HORA DE CRISTO EN EL CALVARIO,
hora de terror milenario,
hora de sangre, hora de osario.
La luna huraño humor destila
en la tumba de la Sibila
y solvet seclum in favila ...
Hecate aullante y fosca yerra,
y lanza el infierno su guerra
por las pústulas de la tierra.
El hambre medioeval va por
sendas de sulfúreo vapor
y olor de muerte. ¡Horror, horror!
Ladran con un furioso celo
los canes del diablo hacia el cielo
por la boca del Mongibelo.
Tiemblan pueblos en desvarío
de hambre, de terror y de frío ...
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío!...
Como en la dantesca Comedia,
nos eriza el pelo y asedia
el espanto de la Edad Media.
Pasan furias haciendo gestos,
pasan mil rostros descompuestos;
allá arriba hay signos funestos.
Hay pueblos de espectros humanos
que van mordiéndose las manos.
Comienzan su obra los gusanos.
Falta la terrible trompeta.
Mas oye el alma del poeta
crujir los huesos del planeta.
Al ruido terráqueo, un ruido
se agrega profundo, inoído ...
Viene de lo desconocido.
Entretanto la muchedumbre
grita sin fe, sin pan, sin lumbre,
alocada de pesadumbre.
Y bajo el obscuro destino
se oyen rechinar de contino
los rojos dientes de Hugolino.
Y todo espíritu se pasma
al ver entre el fuego v el miasma
retorcerse al dolor-fantasma.
Arruga el ceño el Deo Ignoto,
y Atropos, Laquesis y Cloto
hacen señas al Terremoto ...
Ululan voces lamentables;
son idénticos y espantables
millonarios y miserables.
Van rebaños dolientes ... Van
visiones de duelo y afán
cual vió en su apocalipsis Juan.
Y sobre ellas ceniza avienta
el corazón de la tormenta,
y un rincón divino revienta.