó al fin á un lugar sombrío donde sin ser visto vió un espectáculo encantador.

En un remanso tranquilo y trasparente del rio, vió á una muger, mejor dicho, á una niña, en el momento de salir del baño.

Sus doncellas la esperaban con las ropas entendidas para cubrirla, pero no la cubrieron tan pronto que don Rodrigo no sorprendiese un tesoro de hermosura desnudo.

Por un momento el rey permaneció inmóvil y fascinado. Luego cuando Florinda y sus doncellas se perdieron entre los árboles, se volvió demudado, enloquecido, en busca de don Oppas.

—¿La has visto, señor? le preguntó sonriendo de una manera infame don Oppas.

—¡Oh! pluguiera á Dios que no la hubiese visto, porque he cegado, dijo el rey.

—Florinda te matará, murmuró de una manera ininteligible don Oppas y luego añadió en voz alta: esta noche puedes ser huesped de esa hermosura.


Era la hora del crepúsculo de aquella misma tarde.

El castillo del conde don Julian, la morada de su hija Florinda, aparecia iluminada por una leve luz rojiza á las orillas del Tajo.

En una habitacion reducida del castillo habia en aquellos momentos un hombre y una muger.

La muger era de gran hermosura y muy jóven; sus cabellos negrísimos estaban entrelazados á una faja de oro que ceñia su cabeza; la blancura de su frente se confundia con la de su velo, y sus cejas dilatadas, negrísimas y suavemente arqueadas coronaban sus ojos negros, grandes, brillantes, á que daban sombra y fuerza sus larguísimas pestañas; vestia una túnica larga hasta cubrir sus pies; baja lo bastante para dejar descubiertos en su parte superior un cuello deslumbrante de blancura, sus redondos hombros y el nacimiento de su seno; sus brazos, sus admirables brazos desnudos, estaban adornados con ajorcas de oro y perlas; un cíngulo, de oro tambien, rodeaba á su reducida cintura su túnica de lana blanca, y entre este cíngulo relucia el pomo de un puñal.

Esta jóven, que apenas contaria quince años, era Florinda, la hija única del conde don Julian, la hermosura á quien habia sorprendido en el baño el rey don Rodrigo.

El hombre dormia en un ángulo distante, ó fingia dormir, tendido sobre unos almohadones; era un nubio, negro como el ébano, y estaba envuelto en un ropon rojo; aquel hombre era sin duda un esclavo, á juzgar por la argolla dorada que tenia al cuello.

Este esclavo se llamaba Kaib.

Florinda hilaba sentada junto á un mirador desde donde se veia el rio, de tiempo en tiempo arrojaba una mirada distraida al lugar donde el esclavo estaba reclinado, y al sentir la mirada de Florinda, de los entreabiertos párpados del nubio salia un relámpago de amor desesperado, que ó no notaba Florinda ó fingia no notar.

Empezaba á oscurecer; Florinda dejó su rueca, se levantó del sillon de roble donde estaba sentada, fué á apoyarse en la balaustrada del mirador y fijó su mirada distraida en la corriente del Tajo.

La luna llena empezaba á salir entre las quebraduras.

El nubio se levantó lentamente y fué á apoyarse en la balaustrada donde se apoyaba Florinda.

—Hija de don Julian, la dijo señalándola el poniente teñido aun con las últimas ráfagas del crepúsculo; el cielo está ensangrentado, la muerte y el estrago adelantan por el oriente y el buitre olfatea ya los cadáveres. ¡Vírgen de los godos, nacida bajo el sol del Africa! ¡menguado fué el dia en que abriste los ojos á la luz! ¡hora de maldicion aquella en que mis ojos te vieron!

Florinda callaba aterrada por lo solemne de las palabras del esclavo, porque no era aquella la primera vez que la hablaba de tal modo, y le tenia por sábio y aun por hechicero:

—¡Oh! ¡cuánto arnés roto, y cuánto caballero muerto, hija de don Julian! continuó Kaib: el oriente vendrá sobre el occidente y las gentes del norte empaparán con su sangre las campiñas del mediodia. ¡Oh! ¡y cuánto arnés roto! ¡cuánto caballero muerto!

Florinda siguió callando.

—¡Huye, hija de don Julian! ¡huye! continuó Kaib despues de un instante de silencio: ¡huye! ¡yo te salvaré! ¡tú serás la reina allá en mi patria distante, y yo seré el último de tus esclavos! ¡huye, huye conmigo, hija de don Julian, porque el cielo mana sangre, y el buitre olfatea ya los cadáveres!

—¿Qué me quieres anunciar Kaib? dijo Florinda volviéndose gravemente al esclavo.

—El imperio de los godos se hunde, y tú serás la causa, contestó Kaib.

—¡La causa yo!

—Sí, un hombre funesto ha visto tu hermosura: ese hombre te hará su manceba.

—¡Yo! ¡manceba yo de nadie, vil esclavo! esclamó con indignacion Florinda: ¡y así te atreves á insultarme porque te trato con misericordia!

—¡Mata al esclavo, señora! dijo Kaib fijando de una manera poderosa sus resplandecientes ojos en Florinda: ¡mata al esclavo, pero escucha antes al sabio!

Florinda tembló.

—¿Me amenaza algun peligro? dijo.

—Tú serás profanada por un hombre funesto, y tu profanacion producirá torrentes de sangre vengadora.

—¡Tú me amas! dijo con altivez Florinda.

—Mi corazon y mi alma son tuyos, dijo Kaib: mis amores no tienen esperanza: sé que amas á Belay[51], al noble Belay, y que él te ama: sé que sino te salvas caeré contigo, y que tu Belay te perderá.

—¿Pero se salvará Belay?

—El será el único príncipe godo que se salve del estrago: él será rey por la virtud de su espada: él será el primero de los salvadores del pueblo español.

—¡Oh! ¡si Belay se salva me salvaré con él!

—¡Dudas de mi ciencia y la desprecias! dijo profundamente Kaib: pues bien, cuando desesperada y loca me llames en la hora de la desgracia, me tendrás á tu lado: esa hora se acerca: ¡hasta entonces, hija de don Julian!

Y el esclavo se apartó de la balaustrada y se perdió en el interior de la habitacion.

—¡Oh! murmuró Florinda: ¿qué puedo yo temer amándome Belay, mi valiente Belay?

Y permaneció en el mirador, inundada por la luz de la luna, y resplandeciente de hermosura.


Entretanto, viniendo de Toledo avanzaba una cabalgata hácia el castillo de don Julian.

Al frente de aquella cabalgata venia el arzobispo don Oppas.

Florinda, que permanecia en el mirador, vió acercarse á aquellas gentes con un espanto instintivo.

Muy pronto resonó la voz de una vocina bajo los muros del castillo.

Entonces, Lotario, el antiguo servidor del conde don Julian á quien este habia confiado la guarda de su hija, se asomó á los adarves.

—¿Qué quereis? dijo á los que llamaban.

—Somos cazadores que nos hemos estraviado, contestó don Oppas, y esperamos de tí hospitalidad por esta noche.

—La paz del Señor sea con vosotros, contestó Lotario en un acento que por lo bravío desmentia lo amistoso de sus palabras: voy á ordenar que se os abran las puertas.

Poco despues Kaib dejaba caer el puente sobre el foso, y entraban en el castillo don Oppas y dos gallardos mancebos, con sus monteros: estos últimos entraron en los aposentos bajos del castillo, y don Oppas y los dos jóvenes entraron en los aposentos de Florinda, acompañados de Lotario y seguidos del receloso Kaib: poco despues el esclavo cubria de viandas una ancha mesa, alumbrada por lámparas de bronce.

Lotario como huesped y Kaib como esclavo, empezaron á servir á don Oppas y á los dos jóvenes que se habian sentado en sillones de roble.

Era don Oppas un hombre como hasta de cincuenta años: vestia una túnica y un manto pardos, y bajo ellos se veia el reluciente hierro de un arnés, cuyo capacete cubria sus cabellos ya grises.

La espresion del semblante de este hombre era noble y benévola; dábale autoridad su barba larguísima y entrecana, y dificil era comprender en sus ojos una espresion de astucia y de doblez, que pasaba por ellos de tiempo en tiempo como un relámpago: don Oppas observaba con astucia desde que entró en el castillo, mientras sus compañeros observaban tambien, aunque con reserva, cuanto pasaba en torno suyo.

Lotario observaba tambien con la misma reserva, á los mancebos: vestian estos clámides de escarlata, sandalias de riquísimo cuero, capacetes, armas y acicates de oro: los dos eran tan semejantes, que vistos cada uno de por sí se les hubiera tomado al uno por el otro: como en sus trages y sus armas, habia mucho de régio en los semblantes de los mancebos: sus miradas eran fijas, severas, llenas de imperio y una nube fatídica parecia cubrir sus frentes magestuosas y rodearlas de una aureola.

Todos, los de adentro y los de afuera guardaban silencio: todos observaban y eran observados.

—Muy rico eres, dijo al fin don Oppas como por decir algo á Lotario, levantando una copa de oro llena de vino: oro es este mas acendrado que el del tesoro de don Rodrigo, y tu vino es vino de las Galias.

—¡Don Rodrigo! dijo Lotario: es verdad: el oro de la copa en que bebes, es mas acendrado que el de la copa del rey, como es mas acendrada la lealtad del conde don Julian mi señor, cuya es la copa que tienes en la mano, que la de los magnates que rodean al rey en la córte: bebed hijos de Witiza: bebed el vino del conde don Julian y comed su pan; bebed y reposad y preparaos, porque se acerca el dia en que cada cual pruebe su lealtad.

Los dos jóvenes se levantaron, tomaron dos copas, las chocaron y las apuraron de una sola vez.

Don Oppas bebió lentamente la mitad del contenido de la suya y ofreció el resto á Lotario.

Este rehusó.

—He jurado al Señor, dijo, no beber mas que agua hasta que llegue el dia del esterminio.

—¿Quién eres tú, le dijo el mayor de los hijos de Witiza, que conoces nuestro nombre, y nos auguras el porvenir?

Lotario miró al esclavo nubio, como si esperase de él la inspiracion de sus palabras; el esclavo le miraba de una manera fija y singular.

—Escuchad, dijo: yo aunque me llamo Lotario, no soy godo; aunque me confieso cristiano, mis padres no lo fueron; yo he nacido en una tierra muy distante de España, bajo un cielo ardiente, sobre un suelo siempre bañado por los rayos de un sol rojo y brillante: me he criado allí, he amado allí; mi único deseo ha sido reposar en aquella tierra bendita, en la fosa de mis padres y de mis hermanos: los sectarios de Mahoma me han arrojado de ella con mi raza hasta las regiones de occidente, y nos hemos visto pobres, desnudos, sujetos á la religion y á las costumbres de los godos en la Mauritania Tingitana; allí he conocido y he servido al conde don Julian, y de allí he venido para guardar y proteger á Florinda, la hija de mi señor.

—¡Florinda! dijo como si escuchase un nombre estraño don Oppas: no la conozco.

—Pluguiera á Dios que no la hubieseis conocido, dijo con profundo acento Kaib; ella será el pretesto de una guerra terrible; un pueblo vendrá sobre otro pueblo y ella será la llave que abra al conquistador las puertas del Tanja. La cabeza del tirano caerá, pero sobre ella se levantarán otros tiranos, y el nombre de la Kaba zumbará en la posteridad como un eco de traicion. La hija de don Julian ha nacido en mal hora á la luz, porque su nombre será maldito y maldita la raza de los suyos y maldita la generacion de ellos.

Era terrible y solemne el acento de Kaib; sus ojos radiantes parecian tener fija su mirada en el porvenir, su negro rostro parecia dar una fuerza sobrenatural á su discurso.

—¿Y acaso no pueden evitarse tantas desdichas? dijo don Oppas dirigiendo la palabra á Lotario, como en desprecio de Kaib.

—Lo que está escrito en los astros se cumplirá, dijo Kaib, aunque las palabras no se habian dirigido á él: has venido á ver á la hija de don Julian: hé aquí que el destino te la trae: mira.

Florinda habia aparecido en la puerta de la cámara.

—Pronto el conde don Julian tendrá una injuria que vengar: pronto la puerta de aquella torre se abrirá ante un rey, añadió dirigiéndose al mirador y señalando la torre solitaria que se veia al otro lado del rio iluminada fatídicamente por la luz de la luna: al abrirse aquella funesta puerta respetada por los hombres y por los siglos, las tribus del oriente caerán sobre el occidente; afilad vuestras espadas, hijos de Witiza y vengad á vuestro padre asesinado por don Rodrigo, pero olvidad su trono, porque está escrito que la raza de los godos sea esterminada: y huid: habeis venido creyendo encontrar hombres que se vendieran á la traicion: cuando tengamos que vengar una injuria la vengaremos ó la vengarán los que nos sobrevivan, pero no será una venganza vendida la que caiga sobre el causador de la injuria.

Kaib mas que un esclavo parecia el señor del castillo.

Florinda permanecia inmóvil en la puerta.

Don Oppas miraba con cólera al esclavo.

Los hijos de Witiza con asombro.

—Hemos venido, dijo don Oppas, á pediros hospitalidad, no insultos: la voz del esclavo ha resonado insolente en nuestros oidos: sea en buena hora: habeis llamado la tempestad sobre vuestras cabezas: vuestra será la culpa si las hiere el rayo.

Kaib no contestó á don Oppas, arrojó una triste mirada sobre Florinda y murmuró con voz ronca y conmovida:

—¡Hija de don Julian, en mal hora nacida á la luz, lo que está escrito se cumplirá!

Despues añadió:

—Nada teneis ya que hacer aquí: el buitre ha visto á la paloma y afila sus garras: ¡idos!

—¡Idos! repitió Lotario.

—¡A Dios! dijo don Oppas levantándose: nos has dado hospitalidad é injurias; la hospitalidad y las injurias serán pagadas. A Dios.

Y salió con los hijos de Witiza.

Florinda permanecia inmóvil en la cámara.

—Hija del conde don Julian: cuando llegue la hora de la desgracia me tendrás á tu lado, dijo Kaib.

Y salió lentamente de la cámara.


Don Oppas y los hijos de Witiza regresaron á Toledo.

Los dos mancebos se perdieron por las altas y estrechas callejuelas de la ciudad, y el obispo, seguido de los monteros, llegó al palacio, descabalgó delante de la puerta de los Leones, y á través de la guarda, que se inclinó respetuosamente á su paso, se encaminó á la cámara del rey don Rodrigo.

Ante su puerta, jóvenes godos con mantos de púrpura y oro y hermosas mugeres con los cuellos y los brazos desnudos, departian de amores y cacerías, de galantes aventuras, de ruidosos banquetes; los soldados se apoyaban en sus lanzas, inmóviles como estátuas de hierro, á lo largo de los muros de la gigantesca antecámara, y los esclavos se veian tras ellos entregados á un silencio estúpido.

Poco tiempo antes de la llegada de don Oppas al palacio, se abrió la puerta frontera á la de la cámara real, y apareció en ella un viejo, alto, flaco, pálido, con escasos cabellos grises y barba blanca, cubierto por una hopalanda parda.

Este hombre adelantó hasta el centro de la antecámara, y sin dirigirse á persona alguna, dijo con acento grave y sonoro:

—Yo soy Gutz, el hebreo.

Agitóse el círculo de damas y caballeros, y de entre ellos adelantó hasta el recien llegado un noble cubierto con un arnés de guerra, caudillo al parecer, de la guarda del rey.

—¿Eres tú el joyero de la calle del Sol? preguntó á Gutz.

—Yo soy, contestó el viejo.

—¿El hechicero?

—Sí.

—¿Te espera el rey?

—Sí.

Tras estas breves palabras el noble adelantó hasta la puerta de la cámara real, levantó su tapiz y dijo:

—¡Señor! ¡Gutz el hebreo, joyero y hechicero!

Una voz gutural y débil, aunque imperiosa, contestó desde adentro.

—Mi leal Singiberto, deja entrar á ese perro infiel.

Singiberto hizo una seña á Gutz, y este, pasando con desden é insolencia entre los cortesanos, se perdió tras el tapiz que cubria la puerta de la cámara real.

Era tan frecuente entonces la entrada de embaucadores y magos en el palacio, que nadie tomó en aprecio la llegada de Gutz, y jóvenes y damas siguieron las pláticas interrumpidas.

A punto dos escuderos, uno de los cuales llevaba una adarga blasonada, y otro una espada, penetraron en la antecámara, precedidos por un faraute, que con no menos insolencia que Gutz, se detuvo en el centro, y dijo en alta voz:

—El noble y poderoso señor don Oppas, arzobispo de Sevilla.

Singiberto anunció de nuevo, é hizo seña al faraute de que don Oppas podia entrar en la cámara real.

Una antorcha de oro, alimentada con aceite aromático, alumbraba la cámara de don Rodrigo. Sus paredes estaban revestidas de riquísimos tapices, en los que se veian pintadas mugeres hermosas desnudas en el baño, mancebos reclinados en la sombra de verdes enramadas entre los brazos de náyades, trofeos de amor é impudentes pinturas de deleite.

Sentado sobre una silla de marfil de preciosa labor, estaba don Rodrigo envuelto en una clámide de púrpura, y ceñidos sus blanquísimos cabellos por una corona de hierro.

Plegado sobre sus rodillas, envuelto en su ancha clámide, solo se podia juzgar de su semblante pálido y de espresion noble, aunque degradada é indolente: sus ojos azules conservaban aun el brillo de la juventud y una de sus manos blanca y tersa como la de una dama, se ocupaba en levantar hasta su nariz recta y afilada un pomo de oro lleno de esencias aromáticas que aspiraba con deleite, y de las cuales dejaba caer de tiempo en tiempo algunas gotas sobre su barba plateada y profusa, rizada con mas esmero que la cabellera de una muger.

A un lado, junto á la silla en que reposaba don Rodrigo, habia una mesa de la cual partian reflejos deslumbrantes arrancados por la luz de la antorcha. Segun las crónicas de aquel tiempo, la tabla de esta mesa era una sola esmeralda encontrada por Fatimah la santa[52] junto al pozo Zemzem, y sus piés, fabricados por los genios, eran de oro macizo, de una labor sorprendente, y cuajados de perlas y diamantes.

Esta joya de inestimable valor era la famosa mesa de Salomon: habia pasado en herencia á la tribu de Heber y fué robada á sus descendientes por el rey Egica, cuando sujetó á feudo y tributo á los árabes hebraizantes, desterrados del Yemen y refugiados en el Magreb. Esta misma mesa fué la que mas tarde, despues de la conquista de Gezira-Alandalus por los árabes, produjo fatales desavenencias entre el emir Muza-ebn-Noser, y su walí, el valiente sin par, Tarik-ebn-Ziad.

Sobre esta mesa estaba como un adorno la espada de don Rodrigo, y sobre su empuñadura se posaba un azor[53] sujeto á la mesa por una sutil cadena de oro.

Todo revelaba allí el hombre sensual, degradado y envilecido.

Aquella arma de caballero, arrojada como al acaso sobre aquella mesa, era un contraste estraño, un mudo reproche á tanta degradacion, á tanto abandono.

Cuando resonaron sobre la cámara real, al andar de don Oppas, las piezas de su arnés, el rey que, á pesar de la presencia de Gutz, que estaba prosternado á sus pies, no habia salido de su inmovilidad, se estremeció al áspero rechinar del acero, y levantó la cabeza arrojando en torno suyo una mirada inquieta que tornó á ser indolente cuando reconoció al obispo.

—¡Ah! ¿eres tú, don Oppas? dijo: en verdad que te esperaba. ¿Qué perro es ese que se tiende á mis pies? añadió reparando en Gutz.

—Lo ignoro, señor, contestó don Oppas.

—Es Gutz tu esclavo, poderoso rey, contestó el hebreo sin levantar la frente de la alfombra.

—¡Ah! ¿eres tú? dijo don Rodrigo: levántate esclavo, te he mandado llamar no me acuerdo para qué. ¿Eres hechicero?

—Tal dicen, señor; pero solo Dios sabe lo oculto.

—¿Y crees tú, don Oppas, dijo don Rodrigo dirigiéndose al arzobispo, en el poder de la hechicería?

—Tanto creo, señor, contestó don Oppas, que, si saber mi destino quisiera, me dirigiria sin vacilar á uno de esos sabios que, alejados del mundo, han estudiado el lenguage de las estrellas.

—Pues hé aquí que á mi vez he tenido ese deseo, repuso el rey, y he mandado buscar á uno de esos buhos que pasan la noche en vela mirando al cielo.

Don Oppas cruzó una mirada de inteligencia con Gutz.

—Dime tú, sabio, dijo don Rodrigo con indolencia: ¿dónde está el límite de mi vida? yo la siento fuerte y vigorosa dentro de mi cuerpo envejecido, y mi alma se revuelve ardiente como en los dias de mi lejana juventud: pero mis noches sombrías, mis sueños apenadores, mis deseos insensatos: yo veo en lo recóndito de mi espíritu una muger hija de mi fantasía á cuya hermosura no alcanzan las mas hermosas de mis concubinas. Aun mas, yo he visto hoy, esta tarde á esa muger, viva, desnuda delante de mis ojos, saliendo como Venus de la espuma de las aguas. Yo la amo; mi corazon se quema por ella. ¿Qué puedo yo esperar de esa muger?

Gutz inclinó profundamente su cabeza, dejó caer los brazos á lo largo de su cuerpo y sus ojos se cerraron como dominados por un sueño profundo: levantóse su pecho dilatado por una respiracion poderosa, contrajéronse los músculos de su semblante, y se borraron las profundas arrugas de su frente.

Don Rodrigo, replegado aun sobre su silla de marfil, miraba al hebreo con la ávida atencion de un niño; estaba hastiado y la espectativa de un acontecimiento cualquiera le divertia.

—Pronto, esclavo, dijo con impaciencia: dime lo que puedo esperar ó temer de esa muger.

Gutz abrió los ojos, levantó con altivez la cabeza, miró frente á frente á don Rodrigo y dijo con voz ronca y acentuada:

—Tu destino ¡oh rey! es incierto: una nube oscura colocada delante de mis ojos, no me deja ver claramente tu horóscopo, pero esa nube tiene ráfagas rojas; la sangre y el fuego habitan en ella.

Don Rodrigo se irguió: las palabras del hebreo le aterraban vagamente: su mirada antes glacial se habia animado, y sus labios se agitaban en una imperceptible convulsion.

—Lo que me has dicho es muy oscuro, esclamó el rey, con acento convulso é irritado; yo quiero que tus ojos descifren mi porvenir: habla, hechicero.

—Poderoso señor, dijo el hebreo: has que tus trompetas de guerra llamen tus gentes al combate: despliega tu bandera de rey y desnuda tu espada, por que yo veo estrañas gentes cabalgando en batalla contra tu pueblo, y el lugar de tu sepultura espera ya tus restos ensangrentados.

Don Rodrigo se lanzó de su silla al lugar donde se encontraba el hebreo, y asió furioso su túnica.

—Perro infiel, gritó: sino mientes, haz que yo vea mi horóscopo; rasga delante de mí el velo que cubre el porvenir: vea yo esas gentes que cabalgan contra mi pueblo, ó por el Dios de Moisés y de Abraham, que he de poner tu cabeza sobre la aguja mas alta de la torre mayor de mi castillo.

—¡Rey! continuó el hebreo sin inmutarse alentado por una segunda mirada de don Oppas: lo que escribe la mano de Dios es siempre un misterio para los ojos mortales: en el valle, cerca de tu palacio, sobre las riberas del Tajo, hay una torre misteriosa cuya terrible puerta jamás ha sido tocada por la mano de un rey; si tu mano toca esa puerta, ella se abrirá, y dentro de la torre encontrarás tu destino.

—Pero esa torre, dijo el rey palideciendo, guarda una tradicion oscura: segun esa tradicion, el rey que la abra ó morirá ó será tan rico, tan sabio y tan poderoso como el rey Salomon; esa torre fué construida durante una tempestad por los magos que acompañaban á Attila, y desde aquel terrible rey hasta mí, ninguno ha osado penetrar en ella.

—Y tú mismo, rey, nada verás en la torre, añadió Gutz, obedeciendo á una tercera mirada de don Oppas, sino llevas contigo el triunfo de la pureza de una vírgen.

—¿Y qué vírgen es esa?

—Esa vírgen es Florinda, la hija del conde don Julian.

—¡Pues bien! esclamó don Rodrigo, Florinda será mia, y luego mi mano tocará la puerta de la torre; buscaré en ella, en su recinto mas tenebroso, el misterio de mi porvenir y arrostraré con valor mi destino. ¡Hola Singiberto!

El noble á quien el rey llamaba, apareció en la puerta de la cámara.

—Llévate á ese hebreo, le dijo, y guárdale en la torre mas fuerte del palacio.

—Gutz adelantó hácia Singiberto y salió con él.

—Debo triunfar de la pureza de Florinda, antes de ir á la torre misteriosa, esclamó el rey. Y bien, ¿has reconocido ya la vivienda de la hija de don Julian? añadió dirigiéndose á don Oppas.

—Sí, si señor; y si tú quieres, esta misma noche Florinda será tuya.

—¡Oh! ¡esta noche! ¡esta noche! esclamó el rey.

—Para vencerla será necesario que apeles á malas artes.

—¡Cómo!

—Si Florinda se viese sujeta á un letargo...

—¡Ah!

—Toma, señor, dijo don Oppas sacando de entre sus ropas un pomo de oro.

—¿Y qué es esto?

—Aquí se guarda el zumo de una yerba que produce un sueño delicioso.

El rey guardó con ansia el pomo.

—Florinda será tuya, señor, y despues...

—Sí, despues entraremos en la terrible torre: pero quiero que para entrar en ella me acompañen mis nobles, mis magnates: quiero entrar en la torre con toda mi grandeza de rey. Haré que estén preparados mis magnates, mis soldados y mis esclavos. Tú vendrás conmigo. Vete y vuelve al punto.

Don Oppas salió de la cámara murmurando:

—Dentro de poco se verá obligado á vengar una injuria el conde don Julian.


Poco tiempo despues, como lo habia ordenado don Rodrigo, multitud de nobles godos á caballo y armados de guerra, penetraron en el átrio del palacio.

Don Oppas con escuderos y esclavos de su casa llegó el primero, paró bajo el pórtico y entró en el palacio.

Poco despues, sin acompañamiento, sin galas, con clámides oscuras sobre los arneses, cubiertas las cabezas con bonetes de acero, anchas espadas al cinto, y cabalgando en caballos de batalla, llegaron al átrio, viniendo de distintos puntos tres mancebos.

Los soldados y las gentes del pueblo, que estaban agolpados á la puerta del átrio, abrieron paso á los tres ginetes inclinándose respetuosamente ante ellos, y los nombres de Belay, Teodomiro y Favila corrieron de boca en boca mientras todos los ojos se fijaban en los tres príncipes que, sin descabalgar, fueron á situarse en silencio en un oscuro ángulo del átrio.

Multitud de pajes, ricamente vestidos, giraban en todas direcciones enrojeciendo los muros con la luz de sus antorchas, y venciendo con ellas la blanca y tranquila luz de la luna.

Un rumor confuso de voces contenidas por el temor, se levantaba mas allá de los pórticos esteriores del palacio, donde la plebe, contenida por los soldados del rey, se agolpaba curiosa y asombrada.

Habíase estendido, girado y penetrado en las plazas, en los barrios, y en las callejas mas apartadas de Toledo, una noticia pavorosa. Decíase que la misteriosa torre que todos los reyes antecesores de don Rodrigo habian respetado: la terrible torre nunca abierta, tras cuyos muros se guardaba el destino del pueblo godo, iba á ser profanada por la planta del rey: un terror semejante al que causa el amago de una calamidad que no se conoce, habia dominado todos los corazones, y cristianos y judios abandonando sus casas, llenos de ansiedad, se agolpaban y se estrechaban hacia algun tiempo ante los pórticos del palacio.

Los arcos, los miradores, las balaustradas de las calles circunvecinas, estaban llenos de gentes que maldecian en voz baja y contenida por el temor á don Rodrigo, al par que hablaban con el acento de la esperanza á los tres príncipes Belay, Teodomiro y Favila, cuyas nobles frentes no se habian manchado con los vicios de la córte.

El pueblo los habia visto armados de guerra en medio de los otros príncipes y magnates cubiertos de galas, y en esto habian comprendido una valiente promesa.

Al fin, tras una larga espera, se abrieron las puertas del palacio, y el rey cubierto con un manto de púrpura, ceñida la cabeza con la corona de hierro, pendiente de su costado la espada de oro, apareció sobre su blanco caballo Orelia, al que llevaban de las riendas dos nobles con túnicas y bonetes de escarlata; á su derecha cabalgaba don Oppas, á su izquierda Singiberto; precedíanle pajes con antorchas y le rodeaban cien esclavos negros de su guarda africana.

Los nobles que esperaban en el átrio, se unieron á la comitiva, á la cual, tristes y silenciosos, siguieron al lento paso de sus caballos Belay, Teodomiro y Favila.

La córte se abrió paso por medio del pueblo que se agitaba sombriamente, sin que una aclamacion de amor ó de respeto llegase á los oidos de don Rodrigo.

La cabalgata bajó del palacio, atravesó la ciudad, y penetró en el valle, á cuyo fin, una frente á otro, teniendo en medio el Tajo, se alzaban la torre misteriosa y el castillo de don Julian.

Cabalgaba delante el rey; su caballo galopaba con ardor como impulsado por una fuerza mágica; los pajes y los peones seguian jadeando á la carrera la rápida marcha de los ginetes; alguna vez un paje ó un esclavo caian cansados, y el caballo del rey pasaba sobre ellos como hubiera podido pasar por cima de un monton de hojas secas.

Florinda, en el mirador de su cámara, apoyada en su balaustrada, veia impasible, pálida, inmóvil, descender aquellas antorchas por la vertiente del valle, adelantar, llegar y parar al fin, ante el foso de su castillo.

Sonaron las trompetas y la voz de Singiberto gritó:

—¡Vasallo! ¡abrid al rey!

Crugieron las cadenas del puente y don Rodrigo, don Oppas, Singiberto, y los dos nobles que llevaban las riendas de Orelia entraron en el castillo.

Poco despues arremetieron tambien por la poterna, Belay, Teodomiro y Favila.