MAIS   QUELQU’UN
TROUBLA LA FÊTE

2 de Agosto de 1900.

LAURENT Tahilade, el del «bello gesto», a quien debo muchas atenciones, tuvo la amabilidad, el otro día, de invitarme a una fiesta anarquista.

Estaba anunciada una conferencia suya, varios números de poesías y canciones y la representación de una pieza de Octave Mirbeau: L’Epidémie. El autor haría de actor; Mirbeau representaría el papel de maire, en su acto. No podía faltar a tan excelente programa, y fuí puntual, a la hora señalada, en la Casa del Pueblo.

Esto es allá, por Montmartre, en el Montmartre que trabaja, en el de los obreros, lejos de infectos Cyranos y embrutecedoras Abbayes de Thélème. El teatro, lugar de reuniones y conferencias, está situado al extremo de un callejón, y el aspecto de la entrada, no es ciertamente decorativo. Se ve que es la casa del pueblo, y que el pueblo es pobre. En lo interior había ya bastante gente, y a poco, todo el recinto estaba lleno. El calor era de asar. En los palcos, o especies de palcos, había algunas levitas, algunas señoras elegantes. Estaba Natanson, el de la Revue Blanche, Faure, otros más. En los bancos de madera, obreros con sus familias, viejos trabajadores de barbas blancas, jóvenes de rostros enérgicos y decisivos, caras vulgares, caras hermosas, aspectos de combatientes y también faces de atormentadores y de bandidos. En las paredes se leen inscripciones conmemorativas, nombres de mártires de la causa. Noté con cierta sorpresa que estas gentes de la anarquía francesa se habían puesto camisa limpia—los que la tenían—; otros, con un pañuelo al cuello, se arreglaban. En tal ambiente, la democracia no «olía mal». La insignia roja estaba en todas las solapas y en los corpiños de las mujeres. Se conversaba, y no con grandes gestos ni a grandes gritos. Todo el mundo tenía educación, tenía buenas maneras. Había jovencitos cuya politesse era notable. Se creería que en el momento dado exclamarían con toda corrección: ¿Una bomba de dinamita, s. v. p.? Pero también había formidables compadres cabelludos que iban de un lado a otro, con aire de fieras. Por fin se alzó el telón, cuando el concurso comenzaba a dar muestra de impaciencia. Y en aquel escenario feo, remendado de tablas fueron saliendo por orden los recitadores y cancionistas. Unos con voz escasa, otros sonoros y tronantes, dijeron la desventura de los caídos, las negruras ásperas del hambre, la prostitución, el militarismo corrompido, el peso abrumador del capital, y la esperanza en un día de terribles represalias, la venganza del oprimido. A medida que los versos se recitaban o que se detallaban las canciones, brotaban de los grupos de oyentes, bravos, interrupciones, afirmaciones, o protestas, cuando el concepto no era del todo igual a la opinión propia. Apareció la Carriere Xanroff, de la Ópera, y un profundo silencio esperó su canto ¡La Ópera! ¿Cuántos de esos oyentes habrían estado en la Ópera, siquiera en un día público? La Ópera es para los ricos. Y la Carriere-Xanroff les llevaba su aristocrática presencia, su voz singular, su arte refinado. Ella ponía también su óbolo lírico en el plato de los proletarios. Era conmovedor el espectáculo de los rojos enemigos de la sociedad, encadenados por el prodigio de la melodía. Estaban encantados; pero sacaban de pronto la zarpa; para aplaudir, entre la ovación final, después de un fragmento de Julieta y Romeo de Gounod, creo, se gritaba: ¡Vive l’anarchie! ¡Vive la Commune! Luego apareció una soberbia muchachona a recitar versos revolucionarios. Tendría unos quince años, pero estaba desarrollada y bien dotada como la Libertad de Chenier. Morena, magnífica máscara y magnífico cuerpo, con un poco de conservatorio, pudiera arrostrar la tragedia. Con gran entusiasmo se la escucha, y al final se la recompensa con un grueso ramo de flores rojas. Y después de la recitación de la joven musa de Montmartre, ya está Laurent Tailhade, delante de la mesa, con sus papeles y su vaso de agua.

Ya conocéis la fama y la obra de este combatiente, un tiempo lírico rimador de amorosas liturgias y después implacable sagitario de ridículos vicios y vulgaridades sociales. Es el terrible argonauta de las Cólguidas burguesas, el explorador del país del Muffle, el autor de la célebre frase sobre el «bello gesto» anarquista y a quien una bomba hizo perder un ojo a raíz de tan comentado arranque. Tailhade comenzó su lectura entre el unánime saludo de su público. No es orador, pero su voz clara escandía y lanzaba las palabras de manera que a nadie se escapaba un solo detalle. En su discurso con un estilo amargo, hiriente y de una crueldad elegante que le ha valido tantos duelos y rencores, infligió, a propósito de la pieza de Mirbeau, muy duros castigos verbales a las torpezas nacionalistas, a las odiosas pasiones de círculos y partidos mezquinos, al antisemitismo irreflexivo y a la pacatería patriótica. (¡Vive Zola! interrumpió una voz.) Atacó la mala magistratura al lado de la pésima política, y concluyó hablando del generoso y fuerte talento de Mirbeau, cuya obra habríamos de celebrar dentro de pocos momentos.

Mi gozo en un pozo. La obrita de Mirbeau L’Epidémie, debe ser indudablemente admirable leída, pues no son de discutirse la habilidad y la maestría estilísticas de este propagador de ideas. Bastaría para demostrarlo el Jardín de los suplicios, con su frontispicio que contiene una de las páginas más terriblemente «humanas» que jamás se hayan escrito.

Mas la representación, con actores ocasionales, entre ellos el mismo Mirbeau, fué de muy relativo mérito. El público aplaudía porque era la pieza de Mirbeau y porque Mirbeau estaba en las tablas. L’Epidémie es más bien un diálogo que una pieza teatral; en ella no hay más que una sucesión de frases contra la burguesía y sobre todo contra la autoridad. Se demuestra, como en una lección sobre objetos, que el pueblo, el pobre pueblo, es la constante víctima de las clases favorecidas de la fortuna, lo cual no es propiamente una novedad. El maire, los consejeros municipales, son caricaturados corrosivamente, sin escatimar lo bufo. Es lástima que talento como el de Mirbeau sea esta vez justiciero tan solamente por un lado. El pueblo parece siempre bueno, impecable. Lucilio el satírico hacía tabla rasa de todo, y al señalar las tachas de las personas consulares, no le impedía ver hacia abajo y mostrar los defectos del pueblo.

Primores populi arripuit, populumque tributim.

El telón bajó al son de la Carmañola. Hubo uno que otro grito, pero el todo mundo se levantó en orden. Los ancianos de las grandes barbas, los muchachos, las muchachas, todos cantaban, como poseídos de un mismo soplo:

Vive le son,
Vive le son
Du canon!...

y en todos los ojos vi un relámpago, que venía de un cielo de tempestad. Y a la luz de ese relámpago vi la convicción. Vi espíritus decididos a todo, resueltos a todo: hasta el martirio, y el mismo fuego brotaba del rostro de la joven hermosa y de la cara del tipo lombrosiano. Así todos los sinceros, todos los fanáticos, cristianos o mahometanos, católicos o anarquistas. Todavía en la calle, por el aire llegaban a mis oídos vagos ecos:

Dansons la carmagnole,
Viv’le son...

Después estuve en una fiesta socialista. Me acompañaba un joven argentino, poeta y escritor de talento, el Sr. Ugarte. Fué en el Théâtre Civique, cerca de la Plaza de la República. La función era también privada, por invitaciones. Había conferencia de Jaurés, recitaciones de Sylvain, de la Comédie Française, canciones por los mejores cancioneros de Montmartre, y, sobre todo, plato de resistencia, la pieza de Marsollau, prohibida en l’Oeuvre: Mais quelqu’un troubla la fête. Un lindo teatro el teatro Cívico, extenso, bien acondicionado. Estaba también lleno de compañeros y compañeras; pero aquí abundaban las levitas, los couplets elegantes, las caras finas de las mujeres. En el fondo, es la misma cosa. Allá se trataba del derecho al pan; aquí del derecho a la trufa. Allá se llega hasta la propaganda por la acción, aquí se leen muchos libros y se hacen diputados. Mas en uno y otro lugar existe la convicción de que la máquina está descompuesta. «Hay que componerla», dicen aquí. Y allá dicen: «Hay que romperla».

He allí al sonoro Privas, rey de los cancioneros, con su melena, su facha completamente «artista», sentado al piano y lanzando couplets que hacen levantar el vuelo a las bandadas de aplausos. Luego Yon Lug, cuyo nombre parece el de un mandarín y cuyo aspecto es el de un apóstol del arroyo. Simpático cancionero, que los montmartreses conocen, familiarmente, allá en su cabaret famoso, de Quat-Z’arts. Con su gran voz de sochantre, y con notas de canto llano, dice las glorias de la calle:

Ave
Pavé...

y la gran voz brota sobre la selva negra de la barba y bajo la copiosa montaña de la cabellera.

Se le aplaude y parte haciendo reverencias entre las olas de sus inmensos pantalones. Y llega Jehan Rictus, con su cara cristiana y su figura toda que han comparado a una lágrima. El lírico argótico, el poeta que escribe en lunfardo parisiense, el favorito de los cocheros, de las prostitutas, de los miserables, casi no puede dar principio a su dicción, pues de las altas galerías le gritan unos que recite una cosa y otros otra, y se armó así una de todos los diablos, hasta que Rictus se hizo oir: «Sí, diré primero el Revenant, y luego la Complainte.» Todos quedaron así satisfechos. El Revenant es Jesucristo. Este cancionero originalísimo hace comparecer la divina figura, y en sus versos, los labios de los caídos, de los perdidos, hallan manera de saludarle con bajas palabras que ascienden por su sencillez sentimental hasta la categoría de vocablos de laudes y de letanías. En el fondo de Le Revenant hay una profunda oración al Doctor de la dulzura. Hubo aplausos, y no hubo gritos. Parecería que aquellas gentes meditasen por un momento.

Después fué la célebre Complainte des petits déménagements parisiens. Y todo el mundo a reir, a aplaudir, a gritar,

Badadang boum! Badadang d’zing!
Janvier, Avril, Juillet, Octobre,
Quoi c’est que c’chambarde dans Paris
De Montmertre à l’av’nu’du Maine
Et d’Lénilmuche à Montsouris?

Y la serie de versos que burla burlando dejan al paso los más terribles vitriolos. Rictus dice sus estrofas con una voz triste, el cuerpo inmóvil, los brazos caídos, y la boca contraída por un marcado rictus, que quizá le haya dado su nombre de guerra.

Badadang boum! Badadang d’zing!

Al fin llegó Jaurés. «El primer orador de Francia», me previene mi vecino. El primer orador de Francia me parece por de pronto un obrero; y cuando empieza a hablar, un campesino. «Citoyennes et citoyens!...» La vocecita no promete nada y el gesto zurdo desanima. Pero no; no pasan muchos minutos sin que el orador haya cambiado por completo. Es un obrero el que habla, pero un gran forjador, un vigoroso herrero de la palabra. El discurso brota sin detenciones. No hay una idea que no salte limpia y clara, bien martillada, bien lanzada. Trata de la misión social del teatro. Es sencillo y es admirable. Lee una página de Diderot, comenta, explica, saluda al precursor. Señala el momento en que el pueblo empieza a aparecer en los escenarios como persona que obra. Alaba a Hauptmann. Analiza el teatro individualista. Se inclina ante la venerable y fiera figura de Ibsen. Y ese hombre que al principio os parecía de aspecto vulgar, se convierte en un soberbio órgano de pensamientos. ¡Cuán lejos las músicas españolas; cuán lejos nuestra oratoria de retores! Cuando habla Jaurés, sus ademanes son de quien siente la idea viva y asible. A veces parece que forja, a veces que amasa, a veces que siembra, en un largo gesto.

Su público le aplaude repetidas veces. Cuando concluye, los vivas resuenan. Todo el mundo de pie, canta el himno internacional de fraternidad. Un consejero municipal, en el centro de la sala, dice las estrofas, y el gran coro, cierto, levanta el espíritu. Allá arriba alguien inicia el Ça ira, gran parte del público le acompaña. Otro comienza la Carmagnole:

Vive le son,
Vive le son,
Du canon!

—«¡No!» grita uno de la platea. «Nada de cañones; ¡muera el cañón, muera la guerra!» y otro le replica:—«¡No! ¡Viva el son del cañón, puesto que necesitamos también de los cañones para demoler al enemigo!»

Se alza el telón, para la pieza de Marsolleau. Teatro simbolista. Como en la de Mirbeau, un largo diálogo, sin intriga, sin complicación. Un comedor lujoso; una mesa a la cual se sientan un general, un obispo, un diputado, un juez, un pequeño propietario, una dama del alto mundo y una cortesana. Todo lo principal de la «máquina» social, como veis. Comen, ríen, se divierten. De pronto alguien llega a interrumpir la fiesta. Es un campesino. Tiene hambre. Su llegada es de un pésimo efecto; ese rústico no huele a piel de España ni a rosas de Alejandría. Tiene hambre y quiere comer lo que ellos comen. Se le obliga a irse. Él protesta. El general quiere echarle y él se subleva contra el general; pero se interpone el obispo... y el campesino se inclina, y se va, ante las promesas de consuelo ideal y de vida eterna. La fiesta continúa, más viva, más alegre aún. El diálogo, en versos muy bellos, es obra de un pensador y de un artista. Hay mil detalles que admirar. Alguien interrumpe la fiesta otra vez. Es el mismo campesino, pero ya vestido de blusa. Es el obrero. Va por su parte, quiere tomar asiento en el banquete de todos esos favorecidos, de todos esos grandes. «Vengo por mi parte» dice.—«¿De qué?»—«¡De todo!» Se le quiere arrojar, pero él se encabrita como un bravo caballo. El obispo intercede. Él no le hace caso al obispo. «Ya no, dice, ya no creo. Tus palabras no me hacen ya ningún efecto. Tus promesas me importan poco. Quiero comer, quiero gozar de mi parte de dicha en este mundo.»

Y cuando va a apropiarse por la fuerza de los mejores vinos y manjares, el diputado interviene.—«¡Cómo! No debes hacer eso. Para representar tus intereses estoy yo, el elegido del pueblo. Yo te defiendo en las cámaras, soy quien vela por tus intereses y por tu engrandecimiento. Confía en mí.»—«¡Pero es que tengo hambre!»—«¡Mañana comerás!» Y el obrero, dudoso, se va rezongando entre dientes.

La fiesta continúa. Se cierran las puertas para que nadie pueda llegar a turbar la alegría de los dueños sociales. El champaña, los besos, las risas, iluminan de gozo el habitáculo de los felices. Para celebrar la belleza, el amor, la cortesana va a desnudarse y a ofrecer el maravilloso espectáculo del poema divino de su carne. Mas de pronto, entre las risas, entre las detonaciones del champaña, se ve por los vidrios de un balcón, un relámpago, y otro, y otro, y se oye el ruido de un gran viento y un gran trueno. Y a la luz del relámpago, la cortesana da un grito, porque ha visto aparecer tras los vidrios una cara pálida, horrible, demacrada, la cara de la Miseria, la cara del Hambre. Es de un efecto terrible esta simbólica escena.

Como nadie ha visto la visión de la cortesana, la alegría continúa, y la visión se repite.

Y la fiesta llega a su colmo, cuando, de pronto, un relámpago más vivo se ve, un trueno más rudo truena, las arañas caen, las luces se apagan, las paredes tiemblan, el pavor se pinta en todos los rostros. Y las puertas de la sala ceden a un fuerte empuje, y se abren dando paso a un desconocido, a un hombre con el rostro cubierto que con una voz que pone espanto clama:

¡Mais quelqu’un trubla la fête!

* * *

La tragedia de Monza ha causado honda impresión en Francia.

* * *

El cha de Persia partirá dentro de pocos días a su estados.

REFLEXIONES DE AÑO
NUEVO   PARISIENSE

1.º de Enero de 1901.

AL salir del teatro (la Noche Buena) París se sentó a la mesa. Y la Brama y la Lujuria y la Riqueza y el Dolor y la Alegría y la Muerte también se sentaron con él». Al llegar el año nuevo, cuando el mundo vuelve la vista al siglo que pasó, hay alguien que hace notar su presencia de todas maneras, mientras París no hace sino quitarse su traje de color de rosa para ponerse otro color de amaranto: la Miseria.

Peor que la miseria de los melodramas, esta es, cierta, horrible y dantesca en su realidad. Y no hay mayor contraste que el de esta riqueza y placer insolentes, y ese frío negro en que tanto pobre muere y tanto crimen se comete, de manera que, las bombas que de cuando en cuando suenan, en el trágico y aislado sport de algunos pobres locos, vienen a resultar ridículas e inexplicables. Esto no se acabará sino con un enorme movimiento, con aquel movimiento que presentía Enrique Heine, «ante el cual la revolución francesa será un dulce idilio», si mal no recuerdo.

Se ha hecho mucho por aminorar la miseria, desde los buenos tiempos del excelente rey Childeberto hasta las actuales donaciones de banqueros ricos y quêtes de damas de la aristocracia.

Pero todo es poco en el hoyo obscuro de donde sale tanto clamor y olor de muerte. Y además, el buen Dios parece que no estuviese completamente satisfecho con las manifestaciones de la caridad elegante. Tal aparentó demostrarlo con el bazar fúnebremente célebre que concluyó donde hoy se levanta una capilla gracias a la generosidad de una distinguida norteamericana que llama la atención con su marido en un sonoro y comentado litigio: la condesa Boni de Castellane.

El gobierno por su parte, tiende su protección al pueblo lleno de apetito. Y si ya en su tiempo Carlomagno, emperador de la barba florida, había ordenado que se consagrase a los pobres exclusivamente la cuarta parte de los bienes eclesiásticos, hasta la administración de M. Loubet se ha adelantado bastante.

La prensa tiene sus limosneros, Hugues le Roux es uno de ellos, y es sabido que Santa Severine es la limosnera mayor.

Al mismo tiempo que la policía conduce a la cárcel a innumerables rateros de carbón, combate la mendicidad y emprende saludables râfles contra la prostitución callejera y la rufianería profesional. Cada día se llenan las comisarías de pobres mujeres de los más humildes y bajos medios, y de indescriptibles marlous. Chez Maxim’s se continúa en los alegres juegos. El Americaine, el Grand Café, todos los lugares semejantes continúan con su vaga clientela. La infeliz gigolette de los barrios bajos está irremisiblemente condenada. La Sra. Otero es una artista: la Srta. de Pougy es una artista y una autora; la Srta. Marion de Lorme es una propietaria. Sus amigos, frecuentadores de medios elegantes, de círculos y casinos, señores X, I y Z, son conocidos de todo el mundo por su miseria moral, por su desvergüenza y su aditamento ictiológico. La señora Otero arruinará a varias familias, las Srtas. de Pougy y de Lorme llevarán a la locura y al delito a más de un joven de buena familia. El caballero X jugará a la mala, y el caballero Z hará ostentación del poco honesto origen de sus lujos y derroches. La gigolette se prostituye por necesidad... Hace mucho frío...

—«Diga usted, me dice un pintor tremendo, y hombre tan tremendo como el pintor—, Henry de Groux, el autor del Cristo de los Ultrajes:—Diga usted que la Francia está podrida, que al final del siglo ha hecho ya tabla rasa de todo. Finis latinorum. ¡Abyecta muerte!»

Un paralelo iconográfico que tengo ante mis ojos me da más de un pensamiento; un paralelo entre la Francia en los comienzos del siglo actual.

Bonaparte; primer cónsul, en su caballo de dibujo convencional, con su corvo sable, y en el fondo, las tiendas de campaña; y M. Emile Loubet, fotografía género Nos contemporaines chez soi en espera de Mollard o de Crozier, caros al protocolo. No se ha adelantado tanto. Carnot, de rostro simpáticamente enérgico, de ojos que revelan grandes propósitos, «organizando la victoria», y André el ministro de la guerra que hoy provoca por sus disposiciones un movimiento de antipatía en la aliada Rusia. No se ha adelantado lo bastante. Fouché y Lépine en la policía, Luciano Bonaparte y Waldeck-Rousseau en el ministerio del interior. No se ha adelantado gran cosa. El cabriolé ágil y gracioso que asombra al sencillo populo y el automóvil de última hornada capaz de recorrer todo París en un segundo y de reventar a todos los Cahen d’Anvers de la tierra. Se ha adelantado muchísimo. La vieja y pintoresca diligencia, «de las largas diligencias» de Mallarmé, y la locomotora coupe-vent. No se puede negar: se ha adelantado. Talleyrand en el ministerio de relaciones exteriores, y Delcassé. No, no se ha adelantado mucho... A la cabeza del ejército Berthier y Brugere: no se ha adelantado maldita la cosa! La ópera de la plaza Louvois seca y pelada, y la empingorotada ópera de Garnier, abominada por Huyssmans. Es un adelanto. El bulevar de los Italianos antiguo, sin circulación y sin edificación, y el de hoy con el Pabellón de Hanover modernizado y su movimiento y su vida. Adelanto. Si en muchas cosas se ha adelantado, en muchas cosas el siglo XX puede salir victorioso de la comparación. Pero en otras. ¡Dios santo! En los reinos del pensamiento no estamos muy seguros del triunfo. El siglo pasado empezó bajo el soplo de la Enciclopedia. El siglo pasado empezó con ideales, con miras, con decisiones; el siglo pasado comenzó con una fuerza de que se carece hoy: el entusiasmo. ¿En qué vientre de madre irá a aparecer el año entrante la preñez que dé al mundo un nuevo Víctor Hugo?

Como Atenas, como Roma, París cumple su misión de centro de la luz. Pero, actualmente, ¿es París, en verdad, el centro de toda sabiduría y de toda iniciación? Hombres de ciencia extranjeros dicen que no, y muchos artistas son de opinión igual; pero la consagración no puede negarse que la da París, sobre todo, en arte. Y para eso vienen D’Annunzio de Italia, Sienkiewicz de Polonia, la Wiehe de Dinamarca, la Guerrero de España y Sada Yacco del Japón.

Lo que en París se alza al comenzar el siglo xx es el aparato de la decadencia. El endiosamiento de la mujer como máquina de goces carnales, y—alguien lo ha dicho con más duras palabras—el endiosamiento del histrión, en todas las formas y bajo todas sus faces. Es el caso de Juvenal: quod non dant proceres, dabit histrio. Hay muchos franceses ilustres, muchos franceses nobles, muchos franceses honrados que meditan silenciosos, luchan con bravura o lamentan la catástrofe moral. Pero las ideas de honor, las viejas ideas de generosidad, de grandeza, de virtud han pasado, o se toman como un pretexto para joviales ejercicios. Escritores osados como Mirbeau, como Rachilde y Pierre Louys, declaran en los pe riódicos el adulterio como un uso esencialmente parisiense. La antigua familia cruje y se desmorona. Los sentimientos sociales se bastardean y desaparecen. Los extranjeros que en los comienzos y aun a mediados del siglo pasado venían a París, encontraban hospitalidad, amabilidad, algún desinterés. El poeta Guido tenía derecho de venir a querer hacerse matar en una barricada. Bilbao el chileno encontraba en Lamennais, en Michelet, en Comte, maestros sinceros, bondadosos y abiertos. Garibaldi podía ofrecer su espada. Hoy reina la pose y la farsa en todo. Apenas la ciencia se refugia en los silenciosos laboratorios, en las cátedras y gabinetes de señalados y estudiosos varones. La mujer es una decoración y un sexo. El estudiante extranjero no encuentra el apoyo de otros días, y desde luego le está cortado el ejercicio de su profesión. Los norteamericanos han metido sus cuñas a golpe de mazos de oro. La enfermedad del dinero ha invadido hasta el corazón de la Francia y sobre todo de París. El patrioterismo, el nacionalismo, ha sucedido al antiguo patriotismo, y las nobles simpatías de antaño con la Grecia de la independencia, no son las mismas que las demostradas con el pobre viejo Krüger y los héroes rústicos del África del Sur.

Las ideas de justicia se vieron patentes en la vergonzosa cuestión Dreyfus. Pero por todas partes veréis el imperio de la fórmula y la contradicción entre la palabra y el hecho. Es esta más que los Estados Unidos, a ese respecto, la tierra de los contrastes, the land of contrastes, de Muirhead.

La literatura, ha caído en una absoluta y única finalidad, el asunto sexual. La concepción del amor que aun existe entre nosotros, es aquí absurda. Más que nunca, el amor se ha reducido a un simple acto animal. La despoblación, la infecundidad, se han hecho notar de enorme manera, y es en vano que hombres sanos y de buena voluntad como Zola hayan querido contener el desmoronamiento haciendo resaltar el avance del peligro.

Mutuamente se han reflejado las literaturas y las costumbres. En todos lugares existen vicios de todas clases, desventuras conyugales; pero lo terrible en París es que es la norma. Las conclusiones de los libros novelescos, las revelaciones de los procesos que todos los días se hacen públicos, los incidentes y desenlaces de las piezas teatrales, hacen que el ambiente esté completamente saturado de tales doctrinas, y que un modo de juzgar las cosas como los excelentes sentimentales de comienzos del siglo pasado, sería considerado arriéré y a la papá. En los diarios, en el momento en que escribo, se gasta tinta y tiempo escribiendo artículos a causa de que el hijo mayor del cómico Guitry, de diez y seis años, tiene queridas de trece, con el consentimiento maternal, según las cartas del marido. Pues bien, lo malo no es tan sólo el hecho, sino la indiferencia que todo acaecimiento de esa clase causa en el sentido moral del público, que, cuando más, encuentra eso très rigolo. Los moralistas ocasionales publican sendas opiniones, se ríe un poco, y se prosigue en la corriente continua que gira en este abismo de gozo, de belleza y de locura. París da la sensación de una ciudad que estuviese soñando, y que se mirase en sueños, o la de una ciudad loca de una locura universal y colectiva; loco el gobierno, las cámaras, los jueces, las gentes todas, y entre toda esta locura la mujer, en el apogeo de su poderío, en la fatalidad de su misión, revelando más que en ninguna otra época algo de su misterio extraordinario. El intérprete gráfico de tal misterio ha sido indudablemente Rops, y sus terribles aguas fuertes secretas son el más serio comentario y el más moralizador espectáculo.

Como hago muy poca vida social, tengo todavía el mal gusto de creer en Dios, un Dios que no está en San Sulpicio ni en la Magdalena, y creo que ciertos sucedidos, como lo del Bazar de Caridad y la singular muerte de Félix Faure, son vagas señas que hacen los guardatrenes invisibles a esta locomotora que va con una presión de todos los diablos a estrellarse en no sé qué paredón de la historia y a caer en no sé qué abismo de la eternidad.

DIARIO DE ITALIA

T U R Í N

11 de Septiembre de 1900.

DEL hervor de la Exposición de París, bajo aquel cielo tan triste que sirve de palio a tanta alegría, paso a esta jira en la tierra de gloria que sonríe bajo el domo azul del más puro y complaciente cielo. Estoy en Italia, y mis labios murmuran una oración semejante en fervor a la que formulara la mente serena y libre del armonioso Renán ante el Acrópolis. Una oración semejante en fervor. Pues Italia ha sido para mi espíritu una innata adoración; así en su mismo nombre hay tanto de luz y de melodía, que, eufónica y platónicamente, paréceme que si la lira no se llamase lira, podría llamarse Italia. Bien se reconoce aquí la antigua huella apolónica. Bien vinieron siempre aquí los peregrinos de la belleza, de los cuatro puntos cardinales. Aquí encontraron la dulce paz espiritual que trae consigo el contacto de las cosas consagradas por la divinidad del entendimiento, la visión de suaves paisajes, de incomparables firmamentos, de mágicas auroras y ponientes prestigiosos en que se revela una amorosa y rica naturaleza; la hospitalidad de una raza vivaz, de gentes que aman los cantos y las danzas que heredaron de seres primitivos y poéticos que comunicaban con los númenes; y la contemplación de mármoles divinos de hermosura, de bronces orgullosos de eternidad, de cuadros, de obras en que la perfección ha acariciado el esfuerzo humano, conservadoras de figuras legendarias, de signos de grandeza, de simulacros que traen al artista desterrado en el hoy fragancias pretéritas, memorias de ayer, alfas que inician el alfabeto misterioso en que se pierden las omegas del porvenir. Bendita es para el poeta esta fecunda y fecundadora tierra en que Títiro hizo danzar sus cabras. Aquí vuelan aún, ¡oh, Petrarca! las palomas de tus sonetos. Aquí, Horacio antiguo y dilecto, has dejado tu viña plantada; aquí, celebrantes egregios del amor latino, nacen aún, como antaño, vuestras rosas, y se repiten vuestros juegos y vuestros besos; aquí, Lamartine, ríen y lloran las Graziellas; aquí, Byron, Shelley, Keats, los laureles hablan de vosotros; aquí, viejo Ruskin, están encendidas las siete lámparas, y aquí, enorme Dante, tu figura sombría, colosal, imperiosa de oculta fuerza demiúrgica, sobresale, se alza ya dominando la selva sonora, los seres y las cosas, con la majestad de un inmenso pino entre cuyas ramas se oye la palabra oracular de un dios.

Recorreré la divina península, rápidamente, en un vuelo artístico, como un pájaro sobre un jardín. No esperéis largos e inquietantes solos poéticos y sentimentales. Solos, en el sentido criollo, ni de ruiseñor. Comenzaré diciéndoos, por ejemplo, cómo salí de París en un tren del P. L. M., una alegre noche, en compañía de un caballero argentino, a quien me acababan de presentar y que llevaba el mismo itinerario mío. ¿Conocéis esos admirables paniers que venden en las estaciones francesas, verdaderos estuches culinarios que dicen los laúdes de la previsión humana? En esas preciosas cajas se contiene desde el pollo hasta el mondadientes, pasando por el vinillo y el agua mineral y saludando los varios fiambres y postres. Canto estas ricas cosas epicúreras. Gaudeamus igitur. Y entre el jamón y la manzana, mientras unos señores franceses pretenden iniciar un sueño, mi compañero criollo y yo somos los mejores amigos. Charlamos, recordamos, reímos, hacemos un poco de Buenos Aires, mas hay que descansar, y a nuestra vez, cerramos los ojos, al son de la música de hierro del tren. Os recomiendo que hagáis la observación si no la tenéis ya hecha. Hay en el traqueteo acompasado de los vagones, en ese ruido rudo y metálico, todas las músicas que gustéis, con tal de que pongáis un poco de buena voluntad. La sugestión luego es completa y casi tenéis la seguridad de que una orquesta o una banda toca no lejos de vosotros, en algún carro vecino.

Al son, pues, de esa orquesta, me duermo, o nos dormimos. Muy buenas noches.

 

Al día siguiente, en Modane, se llega al dominio italiano. Queda atrás la sierra de la dulce Francia y se posesiona uno de la dulcísima Italia. Los carabinieri pasan, con sus colas de pato y sus pintorescos bicornios. El tren bordea la ciudad, a la luz de un sol nuevo y cariñoso, que nos ofrece la mejor vista de la Vanoise y la ondulación graciosa y la vegetación y cultivo del valle del Arc. Los Alpes nos hacen recordar los Andes.

Poco después entramos al famoso túnel de Mont Cenis, y a su extremo, nos encontramos en Bardonachia. Flores recién abiertas, azul fino de un zafiro glorioso, casitas de estampa, ojos que saben latín de Virgilio y bocas que sonríen al ofrecernos café con leche y uvas de las próximas viñas. Delicioso paisaje, deliciosas muchachas, delicioso Virgilio, deliciosa copa de leche y uvas frescas.

El tren corre, sofocándose, pasa túneles y túneles. En los flancos de las montanas se ven, cargadas de fruto, las viñas frondosas. En todo el trayecto casi no se advierte un solo animal. Apenas allá, en un vallecito, al paso, divisamos unas cuantas cabras conducidas por su pastor. Más adelante, cuatro o cinco vacas. Gentes de estas Europas, que vais a las lejanas pampas en busca de labor y de vida, ¡cómo se explican aquí harto elocuentemente, los furiosos atracones de carne con cuero y de asado al asador, con que os regodeáis allá, bajo el hospitalario sol de América, en la buena y grande Argentina! Entre estos hondos valles, entre estos amontonamientos ciclópeos de rocas, no turba el silencio ni un mugido, no saluda al sol con su fuerte tuba el toro.

Estaciones pequeñas y más estaciones, hasta que se abre más el ancho valle, y allá, en su altura, como un juguete, la Superga, nos anuncia que hemos llegado a Turín.

12 de Septiembre.

Turín, nombre sonoro, noble ciudad. Severa, «un poco antigua», como el español caballero de Gracia, aparece, para quien viene de enormes y bulliciosos centros, tranquila y como retrasada. Mas luego sus calles bien ordenadas y bien limpias, sus distintos comercios, sus plazas, sus numerosos tranvías eléctricos, os demuestran la vida moderna. Después sabréis de sus ricas y florecientes industrias, si es que no habéis visto allá en la Exposición de París el triunfo de los telares turineses.

Aquí se comienza a ver que hay una Italia práctica y vigorosa de trabajo y de esfuerzo, además de la Italia de los museos y de las músicas.

Notamos en los edificios públicos banderas con lazos de luto. Es que ayer ha entregado el duque de Aosta, en nombre del rey Víctor Manuel, a la ciudad de Turín, la espada, las condecoraciones, el yelmo del difunto Humberto. Pobre monarca de los grandes bigotes y de los ojos terribles, que ocultaba tras esa apariencia truculenta un bello corazón, según me dicen casi todas las personas con quienes tengo ocasión de hablar.

Turín, noble ciudad. Aquí todo es Saboya. No hay monumento, no hay vía, no hay edificio que no os hable de la ilustre casa.

He visitado la Pinacoteca. La primera sala está llena de príncipes de esa familia, desde la entrada, en donde un admirable retrato de François Clouet perpetúa la figura de Margarita de Valois, hija de Francisco I y mujer de Emanuel Filiberto, duque de Saboya. Nada más sugerente que esta pintura en que esa princesa, que podría ser una priora, parece hablar por toda una época. Así el retrato cercano, de Carlo Emanuel I, duque de Saboya, obra del Argenta, que representa al principito de diez años, exangue, casi penoso, apoyado en la cabeza de su enano.

El museo es grande y posee verdaderas riquezas. El catálogo oficial, Bædeker u otro libro semejante, os dirá el nombre del fundador, el año de la fundación, y datos semejantes. Yo os diré lo que me ha atraído, detenido o encantado en la rápida visita. Ante todo, los primitivos, que ya en la sala segunda están representados. Confieso no sentirme fascinado ante la célebre Virgen con el Niño, de Barnaba da Modena, pero Macrino d’Alba en más de uno de sus cuadros me hace sentir la impresión de su arte, así como Defendente Ferrari me cautiva con los Esponsales de Santa Catarina, y el Giovenone me para, con su Madona entronizada y sus místicos acompañantes. En la sala tercera, casi toda ocupada por Gaudenzio Ferrari, hay muchas cosas bellas, pero lo que principalmente admiro, al paso, es la Madona, Santa Ana y el Niño, en que el concepto de la religiosidad unido a un ingenuo don de humanidad, forman la excelencia de la obra artística. La figura de María sola es un delicado y maternal poema.

En la sala tercera está el dos veces divino Sodoma, pintor de nombre maldito y de incomparables creaciones de vida y de idealidad. La idealidad está en su Sacra familia, con su pura y espiritual Madona y el Dios Niño que juega; la vida en carnaciones estupendas como ese seno de esa abrasante Lucrecia que en vez de la puñalada atrae el beso. Ante este cuadro no puedo menos que recordar una reciente polémica, entre los señores Groussac y Schiaffino. Este muy distinguido amigo mío, señalaba a su terrible contendiente el error de haber confundido en una ocasión una tabla con una tela. La cosa parecerá muy rara, pero al gran Vasari le sucedió lo mismo. Hablando del cuadro la Morte di Lucrezia, del Sodoma, dice el actual director de la Pinacoteca, Sr. Bandi di Vesme: «Vasari lo annovera fra quelli eseguiti dal Sodoma nei suoi bei tempi: «Similmene... una tela que fece per Assuero Retori de San Martino, nelle quale e una Lucrezia Romana che si ferisce, mentre e tenuta dal padre e dal marito: fatta con belle attitudine e bella gracia di teste». «L’aver il Vasari chiamato questo cuadro una tela», mentre dipinto su legno, e una semplice inavvertenza, se pure non e per errore di stampa che la edizione del Vasari hanno «tela» per «tavola».

Hay también del Sodoma, en esta misma sala, una Madona e quattro santi de señalado mérito.

No dejaré de nombrar un cuadro de tema semejante, de Bernardino Lanino, en que, con el encanto del suave color y del dibujo, se anima sobre todo una sensual Santa Lucía que es una de las representaciones femeninas más atrayentes que se puedan señalar en todas las galerías del mundo.

En la sala quinta, una Abadesa de Giovanni Antonino Molinari. En la sexta, sobre un fondo de oro, un ángel de Frate Angelico canta toda la primitiva gracia, la ingenua virtud de la concepción y ejecución prerafaelitas. Una deliciosa Madona del mismo, con el bambino. Observo que para poder rezar convenientemente delante de estas pinturas, sería preciso un libro de horas escrito en verso por Dante Gabriel Rossetti, o un antifonario de Ruskin, o de su vicario francés Robert de la Sizerenne. Otra Madona. ¡Descubríos! La hizo Sandro Botticelli. Es la pintura simple y al propio tiempo intensa y profunda que habéis oído celebrar por tantos aedas del arte moderno, que levantaron a su mayor gloria los prerafaelitas ingleses y que todos los snobs y prigs del mundo se creyeron en el deber de admirar hasta el delirio.

Hay otro Botticelli, ante el cual largas horas debe haber pasado Burne-Jones y el viejo profeta de las Piedras de Venecia. Es El viaje del hijo de Tobías. Es el mismo expresivo amaneramiento de los gestos, la traducción del íntimo sentido por la remarca de las actitudes, el vago énfasis del estilo y la certeza de los lineamientos. Los dos arcángeles de la composición son hermanos de las figuras alegóricas de la «Primavera». Miguel precede, armado de su espada. Una madona de Credi me disputa el tiempo con un Tobías y el arcángel Rafael, de los hermanos Benci del Pollainolo. (Con este cuadro comete también el error Vasari, de confundir tela con tabla.)

Imposible observar tanta y tanta obra meritoria. Mas en la sala séptima me inclino delante del Mantegna, con su «Madona con il Bambino e sei Santi», ante varios Tizianos; en la octava, Donatello llama con una Madona bajo-relieve en mármol y alegran los ojos las fiestas de color de los esmaltes de Constantín. No veo sino de un vistazo la sala nona, de pequeñas dimensiones y que contiene algunos grabados y dibujos de distintas épocas y de diferentes escuelas. Y en la sala décima al entrar me impide continuar más adelante por algunos minutos. ¿Y una «Visitación» de Vander Weyden, en que una idea naturalísima se traduce tan poéticamente? Y Memling con su tumultuosa «Pasión». Y un desfile de maestros: Teniers, Brueghel, Jordaens, Van Dyck: «Tres gracias», de la escuela flamenca, que recuerdan las tres comadres brutalmente encarnadas, de Rubens, en el Museo del Prado, y varios cuadros de ese artista, entre los cuales el retrato notabilísimo de un «Magistrado flamenco.»

En la sala undécima impera Van Dyck, con el cuadro que para muchos es el mejor de todos los suyos, el grupo de «Los tres hijos de Carlos I de Inglaterra». Los principitos fueron pintados con trajes lujosos, y todos tres parecen hembras. La vida les anima; y es admirable la que hay en el noble animal que les acompaña. Según está escrito, el rey no estuvo muy contento de la obra por motivos mediocremente domésticos. El conde Cisa, decía en carta al duque Víctor Amadeo I... «Le roy estoit fasché contre le peintre Vendec, pour ne leur avoir mis leur tablié, comme on accoustume aux petits enfans»... A este cuadro acompañan otros tantos del mismo Van Dyck y varios de Teniers, de Brueghel y otros.

En la sala duodécima hay varios holandeses y alemanes. Se impone al instante un retrato de «Desiderio Erasmo», de Holbein, que estuvo en el Louvre durante la dominación francesa. Hoy Turín está orgullosa de su reconquista y dice: Hic Jacet Erasmos qui quondam pravus erat mus.

Los españoles tienen representación honrosa en la sala duodécima, pero es poco y de relativo valor lo que hay de Velázquez, Murillo, Ribera y Sánchez Coello. Envío mi pensamiento a aquel soberbio tesoro de Madrid que constituye, en el Museo del Prado, la sala Velázquez. Hay aquí del gran maestro dos retratos, uno es uno de tantos Felipes Cuartos que produjo su pincel. Del Españoleto hay un San Jerónimo. De Murillo el retrato de un niño; una de las repetidas Concepciones y cierto expresivo busto de capuchino. Sánchez Coello ha dejado con su singular manera la imagen de la joven reina que más tarde retratara Van Dyck en su vejez: Isabel Clara Eugenia de Austria.

Y en la sala décimotercia dos preciosos retratos de Coypel; el busto de mujer de la Vigée Le Brum tan popularizado por las reproducciones; y en la décimocuarta, entre cien cosas, el estupendo autorretrato de Rembrandt, hecho de sombra y vida; y apenas hay un momento para el naturalismo rústico de Paul Potter; y en la décimoquinta magistrales paisajes, entre los cuales de Ruysdael. En la décimosexta sonríe el Caravaggio con su Sonatore di liutto y os llama Gentileschi con una Anunciación; y Vanni hace perdurar la voluptuosidad de la más tentadora Magdalena que pueda un pincel pintar y un hombre amar. En la decimoséptima Albani, en varios cuadros, renueva el mito de