When my love swears that she is made of truth,

hasta los «trenos», imitados de los himnos latinos cristianos:

Beauty truth and varity
grace in and simplicity
here enclosed in cinders lie.

Y Moreas, siguiendo las huellas de Lafontaine, ya aumentando o cortando a la moderna el número de sílabas, ha logrado hacer de sus poemas, con una técnica delicada y fina, maravillas de harmonía; que por supuesto, no han dejado de producir escándalo en la crítica oficial.

La aparición del «Pelerin» fué saludada con un gran banquete que presidió Mallarmé y que fué un resonante triunfo. Fué la exaltación de la obra del joven luchador, que en aquellos instantes representaba el más bello de los sacerdocios; el del Arte. Eran ya conocidas esas creaciones y amables resurrecciones que atraviesan por la senda del Peregrino. Enone, la del claro rostro, que arrastra en el poema un rico manto constelado de rimas como piedras preciosas, en una gradería de estrofas de pórfido, y del más blanco pentélico, el caballero Joë, meditabundo, que en revista mental, mira el coro de beldades que guarda en su memoria, entre las cuales: Madame Emelos, la castellana de Hiverdum que se llamaba Bertranda, y Sancha que engañó al amante con tres capitanes. Doulce, a su vez, es una princesa de cuento azul.

En el «Pelerin» es donde florece de orgullo el laurel heleno-galo. Sin temor a la edad contemporánea, se proclama Moreas tal como se juzga. Alaba el arte que inventa. Mantenedor del renombre griego, de la tradición latina, no vacila en llevar consigo, junto a la lira de Pindaro, la lanza de Aquiles; y no hay sino inclinarse ante el orgullo de sus carteles y el esplendor de sus trofeos. Sus alegorías pastorales son un escogido ramillete eclógico, con más de una perla que no sería indigna del joyero de la Antología. Y para concluir: si escuchamos un clamor de trompas, y percibimos una bandera agitada por un fuerte brazo, es que la campaña Romanista ha sido empezada. ¡A otros las nieblas hiperbóreas y los dioses de los bárbaros! El jefe que llega es nuestro bravo caballero; la diosa de azules ojos que le cubre con su égida es Minerva: la misma que protegerá al editor Vanier,—según sus editados,—y le hará ganar tanto dinero como Lemerre; y el abanderado, que viene cerca del jefe, henchido de entusiasmo, es el caballero Mauricio Du Plessis, lugarteniente de la falange, y cuyo «Primer libro pastoral» es su mejor hoja de servicios.

Moreas confía en su completa victoria. Nuevo Ronsard, tiene por Casandra una beldad galo-greca. Y él confía en que gracias a sus ritos

Sur de nouvelles fleurs, les abeilles de Grèce
Butineront un miel français.

Y con Racine exclama:

Je me suis applaudi, quand je me suis connu...

Así vive en París, indiferente a todo, desdeñando escribir en los diarios, enemigo del reportaje; en una existencia independiente, gracias a su familia «reconciliada ya con las rimas», como dice Mendés; ignorando que existen Monsieur Carnot, el sistema parlamentario y el socialismo. No ha parido hembra humana un poeta más poeta...

Rachilde

RACHILDE

Tous ceux qui aiment le rare, l’examinent
avec inquiétude.
Maurice Barrès.

TRATO de una mujer extraña y escabrosa, de un espíritu único esfíngicamente solitario en este tiempo finisecular; de un «caso» curiosísimo y turbador, de la escritora que ha publicado todas sus obras con este pseudónimo, Rachilde; satánica flor de decadencia picantemente perfumada, misteriosa y hechicera y mala como un pecado.

Hace algunos años publicóse en Bélgica una novela que llamó la atención grandemente y que según se dijo había sido condenada por la justicia. No se trataba de uno de esos libros hipománicos que hicieron célebre al editor Kistemaekers, en los buenos tiempos del naturalismo; tampoco de esas cajas de bombones afrodisíacos a lo Mendés, llenas de cintas, aromas y flores de tocador. Se trataba de un libro de demonómana, de un libro impregnado de una desconocida u olvidada lujuria, libro cuyo fondo no había sospechado en los manuales de los confesores: una obra complicada y refinada, triple e insigne esencia de perversidad. Libro sin antecedentes, pues a su lado arden completamente aparte, los carbones encendidos y sangrientos del «divino marqués», y forman grupo separado las colecciones prisioneras y ocultas en el «inferi» de las bibliotecas. Este libro se titulaba «Monsieur Venus», el más conocido de una serie en que desfilan las creaciones más raras y equívocas de un cerebro malignamente femenino y peregrinamente infame.

Y era una mujer el autor de aquel libro, una dulce y adorable virgen, de diecinueve años, que apareció a los ojos de Jean Lorrain, que fué a visitarla, como un sér extraño y pálido, «pero de una palidez de colegiala estudiosa, una verdadera «jeune fille», un poco delgada, un poco débil, de manos inquietantes de pequeñez, de perfil grave de efebo griego, o de joven francés enamorado... y ojos—¡oh los ojos!—grandes, grandes, cargados de pestañas inverosímiles, y de una claridad de agua, ojos que ignoran todo, a punto de creer que Rachilde no ve con esos ojos, sino que tiene otros detrás de la cabeza para buscar y descubrir los pimientos rabiosos con que realza sus obras.»

Esa mujer, esa colegiala virginal, esa niña era la sembradora de mandrágoras, la cultivadora de venenosas orquídeas, la juglaresa decadente, amansadora de víboras y encantadora de cantáridas, la escritora ante cuyos libros, tiempos más tarde, se asombrarán, como en una increíble alucinación, los buscadores de documentos que escriban la historia moral de nuestro siglo. Los pintores potentes, dice Barbey d’Aurevilly, pueden pintarlo todo, y su pintura es siempre bastante moral cuando es trágica y da el horror de las cosas que manifiesta. No hay de inmoral sino los «Impasibles» y los «Mofadores.»

Rachilde no es impasible ¡qué iba a serlo ese crujiente cordaje de nervios agitados por una continua y contagiosa vibración!—ni es mofadora,—no cabe ninguna risa en esas profundidades obscuras del Pecado, ni ante las lamentables deformaciones y casos de teratolología psíquica que nos presenta la primera inmoralista de todas las épocas.

Imaginaos el dulce y puro sueño de una virgen, lleno de blandura, de delicadeza, de suavidad, una fiesta eucarística, una pascua de lirios y de cisnes. Entonces un diablo,—Behemot quizá,—el mismo de Tamar, el mismo de Halagabal, el mismo de las posesas de Lodun, el mismo de Sade, el mismo de las misas negras, aparece. Y en aquel sueño casto y blanco hace brotar la roja flora de las aberraciones sexuales, los extractos y aromas que atraen a incubos y sucubos, las visiones locas de incógnitos y desoladores vicios, los besos ponzoñosos y embrujados, el crepúsculo misterioso en que se juntan y confunden el amor, el dolor y la muerte.

La virgen tentada o poseída por el Maligno, escribe las visiones de sus sueños. De ahí esos libros que deberían leer tan solamente los sacerdotes, los médicos y los psicólogos.

Maurice Barrès coloca «Monsieur Venus», por ejemplo, al lado de «Adolphe», de «Mlle. de Maupin», de «Crime d’Amour», obras en que se han estudiado algunos fenómenos raros de la sensibilidad amorosa. Mas Rachilde no tiene, bien mirado, antecesores,—a no ser la «Justina»,—o ciertos libros antiguos cuyos nombres apenas osan escribir los bibliófilos del amor, o del Líbido, como el Inglés que anima D’Annunzio en su «Piacere.» Apenas podrían citarse a propósito de las obras de Rachilde, pero colocándolas bastante lejanamente, algunas pequeñas novelas de Balzac, la «Religiosa» de Diderot, y en lo contemporáneo, «Zo Har» de Mendés. Un compañero tiene, sin embargo, Rachilde, pero es un pintor, un aguafuertista, no un escritor: Felicien Rops. Los que conozcan la obra secreta de Rops, tan bien estudiada por Huysmans, verán que es justa la afirmación.

El mayor de los atractivos que tienen las obras de Rachilde, está basado en la curiosidad patológica del lector, en que se ve la parte autobiográfica, en que se presenta al que observa, sin velos ni ambajes, el alma de una mujer, de una joven finisecular con todas las complicaciones que el «mal del siglo» ha puesto en ella. Barrès se pregunta: ¿Por qué misterio Rachilde ha alzado delante de sí a Rauole de Vénerande y Jacques Silvert? ¿Cómo de esta niña de sana educación han salido esas creaciones equívocas? Es en verdad el problema atrayente y curioso. No hay sino pensar en lejanas influencias, en la fuerza de ondas atávicas que han puesto en este delicado sér la perversidad de muchas generaciones; en el despertamiento, descubrimiento o invención de pecados antiguos, completamente olvidados y borrados del haz de la tierra por las aguas y los fuegos de los cielos castigadores.

Exponiendo los títulos de sus obras, puede entreverse algo de las infernales pedrerías de la anticristesa: «Monsieur de la Nouveauté», «La femme du 199^o», «Monsieur Venus», «Gueue de poisson», «Histoires bêtes», «Nonó», «La virginité de Diane», «La voise du sang», «A mort», «La Marquese de Sade», «Le tiroir de Mimi-Corail», «Madame Adonis», «L’homme roux», «La sanglante ironie», «Le Mordu», «L’animale»: parece que se miraran nudos de brillantes y coloreados áspides, frutos bellos, rojos y venenosos, confituras enloquecedoras, ásperas pimientas, vedados genjibres. Entrar en detalles no podría, a menos que lo hiciese en latín, y quizás mejor en griego, pues en latín habría demasiada transparencia, y los misterios eleusíacos, no eran por cierto para ser expuestos a la luz del sol.

Los tipos de sus obras son todos excepcionales.

Su libro «Sangrienta ironía», por ejemplo, presenta, como todos los otros suyos, a un desequilibrado, un «détraqué.» Se trata de un joven que ha asesinado a su querida en un momento de alucinación. Prisionero, cuenta y explica por qué sucesión de causas ha llegado a cometer aquel acto. La figura de Sylvain d’Hauterac, el desequilibrado, es una de las mejores creaciones de Rachilde, pero la crítica le ha señalado como inverosímil. Ello no quita que la obra sea de una vida intensa, y de un análisis psicológico admirable.

Ha escrito un drama simbolista titulado «Madame la Mort.» La acción se circunscribe a una lucha desesperada del protagonista, entre la muerte y la vida. A propósito; ¡qué dibujo macabro el de Paul Gauguin; dibujo que simboliza a Madama la Muerte!

Un fantasma espectral en un fondo obscuro de tinieblas. Se advierte la anatomía de la figura; un gran cráneo; el espectro tiene una mano llevada a la frente, una mano larga, desproporcionada, delgada, de esqueleto; se miran claramente los huesos de las mandíbulas; los ojos están hundidos en las cuencas.

El artista visionario ha evocado las manifestaciones de ciertas pesadillas, en que se contemplan cadáveres ambulantes, que se acercan a la víctima, la tocan, la estrechan, y en el horrible sueño, se siente como si se apretase una carne de cera, y se respirase el conocido y espantoso olor de la cadaverina...

La novela «Monsieur Venus» es un producto incúbico. Jacques Silvert es el Sporus de la cruelmente apasionada cesarina; un Sporus vulgar de ojos de cordero; bestia, sonriente, pasivo. Raoule de Vénerande una especie de mademoiselle Des Esseints, se enamora de ese primor porcino; se enamora, aplicando a su manera el soneto de Shakespeare:

A womans’s face, with natures own
hand painted...

Raoule de Vénerande es de la familia de Nerón, y de aquel legendario y terrible Gilles de Laval, sire de Rayes, que murió en la hoguera; según él por causa de Suetonio. En cuanto al emasculado y detestable Jacques, ridículo Ganimedes de su amante vampirizada, es un curioso caso de clínica, cliente de Krafft-Ebing, de Molle, de Gley. La androginia del florista la explica Aristófanes en el banquete de Platón. Krafft-Ebing le colocaría entre los casos que llama de «eviratio, o transmutatio sexus paranoia.»

El Sar Peladán en su etopea ha abordado temas peligrosos, con su irremediable tendencia a idealizar el androginismo. Barbey también penetró en algunos obscuros problemas; mas ni el autor de las «Diabólicas», ni el Mago y caballero Rosa Cruz, han logrado como Rachilde poseer el secreto de la Serpiente. Ella dice a nuestros oídos:

...des mots si specieux tout has
que notre âme depuis ce temps tremble et s’tonne.

Una mujer, una joven delicada, intelectual, cerebral, os descubre los secretos terribles: he ahí el mayor de los halagos, el más tentador de los llamamientos. Y advertid que penetramos en un terreno dificilísimo y desconocido, antinatural, prohibido, peligroso.

Hay un retrato de Rachilde, a los veinticinco años. De perfil; desnudo el cuello, hasta el nacimiento del seno; el cabello enrollado hacia la nuca, como una negra culebra; sobre la frente, recortado, según la moda pasada, recortado y cubriendo toda la frente; la mirada, ¡qué mirada! mirada de ojos que dicen todo, y que saben todo; la nariz delicada y ligeramente judía; la boca... ¡oh boca compañera de los ojos! y en toda ella el enigma divino y terrible de la mujer: «Misterium.» Sobre el pecho blanco, prendido con descuido, hay un ramillete de botones de rosas blancas.

Sé de quien, estando en París, no quiso ser presentado a Rachilde, por no perder una ilusión más. Rachilde es hoy madame Alfred Vallette; ha engordado un poco; no es la subyugadora enigmática del retrato de veinticinco años, aquella adorable y temible ahijada de Lilith.

Casada con Alfred Vallette es hoy «mujer de su casa» mas no deja de producir hijos intelectuales. Hace novelas, cuentos, críticas.

Tiene Rachilde un vivo sentido crítico, descubre en la obra que analiza; las faces más ocultas, con su hábil y rápida perspicacia de mujer. En la revista que dirige Vallette, suele escribir ella ya un «compte rendu» teatral, ya una vibrante exposición de un libro nuevo; critica con la firmeza de una ilustración maciza, y con la admirable visión de su raro talento. Tiene palabras especiales que os descubren siempre algo ignorado y «sobre entendido» de una sutileza y malicia que inquietan.

Es profundamente artista. Oid este grito: «¡Oh, son necesarios, esos, los convencidos de nacimiento, para que se enmiende o reviente la Bestia Burguesa, cuya grasa rezumante concluye por untarnos a todos!

«Obra de odio y obra de amor deben unirse delante del enemigo maldito: la humanidad indiferente.»

Veamos algunas de sus ideas, al vuelo. «El verso libre—dice a propósito de un libro de su amiga María Krysinska—es un encantador «non sens», es un tartamudeo delicioso y barroco que conviene maravillosamente a las mujeres poetas, cuya pereza instintiva es a menudo sinónimo de genio. No veo ningún inconveniente en que una mujer lleve la versificación hasta su última licencia!»

En el prólogo de su teatro, hállase esta franca declaración: «Moi, je ne connais pas mon école, je n’ais pas d’esthétique.»

Según Charles Froment, en nuestra época no se tiene en absoluto la noción de lo bello. Rachilde escribe su «Vendeur de Soleil», pieza dramática que se ha presentado casi en toda Europa con éxito, para demostrar que los únicos que no han visto el sol son los románticos. ¿Y si buscando bien encontrásemos en la genealogía de Rachilde sangre romántica?... Ella, ciertamente, ha empezado conversando con «Joseph Delorme», y ha bebido en el mismo vaso que Baudelaire, el Baudelaire de las poesías condenadas: «Le Léthe», «Les metamorphoses du Vampirer», «Lesbos...» y que escribió un día en sus «Fusées»: «Moi, je dis: la volupté unique et suprème de l’amour git dans la certitude de faire le mal. Et l’homme et la femme savent, de naissance, que dans le mal se trouve toute volupté.»

En nuestros días, dice Rachilde, hay instigadores de ideas—como antes «moneurs de loups»—pues en nuestra época llamada moderna, mil veces más siniestra que la sangrienta Edad Media, son precisas apariciones mil veces más flagelantes; y esos «meneurs», conduciendo sus ideas carniceras a los asesinatos de las viejas teorías, de los viejos principios, abriendo locamente los ojos del espíritu, son también los precursores del Angel! ¡Bien locas las gentes que no comprenden que los tiempos están próximos, porque los azuzadores de ideas se suceden con una asombrosa rapidez sobre el sombrío horizonte!

Así, ¿no tengo razón en llamar a Rachilde madama la Anticristesa? Ella comprende, ella sabe, y ella es también un Signo. ¡Qué página escribiría el profético Bloy sobre las anunciaciones del Juicio!

¿Cómo dar una muestra de lo que escribe Rachilde, sin grave riesgo...? Felizmente encuentro una paginita magistral, inocente y hasta santa, que escribió con el título: «Imagen de Piedad.»

Es la que sigue:

«Era de aquellos que no conocen ni el reposo, ni las fiestas, el pobre buen hombre viejo. Llevaba al dueño de su pequeño cortijo, la entrega del mes de Agosto: el medio saco de trigo molido, tres pares de pollos, cuyos huesos sobresalían bajo las plumas erizadas, y un poco de manteca. Sus hijos, desembarazándose del servicio para ir a los oficios, le habían puesto la brida del asno en el puño, del viejo asno casi tan enfermo como él y; «Hue! Papá! Conduisez droit notre Martin...!»

En momentos en que él llegaba a la orilla, recibió en plena frente como un deslumbramiento, una visión del paraíso, y permaneció allí estúpidamente plantado, en una admiración respetuosa; el asno, reculó, afirmándose sobre sus jarretes: era la procesión que se desenvolvía, con sus grandes muselinas talares, sus banderas llenas de reflejos, sus cordones floridos, con sus ángeles, niños y niñas, «tout en neuf»; inflando sus mejillas bajo sus coronas de rosas. Después el sacerdote, vestido de un inmenso manto de oro, levantando al buen Dios, pálido, a través de una custodia de fuego...

Los jovencitos y las jovencitas se codearon y, querían reventar de risa; ciertamente, no se desarreglaría ese bello orden de cosas por un viejo hombre acompañado de un asno viejo. Y toda la procesión rozó a esos dos séres ridículos con el extremo de sus suntuosas vestiduras de reina.

El viejo tuvo conciencia de su indignidad, se puso le rodillas, se quitó su gran sombrero. El asno bajó las orejas lamentablemente, sus orejas demasiado largas, roídas de úlceras y cubiertas de moscas. De la alforja de la izquierda, las cabezas asustadas de los volatiles, salieron abriendo el pico, tendiendo la lengua puntiaguda, muertos de sed, pues hacía un calor espantable, un pleno sol que devoraba el piadoso grupo con sus dientes de brasa. El campesino se apoyaba en el animal y el animal en el campesino, sudando uno y otro, los flancos palpitantes, no osando ni uno ni otro mirar esas manificencias que caían del cielo con llamas. La procesión, con su paso lento, ceremonioso, de gran dama, se acercaba al próximo altar de Corpus; eso no concluía; siempre filas nuevas de mujeres endomingadas, nuevas filas de los señores notables; no volvería el viejo de su asombro de haber visto una tan enorme muchedumbre de cristianos bien puestos. En fin, llegó el momento en que pasaron los cojos, los enfermos, las madres llevando los niños de pecho, los mal vestidos, la vergüenza de la parroquia: «Menoux», el de las muletas, que tomaba rapé cada diez pasos: Ragotte, la bociosa, que tenía la manía de plantar su enfermedad sobre un vestido de cachemir verde.

Entonces, nuestro viejo se levantó, vacilante sobre sus piernas doloridas, conmovido; levantó al asno por la rienda, siguió... No sabía ya lo que hacía, pero se sentía a su vez tirado como su asno, por una cuerda invisible, un hilo de oro salido de los rayos de la custodia, que corría a lo largo de las guirnaldas de flores y llegaba a su frente de viejo encaprichado, bajo la forma lancinante de una flecha de sol. Muy chico, antes (¡oh! en la mañana de los tiempos), ha seguido al sacerdote con vestidos purpúreos, arrojando hojas de rosa entre los humos del incienso, y había tenido gozos de orgullo; más grande, se había colocado tras las mozas risueñas, intentando en veces distraerlas de su rosario; había tenido las mismas altiveces inexplicables, los mismos fuertes latidos de corazón, confundiendo el brillo de las piedras preciosas, de las casullas, con la dulce emulación de los ojos de «Marión», su prometida... y después, no se acordaba mucho, los años corrían todos iguales, como las tocas blancas, como las alas palpitantes de todas esas cabezas de mujeres piadosas, perdiéndose sobre las azules lejanías del cielo... No se acordaba más; seguía, sin embargo, siempre el último, el menos digno, tirando de su asno con mano obstinada, olvidando hasta el objeto de su viaje. Y «Martin» dócilmente, ritmaba su marcha con el coro del cántico; los pollos, fuera de la alforja inclinaban la cresta, con aire de resignarse, pues que se iba al paso...

Había quienes se volvían a menudo entre la fila de fieles escandalizados. Se le enviaban muchachos para decirle que se volviese... o que dejase su asno. ¡Qué cola de procesión, la de Martín! Circulaban risas de muchachas, con susurros de abejones; y solamente, el señor cura, no quería darse cuenta de nada, aparentando no entender lo que venía a murmurarle su sacristán al presentarle el incensario.

La procesión después de las paradas de uso, se entró bajo el pórtico de la iglesia. El viejo se encontró solo, en medio de una playa desierta. Entrar con «Martín» no era casi posible. Abandonar a «Martín», los pollos, la manteca, la montura, ni pensarlo quería. Y no tendría él su parte de la gran bendición, de aquella que inclinada a los fieles, cargados de pecados, sobre las baldosas, como las espigas maduras bajo el vencedor relámpago de la hoz... Lanzando un profundo suspiro, el pobre viejo se signó, descubierta su frente, una última vez, ante la ojiva sombría del pórtico. Mas he aquí que, bruscamente, brota de esa obscuridad temible una extraordinaria aparición: del fondo de la iglesia, el cura llevaba la custodia; sí, el cura asombrando a sus feligreses endomingados, el cura con su casulla luminosa, aureolado de estrellas, de cirios, nimbado de las nubes del incienso... y el sacerdote, con una mirada de extraña dulzura, pronuncia las palabras sagradas, mientras que resplandece, más fulgurante aún, la custodia de allá arriba, el sol, sobre el humilde viejo que lloraba de alegría, sobre el triste «Martín» cuyas orejas ulceradas, pendían, ¡ay, tan lastimosamente...!»

 

Esa página de Rachilde da a conocer el fondo de amor y de dulzura que hay en el corazón de la terrible Decadente. Rachilde, la Perversa, habría sido disputada entre Dios y el diablo, según Luis Dumur. ¡Qué casuísta, qué teólogo podría demostrarme la victoria de Satanás en este caso? Rachilde se salvaría, siquiera fuese por la intercesión del viejo campesino y por la apoteosis de «Martín», el cual también rogaría por ella... ¿No se salvó el Sultán del poema de Hugo, por la súplica del cerdo?

GEORGE D’ESPARBÉS

COMO el hecho no demuestra sino la oportunidad de una ocurrencia de poeta, que en todo caso no merece sino aplausos, y como me fué narrado delante de Jean Carrere, que aprobaba con su sonrisa, no creo ser indiscreto al comenzar estas líneas contando la historia de un telegrama de Atenas, leído en el reciente banquete de Víctor Hugo y firmado George D’Esparbés, telegrama que reprodujo toda la prensa de París.

Jean Carrere, en unión de otros jóvenes brillantes y entusiastas, literatos, poetas, quisieron manifestar que no era cierta la fea calumnia levantada contra la juventud literaria de Francia, que ha sido tachada de irrespetuosa para con Víctor Hugo.

Para ello, y con motivo de la nueva publicación de «Toute la Lyre», organizaron un banquete que tuvo la correspondiente resonancia; un banquete que pudiérase llamar de desagravio.

Fueron ágapes a que asistió gran parte del París literario—viejos románticos, parnasianos y escuelas nuevas, y de las que brotó, maldita flor de discordia—a pistola, treinta pasos, sin resultado—un duelo entre Catulle Mendés y Jules Bois, quienes no hace mucho tiempo eran excelentes amigos. Fué la fiesta una deuda pagada, una ceremonia cumplida con el dios, y la cual, con gran pompa, y por contribución internacional, debería realizarse anualmente. Esta es una idea poético-gastronómica que dejo a la disposición de los hugólatras.

En la mesa, cuando el espíritu lírico y el champaña hacían sentir en el ambiente un perfume de real mirra y de glorioso incienso, en medio de los vibrantes y ardientes discursos en honor de aquél que ya no está, corporalmente, entre los poetas, después de los brindis de los maestros, y de los versos leídos por Carrere y Mendés, se pronunció por allí el nombre de George D’Esparbés. D’Esparbés no estaba en el banquete, él, que ama la gloria del Padre, y que como él ha cantado, en una prosa llena de soberbia y de harmonía, los hechos del «cabito», la epopeya de Napoleón. Jean Carrere, el soberbio rimador, se levanta y ausenta por unos segundos. Luego, vuelve triunfante, mostrando en sus manos un despacho telegráfico que acababa de recibir, un despacho firmado D’Esparbés.

¿Pero dónde está ahora él? Nadie lo sabe. Está en Atenas, dice Carrere. Y lee el telegrama, una corona de flores griegas que desde el Acrópolis envía el fervoroso escritor a la mesa en que se celebra el triunfo eterno de Hugo. Pocas palabras, que son acogidas con una explosión de palmas y vivas. Nadie estaba en el secreto. Cuando aparezca D’Esparbés no hay duda de que «reconocerá» su telegrama.

Y ahora hablemos de esa portentosa «Leyenda del Aguila» napoleónica.

La «Leyenda del Aguila» es un poema, con la advertencia de que D’Esparbés canta en cuentos. La epopeya es toda una, mas cada cuento está animado por su llama propia, en que el lirismo y la más llana realidad se confunden.

No hace falta el verso, pues en esta prosa marcial cada frase es un toque de música guerrera, las palabras suenan sus fanfarrias de clarines, hacen rodar en el ambiente sus redobles de tambores, son a veces un cántico, un trueno, un ¡ay!, un omnisonante clamor de victoria.

También el final es triste, al doble sonoro y doloroso de las campanas que tocan por la caída del imperio. Napoleón no aparece aumentado, no es un Napoleón mítico y de fantasía; antes bien, algunas veces como que el poeta se complace en achicar más su tan conocida pequeña estatura.

Pensaríase en ocasiones un joven Aquiles comandando un ejército de cíclopes, guiando a la campaña batallones de gigantes. Porque si emplea el lente épico D’Esparbés, es cuando pinta las luchas, el decorado, el campamento, los soldados imperiales. Los soldados crecen a nuestra vista, aparecen enormes, sobrehumanos, como si fuesen engendrados en mujeres por arcángeles o por demonios. Sus talantes se destacan orgullosa y heroicamente. Tienen formas homéricas, son verdaderos androleones; llega a creerse que al caer uno de ellos herido, debe temblar alrededor la tierra, como en los hexámetros de la Iliada.

Tal húsar es inmenso; tal granadero podría llamarse Amico o Polifemo; tal escuadrón de caballería podría entrar en el versículo de un profeta, terrible y devastador como una «carga» de Isaías. Y en todo esto una sencillez serena y dominadora. Podría intercalarse en este libro, sin que se notase diferencia en tono y fuerza, el episodio de Hugo en que vemos a Marius asomarse a la ventana y lanzar un ¡viva al emperador! al viento y a la noche.

D’Esparbés ha elegido para su obra el cuento, este género delicado y peligroso, que en los últimos tiempos ha tomado todos los rumbos y todos los vuelos. La prosa, animada hoy por los prestigios de un arte deslumbrador y exquisito, juntando los secretos, las bizarrías artísticas de los maestros antiguos o los virtuosísimos modernos, es para él un rico material con que pinta, esculpe, suena y maravilla. Batallista de primer orden, conciso, nervioso y sugestivo, supera en impresiones y sensaciones de guerra a Stendhal y a Tolstoi, y si existe actualmente quien puede igualarle—alguno diría superarle—en campo semejante, es un escritor de España, Pérez Galdós, el Pérez Galdós de los «Episodios Nacionales.»

Desde que comienza el poema, con el cuento de los tres soldados; tres húsares altos como encinas, viene un potente soplo que posee, que arrebata la atención. Estamos enfrente de tres máquinas de carne de cañón, tres soldados, rudos y musculosos como búfalos, tres grandes animales crinados del rebaño de leones del pastor Bonaparte. Porque es de ver cómo esos sangrientos luchadores, esos fieros hombres del invencible ejército, hablan del «emperadorcito», del pequeño y real ídolo, como de un divino pastor, como de un David. Así cuando se pronuncia su nombre, las fauces bárbaras, los fulminantes ojazos, se suavizan con una dulce y cariñosa humedad. Son tres soldados que después de la jornada de Jena, tienen, lo que es muy natural en un soldado después de una batalla, tienen hambre.

Ingenuamente y «necesariamente» feroces, esos tres hombres degüellan a uno del enemigo, con la mayor tranquilidad, pero sufren y se inquietan cuando sus caballos no comen.

Por eso cuando hallan un cura que les hospeda, en Saalfeld, del lado de Erfurth, y les da buena vianda y buen pan, lo que está conforme con la lógica militar es que sus tres cabalgaduras, también hambrientas, entren a comer en los mismos platos de ellos, espantando a la criada, y haciendo que el sacerdote medite, y vea el alma de esos hombres; y no se extrañe. Es uno de los mejores cuentos del poema. No resisto a citar una frase.

Los soldados comen como desesperados de apetito. El cura les contempla, meditabundo y sacerdotal. De cuando en cuando les hace preguntas. Ha tiempo que están en armas. Desde jóvenes han oído las trompetas de las campañas. No saben de nada más. Y sobre todo, Napoleón se alza delante de ellos semejante a una inmortal divinidad. El cura dice a uno:

«—Y vos, hijo mío, ¿creéis en Dios padre todopoderoso?»

El soldado no comprende bien. Piensa: «Dios padre... Dios hijo... Dios...»

«—¡Y bien!—grita de repente:

«—¡Todo eso...! ¡eso es la familia del Emperador!»

Después surge a nuestra vista un colosal tambor mayor del ejército de Italia, «alto como una torre y tierno como un saco de pan.» Su nombre es un verdadero nombre de gigante, más hermoso y tremendo que el de Cristóbal o el de Fierabrás, o el de Goliat; se llama Rougeot de Salandrouse. Un gallardo bruto, que cuando reía, «il montrait comme les bêtes une épaisse gueule de chair rouge qui semblait saigner.»

Este bello monstruo que gustaba de las viejas historias de guerra y de las sublimes mitologías, amaba sobre todo la harmonía musical, las cornetas, los parches del combate. Bonaparte le nombró subteniente, teniente y capitán; después de lo de Arcola, después de lo de Mantua, después de lo de Trebia. Pero el hijo de Apolo cifraba su ambición en las pompas radiantes, en los compases, en el bastón que guiaba a los tambores: quería ser tambor mayor. Lo fué después de mucho pedirlo al emperador; y el titánico testarudo saludó con su admirable uniforme y sus vanidosos gestos, el triunfal sol de Austerlitz. Le vió Lannes desde su caballo, le vió Soult, le vió Bernadotte, le vió el insigne caballero Murat: y junto con Berthier y Janot, le vió, sonriendo, el «petit caporal», príncipe y dueño del Aguila. Y cuando llega la áspera brega, en medio de los choques, de la confusión sangrienta y de la muerte, la figura de Salandrouse, guiando sus tambores, adquiere proporciones legendarias.

Herido, soberbio, incomparable, hace que los parches no cesen de tocar un son de victoria; y hay que ir a arrancarle de su puesto, donde se yergue, maravilloso como un dios, al canto ronco y sordo de los pellejos cribados.

El desdén de la muerte, el respeto de la consigna, el amor a la vida militar, y sobre todo, la adoración por el que ellos miran como favorecido de la omnipotencia divina;—conquistador victorioso, señor del mundo, Napoleón,—forman el alma de estos épicos relatos.

Ya es el conde subteniente que sufre sin gemir, y muere oyendo leer, cual si fuese un santo breviario, un libro de oro de la nobleza heroica; ya es el grupo de bravos rústicos que no sabían cargar los fusiles en medio de la más horrible carnicería, y que luego fueron condecorados; ya son los rudos gascones que luchan como tigres y gritan como diablos; ya es la marcha que bate un tamborcito casi femenil, para que desfilen ante los ojos aquilinos de Bonaparte ciento veinticinco hombres, resto de los treinta y ocho mil de Elkingen, o la visión de los cascos coronados por penachos de cabellos de mujeres españolas; o «Le Kenneck», valiente y fiel, delante del rey de Prusia; o el águila del Imperio que sale, apretando el rayo con las garras, del vientre del caballo muerto; o esta orden trágica, casi macabra, dada en lo más duro de la batalla: «En avant, les cadavres...!» o el capellán que parafrasea la Biblia al ruido de las descargas; o ese cuadro cuya sencilla magnificencia impone, asombra y encanta, cuando el Cabito tiene frío, y va a la tienda de la guardia inmortal, y duerme y se le hace lumbre con millones de oro, con Murillos, con Goyas, con portentos de Velázquez, con encajes de marquesas y abanicos de manolas; o el león de vida de gato que creía ser inmortal si no se le mataba con su sable; o el abandono de los caballos, alas de los caballeros; o el oficial que condecora y el emperador que aprueba; o el fantasma del «shakó», que se alza para responder con bizarría y cae en la muerte; o Duclós con sus charreteras, que condecora llorando a un viejo luchador, y cuando el emperador le pregunta: «Duclós, ¿conoces a ese hombre?» le contesta: «¡Señor, es mi padre!» o el águila, el águila viva, que vuela y grita sobre el pabellón que marcha al Austria; o el fúnebre clamor del abismo; o, en fin, los cañones que doblan cuando ya el Grande ha caído, ¡lúgubres y fatales campanas del Imperio!

¡Libro magistral; poema ardiente y magnífico!

La mujer no aparece sino raras veces, y en los recuerdos de los héroes: las madres, las abuelas llenas de canas, alguna esposa que está allá lejos! Donde brota un grupo de ellas, como un coro de Esquilo, terribles, suplicantes, gemidoras como mártires, coléricas como gorgonas, es en el capítulo, en el cuento de las crines. A un gran número de las hijas de España, en su pueblo invadido, un coronel fantasista, jovial y plúmbeo, hace cortar las cabelleras para adornar los cascos de sus dragones. Y como una mujer, aullante de dolor como Hécuba, se presenta con sus espesos cabellos ya canosos, el coronel se los hace también cortar y los pone sobre su cabeza marcial, donde los hará agitarse el huracán de la guerra. Y otra mujer brilla como una estrella de virtud y de grandeza, divina suicida, augusta delante de la muerte. Sucumbe con su niño en el más sublime de los sacrificios; pero también quedan emponzoñados, rígidos y sin vida, en la casita pobre, ocho cosacos como ocho bestias fieras.

¿Qué otra figura femenil? Hay una, envuelta en el misterio. Ella, la vaga, la anunciadora de las desgracias, la que se pasea silenciosa por los vivacs, haciendo malos signos; ella, solitaria como la Tristeza, y triste como la Muerte. ¿Qué otra más? La Victoria, de real y soberano perfil, de cuello robusto y erectas mamas; creatriz de los lauros y de los himnos.

 

Este libro es una obra de bien. El es fruto de un espíritu sano, de un poeta sanguíneo y fuerte; y Francia, la adorada Francia, que ve brotar de su suelo—por causa de una decadencia tan lamentable como cierta, falta de fe y de entusiasmo, falta de ideales;—que ve brotar tantas plantas enfermas, tanta adelfa, tanto cáñamo indiano, tanta adormidera, necesita de estos laureles verdes, de estas erguidas palmas. Libros como el de D’Esparbés recuerdan a los olvidadizos, a los flojos y a los epicúreos el camino de las altas empresas, la calle enguirnaldada de los triunfos.

Y puesto que de Vogüe ha visto el feliz anuncio de un vuelo de cigüeñas, alce los ojos Francia y mire si ya también vuelve, sonora, lírica, inmensa, el Aguila antigua de las garras de bronce.

AUGUSTO DE ARMAS

HACE algunos años un joven delicado, soñador, nervioso, que llevaba en su alma la irremediable y divina enfermedad de la poesía, llegó a París, como quien llega a un Oriente encantado. Dejaba su tierra de Cuba en donde había nacido de familia hidalga. Tenía por París esa pasión nostálgica que tantos hemos sentido, en todos los cuatro puntos del mundo; esa pasión que hizo dejar a Heine su Alemania, a Moreas su Grecia, a Parodi su Italia, a Stuart Merril su Nueva York. Hijo espiritual de Francia y desde sus primeros años dedicado al estudio de la lengua francesa, si llegó a escribir preciosos versos españoles, donde debía encontrar la expresión de su exquisito talento de artista, de su lirismo aristocrático y noble, fué en el teclado polífono y prestigioso de Banville.

¡Banville! Pocos días antes de morir aquel maestro maravilloso y encantador, recibió un libro de versos en cuya portada se leía: «Augusto de Armas—Rimes Byzantines.» Leyó las rimas cinceladas de Armas y entonces le escribió una carta llena de aliento y entusiasmo.

Theodore de Banville había escrito, a propósito de Wagner, estas palabras: «Le vrai, le seul, l’irrémisible défaut de son armure c’est qu’il a fait des vers français. L’homme de génie, qui doit tout savoir, doit savoir entre autres choses, que nul étranger ne fera jamais un vers français qui ait le sens commun. On t’en fricasse des filles commes nous! voilà ce que dit la Muse française á quiconque n’est pas de ce pays ci, et lorsqu’elle disait cela en se mettant les poings sur les hanches, Henri Heine, qui était un malin, l’a bien entendu.» Ciertamente, le escribió el gran poeta a Augusto de Armas,—he dicho eso; pero huélgome de confesar que vos sois la excepción de lo que afirmé.

Basta leer una sola de las poesías del refinado bizantino de Cuba, para reconocer que fué con justicia armado caballero de la musa francesa al golpe de la espada de oro de Banville. ¿Quién ha cantado en más ricos hemistiquios el oleaje sonoro de los alejandrinos? Como Carducci que lleno del fuego de su estro entona su cántico «¡Ave o Rima...!» como Sainte Beuve que a manera de Ronsard celebra ese mismo encanto musical de la consonancia, Augusto de Armas, con el más elevado deleite, alaba la forma del verso francés en que se han escrito tantas obras maestras y tantos tesoros literarios; alaba el instrumento que ha hecho resonar desde el «Poema de Alejandro» hasta las colosales harmonías de «La Leyenda de los siglos».

Su libro es labrado cofrecillo bizantino, lleno de joyas. Su verso es flor de Francia; su espíritu era completamente galo. Ha sido uno de los pocos extranjeros que hayan podido sembrar sus rosas en suelo francés, bajo el inmenso roble de Víctor Hugo. El abate Marchena no sé que haya hecho en francés nada como su curiosidad latina del falso Petronio; Menéndez Pelayo, pasmo de sabiduría, según se dice en España, dudo que se acomodase a las exigencias de las musas de Galia; Longfellow dejó muy medianejos ensayos, como su juguete «Chez Agassiz», Swinburne, que como Menéndez Pelayo versifica admirablemente en lenguas sabias, en sus versos franceses va como estrechado y sin la libertad y potencia de sus poesías en su lengua nativa. Lo mismo Dante Gabriel Rossetti.

Heine lo que escribió en francés fué prosa; lo propio Tourgueneff. Los casos que pueden citarse, semejantes al de Augusto de Armas, son el de su paisano José María de Heredia, que se ha colocado orgullosamente entre el esplendor de sus trofeos; el de Alejandro Parodi, que ha logrado hasta el laurel de las victorias teatrales: el de Jean Moreas, gran maestro de poesía; el de Stuart Merril, que sólo puede ser yankee porque como Poe nació en ese país que Peladan tiene razón en llamar de Calibanes; el de Eduardo Cornelio Price, distinguido antillano, el de García Mansilla, poeta y diplomático argentino que escribe envuelto en el perfume del jardín de Coppée. Pero José María de Heredia llegó a París muy joven, y apenas si tiene de americano el color y la vida que en sus sonetos surgen, de nuestros ponientes sangrientos, nuestras fuertes savias y nuestros calores tórridos. Heredia se ha educado en Francia; su lengua es la francesa más que la castellana. Parodi, por una prodigiosa asimilación, pertenece al Parnaso francés; Moreas llegó de Atenas, histórica hermana de París; Stuart Merrill, como Poe, brota de una tierra férrea, en un medio de materialidad y de cifra, y es un verdadero mirlo blanco; formando Poe, el pintor misterioso y él, la trinidad azul de la nación del honorable presidente Washington; Price, no pasa de lo mediano; y García Mansilla, me figuro, que a pesar de sus preciosas producciones, y con todo y creerle dominador de la rima francesa y poeta y refinado artista, me figuro, digo, que debe de ser un cultivador elegante de la poesía, un trovero gran señor que ritma y rima para solaz de los salones, versos que deben ser impresos en ediciones ricas y celebrados por lindas bocas en las bellas veladas de la diplomacia.

Augusto de Armas representaba una de las grandes manifestaciones de la unidad y de la fuerza del alma latina, cuyo centro y foco es hoy la luminosa Francia. El, que había nacido animado por la fiebre santa del arte, llevó al suelo francés la representación de nuestras energías espirituales, y Bánville pudo reconocer que el laurel francés, honra y gloria de nuestra gran raza, podía tener quien regase su tronco con agua de fuente americana, y que un americano de sangre latina podía ceñirse una corona hecha de ramas cortadas en el divino bosque de Ronsard.

¿Pero el soñador no sabía acaso que París, que es la cumbre, y el canto, y el lauro, y el triunfo de la aurora, es también el maelstrom y la gehenna? ¿No sabía que, semejante a la reina ardiente y cruel de la historia, da a gozar de su belleza a sus amantes y en seguida los hace arrojar en la sombra y en la muerte? ¡Pobre Augusto de Armas! Delicado como una mujer, sensitivo, iluso, vivía la vida parisiense de la lucha diaria, viendo a cada paso el miraje de la victoria y no abandonado nunca de la bondadosa esperanza. Entre los grandes maestros, encontró consejos, cariño, amistad. Dios pague a Sully Prudhomme, al venerable Leconte de Lisle, a Mendés y a José María de Heredia, los momentos dichosos que podían dar al joven americano, alimentando su sueño, su noble ilusión de poeta. Y también a los que fueron generosos y llevaron a la cama del hospital en que sufría el pálido bizantino de larga cabellera, el consuelo material y la eficaz ayuda. Entre estos diré dos nombres para que ellos sean estimados por la juventud de América: es el uno Domingo Estrada, el brillante traductor de Poe, y el otro M. Aurelio Soto, expresidente de la república de Honduras.