XII

LA ROSA DEL CORAZÓN

AL llegar a Valdecruces conoció Rogelio la situación de la familia Salvadores; supo asimismo que la boda de Florinda con su primo Antonio era raíz de una esperanza para la rehabilitación del hogar, y que la pobre moza, enamorada del poeta, vivía en sorda lucha pugnando heroicamente por favorecer a los suyos, sin hollar los fueros de su propio corazón.

Al oir de labios de don Miguel tales revelaciones, sintió Rogelio una agudísima piedad, y en un arranque de ternura y gratitud, determinó acelerar sus propósitos, casarse con la dulce niña y arrebatarla para siempre a las tristezas y servidumbres del páramo.

Junto a la noble figura del sacerdote, en aquel ambiente de austeridad y sacrificio, desbordáronse las compasiones del caballero: vió a la hermosa doncella condenada a yacer en una vida tan contraria a su educación y natural finura; admiróla doblemente con instintos de artista y misericordia de enamorado; encareció sus excelencias y virtudes, elevándolas a lo sumo de la imaginación, y prometióse con hidalguía quijotesca «no comer pan a manteles» hasta librar a su dama de tan penoso cautiverio y hacerla feliz, muy feliz...

Mas, una vez a solas, pasó por la mente del hidalgo cierta ráfaga de inquietud. Rogelio no era rico: después de una infancia triste, de una adolescencia cruel, combatida por muchas pesadumbres, su arte y su pluma, unidos en esfuerzo quizá no muy constante, pero firme y bien orientado, comenzaban a subir la dura cuesta de la fama; pero aún no podía como «el otro» redimir la hacienda de Valdecruces, ni siquiera ofrecer a su amada más que un porvenir inseguro. Unirse con Mariflor, ¿sería, pues, hacerla feliz?

Miraba Rogelio la vida a lo poeta, desde las cumbres, sin pensar en las humildes realidades hasta que por su mal tropezaba con ellas. Al decidir la boda no hallaba para su vida otro refugio que una silenciosa casita en Villanoble, donde murió su madre, la solitaria mansión estremecida siempre por las voces del mar. Bello rincón sin duda para esconder un idilio, para aguardar prósperos tiempos en brazos del amor. Pero quizá esos tiempos no llegasen nunca; tal vez un día tuviera el marido que salir del hogar, como antaño su padre, víctima también de amor y de pobreza, el cual se fué para siempre, aunque tras sí dejaba una mujer y un niño...

Al abismarse en las incertidumbres de lo venidero, revivía el mozo las memorias de su infancia, junto a aquella madre siempre meditabunda, siempre inquieta, vigilando día y noche los caminos por donde el ausente pudiera tornar. Recordaba con obsesión de pesadilla los ojos desmesurados de la infeliz cuando en el horizonte marino aparecía un buque con rumbo a Santander, la desolación infinita del materno rostro en constante solicitud sobre los barcos y las olas. Cuando las lágrimas y el tiempo empañaron la luz de aquellas pupilas dulces y pacientes, la mujer perseguía al niño para señalar, entre la bruma, el humo ilusorio de una embarcación, y preguntar ansiosa, como la conocida «hermana» en el cuento popular de Barba Azul:

Rogelio, hijo mío, ¿qué ves?...

Temblaba el poeta ahora, repitiendo con el corazón oprimido por inexplicables ternuras, su réplica tantas veces balbucida:

No veo más que las aguas y las nubes... ¡El no quisiera, por nada del mundo, ser la causa de que en bocas inocentes hallasen ecos aquella pregunta y aquella contestación, cifra de tremendo martirio, renovado al través de toda una vida!

Era Terán superticioso, creía en los pecados por atavismo. Más de una vez, pensando en la inconstancia de su padre y en sus propias flaquezas, huyó de tener novia, prediciendo:

—Voy a causar su desventura.

Y a menudo, cuando le enardecían nuevos amores, se observaba con espanto como si en el fondo de su corazón temiese descubrir el gérmen de alguna fatalidad hereditaria. Estos mismos terrores le persiguieron al arribar a Valdecruces, aunque nacía la afición de ahora con tales ímpetus y ternuras, que llegó a juzgarla definitiva y libre de toda infidelidad.

Acalló, pues, al fin, sus sobresaltos e incertidumbres; afirmóse en la idea de la boda, y así se lo dijo a Mariflor. Pero la niña, preocupada, irresoluta, confesóle, tras violentos sonrojos, que no podía casarse sin aliviar a su gente de los graves apuros en que se estaba hundiendo: lo había prometido, lo había jurado... era un caso de conciencia y de honor. Con tan sublime sinceridad, con tales aspiraciones generosas resplandecía el propósito de Florinda, que el caballero enmudeció reverente.

No aludió ella, ni de lejos, a su primo; antes bien, con singular delicadeza limitóse a expresar la candorosa confianza que tenía de intervenir favorablemente en las desventuras familiares.

—Yo estoy resuelta—dijo—a remediarlas. Es un deber que me impuse.

—¿Aun a costa de la íntima felicidad?—preguntó Rogelio atónito.

—A costa de ella, no... pero antes de realizarla, sí... ¡lo he jurado! Yo no puedo pensar en mi propia felicidad sin resolver la situación de esta casa. ¿Cómo? No lo sé... En Dios confío. Entretanto, debo olvidarme de mí misma.

Dijo la moza con rotunda firmeza; mas la sorda rebeldía de sus sentimientos hablaban con tal elocuencia en la penumbra de los ojos, que el poeta sonrió seguro de la pasión con que era amado.

Y al referir más tarde al cura esta entrevista, difundióse una grata sorpresa por el rostro franco y abierto de don Miguel. Quiso Terán entonces, un poco desconfiado, calar los ocultos pensamientos de su amigo: asociaba su presente actitud con la singular resistencia de Mariflor, adivinando en torno suyo algo más de aquello que ya sabía... Pero nada pudo inquirir, porque el sacerdote se embozó de pronto en la reserva peculiar de aquel país, todo calma, recato y misterio...

Suponía don Miguel tan interesada a Mariflor por el poeta, conocíala tan amorosa y vehemente, que esperaba verla transigir al primer reclamo de la pasión, escondiendo en olvidados plieguecillos de la conciencia su afán de caridades. Mas cuando supo que la moza había puesto, incauta y valiente, condiciones a la propia ventura en beneficio de la ajena, una conmovedora admiración le dispuso a proteger tales propósitos, reveladores de heroicas energías y quizás de providenciales designios.

Así que, poco después, cuando Mariflor fué a casa del párroco en busca de refugio y de consuelo, animóla con grande ternura.

—Sí: yo estoy dispuesta a esperar—dijo la niña—, a esperar el milagro... Pero ¡si viera usted lo que sufro!... Cada día que pasa cae sobre mi corazón con horrible pesadumbre... Tiemblo por la suerte de todos mis amores... ¿Hago mal, acaso, queriendo ser feliz?

—No, hija mía. Yo también quiero que lo seas. Pero hay que tener presente...

—¡Qué! ¿Ya no confía usted en Rogelio?

—¡No confío en la felicidad!—exclamó el sacerdote, recordando a la madre del poeta—. Además—añadió—, si tú quieres favorecer a los tuyos...

—Sí: espero el milagro.

—Rogelio lo realizaría demasiado tarde... nunca tal vez... La situación es crítica... Tu primo Antonio...

—¡Yo no me caso con mi primo!—protestó impaciente la muchacha.

Y como el sacerdote enmudeciera, ella se cubrió el rostro con las manos.

—¡Ya no me anima usted!—gimió—, ¡ya me abandona!

Sin dejarse llevar de toda su compasión, quiso el cura alentarla:

—No te abandono, mujer. Te animo a ser valiente, a ver claro, a elegir el camino más corto para llegar al cielo, a desconfiar de la dicha que buscas en la tierra. ¡Pobre criatura! Debo prevenirte ¡a ti que sueñas demasiado!

—Pues soñar, ¿no es vivir... con el espíritu?

—Sí: cuando no se abandonan los deberes de la implacable realidad... En fin, no te apures; yo llamaré a tu primo. Mediremos su voluntad, sus intenciones...

—Pero diciéndole que no me caso con él—repetía la moza.

—Yo no intento, hija mía, que tú te sacrifiques. Haz lo que quieras... Dispuesto está Rogelio a casarse contigo... ¡Piénsalo bien!

—He jurado ayudar antes de nada a mi familia...

—Yo te libro de ese juramento.

—¡Es que me da mucha lástima de todos!—dijo Mariflor en un arranque de ardorosa piedad. No soy egoísta. Quisiera tener mucho dinero para darlo a manos llenas a mis parientes, a los extraños, a todos los que sufren, a todos los que viven muriéndose de pobreza... Pero casarme con «ese hombre» sólo porque es rico... un hombre a quien no conozco, a quien no quiero... Mire usted, señor cura: ¡si él tampoco me conoce; si él tampoco puede quererme! ¿Por qué ha de casarse con una pobrecilla como yo? En cambio tiene el deber de amparar a la abuela, que es de su sangre, que es su abuela también... Hablándole al corazón, por fuerza ha de compadecerse de ella lo mismo que nosotros... ¿No es verdad?... ¡Sí: llámele usted; llámele en seguida! Yo le diré todo esto... Cuando me escuche, cuando nos mire, si es cristiano, si nos tiene ley, nos dará su apoyo, salvará nuestra hacienda... Y no será preciso que yo venda mi corazón por un puñado de dinero...

A los oídos del sacerdote, acostumbrado a lamentos de cada criatura, no eran frecuentes palabras como éstas: allí cada mujer llevaba estoica y firme su cruz en la marea siempre viva de los infortunios, sin tiempo ni bríos para compadecer los ajenos dolores. Cada vez más prendado del alma de Mariflor, embriagábase el apóstol con las brisas consoladoras que esta niña llevaba desde la tierra que vive hasta la tierra que muere, como un soplo de sutiles piedades cultivadas en medio de la civilización para infundir sus simientes en el páramo.

—¡Sí, sí!—exclamó don Miguel—. ¡Quién sabe!... Llamaré a tu primo... Le llamaré en seguida como tú quieres.

—¿Y acudirá?

—Creo que sí.

—¿Antes del día de agosto?

—Antes: la semana que viene. Yo deseo que te tranquilices... Además, el tío Cristóbal amenaza con el embargo y hay que tomar alguna determinación.

—Ayer se llevó la recua.

—Ya lo sé.

—Y la Chosca.

—Eso no lo sabía.

—No le pudimos pagar unos salarios, y como estaba para el cuido de los animales, pues se marchó también... ¡Pobre! Iba muy triste, con los tres mulos y la borrica: volvían todos la cabeza hacia el establo al seguir por primera vez el camino de un albergue nuevo... ¡Daba una compasión!

—No quise evitar el despojo—dijo consternado el sacerdote—, porque de los que os amenazan es el menos perjudicial; realmente una recua, por mermada que esté, sin terraje propio y sin tráfico, más bien resulta gravosa...

—La conservaban por cariño y también por algo de orgullo: ¡es tan penoso venir a menos!... Aunque me entristeció la despedida de las bestias, me alegró al fin que cambiaran de amo; estaban, lo mismo que la Chosca, muertas de necesidad... La mujerona infeliz no comía bastante y se afanaba por darles a ellas de comer, en los rastrojos, en los alcores, en los añojales... ¡Pobre criatura! Nunca tuvo casa ni familia: su padre y ella se tratan casi como desconocidos.

—Y lo son. El tío Chosco «ya no se acuerda» de que esa mujer es hija suya. Quedó viudo al nacer la desventurada, fuése lejos y cuando volvió, pobre, viejo y vencido, se miraron como dos extraños... ¡ella también parecía vieja!

—Vivió desde niña en trabajosa esclavitud...

—No da más de sí la caridad de Valdecruces—suspiró don Miguel—. Y Florinda balbució:

—¡Cómo ha de darlo!

Quedóse acongojada, con el pensamiento henchido de penas.

—Pues ¡y el Chosco—insistió luego—, a quien mantiene usted de limosna, que vive sin más ilusión que la de enterar a sus parientes y sólo disfruta olfateando los difuntos!...

Después de una pausa lúgubre, tornó a decir Mariflor:

—¿Cree usted que el tío Cristóbal llegará a embargarnos, a ponernos en la calle?

—Es capaz—respondió el cura—. Pero no así de pronto—añadió, viendo palidecer a la muchacha—. Hicimos la tasación de las caballerías y con ellas pagasteis el interés de los réditos...

—¿Interés de intereses?... ¡Válgame la Virgen!... ¿Sabe mi padre que están así las cosas?

—Ya le escribí diciéndole toda la verdad, porque ha sido muy dañoso el engaño en que le tuvo la abuela.

—Es inocente como una niña; es ignorante y simple: si no fuera por usted, ya estaría la pobre en medio del arroyo.

—Ahora, con la pareja de los moricos—insinuó el párroco suavemente, como si temiese lastimar con las palabras—creo que el feroz prestamista quedará muy conforme...

—¿También los bueyes?... ¡Lo que va a sufrir la abuela!... Y, dígame, no me asusto; dígame si la casa peligra: es lo que más me apura; que nos echen del hogar de mi padre.

—No, no; yo haré todos los esfuerzos posibles por evitarlo—repuso el cura muy conmovido.

—¡Demasiado hace usted!

Los ojos de Florinda dijeron estas palabras aún más profundamente que sus labios.

—¡Si usted quisiera explicarme—agregó después con vivo rubor—cuánto debemos a ese hombre y en qué forma!... Yo entiendo algo de cuentas y necesito ayudar a mi padre con usted.

Absorto, perplejo, no sabía el cura qué decir, entre el reparo de abrumar a la muchacha con más hondas preocupaciones y la admiración de verla sobreponerse a sus íntimas amarguras para socorrer las cuitas del común hogar. Decidióse de pronto: la mirada firme y escrutadora de Mariflor no daba treguas.

—Es más intrincado el asunto de lo que tú te supones—comenzó—. El pasado mes venció un nuevo empréstito que el tío Cristóbal hizo sobre la casa, los enseres, el huerto, la cortina y una parcela de regadío en la mies de Urdiales: tres mil pesetas por todo ello, y no fué poco para lo que vale aquí la propiedad y lo que hacía temer la usura del prestamista. Pero no te asombres: ese «rasgo increíble» no solamente está garantido con hipoteca de las mejores fincas del pueblo, sino que rentaba de una manera escandalosa. A mayor generosidad... mayor negocio. ¿Comprendes?

—Sí, señor.

—Como tu abuela no pagó los intereses nunca y el tío Cristóbal los cobraba compuestos, la deuda amenazaba doblarse. Así sucedió en otras ocasiones, y así vuestro pariente se quedó con mucho de este patrimonio antes de que yo viniera a Valdecruces.

—¡Y mi padre sin saber nada!—exclama Florinda con desconsuelo.

Un fuerte impulso confidencial persistía en don Miguel, satisfecho de hallar al fin en la familia Salvadores una persona razonable.

—El usurero—continuó—dejaba correr los meses sin apremiaros, mientras los réditos le enriquecían: la hacienda garantizaba los plazos vencidos. Pero ya calculó que tenía «derecho» a quedarse con todo y se resiste a esperar; quiere la casa, los muebles y las fincas de la hipoteca, o los doce mil reales... Hemos tasado en dos mil los bueyes moricos y concede un plazo para el resto si se le entregan en seguida los animales.

—¡Le costaron a mi padre mil pesetas!

—¡Sí!; es buena yunta, pero ha trabajado mucho y está maltratada: no veo además otro medio de obtener un respiro, que debe ser corto, muy corto, para que los fatales intereses no vuelvan a subir, para que sacudáis de una vez esta inicua explotación.

—Sí, sí—decía la moza—. Pero después, ¿qué haremos con poca hacienda y sin costumbre de trabajar?... Si mi padre no tiene suerte, le veo mal fin a nuestras angustias: más difícil será evitarlas en lo sucesivo que ponerles remedio ahora... Diez mil reales—añadió optimista—se encontrarán fácilmente.

—¿Crees tú?—interrogó asombradísimo don Miguel.

—Se me figura...—murmuró azorada la joven, dudando de repente si habría dicho una inconveniencia: su generosa juventud contaba miles de reales con mucha facilidad.

Así, cuando el párroco declaró rotundamente:—Yo no conozco a nadie que tenga tanto dinero disponible—balbució sobrecogida:

—¿Le parece a usted mucho?

—Para darlo o prestarlo a un pobre, me parece una suma fabulosa. ¡Estoy bien seguro de ello!

—¿Lo ha experimentado usted?—replicó la zagala con la inquietud de súbita sospecha.

—Si yo «encontrase», como tú dices, esos miserables cuartos, ¿estaría vuestra deuda en pie?... No creo en el dinero; no sé dónde se esconde; no parece por ninguna parte cuando se le busca para hacer caridad: por no tenerlo sufrí en mi primera juventud los más refinados pesares...

Triste ráfaga de evocaciones pasó como una nube por la frente del apóstol.

—Cursé mis estudios de limosna, sin saborear nunca la posesión de una peseta; caí en las adversidades de este pueblo sin poder remediarlas, y cuando las vuestras me tocaron en lo más vivo del corazón, enloquecí hasta el punto de creer en la existencia del embustero metal: en mi prisa por salvaros pagué al tío Cristóbal con la dote de Ascensión...

—¿Qué?

—¡Y ahora no parece el dinero ni para vosotros ni para mí!

Alzóse precipitadamente de la silla, pesaroso de haber dejado escapar semejante confidencia; Mariflor, desolada, se había levantado también.

En el profundo silencio de la tarde descendía la sombra invadiendo la estancia; asomábase por el abierto balcón el cielo, de color de violeta.

—No te apures, chiquilla—repuso el cura por decir algo—; he sido un torpe: no quería contarte así las cosas.

Con fácil prontitud asociaba Florinda a las últimas revelaciones de su amigo cierta frase que antes sorprendiera: un nuevo empréstito. Y ahora comprendía el alcance de esas palabras.

—¿De modo que fué inútil el tremendo sacrificio de usted?

—¿Tremendo?...—sonrió el cura con generosidad.

—¿De modo—repetía Mariflor como una sonámbula, dando vueltas por el despacho—que diez y doce veintidós mil?... ¡Esta sí que es suma fabulosa! No hay nadie que la tenga «disponible».

—¡Mujer, no tanto!... Te alucinas...

La moza no escuchaba razones: en la aterciopelada dulzura de sus ojos se dilató el espanto de necesitar con urgencia ¡veintidós mil reales!... una suma tal, que acaso no existiera en el mundo... Sintió de repente en sus hombros las dos manos de don Miguel.

—Esto se arregla, ¿entiendes?—dijo el sacerdote—. Esto se arregla a escape: yo no he agotado todos mis recursos para buscar ese dinero; me he explicado mal sin querer; te estoy haciendo sufrir de una manera intolerable.

—Aunque esto se arregle por milagro de Dios—repuso la joven obstinadamente—, la abuela volverá a las andadas. Yo no sé cómo viviendo con tal miseria necesita empeñarse una y otra vez: ¡ya no confío en apoyar la casa que se hunde!

—Mira: tu abuela es una calamidad. En la sombra confusa de su vida brilló sólo un amor: el de la madre. Y esa única luz ha ofuscado a la pobre mujer en lugar de alumbrarla. Repartió su ciega idolatría entre los hijos mientras la muerte se los iba arrebatando, y por una de esas flaquezas propias de criaturas vulgares, concentró después sus desvelos en uno de los dos que le quedaban.

—Mi tío Isidoro—suspiró Florinda.

—Sí; porque tu padre casó con forastera... El predilecto, mal afortunado en sus negocios mercantiles, emigró hace tres años con la misma fatalidad que le acompañó en España, y desde entonces, cuanto pide a su madre, se lo manda ella, escondiéndose de los que debemos evitar que os arruine a todos sin provecho para ninguno, porque Isidoro, enfermo y torpe, no sirve para nada.

—¿Y quién cura esa manía?

—Yo la curaré ahora que la experiencia me ha prevenido; ahora que tu padre me ha otorgado poderes y atribuciones para intervenir en cuanto sea menester.

—¿Hace mucho que se renovó esa hipoteca?—preguntó la niña avergonzada.

—Un año. Apenas la levanté yo, por detrás de mí se volvió a tejer el enredo.

—¿Pagó usted muchos intereses?

—Pocos...

—¿De verdad?

—Mujer, no te preocupes—eludió el cura, angustiado por la turbación de la joven.

Pero ella, recelosa, alarmadísima, deseando conocer toda la magnitud del desastre, hacía signos de incredulidad. Y al mismo tiempo que preguntaba, iba acercándose a la puerta, como si sintiera impulsos de huir antes de obtener una contestación categórica.

Don Miguel no quería dejarla marchar tan abrumada.

—Yo tengo mis planes—dijo aún, reteniéndola;—un programa de nueva vida para vosotros.

—¿Cuál?

—Tú te casas.

—¿Con quién?

—Con quien te quiera y te guste, ¡carape! A tu abuela «la declaramos pródiga»; a Pedro le mandamos a ganarse la vida; Olalla y Ramona trabajan la mies para mantenerse con la anciana y los pequeños; a Marinela la buscamos dote para que se haga monja... Esto en el peor de los casos; si tu padre no tiene suerte y a mí no me toca la lotería...

Quiso la muchacha sonreir.

—Pero, trabajar la mies—protestó al cabo—, es una cosa horrible para Olalla.

—¿Y no para su madre?

—También... aunque tiene más costumbre...

—¡Peor para ella!... ¡Pobre mujer! La quieres poco y vale mucho.

Mariflor, sorprendida, añadió sin defenderse:

—Pedro es muy niño para salir de casa... La dote de Marinela es muy difícil de encontrar...

—En fin, que no estamos conformes—replicó el santo varón algo quejoso.

—¡Perdóneme, señor cura!—exclamó Florinda muy encarnada—. Dios le pague cuanto hizo, cuanto hace por nosotros... Así que Antonio llegue, tomaremos una resolución que le alcance a usted...

Y antes de salir, ocultando el vivo rubor en el umbral de la puerta, añadió entre lágrimas:

—Tengo algunos anillos de oro, el reloj de mi madre, un brazalete... ¡si usted lo quisiera recibir!

Había juntado las manos en férvida súplica, a punto de caer de rodillas. Transido de compasión el sacerdote, hizo un ademán brusco y tierno.

En aquel instante se oyó el eco de unos pasos en el corral.

—Es Rogelio, que vuelve de Monredondo—advirtió don Miguel.

Y la moza, con un signo de silencio en los labios y un presuroso adiós lleno de suavidades, bajó por la escalera aceleradamente.

Esquivando al forastero, deslizóse al «cuartico» donde Ascensión cosía, muy curiosa de la confidencia celebrada en el despacho.

—¿Qué haces?—dijo Mariflor sin saber lo que preguntaba—. Se había enjugado los ojos, y a la media luz del aposento escondía mejor las señales de su angustia.

—Ya ves—repuso Ascensión desplegando un trozo de blanqueta con el cual confeccionaba refajos.

—¿Son para el equipo?

—Sónlo; esta lana es de la trasquiladura de antaño. ¡Da gusto coserla cuando se ha visto viva en los animales!

—¿La has hilado tú?

—Sí; pero antes lleva muchos trajines. Cada vellón se lava, se esponja, se escarpena, se abre, se carda y se hila: todo lo hacemos aquí; después lo tejen en Val de San Lorenzo.

—Y ¿cuándo es la boda?

—El día de agosto, a más tardar; durante el mes que viene se leerán los proclamos.

—Entonces, mañana será el primero.

—No; el domingo que sigue. Pero, ¿cuándo es la tuya?... ¿lo hablasteis arriba?—aludió Ascensión.

—Vine por asuntos de la abuela... Yo no me caso tan pronto.

Resonaban pasos y voces en el despacho de don Miguel, y los últimos alientos de la luz desfallecían en las blancas paredes del «cuartico».

—Sentiste llegar a don Rogelio, ¿verdad?—interrogó la novia, doblando su costura.

—Sí... Ahora me voy: es tarde.

—Te acompaño hasta la fuente.

Tomó la muchacha un cántaro en la cocina, y ambas jóvenes salieron sin hacer ruido.

Ascensión Crespo y Fidalgo es una maragata sonriente y graciosa a quien un leve roce con gentes extrañas a la suya ha dejado suave matiz de alegría en las palabras y en los pensamientos: posee un título de maestra elemental que no logra encumbrarla mucho ni distanciarla moralmente de su país; pero le da cierto lustre entre los vecinos, aparte su preponderancia como sobrina del párroco y novia de un rico mercachifle.

Su madre, hermana mayor del cura, había querido acompañarle en Valdecruces, no tanto por regir con cariño el hogar del sacerdote como por tener su sombra. Criáronse un tiempo don Miguel y su hermana bajo la protección de un tío que dió carrera al varón y legó a la hembra unos quiñones y unos miles de reales. Viuda ella al recibir la merced, y madre de dos niñas, casó pronto a la mayor, gracias al olorcillo de la herencia, con un pariente muy bien establecido: fugaz matrimonio que en el término de un año desbarató la muerte, llevándose a la recién casada. Pero el viudo, con la querencia del lar y de la dote, vuelve ahora en busca de su cuñadita Ascensión, y la madre, que aún llora a la hija malograda, sonríe ante la suerte de esta otra, convencida de que un marido con dinero es la suprema felicidad para una mujer.

Estos son, asimismo, los ideales de la joven maragata. Su rápida excursión por la Normal de Oviedo no le descubrió muchos horizontes, ni ensanchó sus miras, ni llegó a turbar hondamente el atávico reposo de su inteligencia; bastante hizo la moza con suavizar su trato, con desentumecer un poco la sonrisa y la voz: siguió escribiendo sin ortografía y leyendo con el tonillo cantarín que aprendió en la aldea; pero sus modales tuvieron más desenvoltura, sus palabras más camino, y una gota de la curiosidad del mundo resbalaba, alegre, desde sus ojos hasta sus labios sin descender nunca hasta el corazón.

Redimida de las rudas labores campesinas, con su título flamante de maestra y su rumboso compromiso de boda, gozó la muchacha en el lugar de todas las preferencias y admiraciones, hasta que llegó Florinda. Sin ningún mezquino sobresalto prestóse al punto a compartir con ella el auge de aquellos sutiles privilegios; creyó que su descollante categoría la designaba para recibir cortésmente a la gentil forastera, iniciarla en las nuevas costumbres y hacerla, en suma, con la mayor solicitud, «los honores» del pueblo. Pronto esta buena disposición tuvo por acicate la simpatía y la curiosidad. Florinda se hizo querer: el encanto y la dulzura de su carácter se imponía con irresistible gracia, y el ligero tinte exótico de su persona resplandeció a los ojos de la maestra cual lejano saludo de las novedades mundanas que ella conocía. Mariflor miraba a los ojos de la gente; reía alto, lucía el florido cabello peinado a la moda de las ciudades; tenía pensamientos pulidos, ideas bizarras que de todo su sér emergían con libres y serenas emociones... Ninguna zagala de Valdecruces admiró a la forastera con tanta intuición de sus méritos como la sobrina de don Miguel.

Ahora, camino de la fuente, Florinda y Ascensión coloquian en afable intimidad, lejos entre sí los corazones y unidas las existencias juveniles en el fondo de un mutuo cariño.

—¿Conque te proclamas el mes que viene?

—Las dos veces que faltan, sí, porque la primera amonestación lanzóse ya en enero, cuando nos apalabramos.

—¡Ah! ¿Es costumbre?

—¡Natural, mujer, para que se sepa que somos novios!

—¿Te escribe mucho?—insinúa Florinda, intrigada.

—Aquí no se usa.

—¿Pero ni una vez siquiera?

—Ni una sola.

—¿Tampoco ha venido a verte?

—Tampoco; vendrá la víspera del casamiento, y después de la tornaboda se volverá a partir. Mi madre—añade, ufana, la maestruca—me da el ajuar de la casa y la dote de cuatro mil pesetas, que administra mi tío.

Muy descolorida y agitada, comprobando la cuantía de la aterradora suma, Mariflor pregunta para disimular sus preocupaciones:

—¿Cómo sabes si quieres a tu novio sin conocerle apenas?

—Porque fué bueno para la biendichosa.

—¿Ausente y en un sólo año le pudisteis juzgar?

—Era deportoso... ¡«mandaba» mucho!

La risa de la fuente interrumpe la plática, y Ascensión averigua, antes de despedirse de su compañera:

—Y tú, ¿cómo quieres a un forastero sin conocerle más que de un viaje, sin saber de su casta ni de su bolsillo?

—He hablado mucho con él, con sus ojos y su corazón—balbuce Florinda, algo confusa—; he leído sus libros y sus cartas... Además, ¿por qué dices que le quiero?

—Lo supongo—sonríe la maestra, con pretensiones de sabiduría, y advierte:—Es muy bien parecido y elegante, de mucha labia y educación... pero este personal de pluma no suele tener hacienda... ¡Harías mejor boda con Antonio!

Vibró rudo el consejo sobre el rumor del agua fugitiva, en tanto que se alejaba Mariflor, sonriendo a fuerza de pesadumbre.

En la profunda calma del ocaso le parece a la moza infeliz que una vegetación de espinas surge debajo de sus pies y que un lamento corre por la sombra. Al llegar a su casa, busca refugio en el huertecillo, pidiéndole a Dios serenidad de ánimo, consuelo y fortaleza. Allí, escondida entre la única fronda del vergel, siente de súbito en el rostro el roce de unas alas de mariposa: es la hojita de un capullo que vuela desde el rosal.

Atravesado el pecho de las más inefables compasiones, tomó Florinda el pétalo en sus manos, y con irresistible impulso, quiso volverle a la yema sonrosada de donde había caído. Pero quedóse inerte, presa de inexplicable zozobra: era imposible unir la hoja muerta con el retoño vivo... Y la zagala sentía cómo se deshojaba también, de inexorable modo, la palpitante rosa de su corazón.