Las demás gentes del rey rodearon el castillo.

Florinda permanecia en el mirador, siempre pálida, siempre impasible.

Pasó algun tiempo, y al cabo una sombra oscura apareció en el mirador junto á Florinda.

—Ha llegado la hora, dijo sombriamente Kaib.

Florinda se volvió á él y le contempló gravemente.

—¿La hora de qué? dijo.

—El rey don Rodrigo es tu huesped, señora.

—Y bien: que sirvan al rey; que mis manjares cubran su mesa; que el vino llene los jarros de oro; que le sirvan mis esclavos.

—Segun antigua costumbre, el señor del castillo debe servir al rey.

—Mi padre le está sirviendo en Tanja.

—Por lo mismo; en ausencia de tu padre tú estas obligada á servir al rey, repuso sombriamente Kaib.

Guardó por un momento silencio Florinda; una espresion singular pasó por sus ojos; acreció su palidez, y al fin dijo:

—Ruega al rey me perdone si le hago esperar mientras me engalanan, para servirle dignamente, mis esclavas.

Y volviendo las espaldas á Kaib, se encaminó lentamente á una puerta, por la cual desapareció.

Kaib tuvo fija en ella, mientras pudo verla, una mirada profundamente conmovida.

Luego esclamó con acento tembloroso:

—¡Que se cumpla lo que está escrito!

Y fué á llevar el mensage de Florinda al rey.


El rey se paseaba impaciente por una magnífica cámara.

Trofeos de guerra, arrancados á los enemigos en diferentes épocas, ennoblecian los muros, atestiguando el valor de los ascendientes del conde don Julian.

Una ancha mesa, cubierta con paños de púrpura, dejaba ver humeantes viandas en platos de oro, y jarros del mismo metal, rodeados de anchas copas, rebosaban el vino.

Cuatro candelabros de oro alumbraban la mesa.

Todo demostraba la gran riqueza del dueño del castillo.

Delante de la mesa solo habia un enorme sillon cubierto con un dosel: el sillon del castellano cedido al rey.

Don Oppas, Belay, Teodomiro y Favila, estaban agrupados y en silencio á cierta distancia del rey, medida por el respeto.

No tuvo que esperar mucho don Rodrigo.

Abrióse una puerta y apareció Florinda resplandeciente con su juventud, su pureza, su hermosura, sus joyas y sus magníficas galas.

Adelantó lentamente, arrastrando su pesada y brillante túnica de seda y oro, con la frente alta y ceñida con la diadema de las nobles godas.

A alguna distancia del rey se detuvo.

—Bien venido seas, señor, dijo con voz reposada y grave, al hogar del conde don Julian.

Don Rodrigo, mudo de asombro ante tanta hermosura, no le contestó mas que con la elocuente sorpresa de su semblante y la encendida mirada de sus ojos.

Florinda silenciosa, inmóvil, imponente, fijaba en el rey una mirada altiva y severa.

Parecia que no veia á las otras personas que habia en la cámara, aunque entre ellas estaba Belay, el amado de su alma.

El rey temblaba; con la mirada fija en Florinda; la llama de un amor infernal se habia apoderado de su alma, y lo habia olvidado todo; el descontento de sus vasallos y los funestos amagos del porvenir que guardaba para él la terrible torre que se levantaba escueta, solitaria y muda al otro lado del Tajo.

Las primeras palabras que pronunció don Rodrigo representaban su deseo.

—Salid, dijo á don Oppas y á los tres príncipes, salid y esperad afuera.

—¡Que salgamos! esclamó obedeciendo á la voz de sus celos Belay.

—¿Quién habla cuando el señor manda? gritó el rey.

—Esa doncella, esclamó adelantándose Belay, es mi esposa.

—¡Tu esposa, Florinda! esclamó palideciendo mortalmente el rey y temblando de cólera.

—Me ha jurado la fé de su amor ante Dios.

—¡Ah! ¿y no es mas que eso? príncipe: yo creí que en efecto la hija de don Julian era tu esposa... pero no lo es... ni lo será, porque yo que soy tu señor no te la concederé.

—Dicen, rey don Rodrigo, observó con un marcado acento de amenaza Belay, que para tí nada hay respetable mas que tu voluntad: que allí donde tus ojos se fijan van la impureza y la deshonra.

—¿Y quién dice eso, mi leal Belay, mi buen pariente, mi hermoso príncipe? dijo el rey dominando mal su cólera.

—Lo dicen las desdichadas que has deshonrado, los viejos cuyas canas has escarnecido, las madres á quienes has arrojado cubiertas de vergüenza las hijas de sus entrañas.

—¡Ah! ¿y no te han dicho que el rey castiga de muerte á los traidores que se atreven á insultarle? dijo don Rodrigo adelantando furioso hacia Belay, que puso la mano sobre la empuñadura de su espada.

Don Oppas cubria con una frialdad hipócrita la alegria de su alma; veia al hasta entonces leal y respetuoso Belay, revelado contra don Rodrigo; veia al rey decidido á todo; sabia que para que cayese la ira de un vasallo poderoso, del conde don Julian, sobre don Rodrigo, bastaba con que este tocase solamente á la orla de la túnica de Florinda; veia ya rebosar de Tánger millares de combatientes salvages, los veia atravesar el estrecho de Alzacac, poner las plantas en Calpe, devastar la Bética y prestar una poderosa ayuda á los hijos de Witiza.

Veia acercarse el momento en que el conde don Julian seria injuriado por don Rodrigo en Florinda.

Belay lo veia del mismo modo y esperaba al rey con la mano puesta en la empuñadura de su espada.

Florinda se interpuso.

—El rey lo manda; dijo con acento dominador: salid príncipes, el rey está en el hogar de un noble vasallo, y tiene derecho á ser obedecido en él. Salid: la hija del conde don Julian cumplirá con lo que debe á su sangre.

Belay vaciló, pero una mirada de Florinda le decidió á obedecer; salió, y tras él salieron Teodomiro y Favila y, al fin, don Oppas que apenas podia contener su feroz alegria.

Florinda y el rey quedaron solos.

—Sentaos, señor, sentaos, dijo la jóven; estais bajo un techo amigo: honrad la copa de mi padre bebiendo en ella.

Y Florinda llenó de vino una ancha copa de oro.

El rey fijó una mirada codiciosa en la copa, mientras que revolvia en su mano entre sus ropas, el pomo que le habia dado don Oppas.

¿Pero cómo verter el contenido del pomo en la copa sin que lo notase Florinda?

Una idea surgió en el pensamiento del rey.

—Me han dicho, dijo, que cantas de una manera maravillosa.

—¿Y quién te ha dicho eso, señor?

—No recuerdo bien: ¡ah! sí, algunas noches he oido el son de una lira en los aposentos de la reina: el sonido de aquella lira me ha arrebatado, ha resonado dulcemente en mi corazon, y la voz que ha cantado unida á aquella lira me ha parecido la voz de un arcángel; por la mañana he preguntado: ¿quién era la muger que tan dulces armonías exhalaba en los aposentos de la reina Aylat? y me han contestado.—Era la hermosa hija del conde don Julian.

—Te han engañado, señor, contestó Florinda. Nunca he cantado en los aposentos de mi señora.

Tembló el rey temiendo que Florinda no supiese tañer la lira.

—Pero si quieres, señor, dijo la jóven, cantaré para tí.

El alma del rey se dilató.

—Espera un momento, señor; voy á pedir á mis esclavas mi lira de marfil.

Apenas hubo vuelto Florinda la espalda, cuando don Rodrigo trémulo, dominado por una ardiente y próxima esperanza, vertió el contenido del pomo que le habia dado don Oppas en la copa que habia llenado Florinda.

Poco despues la jóven volvió preludiando de una manera mágica en las cuerdas de oro de una magnífica lira de marfil.

El semblante de Florinda estaba triste y apenado como si un funesto presentimiento oprimiera su alma, y permaneció de pie preludiando en su lira á poca distancia del rey.

—¿No bebes, señor? le dijo despues de un momento de silencio ¿recelas acaso de la copa de tu vasallo?

—Es antigua costumbre que el vasallo beba primero cuando ofrece la copa á su rey, dijo don Rodrigo.

Y presentó la copa á Florinda.

La jóven sostuvo con su brazo izquierdo su lira, tomó la copa y bebió un sorbo.

—La libacion completa, dijo el rey sonriendo, esa es la costumbre.

Florinda apuró la copa.

—¡Ah! murmuró el rey: tu hermosura es mia.

—¿Qué dices, señor?

—Que me llenes otra vez la copa.

Llenóla Florinda y el rey la apuró.

Fuese que el pequeño resto que habia quedado en la copa inficionase el vino nuevamente echado en ella por Florinda, fuese que le embriagase la hermosura de la jóven, el rey sintió en su cabeza un vago y delicioso delirio; parecióle que la hermosura de Florinda se aumentaba y crecia hasta hacerse sobrenatural; que las luces se amortiguaban, y que solo quedaba la luz de la hermosura de Florinda: luego vió como en un sueño fijos en los suyos los ojos de la jóven que le decian amores: la vió tomar un escabel, sentarse á sus pies, mirarle sonriendo, como solo mira á un hombre la muger que le adora, y al cabo escuchó un canto dulcísimo.

Creyóse arrebatado al paraiso, y luego cesar la música, rodear su cuello los frescos brazos de Florinda, y posarse en sus labios áridos unos labios húmedos y ardientes.

Florinda resplandecia; Florinda le embriagaba, y en medio de su embriaguez y de su delirio, no pudo escuchar el rey estas palabras, pronunciadas con acento terrible por una voz ronca tras el tapiz de una puerta de la cámara:

—¡Lo que estaba escrito se ha cumplido: el oriente avanza contra el occidente, y el buitre se cierne ya sobre el campo de la matanza esperando los cadáveres!


Entretanto el rey, que habia salido del castillo, seguido de don Oppas, de Belay, de Teodomiro, de Favila y de sus cortesanos, atravesó el Tajo en barcas que estaban preparadas, y llegó cerca de la torre situada en la otra orilla, hasta la cual habian abierto paso algunos esclavos rompiendo con sus espadas la maleza.

El rey descabalgó al fin delante de la puerta de la torre.

Todos temblaron en aquel momento solemne: el rey de impaciencia, don Oppas de esperanza, los demás de la comitiva de terror.

Solo Belay y los dos príncipes sus nobles amigos no temblaron, pero invocaron á Dios con las manos puestas en las empuñaduras de sus espadas.

Porque á la llegada del rey, dentro de la torre, en torno de ella, cerca y lejos, en los aires y en las entrañas de la tierra se habia oido un rumor lejano y confuso de batalla; lentamente aquel rumor creció; oyóse al fin de una manera distinta el choque del hierro contra el hierro, los gritos de guerra, los clamores de los moribundos, el relinchar de los caballos, el alarido de las trompetas, el silvo de las flechas, el áspero rechinar de las ruedas de los carros y el doblar de los tambores y atabales.

Sin que nadie tocase á la puerta, esta se abrió con estruendo, y una luz pálida, sin oriente ni ocaso, alumbró el interior.

Al abrirse la puerta el estruendo creció; parecia que el valle lanzaba guerreros en todas direcciones; mugió sordamente el Tajo, condensóse la niebla, tembló la tierra bajo los cascos de millares de caballos, el aire vibró herido por innumerables y salvajes gritos de guerra, y un cálido y nauseabundo olor de sangre lo envolvió todo.

Y en medio de aquel estruendo pavoroso, dominándole como el bramido del huracan domina al ruido del aguacero en la tormenta, una voz cavernosa retumbó dentro de la torre, que vaciló al sonido de aquella voz sobre sus fortísimos cimientos.

—¿Quiénes sois y qué quereis? dijo la voz.

—Soy don Rodrigo, rey de los godos, contestó el rey.

Al escuchar estas palabras, salió de la torre una esplosion de carcajadas y un coro infinito gritó:

—¡Es el rey don Rodrigo! ¡el último rey! ¡el último rey de los godos!

Y al mismo tiempo avanzaron hácia la puerta, pero sin pasar de ella, sombras envueltas en flotantes velos, pálidas y macilentas como cadáveres insepultos, y los ojos de todas las sombras se fijaban en el rey que estaba fascinado, y las bocas de todas las sombras le saludaban con insolentes carcajadas, y los brazos de todas las sombras se estendian hácia él.

Y sus calvas cabezas relucian, y sus monstruosos cuerpos se retorcian, y sus infernales bocas chillaban, gritaban, ahullaban, rugian, y á la vista de aquella espantosa vision la comitiva del rey huyó aterrada hasta las márgenes del rio y hasta los remotos confines del valle.

Solo quedaron, delante de la puerta de la torre, el rey con los cabellos herizados de espanto, detenido por un poder superior, y Belay, Teodomiro y Favila, á pié, envueltos en sus clámides rojas, con las espadas desnudas en las manos diestras, las siniestras sobre el corazon y el nombre de Dios en los lábios.

El rey, aterrado, trémulo, fijaba la inmóvil mirada de sus ojos en la tremenda vision; los tres príncipes sentian latir en sus venas su sangre de valientes sin miedo y sin tacha.

—¡Adentro, señor! gritó Belay adelantando con la espada en alto: ¡adelante, hermanos mios! ¡ya que hemos llegado hasta aquí, es preciso que las artes de Satanás no detengan á cuatro príncipes cristianos!

Y asió de don Rodrigo, y seguido de Teodomiro y Favila penetró en la torre.

La vision desapareció, como por ensalmo, apenas el rey y los tres príncipes pisaron el interior de la torre; apagóse la claridad lívida que antes la habia alumbrado y solo quedó el ténue reflejo de la luna.

—¡Una antorcha! gritó Belay.

Desde la márgen del rio adelantó uno de los pajes mas atrevidos, y entregó una antorcha al príncipe.

El noble godo adelantó aun mas, dentro de la torre, y la reconoció á la luz de la antorcha.

Era la torre inmensa, tétrica, bastante á imponer terror por sí sola, sin la ayuda de sus apariciones, al corazon mas valiente: formábala una bóveda circular sustentada en el centro por un gigantesco pilar; la altura de esta bóveda se perdia en la oscuridad, y sobre sus muros y en torno de la pilastra, se veian, labrados en la roca, mónstruos informes, reptiles horribles, esqueletos de gigantes; todo allí, como petrificado por un conjuro ó por una maldicion; oscuras inscripciones orlaban los muros en fajas de piedra, con letras de sangre, y sangre parecia brotar el pavimento húmedo y resbaladizo.

Belay conduciendo al rey y seguido de Teodomiro y Favila, recorrió la torre y solo se detuvo ante una especie de nicho en el cual habia un arca de hierro mohoso.

Al verla don Rodrigo, ya mas sereno por la desaparicion de las sombras, que, siempre incrédulo é impío habia juzgado un delirio de su razon, dió un grito de alegria.

—¡Abrid! ¡abrid! dijo á los príncipes: ¡allí debe encerrarse un riquísimo tesoro, ¡abrid!

Belay levantó la pesada tapa y alumbró el interior del arca.

Don Rodrigo lanzó dentro de ella una mirada codiciosa.

Pero en vez de joyas solo vió veinte y cinco coronas de hierro atadas en una cadena; su blason real roto y manchado, su espada enmohecida y su manto real hecho girones y ensangrentado.

Un libro escrito en caracteres árabes, el Korán, estaba puesto sobre la Biblia abierta y deshojada, y el verde pendon del Profeta, envolvia en sus pliegues otro objeto.

Belay sacudió la bandera y de ella, una cabeza humana cayó sobre el pavimento.

Aquella cabeza separada de su tronco era tan semejante á la que aun vivia sobre los hombros de don Rodrigo, que los príncipes se estremecieron y el rey tembló, y sintió correr por sus venas el frio de la muerte.

—¡A las armas, hermanos mios! gritó Belay: ¡corramos á nuestros castillos! ¡que el pueblo godo se levante á tu voz, señor, porque la tradicion se cumple y en esta torre fatal está encerrado tu destino!

—¡Los árabes! esclamó don Rodrigo levantando por primera vez su cabeza en un movimiento de energía: ¡pues bien! ¡que vengan! ¡las canas no me impedirán cubrir mi cabeza con mi capacete coronado, y bajo la púrpura vestiré la lóriga! ¡la corona en la frente y la espada en la mano cabalgaré delante de mi pueblo, y si está escrito que hayamos de sucumbir, sucumbiremos como valientes! ¿no es verdad príncipes?

Los tres príncipes se miraron con estupor. Habian creido hasta entonces que el rey habia muerto para el valor y que solo vivia para la molicie y para la corrupcion.

—Venid, mis valientes caudillos; pronto mis huestes y las de mis nobles, probarán si es incontrastable lo que está escrito por el destino. Entre tanto, á Dios.

Y salió delante de ellos de la torre, cabalgó en su corcel y llamó en voz alta á don Oppas.



Sacudio la bandera, y cayo al suelo una cabeza humana.

Sacudio la bandera, y cayo al suelo una cabeza humana.

Don Oppas se acercó temblando.

—A Toledo, dijo el rey con acento sombrío.

Poco despues la brillante cabalgata aterrada, triste y silenciosa volvió á entrar en la ciudad.

Antes del amanecer salió de ella á pie, por la puerta de los Leones un hombre envuelto en una clámide roja, y en silencio y á gran paso se encaminó al valle del Tajo.


Desde que salió el rey del castillo del conde don Julian, Florinda pálida, pintada en el semblante una espresion de despecho y de desesperacion horrible, habia permanecido en su mirador, dejando brillar las lágrimas, que corrian silenciosamente por sus megillas, á los rayos de la luna.

Recordaba de una manera confusa una cosa horrible; se sentia lacerada en el cuerpo y en el alma, y su pensamiento pasaba tan pronto del rey don Rodrigo, su infame burlador, á Belay, el amado de su alma.

Florinda no comprendia la razon de su momentáneo delirio entre los brazos del rey: la desdichada no sabia que habia sido embriagada por un filtro terrible.

Conocia sin embargo su vergüenza y anhelaba venganza, una venganza cruda.

Hubo un momento en que una horrible decision se pintó en su semblante, se apartó bruscamente del mirador; corrió á su cámara, tomó un pergamino y escribió en él apresuradamente algunas líneas.

Despues llamó á Kaib.

Este apareció de improviso como si hubiese estado detrás de la puerta.

—Ha llegado la hora de la tribulacion, Florinda, y me has llamado, héme aquí: ¿qué quieres?

—Es necesario que lleves esta carta á mi padre á Tanja.

—Iré, dijo Kaib.

—Pues bien, vete y que el nuevo sol te vea cabalgando hácia el oriente.

—Antes de partir es necesario que yo te deje segura y libre del infame.

—¡Ah! esclamó Florinda cubriéndose de rubor: ¿sabes?...

—Lo sé todo: yo soy mago.

—¿Y habias previsto la horrible desgracia que me iba á acontecer?

—Sí.

—¿Y por qué no me salvaste? esclamó con desesperacion Florinda.

—Estaba escrito que tú fueses sacrificada, para que el pueblo godo fuese destruido.

—¡Ah!

—Pero yo no puedo dejarte abandonada. El infame don Rodrigo arde en tus amores, su delirio por tí crece, siempre tendrá para enloquecerte un filtro, un ensalmo. La ciencia se vende al oro. Pero ven: yo te daré un amuleto que te libre de las asechanzas del rey. Ven hija de don Julian: ven.

Arrastrada por el acento solemne del esclavo, Florinda le siguió: salieron del castillo por un postigo, atravesaron el Tajo en una barca y llegaron á la torre maravillosa, apenas se habian alejado de ella el rey y sus gentes.

Kaib desnudó su puñal y tocó con el pomo en la gran puerta de hierro.

El eco despertó, como de las profundidades de un abismo, el ruido causado por la mano del hombre.

Una voz pujante como á la llegada del rey, gritó desde adentro.

—¿Quiénes sois y qué quereis?

—Somos Florinda y Kaib, contestó el esclavo.

Entonces la puerta se abrió en silencio y por sí misma.

Una claridad lívida iluminaba el interior.

—No tiembles, Florinda, dijo con voz segura Kaib, porque si tiemblas, esa puerta se cerrará y no volverá á abrirse mas para nosotros.

Florinda procuró dominarse y lo consiguió, á pesar de que vagaban con paso lento, en torno suyo, sombras envueltas en sudarios blancos, pálidas y sombrías, como cadáveres insepultos; cada una de ellas fijaba sus hundidos ojos en la jóven de una manera horrible y cruel.

—Todos estos han llamado como nosotros á esta puerta, dijo Kaib: todos ellos han sucumbido al pavor y velan encantados aquí: mira, hay valientes guerreros y hermosas damas; todos han venido en busca del tesoro que encierra esta torre y ese tesoro está guardado para tí.

Florinda sentia dentro de su espíritu un poder superior; su corazon dominaba todos aquellos terrores; su vista se estendia sin vacilar por los ámbitos de la torre, abarcándolos con su mirada serena y poderosa.

Y era porque Florinda estaba desesperada, y no podia aterrarse porque tenia sed de venganza, y aquella ansiosa rabia la daba valor.

Kaib, llevando de la mano á Florinda, avanzó hasta el pié de la pilastra que sostenia la bóveda de la torre y puso la mano sobre la cabeza de un horrible jorobado de piedra, que estaba como incrustado al pié de la pilastra.

—Yo he leido en los astros, dijo: yo soy mago: los astros me han revelado que tú guardas un amuleto que defiende á las mugeres de la impureza de los hombres y de su propia impureza.

El enano rugió sordamente, levantó la cabeza y volteó en sus órbitas, mirando á Kaib y á Florinda, sus torbos ojos de piedra, que por un momento parecieron de fuego.

Ninguno de los dos tembló.

Entonces el jorobado se arrancó de la pilastra y caminó delante de los dos, haciendo resonar sobre el pavimento las secas pisadas de sus enormes piés de mármol.

—Hé aquí la piedra de los siete sellos, dijo deteniéndose en la parte oriental de la pilastra; si esa muger es la sentenciada por el destino á causar la ruina del pueblo godo, su mano romperá el encanto, y el precioso talisman será suyo.

Sobre la losa que servia de puerta á un arco, habia á cada lado tres signos, y otro en el centro: aquellos siete signos eran enteramente iguales entre sí, y parecian láminas de oro sobrepuestas al mármol; consistian estos sellos en dos triángulos cruzados, dentro de los cuales se leia en caracteres caldeos: ¡dios!

Florinda tocó con su dedo el signo del centro, que desapareció absorvido por el mármol, como una gota de agua que cae sobre una plancha de hierro caldeado.

Tocó el segundo, el tercero, hasta el sétimo y todos desaparecieron de igual modo.

—Hé aquí la Kaba de los árabes, dijo el enano: lo que estaba escrito se ha cumplido.

Y asiendo la piedra por uno de los bordes, la separó, á pesar de su enorme peso, con la misma facilidad que si hubiera levantado la hoja seca de un árbol.

Entonces quedó descubierto un precioso arco árabe de oro, calado, esmaltado y cincelado, que daba entrada á un pequeño retrete resplandeciente.

Una luz brillantísima emanaba de una caja de esmeralda, colocada sobre almohadones de púrpura, oro y piedras preciosas.

—En esa caja está el amuleto; dijo el enano: la muger que le tenga pendiente de su cuello, estará libre de la impureza, pero no de las desgracias, de las injurias, ni de la muerte.

Muger consagrada á Dios será y la muerte y la condenacion caerán sobre el hombre que ponga en ella su mano, mientras tenga sobre su seno el amuleto.

—Escrito está, murmuró Kaib: ¡cúmplase la voluntad del Dios grande y justo!

Florinda abrió la caja.

Dentro habia un collar de gruesas perlas y de inestimable precio y en el centro de él, pendiente de la perla mas gruesa, habia una manecita negra de ébano, sobre la cual y de una manera imperceptible, estaba grabado el sello de Salomon, en cuyo centro en caracteres caldeos, se leia la palabra ¡dios!

Nada teneis que hacer ya aquí, dijo el enano: el decreto del destino se ha cumplido: la Florinda de los godos, la Kaba de los árabes, ha roto los siete sellos que guardaban la ruina de un pueblo. Idos.

El jorobado fué á enclavarse de nuevo en el lugar que habia abandonado, tornando á su marmórea inmovilidad.

Florinda fué á ceñirse el amuleto.

—Espera, dijo Kaib: yo te amo.

Florinda miró con los ojos arrasados de lágrimas al esclavo.

—Yo te amo, continuó Kaib, como ama el hermano á la hermana, la madre á la hija, el dia al sol; pero Kaib no ha encontrado gracia en tus ojos, hija de don Julian; amas á un hombre que no puede ser tu esposo, y tu pureza ha sido arrebatada por un infame á quien no podias amar. Nos vemos por la última vez, Florinda.

—¡Por la última vez!

—Sí; yo moriré pronto, moriré junto á tu padre que vendrá á vengarte.

—¡Y mi padre!

—Morirá tambien.

—¡Oh! ¡Dios mio! ¿y mi pueblo?

—Será esclavo.

—¡Y todo por mí!

—¡Estaba escrito!

—Pero el destino es injusto.

—Dios te ha elegido por víctima.

—Pues bien, que se cumpla la voluntad de Dios.

Y Florinda levantó la frente radiante de magestad y de valor.

—No volveremos á vernos mas, dijo Kaib: abrázame, hija de don Julian.

Florinda se arrojó entre los brazos del nubio, como pudiera haberse arrojado entre los brazos de su padre, y lloró sobre su robusto pecho.

Kaib la besó en la cabeza sobre los cabellos y la separó de sí.

Florinda rodeó á su cuello el amuleto.

Entonces pareció que su hermosura crecia: sus ojos brillaban con un resplandor sobrenatural: la blancura de su tez se habia hecho deslumbrante: el amor volaba en torno suyo, irresistible, impregnado de ambrosía y de pureza.

Kaib sintió abrasarse su corazon en un fuego infinito y voraz: Florinda no era entonces una muger: era mas que una hurí; era un arcángel.

A su vista se agitaron los millares de mónstruos enclavados en los muros y en la pilastra, y en la bóveda de la torre, sobre sus alveolos de piedra, chocaron sus duras cabezas, y un grito de guerra retumbó inmenso en las concavidades.

Pero lentamente volvió el silencio á dominar la torre, se apagó el crepúsculo frio y nebuloso que la iluminaba, y solo quedó el reflejo de la luz de la luna que penetraba blanca y débil por la ancha arcada de la puerta, por la que salieron los jóvenes.

La puerta se cerró inmediatamente.

—He cumplido con lo que me prescribian el destino y el amor, dijo Kaib. ¡Hija de don Julian! ¡un poder superior te protege, y en vano quiere envolverte en sus alas el negro espíritu de los amores impuros!

Florinda callaba; sus ojos, fijos en la luna, estaban llenos de lágrimas.

Parecia que su vista alcanzaba á leer en la inmensidad el porvenir.

—A Dios, dijo Kaib.

—¿Cómo? ¿me abandonas aquí, sola, junto á esta terrible torre?

—Siento los pasos de un hombre que se acerca, y ese hombre te acompañará: ese hombre es Belay.

—¡Belay! esclamó Florinda alentando apenas.

Y aprovechando su sorpresa y su conmocion, Kaib se alejó.


Poco despues apareció á los rayos de la luna un hombre.

Florinda habia quedado inmóvil junto á la puerta de la torre.

Por un secreto instinto, al acercarse aquel hombre, le reconoció.

—¡Ah! ¡Belay! ¡Belay! ¿á dónde vas? le dijo.

—¡Florinda! esclamó el jóven príncipe alentando apenas al escuchar la voz de su amada.

—Sí, yo soy.

—¿Qué haces aquí?

—¿A qué vienes tú?

—Vengo á penetrar en esta terrible torre; vengo á evocar al espíritu maldito que la habita: á preguntarle lo que debemos temer ó lo que podemos esperar. ¿Y cuando vengo aquí anhelando la salvacion de mi patria, te encuentro, Florinda, sola, junto á esta tremenda torre?...

—Yo no soy ya Florinda... tu Florinda, la que debia ser tu esposa... soy la manceba del rey don Rodrigo.

—¡Tú! gritó Belay exhalando su corazon hecho pedazos en su grito: ¡tú, la manceba del rey!

—¡Dios lo quiere!

—¡Que Dios quiere que tú mancilles la honra de tus abuelos! esclamó Belay: ¡esa es una horrible blasfemia! ¡tú estás loca, Florinda!

Florinda aceptaba su destino de una manera heróica: amaba á Belay, y por lo mismo queria apartarle de ella: aborrecia de muerte al rey, y por lo mismo queria unirse á él.

¿No la habia dicho aquel terrible jorobado de piedra, que el hombre que pusiese sobre ella sus manos impuras, mientras tuviese pendiente de su cuello el amuleto de Salomon, perderia su cuerpo y su alma?

Florinda, por vengarse, queria buscar al rey; embriagarle con sus amores; ser su manceba; ser, en fin, para él un doble tósigo para su cuerpo y para su alma: el cuerpo ensangrentado: el alma condenada.

—Yo amo al rey, dijo con voz lánguida Florinda.

—¿Y así olvidas tus promesas, mi amor, mi vida?

—Ama á otra hermosura.

—¡Ah Florinda! ¡Florinda! ¡tú estás loca!

—¡No, no! ¡recuerda bien! ¡esta noche!...

—¡Ah! ¡esta noche!...

—El rey vino á mi castillo.

—Es verdad.

—El rey pretendió que yo le sirviese la copa.

—Es verdad.

—Tú quisiste oponerte á que yo quedase sola con el rey.

—Sí, sí, es verdad.

—Pues bien; yo habia llamado al rey.

—¡Tú!

—Sí, yo. Yo que le serví la copa de mis amores.

—¡Oh! ¡maldita seas tú, muger, que has herido de un solo golpe la honra del padre y el corazon del amante!

Y fuera de sí se volvió á la puerta de la torre, se arrojó contra ella y la golpeó con las manos.

La puerta se abrió y Belay se precipitó dentro.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Cuando salió empezaba á amanecer.

La frente de Belay se mostraba radiante de valor.

—¡Que la causa de su pérdida es Florinda! esclamó con acento profundo: ¡que su padre el conde don Julian será traidor, que los árabes vencerán á los godos, y que yo, yo, Belay, duque de Cantábria seré el primer rey de otro árbol de reyes! ¡Oh! ¡hagamos callar nuestro corazon; ahoguemos en él la voz de nuestro amor y de nuestros celos; la patria necesita nuestro brazo, y nuestro amor es todo entero de la patria!

El generoso mancebo se encaminó á Toledo.

En aquellos momentos, Florinda engalanada como una reina, y sonriendo de amor, entraba en la cámara de don Rodrigo, y se arrojaba entre sus brazos.

Kaib galopaba sobre un potro negro, atravesando la España para ir á llevar al gobernador de Tanja, al conde don Julian, la carta en que Florinda le avisaba de su deshonra.


El sol habia descendido y aparecido ocho veces desde que Kaib habia partido con la carta.

Habia llegado al monte Calpe, á la ribera del estrecho de Alzacac, y habia entrado en una nave de mercaderes para trasladarse á Tanja.

Muy pronto la nave se acercó á las riberas de Africa.

Al lejos, Kaib inmóvil y de pié sobre la proa, vió en el horizonte de un mar abrillantado por los rayos del sol, una ciudad agarena, cuyos altos minaretes parecian desafiar á las tempestades.

Aquella ciudad era Tanja.

Fuera de los muros, junto á la espuma de las aguas, se veian levantadas algunas tiendas: multitud de árabes á caballo armados de lanzas, caracoleaban al rededor de las tiendas, ejercitándose en sus armas, como soldados que se disponen á una empresa cercana.

Mas próxima al mar que las otras, habia una tienda, sobre la cual ondeaba un pendon de seda roja y verde; á la puerta de esta tienda dos hombres paseaban amigablemente y miraban al mar, en cuyo lejano horizonte aparecia un punto negro.

Aquel punto negro era la nave que conducia á Kaib.

La edad de los hombres que paseaban delante de la tienda, parecia ser la de cincuenta años. Los dos mostraban en su semblante el sello de dominio que la costumbre del mando imprime en los caudillos.

El uno llevaba el capacete de oro y la clámide de púrpura de los nobles godos; su semblante pálido y triste parecia reflejar el presentimiento de una gran desgracia, y su paso era lento, grave y magestuoso.

El otro hombre que con él paseaba, era un árabe hijo de Damasco, cuya frente atezada, estaba cubierta por una toca roja y verde: causaba terror la mirada incontrastable, salvaje, cruel, de sus ojos negros como el ébano; vestia un alquicel blanco, un caftan rojo, y una lóriga de guerra; en su ancha faja de Persia escondia un corvo puñal, y sujetaba una larga espada con empuñadura de hierro.

Este árabe era Muza-ebn-Nosir, vasallo del califa Walid y conquistador del Magreb, hasta la Mauritania Tingitana.

Muza y el conde don Julian hablaban de gravísimos asuntos.

—Inútil es cuanto te esfuerzes, emir, en convencerme á que haga traicion á mi rey, decia el conde. Por él tengo el gobierno de la Mauritania Tingitana, y la defenderé á todo poder contra tí y contra todos los que enviare el califa tu señor. No me pidas que te abra las puertas de mi patria, que no vengo de raza de traidores, ni hay oro bastante en el mundo para obligarme á ser traidor.

—Nobles y leales son tus palabras, conde, y leal y noble eres, y es por cierto grande lástima que tan buen caballero sirva á un rey tan tirano como don Rodrigo.

—El reino le castigará como á Witiza y pondrá otro rey en su lugar, dijo el conde, si necesario fuese: por lo mismo, si yo te he recibido de paz, es porque de paz has venido, y porque yo siempre tenderé mi mano á los prudentes y á los esforzados.

Muza no insistió al ver la firmeza del conde, pero no dejó de mirar con anhelo, y sin saber por qué causa, á la nave que conducia á Kaib.

Durante algun tiempo el godo y el árabe continuaron paseando y hablando de sus respectivas patrias, señalando y ponderando cada uno las escelencias de la suya, como si hubieran sido los amigos mas grandes del mundo.

Entre tanto la nave habia llegado á la ribera y de ella habia saltado en tierra Kaib, que al ver á su señor corrió hácia él.

Una palidez sombría cubrió las megillas de don Julian al ver la precipitacion con que se acercaba á él uno de sus esclavos que habia reconocido.

Kaib no tardó en arrojarse á los pies de su señor.

—¿Qué nuevas me traes? dijo alentando apenas el conde don Julian.

—Esta carta de tu hija te las revelará, señor, dijo Kaib sacando del seno el pergamino que le habia encomendado Florinda y entregándolo al conde don Julian.

Este rompió los sellos y leyó.

—¡Oh! ¿que es esto, Dios, poderoso Dios? dijo el conde dejando caer el pergamino apenas le hubo leido, y llevándose las manos á la cabeza como si hubiese temido que se le escapase.

Muza recogió el pergamino, pasó la vista por la escritura, y luego, sonriendo con un gozo cruel, leyó en voz alta el contenido.

Decia así:

«Padre: la cólera de Dios ha caido sobre nuestras cabezas.

»El destino se cumple y la muerte acecha.

»Nuestro hogar ha sido profanado.

»El infame rey don Rodrigo ha mancillado, valiéndose de malas artes, la pureza de tu hija.

»Tu Florinda está deshonrada y morirá de vergüenza.

»Padre: desnuda tu espada, desnúdala y venga á tu hija.»

Mientras el árabe leia, los ojos de Kaib se inyectaban de sangre.

Al fin esclamó con una voz semejante á un rugido y como si hubiese ignorado lo que contenia la carta.

—Mientes tú, perro infiel; es imposible que esa carta diga lo que tú supones que dice.

Al verse insultado el soberbio Muza de tal modo por un esclavo, una palidez de muerte cubrió su semblante y desnudó trasportado de cólera su puñal.

Kaib no tuvo tiempo de huir ni de defenderse; el árabe le habia herido de una puñalada.

Kaib cayó murmurando:

—Estaba escrito.

Y espiró.

—¡Oh! ¿que es esto? dijo don Julian volviendo en sí.

—Esto es, dijo Muza mostrándole la carta, tu hija deshonrada y tu esclavo muerto.

El conde don Julian arrebató el pergamino á Muza y se alejó frenético.

El emir entró en su tienda murmurando.

—Lo que no han hecho la ambicion ni el oro, lo hace la venganza, Gecira-Alandalus será esclava del Islam.


Pocos dias despues el conde don Julian decia á Muza en un aposento de su palacio de Tanja:

—¡Emir de Africa! ¡caudillo del poderoso Walid, reune tus soldados! yo te abro las puertas de Tanja; yo te doy los galeones de los godos! ¡emir del poderoso Walid! ¡pisa las playas de España! ¡adelante, al galope de los caballos de tus feroces árabes! ¡yo voy contigo! ¡yo que voy por la cabeza de don Rodrigo!

Muza sonrió de una manera horrible y esclamó:

—¡Estaba escrito! ¡lo que no pudo hacer la ambicion lo hace la venganza!


Algunos dias despues un ejército árabe pasaba en cien galeones el estrecho y pisaba las playas de la Bética.

Antes el walí Tarik-ebn-Zyad, con una caballería escogida, habia pasado en cuatro grandes barcos de Tanja á Sebta y de Sebta á Andalucía con éxito venturoso.

Tarik habia devastado algunas comarcas de la Bética y habia avisado á Muza de que podia pasar con su ejército.

Cuando el príncipe godo Tadmir[54] supo esta invasion: escribió á don Rodrigo la carta siguiente:

«Señor: aquí han llegado gentes enemigas de la parte de Africa, yo no sé si del cielo ó de la tierra; yo me hallé acometido de ellos de improviso, resistí con todas mis fuerzas para defender la entrada, pero me fué forzoso ceder á la muchedumbre y al ímpetu suyo: ahora, á mi pesar, acampan en nuestra tierra. Ruégote, señor, pues tanto te cumple, que vengas á socorrernos con la mayor diligencia y con cuanta gente se pueda allegar; ven tú, señor, en persona, que será lo mejor.»


El espanto cundió entre los godos, y el rey don Rodrigo se levantó aterrado de entre los brazos de Florinda, donde le sorprendió la noticia.

El sangriento vaticinio de la horrible torre empezaba á cumplirse.

La corona de los godos y la cabeza de don Rodrigo estaban amenazadas.

Don Oppas veia con placer acercarse el dia en que fuese derrocado el enemigo de Witiza.

Los hijos de aquel rey gozaban ya con su venganza.

Florinda miraba ya próximo el momento en que el infame tirano caeria ensangrentado á los pies del conde don Julian.

Don Rodrigo, reuniendo cuantas gentes pudo, partió para la Bética y llegó con un innumerable ejército á Sidonia.

Tarik, la valiente espada del Islam, le salió al encuentro.

El trono de los godos cayó por tierra en la batalla de Wad-al-Lette[55].

Don Rodrigo cayó muerto á manos de Tarik.

El traidor don Julian cayó tambien horrorizado de haber vendido á su patria por lavar su honor.

Pero Florinda estaba vengada.

Los árabes, por haber sido ella la causa de la pérdida de un reino, la llamaron la Kaba[56].

Los árabes siguieron adelante en su triunfo, y la bandera del Islam tremoló sobre Toledo.

Solo quedaron algunos godos reunidos por Belay en las montañas de Asturias, sin rendir homenaje á los vencedores.


Las gentes de Damasco vinieron á buscar la tierra fértil de Gecira-Alandalus, y se dirigieron á la Bética, y en ella buscaron á Iliberis.

Porque así estaba escrito.

Y quiso Dios que cuando asomaron, viniendo de la parte de las marinas por la cumbre de un monte, á cuyo pie tiempo adelante se levantó la villa de Al-Padul, voló el arcángel de la vida y de la alegría con sus alas de oro y su flotante túnica celeste recamada de estrellas, sobre la tierra árida y seca de Iliberis y disipó los vapores que la cubrian, y dijo con una voz dulce y sonora como el murmurio de las auras entre las flores.

«Vuelve á ser lo que eras, tierra maldita, antes de la impiedad de tus antiguos moradores.

»Cúbrete de praderas y de fuentes, de bosques y de sotos.

Alégrate animal viviente y ave voladora.

Y cúbranse tus sierras de nieve.

Y tus montes de verdura.

Y muéstrate riente y engalanada bajo tu cielo azul.

Porque Dios te bendice para que seas el paraiso de su pueblo.

Pero quede en tí la señal de su maldicion, como recuerdo de una historia pasada.

Y que la parda sierra donde es Iliberis, no produzca ni yerba ni fruto.

Ni de asilo sirva á ave ni á fiera, sino á inmundo reptil y á vívora ponzoñosa.»

Y dicho esto, el ángel batió su ligera y dorada pluma.

Y se deshizo en lluvia de flores y aromas.

Y se alegró el cielo y regocijóse la tierra.

Brotaron las fuentes de las alturas y corrieron los rios.

Y columpiáronse las auras en las verdes frondas de las arboledas.

Y cantaron los pájaros.

Y balaron las ovejas en los altozanos.

Pero allá en el confin opuesto á Geb-el-Solair quedó la sierra de Iliberis infecunda y triste, despoblada de gentes y de animales y desnudas de verdor sus ásperas crestas, entre cuyas grietas asomaba su amarillenta luz el fuego de los volcanes.

Y cuando los de Damasco llegaron á la cumbre del alto del Padul, se creyeron trasladados á un jardin de delicias.

Y fijaron sus ojos asombrados en el monte de la Alcazaba, y en la Colina Roja y en la villa de los judíos.

Y al ver los castillos sobre los montes, al pié de otros montes mas altos.

Y la corona de nieve de la sierra.

Y la estendida alfombra de verdura de la vega, esclamaron:

—¡Allah Kuakbar[57] este es el Jardin-de-Delicias.

Y la ciudad de los castillos sobre los montes Al-Garb-Nat[58].

Y llamaron desde entonces á la Alcazaba, y á la Colina, y á la villa, Garbnat.

Y las ocuparon y edificaron en ellas sobre las ruinas romanas torres y muros y una aljama á Dios dentro de los muros y defendida por las torres.

Y llamaron al monte de Iliberis Gebel-Elveira,[59] á causa de su esterilidad.

Y llamaron al castillo antiguo que encontraron Hins-al-Roman[60].

Y construyeron frente á él, al otro lado de la fortaleza, otro que se llama hoy alcazaba Cadima.

Y labraron esta alcazaba el año 148 de la Egira, en tiempos de Ased-ebn-Abd-el-Rajman-el-Schevaní, primer walí de Granada.

Nadab, á la llegada de aquellas gentes estrangeras, escondió mas á Yémina, trasladándola á una escabacion abierta en la cisterna de la Colina Roja, receloso de aquellas tribus de oriente que con las lanzas teñidas aun en la sangre de los godos, avanzaban á la carrera de sus caballos de Africa, en direccion á las montañas.

Y Ased-el-Schevaní era un sirio feroz, que, mancebo aun, habia venido con el caudillo Ocba-ebn-Nafe-el-Farih, sobre las tierras del Magreb, y habia ensangrentado su caballo hasta las cinchas en sangre berberisca treinta y cinco años antes de la conquista de España por los árabes.

Y así es que, al tiempo en que los de Damasco allegaron á las tierras de Granada, las nieblas del invierno y el sol del estío habian pasado ochenta veces sobre su cabeza.

Y era su barba blanca y su tez roja.

Y mostraba gran cuerpo y fuerza á pesar de sus muchos años.

Y era respetado por sabio y por valiente entre los mas doctos y esforzados de su tribu.

Nunca habia tenido mugeres, ni habia amado.

Ased-el-Schevaní decia que el amor era una enfermedad del espíritu, y la muger el demonio tentador que Allah ha arrojado sobre el camino del hombre para hacerle débil y apartarle de toda fuerza y merecimiento.

Pero como el amor es ley invencible, yugo inevitable, luz del cielo sin la cual el hombre seria una fiera, y la muger la antorcha de oro y perlas donde ha puesto Dios el resplandor de su hermosura, estaba escrito que Ased-el-Schevaní habia de arder alguna vez en su fuego.

Y ardió; pero de una manera voraz, insensata.

Hasta el punto de consumir en aquel fuego su corazon, y bajar á la tumba débil, desesperado y loco.

Y sucedió así.

Sobre la cumbre del monte fronterizo á la Colina Roja, los de Damasco, huyendo de la esterilidad de Elvira, buscando aires puros y aguas saludables, tierra fértil y pabellones de verdura; habian levantado la torre que hoy se vé ruinosa cerca de la plaza de Bib-al-Bonut, mirando al cerro donde mas tarde se levantó la torre del Aceituno[61].

En aquella torre, labrada por cautivos cristianos, moraba el walí de Granada, y desde ella veia, durante el dia, levantarse lentamente las fuertes murallas de la Alcazaba Cadima y vigilaba las Torres-Bermejas, y se dejaba caer desde ella sobre los enemigos de su tierra, que en medio de las disensiones que habian empezado á arder entre los hijos del Islam, apenas conquistada España, corrian sus fronteras en algaras devastadoras, y pretendian encender la guerra civil, que mas tarde debia arrancar la España del dominio de los califas de oriente.

Velaba una noche Ased-el-Schevaní.

Apoyado en las almenas de su fuerte morada, contemplaba al lejos la altísima sierra ostentando su cándido velo de nieve á los rayos de la luna, y la Vega, dormida bajo el dulce reflejo, y silencioso todo en torno como si el genio del sueño hubiera batido sus blancas alas sobre Granada.

Recordaba Ased-el-Schevaní el apacible cielo de la Siria, sus fértiles campos; la luna, alumbrando blandamente las cúpulas y los almenares de la soberbia Jerusalem, su patria; suspiraba en su orgullo de guerrero porque no veia ante sí otras torres y otros muros semejantes en que la luna quebrase sus rayos, y el viento sus alas, y la sombra su manto de oscuridad.

Y parecióle cuando esto pensaba que en la cumbre de la Colina Roja se levantaba tromba de niebla, y que la niebla se condensaba y tomaba formas de muros y torres, que mostraban tras sus ajimeces luces y sombras, regocijo de zambra y ecos de armonía.

Creyó ver ginetear al rededor de aquel castillo, sobre la pelada vertiente de la colina hasta el lecho del rio, multitud de caballeros que parecian vagar en los aires como sombras, y esconderse en oscuras grietas como reptiles; parecióle que una aureola de luz coronaba aquel alcázar de los sueños, y de las hadas, y de los encantados, y llamó á su katib[62], que dormia en su aposento sobre una piel de camello.

—¿No ves Aruhm, le dijo, una corona de perlas y rubíes sobre la cabeza de aquel monte? parece que un manto de oro y resplandores se ha estendido sobre él, y que las hadas del quinto cielo han descendido á la tierra en una fiesta del Edem.

El viejo Aruhm se frotó los ojos y nada vió.

Porque estaba escrito que solo los señores de Granada alcanzarian á ver con sus ojos de hombre el Palacio-de-Rubíes.

—Yo nada veo, señor, contestó el katib; sino las ruinas del templo romano y una opaca luz que brilla entre sus pórticos destrozados.

Y así era la verdad: velando entre las ruinas, el sabio Nadab pronunciaba el conjuro que hacia ver á Ased-el-Schevaní aquellas maravillas.

Porque Nadab necesitaba atraer á la Colina Roja y á la cisterna donde estaba escondida Yémina á Ased-el-Schevaní.

Este comprendió al fin que en la vision perenne ante sus ojos se encerraba un misterio; despidió ágriamente á Aruhm, y tomando su alquicel, su arco y su aljaba, salió con recato de la torre, bajó el repecho de la Alcazaba, atravesó el rio sobre un puente romano, y empezó á trepar por la vertiente de la Colina Roja.

Cuando salió del bosque que la rodeaba y miró á su cumbre, nada vió: la Colina solitaria solo mostraba las ruinas, la torre y los anchos brocales de la cisterna.

Pero Ased-el-Schevaní andaba impulsado por el destino, y avanzó hasta la cumbre; parecióle escuchar un dulce y perdido canto de muger en las profundidades de la cisterna, y cuando puso el pié sobre el brocal mas inmediato, sintió sobre su cabeza un ruido sordo y ténue, semejante al que produce una tienda de seda que se despliega; brilló en sus ojos un resplandor vivísimo; alhagó sus oidos una música armoniosa sobre todas las armonías, aspiró un ambiente saturado de perfumes, y lánguidas y frescas brisas agitaron su barba y el flotante estremo de su toca.

El invisible Palacio-de-Rubíes se habia levantado en torno suyo con todo su esplendor oriental, pero mas bello, mas delicado, mas rico, que cuantos alcázares habia visto hasta entonces el Schevaní.

Aquel maravilloso palacio parecia ser una profecía de lo que con el tiempo serian los alcázares de la Alhambra, y el walí contemplaba absorto sus jardines, sus galerías, sus retretes, con todas sus galas, sus labores de oro, sus leyendas de amor y su voluptuosidad, y escuchaba con delicia sus blandos é incitantes rumores, que parecian emanar de huríes invisibles.

Ased-el-Schevaní, absorto de admiracion, avanzó por aquellos encantados ámbitos precedido de hermosas mugeres que bailaban la zambra al son de guzlas de marfil, y rodeado de silenciosos esclavos y seguido de feroces guerreros.

—¡Oh señor Allah! esclamó Ased-el-Schevaní: ¿qué alcázar de luz es este que guarda tantas maravillas, sino es el jardin de Hiram que ve en sueños el justo cuando atraviesa el desierto en su peregrinacion á la santa ciudad?[63] Yo le he visto una vez, señor, y no era tan fresco, ni tan sonoro como este, ni eran sus flores tan bellas, ni sus aguas tan claras, ni sus retretes tan magníficos. ¡Oh, señor Allah! ¿Qué quieres de tu siervo el Schevaní?

Calló el anciano porque cerca de él, á través de un arco primorosamente calado, escuchó unas voces juveniles que le nombraban departiendo alegremente.

—Sí, hermanas mias, decia una de ellas, Ased-el-Schevaní es un leopardo de Africa que siempre ha resistido á los alhagos del amor.

—Pero no resistirá á los encantos de la hermosura de Yémina, repuso otra de ellas.

—Ni á los filtros de su padre Nadab, añadió una tercera.

—Ni á las locuras de su ambicion, dijo otra.

—Os engañais, repuso la primera que habia hablado, escuchándonos está y no llega, porque aborrece á la muger.

—Por la muger enloquecerá.

—No.

—Sí.

Y aquellas mugeres, que con voz tan incitante hablaban, aparecieron de repente ante el Schevaní.

Plegó el árabe su poblado y cano entrecejo al ver ante sí una turba de muchachas de ojos negros, vestidas de blanco y coronadas de flores, que le sonreian y le provocaban bailando voluptuosamente en torno suyo, y envolviéndole en deleites que nunca habia sentido.

Pero en vano quiso luchar; dominóle tanta fascinacion, y cayó desvanecido sobre un divan.

—¡Guala![64] dijo vencido enteramente estendiéndose con molicie sobre el divan: ¡guala! he sido un necio en dejar correr mi vida sin buscar el amor.

Y cayó en un sueño dulce, ardiente y lleno de encantos, de alegría y de felicidad.

Cuando despertó, miró en torno suyo y se creyó encerrado en una prision; era el ambiente húmedo, los muros tristes, profundas las grietas donde arraigaban plantas parásitas, y sobre altos pilares romanos, en la cóncava y oscura bóveda, á través de la cual, contínuas infiltraciones dejaban caer sobre el pavimento, anchas gotas de agua, que producian un ruido monótono y solemne sobre los turbios charcos corrompidos, en cuyo fondo se revolvian reptiles acuáticos; en la oscura bóveda, repetimos, parecian vagar fantasmas sombríos.

Sintió por la primera vez el feroz Ased-el-Schevaní pavor en el corazon; sus dientes se entrechocaron de frio, y sintió comprimida su alma por una angustia desconocida para él.

—¡Por Allah, dijo estremeciéndose, que mis enemigos se han valido de malas artes para encantarme y estoy en poder de Eblís!

—No, dijo una voz dulcísima resonando en la oscuridad: no; sino en poder del amor.

—¡Amor! esclamó el wali con desden, y ¿qué es el amor para mí, espada del Islam, que hé vencido al desierto su espalda de arenales y hecho mis abluciones con sangre de enemigos?

—¡Recuerda! dijo otra voz.

El árabe tembló: por primera vez sentia el remordimiento delante de un recuerdo terrible.

—Aun brota sangre la tumba de la desdichada hija del conde don Julian, repitió la voz.

El árabe irguió la cabeza.

—¡Era una vil ramera! gritó.

Entonces, y contestando al Schevaní, la voz cantó:

»Tres veces el sol ha trasmontado los horizontes de Gecira-Alandalus entre nubes rojas.

Tres veces vapor de sangre ha enrojecido mas a aquellas nubes.

Y el sol ha dorado tres veces las bravías frentes del árabe y del godo, cuyos brazos no han cesado de herir.

¿Qué ginete es aquel que se envuelve en la pelea?

Su caftan está ensangrentado y rompe entre los enemigos hiriendo en ellos con el asta de una bandera del Islam.

¡Avanza, Ased-el-Schevaní! ¡tus feroces siros te siguen!

¡Aprieta el hierro en tu mano, y desgarra los hijares de tu corcel!

¡Los árabes cejan, y la victoria empieza á batir sus alas sobre los godos!

¡Aprieta el hierro en tu mano, Schevaní!

¡Que los godos de vencedores se conviertan en vencidos!

¡Que no quede uno!

¡He allí á Tarik! ¡á Tarik el valiente, el del caballo negro y la sangrienta espada!

¡Tarik, el genio del combate!

¡Adelante, muslimes! ¡adelante!

Tarik ha enrojecido su espada en la sangre de don Rodrigo.

Del último rey de los godos.

El valiente Orelia ha huido asombrado con la muerte de su real ginete.

¡Un esfuerzo mas!

¡Los godos huyen!

El implacable Wad-al-Lette les cierra el paso ó los ahoga en sus ondas.

¡Un esfuerzo mas! ¡Gecira-Alandalus, es esclava del Islam!

Tarik el invencible, ha hollado la púrpura de los godos.

A sus pies, sobre una alfombra de cadáveres, revuelve tos ojos espirantes el infortunado don Rodrigo.

¡Enviad su cabeza al califa!

Una cabeza de rey es el mejor presente que puede enviarle un muslim.

¡Cortadla!

¿Por qué tú, Tarik, tan valiente y tan fiero, no cercenas la cabeza de tu enemigo?

Tú no eres verdugo.

Pero hé allí á Ased-el-Schevaní.

Ased-el-Schevaní; el leopardo de oriente insaciable de sangre.

El hombre cuya amada es la muerte y cuyo mejor alcázar es el campo de la pelea.

¡Hélo que llega!

¡Oh! el yatagan de Ased-el-Schevaní, se ha teñido en la sangre del moribundo don Rodrigo, y su siniestra mano muestra entre un círculo de guerreros horrorizados, la cabeza de un rey sin fortuna.

¡Paso al verdugo!

¡Paso á Ased-el-Schevaní!»

Y la voz que así cantaba, lanzó una estridente carcajada.

Y á impulsos del terror, la carne del walí se despegó de sus huesos.

Y la voz siguió su canto.

—«La luna brilla.

La tienda del árabe se eleva en la llanura.

Allá en los altos duerme una ciudad.

¡Corona de un imperio poderoso! ¡córte de cien reyes! ¡Tolaitola![65].

¡Cómo alzas tus robustas torres en medio de las brumas de las sombras y de las nieblas del Tajo!

Pero tu puerta de Zocodover se abre.

Una muger sale por ella, desciende al llano y llega á la tienda del árabe.

Es hermosa, pero está pálida y triste como una flor cortada de su tallo.

Con ella va su desventura.

Es Florinda, la infeliz hija del conde don Julian.

La Kaba de los árabes.

Su túnica está rasgada y cubierta de lodo.

Sus rubios cabellos destrenzados, flotan en torno de su semblante, en que aparece la terrible espresion de su locura.

Muchos dolores han pasado por ella.

Ha visto morir á su padre y á los suyos.

Está sola, sola en el mundo.

Sola con su deshonra y su desventura.

Y las mugeres árabes la siguen, arrojándola lodo y gritando:

¡Esa es la Kaba!

Una mano amiga ha abierto para ella las puertas de la ciudad.

Y la desventurada corre por el campo.

Corre y la luna alumbra su pálido semblante y los ecos nocturnos repiten sus insensatas carcajadas.

¡Ay de la gacela que huye!

El leopardo acecha.

Acecha sediento de sangre, y se estremece de placer al sentir los pasos de una nueva víctima que se acerca.

El tapiz de la tienda se abre.

Y Ased-el-Schevaní fija su sombría mirada en Florinda.

Y el hombre de hierro se estremece.

Porque aquella muger es muy hermosa, y su túnica descuidada, muestra su incitante desnudez.

¡Acuérdate, Ased-el-Schevaní!»

Cesó por un momento la voz que cantaba, como para dar tiempo á Ased-el-Schevaní de recoger sus recuerdos, y acreció su temblor y un sudor frio corrió á lo largo de su cuerpo, y fantasmas vengadoras tomaron formas para él en el oscuro fondo de la cisterna.

Recordó una noche de luna, en que, volviendo de Damasco con la cabeza del rey don Rodrigo canforada, dentro de una caja de sándalo, se detuvo á poca distancia de Toledo, para entrar en él ostentando clavado en el hierro de su lanza, el hediendo y miserable despojo.

La luna brillaba.

Los árabes que acompañaban al Schevaní dormian junto á sus caballos.

Y él velaba.

Medió la noche y una sombra blanca y vaga adelantó entre las brumas, se acercó vacilante, y entró en la tienda del walí.

A la luz de la lámpara que la alumbraba, Ased-el-Schevaní vió una muger hermosísima, pálida é inmóvil delante de él.

Sus hombros y su seno, deslumbrantes de blancura, estaban desnudos, suelto el cabello de oro, y al rededor de su cuello se veia un collar de diamantes del cual pendia un amuleto.

Aquel amuleto era una manecita de ébano engastada en oro.

Era la mano mágica, símbolo del Islam, que pendia de la esmeralda cabalística de Salomon.

—Yo soy Florinda, dijo la hermosa acercándose al walí y mirándole con los ojos vagos y estraviados, yo soy un arcángel del sétimo cielo, castigado por Allah y convertido en muger.

La infeliz estaba en uno de sus momentos de locura.

—Mira: yo soy muy hermosa, dijo al Schevaní: por mí un pueblo ha venido sobre otro pueblo, y han corrido rios de sangre; por mí el pueblo de Ismael es señor de los godos de occidente, y ese pueblo me insulta porque dice que soy ramera.

—Y mienten, añadió Florinda, asiéndose estremecida á los hombros del Schevaní, mienten: yo soy vírgen, y mis hermanos los arcángeles vienen á acompañarme en mis sueños; pero mis piés están heridos por los abrojos y mi túnica desgarrada, y tengo hambre y frio.

Y la infeliz temblaba: una palidez mortal cubria con un velo terrible su semblante.

Y Ased-el-Schevaní no tuvo compasion de ella.

—¡Ah! la dijo: ¡tú eres Florinda! ¡la manceba de don Rodrigo!

Su horrible boca dejó ver en una feroz sonrisa sus blancos y agudos dientes de tigre.

—En verdad que es muy hermosa esta muchacha, murmuró sintiendo por primera vez un deseo amoroso. ¡Está loca! ¡la noche es solitaria! ¡mis guerreros duermen! ¡nadie podrá arrojarme á la cara una debilidad! ¡y luego!...