De los Monasterios de Religiosos que tiene el Demonio para su supersticion.
Cosa es muy sabida por las cartas de los Padres de nuestra Compañía, escritas de Japón, la multitud y grandeza que hay en aquellas tierras, de Religiosos, que llaman Bonzos, sus costumbres, supersticion y mentiras; y así de estos no hay que decir de nuevo. De los Bonzos ó Religiosos de la China refieren Padres que estuvieron allá dentro, haber diversas maneras ú órdenes, y que vieron unos de hábito blanco y con bonetes; y otros de hábito negro, sin bonete ni cabello; y que de ordinario son poco estimados, y los Mandarines ó ministros de justicia los azotan como á los demas. Estos profesan no comer carne, ni pescado, ni cosa viva, sino arroz y yerbas: mas de secreto comen de todo, y son peores que la gente comun. Los Religiosos de la Corte, que está en Pekin, dicen, que son muy estimados. A las Varelas ó monasterios de estos monjes van de ordinario los Mandarines á recrearse, y cuasi siempre vuelven borrachos. Estan estos monasterios de ordinario fuera de las ciudades: dentro de ellos hay templos; pero en esto de Idolos y templos hay poca curiosidad en la China, porque los Mandarines hacen poco caso de Idolos y tienénlos por cosa de burla, ni aun creen que hay otra vida, ni aun otro paraíso, sino tener oficio de Mandarin; ni otro infierno sino las cárceles que ellos dan á los delincuentes. Para el vulgo dicen que es necesario entretenerle con idolatría, como también lo apunta el Filósofo[33] de sus Gobernadores. Y aun en la Escritura[34] fué género de escusa, que dió Aaron, del Idolo del becerro que fabricó. Con todo eso usan los Chinos en las popas de sus navios, en unas capilletas, traer allí puesta una doncella de bulto, asentada en su silla, con dos Chinos delante de ella arrodillados á manera de Angeles, y tiene lumbre de noche y de dia; y cuando han de dar á la vela, le hacen muchos sacrificios y ceremonias con gran ruído de atambores y campanas, y echan papeles ardiendo por la popa. Viniendo á los Religiosos, no sé que en el Perú haya habido casa propia de hombres recogidos, mas de sus Sacerdotes y hechiceros, que eran infinitos. Pero propia observancia, en donde parece haberla el Demonio puesto, fué en Méjico, porque habia en la cerca del gran templo dos monasterios, como arriba se ha tocado: uno de doncellas, de que se trató: otro de mancebos recogidos de diez y ocho á veinte años, los cuales llamaban Religiosos. Traían en las cabezas unas coronas como frailes: el cabello poco mas crecido, que les daba á media oreja, excepto que al colodrillo dejaban crecer el cabello cuatro dedos en ancho, que les descendía por las espaldas, y á manera de tranzado los ataban y tranzaban. Estos mancebos, que servían en el templo de Vitzilipúztli, vivian en pobreza, castidad y obediencia, y hacian el oficio de Levitas, administrando á los Sacerdotes y dignidades del templo el incensario, la lumbre y los vestimentos: barrian los lugares sagrados: traían leña para que siempre ardiese en el brasero del Dios, que era como lámpara, la cual ardía contínuo delante del altar del Idolo. Sin estos mancebos habia otros muchachos, que eran como monacillos, que servian de cosas manuales, como era enramar y componer los templos con rosas y juntos dar agua á manos á los Sacerdotes, administrar navajuelas para sacrificar, ir con los que iban á pedir limosna, para traer la ofrenda. Todos estos tenian sus Prepósitos, que tenian cargo de ellos, y vivian con tanta honestidad, que cuando salian en público donde habia mugeres, iban las cabezas muy bajas, los ojos en el suelo, sin osar alzarlos á mirarlas: traían por vestido unas sabanas de red. Estos mozos recogidos tenian licencia de salir por la ciudad de cuatro en cuatro, y de seis en seis, muy mortificados, á pedir limosna por los barrios; y cuando no se la daban, tenian licencia de llegarse á las sementeras, y coger las espigas de pan ó mazorcas, que habian menester, sin que el dueño osáse hablarles, ni evitárselo. Tenian esta licencia, porque vivian en pobreza sin otra renta mas de la limosna. No podia haber mas de cincuenta: ejercitábanse en penitencia, y levantábanse á media noche á tañer unos caracoles y bocinas, con que despertaban á la gente. Velaban el Idolo por sus cuartos, porque no se apagase la lumbre que estaba delante del altar: administraban el incensario con que los Sacerdotes incensaban el Idolo á media noche, á la mañana, al medio dia y á la oracion. Estos estaban muy sujetos y obedientes á los mayores, y no salian un punto de lo que les mandaban. Y despues que á media noche acababan de incensar los Sacerdotes, estos se iban á un lugar particular y sacrificaban, sacandose sangre de los molledos con unas puntas duras y agudas; y la sangre que así sacaban, se la ponian por las sienes hasta lo bajo de la oreja. Y hecho este sacrificio se iban luego á lavar á una laguna: no se untaban estos mozos con ningun betun en la cabeza, ni en el cuerpo, como los Sacerdotes: y su vestido era una tela que allá se hace muy áspera y blanca. Durábales este ejercicio y aspereza de penitencia un año entero, en el cual vivian con mucho recogimiento y mortificacion. Cierto es de maravillar, que la falsa opinion de Religion pudiese en estos mozos y mozas de Méjico tanto, que con tan gran aspereza hiciesen en servicio de Sátanas lo que muchos no hacemos en servicio del altísimo Dios: que es grave confusion para los que con un poquito de penitencia que hacen, estan muy ufanos y contentos. Aunque el no ser aquel ejercicio perpetuo, sino de un año, lo hacía más tolerable.