VI

REALIDAD Y FANTASÍA

—A la rapaza forastera, ¿la nombráis Mariflor?

—Nombrámosla.

—Pues tengo para ella una carta aquí.

Reposadamente, desde su caballo roano, luengo de crines y hundido de lomos, abrió el hombruco la remendada valija, sacó un sobre y leyó en él con lentitud: «León.—Señorita Mariflor Salvadores.—Astorga.—Valdecruces.»

—Véla—murmuró, dándosela a Ramona.

Como ésta llamase a la interesada, el tío Fabián Alonso esperó que saliera, y, a la luz falleciente del ocaso, la miró de hito en hito así que ella pareció sobre el fondo oscuro del umbral.

—¡Guapa moza!—pronunció el viejo.

Se iba, rumbo adelante, cuando volvió de pronto para decir:

—¿Conociste «allá abajo» a Fermín Paz?

—¿El tío Fermín, pariente nuestro, que vive en La Coruña?

—Ese.

—Sí que le conozco.

—Es yerno mío.

—Sea por muchos años—replicó solícita Mariflor, rasgando el sobre con un alfiler—. Y el cartero hizo dar otra media vuelta a su cabalgadura, que desapareció cansina en el turbio horizonte del camino.

Ya en los dedos gentiles de la niña temblaba una esquela.

—¿Es de tu padre?—preguntó impaciente Ramona.

—Es—dijo la muchacha enrojeciendo al ver la firma—de un señor que venía con nosotras en el tren.

—¿Y te escribe?

—Prometió que «nos» iba a escribir.

—¿Le conocías?

—Le conocí entonces...

Quedóse Ramona seria, un poco ceñuda. Era una mujer áspera, fuerte y triste; contaba apenas cuarenta años, y si alguna vez gastó hermosura no conservaba de ella el menor vestigio; tenía los senos derribados y marchitas las facciones: seca y dura de miembros, alta y silenciosa, inspiraba a Florinda un invencible temor.

Sin saber qué actitud adoptar, con la carta entre las manos, fué la moza alejándose poco a poco por el pasillo. Ya en su aposento, de pie sobre una silla para recibir la muriente claridad de la empinada ventanuca, leyó la esquela, que empezaba en prosa con mucha galanía, y terminaba en verso, enamorado y sutil. Decía de esta suerte:

«Mariflor preciosa: ¿Se acuerda usted de nuestra dulce amistad? ¿Se acuerda usted de nuestra triste despedida? Una semana ha transcurrido desde entonces y aún se me resiste la certidumbre de aquel encuentro dichoso, de aquella brusca separación. ¿Fué realidad o fantasía? De ambas cosas se vale el amor para rendirnos: los grandes amores son el hallazgo en la realidad de las venturas imaginadas.

»Dormida la conocí, Mariflor, y aún me parece, cuando cierro los ojos, que la veo dormir, que «la siento» soñar. Usted y el sol amanecieron a un tiempo en la divina mañana de nuestro viaje; pero aunque fué tan hermoso el despertar del día, vi que era usted mucho más bella que la aurora. Bendito el sueño aquél y bendita la jornada que me hicieron gozar de una alborada tan espléndida. ¡Qué símbolo más noble! La vida es viaje y sueño: el amor despertar, amanecer...

»Y volver a vivir lo ya soñado y prometido. Quizás en vez de un hallazgo sólo sea un reconocimiento. La imagen de usted se me reproduce en la memoria como trasunto de otra imagen: la de una niña que en la playa de Vigo conocí hace años y a quien por rara sugestión no he podido olvidar. Escríbame usted diciendo si se acuerda de haberme visto antes de ahora; si presiente que nos volveremos a ver pronto. Yo la escribiré mucho, si usted me lo permite; la mandaré muchos versos; iré algún día a Valdecruces...

»No es nueva, no, nuestra amistad: el nombre de usted, su voz y su semblante despiertan en mi alma el recuerdo de otra dulce entrevista, las sensaciones imborrables de otro feliz encuentro...

Tal vez un día en la niñez dichosa

me miraste, al pasar, como una hermana...

¿No eras tú aquella niña primorosa,

morenita y gitana,

que me besó en la frente, y en mis cabellos rubios

puso sus manos blancas?

¿No te acuerdas?... Riendo me dijiste

al darme el beso aquel: ¿Cómo te llamas?

Y al escuchar la blanda melodía

de tu pregunta, me nacieron alas,
sentíme ciego de emoción, y el cuento
de mi junquillo se tornó en aljaba.

Y una voz en los aires repetía:

—Soy el amor que pasa,
el niño amor que encontrarás un día
tras de las tempestades de tu alma...

Sobre la última frase feneció la luz con tales agonías, que Mariflor leyó el nombre del poeta sólo con el pensamiento, cerrando lentamente los ojos atormentados en la lectura por la escasez de claridad. Bajo las pestañas espesas tornáronse entonces visionarias las pupilas, y persiguieron en remoto confín la figura de un niño ledo y rubio, con alas y linjavera como el dios amor. ¿Era Rogelio Terán? ¿Era una cándida imagen de la fantasía, un recuerdo traído a la tierra misteriosamente desde otro mundo, desde otra existencia olvidada y oscura? ¿Tornaría alguna vez el viajero para llevar consigo a Mariflor?

Clara luz de estas firmes ilusiones era la visión continua de unos ojos azules, pensativos y ardientes... Tenía Florinda la certeza de haberlos contemplado desde el fondo de su alma, no una vez sola, sino muchas, al través de toda su vida, quizá en la cara apacible de un niño rubio, en el semblante audaz del mozo marino que tantos días la miró en el muelle coruñés, en el rostro varonil del viajero artista que la dijo tristezas y amores con fina voluntad una mañana...; ¿dónde, dónde había visto muchas veces aquellos ojos claros y profundos?

—¿Estás aquí?—preguntaba Marinela entrando pasito.

Escondió Florinda el billete en el jubón y tendió a su prima la mano respondiendo negligente:

—Aquí estaba...

—¡Qué tenebregura! No te veo.

Entonces Mariflor se hizo buscar, agazapada y juguetona, hasta que la chiquilla, zarandeándola suavemente, murmuró contenta:

—No me espasmas, no—. Y su voz infantil adquirió grave acento para anunciar:—Ahí está don Miguel, que viene a visitarte.

Había quedado la témpora de Sur; el ábrego caliente zumbaba en la llanura y plegaba sus ropajes sonoros contra los hormazos de las «cortinas» y los adobes del caserío: desde el pajonal de las techumbres, el bálago, dócil, tendía en los aleros su despeinada cabellera rubia.

En el estradín, la tía Dolores y Ramona recibían cortésmente al párroco de Valdecruces, mientras Olalla en la cocina daba de cenar a los niños. La comunicación con el corral estaba abierta como en el estío, y el quinqué de petróleo, encendido en honor del señor cura, ardía resguardándose del viento, cuyas ráfagas ondulantes henchían en pompa el arambel de la puerta, resto sin duda de más prósperas jornadas.

En rústico sillón, ni cómodo ni firme, se aposentaba junto a la camilla don Miguel Fidalgo. Era un sacerdote mozo y arrogante: recién terminada su carrera había recibido la parroquia de Valdecruces, hasta que un concurso le permitiese ganar en oposición otra más lucratitiva y bien dispuesta para lucir sus dotes, las cuales eran muchas y raras.

Cursó este joven sus estudios en aquel seminario famoso donde se alcanza autoridad preponderante en las sagradas letras: fué seminarista en Villanoble, cuyas aulas, al decir de obispos y teólogos, suplen a las célebres escuelas de Roma.

Tenía don Miguel los ojos pardos, de color de canela, grandes y bondadosos. No era de esos curas tímidos que miran a las mujeres de soslayo, con una cortedad invencible, muchas veces por los hombres malignos interpretada como hipocresía; él miraba a mozas y a viejas en los ojos, con los suyos serenos y muy dulces; hablábales con cariño, mezclado de triste y profunda compasión, y lo mismo su frase alentadora que su mirada penetrante, gozaban el privilegio de remansar, como dentro de un lago, las aguas pacíficas de la mansedumbre, en la llanura abierta y desolada de aquellos corazones femeninos. Al igual de los ojos, todas las líneas del rostro y continente denotaban, con el apellido, la hidalguía de don Miguel.

Al entrar Mariflor en el estradín la miró el sacerdote muy despacio, y sus claras pupilas se detuvieron mucho en la inquietud que revelaron las de la moza, ya extasiadas en sutiles arrobos, ya impacientes en vagas incertidumbres, mudas o locas, siempre febriles y palpitantes. Los ojos de aquella mujer le dejaron al cura algo perplejo.

Rodó ceñida y afectuosa la conversación, durante la cual hizo el párroco a la forastera no pocas preguntas, para sacar en limpio que a la niña le gustaba Valdecruces, «aunque todo le parecía allí un poco triste»; que esperaba buenas noticias de su padre, y que admitía con carácter de provisional y poco duradera su estancia en el pueblo.

Esto último no lo dijo Florinda claramente, ni tal vez lo pensaba de un modo definitivo y razonado; era una esperanza que su ingenuo palique dejaba traslucir en la prolongación suave de los silencios, al separar las palabras con hilos invisibles de ilusiones, en la rara dulzura de las frases tendidas con secreto placer hacia lontananzas alegres, y, sobre todo, en la audaz palpitación de las pupilas, centelleantes o adormiladas, pero reveladoras de un tumulto de visiones, como esas aguas oscuras y fuyentes de los ríos norteños, donde nubes, luna y estrellas, galopan con arrebato en las noches apacibles.

Atento el sacerdote a estas recónditas particularidades, no parecía desconocer en absoluto en qué bancos y quebraduras del corazón humano suelen embravecerse o desmayar las silenciosas aguas del sentimiento, antes de asomarse a los ojos, imaginarias y calenturientas; si no acertó que Florinda guardaba en el jubón un mensaje amoroso, no anduvo lejos de sospecharlo.

Ella, por su parte, aprendía cómo aquel tío suyo, que adoleció del pecho en Villanoble, estudiaba en el Seminario con don Miguel, y siendo ambos nacidos de la misma tierra castellana, la juvenil amistad que establecieron duró firme entre la familia del estudiante difunto y el que, con el tiempo, se vino a convertir en párroco de Valdecruces. Y pensó la niña entonces, con acelerada emoción, que aquel cura sonriente y afable conocería, de seguro, los azules ojos, tristes y lejanos, que la hacían soñar...

Entró Olalla con paso macizo, volviendo atrás la cabeza para decir:

—¡Vamos! Dad las buenas noches.

Los rapaces se acobardaban zagueros, arrastrando los pies.

Pedro, el mayor, venía delante, con la cabeza gacha y el rostro encendido; era un zagalote de trece años, robusto y humilde, sin sombra alguna de malicia en los garzos ojos; tenía las facciones vulgares, sollamada la piel y el cabello rubio; una expresión de bondad ennoblecía su cara al sonreir.

Los dos pequeños llevaban también la frente sumisa, y ambos la mano derecha entre la boca y las narices. Les sacudió su madre un cachete a cada uno en los dedos pellizcadores, obligándoles a levantar la cabeza. Y mostraron, con abrumadora timidez, las pupilas cambiantes entre el gris pálido y el azul desvaído; las líneas del rostro, ordinarias como las de Pedro; la cabellera dorada y fosca; el color saludable y atezado, y una graciosa candidez en la cobarde sonrisa.

Vestían los tres con pobreza, sin nota alguna regional los varones. La niña llevaba un refajo rojo hasta el tobillo, como las mujeres del país lo usan también para las faenas campesinas, un jubón pardo y un delantal de cretona; a la espalda le caía un pañuelo, sin duda destinado a cubrir la cabeza.

—Ya sé, ya sé—les dijo el señor cura acariciándoles—que cantáis el himno del Sagrado Corazón muy lindamente.

Volvieron a ocultarse las caritas de Carmen y Tomás, y las manos hurgoneras volvieron hacia el frecuentado camino de las narices. Se repitieron los mojicones de Ramona, empeñada en conseguir que los niños hablasen a don Miguel mirándole de frente, «como Dios manda». Pero Carmen no dijo «esta boca es mía», y el nene rompió a llorar.

—¡Mostrenco! ¿No te da un rayo de vergüenza?—decía la madre zarandeándole brusca—. ¿Es propio de la hombredad llorar así?

Mientras el párroco aseguraba, conciliador, que Tomasín y Carmen eran unos coristas sobresalientes y que en el mes de junio entonarían en la iglesia el himno con los demás colegiales, inclinóse Olalla sobre su hermano hasta quedar casi de rodillas en el suelo; le atrajo, le secó las lágrimas y otras humedades afines, y le hizo a «escucho» una promesa.

—¿También a mí?—murmuró Carmen callandito.

—A los dos—aseguró la hermana, rodeando el talle de la niña con el otro brazo.

Y Mariflor, al ver un instante ambas cabecitas inocentes refugiadas con regalo en el seno de la moza, recordó al punto aquella dulce caricia en que el pichón recién nacido perdiera un copo de pluma...

—Van a cantar—anunció Olalla, levantándose alegre. Y ella misma colocó a los niños cara a la pared sin que nadie más que la forastera se asombrase de la extraña actitud. Así cantaron, mirando al suelo, de espaldas al auditorio: las voces tiernas, impregnadas de rubor y de humildad, tenían un entrañable sentimiento alabando al divino Corazón de Jesús; al truncarse en los acentos infantiles, el himno, más que lauro, semejaba una tímida querella.

Volvióse el cura hacia Mariflor para explicarle:

—Aquí los niños son tan vergonzosos, que siempre cantan o recitan sin que se les vea la cara.

Muda de asombro y de emoción asintió la joven con una sonrisa. Y en los ojos claros de don Miguel quedó temblando como en un espejo la imagen de aquella femenina sensibilidad, insólita en el estradín de la tía Dolores.

Sin embargo, allí cerca se bañaba en ansiedades el corazón de otra niña, mas en tan sagrativo silencio, que ni el mirar ni el sonreir delataban en el rostro de Marinela emociones ocultas. Y fué verdaderamente sugestiva la prontitud con que el sacerdote se volvió hacia la zagala buscando en las ondas latentes del sentimiento el rastro febril de aquel espíritu.

Ya los nenes habían terminado su canción y dicho «buenas noches» en voz queda, como un soplo: besaron los tres la mano del cura y se fueron a dormir escoltados por Olalla.

Mecíase la abuela al compás de un leve ronquido, acurrucada en su escañuelo, con los brazos cruzados y la frente caída hacia adelante. Ramona había cabeceado con disimulo al son del himno devoto.

El párroco, fijos los ojos en Marinela, preguntó:

—¿Qué me cuentas tú?

—Nada, señor—apresuróse a responder la niña—. Pero la madre, espabilada y pronta, se lanzó a decir:

—Regáñela, don Miguel; vea cómo enmagrece, amarrida y tribulante como si la hubieran maleficiado.

—¡Si estoy buena!—balbució muy confusa la zagala.

—Diga que miente—siguió diciendo Ramona, puesta en pie, agria y rústica, manoteando junto a la mozuela, que temerosa se empequeñecía en su rincón—. Diga que le va a costar muy cara la libredumbre en que vive; ya con los quince años cumplidos no la podemos sacar de la escuela sin que llore, ni sabe hacer más que embelecos de flores y puntillas: ha de casarse sin ánimos para gobernar los atropos de una casa, cuanti más para salir al campo...

—No será menester—interrumpió el cura blandamente.

—Píntame que sí—repuso la madre—. Y luego, menos iracunda y más triste, añadió:—Esas caminatas a Piedralbina le hacen mal, señor; la comida trojada le da secaño, y por la tarde llega con trueques y sudores como si fuera a morirse. Mírela cómo desmerece: poco le halta a Carmica para abondar tanto como ella.

Era cierto; la pobre zagala, menuda y gentil, parecía doblarse al peso de pertinaz quebranto, y la palidez de sus mejillas daba la conmovedora impresión de esas rosas tenues que esperan el viento de la noche para deshojarse. El color claro de los ojos celtas era casi verde en los de esta niña, y ofrecía matices profundos, como aguas de mudable coloración que reflejan los tonos distintos y movibles del follaje. Perfecto el óvalo de la cara, prestaba una dulzura angelical a todas las facciones de Marinela, no muy finas pero armoniosas y subrayadas por la singular expresión de la sonrisa, rictus amargo y dulce al mismo tiempo, sorprendente en aquella boca infantil, llena de candor. El traje de maragata, adulterado y tosco, parecía oprimir con fatiga el débil cuerpecillo y derrengar las caderas con los pliegues abrumadores; bajo el pañuelo ceñido a la frente se desfallecía, igual que mies en sazón, una cabellera pesada y rubia como el oro: toda aquella incipiente doncellez tenía un flébil aroma de fracaso, una tristeza inexorable a los estímulos de la juventud.

—Yo bien quisiera darle pan dondio y otros aliños—decía Ramona, áspera y conmovida la voz—; yo bien quisiera dejarle hacer su gusto; pero en casa, dentro de la pobreza, tendría más descanso y más cuido; el puchero estovado, la solombra gustable... Mire: sémblase ya a la otra rapaza que adoleció de una manquera, triste y sin remedio, a los mismos quince años.

Y adelantándose la mujer, alzó con la mano la barbilla de la joven.

Deseando el cura remediar el oscuro desconsuelo de la madre, dijo con sutil agasajo:

—A quien se parece es a su prima Mariflor.

—Esa está acrianzada de otra manera—respondió Ramona con cierta acritud.

Don Miguel, levantándose para despedirse, hizo prometer a las dos niñas que al día siguiente, domingo, después de misa mayor, irían a verle: necesitaba hablar mucho con Marinela, y un poquito, también, con Florinda.

Rebullóse la abuela y masculló unas frases devotas: hablaba al sacerdote con mucho respeto, como si no le hubiera conocido estudiante rapaz.

Acudió Olalla, requerida por su madre, y todas juntas escoltaron al huésped hasta la puerta de la corralada, la más próxima a la vivienda del párroco.

Cálida era la noche, y un amago de tempestad mugía en el aire fuerte y oloroso, hurtador de bravíos perfumes al través de la rotunda paramera, de los huertos en flor, de las «aradas» abiertas en surcos de esperanza, o fecundas en la tardía preñez de los morenos panes: en la comba del cielo aborregado, brillaba una estrella.

Antes de salir, cuando ya gemía el portón, preguntó don Miguel con alguna zozobra si había noticias de Buenos Aires.

—No las hay—dijeron a coro las mujeres.

—Cuando mi padre arribe, escribirá a menudo—añadió Florinda alentadora.

—Sí; el señor Martín ha de tranquilizarnos—dijo el cura insinuante, al otro lado del umbral—. Y la capa henchida por el viento en la sombra, envolvió al joven apóstol en una nube negra a lo largo de la rúa...

Acostumbrado ya el oído a los grandes silencios de Valdecruces, Florinda percibió en la casa unos apagados rumores, apenas, al día siguiente, se asomó la aurora al ventanillo del camarín: poco antes habían cantado, con estridente son, un gallo y una campana.

Vistióse la moza con mucha diligencia y se arriesgó audaz en la penumbra del pasillo. Al verla entrar en la cocina, le preguntó Olalla, atónita:

—¿Por qué madrugas tanto?

—No he podido dormir, y quería hablarte pronto.

—¿Hablarme?

—Sí; para que me cuentes muchas cosas que necesito saber.

—¿Cuálas?

—Espera.

Había una grave resolución en el ademán contenido de Florinda, que llevaba las trenzas colgando, el jubón entreabierto y una ligera palidez de insomnio en el semblante. Prestó oído a un agudo reclamo que sonaba hacia el corral:—¡Pulas!... ¡Pulas!...

—Es mi madre que llama a las gallinas para darles el cebo—dijo Olalla.

—¿No irá a misa con la abuela, ahora?

—En cuanto den el segundo toque.

Como evocado por aquel aviso, el bronce de la parroquia volvió a tañer; al propio tiempo un gallo volvió a cantar, y en el cansado reloj de la abuela gimieron cinco profundas campanadas.

Abrióse la puerta del estradín y un bulto macizo se perfiló en la claridad: era la Chosca, que, en el escaño donde dormía, entre un cobertor y una albarda, buscó su delantal y su pañuelo.

Poco después las tres mujeres tomaban el camino de la iglesia. Y en cuanto Mariflor las sintió salir, dijo a su prima, que aguardaba curiosa:

—Cuéntame: ¿es verdad que «no tenemos» con qué darle pan tierno a Marinela?... ¿Es verdad que somos tan pobres como tu madre dice?... ¿Que tendremos que acudir a labrar las aradas como las más infelices criaturas?

—¿Infelices?... ¿Pan tierno?...—repitió Olalla, con sonrisa aparente y boba.

—No te rías, mujer. Dime si de veras somos tan desgraciadas.

—Gastando salud...—arguyó la campesina con ambigüedad.

—Es que Marinela no la tiene.

—Ni mi padre tampoco; y hace más de tres años que no manda dinero. El tío Cristóbal se va quedando con las hipotecas... Ya casi nada de lo que ves nos pertenece.

—¿Ni la casa?

—La casa... entadía sí. Pero sobre ella debemos no sé cuanto.

—Yo he venido engañada—murmuró con angustia Mariflor—. Yo supe que la abuela se había empobrecido, pero no que estuviese en estos apuros. Mi padre tampoco lo sabía; él no quiere que salgamos a trabajar; él nos dejó dinero...

Aferrábase la moza al paternal apoyo, rebelde contra las fieras asechanzas de la desventura. Y oyó con espanto que confesaba su prima:

—Cuando llegasteis, la abuela se lo dió todo al tío Cristóbal.

—¿Todo?

—Y aún no llegó para saldar los réditos.

—Mi padre—repitió la muchacha, crédula y fervorosa—mandará más en seguida.

—¡Pero, en el inter!...—lamentóse Olalla, como si de pronto, encruelecida, no quisiera dar tregua ninguna a tales ilusiones.

Sintiendo rodar sus lágrimas, cubrióse Mariflor el semblante con las manos, trémulas y gentiles.

—¿Lloras?—dice la aldeana con pesar—. No tienes sufrencia, tú que saldrás luego de estas agruras...

Y como nada responde Mariflor, añade persuasiva:

—Tendrás un marido haberoso...

—¿Un marido?

—¿No te vas a casar este verano?

—¿Yo?... ¿Con quién?

—¿Con quién ha de ser, rapaza?

—No, no; te equivocas.

—Pero, ¿no sois gustantes Antonio y tú?...

—¡Si no le conozco!

—Es tu primo, criatura.

—Aunque lo sea.

—Deportoso y bien fachado.

—No le quiero.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes... Olalla, escúchame: a mí me gusta un poeta...

Los ojos azules se dilatan en asombro inaudito, mientras Mariflor seca su llanto y refiere, con viva luz en las pupilas:

—Es un caballero que vino con nosotras en el tren.

—¿Le conocías?—pregunta Olalla lo mismo que Ramona había preguntado.

—Le conocí entonces... He recibido ayer una carta suya; ¿te lo dijo tu madre?

—Ni palabra.

—Pues me la dieron delante de ella, y parece que se disgustó conmigo; acaso debí enseñársela... No me atrevo; tu madre no me quiere mucho.

—Sí, mujer, te quiere; es ella de ese modo: ha perdido el humor con la muerte de sus hijos y la ruina de la hacienda.

—¿Y debemos mucho al tío Cristóbal?—averigua Mariflor, otra vez afligida.

—Dímosle en caución la casa por el último préstamo, y aún no le hemos pagado todos los haberes... A la abuela le queda, suyo, cuatro hanegadas, dos parejas, la cortina y el huerto.

—¡Qué poco, Dios mío!

—¡Si de «allá» mandasen!...

—Sí; mandarán—aseguró Florinda con fe—. Pero, una cosa se me ocurre: ¿por qué no acudisteis a Antonio antes que al tío Cristóbal?

—Porque no vive el tío Bernardo, y la viuda ya sabes que es avarienta y no nos tiene ley: quiere casar a su hijo con otra, contando que tú tienes caudal; conque, ¡si se entera de que estamos todos pobres!... Luego que os caséis, ya es diferente...

—¡Si yo no me caso con Antonio!—repitió Florinda, ceñuda, bajo la vibración de su briosa voluntad.

—¿Hablas de veras?... ¿Vas a coyundarte con un forastero?

—Con uno que me guste.

—Será hacendado—repuso Olalla con aplomo.

—No lo sé, ni me importa. Tiene un mirar que penetra en el corazón, y sabe escribir libros.

—¿En romance?

—De todas las maneras.

—Eso parece cosa de trufaldines—murmura la campesina con desdén.

—No te entiendo.

—De figurones, los que hacen las farsas por «ahí»—, y el despectivo ademán de la moza se extiende amplio, como si pretendiese abarcar el mundo que se explaya fuera de Maragatería.

—¡Qué sabes tú!—arguye Mariflor, también desdeñosa—. Mas, de repente, reprime su orgullo y gime desalada:—¡Ayúdame, por Dios!

La prima no se conmueve; absorta, alza los hombros, como si no entendiera aquel lenguaje vehemente y dulce.

—¡Olalla, no me abandones!—suplica Mariflor con las manos juntas.

—¿Pero qué, rapaza?

—No te enfades conmigo tú también; no hables nunca de que me case con Antonio.

—En ese entonces, nos abandonas tú...

—¿Cómo?

—Sí; con la boda—dice Olalla, elocuente de pronto, lógica y persuasiva—, la situación de la abuela podía mejorar, salvarse, y la nuestra lo mismo; saldríamos todos de este sofridero.

—Mi padre nos salvará—interrumpe Florinda.

—A eso fué el mío, y... ¡ya ves!—protesta la aldeana—estamos cada día peor. Y con este malcaso tuyo... ¡tendrá que venir la santiguadora a desbrujarnos! El primo—añade, viendo a la rebelde aturdida—había de tenerte como a una visorreina... Manejarías a rodo los caudales...

—¿Tiene tanto?—pregunta Mariflor maquinalmente.

—Un multiplicio de capital que pasma.

—Pues si es rico y es bueno, a pesar de su madre, nos querrá favorecer... aunque yo me case con otro. Se lo pediré yo; se lo pediré de rodillas.

La maragata rubia mueve la cabeza con incredulidad.

—Es un mozo correcto y caballeril—afirma—; pero, si rompes la boda, nos dejas a la rasa.

—¡Cásate tú con él!—prorrumpe Mariflor.

—Con mis padres no pactaron los suyos; a mí no me quiere—dice Olalla, con la voz empañecida y el semblante arrebolado.

Y en el silencio penoso que se establece entre las dos mozas, una campanada hace vibrar su metálico temblor.

—¡Las cinco y media!—balbuce Olalla, casi con espanto—. Tengo que hacer la lumbre y los almuerzos.

—Váse hacia el llar con impulso repentino, pero Mariflor la detiene, la abraza por la cintura, y, mirándola en los ojos con afán indecible, implora otra vez:

—No me abandones; tú me puedes ayudar mucho.

—¡Ten compasión de mí!

—Y tú—repite la campesina—, ¿la tendrás de nosotros?

—Sí; te lo juro: trabajaré contigo, haré lo que me mandes, seré fuerte y resignada.

—Pero... ¿la boda?...

—¿Con el primo?... No, no... Yo buscaré por otro lado la salvación de la hacienda, si de mí depende que la perdáis: quiero haceros mucho bien; y tú, en cambio, serás la protectora de los amores míos... ¿Lo serás?

Con tanta dulzura se posan las meladas pupilas en los ojos azules, con tales inflexiones de cariño y vehemencia dice la voz suplicante, que Olalla, incrédula todavía, transige un poco:

—¡Si por otro camino no pudieras valer!

—Sí, sí... haré un milagro.

—¡Qué aquerenciada estás, criatura!—exclama la campesina, sonriendo al fin.

—¡Ya te pusiste contenta!... ¡Cuánto te quiero! Ya eres otra vez mi amiga, mi hermana... ¡qué alegre estoy, a pesar de todo!

Y Mariflor, con los ojos llenos de llanto y la boca llena de risa, añade en íntimo «escucho»:

—Te enseñaré la carta: ya verás qué preciosa escritura.

—Tengo que hacer la lumbre—insiste la prima.

—Luego la leeremos callandito. Ahora mándame algo: a ver, ¿qué quieres que haga?

—No, mujer; necesitas alindarte para la misa mayor.

—Como tú; primero he de trabajar en cosa de fuste, que te sirva de alivio. ¿Qué hago? Dime.

Ante una insistencia tan ferviente, concede Olalla:

—Sube a cebar las palomas.

Y cuando Mariflor corre, satisfecha del mandato, la maragata rubia insinúa con tímidez:

—Hay que limpiar la palomina de los nidos, del suelo y las alcándaras...

—Todo, todo en un periquete—responde ya de lejos la dulcísima voz.

Mas la promesa de Florinda no fué tan cumplidora en prontitud como en esmero, porque así que la joven se halló en el palomar, sintió mucha sed de aire y de luz y trepó a saciarse, de bruces en la ventana. Ya las palomas la conocían y acordaban arrullos para ella. Tendióles sus dos brazos Mariflor, ebria de un loco impulso de abrazar, triste y feliz, rebosante de angustias y esperanzas. Todos los familiares infortunios subían en marejada tempestuosa a estallar en su pobre corazón, apasionado y ardiente. Exaltada por el nuevo sentimiento que albergaba en él, la niña admitió fácilmente la idea de que su destino en aquella casa fuese el de redentora; imaginó que Dios ponía en sus frágiles manos el timón de la nave familiar, sin rumbo en la miseria del país. Y abrazando en las mansas palomas a su naciente amor, creyó en el milagro que esperaba para salir triunfante de su arrebatada empresa. Otra vez la silueta confusa de un Don Quijote singular, con lentes y aljaba, se adelantó en el campo de la más abundante fantasía, para ofrecer liberaciones, paz y venturas a la muchacha en un mensaje que empezaba así:—Mariflor preciosa...

El repetido golpe de un bastón sobre la tierra y el cascajo de una tosecilla en la calzada, sacaron a la moza del ensueño y, empinándose en su observatorio, vió pasar renqueante a la tía Gertrudis, una vieja con fama de bruja, la primera persona ajena a la familia a quien Mariflor conoció en Valdecruces. Fué la tarde en que Olalla había anunciado que llegarían visitas al «escurificar»; apenas sonó en el portón una recia llamada, corrieron a abrir, y cuando en el umbral preguntaron con voz rota por la forastera, una ahogada exclamación de miedo acogió a la tía Gertrudis.

—Es la bruja—musitaron los nenes al oído de Florinda—; espanta la leche de las madres y hace mal de ojo a las zagalas.

—Eso no se dice, es pecado—protestó Marinela, palideciendo a pesar suyo.

Y Olalla, con el ceño fruncido y el aire hostil, abrevió la visita todo lo posible.

Antes de marcharse, la vieja, después de hacer muchas preguntas a Mariflor, acercóse a mirarla de hito en hito.

—Para dañarte—murmuró Pedro.

—Porque es ceganitas—disculpó Marinela.

Y la mujeruca, présbita y sorda, encorvada y jadeante, masculló una trémula despedida en el hueco sombrío de su boca sin dientes.

Cuando hubo desaparecido, contó Marinela que la tía Gertrudis, siendo moza, quiso casarse con el abuelo Juan, y como él y su gente la desdeñaron y ella no halló marido, dieron en decir que por venganza les hacía mal de ojo, que por ella al tío Juan se le morían los hijos y hasta los nietos picados del «arca», allí donde apenas se conocía esa terrible enfermedad...

—Del andancio de las reses y de la quebrantanza de las cosechas también tiene la culpa—añadió Pedro, rencoroso.

Y Marinela repitió apacible:

—Don Miguel ha dicho que es pecado creer eso, que sólo en broma se puede hablar de brujas. La tía Gertrudis—añadió la zagala con benigno elogio—no se mete con nadie; ¡es tan pobretica y tan vieja!... Sabe historias de aparecidos, de príncipes y santos, y en los filandones divierte mucho a la mocedad...

Evoca Florinda tal escena al paso torpe de la quintañona, y mientras se extingue el soniquete de la cachava a lo largo de la calle, remueve la niña en tropel los recuerdos de todas las desventuras que derrama el destino sobre la descendencia del tío Juan: miseria, expatriación, enfermedades, muertes...

Aquel primer homenaje que recibió en Valdecruces, a media luz, entre miradas insidiosas y frases oscuras, lo recuerda Mariflor como un augurio que la hace estremecer. Huye de seguir contemplando la sombra enemiga que aún se columbra en la calzada, y atisba el horizonte en persecución de otra más dulce imagen.

Una niebla morada baja del cielo o sube del erial, borrando límites y extensiones, ofreciendo viva semejanza con las brumas del paisaje marino en turbias mañanas de cerrazón.

Rechazada Florinda por la esquivez de aquel semblante, vuélvese a buscar el apetecido resplandor alegre dentro de la propia alma; y derramando su crecida exaltación en delirio de frases, dirige un devoto discurso a las hermanas palomas, al hermano viento y al ausente padre sol.

En la borbollante plática que fluye de los rojos labios como un río de miel, se mezclan improvisaciones ajenas a la brisa, a la luz y a las aves; palabras inseguras, balbucientes, en las que se esconde y torna la enamorada voz, para componer el trozo ingenuo de una epístola, divagando así:

—«Muy señor mío...» (No; es poco...) «Amigo inolvidable...» (Es mucho...) «Estimado...» (¡Uf, qué cursi!... El encabezamiento ya lo discurriré...) «Recibí su carta...» (Bien; todo esto es fácil. Después): «Tengo idea de haber encontrado en Vigo un nene muy mono con los ojos azules y el pelo rubio: llevaba alitas y flechas, y nos dimos un beso...; ¡pero me parece que era en carnaval!... De todas maneras, yo le he visto a usted en alguna parte: haré memoria... Con mucho placer recibiré sus cartas y puede usted venir cuando guste. Aquí hay un cura que estudió en Villanoble y a quien debe usted de conocer: se llama don Miguel Fidalgo. Los versos, muy preciosos. Sin más por hoy, se repite de usted amiga y servidora...»

Al través de las perplejidades y temores, el gozo y la esperanza alumbran el semblante de la niña.

Y rota de repente la niebla, álzase ardiendo el sol en la llanura como hostia gigante sobre un ara colosal.