VIII

LAS DUDAS DE UN APÓSTOL

A la sombra de la nublada frente, los ojos de don Miguel estaban tristes; retirado el sacerdote a su aposento, con las manos entre las rodillas y el busto inclinado en el «escañil», meditaba sin tregua.

¡Vaya un conflicto! ¡En buen hora la compasión y la amistad lleváronle a ser consejero y tutor de la familia Salvadores! Toda la solicitud con que él defendía los embrollados asuntos de esta pobre gente, no bastaba a prevenir su adversidad.

Las noticias de América eran harto desconsoladoras: el padre de Florinda, «el señor Martín»—según le llamaba el mismo don Miguel—encontró a su hermano Isidoro muy enfermo, y en manos ajenas el humilde negocio allí establecido, señuelo de la esperanza familiar, vorágine que sorbía cuanto la usura prestaba, con subido interés, sobre el menguado peculio de la tía Dolores.

Algún socorro llevó a ultramar el segundo emigrante: algo de lo que a duras penas salvara en el hogar costanero; mas la viril resolución del señor Martín, expatriándose con la pena de su reciente viudez y dejando a su hija en Valdecruces, parecía estéril ante la mala ventura que a todos alcanzaba desde la amarga paramera.

Ya el ausente maragato le escribía con sigilo al sacerdote, que juzgaba muy difícil levantar el caído negocio de América sin mucho más dinero del que llevó; hablaba también de Florinda con tristeza angustiosa y mostrábase impaciente por conocer el camino de las negociaciones matrimoniales entre ella y su primo Antonio. «A base de esa alianza—escribía—quizá fuera posible restaurar la hacienda de Valdecruces, pero yo quiero dejar a la muchacha en absoluta libertad para elegir marido: nada ambiciono para mí; por ella y por mi madre sufro; por este pobre enfermo y por sus hijos me afano». Y añadía: «Dime tus impresiones. Antonio irá para la fiesta Sacramental; creo que sigue muy encaprichado por la niña; sabe que está bien educada, que es hermosa, y, tanto él como su madre, desean lucir en la ciudad una mujer de buen porte y de finura. Mas yo no quiero engañar a mi sobrino; si llega la ocasión, hazle saber que perdí casi todo cuanto tenía en el tiempo en que negociamos la boda bajo la condición de someterla al gusto de la rapaza; el novio sabe que he delegado en ti todas mis atribuciones sobre el particular...»

Recordando la carta confidente, el cura se levantó inquieto y anduvo por la salita con aire absorto; había recibido otra esquela, y otra aún, que, distintas y semejantes a la vez, convergían al mismo punto: el matrimonio de Florinda.

El pretendiente de Valladolid escribía al párroco diciéndole que, «sabedor de la tutela que desempeñaba cerca de su prima, tenía el gusto de comunicarle su propósito de celebrar la boda aquel verano, aprovechando la ocasión de su viaje a Valdecruces «cuando las fiestas», puesto que sus muchas ocupaciones le impedirían volver, y ya era hora de tomar estado... Quedaba en espera del «sí» definitivo para los fines consiguientes...»

Y en el mismo correo, también con sobre al señor cura, una letra fina y nerviosa, clamaba de pronto:

«¿No te acuerdas de mí?... Considero imposible que me hayas olvidado, aunque nada contestas cuando van mis renglones a buscarte; soy aquel de las coplas y de las penas a quien tú exaltabas con elevados discursos a la orilla del mar, del mar mío que amaste y «sentiste» como un gran artista.

»De aquella amistad nuestra guardo yo recuerdos imborrables que ojalá perduren también en tu memoria; atisbos de tus antiguas confidencias, raras y profundas como las de un santo; reliquias inefables de la paz de tus ojos, de la ternura extraña de tu voz. Siento al través de nueve años de ausencia la codicia de un secreto que en tu alma soñé... No lo niegues; era un secreto «blanco» y triste (según decimos ahora) que en vano quise aprisionar en los moldes artificiosos de una fábula... Tú no hablaste nunca, y aquel misterio quedó en mi fantasía como intangible estela de visiones que no pueden cuajarse en una estrofa...

»Quizás haré mal en volver a ti con esta memoria por divisa; quizás te alarmo y «te escondo» al resucitar de improviso el agudo recuerdo de mis curiosidades; mi propia imprevisión te prueba la cordialidad de este impulso.

»Al regresar de Cuba hace dos años supe en Villanoble que habías terminado la carrera con mucha brillantez, y te escribí a tu pueblo; después te mandé mi último libro: no respondiste a mi reclamo. Ahora, una adorable letra de colegiala ha escrito para mí tu nombre, y esta providencial noticia tuya que recibo por tan dulce mensajero, me conmueve con el íntimo temblor de muchas ocultas emociones que despiertan y vibran, gozan y esperan...

»Si te asusta mi exordio, si te desplace esta indiscreta persecución psicológica y sentimental, juro en mi ánima acallar para siempre tales porfías inquiridoras; y aún le queda a este pobre artista el aspecto de entrañable amigo y de hombre sensible para quererte y admirarte mucho.

»Acógeme bajo esta fase de íntima fraternidad que antaño nos unió por encima de mis inquietudes y de tu reserva; óyeme con tu afable sonrisa de tolerancia: de mi corazón, que tú conoces de memoria, voy a mostrarte una página «inédita», que casi yo mismo ignoro.

»—Ya «te siento pensar» con reflexiva compasión:—¡Cree que está enamorado!...

»Tú sabes muchas leyendas de mis amores, y sonríes con incredulidad, al verme perseguir de buena fe otra dulce mentira... Nada profetizo, porque me he equivocado muchas veces; mas, honradamente te aseguro que si éste de hoy no es el «definitivo» amor... está muy cerca de serlo...»

No acertó el comunicante, suponiendo que el sacerdote hubiera sonreído en la lectura de esta carta. Aun recordándola ahora, palidecía ligeramente y plegaba con nueva incertidumbre el entrecejo. Ninguna personal zozobra le suscitó el escrito del poeta; a las particulares alusiones con que Rogelio Terán le saludaba, fuéle a don Miguel muy llano contestar con serena desenvoltura:

«Cumple ese espontáneo juramento y renuncia de una vez a tus pesquisas novelables; ni una mala copla podrías ensayar a cuenta de los «secretos blancos» que me atribuyes, y que sólo existen en tu imaginación.»

Mayores dificultades tuvo que vencer el cura para contestar al resto de la carta, donde el artista, en pleno asunto de novela, contaba con lírico entusiasmo la despedida y el encuentro, origen «aquella nueva página de un corazón». Desde el sueño de la hermosura sorprendido en el viaje, hasta el adiós penoso en el andén astorgano, toda la historia linda y triste pasaba lo mismo que una centella por los enamorados renglones. Y don Miguel, ingenuamente conmovido por aquella relación fervorosa y rara, hallóse lejos de sonreir; repercutían en su espíritu con singulares ecos las exaltaciones generosas reveladas en aquel párrafo:

«... Esta niña tan llena de atractivos, que merece llamarse María y llamarse Flor, me ha mirado con deleite y ternura en dulcísimo abandono de su alma, y dejándome vivir como un sonámbulo a orilla de la hermosa realidad, hundióse en desierto camino paramés, al lado de una vieja lamentable y torpe, con rumbo sabe Dios a cuántas amarguras...»

—¡Sabe Dios a cuántas!—repetía el sacerdote, saturándose en el latente aroma de caridad vertido de la pluma del poeta.

Delatada por el santo perfume, la pura doctrina de un noble corazón daba su fruto en estas otras frases:

«Yo sé que esa pobre familia te aprecia como confidente y amigo de su más íntima confianza; que ponen en tus manos sus asuntos y proyectos, y que entre Mariflor y un primo suyo median planes de boda no sancionados aún completamente. ¿Quieres hablarme de estos propósitos? ¿Quieres decirme si dañaré los intereses de la muchacha yendo a solazarme con su presencia al amparo de tu amistad? Siento la violenta tentación de volverla a ver.—¿Con qué intenciones?—me preguntas—. Yo mismo las ignoro en definitiva; desde luego con las de hacerle todo el bien posible, y ni una sombra de mal siquiera.»

Al llegar mentalmente a este punto de la lectura, todos los días repetida de memoria, el párroco de Valdecruces hizo una pausa en su agitado raciocinio, acodóse en el tosco rastel del antepecho y encendió con lentitud un cigarro.

A espaldas del fumador aposentábase la sombra en la modesta salita, diseñando apenas el perfil de un pupitre y de un sillón y el contorno de unos altos escabeles. Fuera, se amortecía bajo el crepúsculo un huertecillo, cuyas legumbres posaban pálido tapiz de verdura sobre el color ocre de la tierra, y en la apacible lontananza del erial tenía la muerte de la tarde una serenidad purísima.

Paseó don Miguel sus claros ojos por el asombrado huerto, por el deleznable caserío asignado entre calzadas y rúas silenciosas, y los clavó después en el lueñe horizonte, allí donde sangraba la agonía de un magnífico sol de mayo, en la serena curva del cielo azul: evocaba el sacerdote aquel momento en que acudiera Mariflor a su llamada para responder con claridad a dos trascendentales preguntas:—¿Quería a su primo por esposo?

—No, señor—dijo rotundamente la moza sin asomo de vacilaciones.

—¿Y a Rogelio Terán?

Aquí, una súbita sorpresa tiñó de grana el semblante de Florinda, la cual bajó los ojos, torció nerviosa el pico del pañuelo y exclamó lo mismo que la heroína de Campoamor:

—«Cómo sabe usted?...»

Aunque el cura de esta dolora no era «un viejo», para él tuvo la niña «el pecho de cristal», como en la fábula; y apenas dejó traslucir los amorosos afanes, tuvo también la palabra expedita para defender sus preferencias y los libres fueros de su corazón. Ya para entonces habíase mostrado transparente como el pecho, el cristal de unos ojos que miraban al párroco de hito en hito, y en los cuales fulgía la esperanza como un rayo de luna sobre el mar.

Sintióse conmovido el sacerdote en la contemplación de aquella moza que miraba de frente como él, sin duda porque tenía muchas cosas buenas que decir con los ojos oscuros y anhelantes. Y al cabo de innumerables observaciones y temperamentos, se convino en la plática, requeridora una triple resolución: escribir al padre el fiel relato de la amorosa cuita; tratar con el primo, sólo verbalmente, «del asunto», sin corroborarle entretanto promesa alguna de matrimonio; y responder a Terán «en la forma que el señor cura lo creyera discreto», dando margen a las ilusiones que la niña compartía con el poeta.

Así, Mariflor y don Miguel se propusieron en amigable complicidad servir a los corazones y a los intereses, con un sentimiento doblemente caritativo por parte del sacerdote; avaro y generoso a la vez, en el espíritu ferviente de la enamorada.

—Yo misma—concluyó por decir aquella tarde—explicaré a Antonio este verano los motivos de mi negativa y le pediré la protección de su fortuna para la abuela. Si es bueno y es rico, tanto como dicen, ¿ha de negarse a salvarnos a todos? Cuanto más que yo no pretendo que nos regale nada; bastará que nos preste sin usura...

Y como don Miguel acogiera en silencio el vehemente propósito, añadió la muchacha con vivísima zozobra:

—¿Cree usted muy difícil un milagro?

—Según y conforme...

—Es que yo le he prometido a Olalla hacer uno, con la ayuda de Dios, para librar la hacienda de abuelita.

—¿Y será a base de lo que Antonio te conceda y tú le niegues?

—¡Eso mismo! ¿Le parece a usted imposible de lograr?

—¡Oh transparente corazón de mujer—meditó el cura sonriendo—. ¡Mezcla humanísima de egoísmo y caridad, de obstinación y de ternura!... En fin—dijo sentencioso—: la fe mueve las montañas... Para Dios no hay imposibles...

Las últimas palabras del sacerdote extendieron por el dulce rostro de la niña una expresión de singular confianza. Así, férvida y creyente, se había despedido Mariflor en aquella entrevista.

Desde el mismo barandaje donde el cura se apoya, la vió cruzar el huerto y salir a la penumbra del camino en el preciso instante en que pasaba Rosicler balanceando su chivata de pastor al compás de una copla.

Se saludaron los dos mozos bajo las alas de la brisa, mientras el paisaje se quedaba dormido en la mansedumbre de la noche y florecía en astros el profundo cielo. Y cuando ambas siluetas se dibujaron levemente, ya separadas en la oscuridad, la canción de Rosicler vibró engreída, dejando en el aire una letra de boda, el jirón de un romance popular que pregonaba:

«Mira, niña, lo que haces,

mira lo que vas a hacer,
que el cordón de oro torcido
no se vuelve a destorcer...»

Trovó un pájaro en su última ronda por el huerto, rodó en las nubes una estrella rubia, y don Miguel sintió los ojos turbios de lágrimas, quizá nacidas de la melancolía de la hora, o de aquel recuerdo «blanco y triste» mentado por el poeta, removido por los acentos de la copla, por la visión juvenil de la niña y el zagal...

En este otro crepúsculo, tan espléndido como aquél, la honda meditación del señor cura tiene cambiantes y matices como la piedra ónice, y el relámpago de alguna sonrisa aclara a veces el frunce del entrecejo en la frente del apóstol. El cual, como si hallase súbito remedio a una de sus perplejidades, arroja por el balcón la punta apagada de su cigarro, y asomándose a la puerta de la salita, llama de pronto:

—¡Ascensión!... ¿puedes venir?

—Voy ahora mismo—responde en el fondo de la casa un agudo acento de mujer. Y una moza acude en seguida, diciendo al entrar:

—¿Enciendo luz?

—Todavía no. Te quería preguntar si conseguiste que Marinela Salvadores te confiase aquel secreto que tú adivinabas.

—Y acerté, mismamente.

—Vamos a ver: ya sabes que no me impulsa la curiosidad a estas averiguaciones en que tú me ayudas: quiero el bien de la rapaza; curar esa dolencia, esa misteriosa pesadumbre que nadie conocía... ¿Qué tiene, en fin?

—Tiene... vocación de monja.

—¿Así, en firme, de verdad?—exclama absorto el párroco.

—De verdad, tío. Si no entra clarisa, se comalece.

—Pero, ¿de qué le ha quedado eso?

—De que un día fuimos juntas a Astorga y llevamos de parte de usted un mandado para la madre abadesa: fué en el mes de abril...

La muchacha se sienta en un escabel, y el cura, reclinándose en otro, cerca de la sobrina, escucha con atención, ya bien entrado en el aposento el silencioso temblor de la noche.

—Fué en el mes de abril—repite Ascensión después de una pausa, dando mucho alcance a su confidencia—. Con la madre Rosario salió al locutorio una novicia a quien yo conocí en la Normal de Oviedo. Nos dijo que estaba muy gozosa en la clausura, que tenían un jardín precioso donde cultivaban flores para la Virgen, y que se disfrutaba un deleite divino en aquella vida. Marinela, que no habló una palabra, salió de allí tocada de la vocación como por milagro, y desde entonces conozco que se muere por ser monja.

—Pero, ¿y la dote?—prorrumpe don Miguel con impaciencia.

—Por eso la zagala padece; hoy me ha confesado sus pesares al volver de Piedralbina: ni por soñación espera conseguir los dineros para entrar en Santa Clara... ¡y llora tanto!

—¿Y por qué ha de ser en Santa Clara precisamente? Si tiene verdadera vocación religiosa, bien puede buscar otro convento donde no necesite llevar mil duros por delante.

—Ya se lo he dicho yo; pero ella quiere en ese, en ese nada más. ¡Usan las monjas un traje tan precioso, todo blanco! Y se dedican a plegar la ropa de los altares, a hacer dulces y labores; ¡cosas finas y santas!

—Sí—replica el cura remedando el tonillo alabancioso de la moza—, y a practicar ayunos y vigilias, penitencias y sacrificios.

Tras un breve silencio, Ascensión añade con tenue ironía:

—En su casa ayuna Marinela y vive sacrificada... Ser clarisa es destino envidiable.

—¿También para ti?

—¡Yo, como tengo dote y haré buena boda!

—Porque Máximo tiene dinero, ¿no?

—¡Claro está! Pero Olalla y Marinela no han de casarse: todo el mundo dice que la tía Dolores ha perdido el caudal.

—¿De manera que te parece envidiable el destino de monja para esa niña, porque no tiene un céntimo?

—Ya ve... Estar a la sombra en un claustro hermoso, vestida de azucena, cuidando un jardín para la Virgen, ganando el cielo entre oraciones y suspiros... es mucha mejor suerte que trabajar la mies como una mula para comer el pan negro y escaso, y envejecer en la flor de la mocedad: yo que Marinela, también entraba clarisa.

—Pero, criatura y ¿la dote? ¿No ves que si ahora le diesen veinte mil reales a Marinela para profesar en Santa Clara, lo mismo le servían para casarse? Menos tienes tú y sólo por lo que tienes vas a hacer una «buena boda», según dices: la pobreza no justifica la vocación religiosa en este caso, y más vale así, aunque sea imposible realizar los deseos de tu amiga.

Ascensión, la maestra elemental, sobrina del señor cura, no enrojece al sentirse envuelta en tan desnudos comentarios, sino que, reflexiva y avisada, advierte a la sapiencia y lógica de su tío:

—Repare que muchos prelados reciben herencias para dotar a las novicias pobres, pero nunca para dotar a las novias... Hay devotos ricos que protegen con grande caridad las vocaciones religiosas; hay plazas de favor en los conventos; y, en un caso de apuro, no teniendo una mujer nada más que la tierra abajo y el cielo arriba... menos difícil me parece entrar en la clausura con el hábito que entrar en la parroquia con el novio... ¿No es verdad?

La pregunta, certera y amarga, hiende como un dardo la sombra, y el sacerdote álzase al recibirla y se lleva la mano al pecho igual que si le sintiese herido.

Suspira sin responder, da unos pasos a tientas por la estancia y, de pronto, se dirige hacia el balcón, donde acaba de asomarse la luna bajo un pálido velo de niebla.

—¿Enciendo luz?—vuelve a preguntar la moza, dando por concluído el interrogatorio.

Y con grave intención, que ella no comprende, el párroco de Valdecruces avanza en la oscuridad hacia el claror divino y, señalando al cielo, responde:

—Deja que ésta me alumbre...