De la muerte de Tlacaellél y hazañas de Axayaca, séptimo Rey de Méjico.
Ya era muy viejo en este tiempo Tlacaellél, y como tal le traian en una silla á hombros, para hallarse en las consultas y negocios que se ofrecian. En fin adoleció, y visitándole el nuevo Rey, que aun no estaba coronado, y derramando muchas lágrimas, por parecerle que perdia en él padre y padre de su patria. Tlacaellél le encomendó ahincadamente á sus hijos, especialmente al mayor, que habia sido valeroso en las guerras que habia tenido. El Rey le prometió de mirar por él; y para mas consolar al viejo, allí delante de él le dió el cargo é insignias de su Capitan general, con todas las preeminencias de su padre, de que el viejo quedó tan contento, que con él acabó sus dias, que si no hubieran de pasar de allí á los de la otra vida, pudieran contarse por dichosos, pues de una pobre y abatida ciudad, en que nació, dejó por su esfuerzo fundado un Reino tan grande, tan rico y tan poderoso. Como á tal fundador cuasi de todo aquel Imperio le hicieron las exequias los Mejicanos, con mas aparato y demostracion que á ninguno de los Reyes habian hecho. Para aplacar el llanto, por la muerte de este su Capitan, de todo el pueblo Mejicano, acordó Axayaca hacer luego jornada como se requeria para ser coronado. Y con gran presteza paso con su campo á la provincia de Teguantepéc, que dista de Méjico doscientas leguas, y en ella dió batalla á un poderoso é innumerable ejército, que así de aquella provincia, como de las comarcanas, se habian juntado contra Méjico. El primero que salió delante de su campo fué el mismo Rey, desafiando á sus contrarios, de los cuales, cuando le acometieron, fingió huir hasta traerlos á una emboscada, donde tenia muchos soldados cubiertos con paja: éstos salieron á deshora, y los que iban huyendo revolvieron de suerte, que tomaron en medio á los de Teguantepéc, y dieron en ellos, haciendo cruel matanza, y prosiguiendo asolaron su ciudad y su templo, y á todos los comarcanos dieron castigo riguroso. Y sin parar fueron conquistando hasta Guatulco, puerto hoy dia muy conocido en el mar del sur. De esta jornada volvió Axayaca con grandísima presa y riquezas á Méjico, donde se coronó soberbiamente, con excesivo aparato de sacrificios, de tributos y de todo lo demás, acudiendo todo el mundo á ver su coronacion. Recibian la corona los Reyes de Méjico de mano de los Reyes de Tezcuco, y era esta preeminencia suya. Otras muchas empresas hizo, en que alcanzó grandes victorias, y siempre siendo él el primero que guiaba su gente y acometia á sus enemigos, por donde ganó nombre de muy valiente Capitan. Y no se contentó con rendir á los extraños, sino que á los suyos rebeldes les puso freno, cosa que nunca sus pasados habian podido, ni osado. Ya se dijo arriba, como se habian apartado de la República Mejicana algunos inquietos y mal contentos, que fundaron otra ciudad muy cerca de Méjico, la cual llamaron Tlatellúlco, y fué donde es ahora Santiago. Estos alzados hicieron bando por si, y fueron multiplicando mucho, y jamás quisieron reconocer á los Señores de Méjico, ni prestarles obediencia. Envió, pues, el Rey Axayaca á requerirles no estuviesen divisos, sino que, pues eran de una sangre y un pueblo, se juntasen y reconociesen al Rey de Méjico. A este recado respondió el Señor de Tlatellúlco con gran desprecio y soberbia, desafiando al Rey de Méjico para combatir de persona á persona; y luego apercibió su gente, mandando á una parte de ella esconderse entre las espadañas de la laguna, y para estar mas encubiertos, ó para hacer mayor burla á los de Méjico, mandóles tomar disfraces de cuervos, de ansares, de pájaros, de ranas y de otras sabandijas que andan por la laguna, pensando tomar por engaño á los de Méjico que pasasen por los caminos y calzadas de la laguna. Axayaca, oido el desafío, y entendido el ardid de su contrario, repartió su gente, y dando parte á su General, hijo de Tlacaellél, mandóle acudir á desbaratar aquella celada de la laguna. El por otra parte, con el resto de su gente, por paso no usado, fué sobre Tlatellúlco, y ante todas cosas llamó al que lo habia desafiado, para que cumpliese su palabra. Y saliendo á combatirse los dos Señores de Méjico y Tlatellúlco, mandaron ambos á los suyos se estuviesen quedos hasta ver quien era vencedor de los dos. Y obedecido el mandato, partieron uno contra otro animosamente, donde peleando buen rato, al fin le fue forzoso al de Tlatellúlco volver las espaldas, porque el de Méjico cargaba sobre él mas de lo que ya podia sufrir. Viendo huir los de Tlatellúlco á su Capitan, tambien ellos desmayaron y volvieron las espaldas, y siguiéndoles los Mejicanos, dieron furiosamente en ellos. No se le escapó á Axayaca, el Señor de Tlatellúlco, porque pensando hacerse fuerte en lo alto de su templo, subió tras él, y con fuerza le asió, y despeñó del templo abajo; y despues mandó poner fuego al templo y á la ciudad. Entre tanto que esto pasaba acá, el General Mejicano andaba muy caliente allá en la venganza de los que por engaño les habian pretendido ganar. Y despues de haberles compelido con las armas á rendirse, y pedir misericordia, dijo el General, que no habia de concederles perdon, si no hiciesen primero los oficios de los disfraces que habian tomado. Por eso, que les cumplía cantar como ranas, y graznar como cuervos, cuyas divisas habian tomado, y que de aquella manera alcanzarian perdon, y no de otra: queriendo por esta via afrentarles, y hacer burla y escarnio de su ardid: el miedo todo lo enseña presto. Cantaron y graznaron, y con todas las diferencias de voces que les mandaron, á trueco de salir con las vidas, aunque muy corridos del pasatiempo tan pesado que sus enemigos tomaban con ellos. Dicen que hasta hoy dura el darse trato los de Méjico á los de Tlatellúlco, y que es paso, porque pasan muy mal, cuando les recuerdan algo de estos graznidos y cantares donosos. Gustó el Rey Axayaca de la fiesta, y con ella y gran regocijo se volvieron á Méjico. Fué este Rey tenido por uno de los muy buenos: reinó once años, teniendo por sucesor otro no inferior en esfuerzo y virtudes.