Al pie del monte y al borde de la laguna había un mal camino, que tenía a la orilla algunas miserables cabañas de pescadores, camino que, con la lluvia, se convertía en un arroyo pantanoso.
Varias veces recorrí este camino con el caballo hundido hasta los ijares, mientras los patos salvajes pasaban revoloteando por encima de mi cabeza.
A un lado de Missolonghi, ya fuera de la laguna, en las estribaciones del Aracinto que daban hacia el mar, había una planicie que se llamaba la llanura Lelante o Anachaida, que estaba cruzada por un río, el río Fidaris o Ebenus, seco si no llovía y torrencial cuando caían unos cuantos chaparrones.
Este río tenía dos afluentes: el de Galata, que pasaba por un pueblo en ruinas del mismo nombre, y el de Hypochori.
Al borde del río Ebenus se veía un pueblo en ruinas, con restos de castillo y murallas, a quien los naturales llamaban Plevrone, porque había una segunda Plevrone, también en ruinas, en la parte del Aracinto, que daba a la laguna, entre Missolonghi y Anatólico.
A poca distancia de la llanura Lelante, en una pequeña bahía, estaba Barasova, pueblecillo con una vieja torre ruinosa.
Estos lugares próximos a Missolonghi fueron el teatro de nuestra acción, que, ciertamente, no tuvo nada de extraordinaria ni de heroica.
Después de ser alistados e identificados, Mac Clair quedó en la brigada de Stanhope como oficial de ingenieros, y yo como ayudante suyo.
No estaba la legión extranjera de Missolonghi tan disciplinada como nosotros pensábamos; había una porción de oficiales y jefes franceses, ingleses, alemanes e italianos en disponibilidad, porque no tenían tropas que mandar. Los ingenieros y artilleros eran los más solicitados y los que más pronto encontraban plaza vacante. Los que venían de la Europa occidental con sus documentos de haber servido como oficiales de caballería, no encontraban puesto, porque los griegos no los querían.
Había entre nosotros tres mandos diferentes: el de los comités griegos, el del coronel Stanhope y el de lord Byron.
Stanhope estaba en completo desacuerdo con lord Byron. El coronel reprochaba al lord, que quería hacer una guerra literaria, lo que le parecía una ridiculez. En parte, el militar estaba en lo justo, porque la guerra parece que debe tener una técnica; pero el poeta tenía su razón también, porque, gracias a su prestigio literario, había conseguido que Europa entera se preocupara de su expedición y se dispusiera a ayudar a los griegos.
El coronel, por lo que nos dijo, pretendía que Byron no interviniera para nada en detalles de cuestiones militares, pero el poeta se creía omnisciente y pretendía entender de milicia tanto como de poesía.
Desde su desembarco, el cinco de enero, el lord estaba trabajando sin descanso en contratar un empréstito en Inglaterra, quería reformar la sociedad inglesa de los Filohelenos y estudiaba, al mismo tiempo, los medios de humanizar la guerra entre turcos y griegos, pensamiento noble, pero, por entonces, perfectamente irrealizable.
Su plan militar consistía en fortificar Missolonghi y en organizar un pequeño ejército de ataque. Este ejército estaría formado por dos mil quinientos griegos al mando de sus jefes, por las legiones extranjeras a las órdenes del coronel Stanhope, que no se sabía a punto fijo con qué número de soldados contaría, y por un batallón de suliotas, que quería mandar el mismo lord en persona.
Con estas fuerzas pensaba Byron atacar el castillo de Lepanto.
La hada del Fénix, miss Barnett, tuvo mal éxito en su empresa. Lord Byron se empeñó en no verla, y, por más cartas, avisos y recados que le envió, el poeta no quiso acceder a hablar con ella. El coronel Stanhope la recibió muy fríamente. Un hombre como el coronel, que tenía a Byron por poco práctico, naturalmente, tenía que mirar con desdén la fraseología poética de segunda mano de miss Barnett.
El elemento militar griego con que se contaba era muy malo. Estaba formado por montañeses, algunos verdaderos bandidos, y pescadores.
A los montañeses, a unos llamaban palikaros y a otros suliotas. Los palikaros eran los de la parte de Morea, y los suliotas de Suli.
Unos y otros despreciaban profundamente a los griegos, sobre todo a los griegos cultos, a los que llamaban phanariotas. Los palikaros y los suliotas tenían costumbres parecidas a los turcos. Unos y otros eran pésimos soldados, insubordinados y rebeldes. Al morir Marcos Botzari en el Epiro, recomendó a lord Byron un pelotón de suliotas. Byron quiso aceptarlo como su guardia, y le asignó mil duros al mes; pero eran los cuarenta suliotas tan turbulentos, tan mentirosos, tan enredadores, que Byron los despachó, los incorporó al resto del ejército y les siguió dando su asignación.
El gobernador de Missolonghi pensó que dar tanto dinero a los suliotas era un absurdo, e intentó emplearlo en otros fines, pero los suliotas se le sublevaron.
Mac Clair y yo fuimos destinados a la fortificación de Missolonghi.
Missolonghi era una aldea pobre y sin ningún atractivo. Mac Clair y yo pensamos en ir a vivir al pueblo, suponiendo lógicamente que los habitantes tendrían entusiasmo por los extranjeros llegados allá para defender el país, y nos encontramos con todo lo contrario.
Los griegos nos odiaban.
En vista de esto, y con el consentimiento del coronel Stanhope, nos instalamos en una barraca de madera, que llegamos a convertir en una habitación confortable.
A los pocos días comenzamos a trabajar en los planos de la fortificación de la ciudad.
Se había pensado en rodear Missolonghi de murallas y de baluartes.
Desde el comienzo de la guerra de la Independencia griega, Missolonghi había sido atacada varias veces por los turcos con poca fortuna.
La situación de la plaza era muy buena para el defensor y mala para el agresor. Además de esto, los turcos habían tenido la desgracia en el último sitio de ser diezmados por la peste.
Cuando comenzó este último sitio, los griegos no habían hecho mas que comenzar a fortificar la ciudad y a guarnecer las murallas de tierra, con torres y baluartes. Estando en esta labor se les presentó a atacarles Omar Vrione, capitaneando un ejército numeroso, y se colocó en la falda del monte Aracinto.
La guarnición de Missolonghi se encontraba con muy pocos medios de resistencia. El caudillo griego Marcos Botzari, en quien se tenían grandes esperanzas, acababa de morir en el Epiro.
Su hermano Constantino entró en Missolonghi con su gente y se aprestó a la defensa. Al cabo de dos meses de sitio, cuando la resistencia de Missolonghi comenzaba a desfallecer, fué cuando se declaró la peste en el ejército otomano, pero de una manera tan fuerte que Ornar Vrione tuvo que abandonar inmediatamente los alrededores de Missolonghi.
Al mismo tiempo, otro caudillo griego, Maurocordato, entraba en la laguna de Missolonghi con algunos barcos hydriotas, y la ciudad quedaba libre por tierra y por mar.
Entonces se pensó que Missolonghi podía ser el baluarte de la independencia griega, y se la quiso poner en condiciones de sostener un sitio en regla.
Los oficiales de artillería y los ingenieros, entre ellos Mac Clair, hicieron los planos de las nuevas fortificaciones y se comenzó a trabajar.
Primeramente se restauró la muralla por la parte de tierra y por la del mar, revistiendo los sitios débiles con piedras y argamasa.
Durante más de dos semanas tuve yo que ir al monte Aracinto con los trabajadores griegos a unas canteras a sacar piedra.
Un italiano del Piamonte, Josué Magnani, que llevaba algún tiempo allí, y un joven alemán, Werner, iban conmigo de intérpretes.
El trabajo se prolongaba mucho, porque los missolonghiotas no eran partidarios de un esfuerzo asiduo y constante. Los franceses, alemanes e ingleses, que hubieran sido buenos obreros, no querían hacer estos trabajos pesados.
Hermann Werner, el alemán que me acompañaba, era un muchacho muy instruído. Sabía el griego antiguo y estaba aprendiendo el moderno, y tomaba notas de todo cuanto veía.
Werner me explicaba las ideas y las preocupaciones de los griegos.
Me dijo que éstos consideraban el monte Aracinto como un lugar misterioso, poblado por seres imaginarios, faunos, panes, egipanes y tityros. Comentando las hazañas de estos monstruos u oyendo cantar a los tordos los griegos pasaban demasiado tiempo sin hacer nada.
En el monte Aracinto había una ermita sobre una roca, dedicada al profeta Elías. A esta ermita se subía por una escalera pendiente, cuya pared de roca estaba llena de ex votos. Cerca de esta ermita, en un grupo de árboles, solíamos almorzar Magnani, Werner y yo. Muchas veces oíamos a los zagales que tocaban una flauta de caña rodeados de sus cabras.
Nos contó Magnani que un viejo ladrón de Anatólico fué un día a la ermita con un saco y se llevó todos los objetos de oro, de plata y de pedrería que había allí.
El ladrón anatolicense decía:
—Virgen soberana, permite que te despoje de esta corona que te ofreció un canalla, ladrón y usurero; deja que me lleve esta alhaja, regalo de un asesino, manchado con mil crímenes. ¡Malditos sean!
El ladrón anatolicense llenó su saco y se fué; pero al ir a vender las alhajas fué preso, y el gran visir le mandó ahorcar.
El alemán se reía al oír esto a carcajadas.
Magnani, Werner y yo recorrimos el Aracinto a caballo, y llegamos, en nuestras excursiones, a una sierra de montañas, llamada Rachi, y pasamos el desfiladero de Cleisura.
Werner solía leernos un trozo de la Ilíada en griego y luego nos lo traducía.
En vista del terrible fracaso de miss Barnett, decidió marcharse de Missolonghi a Siria a buscar a su tía lady Stanhope. La criada Susana no quiso seguirla. Susana decidió hacer una barraca junto a la nuestra y poner una cantina. A mí me pidió mi opinión.
—Sí—le dije yo—. Estaría bien si esto durara pero yo no veo que esto vaya a durar. El mejor día nos tendremos que marchar todos.
—¿Por los turcos?
—No, porque no nos pagarán.
Susana no tomó en cuenta estas razones y se decidió a quedarse, y consiguió que los soldados le hicieran un barracón de madera, cubierto de tejas, donde puso su cantina.
Una mujer como aquélla, guapetona, valiente y que estaba dispuesta a hacerse rica, tuvo un gran número de pretendientes. Según la voz general, Werner y yo hubiéramos sido los favorecidos; pero Werner leía demasiado a Homero, y yo demasiado a Schelley y a Goethe para entusiasmarnos con la cantinera.
Los tres rivales de la bella Susana eran Magnani, un jefe de policía de Missolonghi y un armatola o capitán de los palikaros, que era un hombre bruto, feroz, que le gustaba amenazar a las gentes. Este armatola andaba con unos soldados harapientos, todos armados hasta los dientes.
Una noche estábamos de tertulia en la cantina de Susana el policía, Werner, Magnani y yo, y otros dos o tres, cuando fueron entrando los palikaros con sus fusiles y se apoderaron de la tienda. Después entró su armatola. Venía envuelto en una gran capa de lana blanca. Estaba borracho. El policía se acercó a él a preguntarle qué significaba aquella invasión. El armatola no le contestó, le dió un empujón y le escupió a la cara. Después, acercándose a Susana, la agarró de la cintura. La cantinera no se inmutó y se defendió sin dar importancia al ataque.
El capitán de los palikaros se acercó a Werner y a mí con intenciones agresivas. Yo tenía la pistola cargada dentro del bolsillo. El palikaro, al ver nuestra impasibilidad, cambió de aspecto, se sentó en una mesa y pidió café. Magnani y el policía habían desaparecido. El jefe palikaro se puso a tomar café, ceñudo y sombrío; sus soldados se fueron marchando. Era el armatola hombre joven, moreno, vestía una blusa de mangas abiertas, pantalones anchos, polainas, un gorro rojo y un cinturón de cuero, donde llevaba el pañuelo, la bolsa, un puñal y una pistola.
Iba Susana a cerrar la cantina y nosotros a salir cuando apareció de nuevo Magnani y el policía griego. Magnani venía con un aire torvo, con los dientes apretados y los ojos brillantes.
El policía griego avanzó con aire amable, se acercó al palikaro, le quitó el puñal y la pistola, y, de pronto, le dijo algo feroz y terrible y le escupió en los ojos.
El palikaro se levantó, pero Magnani le dió un empujón y le hizo sentarse de nuevo.
—¡Ladrón! ¡Cobarde!—le gritó el griego al palikaro—, insultas cuando estás entre los tuyos, ¡perro!
—Y solo también contra ti.
—Vamos ahora mismo—gritó el griego,
—Vamos.
Salimos todos de la cantina. Era todavía de noche. Una fila de luces de las barcas de los pescadores se veía en el mar obscuro, y se oía el ruido de las olas, que se estrellaban acompasadas en la costa. Amaneció. Werner trató de que se hiciera un desafío en regla, pero el griego y el palikaro no querían esperar.
Se les dió a cada uno un sable y se les puso frente a frente.
En aquel momento sonó un tiro, y el palikaro cayó muerto con la cabeza abierta.
No nos quedó duda de que entre Magnani y el policía griego habían preparado la muerte del montañés. Al poco tiempo, Magnani desaparecía de Missolonghi. Susana la cantinera siguió dando esperanzas y buenas palabras al policía, hasta que un día traspasó la cantina y se marchó con un comerciante turco a Constantinopla.
Cuando se concluyó de sacar piedra, volvimos a trabajar en la muralla. Cada uno de los baluartes que se construiría llevaría el nombre de algún héroe o de algún personaje relacionado con la independencia griega. El primer baluarte se denominó de Marcos Botzari. Comenzando por éste, y dando la vuelta al recinto fortificado, estarían la torre de Coray, la batería del general Norman, la batería Miauli, el baluarte Franklín, la batería Tokeli, la torre de Guillermo Tell, la torre de Kosciusko, la batería Kiriaculi, la tenaza de Montalembert, la batería de Rhigas, la luneta de Orange y la batería Macris.
Estos baluartes y fortines quedarían próximos uno de otro; por el lado de tierra habría un gran foso para defender la entrada de la ciudad.
Ocupados en esta obra, apenas nos enteramos de lo que ocurría en Missolonghi.
Todo el mundo iba a ver a lord Byron, a hablarle de sus asuntos, a exponerle sus quejas; yo no quería molestarle, y así sucedió que no le llegué a conocer.
El poeta, al parecer descontento, determinó bajar a tierra lo menos posible y recibía las visitas y las comisiones en su barco.
Byron pretendió poner un poco de orden en la anarquía griega y dar fin a las rivalidades de los jefes.
La cosa fué imposible; la discordia era cada vez mayor y estallaba a cada paso, hasta dentro de la misma brigada que mandaba el lord, entre los suliotas que le había recomendado Marcos Botzari a su muerte.
Al parecer, se seguía pensando en la expedición contra Lepanto, pero los preparativos eran muy lentos.
En esto comenzó a correr la voz de que la salud de Byron se hallaba muy quebrantada, por los repetidos ataques de fiebre y por los continuos disgustos.
La mayoría de la gente pensaba que el poeta no duraría mucho. Un día de abril se dijo que había hecho una salida a caballo, se había mojado y que guardaba cama.
Una semana después, nuestro lord moría, a consecuencia de una inflamación cerebral. Se le hicieron grandes exequias, y todos los jefes griegos aparecieron muy unidos... y muy contritos.
Dos días más tarde, Mac Clair, que seguía enfermo, me pidió que fuera a ver al coronel Stanhope, para preguntarle qué íbamos a hacer.
Stanhope me dijo que, probablemente, reembarcaríamos, y añadió:
—Yo me he comprometido con lord Byron a dirigir la campaña, porque el poeta era un inglés de cuya palabra se podía uno fiar; pero no me pasa lo mismo con los jefes griegos que hoy afirman una cosa y al día siguiente la contraria.
Le pregunté si tendríamos barcos para todos y me contestó que era una dificultad que había que resolver como se pudiera.
—¿El coronel Mac Clair y yo tenemos entonces libertad para marcharnos, si encontramos ocasión?—le pregunté.
—Desde luego.
—¿Quedamos desligados de nuestro compromiso?
—En absoluto.
Como yo sabía el espíritu de contradicción y de suspicacia que había entre los griegos y su poca simpatía por los extranjeros, hice la gestión ante el Comité, para que nos reconocieran a Mac Clair y a mí nuestros grados. El Comité rechazó la petición, y nos encontramos libres para abandonar Grecia.
Solía ir desde entonces todos los días al puerto a averiguar si llegaba algún barco. Un día vi bajar de una lancha a un caballero elegante, de frac azul, con botones dorados, pantalones de paño gris y chaleco blanco de piqué.
Era el hombre rubio de la Sala de Cortes de Sevilla que me habían dicho que había sido capitán del Empecinado.
—Yo le conozco a usted de Sevilla—le dije.
—¡Es verdad! ¡Qué extraña casualidad!—exclamó él, al decirle dónde le había conocido.
Nos estrechamos la mano. Le conté mi historia y él me contó la suya.
Este hombre era Aviraneta. Me dijo que había ido a ver a un consignatario, para tomar una plaza en la corbeta Egina, que iba a partir, de un momento a otro, con rumbo a Nápoles. Pedimos pasaje Mac Clair y yo en ella, y nos dieron dos de tercera, porque ya no había otros.
Le preguntamos a Aviraneta dónde vivía en aquel momento.
Nos dijo que en una barca griega, en la que había venido desde Alejandría, y que estaba esperando órdenes para salir de Missolonghi. Le indicamos que hiciera gestiones para que fuéramos Mac Clair y yo a la barca griega. El capitán de la Chipriota, después de muchas dificultades, aceptó, y Mac Clair y yo nos trasladamos a este barco.
Si mi aventura de Missolonghi no había sido ni muy lucida ni muy brillante, la de Aviraneta, aunque con más éxito personal, no fué tampoco de gran interés. He aquí lo que me contó don Eugenio:
«He salido de Alejandría hará próximamente un mes, en la goleta Chipriota, al mando del capitán Spiro Sarompas. Llegamos aquí hace unos veinte días. El capitán Spiro traía unos pliegos para lord Byron, fué a verle y le dijo que venía con un oficial español.
El lord le contestó que fuera yo inmediatamente a su barco y que no tocara en tierra.
Me puse de gala, y en la lancha fuí al Cefaloniota.
A un oficial le dije que me había mandado ir Su Excelencia y que tenía que darle una carta.
—Démela usted a mí.
Se la di y esperé un cuarto de hora.
—Pase usted.
Lord Byron me recibió y me dió la mano. Me chocó la impresión de la mano; llevaba guantes de seda de color de carne. Vestía bata y gorro griego rojo. Su figura era hermosa, sobre todo la cabeza, pero no tenía aire de serenidad ni de fuerza; parecía una mujer. Sus rasgos eran demasiado correctos, y su cuello, que llevaba desnudo, me pareció excesivamente redondo.
—Siéntese usted—me dijo.
Me senté.
—¿Habla usted inglés?
—No, sólo francés.
—¿No ha leído usted mis versos?
—No, Excelencia.
—¿No ha perdido usted nada?—dijo él riendo.
—Creo que sí—le contesté yo—; pero mi vida ha sido muy activa y mi educación descuidada.
—El cónsul de Alejandría me recomienda a usted eficazmente. ¿Qué quiere usted de mí?
Entonces yo me levanté, me cuadré e hice la señal de reconocimiento como masón del rito escocés. A su vez se levantó él y me correspondió.
—Cuénteme usted un poco su vida.
Yo le conté mi vida.
El cura Merino, el Empecinado, los carbonarios de París, las conspiraciones, la lucha contra Angulema, la escapada hasta Gibraltar, la vida en Tánger y en Alejandría.
—¡Y todo eso con poco dinero! Sin medios—exclamó el lord, y añadió en español chapurrado de italiano—: ¡Per Bacco! ¡Que es usted un hombre!
Al hablar, el lord mezclaba juramentos de todos los países.
Me preguntó si había llevado mi equipaje al Cefaloniota. Le dije que no. Me encargó que lo trajera inmediatamente y que no dijera a nadie que era español, y mucho menos emigrado constitucional, y que no saltara a tierra. Tocó un timbre, llamó a un oficial y habló con él en inglés.
Acompañado de este oficial, bajé a un bote que llevaba la bandera inglesa, y me senté a popa sobre un tapete de seda. Llegamos a la goleta Chipriota. Subí. El capitán Spiro desembalaba unas cajas de fusiles y pistolas.
A bordo había dos comisionados del gobierno griego, de grandes bigotes negros, acompañados de cuatro soldados con fusiles.
—Son de la policía política—me dijo el capitán Sarompas—, y si no fuera porque pasa usted por inglés y tiene usted tanta influencia con lord Byron, le detendrían. Las cosas están muy embrolladas en tierra.
Volví al Cefaloniota y me llevaron el equipaje a un camarote. Lord Byron estaba conferenciando en aquel momento con unos comisionados griegos de Missolonghi. Concluída la conferencia, salieron los comisionados y el lord a cubierta. Entonces noté la cojera de Byron. Se acercó a mí. Estaba jovial.
—Ahora vamos a almorzar, señor guerrillero—me dijo.
Comían a su mesa su segundo, un médico, el doctor Bruno y el oficial de guardia, todos de uniforme.
El lord me habló de las cosas de España, de Sevilla y de Cádiz, de una corrida de toros que había visto, y me recitó, como un inglés puede recitar en español, trozos de Garcilaso de la Vega y de los romances del Cid.
Me preguntó también si la clerigalla (ésta fué su palabra) seguía mandando en España.
De cerca, lord Byron daba la impresión de un hombre raro, medio afeminado, pero no débil, ni mucho menos. En el almuerzo apenas comió mas que golosinas, unas coles en vinagre, unas sardinas, frutas y un pedazo de queso inglés. En cambio, bebió bastante vino de Asti.
Como vió que yo no bebía vino, dijo:
—¡Qué extraño! Estos españoles ni comen ni beben. Con una aceituna y un vaso de agua con azucarillo, ya están despachados.
Después de almorzar nos sirvieron café, y como vió que yo lo tomaba a gusto, hizo el lord que me sirvieran más.
Después de almorzar nos levantamos y nos hicimos todos grandes reverencias. Su Excelencia fué a despachar sus asuntos y nosotros a fumar a la Cámara de Oficiales.
Me presentaron a unos y a otros, y nos saludamos solemnemente.
Toda esta ceremonia inglesa me fastidiaba un poco.
Después de fumar, me avisó el criado Tita que fuera a ver a Su Excelencia. Entré en su habitación.
—Veo, por lo que me ha contado usted—me dijo el lord—, lo que ha sufrido usted por la libertad. Usted ha andado por países civilizados, por países como España, donde queda una gran cultura de sentimientos; aquí, no; aquí no queda nada de la Grecia antigua. Soy de la opinión de San Pablo, que decía que no hay diferencia entre los judíos y los griegos. El carácter de los dos es igualmente vil. El griego actual no es sólo envidioso, malo y vengativo, sino que es abandonado y sucio.
Es un degenerado. No tiene fe en nada. Allá en España confiaban ustedes en el compañero; aquí no se puede confiar en nadie. Aquí se tiende usted a dormir en el campamento, y al día siguiente le han robado el reloj o el pañuelo, si es que no le han cortado la cabeza. Además de esto, los patriotas griegos tienen una gran hostilidad contra el extranjero, y hasta a nosotros mismos, que hemos venido aquí a luchar por su libertad, nos odian.
—No me diga más Su Excelencia—le indiqué yo—; si esto es así, me voy inmediatamente.
—No—me contestó él—. Espere usted. Es usted el único español que ha acudido a secundar mi empresa, y no quiero que pueda decir que no he hecho por él todo cuanto esté en mi mano. Quédese usted aquí unos días en el barco. Supongo que le convendrá descansar, porque, indudablemente, está usted débil.
Todo el mundo, al verme delgado y pálido, suponía lo mismo. En los días sucesivos ocurrió lo propio. Byron me hizo mil preguntas, se rió, recitó versos; y cuando yo le decía si había pensado algo para mí, me contestaba que esperase.
Un día me preguntó claramente.
—¿Qué echa usted de menos aquí o qué le estorba? Dígamelo usted claramente, dígamelo usted con la franqueza de un nieto del Cid.
—Excelencia—le contesté yo—. Para mí hay aquí demasiada etiqueta.
Lord Byron se echó a reír a carcajadas. Como vi que lo tomaba alegremente, añadí:
—Tanto ponerse la corbata y cepillarse la levita a todas horas, y saludar al superior y al inferior, y dejar que pase antes por una puerta y esperar a que se siente, a mí, que he vivido entre campesinos, me cansa.
—Es usted un hombre original, guerrillero—me dijo.»
—¿Y así ha vivido usted?
—Así he vivido quince días en compañía de Byron, hasta que éste ha enfermado y ha muerto, y entonces me he trasladado a la Chipriota.
—¡Qué suerte la de usted!
—¿Pues?
—Usted no tiene idea lo que es para mucha gente haber vivido en la intimidad de lord Byron. Ya ve usted, la mayoría de los ingleses que estábamos en Missolonghi no hemos cruzado ni una vez la palabra con él.
—Pues era un hombre amable y muy asequible; a veces, de una gran afabilidad.
—Sí, para la gente original y extraña como usted. Un guerrillero español que ha guerreado a las órdenes de un cura no se encuentra todos los días. Para nosotros, paisanos suyos sin historia, no era tan asequible el lord, ni mucho menos.
—Sí, claro; esto se explica.
—¿Y de qué hablaban ustedes?
—Principalmente, de España y de los guerrilleros. Le interesaba mucho la vida y el carácter de Merino, del Empecinado y de los otros cabecillas españoles, las ideas, la manera de guerrear, sus odios, sus antipatías y demás detalles.
—¿Y qué vida llevaban ustedes?
—A las cinco de la mañana tocaban los pífanos y tiraban un cañonazo. Era la señal de levantarse todo el mundo. Yo me vestía de prisa, salía al instante del camarote, para que lo limpiaran, y luego volvía a vestirme de etiqueta.
—¿A qué hora se levantaba el lord?
—Al amanecer. Solía estar leyendo y escribiendo hasta las ocho en punto, en que llamaba. Lo hacía todo con una exactitud cronométrica.
—¿Sí? ¡Qué extraño! ¡Con la fama de hombre irregular que tenía!
—Pues era ordenadísimo. A las ocho tocaba el timbre; entraban Tita, el criado, y Fletcher, el ayuda de cámara. Estaban media hora. A las ocho y media tres secretarios, con sus cartapacios, pasaban un cuarto de hora. Luego venía el oficial de guardia, otro cuarto de hora. A las diez menos cuarto, Fletcher, con dos teteras de plata en una bandeja, y Tita, con otra bandeja con tazas y un azucarero de China. A las diez, el médico. A las diez y cuarto, los comisionados griegos.
—¿Y todos los días lo mismo?
—Todos los días lo mismo.
—Es curioso que usted haya visto sólo por dentro lo que yo he visto sólo por fuera. ¡Qué pensaba Byron!
—Byron tenía ideas de poeta. Creía que era necesario para Europa que Grecia se reconstituyera. Afirmaba que los griegos iban a ser con el tiempo lo que fueron en la edad antigua. Para este resultado quería no sólo trabajar, sino sacrificarse. ¿Qué importa mi vida?—me decía.
—Y usted, ¿qué le contestaba?
—Hombre, yo no tengo esa religiosidad ni esa pasión por Grecia. Yo no soy poeta. Yo me callaba.
—¿Y, prácticamente, qué quería hacer?
—Quería inculcar espíritu de unión a los jefes y desterrar la barbarie. Por lo que me indicó, había muchas disidencias entre los griegos. Parece que el comité de Missolonghi y el gobernador de esta ciudad le invitaban a que fuera al Congreso de Salamis, y Maurocordato le excitaba para que fuera a Hydra. Una y otra facción le enviaban cartas, mensajes, e intrigaban y se denunciaban.
—Y del coronel Stanhope, ¿qué opinaba?
—No le he oído hablar de él nunca.
—¿Era un incrédulo de verdad en cuestiones religiosas?
—No sé. Algunas veces le he oído decir: soy una oveja descarriada, pero no tanto como cree el mundo.
Cuatro días después de mi encuentro con Aviraneta, se presentó a la vista de Missolonghi la corbeta Egina, que salía para Nápoles.
Fuimos Mac Clair y yo por la mañana y entramos en la lancha y nos dirigimos a la corbeta. La mayoría de los pasajeros eran militares franceses muy bulliciosos.
El capitán de la corbeta, Jorge Belisarios, fué designando a cada uno su camarote y entregándole una chapa con un número y fijando otra chapa de hoja de lata en las puertas de los camarotes.
A Mac Clair y a mí nos tocaron los peores.
Poco después de embarcar nosotros, llegó a la Egina una lancha que conducía al comisario griego de Missolonghi, a su señora, sus hijos y varios criados con una porción de bultos.
Aviraneta me preguntó qué tal estábamos instalados, y le dije que mal.
—Yo le veré al capitán—indicó—. Con la recomendación especial que me dió en vida lord Byron me atiende mucho.
Aviraneta explicó al capitán del barco lo que ocurría; pero éste aseguró que tenía los demás camarotes ocupados y que únicamente, si el comisario griego quería trasladar su equipaje, se podría conseguir el desocupar uno.
—Vamos a ver al comisario griego—dijo Aviraneta—; lo conozco por haberle visto en compañía de lord Byron, y supongo que nos atenderá.
Se avisó al comisario y bajamos a la cámara del barco, y esperamos.
El comisario era un hombre de unos cincuenta años, gordo, pesado, con la nariz de cuervo, el pelo negro, el bigote largo y unas ojeras de color morado obscuro.
Este comisario era un phanariota. Los phanariotas, habitantes del barrio griego de Constantinopla que llaman el Phanar, no son griegos puros, sino mixtos de otras razas; son como los judíos, gente de comercio que han vivido siempre entregados a la usura y a los negocios.
Aviraneta explicó en francés al comisario lo que ocurría. El comisario, al principio, no parecía dispuesto a ceder; pero Aviraneta le dijo claramente que no le parecía digno que a un coronel que había ido a defender la independencia de Grecia, enfermo de cuidado, se le dejara abandonado en un rincón infame.
El comisario se avino a razones y dispuso que uno de sus criados desalojase un camarote. Como este camarote era pequeño, Aviraneta no quiso que fuera allí Mac Clair y cedió el suyo yendo él al pequeño.
El que cedió era el mejor del barco.
Instalé a Mac Clair en la cámara. Por la noche nos hicimos a la vela y comenzamos nuestra navegación.
Cruzamos con muchos barcos, grandes y pequeños, y nos acompañó durante algún tiempo un corsario griego, el Vigilante. Ibamos muy cerca, y se les veía a los corsarios con su facha de bandidos.
—¿Cómo no les persiguen los turcos?—le pregunté a un marinero.
—Los marineros turcos son muy malos—me dijo—. Nombran capitanes a gente que no sabe nada de náutica, no se ocupan de sus barcos y creen que sus cañones son buenos si meten mucho ruido.
Al día siguiente se nos acercó un bergantín mercante. Izamos bandera inglesa; ellos, francesa.
—¿A dónde van?—nos preguntaron.
—A Nápoles. ¿Y ustedes?
—A Chipre. ¿De dónde vienen?
—De Missolonghi.
—¿Qué se sabe de lord Byron?
—Ha muerto.
La noticia produjo un gran efecto en el barco; la popularidad del lord poeta era extraordinaria.
Tuvimos en la travesía un tiempo muy bueno.
Yo dormía en el sollado y, la mayor parte de los días, sobre cubierta.
Los franceses se reunían a almorzar y a comer en una mesa, debajo de un toldo, y allí bebían y charlaban por los codos.
Como en esta época no había simpatía entre franceses e ingleses, y los oficiales franceses iban en una clase inferior a la del comisario griego y a la de Aviraneta, no nos reuníamos unos con otros.
Yo bajé varias veces a la cámara, que se había convertido en gabinete de lectura. El comisario griego leía a Píndaro; Aviraneta, los libros de la biblioteca del barco.
Aviraneta y yo hablábamos mucho de España.
Como hacía ya mucho calor, solíamos ir por la tarde a la toldilla de popa y allí comenzaron a ir el comisario, su mujer y su cuñada.
Estas dos damas eran hijas de un coronel francés del Imperio, y la casada no tenía más distracción que leer las memorias de los generales de Napoleón.
Charlamos con ellas acerca de política y de literatura.
El barco se detuvo en Nápoles. Como Mac Clair se ponía cada vez peor y quería volver a su patria, cuanto antes nos embarcamos en una polacra que iba a Gibraltar.
La polacra se llamaba la Santa Chiara, y era su capitán el capitán Buonaccorsi. Eran nueve marineros, el contramaestre y un grumete.
Se levaron las anclas y salimos del puerto.
Hicimos con el capitán muy buenas amistades. Era un hombre amable y complaciente y cedió una cámara próxima a la suya a Mac Clair.
De día solíamos charlar constantemente, porque el capitán era hombre instruído, y seguíamos nuestras conversaciones de noche, sentados en un banco, próximo al timón. Buonaccorsi era carbonario y con este motivo intimó con Aviraneta.
Solíamos hacer unas comidas espléndidas. Aviraneta había hecho provisiones en Nápoles.
Buonaccorsi levantaba una trampa de la toldilla de popa, y solía sacar de un arcón café molido, azúcar, galletas, tarros de manteca y aguardiente.
Después de comer los marineros, comíamos nosotros y, a veces, teníamos verdaderos banquetes. El grumete Beppo nos servía la comida y solíamos reírnos con sus ocurrencias, porque era un chico listo y gracioso.
El pobre Mac Clair era el que no participaba de estos banquetes.
Tres días después de salir de Nápoles, tuvimos un tiempo de calma chicha. Nos dedicamos a pescar desde el barco, y cogimos unas hermosas doradas.
Buonaccorsi nos preguntó si sabíamos nadar. Yo le dije que sí.
Aviraneta también. Nos desnudamos y nos echamos al agua. El capitán mandó a un marinero y a Beppo, el grumete, que estuviesen con el bote cerca.
Nadamos durante una hora, y, al volver, nos encontramos con la desolación en el barco.
Al grumete Beppo se le había ocurrido desnudarse y echarse a nadar; pero, fuera que se hubiese enredado en algunas hierbas marinas, o que algún pulpo se le había enganchado, el caso es que se hundió y no pareció.
Al ocurrir esta desgracia, Mac Clair había salido del camarote y estaba en la borda mirando el mar. Los marineros de la Santa Chiara aseguraron que Mac Clair le había dado la jettatura al pobre grumete.
Después de la calma chicha, tuvimos un temporal violento, que los marineros atribuyeron también al mal de ojo que daba Mac Clair al barco.
El espíritu de la tripulación se fué haciendo cada vez más hostil a nosotros, y Buonaccorsi nos participó que no iba a tener más remedio que desembarcarnos en el primer puerto.
Así lo hizo, y un día de mayo desembarcamos en Ondara.
A los tres días de salir de Ondara llegamos, en la barca del Farestac, a la vista de Marsella. Hicimos nuestras señales, y vino, por la mañana, a bordo de nuestro lanchón la falúa de sanidad, con un médico.
Urbina, la Clavariesa y yo embarcamos en la falúa y fuimos al lazareto.
Nos introdujeron en una sala y nos examinaron y tomaron el pulso.
Luego nos llevaron delante de un tribunal, y el presidente nos declaró libres de contagio. Nos fumigaron las maletas y quedamos libres.
La Clavariesa y Urbina fueron al mejor hotel de Marsella, y yo a un modesto garní de tres francos.
Al día siguiente me presenté en la mensajería real y tomé un asiento en la berlina de la diligencia de Burdeos. Iban conmigo dos compañeros que dormían como troncos. Yo, que nunca he podido dormir en coche, me dediqué a fumar.
Anduvimos toda la noche; amaneció un hermoso día, y mis compañeros, que se despabilaron, me saludaron en mal francés.
—Estos son españoles—pensé yo—, y les hablé en castellano.
—¿Cómo ha conocido usted que éramos españoles?—me preguntó uno de ellos.
—En el acento y en el tipo. Hasta aseguraría que este señor—y señalé al de mi izquierda—es vascongado.
—Cierto. Soy de Tolosa, y mi compañero, de la Rioja. Y usted, ¿de dónde es?
—Soy nacido en Madrid, pero hijo de guipuzcoanos y criado en Guipúzcoa.
—¿Es usted comerciante?
—No, emigrado.
—¿Liberal?
—Sí.
—Yo también—me dijo el riojano—. He sido cura beneficiado de Haro, y, como me manifesté partidario de la Constitución, los realistas y la gente de iglesia me hicieron tal guerra, que me tuve que escapar a Francia.
El beneficiado Pinedo—así se llamaba el cura—, parecía un buen hombre; el guipuzcoano, que se apellidaba Urmendia, era hombre de más conchas.
Llegamos a Nimes, nos hospedamos en un buen hotel, y, después de descansar, el beneficiado Pinedo y yo recorrimos la ciudad y vimos los monumentos. Urmendia desapareció y no le vi hasta las diez de la mañana del día siguiente, en que tomamos la diligencia para Tolosa de Francia. Hablamos Urmendia y yo de Basterrica, a quien conocía, por ser del mismo pueblo, y a quien creía en América. Le dije yo que estaba en Alejandría de Egipto.
—¿Y cómo lo sabe usted?—me preguntó él.
—Porque he estado con él en Alejandría.
Conté mi viaje con todos sus accidentes, cosa que les interesó mucho; Urmendia me dijo que había supuesto si yo sería algún militar de los del ejército de Mina.
Nos detuvimos en Montpellier, y el beneficiado y yo vimos la ciudad, la catedral, el paseo de Peyrou y algunas otras cosas.
Urmendia se nos escapó; le pregunté a Pinedo qué hacía mi paisano, y el cura me confesó que su amigo era un empresario de casas de juego y que estaba preparando el negocio en aquellos pueblos con otros jugadores franceses. El beneficiado era también accionista de la empresa.
Regresó Urmendia a la fonda, y me despedí de él y del beneficiado. Tomé la diligencia, llegué a Toulouse, donde no hice mas que comer, y continué hasta Burdeos, donde me apeé en el Hotel Richelieu.
Escribí un billete a don Juan José Zangroniz, comerciante y corresponsal de Alzate e Ibargoyen, de Méjico, anunciándole mi llegada y el hotel en que me encontraba, y lo despaché con un mozo de la fonda. A la hora de haberlo recibido se presentaron en la fonda Zangroniz y mi primo Berroa, a quien no había visto desde que yo tenía ocho años, en Irún. Berroa me dijo que nuestro tío Ibargoyen llegaría al cabo de quince días o un mes. Como yo tenía pasaporte como súbdito inglés, le dije a Berroa y a Zangroniz que pensaba utilizarlo para ir a América.
Berroa me dijo que no lo hiciera, que entre los comerciantes de Méjico un inglés era siempre mirado como un hereje, y que preguntase a don José Ignacio de la Torre de Vera Cruz, a Ibarrondo el de Guadalajara de Méjico, a Iñigo y a otros comerciantes mejicanos que estaban en aquel momento en Burdeos, y vería cómo me decían lo mismo.
Efectivamente, tanto la Torre, como Ibarrondo, me dijeron que si iba como súbdito inglés me perjudicaría mucho entre los mejicanos y los españoles, que me mirarían como un luterano o un calvinista.
Zangroniz se encargó de poner en regla mi pasaporte como español, y lo arregló pronto.
Llegó el buque que se esperaba, y mi tío Ibargoyen no apareció; pero Berroa recibió una carta suya diciendo que no saldría hasta el otro correo, lo que hacía que no pudiera llegar hasta pasado mes y medio.
Berroa dijo que pensaba ir en el intervalo a Irún a ver a sus parientes y, de allí, a San Ignacio de Loyola, pues había hecho la promesa de hacer ejercicios, durante una terrible tormenta que le cogió en el Pacífico.
Berroa me instó a que yo hiciese lo mismo. Como mi primo era muy bruto, no quise discutir con él acerca de los ejercicios espirituales, y le dije que no me convenía entrar en España, y que, únicamente, si mi tío Sebastián Ignacio de Alzate me escribiera diciendo que no corría ningún peligro en San Sebastián, entraría.
Mi primo Berroa escribió al tío Alzate, que le contestó y le envió una carta para mí, diciéndome que podía ir a San Sebastián sin ningún cuidado.
En vista de esto, acepté, y Zangroniz se encargó de pedir los pasaportes para Berroa y para mí. Salimos de Burdeos y llegamos a Irún. El cura Errazu me recibió muy amablemente, y me hizo que le contara mis andanzas.
Mi primo quedó en Irún y me dijo que le esperara diez días más tarde, en San Sebastián, para ir a Loyola.
—Sí, sí—le dije yo—, esperaré.
De Irún marché a San Sebastián y fuí a ver a mi tío Alzate. Este era secretario del ayuntamiento y absolutista, pero no muy fanático. Creía que la política no tenía que ver gran cosa con la vida.
—No tengas ningún cuidado—me dijo—; a pesar de ser absolutistas, estamos dando más ejemplos de tolerancia que vosotros. Hemos tenido constitucionales en el pueblo y han vivido sin que nadie se meta con ellos. Además, eres mi sobrino, y basta.
—Necesitaré algún papel de la policía—le indiqué.
—Te lo darán en seguida. El subdelegado es amigo nuestro. No sé si te acordarás de él: Carrese.
—Sí, sí. Ya lo creo.
—Le avisaré.
Vino Carrese a verme.
Este Carrese era un agente de negocios de Madrid, amigo de mi padre y mío. Cuando yo iba a la corte, por los años del 1816 al 20, y, después, en el período constitucional, solía acudir de tertulia a su casa, con un hermano del marino Churruca, y algunos otros. Estaba agradecido a mí, porque, en los tres años de Constitución, no dejamos los amigos de ir a visitarle, a pesar de ser él un fanático realista.
Carrese me recibió muy amablemente y me dió una tarjeta de seguridad.
Estuve seis días en San Sebastián, y, al cabo de este tiempo, marché a Irún a la fonda de Ramón Echeandia, compañero de mi niñez.
De los amigos de la infancia muy pocos vivían ya en Irún.
Todo el Aventino había desaparecido: unos habían muerto en la guerra de la Independencia, otros se habían embarcado para América.
El pueblo, a pesar de esto, era mayor, había llegado mucho forastero y tenía más tiendas que en mi época y dos o tres cafés.
Estaba entretenido en Irún, recordando los tiempos antiguos; había hecho nuevos amigos y solía charlar de política con completa libertad.
Un día estaba paseándome en la plaza, cuando aparecieron por la cuesta de San Marcial, que sube al pueblo desde el barrio del Bidasoa, tres hombres a caballo.
Uno de ellos se acercó a mí y me preguntó:
—¿Qué hora es?
Saqué el reloj y le dije la hora.
—¿No me conoce usted?—me preguntó desde el caballo.
—¡Diablo! Usted es un cervato.
—Sí; Bienvengas, el del Villar.
—Es verdad. ¿Y qué hace usted aquí?
—Voy a la fonda de Echeandia. Vaya usted. Allí nos veremos a la hora de comer.
Seguí paseando con los amigos y fuí a la fonda.
Me encontré con los tres caballistas, que me pasaron a su cuarto.
Eran cervatos de Villar del Ciervo, y habían servido con el Empecinado.
Los tres cervatos eran contrabandistas y se habían sublevado con el Empecinado y conmigo en la Ribera del Duero, a principio de 1820.
Dos de los cervatos se quedaron a arreglar el ganado, y Bienvengas me dijo:
—Don Eugenio, usted está dejado de la mano de Dios.
—Pues, ¿por qué?
—¡Usted en España! ¿Sabe usted lo que le ha sucedido al Empecinado?
—Sí; sé que está preso en Roa.
—¡Pero cómo lo tratan! El corregidor don Domingo Fuentenebro lo tiene preso en un calabozo inmundo, y los días de fiesta lo saca y lo manda exponer al público, en una jaula, para que los realistas le insulten y le escupan.
Yo palidecí, como si me hubieran pegado una puñalada.
—La madre de Martín llora delante de la jaula de su hijo, y la querida, aquella muchacha que vivía con el Empecinado, se pasea delante de la jaula del brazo de un oficial de voluntarios realistas.
—¡Qué final! Es que el Empecinado es terco. Yo le escribí dos veces desde Gibraltar, diciéndole que no se fiara de la capitulación de Extremadura, que fuera a reúnirse conmigo..., y no hizo caso.
—Quizá no recibiera la carta. Y él sin usted está perdido.
—¿Y qué harán con él?
—Matarlo; piensan darle garrote.
—¡Si se pudiera hacer algo por ese hombre!
—¡Qué se va a hacer! Lo único que debe usted hacer es marcharse ahora mismo a Francia. Yo le acompañaré y, como conozco a los de la Aduana, no le dirán nada.
—Es que tengo la maleta aquí en la fonda.
—Yo diré que se la manden a usted; pero váyase usted. Hágame usted caso.
Me trajeron uno de los caballos, y Bienvengas y yo fuimos camino de Behobia. Pasamos el puente sin dificultad y entramos en un fonducho.
—Ahora que está usted a salvo—me dijo Bienvengas—, le voy a decir por qué le he traído aquí en seguida. Es que hay entre nosotros uno que ha vivido en Roa y es realista, y ése es muy posible que le conozca a usted.
Comimos y, durante la comida, hablamos mucho y me dió noticias de los amigos. La mayoría de los oficiales del Empecinado estaban libres. Larreategui vivía en Madrid; Casimiro de Gregory estaba en París; los hermanos del general, Juan, Antonio y Hermógenes, se habían escapado. De los vaqueros, el teniente Gotor estaba en Portugal y el sargento Juan de Dios en América.
Juan de Dios, según me dijo Bienvengas, había estado a punto de ser fusilado, pero le salvó un soldado de Merino, antiguo amigo mío y compañero de la guerra de la Independencia, Gil de Aguilera, El Chiquet se había marchado a Cataluña.
Mientras me hablaba, yo recordaba, como si los tuviera delante, a todos estos amigos; pero lo que más me obsesionaba era el pensamiento del Empecinado metido en la jaula.
Lo estaba viendo en su casa, cuando iba a buscarle para ir a cazar liebres con galgos al páramo de Corcos. ¡Era tan ingenuo, tan bondadoso!
El Empecinado tenía una casa de campo a orillas del Duero, cerca de Nava de Roa, en un sitio llamado el Salto de Caballo.
Era casi un aduar de moro pobre, con las ventanas pequeñas y sin ninguna comodidad. Tenía un viñedo hermoso, que lo trabajó, y una bodega casi a orilla del río y del camino de Peñafiel. El vino de su bodega era de excelente calidad y valía siempre hasta dos reales más en cántara que los de los pueblos inmediatos.
—¿Y de mí qué se dijo?—le pregunté a Bienvengas, para librarme del recuerdo del Empecinado en la jaula.
—Entre nosotros ha corrido la noticia de que usted había sido fusilado en las playas de Andalucía. Respecto a su casa de Aranda, ya no queda en ella nada, porque la han saqueado los realistas.
—Y vosotros, ¿qué habéis hecho?
—Pues nosotros, después de la capitulación de Extremadura, nos dispersamos. El Empecinado se marchó a su tierra y nosotros a Ceclavin a hacer contrabando con Portugal. Así estuvimos algún tiempo, hasta que unos cuantos ceclavineros formamos una sociedad para hacer contrabando, y nos pusimos en relación con políticos de Madrid y con comerciantes de Pamplona, Valladolid y Zaragoza. Hacemos el contrabando con Francia y con Portugal. Hemos metido ahora dos cargamentos de muchos millones por la parte de Navarra, y vamos hacia la línea del Ebro, para ponernos de acuerdo con los jefes de carabineros que pertenecen a la asociación. Bueno. ¡Adiós, don Eugenio! Hasta la vista. La maleta se la enviaré a usted en seguida, y Bienvengas me abrazó y me puso una bolsa en la mano.
—¿Qué me das aquí?
—Nada, una bicoca. Usted necesitará dinero. Ahí tiene usted veinte onzas.
—No, no las necesito. Si las necesitara, las tomaría, como si me las diera un hermano o un hijo, pero no las necesito. Muchas gracias.
El cervato me volvió a abrazar, y montó a caballo y se fué. Por la noche recogí mi maleta.
Salí de la posada de Behobia y encontré una muchacha que iba a Bayona en un caballo con cacolet, y me entendí con ella para hacer el viaje.
A pesar de que la chica era sonriente y alegre y le gustaba hablar, el recuerdo de la jaula donde estaba metido el Empecinado, expuesto a los insultos de la canalla, no se me podía borrar de la imaginación.
Hice una porción de proyectos todos inútiles y sobre el vacío. Llegué a Burdeos, y, para olvidarme de la impresión penosa de la jaula de Roa, me suscribí a un gabinete de lectura y me dediqué a leer.
Le escribí al general Mina a Inglaterra, contándole lo que pasaba con el Empecinado, pero no recibí contestación.
De allí a algunos días, se presentó de vuelta mi primo Berroa. Desde su llegada, observé en su semblante gran mudanza; sin duda, le habían dicho que yo era un revolucionario peligroso.
Pocos días después me dijo Zangroniz, en confianza, que Berroa hablaba de mí como de un hereje amigo de Mina y del Empecinado.
Dos meses después de mi llegada a Burdeos apareció mi tío Ibargoyen. Fuimos Zangroniz y yo a verle a Royán; venía en una fragata. Yo no le conocía a mi tío. En el tiempo en que yo estuve en Veracruz él se hallaba viajando.
Mi tío Ibargoyen era un hombre de más de sesenta años, alto, grueso, sonrosado, jovial, franco, generoso y amigo de francachelas. Toda la vida la había pasado en el comercio de la China con Nueva España, habiendo comenzado su carrera de piloto en las Naos de Acapulco.
En Méjico le llamaban el Chino. Había ganado millones y se los había gastado alegremente.
El tío Ibargoyen se hizo muy amigo mío, le conté yo las vicisitudes de mi vida y le hablé del triste final del Empecinado, metido en una jaula en Roa.
—¿Dónde está Roa?—me preguntó.
Le enseñé en el mapa de España dónde se encontraba este pueblo.
—Imposible—dijo él—; si estuviera encerrado en una prisión de un pueblo de la costa, yo era capaz de armar un barco para socorrerle; pero ahí, tan dentro de tierra, es completamente imposible.
Lo comprendí yo también así, y tuve que olvidar la suerte lamentable de mi general y mi amigo.
Desterrando el recuerdo de lo pasado, me dediqué a pensar en el porvenir.
Mi tío determinó hacer las compras de un cargamento, para venderlo en el mercado de Veracruz y en algunos otros pueblos de la costa mejicana. Se encargaron de la operación Zangroniz y mi primo Berroa; compraron grandes partidas de sedería francesa y varios miles de cajas de vinos de Burdeos y de Champagne. El valor del cargamento subió cerca de cien mil pesos.
Por entonces, un naviero vizcaíno, llamado Maíz, establecido en Burdeos, acababa de construír un bergantín, y se decidió hacer la expedición en él. El San Pablo era un hermoso barco. Lo mandaba el capitán Vander Weyer, marino holandés, y tenía una tripulación mixta de holandeses y franceses. Hecho el cargamento por Zangroniz y Berroa, el resto del cargamento lo realizaron Latorre, Iñigo, Ibarrondo y otros comerciantes amigos de mi tío, que tenían sus negocios en la costa mejicana. A petición de Zangroniz se me nombró a mí sobrecargo del San Pablo.
Embarcado todo el cargamento y listo el buque, fuimos una mañana todos a la catedral de Burdeos a oír la misa de partida.
Seguidamente, nos encaminamos al muelle, y, en una lancha grande, nos embarcamos el armador Maíz y los demás interesados en la expedición. En el bergantín estaba puesta la mesa sobre cubierta, porque hacía un tiempo delicioso. Ibamos de pasajeros un comerciante establecido en Santo Tomás, tres jóvenes que le acompañaban, mi primo y yo. Comimos, hubo sus discursos de rúbrica, se levaron las anclas y comenzamos a navegar por el Garona abajo, hasta Royán.
Nos despedimos de todo el mundo, pasamos la barra y nos pusimos en franquía.
Un año después, estando en Alvarado, en Méjico, con un ataque reumático en cama, leí el terrible final del Empecinado en un periódico francés. El guerrillero, al ser conducido de la prisión de Roa al cadalso, había roto las cuerdas que le ataban, y, arrancando la espada de las manos del jefe de la escolta, había intentado abrirse paso entre los esbirros. Los voluntarios realistas se habían echado sobre él y le habían cosido a bayonetazos. El corregidor, don Domingo Fuentenebro, mandó subir el cadáver al tablado y ordenó colgarlo por el cuello.
FIN DE LOS CONTRASTES DE LA VIDA
Itzea, febrero, 1920.