Los cerezos florecían, y entre sus ramas
alegres se divisaba un monte azul.

Era el país de oro y seda, y en el aire fino como de cristal volaban las cigüeñas, y se esponjaban los crisantemos del biombo. Los cerezos florecían, y entre sus ramas alegres se divisaba un monte azul. Una rana de madera labrada era igual a las ranas del pantano. Sobre la laca negra corría un arroyo dorado. Muñecas de carne, con la cabellera atravesada por alfileres áureos, hacían reverencias sonrientes, y gestos menudos. En las casas de papel, en la ignorancia feliz del pudor, se bañaban las niñas. Cortesanas ingenuas servían el té en tacitas de Liliput. En los «kimonos» historiados se envolvían cuerpos casi impúberes e inocentemente venales. Se hablaba de un viejo llamado Hokusai, que se llamaba a sí mismo «el loco del dibujo». Floreros raros se llenaban de flores extrañas ante los budhas risueños. Nobles daimios hacían lucir al sol curvos sables de largo puño. Los «netskes» y las máscaras reproducían faces joviales o aterrorizadas, caras de brujas o regordetas caras infantiles. Al amor de una naturaleza como de fantasía, se vivía una vida casi de sueño.

Artistas y artesanos realizaban labores extraordinarias, que llegaban a las naciones lejanas como de imperios de cuento. Se educaba la sonrisa y se inculcaba la afabilidad. Se conservaban con respeto las antiguas y sagradas tradiciones en el dulce ambiente de una existencia sencilla. Se desconocía el egoísmo y se practicaba la más perfecta y blanda cortesía. Los preceptos del viejo Confucio ordenaban la severidad y la imparcialidad a jueces ceremoniosos. Había un profundo concepto de la justicia y de la virtud, un aspecto innato de la superioridad jerárquica, y el superior era bondadoso, y sumiso y sagaz el inferior. Bonzos sabios enseñaban la fuerza de las plegarias y la fe en las potencias ocultas. La paciencia y la tenacidad eran virtudes comunes; eran desconocidas, o raras, la doblez, la inquina, la traición. La poesía se mezclaba a la vida cotidiana. El amable «saké» hacía cantar más tiernamente a las «samisén». Se tenían para el huésped los más amables «sayonaras». Se pasaban horas de miel y caricias, con sutiles amorosas que tenían nombres de piedras ricas, de pájaros lindos, de flores exquisitas. Gloriosos «samurayes» se vestían como grandes y metálicos insectos. Viejos peregrinos sabían fábulas e historias inauditas. Pintores únicos tomaban detalles de la naturaleza y de la vida, de manera que detenían en un papel de seda el aletazo de una carpa, el salto de un tigre o el vuelo de una garza. Campesinos pacientes sembraban el arroz al abrigo de sus agudos sombreros de floja paja. Se tenía el culto preciso de los antepasados y se sabía por seguro que hay buenos dioses y perversos demonios. Shintoistas o budhistas, los hombres cumplían con los preceptos de sus religiones, aceptaban los consejos de sus sacerdotes, y al lado de las divinidades veneraban a los héroes de la acción o del pensamiento. Se predicaba y se sostenía firme el amor al país y la adhesión inmensa al Mikado. Había una idea tan grande del honor, que el suicidio en casos especiales formaba parte de las costumbres. Se tenía el temor de lo divino y desconocido, y se saludaba la memoria de los abuelos. Se amaba como en ninguna parte a los niños; como en ninguna parte se obedecía a la autoridad paternal, y ante las vasijas de calada madera había siempre, en tibores de prodigiosa porcelana, ramos floridos. El conjunto de principios que los letrados infundían al pueblo, se reducía a pocas palabras. Decían: «Hay un Dios superior. Tiene como atributos la inteligencia, el valor, el amor. Por la unidad de su espíritu y de su energía vital fueron creados el dios Takanu Musubi y la diosa Kanmi Musuti, que forman, con su padre, una augusta Trinidad. De la unión de estos dos nacieron otros dioses, y, por último, los divinos antecesores de la familia imperial y de la raza humana: Yzanagi e Yzanami. El alma del hombre es, por tanto, origen divino e inmortal. Su cuerpo fué creado también por la energía divina; pero no contiene de ésta lo bastante para ser inmortal. El deber del hombre es cultivar, primero, las tres virtudes divinas, después las siete virtudes que de ellas se derivan: la lealtad al emperador, la piedad filial, la castidad, la obediencia a los superiores, la sinceridad en la amistad, la bondad y la misericordia. El camino de la virtud es el de la felicidad. La ley de la causa y del efecto reina en el mundo presente y en el mundo futuro. El mayor criminal puede merecer el perdón, y aun el favor de Dios, si se arrepiente con sinceridad. A cada uno se le tomarán en cuenta sus acciones, y por ellas será recompensado o castigado en el mundo futuro». Los japoneses, pues, estaban en completo estado de barbarie.

En efecto, hace ya tiempo, el mundo intelectual conoció toda la barbarie que revelaron los Goncourt a la curiosidad y al arte occidentales. Se supo que maravillosos pinceles estaban dotados de desconocidos prestigios. Una civilización contemporánea de Nabucodonosor se había conservado a través de siglos e invasiones. Sabios y poetas, que estudian los clásicos chinos, meditaban y enseñaban. Brotaban de los hornos las ricas obras de los alfareros de Satzuna. Un misterio legendario flotaba sobre la región nipona, tan extraña como las naciones orientales en que se mueven las magias de Sheherazada. El pueblo que, según la frase de Voltaire «jamás ha sido vencido», guardaba con admiración religiosa el nombre y el recuerdo de sus héroes, de los violentos caballeros y marinos que rechazaron a los enemigos mongoles y libraron la integridad del territorio.

Un sano y vigoroso feudalismo mantenía en lo alto la seguridad del gobierno, y abajo la felicidad del pueblo. Los poetas escriben poemas en que se cantan la fidelidad y el amor en flor eternamente. Las danzarinas saben bailes de argumento, que regocijan discretamente a los espectadores. Los fieles no faltan a las ceremonias de los templos, y hay pompa hermosa y nobleza ritual. Lafcadio Hearn nos explica lo que es el Shinthoismo. Shinto significa carácter en su sentido más elevado: valor, cortesía, honor, y, sobre todo, lealtad. Shinto significa piedad filial, amor al deber, voluntad siempre lista al abandono de la vida por un principio, y sin preguntar el por qué. Está en la docilidad del niño, en la dulzura de la mujer. Es también conservador, saludable freno a las tendencias del espíritu nacional, fácilmente inclinado a dejar lo mejor del pasado para precipitarse con ardor en las modernidades extranjeras. Es una religión transmitida en una impulsión hereditaria hacia el bien, en un puro instinto moral. Es, en una palabra, toda la vida emocional de la raza: El alma del Japón. Así, el renunciamiento a la propia satisfacción, hasta a la vida, por la común felicidad, el deber cumplido, el sacrificio voluntario y cordial, eran características de esos singulares salvajes. Y en su sacro libro del Kodjiki aprendían ejemplos de tiempos remotos, como el siguiente: «El príncipe Mayoana, de edad de siete años solamente, después de haber matado al asesino de su padre, se había refugiado en casa del Gran Tsubura, y las multiplicadas flechas semejaban un campo de cañas. El Gran Tsubura se adelantó, y quitando sus armas de su cinto se prosternó ocho veces, y dijo: «La princesa Kará, mi hija, que tú te has dignado llamar hace poco, está a tus órdenes, y te ofrezco, además, cinco graneros de arroz. Si humilde esclavo de tu grandeza, me presto a luchar hasta el fin, no conservo la esperanza de vencer; al menos, puedo morir antes de abandonar a un príncipe que ha puesto en mí su confianza al penetrar en mi casa». Habiendo así hablado, volvió a tomar sus armas, y se lanzó de nuevo en el combate. Mas las fuerzas le abandonaron, y había agotado ya todas sus flechas. El Gran Tsubura dijo: «Ya no tenemos flechas, y nuestras manos están heridas; no podemos ya combatir. ¿Qué nos resta que hacer?» «No nos queda nada que hacer», respondió el príncipe. «Ahora, quítame la vida.» Y el Gran Tsubura tomó su sable y quitó la vida al príncipe. Luego, haciendo girar el arma contra sí mismo, hizo caer a sus pies su propia cabeza.»

Esas eran las lecturas de antaño, las que los ministros del culto comentaban y las generaciones comprendían, infundiendo así cada día en los corazones nuevos las antiguas virtudes. «La conciencia, dice Hearn, llega a ser el solo guía, por la doctrina de la intuición, que no tiene necesidad de decálogo o de código fijo que señale las obligaciones morales. «Teólogo y filósofo, dice Motoonori, que todas las ideas morales necesarias al hombre le son sugeridas por los dioses y son de la misma naturaleza instintiva que las que le obligan a comer cuando tiene hambre, y a beber cuando tiene sed. El, el sapiente Hirata: «Toda acción humana es la obra de un dios.» Y de nuevo Motoonori: «Haber comprendido que no hay ni camino que conocer, ni ruta que seguir, es seguramente haber comprendido el camino de los dioses.» Y otra vez Hirata: «Si tenéis deseos de practicar la verdadera virtud, aprended a tener temor de lo invisible, cultivad vuestra conciencia, y no os apartéis nunca del camino recto.» Y luego: «La devoción a la memoria de los antepasados es el resorte de todas las virtudes. El que no olvida nunca sus deberes para con ellos, no puede ser irrespetuoso con los dioses ni con sus padres. Un hombre semejante está siempre fiel a su príncipe y a sus amigos, bueno y dulce con su mujer y con sus hijos.» Así pensaba el Japón viejo. Semejante atraso estaba oculto tras la puerta que, los hombres colorados, fueron a abrir a cañonazos.

Y a cañonazos se despertó a la vida y a la civilización de Occidente el Japón viejo, y se convirtió en el Japón nuevo.

«Hoy, dice sonriendo afiladamente el japonés Hayashi a un periodista parisiense, hoy tenemos acorazados, tenemos torpedos, tenemos cañones. ¡Los mares de la China se enrojecieron con la sangre de nuestros muertos, y con la sangre de los que nosotros matamos! Nuestros torpedos revientan; nuestros shrapnells crepitan, nuestros cañones arrojan obuses; morimos y hacemos morir; y vosotros, los europeos, decís que hemos conquistado nuestro rango, ¡que nos hemos civilizado! Hemos tenido artistas, pintores, escultores, pensadores. En el siglo XVI editábamos en japonés las fábulas de Esopo. ¡Éramos entonces bárbaros!»

¡Oh, sí! Hoy están los descendientes de los antiguos daimios completamente civilizados. Al jiu-jitsu nacional, han agregado los conocimientos adquiridos en el Creusot y en Essen. Se les obligó a aprender la ciencia de la guerra en establecimientos occidentales; se les demostró que pasar la vida feliz, sin derramamientos de sangre, sin soldados, sin militarismo, sin cañones Krupp, era el colmo de lo salvaje. Se les enseñaron los caracteres occidentales para que pudieran leer los diarios nacionalistas de Francia, los discursos de M. Jaurés, las obras de Kipling; así supieron lo interesante del nacionalismo, lo útil del socialismo, lo superior del imperialismo. Como son hábiles y emprendedores, los nipones tuvieron pronto arsenales de ideas nuevas, tuvieron nacionalistas, socialistas, imperialistas. Se dieron una constitución. Se vistieron como se visten los hombres de Londres, que es como se visten los hombres de todo el Occidente. Vieron claramente que sonreir siempre es malo, ser afable es dañoso, ser piadoso es ridículo. Se convencieron de que ser de presa es lo mejor sobre la superficie de la tierra. Se militarizaron; se armaron, fueron excelentes discípulos de los carniceros de los países cristianos. Destruyeron toda la poesía posible, convirtieron a Madame Chrisantème en institutriz inglesa y en enfermera. Se lanzaron al asesinato colectivo con un apetito sobrehumano. Oku, Kuroko, Togo, entran en la categoría de semidioses. Se trató de matar al mayor número de rusos posible. Se trató de volar barcos, de «dinamitar» puentes, de arrasar batallones. Se va a la conquista, al degüello, al odio. ¿En dónde está ese mundo de vagos ensueños, ese mundo como lunas extra-terrestres, como astral, que admiré en las escenas, en la maravillosa actriz Sada Yacco que era una revelación de belleza exótica y peregrina? ¿En dónde están los antiguos pintores Kakemonos, los antiguos Outamaros y Hokusais? ¿En dónde las nobles creencias, los generosos ideales, la dulzura del carácter, las genuflexiones, las pintorescas amorosas, el alma antes encantadora del pasado Japón?... En la Mandchuria, la tierra se llenó de cadáveres... Los mares chinos se enrojecieron de sangre.

Se mira a los Estados Unidos con aire de desafío, con amor a la guerra...

La civilización ha triunfado...

MI DOMINGO DE RAMOS

Y veo en un país lejano
una vieja ciudad.

Mi pobre alma, con una alegría de convaleciente, se despierta este día, domingo, sonríe a la luz del sol de Dios, se sacude como un ave húmeda del rocío de la aurora, y, a pesar de que quiero contenerla: «¡Mira que estás muy débil! ¡mira que casi no tienes alientos! animula, blandula, vagula, ¿a dónde vas?» no me hace caso, ríe como una locuela de catorce años, se va, bajo el esplendor matinal, al jardín de mi fantasía, al huerto de mi mente, y vuelve con dos verdes y frescos ramos de palma, alzando los brazos al cielo, en un divino ímpetu, como si quisiera volar.

—Animula, blandula, vagula, ¿a dónde vas?

—¡Voy a Jerusalén!—me dice mi pobre alma.

Y allá se va, camino de Jerusalén, sin bordón de peregrino, sin alforja de caminante, sin sandalias de romero. Ella va a la fiesta, arrastrada por su deseo, sin temor de las asperezas del viaje, sin miedo a los abismos, a las fieras y a las víboras.

Tal parece que fuese llevada por una ráfaga milagrosa, o sostenida por el amoroso cuidado de cuatro alas angélicas. Ella no sabe hoy de las tristezas, de las maldades y de las tinieblas de la vida. Deja la ciudad de los infames publicanos, de los odiosos fariseos, de las pintadas y ponzoñosas prostitutas. Ha sentido como el llamamiento de una sagrada primavera, y se ha abierto fresca y virginal como una blanca rosa. Un perfume celeste la baña, y ella a su vez exhala su perfume íntimo, su ungüento de fe y de amor. Un sol de vida le pone en su debilidad, fortaleza; en sus mejillas pálidas, una llama de niñez; en su frente, tan combatida por el dolor, una refrescante guirnalda florida. ¿Que vendrán las espinas después?...

Ella no sabe eso. Hoy cree sólo en las flores y las palmas; hoy debe asistir a la entrada triunfal del Rey Jesús. Armoniza sus más bellas canciones de gloria, para repetirlas en honor de quien viene. Clamará con el coro de los sencillos, con la lengua del pueblo que acompaña con jubilosos hosannas al Príncipe del Triunfo.

Se han borrado de su memoria las penas pasadas, no quiere poner su pensamiento en los amargores futuros. Como en un inspirado paso, sigue su ruta, y, tan ligera va, que el aire no la siente pasar. Las montañas nada son para ella. Va sobre las cambroneras sin que sus pies desnudos se hieran; los leones de la selva la miran con cariñosos ojos, y se dicen: «He allí la pobre alma que va a Jerusalén, hoy, Domingo de Ramos»; las tempestades se ciernen sobre su cabeza, pero ella es invencible delante de las tempestades; el tórrido fuego de los desiertos no marchita una sola de las flores de su corona; las palmas que lleva en sus manos, con un gesto glorioso, están llenas de su primera frescura; la alondra lírica y cristalina dícele: «Hermana, apresura el paso para que llegues a tiempo». Y yo la sigo con ojos apasionados: «¡Sí, alma mía, acude, no tardes, vuela a Jerusalén!».

—«Yo soy tu infancia»—, me dice una voz entre tanto. Dícemelo una voz encantadora que regocija y deleita mis potencias.

Porque en lo íntimo de mi ser se despliega, como un inmenso e incomparable lienzo azul, en que surge decorada por virtud maravillosa, la estación de mi existencia en que los cielos eran propicios y la tierra amable y buena como una nodriza. A mis narices viene un olor de yerbas olvidadas, de flores que há tiempo no he vuelto a ver; a mis ojos florece una aurora de visiones, que me atraen con una magia imperiosa; a mis oídos llegan notas de lejanas armonías, que han dormido por largo espacio de años bellas princesas del bosque de mi vida; mi tacto es halagado por el roce de aires amigos, que acariciaron los bucles rubios de mi infancia, y reconozco el troquel de que saltó mi primer pensamiento, limpio y sonoro como una medalla argentina.

Y veo, en un país lejano, una vieja ciudad de gentes sencillas, en donde Jesucristo habría encontrado ejemplares de sus perfectos pescadores. Sobre los techos de tejas arábigas de las casas bajas pasa un vuelo vencedor en la mañana del Domingo de Ramos: la salutación y el llamamiento que cantan las grandes campanas de la Catedral en que duermen los huesos de los obispos españoles. El alba ha encontrado la calle principal decorada de arcos de colores y alfombrada de alfombras floridas; en esas alfombras, tosco artista ha dibujado aves simbólicas, grecas, franjas y encajes, plantas y ramos de una caprichosa flora. La policromía del suelo fórmanla tintes fuertes y vivos: maderas de las selvas nativas, rosas para el rosal, hojas frescas para los verdes, y, para el blanco maíz que el fuego reventó la noche anterior, cuando a los granos trepitantes acompañaron alegres canciones. Las gentes han madrugado, si no han pasado en vela la noche del sábado; han madrugado y están vestidas de fiesta, aguardando la hora de la misa. Así, cuando ha dado la señal el campanario, el desfile comienza: severas autoridades, familias de pro, licenciados de largas levitas flotantes; la cruel Mercedes, la dulce Narcisa, la rara Victoria, los elegantes y el pueblo en su pintoresco atavío nacional. El sol que llega, todo de oro y púrpura dominicales, tornazola los rebozos de seda de esas mujeres morenas. Allá va el bachiller que lee a Voltaire y se confiesa una vez al año, por la cuaresma, o antes si espera haber peligro de muerte: va a la misa. Sobre aquella ciudad, feliz como una aldea, ciérnese todavía un soplo del buen tiempo pasado. Es aún la edad de las virtudes primitivas, de los intactos respetos y de la autoridad incontrastable de los patriarcas. Para ir al templo preceden los cabellos blancos a los grupos de fieles. Y la campana grande alegra a todos; todos los corazones reciben el propio influjo; rige las voluntades un mismo ritmo de impulsión. La campana grande es la lengua de la ciudad; ella despierta reminiscencias de sucesos memorables, orgullos populares y orgullos patricios. Cuando habla, creeríase que un espíritu supremo la inspira y que anuncia, en su idioma de bronce, la piedad del cielo.

Visión de los altares de llamas y pétalos. Son del potente órgano de Pamplona; voces angelicales de los niños; clamores de los sochantres; un velo de incienso envuelve y aroma la ancha nave: ese misterioso y litúrgico perfume que tiene figura corporal, encarnado en su humo fugitivo, es el ambiente en que pueden dejarse entrever, bajo las cúpulas eclesiásticas, los seres puros del Paraíso. Y el cuerpo mismo, al aspirarlo, mientras el alma se eleva con la plegaria, goza en una como sagrada sensualidad. Visión del sacerdote: la simbólica del gesto; el poder de las evocaciones divinas: la hostia, nieve sobre la pompa de los oros y la gracia ascendente de los cirios, ¡Suena, suena, haz estallar tu alma por tus tubos, órgano de Pamplona que toca el organista de barba larga.

Y he ahí que un niño meditabundo está arrodillado delante del sacrificio. Id al Himalaya, y entre las más blancas nieves de la más alta cumbre, buscad el copo que en sí contenga la blancura misma: esa es su alma. Id al Sarón bíblico y, entre todos los lirios, escoged el que escogería para entrar en el Paraíso la más pura de las bienaventuradas: esa es su fe. Y ese niño, en medio de su oración y de su contrición, siente un eco nuevo en lo secreto de su ser, eco que responde a la inmortal anunciación de la Lira.

¡Palmas! La procesión ha aparecido ya; hacia el azul del Señor dirigen las alas las jaculatorias; las músicas tienden en los aires sus arcos de harmonías; del campanario, como de un sacro y encantado palomar, desbandadas de palomas, de palomas de oro, los himnos de las campanas se ciernen sobre las gentes. Hosannas de los trombones y violines; hosannas de las plantas; hosannas de los celestes violoncelos. Bajo la seda y el oro de un palio pomposo como una casulla de gala, va Jesucristo sobre una asna; el prefecto lleva la asna del fiador. Obra de desconocido e ingenuo escultor de la escuela quiteña, Nuestro Señor está hermoso y real sobre su cabalgadura. Sus atavíos son los de un arzobispo; lleva magna capa sostenida por un paje eclesiástico; sus ojos dulces miran como si mirasen lo infinito; su cabellera nazarena le cae en rizos sobre los hombros; su mano derecha, detenida en un gesto hierático, bendice al mundo. Así va, seguido de gran muchedumbre, sobre las alfombras policromas y olorosas, bajo las arcadas de banderolas. Pendientes de los arcos, veis curiosas cosas: frutas doradas, cestos de flores, pelicanos con el pecho herido, garzas reales, águilas y palomas, monstruosos caimanes, inauditas tarascas, serpientes y quimeras.

El olor de la tierra húmeda únese a la exhalación perfumada de las enormes flores de palmera, gruesos chorros de oro impregnado de fino óleo aromoso, y cuyos granos son, para los naturales, a manera de primitivos confetti. ¡Palmas! Por todas partes veréis la inclinación gallarda de los ramos sonoros y frescos, imprimiendo al conjunto extraño, como un concepto de belleza antigua y peregrina. Palmas llevan los viejos; mujeres y niños hay coronados de palma. Y la procesión va por la calle mayor, la calle Real, con una solemnidad llena de gozos y fragancias. Y he allí que al llegar a un punto dado, bajo el más bello arco de colores, hay una hermosa granada de plata que deja entrever granos de oro. Y cuando el palio pasa debajo de ella, y el Señor del Triunfo se detiene un instante, la bella fruta oriental se abre, como reventada de sol y de savia, y de su seno vuelan, como un grupo de mariposas que se pusiesen en libertad, hojas impresas que lleva el aire sobre la muchedumbre, y que tienen, en honra de Jesucristo triunfante, versos. ¡Versos! Sí, versos rimados malamente, sentidos buenamente; logro inapreciable para la muchedumbre que acompaña al Nazareno, que, con la diestra, en un gesto hierático, bendice al mundo. ¡Oh, potestades de los cielos! ¡Vosotras podéis ver quién, cual si fuese un infante real, siente como hecha de un oro divino su corona de palmas del Domingo de Ramos! Es ese niño que ha llegado de la iglesia, y está cerca de la anciana abuela de cabellos crespos y recogidos como una marquesa de Boucher.

Es ese niño meditabundo, triste en su alegría, como si estuviese sintiendo ya la llegada de su Viernes Santo. ¡Es ese niño que ha rimado los versos infantiles de la granada oriental, símbolo de su corazón, que se abrirá para regar por ley infalible, sobre la tierra sus íntimas armonías, los perfumes misteriosos de su sangre vital, la esencia de su pobre alma, enferma desde entonces, de la recóndita y adorada enfermedad del ensueño!

Y aquella palma mística es para él un símbolo. Sus ojos pueriles miran de pronto, como en un vago éxtasis, una figura, que cerca del Cristo lleva una palma en la mano. Es una figura de maravilloso aspecto, semejante a un arcángel, vestida de fortaleza y de luz; su frente aureolada se destaca sobre el profundo y sacro azur; su diestra alza en la mano una imperial palma de oro; su voz suena con harmonía intensa y dominante, como la voz de un dios: «¡Yo soy, oh, niño, exclama, quien te viene a hechizar y arrastrar para siempre en el triunfo del Domingo de Ramos! He aquí la palabra simbólica: ¡Yo soy la Gloria! Yo vengo a mostrarte el miraje de las soñadas Babilonias de plata, los sublimes Eldorados, las Jerusalenes que han de atraer tu pensamiento y tu sér todo, pues has nacido predestinado para desconocidos padecimientos, por amor de las Visiones y la pasión de las Palmas!»

Y el niño escucha aquellas palabras, sintiendo en su débil persona como la insuflación de una vida nueva; y su pequeño corazón palpita en un desconocido propósito de obrar y realizar cosas grandes.

Más tarde, las palmas del domingo guárdanse en las casas de los creyentes, como poderosos e invencibles talismanes. Queda junto a los retablos antiguos, junto a los santo-cristos que guardaban los lechos familiares, los ramos que el tiempo seca, y que las canículas doran y tornan más sonoros y livianos. Cuando suenan los truenos y caen los aguaceros diluviales bajo el cielo negro cebrado de relámpagos, fórmanse de las palmas benditas del Domingo de Ramos coronas salvadoras. Coronados de palmas, los habitantes de la ciudad feliz no temen las amenazas de la tormenta. Y he aquí que el niño triste, precoz enamorado de la Lira, sembró en el huerto de su corazón y en el jardín de su suerte un ramo de aquellas frescas hojas, y el ramo, a pesar de crueles inviernos, de ásperos huracanes, de voraces langostas, de hoces afiladas, ha crecido y producido otros ramos nuevos.

De allí ha cortado, en este día esplendoroso, sus dos palmas gallardas, la pobre alma que hace su peregrinación a Jerusalén, como sostenida por cuatro alas angélicas que enviara un bondadoso decreto del Padre de la Esperanza.

—«¡Vengo de Jerusalén»!, dice mi pobre psique. Y he aquí que miro en sus ojos más luz, y en sus mejillas una pura y juvenil llama de sangre. Vuelve reconfortada, para arrostrar las tinieblas y elementos que la combaten en el habitáculo del debil y vibrante cuerpo. Pues es ella la víctima ofrecida, por la ley suprema, a las fuerzas desconocidas que ponen cerco a su frágil domicilio. En la bóveda del cráneo, son los pensamientos y los sueños que nacen entre las marañas del cerebro; los nervios que, como una cruel túnica, se extienden; las pasiones que se desatan por las puertas de los sentidos; y el omnipotente y tentacular pulpo del sexo cuya cueva obscura es el sepulcro. Después, las luchas del Mundo y del Demonio encarnados en la Maldad ingénita y en la Estupidez humana; los truenos de la vida, las rachas, los ventiscos de las rudas horas amargas, de odiosa espuma; los relámpagos de la concupiscencia; los rayos de la soberbia; las lívidas nubes de la envidia; los aborrecimientos desconocidos; los granizos inmotivados; la Mujer—¡Misterium!—con su arcana misión de pecado y de llanto; el crimen; y, sobre todo, en el fondo de esa implacable tempestad, guardianes de la vasta Puerta del Universo: obscuro, obscuro, el dolor; pálida, pálida, la Muerte...

¡Dame, alma de mi infancia, una hoja de tu palma bendita para coronar mi frente!

HOMBRES Y PAJAROS

  Al amor de la mañana, o cuando comienza
la tarde, he aquí lo que suele verse en los
jardines de París...

Al amor de la mañana, o cuando comienza la tarde, he aquí lo que suele verse en los jardines de París, especialmente en las Tullerías y en el Luxemburgo. Mientras al amparo de las alamedas saltan los niños o juegan con sus aros y las nodrizas cuidan de sus bebés, y en los bancos hay lectores de diarios, y más allá jugadores de «foot-ball», y paseantes que flirtean, o estudiantes que estudian, o pintores que cazan paisajes, y en las anchas filas de las fuentes, al ruido del chorro de agua, minúsculos marinos echan sus barquitos de velas blancas y rojas, unas cuantas personas cumplen con una obligación sentimental y graciosa que se han impuesto: dar de comer a los pajaritos. Generalmente, los únicos que aprovechan son los gorriones, los ágiles y libres gorriones de París. Hay también las palomas, pero las palomas no son las que más gozan de la prebenda. Parecen estar fuera de su centro, de lugares en donde reinan solas, sin competencia ni reparto: la plaza de San Marcos de Venecia, o las cercanías del palacio Pitti, en Florencia. Aquí, pues, son los gorriones, pequeños e interesantes vagabundos, opuestos a la vida normal de las abejas, por ejemplo, y que esperan por estudioso biógrafo un Maeterlinck alegre.

No lejos del Arco del Carrousel, en que la guerra y la Ley están representadas, un grupo de gente de diversas condiciones y edades, forma valla, mira en silencio. Un hombre de aspecto tranquilo y serio, cerca del césped, sobre el que salta y vuela una inmensa bandada de gorriones, saca de su bolsillo un pan y lo desmenuza. Luego, comienza a llamar: ¡Juliette!... Y una fina gorrioncita se desprende de la bandada chilladora y saltante, y se va a colocar en la cabeza, en los hombros, en la mano del hombre. «Louise, Jean, Friederic, Mimi, Toto, Mussette».

Los pájaros libres del jardín, que entienden por sus nombres respectivos, van todos a la voz que les llama. Y es un revoloteo incesante alrededor del amigo que regala, y una fiesta a que, por otra parte, están completamente acostumbrados. Unos cazan la miga al vuelo, otros la toman en la mano, otros la recogen del suelo.

El hombre les habla, les acaricia, les regaña. Prends garde, gourmand. «Ten cuidado, glotón». «No seas atrevido, Robert». «Señorita, así no se come»... «Insolentes, ahora vais a ver». Les trata con naturalidad, con amistad, con confianza, con familiaridad. Todos ellos le conocen, y él conoce a todos ellos, a pesar de tener todos igual uniforme, y de no haber nada más semejante a un gorrión, como una gota de agua a otra gota de agua. Y se ve que ese personaje, cuyo nombre todos ignoran, tiene verdadero amor por sus pajaritos, y que no falta un solo día, desde hace muchos años, a cumplir con su amable tarea, de manera que, si faltase una sola vez, habría verdadera alarma entre el mundo alado que puebla los ramajes de las Tullerías, y que si llegase a faltar para siempre, los pobres animales estarían de duelo, a menos que su alma en libertad fuese visible para ellos en la transparencia de los aires.

Mas, en verdad, una vez se ausentó, enfermo de la vista, y hubo duelo entre los pájaros y gozo a su retorno.

En el jardín del Luxemburgo, cerca del palacio, al lado de las galerías del Odeón, muchas veces he encontrado a diferentes personas que dan de comer a los pajaritos; pero, sobre todo, no dejo nunca de ver a un viejecito, de aspecto venerable, de ropas modestas, que lleva en su solapa la cinta de la Legión de Honor. ¿Qué sabio, qué poeta será? ¿O qué filósofo anciano que venga con un espíritu semejante al de su antepasado Descartes a admirar la mano de Dios, y a «conocer y glorificar al obrero por la inspección de sus obras?» Otras veces, es un caballero enorme, que se sienta en los bancos para llenar su obligación, varón de gordura extraordinaria, que tiene una cabeza de niño gigantesco. Los pájaros se le posan sobre el extensísimo pecho, sobre los hombros de elefante, le revuelan por el magnífico vientre, y en ramilletes temblorosos se le prenden de las manos regordetas, llenas de bizcochos. No puedo de dejar de pensar: bueno, como todos los gordos. Cerca de él una viejecita de luto, con un niño, reparte también su ración. A veces conversa con los pájaros, a veces con el niño, a ambos les habla con el mismo tono. Los animales conocen a todos, pero con el anciano de la Legión de Honor hay mayores relaciones. Le siguen, cuando les deja, a saltitos; se diría que le hablan en su idioma; se le sientan en el veterano sombrero de copa; le llaman de lejos. El se vuelve; los sonríe; parece que se despide hasta el día siguiente.

Y nada es más suavemente impresionante, en la frescura de la mañana o en la melancolía de la tarde. Acaba uno de leer los diarios, de ver la obra del mal, del odio, la lucha de las pasiones, el hervor de los vicios. Larga lista de crímenes, de escándalos, de injusticias. Los asesinatos, las infamias, las intrigas, todo el endemoniado producto de una inmensa ciudad de tres millones de habitantes. Va uno por los bulevares, y ve pintada en la mayor parte de los rostros con que se encuentra, la codicia, la ferocidad, la vanidad y la lujuria; habla uno con prójimos, con conocidos, llenos de hieles, de ponzoñas, de vitriolos; encuentra uno más allá, astucias, intrigas, rebajamientos, prostituciones, la caza al sou, la caza al franco, la caza al luis, al billete, al cheque, los aires de neurosis que soplan sobre las terrazas; los asesinos elegantes; los espadachines cobardes; los ambiciosos; los ratés; la vergüenza de abajo; los crímenes de arriba; Sodoma por una parte y Lesbos por otra; lo artificial entronizado; las podredumbres cotidianas; la farsa continua, la negación de Dios. Y hay aquí estas gentes que vienen a dar de comer a los pajaritos...

Sí, porque París tiene un vasto cuerpo; es un vasto cuerpo como el cielo de Swedenborg, o el universo de Campanella. Tiene un organismo propio, semejante a los astros de Bruno, animali intellettuali: tiene una cabeza, unos brazos, un corazón, un vientre y un sexo; tiene sus grandes pensamientos, sus grandes sentimientos, y sus buenas y malas acciones, y sus bellos gestos y la banda gris del Sena que refleja los diamantes celestes.

Por el barrio en que habité está el cerebro, está la cabeza. Por algo, en el argot parisiense, sorbonne quiere decir cabeza. Allí está el órgano pensante, la juventud de las escuelas, las grises piedras que vieron pasar a Abelardo, el hogar de la enseñanza. Unos cuantos meditativos viejos, en sus encierros silenciosos, compulsan los conocimientos del pasado, trabajan en la ciencia del presente, piensan en el porvenir; un ejército de jóvenes se prepara a la obra de los maestros. Es el Colegio de Francia, es el Instituto, la Escuela de Medicina, todas las escuelas y laboratorios y en donde se forman y se desarrollan los sabios, y aprenden a concretar sus sueños los artistas. Es el Panteón, son los museos.

Las cátedras de ese centro están en actividad. Profesores y alumnos siguen por el camino comenzado desde hace siglos. Aquí se escucha el ruido de la humanidad, se busca cómo penetrar el misterio de las cosas, cómo mejorar la existencia; la filosofía investiga, induce, deduce; la ciencia experimenta, analiza; se labora por el mejoramiento social, por el perfeccionamiento individual. De las cátedras se extiende un continuo río de ideas, de que benefician la industria, el comercio, la salud. Y los ojos de París están también allí, en el Observatorio, escudriñando la altura, fijos en los astros.

A un lado y otro se extienden los brazos. Es el París que trabaja, las extremidades llenas de fábricas, cuajadas de usinas de telares, de chimeneas. Por allí, constantemente, bullen las muchedumbres de obreros que forman la vitalidad productora: los obreros que saben leer y luchar, los trabajadores que salen de sus labores y van a las universidades populares a comunicar con sus hermanos intelectuales, ya en el faubourg Saint-Antoine, ya en Montreuil-sous-Bois, en Grenelle, o en Boulogne-Billancourt, de un punto a otro, de Asnières a Charenton, de Vincennes a Puteaux, a Levallois, a Courbevoie. Pues los brazos de París manejan alternativamente herramientas y libros, antorchas e ideas. Son brazos robustos e inteligentes, y también terribles.

El inmenso vientre y el sexo están en el centro, en ese trecho en que los grandes bulevares juntan todos los apetitos, deseos y vicios nacionales y extranjeros, desde la Magdalena hasta la Plaza de la República y los alrededores de la Opera. Allí se come bien y se peca mejor. La riqueza y el lujo hacen su exhibición, la gula encuentra cien dorados refugios en que saciar sus más exquisitos caprichos, y el amor fácil halla el suntuoso y babilónico prostíbulo ambulante que ha dado a esta capital, digna de superior renombre, el de ser el lugar de cita y el casino de las naciones.

Y el corazón de París late por todas partes, y riega su sangre por todo el resto del magnífico cuerpo. Ese corazón anima a las individualidades silenciosas y discretas que hacen el bien callado a los hospicios y lugares de asilo, a los conventos en que sin engaño se reza y se sostiene, como dice Huysmans el de la Oblación, el pararrayo. Cuando ese corazón quiere hablar se llama Severine, como se llamaba Luisa Michel. El hace ir sin pompa a las viejas caritativas a llevar pan y carbón a sus pobres; él sostiene a las infinitas muchachas honestas que, viviendo con el lupanar a la vista, prefieren ir a la fábrica para dar de comer a la madre inválida o al hermanito enfermo; él se revela, por fin, en los que se ahogan por salvar suicidas, en el médico que va a ver el infeliz y le deja con la receta el dinero para pagarla, en las nobles cooperativas, y hasta en el cochero viejo que se mata porque se le murió el caballo, que era su antiguo compañero. ¡El buen París! ¿Quién dice que tan solamente hay aquí muñequitas de carne, y hombres con profesión de pez? Que venga a ver los talleres llenos, las iglesias, las universidades populares, y... a los hombres que dan de comer a los pajaritos.

No hay que reir mucho de Margot si llora por el melodrama, y si viejas solteronas se enamoran de sus gatos. No hay que buscar el lado cómico de las Sociedades protectoras de animales. No debe ser ridiculizado ningún sentimiento de origen noble. Y el cariño hacia la naturaleza—paisajes, animales, flores o aguas—y las simpatías por las manifestaciones amables de ella, proclamarán siempre su origen generoso. Sin anonadar nuestra personalidad humana en la ataraxia de Zenón o la apatía epicúrea, tengamos la pasión del universo, la tendencia a nuestra unidad. Así como nada conforta tanto como la presencia de los bosques o la contemplación del Océano, nada suaviza más las asperezas del espíritu que la visión de una rosa en su tallo, o un pájaro sin trabas ni jaula, que salta y vuela por donde quiera, y canta sin inquietudes bajo el cielo. Quizás la luminosa alegría que nada podrá destruir en el alma de esta Galia feliz, viene de su simbólica alondra, maestra de libertad, amante de claridad, ebria de frescor y de canto matutino. Tengamos el amor de las rosas y de los pájaros, de las mariposas, de las abejas. Es un medio de comunicación con lo Universal, con la divinidad. Maeterlinck, en el libro admirable que conocéis, ha oído la iniciada voz de Virgilio:

Ese apibus partem divinæ mentis et hansitus.
Athereos dixere: Deum manque ire per omnes.
Terrasque tractusque maris, extumque profundum.

Nada más conmovedor que la petición que, hace algún tiempo, dirigieron al Congreso belga los miembros de un instituto de ciegos.

Sabido es que en ambas partes a los pájaros cantores, para que canten mejor, les sacan los ojos, sin duda acordándose del divino Melesígenes, que también supo ser armonioso sin los suyos...

En Bélgica hacen lo mismo, y esos ciegos del instituto han intercedido por los ojos de los pajaritos.

Yo sé que hay gentes que sonríen de todas esas cosas, que hallan todo sentimentalismo fuera de moda, y que juzgan nefelibatas a los que no se levantan todos los días con el único propósito de aumentar sus rentas por la buena o por la mala. Yo sé que hay muchas gentes que retorcerían con gusto el pescuezo a todos los cisnes del Caistro, y enviarían una buena perdigonada a los ruiseñores de las melodiosas florestas. Yo sé que en filosofía priva mucho actualmente la ferocidad, el egoísmo, la crueldad. Pero esos son nietzschistas furiosos y danzantes, ante los cuales iría yo a dar un abrazo al hombre que da de comer a los pajaritos...

PRIMAVERA APOLINEA

  Una copiosa cabellera. Unos ojos
de ensueño y de voluntad, juventud,
mucha juventud: un poeta.

I

Una copiosa cabellera. Unos ojos de ensueño y de voluntad. Juventud, mucha juventud: un poeta. Habla:

—Yo nací del otro lado del Océano, en la tierra de las pampas y del gran río. Desde mi pubertad me sentí Abel; un Abel resuelto a vivir toda mi vida y a desarmar a Caín de su quijada de asno. Afligí a mis padres, puesto que muy temprano vieron en mí el signo de la lira. Se me rodeó de guarismos en el ambiente de las transaciones, y salté la valla. De todo el himno de la patria sólo quedó en mi espíritu, cantando, un verso: ¡Libertad! ¡libertad! ¡libertad! Y me sentí desde luego libre por mi íntima volición.

Y conocí a un hermano mayor, a un compañero, que tendiéndome la diestra me señaló un vasto campo para las luchas y para los clamores, me inició en el sentimiento de la solidaridad humana, aquel joven bello y atrevido de vida trágica y de versos fuertes. Mi bohemia se mezcló a las agitaciones proletarias, y aun adolescente, me juzgué determinado a rojas campañas y protestas. Fraseé cosas locamente audaces y rimé sonoras imposibilidades. Mi alma, anhelante de ejercicios y actividades, fluctuó en su primavera sobre el suburbio. No sabía yo bien adonde iba, sino adonde me llamaban lejanos clarines. Me imbuí en el misterio de la naturaleza, y el destino de las muchedumbres, enigma fué para mí, tema y obsesión. Ardí de orgullo. Consideréme en la solidaridad humana, vibrantemente personal. Nada me fué extraño, y mi yo invadía el universo, sin otro bagaje que el que mi caja craneana portaba de ensueños y de ideas.

Mi espíritu era un jardín. Mis ambiciones eran libertad humana, alas divinas. Y, como no encontraba campana mejor que la que levantaba el alma de los desheredados, de los humildes, de los trabajadores, me fuí a buscar a Cristos por los mesones de los barrios bajos y por los pesebres. Creí—aurora irreflexiva—en la fuerza del odio, sin comprender toda la inutilidad de la violencia. No acaricié el instrumento de mis cantos, sino que le apreté contra mi corazón con una como furia desmedida. Comprendía que yo había nacido para ser una vasta comunidad sedienta de justicia, buscadora de inauditas bienaventuranzas. Mi derrotero iba siempre hacia el azul. Para todo el comprimido río de mis ideas juveniles no hallé mejor salida que el cauce de las sensaciones y las cataratas de las palabras. Mi rebeldía iba coronada de flores. No tenía más compañeros que los que veía dispuestos a las luchas nobles y los buenos combates. Yo creí ver pasar «el gran rebaño». Yo lo soñé una noche cavernosa que evocaba apariciones de muertas humanidades, mientras pensaba, apartado de los hombres como un condor solitario adormecido en la grandeza de las peladas cumbres, con la visión desesperante de una colmena humana miserable que recortábase en la blanca sábana de nieve como un borrón en una página alba. Al fin, hálito cristiano me inspiró en aquella hora y la estrofa que otras veces abofeteara a los oídos, se retorció en un gesto de insultador.

Amé la grandilocuencia, pues sabía que los profetas hablaban en tropos a los pueblos y los poetas y las pitonisas en enigmas a las edades. Buscaba en veces la oscuridad. Me preocupaba a todas horas la interrogación de lo fatal. Oía hablar al hierro. Mi primer amor no fué de rosas soñadas, sino de carne viva. Me amacicé desde muy temprano a los golpes de la existencia. Fuí a acariciar el pecho de la miseria. Y surgió el amor. ¿Romántico? Hasta donde dorara la pasión la más sublime de las realidades, representada en una adolescente rosa femenina. Todo, es verdad, estaba dorado por la felicidad, hasta la tristeza y la penuria de los que fuesen favoritos de mi lástima. Mis ideales de venturanza humana no se aminoraron, sin embargo; mas se dulcificaron a pesar de mis impulsos y proclamas de brega, por la virtud de una alma y de una boca de mujer. Vida, sangre y alma busco y encuentro en la mujer de mis dilecciones. Mas no por eso olvidé el sufrimiento de los que consideraba mis hermanos de abajo, cuyas primeras angustias fuí a buscar hasta las pretéritas y cíclicas tradiciones de la India. Mi carácter se encabritaba en veces,