Un pastor oyó que alguien le llamaba, y no viendo a nadie, notó por fin que la voz era de la imagen de María. «Pastor, alza esa pesada piedra y condúcela a Montenero». El favorecido rústico era viejo y, para mayor pena, cojo: mas ayudado por su fe, cargó con la pesada piedra. Subió al monte y depositó la sacra carga.
La historia de este santuario es larga e interesante, desde su fundación hasta nuestros días, en los cuales, carcomida de ciencia más o menos segura, la fe de los pueblos va en mengua progresiva. Esta virgen es famosa en toda Italia y aun fuera de la Península. Los marineros la han tenido siempre especial predilección, como se ve por los profusos votos que ornan el altar y una parte de la iglesia.
La madona, que logré ver, iluminada en su camarín, es de antiquísima factura. Ha habido quien la haya atribuído al evangelista San Lucas; otros opinan que es obra griega. Muchos la juzgan del aretino Margheritone, aunque hay quien arguye en contrario, porque éste no pintó nunca madonas. El estilo recuerda la escuela del Giotto, el origen cimabuesco.
Estas vírgenes amadas y veneradas por los marinos, siempre me han parecido las más maternales, las más dulces y las más potentes. Esto he pensado una vez más, delante de las pinturas votivas de una ingenuidad que hace sonreir en el santuario de Montenero. Y no olvido al saludar a esta noble patrona que en la cima de este monte tiene casa de mármol y oro y cirios y frescos, y que ha sido visitada por emperadores y reyes y poetas, como Byron, a la Virgen Negra de Harfleur, que ví un día ya lejano, allá en las costas normandas, toda de bronce, bajo el cielo, curtida por las tempestades, de cara al mar.
3 de Octubre de 1900.
PASADA la aridez del Agro romano llego a Roma al anochecer. La primera impresión es la de una ciudad triste, descuidada, fea; pero todo lo borra la influencia del suelo sagrado, la evidencia de la tierra gloriosa. En el viaje de la estación al hotel, a través de los vidrios del ómnibus, aparecen, ante mis ojos deseosos, una y otra visión monumental, que reconozco, ya las arruinadas termas, ya la columna de Marco Aurelio. Con el espíritu poblado de pensamientos y de recuerdos me duermo en un cuarto de un hotel de la Piazza Colonna—, que, dejando que desear por mil causas—, quizá por un exceso de arqueología, hace que los clientes se alumbren con simples velas. Por mi parte, habría preferido cualquier vetusto candil desenterrado, ya que no un noble lampadario.
Por la mañana, un vistazo a la ciudad. El célebre corso me sorprende por su modestia, exactamente como a Pedro Froment.
Una larga calle estrecha, llena de comercio, por donde, en las tardes, se pasean las gentes; de cuando en cuando la imposición de un palacio, cuyo nombre es una página de historia. Os advierto desde luego: el pecado de querer convertir a Roma en una capital moderna, no podría realizarse, so pena de padecer la verdadera grandeza de la capital católica; pero como Roma, dígase lo que venga en voluntad, es a pesar de todo, la ciudad del Papa y no la ciudad del rey, todas las disposiciones gubernativas no prevalecerán contra ella.
Es la ciudad papal. Lo que han dejado, con raíces de siglos, los sucesos religiosos, la larga dominación de los pontífices y una adoración ecuménica que converge al lugar en que Cristo dejó su Piedra, no lo pueden destruir hechos políticos de un interés parcial. Por la brecha de Porta Pía entró poco y no salió nada.
Mientras me dirijo hacia la Piazza Venecia para tomar el tranvía que ha de conducirme a San Pablo, un ejército cosmopolita pasa a mi lado, con sus insignias en el pecho y sus guías en la mano. Hablan aquí en alemán, allá en húngaro, más allá en inglés, en español, en francés, en dialectos de Italia, en todo idioma. Son miembros de distintas peregrinaciones que vienen con motivo del Año Santo. Se atropellan, se estrujan, por tomar un puesto en los carros. Veo escenas penosas y ridículas. Ramilletes humanos se desgranan al partir el vehículo. Una vieja de rara papalina se ase a las faldas de un obeso cura y ambos ruedan por el empedrado. Como los cocheros están en huelga, esta irrupción es continua, fuera de verse a cada instante, carruajes de remise que pasan con cargas de peregrinos. Ancianos, hombres de distintas edades, niños, nodrizas con bebés, frailes de todo plumaje, curas de toda catadura, se han desprendido de los cuatro puntos del globo, para venir a visitar santuarios, besar piedras, admirar templos, y sobre todo, ver a un viejecito ebúrneo que alza apenas la diestra casi secular, y esboza bajo la inmensa basílica, el ademán de una bendición.
Y todos traen, poco o mucho, oro que queda en la Villa Santa; y para el tesoro del Vicario de Jesucristo y rey de Roma, la contribución de buena parte de la humanidad. ¡Ah, bien saben los Saboyas que hay que conservar esa misteriosa ave blanca encerrada en su colosal jaula de mármoles y oro!
Ya en San Pablo, la basílica nueva, veo repetirse a las puertas las mismas escenas de los tranvías. Todo el mundo pugna por entrar primero, como si dentro se repartiese algo que debiera concluirse pronto. Yo también hago palanca de mis hombros, y, lleno de atención—, beware of pickpockets!—entro. Basílica enorme, llena de alegría fastuosa. Oro, mosaicos, columnas de majestuosa elegancia; naves anchas y claras. Alejan ciertamente la oración estas magníficas cosas y se piensa en la orquesta que ha de atacar el primer vals, o en el foyer de un estupendo café-concert. Las gentes hormiguean sobre las baldosas, admirando, calculando, clavando los ojos en las ricas techumbres, o en los medallones de los papas, y desprendiéndolos, para asombrarse ante los altares, ante las labores, ante los marmóreos simulacros. Y la pregunta universal: ¿Cuánto habrá costado esto? Y la unción en el bolsillo. Los sacerdotes, guías de sus distintas peregrinaciones, van conduciendo sus rebaños llevándolos de un punto a otro; haciéndoles rezar unos, y leyéndoles la guía, con uno que otro comentario, otros. Salgo de San Pablo con otro espíritu, ya lo creo, que de la catedral de Pisa o de Notre-Dame. San Pablo es la iglesia fin de siglo, en donde no falta sino la nota liberty en arte. ¿Para cuándo la basílica modern-style? Es la iglesia club, la iglesia tea-room, la iglesia del five o’clock. Es la casa de la religiosidad mundana a donde se va a buscar al flirt. Una, dos, tres, cuatro, cinco palabras inglesas, absolutamente del caso. Ya veis que el lugar impone. ¡Oh, la religiosidad serena y severa de las iglesias viejas, hechas para gentes de fe, en siglos de piedad y de temor de Dios, y qué lejos está de estas Alhambras pomposas, Empires imperiales y Casinos de Nuestro Señor! Y fijaos que todo esto corresponde a las políticas de la cancillería vaticana, a los paseos de turismo a Lourdes, a las exhibiciones líricas del abate Perosi. En gran parte Zola tiene razón, y hay que venir aquí para certificarlo.
Al caer el agua de las fuentes, entre el vasto hemiciclo de columnas, voy acercándome a la basílica de las basílicas, que se alza gigantesca y pesada. Parecía muy grande; a medida que me arrimo parece mayor. Y al penetrar, y tender la mirada hacia el ábside, la enormidad se presenta en toda su realidad. Es un edificio para pueblos. Las oleadas de visitantes que se aumentan a cada momento, no se advierten sino como pequeños grupos que van de un lado a otro. Allá, bajo la cúpula, cae la luz a chorros anchos y dorados. El gran baldaquino de las columnas salomónicas alza su magnificencia; la baranda que rodea la tumba de San Pedro, con las lámparas encendidas, atrae una muchedumbre de curiosos. A un lado, el Júpiter de bronce, el San Pedro negro, con su célebre dedo gastado a besos, recibe el inacabable homenaje de los grupos que se renuevan por momentos. Las tumbas de los papas, con sus distintas capillas y sus estatuas, las telas, las magníficas decoraciones, dan la sensación de un museo. Esto se siente más cuando por todas partes se ven los visitantes provistos de anteojos, de libros de apuntes, de manuales y de guías inglesas, francesas o italianas. Y una palabra vibra en vuestro interior: Renacimiento. Desde el San Pedro negro, hasta las estatuas con camisa, los ángeles equívocos, las virtudes y figuras simbólicas que labraron artistas paganos para papas paganizantes, todo habla de ese tiempo admirable en que los dioses pretendieron hacer un pacto con Jesucristo. De allí empezó la fe a desfallecer, el alma a disminuir sus vuelos ascéticos.
Esta magnificencia me encanta, pero no me hace sentir al doctor de la Humildad—por muy otras razones que las que los Sres. Prudhomme y Homais aducirían contra las riquezas de la iglesia, que juzgan innecesarias y atentatorias.—Bajo el domo que llueve sol, siento a los Bramante, a los Miguel Angel Esta pompa es oriental, es salomónica. Verdad es que Salomón es más un visir que un sacerdote. Las figuras blancas de las virtudes incitan más a abrazos que a plegarias y los querubines son más olímpicos que paradisíacos. Los mármoles de colores, los mármoles blancos, los ónices y las ágatas y el oro, y la plata, y el oro y el bronce y el oro; y, hasta las colgaduras purpúreas, todo habla al orgullo de la tierra, a la gloria de los sentidos, a los placeres cesáreos y a la dicha de este mundo. Allá arriba se lee: Tu es Petrus et super hanc petram ædificabo ecelsiam meam.
3 de Octubre.
Al salir de un restaurant cercano a la redacción del Giorno, un grupo de señores pasa ante mi vista, y entre ellos uno, cuya fisonomía me es familiar por las fotografías y los grabados. Le forman como una suite los que le acompañan. Ni muy joven, ni muy viejo, el aire de un Alcibiades clubman seguro de su efecto, pasa. Entra a la redacción del diario vecino. Tengo la tentación de abordarle. Una entrevista sería interesante y mi admiración de poeta quedaría complacida con unos cuantos momentos de conversación. Pero un amigo romano me detiene: «Sería una imprudencia. Ni como periodista ni como poeta quedaría usted satisfecho. Es un original y un hombre demasiado esquivo y lleno de sí mismo. Ha venido a comprar un caballo, y un diario le ha cantado un nuevo ditirambo con este motivo.»—«¡Pues iré a Settignano!»—«No le recibirá a usted, como no recibe a nadie. Está con una mujer, como casi siempre.»—«¡Pero me concederá un minuto!»—«¡Ni un segundo: esa mujer es la Duse!»—«¡Después del Fuoco! ¡Enfoncée Sarah Bernhardt!
4 de Octubre de 1900.
¿Es una madeja de seda, es una flor, un lirio de cinco pétalos, un viviente lirio pálido, o acaso una pequeña ave de fina pluma? No, ni madeja de seda, ni lirio, ni pájaro delicado; es la mano del pontífice, es la diestra de León XIII, la que acabo de tener entre mis dedos, y mi beso sincero se ha posado sobre la gran esmeralda de la esposa que recompensa en una irradiación de infinita esperanza la fe que no han podido borrar de mi espíritu los rudos roces del mundo maligno y la lima de los libros y los ácidos ásperos de nuevas filosofías. Bien haya la mano que me movió de París, para que la casualidad me hiciese estar en Roma en el momento de la llegada de la peregrinación argentina. Nada más misterioso y divino que la casualidad. No pensaba yo alcanzar a conocer al Papa Blanco; creía que cuando llegase a la ciudad ecuménica ya se habría apagado la leve lámpara de alabastro. La lámpara se está apagando, o parece que se apaga, aunque en veces la luz tiene brillos inusitados, como de un sobrenatural aceite, y hace creer en los milagros de la voluntad, que de todas maneras son los milagros de Dios. Es tiempo en que el Año Santo trae a Roma caravanas de creyentes de todo el mundo católico. Lo que a París lleva el placer trae a la Villa Eterna la religión, una incesante corriente humana que se renueva a la continua, corazones fervorosos que animan sangres de diversas razas, labios que rezan en distintas lenguas, ciudadanos de la cosmópolis cristiana que con un mismo aliento proclaman la unidad de la fe en la capital de Pedro y de Pablo. Civis romanus sum.
Antes de ver al pontífice de cerca, de besar su mano, de escuchar su voz, le había visto dos veces en San Pedro, una en ceremoniales de beatificación, otra dando la bendición a miles de peregrinos. No fué la primera ocasión la que mayormente conmoviera mi ánimo, con todo y llamar más a lo imaginativo la pompa solemne de los ritos, la música singular bajo las techumbres suntuosas e imponentes de la basílica, las rojas colgaduras que empurpuran la vasta nave central en que el soberbio baldaquino retuerce sus columnas salomónicas, el concurso de altos ministros y príncipes eclesiásticos, y la asamblea de fieles que saluda al emperador de los católicos. Desde Taine la palabra «ópera» se ha escrito muchas veces a este respecto, para que mi lealtad de respetuoso no haya sido perturbada por los inconvenientes que traen la tarea de pensar y el oficio de escribir. La segunda vez fué cuando ví mejor y sentí más hondamente al pálido vicario de Jesucristo.
Hervían las naves de gentes diversas. Peregrinos de varias peregrinaciones lucían en los brazos o en los pechos sus insignias. Religiosos de varios colores circulaban en el inmenso concurso; altos y rubios teutones, de caras macizas, de anchas espaldas, conversaban serios; curas y seminaristas españoles hablaban, se embromaban, bulliciosos; sacerdotes franceses, con ferviente chauvinisme, cantaban en alta voz himnos, recomendando especialmente la Francia al Eterno Padre. Gentes de la campaña italiana, con sus vestidos pintorescos, alegraban de vistosas estofas y de curiosas y brillantes orfebrerías la masa compacta, la apretada reunión de correligionarios. Aparecieron los estandartes de los peregrinos, y se oyeron largos aplausos de grupos parciales. Una bandera francesa, que llegó sola, tuvo un general saludo de palmas y aclamaciones.
Allá arriba, sobre el altar, sobre la tumba de Pedro el Pescador, una inscripción latina pide al Señor que prolongue la vida de León XIII. Es la petición tácita de todas esas almas reunidas con un mismo fin al abrigo del colosal monumento del Bramante: es la plegaria que en todos los climas de la tierra se eleva de millones de fieles. Las tribunas levantadas alrededor del altar en que ha de oficiar su santidad están negras de fracs y de mantillas. Se confunden los rostros de todas las edades. Las mantillas cubren cabelleras blancas o decoran cabezas en que se encienden jóvenes ojos amorosos que pugnan por ser severos en la majestad del recinto. De pronto, mientras los franceses continúan con sus cantos, comienza allá por la entrada de la iglesia, por el lado que da a la Puerta de Bronce, entrada del papa, un rumor que crece y se convierte en un claro aplauso; y éste se propaga con un ruido resonante, bajo los dorados artesones basilicales. Han aparecido los guardias suizos: brillan los cascos romanos de la oficialidad, los soldados del uniforme miguelangelesco presentan las alabardas, y una cosa se divisa blanca en marco rojo, una cosa que se va acercando entre explosiones de voces y agitar de pañuelos: es el papa en su silla. Ya está cercano el papa León, ya va a pasar frente a mis ojos. Un grupo de españoles clama sus vivas de manera detonante; un grupo de alemanes hace tronar sus ¡hoch!, ¡hoch!, ¡hoch!, mientras los italianos repiten su conocido, ¡E viva il papa re! Sobre la silla escarlata, de cuando en cuando, se alza en esfuerzo visible, un dulce fantasma, un ser que no es ya terrestre, poniendo en un solo impulso seguridad de aliento, creando fuerza de la nada; el brazo se agita débil, se desgranan de la mano blanca las bendiciones, como las cuentas de un rosario invisible, como las uvas de un ramo celeste. Al pasar frente a mí un chorro de sol cae oblicuo y vibrante sobre la misteriosa figura, y puedo ver por primera vez bien, en un baño de luz, al papa León. Cien veces pintado, mil veces descripto, no hay palabras ni colores que hayan dado la sensación de la realidad. Todos se encontraron en lo cierto cuando se sintieron impresionados de blancura. ¿Recordáis el verso: Qué cosa más blanca...? Sumad nieves y linos, cisnes y espumas, y juntad palideces de ceras, color suave de pulpas de lirios y de rosas te, y agregad alba transparencia, como de un ámbar eucarístico, y poned la animación de una inexplicable onda vital, y he allí lo que pasó ante mis ojos, bajo la gloria solar, en ese instante. ¿Cómo alienta ese dulce ser fantasmal? ¡Cómo da luz aun la frágil lámpara alabastrina! Y cuando los cantos del ritual comenzaron, y fué el padre santo al altar, ¿qué brazos desconocidos le sostuvieron? ¿Y qué onda sonora puso en su voz la fuerza que hizo esparcir su canto por las naves inmensas, de manera tal que no se creería brotase de ese cuerpo de paloma? Cuando volvió, otra tempestad de entusiasmo se desencadenó a su presencia. Ví a mi rededor barbas de plata y mejillas frescas, húmedas de las más puras lágrimas. El pontífice no tenía la constelada tiara tres veces regia, no llevaba a su lado los flabeles orientales. Sencillo pasó en su roja portantina como una perla en un pétalo de rosa. Y se desvaneció a mis ojos, como en un sueño. La tercera vez...
La tercera vez, agregado a la peregrinación argentina, pude estar por dos ocasiones, gracias al obispo monseñor Romero, amable de toda amabilidad, delante del pontífice. Muy temprano, por la mañana, el peluquero me había encontrado algunas canas nuevas; yo en cambio, ¿por qué no decirlo? sentía en el corazón y en la cabeza mucho de lo que hubiera el día de la primera cita de amor, y de la publicación del primer libro. Se despertaba en el fondo de mi ser como un perfume de primera juventud; y todas las lecturas y todas las opiniones no pudieron poner el más ligero vaho empañador en esas horas cristalinas. El viejo feo de Zola, el avaro de los decires de antecámara, el sinuoso ajesuítado o jesuíta del todo, el contemporizador con la democracia moderna, el papa de los periódicos, desapareció, se borró por completo de mi memoria, para dar lugar al papa columbino, al viejecito sagrado que representa veinte siglos de cristianismo, al restaurador de la filosofía tomística, al pastor blanco de la suave sonrisa, al anciano paternal y al poeta.
A las once era la cita, y, presididos por monseñor, fuimos, demás está decirlo, puntuales. Nuestra insignia azul y blanca en el pecho, nuestras tarjetas, rojas o moradas, en la mano, subimos las escaleras vaticanas, pasamos por la Puerta de Bronce y penetramos en la Sala Clementina, guardada por suizos, en donde habíamos de recibir la personal bendición. La Sala Clementina, ¿recordáis? Es aquella que vió Pedro Froment en la novela. «Esta sala Clementina, inmensa, parecía sin límites, a esa hora, en la claridad crepuscular de las lámparas. La decoración tan rica, esculturas, pinturas, dorados, se esfumaba, no era sino una vaga aparición flava, muros de ensueño, en que dormían reflejos de joyas y pedrerías. Y, por otra parte, ni un mueble, el pavimento sin fin, una soledad alargada, perdiéndose en el fondo de las semitinieblas... Él se contentó con mirar a su alrededor evocando las muchedumbres que habían poblado esa sala. Hoy aun, era la sala accesible a todos, y que todos debían atravesar, simplemente una sala de guardias, llena siempre de un tumulto de pasos, de idas y venidas innumerables. ¡Pero qué muerte gravitante, desde que la noche la había invadido, y cómo estaba desesperada y cansada de haber visto desfilar tantas cosas y tantos seres!» No tuve la impresión de Pedro. Al contrario, invadida por la luz que entraba por las ventanas laterales, la sala extensísima y severa parecía dar la bienvenida. Las figuras de los frescos en sus posiciones, en sus énfasis simbólicos, la Justicia, la Fe, las escenas de la entrada, la gloria del Santo Espíritu en el cuadro del fondo, y sobre nuestras frentes en el vasto plafón, los brazos abiertos del pontífice que asciende al empíreo sostenido por el apoyo de los ángeles, decían felices augurios, daban reconfortantes pensamientos. Sí, el papa Clemente era un buen introductor ante el papa León. Este debía pasar, dentro de poco, detenerse con nosotros, para ir luego a bendecir en la basílica a otros miles de peregrinos de distintos puntos de la tierra. Mientras un maestro de ceremonias nos coloca en el orden usual y monseñor Romero entra a los salones interiores en compañía de otro prelado, observo. A la entrada de la sala dos alabarderos guardan la puerta, y al extremo opuesto una escolta de ese vistoso y arcaico cuerpo aguarda el instante de los honores.
Circulan, pasan de un punto a otro, rojos bussolanti. Un franciscano joven, de rostro noble e inteligente, sale de lo interior y da algunas órdenes. Tengo la suerte de que mi nombre haya llegado a sus oídos, y me sorprende su inesperada afabilidad. Es el secretario del cardenal Vives. Los argentinos son divididos en dos grupos. A un lado los sacerdotes, a otro los laicos. Los rostros, casi todos, revelan una indudable creencia en la extrahumanidad del varón apostólico que ha de aparecer a nuestra vista dentro de cortos instantes; algunos, ciertamente, reflejan como la preconcebida esperanza de un espectáculo de profana teatralidad. Las señoras, desde luego, todas, damas altas y modestas, todas, sin excepción, manifiestan la gracia de una fe sin reservas. Por otra parte, con sus sencillos y negros trajes y tocados, todas parecen iguales: y allá en lo invisible y supremo, el hijo del Carpintero que también era de la raza de David, no hace diferencia entre esos millones y aquellos pobres pesos que atravesaron el mar. Un golpe de alabarda en tierra, una voz, la guardia se forma. Es un cardenal que pasa. Conversamos en el grupo de la prensa. Hay, únicos y vistosos, dos fracs coloreados de condecoraciones. Un fotógrafo prepara su máquina, que ha de resultar inútil. Tras largo esperar, se oye un rumor, un ruido de pasos, la guardia se forma, presenta las armas. Cascos romanos crestados de oro, antiguas gorgueras y jubones, espadas desnudas, cardenales, obispos y una roja silla de manos que se coloca en tierra. Entre la roja silla de manos, semejante a una joya en un estuche, está León XIII. Las guardias le forman cuadro. El besamanos comienza. Hay que detenerse tan sólo unos cuantos segundos, pues somos muchos. Monseñor Romero, al lado de la silla de manos, hace las presentaciones. Mientras me toca mi turno puedo ver bien al Padre Santo. No, no hay ningún retrato que se le parezca, ni el reciente que acabo de ver en París, de Benjamín Constant, y que está señalado como una obra maestra. ¿Quién ha sido el farceur que vió en esta boca grande, de labios finos y bondadosos, la sonrisa de Voltaire? La cabeza es vivaz, de una vivacidad infantil que se juntara a la extrema vejez; la frente hermosa, bien moldeada, bajo los cabellos blanquísimos y solideo de nieve; los ojos son obscuros y brillantes, pero no los escrutadores diamantes negros de Zola, sino dos luces anunciadoras de interiores iluminaciones; las orejas grandes, transparentes, como la nariz, de dignidad gentilicia; el cuello lilial, que sostiene apenas el globo del cráneo; el cuerpo delgado, de delicadeza inverosímil. Cuando estuve frente a frente a darle el beso de respeto, ví la mano, toqué esa increíble mano papal, sobre la que brilla la enorme esmeralda de la esposa, esa mano que me parecía una madeja de seda, o una flor, un lirio de cinco pétalos, un viviente lirio pálido, o acaso una pequeña ave de fina pluma, y la mirada de los ojos, casi extraterrestre, y la voz que se escapaba de aquel cuerpo frágil, de aquella carne de Sevres, daban la idea de un hilo milagroso que sostuviese por virtud de prodigio el peso vital. ¿Cómo esta pasta sutil no se quiebra al menor soplo de aire, al menor estremecimiento de los nervios? ¿Cómo esa hebra tan leve, como un hilo de la Virgen, no se rompe a la más insignificante impresión, y resiste no obstante a la continua corriente de tantos inviernos, a la palpitación del orbe católico que tiende al blanco Pastor, a la tarea física que cansaría a un hombre robusto, de levantar el brazo, ese pobre brazo senil, en la impartición de miles y miles de bendiciones? Una niña pasó, besó a su vez la mano; el papa la sonrió como otro niño; quiso hacerle una caricia, y la criollita, asustada, se escapó veloz. Alzaron la silla; la escolta, los caballeros palatinos, los dignatarios áulicos se pusieron en marcha hacia San Pedro.
Un aire de veneración flotaba sobre aquel triunfo tranquilo cuando los vivas estallaron—inútiles, insólitos. ¡Nuestro silencio estaba lleno de tantas cosas en aquel instante! De mí diré que viví por un momento en un mundo de recuerdos. Era la infancia de músicas y rosas, la lejana infancia, en que el alma nueva y libre parecía volar ágil como un pájaro de encanto entre los árboles del Paraíso. Eran las viejas campanas de la iglesia llamando a misa; la ropa dominical, sacada de los muebles de alcanfor, la ida a la catedral al claror del alba, la salida en plena luz matutina, la dulzura de la casa pacífica, la buena abuela y sus responsorios, la imagen de la Virgen venida de Roma, el cura que iba a jugar tresillo, y el granado en flor bajo el cual los labios adolescentes supieron lo que era el primer beso de los labios de la prima rubia: porque el primer tiempo de la fe era también el primer tiempo del amor. Y era la semana santa, con sus ceremonias simbólicas, con sus procesiones alegres como fiestas nupciales, con el entierro del Viernes santo, a que las mujeres asistían vestidas de luto, y en que los canónigos me atraían con sus largas caudas violetas; el lignum crucis, llevado en la noche al son de tristes trompetas que rompían la sombra en el silencio del negro firmamento. Y eran aquellos mis años primeros, en la amistad de los jesuítas, en el convento silencioso o en la capilla florida de cirios, en que mi mente juzgaba posibles las palmas de los Gonzagas, los nimbos de los Estanislaos. Entonces se abrieron a la aurora los primeros sueños, entonces se rimaron las primeras estrofas. Y la memoria de los sentidos me despertaba ahora la sensación de las cosas pasadas, ya perdidas en lo largo del tiempo. Visión de lámparas rituales, de velas profusas, de altares decorados en que estaban en su inmovilidad de ídolos los simulacros de las vírgenes y de los santos; colores y pedrerías y oros de casullas, negras siluetas de sacerdotes que se perdían en lo obscuro de las naves, o a lo largo de los complicados corredores del convento; olor de la cera, del incienso, de las flores naturales que se colocaban delante de las imágenes, olor de los hábitos del padre confesor, olor de la cajita de rapé de aquel anciano encorvado, de aquel anciano santo que me colmaba de consejos y de medallas y cuyo nombre de ave inocente le venía tan bien... ¡Pobre padre Tortolini!
Cuando León XIII retornó de San Pedro, otro grupo de los peregrinos debía recibir la bendición; volví a verle otra vez. Estaba más pálido aún si cabe; parecía que hiciese con más dificultad los movimientos de la cabeza y del brazo. Me temo que el doctor Lapponi no consienta dentro de poco la repetición de estas audiencias, de estas idas y venidas a la basílica, ¡Quién sabe si algún día de estos el milagro cesa, el prodigio tiene fin, y esa vida rara, así como un cáliz de Murano, al fino aliento del aire, cruja, se quiebre, se deshaga!
Vuelvo a contemplar sus ojos que brillan en un fuego amable, su sonrisa un poco triste, un poco fatigada, su mano que da todavía una última bendición.
Y se lo llevan, con el mismo ceremonial de la venida. Cascos romanos crestados de oro, suizos con su uniforme rojo, negro y amarillo, alabardas, espadas desnudas, collares, gorgueras, jubones, como en los cuadros, como en las tablas. Rumor de gentes. Silencio. Pasó.
Ah, la Pálida anda rondando por el palacio; la camarde está impaciente por entrar en el Vaticano y hacer que el martillo de plata del cardenal camarlengo toque la frente de Joaquín. Y el anciano siente sus vueltas, su revuelo, el ruido metálico de la hoz, lista como en el fresco de Orcagna. Y repetirá sus propios versos, el tiarado poeta:
Estas notas que rememoran en lo moderno la plegaria rimada del más católico y desgraciado de los poetas, y en lo antiguo el fervoroso y armonioso Jacopone da Todi, os harán recordar que el pastor de los corderos de Jesucristo es también árcade en las praderas de Apolo. Nada más hermoso que esos luchadores provectos de Dios o de los pueblos; favorecidos por el numen, en los resplandores de su ocaso, en los años de las tranquilas nieves, guardan el culto de la belleza, la pasión generosa del arte, y conciertan sus números, cultivando las flores perennes, las rosas que no mueren, al amor siempre fecundo y sano de la lira. Me he imaginado encontrar al Padre Santo, en una mañana de las calendas de mayo, rejuvenecido, sonriente siempre, poseído en esos instantes de su deus olímpico, del que le ha hecho manejar vibrantemente las cuerdas de su lírico instrumento, de manera que los pies de sus exámetros han golpeado el sagrado suelo latino, al mismo són y compás con que galopan las cuadrigas magníficas de Horacio. El pontífice me acoge, y, puesto el pegaso a pacer, le digo, poco más o menos, mientras los lirios nos inciensan con sus incensarios y los jazmines llueven sus estrellas de nieve, y los gorriones forman conciliábulos entre las copas de los pinos: Beatísimo padre y querido colega, ¿os repetiré una cosa que sabéis tanto como yo, y que os diría en sabios dáctilos y flamantísimos espondeos, si supiese tanto latín como vos? El cielo es azul, la primavera avanza gentil, con su cortejo florido como en la pintura de Sandro; la tierra palpita, al canto del agua y al fulgor solar; alabemos al Señor. Frate Sole nos envía su saludo, nuestra hermana la rosa su mensaje, nuestra hermana la mujer su sonrisa; alabemos al Señor. Os habéis mezclado a las luchas de los hombres; cuando vuestros rebaños han empezado a topetazos, habéis intervenido con el cayado, y habéis hecho bien. Habéis enviado, como águilas de paz, vuestras encíclicas, a revolar sobre el mundo. Sois divino, habéis sido sacerdotal, sacerdos magnus; sois humano, habéis sido hábil. Para lo uno profundizasteis la teología: para lo otro os ejercitasteis en la diplomacia. Habéis mostrado a los pueblos que estáis con ellos y a los reyes indicado el camino. ¿Acaso ha dicho a vuestro oído, el rumor del porvenir, lo que se acerca; acaso Lumen in cœlo, sabéis lo que anuncian los signos de hoy, para cuando aparezca el sol en su alba roja el día de mañana? Padre Santo, Pedro Froment no dejaba de tener razón. La palabra de conditione opificum ha pasado sobre la cabeza de los de abajo, que muy pocos han sentido su benéfica influencia, bajo la opresión.
Habéis señalado más de una vez el camino probable de la verdad, habéis hecho lo posible por evitar guerras y desconciertos. Habéis tenido que ver con los cancilleres y con los embajadores, con el señor de Bismarck y con el señor de Cánovas, y con el señor Hanotaux y con el señor de Giers. Querido colega, Maron es mejor. ¡Oh pontífice poeta! En vuestra tiara está Marbodio, a vuestra izquierda Minucio, a vuestra derecha Gregorio; y cuando decís la misa hacéis comulgar a las nueve musas, mientras la misma infecundidad florece en blancos ramilletes de cánticos en los coros de la Sixtina. Habitáis el más maravilloso de los palacios; allí al lado de la fe ha tenido siempre su mansión el arte. Gloria sea dada a los papas que se rodearon de pintores, de escultores, de orífices, a los que protegieron y amaron a los poetas y a los que como aquel Eneas Silvio Picolommini y vos mismo, juntaron a la triple corona pontificia la corona de laurel y pusieron en su vaso de oro el agua castalia. Sois filósofo, y volando sobre lo moderno habéis ascendido a la fuente de la Summa; sois teólogo, y en vuestras pastorales dais la esencia de vuestro pensamiento, caldeado por las lenguas de fuego del Santo Espíritu; sois justo, y desde vuestro altísimo trono dais a cada cual lo que es suyo, aun cuando con el César no andéis en las mejores relaciones; sois poeta, y discurriendo y cantando en exámetros latinos y en endecasílabos italianos, habéis alabado a Dios y su potencia y gracia sobre la tierra.
Allí, en vuestro palacio, en la Stanza de la Segnatura, Rafael, a quien llaman el divino, ha pintado cuatro figuras que encierran los puntos cardinales de vuestro espíritu. La Filosofía, grave, sobre las cosas de la tierra, muestra su mirada penetradora y su actitud noble; la Justicia, en la severidad de su significación, es la maestra de la armonía; la Teología sobre su nube, está vestida de caridad, de fe y de esperanza; mas la Poesía parece como que en sí encerrase lo que une lo visible y lo invisible, la virtud del cielo y la belleza de la tierra; y así, cuando vayáis a tocar a las puertas de la eternidad, no dejará ella de acompañaros, y de conduciros, en la ciudad paradisíaca, al jardín en donde suelen recrearse Cecilia y Beatriz, y a donde, de seguro, no entran los que tan solamente fueron justos. Y León XIII sonreía, con una sonrisa más alegre que su habitual sonrisa, y los gorriones y las abejas del jardín me daban la razón. Los chorros de agua se encorvaban en arcos diamantinos, sobre las conchas marmóreas, en las pilas sonoras, reventaban las espumas irisadas; la sacra naturaleza en una vibración invisible pugnaba por manifestar el misterio de su corazón profundo; y al lado de León ví como un coro hermosísimo de Horas que llevaban en las manos flautas y cistros. Y Jesucristo pasaba por los azules aires, como en un carro triunfal, no un Jesucristo de pasión, sino de transfiguración, un divino Musagetes, fuerte y soberbio como el del juicio de Miguel Angel, crinado de oro augusto en su magnificencia. Y volví a decir: Beatísimo padre: la religión y el arte deben ir juntos en el servicio del Eterno Padre. Ved las viñas frescas, tendiendo sus ramos al sol; las ramas de los olivos parecen, al soplo del viento, armónicos metales; bajo los ramajes ríen las niñas; la luz vivaz se esparce sobre el Tíber taciturno. Las naciones aguardan la venida de la inconmovible paz; los hombres quieren por fin, ser redimidos del sufrimiento, y es hora ya de que Dios haga que resuenen juntos nuevos salmos y nuevas arpas.
Y él a mí:—¡Alabemos al Señor!
7 Octubre de 1900.
El Pincio, un paseo que se enrolla en una colina. Desde una plataforma de la altura, se divisa el panorama romano. Cúpulas por todas partes, aunque no me animo a contar las trescientas que vieron los ojos de aquel admirable y exuberante Castelar. El paseo no está concurrido en esta sazón. El veraneo ha alejado a la sociedad capitolina. Se ve uno que otro carruaje, pocos paseantes a pie, y, en los bancos, los clientes que en todas partes tienen los lugares umbrosos, los parques y las alamedas: el solitario que lee, el que medita, la dama vestida de negro, con la niña melancólica y, en ciertos recodos, al cariño de los árboles, grupos infantiles que ríen y juegan. Pero aquí no falta, además, el joven seminarista, la pareja de estudiantes religiosos, la venerable figura de un viejo sacerdote, o, dentro de su carruaje, la silueta de un eminentísimo. Asimismo, no dejaréis de ver una que otra especie de amable dama que, precariamente, busca adoradores, tan lejana de la triunfante amorosa de París, como de su antecesora la cortesana de Roma. Siempre en Italia encontraréis el lujo de los mármoles. Aquí veis la piedra ilustre, desde los bajos relieves de la entrada, por la escalera monumental, hasta la serie larga de bustos terminales que pueblan las arboledas. Estos parajes están como impregnados de perfumes de amor, de lecturas de breviario, cribados de conversaciones mundanas. Y allí, a un lado, en uno de los paredones, un lugar hay en que la muerte atrae. Es en el paredón de los suicidas, el punto elegido por los desesperados para borrar la mala pesadilla de sus vidas, el refugio de los pobres de fe o presidiarios de la suerte. París tiene el Sena, Londres el Támesis, Madrid el Viaducto, Roma el paredón del Pincio.
A un lado del Pincio se halla villa Borghese. A ambos lugares se entra por la piazza del Popolo. Al Pincio por la escalera monumental; a la villa por una amplia puerta en donde un empleado municipal cobra el precio del paso. Desde la entrada se nota lo vasto y bello de ese parque armonioso, lleno de sitios encantados y deliciosas umbrías y rincones de amor. Cipreses, encinas, pinos, se alzan, evocadores, en el vasto convento de árboles. Columnas desvencijadas, invadidas de hiedra, ilustradas de arcaicas inscripciones, templetes y fuentes de un prestigio antiguo deleitan con su gracia clásica. Se pasa por una construcción de estilo egipcio, para llegar, entre simulacros paganos, flores y hojas que mueve la más dulce brisa de los cielos, a un precioso lago, compuesto con gusto lírico, en donde una loggia central a que se accede por un puentecillo, se alza sobre el agua esmeraldina y transparente en que se solazan silenciosos cisnes y evolucionan cardúmenes de truchas rosadas. A la orilla del lago, copiando un trozo en que se alzan tallos de flores acuáticas, veo a un viejo pintor. Sobre una roja anémona que crece cerca del banco en que me he sentado, trabajan dos abejas, y se me antoja que una ha salido del jardín de Horacio y otra se ha posado en la barba del Bembo. En frente, se abre una maravillosa perspectiva hacia los suburbios romanos. Desde ese magnífico mirador la vista descubre valles y colinas y pintorescos perfiles, en una lejanía de las que gustaba el mágico Leonardo para fondo de sus cuadros. El sol va bajando como en una suavidad de adormecimiento, la luz se agota lentamente en un interminable suspiro de crepúsculo. Las estatuas, los peristilos, adquieren un misterioso resplandor de oro y violeta. Y cuando dejo con pesar ese paraíso, al pasar por una senda nueva, veo un luminoso revoloteo de faisanes. Siento en mi espíritu de poeta el saludo amable de la tierra, la generosidad de la naturaleza. Los pinos, de una elegancia gentilicia, elevan al firmamento sus espesos y obscuros parasoles, en un gesto de oferta; los cipreses prolongan la languidez de sus inclinaciones, las encinas centenarias ostentan la misma nobleza que en los poemas y en los cuadros. Revive en un minuto un mundo pasado, un mundo heráldico, cardenalicio, real, imperial, papal, un mundo de valor, de cultura, de fuertes virtudes y de nobles vicios, un mundo de púrpura, de mármol, de acero y de oro; un mundo que allí mismo, en el museo de la villa, eterniza las glorias de una edad de belleza, de lucha y de vida. Y me da verdaderamente pesadumbre y fastidio tener que ir luego a saludar personas, a comunicar con tantas gentes que me son extrañas, a entrar de nuevo en la abominación de mis contemporáneos... En la Piazza del Popolo compro un periódico.
No hay duda de que, a pesar de todo, Italia no perderá nunca su lado novelesco. En un solo número de diario leo tres informaciones que ocupan largos espacios. Se trata primero de La gesta del brigante Musolino. El título no más es ya un hallazgo. Existe, pues, mientras estoy en Roma y veo las oficinas de una compañía de seguros yanqui en el primer piso de un palacio histórico, mientras Gabriel D’Annunzio pasa de los aristócratas a los socialistas, mientras la basílica de San Pedro se alumbra con luz eléctrica, existe, pues, en Italia todavía un verdadero bandido, que vive en un verdadero bosque en donde le dan caza con fusiles de precisión, y que tiene todavía el buen gusto de llamarse con un nombre que habría complacido a D. Miguel de Cervantes: existe el brigante Musolino. Como en las pasadas épocas, le buscan afanosamente compañías de carabinieri y él se les escurre como una murena. Aparece en un punto y otro, adopta disfraces diversos, es el terror de las comarcas por donde pasa, y, como en otros casos, ofrece a la muchedumbre rasgos simpáticos. Corolario: Juan Moreira, Fra Diávolo y el mauser, pueden coexistir.
El otro caso curioso es el siguiente, que tampoco es nuevo, pero que también cae en el mélo y en el folletín: Un hombre acaba de ser puesto en libertad por las autoridades de una provincia de Italia, después de haber estado en presidio, inocentemente, treinta y tantos años. No se dice qué indemnización se dará al infeliz, pero el suceso interesa a todas las imaginaciones y ocupa todas las lenguas que no escatiman comentarios. Y el otro sucedido es todo lo contrario al anterior. Después de treinta años de olvido, se ha descubierto a dos asesinos, marido y mujer, que, para realizar sus deseos de unión, dieron muerte, envenenándoles lentamente, al marido de ella y al padre de él. Los detalles del proceso tienen a Roma en el «se continuará» de una novela del Sr. Gorón.
8 Octubre.
Roma veduta, fede perduta, dice el proloquio. Según el color del cristal con que se mire Roma. En los días en que el pontífice se ha presentado ante el inmenso concurso de peregrinos que le ha aclamado en San Pedro, he visto correr por todo aquel recinto magnificente un verdadero y hondo estremecimiento de fe. Eran los corazones simples, las muchedumbres que venían de lejanas regiones o de las más apartadas provincias italianas, conmovidas ante la aparición del papa blanco, en quien, milagrosamente, veían la persistencia de una vida increíble, el representante de Dios sobre la tierra, el que ata y desata, portero del palacio celeste. Espectáculo interesante era por cierto las distintas manifestaciones del entusiasmo religioso en ese mundo de gentes conmovidas. Unos pálidos, silenciosos, como llenos de un santo terror; otros murmurando oraciones; otros ruidosos, congestionados, agitando pañuelos, moviendo los brazos, alzándose sobre las puntas de los pies. No puedo menos que recordar una escena impagable y sugerente. Un alto mocetón de la peregrinación alemana, sobre un banco, en medio del mar humano que surcaba en su silla gestatoria León XIII, comenzó, dominando todos los ruidos, a emitir con la voz de un ronco cuerno, con la fuerza de un pulmón de bronce, repetidos y acompasados hoch! hoch! hoch! Y una vieja italiana que estaba cerca, se volvió, furiosa, fulminándole con los ojos y deseándole un mal accidente.—«Ah! la bruta bestia!» Y aquel súbito y afilado apóstrofe deslió la devoción circunstante en carcajadas.
Se cree aún, hay aún muchas almas que tienen esperanza y fe. A pesar de los escándalos religiosos; a pesar de la política pontificia; a pesar de lo que se dice del dinero de San Pedro; a pesar de los libros-catapultas contra la curia romana, en que no todo es pasión o fantasía; a pesar de la democracia igualitaria y de la plaga de las nociones científicas y filosóficas, se cree todavía, hay espíritus que creen. Reduciré mi pensar a la fórmula criolla de un mi amigo: «¡Esto, me dice, es como lo que pasa entre nosotros, en nuestras repúblicas americanas: la constitución, muy buena, la administración, muy mala!»
Rueda el carruaje por la antigua vía Apía, cuyo pavimento de piedras anchas resuena bajo los cascos. Queda atrás la Porta Capena, en donde los aduaneros espían lo que se llama en España el matute. A lo largo de la regina viarum otros cuantos vehículos se dirigen hacia las catacumbas de San Calixto. Tabernas y hosterías suburbanas llaman, en rótulos de una caligrafía primitiva o infantil, a gustar el vino célebre de los Castillos Romanos. Pasado el paraje por donde hoy hacen estremecerse la tierra de Appio Claudio las locomotoras del ferrocarril que va a Civitavecchía, llego ante la iglesita del Quo Vadis, cuya inscripción me parece de pronto—perdonadme mi ingenuidad—la réclame de una casa editora para la notable, compacta y demasiado resonante novela del polaco Sienkiewicz.
Al llegar a las Catacumbas, una escena curiosa y desagradable me hizo detener. Nada más repulsivo y ridículo para mí, que los boticarios ateos, los rentistas que han leído a Lachattre y los concienzudos frailófagos que recitan el apócrifo Hugo de Jesucristo en el Vaticano. Hay sujetos de esos que desearían ver al papa pidiendo limosna, al clero descalzo y con una cruz a cuestas, alimentándose y abrigándose con lo que el Señor da a las raposas y a los lirios del campo.
Juzgan a todo sacerdote un bandido, y al pontífice, capitán de la gran cuadrilla. El mal gusto de estas viejas facecias ha tiempo que está flagrantemente reconocido. Pues bien, a la entrada de las Catacumbas he asistido al repugnante espectáculo de un cambalache sagrado. Frailes odiosos vendían cirios como macarrones, frascos de específicos, medallas y recuerdos santos, con la misma avidez y las mismas maneras que el más sórdido y brutal almacenista. Descendí, en compañía de unos peregrinos franceses, por el dédalo obscuro. El guía recitó su cien veces repetida lección, delante de los peces simbólicos, delante de la tumba de Santa Cecilia. Los muros ennegrecidos por el humo de las antorchas y rayados de inscripciones, en las capillas y pasadizos; la estrechez del lugar, lo mecánico del viaje a través de esa cueva de «viejos topos» y la confusión en el rebaño indocto y cornacqueado por su reverencia, me dejaron una desilusión inmensa. ¡Me quedo con Fabiola! Y luego, por todas partes, como en todos los lugares dignos de la veneración de la historia o del arte, la pata del ciudadano particular que deja su huella en la seguridad de ser reconocido cuarenta siglos más tarde. Leí, entre mil nombres: Pierre Durand. ¡Pierre Durand! En la torre inclinada de Pisa había encontrado: Pedro Pérez. Oh, Señor Dios, tu sabiduría es infinita.
12 Octubre de 1900.
Al partir de la ciudad inmortal, al son ronco del tren, hago un inventario de recuerdos. Desde luego, es una tarde pasada en el Foro y en el Coliseo, la revelación de la piedra, el «pan» de Ruskin, ruina, columna rota, lápida, estatua, inscripción. Todas vuestras lecturas despertarán en vuestra memoria, ante esos amontonamientos de basas, pavimentos, muros en que perduran los mosaicos. No podréis menos que sentir la presencia del espíritu de Cicerón—la «ardiente elocuencia» dice Byron—en ese foro en que resonaron tan magníficas arengas, y el ambiente vibró al clamor sabino. Se alzan aún, sosteniendo sus rajados arquitrabes, las columnas del templo de Saturno. Y en las rostra creeríase el aire agitado de gestos, sonante de cláusulas rotundas, lo propio que más allá, en donde se levantaba el templo de la Concordia. Fué allí donde Porcio Catón opuso la ruda y fuerte palabra suya a los argumentos ordenados de Cayo César sobre la conjuración de Catilina. Cetego, Lentulo, Estrabilio, Gabinio, Cepario, pagaron con su vida, la apretada cuerda al cuello, su culpabilidad.
Perdido entre un dédalo de excavaciones, llegué hasta donde unos trabajadores procedían a desenterrar los más recientes hallazgos. Y es una impresión singular la que se experimenta, al ver brotar de la tierra amontonada por las centurias, los signos aun vivos y reveladores de una civilización, de una época que estamos hechos a considerar casi legendaria. Delante de mí, con sus barras de hierro, los cavadores apartan las grandes piedras. Con mucho cuidado se quita la tierra de las paredes; y de repente van apareciendo, sobre el antiguo estuco, decoraciones grecas, figuras graciosas. Y fué grande mi emoción, os lo juro, cuando, de un óvalo, en el rincón de una sala, no sé de qué edificio recién descubierto, vi salir hecha, con modo arcaico y extraño, una como cabeza de Cristo.
Cuando se tiende la vista en derredor, los templos de Faustino y Antonino, y el de Roma y Venus que Adriano levantaron, y la basílica de Constantino, evocan los grandes hechos antiguos. Allí, en el Palatino, refugio de la gloriosa Loba, sobre la altura, aun se contemplan las arcadas y muros del palacio de los Césares, en donde mosaicos y frescos guardan memoria de las pompas imperiales. Y no lejos, los baños de Livia, el palacio de los Flavios y lo que aun queda de la mansión en donde exprimió la soberbia y el placer Calígula.
El sol caía a ondas claras del cielo puro. Jamás el cielo se presenta más hermoso que cuando la mirada va a su inmensidad azul entre un grupo de columnas o sobre los ruinosos capiteles.
He sentido un ansia de vuelo espiritual cuando, al pasar del Foro al Palacio de los Césares, he visto el firmamento recortado por el vasto arco de Tito, que elevaron el senado y el pueblo en recuerdo de la destrucción hierosolimitana. En el fondo celeste, en el marco de piedra, parecía como si palpitase un enjambre de ideas. Y erré de un lugar a otro. Del altar de las vestales, cerca del cual permanecen las estatuas de las paganas vírgenes, a la Meta Sudans, en donde apagaron su sed tantos gladiadores.
Por allí habitaba el cordobés Séneca, y desde su casa oía en las próximas termas, según cuenta a su amigo Lucilio Junior, «el ruido que hace el frotador, a un jugador de pelota que lleva la cuenta de los puntos, a un cantante que encuentra su voz más encantadora en el baño, los gritos de un pastelero, los de un carnicero, los de un ropavejero, de un herrero, y los de ese que cerca de la Meta Sudans prueba sus trompetas y sus flautas y muge más que toca.» Y en la vía de los triunfadores una onda de imágenes asalta la fantasía. Y es un ruido de carros, un resonar de trompas y de clarines, un agitar de palmas; son los bueyes coronados de rosas; las túnicas blancas de las vestales, los estandartes, los haces, las águilas; es la muchedumbre aglomerada y el coro inmenso de las aclamaciones; son las estolas, las togas, las diademas, los ornamentos de los sacerdotes y las literas de las cortesanas; son los viejos versos de Virgilio y la reciente lectura de Boissier, o las sombras de los Goncourt que van a observar cómo en los agujeros del arco de Septimio Severo hacen su nido las golondrinas.
Cerca del templo de Cástor y Pólux, oí una voz como en discurso o arenga. Un gran grupo de gentes, unas sentadas sobre las piedras, otras de pie, se presentó a mi vista. Acerquéme llevado de la curiosidad.
Había damas, hombres, niños. Todos oían en s¡lencio y religiosidad a un clérigo joven, de fácil palabra, que, por lo poco que pude entender, daba a sus oyentes, en pleno aire, una lección de historia y arqueología. Era la peregrinación alemana, y no pude menos ante ese espectáculo de cultura, de recordar el nombre ilustre del germano a quien deben la erudición romanista y la sabiduría clásica moderna un extraordinario luminar: Teodoro Mommsen.
En el coliseo rememoré el apunte de los Goncourt: «Como una ronda de danza, de pronto violentamente interrumpida y con una parte de los bailadores caída de espaldas—todo un lado del Coliseo caído en tierra». Colosal, ciclópeo, enorme, lugar de leones y de emperadores. Y es la imaginación del antiguo espectáculo circense, que no tiene hoy nada comparable sino las corridas de toros en los cosos actuales. En verdad—como ante el Acueducto, la Cloaca Máxima, las Termas—ante estas ruinas viene la usual frase: obra de romanos. Los yanquis quieren para sí en nuestra época la aplicación del decir, por su tendencia a realizar «lo más grande del mundo». Y leo en un artículo sobre la próxima exposición de Búffalo, en donde se construirá un enorme estadio. «El estadio ofrecerá a los adictos al sport la arena más espaciosa y espléndida que se ha construído hasta ahora en los Estados Unidos. El Carnaval Atlético que se efectuará durante la gran exposición, será el más notable en la historia del sport en los Estados Unidos, pues cuéntase con la cooperación de los mejores promotores de juegos, contiendas y partidas atléticas en el país. Por lo tanto, las personas que visitaren la exposición panamericana tendrán ocasión de ver contiendas entre los atletas más célebres del mundo, que se esforzarán en ganar premios dignos de los mayores hechos de resistencia, fuerza y habilidad. El Coliseo de Roma, construído el siglo I de la era cristiana, dícese que podía contener 80.000 personas. El estadio panamericano tendrá 129 pies más de largo y no será sino 10 pies más angosto que el histórico anfiteatro de Roma; pero su arena será más grande y habrá asientos para 25.000 personas. Se consigue lo colosal, Colosseum. Mas la sonrisa no vacila entre estos matchs de feria al amparo de la democracia igualitaria, y aquellas formidables funciones en que la magnificencia cesárea regaba con sangre la tierra en que se alzaría el árbol simbólico de Cristo. Dicen que hay turistas que se pagan el espectáculo de una iluminación con antorchas y románticos que van en las noches de luna a recordar a Eudoro y Cimodocea.
Lo primero es un exceso de Bædeker, lo segundo excesivamente anacrónico. El Coliseo sorprende y asombra en pleno día, bañado de sol; así os abruma la inmensa armazón de piedra, las arcadas derruídas, los muros rajados de siglos, horadados de años, labrados del paso incesante de las horas y mutilado el cuerpo vasto y soberbio por bárbaros y barberines.
Al salir del vasto anfiteatro, pasó como un gran insecto ante mi vista, un hombre en una bicicleta.
Y fué luego un amanecer en las cercanías de Roma, cerca de los lugares encantados que dieron a Poussin sus magníficos paisajes. El Tíber iba despacioso entre colinas y frescas campiñas. Apenas comenzaba la luz a insinuarse en el lado oriental y el horizonte se teñía de un dulce violeta y a trechos, un baño de perla suavizaba una tenue irrupción de oro. Y colinas y campiñas se iban poco a poco iluminando en un aumento progresivo de resplandor. Salía de la tierra como un vaho de vida. No era el envenenado respirar de los pantanos pontinos, sino un aliento sano y vivificante. Al vuelo sutil de una brisa impregnada del perfume del campo, temblaban los céspedes ambarinos y las hojas de las anémonas silvestres, y una fina flor áurea que enciende su estrella de fuego a la orilla del río. Y en una barca, al amor de la corriente, seguimos, con un amigo soñador, un rumbo sobre las aguas en que se desleían los tintes del cielo. Un solitario pescador arreglaba una red. De los caseríos cercanos llegaba el agudo canto del gallo. Y de pronto fué una fiesta solar en el firmamento romano.
El sol había roto las brumas matinales, y surgía, en su imperial pompa, entre peñascos candentes, bajo bóvedas de rubíes vivos. El agua se tiñó de sangre y se encendió de la oriental llamarada. La naturaleza parecía iniciar un canto sin palabras, o con palabras íntimas que iban al espíritu sin formularse, en la armonía de las cosas, en la comunión de las ideas humanas con las ideas eternas que emergen en enjambre misterioso de la misteriosa mente del mundo.
En la ribera tiberina nos hacía señas el dueño de la rústica hostería. Ya el humo del fogón brotaba por la chimenea, y las truchas recién cogidas hacían chillar el aceite de las ricas olivas en la sartén caliente. Y una joven fresca, que hacía recordar a la sierva de Horacio, nos recibía con la más matinal de sus sonrisas, mientras ponía el mantel del desayuno, bajo una parra cargada de racimos de uvas claras que invitaban a hacer la experiencia del sátiro mallarmeano: chupar el jugo, soplar en el pellejo vacío, y a través de la cápsula transparente, mirar el sol!
Y fué un día luminoso, en la plaza del Capitolio; ya ante la larga escalera de la iglesia de Ara Cœli, o delante del palacio Cafarelli, entre las estatuas de Cástor y Pólux, o junto a la jaula de la loba viva que encarna el símbolo original de la ciudad de Rómulo. He recordado, al contemplar la estatua de Marco Aurelio, la superstición tradicional; he visto si el simulacro se va dorando más, y si llegará de nuevo a ser todo áureo, y así la fin del mundo llegará con el de la villa ya no eterna sino perecedera como toda obra del hombre...
Así llegaron los primeros pobladores de Roma, allí se sembró la primer semilla que formaría el bosque inmenso que propaga por la tierra la estirpe latina.
Tendidos como representaciones fluviales, negros de tiempo, los dos ríos de mármol de la fuente del palazzo Senatorio, el Tíber y el Nilo, oyen continuamente el canto del cristal del agua que en la ancha pila forma velos diamantinos y sonoros encajes, y encima, la Roma triunfante de Covi—que Miguel Angel quisiera sustituir por un colosal Júpiter—preside, augusta y secular. Y una paloma que se posa en un árbol cercano, verde en la dulce estación, me recuerda que en este mismo punto, un día de gloria, la cabeza del Petrarca fué coronada con el laurel que tan sólo consiguen el Arte y la divina Poesía.
Entre Roma y Nápoles, Noviembre 1900.
Rueda que rueda, con ruido de herramientas que se entrechocan y un resuello penoso, el tren sigue: un largo infierno que anda. El Gibelino lo hubiera hecho rodar por las planicies de sombra de su Infierno; así lo piensa aquella inquietante María Barskitcheff, en sus cartas. Si Capua no estuviera en esta vez al fin del viaje, abriendo su maravilloso semicírculo de colinas con cruzamientos de villas al borde del mar pensativo... Capua es por ahora Nápoles, con los primeros azules y rosas delicados de los inviernos meridionales.
Los últimos recuerdos de Roma que insisten, con la insinuación ya discreta y melancólica de la distancia y de lo recientemente pasado, son los de la capilla Sixtina. Es preciso ver la capilla Sixtina; pero es un desacato verla sin los propios ojos, sin los personales ojos del artista que ponen una mirada más en los colores de las telas y en las alburas de los mármoles, fatigados del secular mariposeo de tantas pupilas. Porque en esos sancta sanctorum del arte, se ven dos cosas: la chef d’œuvre y los ojos que la han visto: las miradas que han dejado en ellas algo de su esencia diáfana y misteriosa. La capilla Sixtina está llena de esas miradas, satisfechas o escépticas, o irónicas, o estáticas, o incoloras. Desde luego la vieja mirada de los maestros que, realizada la obra, hallaron que era buena; y las miradas de los papas, de los papas gentiles o ascetas; y la escrutadora mirada de los amigos del artista, y después, cuando la muerte hubo serenado todos los juicios, pulido todas las asperezas, humanizado todas las controversias, uniformado todos los cultos y consagrado todos los sufragios, las miradas de los intelectuales que pasan. Todavía se disciernen en el delirante misticismo de la transfiguración, por ejemplo, las miradas llenas de análisis tranquilo de Taine, tan distintas de las miradas de los espectadores de ayer, ayunas de razonamientos y de distinciones morales, poco o nada introspectivas simplificadas de nuevo, al sol del Renacimiento, por la majestad sencilla de la línea antigua... Porque los ojos han hecho un inmenso y triste camino de complicación y de complexidad desde el Renacimiento hasta estos días de esteticismo y de connotaciones múltiples. Ya no hay un cerebro bastante puro y amplio que vea con la mirada de un Leonardo. Han desaparecido en el juicio las perspectivas vastas, los lineamientos tranquilos: nuestros ojos están tristes y nuestras miradas están enfermas; y aun parece que los inmortales cuadros y los mármoles eternos, sienten que ya no sabemos mirarlos. Quién sabe. ¿Por qué no ha de haber en el alma inefable de un capolavoro, el melancólico despecho de no ser bien mirados? ¿Por qué el espíritu nobilísimo de las cosas bellas no ha de encogerse de angustia ante el enfermizo reflejo de las miradas de hoy? ¿Quién se atrevería a negar que esta tristeza no modifica al aspecto mismo, la fisonomía, la expresión de la obra de arte? ¿Quién podría afirmar que el Moisés de Miguel Angel, es hoy el mismo que hace doscientos años, que antes aún, cuando el maestro que esculpía las tablas de la ley soñando en el haz de rayos de Zeus, golpeaba con su martillo el mármol vital, ordenándole el movimiento y la acción?
Y el tren rueda aún con su desesperante machacar de herramientas, y mis reminiscencias le siguen jadeantes por el camino. Vuelvo a escuchar las ambiguas voces de los castrados, complemento extraño de todo lo visto y sentido en el milagroso santuario. Paréceme como que todos los frescos, todos los zócalos, las bíblicas figuras de los muros laterales que cuentan las peregrinaciones mosaicas, y los más tremendos episodios bíblicos; las grandes figuras sedentes del profeta y de la sibila; los nueve grandes cuadros que reproducen en la bóveda la creación del mundo; Dios, las pitonisas, los profetas, los santos de la nueva ley; todo eso, cantaba en la voz blanca y singular, que esta era su propia voz, su lengua propia, el verbo misterioso que los papas habíanles dado para que se manifestasen a la emoción de los pueblos que van en romerías a contemplarlos. ¡Miguel Angel y su juicio!... Todo heroísmo de arte lleva a una hipersensibilidad atormentadora. Acaso el arte no es una gran tranquilidad, sino una gran angustia. Toda la literatura está ahí para comprobarlo: El infierno sale al paso a los grandes espíritus, llámense Homero, Virgilo, Dante, Milton o Swedenborg, llámense Buonarroti o Rops...
Sandro Botticelli; he ahí, la heredad del exquisito y raro, y no se divaga por cierto el ánima de ese estremecimiento de angustia íntima que trae consigo el deletrear todas las aristocracias de ese pincel. Porque Botticelli no es de los que serenan; es quizá de aquellos cinco (que en Taine son cuatro: Dante, Shakespeare, Beethoven y Miguel Angel) que parecen de una raza aparte. Tiene un supremo privilegio, el que Víctor Hugo halló siglos después en Baudelaire; ha creado un estremecimiento nuevo, con una noción nueva de la expresión, que antes de él no está condensada en parte alguna, sino difundida en las legiones de maestros prerafaelitas, expresión de belleza convencional, o de fealdad resuelta para algunos; pero de real belleza y armonía innegables para muchos que llevan en el larario de sus emociones ese coin maladif de que hablaba Goncourt. Como ellos este hombre tiene una fisonomía y un sello de poderoso individualismo; es solitario como ellos; tiene como ellos la obra sin analogías, sin más que las lógicas analogías que ensartan en un mismo hilo resplandeciente todas las demostraciones de un mismo arte, a través de las épocas. ¡Cómo ansío llegar a Florencia para apacentar mis admiraciones en el foco principal de las obras de Sandro! ¡Porque él tiene ahí, en la ciudad dantesca, su reino, con el seráfico Fra Angélico, aprisionador de éxtasis! Sin embargo, para hablar de la Sixtina es preciso hablar de Botticelli, a condición de haber rezado antes a Miguel Angel, esa alma de Dios caído ante la que rezó Taine. El Juicio Final; sí, aquello no convierte mis apostasías ni enfervorece mi fe; el protestante del cuento vuelto ortodoxo por obra y gracia del Juicio Final, es de una conmovedora ingenuidad; por el camino de ese cuadro se va mejor a Atenas que a Jerusalén; esas dos o trescientas figuras que ensayan actitudes, no sugieren el miserere mei, sino el himno a Phoibos Apollon: se está más cerca del nevado Olimpo, que del trágico Josafat; más cerca de la gloria del músculo, que del aleteo medroso de la plegaria. Es un gran escultor el que pinta, esculturalmente (¿no hay acaso muchos pintores que esculpen cuadros? Para no citar más que un talento moderno, ahí está Leonardo Bistolfi, con sus monumentales bajo relieves fúnebres y su Dolor confortado por la memoria.) Ha buscado Miguel Angel el agrupamiento de las figuras curándose poco de las radiaciones sobrenaturales del cielo de los justos y de las rojas bocanadas de hornaza del infierno de los réprobos: quiere, ante todo, quiere grandiosamente la expresión inmortal del cuerpo humano, la nobleza clásica del gesto; está cerca de Jove y ha visto el fruncimiento de sus cejas y los hinchados músculos de su diestra que blande la centella... Los tiernos colores, los dulces o imperiosos matices, las perspectivas que ayudan al vuelo de la imaginación moderna, el azul en que está sentado el Padre, el rosa de las auroras de la resurrección, las policromías de los pinceles en las manos que han mezclado colores, pero que no han labrado granitos... eso no está aquí, no lo busquéis aquí; aquí está el relieve poderoso, aquí está su plástica: el color que queréis está ahí en frente, mirad... El tren acrece su estrueado bajo los cristales de una estación: el mar y los verjeles se besan: ¡Nápoles! Hemos llegado a Nápoles. La Sixtina se pierde en un desvanecimiento de ensueño.
Nápoles.
¡Nápoles! El Vesubio es todavía una pira digna de los funerales de Patroclo. ¿Estamos por ventura en la era cristiana?
Se necesitaría embridar la imaginación aventurera con dura brida para creerlo. La mañana arde mansamente en un impecable azul. He subido a las alturas que corona el puente de San Telmo, punto clásico para las perspectivas, a fin de ver y vencer antes de abismarme en ese mundo ruidoso que gira y ríe a mis pies. Y en verdad os digo que estamos bajo el imperio de los Augustos. Nada recuerda aquí el madero del Nazareno, nada su religión de angustia: este sol que en pleno otoño tuesta las rosas de Pœstum, las cuales dos veces florecen en el año, es el mismo sol jovial que doraba la frente de Séneca. La bahía de Nápoles, suavemente encorvada y palpitante como una seda azul sobre un inmenso regazo, canta aún el cum placidum ventis staret mare, en su perpetuo idilio con los islotes de Sirenusa, coros de las rubias oceanidas. El azul del cielo, el histórico azul de ese cielo inmortal, se burla con su flamante brillo, de los veinte siglos que han pasado desde que en la dulzura piadosa del Pausílipo se acostaba para dormir su sueño eterno, el dulce mantuano gorjeador de églogas. A su derecha la isla de Capri da a las ondas reflejos de aventurina estriada de oro vivo y se aduerme en la misma ociosidad que le valió el mote de Augusto.
A la izquierda, desde capo del monte hasta el cono poblado de mitos del Vesubio, las montañas de voluptuosas o ásperas ondulaciones engastan sus moles en el zafiro inconmensurable. Enfrente, Castellamare y Sorrento; ¡Sorrento! cuya sangre divina no corre ya por las venas del mundo para letificarlos, como corre ahora ese